OTRO ATRACO AL PUEBLO

Complaciendo servilmente a las compañías petroleras norteamericanas que saquean nuestro petróleo, el gobierno de Pastrana decretó el reajuste del dólar petrolero y el aumento del precio de la gasolina. Esta es una prueba más de que la política oficial del gobierno colombiano la traza el imperialismo yanqui. Para satisfacer las condiciones de los préstamos de los organismos financieros norteamericanos, el gobierno se había comprometido desde el pasado 21 de abril a tomar tales medidas en la Carta de Intención enviada al llamado Fondo Monetario Internacional. Con profunda preocupación e indignación ha recibido el país este nuevo desfalco a los escasos recursos de los colombianos.

La medida repercutirá gravemente en el costo de la vida. Un aumento en el precio de la gasolina que llega a cerca del 50 por ciento incidirá en la misma proporción en el transporte y en el resto de artículos de consumo y de primera necesidad. No obstante las falsarias palabras y promesas del gobierno, el aumento del costo de la vida hundirá aún más en la miseria a la masas populares. Y el pueblo no está resuelto a tolerar mansamente este atraco. Centenares de organizaciones obreras y populares se han pronunciado repudiando la medida y pidiendo la organización de un movimiento nacional. El Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) une también su protesta a la del resto del pueblo y respalda el movimiento que se está organizando para hacer frente a la amenaza y reto que lanzan el gobierno títere y los monopolios norteamericanos. Sólo mediante una estrecha unidad, las fuerzas populares lograrán en la lucha aplastar las pretensiones de sus enemigos declarados, el imperialismo yanqui y sus lacayos colombianos.

¡Unámonos y Luchemos Contra el Alza de la Gasolina!

¡Abajo el Imperialismo Yanqui y su Gobierno Títere!

VIVA LA REFORMA REVOLUCIONARIA DE LA UNIVERSIDAD

Las organizaciones firmantes de esta declaración hacen público su respaldo a la juventud y a los estudiantes de Colombia que, desde hace más de cuatro meses y en todo el país, vienen adelantando un valeroso y masivo movimiento sin precedentes en nuestra historia.

La importancia de este movimiento consiste especialmente en que ha ubicado a sus verdaderos enemigos, a los enemigos del pueblo colombiano: el imperialismo yanqui y sus lacayos, la gran burguesía y los grandes terratenientes; y contra ellos ha marchado en formación de combate, apuntando y dando en el blanco certeramente. La claridad en el objetivo y la decisión de lucha han hecho posible que en esta batalla participen ampliamente los universitarios de toda Colombia, los estudiantes de secundaria, los profesores y sectores progresistas de las directivas universitarias, y que el movimiento recoja el respaldo incondicional de los obreros, de los campesinos y del resto del pueblo.

Grande es también la educación revolucionaria que las masas estudiantiles imparten con sus luchas a toda la sociedad colombiana; al señalar la verdadera raíz de todos nuestros males presentes, contribuyen a desarrollar la conciencia anti-imperialista, y prestan un apoyo valioso a la lucha del pueblo colombiano contra el imperialismo yanqui y sus clases dominantes.

Los estudiantes luchan porque se establezca una nueva educación en Colombia y exigen el cambio en tres aspectos fundamentales: que la educación sea nacional, es decir, que sirva a los intereses de la nación y no a los intereses de los imperialistas yanquis; que la educación sea científica, es decir, que busque la verdad en los hechos y contribuya al desarrollo de la ciencia en todas las ramas del conocimiento, y no una educación oscurantista, ensombrecida por la superstición, el idealismo y la religión, como ha sido tradicional en Colombia; y, finalmente, el estudiantado exige que la educación sea de masas, es decir, que sirva y beneficie a las grandes masas populares y no a la minoría explotadora y opresora. Estas exigencias de la juventud son respaldadas firmemente por los obreros, los campesinos y el resto del pueblo las nuevas fuerzas de la sociedad colombiana, que en el terreno de la ideología y de la educación libran una lucha sin cuartel contra el imperialismo y sus lacayos, las clases dominantes colombianas.

Las banderas de lucha de la juventud y de los estudiantes de Colombia enarboladas muy en alto por este poderoso movimiento de masas, significan una verdadera revolución en el campo de la cultura. Es la lucha de la nueva cultura nacional, científica y de masas, defendida por los obreros, los campesinos y el resto del pueblo, contra la vieja cultura neocolonial, defendida por el imperialismo yanqui, la gran burguesía y los grandes terratenientes. Es una lucha, por lo tanto, no sólo de los estudiantes, sino también y fundamentalmente del pueblo colombiano.

El actual movimiento estudiantil ha demostrado una vez más que el gobierno de Misael Pastrana es un dócil instrumento de los imperialistas yanquis y de las clases opresoras, y que su papel no se reduce únicamente a defender los intereses económicos y políticos de los enemigos del pueblo, sino también sus intereses culturales. Y en este triste papel ha llegado a fraguar y a perpetrar los más horrendos crímenes: asesinatos de estudiantes y gentes del pueblo, violaciones de compañeras estudiantes por las hordas uniformadas, allanamientos y cierre de casi la totalidad de las universidades del país, detenciones masivas de estudiantes, torturas, estado de sitio, toque de queda y terrorismo en varias ciudades, negación de los derechos de expresión, reunión, movilización y manifestación, etc. En su afán por golpear al movimiento estudiantil ha caído en las más burdas contradicciones. Después de querer utilizar el Consejo de Rectores para darle un ropaje demagógico a su contrarreforma fascista de la universidad, desconoce arbitrariamente la opinión de la mayoría de rectores porque no le era favorable a sus oscuros propósitos. Y termina por anunciar que el gobierno hará por su cuenta la reforma universitaria, sin consultar para nada a las fuerzas integrantes de la Universidad: estudiantes, profesores y directivas.

Pastrana promete una contrarreforma universitaria que no solamente es la reafirmación de la actual educación antinacional, anticientífica y antipopular, sino que en muchos de los aspectos señalados en su discurso del 4 de mayo pasado, significa un escandaloso retroceso. Es decir, no solamente rechaza en forma altanera y grosera toda la opinión nacional, sino que promete mayores concesiones al imperialismo yanqui y sus lacayos. Insistió en que continuarían los préstamos de las agencias financieras yanquis para la universidad. Amenazó con acabar la Universidad Nacional de Colombia y debilitar las universidades del Estado en beneficio de las universidades privadas, y anunció un mayor recorte del presupuesto oficial para la educación pública. Esta fórmula busca imponer una mayor discriminación a favor de las clases pudientes y en perjuicio de las clases desposeídas. Es una medida tendiente a debilitar la base social del actual movimiento estudiantil.

Esta posición recalcitrante y provocadora del gobierno ha producido mayores rechazos a la política oficial, como el expresado por los decanos de la Universidad Nacional, quienes sostienen claramente la necesidad de luchar por la defensa de la Universidad Nacional de Colombia, amenazada por el gobierno, y manifiestan que la reforma universitaria hay que hacerla conforme a los planteamientos de los estamentos básicos de la universidad: estudiantes, profesores y directivas. Por lo demás, las siniestras intenciones del gobierno han quedado muy claras: imponer a bayoneta y plomo una contrarreforma universitaria abiertamente opuesta al pueblo colombiano .

En tales condiciones, la batalla continúa, y las fuerzas populares deben estrechar la alianza con los jóvenes y estudiantes colombianos, exigir la reforma universitaria revolucionaria en base al Programa Mínimo de los Estudiantes, exigir la reapertura inmediata de todas las universidades, exigir la libertad incondicional de los estudiantes y demás personas detenidas y exigir la defensa de la Universidad Nacional de Colombia y del resto de las universidades estatales. ¡Nada de vacilaciones en esta hora! ¡El movimiento estudiantil no ha luchado en vano! Aprendamos de sus enseñanzas y ejemplo y unámonos los obreros, los campesinos y el resto del pueblo en un gran frente de defensa de la reforma revolucionaria de la universidad, entendiendo que esta lucha hace parte del gigantesco proceso de la revolución colombiana.

¡Atrevámonos a luchar y a conquistar la victoria!!!

¡Por una Universidad que sea nacional, científica y de masas, adelante!!!

¡Viva la unidad revolucionaria de los obreros, los campesinos y el resto del pueblo!!!

EDITORIAL: ¡LUCHEMOS POR UNA POLITICA PROLETARIA!

LAS LUCHAS DEL PUEBLO COLOMBIANO

Han sido muy variados y positivos los acontecimientos ocurridos en Colombia durante el primer semestre del año. La tendencia predominante es el auge de las luchas populares contra el imperialismo yanqui y sus aliados, la gran burguesía y los grandes terratenientes.

Los acontecimientos principales son los siguientes:

Los campesinos sin tierra organizaron centenares de invasiones simultáneas a las posesiones de los grandes terratenientes. El resurgir del movimiento campesino repercutió hondamente y colocó en primer plano la enconada lucha que se da en el campo colombiano entre las inmensas mayorías de campesinos explotados y oprimidos y los terratenientes apoyados y protegidos por el gobierno. La lucha de los campesinos dejó al descubierto la farsa de la llamada reforma agraria oficial y puso en evidencia el hecho de que la auténtica reforma agraria que requiere el país para salir del estado de atraso en que se encuentra depende fundamentalmente del grado de organización, unidad y decisión de combate de las masas campesinas. Lo más importante de destacar es que la base del conflicto en el campo es la tierra, hoy en manos de los grandes terratenientes y por la cual luchan los campesinos desposeídos, y este conflicto va adquiriendo formas cada vez más violentas.

La clase obrera también contribuyó decididamente durante el semestre último a fustigar los enemigos del pueblo colombiano. En innumerables movilizaciones, paros y huelgas, el proletariado salió a la palestra en defensa de los derechos democráticos pisoteados por la pandilla antipatriótica que detenta el poder y ha prestado un invaluable y consciente apoyo a las luchas de los campesinos, de los estudiantes y del resto de las fuerzas populares. Importantes sindicatos de la UTC y CSTC presionaron y llevaron a cabo el Paro Nacional de Protesta del 8 de marzo, enfrentando valerosamente las amenazas y maniobras de las clases dominantes que hicieron cuanto estuvo a su alcance para evitar el paro. Esta protesta resaltó la situación de explotación, miseria y opresión en que se halla el proletariado colombiano y la necesidad que éste tiene de emprender grandes batallas en defensa de sus derechos de organización, movilización, expresión y huelga, y por mejores condiciones de vida. Ha sido el anuncio de nuevos enfrentamientos contra la política imperialista de controlar el movimiento sindical mediante el soborno, la coacción y el sostenimiento de camarillas patronales e inescrupulosas que, al frente de las centrales sindicales, impiden, sabotean o desvían la lucha de la clase obrera.

El imperialismo yanqui responsabiliza calumniosamente a la clase obrera de las calamidades del país, trata de aislarla y apartarla de las masas populares y la oprime y priva de los derechos democráticos. Pero el proletariado responderá cada día con mayor conciencia a este estrategia imperialista, unirá sus fuerzas, defenderá sus intereses, expulsará el oportunismo de sus filas y se convertirá en el estado mayor de la revolución colombiana.

De las luchas libradas por el proletariado se destaca la ardua batalla de los obreros del Sindicato del Catatumbo contra la Colombian Petroleum Company (COLPET), pulpo imperialista que saquea nuestro petróleo desde hace 40 años. Los obreros del Catatumbo, en un prolongado movimiento, efectuaron un cese de actividades, se ganaron el apoyo de los campesinos de la región, movilizaron a la ciudad de Cúcuta en un paro cívico contra la COLPET y plantearon como su primera exigencia la reversión al país de la concesión de explotación petrolera otorgada en 1931 a la compañía norteamericana. El combate de los obreros petroleros en defensa de los recursos naturales y de la soberanía nacional es un magnífico avance en la lucha del pueblo colombiano contra el imperialismo yanqui y sus lacayos.

Capítulo aparte merece la portentosa lucha de la juventud colombiana. El actual movimiento estudiantil no tiene paralelo en la historia del país. En primer lugar, por la claridad de sus objetivos, ya que en esta ocasión la juventud y los estudiantes han dirigido su justa ira contra el enemigo principal, el imperialismo yanqui y contra sus aliados, la gran burguesía y los grandes terratenientes, que le imponen a Colombia una cultura neocolonial, y han consignado en su programa de lucha, en el Programa Mínimo de los Estudiantes, la defensa de una cultura nacional, científica y de masas como base de la reforma revolucionaria de la universidad colombiana. En segundo lugar, porque el movimiento ha contado, precisamente por la claridad de sus objetivos y su acertada dirección, con la participación combativa de los universitarios de toda Colombia, los estudiantes de secundaria, los profesores y sectores progresistas de las directivas universitarias, ganando el respaldo de los obreros, los campesinos y el resto del pueblo.

Enérgico rechazo tuvo por parte del estudiantado y de la nación en general la contrarreforma universitaria esbozada por Misael Pastrana el pasado 4 de mayo, en la que el gobierno anuncia cínicamente mayores privilegios al imperialismo yanqui en el campo de la cultura y nuevas medidas represivas contra el movimiento estudiantil. Ni los asesinatos, ni los allanamientos y cierre de los claustros universitarios, ni las violaciones de compañeras por las hordas uniformadas, ni las detenciones, ni los demás crímenes perpetrados por el gobierno han hecho retroceder a los estudiantes en su heroica contienda.

El actual movimiento de la juventud deja una gran enseñanza a toda la sociedad colombiana; sus banderas constituyen una verdadera revolución en el campo de la cultura. Es el enfrentamiento de la nueva cultura nacional, científica y de masas, defendida por los obreros, los campesinos y el resto del pueblo contra la vieja cultura antinacional, anticientífica y antipopular, defendida por el imperialismo yanqui y sus colaboracionistas colombianos. Es una lucha no sólo de los estudiantes, sino también y fundamentalmente del proletariado y del resto del pueblo, una lucha que hace parte del gigantesco proceso de nuestra revolución.

A las movilizaciones de los obreros, campesinos y estudiantes se agregan las realizadas con gran repercusión por los maestros, los profesionales y los artistas revolucionarios. Todos estos acontecimientos demuestran el auge de la lucha del pueblo colombiano contra el imperialismo yanqui y su odiado régimen neocolonial, y auguran nuevas y más poderosas tormentas revolucionarias. La situación es excelente para la revolución, mientras que para el imperialismo yanqui y sus aliados es cada vez más difícil.

LA BANCARROTA DEL FRENTE NACIONAL

El atolladero en que se encuentran las clases dominantes es el resultado de su traición a Colombia y de su política fascista contra el pueblo colombiano. Como agentes que son del imperialismo yanqui, la gran burguesía y los grandes terratenientes mantienen una alianza desde el poder para explotar y oprimir al país y al pueblo. Con el Frente Nacional llevaron esta alianza a la categoría de norma constitucional y se garantizaron que ambos socios gobernarían a Colombia en estrecha coalición a través de sus dos partidos, el liberal y el conservador. Eso ha sido el Frente Nacional, la confabulación antipatriótica de la gran burguesía y los grandes terratenientes para explotar y oprimir a Colombia y al pueblo colombiano en nombre del imperialismo yanqui.

El Frente Nacional ha intensificado el sometimiento de Colombia a los Estados Unidos como una de sus neocolonias. Todas las medidas adoptadas por el régimen han sido antinacionales, antidemocráticas y antipopulares. Esto explica la desesperada situación por la que atraviesa nuestro país, la crisis que sacude hasta los cimientos el poder de las clases dominantes, la descomposición de los partidos tradicionales y la indignación que siente el pueblo colombiano contra sus opresores. El repudio popular contra el gobierno se expresó rotundamente el 19 de abril de 1970 con la derrota electoral del candidato oficial Misael Pastrana, quien fuera impuesto mediante el fraude y la violencia. Tales hechos dejaron en claro que no habrá crimen que el imperialismo y las clases dominantes no cometan con tal de salvaguardar sus intereses de expoliadores, pero también tales hechos acabaron con la ilusión de muchos que acariciaban la vana esperanza de que la democracia y el triunfo del pueblo colombiano se podrían lograr por medio de la lucha electoral y legal.

Todo colombiano honesto reconoce que los 13 años de vigencia del Frente Nacional están entre los más negros de la historia del país. Ninguna de las promesas hechas fueron cumplidas. Los ríos de leche y miel ofrecidos no corrieron jamás por el desolado territorio patrio; la cacareada «convivencia nacional», sobre la que tanto hablaron los testaferros del imperialismo, tampoco trajo la paz y la tranquilidad a la convulsionada sociedad colombiana. La realidad ha sido bien distinta. Nuestras riquezas naturales y el trabajo de nuestro pueblo son saqueados por los monopolios norteamericanos, el atraso económico tanto en la industria como en la agricultura es escandaloso, la miseria de las masas en el campo y la ciudad llega a extremos intolerables y la violencia oficial cobra víctimas inocentes cuando se exigen los más elementales derechos.

LA ESTRATEGIA DE LA REVOLUCIÓN

Ante la oprobiosa situación que vive nuestra patria se hace necesaria una política revolucionaria que unifique al pueblo en las tareas de expulsar al imperialismo yanqui del sagrado suelo de Colombia y de imponer las reformas democráticas exigidas por las clases explotadas y oprimidas. Una política nacional y democrática, que siente las bases para el socialismo, es lo que hoy necesita Colombia. Debido a la actual situación internacional y nacional, al proletariado le corresponde realizar esta política, aliándose íntimamente con las masas campesinas y el resto del pueblo. Tal característica determina que la actual revolución nacional y democrática de Colombia sea una revolución democrática de nuevo tipo, una revolución de Nueva Democracia que instaure la dictadura conjunta de las clases populares bajo la dirección del proletariado, y que culmine, en una segunda etapa, en la revolución socialista.

Desde el punto de vista internacional, una revolución de Nueva Democracia en vía al socialismo será ferozmente combatida por la burguesía imperialista. Sólo el proletariado mundial, los países socialistas, con China a la cabeza, y los pueblos y naciones oprimidos del mundo darán el respaldo a esta revolución. Desde el punto de vista interno, el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía, los intelectuales y las demás clases y capas oprimidas son las fuerzas de la revolución de Nueva Democracia, de estas fuerzas es el proletariado la clases más avanzada y revolucionaria de la sociedad colombiana, tiene el apoyo del proletariado internacional y cuenta con un arma poderosa como guía ideológica para dirigir la revolución: el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung. Sólo el proletariado podrá garantizar los dos pasos: el de la revolución de Nueva Democracia (contra el imperialismo y sus lacayos colombianos) y el de la revolución socialista (contra toda forma de explotación capitalista). De estas históricas tareas se desprende la necesidad de la creación y fortalecimiento del partido del proletariado colombiano, capaz de convertirse en la vanguardia de la revolución colombiana.

NOVEDOSAS APERTURAS

Sin embargo, con la crisis de las clases dominantes y la descomposición de sus partidos, han aparecido agrupaciones y organizaciones con planteamientos aparentemente nuevos, pero que en el fondo no son mas que las viejas fórmulas imperialistas o revisionistas. El reciente caso del triunfo electoral de Salvador Allende en Chile inspira también a varias de estas agrupaciones y partidos los cuales, o no han estudiado la realidad del proceso chileno, o se sirven de él para tratar de abrirle paso a sus tesis y consignas oportunistas. En Chile, el imperialismo yanqui y las clases pro-imperialistas le han permitido gobernar al seudo-marxista Salvador Allende con el previo compromiso de que mantenga el viejo orden económico y social, respete los intereses de los imperialistas y de las clases pro-imperialistas, sostenga el aparato burocrático y militar opresor del pueblo chileno y no altere la educación tradicional y antinacional. En una palabra, que deje intacto todo el sistema que hace de Chile una neocolonia de los Estados unidos. En este sentido, Allende, quien presume de marxista y revolucionario, no es mas que un agente del revisionismo contemporáneo que en la actualidad presta sus servicios al imperialismo yanqui como cabeza del gobierno chileno. Esta es en esencia la «novedosa apertura chilena» , como la llama el renegado revisionista Gilberto Vieira, y a la que recurre el oportunismo como ejemplo digno de imitarse con el fin de empantanar la revolución y tratar de desviar la lucha del proletariado colombiano. Entre tales agrupaciones y organizaciones se destaca de manera especial la ANAPO, fundada como partido político por su jefe máximo, el exgeneral Gustavo Rojas Pinilla, el pasado 13 de junio en Villa de Leyva. El análisis de los aspectos más importantes de la plataforma de la ANAPO, lanzada en Villa de Leyva, demuestra que el nuevo partido es un abanderado de la política de las podridas clases dominantes.

EL PACTO ANDINO Y LA CUESTION NACIONAL

En toda la plataforma de la ANAPO no se menciona al imperialismo norteamericano, enemigo número uno de nuestro pueblo, cuya dominación es el blanco principal de ataque de la revolución. Hay sólo una referencia tangencial en relación al control de la natalidad y eso para defender las enseñanzas del Papa Paulo VI, reconocido instrumento del imperialismo. Frente al saqueo de nuestros recursos naturales por los monopolios yanquis, la ANAPO habla de una «política de nacionalización progresiva» , fórmula copiada de los partidos tradicionales. Tomando igualmente del programa que sirvió de presentación a la candidatura de Pastrana, firmado por liberales y conservadores en la Casa de Moneda, en el que se consigna la necesidad de las empresas mixtas con el capital monopolista yanqui para el saqueo de nuestros recursos y de nuestro trabajo, la ANAPO dice en su Plataforma: «Se propiciará la creación de empresas mixtas, con participación extranjera que aporte tecnología, experiencia y capital para la producción en beneficio de las grandes masas populares». En el punto más particular de las privilegiadas concesiones a las compañías petroleras norteamericanas, la Plataforma no va más allá de pedir algunas reformas de mayor participación para Ecopetrol, «fijando una base mínima de participación no inferior al 50%». Las exigencias que hace la nación entera son bien distintas a de proponer reformas que no sólo dejan intactas las relaciones neocoloniales, sino que consolidan la explotación y dominación del imperialismo sobre nuestro país. La nación exige el control total de los recursos naturales , la confiscación de todas las empresas y posesiones de los imperialistas y en general de todo monopolio que domine la vida material del pueblo.

En cuanto a la estrategia para el desarrollo industrial y la ampliación del mercado internacional del país, se declara la ANAPO fervorosa defensora del llamado Pacto Andino. Al respaldarlo, lo presenta como una reivindicación máxima de los intereses del país y la soberanía nacional. Esta es otra de las grandes farsas que el oportunismo quiere hacer pasar de contrabando en unión de los agentes del imperialismo. El Pacto Andino hace parte de la nueva política del imperialismo yanqui para consolidar su dominación neocolonial en el continente, mediante los acuerdos de integración subregional que permitan la ampliación del mercado para los productos norteamericanos, y condiciones más favorables para que los monopolios imperialistas aumenten la inversión en América Latina y la explotación de sus recursos naturales; todo esto con la doble ventaja de una mayor colaboración financiera y jurídica de los respectivos gobiernos títeres y de una aparente defensa de los intereses nacionales latinoamericanos. Según los explica el mismo informe Rockefeller a Nixon , en agosto de 1969, es ésta política la que mejor se acomoda a las nuevas condiciones y a las crecientes manifestaciones nacionalistas de los países de América Latina .

El llamado Grupo de la Cuenca de la Plata y el Mercado Común Centroamericano, junto con el Pacto Andino, están dentro del espíritu del Tratado de Montevideo de 1960, promovido por los Estados Unidos y que dio nacimiento al organismo imperialista Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC). La integración subregional del Grupo Andino, acordada en Bogotá durante el gobierno de Lleras Restrepo (agosto de 1966), recibió el visto bueno de los presidentes de América, convocados a reunión en Punta del Este por el entonces presidente de los Estados Unidos Lyndon B. Jhonson, en agosto de 1967, para fortalecer la dominación imperialista sobre el continente. Es natural que en el proceso de discusión de los acuerdos del Grupo Andino se hayan manifestado contradicciones entre los monopolios imperialistas y entre el imperialismo yanqui y las clases gobernantes proimperialistas; a pesar de ello, la orientación fundamental de esta política de integración subregional responde a los intereses del imperialismo yanqui. Por lo tanto, tomar el Pacto Andino como el programa o la línea a seguir en la cuestión nacional o en la cuestión del desarrollo económico, es adoptar en estos asuntos la estrategia imperialista.

En una situación como la que padece el país, no fijar una posición clara frente al problema principal de la cuestión nacional que es la dominación del imperialismo yanqui, o enmarcar la lucha por la soberanía en las soluciones propuestas por el mismo imperialismo , es caer inevitablemente en el campo de la reacción. Y esto es lo que le ha sucedido a la ANAPO al trazar sus lineamientos programáticos, constituyéndose en una nueva amenaza para la seguridad del país y el porvenir del pueblo colombiano.

LA REFORMA AGRARIA Y OTROS PROBLEMAS

El programa agrario de la ANAPO es la defensa descarada de las actuales relaciones feudales predominantes en el campo colombiano con el deliberado propósito de defender a los grandes terratenientes que oprimen a las masas campesinas y constriñen el desarrollo económico del país, la ANAPO echa mano de las retrógradas concepciones del liberalismo, del conservatismo y de la Iglesia Católica sobre la materia. Pregona cínicamente que el problema agrario en Colombia no es la tierra; a las masas hambrientas y desposeídas del campo las amonesta diciendo que «es más importante el ser que el tener», y, apoyándose en una de las encíclicas del Papa Paulo VI condena la lucha de los campesinos por la tierra como expresión de «codicia», «avaricia» y «materialismo sofocante». En uno de los apartes de la Plataforma de Villa de Leiva se lee: «la tenencia de la tierra no ha de ser el único y central objetivo de una reforma agraria». Se comprende claramente que en este punto de su programa la ANAPO también busca congraciarse con el imperialismo y las clases dominantes que le arrebataron por la fuerza el triunfo electoral del 19 de abril. La ANAPO asimila en esto muy bien la experiencia chilena, en la cual Salvador Allende para tener el «derecho a gobernar» se comprometió previamente a no tocar al imperialismo ni a las clases pro-imperialistas.

Después de la cuestión nacional es la reforma agraria la más importante de las conquistas democráticas de la revolución colombiana. Los campesinos, fuerza principal de la revolución exigen la confiscación de todas las tierras de los grandes terratenientes y su distribución entre quienes las trabajan. Esta medida la apoyan incondicionalmente el proletariado y demás clases democráticas y patrióticas como la transformación fundamental de la revolución agraria. La posición que se adopte en este asunto determina igualmente si se está o no con las masas populares, si se apoya la revolución o la contrarrevolución. La ANAPO en este asunto tomó partido al lado de los tradicionales explotadores y opresores de los campesinos y del pueblo colombiano. La cuestión nacional y la cuestión agraria son en la actualidad dos problemas fundamentales para cualquier partido político colombiano y definen el carácter revolucionario o reaccionario según la línea que se adopte.

Frente a las Fuerzas Armadas reaccionarias, brazo militar del sistema, la Plataforma anapista adopta el punto de vista de las clases dominantes, y pide mayores garantías para sus oficiales y organismos. Divulga la falsa creencia de que las Fuerzas Armadas reaccionarias, sostén del poder neocolonial del imperialismo en nuestro país, son benefactoras de la sociedad colombiana. La Plataforma al respecto dice: «los militares son víctimas indefensas de la misma forma que todo el pueblo colombiano» … «deben responder por el orden público durante veinticuatro horas diarias y sacrificar la tranquilidad del hogar a su propia existencia en beneficio de la sociedad». A la vez que se afirman tales cosas, la Plataforma habla de que Ernesto «Ché» Guevara y Camilo Torres «son los símbolos de la revolución en la América Latina», pero desfigurando el verdadero ejemplo de estos revolucionarios que entregaron su vida en la lucha anti-imperialista, estos sí en beneficio del pueblo, y enfrentaron con las armas a los aparatos burocráticos y militares de los gobiernos pro-yanquis como su más heroico aporte a la liberación nacional. En esto los colombianos también tenemos que definirnos: o respaldamos la conducta revolucionaria y anti-imperialista de Camilo y el «Ché» o respaldamos a sus verdugos. Los reaccionarios por el temor a las masas y a la revolución pretenden conciliar lo inconciliable.

El imperialismo y las clases pro-imperialistas no entregarán por las buenas ni uno sólo de sus privilegios. Esta es la más importante, la más decisiva, la más clave de las experiencias de los pueblos del mundo. Hay que aclarar esta cuestión vital, combatir las ilusiones oportunistas tipo Chile, preparar y organizar consecuentemente a las masas para la lucha y responder a la violencia reaccionaria con la violencia revolucionaria, si es que se quiere con sinceridad la revolución y el beneficio de Colombia y del pueblo colombiano.

Otra diferencia de principio que el MOIR tiene con la ANAPO, y consideramos nuestro deber plantearla en la hora actual, para la correcta orientación de las masas populares, es lo referente al trato paternalista y oportunista que en la Plataforma se le da a la clase obrera. El movimiento sindical colombiano debe luchar por sus derechos democráticos y por mejores condiciones de vida para los obreros, y en esto estamos de acuerdo con todos los demócratas sinceros. Pero la clase obrera no puede limitarse a esta tarea. Su misión histórica fundamental consiste en ponerse a la vanguardia de la revolución, aliándose para ello íntimamente con el campesinado y demás fuerzas revolucionarias en un amplio frente único anti-imperialista por la liberación nacional. Esta grandiosa misión del proletariado exige la acertada aplicación del marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung a las condiciones concretas de Colombia, la lucha constante contra el revisionismo actual acaudillado a nivel internacional por la camarilla dirigente de la Unión Soviética y la construcción y fortalecimiento del partido de la clase obrera colombiana. El MOIR para alcanzar estas metas se unirá lealmente con los auténticos comunistas, con los revolucionarios y luchadores anti-imperialistas.

¡DEFENDERSE, UN DEBER!

Entrevista a Rodrigo Carazo O.

Rodrigo Carazo Odio, presidente de Costa Rica entre 1978 y 1982, nació en Cartago en 1926 y es licenciado en Ciencias Económicas y Sociales de la Universidad de Costa Rica. Fundador y primer rector de la Universidad de la Paz, es copresidente del Consejo del Peace Action Council, PAC, y presidente honorario de World Conference on Religion and Peace, WCRP. Ha ganado varios premios internacionales, entre ellos el World Citizen Humanitarian y el Dag Hammarskjold, que otorga la Academia Pax Mundi de Suecia.

El ex presidente asistió como expositor al Foro convocado en Cali el 31 de mayo por el Observatorio del Congreso al ALCA y al TLC, en el que compartió tribuna con el senador del MOIR, Jorge Enrique Robledo, y con los senadores Habib Merheg y Leonor Serrano.

Cuando se estaba negociando en 2003 el TLC para Centroamérica, Carazo les advirtió a los congresistas costarricenses, en célebre discurso pronunciado ante la Cámara de Diputados: «Cuidado con seguir entregando la Patria. La historia todo lo registra y Dios nos mira. Defenderse no es solamente una actitud valerosa: ¡defenderse es un deber!»

La siguiente es una entrevista exclusiva para Tribuna Roja, concedida por el doctor Carazo al compañero Álvaro Rodríguez, en Cali, el 2 de junio de 2004.

Tribuna Roja: Señor ex presidente, ¿qué similitud hay entre el tratado de libre comercio entre Estados Unidos, Canadá y México, TLCAN, y el suscrito por Estados Unidos con los países centroamericanos?

Ex presidente Rodrigo Carazo: Desde que Estados Unidos empezó a negociar el TLCAN con México y Canadá, me interesé en estudiarlo, porque era evidente que después vendría Centroamérica. El tratado es inconveniente para nuestros países y por ello me comprometí moralmente a dar a conocer mi posición al mayor número de ciudadanos, para convencerlos de que no se dejaran llevar por las ilusiones. Con variaciones mayores o menores, son tratados inspirados en un mismo concepto diseñado por las grandes trasnacionales, y le harán mucho daño a las gentes de Nuestra América.

TR: Como jefe de Estado, usted trató a funcionarios del Fondo Monetario Internacional. Cuéntenos su experiencia.

Rodrigo Carazo: El FMI es de los países poderosos, y se dirige a nuestras naciones con un sentimiento de superioridad y dominio. Yo fui presidente de un país para el cual lo más importante es el ser humano y donde lo fundamental para la vida institucional es el respeto a la persona, a la familia, a la comunidad, y por ello cuando el Fondo Monetario nos exigía sacrificar todo esto, para lograr beneficios de carácter fiscal, les rechacé las propuestas, como era mi deber de jefe de Estado, costarricense y ser humano.

TR: ¿Cómo es que frente al Fondo Monetario, respaldado por una superpotencia, pudo un país pequeño hacer valer una posición tan digna?

Rodrigo Carazo: La dignidad es una condición humana y no tiene que ver con el tamaño del país, sino con la autenticidad y la responsabilidad de quien en aquel momento ejercía como presidente, responsabilidad que hoy asume como ciudadano. Si nuestros pueblos no cuentan con analistas que estén examinando permanentemente qué les conviene y qué no, pueden verse confundidos y ser víctimas de ilusiones y errores que descarrilen la vida institucional y frenen el desarrollo económico y social.

TR: ¿Por qué tanto interés en firmar a toda prisa los tratados?

Rodrigo Carazo: Cabría afirmar que no hay demasiada prisa. Desde el TLCAN hasta el Tratado con Centroamérica pasaron diez años. Lo que aquí vale la pena destacar es que, independientemente del lapso transcurrido, se evidencia el deseo de mantener en las negociaciones con el resto de países latinoamericanos los mismos principios y las mismas fórmulas aprobadas en el TLCAN. Esto lo ha empezado a palpar Colombia con el borrador del Tratado que se le ha propuesto.

TR: Los propagandistas del TLC arguyen que nuestros países deben firmar esos tratados como única vía para el bienestar y el desarrollo. ¿Cuál es su apreciación?

Rodrigo Carazo: Firmar tratados no es en sí mismo una equivocación. Lo que sí configura un serio error es firmar malos tratados, acuerdos en que los países pequeños o de escaso desarrollo sean los que lleven la peor parte. No es justo que seamos nosotros quienes tengamos que asumir condiciones altamente perjudiciales para nuestros pueblos. Es eso lo que hay que rechazar.

TR: ¿Cómo ha visto el comportamiento del Congreso, tanto en México como en Centroamérica, frente al TLC?

Rodrigo Carazo: Como jefe de Estado, debo decir que todos los puestos públicos y la forma de ejercerlos dependen de la rectitud del funcionario, de los intereses que lo motiven y de las esperanzas con que enfrente la solución de los problemas. El funcionario es responsable ante la historia y por ello nunca debe un país cometer el error de tener débil memoria. Que jamás borre el tiempo aquellos nombres que han sido responsables de una pésima negociación, como lo es el TLC de Costa Rica si llega a ser ratificado por los señores diputados.

TR: ¿Quiénes han sido hasta ahora los mayores damnificados?

Rodrigo Carazo: No hay la menor duda: la mayoría de la población. En nuestras naciones siempre habrá un pequeño grupo de ganadores, siempre tendrán la responsabilidad los altos funcionarios y siempre los perdedores serán las inmensas mayorías.

TR: ¿Cómo prevé la integración de un gran movimiento continental de resistencia, incluido el pueblo norteamericano?

Rodrigo Carazo: La única forma posible es hacer conocer de la ciudadanía el TLC, para que lo racional se imponga sobre lo irracional y sean despejadas las falsas esperanzas que siempre se levantan con este tipo de tratados.

TR: En Colombia se aprecia una creciente resistencia de trabajadores y productores. ¿Ocurre igual en Centroamérica?

Rodrigo Carazo: Cada día aumenta el número de personas que están en contra del Tratado.

TR: Nos sorprende su vitalidad en la defensa de la soberanía y la autodeterminación de nuestros países. ¿Qué mensaje le deja a la juventud colombiana?

Rodrigo Carazo: Estamos frente a un arreglo que compromete a millones y millones de latinoamericanos aún por nacer. Son generaciones enteras las que quedarán comprometidas si se llega a aprobar el TLC y por tanto no puede haber descanso. Entre quienes desempeñamos un papel de liderazgo, debe haber empeño y ejercicio pleno de la responsabilidad, para que el mayor número de personas cuente con bases serias de análisis y asuma una actitud digna sin cometer el error de la superficialidad. Frente a esta tarea, a la juventud le corresponde un papel histórico.

TR: ¿Con el TLC cambia la orientación de la agricultura?

Rodrigo Carazo: Lo que pretenden los TLC que se vienen firmando con Centro y Suramérica es que nuestros países abandonen la producción de artículos que garantizan la independencia alimentaria y que nos dediquemos a producir más flores, más plantas ornamentales, más frutas exóticas, que iremos a vender al mismo tiempo a los mismos compradores y a los mismos lugares.

TR: Al Foro le llamó mucho la atención su referencia a campesinos mexicanos que escriben en los muros de las carreteras: «Sin maíz, no hay país». ¿Cuál es el mensaje que usted quiso dejarnos?

Rodrigo Carazo: Quise ser fiel intérprete de lo que los campesinos mexicanos intentan decirle al resto de América Latina: que México entero está siendo destruido por una falsa ilusión y por una falsa expectativa. El gobierno hizo creer que el TLCAN traería consigo el bienestar y una rápida transformación económica. Lo que en verdad ocurrió fue el enriquecimiento de unos pocos y el aumento galopante de la pobreza del pueblo mexicano.

TR: Al cumplirse el plazo final para que los países latinoamericanos firmen el TLC, ¿qué pasará con quienes se nieguen?

Rodrigo Carazo: Cuando se hace un mal negocio, es lógico pensar que haya rechazo. En este momento estamos ante una pésima negociación y no nos queda ninguna otra alternativa que no sea el rechazarla en forma rotunda. Muchos centroamericanos, muchos costarricenses, estamos oponiéndonos al TLC. Ayer [30 de mayo] se llevó a cabo una marcha monumental en San José de Costa Rica para rechazar el Tratado de Libre Comercio.

Así debemos seguir actuando para que haya cada día un mayor número de personas en todo el continente americano dispuestas a engrosar el movimiento.

TROPELIAS Y DESCALABROS DE LA HEGEMONÍA NORTEAMERICANA

Francisco Valderrama Mutis

En los últimos tres meses hemos presenciado el rápido deterioro del gobierno de Bush. La comprobación de que había mentido sobre la existencia de armas de destrucción masiva (ADM) en Irak y los supuestos vínculos con Al Qaeda, lo tenían ya en un predicamento. La revelación de las torturas sistemáticas realizadas por miembros de las fuerzas armadas y mercenarios en la prisión de Abu Ghraib en Bagdad, rompió el consentimiento pasivo de los medios de comunicación y los periodistas se han lanzado a revelar la burda manipulación a la que recurrió Bush para desatar su guerra de agresión colonialista contra Irak. El reciente informe del comité del Senado sobre las mentiras de los informes de inteligencia, así como el reporte Butler sobre los errores de los servicios de inteligencia británicos, acabaron por hundir las pretensiones oficiales de Washington de mantener el engaño.

Bush y su secretario de Defensa Rumsfeld adujeron que las torturas, exhibidas en fotografías y videos por televisión y periódicos, se debían al mal comportamiento de unas cuantas «manzanas podridas» en el ejército norteamericano. Pero se ha confirmado que desde Guantánamo a Abu Ghraib, el gobierno estadounidense montó un sistema secreto de prisiones donde se tortura con la excusa de conseguir información para la lucha contra el terrorismo. Bush mismo se jactó de que a través de este sistema y de cárceles de países subordinados a sus dictámenes, tenía fuera de actividad 3.000 terroristas y que «otros muchos han conocido un destino diferente (…) ellos ya no son más un problema para EU o nuestros aliados», lo cual es sinónimo de que fueron asesinados. Las personas que caen en las redadas masivas en Afganistán, Irak y otras partes del mundo, son clasificadas como «combatientes ilegales» y encerradas en prisiones militares fuera del territorio estadounidense, no tienen derecho a asistencia legal, ni a saber de qué se los acusa, mientras permanecen indefinidamente sometidos a vejaciones y suplicios.

Washington tuvo que revelar memorandos en los cuales se redefinía la tortura y las facultades del presidente de Estados Unidos para ordenarla. Uno de éstos, de los Departamentos de Defensa y de Justicia, sugería que la «autoridad constitucional inherente» de Bush para dirigir una campaña militar lo colocaba por encima de cualquier convención internacional o ley interna que prohibiera el uso de la tortura. Esta es redefinida como «equivalente en intensidad al dolor que produce una herida grave, tal como la rotura de un órgano, el deterioro de la función corporal o aun la muerte». Es decir, que clavar agujas bajo las uñas o sumergir la cabeza de un prisionero en un tanque de agua hasta casi el ahogamiento, no son considerados como torturas. Ni qué hablar de mantener a los prisioneros encapuchados, o privados del sueño y la alimentación, o arrastrarlos por el piso con un dogal de perro atado a sus cuellos, o violarlos. Una joven mujer que publica un boletín electrónico desde Bagdad, conocida como Riverbend, plantea la visión iraquí: «No violen, no torturen, no maten y váyanse mientras puedan –mientras todavía lo puedan mostrar como si ustedes lo hubieran decidido… ¿Caos? ¿Guerra civil? Nosotros asumiremos los riesgos. Solamente cojan sus títeres, sus tanques, sus armas inteligentes, sus políticos estúpidos, sus mentiras, sus falsas promesas, sus violadores, sus sádicos torturadores y váyanse».

Como consecuencia de este escándalo, el gobierno norteamericano tuvo que postergar el informe del Departamento de Estado sobre los derechos humanos en el mundo, en el cual ellos, los torturadores, califican cada año a los otros gobiernos según el grado de respeto a los mismos. Igualmente, tuvo que retirar un proyecto de resolución presentado al Consejo de Seguridad de la ONU mediante el cual pretendía que se extendiera por tercer año consecutivo la inmunidad para los soldados norteamericanos que participan en misiones de esta institución. Y solamente pudo obtener de los países de la OTAN la promesa de ayudar a entrenar las nuevas fuerzas militares iraquíes, mas no su participación directa en la ocupación.

La situación en Irak sigue empeorando para las fuerzas colonialistas. Las bajas estadounidenses se incrementan semana a semana; en julio 9 llegaron a 1.002 muertos y 5.400 heridos; y el funcionamiento de las instalaciones petroleras se ve interrumpido continuamente por los ataques de la Resistencia, que realiza acciones cada vez más coordinadas. La ciudad de Faluja resiste a pesar de los bombardeos indiscriminados sobre la población civil. Fuerzas chiítas se rearman y reentrenan con la ayuda de amigos iraníes. La transferencia de la «soberanía plena» al gobierno espurio de Iyad Alawi, agente de la CIA designado por los colonialistas, y cuya autoridad se fundamenta en las fuerzas agresoras que permanecen bajo el único comando de Washington, realizada apresuradamente y a las escondidas, ha sido desenmascarada en todo el mundo, a pesar de la sumisa Resolución 1546 del Consejo de Seguridad de la ONU, que le da un viso legal a la permanencia indefinida de las fuerzas de ocupación. En suma, lejos de avizorarse un alivio en la situación, ésta tiende a deteriorarse y la pretensión de instalar una «democracia de mercado» en Irak es cada vez más utópica.

La bravuconada de Rumsfeld de que podían librar dos o más guerras simultáneas ha quedado en entredicho. El empantanamiento en Irak, el más debilitado de los tres países clasificados por el maniqueísmo de Bush dentro del llamado «eje del mal», ha mostrado las falencias de las fuerzas militares norteamericanas, su dependencia de mercenarios para misiones importantes, la incompetencia de sus servicios de inteligencia, la sobreutilización de las tropas de reserva, la extensión ilegal del período de servicio de los soldados en activo, y su incapacidad para controlar el territorio y neutralizar movimientos insurgentes apoyados por la población. De ahí que aminorara sus amenazas a Siria e Irán y que haya propuesto a Corea del Norte un acuerdo para el desmonte de su programa nuclear a cambio de seguridad y un «generoso» programa de ayuda económica, en casi los mismos términos que el que propusieron los coreanos hace más de un año y que fue rechazado con altanería.

La revista Newsweek califica el gobierno de Bush como «el más irreflexivo de la historia moderna de EU». Para los intelectuales y la prensa es incapaz y estúpido. Se burlan diciendo que no debería invadir otro país hasta que no sepa pronunciar bien su nombre. El laureado escritor y director de cine, Michael Moore, lo muestra en su documental Fahrenheit 9/11 totalmente atolondrado cuando le comunican el ataque a las Torres Gemelas, como ocurrió en realidad. Un creciente número de norteamericanos, el 62% en la última encuesta, considera que la guerra fue una equivocación. Los familiares de los soldados muertos cada vez hablan más duro e invitan a la prensa a fotografiar los ataúdes, a pesar de la expresa prohibición del gobierno. Si bien las encuestas para la presidencia no muestran diferencias sustanciales, las de Congreso le dan una ventaja de 19% a los demócratas. Ex funcionarios, militares activos y retirados, y hasta un agente de la CIA en funciones, publican libros revelando las falencias y delirios de un equipo de gobierno completamente fanatizado.

En este escenario tiene que afrontar Bush la campaña electoral. Toda la estantería se le está derrumbando. La intervención de Al Gore en mayo 26 le ha dado el tono a la justa electoral. El dirigente demócrata hace una crítica severa de todos los embustes de Bush y de su equipo y plantea que hoy EU y el mundo están más expuestos que antes de la guerra de Irak. Cuestiona su capacidad para dirigir el país y rechaza el asalto a las libertades democráticas por medio de la Ley Patriótica.

Mientras tanto, Kerry propone aumentar las tropas en Irak para «cumplir la misión», darle un golpe de Estado a Fidel Castro con el apoyo de Latinoamérica y desestabilizar a Chávez en Venezuela. Así Al Gore confiese, al calor del debate electoral, que «nuestro mundo es inconquistable porque el espíritu humano es inexpugnable; y cualquier estrategia nacional basada en obtener la hegemonía mundial está condenada a fracasar porque genera su propia oposición y, en el proceso, crea los enemigos para el futuro dominador», la lógica inflexible de la supervivencia del imperialismo, bajo la dirección de cualquiera de los partidos, los llevará a continuar por el camino emprendido de recolonizar a las naciones pobres del Tercer Mundo y enfrentar a las potencias que pongan en peligro su supremacía mundial. Sin embargo, como ya lo estamos viendo, los pueblos han comenzado a levantarse y combatirán hasta derrotar la arrogancia imperialista.

BOLIVIA LUCHA POR NACIONALIZAR SUS HIDROCARBUROS

Juan Pablo Arango

Un pasado de luchas nacionalistas

Bolivia ha librado históricas batallas en defensa de sus recursos naturales. En 1937 nacionalizó el petróleo controlado por la Standard Oil. En 1946 la Federación Sindical de Trabajadores Mineros obtuvo el dominio sobre las minas. En abril de 1952 una insurrección depuso al general Hugo Ballivián y llevó al poder al Movimiento Nacionalista Revolucionario después de que el gobierno desconociera su victoria en las elecciones, adelantó una reforma agraria, nacionalizó los yacimientos mineros, otorgó a los trabajadores participación en su administración y concedió la ciudadanía a la mayoría indígena. En octubre de 1969, en el gobierno del general Alfredo Ovando Candia, se volvió a nacionalizar el petróleo, arrebatándoselo a la Bolivian Gulf Oil Company.

Renace la lucha

En abril de 2000, tras un interregno de tres décadas, retornó la insurgencia popular y nacionalista con la llamada Guerra del Agua, cuando el pueblo de Cochabamba, la tercera ciudad del país, ganó este vital recurso al monopolio estadounidense Bechtel Corporation, que pretendía cesar la prestación del servicio de agua potable y cobrar una indemnización de US$ 25 millones al Estado boliviano en un tribunal de arbitramento del Banco Mundial.

Transcurridos tres escasos años, la insumisión y el nacionalismo bolivianos se encendieron nuevamente para volver a triunfar. A mediados de octubre de 2003 y después de librar una batalla, en la cual perdieron su vida 76 personas y 500 más resultaron heridas, las masas derrocaron a Gonzalo Sánchez de Lozada frustrando su política de entregar el gas al capital foráneo. Rechazaban así airadamente el entreguismo del ahora prófugo ex presidente, dueño de una enorme fortuna amasada al privatizar a su favor la Corporación Minera de Bolivia, ente estatal que detentaba el monopolio sobre la gran minería.

Defendiendo una enorme riqueza

La lucha por la nacionalización de los hidrocarburos continúa contra Carlos Mesa, el sucesor de Lozada, quien mantiene impunes los asesinatos del depuesto mandatario y persiste en entregar las riquezas bolivianas.

La legislación vigente entroniza los Contratos de Riesgo Compartido, que rebajaron del 50 al 18% las regalías en los 78 contratos con los cuales las multinacionales controlan cerca del 90% del petróleo y el gas. No contentas con tan usurarias ganancias, esquilman a la empobrecida población imponiéndole uno de los mayores precios del mundo al gas para el transporte vehicular.

Al igual que los obreros petroleros colombianos, los bolivianos siguen empeñados en defender su empresa estatal de petróleo, YPFB, así como los 28,69 trillones de pies cúbicos probados de gas y 956,9 millones de barriles de petróleo. De persistir la actual política de hidrocarburos, durante los próximos 36 años Bolivia perdería con las transnacionales la astronómica suma de US$ 41.304 millones.

Desde mayo la insubordinación popular retornó, en el empeño por forjar una economía soberana. Todo el país se unió contra el gobierno neoliberal de Carlos Mesa, en pro de nacionalizar el gas y el petróleo, y por resguardar los derechos de las masas laboriosas. El presidente amenazó con despedir y encarceló a los dirigentes del magisterio, quienes protagonizaban una huelga general exigiendo aumento de salarios, mejores condiciones de jubilación, incremento del presupuesto educativo y la nacionalización del gas. La rebelión generalizada se mantuvo hasta junio, cuando los maestros alcanzaron acuerdos parciales con el gobierno y los indígenas levantaron los bloqueos. Se trataba de una pausa para reorganizar y dar nuevo aliento a la lucha.

El referendo tramposo o «trampedendo»

El ímpetu combativo se concentró ahora en rechazar el referendo del pasado 18 de julio sobre el gas, convocado por Mesa con el propósito de entrampar la nacionalización de los hidrocarburos con cinco preguntas redactadas de tal forma que, al margen de su resultado, permiten a las transnacionales continuar adueñadas de ellos. Evo Morales, jefe del Movimiento al Socialismo, MAS, apoyó los tres primeros interrogantes, lo que le ocasionó su expulsión de la Central Obrera Boliviana, COB, que lo acusó de traidor por aliarse con el gobierno.

Aunque la primera pregunta plantea derogar la ley de hidrocarburos promulgada por Sánchez de Lozada, no afecta los contratos vigentes, que seguirán operando hasta cumplir su plazo (por lo menos 40 años). La segunda habla de recuperar la propiedad estatal sobre los hidrocarburos, pero como todas las reservas actuales se rigen por los contratos vigentes, la supuesta recuperación sólo sería para las no descubiertas. La tercera propone reestructurar la empresa estatal de hidrocarburos, manteniéndola siempre subordinada a suscribir contratos con los monopolios extranjeros. La penúltima se refiere al legítimo anhelo de Bolivia a obtener una salida al Océano Pacífico. Y la última recurre al ardid demagógico de orientar los recursos provenientes del gas hacia la «educación salud, caminos y empleos» y gravar a las petroleras dentro de una década con unos impuestos, que no se podrán cobrar por las condiciones que los reglamentan.

Mesa ratificó que no nacionalizará el gas y el petróleo, sea cual fuere el conteo de la consulta, y a sólo tres días de ésta firmó un compromiso con el FMI para facilitar las exportaciones de hidrocarburos a partir de octubre de 2004. El referendo fue rechazado por la COB y las organizaciones campesinas, vecinales y populares; y lo apoyaron los organismos financieros internacionales, la Embajada y el Comando Sur de Estados Unidos, las transnacionales petroleras, los grandes medios de comunicación y los sectores más ricos de la población.

«Seguiremos defendiendo el gas»

El gobierno amedrentó a los opositores desencadenando la represión, adelantando una apabullante campaña publicitaria y rechazando la decisión del Congreso de que el voto no era obligatorio y que para la validez de la consulta se requiere que asista al menos el 50% de los electores potenciales. Aunque el presidente promulgó esta ley, aclaró que obligaría a todos los ciudadanos a concurrir a las urnas, bajo sanción, multa y cárcel, lo que de inmediato refrendaron la Corte Nacional Electoral y el Tribunal Constitucional.

Empero, toda esta andanada no logró intimidar a los opositores. Jaime Solares, presidente de la COB, advirtió: «El pueblo ya ha hecho su referendo en octubre, cuando echó a Sánchez de Lozada y luchó por la industrialización y la nacionalización del gas. Seguiremos defendiendo el gas». Su colega, Roberto de la Cruz, dirigente de El Alto, lo apoyó diciendo: «Si nosotros no defendemos el gas, ¿quién va a defenderlo? El pueblo va a vencer a las transnacionales y a la represión».

Según Econoticias Bolivia, los datos preliminares mostraban que el 60% de los bolivianos con derecho a voto repudiaron el referendo: más de 640 mil no se inscribieron, casi 1,8 millones no asistieron a las urnas (frente a la abstención de un millón de las últimas elecciones en 2002 y 1997) y más de 600 mil votaron nulo o blanco. Pese a contar con sólo uno y medio o dos millones de votos, cuando el umbral aprobatorio exige aproximadamente dos y medio, el presidente Mesa proclamó su victoria.

El referendo fue una escaramuza en la gran batalla por nacionalizar el gas y el petróleo. Así lo aseguró Jaime Solares: «Pueden ganar su referendo, pero no podrán derrotar al pueblo que ha luchado en octubre, que ha luchado antes del 18 de julio y que seguirá luchando después del 18 de julio por la industrialización del gas y por la nacionalización».

Una lucha de Latinoamérica entera

La tea encendida en el altiplano mediterráneo, es tan solo una de las que iluminan la resistencia continental contra la recolonización estadounidense. En toda América Latina prolifera la oposición al ALCA y a los Tratados de Libre Comercio, TLC.

En sus acciones insurgentes de los últimos años, los bolivianos siempre han incluido la denuncia contra el ALCA y las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio. Por su parte, en Venezuela Hugo Chávez rechaza oficialmente estos acuerdos, así como las maniobras gringas por desestabilizar su gobierno. Brasil encabeza los esfuerzos del Cono Sur por consolidar una alternativa al ALCA. Los ecuatorianos también se oponen a las negociaciones para refrendar un TLC con Washington y rechazan en conjunto la política neoliberal de Lucio Gutiérrez. En Perú Alejandro Toledo padece índices de impopularidad superiores al 90 % y sigue sumido en una corrupción gubernamental cuyo último episodio llevó a la renuncia del ministro de Agricultura, José León Rivera, por regentar un prostíbulo de menores de edad, y el 14 de julio enfrentó un paro nacional contra su política económica y social. En Guatemala se registró otro paro nacional en el mes de junio, obligando al gobierno de Óscar Berger a estudiar las demandas populares contra los desalojos campesinos, los nuevos impuestos y el Tratado de Libre Comercio Centroamérica-Estados Unidos. Y en Colombia, las negociaciones del TLC se inauguraron en junio con multitudinarias manifestaciones de rechazo en Bogotá, Barrancabermeja, Bucaramanga, Medellín, Manizales, Pasto, Neiva, Palmira, Cúcuta, Buenaventura, Pereira, Popayán y Cartagena. En esta última la movilización fue reprimida por la policía con gases lacrimógenos y bolillo a granel, golpeando incluso a los congresistas que la encabezaban.

Los acuerdos y las políticas globalizadoras patrocinados por la Casa Blanca enfrentan mil escollos interpuestos por un continente hermanado en la defensa de sus riquezas materiales y humanas, los derechos y el bienestar de sus pobladores, y la autodeterminación de sus naciones.

EL TRATADO DE LIBRE COMERCIO CON ESTADOS UNIDOS: A LAS PUERTAS DEL PACTO DE RECOLONIZACIÓN

Enrique Daza Gamba

El 18 de mayo Colombia, Ecuador y Perú comenzaron las negociaciones de un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos (TLC). Cerca de 30 días de reuniones, durante nueve meses, definirán la política económica de estos países en las próximas décadas. En el caso de Colombia, como era de esperarse, el gobierno de Uribe se mostró preocupado porque las negociaciones no fracasaran.

Los países del área han tratado de unificar posiciones, pero ni siquiera en el marco de la Comunidad Andina, CAN, pudieron ponerse de acuerdo en establecer un Arancel Externo Común y postergaron la definición para cuando el proceso haya culminado, con lo cual cualquier esfuerzo de coordinación queda supeditado al TLC.

Colombia, por la inferioridad abrumadora de su aparato productivo, no está –ni lo estará en décadas– preparada para un acuerdo de este tipo con la economía estadounidense, a menos que lo haga en calidad de colonia, como administrador de mano de obra barata, receptor pasivo de inversión en recursos naturales, exportador de productos básicos sin elaboración, y perdiendo la soberanía y la capacidad del Estado para promover el desarrollo.

Arranca negociación en medio de la protesta popular

El 18 de mayo, después de casi dos años de intensa propaganda sobre las virtudes del acuerdo, el gobierno se encontró con la sorpresa de que más de ochenta mil colombianos desfilaron por las calles de las principales ciudades del país protestando contra el TLC. Hubo manifestaciones en Cartagena, Bogotá, Barrancabermeja, Bucaramanga, Medellín, Manizales, Pasto, Neiva, Palmira, Cúcuta, Buenaventura, Pereira, Popayán y otras poblaciones. Los diarios tuvieron que registrar la magnitud de las mismas, y las cadenas de televisión y radio se vieron obligadas a mostrar que la iniciación de negociaciones no ocurrió, precisamente, con la aprobación y el entusiasmo de la población. En encuestas de RCN Televisión, 60% de los encuestados afirmaron que el TLC no aumentaría el empleo y 75% se manifestaron contra el Tratado. Aun las agencias Reuters y AP destacaron más la magnitud de las protestas que las declaraciones gubernamentales.

Al tiempo que el gobierno rodeaba de garantías a los negociadores norteamericanos en Cartagena, agredió brutalmente a las veinte mil personas que adelantaban una marcha pacífica para demostrar su inconformidad. La arremetida de los cuerpos élites de seguridad dejó heridos a varios periodistas y camarógrafos de El Heraldo, RCN y la Associated Press. Hubo más de 20 detenidos y salieron apaleados varios congresistas de distintas vertientes políticas que encabezaban la manifestación: Jorge Enrique Robledo del MOIR y Alternativa Democrática, Piedad Córdoba del Partido Liberal, Gustavo Petro del Polo Democrático Independiente, Lorenzo Almendra de las Autoridades Indígenas de Colombia y Bernardo Hoyos del Movimiento Ciudadano, junto con los tres presidentes de las centrales sindicales, importantes dirigentes del Consejo Consultivo Laboral Andino y otros líderes sociales.

Connotados defensores del TLC, como Rodrigo Pardo, manifestaron que «el bolillo en las calles de Cartagena contra congresistas de oposición que critican al TLC no es propiamente la mejor carta» y que «no se puede eludir el debate ni mucho menos reprimir a los críticos». 24 horas antes, el alcalde de Cartagena había prohibido la marcha en el centro histórico y aledaños, cerrado la Universidad de Cartagena –donde en la mañana estaba programado un foro– y clausurado el Coliseo Bernardo Caraballo, sitio de concentración de los manifestantes. La ciudad fue militarizada y las autoridades no presentaron ninguna fórmula para posibilitar la protesta. La reacción fue la represión, simple y cruda.

Las centrales sindicales y el movimiento popular decretaron un paro para la fecha, apelando al legítimo derecho de los sectores populares a expresar su desacuerdo. El gobierno respondió en forma violenta y dmostrando el propósito de suscribir el Tratado a cualquier precio.

Pueblos andinos avanzan en la coordinación de sus luchas

El 16 y 17 de mayo, se cumplió exitosamente en Bogotá el Encuentro Andino de Organizaciones Populares. Asistieron más de 150 personas, 19 de ellas delegados internacionales de Estados Unidos, Honduras, Brasil, Ecuador, Bolivia, Perú y Venezuela. De Colombia, estuvieron representadas más de cincuenta organizaciones de profesionales, el agro, cívicas, juveniles, de mujeres, no gubernamentales, sindicales, políticas, afroamericanas y ambientalistas.

El encuentro debatió la política norteamericana y concluyó con un rotundo rechazo al TLC: «Hacemos un enérgico llamado a todas las fuerzas vivas de la región, principiando por los sectores populares y la inmensa mayoría de habitantes que se verán lesionados por estos acuerdos, a oponer una vigorosa resistencia e impedir, mediante la lucha activa y organizada, la ambición estadounidense de recolonizar la región. Nuestra apuesta es por otro tipo de desarrollo que represente los sueños y aspiraciones de los pueblos, basado en el respeto de los derechos humanos, el fortalecimiento del mercado interno, el aseguramiento del bienestar de la población, la industrialización, la soberanía alimentaria, la libre autodeterminación de los pueblos, la protección de la biodiversidad y del medio ambiente, para asegurar unos lazos fraternales y sólidos entre los pueblos y países de la subregión y de toda América Latina».

En la reunión se aprobó una jornada de movilización entre el 14 y 18 de junio, con ocasión de la segunda ronda de negociaciones en Atlanta; enviar una carta al Senado norteamericano; fortalecer los lazos sectoriales y temáticos entre las organizaciones de la región; expedir la Declaración de Bogotá y citar una reunión dentro del Foro Social de las Américas el 27 y 28 de julio en Quito.

El encuentro fue clausurado por el indígena Humberto Cholango, presidente de Ecuarunari, quien señaló la necesidad de nuevos esfuerzos por unir a los pueblos andinos y expresó la voluntad de los ecuatorianos de proseguir la lucha contra el TLC.

A cada concesión de Uribe, nuevas exigencias norteamericanas

El 14 de junio se cumplió en Atlanta, Estados Unidos, la segunda ronda de negociaciones del TLC Andino con Estados Unidos. El gobierno de Uribe declaró que no informaría a la opinión pública sobre el contenido de las negociaciones ni sobre las posiciones de Estados Unidos o las del equipo colombiano. El ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero, explicó: «Se conocerá la selección que jugará, pero no qué defenderá ni cómo lo hará». Se instaló un cuarto de lectura en el Ministerio de Comercio, donde algunas personas podrán consultar documentos en pantalla, por tiempo limitado, siempre y cuando se comprometan a no divulgar el contenido ni siquiera entre los sectores que representan. Si se suministra alguna información, debe limitarse en el mejor de los casos al estado de la negociación en el respectivo sector. Lo sustancial de lo «negociado» se mantendrá en secreto hasta cuando se divulguen los resultados finales en la última ronda.

Quedó así desvirtuada toda la fraseología sobre la participación de la sociedad civil, las regiones y el Parlamento. La relación de los negociadores con la población se limitará a la defensa por parte del gobierno, sin mayores estudios previos, de la conveniencia de firmar el tratado.

Como el resultado de los demás TLC ha sido calamitoso para países como México, el gobierno ha salido a replicar que para aprovechar el libre comercio se requiere una «agenda interna» complementaria, procediendo a nombrar a un ilustre desconocido al frente de la misma. Pero esa agenda no está contemplada en el Plan de Desarrollo y el gobierno la está improvisando, a pesar de que, según la propaganda oficial, constituye la garantía de que el Tratado beneficiará al país.

La inconformidad cunde entre los empresarios, los arroceros protestan, los algodoneros presagian una debacle, los palmeros desconfían, los productores de medicamentos y agroquímicos genéricos levantan la voz al filtrarse el borrador de la propuesta norteamericana en el tema de propiedad intelectual, que aspira a «quedarse con todo», los sectores de la cultura quieren ser exceptuados y las universidades llaman a que no se trate la educación como una mercancía.

Unos días antes de la ronda de Atlanta, el representante comercial de Estados Unidos, Robert Zoellick, señaló que la Comunidad Andina era un acuerdo de papel y que se debería eliminar el sistema andino de franjas de precios, renunciar a los mecanismos de subasta de cosechas que a comienzos del año habían sustituido los convenios de absorción y acabar mecanismos de protección del agro tales como los seguros cambiarios y las licencias previas. Esta posición fue ratificada por Regina Vargo, jefa del equipo negociador estadounidense. Que los norteamericanos no están dispuestos a liberalizar su economía lo prueba que excluyeron de las negociaciones los servicios marítimos y aéreos, como también las ayudas internas al agro. Reafirmaron además la política de protección a su industria y exigieron alargar el periodo de vigencia de las patentes.

La radicalidad estadounidense era previsible, pero nuevamente es notoria la debilidad del gobierno colombiano, que no solo reafirmó que pone todo sobre la mesa de negociaciones, sino que ha aceptado eliminar las franjas de precios y adopta medidas para desproteger a los agricultores nacionales, como está sucediendo con el arroz. En el caso del algodón gravita la reciente afirmación de la eminencia gris del gobierno, Rudolf Hommes, de que para garantizar la competitividad de las exportaciones textileras hay que sacrificar a los algodoneros.

En el tema laboral, el gobierno norteamericano se dio el lujo de posar como defensor de los derechos de los trabajadores colombianos, cuando en realidad está defendiendo a sus propios empresarios, mientras que el gobierno de Uribe no garantiza el cumplimiento de la legislación laboral, pregonando una supuesta defensa de la autonomía normativa, que ya ha cedido vergonzosamente en otros campos como el petrolero.

Departamentos, damnificados del TLC

En las negociaciones del TLC con Estados Unidos, uno de los temas polémicos ha sido el de la participación de las regiones. Del tratado entre Estados Unidos y México se reconoce como resultado prioritario el aumento de las disparidades regionales. El gobierno colombiano ha sido sordo ante muchos reclamos regionales que, de llegar a firmarse el TLC, ven amenazados los sectores productivos, las empresas públicas y aún más la capacidad para desarrollar programas sociales. Subsiste una gran ignorancia entre las autoridades y fuerzas vivas acerca de las graves implicaciones del Tratado.

El gobierno está obsesionado en firmar lo que sea y a toda costa, lo que presagia graves males para el futuro de millones y millones de colombianos y para las generaciones venideras.

LUCHAS SINDICALES

Defendamos el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar

Durante los días 11 y 12 de junio se realizó un encuentro convocado por el Comité Nacional por la Defensa del ICBF, al cual asistieron más de doscientos delegados de 26 departamentos, en representación de organizaciones sindicales y comunitarias que gravitan en torno a los programas del Instituto. También estuvieron presentes delegados de la CUT y Alternativa Democrática.

El evento abordó el análisis de la situación nacional y la problemática del ICBF y trazó un plan de acción que refleja el carácter unitario logrado para defender los programas de la niñez y los derechos de los trabajadores que los adelantan.

El gobierno amenaza al ICBF con privatizar o desmontar los programas mediante la «municipalización» y la «focalización» (Sisben) de los servicios. Con la primera se propone trasladar a los hoy arruinados municipios la administración y parte del financiamiento. La prestación de los servicios se haría con empresas contratadas, lo que convertirá al ICBF en botín de la politiquería. La «focalización» en «los más pobres de los pobres» es la política oficial propuesta para la educación y la salud públicas, que conduce a la total negación de las obligaciones sociales del Estado.

El despropósito contra el ICBF ya ha dado pasos tan nefastos como el cierre de Hogares Infantiles, la clausura o privatización de las plantas de bienestarina, la negativa a practicar en los laboratorios del Instituto las pruebas de paternidad y el impulso de cooperativas de trabajo asociado para cambiar la modalidad de vinculación de las madres comunitarias con miras a liquidar los Hogares Comunitarios.

El encuentro recibió una conferencia sobre las implicaciones nefastas del TLC para el país y para el ICBF que, al igual que el Sena y las Cajas de Compensación Familiar, vive de las rentas parafiscales, las cuales desparecerán con la quiebra de la producción nacional y la «desregularización» de los contratos de trabajo.

El plan de acción recogió todo un cronograma de tareas, entre las que se destacan: invitación a todos los alcaldes del país para engrosar el Comité Nacional por la Defensa del ICBF; reactivación de los comités municipales y departamentales, que se vincularán al Comando Unitario y a la Gran Coalición Democrática; movilización nacional por la defensa del ICBF y sus programas; creación de Comités por Usuarios; adhesión a las organizaciones de lucha contra el TLC y el ALCA y, finalmente, campaña decidida por concretar la unidad de los sindicatos, la cual se iniciará con los que agrupan a los trabajadores de los Hogares Infantiles y, posteriormente, con las distintas asociaciones de madres comunitarias. El objetivo es conformar en corto tiempo una sola organización, como herramienta definitiva para la batalla por defender el ICBF y la soberanía nacional.

Mineros del carbón derrotan la reforma laboral de Uribe

Los trabajadores de la multinacional gringa Drummond, que saquea el carbón del Cesar, lograron conquistar en su nueva convención, entre otros avances, que se suspenda la aplicación de la última reforma laboral o Ley 789 de 2002. Estos mineros forman parte de Sintraminergética, sindicato de rama económica que aglutina un considerable número de obreros del carbón, el oro, el cobre y el asbesto y que ha jugado un papel protagónico en la organización de los trabajadores de las distintas empresas vinculadas a la explotación del carbón del Cesar.

Durante la etapa previa a la negociación y en el transcurso de la misma, se adelantó entre las bases una amplia explicación sobre los estragos de la reforma y se llamó a derrotarla paralizando la extracción de carbón. La firme posición de los trabajadores y el correcto aprovechamiento de la situación internacional fueron los factores esenciales para lograr los objetivos.

Según la convención, a los trabajadores se les continuará liquidando el trabajo nocturno, los dominicales y festivos conforme a la Ley 50 de 1990, al igual que la tabla indemnizatoria. Una conquista muy importante para el movimiento sindical, que alienta la lucha por recobrar los derechos perdidos en tres lustros de imposiciones neoliberales. Ya otros sindicatos habían logrado compensaciones por este recorte, sin alcanzar tan resonante victoria. El logro de los compañeros de Sintraminergética en la Drummond pone al desnudo la falsedad de los argumentos de Uribe contra los salarios y prestaciones de los trabajadores, y anima a otros de similares condiciones a levantarse en combate y entender que el neoliberalismo y la globalización son políticas imperialistas que pueden derrotarse.

Al calor de las luchas reivindicativas, los trabajadores del carbón, el níquel, el petróleo y otros recursos estratégicos deberán elevando el nivel de conciencia política tras la patriótica exigencia de nacionalizar todas las minas y yacimientos, hoy saqueadas por las multinacionales gringas y europeas.

Comité Distrital de Vendedores Informales: En pie contra el acoso y el desalojo

Según la encuesta de calidad de vida realizada por el DANE el año pasado, en Bogotá hay cerca de 3 millones 500 mil bogotanos económicamente activos; de estos, 451 mil están desocupados y alrededor de 2 millones 900 mil tienen algún ingreso. Esta última cifra incluye 880 mil trabajadores independientes, de los cuales más de 200 mil son vendedores ambulantes y estacionarios.

Por las anteriores cifras es fácil entender la importancia económica que tienen los vendedores ambulantes. Lo difícil de comprender es el empecinamiento de las administraciones distritales en sacarlos de las calles, a sabiendas de que así se incrementan el hambre y la miseria. Esta necedad la explican con la teoría de que la ciudad se debe preparar para recibir a los inversionistas que supuestamente van a resolver el problema de falta de empleo, pero que ellos no llegan si las calles se ven feas con tanto vendedor.

La verdad es que estos negociantes hacen sus inversiones si se les garantiza buena rentabilidad. Por ejemplo, para apoderarse de las empresas de servicios públicos primero exigen altas tarifas que les produzcan inmensas ganancias o, de lo contrario, no invierten.

Mientras los inversionistas buscan negocios rentables por todo el mundo, a los vendedores les toca seguir luchando por la subsistencia en las calles, defendiéndose de los operativos de acoso y desalojo ejecutados por las autoridades capitalinas, con la aplicación del Código de Policía y del decreto 098 de 2004 que reglamenta la forma en que se debe proceder para sacarlos de su puesto de trabajo. A esto se suma la utilización que el actual gobierno distrital hace del listado de sitios públicos recuperados a la fuerza por las anteriores administraciones, lavándose las manos, pero continuando con la decisión de impedir que los vendedores laboren en las calles.

Por eso desde cuando se inició la aplicación del Código de Policía, el 21 de julio de 2003, se han hecho gigantescas marchas y tanto Sindevendedores como otras organizaciones y líderes del gremio se han agrupado en el Comité Distrital de Vendedores Informales, aprestándose para seguir dando la batalla por el derecho al trabajo.

Su justa lucha merece el respaldo del pueblo bogotano y, especialmente, de todos los afectados por las políticas del gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que golpean la producción nacional, aumentan el desempleo y multiplican los problemas de los desposeídos y oprimidos de Colombia, condenándolos, en el mejor de los casos, a refugiarse en los empleos informales.

MOSQUERA: INTERNACIONALISTA Y PATRIOTA

Enrique Daza

Desde sus primeras actuaciones en política, Francisco Mosquera enmarcó la situación colombiana en su contexto internacional, siguió cuidadosamente la evolución de los acontecimientos mundiales y trabajo incansablemente por establecer vínculos de solidaridad entre la revolución colombiana, las naciones oprimidas y las fuerzas democráticas y progresistas del planeta.

El MOIR nació en un momento en el cual se daba una gran polémica tendiente a caracterizar la naturaleza de la dominación norteamericana sobre Colombia. A esto dedicó Mosquera buena parte de sus primeros escritos, señalando cómo a comienzos de los setentas el imperialismo norteamericano había llegado a una etapa de eclipse y arreciaba el movimiento de liberación nacional, hasta lograr resonantes éxitos en Vietnam, Laos y Camboya. Estimulados por el triunfo de la revolución cubana en 1959, durante la década de los sesentas se acrecentaron las rebeliones en América Latina. La China dirigida por Mao Tsetung lideraba la lucha internacional de la clase obrera, y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, –dirigida por una camarilla revisionista– renegaba de los postulados del marxismo, restaurando el capitalismo. En medio de esta situación, Mosquera, al lado de la posición adoptada por Mao, criticó a quienes embelesados por la experiencia chilena planteaban el camino de las reformas como ejemplo a seguir, y propuso sumarse al torrente antimperialista que había puesto a Estados Unidos en, tal vez, el peor momento de su historia.

Unos pocos años más tarde, la situación favorable para los pueblos cambió; hubo una enorme transformación en la situación mundial, la cual Mosquera avizoró tempranamente. La URSS, que posaba de socialista, se convirtió en potencia imperialista y quienes la secundaban devinieron en palafreneros suyos. Naciones que habían derrotado al imperialismo se convirtieron en satélites de la nueva potencia y ésta, valiéndose de las dificultades norteamericanas, continuó su escalada por el control del mundo. En este proceso de involución de la URSS, su invasión a Afganistán, en diciembre de 1979, constituyó un hito. Mosquera aclaró que se había producido un viraje, convirtiéndose esta potencia en el «más tenebroso baluarte de la reacción mundial» con una ofensiva estratégica que venía desde 1975. En consecuencia, Mosquera propuso conformar un frente único contra ella, reivindicando los criterios maoístas. En estas nuevas circunstancias, estudió y resumió la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, comparando la posición del gobierno de Carter frente a la URSS con la de quienes quisieron contener a Hitler apaciguándolo.

En la década de los ochentas, y en contravía de lo que pensaba buena parte de la llamada izquierda, analizó cotidianamente la evolución de la situación mundial, reivindicó una y otra vez que «el marxismo auténtico es anticolonialista» y examinó cómo la potencia agresora estaba extendiendo sus tentáculos por todo el globo, desde Centroamérica hasta el Cuerno de África, pasando por el Sudeste Asiático y todos los confines de la Tierra. La invasión a Granada, las vicisitudes de los centroamericanos y el nefasto papel de Cuba en este periodo fueron examinados a profundidad. Sin lugar a dudas, fue el único colombiano que supo relacionar la ofensiva soviética con la política de «paz» aplicada por Belisario Betancur a comienzos de esa década.

Francisco Mosquera fue un infatigable defensor de la soberanía nacional, del derecho de los pueblos a la autodeterminación y del establecimiento de vínculos de respeto y beneficio mutuo entre los países. Estos principios fueron refrendados por el MOIR en el programa de la Unión Nacional de Oposición, UNO, en los setentas, en el Frente por la Unidad del Pueblo, FUP, en los ochentas, y en la lucha por la Salvación Nacional en los noventas. Nunca permitió que nuestro Partido gravitara en torno a un eje diferente a los principios revolucionarios y la realidad nacional y fue celoso en propugnar que la revolución y los partidos revolucionarios deben apoyarse en sus propios esfuerzos.

A finales de los ochentas el imperio soviético se desplomó como producto de la decadencia del aparato productivo, la costosa expansión mundial y la degeneración de la clase dirigente. Resurgió entonces la hegemonía norteamericana, la cual fue examinada por Mosquera, quien –en lugar de aceptar los anuncios de que vendría una época de armonía y prosperidad– vaticinó una creciente inestabilidad, la agudización de las contradicciones mundiales, la mayor agresividad norteamericana y la inminente recolonización de América Latina.

En medio de esa situación cambiante, en la cual se pasó de una crisis norteamericana al ascenso y caída del imperio soviético y al nuevo predominio de la potencia del Norte, Mosquera supo establecer los lazos entre la táctica de la revolución colombiana y la correlación global de fuerzas. Pero su labor no fue la de un frío analista de los acontecimientos. Por el contrario, sus escritos oportunos y su labor práctica lo llevaron a saludar los triunfos de las revoluciones en Indochina, las hazañas de los combatientes afganos contra el socialimperialismo, así como a elogiar la osadía de los polacos al enfrentarse a los rusos y a presagiar importantes luchas de los pueblos en contra de la globalización y las políticas neoliberales.

En todas las etapas descritas se preocupó por extraer de cada acontecimiento enseñanzas para el pueblo colombiano, derivadas de su profundo conocimiento de la historia del país y del mundo.

Los escritos de Mosquera eran cuidadosos y detallados; detrás de cada afirmación suya había una extensa investigación y un debate minucioso. Aunque insistía en las caracterizaciones básicas para dotar al Partido de un lenguaje común, en sus análisis no había simplismo ni dogmatismo. Analizaba la realidad en su movimiento y siempre aclaraba cuáles eran las tendencias posibles en el desarrollo de los fenómenos, y sus implicaciones en la práctica de los revolucionarios. Su precisión y consecuencia, acompañadas de las diferenciaciones, matices y énfasis apropiados en cada momento, lo hicieron un verdadero internacionalista en el doble sentido de comprender cómo evolucionaba el mundo y cuál debía ser la táctica del Partido para sacar ventaja de las dificultades y oportunidades.

El pensamiento de Mosquera escaló nuevas cumbres en la doctrina marxista y es un ejemplo de aplicación de la teoría a la realidad concreta. Nuestro fundador y guía hizo un significativo aporte al acervo revolucionario de los pueblos del mundo.

LA TÁCTICA ES DECISIVA

Francisco Valderrama Mutis

Francisco Mosquera marcó un hito en la historia de la revolución colombiana cuando en 1965 encabezó una revisión autocrítica de los fundamentos básicos que habían orientado la acción revolucionaria de los diferentes partidos y movimientos de la izquierda hasta entonces. No bastaba que las tesis principales 0sobre la línea estratégica y táctica, que debían regir la lucha en las revoluciones nacionales y democráticas en las naciones sometidas a la dominación neocolonial del imperialismo norteamericano, hubieran sido ya planteadas en lo fundamental en las obras de los grandes maestros del marxismo. Se necesitaba que surgiera un dirigente que tuviera la visión política para poder entender la realidad colombiana y el valor para ir contra la corriente, con el fin de darles el contenido nacional necesario para traducirlas en directrices políticas alrededor de la cuales se aglutinaran los sectores más avanzado de la clase obrera y el pueblo colombiano.

Ese fue el papel que cumplió Francisco Mosquera enfrentando con franqueza las tendencias oportunistas predominantes en la época. Defendió la tesis fundamental de la necesidad de un partido de la clase obrera, vinculado firmemente a las masas populares, que las guiara en su vinculación a la lucha política. Un partido que al enfrentar al imperialismo contara con un programa nacional y democrático de la revolución colombiana. Precisamente en un momento en el cual primaba lo contrario: el abandono del trabajo político entre las organizaciones de las masas obreras y populares, el camarada Mosquera criticó a quienes creían «que el tableteo de las ametralladoras sacaría al país de su marasmo secular y depararía como por generación espontánea, cada uno de los elementos imprescindibles para el estallido general». Y agregó: «Con arreglo a tales desvaríos no es la lucha política la escogida para desobstruir la senda del levantamiento insurreccional, sino éste el encargado de promover aquélla. La insurrección no depende de la política. Allí la política depende de la insurrección».

Mosquera planteó que no bastaba con hacer el señalamiento general del imperialismo norteamericano como el enemigo principal de los pueblos de América Latina, sino que había que hacer un análisis de la situación nacional y de las clases sociales, con el fin de determinar con precisión el carácter de la revolución y las fuerzas susceptibles de luchar contra dicho enemigo, congregándose en un frente único. Del estudio cuidadoso de estos factores concluyó que la revolución colombiana tenía que cumplir primero las tareas de una revolución nacional y democrática para liberarse del yugo de la dominación neocolonial de Estados Unidos y que para su realización, el proletariado era el factor dirigente a cuyo alrededor tendría que aglutinar al campesinado, a la pequeña burguesía urbana y rural y a la burguesía nacional. Con lo cual se opuso a quienes con ligereza extrema planteaban que en Colombia existían las condiciones económicas y políticas para emprender ya la revolución socialista.

Para poder adelantar la construcción de ese frente de todas las clases y sectores susceptibles de engrosar las filas revolucionarias, Mosquera planteó que la clase obrera debía tomar decisiones tácticas adecuadas en cada uno de los momentos de la lucha política y que para hacerlo no bastaba tener claros los objetivos estratégicos de la revolución, sino que había que tener en cuenta las mutaciones de la correlación de fuerzas, los flujos y reflujos de la revolución, el estado de ánimo de las masas para vincularse a la lucha, el grado de desarrollo de su conciencia política, la capacidad, cohesión e iniciativa del enemigo y la situación internacional en su conjunto.

En cada uno de los momentos de la lucha por la construcción del MOIR y por abrirle paso en el escenario nacional, Mosquera aplicó con rigor estos criterios tácticos. No dudó en plantear, por ejemplo, la necesidad de participar en la lucha electoral, corrigiendo el falso criterio de que la abstención era una posición que caracterizaba a los revolucionarios. Reconoció sin esguinces que «El MOIR también creyó que la abstención era una de las divergencias con los revisionistas colombianos; grave equivocación que hoy rectifica autocráticamente con la decisión de tomar parte en la lucha electoral». E instruyó al MOIR para que aprovechara las campañas electorales para educar a las masas en la necesidad de organizarse y batallar por culminar las tareas centrales de la revolución de nueva democracia.

Asimismo, cuando a finales de 1972 se planteó la posibilidad de conformar un frente de izquierda para enfrentar con un candidato único la estrategia reaccionaria de prolongar el Frente Nacional, y de unificar en una sola central todas las fuerzas sindicales para combatir la hegemonía de la UTC y CTC, centrales obreras predominantes en aquel entonces, Mosquera le planteó al MOIR la necesidad de participar en esta alianza. Sobre esta nueva política unitaria con viejos contradictores con los cuales veníamos enfrentados en aguda polémica escribió: «La Política de Unidad y Combate representa un cambio en la táctica del MOIR». Y añadió: «Es obvio que con la actitud anterior de frontal enfrentamiento con el Partido Comunista no podríamos adelantar con éste ningún tipo de acuerdos. El partido revolucionario que piense en serio en el Poder y en el cumplimiento de sus programas no puede renunciar a pactar las alianzas y compromisos que la lucha le imponga. El marxismo-leninismo enseña como verdad universal confirmada por la historia que las alianzas transitorias o duraderas efectuadas durante el largo y complejo proceso de una revolución, están determinadas por el curso forzoso y contradictorio de los acontecimientos y dependen en grado sumo del comportamiento de los sectores conscientes y avanzados, de la vanguardia revolucionaria». El MOIR se fortaleció en cada una de estas tareas y comprendió que «el temple de un partido se mide en la audacia y en la capacidad de amoldar su táctica a las situaciones fluctuantes».

Ligando el estudio de la teoría con la práctica política de las masas, Francisco Mosquera formuló enseñanzas invaluables sobre la táctica, cuya aplicación permitirá avanzar en la construcción del frente único antiimperialista que precisa la nación para la conquista plena de su soberanía.