VICTOR MORENO RESUMÍA NUESTRAS MEJORES TRADICIONES

(Palabras pronunciadas por el camarada Gabriel Fonnegra en el acto de homenaje a Víctor Moreno, con motivo del primer aniversario de su fallecimiento. Hotel del Parque, Bogotá, 5 de mayo de 1998)

Si hay un hombre en este Partido que resuma a cabalidad nuestras mejores tradiciones y ese acervo de ricas experiencias que hemos logrado atesorar durante más de treinta años, ese hombre es Víctor Moreno, muerto en accidente de tránsito el Primero de Mayo de 1997 y cuyo primer luctuoso aniversario conmemoramos hoy. Víctor exhibía las virtudes del auténtico bolchevique, activo y valeroso, abnegado y sincero. En él veíamos a esa clase de cuadro proletario, disciplinado, lúcido y leal, del que Mosquera dijo alguna vez que eran para el Partido su más preciado bien; pues será su destreza, añadía Pacho, la que decidirá el futuro en las horas cruciales. De su capacidad y posición de clase pueden dar fe quienes lucharon a su lado desde 1969 hasta el momento trágico en que lo sorprendió la muerte. Camarada de temple y reciedumbre, se había entregado en cuerpo y alma a las tareas de la Revolución, tanto en el frente sindical de Indupalma, como entre los colonos y labriegos de la Serranía de San Lucas y, en los últimos años, entre los vendedores ambulantes y estacionarios. Con él se fue una parte valiosísima, inapreciable, de nuestra historia partidaria.

Víctor Manuel Moreno Mogollón había nacido el 15 de septiembre de 1941 en Bolívar, Santander, hijo de una familia campesina. Sin cumplir aún los veinte años, ingresó como trabajador de planta en Industrial Agraria La Palma, Indupalma, en cuya inmensa plantación, localizada en San Alberto, Cesar, consumían su vida algo más de cuatro mil trabajadores, en buena parte adscritos a pequeñas empresas independientes. Indupalma pertenecía al poderoso consorcio de Moris Gutt, persona muy ligada a Misael Pastrana Borrero, el primer mandatario de Colombia por la época en que estalla el conflicto.

Desde años atrás venía estando Víctor empeñado en franca lid contra los dirigentes amarillistas. Pero sólo en 1969, al entablar contacto con el Bloque Sindical Independiente de Santander, uno de los puntales del MOIR, fue cuando esta batalla cobró una nueva dimensión. Cuadros del MOEC, como Alirio Vera, Álvaro Silva y Anselmo Contreras, bajaban cada fin de semana a San Alberto, donde Víctor, en compañía de su esposa, María Cecilia Vélez, citaba reuniones secretas a altas horas de la noche, para estudiar marxismo y adoptar decisiones tácticas, en un ambiente de sigilo y clandestinidad, verdaderamente conspirativo, para evadir a los matones que vivían atentos a cualquier brote de insumisión.

La pugna contra los elementos patronales se decidió por fin en 1970, cuando Víctor Moreno fue elegido presidente del sindicato por una memorable asamblea. De inmediato se puso en la tarea de preparar a los obreros para la discusión del pliego. El punto cardinal no era otro que el de cortar de un tajo el sistema aberrante de contratistas independientes.

Durante aquellos años, en la ruda contienda por construir un movimiento obrero independiente y una corriente con identidad propia, el hilo conductor de nuestra política era el combate contra el oportunismo de izquierda, y, más concretamente, contra el foquismo liderado por Fidel Castro a lo largo y ancho de América Latina. Víctor Moreno no se dejó tentar por los falaces cantos de sirena que, desde Cuba, invitaban a la entusiasta juventud al aventurerismo armado.

En la región de San Alberto, los miles de operarios se hallaban en estado de alerta ante las irritantes provocaciones. Durante las negociaciones del pliego, ciento veinte trabajadores de contratistas habían sido despedidos por orden de Indupalma, que le pidió además al ejército ocupar todos los sitios de trabajo. Centenares de tropas patrullaban hostiles, día y noche, fundición, campamentos y guardarrayas.

Pero el acoso no impidió que el 20 de febrero de 1971, a las cinco de la mañana, los millares de obreros iniciaran la huelga con un desfile alegre y bullicioso que recorrió las calles y despertó a la gente en los dormidos caseríos. A la cabeza estaba Víctor, más contento que nunca. Fue un cese histórico, rememorado aún por los ya envejecidos operarios y por los habitantes de San Alberto, que se volcaron con dinero y vituallas a dar respaldo al sindicato. Con todo, el gobierno de Pastrana Borrero se hallaba empecinado en frustrar la principal aspiración que había hecho imperativa la huelga. Transcurridos apenas 27 días, el Ministerio de Trabajo convocó el tribunal obligatorio, que cerró sus sesiones con sospechosa diligencia, no sin antes dictar un ominoso laudo arbitral.

La actitud oficial no fue otra distinta a la de prestar alas a los cerriles hostigamientos del Grupo Moris Gutt, que en los cuatro siguientes meses echó a la calle a mil doscientos trabajadores, es decir, más de la cuarta parte del total, ocupó con matones armados plantaciones y campamentos y, en represalia por la huelga, desalojó a decenas de familias de sus casas ya adjudicadas. En tan enrarecido ambiente, exacerbado por los continuos atropellos, apareció muerto una mañana el jefe de personal de la compañía. Era el 9 de septiembre de 1971, una fecha nefasta en la que Víctor y la mitad de la directiva, calumniosamente acusados desde el primer instante por la empresa, habían de iniciar una penosa travesía por las cárceles colombianas, desde Aguachica, Río de Oro y Valledupar, en el Cesar, hasta Pasto, a más de mil kilómetros al sur.

El mismo 9 de septiembre, por la noche, decenas de soldados rodearon la casa en la que el jefe sindical vivía con su esposa, residencia localizada en la misma plantación, pero Víctor se hallaba en Bucaramanga. Fue detenido cuarenta y ocho horas más tarde, apenas al bajarse del bus, y conducido al DAS de Aguachica, en donde se le sometió al más completo aislamiento. De los diez directivos, quedaron presos, finalmente, Víctor Manuel Moreno, Isaías Mejía, Víctor Cárdenas, Israel George y Anaximandro Escobar.

Los cinco fueron enviados al estrecho penal de Río de Oro, donde permanecieron noventa días, y de allí trasladados a Valledupar, donde cumplieron otros treinta y seis meses sin ni siquiera ser llamados a juicio. Fue en medio de circunstancias tan adversas cuando vino al mundo Francisco Antonio, el hijo de Víctor, al que sólo pudo llegar a conocer cuando el bebé tenía 52 días de nacido. A su celda, en la prisión de Valledupar, le faltaba un barrote; por allí decidió su esposa pasarle el niño a Víctor para que lo cargara en brazos, pues se le había prohibido salir al patio a recibirlo. Ambos habían tenido otros dos hijos, Óscar y John Jairo.

Fue aquel un turbio proceso judicial en que se vulneraron todas las garantías. Como se pretendía a cualquier precio sentar un escarmiento con los cinco, jueces y magistrados postergaban los trámites, suspendían las audiencias públicas o envolataban documentos, buscando ganar tiempo. Entre tanto, la solidaridad del MOIR y el movimiento obrero se dejaba sentir, cada vez con mayor alcance. Y fue entonces cuando la administración de justicia, a instancias de Indupalma, resolvió taponarles también esta salida y confinarlos a un sitio lo más lejos posible, adonde no pudieran llegar sus familiares ni recibir apoyo alguno fraternal. Se pensó haber hallado la solución perfecta enviándolos a Pasto, capital de Nariño, a centenares de kilómetros. Se esperaba que allí el jurado de conciencia, ajeno por completo a los hechos, podría condenarlos a penas aflictivas sin encontrar oposición. Pero la empresa se engañaba, porque en Pasto la solidaridad fue aún mayor. En el sur del país también había moiristas.

El 18 de diciembre de 1975, tras cincuenta y cuatro meses de prisión, es decir, poco menos de cinco años, fueron absueltos por un jurado de conciencia, que al no encontrar mérito alguno para dictar en contra suya la sentencia condenatoria, se vio forzado entonces a dejarlos en libertad.

Ese día, cientos de moiristas y dirigentes populares, provenientes de casi todos los sindicatos y consejos estudiantiles, invadieron la sala del tribunal de Pasto desde tempranas horas de la mañana. Convencidos del triunfo, durante las semanas anteriores habían venido preparándose para el apoteósico momento. Y cuando al fin, tras una espera fatigosa, el presidente del jurado pronunció el veredicto de «Inocentes», la sala entera, desbordada, estalló en un delirio de alegría. Entre voces de júbilo, los presentes se abrazaban los unos a los otros, sin poder contener el llanto. Fue una jornada memorable, una victoria del Partido que el pueblo nariñense vivió al siguiente día como propia, en nutrido desfile callejero.

Iniciaron después los cinco una gira triunfal por las distintas capitales, aclamados por entusiastas multitudes.

En lúcido homenaje a Víctor y demás compañeros, Sebastián Ospina escribió La huelga, obra que en 1976 llevó a toda Colombia el Teatro Libre de Bogotá, bajo la dirección de Ricardo Camacho. Y la pintora Constanza Montoya buriló para la ocasión un hermoso grabado, que muestra a Víctor encabezando una bullente muchedumbre que, como río humano, marcha resuelta por una plantación de palma africana.

Víctor, al cabo, se radicó en la capital. En 1978 se sumó activamente a la campaña electoral del FUP, haciendo parte, en forma casi continua, de la nutrida comitiva que acompañó en su gira al candidato, compañero Jaime Piedrahita Cardona, y al jefe de la Anapo, el inolvidable José Jaramillo Giraldo.

En febrero de 1981, iniciando quizá la etapa más fructífera de su vida, Víctor, en compañía de su nueva esposa, Esperanza Alarcón, fue destinado al sur de Bolívar, a un pequeño y apartado caserío llamado La Ventura, sobre la Serranía de San Lucas, con la misión expresa de crear ligas campesinas, servir al pueblo y vincularse a la producción, trabajando con los sectores claves y en las zonas más estratégicas. Allí permanecieron hasta junio del mismo año. Que nuestra militancia marchara en oleadas a las regiones campesinas a fin de echar allí raíces profundas: tal había sido, en esencia, la orientación trazada por Mosquera desde 1974, conocida como política de pies descalzos.

La Serranía de San Lucas y las regiones aledañas se hallaban en la mira de nuestra dirección nacional. Mosquera, es bien sabido, le confería a aquella zona —mucho más desde cuando la visitara en 1977, a raíz del Congreso de Tomala— una significación estratégica. Allí fueron enviados centenares de cuadros, muchos aún adolescentes y otros ya veteranos y de primera línea, como Víctor Manuel Moreno, Luis Eduardo Rolón y muchos más. Una vanguardia activa dispuesta a desbrozar, y que, partiendo inicialmente de las ciudades intermedias, fue ascendiendo por pasos las selváticas sierras, hasta subir por último a los sitios más apartados, a la profundidad de la montaña, a esos ventisqueros, como solía decir Pacho, «adonde no llegamos sino nosotros y las sectas evangelistas».

En el sur de Bolívar, por fortuna, nos cupo en suerte tropezarnos con dos firmes puntales entre el campesinado, que gozaban en la región de un ascendiente enorme: Lucho y Clemente Ávila. No tardarían ambos en hablar nuestro mismo lenguaje, convirtiéndose en avanzados cuadros de partido y en sostén permanente de quienes arribaron del interior, entre ellos Víctor Manuel.

Víctor y Esperanza viajaron luego a Montecristo, uno de los 22 corregimientos de Achí, donde nació su hijo Mauricio. Víctor Manuel administraba una finca y cultivaba yuca y plátano, vinculado a la Unión Campesina Independiente de Bolívar, UCIB, organización que en su mejor momento llegó a agrupar 19 ligas, en municipios como Achí, El Carmen, Pinillos, San Martín de Loba, Morales y San Pablo. Presidía además la célula del Partido, dirigía las reuniones de la liga y atendía la venta de Tribuna. Fue una etapa de adaptación y aprendizaje, rica en lecciones y experiencias, tanto positivas como negativas. Empezando porque debieron ambos enseñarse a convivir con las dificultades propias de la vida en el campo, en misérrimos caseríos donde no había luz eléctrica ni los servicios más elementales. Pero no se dejaron arredrar. Víctor, además, poseía una cualidad que le ganaba pronto las simpatías generales, y era su estilo abierto y fraternal. Conseguir entroncarse con el pueblo es condición indispensable para poder desarrollar la acción política. Los comunistas, como lo ha señalado Mao, pugnamos por ganarnos el corazón y la mente de las masas, sabiendo interpretar sus intereses y traducir sus exigencias en combativos planes de acción.

Al principio, cuando aún no existían cooperativas, Víctor se propuso como su primer meta que la gente volviera a tener fe en la agricultura, pues era zona principalmente de aserríos y minería. Había que tornar a sembrar arroz, un cultivo tradicional desplazado años atrás por la llamada «bonanza marimbera».

También colaboraba con las ligas en toda clase de trabajos, gracias a sus habilidades manuales, y hasta hacía visitas a los socios para arreglarles las viviendas. Actuando como verdaderos médicos descalzos, y asesorados desde Magangué por Roberto Giraldo y por dos médicos empíricos locales, Esperanza y Víctor pronto advirtieron además que podían en parte resolverle a la gente muchos de sus problemas de salud.

Por esta misma época fue cuando Pacho dio comienzo a sus giras periódicas por la Serranía. En una de ellas arribó a Montecristo, después de un recorrido a pie de dos jornadas, cruzando la montaña por Arenal, Micumao, La Garita y El Coco Tiquicio. En Montecristo le habían preparado habitación, pero Pacho prefirió pasar esa noche en casa de Víctor, su paisano, a quien quería entrañablemente. Durante esta visita se la pasó indagándole a cada responsable sobre sus principales experiencias. De allí nació la orientación de «salir de las orillas de los ríos y meternos a las partes altas». Como epicentro del trabajo señaló entonces al Dorado, región principalmente de colonos, dedicada a la minería, aconsejando que se buscara apoyo inicialmente entre los comerciantes locales, para así estimular a los pobladores a retomar la agricultura.

El Dorado, en palabras de un descalzo, fue volviéndose con los años «un pueblo de nosotros». Allí Víctor gozaba de un especial aprecio. Era el hombre al que primero consultaba la gente, que sabía que con él se podía contar para cualquier cosa. En el propio Dorado había construido una hermosa casa, pero poco paraba en ella. Andaba a toda hora por el monte acompañado de un campesino al que en el vecindario conocían por el curioso apodo de Zapatomoír, pues el primer par de zapatos que se puso en su vida se lo había obsequiado Víctor. Zapatomoír se convirtió en la sombra de nuestro camarada, como una especie de guardaespaldas.

Fue en el sur de Bolívar, justamente, donde la red de cooperativas, tanto de producción como de consumo, prendió con mayor fuerza, dejando valiosísimas experiencias. Buscando resumirlas, Mosquera convocó, en diciembre de 1983, el para nosotros histórico Tercer Encuentro de Montecristo, reunión en la que Víctor desempeñó un activo e importante papel. Al evento asistieron 120 delegados, en representación de 18 ligas, cada una de las cuales contribuyó con bastimento, chalupas, combustible. Las conclusiones, escritas por Mosquera bajo el título de Diez pautas sobre cooperativas campesinas, aparecieron inicialmente publicadas en Renacer campesino, el periódico de la UCIB, y fueron después reproducidas por Tribuna Roja. En ellas el jefe del MOIR reafirmaba la indeclinable independencia del movimiento cooperativo frente a los diferentes gobiernos, principio guía ya aprobado por los dos anteriores encuentros, realizados en El Dorado y Tiquicio Nuevo, en el año 1982.

Víctor no cejaba de aprovechar su influyente presencia en la cooperativa del Dorado, cuyo administrador era Lucho Ávila, para aprender los complejos secretos del mercadeo. Estando en ésas, cayó enfermo y debió irse a Cartagena durante medio año, en plan de tratamiento.

Al regresar, en 1984, fue enviado a Minaseca, a abrir trabajo con salario pagado por las cooperativas, atendiendo a la directriz lanzada por Mosquera de adelantar labores con funcionarios especializados. Era un pequeño caserío, sin Dios ni ley, último puente hacia la selva más profunda. A las pocas semanas Víctor ya tenía creados un comité cívico y una cooperativa, que les compraba el oro a los mineros para ir a negociarlo en Nechí y El Bagre, con mayores ganancias que las brindadas por los intermediarios. También en Minaseca, el espíritu de servir a las masas le terminó por granjear al Partido un prestigio inmenso.

Pero sobre la sierra ya comenzaban a cernirse sombríos nubarrones. Eran aquellos años en que la Unión Soviética, empeñada en su afán expansionista con ejércitos propios y mercenarios, lanzaba en todo el orbe la ofensiva, disputándole país por país, entre ellos el nuestro, a la superpotencia de Occidente. En el ámbito nacional, para el MOIR fue un aleccionador debate ideológico a la vez contra el reformismo u oportunismo de derecha y contra ese extremismo prepotente que pretendía combinar todas las formas de lucha.

El asesinato del camarada Luis Eduardo Rolón, que sobrevino en uno de los varios períodos de cese al fuego pactados en La Uribe por el funesto régimen de Belisario Betancur, puso al desnudo el dramático giro que empezaba a tomar nuestra labor política en la Serranía de San Lucas, donde el problema de la supervivencia se fue tornando con el tiempo en un camino sin salida. Pues si bien el MOIR había llegado a conquistar hasta seis escaños en los distintos concejos municipales, la actividad electoral se nos fue haciendo por completo imposible. El vil asesinato de los camaradas Raúl Ramírez y Aydée Osorio, pero más que todo el golpe de gracia que fue para el MOIR la muerte criminal de Lucho Ávila y su padre, el viejo Clemente, llevaron a Mosquera a disponer en forma perentoria la inmediata salida de los cuadros. A Luis Ávila lo venía acechando uno de estos comandos insurrectos, siguiéndole los pasos con el mayor sigilo. Y por fin, el 12 de marzo de 1986, lo interceptaron cuando viajaba en mula a Montecristo. Después los mismos hombres subieron al Dorado y, con igual sevicia, dieron muerte a su padre, Clemente Ávila.

Fue a raíz de este hecho que Mosquera ordenó salir. Desde Magangué se envió entonces un mensaje lacónico a todos los descalzos: «Salgan de inmediato y dejen todo».

A nuestros cuadros les tocó abandonar lo construido en tantos años, empezando por las tiendas cooperativas, varias de ellas recién abastecidas. Abroquelado lealmente entre veinte caballerías por el largo camino de herradura, y con su hijo de cuatro años en ancas de la mula, Víctor consiguió llegar hasta un caño, donde pudo coger una chalupa. Recrudecida la violencia, su experiencia en la Serranía ya jamás había de reanudarse.

No se desalentó y, antes bien, a partir de allí decidió integrarse con mayor ánimo y tesón al multitudinario frente de los pequeños comerciantes en la ciudad de Bogotá. Con su labor anónima y tenaz contribuyó a fortalecer el Sindicato de Unidad de Comerciantes Menores, Sinucom, convirtiéndose en uno de sus pilares y orientadores, siempre a la cabeza en las distintas tareas partidarias, fuesen electorales o gremiales, o de estudio, cursillos y propaganda. Y a propósito, los cientos de banderas de color gualda y escarlata que aún enarbolamos en nuestros mítines y manifestaciones fueron hechos en su taller.

Por causa de la quiebra, cada vez más ruinosa, en la que la apertura imperialista ha sumido a nuestro país, el desempleo se manifiesta en la incesante proliferación de las pequeñas ventas ambulantes y estacionarias. Amas de casa y hombres en el pleno vigor de sus facultades, como también ancianos y niños, se han visto compelidos a invadir calles y avenidas para poder llevar el diario sustento a sus hogares. Son cientos de millares de colombianos que no encuentran otra salida a su difícil encrucijada que la del más resuelto combate contra los gobernantes apátridas, que siguen manteniendo la rodilla en tierra frente al oro yanqui y la metralla homicida para los hijos de su pueblo.

Fue en este vasto frente de los vendedores donde Víctor cumplió sin tacha, como integrante de la Comisión Obrera Nacional, la postrera misión que le confiara el moirismo.

Víctor contribuyó al robustecimiento partidario, colaborando activamente en el proceso de unidad sindical, primero, y después aplicando con celo y convicción la estrategia trazada por Mosquera desde la Conferencia de Villeta, en 1991, esa línea política a toda prueba que continúa iluminando nuestro duro sendero, ya desaparecido para siempre el fundador y guía ideológico: la conformación del más amplio frente de resistencia contra la recolonización norteamericana, la apertura y las privatizaciones, por defender la producción nacional y por salvaguardar los sagrados derechos de las masas trabajadoras. En fin, la más vigorosa unidad de todos los patriotas contra el creciente intervencionismo gringo en los asuntos internos de Colombia, gesta libertadora que salve a la nación y afirme en pie su dignidad.

Víctor ponía siempre los intereses del Partido por encima de los suyos particulares, y la política por encima de lo gremial, actitud que configura justamente otra de nuestras altas tradiciones como Partido revolucionario. De él podría decirse, sin temor a faltar a la verdad, que jamás se dejó atraer hacia el pantano del economicismo. Y no perdió jamás el rumbo ni el estilo, para rememorar la clásica expresión de Mosquera.

Nuestro Partido, aunque pequeño en número, es un grande partido. Aferrándose con valor a unos cuantos principioss, cuya justeza ha sido demostrada por los hechos, el MOIR no ha temido nadar contra la corriente, lo que constituye sin duda uno de los rasgos característicos de nuestra identidad política.

Perseveremos en las tareas cotidianas, fortalezcamos la unidad y pugnemos por colocarnos a la cabeza de cada una de las luchas que está librando el pueblo, preparándonos para esos grandes días en que se avanzarán décadas. Inspirándonos en la memoria y el ejemplo del camarada Víctor Manuel Moreno, nosotros, los bolcheviques de fin de siglo, sigamos batallando por hacer del MOIR el partido de la Revolución colombiana.

DOS CANDIDATOS, EL MISMO PROGRAMA, LA MISMA ENTREGA

Por Alfonso Hernández

El 21 de junio los colombianos tendrán que escoger para presidente entre Horacio Serpa, candidato del gobierno de Samper y del Partido Liberal, y Andrés Pastrana, vocero del Partido Conservador y de un nutrido grupo de gaviristas. Aunque el delfín azul cuenta con la predilección de Washington, los dos han dado pruebas fehacientes de que están dispuestos a cumplir los dictados colonialistas de los Estados Unidos. Los comicios del 31 de mayo derrotaron, por lo pronto, las aspiraciones de Noemí Sanín, ex funcionaria de los últimos cuatro gobiernos y líder de un movimiento que quiere tomar distancia de los partidos tradicionales para defender novedosas propuestas financiadas por los mandamases de siempre; y un exiguo número de sufragantes apoyó el programa de orden del general Harold Bedoya.

Las elecciones se realizan en circunstancias particularmente penosas para Colombia, ya que la intromisión norteamericana se hace cada vez más insolente y opresiva. Los casi diez años de apertura han devastado la mayoría de los renglones económicos y sometido a los habitantes a la penuria. La violencia vesánica siembra el terror en casi toda la geografía patria.

La disputa se torna agria y los contendientes se esfuerzan en vano por mostrarse como polos opuestos, mientras los potenciales electores perciben que se les están ocultando los verdaderos propósitos de gobierno. Pastrana, portavoz de esa camada que amamantan los financistas internacionales y que hace de moralista por encargo de Washington, se proclama el adalid del cambio sin dilaciones y señala a su adversario como continuista. Serpa, quien hasta la víspera fuera el ministro del Interior, ofrece a las masas aporreadas por Samper redimirlas con su política social y conducirlas a un período de dichosa paz. Cada uno ha forjado un arsenal para atacar a su contrincante y ha llenado un costal con promesas sin asidero real para un electorado aturdido por las vaporosas esperanzas que se le venden, pero receloso por el recuerdo de los amargos engaños de que ha sido víctima repetidamente. Hay, sin embargo, una serie de hechos que permiten discernir la verdadera naturaleza de las posiciones que se presentan en esta contienda electoral.

Serpa y Pastrana, comprometidos con la apertura

La economía ha caído en la emboscada de la apertura. El desempleo se trepó a tasas de 14.5%, debido a que se vienen reemplazando los bienes de producción local por las importaciones. La cuenta corriente, que en 1991 tuvo un superávit de cerca de 6% del producto interno bruto, PIB, hoy tiene un déficit de 5.7%. El sector agropecuario ha sufrido una avalancha de importaciones de alimentos que en 1997 fueron de más de 5 millones de toneladas por un valor superior a 2.000 millones de dólares. El año pasado se sembraron 600 mil hectáreas menos que en 1990.

El país se desindustrializa rápidamente. El aporte de las manufacturas al PIB, que era de 23% en los años ochenta, ya no llega a 18%. Entre 1994 y 1997 entraron en concordato o se liquidaron 350 empresas; las que existen a duras penas se sostienen, para lo cual han tenido que reducir personal y entregar bienes en dación de pago. Mientras, las importaciones de bienes de consumo crecen aceleradamente y los salarios disminuyen de manera significativa.

Lo que sí crece es la inversión extranjera, que el año pasado alcanzó la cifra de 5.400 millones de dólares, casi la mitad de los cuales se invirtieron en apoderarse de las empresas del sector eléctrico. ¡Cómo no van a venir los capitales foráneos a un país donde sus gobernantes, como lo hizo el ministro de Comunicaciones, Fernando Bautista, sostienen que no es importante definir cuánto vale la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá, sino tomar la decisión de venderla!

Junto con los financistas externos, han engordado también los grupos económicos que hacen leña con las privatizaciones y concentran cada día una mayor porción de la riqueza nacional.

Mientras frente a este calamitoso panorama, Pastrana y su élite de asesores anuncian de manera fría y rigurosa la aplicación del recetario neoliberal, Serpa Uribe habla de «recuperar el carácter selectivo y gradual de la apertura», promete reforma agraria integral, empleo, pero todo sin tocar la esencia del modelo neoliberal, la llamada libertad de los mercados. Repite así las mendaces promesas de Ernesto Samper, quien durante el debate electoral de 1994 se presentó como el mago que lograría una «apertura con corazón».

Tanto Serpa como Pastrana parlotean acerca de la «inserción en los mercados internacionales» y de la competitividad que se alcanzaría bajo su respectivo mandato. Ese lenguaje se está escuchando hace una década y los problemas siguen agudizándose. Los quebrantos de los colombianos en materias económicas no son excepcionales. La política neoliberal impuesta, y que entre otros recibe el nombre de globalización, no tiene propósito distinto que el de facilitar la toma de la economía mundial por un puñado de multinacionales. Por ello, la concentración del capital ha alcanzado niveles sin precedentes: los oligopolios norteamericanos, principalmente, y los europeos y japoneses, se hacen a los activos claves de los países de Asia, América Latina, Europa Oriental, África. No sólo eso, los norteamericanos embisten en el mercado europeo, los europeos en el norteamericano. Otro tanto sucede con los japoneses. En la reyerta, las fusiones entre colosos o las adquisiciones de grandes empresas son noticia diaria. En lo corrido de este año se han producido operaciones gigantescas, como la fusión de Travelers Group con CitiCorp, compra de más de 72.000 millones de dólares, monto similar al del PIB anual de Colombia. En las comunicaciones se produjo la fusión entre WorldCom y MCI, y se han realizado negocios semejantes en el campo automotor, en los servicios, los supermercados, la aeronáutica, el acero y la electrónica, para citar sólo unos renglones. Estados Unidos pugna por consolidar sus acuerdos de libre comercio y la Unión Europea busca consolidarse para ponerle dique a la acometida gringa.

Los enormes conglomerados presionan para que se les quiten barreras arancelarias, se les rebajen impuestos y salarios y se les ofrezcan a precio de quema las materias primas y los bienes de casi todos los Estados. Clinton, en su discurso ante la reunión de la Organización Mundial del Comercio, OMC, realizada en el pasado mes de mayo, señaló que gracias a las disposiciones de este organismo las empresas se ahorran 76 mil millones de dólares al año por solo reducción de aranceles.

Como contrapartida a la concentración de la riqueza en unas decenas de pulpos, la miseria prolifera y regiones enteras se hunden en pavorosas crisis.

En Alemania y Francia las tasas de desocupación alcanzan topes de 10% y 12%, respectivamente, con un promedio de 10,3% para la Unión Europea; en el Sudeste Asiático también crecen el desempleo y la quiebra de empresas. Los monopolios norteamericanos están afianzando su control sobre grupos industriales y financieros de esas latitudes y los antiguos aliados, como los chaeboles coreanos y las firmas de la familia Suharto, en Indonesia, son puestas en venta a menos precio, ante las exigencias estadounidenses y del Fondo Monetario Internacional.

Los funcionarios yanquis hoy imparten órdenes a Japón para que abra su sector financiero y reactive la economía, mañana sancionan a la India o a Pakistán para garantizarse el monopolio nuclear o meten baza en Yugoslavia para terminar de desmembrarla.

Es claro que, ante tamaña arrebatiña, un país que quiera conservar sus haberes y ser dueño de sus destinos tiene que unirse férreamente y defender con ánimo resuelto cada mina, cada fábrica, cada plantación, cada escuela, cada hospital. Es lo que no se proponen ni Serpa ni Pastrana.

Frente a las dimensiones que ha tomado la piratería capitalista en el orbe, Serpa, recogiendo puntos de vista que de antaño ha promovido el heredero de la Casa Pastrana, habla de «colocar a la pequeña y mediana empresa y a las instituciones de la economía solidaria en el centro de la política industrial». Mueve a risa el cometido de hacer que la microempresa entre a la guerra del mercado internacional. Nuevamente se trata de una copia del plan samperista de fincar el progreso del país en los tallercillos y en las maquilas. Esto obedece a que el plan general de la política imperialista exige que nuestros países se limiten a los procesos que utilizan intensivamente la mano de obra y no requieran altas inversiones de capital. En este punto también nos encontramos con que en vez de procurar el desenvolvimiento autónomo se busca ahondar la sumisión colonial. Cuando se refieren al desarrollo industrial, los candidatos ofrecen rebajas de impuestos, que sólo favorecerían a las compañías extranjeras ya que las nacionales están en bancarrota, o cifran las posibilidades del progreso en la supuesta modernización educativa, algo demasiado importante, pero que no puede reemplazar a una política de protección y fomento, como lo prueban los técnicos y profesionales que se encuentran desocupados.

Los dos candidatos son partidarios de mayores gabelas para los trusts que explotan los hidrocarburos. Recientemente, en reportaje a la revista Semana, Horacio Serpa, señaló: «Yo estoy plenamente de acuerdo con las determinaciones tomadas el año pasado por Ecopetrol en el sentido de mejorar las condiciones de inversión para las multinacionales petroleras en el país». Si ambos candidatos temen hablar de la privatización de Ecopetrol, ocultando sus propósitos, se debe a la firmeza de los trabajadores petroleros y su organización, la Unión Sindical Obrera, USO, que con decisión y patriotismo se han opuesto insistentemente a tal medida.

En materia de salud, uno de los aspirantes ofrece «lograr el aseguramiento total de la población» y el otro «ampliar la cobertura en salud a diez millones más de colombianos» y no subastar el ISS. No será necesario. En virtud de la Ley 100, tan elogiada por ambos, se ha llegado a que las pensiones las pague el ISS en tanto que un creciente número de cotizaciones las percibe el sector privado, lo que terminará arruinando al Instituto, en medio de la alharaca sobre su ineficiencia y la gravedad del déficit fiscal. Por mandato de la misma ley, ya los hospitales fueron convertidos en empresas sujetas al capital financiero.

Sobre los servicios públicos, es bueno recordar que fue precisamente Pastrana, como alcalde Bogotá, quien dio inicio a la era de las privatizaciones entregando a monopolios particulares el servicio de aseo en la capital, y es conocida su posición de respaldo a la venta de las empresas distritales de teléfonos y energía. El vocero del liberalismo, por su parte, ha afirmado que promoverá la inversión privada en estos mismos servicios «para contribuir con los esfuerzos realizados por el sector público». Se trata de continuar la venta al malbarato de las empresas estatales, o de implantarles la competencia de los consorcios extranjeros, colmados de garantías y ventajas.

Bajo el nombre de «acuerdo nacional de estabilización de la economía», Horacio Serpa propone reeditar el pacto social samperista, que buscaba descargar en hombros de los trabajadores el peso de la pretendida reducción de la carestía, y que por ello fuera rechazado por las confederaciones sindicales. El movimiento obrero mal haría en dejarse engañar por las poses antineoliberales de Horacio Serpa, como tampoco por los aspavientos antiprivatizadores de último momento del pastranismo, pues los dos candidatos son continuistas, o como dice el ex presidente Turbay, continuadores de las orientaciones aplicadas por Gaviria y Samper.

También unidos en las políticas monetaria y fiscal

En los últimos meses se ha venido acelerando una tendencia a la pérdida de valor del peso frente al dólar, hasta el punto de acercarse al llamado techo de la banda cambiaria, unos $ 1.400 por dólar, límite que el Banco de la República ha prometido que no permitirá que se sobrepase.

Como bien lo explica el economista Eduardo Sarmiento, este hecho, como los otros males de la economía, tiene su origen en la apertura, ya que las desprotecciones arancelaria y cambiaria, unidas a las altas tasas de interés, atrajeron capitales extranjeros y se produjo una revaluación inicial del peso. Todo junto, hizo que las mercaderías extranjeras arrasaran prácticamente a las nacionales, dando al traste con factorías y explotaciones agropecuarias.

Ante la reciente tendencia a la devaluación, en vez de tomar los correctivos obvios, el Banco de la República, de común acuerdo con el gobierno, ha procedido a elevar a niveles astronómicos las tasas de interés y a vender dólares. Quema así las reservas internacionales, estrangula aún más la actividad productiva y agobia a los deudores. La expectativa de una drástica caída del valor del peso ha provocado una ola especulativa en la que participan febrilmente las multinacionales y el capital financiero. Éstos son fenómenos propios del modelo neoliberal. Hoy en el orbe se mueven diariamente 2,5 billones de dólares en transacciones monetarias, más del doble del producto interno bruto del tercer mundo. Esta masa de capital puede determinar la revaluación o la devaluación de una moneda, el auge o caída de las bolsas de valores y esquilmar países en cosa de días. Además de Colombia, en este momento Rusia, India y el Sudeste Asiático padecen el ataque de las aves de rapiña de las finanzas.

La abrupta devaluación que se está gestando envilecerá los salarios, agrandará el peso de la deuda externa pública y privada, incrementará el costo de la vida, pero favorecerá a los especuladores extranjeros, quienes se harán a miles de millones de dólares de nuestras reservas, y a las multinacionales, las que comprarán activos colombianos a precio de huevo y pagarán salarios e insumos en desvalorizados pesos mientras venderán sus productos en dólares. Los señores Pastrana y Serpa no se cansan de expresar su respaldo a esta antinacional política monetaria del Emisor y del gobierno.

Los economistas que son caja de resonancia del Fondo Monetario Internacional, para exculpar al modelo económico sostienen que tanto el déficit de la balanza comercial como las altas tasas de interés derivan del gasto público y del faltante fiscal. El gasto público, en todos los países y en distintas épocas, se ha utilizado para reanimar las economías en recesión; tal fue una de las enseñanzas más importantes que la economía política burguesa extrajo de la depresión de los años treinta. Hoy mismo se le está exigiendo al Japón que reactive la demanda mediante enormes inversiones públicas y rebajas de impuestos. En cambio, a la descaecida economía colombiana se le niega la posibilidad de que el erario le preste los primeros auxilios. So pretexto de reducir el déficit, y para lograr que el presupuesto nacional sirva primordialmente para adelantar las obras que demanda la apertura y que el gobierno sea garante solvente del crédito externo, se exige la venta de las empresas estatales, la privatización de los servicios públicos, la rebaja de los salarios y la reducción sustancial de las transferencias a los ya maltrechos departamentos y municipios.

Los dos candidatos han dicho enfáticamente que darán prioridad a la reducción del déficit fiscal, con las consecuencias ya señaladas.

…Y unidos en la capitulación nacional

Con la mira de esclavizar el trabajo de toda la humanidad y acaparar las riquezas, Estados Unidos ha desatado una ofensiva ideológica sin precedentes, para la cual cuenta con una tropilla de intelectuales que elaboran complicados estudios cuyas conclusiones «científicas» dan la razón a quien les paga. Así han propalado e impuesto que el libre mercado es la panacea, que la soberanía nacional es algo obsoleto, que la clave del desarrollo está en complacer a cualquier precio al capital. En el colmo del descaro echan mano de centenarios reclamos y anhelos de las masas y se presentan como defensores de los derechos humanos, de las negritudes o de otras minorías étnicas, de la mujer, del medio ambiente, de las regiones postergadas. Con todo esto buscan sembrar disensiones entre los pueblos, enfrentar entre sí a los distintos sectores de la población, desvertebrar los países en pequeñas unidades regionales, mientras ellos pescan en río revuelto.

A raíz de la Constitución de 1991 ha tomado impulso un plan que so color de estimular el desarrollo local, está sometiendo a las provincias a la coyunda de los poderosos del planeta. A estos fines se atizan resquemores entre regiones y se denigra de la unidad nacional. La maquinación ha llegado a tal extremo que el gobernador Gustavo Álvarez Gardeazábal, propuso como objetivo principal de su plan de desarrollo la construcción del País del Valle. Serpa y Pastrana suman sus voces a este coro, con la añagaza de su compromiso con la descentralización.

Uno de los más caros anhelos para la ciudadanía es el cese de la violencia política. Altos funcionarios de Washington han venido entrometiéndose en este tema que, más que ninguno otro, debe ser de exclusiva incumbencia de los colombianos. Tanto el presidente Samper como los postulados a la primera magistratura han venido sirviendo de alcahuetes a esas maniobras. No se puede olvidar que los «buenos oficios» de los yanquis para lograr la paz en la Guerra de los Mil Días le costaron a Colombia la pérdida de Panamá.

Los candidatos se han mostrado en demasía obsecuentes con los Estados Unidos. El señor Pastrana Arango se prestó para el escándalo de los narcocasetes, en el cual sirvió de mandadero a la DEA. Posteriormente, en clara actitud antinacional, estuvo intrigando con el gobierno de la superpotencia para derribar al de Samper. La hoja de vida que exhibe lo coloca como la ficha más apropiada para los propósitos colonialistas. Su semejanza con la medianía de los Collor de Mello, los Menem y los Fujimori, salta a la vista. Mal estudiante, concejal mediocre, peor alcalde, senador opaco y pésimo colombiano. Tiene fama de desempeñarse bien en la televisión, siempre y cuando no haya algo que lo saque del libreto, lo aleje del telepronter y lo hunda en la confusión. Es el típico político a quien los programas e ideas se los elaboran los asesores gringos.

Horacio Serpa, quien se proclama enemigo del neoliberalismo fue uno de los presidentes de la Asamblea Constituyente, jugó un papel decisivo para aprobar la extradición y las leyes de extinción del dominio. Prestó durante tres largos años su diligente colaboración a todas las empresas de dicho credo impulsadas por Samper, fue el adalid de la defensa de este gobierno, pero en esa defensa no hubo desde luego ningún ánimo patriótico, sino el afán por mantener una camarilla antinacional en el poder. En la campaña electoral se ha dedicado a demostrarles a los gringos que pueden confiar en él para adelantar toda su política.

Mientras Clinton sigue chantajeando con quitarles la visa a distintos funcionarios, Serpa, quien contrató como asesor al ex embajador estadounidense Diego Ascencio, se prepara para pedir la renovación de dicho documento y viajar a los Estados Unidos. Esta actitud es premonitoria de sus futuras conductas de rebajar la dignidad nacional para colocarse más cerca de ser aceptado por la Casa Blanca. Si bien es cierto que Horacio Serpa no es el preferido, tampoco lo fue Samper, pero demostró con creces su obsecuencia con el imperio.

Aunque nuevamente se recrudece la persecución contra sectores importantes de los llamados barones electorales, dentro del plan general del neoliberalismo de barrer con todo lo que de alguna manera pueda oponerse a su avasallamiento, aquéllos, al seguir contribuyendo a que dicha política continúe su curso, están condenados a sufrir la actitud proditoria de jefes dispuestos a poner en subasta a sus colaboradores para gustar las mieles del poder.

Ante la agresión imperialista, el MOIR ha señalado la necesidad de construir el más amplio frente de lucha que abarque a más de 90% de la población colombiana. Entre sus contingentes deben figurar los asalariados de la ciudad y el campo, los campesinos pobres y medios, los productores nacionales, las juventudes, los intelectuales, todas las razas y etnias y las diferentes regiones que conforman la geografía patria. Dicho frente no excluye, sino que convoca a los dirigentes de los partidos tradicionales, a los jefes militares, e incluso a los grandes empresarios, siempre y cuando asuman una actitud patriótica. El éxito en la construcción de este frente depende en gran medida de la batalla ideológica y política que ha de librarse para desenmascarar a los traidores, quienes confunden a las fuerzas de la nación y las llevan a colaborar con la política de sus enemigos.

Harta razón tiene el Comité Ejecutivo Central del MOIR al sostener que «ninguno de los candidatos a la presidencia representa una política que responda al principal problema que enfrenta el país, la dominación norteamericana”, y en su decisión de no apoyar a ninguno de ellos, ni participar en el debate electoral del 21 de junio para elegir presidente.

MAS DE 50 MIL PATRIOTAS NOS ACOMPAÑARON EL 8 DE MARZO

Amplia, intensa y combativa fue la campaña adelantada por el MOIR para las elecciones parlamentarias del pasado 8 de marzo. Y aunque no dejamos de lamentar que no alcanzáramos a reelegir al camarada Jorge Santos en su curul al senado conquistada en 1994, esa sensible pérdida no nos impide señalar que los 35.956 votos obtenidos reflejan el gran esfuerzo desplegado por la militancia de nuestro Partido a lo largo y ancho del país, y expresan el valioso respaldo brindado por miles de compatriotas que entendieron nuestra indeclinable posición de lucha contra la política de recolonización que Estados Unidos impone en nuestra patria.

Reafirmando los principios con los cuales hemos participado en las elecciones que convoca el régimen, «hicimos del debate electoral un cursillo para educar a las masas». El MOIR se movilizó con entusiasmo y nuestra bandera ondeó en miles de actos y reuniones. La consigna central de la campaña, la de «Por la soberanía de Colombia, fuera gringos y abajo los vendepatrias», fue gritada con rabia por las gargantas de los oprimidos, que nos escucharon insistir en que no puede haber futuro para nuestra nación si no logramos derrotar la dominación gringa.

Se realizó una exitosa gira nacional, encabezada por los camaradas Jorge Santos Núñez, cabeza de lista, y Marcelo Torres, miembro del Comité Ejecutivo Central. Se acometió un ingente esfuerzo financiero, con el respaldo de las masas, a tal punto que pudieron coronarse las distintas tareas. La militancia tensionó esfuerzos, multiplicándose para atender, mañana y noche, centenares de reuniones.

Especial mención merece la participación infatigable de los distintos frentes del movimiento obrero. Tanto el sindicato de la Caja Agraria, como los compañeros del magisterio, Sindess, Telecom, el Sena y los millares de vendedores agrupados en Sinucom, dieron ejemplo de tesón. Puede afirmarse que los cuadros obreros del Partido experimentaron un verdadero salto cualitativo, de enorme trascendencia para los combates que se avecinan.

En el Eje Cafetero

Bajo la consigna de «Por la patria, por el café», los camaradas Jorge Robledo y Aurelio Suárez, secretarios regionales del MOIR en Caldas y Risaralda, respectivamente, y dirigentes de la Unidad Cafetera, realizaron una importante campaña electoral en esa zona del país, donde el café es la base de la economía y donde miles de pequeños y medianos cafeteros, agobiados por las deudas y por la crisis agraria causadas por la apertura económica, empezaron su marcha hacia la construcción de un gran frente de lucha por la derrota de la política imperialista. Robledo y Suárez obtuvieron un significativo respaldo de los cafeteros.

Votación de Jorge Santos al Senado

Datos de la campaña nacional del MOIR por departamentos

Departamento Votación Departamento Votación
Amazonas 9
Magdalena 1.192
Antioquia 4.422
Meta 434
Arauca 260
Nariño 603
Bolivar 1.693 Norte de Santander 809
Boyacá 1.100 Putumayo 302
Caldas 281 Quindío 755
Caquetá 459 Risaralda 77
Casnare 132 San Andrés 23
Cauca 1.168 Santa Fe de Bogotá 4.677
Cesar 1.788 Santander 5.896
Córdoba 680 Sucre 275
Cundinamarca 1.772 Tolima 1.020
Chocó 218 Valle 1.817
La Guajira 250 Vaupés 3
Guainía 3 Vichada 5
Guaviare 3 Votación en el exterior 20
Huila 1.414
Votación Total 35.956

La campaña en el Eje Cafetero

Jorge Enrique Robledo
Senado

Aurelio Suárez
Cámara

En telecom: OTRA VEZ SE PRENDE LA MECHA

Los 8.800 trabajadores de Telecom se lanzaron de nuevo al paro en todo el país, el martes 9 de junio, en rechazo a la antinacional subasta del estratégico sector y para defender el régimen especial vigente de pensiones, en peligro de desaparecer. Los huelguistas demandan además que Caprecom, la descaecida entidad encargada de prestar el servicio de salud, vuelva a ser una caja de previsión fuerte y exclusiva para quienes operan este crucial renglón de la economía. Y exigen que se cumplan los acuerdos convencionales, que están siendo violados por la administración.

Tanto operarios como técnicos unificaron fuerzas para reclamarle a este gobierno que suspenda la entrega a las trasnacionales y a los grupos financieros locales de sector tan vital, entrega que ya se encuentra a punto de consumarse una vez les sean concretadas las licencias a los operadores escogidos: la Empresa de Telecomunicaciones de Bogotá, cuya privatización acaba de aprobar el Concejo distrital, y Orbitel. Ambos se hallan en la tarea de conseguir el socio extranjero, requisito fijado por la siniestra ley 142, de servicios públicos, para entrar a saco en la red de Telecom.

El combativo paro, única vía que queda disponible, es la firme respuesta de los trabajadores a tan turbia ofensiva contra el interés de la nación, y busca preservar el patrimonio social atesorado por el trabajo colombiano en más de cinco décadas de esfuerzos.

Las pensiones en peligro

Otro abierto atropello se cierne ahora sobre el conjunto de los asalariados, sin discriminación alguna. Hace unos cuantos días, la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado dieron las primeras puntadas para desconocer el actual régimen de excepción, una conquista necesaria ante lo riesgoso de la actividad laboral. Argumentan las Cortes, ladinamente, que, según la reforma constitucional de 1968, dicho régimen no tiene aplicación. Basada en la jurisprudencia de la Corte y en el concepto del Consejo de Estado, Telecom se apresuró a entablar demanda. De verse ésta favorecida por el fallo de la justicia, como es lo previsible, tanto los actuales pensionados como el resto de los trabajadores, sin excepción, sufrirían graves perjucios y el tope de la edad pasaría a regirse por la nefasta y antiobrera ley 100.

La pelea de Telecom viene a sumarse a los recientes paros que, en rechazo a las privatizaciones, coronaron con éxito los trabajadores del Estado en la Caja Agraria, el SENA y los hospitales. En las tres entidades se obtuvieron conquistas de significación. Lo anterior es una prueba más de que la clase obrera del sector oficial no dejará que impunemente se lesionen los intereses nacionales ni los derechos de los trabajadores. El oscuro intervencionismo gringo tropezará con el más firme frente de resistencia.

LA IMPLACABLE REPRESIÓN LEVANTA A LOS VENDEDORES AMBULANTES

Según Manuel Alfredo Rubiano, presidente de Sinucom, las tensiones acumuladas por los violentos desalojos de que a diario son víctimas los miles de venteros en Bogotá y otras ciudades podrían estallar en cualquier instante. «Se trata de un problema social de gran envergadura -dijo Rubiano- que no se puede resolver con los métodos represivos y brutales aplicados por el alcalde Peñalosa en Bogotá y por muchos otros burgomaestres en el resto de Colombia. El pequeño comercio, también llamado informal, no es más que una secuela del creciente desempleo que la apertura ha traído sobre el país. No es por su propio gusto ni por simple capricho que la gente deba ocupar las calles, desde la madrugada hasta altas horas de la noche, buscándole el sustento a su familia. Es que no tiene otra salida».

«Peñalosa dice que somos delincuentes y que por eso nos barre de las calles, a fusil y a garrote. Es todo lo contrario. Somos venteros ambulantes y estacionarios porque necesitamos trabajar y no estamos dispuestos a dejarnos llevar a la delincuencia».

Sinucom ha iniciado contactos con decenas de sindicatos en el Distrito Capital y en el resto de la nación con el fin de crear un comité unitario que dirija la lucha y aglutine a los cientos de miles de personas. «Soluciones, no represión», es la consigna. Y en sus constantes comunicados, ha venido exigiendo que cesen las golpizas, que se paren las detenciones, que se le ponga fin a la confiscación de las mercancías, que se deje el vacío promeserismo y que se inicien cuanto antes negociaciones serias y efectivas, encaminadas a buscar soluciones.

En el caso de Bogotá, Rubiano dejó en claro que podría aceptarse la reubicación, siempre y cuando ello sea producto de un acuerdo. Éste contemplaría varios puntos: que se hagan las readecuaciones del caso para que los lotes propuestos funcionen como áreas comerciales, es decir, para que no se tuguricen; que se respeten los derechos de la gente, tanto sobre sus mercancías como a salud y educación, y que los módulos sean entregados en propiedad y con financiación adecuada. Y, finalmente, que se cumpla lo pactado.

Editorial: ÚNICA OPCIÓN: CONSTRUIR EL FRENTE DE RESISTENCIA PARA LA SALVACIÓN NACIONAL

Héctor Valencia, secretario general, Bogotá, mayo 28 de l.998

El actual proceso electoral se realiza en un momento particularmente grave del más crítico período que haya vivido la nación. En razón de la política que Estados Unidos le ha impuesto mediante un intensivo intervencionismo, Colombia atraviesa una crisis económica generalizada, con un sector industrial en regresión, la producción agrícola arruinada, enormes desajustes fiscales y altos índices de desempleo.

El reconocimiento de esta situación, causa de todos los males que padece la nación, no solo es un tabú para los diversos candidatos presidenciales sino que sus propuestas aseguran la continuidad de ella. Aplicarlas, sería querer apagar el fuego rociando gasolina. Lo que los candidatos anuncian conduciría a que unos cuantos grupos financieros crezcan aun más a expensas del ahorro de la ciudadanía, que el capital extranjero intensifique su control sobre nuestros principales recursos, que se abandone toda política de fomento a la producción agraria y continúe el acelerado proceso de desindustrialización. La bancarrota de nuestras fuerzas productivas y el correspondiente desbarajuste social, lo cual expone a Colombia a una subyugación norteamericana más pronta y eficaz, ni siquiera es un tema de campaña para los aspirantes a presidir el próximo gobierno. Sus llamados a atender los problemas sociales, educativos o el desempleo, sin reversar la causa principal de estos males, la apertura económica, no son más que engaños para entusiasmar a un electorado paupérrimo y desesperanzado.

Sobre tales condiciones se presenta una oleada de violencia y caos en donde se niegan y suprimen los derechos sociales y democráticos de la población. Esto conduce a postrar el país y, en consecuencia, a facilitar el avance en la recolonización emprendida por la potencia imperialista. Ante este estado de cosas, es perentorio atender el clamor ciudadano para que cesen las tropelías y horrores contra la población provenientes de cualquiera de los sectores en conflicto y exigir del Estado una efectiva protección de los derechos democráticos, empezando por el de la vida, y que se imparta justicia pronta y cumplidamente.

El gobierno de Estados Unidos, mientras continúa utilizando a plenitud su guerra contra las drogas para intervenir desaforadamente en nuestros asuntos internos, apela ahora a un nuevo instrumento: la defensa de los derechos humanos y las gestiones de paz. Luego de manifestar que tiene interés primordial respecto a ellos y proclamarse como su más conspicuo impulsor, se dispone a nuevas y más refinadas formas de intervención. Y esta nueva estratagema “humanista y pacificadora” la realiza al mismo tiempo que, en el marco general de sus planes continentales, reafirmados durante la reciente Cumbre de las Américas en Santiago de Chile, promueve, en complicidad con el secretario general de la OEA, el famoso César Gaviria, la creación de una fuerza militar multilateral que vele a sangre y fuego por su seguridad en el hemisferio americano.

En desarrollo del plan pacificador, en enero el gobierno norteamericano reunió en Texas a algunos colombianos para discutir fórmulas de paz. Como resultado, elaboró un expediente para la búsqueda de “las soluciones de los problemas de la nación”, que tuvo un desarrollo en reunión similar realizada recientemente en el Hotel Hilton de Cartagena. Allí, la embajada de los Estados Unidos convocó a un grupo más numeroso de personas y organismos preocupados por la paz. Es evidente, entonces, que en las cuestiones que atañen a los derechos humanos y la paz, el Departamento de Estado ha encontrado otra “causa justa” para enmascarar su política intervencionista, y se apresta a diseñar su particular pax americana para Colombia.

Si esta astuta pretensión norteamericana no se rechaza, se caería en la lastimosa actitud de esperar la paz doméstica de quienes nos han declarado la guerra desde el exterior. ¡Que nos salven quienes nos emboscan!, como lo señaló el fundador del MOIR, Francisco Mosquera, al referirse a una cuestión de igual naturaleza.

Ernesto Samper sigue haciendo hasta lo imposible por complacer al imperio. Los cambios en la política petrolera, la entrega de importantes zonas productoras de carbón, la aceleración del proceso de privatización de las telecomunicaciones, los arreglos para entrar a los pactos comerciales impulsados por Washington, tipo Mercosur, son algunas demostraciones de sus afanes por congraciarse con Estados Unidos y, así, atenuar las reservas o facilitar el apoyo de esta potencia a Horacio Serpa, a quien quiere imponer como continuador de su nefasto y antinacional mandato.

Serpa, por su parte, como principal ministro del gobierno de Samper, en lugar de promover una política antinarcóticos en armonía con el interés nacional, acomodó su desempeño a las imposiciones norteamericanas sobre la materia y defendió en el Congreso el restablecimiento de la extradición, una medida que se adoptó bajo la descarada intromisión de Washington. Pero lo más característico y desastroso de su actuación como ministro del Interior, es la responsabilidad que le cabe en las ejecuciones de la administración samperista para llevar adelante la aplicación del modelo neoliberal, aperturista y privatizador.

Hoy, la actitud del candidato Serpa no es muy distinta de aquella que inspirara sus mencionadas facetas como ministro. Montó su campaña presidencial con base en la estrategia de aparecer como un hombre confiable a los ojos del gobierno estadounidense. Y como si las intervenciones pacificadoras de la ONU fuesen ajenas a la hegemonía global norteamericana, Serpa ha propuesto la mediación de esa organización mundial en el conflicto interno colombiano. En su campaña ha reiterado hasta en la fraseología la política de Samper, de la cual ensaya apartarse sólo en aspectos de patente fracaso como es el problema del desempleo. Su énfasis en la paz obedece no sólo a la creciente exasperación de la población con la violencia generalizada, sino también a que es el tema que Estados Unidos ha colocado al orden del día y que los candidatos se han apresurado a convertir en un lugar común.

Pastrana, de acusada conducta antinacional durante todos los episodios de la crisis política pasada, propugna la aplicación plena y sin atenuantes del recetario económico que impone Washington y estimula la intervención norteamericana en todos los órdenes de la vida social. Resulta natural que para esos designios se haya agrupado en hermandad con recalcitrantes neoliberales e intolerantes neomoralistas, incluido lo más granado de la panda gavirista. Es lógico que con tan reconocidos títulos de colaboracionista, Estados Unidos le haya otorgado su predilección. Cuestión manifiesta en el beneplácito que recibe de parte de destacados voceros del mundo de los negocios gringos y en los ataques que columnistas de importantes publicaciones y portavoces oficiales dirigen contra Serpa, en ostensible intervencionismo, y también en los que, dirigidos contra el gobierno de Samper, buscan salpicarlo en razón de su proximidad política.

La candidatura de Pastrana representa una corriente vendepatria, compuesta por una camada de yuppies e insuflada por Estados Unidos para liderar su estrategia de nueva colonización y sustituir a importantes políticos tradicionales que de una o de otra manera sean obstáculo a sus pretensiones. Pastrana aglutina la más genuina corriente neoliberal progringa, proveniente de ambos partidos tradicionales. No es casual que entre sus socios se encuentren César Gaviria, quien sentó las bases para la política neoliberal y el intervencionismo de Estados Unidos, y Alfonso Valdivieso, el siniestro fiscal al servicio de la cacería política gringa. Respecto al conflicto interno que desangra la nación, Pastrana ya afirmó, tajante, que propiciaría la presencia de cascos azules de la ONU en nuestro suelo.

La población colombiana ha observado en los últimos meses, sin que despierte mayor atención por parte de los encumbrados dirigentes del país y sin que los medios de comunicación le den mayor difusión, la presencia de importantes “hombres del presidente” Clinton, que llegan como gestores de nuevas y mayores condiciones y presiones para Colombia. En efecto, ya no como avanzadilla, sino como funcionarios en plan de ocupación que pasan revista a toda suerte de autoridades e imponen nuevas iniciativas políticas, económicas y militares de naturaleza neocolonial, han desfilado por Bogotá personajes tan exaltados como siniestros: el jefe de la CIA, el llamado zar antidrogas Barry McCaffrey, el jefe del Comando Sur Charles Wilhelm, el mandamás del FBI Louis Freeh, el asesor de la Casa Blanca para Latinoamérica Thomas McLarty y, para cerrar con broche de oro, el presidente de la Corporación para la Inversión Privada en Ultramar, OPIC, George Muñoz.

Las visitas de esos personajes se realizan en el contexto de considerar a Colombia, según declaraciones de Wilhelm, como un riesgo para la seguridad en el hemisferio, a causa de la metástasis de sus convulsiones hacia los países vecinos, y acompañadas de denuncias de diversa procedencia, y en todos los ámbitos, sobre violación de los derechos humanos y sobre la conversión del país en un territorio de anarquía y barbarie desenfrenadas. Estamos ante indicadores de que el gobierno norteamericano trama el montaje de un teatro de intervención para establecer, cuando crea conveniente y al mando de una fuerza preferiblemente multilateral, avalada y legalizada por la OEA, su imperial orden en el país y en la zona, lo que justificará como una operación de salvamento.

Tal riesgo nos lleva a reiterar hoy que si bien es cierto que Colombia requiere con urgencia una salida pacífica y negociada al conflicto que la desangra, rechazaremos resueltamente la pax americana que se nos quiere imponer. Son significativas las expresiones recientes del general en retiro Alvaro Valencia Tovar: “La eventual presencia de fuerzas armadas extranjeras originaría una formidable reacción nacional que nos llevaría a todos a pelear contra el invasor. Y si la intervención fuese pedida o admitida por nuestro gobierno ante la inminencia de un derrumbamiento del sistema democrático, el régimen que así procediera caería estruendosamente. Nuestros problemas internos, por agudos que sean, no admiten ese tipo de intervenciones, y quienes pudieren tenerlas en mente deberían recordar a Vietnam pero sobre un escenario geográfico aún más difícil.”

Estados Unidos, continuando sus planes de recolonización, está llevando a un nivel sin precedentes su presión para subyugar la nación. Su reciente embestida contra el Ejército – que va desde el chantaje que ejerce con la ayuda militar y financiera, la imposición de centenares de siniestros expertos y espías enmascarados como asesores, el despectivo cuestionamiento a su capacidad de combate, hasta las recientes exigencias para que se realice “una revisión general de la estructura militar colombiana”, de lo cual la purga de sus mandos y el desmonte de la Brigada XX es muestra clara, – es un avance más en su estrategia de desvertebramiento de la nación. Resulta revelador que desde los mismos altos mandos se oigan voces rechazando, así sea en forma parcial y tímida, la intromisión norteamericana en los asuntos internos del país. En interés de la nación, ese rechazo debería ganar sonoridad y retumbar dentro y fuera de los cuarteles para que en Washington, tanto Bill Clinton como César Gaviria sepan que aquí se resistirá contra la fuerza bélica multilateral, cuya creación tiene por objetivo apaciguar a sangre y fuego las rebeldías que para sacudirse de la coyunda imperial se gesten en estos países.

Estados Unidos ha dedicado ingentes esfuerzos y dólares a crear una opinión favorable a los abominables rasgos de su dominación. Tal intento, que persigue vaciar de todo espíritu combativo a los sectores patrióticos, ha encontrado dignas conductas de oposición adoptadas por personalidades y dirigentes afectos a la nación, y la inquebrantable resistencia desplegada por sectores obreros y populares. Semejantes actitudes y acciones son demostración de que la acometida desatada por Washington no ha mellado la voluntad de lucha del pueblo.

En la patriótica brega de clase, e integrando un formidable haz de batallas contra las políticas y las medidas económicas del imperialismo, han estado en primera línea los obreros y empleados del petróleo y la salud, los de la Caja Agraria, Telecom y el Sena, los del magisterio y de las entidades estatales, así como los caficultores y la masa de trabajadores y productores agrícolas. Estos sectores laborales y el resto de trabajadores de la ciudad y el campo conforman la más sólida retaguardia para la defensa de la nación, de su patrimonio y de sus arraigados valores.

Frente a estas realidades de la situación social y política, el MOIR llama a las grandes mayorías que conservan vivas y vigorosas sus raíces en Colombia, a proseguir, con más urgencia y firmeza que nunca, en la construcción de un frente de resistencia para la salvación nacional.

En razón de que ninguno de los candidatos a la presidencia representa una política que responda al principal problema que enfrenta el país, la dominación norteamericana, el MOIR anuncia a la opinión pública que no apoyará a ninguno de ellos, ni participará en ese debate electoral.

MOVIMIENTO OBRERO, INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR)

Comité Ejecutivo Central