CELEBRACIÓN COMUNERA EN SOCORRO

Más de cinco mil personas provenientes de todo el país se concentraron el 21 de marzo en la Plaza de Chiquinquirá, en Socorro, para conmemorar el bicentenario de la rebelión comunera. En la manifestación intervinieron dirigentes del FUP, de “Comuneros 81” y el camarada Víctor Manzur, del Partido Comunista del Perú.

“DESECHAR LAS ILUSIONES DE REFORMISMO Y PERSISTIR EN LA REVOLUCIÓN”

El camarada Víctor Manzur, miembro del Comité Central del Partido Comunista del Perú y director del semanario Patria Roja, visitó recientemente a Colombia para continuar un amplio intercambio de opiniones, iniciado en Lima a principios de este año, con el Comité Ejecutivo Central del MOIR. El compañero estuvo en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena y Socorro, donde participó como orador en la manifestación del 21 de marzo pasado. Víctor Manzur concedió a Tribuna Roja la siguiente entrevista, en la que habló sobre la historia de la revolución peruana y sobre la situación actual de las fuerzas marxista-leninistas en el hermano país.

¿Cuáles son a grandes rasgos las principales etapas en la vida del Partido Comunista del Perú?
La historia de nuestro Partido está íntimamente relacionada con la historia de la clase obrera peruana, que adquiere personalidad propia en los inicios del presente siglo, particularmente entre 1907 y 1916, una década que presenció importantes luchas democráticas por la jornada laboral de ocho horas y por mejores condiciones de vida y de trabajo. Por aquella época predominaba una influencia anarco sindicalista en el movimiento obrero, influencia que sólo vino a romperse varios años después, a finales de 1928, cuando José Carlos Mariátegui funda el Partido Comunista del Perú.

Mariátegui sentó las bases para el futuro desarrollo de una auténtica vanguardia política del proletariado peruano e hizo aportes decisivos para que el marxismo empezara a ser asimilado por los sectores más avanzados del pueblo. Al tiempo que creaba la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), en el mismo año de1928, dotando a los asalariados de una central sindical capaz de combatir exitosamente por sus reivindicaciones económicas, Mariátegui nunca dejó de insistir en la necesidad de encarar la contienda por la destrucción del sistema de explotación que oprime y pauperiza a los obreros, consciente de que ninguna reforma ha sido, es o será suficiente para liberar de sus cadenas a quienes no poseen sino su propia fuerza de trabajo. Con José Carlos Mariátegui el proletariado peruano comienza a recorrer el camino de su verdadera lucha política, con un programa, una estrategia y unos objetivos definidos, y en el país se inicia la etapa de la revolución democrático-popular.

Desafortunadamente, el fallecimiento prematuro del gran pensador y revolucionario, ocurrido en 1930, no le permitió formar el número de cuadros requeridos para proseguir su labor. A su muerte se instauró en la Secretaría General del Partido una tendencia oportunista de “izquierda”, aventurera y dogmática, que pretendía copiar de manera mecánica la experiencia de la Unión Soviética y que condujo al movimiento obrero a serios reveces, particularmente en Lima en el centro del país. Estas orientaciones erróneas se mantuvieron hasta 1939 y abonaron el terreno para que aparatos reformistas como el APRA se apoderaran de la dirección de la lucha de masas y la desviaran de sus objetivos históricos.

Como a muchos otros partidos comunistas de América Latina, el estallido de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo consecuencias graves para los revolucionarios del Perú. La táctica correcta elaborada por la III Internacional, que ubicaba el fascismo como blanco central de la lucha del proletariado y llamaba a la formación de Frentes Populares en cada país, suponía como requisito imprescindible que los partidos obreros no renunciaran a su independencia política y a la conducción del combate contra sus propias clases dominantes. Pero la camarilla dirigente del Partido de ese entonces impuso una línea totalmente opuesta, capituladora, que se adelantaba a las tesis de Browder en varios aspectos y que implicaba colocarse de furgón de cola de la oligarquía o convertirse en un apéndice socialdemócrata.

A pesar de los enfrentamientos internos que se libraron contra dichas posiciones de derecha, sobre todo en 1948 y 1957, tuvo que transcurrir bastante tiempo antes de que el Partido retomara el legado histórico del Mariátegui y volviera por los cauces del marxismo-leninismo. Fue necesario que se presentaran la gran insurgencia campesina de finales de la década del cincuenta, que levantó a millares de agricultores peruanos en la pelea por la tierra, y acontecimientos tales como el triunfo de la revolución cubana y la polémica chino-soviética, para que en 1964 nuestra organización pudiera oponerse con éxito a la pandilla revisionista, que se había enquistado en los puestos de mando veinte años atrás, y expulsarla de sus filas. El ejemplo del camarada Mao Tsetung y del Partido Comunista de China, que se atrevieron a destapar toda la podredumbre de la nueva burguesía burocrática que ha usurpado la jefatura del Partido y del Estado en la URSS, significó para nosotros una ayuda de mucha utilidad en este sentido.

Sin embargo, fue solo cinco años más tarde, en la VI Conferencia Nacional de 1969, y después de derrotar lo postulados reaccionarios de quienes negaban el papel dirigente de la clase obrera, cuando el Partido Comunista del Perú dio un salto cualitativo hacia delante y empuñó de una vez por todas las banderas de la revolución en el país. Se inauguró así un nuevo periodo de nuestra historia partidaria, el que estamos viviendo en la actualidad, guiado por el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung.

¿Qué actitud asumió el Partido Comunista del Perú ante el golpe militar de Juan Velasco Alvarado en 1968?
Los doce años de dictadura militar que se iniciaron en 1968 fueron un tramo muy valioso de nuestra actividad revolucionaria. La inmensa mayoría de los cuadros eran jóvenes sin experiencia, aislados tanto dentro como fuera del país, y las promesas reformistas del nuevo gobierno habían logrado confundir a numerosos sectores del pueblo y contaban con el apoyo directo o indirecto de todos los partidos políticos. El revisionismo, con el respaldo de la Unión Soviética y de Fidel Castro, se convirtió en uno de los principales defensores de este régimen, cuya reforma agraria y demás medidas demagógicas sólo perseguían dos cosas en el fondo: una, desviar la lucha del campesinado por su legítimo derecho a poseer la tierra y, otra, ampliar hasta cierto punto el mercado de consumo interno, con miras a que el capital extranjero acumulara mayores ganancias.

Con Juan Velasco Alvarado, además, empezó sobre terreno firme la penetración socialimperialista en el Perú, a través del multimillonario negocio de la venta de armas. A principios de los años setentas el ejército peruano adquirió 250 tanques rusos modelo T-54, y en 1977 se realizó una transacción similar que involucraba 30 helicópteros y 36 aviones Mig, sin tener en cuenta los convenios de asistencia que incluían el envío de asesores técnicos y la programación de cursos de adiestramiento en Cuba o en la URSS.

En nuestro país se presentaba entonces la siguiente situación: mientras las tropas reprimían las huelgas y las protestas populares con armamento suministrado por el Kremlin, el embajador del gobierno cubano en Lima, el señor Núñez Borja, era uno de los propagandistas más efectivos con que contaba la dictadura militar.

El Partido planteó “desechar las ilusiones del reformismo y persistir en la revolución”, consigna central que orientó nuestro quehacer político desde 1968. Las condiciones difíciles en que nos hallábamos nos obligaron a profundizar en el estudio de la realidad nacional y a elevar el nivel ideológico de la militancia. Como resultado de todo lo anterior, el Partido Comunista del Perú no sólo combatió en forma permanente contra el despotismo castrense, sino que también supo deslindar campos con las corrientes liberales y revisionistas dedicadas a batir incienso ante los gobernantes de turno. Nuestro Partido fue la única organización de izquierda que impulsó la lucha de las masas y que basándose en los principios defendió, reivindicó y desarrolló el camino independiente del proletariado. Gracias a ello, hoy somos un destacamento con alguna vigencia en el país, con raigambre entre las clases oprimidas y con amplia participación en todos los combates del pueblo.

¿Qué representa el actual gobierno de Fernando Belaúnde y cual es la situación de la izquierda peruana en este momento?
Belaúnde, el candidato que resultó “elegido” en los comicios de mayo de 1980, es el continuador de la dictadura de la gran burguesía industrial y financiera, apéndice del imperialismo norteamericano. Su política se ha traducido en un proceso de pauperización cada vez más agudo, que abarca a la clase obrera, a los campesinos pobres y a los pequeños y medianos empresarios, de relativa solvencia económica. El Fondo Monetario Internacional ha impuesto una devaluación constante de la moneda peruana, la deuda externa asciende a 13 mil millones de dólares. La inflación ha llegado hasta el 11 por ciento en algunos meses, y hay una pérdida abrumadora de la capacidad adquisitiva de los salarios, que hoy equivalen apenas a la quinta parte de su valor de 1973.

Lo anterior explica que nuevos sectores sociales, como es el caso de los médicos, los ingenieros y los trabajadores del Estado, se hayan vinculado estrechamente a las batallas populares de los últimos años, y que las organizaciones proletarias más consecuentes hayan adquirido una influencia significativa en todos los estratos de la población. En las elecciones parlamentarias y presidenciales de mayo de 1980, el Partido Comunista del Perú participó a través de una alianza conocida como Unión de Izquierda Revolucionaria (UNIR), que sacó el mayor número de votos entre todos los grupos adversarios del régimen. Más tarde, en los comicios municipales de noviembre del año pasado, nuestro Partido contribuyó a formar un frente llamado Izquierda Unida, del que hizo parte casi toda la oposición, incluidos los revisionistas, y que desplazó al APRA como segunda fuerza electoral en el país. Los tres puntos principales del programa de Izquierda Unida eran y siguen siendo la lucha por el bienestar del pueblo, por la defensa y ampliación de las libertades públicas y sindicales y por la soberanía e independencia nacional, lo que presupone el no alineamiento de la coalición con ninguna de las dos superpotencias. El revisionismo criollo, minoritario y aislado, tuvo que ceder ante este ultimo principio, indispensable para construir un verdadero frente revolucionario en las circunstancias de hoy.

Finalmente, ¿Qué piensan ustedes acerca de la actual situación internacional?

El Partido Comunista del Perú comparte la teoría científica del camarada Mao Tsetung sobre los tres mundos, por lo tanto considera que la actual situación internacional se caracteriza por el enfrentamiento cada día más enconado entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se disputan el control del orbe, de sus mercados y materias primas con alarmante agresividad. Al mismo tiempo, creemos que el imperialismo norteamericano ha entrado en un proceso de franca decadencia y que los nuevos zares del Kremlin, acosados por crecientes dificultades internas, se han vuelto el principal peligro para la paz mundial.

Ante la agudización de la lucha de clases en el plano internacional, nuestro Partido ha venido combatiendo contra los criterios estrechos de lo que en el Perú llamamos el “cholocomunismo”, una tendencia reaccionaria que trata de justificar el carácter burgués de sus postulados nacionalistas con el pretexto de que existen “centros de poder ideológico” que “encasillan” a las organizaciones de izquierda. Nosotros pensamos que la suerte del proletariado mundial, ligada indisolublemente a la suerte de la República Popular China y su Partido Comunista, no puede ser ajena a los revolucionarios peruanos.

EN SOCORRO SE CONMEMORÓ LA GESTA COMUNERA

Sentada en uno de los andenes de la plaza del Socorro, una anciana de 80 años empuñaba una bandera hecha con retazos de tela. Era idéntica a la que ondeaba a un lado de la tarima desde donde hablaban los oradores. “Es una vieja tradición del pueblo de esta región, explicó la mujer, que había acudido desde tempranas horas y desde Barbosa. “Es la bandera de los pobres, que debemos agitar hoy de nuevo para pelear como lo hicieron hace doscientos años las gentes del común”, añadió con emoción.

Igual que esta campesina santandereana, cerca de cinco mil personas se reunieron el pasado 21 de marzo en una de las plazas del Socorro, para celebrar la gesta de la Revolución de los Comuneros de 1781.

Las autoridades turbayistas habían levantado todo tipo de obstáculos para la realización del acto conmemorativo. A la solicitud inicial del MOIR de efectuar la concentración el 14 de marzo, el gobierno respondió con evasivas y negó el permiso, arguyendo la visita del Presidente de la República a la zona. Los municipios de la región y las carreteras que a ellos conducen fueron militarizadas. A pesar de las intimidaciones del régimen, los santandereanos, en las dos primeras semanas de marzo se lanzaron a recordar la rebeldía de sus antepasados. Por esos días, en Barbosa, se desató un paro cívico para exigir un adecuado servicio de acueducto. Durante la pantomima oficial organizada el 15 de marzo, en Socorro, labriegos provenientes de Covarachía, Onzaga, San Joaquín, Mogotes, Barichara, Curití, Villa Nueva, San Gil y Pinchote, entre otros, desfilaron portando muestras de sus cultivos, como tabaco, fique, fríjol, al tiempo que lanzaban consignas contra el gobierno: “Estamos igual, o peor que hace doscientos años”, vociferaban los campesinos. Los manifestantes se colocaron frente al atrio de la catedral en el momento en que el ex gobernador y manzanillo regional Alfonso Gómez Gómez, quiso hacer la defensa del régimen, las gentes allí reunidas lo silenciaron con una ruidosa silbatina. Cuando el ministro de Obras Públicas, Enrique Vargas Ramírez, procedió a dirigirse a la multitud, ésta ya había abandonado la plaza. Una semana atrás, una marcha de cultivadores de fique recorrió varios municipios de la provincia comunera denunciando las medidas gubernamentales que los tienen al borde de la ruina.
Como consecuencia de la amplía campaña de agitación nacional del MOIR, del FUP, de las fuerzas del sindicalismo independiente, de la organización “Comuneros 81”, las autoridades se vieron obligadas a extender un permiso para que se efectuara la conmemoración revolucionaria el sábado 21 de marzo. Sin embargo, varios compañeros que colaboraban en la campaña de agitación fueron arbitrariamente encarcelados.

A las 4 de la tarde se dio comienzo a la manifestación. En la tarima se encontraban Consuelo de Montejo, dirigente del MIL; Jaime Piedrahita Cardona, dirigente de la ANAPO; Álvaro Bernal Segura, representante a la Cámara por el FUP; Víctor Manzur, de la dirección del Partido Comunista del Perú, Elberto Camargo y Luis Eduardo Parra, orientadores del movimiento “Comuneros 81”, Héctor Valencia, Marcelo Torres, Avelino Niño, Carlos Valverde, Enrique Daza y Gustavo Quesada, dirigentes del MOIR.

Después de las distintas intervenciones (cuyos extractos aparecen publicados en esta misma edición), la multitud entonó La Internacional y coreó las proclamas que exaltan la revolución comunera, con el firme propósito de combatir por la Liberación de la Nación colombiana de sus actuales sojuzgadores.

LOS ARTISTAS SE SUMARON A LA CELEBRACIÓN

Un nutrido grupo de intelectuales y de artistas de revolucionarios se vinculó a las tareas preparatorias de la conmemoración del 21 de marzo, atendiendo al llamado hecho por el movimiento cívico “Comuneros 81”. El investigador Gustavo Quesada y los economistas y periodistas Clemente Forero y Hernán Jaramillo pronunciaron varias conferencias en los pueblos de la zona comunera. Una docena de pintores de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bogotá, encabezados por Hernando Carrizosa y Manolo Colmenares, viajaron a Santander a realizar varias obras artísticas que rememoran las luchas populares de hace doscientos años. El cineasta Mario González, con la colaboración de Augusto Rivera, María Cristina Cortés y Richard Suárez, trabajan en una película de color sobre la vida y las actuales batallas de los descendientes de los comuneros. Los camarógrafos Marcos González, Oscar Rojas, Sonia Gutiérrez y Oscar Martínez, de Bucaramanga, filmaron los instantes más emotivos de la conmemoración y los editaron para ser exhibidos en betamax. Clemencia Lucena diseñó un cartel para promover la manifestación del 21 de marzo, que fue distribuido y pegado a lo largo de todo el país. Beatriz González también se vinculó a este movimiento artístico, aportando una serigrafía para la campaña de finanzas.

Del 16 al 21 de marzo, doce grupos de teatro provenientes de diversas zonas del país, rindieron un homenaje a la gesta comunera y se presentaron ante unos 15 mil espectadores del Socorro, Simacota, San Gil, Barbosa, Vélez, Guapotá, Charalá y Puente Nacional, efectuando un total de 54 funciones.

Los grupos y sus obras fueron los siguientes: el Teatro Libre de Bogotá, con Episodios Comuneros, de Jorge Plata, bajo la dirección de Germán Moure; el pequeño Teatro de Medellín, con De cómo se sublevo el Común, de Henry Díaz, bajo la dirección de Rodrigo Saldarriaga; el Teatro Foro de Cali, con Peripecias y congojas del buen señor don Alvarado, dirigida por su autor, Jorge Bonilla; el Teatro Independiente Chipre de Manizales, con Trueno y fango de Estaban Navajas, bajo la dirección de Rodrigo Carreño; el Teatro Libre de Ibagué, con un recital de música y poesía latinoamericanas, montado por Alberto Lozano; el grupo Fortejo, de Sahagún, Córdoba, con Historias de ayer para ser contadas hoy, dirigida por su autor. Luis tirado; el Teatro Comuneros, de Bucaramanga, con Hoja seca, del autor y director Hernán Pico; el Teatro Experimental Atahualpa, de Santa Rosa de Cabal, con un recital de canciones, trovas y poesía, dirigido por Aparicio Posada; el grupo Estudios Teatrales, de Montería, con Monólogo sobre el daño que causa el tabaco, de Antón Chejov; el grupo Actocol, de Bogotá, dirigido por Héctor Laos; el Teatro Aguijón, de Piedecuesta, Santander, dirigido por César Rueda, y el grupo musical Son del Pueblo, orientado por César Mora.

Fue tanta la acogida que dieron los espectadores de la región comunera al festival, que sus organizadores están planeando una segunda temporada en febrero de 1982, para contribuir a la efemérides del sacrificio de José Antonio Galán.

La labor de Gonzalo Mahecha
Cuando el pintor Gonzalo Mahecha llegó al Socorro, llevaba la idea de convertir las paredes de ese pueblo en un inmenso mural que rememorara la revolución comunera. Bastó que él y otros artistas empezaran a trazar los bocetos de sus obras para que se despertara la curiosidad de las gentes, que expresaron su deseo de participar también en esta tarea. Fue así como Gonzalo Mahecha, se transformó en el guía y el maestro de los niños, jóvenes y viejos que bajo su dirección comenzaron a pintar.

“La rebelión comunera despertó la vocación artística de muchas personas. El pueblo aún tiene vivas las imágenes de la rebelión de sus antepasados y muchos sintieron un deseo incontenible de plasmarlas. Viejos y jóvenes que jamás habían pintado, ni siquiera sobre un papel, se enfrentaron a una pared blanca con elementos rudimentarios, tales como un trozo de carbón, un tarro de pintura y una brocha, y concibieron sus propias obras”, cuenta Gonzalo Mahecha, mientras gesticula con sus manos, lo que hace siempre que se siente emocionado.

La idea primaria de estos pintores aficionados, según relata Mahecha, era la de reflejar la gesta popular a través de una marcha campesina. Pero poco a poco se fue creando una gran inquietud y un afán por perfeccionar sus murales con imágenes de la rebelión comunera sacadas de la historia. “Yo mismo tuve que volver a estudiar los hechos de aquella época, no solamente para cumplir con mi papel de orientador, sino porque los artistas fuimos invitados a dar conferencias en los distintos colegios. Era en verdad emocionante escuchar, en los corrillos de jóvenes y niños, discusiones sobre el tema y oírlos establecer comparaciones entre la situación de hace doscientos años y la que vivimos hoy”.

“Para lograr este trabajo tuvimos que encarar la represión oficial” continua explicando Mahecha. “Al comienzo, cuando recorríamos la zona comunera, motivando a sus gentes y buscando al movimiento ‘Comuneros 81’ para apoyarnos en él, la policía nos encarceló en tres oportunidades. Pero el pueblo nos ayudó a ganar la batalla, el día en que llegaron a detener al maestro Carrizosa, quien estaba iniciando un boceto, la gente comprendió la necesidad de proteger a los artistas revolucionarios. A los pocos minutos se habían concentrado más de 300 personas que nos apoyaron con sus gritos y protestas. La policía se vio obligada a retirarse y desde entonces las masas se unieron entusiastas a nuestra labor”.

Así terminó por ganarse el respaldo y el cariño de la población, Gonzalo Mahecha, un muralista nacido en Girón, Santander, que hace menos de un año regresó de París con el convencimiento de que su talento “no debe enclaustrarse en las paredes de las galerías para ser admirado por una élite, sino encontrar formas de expresión que le sirvan a los miles de oprimidos”.

Consuelo de Montejo: “¡QUE VIVA LA REVOLUCIÓN Y ABAJO EL MAL GOBIERNO!”

(Apartes de la intervención de la dirigente del MIL, Consuelo de Montejo)

A pesar de los comuneros y la independencia, el problema es todavía el mismo, el sistema de alcabala es todavía el mismo y los amos tienen el mismo sentimiento de oprimir; lo único que ha cambiado son los nombres. Las alcabalas, el impuesto especial de la Corona, el de Barlovento y el estanco no son más que el impuesto al patrimonio, el de renta, el catastral, el de las ventas y el indirecto de los servicios públicos. ¡Que similitud con la vida de hoy!, ayer fue el pacto social, hoy el frente social. Encontramos, además de los impuestos la represión, la guardia también existe y, abusando de su posición, practica brutales allanamientos.

Y así llegan los comuneros al Socorro. Por primera vez se levantan con grandes garrotes y machetes; gritan más las mujeres que los hombres y, con Manuela Beltrán a la cabeza, llegan hasta las puertas del cabildo. Allí, donde está fijado el edicto con los nuevos impuestos, arranca la tabla y la pisotea, a pesar de las armas del rey. Con alegría se pasa la consigna de la revuelta y empieza a imponerse la voz del común. El Socorro centraliza la revolución que se riega como pólvora por San Gil, Charalá, Girón, Chimá, Oiba, Vélez y Simacota. Las primeras son siempre las mujeres que van adelante con su coraje, marchan hacia los estancos, destapan los barriles para que se riegue el aguardiente y arrancan los edictos.

Los chapetones huyen o se esconden, y en la calle sólo quedan los amantes de la revolución. Pero necesitan un jefe y nombran como general a Juan Francisco Berbeo, y al lado del general postulan como capitanes a la flor y nata del Socorro, a don Salvador Plata, enchapado en plata, sabedor de letra menuda y amigo de litigar; a don Joaquín de la Vega, a don Diego y a don José.

Pero estos caballeros no asumen sus posiciones con orgullo y determinación; tienen una doble personalidad y se mueven con fingida apariencia; juran cumplir los mandatos del pueblo y luego corren donde los escribanos y hacen abjuración, pues se mueren del miedo de la Real Audiencia. Más tarde se les tildará con justicia de traidores. El pueblo se une y por millares baja de las montañas. Detrás de la revuelta de los comuneros sólo está la fuerza del pueblo, unido por la fraternidad. El gran jefe es la plebe, que señala a su líder, pero siempre es superior a él. Y así, con ese entusiasmo, al grupo de ¡libertad!, ¡libertad!, inician su marcha hacia Santa Fe.

La revolución de los comuneros falló por sus capitanes. El pueblo siempre ha sido superior a sus dirigentes, pero no se puede ganar una batalla cuando los capitanes sirven a dos bandos. Hoy no es extraño ver figuras que se llaman de oposición, sean santofimistas, mamertos o centrales obreras, que con una mano tiran una piedra y con la otra comen del banquete que les ofrecen en palacio. Por un lado, invitan a los inconformes a que se les unan en un paro nacional y, por el otro, se congracian con el gobierno, exigen cuota burocrática y transigen a cambio de prebendas.

Son los camaleones acostumbrados a servir a dos amos, los que traicionan con la mayor facilidad para ubicarse en el bando triunfador. Son los que vemos en la calle gritando “Que viva Turbay y abajo el mal gobierno”.

Por encima de esos capitanes de doble moral sobresale José Antonio Galán como el toro entre la vacada. Es el hijo de Charalá, el héroe, el caudillo. Solo no hubiera podido hacer mayor cosa, pero metido dentro del movimiento socorrano se convierte en el más grande de los rebeldes y en la cabeza visible de la revolución. Los débiles ven en él su defensor. Cuando el regente huye hacia Cartagena, Galán va tras él y pasea, al galope de sus caballos y al tambor de los cascos, la bandera de los comuneros por Faca, Piedras, Espinal, Honda, Villeta, Beltrán, Mariquita.

Galán es como Gaitán. Cada cual en su época pregona la libertad y los derechos de los humildes, ambos toman por sorpresa al gobierno y ambos avanzan por el territorio nacional al grito de ¡libertad! ¡libertad! Si bien a los comuneros no los dejaron llegar a Santa Fe, a Gaitán tampoco lo dejaron llegar al Poder y en la revuelta del 9 de abril, la curia llama al orden desde los púlpitos y oficia el tedéum por los muertos. La historia, aunque en tiempo y espacio diferentes, siempre se repite.

GUSTAVO QUESADA: EL PUEBLO PREPARA SU SEGUNDA INDEPENDENCIA

Extractos del discurso del dirigente del MOIR, Gustavo Quesada
En 1781 estalla la insurrección. Sacudido por una fuerza telúrica, el Virreinato se estremece, derrumbando las ideas que habían servido de sustento a tres siglos de dominación, explotación y vasallaje. Como un turbión la multitud se lanza a la calle y a manotazos aleja a los fantasmas que la han mantenido prisionera, inclinada la serviz ante la férula del amo.
Primero fue contra los estancos, alcabalas y Armada de Barlovento. Luego contra los diezmos, y así una tras otra se fueron sumando las reivindicaciones. A medida que la rebelión se extendía, aparecieron nuevos argumentos a favor del conflicto.

El 16 de abril un pregón incendiario habla de independencia y pugna por que se grite ¡Viva el Socorro y muera el mal gobierno! En la misma fecha se forma El Común, en el cual las masas depositaran la jefatura del alzamiento. En mayo, al compás de los pasos campesinos que se enrumban a Santa Fe, el Común recoge a la indiada, levanta la bandera de la propiedad de los resguardados, la abolición de los tributos de indios y la devolución de las minas de sal de Zipaquirá, Tausa y Nemocón.

Es una marcha inmensa, alegre, fiera. Con la rudeza de quienes han templado sus músculos sembrando el tabaco en los despeñaderos, con la alegría de quienes saben que son una fuerza inatajable.

Hoy la marcha ha venido al Socorro. Convocados por los comités cívicos populares “Comuneros 81”, por el Comité Nacional Comunero “El Común”, que aguerridamente viene levantando la bandera de las reivindicaciones populares frente a Emposan, venimos a decirle a todo el pueblo de Colombia, asfixiado ahora por el yugo imperialista y amenazado por el revisionismo soviético, que la bandera carmesí, símbolo y emblema de Galán, no ha sido arriada.

Lo primero por decir es que la gran desgracia de los movimientos populares en Colombia, consiste en que el heroísmo lo han puesto las masas del Común, y la felonía, la traición y la capitulación quienes se han fingido sus capitanes. Capitulo Berbeo, cercenando una revolución recién nacida y entregando a la vindicta española la cabeza de sus aguerridos paladines. Renegó Bolívar de la república luego de las guerras de independencia, dejando sin recoger la semilla democrática sembrada con la sangre de miles de labriegos en los campos de batalla. Pactaron los radicales con la reacción terrateniente luego de 1863, convirtiendo en humo el fuego de una lucha que amenazó con extirpar de nuestro suelo el feudalismo. Uribe Uribe y Benjamín Herrera arriaron la bandera de una revolución, cuando era necesario que tremolara más alto, ante la arremetida del imperialismo norteamericano contra nuestra patria.

Y en este siglo hemos visto cómo algunos, usurpando el nombre de la clase obrera, no han pasado de ser aduladores del régimen de turno, los mejores defensores de la democracia oligárquica y del estado de los opresores. No otra cosa ha sido el Partido Comunista, que de tal no tiene más que el nombre. El berbeismo ha hecho carrera en Colombia y hoy se hacen foros para defender la legalidad de los opresores, se plantean capitulaciones, pactos sociales, “aperturas democráticas” y nuevos “modelos de desarrollo”, cuando no reuniones en Panamá. Los Berbeos de hoy claman por mejorar las cargas sin tocar el Estado, propugnan miserables reformas a nombre de la Constitución y las leyes de la oligarquía, hacen demagogia con un paro cívico para reclamar puestos en el Consejo Nacional de Salarios.

Lo segundo es recoger la experiencia más clara del movimiento comunero; sólo un estado mayor de la revolución, instruido con la teoría revolucionaria, experto en la política, con una estrategia firme, templado en muchas batallas, puede conducir el movimiento a la victoria. Los comuneros carecieron de una jefatura con estas virtudes. Sus más preclaros exponentes, con Galán a la cabeza, llenos de coraje y convencidos de la justeza de su combate contra la opresión y el oportunismo sacrificaron sus vidas sin poder asir la presea de la victoria, por carecer precisamente de una dirección sabia y experta en los zigzagueantes senderos de la lucha.

Lo tercero es reiterar que desde hace mucho tiempo la historia es universal. Los comuneros no escaparon a esta ley. La revolución se precipitó por la crisis mundial que daba nacimiento al capitalismo. Algunos capitanes procuran vincular su lucha a la corriente revolucionaria de su época pero no pudieron lograrlo.

Primero por carecer de una visión de conjunto del acontecer internacional del siglo XVIII, de un punto de vista que les permitieses interpretarlos acertadamente, y segundo por no haberse desarrollado la insurrección, la cual fue asesinada en su propia cuna. Hoy la lección la tenemos aprendida, la revolución es nacional por su forma pero internacional por su contenido.

A dos siglos de distancia, en otras condiciones y bajo diferentes premisas históricas e ideológicas, el pueblo colombiano y las fuerzas revolucionarias se preparan meticulosamente para promover la segunda y definitiva independencia nacional. De los forjadores del común, de los combatientes que no arriaron la bandera de los centenares de hombres y mujeres que persistieron en la causa, queda la imagen de Galán, símbolo de la rebeldía de nuestro pueblo, de la posición antagónica e irreconciliable con el enemigo.

LUIS EDUARDO PARRA: ¡LA VERDADERA LIBERTAD ESTÁ EN LA REBELIÓN!

Apartes de la intervención de Luis Eduardo Parra, dirigente de “Comuneros 81”, en Barbosa, quien habló a nombre del padre Jorge Velandia en el acto del Socorro.

De nuevo hemos enarbolado la bandera que hace doscientos años en esta provincia comunera se levantara contra el imperio español. Hemos comprendido que el enemigo a derrotar en este momento histórico es el gobierno de la oligarquía nacional y el imperialismo norteamericano. En esta plaza está la presencia de todas las fuerzas independientes, y sin sectarismo retomamos la consigna de Galán: “Unión de los oprimidos contra los opresores”.

La victoria reciente del pueblo barboseño contra Emposán no es más que una batalla en toda esta guerra que tiene que librar el pueblo colombiano por su segunda y definitiva independencia. Debemos denunciar al gobierno nacional y departamental y a Emposán como enemigos de este interés popular que representa “Comuneros 81”, un movimiento amplio en defensa de los intereses del pueblo santandereano en materia de servicios públicos. Los habitantes de Barbosa le dieron una lección al régimen, la de que cuando las masas deponen sus intereses particulares ante el interés general, son capaces de derrotar a este gobierno miserable y opresor.

El pueblo colombiano debe unirse porque debe hacer su propia historia. La verdadera libertad está en la rebelión. Quiero invitar al pueblo comunero a que mantenga esta posición, a que mantenga este grito de lucha.

Jaime Piedrahita Cardona: “¡HONOR A LOS HÉROES QUE INICIARON LA MARCHA POR LA LIBERTAD!”

(Extractos del discurso de Jaime Piedrahita Cardona, dirigente nacional de la ANAPO)

Nos llega el bicentenario comunero enfrentados al agosto del berbeismo. Los sedicentes jefes comunistas, los añosos y noveles izquierdistas que se han vuelto heraldos de la república oligárquica, los Tulio Cuevas hacen de las suyas, condecoran a los ministros del despacho y aplauden sus estatutos de seguridad; pero el oportunismo de moda insiste en que la unidad es con ellos

Conmemoramos el bicentenario comunero de José Antonio Galán, Molina, Alcantuz, Ortiz y Manuela Beltrán. Congregados para rendir homenaje a los protagonistas de la imperecedera epopeya, nos parece escuchar el fragor del Común que anuncia a los confines americanos la rebelión de los de abajo.

Después de una aparente pasividad de casi tres siglos, la dominación colonial española se estremeció y estuvo a punto de rodar. Todavía no era la caída pero sí el comienzo del fin, aquí se desencadenó el impulso vital del combate libertario que culminaría en los campos de Boyacá, Pichincha, Junín y Ayacucho.

La insurrección de los Comuneros fue la primera gran pelea a campo abierto librada por nuestro pueblo contra el colonialismo español. Después de ella, nada volvió a ser como antes. La situación no podía ser más explosiva; el decrépito imperio, bastión de la reacción mundial, se aferraba a la vida chupando la sangre de los pobladores coloniales; pero llegó el momento decisivo en que aquellos se negaron de plano a permitirlo. El meollo de las cosas residía en que las nuevas fuerzas productivas y las formas de organización social avanzadas se vieron mortalmente constreñidas a causa de la explotación imperial. En la sociedad del Nuevo Reino de Granada, sacada de la prehistoria, traída al feudalismo colonial a sangre y fuego, legitimada con bulas papales y cédulas reales, en la cual los indios que se salvaron del exterminio fueron sometidos como siervos, sepultados vivos junto con los esclavos negros en las minas de oro, o condenados a servir de bestias de carga; en la cual el abigarrado mestizaje formado por pardos, mulatos, zambos y cuarterones, compartía con el criollaje blanco la humillante discriminación basada en la raza o en el origen; en la sociedad donde la población malvivía bajo una montaña de impuestos, con su producción asfixiada por los estancos e impedida de comerciar libremente con las naciones del orbe; en esa sociedad, construida por la espada y sostenida por la cruz, estallaron por fin, con fuerza de huracán, la irreverencia, el desacato, el motín.

El tronco principal de la revuelta se había ido nucleando alrededor de los comuneros socorranos, pero su radio de acción se extendía prácticamente a todo el territorio nacional: Guarne, El Tablazo, La Miranda, Sopetrán y otros en la provincia de Antioquia; Ibagué, Ambalema, Mariquita y Purificación, entre otros en el actual Tolima, en el antiguo Cauca Grande, los tabacaleros del Raposo, los esclavos de Tumaco y los indios de Pasto; en el Huila, Neiva, Caguán, Aipe y Villavieja; del Llano inmenso, de donde saldrían los legendarios centauros de la guerra de independencia, Pore, Morcote y otros varios pueblos de indios; en el Nororiente, Cauca, Pamplona, Salazar de las Palmas y, ya en la Capitanía de Venezuela, Maracaibo, Mérida, San Cristóbal y La Grita.

Un amanecer de mayo, Ambrosio Pisco, último descendiente de los Zipas, salió de Güepsa a unirse al ejército comunero. En Nemocón los acompañaron los caciques de Guasca, Bogotá, Guatavita, Tenjo, Subachoque y Funza. En Puente Real de Vélez, la infantería comunera puso en fuga a la centuria de alabarderos enviados por la Real Audiencia bajo el mando del oidor Osorio.

Por la vía de Chiquinquirá, José Antonio Galán capitaneó la que habría de ser la más fulgurante campaña de la insurrección. Una estela libertaria dejó la inolvidable marcha por Susa, Fúquene, Ubaté, Tausa, Facatativá, Villeta, Guaduas, Honda, Mariquita, Coello, Upito, Purificación.

Por doquier, Galán derroca a las autoridades españolas, clausura los estancos, libera a los esclavos, suprime los tributos de indios, dicta bandos insurreccionales y nombra capitanes comuneros. El turbión rojo del común apoderado de la cuenca del Magdalena, hace huir despavorido hacia Cartagena al odiado Visitador Regente.

Pero los Comuneros no tenían una comandancia capaz de descubrir los embustes de Caballero y Góngora y de continuar la ofensiva sobre Santa Fe. Ingenuamente se plegaron a las falsas orientaciones de su jefe máximo, Juan Francisco Berbeo. La turbamulta fue detenida en el campamento “El Mortiño”, cerca de Zipaquirá, y disuelta a cambio de unas burlescas capitulaciones.

¡Amarga lección! Cada vez que el pueblo ha sido desarmado mediante el engaño, sus opresores lo han flagelado sin piedad.

Víctor Manzur: “PERÚ Y COLOMBIA TIENEN UNA LARGA HISTORIA DE REBELDÍA”

(Apartes del discurso del camarada Víctor Manzur, miembro del Buró Político del Comité Central del Partido Comunista del Perú “Patria Roja”)

El pueblo del Perú y el pueblo colombiano tienen una larga historia de rebeldía, tienen una larga historia de combate. El pueblo del Perú y el pueblo colombiano también tienen una larga tradición de hermandad, una larga tradición de lucha contra los mismos enemigos, contra los mismos traidores y contra los mismos explotadores. En nuestra patria, en 1780, 81 y 82 dimos el primer grito libertario que estremeciera todas las cordilleras que atraviesan de Sur a Norte nuestros países, que repercutiera en todas las colonias del imperio español. Ese movimiento tuvo, al igual que en Colombia, un gran dirigente que representó y expresó en ese momento histórico los intereses de las clases oprimidas de la nación: José Gabriel Condorcamqui Túpac Amaru II. El mérito histórico de ese levantamiento es que no sólo se constituyó en una movilización contra un mal gobierno o contra una mala tiranía reinante, sino que supo expresar, los intereses de las clases y capas oprimidas de la población peruana.

Por eso para nosotros es un honor muy grande compartir con ustedes –así como el año pasado celebramos el bicentenario de la gesta libertaria de Túpac Amaru-, aquí, en la tierra y con el pueblo de Colombia, esta hermosa epopeya de los comuneros.

Al reivindicar la gesta heroica de Túpac Amaru o del movimiento comunero, buscamos sacar las lecciones que hoy son válidas para continuar el proceso independentista que ellos nos legaron. Una de las principales enseñanzas que podemos extraer del movimiento de Túpac Amaru y del movimiento comunero colombiano es que para una revolución resulta necesario contar con el concurso de la fuerza del pueblo. Sin el pueblo no hay revolución y sin las masas no hay historia. Y una segunda enseñanza que nos legaron estas luchas es la necesidad de que el movimiento popular emplee la violencia revolucionaria para conquistar el Poder.

TORTURADO Y ASESINADO OSCAR RESTREPO, CONCEJAL DEL MOIR EN PUERTO TRIUNFO

El 18 de mayo, en la localidad de Santiago Berrío, jurisdicción del municipio de Puerto Triunfo se encontró, tirado en una zanja, el cuerpo sin vida del camarada Oscar Restrepo Hurtado; el cadáver enseñaba elocuentes signos de tortura. Su rostro había sido desfigurado, sus uñas extraídas y su lengua cercenada. Presentaba laceraciones por todas partes y en la cabeza los orificios de tres disparos hechos a quemarropa. En tal estado lo dejaron, que la identificación, cumplida por su esposa Ana Nora Ochoa, sólo fue posible mediante el reconocimiento de las prendas que llevaba puestas.

Desaparecido desde el viernes 15 de mayo hasta el lunes siguiente, en que allegados y compañeros de lucha comprobaron cuán cierto era el tremendo presentimiento de que Oscar había caído victima de la brutalidad de sus enemigos, que lo eliminaron sádica y cobardemente, a la sombra, ocultos y ocultando las razones de su crimen. Pero el MOIR señala en forma rotunda que tamañas atrocidades no pudieron haber sido cometidas más que por los esbirros del régimen, porque los procedimientos empleados los delatan y porque únicamente ellos tenían motivos para acallar la voz de un combatiente tan querido para los moradores de aquellas zonas de la ardiente ribera del Magdalena.

Por averiguaciones de las masas se supo que la última vez que alguien le vio fue cuando se le obligó a subir aun vehículo del CAES, el comando de los aparatos represivos encargados de perseguir la extorsión y el secuestro. Insinuar siquiera que Oscar se hallaba involucrado en alguna de estas dos actividades es un pretexto infame, que no hace más que aumentar la indignación del pueblo y de las fuerzas revolucionarias. El MOIR jamás ha recurrido, por principio, a tales métodos. Nadie podrá acusar a nuestro Partido de haberlo violentado o retenido a objeto de sacarle dinero o por cualquier otro tipo de finalidad política. El camarada Restrepo era concejal de Puerto Triunfo para el periodo actual de 1980 a 1982, como lo había sido también en el lapso de 1978 a 1980. Su asesinato y el ensañamiento mostrado por sus verdugos indudablemente conllevan al propósito de amedrentar a la población para que no continúe organizándose ni luchando contra la voracidad de las clases expoliadoras intermediarias del imperialismo norteamericano. Asimismo buscan impedir el desarrollo del MOIR y su labor de agitación y propaganda entre los obreros, los campesinos y el resto de sectores explotados y oprimidos. Sin embargo, el sacrificio de Oscar Restrepo, con todo y significar un golpe supremamente duro y doloroso, lejos de amilanar a trabajadores y revolucionarios, los aleccionará y templará para seguir en la brega por la plena emancipación, con mayor firmeza, mayor claridad y mayor experiencia. Es un sagrado juramento que cada militante formula en el fondo de su corazón, como el mejor homenaje a un valiente que entró a los umbrales de la muerte convencido de que su sueño será algún día la más hermosa realidad de Colombia.

El camarada Oscar nació hace 33 años en Mistrató, Risaralda. Fue obrero de los Ferrocarriles Nacionales y miembro de la subdirectiva sindical de Méjico, División Centrales. La empresa lo despidió a raíz de la huelga de noviembre de 1975. Ingresó al MOIR en 1971 y pronto llegó a ser dirigente del Partido en La Dorada, Caldas. De allí pasó a Puerto Triunfo, en donde se destacó en innumerables batallas de los pobres de la región por múltiples reivindicaciones económicas y políticas. A pesar de su condición de concejal, más de 20 veces estuvo detenido. En una ocasión, junto con su esposa y otros compañeros, pasó dos meses en la cárcel, del 15 de junio al 21 de agosto de 1979, cuando apoyó decididamente una invasión de campesinos desposeídos que requerían de un pedazo de tierra para trabajarla. Su vida de rebelde fue un himno a la constancia, a la lealtad y a la fe en el triunfo. Y nos deja de herencia un tesoro inapreciable, su ejemplo.

El entierro, llevado a cabo en Puerto Triunfo a las cuatro de la tarde del 19 de mayo, contó con la presencia de la población y constituyó el más indignado repudio a la sanguinaria política oficial. Alcanzaron a concurrir delegaciones de Puerto Berrío, San Luis, Puerto Boyacá y La Dorada. Los ferroviarios hicieron sonar los pitos de las locomotoras durante quince minutos, a las once de la mañana y a la hora del sepelio. En los funerales hablaron Pedro López, directivo ferroviario, Álvaro Bedoya, del Comité de Solidaridad de La Dorada; el padre López de Puerto Triunfo y Fernando Guerra, dirigente del MOIR en el Magdalena Medio. Simultáneamente en Bogotá y Medellín se efectuaron actos en memoria del camarada Oscar; Avelino Niño y Consuelo de Montejo dejaron en el Concejo de Bogotá una enérgica protesta por el asesinato.

Los dirigentes nacionales del FUP preparan un pronunciamiento en el que analizarán el hecho y la grave situación que se deriva del mismo.

En todo el país se realizan reuniones masivas exaltando el nombre y las luchas de Oscar Restrepo Hurtado, abnegado servidor del pueblo y mártir de la revolución colombiana.