PERSECUCIÓN EN EL VALLE

El pasado 14 de marzo fue detenido por agentes del B-12 el dirigente analista Julián Vélez, en el municipio de la Victoria, Valle. Quince días después, en el mismo departamento, en la localidad de Toro, agentes del régimen arrestaron a Jair Ortiz, hijo de Vicente Ortiz, diputado de la Anapo que fue asesinado hace año y medio por sicarios del sistema. El MOIR y distintas organizaciones de masas han venido protestando por esta arbitraria cacería de brujas de las autoridades turbayistas.

V CONGRESO DE ASA

Bajo la consigna de «por un sindicalismo revolucionario al servicio de los intereses de la clase obrera», se realizará en Medellín el 29, 30 y 31 de mayo el 5° Congreso de la Acción Sindical Antioqueña. ASA. Más de 200 organizaciones obreras y campesinas asistirán al evento. ASA surgió en 1961 y, luego de un proceso de depuración, ha venido sosteniendo pujantes luchas por la defensa de los intereses obreros y en contra de las camarillas patronales. Cuenta con 30 sindicatos, incluidos los del Frente Sindical Autónomo de Antioquia.

Jairo Gutiérrez, presidente de la Acción Sindical Antioqueña, manifestó: «Estimamos que es inaplazable que se levante un poderoso movimiento obrero en defensa de sus derechos, con profunda vocación antiimperialista».

A LOS 10 AÑOS DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL

Hace diez años, en mayo de 1971, los estudiantes de todo el país se encontraban en medio de una batalla sin precedentes en la historia de la universidad colombiana. El gobierno liberal-conservador de Misael Pastrana había decretado el estado de sitio el 26 de febrero, luego de que el ejército disparara contra una manifestación de jóvenes caleños, en el Parque Belmonte de la capital del Valle, asesinando a más de 20 personas. Uno de los primeros mártires caídos en aquella jornada se llamaba Edgar Mejía Vargas, y su muerte marcó el comienzo del movimiento estudiantil más consciente y vigoroso de los últimos tiempos en Colombia. A partir de esta fecha el descontento se extendió a escala nacional, desde Santa Marta hasta Pasto, y multitudinarias acciones de protesta llenaron las calles de las principales ciudades durante el resto del año. Si los rebeldes de principios de década pasada lograron aglutinar alrededor de sus banderas a millares de combatientes ello se debió en gran parte a que supieron señalar al imperialismo norteamericano y a sus testaferros criollos, desde los mismos inicios del conflicto, como los responsables directos de la postración en que se hallan los institutos de enseñanza en el país. El Programa Mínimo aprobado por el II Encuentro Nacional Estudiantil del 14 de marzo de 1971, exigía de manera perentoria una nueva “estructura de poder” en las universidades y pugnaba por la financiación estatal de la educación superior, por la orientación científica de los programas académicos, por el congelamiento de matrículas, la nulidad de los empréstitos lesivos y la “ revisión de todos los contratos y documentos celebrados en entidades extranjeras (…) y la publicación de los mismos”.

El carácter democrático y patriótico de estos postulados permitió que los estudiantes engrosaran el caudal de las luchas populares de entonces, que atravesaban por un periodo de auge relativo. Centenares de invasiones campesinas a los latifundios ociosos y destacadas huelgas obreras, entre las cuales hay que resaltar las que libraron los trabajadores petroleros de Barranca y de Tibú, contribuyeron con su ejemplo al impetuoso desarrollo del movimiento estudiantil, y éste, a su vez, amplió los horizontes de las mayorías oprimidas. La contienda de la juventud universitaria por una cultura nacional, científica y de masas significaba una verdadera revolución contra la supremacía espiritual de las castas dominantes, y como tal tenía que interesarle fundamentalmente a los sectores avanzados del proletariado. Se trataba al fin y al cabo de una batalla sin cuartel, y adelantada en muchos frentes, entre las nuevas ideas de las clases revolucionarias y las viejas ideas imperialistas, metafísicas y adocenadas, propias de la elite en el Poder, que todavía desempeñan un papel de primer orden en el sojuzgamiento del país y en el atraso del pueblo.

Una táctica acertada
Ante el apogeo arrollador del movimiento por una nueva cultura en Colombia, que pronto se ganó la simpatía de numerosos intelectuales y trabajadores del arte, el régimen pastranista optó por combinar los métodos raídos de la demagogia y de la represión. El primero de abril de 1971 las tropas ocuparon la Universidad del Valle por segunda vez en ese mismo año, y a los pocos días la Tercera Brigada disolvió a balazos un encuentro de colegios de bachillerato en Buga. Durantes las tres semanas siguientes fueron cerradas varias universidades: la Industrial de Santander, la Nacional de Bogotá y las de Cartagena, Antioquia, Tunja y Nariño.

Mientras los mandos castrenses intentaban sofocar el amotinamiento del estudiantado por medio de la violencia, el ministro de Educación del gobierno de Pastrana, Luis Carlos Galán, procuraba aderezar su imagen de “joven progresista” mediante el anuncio de una Ley de Reforma Universitaria, presentada al Congreso en julio de 1971. El mencionado estatuto, inspirado en el Plan Atcon, era un compendio de normas antidemocráticas encaminadas a preservar la influencia de los monopolios norteamericanos sobre la Universidad, pieza indispensable para mantener el atraso material y cultural del país y para asegurar la buena marcha del subdesarrollo. Sobra decir que la reforma oficial se estrelló contra la resistencia unánime de profesores y estudiantes, aunque en algunos círculos oportunistas despertara la ilusión falaz de que por fin había llegado el momento de rendir las alarmas y tocar a retirada.

En efecto, ya desde antes del V Encuentro Nacional Estudiantil, celebrado en mayo de 1971, la Juventud Comunista urgió iniciar negociaciones con el régimen pretextando que las masas estaban dispersas, desorganizadas y sin voluntad de resistir y de pasar a la ofensiva. En más de una página de Voz Proletaria aparecieron los llamados a “desplegar ductilidad” y a “combinar las tareas académicas con las acciones estudiantiles”, lo que equivalía a respaldar la política gubernamental de “entrar a clases”, cuando muchos dirigentes aún se hallaban detenidos y los atropellos del ejército eran de ocurrencia diaria. Con semejante “forma de lucha” estuvieron de acuerdo los grupúsculos trotskistas que percibían una “desmovilización relativa” en el ambiente y hablaban de una “pausa” para reagruparse. Solo la juventud Patriótica (JUPA), orientada por el MOIR, supo detectar e interpretar correctamente el estado de ánimo de las mayorías y continuar el combate por conseguir la principal reivindicación del movimiento; gobierno democrático de profesores y estudiantes en las universidades públicas y privadas.

Los hechos confirmaron la validez de esta última táctica. Durante los meses de junio, julio y agosto de 1971, al tiempo que los planteles de educación media y superior se iban abriendo paulatinamente, los abanderados de la nueva cultura realizaron asambleas tumultuosas, lanzaron innumerables paros y se tomaron las calles en señal de protesta contra la represión y los “rectores-policías”. En septiembre tuvo lugar otra oleada de insurgencia estudiantil en la Universidad Nacional y en la Universidad de Antioquia, y en octubre fue asesinado Julián Restrepo, alumno de secundaria, cuando los soldados le despedazaron el cráneo a golpes de bolillo durante una manifestación en Barranquilla.

El presidente Pastrana y su acólito de gabinete, Luis Carlos Galán, no pudieron implantar la anhelada “normalidad académica” y tuvieron que promulgar el Decreto 2070, de octubre de 1971, que establecía en la Universidad Nacional un Consejo Directivo compuesto por dos estudiantes, dos profesores, cuatro decanos, el rector o el ministro de Educación, y un ex alumno escogido por los anteriores. Las elecciones estudiantiles para conformar dicho organismos se efectuaron el 16 de noviembre, y las listas apoyadas por los destacamentos más consecuentes y esclarecidos, entre ellos la Juventud Patriótica, obtuvieron la victoria por abrumadora mayoría.

La revolución cultural de nueva democracia
A pesar de su corta vida, el gobierno en la Universidad Nacional, y posteriormente en la Universidad de Antioquia, adoptó algunas medidas importantes. En el Consejo Directivo tomaron asiento, por primera vez en muchos años, auténticos voceros de la comunidad universitaria que, apoyándose en la lucha de las masas, desalojaron de sus puestos a los delegados de la Andi, Fenalco, las academias, la Curia y otras entidades similares. Acto seguido suspendieron los contratos usureros con el Banco Interamericano de Desarrollo y se pronunciaron públicamente contra la reforma educativa de Pastrana; aumentaron los cupos y el presupuesto, reintegraron a los estudiantes expulsados y a los profesores destituidos, ensancharon los servicios de bienestar estudiantil e hicieron elegir decanos democráticamente.

Todo lo anterior fue posible gracias a una lucha ideológica y política intensa que se libró tanto dentro como fuera de los nuevos organismos de poder en la Universidad. Dentro de ellos era necesario combatir a los agentes del régimen y contrarrestar la influencia de sus miembros vacilantes; fuera de ellos había que batirse contra el oportunismo de derecha y de “izquierda”, contra el sabotaje abierto del Partido Comunista y contra las capillas seguidoras del trotskismo.

En el caso particular de estas últimas, que tildaban de reformista al cogobierno, hay que reconocer que sus confusos alegatos al respecto ayudaron a que el movimiento revolucionario colombiano ventilara una enseñanza clave para el porvenir de la causa de los oprimidos. Las afirmaciones dogmáticas acerca de que no se debe luchar por la reforma de la universidad mientras no se transforme previamente el sistema, a pesar de haber sido proferidas con aires de gran descubrimiento, fueron puestas en la picota por millares de estudiantes que entendieron que la contienda por una educación al servicio del pueblo, y dirigida a resolver los problemas del país, es una tarea impostergable y permanente.

La experiencia concreta de todas las grandes transformaciones históricas, burguesas y proletarias, demuestra que éstas siempre han estado precedidas por enconados enfrentamientos en el campo de la cultura, y la revolución colombiana no habrá de ser una excepción en este sentido. Con el objeto de preservar su hegemonía sobre el resto de la sociedad, el imperialismo norteamericano y las clases que le sirven de sostén están obligados a recurrir a sus ideas filosóficas y teorías políticas, a sus valores morales y concepciones religiosas, a sus gustos y a sus modas, para continuar usufructuando las riquezas de la nación y el producto del trabajo material e intelectual de las gentes humildes.

Como reflejo de las contradicciones existentes en los terrenos de la economía y la política, en Colombia se ha entablado una polémica irreconciliable entre la cultura nacional, científica y de masas, genuina expresión de los obreros, los campesinos pobres y demás fuerzas patrióticas y democráticas, y la cultura proimperialista, oscurantista y antipopular, típica de la oligarquía dominante. Esta pugna “hace parte de todo el proceso de la revolución colombiana”, como lo dijera el editorial del primer número de Tribuna Roja, aparecido en julio de 1971; prepara las condiciones para la instauración de la fortaleza estatal de los de abajo y es requisito imprescindible para la derrota completa del enemigo.

Por esta razón, entre varias otras, aprender del movimiento estudiantil de 1971 sigue siendo una consigna válida. En medio de grandes dificultades, derivadas de su falta de vinculación con los trabajadores del campo y la ciudad, los estudiantes de aquella época se sumaron al combate por la revolución cultural de nueva democracia y probaron que en su curso se pueden alcanzar determinadas reivindicaciones. Ninguna de ellas, sin embargo, será suficiente para conseguir un cambio definitivo e irreversible del actual sistema de enseñanza, de la misma manera que ninguna reforma sustituye la revolución, aunque así lo pretendan los diversos matices del oportunismo en boga. Las conquistas democráticas que se logren en la lucha cotidiana tendrán que ser una herramienta más en la brega por construir un país libre, independiente y soberano, en marcha al socialismo, única garantía real de que la educación se transforme en beneficio del pueblo.

MENSAJE DEL PRIMERO DE MAYO: APROVECHEMOS LOS PERCANCES DE LOS ENEMIGOS

De nuevo, cumpliendo una costumbre muy arraigada en el alma de la clase obrera, nos movilizamos a celebrar el Primero de Mayo, la fiesta internacional de los trabajadores. Y una vez más habremos de efectuar la conmemoración en medio de la inflamada contienda que adelantamos contra oportunistas y renegados, quienes saldrán, también, a las calles y plazas de los principales centros del país, a rivalizarnos el respaldo de la masa asalariada. A la que intoxican con sus embustes y perfidias. No obstante, en los últimos doce meses se han precipitado no pocos acontecimientos que fortalecen nuestra posición y debilitan la de los enemigos.

Los intentos totalmente frustrados de restaurar y embellecer la despótica democracia de la coalición burgués-terrateniente proimperialista en detrimento de las justas aspiraciones democrático-revolucionarias del pueblo colombiano, los fracasos de un terrorismo hirsuto y llevado a cabo en momentos de notorio reflujo de la revolución, la desbandada de los portavoces del reformismo y los infelices resultados de sus gestiones por amañar una alianza en torno a los requerimientos programáticos de la burguesía, el descrédito creciente de los revisionistas y sus fregonas al pretender pasar como “ayudas” los ardides y asechanzas del expansionismo soviético-cubano, en fin, los repetidos descalabros de las tácticas y concepciones no proletarias, coadyuvan a despejar el firmamento de los desposeídos y a que chorros de luz caigan sobre sus conciencias.

Hace más de cinco años que a los sectores avanzados del movimiento obrero colombiano se les extorsiona políticamente con una serie de chantajes.

Que si rechazan las formulaciones burguesas y defienden unos requisitos mínimos, de principio aunque no excluyentes, para la configuración del frente único de liberación nacional, serán los responsables de la división de “las izquierdas”. Que si refutan la nauseabunda literatura de las clases poseedoras acerca de los dones de la democracia oligárquica y supeditan la lucha por las libertades ciudadanas a los interese supremos de la causa revolucionaria, se colocan al lado de la fracción derechista del gobierno facilitando el golpe cuartelario. Que si no legitiman las felonías de los integrantes del llamado Consejo Nacional Sindical, secundando sus actos de calculada inconformidad, arruinan la unión de los sindicalizados. Que si denuncian los zarpazos del socialimperialismo soviético en América Latina, propinados a través de los mandatarios fantoches de Cuba y de sus áulicos, se confiesan partidarios del imperialismo norteamericano. Que si no respaldan las aventuras que se les vayan antojando a cualquier grupo de pequeños burgueses desesperados, ni saltan a campo abierto a desafiar en encuentros decisivos al régimen, quebrantando la línea de preservar y acumular fuerzas para las ocasiones propicias o las batallas masivas, se convierten de hecho en cobardes gobernistas. Que si agitan las consignas del internacionalismo proletario, y entre ellas la de exigir el reconocimiento real y no de palabra de la autodeterminación de las naciones cual premisa básica de la armonía y la paz internacionales, renuncian a propulsar la revolución colombiana.

Un núcleo esclarecido de vanguardia, los moiristas, ha resistido con derroche de valor las cargas de artillería pesada de las más diversas contracorrientes, desde el trotskismo hasta el revisionismo contemporáneo, que han coincidido con los demagogos liberales en descalificar y apabullar los postulados de la clase obrera. Lo positivo de la situación actual radica en que, debido al desarrollo de las contradicciones, tanto fuera como dentro del país, cada día repercuten menos tales chantajes de la reacción escueta o encubierta. El porvenir de Colombia espera por el desenlace de este duelo ideológico y político.

Un buen número de luchadores populares acepta que al proletariado le corresponde la conducción del proceso. Pero muchos lo dicen a la ligera, sin detenerse a pensar qué significa semejante afirmación. ¿Puede interpretarse acaso como dirección obrera la supremacía de las falsas propuestas y los métodos equivocados de las vacilantes clases medias, así estas mantengan sus frecuentes enfrentamientos con los detentadores del Poder? ¿Lograremos conquistar la independencia y marchar hacia el socialismo de prevalecer el influjo nocivo de los revisionistas, cuya catadura de agentes del socialimperialismo los impele a trocar el vasallaje norteamericano por el soviético? ¿Cómo impedir que las mayorías expoliadas se atasquen en las marañas tendidas por la minoría expoliadora, si no les aclaramos a cada tramo que ningún derecho constitucional de la vetusta república liberal-conservadora suprimirá la esclavitud de los monopolios sobre la nación y las gentes de trabajo? Y, ¿cómo harán los asalariados para saber los derroteros y precisar las metas fundamentales de sus batallas, mientras no comprendan siquiera que toda democracia equivale a una dictadura de una parte de la población sobre otra, o confundan los objetivos democráticos de los ricos con los de los pobres? Indudablemente a la opresión no la derrocaremos con los criterios prestados a los opresores. Por eso Lenin, fiel heredero de los padres del socialismo científico y artífice de la primera revolución proletaria, insistía tanto en que “la lucha contra el imperialismo que no esté indisolublemente ligada a la lucha contra el oportunismo es una frase hueca o un engaño”.

Para nosotros esta axiomática verdad resulta aún más imperativa si tomamos en cuenta dos factores claves. El uno, que la revolución colombiana, de acuerdo con la estructura económica, guarda en su presente etapa un carácter democrático-burgués de liberación nacional, y, por ende, la burguesía disfrutará durante harto tiempo de considerable ascendiente y bregará por disputarle el timón de la nave al proletariado. El otro, que propugnamos liberarnos del yugo del imperialismo norteamericano bajo unas circunstancias internacionales especiales, determinadas por la traición de Moscú a sus tradiciones comunistas, por el descenso de la vieja superpotencia y el ascenso de la nueva y por la iracunda riña entre ambas en procura del control mundial, lo cual les permite a los revisionistas posar de portadores de los anhelos independentistas del pueblo, cuando sólo buscan que Colombia varíe de dueño.

Las dificultades que hemos soportado obedecen precisamente a la ola reformista capitalizada por el revisionismo. Y de ahí que recibamos con palmas las noticias que registran la quiebra de los planes de esquiroles y tránsfugas. Con el reciente relevo del alto mando en Washington, el acentuamiento del saqueo imperialista, la bancarrota de la economía nacional y la agudización de la represión, se pone en evidencia que ninguna reforma, ningún “pacto social”, ninguna amnistía, ninguna fórmula contemporizadora podrá resolver los graves trastornos del país. Lo que se anuncia son otras rachas de impuestos, de alzas, de violencia oficial, y las soluciones revolucionarias tendrán obviamente que abrirse camino debido al cariz que van adquiriendo las cosas. Con la ocupación de Afganistán y los demás criminales atropellos cometidos en Indochina, Angola, Etiopía, etc., incluidos los amagos de invadir a Polonia, todos casos demostrativos de su vandalismo internacional y de sus ambiciones hegemónicas, la camarilla moscovita ha terminado desnudándose ante la faz del orbe y corroborando que sus chalaneos sobre la “distensión”, el desarme, la paz, encierran vulgares engañifas en las que ya muy pocos creen. Queda visto no solo que el mundo corre apresuradamente hacia la tercera conflagración general, sino que el odio desaforado que a la Unión Soviética le inspiran los Estados Unidos se explica por el desmedido amor que aquella siente por los dominios neocoloniales de éstos.

Las condiciones nos serán benignas para impedir que las tendencias unitarias de las masas populares sigan usándose en ganancia del anacrónico democratismo del puñado de lacayos dominantes, o que las ansias de soberanía de la nación exploten en beneficio de los sórdidos proyectos contrarrevolucionarios y antipatrióticos de los agentes del expansionismo ruso, tal cual ha sucedido hasta la fecha. Un partido obrero, digno de dicho nombre a la altura de su misión, como el nuestro, tendrá que responder siempre a las necesidades vitales de los expropiados y oprimidos y actuar acorde con las fluctuaciones de la lucha de clases, acaecidas igualmente en la esfera nacional que en la internacional. Los oportunistas, a la inversa, disfrazan de proletarios los designios burgueses, y hacen caso omiso de las circunstancias históricas y políticas. Para ellos lo importante ha sido la unidad por la unidad, no interesándoles a quién le sirva. Todo lo reducen a una fabulosa querella, en abstracto, entre el socialismo y el imperialismo, sin parar mientes en los factores concretos de tiempo y de lugar en que aquella se efectúa.

No hay mejor día que hoy para recapacitar sobre cómo el movimiento comunista de los diversos países ha transcurrido por épocas, etapas, periodos, fases y momentos muy distintos. Aunque su mira fue, es y será la eliminación del capitalismo y con él la abolición de todas las formas de propiedad privada de los medios de producción, sus gestas han encarado los más disímiles problemas ideológicos, políticos, económicos y militares, según los adversarios y retos surgidos a lo largo de su desarrollo.

Cuando los trabajadores de Chicago, ese primero de mayo de 1886, rubricaron con su sangre la exigencia de las ocho horas de jornada laboral, la sociedad capitalista hallábase en tránsito hacia su estadio final, el imperialismo. Empezaban a perderse a lo lejos los rasgos distintivos de la libre competencia y de la edad juvenil de la burguesía, en que ésta capitaneó las insurgencias democráticas de obreros y campesinos contra el feudalismo moribundo. Ya no era solo la Rusia zarista, como lo advertía Marx a mediados del siglo XIX, el mayor peligro de la libertad universal, sino que otras potencias, frente a Inglaterra, como Francia, Alemania y Estados Unidos, emergían pujantes y arrogantes, dispuestas asimismo a extender sus tentáculos colonialistas por doquier y a edificar su propio imperio.

Habían madurado los elementos de la revolución socialista, pero el proletariado debería batirse a muerte para no dejarse arrastrar por el aluvión chovinista de los grandes emporios que a la postre se enzarzaron en la guerra del 14. A diferencia de los comuneros del París de 1871, que no gozaron de una coyuntura europea aprovechable, los bolcheviques rusos se valieron magistralmente de las extenuantes hostilidades entre los bandidos imperialistas para realizar y consolidar la gloriosa Revolución de Octubre de 1917.

La guerra del 39 trajo consigo un realinderamiento de las fuerzas a escala mundial y demandó de una estrategia adecuada a tales alteraciones. El único Estado socialista existente promovió, a objeto de contener la amenaza nazi, la coalición más amplia de que hubiera memoria, que involucró a los contrincantes del fascismo sin excepción alguna, desde los proletarios de las metrópolis capitalistas, los pueblos y mandatarios de las colonias, hasta las burguesías de los imperialismos occidentales y que obtuvo una aplastante victoria. Otro modelo de ágil y aceptada captación de las incesantes mutaciones que va consignando la historia. En los últimos 20 años hemos presenciado notables cambios, muchos de los cuales sin antecedentes, como la conversión de la URSS en el más tenebroso bastión socialimperialista, cuya ofensiva bélica por el apoderamiento del globo la emprendió a partir de la ocupación militar de Angola, en junio de 1975. El campo socialista se desmembró y los países del Pacto de Varsovia, comprendidos Viet Nam y Cuba, pasaron a ser meros planetoides del nuevo sol imperial. Mientras tanto la superpotencia del Oeste comenzó a hundirse inexorablemente en el ocaso, está acorralada y obligada y pelear por la subsistencia con todos los medios a su alcance.

A nosotros, los moiristas colombianos, nos compete persistir en la brega ateniéndonos a las características internas y externas, generales y particulares del trascendental momento que vivimos. Combatimos en una hermosa porción de un inmenso Hemisferio sojuzgado, tras la liberación nacional y las transformaciones democráticas preparatorias del socialismo, en el marco de la bárbara rebatiña de las superpotencias por los bienes ajenos y en una fase de reflujo y de preponderancia del revisionismo contemporáneo, la peor de las manifestaciones del oportunismo. ¡Obremos en consecuencia! No cedamos la dirección del frente único a los reformadores burgueses. Utilicemos las contradicciones inter imperialistas y los percances de los oportunistas para encauzar a las masas por el rumbo correcto. Cuidemos de nuestros destacamentos todavía débiles y no nos dejemos provocar de quienes pretenden lanzarnos extemporáneamente a choques frontales. Trabajemos duro para que el auge revolucionario, que se siente venir con sus resuellos de gigante, nos halle en capacidad de responder a sus múltiples recomendaciones y tareas. ¡Tejamos la red para que la subienda no nos coja con las manos vacías!

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR)

Bogotá, 1º. de mayo de 1981

1. V.I: Lenin. “El programa militar de la revolución proletaria”. Obras Completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970. Tomo XXIV, pág. 88.

EL ZARPAZO SOVIÉTICO – CUBANO EN EL CUERNO DE ÁFRICA

Como parte importantes de su ofensiva militar estratégica, el Kremlin sentó en firme sus reales en la región del Cuerno de África a partir de mediados de la década de los sesentas. Para alcanzar sus fines imperiales se ha valido de la traición, la intriga, la subversión, el soborno y la agresión armada.

El área en cuestión, conocida como “la cerradura del Mar Rojo”, abarca tres países- Etiopía, Somalia y Djibuti – con una población de 34 millones de habitantes,

La trascendencia de esta punta del continente africano estriba en que desde allí se puede controlar totalmente la ruta marítima del Canal de Suez, que une el Mediterráneo y el Índico. Por el Estrecho de Bab- el- Mandeb cruzan a diario numerosos barcos petroleros provenientes del Golfo Pérsico con destino a Europa Occidental y Estados Unidos; la próxima ampliación del Canal permitirá el paso de los enormes tanqueros que hoy día tienen que circunnavegar África por el Cabo de Buena Esperanza, con lo cual aumentará la importancia de la vía del Mar Rojo.

Desde cuando emprendieron la expansión colonial, en la segunda mitad del siglo XIX, las potencias europeas pusieron sus ojos en la estratégica zona del cuerno: Italia ocupó Eritrea (el litoral etíope) y se dividió Somalia con Inglaterra; Francia, por su parte, incorporó Djibuti a su imperio. En 1935, las hordas de Mussolini invadieron Etiopía y, años más tarde, lograron el dominio de toda la región. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Norteamérica victoriosa impuso allí su influencia, particularmente a través del emperador etíope Haile Selassie. Las luchas de los pueblos del Cuerno de África contra la dominación yanqui comenzaron a ser aprovechadas por Moscú desde principios de la década de los sesentas, en su búsqueda de posiciones claves.

La toma de Etiopía
La antigua Abisinia es, sin lugar a dudas, el país del Cuerno de África que mayores atractivos posee para los imperialistas debido a su ubicación (más de 800 kilómetros de litoral con el Mar Rojo, incluido parcialmente el Estrecho de Bab-el-Mandeb), su tamaño de 1.222.000 kilómetros cuadrados y su población de treinta millones de habitantes. Durante muchos años fue, junto con Liberia, el único territorio independiente de África, gobernado por una nobleza feudal cuya figura más prominente fue el emperador Haile Selassie. El 90 por ciento de la tierra pertenecía tradicionalmente a la familia real, a la aristocracia y al clero; millones de campesinos languidecían por generaciones bajo el yugo de los terratenientes. El “rey de reyes”, como se hacía llamar aquel sátrapa, fue un amigo incondicional de Estados Unidos entre 1945 y 1974, fidelidad que Washington recompensó a manos llenas, puesto que lo consideraba su puntal en la ruta de Suez. El interés gringo por Addis-Abeba se nota claramente en las siguientes cifras, correspondientes a 1975: el 96 por ciento de la asistencia estadounidense al África fue destinada a dicha nación, lo mismo que el 57 por ciento de los fondos para entrenamiento técnico y el 70 por ciento de las ventas a crédito.

El 12 de septiembre de 1974 se produjo un golpe militar que dio al traste con la anacrónica monarquía; asumió el Poder el Consejo Administrativo Militar Provisional (“Derque”), encabezado por el general Aman Michael Andom, el cual fue asesinado dos meses más tarde y reemplazado por el general Teferí Bantí y el mayor Mengistu Haile Mariam. Los nuevos gobernantes desataron una feroz represión contra todo aquel que osara disentir. Entre 1974 y 1975, centenares de obreros, campesinos y estudiantes cayeron bajo el fuego oficial. Los años siguientes transcurrieron en medio de la dictadura fascistoide y la hambruna generalizada, no obstante las reformas demagógicas de los chafarotes.

El advenimiento de la administración Carter facilitó los avances soviéticos en el Cuerno de África. Tan pronto como se instaló en la Casa Blanca, el mandatario yanqui condenó al régimen etíope por violaciones a los derechos humanos y amenazó con suspenderle toda ayuda.

Entonces comenzaron a precipitarse los acontecimientos. El 3 de febrero de 1977, dos semanas después de la posesión de Jimmy Carter, fue depuesto y ejecutado el general Banti; emergió como hombre fuerte el mayor Mengistu, quien a los pocos días reveló al mundo su alinderamiento con la URSS. En ese mismo mes, el nuevo agente de los rusos expulsó de Etiopía a toda la misión militar norteamericana y canceló compromisos con Washington. El 4 de mayo, Mengistu realizó una visita a Moscú, donde suscribió con los soviéticos un “tratado de amistad y cooperación” que establecía lazos políticos, culturales y económicos entre los dos Estados. Poco después, el 20 de noviembre de 1978, se consolidó la influencia de la URSS en Etiopía, por medio de un pacto militar bilateral.

El socialimperialismo convirtió a este títere en su punta de lanza en el área. Para tal efecto, despachó a Addis-Abeba miles de millones de dólares en armas y municiones, reforzó el ejército etíope con mercenarios cubanos y asesores de Alemania Oriental y obtuvo bases navales en el archipiélago Dahlak, así como en los puertos eritreos de Massawa y Assab. En la ribera oriental del Estrecho de Bab-el-Mandeb, Moscú goza de facilidades portuarias en Adén y en la isla Socotra.

El conflicto de Ogadén
Somalia es una joven república, nacida a la vida independiente en 1960, con enormes dificultades económicas y apenas tres y medio millones de habitantes. De la prolongada dominación colonial anglo-italiana heredó, entre otras cosas, una disputa territorial con su vecino etíope en torno a la región de Ogadén, rica en yacimientos de petróleo y gas natural. Al trazar las fronteras de la posguerra, los europeos colocaron esta zona bajo jurisdicción de Addis-Abeba, sin tener en cuenta que allí vive desde hace siglos una parte de la población somalí (hoy cerca de un millón de personas), la cual constituye el grupo étnico dominante. En 1964 se produjo la primera confrontación entre los dos países; para entonces ya se había fundado el Frente de Liberación de Somalia Occidental, auxiliado por las autoridades de Mogadiscio. Rodeada por Estados más fuertes (Etiopía y Kenia) y con regímenes pro yanquis hostiles. Somalia accedió en aquella época a los ofrecimientos de “ayuda” de la Unión Soviética, la cual exigió a cambio una base naval en Berbera, en el Golfo de Adén. En julio de 1974 se firmó un tratado de amistad entre los dos países. Cabe destacar que la URSS respaldaba públicamente las reclamaciones de Somalia sobre Ogadén, para lo cual equipó su ejército con armamento moderno, desde tanques T-54 hasta aviones Mig-21. Era la primera jugada del oso ruso en el Cuerno de África, aprovechando un conflicto entre dos pueblos del Tercer Mundo. Años antes, en 1971, Moscú había intentado asaltar el poder en Sudán por medio de un golpe militar que abortó.

El derrocamiento de Haile Selassie y posteriormente el afianzamiento de Mengistu en el gobierno etíope, colocaron a Rusia ante la posibilidad de convertirse en amo y señor de la zona. Empero, las hostilidades en Ogadén obligaron a los nuevos zares a tomar partido por Etiopía, al fracasar su propuesta, formulada en 1977 a través de Fidel Castro, de una federación de los tres países del Cuerno de África, bajo la égida del Kremlin.

Desde mediados de 1976, las guerrillas de los somalíes de Ogadén iniciaron una ofensiva contra las fuerzas etíopes, que para entonces sumaban unos 130.000 hombres. La guerra se prolongó durante todo el año de 1977 y, hacia noviembre, el Frente de Liberación de Somalia Occidental, apoyado por tropas de Mogadiscio, controlaba la mayor parte de la región en disputa. A partir de esta fecha empezó a montarse un gigantesco puente aéreo para suministrar a Etiopía armas desde la URSS y los países del Pacto de Varsovia. Además, Cuba envió en total 17.000 soldados bajo el mando de oficiales soviéticos a combatir a los somalíes. Como respuesta a la traición de Moscú, el presidente Siad Barre, expulsó al personal militar ruso de Somalia y clausuró la base de Berbera a los navíos de la armada rusa. En esos días, Carter afirmó candorosamente: “Deseo que podamos inducir a los soviéticos y a los cubanos a que no envíen soldados ni armas a esta zona y exhortarlos a realizar una pronta iniciación de negociaciones”. De su lado, el gobierno somalí declaró que “jamás capitularemos ante la Unión Soviética”. La contraofensiva etíope-cubana, comenzó en enero de 1978 y continuó hasta marzo, cuando los efectivos somalíes se retiraron detrás de sus fronteras. Las guerrillas de Ogadén prosiguieron combatiendo contra un enemigo mucho más poderoso y armado con los últimos adelantos de la industria bélica soviética.

En su visita a Addis-Abeba, en marzo de 1978, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Isidoro Malmierca, expresó el “respaldo total” de su país a Etiopía, a tiempo que Fidel Castro proclamaba que no podía ser neutral en la lucha entre “la revolución etíope y el agresor somalí”. Recordemos que pocos años atrás los reaccionarios eran los etíopes y los revolucionarios los somalíes, de acuerdo con la propaganda socialimperialista. Ahora los papeles se habían invertido, según las conveniencias de los rusos y sus paniaguados; ahora resultaba más ganancioso apoyar a la junta militar de Etiopía, para lo cual era necesario colocarle la etiqueta de “socialista”.

Apenas un año antes, el I Congreso del Partido Comunista Cubano había aprobado una resolución en que se decía: “Son cada vez mayores nuestros lazos estatales con países que forman parte del Movimiento de los No Alineados, y en particular con aquellos que como Yemen Democrático, Siria e Irak, en el Oriente Medio, y Argelia, el Congo, Guinea, Guinea-Bissau, Madagascar y Somalia, en África, proclaman su orientación socialista”. (Granma, enero 25 de 1976).

El 14 de marzo de 1978, Somalia evacuó completamente sus fuerzas de Ogadén y pidió que las tropas extranjeras hicieran lo mismo de la región del Cuerno, a fin de emprender las negociaciones en procura de una solución pacifica al problema. Sin embargo, Moscú y La Habana respondieron al unísono que no abandonarían su presencia allí, ya que los soldados habían sido “invitados” por Mengistu, “invitación” similar a la de Checoslovaquia en 1968, la de Angola en 1975 y la de Afganistán en 1979. A raíz de los sucesos del área del Golfo Pérsico, los Estados Unidos decidieron acercarse a Somalia, otorgándole créditos por 40 millones de dólares a cambio de poder utilizar el Puerto de Berbera para su flota del Índico. Queda claro, pues, que un diferendo entre dos países pobres y atrasados, que debía haber sido resuelto por medio de conversaciones, sirve de pretexto al expansionismo soviético para cimentar su influencia y da pie a la disputa de las dos superpotencias.

Genocidio en Eritrea
Tan pronto como hubieron cumplido su misión en Ogadén, los legionarios cubanos se concentraron en otra área de conflicto. Eritrea, única provincia de Etiopía que le da salida al mar. A través de la historia, eritreos y etíopes, no obstante su vecindad, siguieron caminos diferentes, lo que hizo que los dos pueblos dieran origen a naciones distintas. Mientras Etiopía, era un reino independiente, Eritrea fue colonia italiana entre 1885 y 1947; en la primera predomina la lengua amárica y en la segunda el árabe y el italiano; la religión mayoritaria en la primera es el cristianismo copto y en la segunda es el islamismo. Una vez derrotada Italia en la Segunda Guerra Mundial, los eritreos expresaron su aspiración de conformar un Estado aparte, a lo que se oponía Addis-Abeba. En diciembre de 1950, la ONU acordó reconocer la autonomía de Eritrea, dentro del marco de la corona Etíope, creando una federación con ésta. Sin embargo, en 1962 Haile Selassie se apoderó por la fuerza de la provincia autónoma, con lo cual se inició una prolongada guerra civil. Por aquel entonces, los Estados Unidos respaldaron militarmente a Selassie, mientras lo propio hacían la URSS y sus aliados con los grupos rebeldes de la región anexada, encabezados por el Frente de Liberación de Eritrea (FLE) y el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE). A partir de 1967, Cuba entrenó numerosos contingentes guerrilleros y no ocultó su simpatía por la causa independentista de los eritreos. A pesar de las desavenencias entre las diversas organizaciones insurgentes, éstas obtuvieron contundentes victorias sobre el ejército real, especialmente entre 1970 y 1977. En este último año, los frentes de liberación controlaban casi toda Eritrea y tendían cerco a las principales ciudades El triunfo parecía estar al alcance de la mano. Mengistu y sus secuaces, que desde un principio siguieron con respecto al problema eritreo la misma conducta anexionista y de opresión nacional del emperador derrocado, recurrieron a su padrino soviético para doblegar a somalíes y eritreos.

Los revisionistas, ya duchos en trampear y traficar con los principios internacionalistas, no vacilaron en cambiar de lado apostando a la carta de los militares de Addis-Abeba. Desde marzo de 1978, miles de soldados cubanos y oficiales rusos se pusieron al mando de la empresa de liquidar la rebelión del pueblo eritreo, al cual poco antes Moscú y La Habana calificaban de “heroico” y le suministraban apoyo político y logístico. El 26 de abril de 1978, en un discurso pronunciado durante la visita de Fidel Castro dijo que su país se ponía de parte de Etiopía, “para proteger su integridad territorial contra los separatistas eritreos”. Y para justificar la voltereta, los cabecillas del Kremlin y de sus satélites señalaron que el régimen de Mengistu era “una fuerza genuinamente progresista” y que el movimiento insurgente actuaba “al servicio de una conspiración internacional reaccionaria”, según palabras del mismo Castro. Se empezó así a librar una contienda en la que los dos bandos tenían entrenamiento soviético-cubano y armamento de la misma procedencia. Un dirigente del FPLE declaró, a mediados de 1979, refiriéndose a la penetración socialimperialista en Etiopía: “Los rusos están a cargo de la estrategia y supervisan la fuerza aérea y de mísiles, mientras los cubanos adiestran a los etíopes en la lucha contraguerrillera, los alemanes orientales son responsables de la seguridad y los checos supervisan la economía”.

Los cuatro millones de eritreos combaten con arrojo a sus enemigos, y, no obstante varias “ofensivas finales” lanzadas por Addis-Abeba, todavía mantienen en su poder amplias zonas rurales. Los intervencionistas rusos han venido empleando bombas de napalm y defoliantes para vencer la resistencia eritrea, con lo cual han causado inmensas pérdidas humanas y materiales. El gobierno de Mengistu, aunque había sostenido que la única solución al problema era militar, recorrió hace poco a las propuestas de negociar la paz. Los grupos guerrilleros manifestaron su disposición a conversar sobre la base de dos puntos: que Addis-Abeba acepte resolver la cuestión eritrea pacíficamente y empiece negociaciones sin condiciones previas, y que el régimen abandone su posición de “autonomía regional” para Eritrea y reconozca a la dirigencia del FPLE y el FLE. En una declaración dada a conocer a comienzos de de 1980, el FLE afirma: “El pueblo eritreo no desea la guerra. Luchará, como lo ha estado haciendo, con determinación y valor, hasta coronar los nobles ideales por los que ha combatido durantes más de 18 años”.

Cuando se daba comienzo a la agresión soviética en el Cuerno de África, V. Sofinski, director del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS, dijo: “El Cuerno de África tiene, antes que nada, su significación militar, política y económica. La importancia de esta región radica en que está ubicada en la conexión entre Asia y África. Y, lo que es principal, en esta zona se encuentra la ruta marítima que une los países productores de petróleo con América y Europa”. Para el socialimperialismo resulta vital mantener incólume su influencia en esta zona con el fin de poder, en un momento dado, cerrar la vía del Canal de Suez y aislar a Europa y Estados Unidos de sus principales fuentes de combustibles. En el curso de los últimos cuatro años, la Unión Soviética mostró en el Cuerno de África su catadura expansionista y su traición a la causa de la liberación de los pueblos.

LA DIRECCIÓN DE FECODE: ENTRE EL AVENTURERISMO Y EL ENGAÑO

Abjurando de un principio defendido por dos años, la dirección de Fecode abogó el 22 de febrero por la unificación del sindicalismo “en un solo frente” sin deslindar terreno con los Cuevas y Hurtado en un sinuoso viraje hacia la órbita del Consejo Nacional Sindical. El mismo día salió en El Tiempo el alegato de la fracción revisionista reclutada en años de intrigas por los hermanos Otto y Omar Ñañez, que renegaron del MOIR sonsacándose a algunos directivos de la Federación Colombiana de Educadores. No resulta por ello extraño que la declaración publicada por esta última lleve el imprimátur de mamertos y liberales firmes, trotskistas y grupúsculos ml, quienes han decidido conformar con los desertores una cerrada alianza en la organización magisterial.

Poco tiempo tardaron estos vergonzantes catecúmenos del revisionismo en adherir a la llamada Coordinadora Nacional de aquellos sectores que no admiten el CNS en sus niveles de dirección, y en embarcarse en forma irresponsable, posando de super-héroes, en la consigna de un paro indefinido para el magisterio. Pero viendo que eran adversas las circunstancias, cosa que ya el MOIR había advertido, recularon 36 horas antes de la fecha prevista para la iniciación de la aventura. Y así, la coalición oportunista comprometió temerariamente a los institutores al impulsar la huelga, y al levantarla les mintió, presentando cual gran conquista una minuta insubstancial y burlesca del ministro del ramo.

La posición del MOIR
El 27 de enero, la junta nacional ampliada de Fecode había resuelto proponer el paro indefinido, ratificable en marzo, con los siguientes objetivos: presionar el aumento de salarios exigido por los maestros; garantizar la adecuada asistencia médica a través de una caja nacional de previsión; asimilar a favor del magisterio las cuatro primas legales vigentes para los demás empleados oficiales, y echar abajo el régimen disciplinario reglamentario en forma arbitraria por el gobierno.

Por varios factores, la huelga indefinida no contó con posibilidades concretas de realización: primero, la influencia de la política oportunista del CNS, cuyos más caracterizados voceros han defendido incondicionalmente las principales medidas del régimen; segundo, el reflujo de las luchas populares, y tercero, el recrudecimiento de la represión del gobierno, envalentonado por los triunfos fáciles obtenidos contra el anarquismo y el foquismo. Estos factores coinciden con la deserción de algunos directivos de Fecode que abandonaron las filas del MOIR y echaron por la borda la política revolucionaria. También hay que anotar, por último, que Turbay decretó unilateralmente el aumento salarial para el magisterio.

Ante el pleno magisterial del 19, 20 y 21 de marzo, nuestro Partido subrayó el evidente retroceso de la dirección de Fecode hacia las posiciones claudicantes y la desfavorable situación a escala nacional, razones por las cuales consideró inoportuna y oportunista la huelga indefinida propuesta, y no le dio su voto afirmativo. Señaló como una pifia la fecha del 6 de abril planteada para la hora cero, por estar próxima la Semana Santa, lo que prácticamente convertiría el movimiento en una simple jornada de cuatro o cinco días. Criticó la amplitud de los objetivos, aumentados a más de treinta, ya que daba pretextos al gobierno para desorientar al magisterio y permitía al tiempo la evasiva de los autores y los actores de la comedia, que en esta forma se podían más tarde lavar las manos. Y para concluir, la militancia del MOIR expresó de nuevo su decisión de someter a la democracia sindical y de impulsar incluso el paro, si este resultaba aprobado. No sobre decir que el Partido Comunista, la fracción de los Ñañez, Firmes y las capillas ml, confabulados en el pleno, lograron imponer por mayoría el cese indefinido de actividades.

El PC al asecho
José Fernando Ocampo, miembro del comité ejecutivo de Fecode y dirigente nacional del MOIR, explica las razones que llevaron al oportunismo a decidirse a favor del susodicho paro: “Los desertores cacarearon en las páginas de El Tiempo que nuestro Partido había renunciado a dirigir las luchas del pueblo. Esta posición los obligaba a proponer la huelga indefinida, sin detenerse a examinar las condiciones del momento. Tenían que probarle al país que su salida del MOIR les iba a permitir encabezar movilizaciones de masas. Los mamertos, por su parte, que andaban al asecho desde el congreso de Cúcuta, saludaron el resbalón de la secta divisionista, respaldaron la consigna de paro y comenzaron a dirigir sin esfuerzo alguno el bandazo político de Fecode. Pero después del pleno se vieron unos y otros encartados con una iniciativa que les quemaba las manos, cuyos objetivos fundamentales no tenían salida a corto plazo y cuyas manifiestas debilidades les anunciaban el fracaso. Esto lo sabían tanto los desertores como los revisionistas y, pese a ello, se lo ocultaron a las bases, engañándolas miserablemente”.

La súbita retracción de la orden de paro, el 4 de abril, fue la confirmación cabal de que el MOIR tenía la razón cuando advirtió que no existían factores favorables para el cese de actividades. Pero en vez de reconocerlo así, autocríticamente, los ejecutivos de la Federación salieron a informar con descaro que habían conseguido buena parte de las metas fijadas. En realidad, se arrepintieron ante la insulsa carta del ministro Albán, que no entrañaba ninguna concesión de importancia y sí un rosario de promesas. Por ejemplo, sobre asistencia médica, el mencionado funcionario aseguraba: “En circular que suscribimos con el señor Ministro de Gobierno me he dirigido a los señores Gobernadores pidiéndoles tomar las medidas necesarias para la prestación eficiente y oportuna de los servicios asistenciales”. Y sobre el régimen prestacional: “Estoy de acuerdo en que se elabore un proyecto de ley, (…) el cual deberá ser presentado a la consideración del Congreso en su próximo periodo de sesiones”. Y sobre el retroactivo salarial: “El pago, se hará, en todo caso, antes de las vacaciones a mediados de año”. ¡Tales son las ridículas ofertas que se presentan a la base como grandes conquistas!

Denunciar el engaño consumado por los directivos y agitar las banderas de la independencia y la unidad revolucionaria del movimiento sindical, he aquí los imperativos del momento. Miles de maestros se han pronunciado en todo el país para exigir que el próximo congreso nacional de Fecode eche por tierra al oportunismo. El MOIR apoya con decisión tan justo reclamo.

VÍNCULOS DE AMISTAD CON PARTIDOS HERMANOS

Como parte de sus deberes internacionalistas, el MOIR ha iniciado una serie de contactos con varios partidos y movimientos revolucionarios del Hemisferio, los cuales llevan a cabo la lucha por la liberación nacional de sus pueblos contra el imperialismo yanqui, combaten al socialimperialismo soviético y sus agentes y pugnan por el socialismo. Las conversaciones y los intercambio efectuados entre nuestro Partido y las organizaciones hermanas redundarán en beneficio del acercamiento solidario de todos los auténticos revolucionarios y patriotas de América.

Saludo a camaradas dominicanos
El 23 de octubre de 1980 se celebró en Santo Domingo, República Dominicana, el III aniversario de la fundación de la Unión Patriótica (UPA), organización creada en 1977 y que integran el Partido de los Trabajadores Dominicanos (PTD) y prestigiosas personalidades. Enrique Daza, miembro del Comité Ejecutivo Central del MOIR, presentó a los asistentes el saludo internacionalista de los revolucionarios colombianos. Posteriormente, Daza se entrevistó con Franklin Franco e Iván Rodríguez, presidente y secretario general de la UPA, respectivamente, y con líderes campesinos y obreros. También se reunió con dirigentes del Comité Pro-fundación del PTD.

La Unión Patriótica se define como “una organización democrática y antiimperialista”, que lucha por la instauración de un gobierno “que conquiste la independencia y soberanía nacionales” y liquide “la dominación económica, política, militar y cultural de los monopolios norteamericanos y las clases reaccionarias que les sirven de sostén”.

Condena “a las grandes potencias imperialistas que ejercen una política de dominio colonial y neocolonial sobre muchos países de Asia, África y América Latina, y libran una gran disputa por la hegemonía mundial”. Plantea una reforma agraria “que materialice el principio de la tierra para el que la trabaja”, y apoya “la lucha de los pueblos del Tercer Mundo por su autodeterminación”.

El frente busca agrupar a todas las “fuerzas progresistas y personalidades democráticas independientes”. Por ello, el III Aniversario fue planteado como un encuentro amplio de carácter nacional y a él asistieron, además de las organizaciones integrantes de la UPA, el Movimiento Popular Dominicano (MPD), el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y la Unión Comunista Revolucionaria (UCR), con las que se acordó proseguir unificadamente el combate contra la tiranía pro yanqui de Antonio Guzmán.

Las tendencias marxista-leninistas dominicanas tuvieron que abrirse paso en medio de las contracorrientes oportunistas de “izquierda” y de derecha, que, o bien cayeron en posiciones foquistas, o bien se dedicaron a colaborar con los regímenes títeres, como fue el caso del Partido Socialista Popular de orientación pro-soviética. Al comenzar el decenio del 70 surgieron, sin embargo, tres organizaciones Voz Proletaria, Línea roja y Bandera Roja, todas ellas identificadas en el combate contra las concepciones cubanistas y en la necesidad de construir un partido, de vincularse al movimiento obrero, de apoyarse en los propios recursos y de combatir el revisionismo armadas, con el pensamiento de Mao-Tsetung.

En septiembre de 1975 dichos grupos crearon un comité de unidad, el cual participó más tarde en una campaña electoral e ingresó dos años después a la Unión Patriótica (UPA), respaldando un programa nacional y democrático. En abril de 1979, al aprobar la fusión definitiva, las tres fuerzas acordaron fundar el Partido de los Trabajadores dominicanos (PTD), cuyo primer congreso tuvo lugar en enero del presente año.

El MOIR respalda a los camaradas de la República Dominicana en su lucha por arraigar el partido entre las masas de campesinos y obreros, y se une a ellos en la gran batalla contra el revisionismo, el hegemonismo soviético y el imperialismo norteamericano.

Avances revolucionarios en Perú
A mediados de enero del año en curso, Enrique Daza sostuvo varias entrevistas con cuadros dirigentes de organizaciones de izquierda peruanas como el Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, el Partido Revolucionario (Clase obrera) y la Vanguardia Revolucionaria Proletaria Comunista,

El Partido Comunista del Perú fue fundado el 7 de octubre de 1928 por José Carlos Mariátegui, el cual sentó las bases para la creación de un núcleo político comunista. Después de la muerte de su fundador, el partido cayó en manos de dirigentes reformistas que lo condujeron al revisionismo y a la claudicación. Sin embargo, debido al auge de las luchas de las masas y de la amplia difusión de la polémica de Mao Tsetung contra el revisionismo soviético, entre 1964 y 1969 son expulsadas del PCP las camarillas oportunistas, lo cual constituye un viraje decisivo en la historia partidaria. Fruto de esta lucha interna es el surgimiento del Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, única organización que se opuso consecuentemente a la dictadura militar, entre 1968 y 1980, con la consigna de “desechar las ilusiones del reformismo y persistir en la revolución”.

En los tres procesos electorales celebrados entre 1978 y 1980, el PCP ‘Patria Roja’ adoptó tácticas correctas, encaminadas a afianzar sus vínculos con las masas desposeídas y denunciar el régimen oligárquico.

El MOIR brinda su apoyo solidario a los camaradas peruanos en su combate revolucionario por alcanzar la liberación nacional y las transformaciones democráticas que necesitaban las masas oprimidas del país hermano.

Enrique Daza también sostuvo conversaciones con el Secretario General del Partido Comunista Boliviano M-L, Oscar Zamora, y con líderes de organizaciones populares y antiimperialistas como Vanguardia Obrera Campesina Ecuatoriana (VOCE) y el MAPU-Partido de los Trabajadores de Chile. Asimismo, se están adelantando contacto con el Partido Comunista Obrero M-L del Canadá.

RESEÑA SINDICAL

Prosiguen los conflictos huelguísticos en Eternit y la Universidad de los Andes, en Bogotá, que comenzaron el 8 de marzo y el 30 de abril, respectivamente, así como en algunos astilleros de Barranquilla, para los que el gobierno ya convocó el tribunal.

En el Valle del Cauca, 13.000 maestros adelantan un paro por salarios y en protesta contra las reglamentaciones del Ministerio. Entretanto, los 12.000 obreros de Puertos de Colombia anunciaron que harán efectiva la huelga si la empresa no accede a resolver el pliego.

EL PROLETARIADO FERROVIARIO: FOGONEROS DEL PROGRESO, FOGONEROS DE LA HISTORIA, FOGONEROS DE LA REVOLUCIÓN

Los ferrocarriles que constituyen uno de los más importantes medios de transporte, surgieron de las entrañas de la clase obrera inglesa al culminar el primer cuarto del siglo XIX y produjeron un vuelco en la economía mundial. En Colombia, poco tiempo después de la invención de la locomotora se iniciaron los trabajos de nuestro primer camino de hierro, destinado a unir el Océano Atlántico con el Pacífico a través del Istmo de Panamá. Ya desde entonces, fueron la abnegación y el sacrificio del proletariado los factores del desarrollo ferroviario del país.

Hoy en día, a lo largo de casi tres mil kilómetros de líneas tendidas en el territorio patrio, o bien en los talleres, estaciones y trenes en movimiento, doce mil trabajadores de los Ferrocarriles Nacionales se agrupan en las divisiones Central Pacífico, Santander, Magdalena y Antioquia. Además de alrededor de 4 millones de pasajeros por año, transportan cerca del 20% de la carga que se moviliza en el país, principalmente conformada por productos agrícolas como café, arroz, trigo, cebada y algodón; manufacturas; derivados del petróleo, tales como fuel-oil, kerosene, asfalto, gasolina y ACPM; productos forestales y minerales, entre los que se destacan el carbón, la sal y la dolomita.

No obstante, el desarrollo del sistema nacional de ferro-transporte se estancó desde hace decenios, debido al servilismo de la oligarquía colombiana ante los monopolios foráneos, los cuales decretaron el estímulo al sistema de carreteras en detrimento de los ferrocarriles con el fin de acrecentar las jugosas ganancias de su mercado de automotores, repuestos, gasolina y cientos de productos más. Ello constituye un sabotaje al progreso de nuestra economía y echa sobre los hombros del pueblo otro pesado fardo, que se agrega a los incontables motivos que tienen las gentes sencillas de Colombia para sacudirse la coyunda del imperialismo norteamericano.

La dura trocha del progreso
George Stephenson, el inventor de la locomotora, trabajó desde los 14 años de edad como fogonero de las calderas de evacuación de una mina inglesa de carbón, producto que constituía por entonces la base de la economía británica, pero cuyo transporte desde los socavones hasta los muelles de embarque era muy lento y costoso. Stephenson, en permanente contacto con los mecanismos de vapor como fuerza motriz y con el sistema de rieles de las vagonetas mineras, ideó entonces su primer modelo, el cual realizaba un trabajo equivalente al de 16 caballos. El segundo, que con 400 pasajeros y sacos de harina hiciera el histórico recorrido entre Stockton y Darlington, el 27 de septiembre de 1825, era ya capaz de arrastrar 70 toneladas a una velocidad de 10 kilómetros por hora. Así, en el seno del proletariado, nació el ferrocarril.

En Colombia, todavía a mediados de la pasada centuria, el transporte se efectuaba, como en la Colonia, a lomo de mula o, cuando el terreno estaba muy enfangado, sobre las espaldas de cargadores indígenas. La gran distancia existente entre los centros poblados del interior y los puertos; la topografía, quebrada como la que más; los rigores del clima tropical y la precariedad de los caminos de herradura, convertían al Río Magdalena en la única vía de comunicación utilizable con relativa rentabilidad. El estancamiento del transporte se erigía como barrera para el desarrollo del país e impedía su unidad territorial y económica. En 1879, cada tonelada que recorría un kilómetro en mula costaba 60 centavos; ya para entonces, el ferrocarril reducía ese costo a 17 centavos y además ofrecía mayor velocidad y seguridad.

Tales circunstancias llevaron a un puñado de personalidades progresistas a proponer la apertura de un sistema ferroviario, pero solo hasta 1848 tuvo esperanzas la idea. En esa fecha se contrató el de Panamá, que 7 años después sería una realidad. Con todo, apenas en 1871 se iniciaron las obras de una segunda vía férrea, bajo el estimulo de los sectores más emprendedores y pudientes de la sociedad. Desde entonces proliferaron diversos tramos orientados a propiciar, principalmente, el comercio exterior en Barranquilla, Puerto Berrío, Cúcuta, Buenaventura, La dorada, Girardot, Santa Marta, Facatativá, Cartagena, Bogotá y Amagá, fueron pareciendo unos cuantos kilómetros de carrileras. El humo de las locomotoras irrumpió en medio de las selvas del atraso. Decenas de inversionistas extranjeros y nacionales, a los que el Estado estimulaba con oro, bonos o terrenos baldíos, emprendieron la aventura. Se trataba de contribuir a la batalla por consumar la eliminación de las trabas al comercio, sacar el país de la economía natural y romper nuestro secular aislamiento del mercado mundial.

Sin embargo, en 1886 las fuerzas de la Regeneración conservadora lograron una significativa victoria. En un país como el nuestro, escasamente poblado, de indigente economía y mala administración, carente de industria y técnica, climática y topográficamente hostil, el hecho de que las guerras civiles fueran ganadas por los terratenientes, en los albores de la era del imperialismo, hizo que los dispersos esfuerzos y recursos invertidos en los ferrocarriles no fructificaran. Entre 1885 y 1914, las líneas se incrementaron en un 26%, uno de los más bajos promedios de Latinoamérica; para el mismo lapso el de México, por ejemplo, fue del 84%.

Como si ello fuera poco, pese a ser de vía angosta y pobremente equipados, los trenes colombianos resultaban demasiado costosos. En 1914 sólo habían tendido 1.116 kilómetros de línea, fundamentalmente alrededor de los terminales de conexión y de las vertientes cafeteras. El flujo de exportación de estas últimas llegó a constituir por esa época el 70% de la carga férrea.

Un pionero de la prosperidad
Entre quienes trabajaron en nuestros primeros proyectos ferroviarios, descuella el ingeniero Francisco Javier Cisneros. Nacido en 1836 en Santiago de Cuba, fue desde su juventud combatiente por la independencia de su patria; la publicación de un periódico le costó una condena a muerte “por garrote vil” de parte de la Corona española; sin embargo, escondido en la sentina de un barco logró huir a Estados Unidos, donde culminó sus estudios. De inmediato se dedicó por toda América a recoger fondos y reclutar soldados para la batalla revolucionaria cubana. A Colombia llegó en 1870, y en el antiguo Estado soberano del Cauca logró alistar una columna cuyos integrantes entregaron sus vidas por la causa libertaria del hermano país.

A comienzos de 1874, a Cisneros le encomendaron la construcción del ferrocarril de Antioquia y aceptó el desafío. Su primer escollo fue la escasa financiación. Cuenta Tomás Carrasquilla que una hermana de José María Córdova, mujer emprendedora y patriótica, vendió su casa y sin intereses le facilitó el dinero. Vino luego la lucha del ingeniero contra las inclemencias de la naturaleza; pero ni la fatiga, ni el hambre, ni la escasez, ni las fiebres lo detuvieron. Por el contrario, aprendió de las gentes del pueblo las propiedades medicinales de la quina, la sarpoleta, el cidrón y otras muchas plantas, de las cuales publicó luego una relación pormenorizada en un volumen en New York.

Los mismos obreros que trabajaron con él testimoniaron su valor y decisión y, además del hecho de que compartía con ellos sus labores, ayudaba a curarlos y destacaba sus nombres en cada uno de sus informes. Tres veces lo sacaron de pantanos y selvas, moribundo, y cuentan que en una de esas ocasiones dijo: “Yo no puedo morirme porque tengo muchas cosas que hacer”.

En efecto, la labor de Cisneros en Colombia fue intensa y vasta; fuera de los trabajos preliminares del Ferrocarril de Antioquia, inició el de Girardot, terminó el que unía a Barranquilla con Puerto Colombia, donde también construyó el muelle, trabajó en las partes más arduas del Ferrocarril del Pacífico, y proyectó los de Amaga y Urabá; realizó estudios sobre el Canal de Panamá y sobre el aprovechamiento de diversas caídas de agua, como fuentes de energía eléctrica; intervino en el establecimiento de la navegación a vapor en los ríos Magdalena y Cauca, en el primero de los cuales organizó servicio de correos, así como el telégrafo entre estaciones férreas; llevó a cabo el censo de la producción antioqueña con el fin de estudiar sus posibles proyecciones.

En 1898, entusiasmado con los avances militares de los herederos de Martí y Maceo, trató de volver a Cuba. En el camino, sin embargo, las fiebres contraídas en la selva acabaron con su vida. Los obreros ferroviarios colombianos, para los cuales era preceptor, cuando supieron de su muerte pararon todos los trenes e hicieron sonar sus pitos largamente. Tres estaciones férreas de nuestro país se llaman, en homenaje a su memoria “Cisneros”.

Los auténticos forjadores
A lado y lado de las vías, o bien recorriendo campos, montañas, ríos, ciudades y pueblos, participando de las miserias de los demás trabajadores, los proletarios ferrocarrileros de hoy transportan buena parte de la riqueza nacional. Su tradición de trabajo y de pelea se remonta al momento de la aparición de la clase obrera en Colombia, cuando aún parecía un sueño el hecho de “construir caminos de carriles de hierro servidos por vapor”.

Fueron ellos quienes clavaron las escarpias y tendieron los rieles sobre durmientes de madera, o polines, a medida que tumbaban selvas, secaban pantanos, abrían túneles, erigían puentes o desafiaban quebrados riscos. Han dirigido las locomotoras de leña, carbón y ACPM que arrastran los convoyes. Actuaron como fogoneros y como freneros de arena y vapor. En las carrileras, han sido estamperos que con grandes mazos templan la vía, suavizan las curvas, construyen peraltes, y han laborado de guardagujas, braceros, cuadrilleros y cadeneros. En talleres y estaciones también han desempeñado variados y valiosos oficios estos aguerridos operarios que, a la par que pugnan por edificar el progreso del país, son víctimas de la voraz explotación a la cual se les ha sometido por decenios y decenios, desde cuando los obreros chinos, llamados “coolies”, eran fusilados al borde de la vía entre Colón y Panamá, en un lugar que todavía se denomina estación de “Matachín”.

En la historia del movimiento ferrocarrilero existen mil episodios que ilustran el espíritu de sacrificio y la laboriosidad que distinguen al obrero. Es el caso de Juan Machado, cuyo nombre lleva una estación a raíz del accidente de Marengo, en 1897, cuando fallaron los frenos de una máquina y de no haber sido por su temple de héroe, habrían perecido en vez de él unas cien personas. “Tiene tantos polines como muertos”, expresó alguien al terminarse el Ferrocarril de Antioquia. Lo mismo podría decirse de casi todas las rutas férreas de Colombia. Con razón decía un jubilado maquinista de Puerto Berrío: “Fuimos nosotros los constructores del poderío del tren, y no los maulas de la gerencia que salen fotografiados en los diarios”.

La verdadera historia de la ruina
En 1922 la red férrea nacional tenía 481 kilómetros. A la sazón el ingeniero norteamericano R.W. Hebard reportaba; “No hay país ninguno en el Hemisferio Occidental que carezca tanto de vías modernas de comunicación, ni donde el pueblo trabaje bajo el peso de tantas dificultades y cargas en materia de transporte, como la República de Colombia”. Un año después el gobierno dispuso intervenir en los ferrocarriles 15 millones de dólares provenientes de la indemnización de Panamá, pero ello se hizo de manera caótica. Además de que se construyeron líneas de disímil anchura, el ejemplo de cómo se emprendió la ruta entre Girardot y Facatativá resulta ilustrativo. No se inició desde el puerto fluvial, como era lógico, sino desde el altiplano, hasta donde se llevaba primero el material cargado por bestias. En consecuencia el costo, calculado en 5 millones de pesos de entonces, resultó ser de 14 millones; una locomotora que en Filadelfia se adquiría por 10 mil dólares, terminó valiendo el triple en Faca. Igualmente las vías de Pasto a Tumaco, de Ibagué a Armenia y del Carare, quedaron truncas. Ya en ese momento el negociado era una práctica constante de las administraciones del ferrocarril.

En 1930 fue nacionalizado este medio de transporte. Al mismo tiempo, el gobierno planteó que en vez de terminar la red nacional resolvería el problema de vías de comunicación mediante la construcción de 6.400 kilómetros de carreteras. De los 3.262 kilómetros de carrilera que había en 1934, no quedaron sino 2.983 en 1949. Entretanto, del proyecto de carreteables escasamente se hicieron 400 kilómetros, no todos pavimentados.

Para 1950 la “Misión Curie” del Banco Mundial recomendó el abandono de los ferrocarriles y el estímulo al sistema de carreteras. Semejante criterio, defendido preferencialmente por los monopolios de la industria automotriz y los pulpos petroleros imperialistas, ha sido la pauta de los gobiernos colombianos desde entonces. Hoy en día tenemos 3.432 kilómetros de rieles tendidos, de los cuales 2.912 en uso, es decir, menos que en 1934; y ya no poseemos una red nacional sino vías aisladas, obsoletas y en acelerado proceso de deterioro. Colombia es quizá el único país que en lugar de colocar carrileras, las levanta.

Examinemos los siguientes hechos: el tramo de La Felisa a La Pintada, enlace de la red entre el Pacífico y el Atlántico, fue diseñado tan mal que se lo llevó la corriente del río Cauca. En Suárez, Cauca, cuando se construyó la carretera suspendieron el ferrocarril y acabaron con el servicio de trenes entre Cali y Popayán. Una estación de la ruta Cali-Buenaventura se convertirá en terminal de buses. En los depósitos de la empresa estatal se oxidan 1.500 vagones de carga de los 5 mil existentes, y de 170 locomotoras escasamente funcionan 50; cada una de las varadas representa una pérdida de 20 mil pesos por hora. Mientras tanto, las carreteras del país permanecen derrumbadas, dado su alto costo de mantenimiento, y frecuentemente quedan aisladas regiones enteras. En los Llanos y la Costa, por ejemplo, aun con las locomotoras antiguas, el ferrocarril sería una solución.

Como si lo anterior no fuera por si solo un criminal atentado contra la Nación, en 1975, con los fondos de un empréstito destinado a la rehabilitación de algunos tramos, los Ferrocarriles compraron once tractomulas con las cuales constituyeron la empresa “Transmodal”, que en vez de reportarles beneficios se convirtió en un negociado de la burocracia, cohonestado por las altas autoridades del Ministerio del ramo. Además la empresa ferió valiosos terrenos, como los de Paloquemao, en Bogotá, o los de Chipichape, en Cali, y entregó el cable aéreo de Caldas a una compañía petroquímica extranjera. El gobierno, en vez de rescatar y subsidiar los Ferrocarriles Nacionales, terminó estrangulándolos al reducirles cada vez más el porcentaje presupuestal y al mismo tiempo gravarlos con un impuesto de combustibles que va a parar al Fondo Vial, destinado al mantenimiento de carreteras. De ñapa, las condiciones de los préstamos foráneos obligaron al país a importar rieles, los cuales éste produce, y a comprar 60 locomotoras que a la postre resultaron ser generadores de energía de la General Electric y escasamente operan al nivel del mar. Y para colmo de males, a la empresa se le fuerza a prestar servicios subsidiados a distintos monopolios, como es el caso de Colmotores cuya carga transporta con descuentos de más del 30%.

La gravedad de todo ello se acentúa si tenemos en cuenta que según recientes estudios de la compañía “Madigan-Hyland” y de la Misión Holandesa, en Colombia el 56% de los camiones está para renovar y el 26% ya tiene más de 15 años de uso, y que el 68% de la carga movida en el país viaja en camiones de menos de 9 toneladas y a velocidades demasiado bajas de operación, inferiores a las del ferrocarril, lo que no es realmente económico”.

Trátase de una situación que padece todo el Tercer Mundo. En la Guía de los Ferrocarriles mundiales 1979-1980, se anota: “Los sistemas nacionales de ferro-transporte (…) han sido víctimas de una increíble negligencia por parte de los gobiernos y es un milagro que hayan sobrevivido”. La misma publicación destaca este medio de comunicación como alternativa ante la crisis energética, y reseña los avances tecnológicos impresionantes que ha logrado, paralelamente con el uso intensivo que hacen de él los países más desarrollados. Entretanto, nuestra empresa nacional padece un déficit acumulado de más de once mil millones de pesos, y su administración pretende aplicar la novísima política de entregar sus vías a Carbocol, la Federación de Cafeteros, las empresas extranjeras exportadoras de banano y un Comité Ferroviario de la Andi, en el que están Coltejer, Peldar y Texaco, entre otras, mediante “contratos de asociación” y arriendos de líneas que en últimas busca desestatizarla y le asestará un golpe de gracia.

Más de un siglo de combates
La tradición de lucha de los obreros ferroviarios colombianos se remonta a 1878, cuando en los pocos kilómetros construidos cerca de Buenaventura dejaron el trabajo en demanda de condiciones más humanas. Fue la primera huelga de características proletarias que registró la prensa del país. Treinta y dos años después, en 1910, ya conformaban sociedades mutuarias clandestinas y realizaban un paro en Santa Marta contra la United Fruit Company, reclamando un salario igual al de los operarios extranjeros. En 1919 estaban de nuevo en la pelea en Girardot y el Ferrocarril del Norte, con el apoyo de la recién fundada Sociedad Ferroviaria Nacional. Al año siguiente cesaron labores en Manizales, Cali, Barranquilla y La Dorada.

En 1926 se levantaron en la ruta del Pacífico, desafiaron las bandas de esquiroles y las intimidaciones e intentos de soborno. Pararon los trenes desde Buenaventura hasta Armenia, llenaron la vía de banderas y ganaron a la postre el derecho a un día de descanso semanal y a una jornada diaria de ocho horas. En ese mismo año se solidarizaron con los braceros del río Magdalena y en 1927 con los petroleros de Barrancabermeja que repudiaban el saqueo imperialista de nuestras riquezas naturales. En 1928, el tesorero del comité de huelga del gran movimiento de las bananeras era Cristian Vengal, un trabajador ferroviario.

Son todas contiendas que enorgullecen a los obreros. Un operador de Berrío, hijo y nieto de maquinistas, narra con altivez que “En el desaparecido caserío de ‘El Reposo’ ondeaba otrora triunfante la bandera de los tres ochos, la bandera obrera que pedía ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso”. Y en una de las estaciones de la ruta entre Medellín y el río Magdalena se lee: “Caracolí, tierra de luchadores”. De luchadores de aquellos que en 1934 se insubordinaron contra las hasta 18 horas de labor diaria en medio de un clima despiadado, contra la crueldad de los patronos, contra las condiciones miserables de vida y contra el ejército que en Medellín segó las vidas de sus compañeros Manuel Gutiérrez, José Márquez y Juvenal Osorio.

Tal fue la trayectoria que luego harían respetar y continuarían los trabajadores en los paros del 47, el 60, el 62, el 63, el 70 y el 75, en los cuales, pese a los camaradas presos, a los trenes lanzados contra ellos, a la represión, a la demagogia, a las camarillas traidoras, los huelguistas se mantuvieron erguidos hasta conquistar sus principales aspiraciones.

En 1978, un siglo después de su primer combate, las sub-directivas ferroviarias pelearon una vez más. El gobierno, desde hace décadas, les ha ilegalizado las huelgas y ha promovido el paralelismo sindical, sin lograr quebrantar su moral. Desde cuando se fundó la primera federación, controlada por agentes patronales, la oligarquía ha buscado constantemente someterlos. No obstante, a partir de 1975 iniciaron conscientemente su unificación contra el imperialismo y sus despóticos agentes nacionales. En 1980 lograron derrotar el oportunismo, al romper las cadenas que los ataban a la CTC, y optaron por un camino consecuente de defensa de los intereses nacionales. Declararon entonces que “sólo será posible un verdadero avance del ferro-transporte en una nación independiente y democrática que sea capaz de empuñar en sus manos las riendas de su destino”.

Los obreros que así se expresan encarnan lo más promisorio y vital del pueblo. Son la sangre del país, su fuerza, su futuro. En ellos se concentra el papel histórico de los proletarios colombianos; fogoneros del progreso, fogoneros de la historia, fogoneros de la revolución.

CONVENCIÓN FAVORABLE FIRMA LA USO

Tras 120 días de conflictivas negociaciones y aprobada la huelga, la Empresa Colombiana de Petróleos y la Unión Sindical Obrera firmaron el 5 de mayo nueva convención colectiva, que aumentó los salarios en un 28 y 29 por ciento para dos años de vigencia, estableció el subsidio de arriendo por 2.600 y 2.800 pesos mensuales, subió el monto del Fondo de Vivienda de 40 a 160 millones, incrementó en un 5 por ciento la prima vacacional de los soldadores y amplió los auxilios educativos.

La destitución de ocho activistas y el despido inminente de otros doscientos, a más de las sanciones que comenzaban a recaer sobre un total de 900 trabajadores, constituyeron los mayores obstáculos para el acuerdo laboral. El presidente de Ecopetrol llegó a manifestar el 30 de abril que no se admitiría injerencia alguna del sindicato en tales asuntos. Al final de la contienda, sin embargo, se ve forzado a conceder la reducción de las sanciones y a decretar la amnistía para los compañeros citados a descargos. Sobre los ocho despedidos, Ecopetrol manifestó que los procesos judiciales para el mantenimiento de los fueros se llevarían adelante, mientras que el sindicato dejó constancia de que proseguirá en la pelea por obtener el reintegro.

Las conquistas son significativas vistas en su conjunto, por cuanto lograron, dado el clima de represión oficial y el auge oportunista, unas condiciones no tan propicias. Como experiencia del conflicto cabe además destacar que solo mediante la presión de las bases fue posible vencer el tribunal de arbitramento. Y quedó más en claro aún que las extemporáneas acciones terroristas, lejos de resolver los problemas tácticos de los obreros, acarrearon innecesarias complicaciones.

El anzuelo de la provocación
Con sus frecuentes descargas al aire, hechas siempre que los trabajadores se congregaban a corear proclamas, el ejército estuvo a punto de precipitar la huelga general. Así ocurrió, por ejemplo, el 27 de enero, cuando los 2.800 operarios de la refinería realizaron un paro de doce horas en protesta contra la tropa, el cual se extendió por otras dependencias de Ecopetrol y se levantó bajo la promesa patronal de que no habría represalias. Pero fue declarado ilegal por el gobierno, con el objeto de que la empresa pudiera sancionar a centenares de activistas.

El presidente de Ecopetrol hizo en la prensa cotidiana alharaca sobre las supuestas pérdidas millonarias debidas a los sabotajes, para poder patrocinar los continuos desmanes de la fuerza pública. La USO, al responder a tales acusaciones, rechazó tanto los actos terroristas como las agresiones oficiales, aclarando que mantenía su invariable política de propulsar la lucha de masas mediante mítines, agitación y manifestaciones públicas, sin excluir la huelga. Y efectivamente, esta se decidió el 23 de abril, ante el anuncio de la convocatoria del tribunal hecho por la ministra del Trabajo. Pero la representación obrera continuó presionando el diálogo, lo que dio como resultado el posterior acuerdo convencional.

La USO se declaró recientemente en estado de alerta, ya que la empresa ha comenzado a desconocer los puntos pactados. Preciso es denunciar el permanente macartismo del Partido Comunista contra los directivos y activistas del MOIR en la USO. Apelando al pasquín sin firma, a la calumnia sorda y al más obtuso gremialismo, los mamertos pretendieron privar al combativo proletariado petrolero del plan cotidiano de la política y las ideas revolucionarias.

Vale también la pena señalar aquí, para finalizar, los vaivenes del Partido Comunista y su proclividad hacia las momias del Consejo Nacional Sindical. Cuando la comisión negociadora de la USO estuvo presa en Bogota, el 20 de marzo, la mamertería llegó a insinuar, dando la espalda a los detenidos, que se siguiera el diálogo con los representantes de la empresa. Y una vez liberada aquella salieron a graznar, haciendo de redentores, que la excarcelación se había conseguido gracias a los buenos oficios de Tulio Cuevas con el ministro de Gobierno. Como lo ha sostenido el MOIR, la clase obrera colombiana tiene mucho que aprender, por ejemplo negativo, de estos mamertos del oportunismo.