EL ZARPAZO SOVIÉTICO – CUBANO EN EL CUERNO DE ÁFRICA

Como parte importantes de su ofensiva militar estratégica, el Kremlin sentó en firme sus reales en la región del Cuerno de África a partir de mediados de la década de los sesentas. Para alcanzar sus fines imperiales se ha valido de la traición, la intriga, la subversión, el soborno y la agresión armada.

El área en cuestión, conocida como “la cerradura del Mar Rojo”, abarca tres países- Etiopía, Somalia y Djibuti – con una población de 34 millones de habitantes,

La trascendencia de esta punta del continente africano estriba en que desde allí se puede controlar totalmente la ruta marítima del Canal de Suez, que une el Mediterráneo y el Índico. Por el Estrecho de Bab- el- Mandeb cruzan a diario numerosos barcos petroleros provenientes del Golfo Pérsico con destino a Europa Occidental y Estados Unidos; la próxima ampliación del Canal permitirá el paso de los enormes tanqueros que hoy día tienen que circunnavegar África por el Cabo de Buena Esperanza, con lo cual aumentará la importancia de la vía del Mar Rojo.

Desde cuando emprendieron la expansión colonial, en la segunda mitad del siglo XIX, las potencias europeas pusieron sus ojos en la estratégica zona del cuerno: Italia ocupó Eritrea (el litoral etíope) y se dividió Somalia con Inglaterra; Francia, por su parte, incorporó Djibuti a su imperio. En 1935, las hordas de Mussolini invadieron Etiopía y, años más tarde, lograron el dominio de toda la región. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Norteamérica victoriosa impuso allí su influencia, particularmente a través del emperador etíope Haile Selassie. Las luchas de los pueblos del Cuerno de África contra la dominación yanqui comenzaron a ser aprovechadas por Moscú desde principios de la década de los sesentas, en su búsqueda de posiciones claves.

La toma de Etiopía
La antigua Abisinia es, sin lugar a dudas, el país del Cuerno de África que mayores atractivos posee para los imperialistas debido a su ubicación (más de 800 kilómetros de litoral con el Mar Rojo, incluido parcialmente el Estrecho de Bab-el-Mandeb), su tamaño de 1.222.000 kilómetros cuadrados y su población de treinta millones de habitantes. Durante muchos años fue, junto con Liberia, el único territorio independiente de África, gobernado por una nobleza feudal cuya figura más prominente fue el emperador Haile Selassie. El 90 por ciento de la tierra pertenecía tradicionalmente a la familia real, a la aristocracia y al clero; millones de campesinos languidecían por generaciones bajo el yugo de los terratenientes. El “rey de reyes”, como se hacía llamar aquel sátrapa, fue un amigo incondicional de Estados Unidos entre 1945 y 1974, fidelidad que Washington recompensó a manos llenas, puesto que lo consideraba su puntal en la ruta de Suez. El interés gringo por Addis-Abeba se nota claramente en las siguientes cifras, correspondientes a 1975: el 96 por ciento de la asistencia estadounidense al África fue destinada a dicha nación, lo mismo que el 57 por ciento de los fondos para entrenamiento técnico y el 70 por ciento de las ventas a crédito.

El 12 de septiembre de 1974 se produjo un golpe militar que dio al traste con la anacrónica monarquía; asumió el Poder el Consejo Administrativo Militar Provisional (“Derque”), encabezado por el general Aman Michael Andom, el cual fue asesinado dos meses más tarde y reemplazado por el general Teferí Bantí y el mayor Mengistu Haile Mariam. Los nuevos gobernantes desataron una feroz represión contra todo aquel que osara disentir. Entre 1974 y 1975, centenares de obreros, campesinos y estudiantes cayeron bajo el fuego oficial. Los años siguientes transcurrieron en medio de la dictadura fascistoide y la hambruna generalizada, no obstante las reformas demagógicas de los chafarotes.

El advenimiento de la administración Carter facilitó los avances soviéticos en el Cuerno de África. Tan pronto como se instaló en la Casa Blanca, el mandatario yanqui condenó al régimen etíope por violaciones a los derechos humanos y amenazó con suspenderle toda ayuda.

Entonces comenzaron a precipitarse los acontecimientos. El 3 de febrero de 1977, dos semanas después de la posesión de Jimmy Carter, fue depuesto y ejecutado el general Banti; emergió como hombre fuerte el mayor Mengistu, quien a los pocos días reveló al mundo su alinderamiento con la URSS. En ese mismo mes, el nuevo agente de los rusos expulsó de Etiopía a toda la misión militar norteamericana y canceló compromisos con Washington. El 4 de mayo, Mengistu realizó una visita a Moscú, donde suscribió con los soviéticos un “tratado de amistad y cooperación” que establecía lazos políticos, culturales y económicos entre los dos Estados. Poco después, el 20 de noviembre de 1978, se consolidó la influencia de la URSS en Etiopía, por medio de un pacto militar bilateral.

El socialimperialismo convirtió a este títere en su punta de lanza en el área. Para tal efecto, despachó a Addis-Abeba miles de millones de dólares en armas y municiones, reforzó el ejército etíope con mercenarios cubanos y asesores de Alemania Oriental y obtuvo bases navales en el archipiélago Dahlak, así como en los puertos eritreos de Massawa y Assab. En la ribera oriental del Estrecho de Bab-el-Mandeb, Moscú goza de facilidades portuarias en Adén y en la isla Socotra.

El conflicto de Ogadén
Somalia es una joven república, nacida a la vida independiente en 1960, con enormes dificultades económicas y apenas tres y medio millones de habitantes. De la prolongada dominación colonial anglo-italiana heredó, entre otras cosas, una disputa territorial con su vecino etíope en torno a la región de Ogadén, rica en yacimientos de petróleo y gas natural. Al trazar las fronteras de la posguerra, los europeos colocaron esta zona bajo jurisdicción de Addis-Abeba, sin tener en cuenta que allí vive desde hace siglos una parte de la población somalí (hoy cerca de un millón de personas), la cual constituye el grupo étnico dominante. En 1964 se produjo la primera confrontación entre los dos países; para entonces ya se había fundado el Frente de Liberación de Somalia Occidental, auxiliado por las autoridades de Mogadiscio. Rodeada por Estados más fuertes (Etiopía y Kenia) y con regímenes pro yanquis hostiles. Somalia accedió en aquella época a los ofrecimientos de “ayuda” de la Unión Soviética, la cual exigió a cambio una base naval en Berbera, en el Golfo de Adén. En julio de 1974 se firmó un tratado de amistad entre los dos países. Cabe destacar que la URSS respaldaba públicamente las reclamaciones de Somalia sobre Ogadén, para lo cual equipó su ejército con armamento moderno, desde tanques T-54 hasta aviones Mig-21. Era la primera jugada del oso ruso en el Cuerno de África, aprovechando un conflicto entre dos pueblos del Tercer Mundo. Años antes, en 1971, Moscú había intentado asaltar el poder en Sudán por medio de un golpe militar que abortó.

El derrocamiento de Haile Selassie y posteriormente el afianzamiento de Mengistu en el gobierno etíope, colocaron a Rusia ante la posibilidad de convertirse en amo y señor de la zona. Empero, las hostilidades en Ogadén obligaron a los nuevos zares a tomar partido por Etiopía, al fracasar su propuesta, formulada en 1977 a través de Fidel Castro, de una federación de los tres países del Cuerno de África, bajo la égida del Kremlin.

Desde mediados de 1976, las guerrillas de los somalíes de Ogadén iniciaron una ofensiva contra las fuerzas etíopes, que para entonces sumaban unos 130.000 hombres. La guerra se prolongó durante todo el año de 1977 y, hacia noviembre, el Frente de Liberación de Somalia Occidental, apoyado por tropas de Mogadiscio, controlaba la mayor parte de la región en disputa. A partir de esta fecha empezó a montarse un gigantesco puente aéreo para suministrar a Etiopía armas desde la URSS y los países del Pacto de Varsovia. Además, Cuba envió en total 17.000 soldados bajo el mando de oficiales soviéticos a combatir a los somalíes. Como respuesta a la traición de Moscú, el presidente Siad Barre, expulsó al personal militar ruso de Somalia y clausuró la base de Berbera a los navíos de la armada rusa. En esos días, Carter afirmó candorosamente: “Deseo que podamos inducir a los soviéticos y a los cubanos a que no envíen soldados ni armas a esta zona y exhortarlos a realizar una pronta iniciación de negociaciones”. De su lado, el gobierno somalí declaró que “jamás capitularemos ante la Unión Soviética”. La contraofensiva etíope-cubana, comenzó en enero de 1978 y continuó hasta marzo, cuando los efectivos somalíes se retiraron detrás de sus fronteras. Las guerrillas de Ogadén prosiguieron combatiendo contra un enemigo mucho más poderoso y armado con los últimos adelantos de la industria bélica soviética.

En su visita a Addis-Abeba, en marzo de 1978, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Isidoro Malmierca, expresó el “respaldo total” de su país a Etiopía, a tiempo que Fidel Castro proclamaba que no podía ser neutral en la lucha entre “la revolución etíope y el agresor somalí”. Recordemos que pocos años atrás los reaccionarios eran los etíopes y los revolucionarios los somalíes, de acuerdo con la propaganda socialimperialista. Ahora los papeles se habían invertido, según las conveniencias de los rusos y sus paniaguados; ahora resultaba más ganancioso apoyar a la junta militar de Etiopía, para lo cual era necesario colocarle la etiqueta de “socialista”.

Apenas un año antes, el I Congreso del Partido Comunista Cubano había aprobado una resolución en que se decía: “Son cada vez mayores nuestros lazos estatales con países que forman parte del Movimiento de los No Alineados, y en particular con aquellos que como Yemen Democrático, Siria e Irak, en el Oriente Medio, y Argelia, el Congo, Guinea, Guinea-Bissau, Madagascar y Somalia, en África, proclaman su orientación socialista”. (Granma, enero 25 de 1976).

El 14 de marzo de 1978, Somalia evacuó completamente sus fuerzas de Ogadén y pidió que las tropas extranjeras hicieran lo mismo de la región del Cuerno, a fin de emprender las negociaciones en procura de una solución pacifica al problema. Sin embargo, Moscú y La Habana respondieron al unísono que no abandonarían su presencia allí, ya que los soldados habían sido “invitados” por Mengistu, “invitación” similar a la de Checoslovaquia en 1968, la de Angola en 1975 y la de Afganistán en 1979. A raíz de los sucesos del área del Golfo Pérsico, los Estados Unidos decidieron acercarse a Somalia, otorgándole créditos por 40 millones de dólares a cambio de poder utilizar el Puerto de Berbera para su flota del Índico. Queda claro, pues, que un diferendo entre dos países pobres y atrasados, que debía haber sido resuelto por medio de conversaciones, sirve de pretexto al expansionismo soviético para cimentar su influencia y da pie a la disputa de las dos superpotencias.

Genocidio en Eritrea
Tan pronto como hubieron cumplido su misión en Ogadén, los legionarios cubanos se concentraron en otra área de conflicto. Eritrea, única provincia de Etiopía que le da salida al mar. A través de la historia, eritreos y etíopes, no obstante su vecindad, siguieron caminos diferentes, lo que hizo que los dos pueblos dieran origen a naciones distintas. Mientras Etiopía, era un reino independiente, Eritrea fue colonia italiana entre 1885 y 1947; en la primera predomina la lengua amárica y en la segunda el árabe y el italiano; la religión mayoritaria en la primera es el cristianismo copto y en la segunda es el islamismo. Una vez derrotada Italia en la Segunda Guerra Mundial, los eritreos expresaron su aspiración de conformar un Estado aparte, a lo que se oponía Addis-Abeba. En diciembre de 1950, la ONU acordó reconocer la autonomía de Eritrea, dentro del marco de la corona Etíope, creando una federación con ésta. Sin embargo, en 1962 Haile Selassie se apoderó por la fuerza de la provincia autónoma, con lo cual se inició una prolongada guerra civil. Por aquel entonces, los Estados Unidos respaldaron militarmente a Selassie, mientras lo propio hacían la URSS y sus aliados con los grupos rebeldes de la región anexada, encabezados por el Frente de Liberación de Eritrea (FLE) y el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE). A partir de 1967, Cuba entrenó numerosos contingentes guerrilleros y no ocultó su simpatía por la causa independentista de los eritreos. A pesar de las desavenencias entre las diversas organizaciones insurgentes, éstas obtuvieron contundentes victorias sobre el ejército real, especialmente entre 1970 y 1977. En este último año, los frentes de liberación controlaban casi toda Eritrea y tendían cerco a las principales ciudades El triunfo parecía estar al alcance de la mano. Mengistu y sus secuaces, que desde un principio siguieron con respecto al problema eritreo la misma conducta anexionista y de opresión nacional del emperador derrocado, recurrieron a su padrino soviético para doblegar a somalíes y eritreos.

Los revisionistas, ya duchos en trampear y traficar con los principios internacionalistas, no vacilaron en cambiar de lado apostando a la carta de los militares de Addis-Abeba. Desde marzo de 1978, miles de soldados cubanos y oficiales rusos se pusieron al mando de la empresa de liquidar la rebelión del pueblo eritreo, al cual poco antes Moscú y La Habana calificaban de “heroico” y le suministraban apoyo político y logístico. El 26 de abril de 1978, en un discurso pronunciado durante la visita de Fidel Castro dijo que su país se ponía de parte de Etiopía, “para proteger su integridad territorial contra los separatistas eritreos”. Y para justificar la voltereta, los cabecillas del Kremlin y de sus satélites señalaron que el régimen de Mengistu era “una fuerza genuinamente progresista” y que el movimiento insurgente actuaba “al servicio de una conspiración internacional reaccionaria”, según palabras del mismo Castro. Se empezó así a librar una contienda en la que los dos bandos tenían entrenamiento soviético-cubano y armamento de la misma procedencia. Un dirigente del FPLE declaró, a mediados de 1979, refiriéndose a la penetración socialimperialista en Etiopía: “Los rusos están a cargo de la estrategia y supervisan la fuerza aérea y de mísiles, mientras los cubanos adiestran a los etíopes en la lucha contraguerrillera, los alemanes orientales son responsables de la seguridad y los checos supervisan la economía”.

Los cuatro millones de eritreos combaten con arrojo a sus enemigos, y, no obstante varias “ofensivas finales” lanzadas por Addis-Abeba, todavía mantienen en su poder amplias zonas rurales. Los intervencionistas rusos han venido empleando bombas de napalm y defoliantes para vencer la resistencia eritrea, con lo cual han causado inmensas pérdidas humanas y materiales. El gobierno de Mengistu, aunque había sostenido que la única solución al problema era militar, recorrió hace poco a las propuestas de negociar la paz. Los grupos guerrilleros manifestaron su disposición a conversar sobre la base de dos puntos: que Addis-Abeba acepte resolver la cuestión eritrea pacíficamente y empiece negociaciones sin condiciones previas, y que el régimen abandone su posición de “autonomía regional” para Eritrea y reconozca a la dirigencia del FPLE y el FLE. En una declaración dada a conocer a comienzos de de 1980, el FLE afirma: “El pueblo eritreo no desea la guerra. Luchará, como lo ha estado haciendo, con determinación y valor, hasta coronar los nobles ideales por los que ha combatido durantes más de 18 años”.

Cuando se daba comienzo a la agresión soviética en el Cuerno de África, V. Sofinski, director del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS, dijo: “El Cuerno de África tiene, antes que nada, su significación militar, política y económica. La importancia de esta región radica en que está ubicada en la conexión entre Asia y África. Y, lo que es principal, en esta zona se encuentra la ruta marítima que une los países productores de petróleo con América y Europa”. Para el socialimperialismo resulta vital mantener incólume su influencia en esta zona con el fin de poder, en un momento dado, cerrar la vía del Canal de Suez y aislar a Europa y Estados Unidos de sus principales fuentes de combustibles. En el curso de los últimos cuatro años, la Unión Soviética mostró en el Cuerno de África su catadura expansionista y su traición a la causa de la liberación de los pueblos.

LA DIRECCIÓN DE FECODE: ENTRE EL AVENTURERISMO Y EL ENGAÑO

Abjurando de un principio defendido por dos años, la dirección de Fecode abogó el 22 de febrero por la unificación del sindicalismo “en un solo frente” sin deslindar terreno con los Cuevas y Hurtado en un sinuoso viraje hacia la órbita del Consejo Nacional Sindical. El mismo día salió en El Tiempo el alegato de la fracción revisionista reclutada en años de intrigas por los hermanos Otto y Omar Ñañez, que renegaron del MOIR sonsacándose a algunos directivos de la Federación Colombiana de Educadores. No resulta por ello extraño que la declaración publicada por esta última lleve el imprimátur de mamertos y liberales firmes, trotskistas y grupúsculos ml, quienes han decidido conformar con los desertores una cerrada alianza en la organización magisterial.

Poco tiempo tardaron estos vergonzantes catecúmenos del revisionismo en adherir a la llamada Coordinadora Nacional de aquellos sectores que no admiten el CNS en sus niveles de dirección, y en embarcarse en forma irresponsable, posando de super-héroes, en la consigna de un paro indefinido para el magisterio. Pero viendo que eran adversas las circunstancias, cosa que ya el MOIR había advertido, recularon 36 horas antes de la fecha prevista para la iniciación de la aventura. Y así, la coalición oportunista comprometió temerariamente a los institutores al impulsar la huelga, y al levantarla les mintió, presentando cual gran conquista una minuta insubstancial y burlesca del ministro del ramo.

La posición del MOIR
El 27 de enero, la junta nacional ampliada de Fecode había resuelto proponer el paro indefinido, ratificable en marzo, con los siguientes objetivos: presionar el aumento de salarios exigido por los maestros; garantizar la adecuada asistencia médica a través de una caja nacional de previsión; asimilar a favor del magisterio las cuatro primas legales vigentes para los demás empleados oficiales, y echar abajo el régimen disciplinario reglamentario en forma arbitraria por el gobierno.

Por varios factores, la huelga indefinida no contó con posibilidades concretas de realización: primero, la influencia de la política oportunista del CNS, cuyos más caracterizados voceros han defendido incondicionalmente las principales medidas del régimen; segundo, el reflujo de las luchas populares, y tercero, el recrudecimiento de la represión del gobierno, envalentonado por los triunfos fáciles obtenidos contra el anarquismo y el foquismo. Estos factores coinciden con la deserción de algunos directivos de Fecode que abandonaron las filas del MOIR y echaron por la borda la política revolucionaria. También hay que anotar, por último, que Turbay decretó unilateralmente el aumento salarial para el magisterio.

Ante el pleno magisterial del 19, 20 y 21 de marzo, nuestro Partido subrayó el evidente retroceso de la dirección de Fecode hacia las posiciones claudicantes y la desfavorable situación a escala nacional, razones por las cuales consideró inoportuna y oportunista la huelga indefinida propuesta, y no le dio su voto afirmativo. Señaló como una pifia la fecha del 6 de abril planteada para la hora cero, por estar próxima la Semana Santa, lo que prácticamente convertiría el movimiento en una simple jornada de cuatro o cinco días. Criticó la amplitud de los objetivos, aumentados a más de treinta, ya que daba pretextos al gobierno para desorientar al magisterio y permitía al tiempo la evasiva de los autores y los actores de la comedia, que en esta forma se podían más tarde lavar las manos. Y para concluir, la militancia del MOIR expresó de nuevo su decisión de someter a la democracia sindical y de impulsar incluso el paro, si este resultaba aprobado. No sobre decir que el Partido Comunista, la fracción de los Ñañez, Firmes y las capillas ml, confabulados en el pleno, lograron imponer por mayoría el cese indefinido de actividades.

El PC al asecho
José Fernando Ocampo, miembro del comité ejecutivo de Fecode y dirigente nacional del MOIR, explica las razones que llevaron al oportunismo a decidirse a favor del susodicho paro: “Los desertores cacarearon en las páginas de El Tiempo que nuestro Partido había renunciado a dirigir las luchas del pueblo. Esta posición los obligaba a proponer la huelga indefinida, sin detenerse a examinar las condiciones del momento. Tenían que probarle al país que su salida del MOIR les iba a permitir encabezar movilizaciones de masas. Los mamertos, por su parte, que andaban al asecho desde el congreso de Cúcuta, saludaron el resbalón de la secta divisionista, respaldaron la consigna de paro y comenzaron a dirigir sin esfuerzo alguno el bandazo político de Fecode. Pero después del pleno se vieron unos y otros encartados con una iniciativa que les quemaba las manos, cuyos objetivos fundamentales no tenían salida a corto plazo y cuyas manifiestas debilidades les anunciaban el fracaso. Esto lo sabían tanto los desertores como los revisionistas y, pese a ello, se lo ocultaron a las bases, engañándolas miserablemente”.

La súbita retracción de la orden de paro, el 4 de abril, fue la confirmación cabal de que el MOIR tenía la razón cuando advirtió que no existían factores favorables para el cese de actividades. Pero en vez de reconocerlo así, autocríticamente, los ejecutivos de la Federación salieron a informar con descaro que habían conseguido buena parte de las metas fijadas. En realidad, se arrepintieron ante la insulsa carta del ministro Albán, que no entrañaba ninguna concesión de importancia y sí un rosario de promesas. Por ejemplo, sobre asistencia médica, el mencionado funcionario aseguraba: “En circular que suscribimos con el señor Ministro de Gobierno me he dirigido a los señores Gobernadores pidiéndoles tomar las medidas necesarias para la prestación eficiente y oportuna de los servicios asistenciales”. Y sobre el régimen prestacional: “Estoy de acuerdo en que se elabore un proyecto de ley, (…) el cual deberá ser presentado a la consideración del Congreso en su próximo periodo de sesiones”. Y sobre el retroactivo salarial: “El pago, se hará, en todo caso, antes de las vacaciones a mediados de año”. ¡Tales son las ridículas ofertas que se presentan a la base como grandes conquistas!

Denunciar el engaño consumado por los directivos y agitar las banderas de la independencia y la unidad revolucionaria del movimiento sindical, he aquí los imperativos del momento. Miles de maestros se han pronunciado en todo el país para exigir que el próximo congreso nacional de Fecode eche por tierra al oportunismo. El MOIR apoya con decisión tan justo reclamo.

VÍNCULOS DE AMISTAD CON PARTIDOS HERMANOS

Como parte de sus deberes internacionalistas, el MOIR ha iniciado una serie de contactos con varios partidos y movimientos revolucionarios del Hemisferio, los cuales llevan a cabo la lucha por la liberación nacional de sus pueblos contra el imperialismo yanqui, combaten al socialimperialismo soviético y sus agentes y pugnan por el socialismo. Las conversaciones y los intercambio efectuados entre nuestro Partido y las organizaciones hermanas redundarán en beneficio del acercamiento solidario de todos los auténticos revolucionarios y patriotas de América.

Saludo a camaradas dominicanos
El 23 de octubre de 1980 se celebró en Santo Domingo, República Dominicana, el III aniversario de la fundación de la Unión Patriótica (UPA), organización creada en 1977 y que integran el Partido de los Trabajadores Dominicanos (PTD) y prestigiosas personalidades. Enrique Daza, miembro del Comité Ejecutivo Central del MOIR, presentó a los asistentes el saludo internacionalista de los revolucionarios colombianos. Posteriormente, Daza se entrevistó con Franklin Franco e Iván Rodríguez, presidente y secretario general de la UPA, respectivamente, y con líderes campesinos y obreros. También se reunió con dirigentes del Comité Pro-fundación del PTD.

La Unión Patriótica se define como “una organización democrática y antiimperialista”, que lucha por la instauración de un gobierno “que conquiste la independencia y soberanía nacionales” y liquide “la dominación económica, política, militar y cultural de los monopolios norteamericanos y las clases reaccionarias que les sirven de sostén”.

Condena “a las grandes potencias imperialistas que ejercen una política de dominio colonial y neocolonial sobre muchos países de Asia, África y América Latina, y libran una gran disputa por la hegemonía mundial”. Plantea una reforma agraria “que materialice el principio de la tierra para el que la trabaja”, y apoya “la lucha de los pueblos del Tercer Mundo por su autodeterminación”.

El frente busca agrupar a todas las “fuerzas progresistas y personalidades democráticas independientes”. Por ello, el III Aniversario fue planteado como un encuentro amplio de carácter nacional y a él asistieron, además de las organizaciones integrantes de la UPA, el Movimiento Popular Dominicano (MPD), el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y la Unión Comunista Revolucionaria (UCR), con las que se acordó proseguir unificadamente el combate contra la tiranía pro yanqui de Antonio Guzmán.

Las tendencias marxista-leninistas dominicanas tuvieron que abrirse paso en medio de las contracorrientes oportunistas de “izquierda” y de derecha, que, o bien cayeron en posiciones foquistas, o bien se dedicaron a colaborar con los regímenes títeres, como fue el caso del Partido Socialista Popular de orientación pro-soviética. Al comenzar el decenio del 70 surgieron, sin embargo, tres organizaciones Voz Proletaria, Línea roja y Bandera Roja, todas ellas identificadas en el combate contra las concepciones cubanistas y en la necesidad de construir un partido, de vincularse al movimiento obrero, de apoyarse en los propios recursos y de combatir el revisionismo armadas, con el pensamiento de Mao-Tsetung.

En septiembre de 1975 dichos grupos crearon un comité de unidad, el cual participó más tarde en una campaña electoral e ingresó dos años después a la Unión Patriótica (UPA), respaldando un programa nacional y democrático. En abril de 1979, al aprobar la fusión definitiva, las tres fuerzas acordaron fundar el Partido de los Trabajadores dominicanos (PTD), cuyo primer congreso tuvo lugar en enero del presente año.

El MOIR respalda a los camaradas de la República Dominicana en su lucha por arraigar el partido entre las masas de campesinos y obreros, y se une a ellos en la gran batalla contra el revisionismo, el hegemonismo soviético y el imperialismo norteamericano.

Avances revolucionarios en Perú
A mediados de enero del año en curso, Enrique Daza sostuvo varias entrevistas con cuadros dirigentes de organizaciones de izquierda peruanas como el Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, el Partido Revolucionario (Clase obrera) y la Vanguardia Revolucionaria Proletaria Comunista,

El Partido Comunista del Perú fue fundado el 7 de octubre de 1928 por José Carlos Mariátegui, el cual sentó las bases para la creación de un núcleo político comunista. Después de la muerte de su fundador, el partido cayó en manos de dirigentes reformistas que lo condujeron al revisionismo y a la claudicación. Sin embargo, debido al auge de las luchas de las masas y de la amplia difusión de la polémica de Mao Tsetung contra el revisionismo soviético, entre 1964 y 1969 son expulsadas del PCP las camarillas oportunistas, lo cual constituye un viraje decisivo en la historia partidaria. Fruto de esta lucha interna es el surgimiento del Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, única organización que se opuso consecuentemente a la dictadura militar, entre 1968 y 1980, con la consigna de “desechar las ilusiones del reformismo y persistir en la revolución”.

En los tres procesos electorales celebrados entre 1978 y 1980, el PCP ‘Patria Roja’ adoptó tácticas correctas, encaminadas a afianzar sus vínculos con las masas desposeídas y denunciar el régimen oligárquico.

El MOIR brinda su apoyo solidario a los camaradas peruanos en su combate revolucionario por alcanzar la liberación nacional y las transformaciones democráticas que necesitaban las masas oprimidas del país hermano.

Enrique Daza también sostuvo conversaciones con el Secretario General del Partido Comunista Boliviano M-L, Oscar Zamora, y con líderes de organizaciones populares y antiimperialistas como Vanguardia Obrera Campesina Ecuatoriana (VOCE) y el MAPU-Partido de los Trabajadores de Chile. Asimismo, se están adelantando contacto con el Partido Comunista Obrero M-L del Canadá.

RESEÑA SINDICAL

Prosiguen los conflictos huelguísticos en Eternit y la Universidad de los Andes, en Bogotá, que comenzaron el 8 de marzo y el 30 de abril, respectivamente, así como en algunos astilleros de Barranquilla, para los que el gobierno ya convocó el tribunal.

En el Valle del Cauca, 13.000 maestros adelantan un paro por salarios y en protesta contra las reglamentaciones del Ministerio. Entretanto, los 12.000 obreros de Puertos de Colombia anunciaron que harán efectiva la huelga si la empresa no accede a resolver el pliego.

EL PROLETARIADO FERROVIARIO: FOGONEROS DEL PROGRESO, FOGONEROS DE LA HISTORIA, FOGONEROS DE LA REVOLUCIÓN

Los ferrocarriles que constituyen uno de los más importantes medios de transporte, surgieron de las entrañas de la clase obrera inglesa al culminar el primer cuarto del siglo XIX y produjeron un vuelco en la economía mundial. En Colombia, poco tiempo después de la invención de la locomotora se iniciaron los trabajos de nuestro primer camino de hierro, destinado a unir el Océano Atlántico con el Pacífico a través del Istmo de Panamá. Ya desde entonces, fueron la abnegación y el sacrificio del proletariado los factores del desarrollo ferroviario del país.

Hoy en día, a lo largo de casi tres mil kilómetros de líneas tendidas en el territorio patrio, o bien en los talleres, estaciones y trenes en movimiento, doce mil trabajadores de los Ferrocarriles Nacionales se agrupan en las divisiones Central Pacífico, Santander, Magdalena y Antioquia. Además de alrededor de 4 millones de pasajeros por año, transportan cerca del 20% de la carga que se moviliza en el país, principalmente conformada por productos agrícolas como café, arroz, trigo, cebada y algodón; manufacturas; derivados del petróleo, tales como fuel-oil, kerosene, asfalto, gasolina y ACPM; productos forestales y minerales, entre los que se destacan el carbón, la sal y la dolomita.

No obstante, el desarrollo del sistema nacional de ferro-transporte se estancó desde hace decenios, debido al servilismo de la oligarquía colombiana ante los monopolios foráneos, los cuales decretaron el estímulo al sistema de carreteras en detrimento de los ferrocarriles con el fin de acrecentar las jugosas ganancias de su mercado de automotores, repuestos, gasolina y cientos de productos más. Ello constituye un sabotaje al progreso de nuestra economía y echa sobre los hombros del pueblo otro pesado fardo, que se agrega a los incontables motivos que tienen las gentes sencillas de Colombia para sacudirse la coyunda del imperialismo norteamericano.

La dura trocha del progreso
George Stephenson, el inventor de la locomotora, trabajó desde los 14 años de edad como fogonero de las calderas de evacuación de una mina inglesa de carbón, producto que constituía por entonces la base de la economía británica, pero cuyo transporte desde los socavones hasta los muelles de embarque era muy lento y costoso. Stephenson, en permanente contacto con los mecanismos de vapor como fuerza motriz y con el sistema de rieles de las vagonetas mineras, ideó entonces su primer modelo, el cual realizaba un trabajo equivalente al de 16 caballos. El segundo, que con 400 pasajeros y sacos de harina hiciera el histórico recorrido entre Stockton y Darlington, el 27 de septiembre de 1825, era ya capaz de arrastrar 70 toneladas a una velocidad de 10 kilómetros por hora. Así, en el seno del proletariado, nació el ferrocarril.

En Colombia, todavía a mediados de la pasada centuria, el transporte se efectuaba, como en la Colonia, a lomo de mula o, cuando el terreno estaba muy enfangado, sobre las espaldas de cargadores indígenas. La gran distancia existente entre los centros poblados del interior y los puertos; la topografía, quebrada como la que más; los rigores del clima tropical y la precariedad de los caminos de herradura, convertían al Río Magdalena en la única vía de comunicación utilizable con relativa rentabilidad. El estancamiento del transporte se erigía como barrera para el desarrollo del país e impedía su unidad territorial y económica. En 1879, cada tonelada que recorría un kilómetro en mula costaba 60 centavos; ya para entonces, el ferrocarril reducía ese costo a 17 centavos y además ofrecía mayor velocidad y seguridad.

Tales circunstancias llevaron a un puñado de personalidades progresistas a proponer la apertura de un sistema ferroviario, pero solo hasta 1848 tuvo esperanzas la idea. En esa fecha se contrató el de Panamá, que 7 años después sería una realidad. Con todo, apenas en 1871 se iniciaron las obras de una segunda vía férrea, bajo el estimulo de los sectores más emprendedores y pudientes de la sociedad. Desde entonces proliferaron diversos tramos orientados a propiciar, principalmente, el comercio exterior en Barranquilla, Puerto Berrío, Cúcuta, Buenaventura, La dorada, Girardot, Santa Marta, Facatativá, Cartagena, Bogotá y Amagá, fueron pareciendo unos cuantos kilómetros de carrileras. El humo de las locomotoras irrumpió en medio de las selvas del atraso. Decenas de inversionistas extranjeros y nacionales, a los que el Estado estimulaba con oro, bonos o terrenos baldíos, emprendieron la aventura. Se trataba de contribuir a la batalla por consumar la eliminación de las trabas al comercio, sacar el país de la economía natural y romper nuestro secular aislamiento del mercado mundial.

Sin embargo, en 1886 las fuerzas de la Regeneración conservadora lograron una significativa victoria. En un país como el nuestro, escasamente poblado, de indigente economía y mala administración, carente de industria y técnica, climática y topográficamente hostil, el hecho de que las guerras civiles fueran ganadas por los terratenientes, en los albores de la era del imperialismo, hizo que los dispersos esfuerzos y recursos invertidos en los ferrocarriles no fructificaran. Entre 1885 y 1914, las líneas se incrementaron en un 26%, uno de los más bajos promedios de Latinoamérica; para el mismo lapso el de México, por ejemplo, fue del 84%.

Como si ello fuera poco, pese a ser de vía angosta y pobremente equipados, los trenes colombianos resultaban demasiado costosos. En 1914 sólo habían tendido 1.116 kilómetros de línea, fundamentalmente alrededor de los terminales de conexión y de las vertientes cafeteras. El flujo de exportación de estas últimas llegó a constituir por esa época el 70% de la carga férrea.

Un pionero de la prosperidad
Entre quienes trabajaron en nuestros primeros proyectos ferroviarios, descuella el ingeniero Francisco Javier Cisneros. Nacido en 1836 en Santiago de Cuba, fue desde su juventud combatiente por la independencia de su patria; la publicación de un periódico le costó una condena a muerte “por garrote vil” de parte de la Corona española; sin embargo, escondido en la sentina de un barco logró huir a Estados Unidos, donde culminó sus estudios. De inmediato se dedicó por toda América a recoger fondos y reclutar soldados para la batalla revolucionaria cubana. A Colombia llegó en 1870, y en el antiguo Estado soberano del Cauca logró alistar una columna cuyos integrantes entregaron sus vidas por la causa libertaria del hermano país.

A comienzos de 1874, a Cisneros le encomendaron la construcción del ferrocarril de Antioquia y aceptó el desafío. Su primer escollo fue la escasa financiación. Cuenta Tomás Carrasquilla que una hermana de José María Córdova, mujer emprendedora y patriótica, vendió su casa y sin intereses le facilitó el dinero. Vino luego la lucha del ingeniero contra las inclemencias de la naturaleza; pero ni la fatiga, ni el hambre, ni la escasez, ni las fiebres lo detuvieron. Por el contrario, aprendió de las gentes del pueblo las propiedades medicinales de la quina, la sarpoleta, el cidrón y otras muchas plantas, de las cuales publicó luego una relación pormenorizada en un volumen en New York.

Los mismos obreros que trabajaron con él testimoniaron su valor y decisión y, además del hecho de que compartía con ellos sus labores, ayudaba a curarlos y destacaba sus nombres en cada uno de sus informes. Tres veces lo sacaron de pantanos y selvas, moribundo, y cuentan que en una de esas ocasiones dijo: “Yo no puedo morirme porque tengo muchas cosas que hacer”.

En efecto, la labor de Cisneros en Colombia fue intensa y vasta; fuera de los trabajos preliminares del Ferrocarril de Antioquia, inició el de Girardot, terminó el que unía a Barranquilla con Puerto Colombia, donde también construyó el muelle, trabajó en las partes más arduas del Ferrocarril del Pacífico, y proyectó los de Amaga y Urabá; realizó estudios sobre el Canal de Panamá y sobre el aprovechamiento de diversas caídas de agua, como fuentes de energía eléctrica; intervino en el establecimiento de la navegación a vapor en los ríos Magdalena y Cauca, en el primero de los cuales organizó servicio de correos, así como el telégrafo entre estaciones férreas; llevó a cabo el censo de la producción antioqueña con el fin de estudiar sus posibles proyecciones.

En 1898, entusiasmado con los avances militares de los herederos de Martí y Maceo, trató de volver a Cuba. En el camino, sin embargo, las fiebres contraídas en la selva acabaron con su vida. Los obreros ferroviarios colombianos, para los cuales era preceptor, cuando supieron de su muerte pararon todos los trenes e hicieron sonar sus pitos largamente. Tres estaciones férreas de nuestro país se llaman, en homenaje a su memoria “Cisneros”.

Los auténticos forjadores
A lado y lado de las vías, o bien recorriendo campos, montañas, ríos, ciudades y pueblos, participando de las miserias de los demás trabajadores, los proletarios ferrocarrileros de hoy transportan buena parte de la riqueza nacional. Su tradición de trabajo y de pelea se remonta al momento de la aparición de la clase obrera en Colombia, cuando aún parecía un sueño el hecho de “construir caminos de carriles de hierro servidos por vapor”.

Fueron ellos quienes clavaron las escarpias y tendieron los rieles sobre durmientes de madera, o polines, a medida que tumbaban selvas, secaban pantanos, abrían túneles, erigían puentes o desafiaban quebrados riscos. Han dirigido las locomotoras de leña, carbón y ACPM que arrastran los convoyes. Actuaron como fogoneros y como freneros de arena y vapor. En las carrileras, han sido estamperos que con grandes mazos templan la vía, suavizan las curvas, construyen peraltes, y han laborado de guardagujas, braceros, cuadrilleros y cadeneros. En talleres y estaciones también han desempeñado variados y valiosos oficios estos aguerridos operarios que, a la par que pugnan por edificar el progreso del país, son víctimas de la voraz explotación a la cual se les ha sometido por decenios y decenios, desde cuando los obreros chinos, llamados “coolies”, eran fusilados al borde de la vía entre Colón y Panamá, en un lugar que todavía se denomina estación de “Matachín”.

En la historia del movimiento ferrocarrilero existen mil episodios que ilustran el espíritu de sacrificio y la laboriosidad que distinguen al obrero. Es el caso de Juan Machado, cuyo nombre lleva una estación a raíz del accidente de Marengo, en 1897, cuando fallaron los frenos de una máquina y de no haber sido por su temple de héroe, habrían perecido en vez de él unas cien personas. “Tiene tantos polines como muertos”, expresó alguien al terminarse el Ferrocarril de Antioquia. Lo mismo podría decirse de casi todas las rutas férreas de Colombia. Con razón decía un jubilado maquinista de Puerto Berrío: “Fuimos nosotros los constructores del poderío del tren, y no los maulas de la gerencia que salen fotografiados en los diarios”.

La verdadera historia de la ruina
En 1922 la red férrea nacional tenía 481 kilómetros. A la sazón el ingeniero norteamericano R.W. Hebard reportaba; “No hay país ninguno en el Hemisferio Occidental que carezca tanto de vías modernas de comunicación, ni donde el pueblo trabaje bajo el peso de tantas dificultades y cargas en materia de transporte, como la República de Colombia”. Un año después el gobierno dispuso intervenir en los ferrocarriles 15 millones de dólares provenientes de la indemnización de Panamá, pero ello se hizo de manera caótica. Además de que se construyeron líneas de disímil anchura, el ejemplo de cómo se emprendió la ruta entre Girardot y Facatativá resulta ilustrativo. No se inició desde el puerto fluvial, como era lógico, sino desde el altiplano, hasta donde se llevaba primero el material cargado por bestias. En consecuencia el costo, calculado en 5 millones de pesos de entonces, resultó ser de 14 millones; una locomotora que en Filadelfia se adquiría por 10 mil dólares, terminó valiendo el triple en Faca. Igualmente las vías de Pasto a Tumaco, de Ibagué a Armenia y del Carare, quedaron truncas. Ya en ese momento el negociado era una práctica constante de las administraciones del ferrocarril.

En 1930 fue nacionalizado este medio de transporte. Al mismo tiempo, el gobierno planteó que en vez de terminar la red nacional resolvería el problema de vías de comunicación mediante la construcción de 6.400 kilómetros de carreteras. De los 3.262 kilómetros de carrilera que había en 1934, no quedaron sino 2.983 en 1949. Entretanto, del proyecto de carreteables escasamente se hicieron 400 kilómetros, no todos pavimentados.

Para 1950 la “Misión Curie” del Banco Mundial recomendó el abandono de los ferrocarriles y el estímulo al sistema de carreteras. Semejante criterio, defendido preferencialmente por los monopolios de la industria automotriz y los pulpos petroleros imperialistas, ha sido la pauta de los gobiernos colombianos desde entonces. Hoy en día tenemos 3.432 kilómetros de rieles tendidos, de los cuales 2.912 en uso, es decir, menos que en 1934; y ya no poseemos una red nacional sino vías aisladas, obsoletas y en acelerado proceso de deterioro. Colombia es quizá el único país que en lugar de colocar carrileras, las levanta.

Examinemos los siguientes hechos: el tramo de La Felisa a La Pintada, enlace de la red entre el Pacífico y el Atlántico, fue diseñado tan mal que se lo llevó la corriente del río Cauca. En Suárez, Cauca, cuando se construyó la carretera suspendieron el ferrocarril y acabaron con el servicio de trenes entre Cali y Popayán. Una estación de la ruta Cali-Buenaventura se convertirá en terminal de buses. En los depósitos de la empresa estatal se oxidan 1.500 vagones de carga de los 5 mil existentes, y de 170 locomotoras escasamente funcionan 50; cada una de las varadas representa una pérdida de 20 mil pesos por hora. Mientras tanto, las carreteras del país permanecen derrumbadas, dado su alto costo de mantenimiento, y frecuentemente quedan aisladas regiones enteras. En los Llanos y la Costa, por ejemplo, aun con las locomotoras antiguas, el ferrocarril sería una solución.

Como si lo anterior no fuera por si solo un criminal atentado contra la Nación, en 1975, con los fondos de un empréstito destinado a la rehabilitación de algunos tramos, los Ferrocarriles compraron once tractomulas con las cuales constituyeron la empresa “Transmodal”, que en vez de reportarles beneficios se convirtió en un negociado de la burocracia, cohonestado por las altas autoridades del Ministerio del ramo. Además la empresa ferió valiosos terrenos, como los de Paloquemao, en Bogotá, o los de Chipichape, en Cali, y entregó el cable aéreo de Caldas a una compañía petroquímica extranjera. El gobierno, en vez de rescatar y subsidiar los Ferrocarriles Nacionales, terminó estrangulándolos al reducirles cada vez más el porcentaje presupuestal y al mismo tiempo gravarlos con un impuesto de combustibles que va a parar al Fondo Vial, destinado al mantenimiento de carreteras. De ñapa, las condiciones de los préstamos foráneos obligaron al país a importar rieles, los cuales éste produce, y a comprar 60 locomotoras que a la postre resultaron ser generadores de energía de la General Electric y escasamente operan al nivel del mar. Y para colmo de males, a la empresa se le fuerza a prestar servicios subsidiados a distintos monopolios, como es el caso de Colmotores cuya carga transporta con descuentos de más del 30%.

La gravedad de todo ello se acentúa si tenemos en cuenta que según recientes estudios de la compañía “Madigan-Hyland” y de la Misión Holandesa, en Colombia el 56% de los camiones está para renovar y el 26% ya tiene más de 15 años de uso, y que el 68% de la carga movida en el país viaja en camiones de menos de 9 toneladas y a velocidades demasiado bajas de operación, inferiores a las del ferrocarril, lo que no es realmente económico”.

Trátase de una situación que padece todo el Tercer Mundo. En la Guía de los Ferrocarriles mundiales 1979-1980, se anota: “Los sistemas nacionales de ferro-transporte (…) han sido víctimas de una increíble negligencia por parte de los gobiernos y es un milagro que hayan sobrevivido”. La misma publicación destaca este medio de comunicación como alternativa ante la crisis energética, y reseña los avances tecnológicos impresionantes que ha logrado, paralelamente con el uso intensivo que hacen de él los países más desarrollados. Entretanto, nuestra empresa nacional padece un déficit acumulado de más de once mil millones de pesos, y su administración pretende aplicar la novísima política de entregar sus vías a Carbocol, la Federación de Cafeteros, las empresas extranjeras exportadoras de banano y un Comité Ferroviario de la Andi, en el que están Coltejer, Peldar y Texaco, entre otras, mediante “contratos de asociación” y arriendos de líneas que en últimas busca desestatizarla y le asestará un golpe de gracia.

Más de un siglo de combates
La tradición de lucha de los obreros ferroviarios colombianos se remonta a 1878, cuando en los pocos kilómetros construidos cerca de Buenaventura dejaron el trabajo en demanda de condiciones más humanas. Fue la primera huelga de características proletarias que registró la prensa del país. Treinta y dos años después, en 1910, ya conformaban sociedades mutuarias clandestinas y realizaban un paro en Santa Marta contra la United Fruit Company, reclamando un salario igual al de los operarios extranjeros. En 1919 estaban de nuevo en la pelea en Girardot y el Ferrocarril del Norte, con el apoyo de la recién fundada Sociedad Ferroviaria Nacional. Al año siguiente cesaron labores en Manizales, Cali, Barranquilla y La Dorada.

En 1926 se levantaron en la ruta del Pacífico, desafiaron las bandas de esquiroles y las intimidaciones e intentos de soborno. Pararon los trenes desde Buenaventura hasta Armenia, llenaron la vía de banderas y ganaron a la postre el derecho a un día de descanso semanal y a una jornada diaria de ocho horas. En ese mismo año se solidarizaron con los braceros del río Magdalena y en 1927 con los petroleros de Barrancabermeja que repudiaban el saqueo imperialista de nuestras riquezas naturales. En 1928, el tesorero del comité de huelga del gran movimiento de las bananeras era Cristian Vengal, un trabajador ferroviario.

Son todas contiendas que enorgullecen a los obreros. Un operador de Berrío, hijo y nieto de maquinistas, narra con altivez que “En el desaparecido caserío de ‘El Reposo’ ondeaba otrora triunfante la bandera de los tres ochos, la bandera obrera que pedía ocho horas de trabajo, ocho de estudio y ocho de descanso”. Y en una de las estaciones de la ruta entre Medellín y el río Magdalena se lee: “Caracolí, tierra de luchadores”. De luchadores de aquellos que en 1934 se insubordinaron contra las hasta 18 horas de labor diaria en medio de un clima despiadado, contra la crueldad de los patronos, contra las condiciones miserables de vida y contra el ejército que en Medellín segó las vidas de sus compañeros Manuel Gutiérrez, José Márquez y Juvenal Osorio.

Tal fue la trayectoria que luego harían respetar y continuarían los trabajadores en los paros del 47, el 60, el 62, el 63, el 70 y el 75, en los cuales, pese a los camaradas presos, a los trenes lanzados contra ellos, a la represión, a la demagogia, a las camarillas traidoras, los huelguistas se mantuvieron erguidos hasta conquistar sus principales aspiraciones.

En 1978, un siglo después de su primer combate, las sub-directivas ferroviarias pelearon una vez más. El gobierno, desde hace décadas, les ha ilegalizado las huelgas y ha promovido el paralelismo sindical, sin lograr quebrantar su moral. Desde cuando se fundó la primera federación, controlada por agentes patronales, la oligarquía ha buscado constantemente someterlos. No obstante, a partir de 1975 iniciaron conscientemente su unificación contra el imperialismo y sus despóticos agentes nacionales. En 1980 lograron derrotar el oportunismo, al romper las cadenas que los ataban a la CTC, y optaron por un camino consecuente de defensa de los intereses nacionales. Declararon entonces que “sólo será posible un verdadero avance del ferro-transporte en una nación independiente y democrática que sea capaz de empuñar en sus manos las riendas de su destino”.

Los obreros que así se expresan encarnan lo más promisorio y vital del pueblo. Son la sangre del país, su fuerza, su futuro. En ellos se concentra el papel histórico de los proletarios colombianos; fogoneros del progreso, fogoneros de la historia, fogoneros de la revolución.

CONVENCIÓN FAVORABLE FIRMA LA USO

Tras 120 días de conflictivas negociaciones y aprobada la huelga, la Empresa Colombiana de Petróleos y la Unión Sindical Obrera firmaron el 5 de mayo nueva convención colectiva, que aumentó los salarios en un 28 y 29 por ciento para dos años de vigencia, estableció el subsidio de arriendo por 2.600 y 2.800 pesos mensuales, subió el monto del Fondo de Vivienda de 40 a 160 millones, incrementó en un 5 por ciento la prima vacacional de los soldadores y amplió los auxilios educativos.

La destitución de ocho activistas y el despido inminente de otros doscientos, a más de las sanciones que comenzaban a recaer sobre un total de 900 trabajadores, constituyeron los mayores obstáculos para el acuerdo laboral. El presidente de Ecopetrol llegó a manifestar el 30 de abril que no se admitiría injerencia alguna del sindicato en tales asuntos. Al final de la contienda, sin embargo, se ve forzado a conceder la reducción de las sanciones y a decretar la amnistía para los compañeros citados a descargos. Sobre los ocho despedidos, Ecopetrol manifestó que los procesos judiciales para el mantenimiento de los fueros se llevarían adelante, mientras que el sindicato dejó constancia de que proseguirá en la pelea por obtener el reintegro.

Las conquistas son significativas vistas en su conjunto, por cuanto lograron, dado el clima de represión oficial y el auge oportunista, unas condiciones no tan propicias. Como experiencia del conflicto cabe además destacar que solo mediante la presión de las bases fue posible vencer el tribunal de arbitramento. Y quedó más en claro aún que las extemporáneas acciones terroristas, lejos de resolver los problemas tácticos de los obreros, acarrearon innecesarias complicaciones.

El anzuelo de la provocación
Con sus frecuentes descargas al aire, hechas siempre que los trabajadores se congregaban a corear proclamas, el ejército estuvo a punto de precipitar la huelga general. Así ocurrió, por ejemplo, el 27 de enero, cuando los 2.800 operarios de la refinería realizaron un paro de doce horas en protesta contra la tropa, el cual se extendió por otras dependencias de Ecopetrol y se levantó bajo la promesa patronal de que no habría represalias. Pero fue declarado ilegal por el gobierno, con el objeto de que la empresa pudiera sancionar a centenares de activistas.

El presidente de Ecopetrol hizo en la prensa cotidiana alharaca sobre las supuestas pérdidas millonarias debidas a los sabotajes, para poder patrocinar los continuos desmanes de la fuerza pública. La USO, al responder a tales acusaciones, rechazó tanto los actos terroristas como las agresiones oficiales, aclarando que mantenía su invariable política de propulsar la lucha de masas mediante mítines, agitación y manifestaciones públicas, sin excluir la huelga. Y efectivamente, esta se decidió el 23 de abril, ante el anuncio de la convocatoria del tribunal hecho por la ministra del Trabajo. Pero la representación obrera continuó presionando el diálogo, lo que dio como resultado el posterior acuerdo convencional.

La USO se declaró recientemente en estado de alerta, ya que la empresa ha comenzado a desconocer los puntos pactados. Preciso es denunciar el permanente macartismo del Partido Comunista contra los directivos y activistas del MOIR en la USO. Apelando al pasquín sin firma, a la calumnia sorda y al más obtuso gremialismo, los mamertos pretendieron privar al combativo proletariado petrolero del plan cotidiano de la política y las ideas revolucionarias.

Vale también la pena señalar aquí, para finalizar, los vaivenes del Partido Comunista y su proclividad hacia las momias del Consejo Nacional Sindical. Cuando la comisión negociadora de la USO estuvo presa en Bogota, el 20 de marzo, la mamertería llegó a insinuar, dando la espalda a los detenidos, que se siguiera el diálogo con los representantes de la empresa. Y una vez liberada aquella salieron a graznar, haciendo de redentores, que la excarcelación se había conseguido gracias a los buenos oficios de Tulio Cuevas con el ministro de Gobierno. Como lo ha sostenido el MOIR, la clase obrera colombiana tiene mucho que aprender, por ejemplo negativo, de estos mamertos del oportunismo.

CELEBRACIÓN COMUNERA EN SOCORRO

Más de cinco mil personas provenientes de todo el país se concentraron el 21 de marzo en la Plaza de Chiquinquirá, en Socorro, para conmemorar el bicentenario de la rebelión comunera. En la manifestación intervinieron dirigentes del FUP, de “Comuneros 81” y el camarada Víctor Manzur, del Partido Comunista del Perú.

“DESECHAR LAS ILUSIONES DE REFORMISMO Y PERSISTIR EN LA REVOLUCIÓN”

El camarada Víctor Manzur, miembro del Comité Central del Partido Comunista del Perú y director del semanario Patria Roja, visitó recientemente a Colombia para continuar un amplio intercambio de opiniones, iniciado en Lima a principios de este año, con el Comité Ejecutivo Central del MOIR. El compañero estuvo en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena y Socorro, donde participó como orador en la manifestación del 21 de marzo pasado. Víctor Manzur concedió a Tribuna Roja la siguiente entrevista, en la que habló sobre la historia de la revolución peruana y sobre la situación actual de las fuerzas marxista-leninistas en el hermano país.

¿Cuáles son a grandes rasgos las principales etapas en la vida del Partido Comunista del Perú?
La historia de nuestro Partido está íntimamente relacionada con la historia de la clase obrera peruana, que adquiere personalidad propia en los inicios del presente siglo, particularmente entre 1907 y 1916, una década que presenció importantes luchas democráticas por la jornada laboral de ocho horas y por mejores condiciones de vida y de trabajo. Por aquella época predominaba una influencia anarco sindicalista en el movimiento obrero, influencia que sólo vino a romperse varios años después, a finales de 1928, cuando José Carlos Mariátegui funda el Partido Comunista del Perú.

Mariátegui sentó las bases para el futuro desarrollo de una auténtica vanguardia política del proletariado peruano e hizo aportes decisivos para que el marxismo empezara a ser asimilado por los sectores más avanzados del pueblo. Al tiempo que creaba la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP), en el mismo año de1928, dotando a los asalariados de una central sindical capaz de combatir exitosamente por sus reivindicaciones económicas, Mariátegui nunca dejó de insistir en la necesidad de encarar la contienda por la destrucción del sistema de explotación que oprime y pauperiza a los obreros, consciente de que ninguna reforma ha sido, es o será suficiente para liberar de sus cadenas a quienes no poseen sino su propia fuerza de trabajo. Con José Carlos Mariátegui el proletariado peruano comienza a recorrer el camino de su verdadera lucha política, con un programa, una estrategia y unos objetivos definidos, y en el país se inicia la etapa de la revolución democrático-popular.

Desafortunadamente, el fallecimiento prematuro del gran pensador y revolucionario, ocurrido en 1930, no le permitió formar el número de cuadros requeridos para proseguir su labor. A su muerte se instauró en la Secretaría General del Partido una tendencia oportunista de “izquierda”, aventurera y dogmática, que pretendía copiar de manera mecánica la experiencia de la Unión Soviética y que condujo al movimiento obrero a serios reveces, particularmente en Lima en el centro del país. Estas orientaciones erróneas se mantuvieron hasta 1939 y abonaron el terreno para que aparatos reformistas como el APRA se apoderaran de la dirección de la lucha de masas y la desviaran de sus objetivos históricos.

Como a muchos otros partidos comunistas de América Latina, el estallido de la Segunda Guerra Mundial trajo consigo consecuencias graves para los revolucionarios del Perú. La táctica correcta elaborada por la III Internacional, que ubicaba el fascismo como blanco central de la lucha del proletariado y llamaba a la formación de Frentes Populares en cada país, suponía como requisito imprescindible que los partidos obreros no renunciaran a su independencia política y a la conducción del combate contra sus propias clases dominantes. Pero la camarilla dirigente del Partido de ese entonces impuso una línea totalmente opuesta, capituladora, que se adelantaba a las tesis de Browder en varios aspectos y que implicaba colocarse de furgón de cola de la oligarquía o convertirse en un apéndice socialdemócrata.

A pesar de los enfrentamientos internos que se libraron contra dichas posiciones de derecha, sobre todo en 1948 y 1957, tuvo que transcurrir bastante tiempo antes de que el Partido retomara el legado histórico del Mariátegui y volviera por los cauces del marxismo-leninismo. Fue necesario que se presentaran la gran insurgencia campesina de finales de la década del cincuenta, que levantó a millares de agricultores peruanos en la pelea por la tierra, y acontecimientos tales como el triunfo de la revolución cubana y la polémica chino-soviética, para que en 1964 nuestra organización pudiera oponerse con éxito a la pandilla revisionista, que se había enquistado en los puestos de mando veinte años atrás, y expulsarla de sus filas. El ejemplo del camarada Mao Tsetung y del Partido Comunista de China, que se atrevieron a destapar toda la podredumbre de la nueva burguesía burocrática que ha usurpado la jefatura del Partido y del Estado en la URSS, significó para nosotros una ayuda de mucha utilidad en este sentido.

Sin embargo, fue solo cinco años más tarde, en la VI Conferencia Nacional de 1969, y después de derrotar lo postulados reaccionarios de quienes negaban el papel dirigente de la clase obrera, cuando el Partido Comunista del Perú dio un salto cualitativo hacia delante y empuñó de una vez por todas las banderas de la revolución en el país. Se inauguró así un nuevo periodo de nuestra historia partidaria, el que estamos viviendo en la actualidad, guiado por el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung.

¿Qué actitud asumió el Partido Comunista del Perú ante el golpe militar de Juan Velasco Alvarado en 1968?
Los doce años de dictadura militar que se iniciaron en 1968 fueron un tramo muy valioso de nuestra actividad revolucionaria. La inmensa mayoría de los cuadros eran jóvenes sin experiencia, aislados tanto dentro como fuera del país, y las promesas reformistas del nuevo gobierno habían logrado confundir a numerosos sectores del pueblo y contaban con el apoyo directo o indirecto de todos los partidos políticos. El revisionismo, con el respaldo de la Unión Soviética y de Fidel Castro, se convirtió en uno de los principales defensores de este régimen, cuya reforma agraria y demás medidas demagógicas sólo perseguían dos cosas en el fondo: una, desviar la lucha del campesinado por su legítimo derecho a poseer la tierra y, otra, ampliar hasta cierto punto el mercado de consumo interno, con miras a que el capital extranjero acumulara mayores ganancias.

Con Juan Velasco Alvarado, además, empezó sobre terreno firme la penetración socialimperialista en el Perú, a través del multimillonario negocio de la venta de armas. A principios de los años setentas el ejército peruano adquirió 250 tanques rusos modelo T-54, y en 1977 se realizó una transacción similar que involucraba 30 helicópteros y 36 aviones Mig, sin tener en cuenta los convenios de asistencia que incluían el envío de asesores técnicos y la programación de cursos de adiestramiento en Cuba o en la URSS.

En nuestro país se presentaba entonces la siguiente situación: mientras las tropas reprimían las huelgas y las protestas populares con armamento suministrado por el Kremlin, el embajador del gobierno cubano en Lima, el señor Núñez Borja, era uno de los propagandistas más efectivos con que contaba la dictadura militar.

El Partido planteó “desechar las ilusiones del reformismo y persistir en la revolución”, consigna central que orientó nuestro quehacer político desde 1968. Las condiciones difíciles en que nos hallábamos nos obligaron a profundizar en el estudio de la realidad nacional y a elevar el nivel ideológico de la militancia. Como resultado de todo lo anterior, el Partido Comunista del Perú no sólo combatió en forma permanente contra el despotismo castrense, sino que también supo deslindar campos con las corrientes liberales y revisionistas dedicadas a batir incienso ante los gobernantes de turno. Nuestro Partido fue la única organización de izquierda que impulsó la lucha de las masas y que basándose en los principios defendió, reivindicó y desarrolló el camino independiente del proletariado. Gracias a ello, hoy somos un destacamento con alguna vigencia en el país, con raigambre entre las clases oprimidas y con amplia participación en todos los combates del pueblo.

¿Qué representa el actual gobierno de Fernando Belaúnde y cual es la situación de la izquierda peruana en este momento?
Belaúnde, el candidato que resultó “elegido” en los comicios de mayo de 1980, es el continuador de la dictadura de la gran burguesía industrial y financiera, apéndice del imperialismo norteamericano. Su política se ha traducido en un proceso de pauperización cada vez más agudo, que abarca a la clase obrera, a los campesinos pobres y a los pequeños y medianos empresarios, de relativa solvencia económica. El Fondo Monetario Internacional ha impuesto una devaluación constante de la moneda peruana, la deuda externa asciende a 13 mil millones de dólares. La inflación ha llegado hasta el 11 por ciento en algunos meses, y hay una pérdida abrumadora de la capacidad adquisitiva de los salarios, que hoy equivalen apenas a la quinta parte de su valor de 1973.

Lo anterior explica que nuevos sectores sociales, como es el caso de los médicos, los ingenieros y los trabajadores del Estado, se hayan vinculado estrechamente a las batallas populares de los últimos años, y que las organizaciones proletarias más consecuentes hayan adquirido una influencia significativa en todos los estratos de la población. En las elecciones parlamentarias y presidenciales de mayo de 1980, el Partido Comunista del Perú participó a través de una alianza conocida como Unión de Izquierda Revolucionaria (UNIR), que sacó el mayor número de votos entre todos los grupos adversarios del régimen. Más tarde, en los comicios municipales de noviembre del año pasado, nuestro Partido contribuyó a formar un frente llamado Izquierda Unida, del que hizo parte casi toda la oposición, incluidos los revisionistas, y que desplazó al APRA como segunda fuerza electoral en el país. Los tres puntos principales del programa de Izquierda Unida eran y siguen siendo la lucha por el bienestar del pueblo, por la defensa y ampliación de las libertades públicas y sindicales y por la soberanía e independencia nacional, lo que presupone el no alineamiento de la coalición con ninguna de las dos superpotencias. El revisionismo criollo, minoritario y aislado, tuvo que ceder ante este ultimo principio, indispensable para construir un verdadero frente revolucionario en las circunstancias de hoy.

Finalmente, ¿Qué piensan ustedes acerca de la actual situación internacional?

El Partido Comunista del Perú comparte la teoría científica del camarada Mao Tsetung sobre los tres mundos, por lo tanto considera que la actual situación internacional se caracteriza por el enfrentamiento cada día más enconado entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, que se disputan el control del orbe, de sus mercados y materias primas con alarmante agresividad. Al mismo tiempo, creemos que el imperialismo norteamericano ha entrado en un proceso de franca decadencia y que los nuevos zares del Kremlin, acosados por crecientes dificultades internas, se han vuelto el principal peligro para la paz mundial.

Ante la agudización de la lucha de clases en el plano internacional, nuestro Partido ha venido combatiendo contra los criterios estrechos de lo que en el Perú llamamos el “cholocomunismo”, una tendencia reaccionaria que trata de justificar el carácter burgués de sus postulados nacionalistas con el pretexto de que existen “centros de poder ideológico” que “encasillan” a las organizaciones de izquierda. Nosotros pensamos que la suerte del proletariado mundial, ligada indisolublemente a la suerte de la República Popular China y su Partido Comunista, no puede ser ajena a los revolucionarios peruanos.

EN SOCORRO SE CONMEMORÓ LA GESTA COMUNERA

Sentada en uno de los andenes de la plaza del Socorro, una anciana de 80 años empuñaba una bandera hecha con retazos de tela. Era idéntica a la que ondeaba a un lado de la tarima desde donde hablaban los oradores. “Es una vieja tradición del pueblo de esta región, explicó la mujer, que había acudido desde tempranas horas y desde Barbosa. “Es la bandera de los pobres, que debemos agitar hoy de nuevo para pelear como lo hicieron hace doscientos años las gentes del común”, añadió con emoción.

Igual que esta campesina santandereana, cerca de cinco mil personas se reunieron el pasado 21 de marzo en una de las plazas del Socorro, para celebrar la gesta de la Revolución de los Comuneros de 1781.

Las autoridades turbayistas habían levantado todo tipo de obstáculos para la realización del acto conmemorativo. A la solicitud inicial del MOIR de efectuar la concentración el 14 de marzo, el gobierno respondió con evasivas y negó el permiso, arguyendo la visita del Presidente de la República a la zona. Los municipios de la región y las carreteras que a ellos conducen fueron militarizadas. A pesar de las intimidaciones del régimen, los santandereanos, en las dos primeras semanas de marzo se lanzaron a recordar la rebeldía de sus antepasados. Por esos días, en Barbosa, se desató un paro cívico para exigir un adecuado servicio de acueducto. Durante la pantomima oficial organizada el 15 de marzo, en Socorro, labriegos provenientes de Covarachía, Onzaga, San Joaquín, Mogotes, Barichara, Curití, Villa Nueva, San Gil y Pinchote, entre otros, desfilaron portando muestras de sus cultivos, como tabaco, fique, fríjol, al tiempo que lanzaban consignas contra el gobierno: “Estamos igual, o peor que hace doscientos años”, vociferaban los campesinos. Los manifestantes se colocaron frente al atrio de la catedral en el momento en que el ex gobernador y manzanillo regional Alfonso Gómez Gómez, quiso hacer la defensa del régimen, las gentes allí reunidas lo silenciaron con una ruidosa silbatina. Cuando el ministro de Obras Públicas, Enrique Vargas Ramírez, procedió a dirigirse a la multitud, ésta ya había abandonado la plaza. Una semana atrás, una marcha de cultivadores de fique recorrió varios municipios de la provincia comunera denunciando las medidas gubernamentales que los tienen al borde de la ruina.
Como consecuencia de la amplía campaña de agitación nacional del MOIR, del FUP, de las fuerzas del sindicalismo independiente, de la organización “Comuneros 81”, las autoridades se vieron obligadas a extender un permiso para que se efectuara la conmemoración revolucionaria el sábado 21 de marzo. Sin embargo, varios compañeros que colaboraban en la campaña de agitación fueron arbitrariamente encarcelados.

A las 4 de la tarde se dio comienzo a la manifestación. En la tarima se encontraban Consuelo de Montejo, dirigente del MIL; Jaime Piedrahita Cardona, dirigente de la ANAPO; Álvaro Bernal Segura, representante a la Cámara por el FUP; Víctor Manzur, de la dirección del Partido Comunista del Perú, Elberto Camargo y Luis Eduardo Parra, orientadores del movimiento “Comuneros 81”, Héctor Valencia, Marcelo Torres, Avelino Niño, Carlos Valverde, Enrique Daza y Gustavo Quesada, dirigentes del MOIR.

Después de las distintas intervenciones (cuyos extractos aparecen publicados en esta misma edición), la multitud entonó La Internacional y coreó las proclamas que exaltan la revolución comunera, con el firme propósito de combatir por la Liberación de la Nación colombiana de sus actuales sojuzgadores.

LOS ARTISTAS SE SUMARON A LA CELEBRACIÓN

Un nutrido grupo de intelectuales y de artistas de revolucionarios se vinculó a las tareas preparatorias de la conmemoración del 21 de marzo, atendiendo al llamado hecho por el movimiento cívico “Comuneros 81”. El investigador Gustavo Quesada y los economistas y periodistas Clemente Forero y Hernán Jaramillo pronunciaron varias conferencias en los pueblos de la zona comunera. Una docena de pintores de la Escuela de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Bogotá, encabezados por Hernando Carrizosa y Manolo Colmenares, viajaron a Santander a realizar varias obras artísticas que rememoran las luchas populares de hace doscientos años. El cineasta Mario González, con la colaboración de Augusto Rivera, María Cristina Cortés y Richard Suárez, trabajan en una película de color sobre la vida y las actuales batallas de los descendientes de los comuneros. Los camarógrafos Marcos González, Oscar Rojas, Sonia Gutiérrez y Oscar Martínez, de Bucaramanga, filmaron los instantes más emotivos de la conmemoración y los editaron para ser exhibidos en betamax. Clemencia Lucena diseñó un cartel para promover la manifestación del 21 de marzo, que fue distribuido y pegado a lo largo de todo el país. Beatriz González también se vinculó a este movimiento artístico, aportando una serigrafía para la campaña de finanzas.

Del 16 al 21 de marzo, doce grupos de teatro provenientes de diversas zonas del país, rindieron un homenaje a la gesta comunera y se presentaron ante unos 15 mil espectadores del Socorro, Simacota, San Gil, Barbosa, Vélez, Guapotá, Charalá y Puente Nacional, efectuando un total de 54 funciones.

Los grupos y sus obras fueron los siguientes: el Teatro Libre de Bogotá, con Episodios Comuneros, de Jorge Plata, bajo la dirección de Germán Moure; el pequeño Teatro de Medellín, con De cómo se sublevo el Común, de Henry Díaz, bajo la dirección de Rodrigo Saldarriaga; el Teatro Foro de Cali, con Peripecias y congojas del buen señor don Alvarado, dirigida por su autor, Jorge Bonilla; el Teatro Independiente Chipre de Manizales, con Trueno y fango de Estaban Navajas, bajo la dirección de Rodrigo Carreño; el Teatro Libre de Ibagué, con un recital de música y poesía latinoamericanas, montado por Alberto Lozano; el grupo Fortejo, de Sahagún, Córdoba, con Historias de ayer para ser contadas hoy, dirigida por su autor. Luis tirado; el Teatro Comuneros, de Bucaramanga, con Hoja seca, del autor y director Hernán Pico; el Teatro Experimental Atahualpa, de Santa Rosa de Cabal, con un recital de canciones, trovas y poesía, dirigido por Aparicio Posada; el grupo Estudios Teatrales, de Montería, con Monólogo sobre el daño que causa el tabaco, de Antón Chejov; el grupo Actocol, de Bogotá, dirigido por Héctor Laos; el Teatro Aguijón, de Piedecuesta, Santander, dirigido por César Rueda, y el grupo musical Son del Pueblo, orientado por César Mora.

Fue tanta la acogida que dieron los espectadores de la región comunera al festival, que sus organizadores están planeando una segunda temporada en febrero de 1982, para contribuir a la efemérides del sacrificio de José Antonio Galán.

La labor de Gonzalo Mahecha
Cuando el pintor Gonzalo Mahecha llegó al Socorro, llevaba la idea de convertir las paredes de ese pueblo en un inmenso mural que rememorara la revolución comunera. Bastó que él y otros artistas empezaran a trazar los bocetos de sus obras para que se despertara la curiosidad de las gentes, que expresaron su deseo de participar también en esta tarea. Fue así como Gonzalo Mahecha, se transformó en el guía y el maestro de los niños, jóvenes y viejos que bajo su dirección comenzaron a pintar.

“La rebelión comunera despertó la vocación artística de muchas personas. El pueblo aún tiene vivas las imágenes de la rebelión de sus antepasados y muchos sintieron un deseo incontenible de plasmarlas. Viejos y jóvenes que jamás habían pintado, ni siquiera sobre un papel, se enfrentaron a una pared blanca con elementos rudimentarios, tales como un trozo de carbón, un tarro de pintura y una brocha, y concibieron sus propias obras”, cuenta Gonzalo Mahecha, mientras gesticula con sus manos, lo que hace siempre que se siente emocionado.

La idea primaria de estos pintores aficionados, según relata Mahecha, era la de reflejar la gesta popular a través de una marcha campesina. Pero poco a poco se fue creando una gran inquietud y un afán por perfeccionar sus murales con imágenes de la rebelión comunera sacadas de la historia. “Yo mismo tuve que volver a estudiar los hechos de aquella época, no solamente para cumplir con mi papel de orientador, sino porque los artistas fuimos invitados a dar conferencias en los distintos colegios. Era en verdad emocionante escuchar, en los corrillos de jóvenes y niños, discusiones sobre el tema y oírlos establecer comparaciones entre la situación de hace doscientos años y la que vivimos hoy”.

“Para lograr este trabajo tuvimos que encarar la represión oficial” continua explicando Mahecha. “Al comienzo, cuando recorríamos la zona comunera, motivando a sus gentes y buscando al movimiento ‘Comuneros 81’ para apoyarnos en él, la policía nos encarceló en tres oportunidades. Pero el pueblo nos ayudó a ganar la batalla, el día en que llegaron a detener al maestro Carrizosa, quien estaba iniciando un boceto, la gente comprendió la necesidad de proteger a los artistas revolucionarios. A los pocos minutos se habían concentrado más de 300 personas que nos apoyaron con sus gritos y protestas. La policía se vio obligada a retirarse y desde entonces las masas se unieron entusiastas a nuestra labor”.

Así terminó por ganarse el respaldo y el cariño de la población, Gonzalo Mahecha, un muralista nacido en Girón, Santander, que hace menos de un año regresó de París con el convencimiento de que su talento “no debe enclaustrarse en las paredes de las galerías para ser admirado por una élite, sino encontrar formas de expresión que le sirvan a los miles de oprimidos”.