El Grupo de los Tres: HACIA LA ANEXIÓN IMPERIALISTA DE AMÉRICA LATINA

Por Antonio López

El tratado de libre comercio denominado Grupo de los Tres o G 3, incorpora a México, Venezuela y Colombia en un solo mercado en materia de inversiones y comercio. Este acuerdo, como sus similares en todo el mundo, ofrece enormes ventajas a los inversionistas, armoniza los aranceles que pesan sobre terceros países y crea condiciones para ir eliminando las trabas y barreras que pudieran pesar sobre el libre flujo de capitales, bienes y servicios entre los países comprometidos.

Aunque firmado por Gaviria el 13 de junio de 1994, no alcanzó a ser aprobado por el Congreso sino a fines del año, cuando el gobierno de Samper lo volvió a someter a su consideración acompañado de un mensaje de urgencia. Tras breves audiencias con los gremios de producción que le venían oponiendo serios reparos, la comisión pasó el proyecto a la plenaria, donde recibió el pupitrazo. Por esos mismos días era ratificado en el parlamento el acuerdo por el que se establece la Organización Mundial del Comercio, OMC, suscrito por el pasado gobierno el 15 de abril de 1994, cuyo objetivo es similar al del G 3: someter la producción de los países atrasados a la demoledora competencia imperialista. El senador del MOIR, Jorge Santos, alertó al país sobre las graves consecuencias de ambos tratados: «El cuadro actual del comercio mundial, lejos de ser lo libre, idílico y cordial que nos pintan los interesados, no es más que el campo de batalla donde unas pocas naciones desarrolladas sojuzgan y explotan a la abrumadora mayoría».

Aunque los tres países del Grupo se enfrentan a similares condiciones de arrasamiento de sus sectores productivos y que, a la postre, el Sur entero terminará convertido en paraíso de los inversionistas del Norte, las más grandes desventajas corren a cargo de Colombia. Se afirma que el G 3 abre la competencia en «igualdad de condiciones» entre nuestros sectores económicos y sus similares mexicanos. En realidad, las instituciones financieras aztecas y las telecomunicaciones, la petroquímica y los textiles, la metalmecánica y la automotriz, la industria editorial, el algodón, el maíz y otros renglones rebasarán a los nuestros sin mayores problemas, dados su mayor alcance y capacidad, con lo cual se ahondará el tradicional déficit comercial de Colombia con México.

En cuanto a Venezuela, otrora modelo de la apertura, la situación es ya de enorme desventaja para Colombia en la aplicación del Pacto Andino. Los vecinos no pagan lo que se les despacha, merced a su escasez de divisas, y de ñapa inundan nuestro mercado no sólo con los productos de su poderosa siderurgia sino con toda clase de bienes, incluidos los arroces tailandeses, que ese país importa con el solo propósito de inundarnos. La situación se ha agravado para Colombia a partir de las crisis y devaluaciones masivas que han sufrido sus dos socios.

Las inversiones de mexicanos y venezolanos o las que estén «bajo su control directo o indirecto» tienen ya garantizado aquí un «trato nacional». En distintas palabras, el gobierno deberá otorgarles «un trato no menos favorable del que otorga a sus propios inversionistas». Es decir, quedan prohibidas las preferencias fiscales o de cualquier otra índole que puedan ser interpretadas como una protección a las actividades nacionales frente a la competencia extranjera. No se excluyen las ventajas abiertas en favor de las foráneas. Por ejemplo, las controversias con los inversionistas de afuera no se someterán a los tribunales locales sino a la Junta Administradora del Acuerdo. Si ésta no logra solución, pasarán a tribunales arbitrales internacionales.

Colombia cuenta ya, desde los tiempos de Gaviria, con una legislación que cubre de garantías a los capitales extranjeros, garantías mucho más generosas que las consagradas por México y Venezuela, y que Samper se ha propuesto multiplicar. Lo demuestra palmariamente la propuesta tributaria de Perry, que, mediante contratos previos, pretende sustraer la inversión extranjera de los severos gravámenes que siguen afectando al capital nacional.

En un plazo muy corto -diez años para la industria, doce para la agricultura-, los países comprometidos en el G 3 deben haber eliminado toda protección. Los bienes intercambiados gozarán de crecientes exenciones arancelarias si se atienen a las exigentes normas de origen, entre ellas, la de haber sido elaborados con materias primas y componentes de los países miembros. Esto último le garantiza el monopolio regional al país que tenga la rama industrial más desarrollada, que no será Colombia, según los estudios presentados por la ANDI.

Ninguno de los tres gobiernos podrá cargar esos bienes con gravámenes que no pesen sobre los autóctonos, ni tampoco discriminarlos en las compras oficiales. Al final los aranceles frente a terceros países deberán ser comunes, lo cual terminará debilitando la libertad de abastecimiento de nuestro país, obligándolo a depender de sus competidores más avanzados. Cualquier litigio será resuelto por el Comité de Insumos Regionales, CIRI. El país menos desarrollado, es decir, Colombia, verá cerradas las puertas a sus reclamaciones, pues para aplicar las cláusulas de salvaguardia deberá demostrar fehacientemente daño grave a su producción, durante un período de tres años.

Es de resaltar que México, firmante del TLC o Nafta, no puede conceder a sus socios del G 3 nada que no les haya sido concedido antes a Estados Unidos y a Canadá. De hecho todos los procesos de integración que se han puesto en práctica en América Latina se hallan supeditados a las severas condiciones plasmadas en el TLC. El control de Washington sobre el comercio subregional queda garantizado. No en vano Al Gore, vicepresidente yanqui, comparó la firma del TLC con la adquisición de Alaska y de Lusiana, la primera a los rusos y la segunda a los franceses.

Al mismo tiempo que presionaba en el Congreso, la ratificación del G3, Samper convocó en Medellín a empresarios y trabajadores del sector textil, uno de los más afectados, para anunciarles «una nueva guerra frontal al contrabando», el establecimiento de aranceles gravosos contra la importación de telas chinas -solamente-y la constitución de un comité tripartito de competitividad para impulsar los textiles y confecciones nacionales. Pero sobre las condiciones gravosas del G 3 Samper no dijo una palabra.

Mario de J. Valderrama, presidente de la CGTD, leyó días después una declaración de los sindicatos textiles en la que denunciaban la farsa samperista. Al mes siguiente, a manera de globo de ensayo para medir la fuerza de la protesta en que venían empeñados empresarios y sindicatos, Samper otorgó a México la mayor parte del abastecimiento de uniformes militares, en desmedro de los tradicionales proveedores criollos. Es de anotar que el capital norteamericano controla este renglón en el país azteca. En abril, cuando el G3 recibía el visto bueno de la Corte Constitucional y la entrega del interés nacional era ya un hecho, el presidente volvía a Medellín para anunciar una segunda «guerra frontal al contrabando».

De falsas promesas ha vivido el país entero en el actual gobierno.

Luis Eduardo Rolón: «RUBRICÓ CON SU SANGRE SU PENSAMIENTO»

A comienzos de la década de los años setentas el MOIR ponía los cimientos de su organización como partido del proletariado colombiano. Fueron épocas de grandes batallas ideológicas que tenían por objetivo desentrañar la naturaleza de nuestra sociedad y el carácter de la revolución. Dos elementos esenciales, sin duda, para definir las variantes tácticas a seguir y las clases y capas de nuestra sociedad que habrían de jugar su papel en el sacudimiento por venir. Entre los distintos combatientes de nuestra organización se destacaba ya Luis Eduardo Rolón. En los sindicatos, en los barrios, en las discusiones estudiantiles aparecía insistiendo en la necesidad de la dirección de la clase obrera en la inmensa tarea de conquistar los grandes cambios democráticos que, a la vez que sacaran al país de la coyunda extranjera y de su atraso secular, le permitieran al proletariado fortalecerse y desplegar toda su capacidad para continuar la marcha al socialismo. Sus argumentos hacían parte de la política de «nueva democracia», que apenas aparecía entre nosotros, pero que decenas de años atrás había sido expuesta por el marxismo, y especialmente por Mao Tse-Tung, como orientación clave para la revolución en los países neocoloniales y semifeudales. Como gran abanderado de estas concepciones, Rolón jugó destacadísimo papel en el movimiento estudiantil de 1971 en la Universidad de Antioquia.

Cuando con la dirección de Francisco Mosquera, y corrigiendo viejos errores infantiles de izquierda, el MOIR decidió participar en las contiendas electorales, Rolón trabajó activamente en ellas. Con su práctica personal conoció las limitaciones típicas de esta modalidad de lucha, pero «la continuó esgrimiendo, sin aburrirse ni olvidarse de que la rebeldía civil provendrá exclusivamente de las múltiples confrontaciones económicas y políticas de la población».

Respondiendo a la política de «pies descalzos» lanzada por el Partido, y a su llamado de ir al campo, Rolón estuvo entre los primeros en iniciar la marcha. Se desplazó a Barrancabermeja donde supo granjearse la confianza de los activistas y dirigentes petroleros, contribuyendo con su estilo de trabajo y dedicación a consolidar la presencia del MOIR en este importante frente, al que la dirección del Partido destinó un contingente valioso de cuadros. Se vinculó entusiastamente a las tareas de la patriótica huelga de la USO en 1977 y posteriormente acompañó al resto del partido en la creación y desarrollo de las organizaciones campesinas del sur de Bolívar. Su diligente actividad revolucionaria y su contagiosa fraternidad dejaron un grato recuerdo entre la militancia y la corriente del MOIR en esta estratégica zona de la patria.

Fueron años de grandes dificultades y nuevas y agudas contradicciones en la lucha ideológica contra la ofensiva socialimperialista y por educar al pueblo sobre los desaciertos de las prácticas terroristas. El camarada Rolón «se destacó, desde los frentes que le correspondiera atender, por los esfuerzos dedicados a despejar la confusión reinante. Sabía que la emancipación de los pueblos, y en especial de la clase obrera, no logrará coronarse sin la plena soberanía de las naciones pobres y sin la conciencia pública de que el socialismo verdadero no es anexionista».

La firmeza, la persistencia y la lealtad en la defensa de las anteriores concepciones las selló con su sangre el 30 de junio de 1985. Con quienes lo asesinaron, es cierto, «lo separaban grandes discrepancias políticas e ideológicas, pero el único daño que les había infligido en tres lustros de pelea consistió en señalarles, ante los asalariados y demás estratos productivos, sus inconsecuencias y procedimientos proditorios».

Pero no se crea que su inclaudicable capacidad la orientó solamente a enfrentar el oportunismo de izquierda. También «rechazó firmemente los postulados burgueses de quienes sustituyen la revolución por la reforma en aras de una inconsistente alianza de las clases explotadoras y oprimidas». Como los buenos militantes de nuestro Partido, Rolón estudió y propagó las enseñanzas del marxismo y fue uno de los mejores discípulos de Francisco Mosquera en el combate contra todo tipo de oportunismos. Cuadros como él son indispensables para la construcción de un partido proletario. Formar cuadros de esa calidad y de ese temple requiere de muchos años y de múltiples esfuerzos. Por dilo para los moiristas, los que «hemos jurado destronar a los explotadores y verdugos del pueblo y sólo aspiramos a la victoria total, la muerte de un camarada como Luis Eduardo Rolón representa un revés incalculable… y para recuperar en parte la pérdida que hemos sufrido con su prematura desaparición, la única forma es resaltar y cultivar su ejemplo en cuanto simboliza. Tendremos que seguir adelante si aspiramos a que sus vigilias y empeños no hayan sido en vano».

Diez años han pasado desde la muerte de nuestro camarada, y desde entonces son muchos los obstáculos y golpes que hemos debido superar. Contamos para ello con el acierto y el coraje de la dirección del Partido, que no vaciló un solo momento «en nadar contra la corriente y aferrarse a unos cuantos principios, cuya justeza ha sido demostrada en la lucha de clases». Durante este período se destruyó el engaño del revisionismo soviético y fue derrotado el expansionismo de la superpotencia oriental, arrastrando tras de sí más de una ilusión. Así que, más rápido de lo que se pensaba, las cosas empezaron a colocarse en su verdadero sitio. Rusia y sus satélites quedaron uncidos al carro capitalista y el hegemonismo de Estados Unidos se hace sentir en toda la redondez de la Tierra. La batalla principal cambió de blanco para los auténticos revolucionarios del mundo.

En el MOIR “hemos tomado muy en cuenta ambos fenómenos, y a su debido tiempo, lo cual nos otorga alguna autoridad para exponer nuestros criterios entorno a la grave situación existente en Colombia, que ha iniciado su viacrucis hacia la plena entrega económica al imperialismo norteamericano, mediante la política antinacional de la apertura”. Esta ofensiva de recolonización, impulsada ayer por Gaviria y hoy por Samper, está llevando a que los más disímiles sectores del pueblo colombiano ensayen distintas formas de confrontación con el gobierno antinacional y sus aparatos de control. Trabajadores, empresarios de la ciudad y del campo, pequeña burguesía urbana y rural y, en general, todos los patriotas van quedando sin otra posibilidad que la de movilizarse en defensa de la soberanía y el progreso nacionales.

Con cada día que pasa aumentan las voces que exigen que el país se autodetermine, se proteja al productor nacional, se mejoren las condiciones de vida y de trabajo para las inmensas mayorías populares y se aplique una táctica revolucionaria en la orientación de las luchas del pueblo. El MOIR reitera que sólo promoviendo la más vasta unidad nacional lograremos responder al desafío que la hora nos formula. Y, a la vez, será el mejor homenaje a la memoria de nuestros héroes caídos. «Aun cuando la senda sea larga y penosa no tenemos derecho a desfallecer. ¿Al rehuir el combate no estaríamos declarando inútiles las hermosas páginas escritas por Luis Eduardo Rolón y los demás camaradas desaparecidos? No nos preguntemos cuánto nos falta todavía. Aprendamos de nuestros mártires, que si bien no contemplaron el triunfo lo han hecho factible con su ejemplo».

También con Francisco Mosquera, repitamos que «los ideólogos de la burguesía se solazan con los reveses del marxismo, pero en su loca embriaguez no aprecian la más simple característica de la nueva etapa: que los revolucionarios y trabajadores del orbe entero han comenzado a hablar el mismo idioma en lenguajes distintos».

Evoquemos la memoria de Luis Eduardo Rolón, Raúl Ramírez, Aydée Osorio y los demás compañeros de nuestro Partido caídos en los campos de Colombia por defender consecuentemente los ideales revolucionarios. Ellos nos enseñaron que debemos deponer los transitorios intereses personales y entregarlo todo, incluso la vida, por sacar adelante la bandera proletaria.

EL PARO DEL SUROCCIDENTE, UN ERGUIDO EJEMPLO

A finales de junio, trece municipios de la Costa Pacífica nariñense, en donde habitan más de cuatrocientas mil personas, realizaron un combativo paro en demanda de elementales servicios de salud, telecomunicaciones, electricidad, agua y alcantarillado. También se reclamaba que se termine de construir la carretera a Pasto, hoy en pésimo estado.

El centro del movimiento cívico estuvo situado en Tumaco, un importante puerto pesquero donde la miseria campea. Pero el levantamiento más airado contra el promeserismo de Samper ocurrió en Barbacoas, segunda población en importancia en la zona, donde la multitud apedreó los despachos públicos, dejando algunos de ellos semidestruidos. Este pueblo de 21 mil habitantes, cuyas minas de oro fueron antaño célebres por su enorme riqueza, vive hoy prácticamente incomunicado y carece de los más elementales servicios. Varios de los poblados que adhirieron a la protesta no cuentan ni siquiera con luz eléctrica, como Altaguer. En otros, la atención de salud ha llegado a un nivel crítico y en casi todos los servicios de Telecom son deficientes.
Los manifestantes bloquearon la vía Pasto-Tumaco durante casi dos semanas, obligando finalmente al gobierno a negociar algunas mejoras a las ingentes necesidades y a anunciar inversiones en infraestructura. Sin embargo, la población ya no confía, pues han sido muchas y vanas las promesas. Baste recordar que Samper proclamó con bombos y platillos que volcaría miles de millones de pesos en la región, en lo que denominó el Plan Pacífico. Como lo denunciaron los dirigentes, esos dineros no se han visto.

La protesta del pueblo nariñense, víctima también del engaño y la desidia oficiales, viene a sumarse a la creciente oleada de malestar que sacude al país, y constituye un erguido ejemplo para el resto de sus compatriotas.

Del legado de Mosquera: A CINCUENTA AÑOS DE LA VICTORIA ALIADA SOBRE EL FASCISMO

(En el número 59 de Tribuna Roja iniciamos la publicación del prólogo escrito por Francisco Mosquera para el libro José Stalin, la Gran Guerra Patria, seleccionado y traducido por Gabriel Iriarte. El material del jefe del MOIR se titula “Experiencias de la Segunda Guerra Mundial para tener en cuenta”, del que hoy presentamos la segunda parte, en la cual analiza las contradicciones vigentes entre las principales potencias imperialistas antes de la conflagración.)

Aunque el fascismo configura una de las cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada, más típica, más propia de la etapa en que el capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición y de expoliación parasitaria sobre las naciones oprimidas. La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial. En la guerra de 1914-1918 las potencias triunfantes, prioritariamente Inglaterra, cimentaron y acrecieron sus respectivos imperios a expensas de Alemania que, además, hubo de aceptar la presencia y la inspección de sus contrincantes dentro de la misma casa. La burguesía germana no se resignaría voluntariamente atan humillante condición, siendo que desde el punto de vista del desarrollo se recuperaba de manera vertiginosa y evidenciaba más pujanza, a pesar de no contar con los recursos de brazos, materias primas y mercados en todos los continentes, como sus vecinos. ¡Qué de cosas maravillosas no haría con esos «protectorados», «condominios», «fideicomisos» de mis supervisores! Empero una modificación del mapa de Europa y sus colonias, al igual que en el 14, no podría intentarse más que con la violencia. Los plutócratas alemanes se dejaron tentar gustosos por los argumentos de la banda de Hitler y en las manos patibularias de éste depositaron su destino. Daban por cierta la colaboración de los regímenes de Italia y el Japón, acicateados por motivos similares. Desafiar de nuevo a los árbitros de Europa, en las circunstancias en que se debatía Alemania, iba a requerir de mucho esfuerzo y dedicación. El despotismo hitleriano proporcionó una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército altamente calificado, acorde con los adelantos técnicos y con las formas organizativas apropiada a éstos, verbigracia, las unidades mecanizadas de rápida movilidad, muy distintas a las antiguas formaciones de caballería, supérstites aún en no pocas de las instituciones militares.

Los países imperialistas vencedores, con incalculables posibilidades, disfrutan, sin muchos azoramientos ni vigilias, de su posición notablemente boyante. La abigarrada red de posesiones coloniales, fuera de proporcionarles protección durante las crisis económicas características del modo de producción capitalista, les permite a las capas privilegiadas atesorar fáciles ganancias, llevar una vida muelle y hasta distribuir un buen porcentaje del saqueo de los pueblos extraños para el soborno de sus obreros e intelectuales, a objeto de preservar la convivencia social dentro de la metrópoli. Su preocupación no estriba en prender la llamarada sino en impedir que arda. Antes que desvelarse por construir ejércitos a tono con los reclamos de la época, cifran las esperanzas de tranquilidad en los tejemanejes del control armamentístico, en la firma de los tratados, o en los cacareos demagógicos sobre la conveniencia de las reformas seudodemocráticas. La guarda de sus intereses hegemónicos la supeditan a menudo a las tropas de los países atrasados y dependientes. ¡Si algún competidor nos pisa la punta del manto imperial no vamos a quebrar lanzas y a arriesgarlo todo por esa tontería! ¡Si nos sustraen del redil un país problemático y lejano a nuestros afectos, ahí nos sobran millones de kilómetros cuadrados y centenares de millones de esclavos para alimentar la molicie de mil generaciones! Así pensaron y actuaron los líderes de Inglaterra y Francia, las dos potencias imperialistas más poderosas y a la vez más decadentes del período anterior a la segunda conflagración mundial.

Las avivatadas de Hitler contrastan con la torpeza de un Chamberlain o de un Daladier. Cuando aquél les pide en el cenit de su poderío que le entreguen los Sudetes checoslovacos a trueque de la promesa de que no habría más pretensiones territoriales, estos dos primeros ministros, cual mansas almas de Dios, volaron a Munich, en septiembre de 1938, a satisfacer las exigencias del Führer. Pero lo más grotesco consistió en que mientras la prensa occidental todavía se desgañitaba en propalar los beneficios obtenidos en pro de la obra del appeasement, Checoslovaquia entera acababa bajo la «protección» del Tercer Reich. Durante años, tanto Alemania como los otros dos destacados pilares de la coalición fascista, exteriorizaron sin recato sus deseos de expansión. Italia se quejaba permanentemente de las injusticias de que fuera víctima en la partición del botín de 1919, y no veía la hora de vengar ese trato discriminatorio de sus tramposos ex amigos. Efectivamente, en octubre de 1935, Mussolini se lanzó sobre Abisinia (hoy Etiopía) y se la adueñó. En el Extremo Oriente el Japón también se revela descontento por el Tratado de las Nueve Potencias y los demás convenios que reordenaron los asuntos asiáticos de la, posguerra; y en agosto de 1937 intensifica la ocupación del norte y el centro de China, suprimiendo en aquellas zonas cualquier otra injerencia extranjera. Los futuros signatarios del «Pacto de Acero» habían intervenido militar y mancomunadamente en España, a partir del verano de 1936. En marzo de 1938 los Panzer del general Guderian hollaron Austria. Y así, desde mucho antes de que Hitler franqueara el Rin, a principios de 1936, hasta la invasión de Polonia, el 1° de septiembre de 1939, que originó la declaración anglo-francesa de la guerra, se produjo una serie de acciones bélicas, anexiones, violaciones de acuerdos y protocolos internacionales, que no ofrecía dudas en torno a los verdaderos alcances del expansionismo fascista. Sin embargo, a cada arbitrariedad del Eje, los aliados occidentales respondieron con una concesión, en la creencia de que evitarían el conflicto, cuando en realidad estimulaban las apetencias de los belicistas y los reafirmaban en sus cuentas alegres. El día en que los héroes victoriosos de la carnicería anterior, los fundadores de la Sociedad de Naciones, los promotores del «apaciguamiento», hubieron de descolgar la panoplia y marchar inevitablemente a las trincheras, comprobaron cuántos lustros atrás se hallaban respecto a la teoría y a la práctica de la guerra, cuán poco servían sus lentas operaciones y sus inmóviles defensas ante los ágiles desplazamientos de las divisiones blindadas apoyadas por el fuego aéreo. Reducidos en un santiamén, inermes y a merced de los suministros de la industria bélica estadinense, esperarían largo rato antes de intentar el desembarco de Normandía para apalear al tigre moribundo. Los caudillos de la vieja Europa brindarían un triste espectáculo de ingenuidad e indolencia. Inclusive en medio de la contienda armada, las clases gobernantes norteamericana y europea no desecharon por completo las quimeras de conciliación ni rompieron del todo con los genocidas. Hitler supo endulzarles el oído con el cuento de que su misión se concretaba en destruir la fortaleza comunista del Este, una piadosa mentira admitida y tolerada por los grandes imperios hasta cuando se estrellaron con el hecho cumplido y terrible de que sus hermosas propiedades tenían un inescrupuloso pretendiente. La lógica de los acontecimientos era tal que la invasión a la Unión Soviética sólo podría interpretarse así: quien aspire al hegemonismo universal ha de postrar a cada uno de los colosos del planeta, quien domine a Rusia contará con un poder descomunal para postrar el mundo. A nadie pasará ya desapercibido que una vez liquidado el inconveniente soviético, la Wehrmacht regresaría por los restos: Inglaterra y los Estados Unidos.

La división entre las dos facciones alrededor de las cuales se realinderó la morralla capitalista, sus encontrados propósitos, el ascenso y la agresividad de la una, al lado de la decadencia y la indefensión de la otra, viabilizaron la alianza de la Unión Soviética con el contingente anglonorteamericano. Ninguna gestión, por desprevenida y contemporizadora que fuese, obraría el milagro de morigerar las diferencias interimperialistas. Al revés, éstas siguieron su curso normal, agudizándose a cada paso, hasta saldarse inexorablemente a cañonazos, por encima de los temblorosos pronunciamientos y las bobaliconas intrigas de la cuerda Washington-Londres-París. El zarpazo contra la seguridad del Estado socialista provenía incuestionablemente de parte de Alemania. Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada por Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, y sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles. La tergiversación respecto al mencionado protocolo soviético-alemán, que todavía hoy se zaranda después de cuarenta años, pretende en vano echar tierra a los titubeos y a las furtivas entendederas de los mandatarios occidentales con los jerarcas nazis. Abundan los testimonios de que el Kremlin repicó constantemente sobre la conveniencia de concertar la ayuda mutua con los gobiernos llamados democráticos, consciente de que se evitaría mejor el estallido de la guerra con el levantamiento de un poderoso dique de todas las naciones amantes de la paz, ante el cual se deshicieran las bravuconadas de los expansionistas, que con la adopción de la fementida política de «neutralidad» y «no intervención», con la cual se le daba luz verde a la masacre. La práctica corroboró la justeza de las directrices de Stalin para una coyuntura sin antecedentes en los anales de la clase obrera. Si bien las condiciones se asemejan a las de la década del diez, en el sentido de que la conflagración la provoca la rebatiña entre las naciones «civilizadas» por el control del orbe, había un factor nuevo: la permanencia de un próspero país socialista, habitado por 200 millones de personas, faro y ejemplo de los revolucionarios de todo el globo, cuya integridad entraba en juego al precipitarse la hecatombe. Como presa codiciada a los ojos de la sórdida reacción teutónica, la Unión Soviética no sólo no se eximiría de la contienda, sino que la vastedad de su territorio estaba destinada a servir de escenario principal de ésta. Bajo tales augurios, descubrir y facilitar los medios para la salvaguardia de Rusia, debía constituir el primer deber del proletariado internacional. Cuando Lenin encaró en 1914 el problema de la guerra imperialista calificó de judas y caínes a quienes, en nombre del comunismo y tras el argumento de proteger a sus «patrias», se coligaron con los bandoleros enzarzados en la criminal disputa por las tierras ajenas. Precisó: ni los trabajadores ni los pueblos oprimidos saldrían gananciosos de la matanza; se lucrarían únicamente los banqueros y potentados del bloque vencedor (el cual terminó siendo, como ya dijimos, el capitaneado por Gran Bretaña y Francia), y el desgaste general de los gobiernos por el esfuerzo bélico señalaría la hora de la insurrección, si los partidos proletarios no se contaminaban de chovinismo, ponían a salvo su independencia de clase y eran capaces de movilizar a las masas hacia la guerra civil contra los responsables del holocausto. Estas certeras apreciaciones sobre la época del imperialismo, o capitalismo descompuesto, se materializan magistralmente con el advenimiento de la gloriosa Revolución de Octubre. La estrategia se resume en sacar, en bien de la causa obrera, la máxima utilidad al recíproco despedazamiento de las potencias expoliadoras. Guiándose por aquellos principios leninistas básicos, Stalin propugna, en consonancia con las particularidades de la Segunda Guerra Mundial, la configuración, a la más amplia escala, del frente único antifascista. Si se consideran los múltiples aspectos de la situación, el cerco letal que atenazaba a la Unión Soviética, el apogeo del nazismo, el eclipse de los imperios europeos y la tendencia irresistible hacia la autodeterminación de las colonias amenazadas ahora por el yugo de Alemania y sus compinches, se comprenderá, sin quemar mucho fósforo, que aquel frente absolvía el interrogante de cómo aprovechar las contradicciones interimperialistas en pro de la Gran Guerra Patria y de las guerras de liberación nacional de los pueblos sometidos. Ni hablar de que las masas asalariadas de todas las latitudes recibirían el más duro golpe con el derrumbamiento de la URSS. Los resultados están a la vista. No obstante la alta cuota de sangre, la Unión Soviética sorteó la tormenta y arribó su nave a buen puerto. En Asia, medio millar de millones de chinos expulsaron fuera de sus fronteras a los japoneses y allanaron la senda hacia la revolución de nueva democracia. Otro tanto les acontece a los vietnamitas y coreanos. En Europa la táctica aplicada permite desgajar, del podrido tronco derribado, a Yugoslavia, Albania, Polonia, Checoslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria y Alemania Oriental.

Al inicio de los años cuarentas subsistía una sola república bajo la conducción obrera; después del cataclismo y de entre los escombros brotaría el campo socialista.

LA POLITICA DE LA ÉTICA

Por Alfonso Hernández

El pasado 21 de abril, en medio de un bosque de cámaras y micrófonos, el Fiscal General de la Nación, Alfonso Valdivieso, anunció órdenes de captura contra algunos capos, un dirigente político y un periodista, y el traslado a la Corte Suprema de Justicia de los expedientes de ocho congresistas y del Contralor General de la República, entre otras medidas igualmente severas. Posteriormente las acusaciones abarcarían al Procurador y a muchos otros personajes de la vida nacional.

Los diarios hablaron de un hecho trascendental, de un bombazo de la Fiscalía. El Presidente ofreció su respaldo inmediato y el embajador Frechette felicitó a los señores Samper y Valdivieso. Este último, considerado el funcionario colombiano con mayor respaldo en Estados Unidos, ocupó el cargo después de la remoción ilegal de Gustavo de Greiff, quien se había manifestado en contra de la intervención gringa en los asuntos judiciales de Colombia.

Así comenzó un nuevo episodio en la ya larga cruzada que bajo la enseña de moralizar la política, está politizando turbiamente la moral.

Al otro día de las declaraciones de Valdivieso, el Consejo Ético del Partido Liberal, aplicando el Código de Ética que había sido divulgado por los cuatro miembros de la dirección nacional, suspendió la militancia a los ocho congresistas.

Ante la queja de los sancionados porque no se les oyó, los consejeros respondieron que no estaban obligados a eso. Para la ética neoliberal es de «dinosaurios» perder el tiempo escuchando acusados. Los organismos conformados por hombres «incorruptibles», «fuera de toda sospecha», por quienes ejercen «el poder moral», pueden despojar a cualquiera de sus derechos en menos de 24 horas y, con la aviesa y atropellada ayuda de los medios de comunicación, ponerlo en la picota pública ¡antes de que algún tribunal pueda siquiera hojear los expedientes!

El apresurado debate y las revelaciones sobre el pago de camisetas y pizzas, habitaciones de hotel y cuentas de bar, crearon el ambiente para imponer una nueva reforma de las instituciones. En el foro en Cartagena sobre «poder político y poder de la prensa», organizado por Juan Manuel –el precandidato de la Casa Santos-, por la presidencia del Senado y el BID, Ernesto Samper propuso una nueva reforma del Congreso y la financiación estatal de las campañas. Recalcó que hoy la actividad pública se adelanta no sólo por fuera, sino incluso en contra de los partidos. Después de tanto barullo, es fácil concluir que el remedio no guarda relación alguna con la enfermedad.

Quizá la notificación del Fiscal sobre la posibilidad de reabrir el caso de los narcocasetes ahondó las cavilaciones del primer mandatario sobre la modernización institucional y, sin más rodeos, nombró una comisión de quince reconocidos neoliberales, la miniconstituyente, con el encargo de estructurar las propuestas en un plazo de sesenta días. Si el Congreso no aprueba las reformas, se abriría la puerta de otro plebiscito.

Dicha comisión cumple el recado de elaborar fórmulas orientadas a lograr que el Parlamento sea más ágil, es decir, más obediente; a establecer la financiación estatal de los partidos, o sea, que sólo quienes controlen o gocen de los favores de los medios de comunicación puedan hacer campaña; a consagrar la «respetuosa oposición de su majestad» y a erigir fiscales y consejeros éticos en todas las organizaciones políticas.

Salta a la vista que las propuestas no tienen origen en el caletre del actual mandatario, sino en el de los sumos sacerdotes de Washington. El Comité de Relaciones Exteriores del Senado norteamericano aprobó recientemente que para certificar a Colombia es necesario investigar los partidos y reformar la justicia.

Los potentados gringos, quienes aúnan poderes económicos y políticos, han resuelto monopolizar también la fabricación y el mercado del nuevo credo moral y los pueblos han de atenerse a su mandato: apertura de los mercados, remate de los bienes públicos, subasta de los recursos naturales y adecuación de las instituciones políticas y de la ideología al Decátologo imperial. En éste no tienen cabida los «obsoletos» criterios de soberanía o cultura nacionales.

El poder ejecutivo debe ser fortalecido para que cumpla prestamente los dictados yanquis. Prueba fehaciente de lo aquí afirmado es el caso de reciente ocurrencia en el que Samper recibió órdenes del presidente de un cartel petrolero, la Texas, interesada en explotar por tiempo indefinido el gas de la Guajira. Los afanes de la superpotencia exigen que no se pierda tiempo en los enojosos requisitos de la democracia representativa. Ésta es suplantada por el engendro de la «democracia participativa» que permite la dictadura del Ejecutivo, reduciendo las Cámaras a una simple decoración.

Por ello el Congreso será reformado, apaleado y aun revocado cuantas veces sea necesario.
La vieja «clase política», los «barones electorales», los «partidos históricos», ya no garantizan eficiencia para los planes de avasallamiento. De acuerdo con el principio de costo-beneficio, el clientelismo disperso de los jefes regionales debe ser reemplazado por un clientelismo centralizado por el Presidente desde redes de solidaridad, colfuturos, etc. Los criados envejecidos son desplazados por los yuppies, adoctrinados en universidades gringas, vástagos ideológicos de la metrópoli, sin sombras de las «anquilosadas» nociones de patria.

Si es necesario desbaratar los partidos, ahí están las organizaciones no gubernamentales, las ong, que hacen una política más adecuada al mercado, por contrato.

A los denostados congresistas se les pide, eso si, que aprueben pronto las leyes que el gobierno presenta tarde y que aporten los votos necesarios en la campaña presidencial. ¡Los astutos barones electorales elevan cándidamente a quienes los aniquilan!

Cuando el canciller Pardo se atrevió a pedir al señor Gelbart información sobre cuántos agentes de la DEA operan en Colombia y qué hacen, éste respondió: «Así no se le habla al gobierno de los Estados Unidos».

La reprensión no deja lugar a duda: cualquier «insolencia» será castigada. Para eso existe, entre otras mortíferas armas, el chantaje ético, en el cual han exhibido gran maestría los norteamericanos. La nueva ética, bastante flexible, como todo en el neoliberalismo, les permite lanzar con regularidad campañas y acusaciones, que finalmente ni comprueban ni desmienten. Las afirmaciones del agente de la DEA, Joe Toft, el famoso escándalo de los narcocasetes que la agencia antinarcóticos norteamericana mando con el candidato perdedor y el de de Jesse Helms que anunciaba la presentación de pruebas irrefutables a través de su testigo, María que nunca apareció, permiten esclarecer que a la superpotencia le interesa es otra cosa. Por eso un rato elogian los esfuerzos de Colombia en la lucha contra el narcotráfico y, en seguida la vituperan… Nada de esto les impide engullirse y lavar 80% de los dineros que se originan en ese negocio, como lo reconoció The Wall Street Journal. Es el papel mimético que juega lo ético en el imperio. Ética mefítica.

¿Serán los adoradores del dólar y del principio de la máxima ganancia los que garanticen el respeto a los recursos estatales y rechazo a las fortunas ilícitas? ¿Arruinando la industria y agricultura nacionales, como lo hace la apertura, se podrá acabar con el narcotráfico, o por el contrario se fortalecerá?

Los hechos demuestran que los fieles de los dogmas neoliberales no necesitan pasar a la otra vida para recibir las recompensas; con sólo ir al otro hemisferio son retribuidos con posiciones en el Banco Mundial y en la OEA, en todo caso, los poderes absolutos les permiten disfrutar a su antojo del erario, como lo demuestran los ejemplos de Gaviria, Collor de Melo, Fujimori, Menem, Salinas de Gortari y Carlos Andrés Pérez.

Colombia debe juzgar a toda clase de delincuentes y erradicar el comercio de narcóticos pero no puede permitir que bajo esos pretextos se huellé la soberanía nacional, se devasten sus renglones productivos, se desconozcan elementales preceptos democráticos y se imponga una camarilla, la más inescrupulosa de todas.

LA CGTD RESPALDA EL PARO CAFETERO

«La Unidad Cafetera Nacional ha convocado para el 19 de julio un paro nacional como protesta por la aguda crisis que vive la producción del grano, como consecuencia de los bajos precios, el gigantesco endeudamiento, los estragos de la roya y la broca, y la amenaza de privatización o liquidación de las instituciones cafeteras.

Las causas de la crisis se originan principalmente en el rompimiento del Pacto Mundial del Café y en las maniobras especulativas de las trasnacionales, principalmente norteamericanas, para envilecer los precios en el mercado mundial. A la ruina de los caficultores han contribuido tanto las políticas oficiales como los especuladores foráneos.
El Fondo Nacional del Café, la institución que se nutre de los ahorros de los productores y cuya misión es protegerlos en los tiempos de bajos precios, ha sufrido un permanente saqueo de sus recursos por parte del gobierno. Estas transferencias suman 3.600 millones de dólares en los últimos 25 años.
La política neoliberal eliminó los subsidios a la producción, especialmente en el aporte al control de plagas y enfermedades del café; los cafeteros tienen deudas bancarias por más de 270 mil millones de pesos, a interese, comerciales, porque los créditos de fomento los acabó el «revolcón». Ahora la fiebre privatizadora de Samper y Perry los hace soñar con entregar las instituciones cafeteras al control del capital financiero.

La CGTD expresa su respaldo y solidaridad con este justo movimiento de protesta que realizarán 300 mil familias de colombianos que dependen del cultivo y la producción cafetera; convoca a todo el movimiento sindical a que contribuya a su preparación en los 200 municipios donde ésta es la principal actividad económica; destaca la posición patriótica de la Iglesia Católica, de los concejos y asambleas de los departamentos cafeteros, de centenares de dirigentes y personalidades de la política, la economía y la cultura, que han dado su respaldo al movimiento, y exhorta al gobierno nacional a que, en un plano de seriedad ante la gravedad de la crisis, adopte las medidas que exigen los caficultores de Colombia».

Mario de J. Valderrama, presidente. Julio Roberto Gómez Esguerra, secretario general. Yezid García Abello, secretario general adjunto.

RESOLUCIÓN DE UNIDAD CAFETERA

La 5a. Reunión Nacional de Dirigentes realizada en Pereira el 24 de mayo, teniendo en cuenta:

1. Que toda la sociedad colombiana terminó por aceptar los argumentos de Unidad Cafetera con respecto a la gravedad de la crisis que padecen los caficultores. Y que también quedaron demostrados los efectos positivos de los masivos y democráticos reclamos de los productores de café.

2. Que las medidas tomadas por el Comité Nacional de Cafeteros luego de la Marcha a Manizales no son suficientes para sacar a millares de cafeteros de la bancarrotá en que se debaten.

3. Que a pesar del tremendo daño causado por las medidas oficiales a la caficultura, la administración Samper sólo ha aportado una ínfima suma para atender la crisis, en tanto impuso continuar con la liquidación del patrimonio de los cafeteros.

Resuelve

1. Realizar el próximo 19 de julio un Paro Cívico Cafetero Nacional de 24 horas en procura de alza del precio interno, condonación de deudas, declaratoria de la emergencia fitosanitaria nacional contra la broca, defensa de las instituciones que protegen a los cafeteros y cese de los reavalúos catastrales de sus fincas. Como todas las protestas organizadas por Unidad Cafetera, ésta también se realizará dentro de los criterios pacíficos y democráticos de las anteriores.

2. Invitar a los caficultores de todas las agremiaciones y, especialmente, a los dirigentes de las cooperativas y de los comités de cafeteros para que se vinculen a la organización de la protesta. Así mismo, acordar con agricultores, comerciantes, industriales, transportadores, Iglesia Católica, acciones comunales, alcaldes populares, concejos municipales, asambleas departamentales, líderes políticos, asociaciones gremiales y sindicales, educadores, estudiantes y con toda la población su vinculación a este primer Paro Cívico Cafetero Nacional en defensa de la producción de café y de toda la economía de las zonas cafeteras.

3. Autorizar a la dirección nacional de Unidad Cafetera para que suspenda el paro de 24 horas en caso de que las autoridades cafeteras les den solución a las peticiones señaladas. Igualmente, autorizarla para que fije la hora cero de un paro cívico cafetero nacional indefinido si las autoridades no responden positivamente al paro de 24 horas.

Aprobada unánimemente por 500 delegados, en representación de ocho departamentos.

CONGRESO NACIONAL DE CONCEJALES APOYA EL PARO CÍVICO DE LOS PRODUCTORES

El II Congreso Nacional de Concejales, reunido en Manizales los días 16,17 y 18 de junio, aprobó por unanimidad apoyar el paro convocado por Unidad Cafetera Nacional.

El Congreso resolvió:

1. Respaldar el Paro Cívico Nacional Cafetero del próximo 19 de julio.
2. Invitar a todos los concejales del país para que se vinculen activamente en la organización y realización de este reclamo democrático y pacífico.
3. Solicitar al gobierno y a la Federación el empleo de recursos oficiales y del Fondo Nacional del Café para darles cabal solución a las peticiones de los caficultores: alza del precio, condonación de deudas, respaldo contra la broca y defensa de las instituciones que protegen a los caficultores, incluida la Caja Agraria.

CRECE RESISTENCIA CAFETERA

Por Juan Ahumada Farietta

Convocar un Paro Cívico Cafetero Nacional fue una decisión difícil de tomar, sobre todo porque no hay antecedentes de una protesta agraria de esa magnitud en la historia reciente de Colombia y menos en el gremio cafetero. Pero en el recinto de la Asamblea de Risaralda, 500 delegados procedentes de ocho departamentos se pusieron de pie, sin ninguna vacilación, para respaldar la propuesta.

No era para menos. Desde hace un quinquenio, la economía cafetera padece la peor crisis de su historia debido a que los costos de producción se han incrementado con desmesura y a ellos se han sumado las onerosas exigencias que impone el control de la broca. En contraste, el precio interno se ha reducido en términos reales; la calidad del grano se ha deteriorado por la plaga y por la imposibilidad que tienen los cafeteros de mantener adecuadamente los cultivos y renovarlos; y todo esto ha redundado en la disminución drástica de la producción.

El resultado de estas tragedias se resume en que miles de cafeteros se encuentran a punto de perder sus tierras ante la imposibilidad de cancelar las deudas bancarias. En tanto, las autoridades cafeteras, y el gobierno es la principal de ellas, no sólo ignoran la gravedad de la crisis, sino que mantienen las orientaciones neoliberales que la han generado.

El apoyo unánime al movimiento se ha manifestado en la entusiasta labor de preparación. La creación de Comités de Paro avanza, superando las expectativas. En cada municipio, a los dirigentes de Unidad Cafetera se han unido representantes de los transportadores, el comercio, el clero, la dirigencia comunal, el movimiento sindical, los partidos políticos y numerosas personalidades. No hay que olvidar que el cultivo del grano es la principal actividad económica de trescientos municipios.
Según las posibilidades de cada sitio, se tiene previsto que los millares de participantes se concentren en las plazas principales o en las vías cercanas. Pancartas alusivas al pliego cafetero, almuerzos para los campesinos, transporte para las miles de personas, desfiles y marchas, troveros y otras muchas actividades se vienen preparando en forma acelerada.

La solidaridad no se ha hecho esperar. Monseñor José Luis Serna, obispo de Honda-Líbano, autorizó hacer pública su voz de aliento con el paro. El presidente del Senado, Juan Guillermo Ángel, manifestó también su apoyo a las peticiones y a la jornada. Las Asambleas de Antioquia, Tolima y Quindío aprobaron resoluciones de respaldo, y otro tanto hicieron veinte concejos del Viejo Caldas. Numerosos miembros de comités municipales de cafeteros han comunicado que se vincularán. Los comités de Palestina y Santa Rosa de Cabal decidieron sumarse en bloque al movimiento. El Sindicato de Trabajadores de la Caja Agraria y el magisterio de Caldas, Risaralda y Antioquia anunciaron que también pararán el 19 de julio.

Los cafeteros son cada vez más conscientes de que las penas que los abruman tienen como causa de fondo las políticas neoliberales impuestas por Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional. Desde el rompimiento del Pacto Mundial del Café, merced a las intrigas de los Frechette, hasta las medidas anticafeteras que han aplicado los gobiernos de Gaviria y Samper, tales como la revaluación del peso, la privatización de las instituciones cafeteras, el saqueo del Fondo Nacional del Café, la sujeción del precio interno a los vaivenes del mercado internacional y el diluvio de impuestos, son hechos que demuestran a los productores que no pueden confiar sus intereses a gobernantes que, antes que en el futuro de la nación, piensan en los mandatos de Norteamérica y de los monopolios especuladores. El progresivo crecimiento de Unidad Cafetera Nacional, la respuesta masiva de los cultivadores a las convocatorias de la joven organización y la radicalización paulatina de las protestas realizadas, indican que los cafeteros empiezan a decidir por cuenta propia su destino.

MONSEÑOR JOSÉ LUIS SERNA, LA VOZ DE LA IGLESIA

Monseñor José Luis Serna, obispo de la diócesis Honda-Líbano, y quien ha venido brindando a los caficultores del norte del Tolima una valiosa solidaridad, concedió en días pasados una entrevista al diario El Espectador, en la cual respaldó el paro cívico cafetero nacional.

Al referirse a la situación de los pequeños y medianos productores, el prelado manifestó:
«Cuántas lágrimas están vertiendo estos cafeteros, unas veces en silencio, otras en mi oficina y otras en reuniones, mientras el gobierno es completamente insensible a esta situación dramática.

«Las promesas del gobierno se han convertido en un caramelo o caramelito que les dieron a los campesinos. La situación sigue siendo igual o más crítica que antes de la huelga en cuanto a respuestas del gobierno. A mí lo que me preocupa es que no quieren entender que esta situación es grave”.

«Hace un mes nos reunimos con el doctor Cárdenas y él mismo coincidió en afirmar que el problema es grave, que se trata de una situación de convulsión social y reconoció que es necesario afrontarlo con decisión, pero hasta ahora no se ha dado ninguna respuesta favorable».

Monseñor Serna presentó además una cruda estadística de los efectos de la crisis cafetera en su diócesis, con un inventario de las fincas abandonadas o rematadas, como también de los estudiantes que han tenido que abandonar sus estudios y de la recesión económica.

«Vamos a hablar sinceramente del hambre que está cundiendo por nuestra región. Yo no soy un técnico, pero quiero presentar el aspecto humano de esta situación dramática para nuestros campesinos».