ENTRE LO SUPERFLUO Y ACCESORIO SACAR LO PRINCIPAL

Durante lo que hemos dado en denominar el período post-electoral descuellan las contradicciones tocantes con la interpretación del gobierno de Alfonso López Michelsen: la campaña de la Unión Nacional de Oposición se distinguió por haber concentrado el ataque contra los candidatos presidenciales del liberalismo y el conservatismo, pero después de que uno de estos dos candidatos asumió el poder con la estrecha colaboración del otro, no fue factible mantener la identificación en concebir una lucha que sería la prolongación de la pelea por la cual nos aliamos. De nuestra parte podemos afirmar que tales desavenencias las procuramos debatir en las reuniones bilaterales o en el seno de la UNO; sin embargo, ustedes madrugaron a publicar su traducción antimoirista de las mismas. He aquí un compendio, a manera de abrebocas, de dichas versiones del Partido Comunista:

“Arrancando algunas líneas de documentos del PCC, separándolas de su texto y presentándolas como prueba flagrante del ‘gobiernismo’ del PC, sindican a éste de ‘posiciones poco firmes contra López’. Para esto se agarran de la diferenciación que hemos hecho de ciertos sectores del gobierno. ¡Curiosos maoísta estos del MOIR! Olvidan que el propio Mao, al que santifican, les enseñó que hay que diferenciar los matices del gobierno enemigo”.[46]

Lo curioso no es que el MOIR, en gracia de discusión, llegue a cometer errores al asimilar y aplicar el pensamiento de Mao Tsetung, el más grande marxista-leninista, porque al fin y al cabo no somos infalibles y tenemos siempre presente una de las recomendaciones olvidadas de los jefes inmortales del proletariado: el que sirve al pueblo de todo corazón no teme equivocarse y le sobra valor para reconocer las deficiencias y corregirlas en bien de su justa causa. Lo curioso es que, con tal de encubrir sus desatinos, el hirsuto antimaoísmo del Partido Comunista no le impida referirse a la dialéctica materialista demoledora de Mao Tsetung, que salió triunfante de cuatro guerras y tres revoluciones y transformó a la China milenaria de Confucio en la China socialista moderna, todo ello en el lapso de cincuenta años, es decir, en un cuarto de siglo menos de lo que llevan los revolucionarios de Colombia batallando contra el imperialismo norteamericano, desde los tiempos remotos de la separación Panamá. Algún día, ojalá no lejano, tengamos el privilegio de describirle a fondo a nuestro pueblo cómo ha sido de destructora y constructora a la vez la portentosa lucha del Partido Comunista de China y de su máximo y más querido dirigente, no sólo para labrar un porvenir venturoso de trabajo y progreso a los 800 millones de seres del pueblo chino, sino para apoyar a los pueblos hermanos que combaten como éste contra el imperialismo y el hegemonismo y a favor de la revolución y de la paz mundial. Hoy el deber nos impone la excluyente labor de examinar cuán dialécticos y materialistas han sido los combatientes colombianos al otro lado del globo.

El MOIR les concede atención a las interpretaciones y explicaciones que sus aliados hacen del régimen de López Michelsen, porque éstas influyen determinantemente en la posición y la lucha que despliegue la UNO frente a la coalición oligárquica proimperialista gobernante. Atrás quedó analizado el comportamiento oportunista que en tal sentido tuvieron tres de los cuatro parlamentarios del Movimiento Amplio Colombiano. Las discrepancias con los tres congresistas del MAC arrancan del momento mismo en que Hernando Echeverri acuñó como suya y en calidad de personero destacado de la UNO, la consigna prestada a la ANAPO de que la oposición atacaría las medidas “negativas” y aplaudiría las “positivas” de la nueva administración. Aunque en un principio se tildó nuestra crítica de rebuscada, no fue necesario esperar demasiado para observar cómo la divisa de apoyar lo”bueno” y denunciar lo “malo” del gobierno, y las otras consignas gemelas de que la UNO haría una “oposición científica”, una “oposición racional”, una “oposición persuasiva”, no eran más que el preludio del ulterior deslizamiento hacia la madriguera de los vencedores de la víspera. Anotábamos en algunas de esas discusiones internas que aceptar la hipótesis de que al nuevo régimen lopista, entre la escoria de sus proyectos antipopulares y antinacionales, podría escurrírsele uno que otro decreto en beneficio del pueblo, sería hacerle el juego a la contracorriente derechista de moda que proclama: con el advenimiento del liberalismo al Poder “los mejores días están por llegar”.

Hace un año que López Michelsen recibió el mando y, a pesar de que ya ensayó cuanto “experimento” se le haya ocurrido lesivo para las masas populares y el país, lo mismo en el campo de la soberanía, como en los terrenos económico, militar y cultural, todavía resuena en el ambiente el eco de la vocinglería laudatoria con que los exponentes de los más variados movimientos celebraron el ascenso al trono del mesías prometido. Ni la UNO se salvó de participar en el multitudinario cortejo de aduladores que llevó en andas hasta el solio de Bolívar al escogido entre veinticuatro millones de colombianos. Ahí, con el tropel de manzanillos, en primera fila, estaban batiendo palmas Echeverri y sus dos escuderos. Era como si nadie recordara la historia del país y todos hubieran olvidado los cien discursos del presidente electo durante la reciente campaña electoral, con los cuales, de distinto modo expuso que él no encarnaba siquiera al compañero jefe del Movimiento Revolucionario Liberal, sino a uno de los delfines que la oligarquía liberal-conservadora había designado para continuar la obra inconclusa del Frente Nacional. Pero, al contrario del cuento de García Márquez, ninguno le creería este “presagio”. A él, que pasará a la historia cual vulgar continuador, se le presentaba, lo mismo que a su padre cuarenta años antes, que nada inauguró tampoco, como el forjador de una nueva época.

Las doce familias liberales y las doce familias conservadoras más ricas de Colombia, de que hablara Gaitán, no cabían en sí de gozo. Si no habían inaugurado una nueva época, por lo manos habían descubierto un método que aparentemente no fallaba para apacentar el rebaño: confiar sus intereses a personajes obsequiosos y con veleidades “izquierdistas” en el pasado, y llamar a calificar servicios a los “jefes naturales” reconocidos y quemados ante el pueblo a consecuencia de su tétrico historial. Desde luego que no todo siguió siendo exactamente igual. El lenguaje oficialista tuvo un cambio notable: en lugar de dependencia extranjera se dirá “interdependencia” de Colombia y los Estados Unidos; no habrá desarrollismo a secas, habrá “desarrollismo con justicia social”; quedaron proscritos los delitos de opinión, sólo tendremos “delitos de información”; se acabó el estado de sitio para perseguir a los enemigos del gobierno, se establecerá para sancionar “los delitos comunes”; los campesinos proseguirán sin tierras no por falta de reforma agraria, sino porque estábamos “mal informados”, en Colombia “no existen” terratenientes; a los obreros se les “protegerá su poder adquisitivo” impidiendo el alza de salarios; los estudiantes no tendrán “rectores policías”, únicamente serán reprimidos en nombre de “experimentos marxistas”, y la alianza liberal-conservadora dejará de ser reaccionaria y de derecha, en adelante se le reconocerá como mandato de “centro-izquierda”. A ese estilo refinado, sibilino y farisaico para acicalar las políticas más oscurantistas y retrógradas de la oligarquía proimperialista, se le atribuyen los tres millones de votos obtenidos por el Partido Liberal el 21 de abril. No nos debiera extrañar entonces que el nuevo lenguaje oficial se propagase como la peste contagiosa. Hasta el mismísimo Ospina Pérez, dando el ejemplo, sorprendió a propios y extraños autocalificándose conservador de “izquierda”.

Contra toda esta tendencia de adornar con retórica barata las oscuras intenciones de las clases dominantes, llamaba el MOIR a la UNO a ponerse en guardia. Ni a las personas ni a los partidos los podemos juzgar solamente por lo que dicen. Si el arte de la política reaccionaria es, entre otras cosas, embaucar al pueblo, el arte de los política revolucionaria debe consistir preferencialmente en desenmascarar los verdaderos propósitos que se esconden tras las palabras melifluas de los adversarios de clase. Así las masas populares lograrán prepararse, armarse y vencer en la lucha contra los enemigos más tramposos y más ladinos. En el debate electoral la Unión Nacional de Oposición explicó hasta la saciedad que cualquiera de los dos candidatos de los partidos tradicionales que resultare escogido por la oligarquía vendepatria, en últimas resultaría una tragedia semejante. Los portavoces de la UNO solían decir en sus discursos agitacionales que López y Gómez eran “la misma perra con distinta guasca”. A los campesinos avanzados de la Costa Atlántica les escuchamos también con sus propias metáforas que los dos candidatos oligárquicos eran “cucarachos del mismo calabazo”, y lo celebrábamos como la comprensión plena de la jugada que estaba poniendo en práctica la Gran Coalición burgués-terrateniente proimperialista.

A algún historiador de pacotilla se le podrá ocurrir en el futuro que tan tajante afirmación dejaba por fuera del análisis las diferencias que median entre el hijo de Laureano Gómez Castro y el hijo de Alfonso López Pumarejo. La política revolucionaria, aprovechando los aspectos secundarios y la apariencia de las cosas, hace énfasis en el aspecto principal y en la esencia de éstas. Al contrario, la reacción busca que el pueblo se enrede en los fenómenos externos, en la forma como se presentan los problemas, para que no pueda jamás desentrañar las leyes y contradicciones internas que rigen y determinan el curso de los acontecimientos. De esta manera engañan y confunden a las masas explotadas y subyugadas. La misión educadora de un partido proletario revolucionario radica en sacar entre lo superfluo y accesorio, la raíz y el meollo de las contradicciones de clase, y con base en ello elabora una estrategia y una táctica acertadas. Así opera la dialéctica revolucionaria.

Por eso el MOIR alertaba en su tiempo que las candidaturas de Gómez y López, no obstante sus diferencias formales, estaban en loo esencial identificadas. Afirmábamos:

“Cierto es que a pesar del entendimiento hay diferencias entre los candidatos de los partidos tradicionales. Pero éstas son secundarias. Se refieren más a la manera de cómo preservar mejor, no sólo los privilegios del imperialismo, sino de las clases explotadoras colombianas que se benefician del ignominioso sistema que mantiene esquilmado al país y sometido al pueblo. Las diferencias entre ellos son transitorias, mientras el entendimiento es necesario y permanente. (…) El uno dice: primero ‘desarrollo’ y luego ‘distribución’; el otro refuta; ‘desarrollo’ con ‘justicia social’. ¿Pero cuál es el medio que proponen López y Gómez para realizar sus propuestas? Es uno solo, la necesidad y urgencia del capital extranjero”. [47]

La prueba irrecusable de que los dos herederos en línea directa del liberalismo y el conservatismo estaban predestinados a prorrogar la vieja coalición de sus progenitores, fue analizada cuando vimos los alcances de la reforma constitucional de 1968, que prolonga por otros medios y con otro nombre el dominio bipartidista típico del Frente Nacional. Acuerdo que los dos candidatos oficiales habían jurado respetar en las respectivas convenciones de sus partidos. Las elecciones de 1974 no fueron más que la puja de los delfines, una inmensa farsa para averiguar quién de los dos hacía las veces de anfitrión de su oponente en el Palacio de San Carlos. Los visos singulares de sus programas no podían ocultar una realidad tan gigantesca como era la de que ambos proponían el “desarrollo nacional” con base en la dominación del imperialismo norteamericano sobre nuestra patria. El fundamento económico seguiría siendo el mismo, empuñara el timón del Estado el señor Gómez o el señor López. Los planes y proyectos continuarían dependiendo en absoluto de las “recomendaciones” de los monopolios imperialistas. Hasta para abrir una letrina habrá que pedirles el visto bueno a las agencias prestamistas especializadas extranjeras. Y este fundamento económico les imprime su marca de hierro candente a todas y cada una de las medidas del régimen, sea cual fuere el ave que trine en la casa presidencial. Así concluye el materialista revolucionario cuando enfoca la política y las declaraciones de buena voluntad de los agentes del imperialismo. Por eso teníamos toda la razón al sostener durante la campaña electoral que entre el “desarrollismo” de Álvaro Gómez y la política de “ingresos y salarios” de Alfonso López Michelsen no mediaba una diferencia sustancial. Gómez Hurtado pedía abiertamente que se permitiera la injerencia del capital extranjero como vía de “desarrollo”, López, como genuino liberal, matizaba esta recomendación pero no se apartaba de ella. Un año de práctica del nuevo gobierno ha clarificado plenamente todo, confirmando las tesis expuestas por nosotros. El señor López resultó un continuador ejemplar: ha aumentado los impuestos y las tarifas al pueblo para cumplir los compromisos estatales de endeudamiento; abrió las esclusas de los precios y produjo la mayor espiral alcista de la historia del país; ha tolerado quintuplicada la inmoralidad administrativa; colmó de privilegios a los grandes banqueros y a los pulpos urbanizadores; ha consolidado las aberrantes garantías de los latifundistas y de la burguesía intermediaria, e implantó el estado de sitio, los consejos verbales de guerra y demás disposiciones represivas para privar de las libertades públicas y de los derechos democráticos a las masas populares. Todo ello con el aplauso de su socio conservador, al margen de las cordiales discordancias. Y quienes abrigaron ciertas ilusiones sobre el mandato liberal de “centro-izquierda”, ante la evidencia abrumadora de los hechos, salen clamando escandalizados: “El gobierno viró a la derecha!”. Pero no hay tal; no es que el gobierno haya cambiado, sus obras son hijas legítimas de su naturaleza profundamente reaccionaria y antinacional. Lo que pasa es que algunas personas no saben descubrir a tiempo “tras la bondad de las palabras la impiedad para los hombres de su pueblo”.

OPINIONES SOBRE EL LOPISMO EN CUATRO TEMAS

En el marco de esa situación post-electoral afloraron las nuevas contradicciones que han sumido a la UNO en una crisis recurrente. Las expectativas benévolas que el Partido Comunista ha propiciado sobre el gobierno de López Michelsen terminaron por paralizar a la Unión Nacional de Oposición. La crítica la habíamos formulado en distintas reuniones. A través de esta carta la resumiremos global y públicamente. Como ustedes nos han acusado de que arrancamos “algunas líneas de documentos del PCC, separándolas de su texto y presentándolas como prueba flagrante del ‘gobiernismo’ del PC”, vamos a citar párrafos enteros de aquellos materiales en los cuales se expresan de la forma más explícita las concepciones erróneas motivo de esta controversia. Al mes siguiente de las elecciones ustedes comentaron el resultado de la campaña y las perspectivas para el nuevo período como transcribimos a continuación:

“La derrota de la ultraderecha es mucho más significativa de las tendencias políticas colombianas”. (…).

“Se ha demostrado en este debate electoral que la tendencia predominante en el pueblo colombiano es de signo democrático y progresista, que presiona por el cambio de la situación económica, social y política de la etapa del ‘frente nacional’. Esto se comprueba si se tiene en cuenta que contra el sector ultraderechista se pronunció la aplastante mayoría de los participantes en las elecciones: los que votaron por López, María Eugenia y Echeverri”. (…)

“López planteó el contenido de su campaña sobre la base de diferenciarse no sólo en lo político sino también en lo económico y social, de su rival por la Presidencia de la República. López prometió abocar la solución de los problemas más apremiantes del pueblo sobre bases distintas a las del frente oligárquico paritario. (…) A ello hay que agregar una razón que no es la menor para el triunfo de López: el núcleo principal de la gran burguesía puso sus cartas en favor del candidato liberal, por la continuidad sin sobresaltos del sistema actual y contra los aspectos más anticuados y aventureros de la ultraderecha. Además, los imperialitas yanquis y sus agentes más caracterizados tuvieron claro, casi desde el principio de la campaña electoral, que en la actual situación colombiana y latinoamericana, la carta de López era para ellos más segura que la de Gómez. Igualmente, los grupos más importantes de los grandes terratenientes, que al principio se hacían eco de la demagogia reaccionaria de Gómez, terminaron por rodear a López o se mantuvieron en actitud de expectativa. Tanto el imperialismo yanqui como los latifundistas presionaron al candidato liberal para que tomara posiciones más definidas y López les hizo cada vez más y más concesiones”. (…)

“Muchos sectores democráticos apoyaron a López con la ilusión de que realmente va a significar un cambio de lo actual, un avance hacia la democracia y el progreso social, una solución de los grandes problemas de las masas trabajadoras”. (…)

“Nosotros sabemos que en lo esencial, López es la continuidad del sistema. Pero centenares de miles de colombianos suponen que no es así y han depositado en López su esperanza de cambios importantes. Y seguramente, luego de un período de expectativa, estarán dispuestos a presionar porque se produzcan efectivamente los cambios que anhelan. En este sentido, López no es solamente el Presidente del temor a la ultraderecha sino que también es en parte el Presidente del descontento y la esperanza de grandes masas. Esto, que puede parecer una paradoja para algunos, es una realidad. Así lo considera el propio López”.[48]

Y en noviembre ustedes sacaron conclusiones mucho más definitivas:

“En el liberalismo se han demarcado el lopismo, el llerismo y el turbayismo. Lo más significativo es la oposición a la política de López, que ha asumido Lleras Restrepo, quien trata de recoger las manifestaciones de descontento de núcleos de la gran burguesía (exportadores y comerciantes) y de los terratenientes, molestos porque algunos jugosos filones de sus negocios se les han reducido o modificado. La agresiva actitud del ex presidente es una posición de derecha que persigue dejar las cosas sin el menor cambio, mientras que López y sus amigos políticos tienen conciencia de la necesidad de que algo cambie para que todo siga igual.

“La pugna jurídica sobre el artículo 122 de la Constitución, debate en el cual se han caracterizado conocidos lleristas como Augusto Espinosa Valderrama, vinculado a los grandes negocios de la tierra en Santander, es un antifaz para esconder el fondo del problema. Porque fueron los lleristas los que impulsaron la reaccionaria reforma de 1968 que establece la dictadura económica presidencial.

“La maniobra de Lleras Restrepo está dirigida a reorganizar la política del frente nacional, a atraer a los sectores ospinistas al fortalecimiento de una coalición oligárquica con vistas a futuros desarrollos de la política y como alternativa a las posiciones ‘liberales’ de la administración López.

“En las directivas conservadoras se manifiestan igualmente las contradicciones frente al desarrollo de la política oficial. Cada vez se cristaliza más un sector autodenominado ‘progresista’, francamente favorable a las medidas del gobierno, mientras que el sector de Gómez Hurtado las critica, sobre todo aquellas que tienen aspectos democráticos (ampliación del margen de libertades, tolerancia a la actividad del Partido Comunista, necesidad de las relaciones con Cuba).

“Las medidas oficiales han repercutido también en la oposición. Hay sectores de la UNO que no ven la necesidad de una oposición democrática adecuada en sus métodos y persuasiva con las masas ilusionadas en López”. (…).

“Es posible arrancar al sistema concesiones importantes en materia de libertades y otros puntos del programa de la UNO. Y debemos reivindicar como un logro del movimiento popular cada posición ganada en vez de permitir que el gobierno las presente como graciosas y voluntarias concesiones de la burguesía, contribuyendo a fomentar las ilusiones de las masas”. (…)

“El contenido y el carácter de nuestra oposición es radicalmente distinto de la oposición de derecha. Además, no debe olvidarse que el grupo dirigente de la burguesía conciliadora no representa al sector más retrógrado de la oligarquía colombiana y, por tanto, siempre habrá una oposición de derecha que sí expresa los intereses de las capas más reaccionarias de los grupos diversos de los monopolios para los cuales hasta la menor concesión es un ataque al sacrosanto ‘orden’ burgués.

“Pero la verdad es que le gobierno sí tiene un sector de derecha muy definido compuesto por el Ministro de Gobierno, los cuerpos policivos, el grupo de generales que han hecho la contraguerrilla (Matallana, Valencia Tovar), el Ministro de Agricultura. En nuestra acción unitaria y de oposición, tenemos que golpear principalmente a este sector, luchar por aislarlo y por desenmascararlo como responsable de los aspectos más negativos del Gobierno de López”.[49]

Finalmente, en el pleno de abril último, ustedes completaron:

“En el informe al Pleno de Mayo del año pasado (…) se insistía en la idea de que estamos en una situación política diferente del período de dominación absoluta del ‘Frente Nacional’.

“En dicho informe se señala que: “Estamos en los comienzos de un proceso político nuevo (…) que puede ser conducido hacia el fortalecimiento de una nueva situación nacional, hacia una nueva situación política y hacia un nuevo poder”. (…)

“Efectivamente, si se compara la situación actual con la etapa anterior, lo que se destaca es el logro, por parte de las fuerzas populares, de un nuevo clima para su acción y organización, conquistando garantías y derechos que, a pesar de no ser aún muy decisivos, sí tienen importancia como estimulantes de la acción popular.

“Se trata de un terreno conquistado por la movilización popular y la larga lucha democrática contra el estado de sitio, contra los aspectos ultrarreaccionarios del llamado ‘frente nacional’, por las libertades y derechos democráticos para el pueblo”. (…)

“El cuadro general del sistema del ‘frente nacional’, ideado en el marco del entendimiento entre los grupos más reaccionarios de la gran burguesía de nuestro país, se sostiene en algunos de sus principales aspectos (repartición por iguales partes entre liberales y conservadores del sector administrativo y judicial, manejo omnímodo del aparato electoral, extrema limitación del Congreso y de los cuerpos colegiados en general). Pero es evidente la tendencia hacia el retroceso de esa estructura antidemocrática, tan cuidadosamente creada por Laureano Gómez y Alberto Lleras.

“Lo importante de precisar es que este aspecto de la situación favorece el desarrollo de las luchas inmediatas por reivindicaciones democráticas más amplias y por la demolición de una serie de obstáculos que traban el desenvolvimiento de las luchas y de la organización de las masas populares”. (…)

“Hay que tener en cuenta que se trata de un gobierno que fue elegido por grandes masas democráticas y que tiene un cierto compromiso con esas masas, a las que no puede volver totalmente la espalda, para tratarlas sólo a punta de represión y estado de sitio, como en gobiernos anteriores sin correr el riesgo de un rápido y absoluto descrédito”.[50]

Hasta aquí los apartes más demostrativos del pensamiento del Partido Comunista alrededor del análisis sobre el triunfo de López Michelsen del 21 de abril y el período que le sucedió. Las citas son algo extensas. No se nos podrá hacer el cargo de pescar entre líneas lunares pasajeros que obedecen más a una acomodaticia interpretación que al contenido mismo de los textos. Todas son opiniones emitidas en documentos de organismos de dirección y copan casi un año, desde mayo de 1974 hasta abril de 1975. Ahora nos permitiremos agruparlas por temas, a fin de ordenar y facilitar nuestra crítica a los graves y falsos criterios que originaron no pocas contradicciones en las filas de la Unión Nacional de Oposición. No vamos desde luego a reproducir nuevamente todas y cada una de las frases. Vaciaremos lo que interesa escudriñar en detalle. Los lectores podrán observar el cuidado con que adelantamos esta labor de exploración y ordenamiento, buscando retratar fielmente el modo característico propio del Partido Comunista de entender y aplicar la dialéctica materialista. Y tendrán cómo hacerlo; para ello nos tomamos la molestia de copiar los largos párrafos anteriores. Ustedes, por su parte, no podrán incomodarse porque les facilitemos un espejo en el cual se verán reflejados de cuerpo entero. Dividiremos las opiniones del Partido Comunista y nuestras críticas en cuatro grandes temas:

1. Análisis de la victoria electoral de López Michelsen y el significado de su candidatura; 2. los realineamientos producidos en los partidos tradicionales frente al actual gobierno y los sectores que componen a éste; 3. la “nueva situación”, el “nuevo clima” ocasionado por el cambio de gobierno, y cómo influyen en las luchas por las reivindicaciones democráticas, y 4. sobre la forma de adelantar una “oposición adecuada” y la posibilidad de arrancarle al sistema “concesiones importantes”.

1. LA VICTORIA DE LÓPEZ MICHELSEN Y SU SIGNIFICADO
Dicen ustedes acerca del primer tema:

“Se ha demostrado en este debate electoral que la tendencia predominante en el pueblo colombiano es de signo democrático y progresista”, lo cual “se comprueba” con los votos depositados “por López, María Eugenia y Echeverri”. Conclusión: “La derrota de la ultraderecha es mucho más significativa de las tendencias políticas colombianas”. Causas del triunfo de López: “Prometió abocar la solución de los problemas más apremiantes del pueblo sobre bases distintas a las del frente oligárquico paritario”. Hay que agregar “una razón que no es la menor”: “el núcleo principal de la gran burguesía puso sus cartas en favor del candidato liberal”; “los imperialistas yanquis y sus agentes más caracterizados tuvieron claro” que “la carta de López era para ellos más segura que la de Gómez”, y “los grupos más importantes de los grandes terratenientes… terminaron por rodear a López o se mantuvieron en actitud de expectativa”. El Partido Comunista sabe “que en lo esencial López es la continuidad del sistema. Pero centenares de miles de colombianos suponen que no es así”, y “muchos sectores democráticos apoyaron a López con la ilusión de que realmente va a significar un cambio de lo actual, un avance hacia la democracia y el progreso social, una solución de los grandes problemas de las masas trabajadoras”. “En este sentido, López no es solamente el Presidente del temor a la ultraderecha como que también es en parte el Presidente del descontento y la esperanza de grandes masas. Esto, que puede parecer una paradoja para algunos, es una realidad. Así lo considera el propio López”.

Nuestra crítica es la siguiente. Hacemos una observación general aplicable a todos los puntos que estudiaremos: sin mayor esfuerzo de abstracción se capta que la tendencia marcada del Partido Comunista al analizar el desenlace de las elecciones y luego el gobierno que de ellas resultó, es la de diferenciar a todo trance a López Michelsen no sólo de la posición de derecha o de “ultraderecha” que enmarca el señor Gómez Hurtado, sino presentarlo como exponente de un régimen menos antidemocrático que el del Frente Nacional. Por eso, desde un principio, el Partido Comunista comienza a hacer malabares con su dialéctica y nos pide que lo imitemos. Nos dice que López Michelsen “prometió abocar la solución de los problemas más apremiantes del pueblo colombiano sobre bases distintas a las del frente oligárquico paritario” y a renglón seguido agrega que triunfó a causa también de que el imperialismo norteamericano y sus lacayos colocaron “sus cartas en favor del candidato liberal”. Fundamentados en ese juego de “contrarios” ustedes sacan una concluyente deducción: López es “en parte el Presidente del descontento y la esperanza de grandes masas” y para que no haya la menor duda, rematan: “Así lo considera el propio López”. Pero esto no es dialéctica; esto es fe, porque fe es creer lo que nos dice el enemigo.

Las elecciones son un indicativo aproximado para calibrar la correlación de fuerzas entre los distintos partidos y por consiguiente para medir el grado de desarrollo político de las masas. Permiten a la vez averiguar con alguna precisión los alcances de nuestra influencia organizativa y descubrir aquellas regiones que por la importancia en la producción, la concentración de enormes porciones de masas y el explosivo fermento de problemas sociales demandan un mayor cuidado de la vanguardia obrera. Los procesos electorales nos ayudan a complementar y actualizar la visión que tengamos de la cambiante lucha de clases, para acoplar nuestras acciones abiertas y cerradas sin ir más allá de lo que las circunstancias permitan, mas sin quedarnos atrás de las exigencias de cada momento. Estas entre otras son las ventajas que obtienen las fuerzas revolucionarias al concurrir a dichos eventos legales y al auscultarlos. Sin embargo, los marxistas-leninistas no perdemos de vista jamás que las elecciones de los regímenes explotadores son amañadas y manipuladas por las clases dominantes, y que los partidos revolucionarios participan en ellas sin los recursos de movilización y propaganda con que cuentan excesivamente los partidos reaccionarios. Debido a ello casi siempre los vencedores en las urnas montan el espejismo de que las “mayorías populares” los respaldan. Pero a la vuelta de la esquina el pueblo encuentra otros medios para expresar sus más sentidas simpatías. Y esto le sucedió precisamente al presidente López Michelsen, quien a los pocos meses de su mandato se quejaba ya de que a través de los paros cívicos, de las huelgas, de las asonadas callejeras, de los invasiones a las grandes fincas, se estaba configurando un movimiento subversivo de proporciones mayúsculas. En tales condiciones las batallas comiciales arrojarán siempre una imagen parcial de los movimientos y mutaciones que se suceden a veces con extraordinaria rapidez a unos cuantos metros bajo la corteza social. Saberlos descifrar, he ahí la pericia no de los encuestadores del DANE, sino de un partido lúcido, consciente y aprovisionado de una ideología científica, como se supone sea el partido revolucionario del proletariado.

El imperialismo norteamericano y sus lacayos colombianos, la gran burguesía y los grandes terratenientes patrocinaron la candidatura de López Michelsen y la sacaron avante principalmente porque éste, lejos de prometer un gobierno “sobre bases distintas a las del frente oligárquico paritario”, se comprometió solemnemente a salvaguardar el fundamento mismo del Frente Nacional: la prolongación de la Gran Coalición liberal-conservadora antipopular y antidemocrática. En la convención liberal que lo designó como candidato presidencial de su partido, juró que el entendimiento y la concordia los preconizaba conforme los concebía el ex presidente Ospina Pérez.

El precandidato López Michelsen habló así ante sus correligionarios:

“Yo quisiera preguntarles a cada una de las personas a quienes tanto preocupa la concordia, si el entendimiento que buscan, lo conciben en los términos que preconizamos el doctor Mariano Ospina Pérez y yo, o sea, el entendimiento de partido a partido, autorizado por sus respectivas jerarquías y apoyado por sus mayorías, o si lo que patrocina, con el nombre de entendimiento, es la estratagema de que las mayorías liberales sirvan para desconocer las mayorías conservadoras, otorgándole la personería de ese partido a sus minorías”. Y recordando un documento suyo redactado en las Islas del Rosario, puntualizó: “Estaríamos dispuestos a aceptar como plataforma común lo que ya constituye un consenso, en el que están de acuerdo nuestros partidos: defensa de nuestros derechos en el campo internacional, lucha contra la vida cara, control y reorganización de los institutos descentralizados. Finalmente, compromiso solemne de que el Ministro de Gobierno, el Contralor General de la República y el Procurador General de la Nación, sean de filiación del partido distinto al del Presidente; paridad en el Poder Judicial y en los organismos electorales, con adecuada representación de todos los intereses. Se podrá configurar de esta suerte, después de las elecciones, una coalición de gobierno, en donde, como es obvio, será necesario hacer transacciones de parte y parte, bajo un presidente, elegido por un partido, que represente a toda la Nación en los términos del artículo 120 de la Constitución”. E increpándole a Lleras Restrepo, su peligroso contendor, quien era más sinceramente partidario de los acuerdos bipartiditas, remachó: “Cuanto yo he dicho coincide con la posición de la directiva nacional conservadora, con el ex presidente Ospina Pérez y con el señor Presidente Pastrana. ¿Quién lleva entonces, la bandera del entendimiento, el señor ex presidente Lleras, con la apariencia de un acuerdo nacional, o yo, con una candidatura del partido, que no se disfraza de hegemonía liberal sino que se acoge a las mismas reglas del juego que la candidatura conservadora?”[51]

Nos corresponde ahora preguntar a nosotros: ¿No son acaso estas terminantes palabras del candidato liberal su sagrada promesa a la convención de su partido de que se sometería sin sombras a prolongar los acuerdos bipartidistas, esencia del Frente Nacional? ¿De dónde rayos saca entonces el Partido Comunista la descabellada conjetura de que López Michelsen “prometió abocar la solución de los problemas más apremiantes del pueblo colombiano sobre distintas a las del frente oligárquico paritario?” ¿O caprichosamente no se le concede ninguna repercusión al hecho de que la reforma constitucional de 1968 prorrogó el régimen paritario y a que el futuro presidente sustentó por salones y callejones, que él sería en San Carlos el más desvelado guardián de la “Magna Carta”,como jurisperito constitucionalista que había sido toda su vida? ¿O se guió el Partido Comunista para llegar a tan arrevesada conclusión por ciertas expresiones demagógicas del señor López Michelsen, estas sí entresacadas de su texto completo? No hubo un solo aspecto programática de importancia del llamado “mandato claro” que se apartara de la más pura ortodoxia frentenacionalista. Con relación al dominio del capital internacional en todas las ramas de nuestra economía, el candidato liberal, para proteger los multimillonarios intereses del imperialismo norteamericano, inventó la procaz excusa de que en Colombia no había necesidad de proponer “nacionalizaciones”, debido a que las principales industrias y actividades productivas estaban en manos de colombianos. Con el evidente propósito de respaldar la famosa ley 4ª de 1973, compendio del programa más siniestramente reaccionario en cuestión agraria, conocida también como el “acuerdo de Chicoral” de la gran burguesía y los grandes terratenientes, el ex compañero jefe predijo que el próximo gobierno no debería emprender nuevos ensayos para el campo, ya que los agricultores colombianos lo que requerían para desarrollar la producción era ante todo una atmósfera de sosiego y tranquilidad. A los obreros les prometió la vieja política oligárquica de la “economía concertada” que, como sabemos, consiste en pedirles por igual “sacrificios a empleadores y empleados”, mientras los grandes plutócratas contabilizan fabulosas ganancias y las familias de los trabajadores recortan su presupuesto diario, en medio de indescriptibles angustias y sinsabores. Y en cuanto a la lucha contra el alto costo de la vida, vitrina de su campaña electoral, el “pollo del mandato claro” cacareó en todo momento que ésta dependía no de su voluntad generosa, sino del grado de estabilidad inflacionaria, de las fluctuaciones del mercado internacional, de la “crisis energética”, de las buenas cosechas, de la psicosis de la bolsa de valores y de otra serie de factores inextricables, hasta el extremo de que las promesas lopistas a este respecto no podían conmover en serio más que a las damas del voluntariado liberal. Acerca de las UPAC, uno de los instrumentos especulativos favoritos del capital financiero y de los pulpos urbanizadores, ideado por la administración Pastrana y que ha preocupado hondamente a las clases y capas más bajas de la población, carentes de vivienda y víctimas propiciatorias de dicho instrumento, el señor López Michelsen conceptuó estar dispuesto a perfeccionarlas y consolidarlas, comprometiéndose a legislar sobre ellas y despejar las lagunas jurídicas que persistían en torno a estos papeles de valor constante.

De ese cariz fueron las otras promesas electorales del actual presidente. Al referirse a los grandes problemas nacionales y a las penalidades del pueblo lo envolvía todo en un lenguaje criptográfico, imposible de concretar, como cuando hablaba de la necesidad del nuevo Concordato, del matrimonio civil y el divorcio civil, de los derechos de la mujer y de la juventud y de las libertades públicas y garantías democráticas. Pero cuando se pronunciaba sobre el apoyo a las gigantescas compañías imperialistas, a los consorcios del comercio internacional y a los privilegios de la gran propiedad inmobiliaria, sus postulados eran claros, directos y sin bemoles. No tuvo el menor empacho, por ejemplo, de viajar cuatro meses antes del día de las votaciones a los Estados Unidos a explicar personalmente a los magnates de ese país sus planes de “centro-izquierda”. A las agencias prestamistas extranjeras les aseguró que sanearía el fisco para que el Estado pudiera en lo sucesivo cumplir religiosamente con el pago de los elevados intereses de su deuda pública, mediante la supresión de determinados subsidios, el incremento de los impuestos al pueblo y el alza de las tarifas en los servicios públicos. A los grandes potentados del café, al contrario, les prometió reducirles las cargas tributarias, lo mismo que a las grandes sociedades anónimas y en general al capital financiero. Tal vez lo único que se pueda alegar aquí es que estas oscuras intenciones del candidato liberal las formulaba en procura del “bien” de la República y de la “prosperidad” de los pobres de Colombia, y a nombre de su sensibilidad social. Pero enternecerse por los mañosos fingimientos y la repugnante sensiblería con que los ideólogos de las clases reaccionarias envuelven y aderezan sus planes de filibusteros, a fin de hacerlos presentables, es caer en la más abominable ingenuidad. Si el candidato López Michelsen juró solemnemente prorrogar los acuerdos bipartidistas propios del Frente Nacional y promulgó un programa definidamente proimperialista y oligárquico, ¿de dónde sacar que aquel “prometió abocar la solución de los problemas más apremiantes del pueblo sobre bases distintas a las del frente oligárquico paritario”?¿O que López sea no “solamente el presidente del temor a la ultraderecha sino que también es en parte el Presidente del descontento y la esperanza de grandes masas”? ¿Simplemente porque “así lo considera el propio López”?

He ahí la forma como funciona la dialéctica del Partido Comunista. El lado negativo del actual gobierno consiste en que fue designado por el imperialismo norteamericano y sus testaferros, la gran burguesía y los grandes terratenientes; pero el lado positivo radica en que “muchos sectores democráticos apoyaron a López”. Esta “paradoja” arrojó tres millones de votos liberales escrutados por el general Gerardo Ayerbe Chaux. Pero los “oportunistas” del MOIR no quieren entender la “contradicción” de que una misma persona y un mismo partido encarnaron a la vez los intereses antagónicos del imperialismo y el pueblo, de los explotadores y los explotados, de los ricos y los pobres, de los satisfechos y los descontentos; y “sindican” al Partido Comunista de “posiciones poco firmes contra López”. En lo que a nosotros corresponde, debemos admitir que esa “curiosa” sapiencia de desdoblar escolásticamente los aspectos contradictorios de una cosa se la habíamos conocido a nuestros curas de parroquia al explicar el misterio de la trinidad, y al protagonista de este drama, cuando, desde los balcones engalanados de los municipios miserables, en plena campaña electoral, peroraba: “No faltaba más que los liberales de veras siguieran extraviados en otros partidos. Ni los ricos para que los defienda el Partido Conservador, ni los pobres para que los defienda la ANAPO, porque hay un partido que defiende a todos los colombianos, que es la sombrilla para ricos y pobres, que es el Partido Liberal”. [52]

El MOIR critica todos aquellos ataques almibarados con que la llamada “oposición” recibió al gobierno de “centro-izquierda”. La táctica ridícula de apoyar lo “bueno” y combatir lo “malo” de la nueva administración, que les escuchamos a los máximos dirigentes de la ANAPO, resulta en la práctica una voz de aliento para los tradicionales enemigos del pueblo colombiano. La fementida “oposición racional y científica” de Hernando Echeverri y sus dos escuderos marchan por el mismo camino de la vacilación y de la entrega. El papel educador y orientador de las fuerzas revolucionarias en la hora presente es combatir todas esas ilusiones alimentadas por la propaganda oficial, a costa si es preciso de momentáneos contratiempos. Tal es la digna posición de lucha que reclamamos para la UNO, con la firme creencia de que las masas populares seguirán nuestra huella, incluyendo a los hombres y mujeres honestos que inicialmente se dejaron confundir por los encantadores de serpientes que nunca faltan.

El Partido Comunista no ha tomado con empeño esta cruzada revolucionaria y, por el contrario, extendió a su manera su cheque en blanco al presidente López. Ustedes montarán en cólera por nuestra crítica, pero los instamos a que reflexionen sobre lo antedicho y sobre lo siguiente. Un valiosísimo servicio se les presenta a los renegados del extinto MRL y con ellos a la reacción en su conjunto, que de labios de un integrante de la UNO salga el comentario de que “Se ha demostrado en este debate electoral que la tendencia predominante en el pueblo colombiano, es de signo democrático y progresista”; lo cual “se comprueba” con los votos depositados “por López. María Eugenia Echeverri”. Desde luego que la tendencia predominante del pueblo colombiano es la democracia, y esto se desprende no de los votos sumados al señor López Michelsen, sino de las múltiples y variadas batallas que las masas sostienen dentro del gran torrente de la lucha por la liberación y la revolución. Equiparar la democracia revolucionaria del pueblo colombiano con la votación registrada por López, es honra que no enaltece a nuestro pueblo, ni a la UNO, y en cambio coloca sin apelación al continuador y a su partido en las corrientes renovadoras de este siglo. Y la gravedad de tan protuberante desvarío no se disminuye con el consuelo de que “la derrota de la ultraderecha es mucho más significativa de las tendencias políticas colombianas”; ni la desvergüenza propia podrá ser cubierta con la hoja de parra de que nosotros sí sabemos que “en lo esencial López es la continuidad del sistema” y “centenares de miles de colombianos suponen que no es así”.

En primer lugar, fue López quien reclamó como soporte de su mandato no solamente los tres millones de votos liberales, sino el millón y medio de conservadores, ya que su gobierno es por sobre todo de raigambre bipartidista. Los sufragios de 1974 sortearon la cabeza de la Gran Coalición entre los delfines López y Gómez, pero preservaron para sus respectivos bandos el control del Estado oligárquico, con idénticos derechos y deberes. De todas las victorias contra la “ultraderecha” esta ha sido la menos victoriosa. Y de todas sus derrotas la menos derrotada. Las últimas elecciones ratificaron lo que se viene evidenciado desde 1930: en Colombia el liberalismo es más numeroso que el conservatismo. Sin embargo, la pantomima electoral comprobó algo aún más importante. Que a pesar de lo anterior, el imperialismo norteamericano y sus agentes no pueden prescindir de ninguno de los dos partidos tradicionales para proseguir su obra de extorsión y vandalismo. De ahí la verdadera “paradoja” de que el Partido Conservador, representante por excelencia de la clase terrateniente, en notorio y progresivo declive, continúe gobernando de tú a tú con su compinche liberal mayoritario, desde hace varias décadas. Tales acoples burocráticos confirman a la vez la necesidad de la revolución antiimperialista y antioligárquica que sepulte en una fosa común a la “ultraderecha” y su carnal, la demagogia.

En segundo lugar, del fenómeno de que “centenares de miles de colombianos” honestos y engañados no intuyan siquiera, como se precian ustedes de saberlo, que el señor López personifique políticamente “en lo esencial la continuidad del sistema”, no podemos inferir que los votos depositados a su favor sean de “signo democrático y progresista”. Ello significaría caer en la ilusión que proclamamos combatir. El carácter represivo o democrático, regresivo o progresista, reaccionario o revolucionario de una fuerza política lo determinan en última instancia los intereses de clase bajo cuya influencia actúa. Alfonso López Michelsen es, para utilizar la expresión de ustedes, la “carta más segura” del imperialismo norteamericano y sus lacayos y ello le imprime el sello imborrable reaccionario, regresivo, represivo y antinacional a sus actos de gobierno, al margen de los que sus apologistas comenten de éstos. Tampoco variaría en los más mínimo el contenido político del régimen el hecho de que en las elecciones hubiese obtenido un millón por encima o por debajo de los votos que se le imputaron, o que éste logre por más o menos tiempo conservar su aureola demócrata, manteniendo en la mentira a considerables sectores de las masas. López Michelsen ha sido la herramienta perfecta para prolongar sin traumatismos el mando de la coalición bipartidista en esta época de constantes convulsiones sociales. Ningún otro hubiese forjado con tanta idoneidad y eficiencia el monumento al engaño de los colombianos del “mandato claro”. A nuestro pueblo le urge desmontar pieza por pieza esta patraña inicua y concentrar el ataque en quienes son sus artífices principales, para destaparlos y aislarlos.

La experiencia de los cuatro períodos del Frente Nacional nos está indicando inequívocamente que es el liberalismo la palanca clave tanto para impulsar como para crearles algún ambiente a las iniciativas antipatrióticas y antidemocráticas cocinadas conjuntamente con el conservatismo. La caverna conservadora estaría bloqueada en Colombia sin los trogloditas liberales, quienes son los que hacen los mandados denigrantes bajo la raída escarapela de la libertad, igualdad, fraternidad. No entender esta ley histórica de Colombia, enredarse en las diferencias domésticas de los partidos tradicionales sin percatarse del contubernio no divorciable que los une hasta que las muerte los separe y, especialmente, no comprender que la paternidad responsable recae en el Partido Liberal, es cargarle ladrillo consciente o inconscientemente a la alianza burgués-terrateniente proimperialista. Si el pueblo colombiano le ha vuelto la espalda al conservatismo pero se enreda aún en los hilos de araña de la seudodemocracia liberal, a las fuerzas revolucionarias les corresponde, y en primer término a los elementos avanzados del proletariado, cortar estas trabas ideológicas y políticas que impiden a las inmensas mayorías alzar velas con la presteza que requiere la situación actual. Si combatimos la “ultraderecha” conservadora, también debemos, y principalmente, arrancarle la máscara a la “ultraderecha” liberal, para poderlas derrocar a ambas. La fuerza política que no haga esto y se empeñe en encontrar los tintes democráticos al señor López Michelsen y al grupo de confianza que lo rodea se adentrarán paso a paso en la manigua del oportunismo.

Unámonos los revolucionarios en un gran frente de combate contra la caverna conservadora y contra sus moradores, los trogloditas liberales, e invitemos a los burlados y humillados de siempre a que emprendan con nosotros la prolongada lucha por la salvación de Colombia.

2. LA “DERECHA” Y LA “IZQUIERDA” DEL “CENTRO-IZQUIERDA”
En relación con los realineamientos producidos en los partidos tradicionales frente al actual gobierno y a los sectores que componen a éste, sostienen ustedes:

“En el liberalismo se han demarcado el lopismo, el llerismo y el turbayismo”… Lleras Restrepo “trata de recoger las manifestaciones de descontento de núcleos de la gran burguesía (exportadores y comerciantes) y de los terratenientes, molestos porque algunos jugosos filones de sus negocios se les han reducido o modificado. La agresiva actitud del ex presidente es una posición de derecha que persigue dejar las cosas sin el menor cambio”. “La pugna jurídica sobre el artículo 122 de la Constitución… es un antifaz para esconder el fondo del problema. Porque fueron los lleristas los que impulsaron la reaccionaria reforma de 1968 que establece la dictadura económica presidencial”. “La maniobra de Lleras Restrepo está dirigida a reorganizar la política del frente nacional, a atraer a los sectores ospinistas al fortalecimiento de una coalición oligárquica con vistas a futuros desarrollos de la política y como alternativa a las posiciones ‘liberales’ de la administración López”. En las directivas conservadoras “cada vez se cristaliza más un sector autodenominado ‘progresista’, francamente favorable a las medidas del gobierno, mientras el sector de Gómez Hurtado las critica, sobre todo aquellas que tienen aspectos democráticos (ampliación del margen de libertades, tolerancia a la actividad del Partido Comunista, necesidad de las relaciones con Cuba)”. Y a manera de piso teórico de lo antedicho, el Partido Comunista preceptúa: “No debe olvidarse que el grupo dirigente de la burguesía conciliadora no representa al sector más retrógrado de la oligarquía colombiana y, por tanto, siempre habrá una oposición de derecha que sí expresa los intereses de las capas más reaccionarias de los grupos diversos de los monopolios, para los cuales hasta la menor concesión es un ataque al sacrosanto ‘orden burgués’. Y finalmente: “El gobierno sí tiene un sector de derecha muy definido compuesto por el Ministro de Gobierno, los cuerpos policivos, el grupo de generales que han hecho la contraguerrilla (Matallana, Valencia Tovar), el Ministro de Agricultura. En nuestra acción unitaria y de oposición, tenemos que golpear principalmente a este sector, luchar por aislarlo y por desenmascararlo como responsable de los aspectos más negativos del gobierno de López”.

De nuevo anotamos que es palmaria la tendencia del Partido Comunista a exonerar al máximo dirigente de la Gran Coalición oligárquica, al jefe del Estado, de los estragos de la política oficial, colocando en hombros de otros la responsabilidad de llevar ésta a cabo. Muchos de los innobles ajetreos que ustedes asignan a Lleras Restrepo como cabecilla de una facción liberal enfrentada a la del actual presidente, pueden atribuírsele con mayor propiedad a López Michelsen, en su condición de primer mandatario. Por ellos padeció también el ex presidente durante su período. Como saber que cada alcalde manda en su año, los gobernantes de Colombia son escogidos para eso, para que manden y protejan los excluyentes privilegios, y lo hagan a cabalidad y sin limitaciones. A esto obedece la interrumpida acumulación de facultades extraordinarias en el Ejecutivo recortándoselas a otras ramas del poder público. No discrepamos con ustedes en que el ex presidente, aunque venido a menos desde cuando abandonó el empleo más codiciado de la república oligárquica, todavía se desvela por las clases dominantes. Y a ustedes les va a quedar muy difícil seguir discrepando con nosotros en que, a partir del 21 de abril, es a López Michelsen y no a Lleras Restrepo a quien le ha correspondido el principal papel de vocero de la defensa de los intereses de la alianza burgués-terrateniente proimperialista. Invertir las funciones de estos dos personajes, cual lo hace la declaración del Partido Comunista de noviembre pasado, es desviar la puntería e indultarle al “mandato claro” las deudas de sangre, sudor y lágrimas que ha venido contrayendo con el pueblo colombiano, en cumplimiento de su proditorio cometido de garantizar la violenta explotación de los oprimidos por los opresores.

Mientras Lleras Restrepo dicta conferencias a favor de los monopolistas externos e internos, bregando a rescatar parte de las simpatías perdidas que le procuren un nuevo cuatrienio, López Michelsen promulga los decretos que aquellos demandan. Mientras el primero diserta sobre los alcances de la reforma constitucional de 1968, el segundo la utiliza para consolidar las ganancias del gran capital y de los grandes terratenientes, aumentando la carga a las clases trabajadoras. Mientras el transformador Lleras planifica el futuro de su vida pública en el desarrollo del bipartidismo tradicional, el continuador López apunta las bases económicas y políticas para la supervivencia del mismo. Por eso, las críticas de aquel contra éste no van más allá de ciertos asuntos accesorios, porque nadie más que Lleras Restrepo sabe hasta dónde su propio porvenir depende del éxito de la gestión gubernamental de quien lo apabullara y apartara de las elecciones de 1974.

Cuando el Partido Comunista dio a conocer, a finales del año pasado, el planteamiento de que Lleras Restrepo “trata de recoger las manifestaciones de descontento de núcleos de la gran burguesía (exportadores y comerciantes) y de los terratenientes, molestos porque algunos jugosos filones de sus negocios se les han reducido o modificado”, nos encontrábamos al final de los 45 días de la emergencia económica decretada por López. ¿Quién o qué había “reducido o modificado” los “jugosos filones”? No hay que duda de que ustedes se remiten a las disposiciones emanadas de la aplicación del artículo 122 de la Constitución, y admiten sin juicio de inventario que el gobierno ha lesionado las entradas de las clases dominantes, o por lo menos de ciertos “núcleos” de ellas. O sea, se da un fallo, digámoslo, benigno sobre la racha de medidas gubernamentales de aquellos días. Sin embargo, desde un principio se visualizó que los decretos de emergencia estaban dirigidos, por una parte, a arrebatarles a las clases laboriosas muchos miles de millones de pesos, y por otra, a incrementar los “jugosos filones de los negocios” no sólo de la gran burguesía y los grandes terratenientes, sino de su amo extranjero.

No haremos un balance de la legislación de excepción derivada del uso del 122, pero podemos brevemente resumir en unas cuantas palabras sus alcances principales. Extendió a las compañías extranjeras encargadas de la exploración y explotación del gas natural no asociado, el tratamiento ventajoso que reciben los monopolios petroleros en materia de régimen cambiario y comercio exterior. Redujo notoriamente a los grandes comerciantes del café el impuesto a las exportaciones del grano. Y elevó desmesuradamente, como su finalidad más apetecida, los ingresos del Estado no a cargo de las capas más pudientes de la población, cual lo pregona el gobierno, sino por cuenta de los desfalcados bolsillos del pueblo colombiano. La reforma tributaria, timbre de orgullo de la presente administración, fue separada en dos paquetes: las modificaciones del denominado impuesto a las ventas y las del recaudo sobre la renta y complementarios. A las primeras, es decir, a los aumentos de los gravámenes al consumo que los pagan siempre las masas trabajadoras, corresponden los estipendios más cuantiosos de la reforma. Últimamente los expertos del gobierno han venido admitiendo que las nuevas contribuciones por este concepto duplican y hasta triplican el estimativo inicial de 1.500 millones de pesos anuales, hecho por ellos mismos. Lo cual no significa que el impuesto a la renta y complementarios, acrecido en proporciones menores pertenezca a la cuota de “sacrificios” de las clases dominantes que los alcabaleros del régimen dicen repartir por igual entre todos los colombianos. Si el impuesto a las ventas es por excelencia regresivo, los otros cambios introducidos a la tributación no lo son menos. La reforma tributaria disminuyó las obligaciones de las grandes sociedades anónimas extranjeras y nacionales y multiplicó los aportes de la pequeña y mediana industria, colocando a muchas de ellas al borde de la quiebra. Y para complementar, el estatuto impositivo deja, como ha sido usual en el sistema tributario colombiano, las consuetudinarias compuertas de la evasión abiertas, con el objeto de que la alta plutocracia pueda esconder, sin pagar mayor cosa, los “jugosos filones de sus negocios”.

Apaciguados los ánimos y asentada la polvareda de críticas contradictorias que levantó la utilización de las facultades discrecionales del Ejecutivo en asuntos económicos, en virtud del artículo 122 de la Constitución, quedó nítido y a simple vista que la emergencia económica buscaba preferentemente esquilmarle al pueblo, durante los cuatro años del “mandato claro” más de 20 mil millones de pesos. Con esa suma se irá cancelando la enorme deuda pública que el Estado viene contrayendo con las agencias prestamistas extranjeras. En esto consistía una de las exigencias categóricas del imperialismo norteamericano a sus agentes en Colombia. También lo fueron las otras medidas colaterales de la actual administración, tendientes a sanear el fisco, como la supresión de algunos subsidios y las alzas de las tarifas de los servicios públicos ya sancionados y las que se anuncian para el futuro inmediato. A quien abrigue dudas al respecto le conviene leer el informe que el Ministro de Hacienda de Colombia presentó en el pasado mes de junio a la reunión de París del Grupo de Consulta, integrado por los más poderosos organismos internacionales de crédito, con el cual el gobierno de López rindió cuentas a sus acreedores, explicó cómo había puesto orden a las finanzas y “procedió” finalmente a solicitar el consabido préstamo. Satisfizo tanto el informe al Grupo de Consulta que éste dio el visto bueno para empréstitos por 2.600 millones de dólares, cuando los mandatarios colombianos habían calculado que les bastaría 2.400. Parece que ése es el precio de la administración López Michelsen: ¡2.600 millones de dólares! He ahí la estrategia económica del “mandato claro”. La cuenta la paga el pueblo a través del aumento de los impuestos y de la elevación progresiva del costo de la vida, por cuyas causas se verá impelido a trabajar más y a comer menos. Cabe añadir que siguen pendientes autorizaciones como las de las alzas mensuales de la gasolina y demás derivados del petróleo, que desatarán nuevas ráfagas de carestía, con su secuela de hambre y sufrimiento para las mayorías nacionales.

No todos están tristes en Macondo por esta situación . Fuera del imperialismo norteamericano a quien le toca la parte del león, las capas más encumbradas de la oligarquía burguesa y terrateniente han exteriorizado su dicha embriagadora, porque están seguras de que a ellas también les quedará su buena porción del ponqué de los 2.600 millones de empréstitos. No creemos necesario reproducir los comunicados y declaraciones de los grandes gremios, de la banca, de los monopolios, expresando su aprobación por las orientaciones económicas del gobierno. Nos haríamos demasiado extensos, pero los tendremos cerca como pruebas irrefutables. Desde luego que en este concierto de alabanzas de los selectos y empingorotados amigos de la política oficial hay voces que disuenan, no a consecuencia de que sus “jugosos filones” se hayan “reducido”. Se trata de las disputas de los bandidos a la hora del reparto del botín, del pugilato entre quienes reclaman más porque más tienen: es “la codicia sin fin de los señores”.

Trae el Partido Comunista a colación que “la pugna jurídica sobre el artículo 122 de la Constitución” esconde el fondo de la “posición de derecha” del grupo de Carlos Lleras. Y agrega: “Fueron los lleristas los que impulsaron la reaccionaria reforma de 1968 que establece la dictadura económica presidencial”. En su afán de encontrar mojones deslizantes entre el transformador y el continuador, ustedes cometen un error injustificable. Silencian, primero, que la última reforma constitucional no hubiera podido ser expedida en el Congreso sin la estrecha colaboración de los parlamentarios del desaparecido MRL, quienes concertaron la unidad liberal en torno a la defensa del gobierno de Lleras Restrepo y a trueque de los correspondientes gajes burocráticos, incluyendo los nombramientos al ex compañero jefe, designado gobernador del Cesar y luego Ministro de Relaciones Exteriores. Y, segundo, olvidan que no fue Lleras Restrepo el autor de la emergencia económica del tantas veces mencionado artículo 122 de la Constitución, sino el propio López Michelsen.

La reforma constitucional de 1968 se caracteriza, como es ampliamente conocido, por su catadura antidemocrática y antipopular. Se inspira en dos inquietudes claramente definidas de las clases dominantes: la prolongación sin plazo del régimen bipartidista y el fortalecimiento del Ejecutivo, mediante el traslado en la figura del presidente de la República de casi todas las prerrogativas estatales. Ambos propósitos cumplen con los requerimientos de los imperialistas norteamericanos y de sus intermediarios de desarrollar un capitalismo de Estado que esté a su servicio. No obstante, el gobierno de Lleras, encargado de plasmar la enmienda constitucional, no tenía en el Congreso una fuerza decisoria, debido a la mayoría calificada de los dos tercios de los votos que la misma Carta fijaba para su modificación. Después de muchos avatares que desembocaron en la renuncia no aceptada del primer mandatario, la nueva Constitución vendría a este mundo con un privilegio muy especial: difícilmente quedaría huérfana, ya que no poseía uno sino varios padres. El soplo de vida se lo dieron colectivamente los dos partidos tradicionales, los parlamentarios del disuelto MRL y la Alianza Nacional Popular.

El senador Alfonso López Michelsen presentó al Parlamento en 1966 un proyecto Legislativo, en cuyo texto se encontraban precisamente dos de las más relevantes normas que después formarían parte de la Constitución vigente. En la numeración definitiva pasaron a ser, la una, el artículo 32, por el cual se promulga que “la dirección general de la economía estará a cargo del Estado”, y, la otra, el artículo 122, que, como ustedes dicen, “establece la dictadura económica presidencial” . El autor, en misiva dirigida a sus ex compañeros del MRL, de agosto de 1967, sustentó las razones de la unidad liberal y explicó los acuerdos previos relativos a la reforma constitucional. Así se expresó López Michelsen: “La enmienda constitucional que está actualmente al estudio del Congreso es el fruto de coincidencias, compromisos o concesiones entre las dos reformas: la oficial y la nuestra.

“Al amparo de este proceso de unificación de reformas legislativas, no menos que al adoptar el gobierno puntos esenciales del programa del MRL, éste se encontró súbitamente de aliado del gobierno en la lucha por la reforma constitucional, la reforma agraria, la autonomía monetaria y el control de cambios, las relaciones comerciales con los países socialistas y otros aspectos de la orientación de la actual administración. (…) De esta suerte, y sin que fuera voluntad mía impuesta al movimiento, éste se vio colocado en un limbo político. No era gobierno ni era oposición. Compartía los programas renovadores del Gobierno…, pero sin dejar de criticar la política represiva del Gobierno, como lo hacían, por lo demás, algunos miembros del oficialismo, y como debemos hacerlo, en calidad de hombres libres, cuando quiera que nuestra interpretación de las garantías individuales esté en conflicto con la de los gobernantes”.[53]

El senador López era también ferviente devoto de la táctica de apoyar lo “bueno” y combatir lo “malo” del gobierno de Lleras Restrepo, tal cual éste se la aplica ahora al “mandato claro”. Con decir que esa es la “oposición racional” de obligado recibo entre las corrientes y jefes políticos del sistema cuando se turnaba unas veces en el gobierno y otras como aspirantes al mismo. Pero lo que vale la pena subrayar aquí es que desde la época de la reforma constitucional del 68, obra conjunta de los partidos tradicionales, como el resto de la superestructura jurídica del país, el actual presidente era ya peón de brega del sistema bipartidista. Inventar, por lo tanto, que Lleras Restrepo se le enfrenta a López Michelsen desde una “posición de derecha”, como lo arguye el Partido Comunista, apoyándose, de un lado, en que fue el llerismo quien impulsó “la reaccionaria reforma de 1968 que establece la dictadura económica presidencial”, mas callando deliberadamente la participación que en ella tuvo el lopismo; y basándose, del otro, en que el gobierno de “centro-izquierda” ha “reducido o modificado” algunos jugosos negocios de “núcleos de la gran burguesía y de los terratenientes”, no sólo es un velado servicio al régimen imperante, sino una abierta trasgresión histórica. No estamos exagerando un ápice al hacer esta crítica descarnadamente. La interpretación política que el Partido Comunista pretende realizar del gobierno de López Michelsen, baila toda sobre el supuesto de que la actual administración es diferente a la vieja coalición oligárquica, la del Frente Nacional, la misma que el pueblo colombiano ha presenciado y sufrido durante décadas. Y no se nos puede desmentir. Para la muestra un botón. Narran ustedes en la declaración de noviembre pasado que “la maniobra de Lleras Restrepo está dirigida a reorganizar la política del Frente Nacional, a traer a los sectores ospinistas al fortalecimiento de una coalición oligárquica con vistas a futuros desarrollos de la política y como alternativa a las posiciones ‘liberales’ de la administración López”. ¿No es volver a insinuar con otras palabras que el gobierno del “mandato claro” está a la vera de la gran coalición oligárquica? Si Lleras Restrepo busca reorganizar dicha coalición, ¿a qué poderes de clase obedece el jefe del Estado? ¿No están acaso los sectores ospinistas y alvaristas y demás estamentos del alto mando conservador cerrando filas con su presidente? ¿No tienen estos sectores la mitad de los ministerios, de las gobernaciones, de las alcaldías, de las inspecciones, de las gerencias de los establecimientos públicos, de los cargos en la rama judicial y no influyen determinantemente en las fuerzas armadas y demás organismos estatales a todo nivel, en los cuales nada se resuelve sin la aquiescencia del conservatismo? Es cierto que el ex presidente Lleras Restrepo cifra sus esperanzas de reelección en la supervivencia de la concordia liberal-conservadora, pero sus pretensiones en este sentido no se contraponen a la línea oficial del gobierno de “centro-izquierda”, cabeza visible del bipartidismo tradicional. Ya vimos los fundamentos económicos y políticos de esta administración. Ni sus medidas gubernamentales, ni sus declaraciones públicas, ni su trayectoria de los últimos diez años, indican que Alfonso López Michelsen haya tenido aspiración distinta de la de ser continuador del Frente Nacional. Y lo ha sido con lujo de competencia. Desde cuando clausuró el MRL, con el cual afiló sus primeras armas y firmó la paz con las vacas sagradas de su partido, hizo votos de perpetua lealtad a la santa alianza burgués-terrateniente proimperialista. Y en verdad que ha cumplido. De este personaje de la oligarquía colombiana lo más que se podrá decir es que venció a los denominados “jefes naturales” del liberalismo, a quienes lanzó al destierro político o tendió en el campo; y los venció a todos no con banderas propias, sino con las mismas que supo arrebatarles. Una vez adueñado del poder entero, no contento con dictarle pautas a la derecha que le rinde pleitesía, ha pretendido dividir las fuerzas de izquierda, metiendo cuñas entre ellas, halagando a los arribistas, promoviendo la vacilación, disfrazándose de tolerante y utilizando un lenguaje demagógico.

En un mensaje suyo a la dirección liberal, cuando todavía desempeñaba el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores de Carlos Lleras Restrepo, López compendia con inigualable claridad y desfachatez las coincidencias fundamentales que atan indisolublemente a los dos partidos tradicionales. No hemos resistido a la tentación de reproducir el pasaje más elocuente y que ilustra con lente de aumento los criterios que ha venido sosteniendo el MOIR. Así recapacita este prócer de las altas finanzas y de la gran propiedad inmobiliaria:

“Se viene repitiendo, desde hace casi un cuarto de siglo que se borraron las fronteras entre los partidos. Yo creo que así es pero que en la práctica no se ha derivado ninguna consecuencia de este diagnóstico. Ambos partidos, como se vio en la reciente reforma constitucional, comparten la concepción del Estado en los político, en lo económico y en los social. Uno y otro son agrupaciones policlasistas que no amenazan en modo alguno la estructura actual de la sociedad colombiana. Y en materias internacionales, con excepción de la cuestión concordataria, existe una coincidencia bipartidista. De esta suerte, nuestras dos colectividades históricas se confunden en el empleo de un mismo vocabulario desarrollista y casi marxista, invocando los unos las encíclicas pontificias y los otros el pensamiento de Uribe Uribe sobre liberalismo y socialismo”.[54]

La excepción a que se refiere el parágrafo trascrito quedó transada con la reciente aprobación del nuevo Concordato. Cuanto importa aprender a las fuerzas revolucionarias colombianas en la presente coyuntura, y en especial a los partidos que conforman la UNO, es que tienen entre sí a un enemigo consciente de su misión, leal como tal vez ninguno al bipartidismo tradicional y sin el menor reato para aparecer según convenga como defensor de las encíclicas papales o del “marxismo”. Arrancarle la careta demagógica mediante una lucha ideológica y política jamás conocida en la historia del país: he ahí nuestra tares principal. Sólo en esa forma lograremos cosechar triunfos actualmente en la aspiración de unir y organizar a todos los revolucionarios en un frente común.

Es innegable que los análisis atañederos a los acontecimientos políticos, efectuados después de transcurrido un largo tiempo y conocidos todos y cada uno de los aspectos de la realidad económica y social, hasta sus últimas consecuencias, cuentan con mejores posibilidades de acierto de los que intentamos formular cuando todavía somos actores y espectadores de los mismos. El Partido Comunista ha sido particularmente desventurado en esta esquiva labor. En las páginas iniciales de esta carta señalábamos cuán manfifio resultó, por ejemplo, el vaticinio de la “crisis decisiva” del bipartidismo tradicional, a raíz de la victoria electoral de la ANAPO en 1970. A los cuatro años los partidos Liberal y Conservador mancornados seguirían controlando el panorama político de la nación quizá con mayor atrevimiento que en los albores del Frente Nacional. Atrás dijimos que el desenfoque del Partido Comunista en sus pronósticos de comienzos del decenio radicó en no comprender que el movimiento del general Rojas Pinilla, no obstante su auge esporádico, no podría dar al traste con el bipartidismo colombiano. Que el sepulturero de éste sería sólo un partido auténticamente revolucionario, el partido de la clase obrera. Los desaciertos acerca del análisis político del vencedor de 1974 consisten en pasar por alto que López Michelsen, con todo y sus tres millones de votos, no ha dejado de ser más que el mandadero oficioso de las clases dominantes desde la cúspide del poder, y, por lo consiguiente, no tiene a su derecha enemigos que merezcan el calificativo de tales. Allí está, por ejemplo, Lleras Restrepo girando cada vez más hacia el “centro-izquierda” en auxilio del gobierno, ante la ola de protestas populares desencadenada por las medidas oficiales.

Ustedes dirán que los moiristas enredan la pita y tratan de confundirnos, porque no fue el ex presidente quien virara hacia el “centro-izquierda”, sino el presidente quien torció hacia las “posiciones de derecha”. Que entre el diablo y escoja. Nosotros hemos aclarado y seguiremos sosteniendo que el régimen de López Michelsen encarna, en su calidad de principal baluarte de la oligarquía proimperialista, la posición reaccionaria, antinacional, antipopular y antidemocrática, de derecha. La denominación de “centro-izquierda” que el mismo gobierno reclama para sí, no es más que el taparrabos que lo viste. Ustedes son los culpables de este nudo. Nosotros simplemente procuramos desatarlo.

Un mentís parecido le han dado a la declaración del Partido Comunista los recientes acontecimientos suscitados en las toldas del apellido “progresismo” conservador. pero a la inversa. El apoyo que tal sector le brindaba al gobierno, según ustedes, contrarrestando las críticas de los parciales de Álvaro Gómez a las medidas oficiales, “sobre todo aquellas que tienen aspectos democráticos (ampliación del margen de libertades, tolerancia a la actividad del Partido Comunista, necesidad de las relaciones con Cuba)”, se convirtió en la más acérrima diatriba. En efecto, los “progresistas” conservadores en su última asamblea general, realizada mucho antes de la instauración del estado de sitio, lanzaron su queja vehemente contra el lopismo y sus decretos. A pesar de todo, tales episodios no dejan de ser circunstanciales en el examen que estamos adelantando. La médula del asunto se ubica en saber si los llamados “aspectos democráticos” que ustedes enumeran lo son en realidad y si obedecen a un fundamento económico y político verdadero, o son, como tantos otros axiomas del Partido Comunista, fervientes deseos y juicios subjetivos.

Por ejemplo, la “ampliación del margen de libertades”, ¿cuenta bajo el régimen vigente con una base económica y política que la haga posible? De ninguna manera. A un poder que se yergue sobre la explotación y extorsión del 90 por ciento y más de la población colombiana, no le queda otro remedio que acudir a la represión violenta. Siempre que los intereses económicos de las masas populares han chocado con los del puñado de imperialistas y sus agentes criollos, la minoría dominante recurre sin excepción a acallar a los desposeídos, echando mano de sus instrumentos de coerción: los fusiles y las cárceles. Por eso Colombia ha vivido en el decurso de este siglo sometida casi interrumpidamente al estado de sitio. Los mandatarios lo levantan sólo cuando amaina la tormenta de la lucha de clases y a veces en los períodos anteriores o subsiguiente a las elecciones, con el objeto de preservar las apariencias seudo democráticas. Debido a ello los escasísimos derechos democráticos y las libertades públicas muy recortadas, de los cuales han alcanzado a gozar las masas populares en Colombia, son fruto de sus luchas valerosas, por lo general abonadas con su sangre. Aquellos nunca fueron regalos bondadosos de los títeres de turno. Posteriormente hablaremos de esto. Aquí únicamente buscamos precisar la ausencia de un piso económico y político que haga tender hacia la democracia y la libertad a los regímenes conocidos en nuestra patria. Hasta López Michelsen, quien llegara a la presidencia con cerca de cinco millones de votos liberales y conservadores de respaldo, la votación más caudalosa de la historia republicana colombiana, antes de cumplido el primer año de su mandato y contrariando sus fingidas declaraciones de amor por las libertades públicas, se refirió como cualquiera de sus antecesores en el estado de sitio.

Ustedes replicarán: ¡bonita manera de predecir el porvenir, lloviendo sobre mojado! Ese documento del Partido Comunista fue escrito mucho antes del estado de sitio lopista y el MOIR nos refuta ahora, después de que éste ha sido instaurado. Ciertamente no se necesitaba ser adivino ni esperar a la consumación de los crímenes para desentrañar la naturaleza antidemocrática y represiva del nuevo gobierno. Con antelación a la posesión de López, en la Tercera Convención de la UNO de julio de año pasado, el secretario general del MOIR, camarada Francisco Mosquera, hizo esta advertencia.

“Y en cuanto a la falsa creencia de que Alfonso López será menos represivo y sanguinario que sus antecesores, vale la pena hacer la siguiente consideración. ¡Qué va a pasar cuando los obreros acosados por el hambre exijan aumentos de sus salarios y hagan uso de legítimo derecho de la huelga, o cuando los campesinos invadan las grandes latifundios en procura de un pedazo de tierra para trabajarlo, o cuando los estudiantes se subleven en defensa de sus derechos y de una cultura nacional y científica al servicio de las masas populares, o cuando el pueblo se levante contra el saqueo imperialista, contra el alza continua del costo de la vida, contra la inseguridad social, qué va a pasar, preguntamos, ¿cuál será la orden del presidente liberal a los aparatos represivos del régimen?, ¿qué intereses se van a proteger?, ¿a quién se va a encarcelar y a reprimir, a los explotadores o a los explotados, a los opresores o a los oprimidos? Por experiencia sabemos que estos conflictos de clase, de los cuales en última instancia depende el desarrollo de la sociedad colombiana, no se podrán congelar, y que, latentes como se hallan en toda la actividad política del país, a cada paso estallarán con mayor furia y más definidos perfiles. Y también por experiencia sabemos que el Estado oligárquico golpeará cada vez más violentamente los justos reclamos de las masas, para eso fue creado y esa será su función hasta que lo destruya el pueblo. La lucha de clases en pleno auge hará saltar en pedazos todas las ilusiones sobre el nuevo gobierno, colocará a cada cual en su sitio y demostrará que el resultado electoral no fue más que uno de los tantos aspectos contradictorios de la multifacética sociedad colombiana”.[55]

Sobre la tolerancia del Partido Comunista por parte del mandato de “centro-izquierda”, nadie mejor que los miembros de ese partido para juzgarla justicieramente. Y acerca de un último “aspecto democrático” de las medidas oficiales: la “necesidad de las relaciones con Cuba”, queremos hacer un comentario muy sucinto. El rompimiento del bloqueo económico levantado por los Estados Unidos contra la gloriosa isla de Martí y de Fidel, como lo hemos dicho en otras oportunidades, es una victoria de la revolución cubana y una aplastante derrota del imperialismo norteamericano que día a día pierde terreno en sus afanes hegemónicos de dominación mundial. Y saludamos alborozadamente que Colombia reinicie sus intercambios comerciales y diplomáticos con la hermana república de Cuba, dentro de nuestra política de propugnar las relaciones del país con el resto de Estados del planeta, en particular con los pueblos del Tercer Mundo y las naciones socialistas, según los principios revolucionarios de la coexistencia pacífica. No obstante, el hecho que nos ocupa no significa que el régimen lopista haya variado su política exterior, dictada en los fundamental por el gobierno de los Estados unidos. Es más, la reapertura de las relaciones con Cuba la gestionaron los portavoces del “centro-izquierda” procurando no transgredir ni una coma del humillante Tratado Internacional de Asistencia Recíproca, impuesto por el imperialismo norteamericano a sus neocolonias del Continente. Por parte de Colombia el proceso del restablecimiento de relaciones fue llevado con suma cautela. Es de público conocimiento que los mandatarios colombianos mantuvieron un estrecho y constante contacto con la embajada estadinense, cuidándose vergonzosamente de que el paso que daban no fuese malinterpretado en Washington. En suma, de dientes afuera el “mandato claro” habla de entablar conexiones con todos los países, incluyendo las repúblicas socialistas, pero en la práctica su política externa se orienta, bajo la influencia de los Estados Unidos, contra las naciones sojuzgadas y contra los pueblos que han conquistado el socialismo.

Conforme a nuestros previos proseguimos el peregrinaje por todos los parajes y vericuetos de la escabrosa política oficial, siguiendo el rastro que ha ido dejando nuestro aliado en la UNO en sus surtidos materiales. Cuando pensábamos que ya habíamos descubierto lo más interesante, trompicamos de pronto con la veta principal: el basamento “teórico” del Partido Comunista de todas sus interpretaciones del gobierno de López Michelsen. Helo aquí: “No debe olvidarse que el grupo dirigente de la burguesía conciliadora no representa al sector más retrógrado de la oligarquía colombiana y, por tanto, siempre habrá una oposición de derecha que sí expresa los intereses de las capas más reaccionarias de los grupos diversos de los monopolios para los cuales hasta la menor concesión es un ataque al sacrosanto ‘orden’ burgués”. De tal manera que “el grupo dirigente de la burguesía conciliadora no representa al sector más retrógrado de la oligarquía colombiana” y por fuera del gobierno “siempre habrá una oposición de derecha que sí expresa los intereses de las capas más reaccionarias de los grupos diversos de los monopolios”. Sustentar todo lo que se ha venido sosteniendo sobre la nueva administración con tan improvisado e incoherente análisis busca, para decirlo claramente, liberar al régimen lopista, por lo menos en “teoría”, del baldón de ser el instrumento de las fuerzas más negras y retardatarias. El imperialismo norteamericano es la base de toda la política reaccionaria y fascista del país. Y el imperialismo, causa principal del atraso y la miseria de las colonias y neocolonias, se apoya invariablemente en las corrientes más retrógradas y antipatrióticas de las países sometidos. El imperialismo norteamericano en Colombia se une íntimamente con los círculos más poderosos y reaccionarios de la gran burguesía y los grandes terratenientes y la alianza de estas tres fuerzas, enemigas por naturaleza del progreso y la libertad, controla el Estado. ¿O quién controla el Estado en Colombia? ¿Qué clases? ¿Será el “sector MENOS retrógrado de la oligarquía colombiana?” O “las capas MENOS reaccionarias de los diversos grupos de los monopolios”? No, señores. Los grupos más privilegiados, más poderosos, más influyentes de la burguesía y de los terratenientes, es decir, una minoría selecta, es la que manda y se favorece directamente de las medidas oficiales. Basta examinar los efectos de los decretos para saber qué poderes económicos se esconden detrás del trono y de su majestad. Los primeros beneficiados son los grandes monopolios imperialistas, luego sus intermediarios, los magnates de la banca y de la bolsa y los caballeros de la gran propiedad territorial. El resto del país paga con su ruina y con su famélica existencia el festín de esa minoría de elegidos de la fortuna. Y los intereses económicos del Estado determinan sus intereses políticos, el carácter de su orientación superantinacional y archirreaccionaria. Las capas directivas de la burguesía conciliadora representan, junto a las de los grandes terratenientes, la piedra angular de la sojuzgación imperialista. Los aliados naturales del imperialismo en la Colombia de hoy son, por lo tanto, dichas capas dirigentes, portaestandartes de la política más reaccionaria y antinacional del gobierno. Entre estos enemigos del progreso afloran de cuando en cuando cierto tipo de contradicciones ocasionales que nunca llegan a amenazar la supervivencia de su alianza. Ninguno de ellos por separado puede sostener la explotación y el dominio sobre el pueblo y la nación colombiana. En nuestro país la alianza burgués-terrateniente proimperialista se expresa políticamente en la coalición liberal-conservadora, cuya principal fortaleza es en la actualidad el gobierno que dirige Alfonso López Michelsen. Esta es la concepción materialista, marxista-leninista, del problema del Poder de la sociedad colombiana en su presente etapa.

Sólo así podremos comprender la justeza de la línea de la unificación popular, ya que las clases y estamentos avanzados y progresistas, por encima de cualquier consideración subalterna, deben bloquear a los núcleos dirigentes de la reacción, como responsables que son de mantener a Colombia en el atraso y en la dependencia externa. Y la lucha principal del pueblo unido es contra el Estado oligárquico proimperialista, porque por intermedio de éste el imperialismo y sus aliados aprisionan el país en dicho atraso y dicha dependencia. Y, por otra parte, sólo así podremos explicar coherentemente un fenómeno tan peculiar en la política de las clases dominantes en Colombia: el de que los liberales siempre terminan accediendo a las peticiones más ultrarreaccionarias de sus socios conservadores. Fue, precisamente, por ejemplo, un Parlamento de abrumadora mayoría liberal el que reimplantó no hace mucho la ley de aparcería, una de las instituciones feudales por antonomasia, adobándola, desde luego, con la forma de contrato capitalista. Por eso, fraccionar en la “teoría” a las clases enemigas de la revolución, desconociendo el hecho principal de que en la práctica están indefectiblemente unidas, es caer en la trampa del maniobrerismo de los partidos tradicionales que, a pesar de sus íntimas avenencias, preservan con astucia las apariencias de agrupaciones con destinos diferentes y contrapuestos.

Como una derivación apenas lógica de su breviario teórico, el Partido Comunista se impone la tarea de “golpear principalmente” a “un sector de derecha muy definido” del mandato de “centro-izquierda”, al cual hay que “aislar y desenmascarar” como “responsable de los aspectos más negativos del gobierno de López”. E insinúa a sus aliados en la “acción unitaria y de oposición” a hacerse copartícipes de esta táctica tan privativamente suya. ¿Cuál es ese “sector de derecha muy definido”?. Ustedes lo señalaron sin pérdida de tiempo: “El Ministro de Gobierno, los cuerpos policivos, el grupo de generales que han hecho la contraguerrilla (Matallana, Valencia Tovar), el Ministro de Agricultura”. Sin embargo, esta línea conlleva unas lagunas inmensas que los lectores más atentos ya habrán notado. ¿Qué haremos con el jefe del Estado? ¿Y con su equipo liberal? Porque no hay que olvidar que el presidente, como él lo ha dicho, “no es un hombre sino un equipo”. ¿Dónde los archivamos: en la derecha, en la izquierda, en el “centro-izquierda”? La propuesta presenta otros inconvenientes peores. Vamos a aislar la derecha, ¿del Estado? ¿Cómo hacerlo, si la Constitución oligárquica garantiza su permanencia dentro de la rama ejecutiva, con amplias y determinantes prerrogativas? Para hacerlo tendremos que derrocar al gobierno y cambiar la Constitución. ¿O vamos a aislarla por fuera del Estado, ante las gentes? Pero si la “ultraderecha” fue “derrotada” el 21 de abril, según lo atestiguaron ustedes.

La línea oposicionista del Partido Comunista naufraga en un océano de interminables inconsecuencias. La confusión proviene de ignorar la ley por la cual la política reaccionaria y antipatriótica de la alianza burgués-terrateniente proimperialista, propia del bipartidismo tradicional, defendida y aplicada principalmente por el Estado oligárquico, cuenta actualmente en la figura de López Michelsen, en su calidad de presidente de la República, a su jefe y mentor indiscutido. El Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario propone su línea de concentrar el ataque en la cabeza visible de la Gran Coalición gobernante. Arranquemos la careta de “centro-izquierda” al reaccionario y antipatriótico gobierno lopista y señalemos al primer mandatario como principal instigador y gestor de todas las medidas oficiales, que invariablemente lesionan los intereses y derechos del pueblo colombiano. Mostremos sin tapujos a las masas populares la doble faz del “mandato claro”: su rostro liberal reaccionario y su rostro conservador reaccionario. Esta es una posición revolucionaria, consecuentemente unitaria, porque es la que mejor interpreta los intereses económicos y políticos del 90 por ciento y más de la población colombiana.

Los ministros liberales han descollado por su labor persecutoria contra las masas o por su obsequiosidad con los altos poderes económicos. Tenemos el caso de la señora de Crovo, Ministra del Trabajo, especializada en romper huelgas, ilegalizar sindicatos y autorizar los despidos masivos de las grandes empresas. O el del canciller Liévano Aguirre, quien colecciona méritos cantando loas a los imperialistas norteamericanos en el campo de la política internacional. O el del recientemente nombrado Ministro de Minas y Energía, ex dirigente del MRL como los dos anteriores, encargado de llevar a cabo el alza de los combustibles demandada por los monopolios extranjeros del petróleo. Todas estas demostraciones de repugnante lacayismo con los amos imperialistas y sus intermediarios deben ser prioritariamente combatidas. Inclusive, maniobras de tan elemental comprensión como la de las designaciones de los llamados “rectores marxistas”, aparejadas con la falsa propaganda oficial de democratización y popularización de la educación universitaria, media e inferior, merecen una intensa contraofensiva política por partes de las fuerzas revolucionarias que neutralice los intentos del gobierno de adormecer la conciencia y apagar la lucha de uno de los estamentos más rebeldes del pueblo colombiano, cual ha sido la juventud universitaria. Por carencia de esa política revolucionaria de esclarecimiento y orientación, vimos el deprimente espectáculo en los últimos meses de que, mientras el gobierno escamoteaba los derechos democráticos de las masas estudiantiles, por medios refinados y sutiles, éstas quedaban atrapadas en la red invisible de las expectativas y promesas tejida desde las cumbres gubernamentales. Sólo cuando la lucha del estudiantado, volviendo por sus fueros, destapó la olla hedionda de la demagogia oficial, el gobierno mostró su juego y los pontífices de la gran prensa vocearon: “Fracasó el experimento marxista”. De improviso quedaron destacadas y claramente definidas las siluetas de los actores principales de esta comedia, cual si una descarga eléctrica hubiese caído en medio de la escena. El gobierno, sin escapatoria, se sinceró diciendo que sus rectores “democráticos y autónomos” nada tenían que ver con la democracia y la autonomía universitarias. Que habían sido nombrados ante todo para velar por las leyes, la autoridad y el orden y quien no entendiera esto por la buenas lo entendería por las malas. Como epílogo se inculpó al marxismo y a la izquierda de incapaces para regentar los destinos de la universidad y de pasada los del país. Entonces sí llovieron las rectificaciones y contraaclaraciones de aquellos que habían abierto un compás de espera a la política de los “rectores democráticos”. Y entre ellos el Partido Comunista, que tenía por qué sentirse directamente aludido, a manera de comentario sobre la fulminante destitución del rector de la Universidad Nacional, se apresuró a corregir: “El doctor Pérez ejecutaba en la Universidad la política del gobierno y de ninguna manera la ideología marxista”.[56]

En cierta forma estas postreras palabras del Partido Comunista compendian muy a pesar suyo lo que el MOIR venía tratando de explicar en el terreno de la lucha estudiantil. Que los rectores de las universidades estatales escogidos por el régimen no pueden ser más que EJECUTORES en dichos centros docentes de “la política del gobierno”. Y, ¿cuál es la política del gobierno en materia educativa? Creemos que sobra afirmar que consiste en una política antinacional y antidemocrática, al servicio de la cultura extranjerizante y atrasada del imperialismo norteamericano y sus agentes criollos, y en detrimento de la cultura nacional, democrática y avanzada de las masas populares.

No en vano han sucedido la demagogia oficial y su descalabro posterior. Ni las indicaciones y contraindicaciones de quienes fueron los voluntarios o involuntarios propiciadores de aquella entre el profesorado y el estudiantado. El experimento de pasar gato por liebre en la Universidad Nacional fue detectado a tiempo por las masas estudiantiles. Aprovechemos la experiencia para promover con mayor conciencia y decisión una lucha ideológica y política que cumpla con estos tres objetivos: 1) desenmascarar la demagogia oficial; 2) paralizar las ilusiones de los sectores arribistas y vacilantes, y 3) armar las peleas del estudiantado en particular y del pueblo en general con el principio revolucionaria de que las conquistas democráticas no serán fruto de dádivas bondadosas de funcionarios ocasionales del engranaje burocrático del Estado, sino de la acción beligerante, altiva y unificada de las mayorías perseguidas.

3. SOBRE LA “NUEVA SITUACIÓN Y EL NUEVO CLIMA”
Con respecto al tema de que hay una “nueva situación”, un “nuevo clima” ocasionado por el cambio de gobierno, y cómo influye en la lucha por las reivindicaciones democráticas, el Partido Comunista ha manifestado:

“Estamos en los comienzos de un proceso político nuevo (…) que puede ser conducido hacia el forjamiento de una nueva situación nacional, hacia una nueva situación política y hacia un nuevo poder”. Esto lo deducen ustedes de dos premisas: a) de que el “cuadro general del sistema del ‘frente nacional’, ideado en el marco del entendimiento entre los grupos más reaccionarios de la gran burguesía de nuestro país, se sostiene en algunos de sus principales aspectos (repartición por iguales partes entre liberales y conservadores del sector administrativo y judicial, manejo omnímodo del aparato electoral, extrema limitación del Congreso y de los cuerpos colegiados en general). Pero es evidente la tendencia hacia el retroceso de esa estructura antidemocrática, tan cuidadosamente creada por Laureano Gómez y Alberto Lleras”; y b) de que “este aspecto de la situación favorece el desarrollo de las luchas inmediatas por las reivindicaciones democráticas más amplias y por la demolición de una serie de obstáculos que traban el desenvolvimiento de las luchas y de la organización de las masas populares”, y “si se compara la situación actual con la etapa anterior, lo que se destaca es el logro, por parte de las fuerzas populares, de un nuevo clima para su acción y organización, conquistando garantías y derechos que, a pesar de no ser muy decisivos, sí tienen importancia como estimulantes de la acción popular”. En auxilio de la segunda premisa, el Partido Comunista sienta la tesis de que el actual “se trata de un gobierno que fue elegido por grandes masas democráticas y que tiene un cierto compromiso con esas masas, a las que no puede volver totalmente la espalda, para tratarlas sólo a punta de represión y estado de sitio, como en gobiernos anteriores, sin correr el riesgo de un rápido y absoluto descrédito”.

La crítica más implacable a las ideas de los hombres es la práctica. Ante ella los más eminentes pensadores se han quitado el sombrero, en gesto de humildad y ademán de someterse a su imperio irrecusable. Los sabihondos y mandamases, por el contrario, prefieren en su soberbia ser aplastados bajo el alud de acontecimientos que los desmienten. La diferencia entre un sabio y un necio radica exactamente en la actitud que se mantenga frente a los hechos. El uno los acepta tal como son, escuetamente, y no teme aceptar sus equivocaciones, si las tuvo; el otro, se aferra a sus falsos criterios contra toda evidencia. Los revolucionarios no podemos pertenecer a la categoría de los necios. Quien quiera contribuir a la emancipación del pueblo ha de obrar según esta norma de principios. Los moiristas estamos siempre dispuestos a reconocer los errores, como lo hicimos cuando modificamos la concepción abstencionista heredada de nuestra ascendencia no proletaria. Con esa misma convicción y decididos a facilitar un acuerdo sobre bases revolucionarias, en beneficio de la unidad y la lucha de las masas populares, adelantamos esta polémica con el Partido Comunista. Para lo cual resulta definitivamente necesario identificar las contradicciones, preferentemente las nuevas contradicciones, las que brotaron con posterioridad al 21 de abril. Transcurrido ya un año del gobierno de López, las actuaciones de éste constituyen la más viva y radical refutación a las tesis que ustedes han venido sosteniendo al respecto. El criterio de que la actual administración, a causa de haber sido elegida “por grandes masas democráticas” de una parte, “tiene un cierto compromiso con esas masas, a las que no puede volver totalmente la espalda”, y de la otra, no trataría a éstas “solo a punta de represión y estado de sitio, como en gobiernos anteriores”, jamás contó con asidero en la realidad. El mandato lopista ha degradado sin misericordia la paupérrima economía de las grandes mayorías y ha calcado los procedimientos típicamente fascistoides de los regímenes precedentes. El estado de sitio que acaba de instaurar y los decretos nugatorios de las libertades públicas y de los derechos de reunión, movilización y expresión de los partidos revolucionarios, son el mismo estado de sitio y los mismos decretos de Pastrana, Valencia y los Lleras. Las cábalas de que López Michelsen no podía “volver totalmente la espalda” a las masas, deducidas del cálculo de que al nuevo gobierno le preocupaba el “riesgo de un rápido y absoluto descrédito”, tampoco poseerían ni pies ni cabeza. Fueron ustedes y sus suposiciones quienes quedaron de espaldas a los hechos. La relación entre el respaldo obtenido por el candidato liberal y la consideración de éste por el pueblo, sería inversamente proporcional: a más respaldo menor consideración. Con el desenlace electoral el imperialismo norteamericano y las oligarquías dominantes se sentirían más seguros y envalentonados, con mayor holgura para rellenar sus arcas y apretarle la clavija al pueblo. Además, contaba con la “palabra de oro” del presidente, quien les había prometido un “gobierno fuerte”, dispuesto a mandar a contrapelo de su “popularidad”. Durante la campaña López redundó sobre este tema. A continuación unas cuantas palabras suyas acerca del “gobierno fuerte”, en prevención a los “paros cívicos y laborales”:

“El gobierno fuerte es el que tiene fortaleza, no el que se ve obligado por su debilidad a hacer alarde de su fuerza. La dictadura generalmente encubre una gran debilidad. El gobierno fuerte que propicio es aquel que no cede a las presiones de las minorías. Se trata de que la prensa, con todo el poder de su libertad, no sea más fuerte que el Estado; que las fuerzas económicas no estén en condiciones de imponer al gobierno sus puntos de vista; que los paros cívicos y laborales no determinen decisiones que correspondan al que rige la comunidad. En suma, que dentro del Estado no haya nada ni nadie más fuerte que él, pues esta falta de fuerza desmerita absolutamente la esencia misma de la autoridad”.[57]

Y para que no quedara la menor duda:

“No seré inferior a Carlos Lleras Restrepo, quien obligó –reloj en mano— a esconderse en su casa a quienes pretendían montar un motín súbitamente, porque si somos el partido de las ideas libres, también somos, cuando es necesario, el partido de la mano fuerte y de la disciplina”.[58]

Dicho y hecho. Una vez culminada la primera runfla de medidas económicas a favor de los intereses predominantes y cuando el pueblo, cuyo instinto de defensa y de lucha es superior a la cretina adhesión al “mandato claro” que los arúspices del sistema le atribuyen, pasó indignado a manifestar su repudio a la engañifa oligárquica, entonces el continuador y su equipo de asesores procedieron a sentar cátedra sobre el respeto a la autoridad legítima y sobre la necesidad de la disciplina social. Pero no lo hicieron como suelen efectuarlo los jurisconsultos a sueldo de las facultades de derecho de nuestras universidades, mediante lecciones doctrinales, sino a la manera cuartelaria, por los medios persuasivos del sable y de la pólvora. Obreros, campesinos, indígenas y estudiantes han caído en las operaciones intimidatorias de la fuerza pública. Los panópticos se atestan de presos políticos en espera de los sumarísimos consejos verbales de guerra. Una maraña de disposiciones compulsivas impide la actividad normal de las organizaciones partidarias contrarias al régimen. Evidentemente nada tiene que envidiar el “centro-izquierda” a la “ultraderecha” frentenacionalista en materia de terror y cacería de brujas.

Totalmente infundadas eran, por tanto, las premoniciones de que con “el retroceso de esa estructura antidemocrática” del Frente Nacional, se favorecería “el desarrollo de las luchas inmediatas por las reivindicaciones democráticas más amplias y por la demolición de una serie de obstáculos que traban el desenvolvimiento de las luchas y de la organización de las masas populares”. O, en otras palabras: “Si se compara la situación actual con la etapa anterior, lo que se destaca es el logro, por parte de las fuerzas populares de un nuevo clima para su acción y organización”. La práctica demostró que quienes aguardaron del nuevo gobierno un trato y un estilo diferentes, acariciaban sólo una ilusión que necesariamente se evaporaría con los primeros zarpazos del monstruo. Tales predicciones caerían como un castillo de naipes porque se fundamentaban en la presunción de que como el gobierno “fue elegido por grandes masas democráticas”, aquel estaría obligado con éstas. El pueblo colombiano en sus años de lucha ha progresado y ha hecho méritos por su emancipación. Pero la triste gracia de votar por López sería la que menos lo acredita para reclamar “un nuevo clima para su acción y organización”. Las gentes ignoradas que depositaron sus votos por el “candidato de la esperanza”, confundidas por la propaganda liberal, no hicieron más que colaborar inconscientemente al endiosamiento de sus desalmados enemigos. La labor educadora de los sectores avanzados y revolucionarios, y en especial de la vanguardia proletaria, es quitarles la venda de los ojos a los compatriotas que honestamente se dejaron embaucar por el canto de sirena de los explotadores. Señalarles su error sin miramientos y alertados a que se preparen para lo peor. Pero el Partido Comunista, al contrario, les repite: Ustedes han conquistado “un nuevo clima” porque el gobierno contrajo “un cierto compromiso” con las masas, “a las que no puede volver totalmente la espalda”. ¿No es esto acaso rendirle pleitesía al mito ante el cual a veces posamos de eruditos y doctos?

Esta manera de raciocinar del Partido Comunista la conocimos cuando analizó el fenómeno anapista, hace sólo unos cuantos años. En aquella ocasión también se consideraba que el respaldo popular obtenido por el general Rojas en las elecciones de 1970, influenciaba a la ANAPO a radicalizar su programa hacia puntos “definitivamente antioligárquicos y democráticos”. En efecto, así discernía el secretario general del Partido Comunista:

“La ANAPO ha tenido que elaborar una plataforma ideológica que contiene una serie de puntos muy importantes, antiimperialistas, sobre todo, definitivamente antioligárquicos y democráticos. Por la presión de los grandes sectores populares, cada vez más radicalizados, la plataforma ideológica es el producto de esta influencia”.[59]

No obstante “la presión de los grandes sectores populares” y de las fraternales y pródigas reconvenciones del Partido Comunista, el anapismo se negó sistemáticamente a introducir en su ideario programático el único y verdadero postulado antioligárquico y democrático de la hora actual: la liberación nacional de Colombia de las garras del imperialismo norteamericano. Esta mínima y máxima falla colocó objetivamente a la casa Rojas y a su movimiento en la corriente de la reacción antipatriótica. “Los grandes sectores populares” abandonaron a la ANAPO y ahora, de acuerdo con la tesis de ustedes, encontraron asilo en la tienda lopista, convertidos en “grandes masas democráticas”, desde donde presionan el “nuevo clima”.

Por supuesto que con el ascenso de López Michelsen a la Presidencia hay una situación nueva que se distingue no por el “retroceso de esa estructura antidemocrática” del Frente Nacional, sino por su prolongación por otros cauces. Y desde luego que la situación actual favorece el desarrollo de las tendencias democráticas del pueblo colombiano, pero no en el sentido del “nuevo clima”, sino por las condiciones que se han creado para que las masas entiendan que dicho “nuevo clima” no existe ni ha existido, que el cambio de inquilino en el Palacio de San Carlos es un aspecto formal, porque tras las bambalinas del Poder están “los mismos con las mismas”, como decía Gaitán. Nuestro deber principal de dirigentes revolucionarios es hacerle comprender al pueblo colombiano que la alianza burgués-terrateniente proimperialista es una ley histórica de la actual sociedad colombiana, y que la coalición liberal-conservadora gobernante como expresión política de aquélla, se las ingenia para prolongar su reinado con formas legales diferentes mas con idénticos propósitos e instrumentos.

¡Cómo hablar de “retroceso” del Frente Nacional! “Esa estructura antidemocrática, tan cuidadosamente creada por Laureano Gómez y Alberto Lleras”, fue propuesta al pueblo colombiano dentro de un plazo muy concreto. Dicho plazo se ha cumplido no una sino dos veces y todavía Colombia padece el mismo régimen de responsabilidad bipartidista, y la perspectiva inmediata es la de su prolongación sin límite. Ciertamente, la oligarquía colombiana, quien admitía con buen grado de cinismo que el Frente Nacional por ella ideado no se basaba en principios democráticos, lo justificó en un comienzo como una terapia excepcional para la violencia desatada por sus propios gobiernos y que le había costado al pueblo 500.000 muertos. Cuando se convocó el plebiscito del primero de diciembre de 1957 que institucionalizaría el Frente Nacional, los partidos tradicionales adquirieron el compromiso voluntario de que éste no duraría más de doce años. En 1959, mediante enmienda constitucional promovida en el Parlamento, el cipayo Alberto Lleras llevó a cabo la primera prórroga por cuatro años, birlando la opinión pública. O sea, que el remedio no concluiría ya en 1970 sino en 1974. Si embargo, con el Acto Legislativo de 1968, arriba comentado, los mismos personajes, sólo que un poco más viejos, extendieron la paridad administrativa hasta 1978. Ahí no para la cosa. La actual Constitución prevé en su artículo 120 que de 1978 hacia adelante continuarán los denominados “gobiernos nacionales” de auténtico espíritu frentenacionalista. Luego lo que se propuso por doce años, se amplió a dieciséis, más tarde a veinte, y después de los veinte, indefinidamente. La excepción se trastocó tramposamente en la regla. ¿Se le puede llamar a esto “retroceso” de la política de los gobiernos bipartidistas, cual si las clases dominantes se hubieran visto coaccionadas a tocar a retirada? A la inversa. Como el tiempo vuela y todo plazo se cumple, al Frente Nacional le llegó como a todo su hora final. Sin embargo, las fuerzas gobernantes encontraron la forma de proseguir desafiantemente con su régimen favorito, el más antinacional, antipopular y antidemocrático, el que mejor se acomoda a sus intereses económicos, el creado a la imagen y semejanza del bipartidismo tradicional, el régimen de responsabilidad conjunta liberal-conservadora. Para guardar las apariencias seudo democráticas las oligarquías proimperialistas pagaron un exiguo precio: descongelaron la paridad en la rama legislativa, pero antes se aseguraron bien de sustraerles a las corporaciones públicas todo su poder de decisión.

Por consiguiente, hablar en 1975 de que “estamos en los comienzos de un proceso político que puede ser conducido hacia un nuevo poder”, aparece tan desproporcionado e iluso como lo fue en 1971 hablar de que “estamos en el umbral del desencadenamiento de la crisis decisiva del sistema paritario”. Colombia marcha hacia la crisis del sistema y hacia un nuevo poder pero como una meta a largo término, producto de una constante histórica. La revolución colombiana será prolongada y su camino sinuoso, mas nos encontramos aún en sus períodos embrionarios. El gobierno de López Michelsen representa únicamente una reedición del viejo poder bipartidista proimperialista. Los múltiples acontecimientos de los últimos doce meses lo confirman y a ellos nos atenemos. Esperamos con fervor que quienes desde una posición equivocada pero honesta hayan guardado por una u otra razón esperanzas en el actual gobierno, aprovechando la experiencia del primer año de éste, modifiquen sus puntos de vista erróneos y pasen en la práctica a combatirlo consecuentemente. Lo cual será de una importancia determinante para el desarrollo de la revolución en las presentes condiciones.

El Partido Comunista, en lugar de apoyarse en los hechos antinacionales y antipopulares producidos sistemáticamente por el gobierno lopista, tanto en el campo económico como en el de la represión política, para deducir las correspondientes enseñanzas y rectificar sus criterios primarios, se vale de algunas recientes determinaciones oficiales para denunciar con gran desparpajo, desde Voz Proletaria del 5 de junio pasado, “EL VIRAJE HACIA LA DERECHA DEL GOBIERNO”.[60]

Admitir el viraje a la derecha del gobierno, es aceptar que éste cambió de una posición a otra. Es decir, insistir en que el gobierno arrancó con un rumbo positivo y luego torció en medio de la travesía. No hay tal. Todos los actos del régimen vigente, desde los demagógicos hasta los abiertamente represivos, se producen merced a su naturaleza falsaria y derechista. Pero lo más grave es que los sucesos que movieron al Partido Comunista a señalar que la nueva administración se ubicó en la “derecha” o “más a la derecha”, como lo afirma en el aludido número de su órgano periodístico, fueron la destitución del rector de la Universidad Nacional y la remoción de algunos mandos militares. Al primer caso ya nos referimos. Quizá falte añadir que el gobierno tuvo al respecto otro viraje, y esta vez hacia el “centro-izquierda”, porque el reemplazo que consiguió para dirigir dicho establecimiento educativo ha sido considerado también como un “rector democrático”. En relación con las bajas en el cuerpo armado, ustedes las juzgaron como un triunfo de las fuerzas derechistas. Literalmente dijeron que éstas “lograron sus objetivos con las fulminantes destituciones del coronel Valentín Jiménez, del general Puyana y del comandante del ejército Valencia Tovar”.[61] ¡Pero esto ya es el colmo! Ustedes habían jurado y perjurado en un pasaje de una declaración de su Comité Ejecutivo Central, arriba citado, que “el gobierno sí tiene un sector de derecha muy definido compuesto por el Ministro de Gobierno, los cuerpos policivos, el grupo de generales que han hecho la contraguerrilla (Mantallana, Valencia Tovar), el Ministro de Agricultura”. En esta forma se mofa la dirección del Partido Comunista del pueblo, de los aliados y de su propia militancia. En su desorbitada ofuscación por eximir el jefe del Estado de su calidad de principal responsable de las determinaciones de la coalición que saquea el país y sojuzga a las masas, ustedes no tienen el menor inconveniente de presentar primero al general Valencia Tovar como exponente del sector derechista del gobierno, y luego, su remoción como prueba fehaciente del “viraje a la derecha” del mismo.

No queremos concluir el capítulo sin referirnos, así sea tangencialmente, a las especulaciones en torno a la “avería” del “viejo concepto de disciplina castrense” y a la “profunda modificación en la concepción del “golpe de Estad’ ”, con que ustedes se santiguaron ante los imprevistos acontecimientos precipitados en las Fuerzas Armadas. Leamos la novísima invención:

“No desconocemos que el viejo concepto de disciplina castrense está profundamente averiado en todos los países, y que el militar de hoy ya no es un autómata inmune a la influencia de las poderosas corrientes ideológicas que se disputan el predominio universal, una de las cuales, el socialismo, cosecha decisivos triunfos que están definiendo el curso de la historia. La disciplina militar era inseparable del concepto de legalidad, que no siembre anda en armonía con la noción de justicia social y con el anhelo reivindicativo de las masas populares. Esto ha determinado una profunda modificación en la concepción del ‘golpe de Estado’, pues en casi todos los ejércitos se encuentran elementos permeables al socialismo, y otros profundamente reaccionarios”.[62]

Esta concepción de la disciplina castrense que la dirección del Partido Comunista desea hacer pasar de contrabando como producto de los tiempos modernos y como aporte innovador brillante no es más que la antiquísima teoría burguesa sobre el Estado y el ejército, acomodada vulgarmente a las conveniencias del momento. Semejantes innovaciones no sólo no tienen nada que ver con el marxismo-leninismo, sino que éste, cuando las ha pillado medrando en las filas de la revolución, les ha dado palo con el máximo rigor. Únicamente a los liberales y a los revisionistas les hemos escuchado que el “concepto de la legalidad no siempre anda en armonía con la justicia social y con el anhelo reivindicativo de las masas populares” o que “la disciplina militar era inseparable del concepto de legalidad”. De suerte que: ¿Existen momentos en los cuales la legalidad se compagina con los anhelos de las masas populares y hubo épocas pretéritas en las cuales la disciplina militar no atentaba contra aquella? ¡Qué desconocimiento de la historia y en particular de la historia de Colombia! La legalidad en todos los tiempos en que ha imperado no ha sido más que instrumento de dominación de unas clases sobre otras, como el Estado, el ejército, la democracia, la libertad, el derecho y la superestructura entera de la sociedad. La legalidad de la organización social neocolonial y semifeudal vigente en Colombia es un elemento de la dictadura del imperialismo norteamericano y de sus agentes colombianos. Nunca esta legalidad se ha visto en armonía con los intereses de la nación y del pueblo. No obstante, la experiencia histórica indica que las clases explotadoras dominantes no tienen el menor estorbo para violar su propia ley, siempre cuando lo requieran sus mezquinos propósitos. Merced a ello la legalidad como su violación son medios de sojuzgación de clase. Ahora bien, el quebramiento de las leyes por parte de la disciplina militar no es un atributo característico de los tiempos modernos. Sin ausentarnos de los linderos patrios, encontraremos que el ejército colombiano se ha distinguido desde su nacimiento por infringir constantemente las preceptores legales, a los cuales viene prestando juramento de lealtad todas las mañanas, a la hora de izar el tricolor, durante siglo y medio. Levantamientos, cuartelazos, guerras civiles, golpes de Estado, vejaciones sin cuento: he ahí la tradición de la disciplina militar de nuestro país. Su carácter no ha variado por el desarrollo de la lucha ideológica y política del proletariado. Precisamente lo que enseña el auge de la ideología marxista-leninista es que la naturaleza del imperialismo y de sus aparatos de poder permanece inalterable hasta que la revolución en cada país y a nivel mundial los elimine por sécula seculórum, amén.

Las clases revolucionarias y con ellas la clase obrera al frente, fincan sus esperanzas de redención única y exclusivamente en el fortalecimiento de sus propios poderes políticos y militares. La revolución no juega al golpismo ni está dispuesta a tolerar el experimento castrense de los autocalificados “gobiernos anticapitalistas y anticomunistas” y que en la práctica les niegan a las masas sus más elementales derechos democráticos. El proletariado revolucionario de Colombia sabe que sólo con la fundación de un Estado socialista podrá hacer valer sus orientaciones revolucionarias a nivel de toda la sociedad y establecer un gobierno que funcione según los principios del centralismo democrático y se ponga realmente al servicio del porvenir y el bienestar de las inmensas mayorías de la nación. El sostén de un Estado revolucionario es un ejército revolucionario. Sin éstos, ni la clase obrera ni el pueblo tendrán nada. Las revoluciones victoriosas partieron de cero. Nuestra revolución comenzó ya y su Poder es casi nulo. Sin embargo, por ella han sacrificado la vida miles de hombres y mujeres que creyeron en el triunfo de sus nobles ideales. Quienes estén dispuestos a honrar su memoria combatiendo y a persistir en una línea correcta, lograrán la victoria definitiva y algún día tendrán ejército y Poder aunque hoy no posean una aguja. Y viceversa, quienquiera que controle todo el Poder y mande a un ejército poderoso, si se le enfrenta al pueblo e insiste en una línea reaccionaria, antidemocrática, antipopular y oportunista lo perderá todo irremisiblemente.

A medida que la revolución colombiana vaya cimentando sus bases de apoyo político y militar, a manera de territorios liberados en los cuales comience a germinar el nuevo Estado, y a medida que las fuerzas armadas del pueblo vayan contabilizando batallas a su favor, es seguro que unidades militares patrióticas y hasta batallones enteros de las tropas enemigas pasen a engrosar y a vigorizar la lucha revolucionaria. Éste ha sido el proceso de las revoluciones de los países coloniales y neocoloniales de Asia, África y América Latina en la época contemporánea. Los cándidos y los ingenuos, o los falsos apóstoles, le insinúan al pueblo colombiano que fundamente su emancipación en las desmembraciones y revueltas del ejército tradicional, o en los golpes de Estado tan tristemente célebres en Latinoamérica. Mas el mensaje de los nuevos tiempos lo traen los movimientos de liberación nacional que como en Indochina, acaban de proferirle la más humillante derrota al imperialismo y a sus aliados. A Colombia ya le llegó este mensaje. Esperamos confiados que nuestro pueblo obrará en consecuencia.

4. CRITIQUEMOS LAS CAVILACIONES Y COMBATAMOS AL RÉGIMEN
Sobre la forma de adelantar una oposición “adecuada” y la posibilidad de arrancarle al sistema “concesiones importantes”, concluyen ustedes:

“Las medidas oficiales han repercutido también en la oposición. Hay sectores de la UNO que no ven la necesidad de una oposición democrática adecuada en sus métodos y persuasiva con las masas ilusionadas en López”. (…) “Es posible arrancarle al sistema concesiones importantes en materia de libertades y otros puntos del programa de la UNO. Y debemos reivindicar como un logro del movimiento popular cada posición ganada en vez de permitir que el gobierno las presente como graciosas y voluntarias concesiones de la burguesía, contribuyendo a fomentar las ilusiones de las masas”. (…) “El contenido y el carácter de nuestra oposición es radicalmente distinto de la oposición de derecha”.

Hemos arrimado por fin a la cuestión esperada con vivo entusiasmo. ¿Qué hacer? ¿Cómo actuar ante el gobierno lopista de hambre, demagogia y represión? Una vez desmenuzados los aspectos más sobresalientes del “mandato claro”, de reconocer su índole y estirpe definidamente frentenacionalista propia de los regímenes anteriores y de haber examinado las interpretaciones contrapuestas que sobre aquel y sobre sus medidas han esbozado tanto el Partido Comunista como el MOIR, se descarta de antemano que haya existido entre los dos partidos integrantes de la UNO identidad en cuanto a la política de combate contra el lopismo. Ustedes dicen que “las medidas oficiales han repercutido también en la oposición” y que “hay sectores de la UNO que no ven la necesidad de una oposición democrática adecuada en sus métodos y persuasiva con las masas ilusionadas en López” y nosotros les respondemos: tienen toda la razón. En la denominada oposición, como era de esperarse, las disposiciones del gobierno han creado un ambiente de benévola expectativa y de oportunismo, que se expresa en objetar ciertos decretos del Ejecutivo y al mismo tiempo encontrarles a éstos algunos artículos e incisos acertados. La oposición se las arregla para hallar en la prolífera legislación del último año los aspectos favorables, y en consonancia con tales descubrimientos procede a apoyar, por ejemplo, lo “avanzado” del estatuto tributario, lo “democrático” de la política educativa, lo “progresista” de la reforma al código civil, lo “revolucionario” de la línea internacional, lo “justo” de la justicia social, lo “afirmativo” de los derechos y libertades ciudadanos, lo “izquierdista” de la derecha. Ésa es la dialéctica oposicionista de la ANAPO y de los ex dirigentes del MAC. Los grandes burgueses, los grandes terratenientes y los monopolios imperialistas aplauden a su modo las medidas gubernamentales, pero todos los días se lamentan y piden más y más privilegios. Así ha funcionado siempre la democracia oligárquica neocolonial y semifeudal de Colombia. Con una oposición de “izquierda” y una oposición de derecha. Casi todos los mandatarios de esta falsa democracia no sólo han prohijado la oposición a sus respectivos gobiernos sino que la han reclamado, porque con ella se evitan los desperfectos y se embellece el sistema. Pero eso sí, a quien no se someta a las reglas del juego de la minoría, “en todo problema serio, profundo y fundamental le tocan en suerte estados de guerra”, como dice Lenin. A los trabajadores les conceden la personería jurídica, mas si realizan sus huelgas o sus paros, los ilegalizan, los despiden y reprimen violentamente, o les imponen los arbitrarios tribunales de arbitramento obligatorio, cual sucedió en el pasado movimiento de los obreros cementeros. A los campesinos les ofrecen la coyunda de las “empresas comunitarias”, y cuando éstos las rechazan los sentencian a muerte por hambre o por otros medios. A los pobladores de Cereté, Riohacha, Condoto, Ovejas, Barbosa, La Florida, Codazzi, Puerto Asís, La Dorada, Marinilla, Barrancabermeja, Tumaco, Facatativa, Cúcuta, El Carmen de Bolívar se les conmina a plomo a silenciar sus reclamos centenarios. Los estudiantes que se “anarquicen” y no actúen con sensatez y cordura frente a los “experimentos democráticos”, van a parar con sus profesores a los calabozos, si corrieron con fortuna. Y a los partidos revolucionarios se les prohíbe reunirse, manifestar y sus militantes son perseguidos como rufianes. De esta especie es la “oposición” que les corresponde a las clases y fuerzas revolucionarias.

En la UNO, el sector de Hernando Echeverri y sus escuderos se deslizó hacia la “oposición científica y racional” y a causa de ello fue ejemplarmente expulsado por el Movimiento Amplio Colombiano y mereció el repudio generalizado de las bases y simpatizantes de la Unión Nacional de Oposición. Y el otro sector, el MOIR, francamente no está de acuerdo con la calificada “oposición democrática adecuada en los métodos y persuasiva con las masas ilusionadas en López” que pregona el Partido Comunista. ¿Qué es eso de “oposición democrática adecuada en sus métodos y persuasiva con las masas”? Cuando el MOIR se levantó en la última convención de la UNO de julio de 1974 y denunció como “ridícula la táctica inventada por la ANAPO de apoyar las medidas ‘positivas’ y combatir las ‘negativas’ del títere de turno”, el Partido Comunista, por boca de su secretario general, replicó:

“Nosotros no vamos a apoyar lo bueno y a combatir lo malo que haga ese gobierno, sino que vamos a luchar contra el sistema oligárquico y dependiente del imperialismo que representa ese gobierno que será la continuación del actual porque va a seguir con la misma composición política paritaria y defendiendo los mismos privilegios de clase y los mismos intereses antinacionales de los monopolios norteamericanos. Pero si por casualidad o por una contradicción de la vida política, el próximo gobierno se propusiera realizar algún aspecto del programa de la UNO, nosotros apoyaríamos nuestro programa, pero no al gobierno”. [63]

Manifestar que el gobierno de López sería la “continuación” del anterior, pero en la frase siguiente enfatizar que si “por casualidad” o “por una contradicción de la vida política” el nuevo régimen “se propusiera realizar” alguna parte de nuestro programa, apoyaríamos a éste y no a aquél, no es, preguntamos, ¿hablar de una cosa y estar pensando en la contraria? ¿Es posible que un gobierno continuador del Frente Nacional y representante directo de los monopolios norteamericanos y sus lacayos criollos, pueda proponerse por “casualidad” o “por una contradicción de la vida política” llevar a la práctica, así sea una mínima parte, de las reivindicaciones de la revolución? Estamos tan absolutamente convencidos de que no es posible, que nos atrevemos a afirmar: una de dos, o tenemos una concepción eminentemente liberal de la plataforma nacional y democrática de la UNO, o estamos abocados a buscar otro programa que no nos lo puedan “realizar” los opresores del pueblo colombiano. En lo que concierne al MOIR, continuaremos respaldando los principios programáticos de la Unión Nacional de Oposición, en la acendrada creencia de que el mandato lopista de hambre, demagogia y represión será el más encarnizado enemigo de todos y cada uno de sus nueve puntos.

Desde la convención de julio de 1974 vimos cómo el Partido Comunista concebía la “oposición adecuada y persuasiva”, la cual ha venido profundizando en los sucesivos materiales de sus organismos de dirección y que han sido objeto de nuestra crítica en esta carta pública. Hasta tal extremo alimentaron ustedes el conocimiento de que era “posible arrancarle al sistema concesiones importantes en materia de libertades y otros puntos de la UNO”, aprovechando la administración lopista, que alertaban a sus efectivos sobre que el problema consistía en madrugar a “reivindicar como un logro del movimiento popular cada posición ganada en vez de permitir que el gobierno las presente como graciosas y voluntarias concesiones de la burguesía, contribuyendo a fomentar las ilusiones de las masas”. Sin embargo, nada igual a las ejecutorias del régimen para contribuir a sacar a flor de tierra su naturaleza demagógica, antinacional y reaccionaria. No hay entre sus políticas ninguna que podamos reclamar como nuestra, o que se nos haya hurtado de la plataforma de cambios históricos y revolucionarios que promovemos para la sociedad colombiana. En menos tiempo de lo que algunos se imaginaban el pueblo colombiano comprendió la inmensa patraña del presidente liberal. Lejos de fomentar la ilusión, los decretos oficiales en un santiamén pusieron cara a cara con la dura realidad a las grandes masas expoliadas. El hambre, el desempleo, la miseria, al abandono de los desprotegidos, multiplicados a la enésima potencia durante un año, han hecho más claridad política que el trabajo paciente de miles de revolucionarios en varios años. Ningún método más persuasivo que el desenfreno de los aparatos militares, tratando inútilmente de aplacar la protesta pública. La situación es excelente para cuajar un poderoso movimiento revolucionario, consciente, unificado y combativo. Las masas no esperaron la orden de los jefes y se han aprestado a demostrar en los hechos el desprecio al sistema, como éste ha exteriorizado también en sus actos de cada día el odio al pueblo. La debilidad obligó al gobierno a declarar perturbado el orden público e imponer el estado de sitio, al verse sitiado por los brotes de descontento en los grandes centros, en las ciudades intermedias y en los villorrios apartados. Ponerse al frente de todos los combates populares, sin conciliar por ningún motivo con quienes en la penumbra mantienen vivo el rescoldo de las ilusiones sobre las posibilidades “positivas” del “centro-izquierda”, es la consigna de las fuerzas revolucionarias en la hora actual.

Los nueve puntos de la UNO no son un programa de reformas, compendian sí las peticiones más sentidas y urgentes de las masas y la nación colombiana; mas éstas sólo podrán cristalizarse mediante el triunfo del Poder revolucionario. En cuanto a la lucha por los derechos democráticos y las libertades públicas, cuyas conquistas no significan la emancipación del pueblo sino la creación de condiciones para que éste combata por la auténtica democracia de los obreros, campesinos y demás clases y capas revolucionarias, aquella lucha resultará tan ardua, tendremos que disputarle al sistema con tal fiereza cada palmo de terreno, que para nadie habrá confusión con respecto a que cualquier avance, por insignificante que sea, será el resultado de las derrotas del gobierno. Las masas populares de la ciudad y el campo lo saben por experiencia propia, pues viven un proceso progresivo de pérdida de sus derechos y libertades. A mayor explotación mayor represión. A medida que el gobierno concede más y más privilegios al imperialismo norteamericano y a sus intermediarios y aumenta las cargas sobre el pueblo, se obliga a redoblar la represión violenta y por ende a descararse como el verdugo número uno. Y a mayor represión mayor resistencia. Las masas, en su inagotable capacidad de rebeldía, no hacen esperar su respuesta. Por doquier explotan las huelgas, los paros cívicos, las invasiones campesinas. Y quienes se decidan a combatir a favor del pueblo, en cualquier circunstancia y por cualquier medio, saben que cuentan con el apoyo caluroso y definitivo de éste. Por eso el régimen ya no habla sino de subversión, de alteración de la normalidad, de desorden. Ve fantasmas por todas partes y algunos de ellos muy reales.

Ustedes dicen que “el contenido y el carácter de nuestra oposición es radicalmente distinto de la oposición de derecha”. Nosotros agregamos que nuestra lucha no sólo es diametralmente diferente de la “oposición de derecha”, sino de la oposición tradicional, apódese como sea, de esa oposición que hace reparos a las “injusticias” y “fallas” del sistema, pero que no va más allá de ciertos mentirosos paliativos. Nosotros no luchamos por esta o aquella reforma, batallamos por el derrocamiento del Poder de los apátridas y por la construcción de una nueva Colombia. En eso y sólo en eso nos diferenciamos de la oposición institucionalizada.

Hagamos realidad y cumplamos fielmente la resolución política de la última convención de la UNO, cuando proclama:

“Con López Michelsen continúa desde el gobierno la dominación de los mismos monopolios extranjeros, las mismas grandes compañías norteamericanas que saquean nuestras riquezas, los mismos terratenientes que oprimen al campesino, la misma gran burguesía dueña de los monopolios. (…)

“Hay una nueva situación porque ha surgido una verdadera oposición, revolucionaria y decidida, que está dispuesta a desenmascarar la demagogia de López y a llevar a las masas a la lucha por sus más auténticas reivindicaciones. Ha surgido un frente de las fuerzas revolucionarias y populares, con un programa de nueve puntos, cuyo objeto final es abrir el camino de Colombia hacia el socialismo. Ese factor político actúa sobre una situación social tormentosa, en que ascienden las luchas de clase contra la explotación oligárquica.

“Afirmamos que somos la oposición vertical al gobierno, que encabezamos la alternativa popular, que se opone al engaño y a la mentira. Mediante nuestra lucha tesonera estamos llamados a convertirnos en el centro de atracción de los sectores que están dispuestos a combatir por un cambio revolucionario”.[64]

Luchemos consecuentemente contra el sistema neocolonial y semifeudal que oprime al pueblo colombiano y contra el gobierno de la coalición liberal-conservadora, cuya cabeza visible es el continuador Alfonso López Michelsen. Critiquemos severamente todas las cavilaciones, las manifestaciones conciliacionistas, cortemos los hilos invisibles, derrumbemos los puentes levadizos, taponemos los subterráneos secretos que nos vinculen al sistema y estrechemos la unidad en torno al programa revolucionario de la UNO y al apoyo ferviente de las luchas del pueblo colombiano por sus reivindicaciones económicas y políticas, mediatas e inmediatas. Demostremos en la práctica el abismo que media entre la revolución y la oposición tradicional. Sobre estas bases llamemos a cerrar filas con nosotros a todas las corrientes y movimientos democráticos y revolucionarios, a las personalidades patrióticas, a la izquierda anapista e inclusive a los liberales y conservadores ajenos al arribismo burocrático y que estén con sinceridad interesados en combatir realmente a la Gran Coalición bipartidista gobernante.

A pesar de nuestra relativa debilidad, de la escasez de recursos, de lo reducido de nuestros medios de agitación y propaganda, contamos con tres ventajas definitivas frente al enemigo: a) un programa correcto e imbatible, los nueve puntos de la UNO; b) un pueblo entero decidido a pelear en todos los campos, con una larga experiencia de luchas y frustraciones que lo radicalizan cada día más ante sus tramposos opresores y c) unos militantes probados, pertenecientes a nuestros respectivos partidos, de elevada conciencia y espíritu de lucha, quienes están resueltos a cualquier sacrificio en bien de la unidad y del triunfo de la revolución. Aprovechemos al máximo estas ventajas, aplicando una línea consecuentemente unitaria y transformemos a la UNO en la verdadera “semilla del Frente Patriótico de Liberación Nacional”.

LOGROS Y TROPIEZOS DE LA POLÍTICA DE UNIDAD SINDICAL

I
La cuestión de la unidad del sindicalismo independiente constituye otro de los puntos neurálgicos de las crecientes diferencias entre el MOIR y el Partido Comunista. A este aspecto ya nos habíamos referido con ocasión de los incidentes que circundaron el Segundo Congreso de la CSTC del pasado 4 de marzo. De entonces para acá hay un hecho nuevo relacionado directamente con el funcionamiento de la Unión Nacional de Oposición. Ustedes han llamado públicamente al MOIR para que suspenda la desafiliación de sindicatos de aquella central, con la advertencia de que de no hacerlo, el Partido Comunista se propondrá “trabajar en la UNO con los compañeros del MAC”.[65] Es decir, el Partido Comunista condiciona la alianza con el MOIR en la UNO al desarrollo de los problemas en el campo sindical. La chispa prendida en el perímetro de la CSTC obviamente se extendió y ha envuelto con sus llamas a los predios vecinos. Nosotros ya habíamos previsto cómo una cooperación duradera entre distintas fuerzas políticas, característica del frente unido antiimperialista, no puede mantenerse sino a consecuencia de una línea compartida, elaborada conjuntamente, para todos aquellos tópicos importantes de la lucha revolucionaria. Aunque no parezca, tal declaración representaría un progreso si conduce a discutir y a resolver dentro de la UNO las orientaciones que superen la actual crisis que mantiene interrumpido el proceso unitario del movimiento sindical independiente. El Partido Comunista ha impedido sistemáticamente que la Unión Nacional de Oposición examine y decida sobre las fases y aristas más importantes de la política de unidad sindical y ésta ha corrido paralela, por otros cauces, no obstante ser ampliamente conocido que los partidos integrantes de aquella, en una u otra forma, han estado comprometidos e interesados en la feliz culminación de dicha política. Por nuestra parte, propiciaremos el replanteamiento también con respecto a estos asuntos particulares del movimiento obrero colombiano. Desde luego el conflicto no podrá extinguirse, si en el juicio de responsabilidades se le endosa al MOIR el papel de “divisionista” y “saboteador” y a la dirección de la CSTC se le indulta de sus atentados contra la democracia y los acuerdos unitarios. Es menester por lo tanto recordar el desenvolvimiento que tuvo la política de unidad sindical desde 1972 hasta el congreso del 4 de marzo.

Cuando Misael Pastrana, a comienzos de aquel año, dio a conocer el proyecto de la fusión de las dos centrales patronales UTC y CTC, lo hizo movido por la necesidad de proporcionar algún respaldo de determinados sectores sindicales a su gestión de gobierno, en los preámbulos de las primeras elecciones que éste organizaba. En lugar de alcanzar su objetivo, el anuncio presidencial desató una borrasca de protestas de la clase obrera. Al proletariado, que, a través de recios y prolongados combates contra todos los intentos divisionistas de las clases explotadoras dominantes y contra las medidas policivas y representativas de las oficinas del Trabajo, había podido sostener y vigorizar un sindicalismo independiente de la politiquería oficial, le indignaba profundamente esta nueva patraña y por sobre manera la impudicia del régimen a utilizar a las camarillas amarillas de UTC y CTC en pro de sus fines electoreros. Como contrapropuesta a los planes de la reacción, el movimiento obrero empezó a agitar la idea de la necesidad de superar al estado de dispersión en que se encontraba el sindicalismo independiente y a desbrozar la política de unidad sindical, la cual enrutaría hacia la construcción de una central unitaria y democrática. Las condiciones favorables para llevar a la práctica tan importante tarea eran producto del avance de la conciencia y de la lucha de los trabajadores colombianos. Las directivas utecistas y cetecistas habían entrado en barrena, debido a la serie escalonada de descalabros que se reflejaban en el asedio permanente de ataques por parte de las bases obreras y en la desafiliación masiva de sus sindicatos y federaciones. Este proceso de debilitamiento y cerco a la vez que padecían las dos centrales vendeobreras se ha mantenido y ahondado hasta hoy. Así fue como en las postrimerías de 1972 retumbó en todo el ámbito sindical la orden de desenmascarar y aislar a las centrales de bolsillo del sistema y de congregar las organizaciones sindicales independientes en una nueva confederación, inspirada y guiada por una línea combativa y revolucionaria.

Por su cuenta, el Partido Comunista tomó la iniciativa de sugerir la conveniencia de procurar un acercamiento entre el atomizado sindicalismo independiente, cuyas agrupaciones recibían influencias de diversas corrientes partidistas, con miras a configurar un solo bloque que, si la situación lo permitía, terminara convirtiéndose en una nueva central en Colombia. La conferencia de dirigentes obreros del Partido Comunista de Bogotá se expresó en ese sentido, en términos que no requieren traductor:

“Resulta claro que dentro de las nuevas circunstancias políticas, analizadas atrás, aparece como una posibilidad real que los comunistas mejoren sus relaciones con muchas de las organizaciones sindicales denominadas autónomas e ‘independientes’, sobre la base de la lucha contra cualquier forma de expresión del anticomunismo, de derecha o de ‘izquierda’. Es también claro, que un avance significativo del proceso unitario del movimiento sindical no podrá lograrse, si no empezamos por admitir como una realidad la existencia de muy diversos matices y tendencias políticas dentro de cada sindicato en particular y dentro del conjunto del movimiento a escala regional y nacional. Partiendo de estas premisas el último pleno de la CSTC lanzó la iniciativa de organizar un gran encuentro nacional sindical que sirva de foro para la discusión y análisis de los problemas fundamentales que tiene el movimiento sindical en la actualidad y particularmente las cuestiones relativas a la unidad de acción y a su unidad orgánica. Este debate tiene, entre otros objetivos, el estudio de un nuevo reagrupamiento de todas las fuerzas sindicales que no hallan vinculadas a ninguna de las centrales sindicales que culmine en un congreso del cual nazca, si es el caso, una nueva central de trabajadores, que aglutine el mayor número de sindicatos y federaciones”.[66]

De la oferta que ustedes precisaron en 1972 se destacan, como se puede apreciar inequívocamente de los trozos reproducidos, dos máximas por demás objetivas y concretas. De un lado, había que empezar por “admitir como una realidad la existencia de muy diversos matices y tendencias políticas dentro de cada sindicato en particular y dentro del conjunto del movimiento a escala regional y nacional”. Del otro lado, la CSTC se adelantaba a proponer un estrado para el debate amplio y minucioso de los problemas que aquejan al movimiento sindical colombiano, entre los cuales se contaba, en primerísimo puesto, el de la creación, “si es el caso, de una nueva central de trabajadores, que aglutine el mayor número de sindicatos y federaciones”. Dicho estrado sería un “gran encuentro nacional sindical”. El Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario aplaudió cálidamente la propuesta de la conferencia de obreros del Partido Comunista y del pleno de la CSTC. Para nosotros el pronunciamiento del Partido Comunista constituía en cierta forma una rectificación ostensible de su táctica tradicional de impulsar la llamada “unidad de acción” de preferencia con las direcciones de UTC y CTC o con sus organizaciones filiales, con el consiguiente menosprecio de los denominados bloques sindicales independientes o autónomos. Indudablemente que el retroceso de las dos grandes centrales patronales, así como el auge de los aludidos bloques y la presencia cada vez más numerosa de sindicatos de envergadura nacional que no estaban matriculados en ninguna de las confederaciones existentes, eran motivos más que suficientes para las modificaciones del caso. Cabe señalar también que el Partido Comunista no se refería únicamente a la “unidad de acción” sino a la unidad orgánica con el resto del sindicalismo independiente. Los cambios eran notables: la UTC y CTC renqueaban heridas bajo el ala por la acción de las bases tantas veces traicionadas; el sindicalismo independiente aunque disperso crecía sin cesar, y el MOIR y el Partido Comunista deponían las hostilidades entre sí para atender con mayor eficiencia un frente en el cual coincidían. No había duda, nos hallábamos en el preludio de un período completamente nuevo del movimiento sindical colombiano. Quedaba abierto un gran “foro” de “discusión y análisis de los problemas fundamentales” del sindicalismo, en el cual concurrirían por intermedio de sus representantes sindicales distintas tendencias políticas identificadas en la urgencia de coordinar la lucha contra el esquirolaje de UTC y CTC y planificar la organización nacional de las muchas y disgregadas entidades gremiales de los trabajadores, a fin de darles más capacidad de defensa y de ataque.

El MOIR resumió con la siguiente directriz de finales de 1972 las nuevas obligaciones que despuntaban por los contornos del sindicalismo colombiano:

“El movimiento sindical debe ponerles toda la atención a las actuales condiciones favorables para su unidad y no escatimar esfuerzo para lograrla y consolidarla. A nivel nacional, se deben adelantar las conversaciones entre todas las fuerzas políticas que estén de acuerdo con la propuesta hecha por el Partido Comunista y que el MOIR respalda, sobre el reagrupamiento del movimiento sindical para aislar a las camarillas de la UTC y CTC y echar los cimientos de una central obrera. A nivel regional, continuar adelantando la formación de los comités de unidad sindical como los del Valle del Cauca y otros departamentos”.[67]

Como paso previo se procedió a la convocatoria de los famosos encuentros regionales de unidad sindical y a la constitución de los respectivos comités conjuntos. A estos encuentros se les encomendó la misión de discutir y aprobar los principios y políticas concernientes a las nuevas tareas unitarias. Los comités eran organismos de dirección y coordinación de las varias organizaciones sindicales que aún no estaban asociadas bajo una sola federación. Durante 1972 y 1973, en casi todas las capitales departamentales y ciudades intermedias de importancia, se reunieron aproximadamente un centenar de dichos foros, a los cuales asistieron no menos de cinco mil dirigentes sindicales que refrendaron con su presencia, sus exposiciones y resoluciones públicas la voluntad del proletariado colombiano de condenar el esquirolaje de la UTC y CTC, como principal exponente de la política antiobrera y divisionista del imperialismo norteamericano y sus agentes criollos en el seno del sindicalismo colombiano, y de luchar por la construcción de una confederación unitaria y democrática que culminara con el tiempo en la central única de los trabajadores del país. Anotemos que todas las determinaciones de aquellos eventos se adoptaron invariablemente por unanimidad, o sea que fueron siempre el fruto de claros y perentorios acuerdos de las fuerzas afluyentes. El MOIR y el Partido Comunista estuvieron siempre representados por dirigentes de las organizaciones gremiales que a la vez lo son de sus correspondientes colectividades políticas; y tanto el uno como el otro iban exteriorizando su complacencia por los logros obtenidos y jamás desautorizaron uno solo de los documentos aprobados. Los acuerdos sindicales contaban con la aquiescencia y el respaldo de los partidos comprometidos, de lo contrario, como es natural, aquellos no hubieran podido llevarse a la práctica ni con la prontitud ni con la resonancia de que gozaron.

Las reuniones obreras ratificaron en términos y formas diferentes la política de clase al mando por la creación de una organización nacional gremial de los trabajadores colombianos unitaria, democrática, amplia y poderosa. La cual estaría sustentada por una línea revolucionaria que el MOIR ha sistematizado en tres grandes principios guías, a saber: la nueva central, 1) estará al servicio del proletariado y del pueblo colombiano, 2) combatirá y aislará a las camarillas dirigentes de la UTC y CTC y 3) se regirá por la “democracia sindical”. En TRIBUNA ROJA del 18 de marzo último hicimos una pequeña recopilación de algunos de los materiales de los encuentros regionales a manera de constancia de que este proceso unitario copó tres años y brotó no espontáneamente sino del compromiso consciente de las fuerzas más avanzadas y representativas del movimiento sindical colombiano.

Todas esas asambleas locales sirvieron de antesala al Gran Encuentro Nacional Obrero del 12 de octubre de 1973, el cual lacró lo que ya era un consenso general y citó para el 6 de diciembre de 1974 el congreso encargado de fundar la nueva central unitaria y democrática. Para la realización de tan trascendental certamen se destinó un comité preparatorio escogido cuidadosamente con el criterio de que en él se encontraran representadas las principales fuerzas copartícipes de la política de unidad sindical. Por razones de carácter legal se convino promover la afiliación a la CSTC de aquellos sindicatos y federaciones que aún no hacían parte de ésta. El MOIR anunció trabajar en esa dirección, aclarando que el nombre de la nueva central le parecía problema completamente formal, que lo importante radicaba en que por su contenido de clase, su práctica y método de funcionamiento, ésta fuera una auténtica confederación unitaria y democrática. No obstante, todo lo concerniente a la organización y reglamentación del congreso del 6 de diciembre correría a cargo del comité preparatorio mencionado. En esa forma la tarea de la construcción de una vigorosa y amplia agremiación nacional independiente de los trabajadores colombianos entraba en su fase final y contaría con un año largo para ultimar los detalles correspondientes. A partir de entonces el MOIR, el Partido Comunista y otras fuerzas políticas que luego contribuyeron con su importante aporte, procedieron a vincular a la CSTC el mayor número de entidades sindicales. Y en dicho lapso ésta vio aumentados sus efectivos con “60 organizaciones que agrupan más de 150 mil trabajadores de diferentes ramas de la economía”, según dato suministrado por su propio Comité Ejecutivo en mensaje de fin de año de 1974.[68]

II

Cuando todo marchaba viento en popa, el gobierno resolvió entregarle la personería jurídica a la CSTC, cuatro meses antes del congreso unitario, convocado para el 6 de diciembre pasado. El 7 de noviembre Voz Proletaria nos sorprende con la pequeña nota anunciando la noticia de que el congreso fue postergado, pretextándose que muchas organizaciones filiales no alcanzaron a llenar los trámites correspondientes. La dirección de la CSTC había tomado unilateralmente la determinación de aplazamiento, sin reunir, ni escuchar, ni consultar, ni informar al comité preparatorio, alterándose la principal directiva del Encuentro Nacional del 12 de octubre de 1973. El hecho de haber recibido la personería jurídica prematuramente, no en cuanto a que la Confederación no tuviera derecho a ella desde hacía diez años, sino con relación al congreso unitario, no autorizaba a su máxima dirección a disponer arbitrariamente de éste. Tampoco por el antecedente de que las fuerzas aliadas habían acordado asociar a la CSTC sus destacamentos sindicales, cesaban los compromisos del Comité Ejecutivo con quienes habían pasado voluntariamente a ser su base. Por eso se había previsto un comité preparatorio. El frustrado congreso del 6 de diciembre atendería lo relativo al papeleo para la legalización de la nueva central, pero este objetivo no era con todo y su importancia el aspecto de mayor preocupación de los obreros, ni mucho menos el que le diera aliento a la realización de la política de unidad sindical. El congreso no era la tumba sino la cuna del proceso unitario gestado durante tres años. Cuanto interesaba a la nueva agremiación, llámese como se le bautizare, era que la inmensa masa de asalariados encontrara personificada en ella, por la claridad del pensamiento revolucionario, la pureza del estilo democrático y el contagio del ejemplo constructivo, el remedio para sus dolencia de dispersión, debilidad y desorganización. Más aún, si se comprendía cabalmente que no obstante los 150.000 nuevos afiliados, producto de los acuerdos de unidad sindical, por fuera de la CSTC se hallaban, y todavía se hallan, el grueso de los trabajadores del petróleo y sus derivados, del azúcar, de las ramas de textiles y confecciones, de la industria automotriz y metalmecánica, de los puertos, de los ferrocarriles, de las carreteras y del resto de servicios públicos, así como centenares de miles de obreros de la producción agropecuaria avanzada. De tal manera que con los encuentros y el congreso se daba comienzo apenas a lo que será una vastísima labor de unificación y organización.

El MOIR solicitó una reunión con el Partido Comunista para discutir el aplazamiento unilateral del congreso. Fustigamos tajantemente la violación de los procedimientos preestablecidos y demandamos se pusiese a funcionar el comité preparatorio. Ustedes aceptaron nuestras críticas y ante la imposibilidad material de una contramodificación, procedimos a trabajar hacia el congreso del 4 de marzo. Y en enero, a raíz del paro nacional bancario, surgieron nuevas y más agudas contradicciones. Dicho movimiento después de varios días de resistencia valerosa contra la persecución de los magnates de la banca y de la represión oficial que corría en defensa de los grandes intereses financieros, se vio abocado a censurar a un a un grupo de rompehuelgas que, pisoteando los organismos de dirección y a espaldas de las mayorías, resolvió por arbitrio caprichoso levantar el paro. Lo cual, como era de esperarse, fue aprovechado al rompe por el Ministerio de Trabajo para disponer la arremetida final contra los bancarios. El movimiento afrontaba enormes dificultades pero la socorrida división de última hora constituyó el golpe de gracia. Los despidos masivos no se hicieron esperar y a los dos sindicatos nacionales de los trabajadores de los bancos se les suspendió la personería y se les congelaron los fondos. En medio de la pelea el Comité Ejecutivo de la CSTC, recurriendo a su peso y autoridad, saltó a la palestra para darle lamentablemente protección al grupo rompehuelga en un comunicado que reprodujo Voz Proletaria de enero 30.[69] ¿Con qué razones? Dos argumentos peregrinos se blandían. El uno, la “rabiosa campaña anticomunista” del MOIR, y el otro, que la posición del “paro indefinido no fue aceptada por la mayoría de los dirigentes de las organizaciones que conforman el comité intersindical bancario”. Atacar al MOIR por “anticomunista” es acusación que no convence a nadie en este país. Los que pasa es que ustedes acostumbran escudarse en la lucha contra el anticomunismo para aplastar las críticas que las fuerzas revolucionarias hacen a los errores del Partido Comunista. Al respecto ya hemos fijado públicamente nuestra posición. Sobre el pretexto de que “el paro indefinido no fue aceptado por la mayoría de los dirigentes” bancarios, el MOIR presentó también las pruebas con las cuales demostramos cómo hasta los mismos esquiroles lo habían agitado en un principio.

Han transcurrido más de seis meses y ustedes no han podido desbaratar esta prueba. Es más, no han querido siquiera aludir a ella. Todo se redujo a denuestos contra el MOIR y a confusos alegatos acerca de que no fueron reunidas las asambleas estatutarias de los sindicatos para la conducción del movimiento, dando a significar en esa forma que las decisiones carecían de validez. Esta infamia no tiene nombre. Sólo coloca en entredicho el comportamiento de quienes originariamente aceptaron las asambleas bancarias y demás formas de organización y dirección que adoptaron los trabajadores para un conflicto nacional de las implicaciones de aquel, y después las reprobaron cuando sus determinaciones no les fueron favorables.

Dejemos que sean las bases por sus conductos regulares y “estatutariamente”, si se quiere, las que fallen sobre las distintas conductas y sobre las vicisitudes de la política unitaria en ese sector sindical. Atendamos la parte que nos corresponde como organización política. Como veníamos diciendo, los ejecutivos de la Confederación se precipitaron a tomar causa en el conflicto interno, movidos por sentimientos sectarios de grupo, sin adelantar las averiguaciones suficientes, ni consultar ni conocer la opinión de los organismos y niveles inferiores de los trabajadores bancarios. Así hubiese obrado una dirección central respetuosa de los procedimientos democráticos, máxime cuando se trataba de una dirección garante de la unidad sindical. El Comité Ejecutivo de la CSTC no aguardó un mes, ni quince, ni ocho días. En menos de 24 horas ya había proferido su sanción inapelable de juez supremo. Y eso no es todo. Su federación regional de Cundinamarca, dos semanas antes del congreso unitario, amenazó con ultimátum público al compañero Carlos Rodríguez, dirigente de los trabajadores bancarios, para que cambiara su criterio acerca de los rompehuelgas , basándose para ello en el baculazo de la CSTC del 24 de enero. Al compañero se le daban ocho días para que se retractara, de lo contrario se procedería sin contemplación. O sea, que a las puertas del congreso del 4 de marzo, los ejecutivos de la CSTC, refugiándose burocráticamente en el control de los organismos centrales de la Confederación, vetaban a un dirigente que había trabajado con tesón y lealtad a favor de la unidad sindical y de la afiliación de ACEB a la nueva central, por un problema acontecido en desarrollo de las jornadas de enero de los trabajadores bancarios y que en el peor de los casos estaba pendiente del fallo de la organización de base. Mientras que al grupo esquirol se le abrumaba en exceso con inocuas prerrogativas en las comisiones encargadas de rematar la organización del congreso. En todas éstas el Comité Ejecutivo de la CSTC se hacía el de la vista gorda en el comité preparatorio, al cual no citó ni trasladó a su jurisdicción, como su nombre lo indicaba, la preparación del evento de marzo.

En tales circunstancias las fuerzas nuevas de la CSTC, que habían aplicado consecuentemente las resoluciones del Encuentro Nacional Obrero del 12 octubre, y por tanto, habían engrosado y fortalecido a la Confederación, consideraron con todo derecho que estaba quebrado el ambiente democrático y fraternal indispensable para que el congreso de marzo fuera la culminación exitosa del proceso unitario de tres años. Y con todo derecho tomaron la determinación de no cohonestar con su presencia en el congreso ni en la CSTC los procedimientos arbitrarios y ventajistas.

Este ha sido el proceso de la política unitaria, desde la realización del primer encuentro obrero regional hasta hoy. Las desafiliaciones que se han presentado en la CSTC y las que se presentarán no implican un saboteo contra la Confederación, como ustedes lo han propalado. Ni significan que la lucha contra la política antinacional y reaccionaria de las clases dominantes dentro del movimiento obrero, acaudillada por las camarillas patronales de UTC y CTC, se merme o se trueque debido a las posteriores contradicciones del sindicalismo independiente. Ni que por nuestra parte llamemos al combate contra la CSTC. Nada de eso. Simplemente, las fuerzas nuevas del sindicalismo independiente, ante los procedimientos antidemocráticos tiene todo el derecho a rescatar su autonomía organizativa, precisamente para seguir combatiendo consecuentemente por la política unitaria del movimiento sindical. Hay quienes piensan que el proceso unitario de tres años terminó en un rotundo fracaso. Desde luego las cosas podrían haber culminado en mejor forma. Empero, la política de unidad sindical aprobada unánimemente por miles de dirigentes obreros, a través del centenar de encuentros de 1972 y 1973, es un gran conquista del proletariado colombiano y sigue vigente en todos y cada uno de los puntos fundamentales. Como el programa nacional y democrático de la UNO, las conclusiones de los encuentros obreros son patrimonio inajenable de las fuerzas revolucionarias colombianas. Para el MOIR ambos logros serán guía permanente de su trajinar político.

III

Después de que nosotros tomamos la determinación de no concurrir al congreso de marzo y propugnar la desafiliación de aquellas organizaciones sindicales que contribuimos a vincular a la CSTC, el Partido Comunista en su alocada desesperación ha respondido con toda clase de ataques soeces, mezquinos y vacuos. De entre el lodo que ustedes han trabajado con rara maestría pero que no nos salpica, queremos rescatar tan sólo una argumentación que quizá valga la pena repeler, no obstante ser un planteamiento toscamente acomodaticio. En su historia sobre el congreso unitario ustedes ponen en labios del MOIR una exigencia que jamás hicimos: la de que dentro de la nueva central “la minoría mantendría su independencia”. Y proceden a refutar: “Tampoco puede ningún grupo reservarse un privilegio tal que al ser discutido un problema y tomar acuerdos por mayoría, la minoría pueda continuar desarrollando su actividad polémica o de enfrentamiento, manteniendo la división constante y el debate inacabable que llevaría a cualquier organización a disolverse”.[70]

Ahora apreciamos cómo aseveramos nuestro criterio sobre la relación de las mayorías y minorías. Uno de los tres principios guías que el MOIR sistematizaba para la nueva central era casualmente el de la “democracia sindical”. Los siguientes párrafos fueron publicados antes del encuentro Nacional Obrero del 12 de octubre de 1973.

“Funcionar conforme a la ‘democracia sindical’` significa ceñirse al sistema del centralismo democrático. Éste es el sistema organizativo que garantiza la dirección colectiva y excluye las prácticas burocráticas por las cuales una o dos personas, o un grupo de personas, toma resoluciones a espaldas de las mayorías y decide la suerte de éstas de manera arbitraria. El centralismo democrático es una forma organizada y disciplinada de funcionamiento que exige obediencia a la dirección constituida democráticamente. Los organismos directivos se eligen mediante votaciones en las que intervienen directa o indirectamente todos los asociados; y en los asuntos de interés general se tolera la libre discusión y se tiene en cuenta la opinión de las bases. La nueva central deberá funcionar conforme a este sistema del centralismo democrático, cuyos fundamentos son: 1) la minoría se somete a la voluntad de la mayoría; 2) el socio a la organización; 3) los organismos inferiores a los superiores, y 4) toda la central a su dirección nacional.

“Un buen comienzo es facilitar la participación democrática de la totalidad de fuerzas que sinceramente desean contribuir a la feliz culminación de la central unitaria; y reconocer los esfuerzos y el aporte decisivo de la Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia a este proceso. La verdad sea dicha. Sin el contingente de la CSTC, espina dorsal del movimiento sindical independiente, la consigna de la construcción de la nueva agremiación hoy sería un poco menos que imposible. La composición de la dirección de la nieva confederación de ningún modo puede ser igualitaria, debe reflejar al contrario el desarrollo objetivo de las diferentes fuerzas que la integran, única forma de aplicar la ‘democracia sindical’. Dentro de la confederación no seguiremos con el método de la ‘unanimidad’, utilizado en la primera fase que ha requerido de conclusiones aprobadas por todos, a causa de la necesidad de que las diversas fuerzas, sin excepción, compartan voluntariamente el derrotero de principios acordado. Este método de la ‘unanimidad’ lo empleamos fundamentalmente en las alianzas, en las acciones unitarias, en los frentes, cuando no se pacta otra cosa. Pero en la central unitaria, como en cualquier sindicato, la designación de la dirección y el resto de definiciones habrán de adaptarse por la simple mayoría, y las fuerzas minorías se someterán disciplinariamente.

“Las fuerzas integrantes de la nueva agrupación deben empeñarse por instaurar un ambiente de fraternidad, buscar y promover el acercamiento a todo nivel entre los trabajadores que impidan hacer carrera al sectarismo, e imbuirlos del espíritu del estudio y la discusión abierta y franca de los problemas concretos para prevenir el dogmatismo. La nueva central planificará la educación de sus afiliados; estimulará antes que entorpecer la crítica de los errores por parte de la base, y la autocrítica, y así creará las condiciones que aseguren corregir los desaciertos y subsanar las falla. En fin, en la nueva central ha de prevalecer una situación revolucionaria tal que los trabajadores puedan plantear y abocar los asuntos por difíciles, delicados y complejos que parezcan, sin que ello ponga en peligro su unidad y su cohesión.

“Que la central obrera independiente se rija por la ‘democracia sindical’ y ser un aprendizaje ideológico y político de la clase obrera colombiana en el cambio de su emancipación”.[71]

El MOIR no pretendió jamás que en la central unitaria las minorías mantuvieran “su independencia”. Sin cortapisas de ninguna especie señalamos que éstas debían someterse disciplinadamente a las mayorías. Que sus relaciones se regulaban por los principios del centralismo democrático. Distinguíamos eso sí entre los dos períodos anterior y posterior al congreso unitario. Para el primero demandábamos que la política de unidad sindical fuese aceptada sin excepción por todas las fuerzas comprometidas, como en realidad sucedió. En los encuentros obreros regionales y en el Gran Encuentro Nacional se aprobaron por unanimidad los principios rectores que gobernarían la vida de la nueva agremiación. Ya que se trataba de una unidad de fuerzas distintas y no de la simple adhesión incondicionada a la CSTC, como ustedes torcidamente lo procuraron sostener una vez cumplido el proceso de la afiliación masiva de más de 150.000 trabajadores a la Confederación. Debido a ello y envanecidos porque el gobierno había concedido la personería jurídica a la CSTC, se echó por la calle del medio, postergándose el congreso del 6 de diciembre, desconociéndose el comité preparatorio, entorpeciéndose la concurrencia de compañeros dirigentes sindicales y montándose una campaña de descrédito del MOIR, todo lo cual con la utilización burocrática del control de los organismos centrales de la Confederación. Había quedado roto el clima mínimo de democracia y fraternidad que garantizara que el congreso de marzo sí fuera realmente un congreso de unidad. La iracundia del Partido Comunista por las desafiliaciones posteriores no se justifica. Ustedes no pueden disfrutar de lo mejor de dos mundos antagónicos. Gozar de los frutos de la unidad sindical y al mismo tiempo pisotear los acuerdos y los procedimientos democráticos.

Tan absolutamente veraz será la acusación del quebrantamiento de los compromisos contraídos por parte del Partido Comunista, que cuando nosotros exigimos la aplicación de los acuerdos de unidad sindical, ustedes exclamaron: ¿Cuáles acuerdos? Textualmente dijeron: “Los supuestos ‘compromisos’ a que habrían llegado los comunistas con ellos en relación con el Congreso de la CSTC. (…) Para excusar su fuga del Congreso de la CSTC el MOIR habla de presuntos ‘acuerdos’ entre él y el PC. Esos acuerdos no existen sino en su calenturienta imaginación. (…) No hubo ni podía haber ‘convenio previo’. El PC no confunde los términos del movimiento sindical con el movimiento político”.[72]

De una plumada el Partido Comunista se desembaraza de su responsabilidad en el proceso sindical unitario de tres años, que él mismo echó a andar al proponer en 1972 “el estudio de un nuevo reagrupamiento de todas las fuerzas sindicales que no se hallan vinculadas a ninguna de las centrales sindicales que culmine en un congreso del cual nazca, si es el caso, una nueva central de trabajadores, que aglutine el mayor número de sindicatos y federaciones”.

¿Nada tuvo que ver el Partido Comunista con el centenar de encuentros sindicales de 1972 y 1973, ni con sus conclusiones? ¿No fueron el Encuentro Nacional Obrero del 12 de octubre y la citación del frustrado congreso unitario del 6 de diciembre producto de claros y perentorios acuerdos? Cuando por interferencias ajenas a la voluntad del MOIR se demoraba la afiliación a la CSTC de determinados sectores sindicales, ¿ustedes no nos hacían en reuniones bilaterales los correspondientes reclamos en nombre de los acuerdos unitarios? ¿Qué objeto tiene entonces parapetarse en la expresión de que “el PC no confunde los términos del movimiento sindical con el movimiento político”? ¿Eludir las obligaciones políticas que sus aparatos sindicales adquieren a la vista de todos? Pero como el pez muere por si boca, permítasenos que sea el Partido Comunista quien se desmienta a sí mismo.

En el informe al pleno del Comité Central de la primera mitad de 1973, ustedes reconocen:

“El reagrupamiento de importantes sectores sindicales es cualitativamente mejor a las etapas anteriores de la unidad de acción. Se trata de un proceso con un definido contenido político y de clase. Ahora la unidad de acción, sin rebajar ni menospreciar los aspectos económicos y reivindicativos, tiene lugar sobre la identidad de una plataforma mínima, de contenido antiimperialista y antioligárquico. En el nuevo proceso, por otra parte, se fija como objetivo el reagrupamiento orgánico de los distintos sectores que participan en él”.[73]

Y en el informe al pleno de la segunda mitad de dicho año:

“La reciente realización del Encuentro Nacional Sindical, que es el resultado de la tenacidad y el esfuerzo de miles de militantes comunistas, independientes, del MOIR y de otras corrientes políticas puede considerarse el éxito más importante de la política de unidad sindical que venimos preconizando y practicando desde hace años.

“Este encuentro, que convocó a un Congreso Nacional Obrero para fines del año entrante, con vistas a integrar una central sindical de mayores proporciones que la actual CSTC, demostró plenamente que a pesar de ciertas dificultades, de diferencias de enfoque sobre una serie de cuestiones del movimiento sindical, es posible acordarse para avanzar seria y audazmente en la unificación de los sectores independientes y de clase del movimiento obrero. (…)

“Todo lo que sea avance en la unidad del movimiento obrero tiene profundas resonancias en las tendencias unitarias del pueblo. A su vez los acuerdos políticos facilitan los sindicales”.[74]

Estas dos citas de los plenos que ustedes efectuaron en 1973 despejan cualquier duda en cuento a la existencia de los acuerdos en torno a la política de unidad sindical que tanto el Partido Comunista como el MOIR prometieron respetar y aplicar. No sólo queda claro que sí se realizaron tales compromisos, sino que: 1) “son cualitativamente mejores a las etapas anteriores de la unidad de acción”, 2) tienen un “definido contenido político y de clase”. 3) se dan sobre “la identidad en una plataforma mínima, de contenido antiimperialista y antioligárquico”; 4) buscan “el reagrupamiento orgánico de los distintos sectores que participan en él”; 5) concluyeron en el “Encuentro Nacional Sindical, que es el resultado de la tenacidad y el esfuerzo de miles de militantes comunistas, independientes, del MOIR y de otras corrientes políticas”; 6) satisficieron la necesidad de convocar un “Congreso Nacional Obrero para finales del año entrante (el congreso del 6 de diciembre que ustedes postergaron unilateralmente), con vistas a integrar un central sindical de mayores proporciones que la actual CSTC”; 7) demostraron que “a pesar de ciertas dificultades, de diferencias de enfoque sobre una serie de cuestiones del movimiento sindical, es posible ACORDARSE para avanzar seria audazmente en la unificación de los sectores independientes y de clase del movimiento obrero”, y 8) ayudaron a comprender que “los acuerdos políticos facilitan los sindicales”.

Cualquier otro comentario sería redundancia. Nos resta únicamente decirles a ustedes que, si a pesar de todo, queremos recuperar el terreno perdido en la lucha por la unidad sindical, no queda más disyuntiva que la de retrotraernos a las conclusiones de los encuentros regionales de 1972 y 1973 y del Encuentro Nacional Obrero del 12 de octubre de 1973. Una experiencia de favorable repercusión deja el último tramo del proceso de unidad sindical para los auténticos revolucionarios; la de que, una vez acordadas las cuestiones programáticas y de contenido, la forma de llevarlas a la práctica, es decir, el escrupulosos acatamiento de los métodos democráticos, es lo principal.

Los procedimientos burocráticos y antidemocráticos son los más solapados adversarios de la unidad revolucionaria. Éste es un principio universal. El proletariado colombiano sabrá acoger íntegramente esta enseñanza y la hará valer, como rescatara la política general de los encuentros obreros de 1972 y 1973. Las masas asalariadas proseguirán en la senda abierta por el proceso unitario de tres años. Sus conclusiones ya forman parte sustancial del arsenal ideológico y político de nuestra revolución.

DIFERENCIAS DE LÍNEA, DE ESTILO Y DE RUMBO

No queremos ignorar por el contenido y fin de esta misiva la más honda y determinante de las contradicciones entre el MOIR y el Partido Comunista, la que siempre ha enfrentado a estas dos agrupaciones cual corrientes políticas claramente definidas y diametralmente opuestas, cuya solución final no podrá dirimirse sino como efecto de un prolongado combate en los campos ideológico, político y organizativo: la controversia en torno a la lucha que a nivel internacional libra el movimiento comunista con la orientación y el apoyo del Partido Comunista de China y su máximo dirigente, el camarada Mao Tsetung, contra el revisionismo contemporáneo acaudillado por el Partido Comunista de la Unión Soviética. Desde cuando las fuerzas marxistas-leninistas en el mundo empezaron, a finales de la década del cincuenta y comienzos del sesenta, a formular las críticas por las graves desviaciones de principio de la tendencia revisionista kruschevista al mando del Partido Comunista de la Unión Soviética, el Partido Comunista de Colombia abrazó con singular fervor la causa del revisionismo moderno. Han transcurrido quince años de esta lucha pletórica de acontecimientos y lecciones. Nikita Kruschev fue depuesto de su alto cargo debido a sus enormes fracasos, pero sus sucesores continuaron por el atajo revisionista hasta renegar por completo del legado ideológico del padre y fundador del primer país socialista, y hasta convertir a la patria de Vladimir Ilich Lenin en un Estado socialimperialista, que en la actualidad exprime y oprime a su propio pueblo, a los pueblos de las naciones que se muevan en su órbita, y pugna y se colude con el imperialismo norteamericano por el control y reparto del mundo. Los cambios producidos en la Unión Soviética influyen preponderadamente en la nueva situación mundial, en el movimiento obrero internacional y en los movimientos revolucionarios de cada país en particular. Una enconada batalla tiene lugar entre la línea marxista-leninista y la línea revisionista. De su desenlace depende el destino del mundo en los próximos decenios. El marxismo-leninismo ha salido victorioso siempre que para el encauzamiento de la revolución a nivel internacional se trabó en fiera contienda contra las tendencias oportunistas de derecha, o las corrientes burguesas que pretendieron ponerlo a su servicio, revisándolo. Así fue en la época de Marx, así fue en la época de Lenin y así será en la época de Mao Tsetung.

La primera incidencia para Colombia de esa lucha consistió en que las incipientes fuerzas marxistas-leninistas se han visto abocadas a la necesidad de crear un partido revolucionario que una con soldadura autógena al movimiento obrero y al socialismo científico. Las experiencias, los avances y en especial los principios que ha sacado a flote el movimiento comunista internacional en su portentoso y persistente combate contra el revisionismo contemporáneo han sido la más apreciada ayuda para los marxistas-leninistas colombianos. Conforme a las condiciones específicas de nuestro país y de acuerdo con el desarrollo fluctuante de la lucha de clases, el MOIR ha ido paciente pero seguramente cumpliendo su tarea de la construcción de dicho partido revolucionario, extendido ya a todo el territorio nacional y vinculado cada vez más estrechamente a las amplias masas de obreros, campesinos y del resto del pueblo, y a sus luchas. En esta labor el MOIR ha seguido invariablemente la política de apoyarse sólo en sus propios medios y en el esfuerzo de las masas populares colombianas. Defendemos fervorosamente nuestra independencia. Jamás hemos recibido órdenes ni estamos ni estaremos bajo la tutela de ningún partido, a nivel nacional o internacional, por poderoso e importante que éste sea. No corresponde esta conducta a una superflua o altanera actitud de engreimiento, ya que nadie más que nosotros para comprender nuestras propias deficientes y la necesidad que tenemos de aprender aún muchas cosas. Ella obedece a una profunda concepción de que las relaciones con el resto de partidos revolucionarios las haremos únicamente en pie de igualdad, mutuo respeto y solidaridad recíproca, y la convicción de que el pueblo colombiano es para nosotros la principal cantera de recursos materiales y políticos para coronar las dos revoluciones que tenemos por delante: la revolución nacional y democrática y la revolución socialista. Sobre esta base estamos dispuestos a intercambiar opiniones y apoyo con los revolucionarios de dentro y fuera del país y con el resto de sinceros amigos de Colombia y del pueblo colombiano. Somos conscientes de que las victorias de los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y neocoloniales, del movimiento obrero y comunista internacional y de los países socialistas son una ayuda insustituible para la revolución colombiana. Y viceversa, los logros de nuestra revolución representan en la práctica el mejor apoyo que podamos brindarles a los movimientos de liberación nacional, al movimiento obrero y comunista internacional y a los países socialistas en la lucha contra el enemigo común.

Esta posición de principios no nos separa del Partido Comunista de China ni de su pueblo. Todo lo contrario, son precisamente el Partido Comunista de China y el pueblo chino quienes han defendido, en su lucha contra las fuerzas imperialistas y el revisionismo contemporáneo, tales principios de igualdad, mutuo respeto y solidaridad recíproca en las relaciones entre los partidos revolucionarios. La China socialista apoya incondicionalmente a los movimientos de liberación nacional de los países coloniales y neocoloniales, al movimiento obrero internacional y a los revolucionarios del mundo entero en su lucha contra el imperialismo, el hegemonismo y la opresión y a favor de la autodeterminación de los pueblos, la revolución, el socialismo y la paz mundial. Por eso la República Popular China y su Partido Comunista son los más sinceros amigos del pueblo colombiano y de su emancipación.

Las diferencias en torno de la lucha que el movimiento comunista internacional libra contra el revisionismo contemporáneo no han sido aún explicadas a fondo en Colombia, debido a la debilidad inicial de las fuerzas marxistas-leninistas y al estado embrionario de nuestra revolución. Sin embargo, estas divergencias tienen que ver directamente con el desarrollo del proletariado colombiano y su partido, en particular, y con el curso de la revolución colombiana, en general. Hasta ahora, a nivel de masas, se vienen desbrozando dos líneas, dos estilos, dos rumbos: el del MOIR y el del Partido Comunista. La lucha ideológica y política entre el marxismo-leninismo y el revisionismo en Colombia ha tenido que ver no sólo con las cuestiones internacionales sino con la estrategia y la táctica de nuestra revolución. Desde luego esta lucha no se definirá de la noche a la mañana. Será prolongada y tendremos que esperar a que sea la práctica tanto de la revolución mundial como de la revolución colombiana la que cancele irrecusablemente el conflicto más apasionante de nuestra época, e inaugure una era completamente nueva: la era de la cabal consolidación del socialismo en todo el planeta.

Ustedes han venido aupando en Colombia la andanada antichina que los revisionistas soviéticos esparcen por doquier sin vergüenza ni principios. La característica principal de esta campaña es la calumnia y la falsificación descarada de los hechos. Y la han arreciado sin importarles el que con ella se atente contra el entendimiento en la UNO y contra la unidad de las fuerzas populares, no obstante predicar de palabra a cada rato que ustedes están por dichos entendimiento y unidad. Nosotros no hemos respondido aún, pero tomamos atenta nota del sartal de sandeces y dislates. Aguardamos en parte a clarificar primero los problemas de la Unión Nacional de Oposición, de la unidad del movimiento sindical, del frente único en Colombia y de la política revolucionaria consecuente a seguir ante el gobierno lopista de hambre, demagogia y represión. Y en parte, a desbaratar el infundio de que el MOIR se mueve dogmáticamente, accionado a control remoto. Hemos demostrado hasta la saciedad nuestro ánimo unitario, nuestro celoso respeto por los compromisos contraídos, y si entramos en contradicción con nuestros aliados es porque nos asisten razones de principio que no podemos menos de plantear públicamente, en bien exclusivo de la unidad del pueblo colombiano y de su revolución. La polémica la estamos adelantando con firmeza pero con altura y así continuará siendo en el futuro, contra el estilo de “a piedra y lodo”, como parece ser la consigna de ustedes. Esta carta es una prenda de ello. Hemos procurado que todas nuestras críticas estén respaldadas por documentos cuya existencia es incontrovertible.

Reconocemos los aportes que el Partido Comunista y su militancia han dado al proceso unitario de los últimos tres años. ¿Cómo fue posible que el MOIR haya concertado una alianza tan larga con una fuerza política que se ubica en la corriente revisionista contemporánea? Ha obedecido a circunstancias muy particulares de la revolución colombiana. Pero, por sobre todo, a que logramos acordar un programa conjunto que interpretó cabalmente los rasgos esenciales de la revolución nacional y democrática de la presente etapa histórica de nuestro país. Un programa que proclama como principal objetivo la lucha por la liberación nacional y por la construcción de una patria soberana, popular y democrática, en marcha hacia el socialismo. Y la lucha por la plena soberanía independencia y autonomía de las naciones es una declaratoria de guerra no sólo contra las fuerzas imperialistas sino contra el revisionismo contemporáneo. La consecuencia con que se participe en esta lucha en Colombia por la plena soberanía, la independencia y autonomía de las naciones será la frontera divisoria por excelencia entre el marxismo-leninismo y el revisionismo. Desde luego que existen otras divergencias que iremos dilucidando con el tiempo. Han quedado tocadas algunas de ellas como la concepción acerca del Estado del ejército, de la construcción del partido y del papel de primerísima magnitud que le ha correspondido desempeñar en la actualidad al Partido Comunista de China y a su máximo dirigente, el camarada Mao Tsetung.

La lucha ideológica que se vislumbra está llamada a imprimirle un impulso cualitativamente nuevo a la resolución colombiana. Y el terreno se halla abonado para que se desarrolle con altura y objetividad. Esta es otra de las conquistas de la Unión Nacional de Oposición, porque ya no será posible impedir la discusión de los grandes problemas de la evolución colombiana con la inveterada costumbre de descalificar a los contradictores con acusaciones macartistas de derecha o de “izquierda”. El MOIR ha ganado en campo abierto el derecho a que sus concepciones sean escuchadas y tenidas en cuanta por las fuerzas revolucionarias. De nuestra parte estaremos siempre prestos a atender las críticas que nos hagan los revolucionarios.