¡BASTA AL TERRORISMO!

Por motivo alguno, y mucho menos por nuestro silencio, deseamos que alguien sospeche siquiera que el MOIR se complace a escondidas con la última locura de la extrema izquierda: el secuestro de Jaime Betancur Cuartas.

No por tratarse ahora del propio hermano del presidente de la república, a quién hemos impugnado sin tregua ni cuartel como ningún otro partido lo ha hecho en Colombia, dejaremos de creer que esos episodios, entre especuladores y arbitrarios, a semejanza del asesinato de Rafael Pardo Buelvas, o del enjuiciamiento secreto y posterior eliminación de José Raquel Mercado, lesionan seriamente a la revolución en cuyo nombre se ejecutan.

La exigencia de canjear la integridad física de una figura sentida del régimen por un decálogo de reivindicaciones, unas inalcanzables sin la movilización multitudinaria del pueblo, otras de imposible cumplimiento bajo el orden económico prevaleciente, delata el desespero de agrupaciones que se siguen negando a emprender la paciente labor entre las masas y buscan cosechar los laureles de dos o tres décadas de lucha en un día de suerte. Si las repercusiones se quedaran en el ámbito del autoanalizas no resultarían tan perjudiciales.

La gravedad del asunto radica en que con tales despropósitos se desacredita la causa de los desposeídos, se entraba la acción y la organización de los trabajadores de la ciudad y el campo y se provoca a los aparatos represivos para que procedan contra las fuerzas revolucionarias. ¡Y todo en un momento clave!, cuando la buena estrella de la demagogia oficial comienza a nublarse con los datos incontrovertibles del fracaso económico, los reclamos insatisfechos de los gremios de la producción, las contradicciones intestinas de la coalición gobernante y los brotes crecientes del descontento popular. Es decir, en una coyuntura en la cual a los abanderados de la revolución les sobran argumentos e incentivos para poner en pie de combate a las mayorías engañadas.

Llevamos alrededor de veinticinco años contemplando las inútiles y costosas hazañas de un extremoizquierdismo dado en nuestro medio casi silvestremente- ¡Ya está bueno!

Para no completar medio siglo de frustraciones, los sectores avanzados del pueblo habrán de librar la batalla ideológica y política en pro de la táctica que impida la suplantación de la masa por el héroe solitario y le diga ¡basta! al terrorismo.

MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR)

ESTADOS UNIDOS: LA PARÁLISIS INDUSTRIAL Y LOS LÍMITES DE LA RECUPERACIÓN

El último tercio de la posguerra ha significado para la economía norteamericana una pérdida relativa de su importancia en el concierto mundial: desde los primeros años de la década pasada tres recesiones de creciente amplitud han golpeado su estructura industrial, lo cual, agregado al lento desarrollo de la producción y de la productividad en sectores básicos durante el mismo lapso, ha contribuido a la pérdida de su influencia en los mercados internacionales.

En contraste con el continuo auge del sexto decenio, cuyo aumento promedio del Producto Interno Bruto superó el 4% anual y los índices del sector manufacturero se situaron por encima del 4.5%, los años setenta se inauguraron con un brusco retroceso de la industria estadinense de menos 3% y con un estancamiento global de la economía. El posterior restablecimiento no lograría revertir la tendencia a la parálisis general, presentándose, al poco tiempo, lo que se ha denominado la “crisis industrial” de 1974-75, el mayor colapso fabril desde la gran depresión, que afectó a todos los países industrializados y para Estados Unidos, en particular, implicó un reducción del 4.5% en el producto manufacturero y una contracción general de la actividad económica cercana al 1.1%. Esta no sería la última recaída. A partir de 1980 y por tres años consecutivos, producción estadinense declina 1% anual en promedio y su Producto Nacional Bruto de 1982 apenas alcanza el tope registrado en 1979. Se trata de la pausa regresiva más prolongada, cubre de nuevo a todas las zonas desarrolladas y causa importantes desequilibrios en el comercio y las finanzas mundiales.

Una consideración que bien podría tomarse en cuenta en el análisis de la actual crisis es la recurrencia de los fenómeno recesivos en ciclos muy rápidos, tres en escasos 12 años, y, principalmente, lo limitado de los efectos de los cortos periodos de reactivación. El hecho de que la capacidad de la industria norteamericana, o por lo menos de segmentos fundamentales de ella, se halle rezagada respecto de sus competidores extranjeros, determina que las consecuencias de la recesión sean allí más devastadoras.

El crepúsculo de la gran industria
Ramas como la automotriz, química, siderúrgica, caucho, astilleros, etc., pilares tradicionales de la industria de Estados Unidos y de su poderío técnico, sufren un franco deterioro y, lo que es aún más grave, cuentan con pocas posibilidades de recuperar el terreno perdido internacionalmente.

Como es sabido, el sector automotriz constituye una piedra angular de su economía, tanto por la ocupación de mano de obra como por la demanda que representa para otras ramas fabriles. Se ha calculado que uno de cada seis empleos industriales tiene relación directa o indirecta con la fabricación de automóviles y que este renglón consume el 20% del acero elaborado en el país, así como parte considerable de otras importantes materias primas: caucho, plástico, productos metal mecánicos.

Las dificultades de los fabricantes de automotores vienen de años atrás, pero se manifiestan agudamente desde el remezón petrolero de 1973-74, el cual impulsó la demanda de unidades más pequeñas y menos costosas en el consumo de gasolina. La incapacidad para adecuarse rápidamente a las nuevas exigencias, su relativo retardo tecnológico, el lento crecimiento de la productividad y los elevados costos de la producción, les hacen perder de manera acelerada la pelea contra sus homólogos japoneses y europeos, lo mismo en su propio mercado que en el ámbito internacional.

La Chrysler, la Ford y la General Motors, que en conjunto llegaron a controlar el 90% del mercado de Estados Unidos, han venido siendo desalojadas por firmas niponas que lograron aumentar su participación durante los últimos doce años del 5.5% al 21.2%. Ahora bien, del abastecimiento mundial, Norteamérica acaparaba el 85% en 1950, mientras que en 1980 apenas llegó al 30%. De aquí el progresivo abandono de mercados antes cautivos y las millonarias pérdidas contalibizadas por los monopolios yanquis, que se han visto obligadas a levantar subsidiarias o a realizar sus paquetes accionarios cediéndolos a sus competidores. Tal es el caso de la Chrysler que, ante la inminencia de una bancarrota financiera, determinó la venta de sus filiales europeas al conglomerado Citroen-Peugeot; las casas argentina y brasilera fueron negociadas a la Volkswagen, y la australiana a la Mitsubishi del Japón.

Otro rubro especialmente afectado por la cadena de recesiones de Estados Unidos es la industria siderúrgica. Un sinnúmero de problemas la aquejan ya desde hace más de dos lustros, entre los que se destacan bajos beneficios, lenta inversión, plantas obsoletas y pérdidas de mercados domésticos y externos. Los cierres han sido considerables con importantes secuelas en el empleo y la rentabilidad: de un millón de personas que laboraban el 1975 sólo 653.000 plazas permanecen abiertas para 1982, y el aprovechamiento de la capacidad instalada no supera actualmente el 42%, mientras que la utilidad obtenida representa la mitad del promedio nacional.

Se calcula que las importaciones de acero alcanzarán pronto el 30% del consumo interno, lo que equivale a una pérdida de 90.000 empleos y a un déficit comercial similar al causado por las importaciones de petróleo, si el gobierno no apoya a las grandes siderúrgicas en un plan global de reestructuración, que implicaría una inversión anual superior a los 7.000 millones de dólares durante los próximos 10 años.

Algunas cifras generales pueden dar idea de la creciente injerencia de los competidores extranjeros en el marcado estadinense: el monto global de los bienes foráneos en el consumo doméstico pasó de un 9% en 1970 a un 19% en 1982. Se importan aproximadamente el 30% de los automóviles, el 18% del acero, el 55% de los implementos electrónicos de consumo y el 27% de las máquinas herramientas. Un reciente estudio publicado por el Conference Board de Nueva York señala que cerca del 64% de los fabricantes en Estados Unidos depende de tecnología y maquinaría extranjeras, incluidas la NASA.

A manera de comparación, la mejora anual del rendimiento de la industria manufacturera en Norteamérica, registrada para el periodo 1973-80, fue menor al 1%, a tiempo que en el Japón se elevaba a ritmos superiores al 7%. Asimismo algunos estudios caracterizan a la estructura industrial nipona como de alta adaptabilidad y dinamismo, muy por encima del nivel estadinense. Puede, por ejemplo, analizar y copiar en cuestión de meses la última tecnología de microcomponentes que llevó a los norteamericanos varios años desarrollar y es capaz de absorber en mayor proporción las técnicas productivas más modernas. Cálculos de expertos estiman que se utilizan actualmente 36.000 robots industriales en el Japón, mientras que en los Estados Unidos, a pesar de ser el país en donde se perfeccionaron inicialmente, sólo habría en funcionamiento cerca de 6.500.

La rentabilidad se desploma
Una de las tendencias más claramente observadas en la economía norteamericana durante este período ha sido la disminución continua del crecimiento de la inversión en el sector manufacturero, como consecuencia del colapso de la rentabilidad.

Según diverso estudios, la merma de la tasa de beneficio ha sido permanente a partir de finales de la década de los sesentas, pasando de 8.3% en el periodo de 1961-65 a ceca de 4% para el promedio 1971-73. Para 1982, indica The Economist, el rendimiento en las inversiones industriales alcanzó menos de una cuarta parte del promedio de los diez años anteriores. Si bien este fenómeno se generalizó en los últimos años en todos los países industrializados, la economía norteamericana fue la primera que padeció sus repercusiones, así como había sido la que encabezó el gran auge en la acumulación de la posguerra. En medio de una feroz competencia entre los diferentes monopolios y estados capitalistas, acicateada fundamentalmente por la repercusión de Europa y el Japón, se desarrollaron factores que incidieron negativamente en la rentabilidad de la industria norteamericana, entre los cuales cabe mencionar los siguientes: el peso cada vez mayor de las inversiones en maquinaria e instalaciones y la consecuente elevación de sus costos de reposición; la precipitada obsolescencia de los equipos por obra de la permanente revolución técnica; el crecimiento de ciertos gastos como los que implica el control de la contaminación ocasionada por la rápida concentración industrial; el pronunciado aumento de la erogaciones por concepto de impuestos, intermediación financiera, etc., que gravan de manera importante a la actividad productiva propiamente dicha, y, por último, las conquistas sindicales de la clase obrera obtenidas durante dos décadas de bonanza de la industria yanqui. Constituyen entonces tendencia de largo plazo las que caracterizan las crisis de rentabilidad de los sectores manufactureros, y no simples desajustes en el comportamiento de los negocios. Por ello las consecuencias sociales, en particular sobre el empleo, tienden a agravarse de recesión en recesión y las recuperaciones hasta ahora observadas son sólo parciales y de corta duración.

¿Serán reenganchados los obreros despedidos?
El paro forzoso de obreros sirve de mecanismo compensatorio a la pérdida de rentabilidad, ya sea mediante la supresión de los renglones no competitivos o la elevación de la productividad con cambios tecnológicos ahorradores de mano de obra. En tiempos de crisis el fenómeno se acentúa, el desempleo y la recesión capitalista siempre caminan juntos.

El comportamiento de los índices de desocupación en Estados Unidos, para el período que venimos analizando, es claro al respecto: la primera pausa industrial de 1970-71 la tasa de desempleo aumenta de 3.5% a 6%; asimismo durante la “crisis industrial” de 1974-75 este porcentaje pasa de 4.9% a 8.2%, y en los tres últimos años, después de una ligera mejoría, el paro se eleva nuevamente de 6.0% a 10.8%, máximo nivel alcanzado desde finales de los años treintas.

Tomando solamente la industria automotriz, 211.000 operarios han sido despedidos en forma permanente; es decir, alrededor de una quinta parte de la fuerza laboral de dicha rama. De la nueva generación que se sumó en los dos últimos años a la población económicamente activa, cerca de 800.000 no encontraron ocupación. Tres millones de trabajadores han perdido sus empleos desde 1979, contribuyendo de manera efectiva el ejercito de desempleados que a finales del año pasado sumó más de once millones, de los cuales 46% eran obreros, 26% empleados “de cuello blanco”, 11% jóvenes, 2% trabajadores agrícolas y 15% de otras categorías.

Las declaraciones de los líderes del sindicato de trabajadores del área automotriz son sintomáticas de la situación que afrontan otras actividades básicas: “la mayoría tiene muy poca esperanza de ser reenganchada; la industria esta implementando el uso de robots y otras técnicas para aumentar la productividad”. Estudios especializados, como los emprendidos por la Ford en sus plantas ubicadas en Norteamérica, corroboran las denuncias laborales, al prever que para llegar a una eficiencia semejante a la de las firmas japonesas tendría que despedirse por lo menos a las mitad de sus 256.000 operarios. De los 2.6 millones de trabajadores que las industrias de Detroit empleaban en 1978, por lo menos 600 mil perderán sus plazas en 1985, y esto en caso de que se consiga una reactivación económica estable. La preocupación de los grandes monopolios por “robotizar” sus procesos productivos, con el fin de enfrentar a los competidores internacionales, se deriva además de los menores salarios existentes en otras zonas del mundo: en Japón la remuneración por hora es 45% más barata mientras que la de corea del sur es cuatro veces menor que la de Hong-Kong sólo representa 12% de la vigente en Estados Unidos. Resulta comprensible el alborozo con que los capitalistas recibieron las últimas rondas de negociación con los sindicales, en las cuales, por primera vez en 15 años, los niveles salariales acordados se redujeron de manera absoluta. En tales negociaciones a 1.2 millones de obreros se les impuso recortes, especialmente en las industrias básicas a 800.000 se les concedió pequeños incrementos para solo el primer trimestre de 1983 y a 180.000 se les obligo a aceptar la congelación de sus remuneraciones. Para los no sindicalizados y particularmente para las llamadas “minorías” (negros, chicanos, portorriqueños, etc.) las reducciones fueron mucho mayores, a la par que se elevaron en algunas ciudades sus índices de desempleo por encima del 30%. De aquí que el salario real promedio haya descendido en un 6% de su valor comparado con el observado en 1977. “¡Por fin un alivio en los salarios!” exclamaba el gran capital después de la negociación de las principales convenciones colectivas de 1982, preguntándose a la vez si estaba en presencia de un cambio cualitativo y a favor en las relaciones con el trabajo.

Las contradicciones del proteccionismo
Después de haber proclamado a los cuatro vientos la ortodoxa defensa del «libre» comercio, la actual administración norteamericana entra en conflicto con el Japón por las limitaciones impuestas a la importación de automóviles, y enfrenta la acusación de violación a los acuerdos del GATT lanzada por parte de las naciones de la Comunidad Europea, tras el establecimiento de tarifas y cuotas para la entrada al país de aceros extranjeros. Las evidentes tendencias proteccionistas adoptadas por Reagan y calificadas por algunos como un drástico viraje en su política económica, responden a la presión ejercida por el enorme desequilibrio comercial externo y a las exigencias de los empresarios amenazados por la quiebra.

En efecto, la balanza se ha deteriorado en forma continua saltando el déficit de 117 mil millones de dólares en 1976 a más de 42 mil millones en 1982, faltante que bien podría equipararse con el total de las ganancias repatriadas por las corporaciones norteamericanas por concepto de sus inversiones directas en el exterior, cuyo monto ascendió para 1980, a algo más de 40 mil millones.

Sin excluir al propio gabinete estas medidas han desatado una fuerte polémica en todas las instancias del Gobierno, reflejo de la pugna entre monopolios con intereses contrapuestos. De un lado, ya se mencionaron los sectores industriales principalmente afectados por la crisis, los cuales defienden con singular vehemencia las medidas proteccionistas apoyados por la burocracia sindical.

Del otro, se encuentran la gran banca, las corporaciones manufactureras cuyos negocios se efectúan primordialmente en el extranjero y, por supuesto, las agroindustrias dominantes en los mercados internacionales de productos alimentarios básicos, que de forma mancomunada propugnan la libertad de transacciones, ya que su estabilidad depende ante todo del movimiento de bienes, capital y ganancias llevado a cabo más allá de las fronteras nacionales.

La importancia de los empréstitos foráneos para los bancos norteamericanos es abrumadora. Las ocho mayores entidades crediticias, entre ellas el Citicorp, Bank of American, Chase Manhattan y Morean, originaban, en 1984, un 58% de sus ingresos de las operaciones internacionales, y poseían un total de 249.000 millones de dólares en activos fuera de los Estados Unidos. Gran parte de los préstamos se destinó al Tercer Mundo ante la imposibilidad de obtener altas ganancias en sus mercados de origen. Y como es sabido, propiciaron la carrera del endeudamiento externo que tiene en la bancarrota y al borde del abismo a las economías periféricas.

La razón de los reclamos de los banqueros ante la ola de protección radica en que el menoscabo de las exportaciones de sus clientes públicos y privados de las neocolonias, compromete de manera cada vez más evidente la capacidad de los deudores para responder a sus obligaciones, y podría sobrevenir una quiebra en cadena del sistema financiero en Estados Unidos precipitada por una cesación global en los pagos de los intereses y de las amortizaciones vencidos. Igualmente la escasez de divisas en los países pobres, agudizada por los nuevos aranceles y barreras proteccionistas de las zonas desarrolladas, limita importantes mercados para los monopolios exportadores.

¿Dará la protección salida a la crisis de la industria básica de los Estados Unidos? La respuesta parece ser negativa. Con medidas de este tipo, encaminadas a mantener artificialmente la economía, podrá subsanarse por corto lapso la caída de las ganancias de las empresas, pero no se superará su estancamiento estructural. La generalización de tales soluciones no sólo encontraría grandes resistencias internas sino que desataría una guerra comercial sin precedentes entre monopolios y Estados capitalistas, poniendo en cuestión la estabilidad misma del sistema. Las actuales disensiones entre los gobiernos de Occidente, especialmente en el terreno comercial y financiero entre los Estados Unidos de una parte, Japón y los países europeos, de otra, revelan las crecientes dificultades de la superpotencia para mantener una hegemonía puesta en entredicho, entre otros factores, por el anquilosamiento de los principales sectores de su industria.

Los límites de la recuperación
A tono con su espíritu retardatario el plan económico de Reagan se concretó en recortes del presupuesto dedicado a programas sociales, como la reducción de subsidios al desempleo y de las partidas destinadas a servicios públicos, salud, educación, etc. Con lo anterior, acompañado de alivios tributarios y subvenciones a las grandes compañías y a las capas acomodadas de la sociedad, se pensaba ponerle fin a la recesión y que por ende cederían la inflación, el desempleo y el déficit presupuestal.

Después de tres años de estancamiento, con las graves secuelas sociales mencionadas anteriormente, aparecen los primeros signos de una nueva reactivación de la economía norteamericana. Se estima para 1983 bajas tasas de inflación cercanas al 4%, un crecimiento económico de 5% y en general se observa una reanimación más o menos extendida de las ventas y otras transacciones. Sin embargo, existen indicios de que los efectos de la recuperación no lograrán revertir la tendencia a la parálisis o que por lo menos se presentan escollos difícilmente superables para que la economía reconquiste un dinamismo de conjunto comparable a las épocas de auge.

Por un lado, se señala el incontrolable crecimiento del déficit fiscal, impulsado principalmente por los extraordinarios gastos militares que le ha implicado al Gobierno la contención del avance soviético, y cuyas proyecciones indican que llegará a los 200.000 millones de dólares en 1983. Si esto es así, la demanda de crédito por parte del gobierno presionaría el aumento de las tasas de interés, ya de por sí altas, colocando barreras a la inversión en actividades productivas, promoviendo la inflación y ahogando de esta manera cualquier reactivación. Por otro lado, ciertos análisis coinciden en que la mejoría en las ventas y el aumento en la producción, se deben fundamentalmente a causas transitorias, por ejemplo, la baja en los precios del petróleo y las medidas de protección de corto alcance, las cuales mantienen incólumes los gérmenes de la recesión mencionados atrás.

Un verdadero restablecimiento demandaría entonces cambios profundos en la estructura industrial, tales como la extensión de la presente revolución científico-técnica a las ramas básicas, el desarrollo de nuevos sectores, etc., es decir, lo que algunos han denominado como un proceso de «reindustrialización» global, irrealizable en una situación de crisis y de agudo enfrentamiento entre las dos superpotencias como la que actualmente se vive.

OFRENDÓ SU VIDA POR LA REVOLUCIÓN

Nacido el 31 de enero de 1955 en Cisneros (Antioquia), Luis Ángel Acevedo Lopera fue asesinado en Puerto Berrío el 14 de Mayo de 1982, cuando apenas había cumplido 27 años. Su corta existencia, sin embargo, la vivió con una intensidad poco común. Siendo aún muy joven se distinguió como dirigente estudiantil, colaborador de huelgas obreras, activista en numerosas protestas campesinas, organizador de paros cívicos, concejal del MOIR en Puerto Berrío desde 1980 y, por encima de todo, como alegre, ruidoso, valeroso, y cabal militante del partido.

El séptimo de doce hijos de una familia de pequeños comerciantes que en 1957 decidió trasladarse a Puerto Berrío en busca de mejores horizontes, Luis Ángel desarrollo desde niño una serie de cualidades que lo acompañarían hasta la hora de su muerte: hacia fácilmente amigos entre la gente del pueblo, no le daba ninguna importancia al dinero y compartía todo lo suyo con sus compañeros más pobres. Cuando término sus estudios de primaria sus padres lo enviaron a un internado en Támesis, al sur occidente de Medellín, y al cabo de unos cuantos años lo matricularon en un instituto de enseñanza en Carmen de Viboral. En esta última población, no obstante, tampoco duraría mucho tiempo, y a principios de los años setentas acogió una propuesta de su familia y se fue a estudiar a Armero (Tolima), donde estableció sus primeros vínculos con el movimiento estudiantil de aquella época. Muy pronto se destacó por su energía, inteligencia, entusiasmo y capacidad de trabajo. Poco después se integró a la Juventud Patriótica, al organización juvenil del MOR, desde sus filas libró importantes luchas en contra de la “reforma educativa” que trataron de implantar los gobiernos de Pastrana y López Michelsen. Terminó por ser expulsado del colegio en 1975, como sucedió con muchos de sus condiscípulos, pero para entonces ya había tomado la determinación de dedicarse de lleno a la política revolucionaria.

Luego de mudarse a Ibagué fue encargado de coordinar el trabajo de la Juventud Patriótica en el departamento, y posteriormente, a raíz de una larga y victoriosa huelga de los recolectores de algodón del norte del Tolima, en la que participó de manera decisiva, resolvió consagrarse a la organización de ligas campesinas en la zona cafetera del municipio de Palocabildo. Al poco tiempo de estar allí fue detenido por las autoridades, que lo acusaron de imprimir y distribuir hojas volantes en defensa de una invasión de agricultores sin tierra.

Luis Ángel Acevedo volvió a Puerto Berrío en 1976, recién cumplidos los 21 años de edad, y fue aquí, en medio de la gente sencilla con la que había trabado amistad desde pequeño, donde llegó a convertirse en un auténtico dirigente popular. En junio de 1977 intervino activamente en una protesta pública contra las alzas de las tarifas de los servicios públicos, que paralizó a todo el municipio, y el 14 de septiembre de ese mismo año, durante las jornadas del Paro Cívico Nacional, estuvo al frente de las movilizaciones de masas que se levantaron en los barrios pobres del puerto. Participo con su habitual dinamismo en la campaña electoral de 1978, y en los comicios de 1980 ingresó por primera vez al concejo, como candidato del MOIR en las listas del Frente por la Unidad del Pueblo.

Su actividad en el cabildo la desempeño con el mismo entusiasmo con que realizaba todas las actividades del partido. Estableció contactos para la conformación del Comité Cívico de la Salud y fue promotor infatigable del programa de Medicina y cirugía Ambulatoria, que llevó a las veredas y al mismo casco urbano de Puerto Berrío más de nueve mil consultas, cerca de setecientas operaciones quirúrgicas y millares de drogas. Participó también en la invasión que hoy se conoce como el barrio 17 de abril, y el las sesiones del concejo impulsó valerosos debates para impedir el desalojo de los destechados; movilizó a pequeños y medianos comerciantes de la localidad, en una campaña de almacén en almacén que se prolongó durante varias semanas, para que se opusieran en las exorbitantes alzas en los impuestos de industria y comercio, y colaboró de manera muy valiosa en la fundación de las ligas campesinas de Bodegas, Cerrogrande, Ité, terminal, La Carlota y La Culebra.

Tanto en el cabildo como fuera de él, durante innumerables discursos pronunciados en múltiples reuniones y manifestaciones públicas, Luis Ángel Acevedo se caracterizo siempre por su constante batallar contra la línea política local y nacional del denominado Partido Comunista de Colombia, que en Puerto Berrío de daba el lujo de combinar todas las formas posibles de cretinismo parlamentario con las modalidades más irresponsables del aventurerismo pequeñoburgués. Nuestro camarada expuso y defendió con claridad meridiana, y en repetidas oportunidades, la posición del MOIR en todos los terrenos de la vida del país, y al mismo tiempo denunció los permanentes escándalos, impuestos desfalcos, despilfarros y maquinaciones burocráticas en que habían incurrido los revisionistas, aliados con el oficialismo liberal del municipio durante ocho años consecutivos. Habiendo ganado un inmenso prestigio entre los sectores populares del puerto por su capacidad, honestidad, y valentía revolucionaria, Luis Ángel fue reelegido al concejo en los comicios del 14 de marzo de 1982, dos meses antes de que lo acribillaran dos matones armados que pasaban por la puerta de su casa.

El dolor se extendió entre los pobres de Puerto Berrío, que al principio no querían creer lo acontecido. A la vez, el gobierno hizo un enorme despliegue de tropas y de carros militares en la población. El muerto, indudablemente, era un muerto grande. Los detectives entraban al velorio en forma descarada, con sus revólveres al cinto, y el terrorismo oficial impidió que mucha gente se acercara al sitio donde estaba expuesto el cadáver de Luis. Sin embargo, hubo centenares de obreros, campesinos, estudiantes, desempleados, maestros, artesanos y pequeños comerciantes que se atrevieron a ir hasta su casa, y uno de ellos se despidió de el en el entierro pronunciando las siguientes palabras: “sólo quienes conocimos a Luis sabemos todo lo que se va con él. Pero también sabemos los que anduvimos a su lado en estos últimos años, los más prolíficos de su existencia, todo lo que nos deja”.

PROCLAMADO DIEGO BETANCUR

El 17 de noviembre se brindó un banquete al compañero Diego Betancur con ocasión del lanzamiento de su candidatura para el concejo de Bogotá. Al acto, que se llevó a cabo en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, asistieron más de quinientas personas que pagaron 1500 pesos por boleta. También fueron proclamados los compañeros Marcelo Torres, Avelino Niño, Jaime moreno y Marino Vivas. Hicieron uso de la palabra además del homenajeado, el camarada Francisco Mosquera, quién abrió la campaña electoral del MOIR, y los candidatos Torres y Niño.

Campaña nacional del MOIR
Con una caudalosa concentración en Barranquilla se dio comienzo el 28 de octubre a la campaña nacional del MOIR, que agitará por capitales y municipios el programa de nuestro partido. En esa ocasión intervinieron, ante una multitud e tres mil personas congregadas en el Paseo Bolívar, los dirigentes nacionales Marcelo Torres, Carlos Valverde y Diego Betancur, así como Néstar de Ferrer y Rafael Osorio, cabezas de lista en el departamento.

El 2 de noviembre los voceros del partido, acompañados por dirigentes locales Mario Muñoz, Juan de Dios Hernández y David Múnera, presidieron un acto en el concejo de Pereira. Torres, Valverde y Betancur asistieron al día siguiente a la Asamblea Departamental del Quindío, colmada por centenares de militantes y amigos del MOIR. Donde llevó así mismo la palabra el secretario regional Fernando Ruiz. La gira por el Viejo Caldas culminó en la Plaza de Bolívar de Manizales, el 4 de noviembre, con la presencia del candidato al cabildo, Gonzalo Arango. El 7, invitado por el Nuevo Club Rotario de Ibagué, Diego Betancur dictó en la capital del Tolima una conferencia sobre el conflicto centroamericano.

Entre el 11 de noviembre y el 2 de diciembre, los jefes de la campaña revolucionaria encabezaron nutridas reuniones en Medellín, Cali, Palmira, Bucaramanga, Yopal y Pasto. El 11 concurrieron a la jornada de proclamación de candidatos realizada en el Hotel Nutibara de la capital antioqueña, en la que fueron oradores, además, los líderes obreros Jesús Hernández y Jairo Gutiérrez. Ocuparon también la tribuna, en el Valle del Cauca, Jorge Gamboa y Oscar Rivera; en Bucaramanga, Gildardo Jiménez y Alirio Múñoz; en el Casanare, José Daniel Rodríguez y Álvaro Morales, y en pasto, Orlando Patiño y Segundo E. Bacca.

El MOIR cerrará el año con manifestaciones en la Plaza de los Coches de Cartagena, el 14 de diciembre a las 5 p.m.; en Magangue. El 15, y en Carmen de Bolívar y San Juan Nepomuceno, el 16 de diciembre.

EL GENOCIDIO DEL NORDESTE DE ANTIOQUIA

Dentro del torbellino de violencia política que se ha desatado en el Magdalena Medio bajo el régimen de Belisario Betancur, y que en escasos quince meses ha cobrado tantas vidas como en todo el periodo presidencial de Turbay Ayala, el crimen ocurrido al atardecer del pasado jueves 4 de agosto en la vereda El Paso de Manila, municipio de Remedios, Antioquia, es sin duda alguna uno de los más espeluznantes.

Allí perecieron de manera infame, acribillados a mansalva, cuatro campesinos militantes del MOIR -Efraín Higuita, Emilio Zea, Jesús Restrepo y Julio Vélez-, y un quinto camarada que pudo salvarse de milagro, Esmar Agudelo, fue salvajemente herido en la nuca, en los hombros, en la espalda y en la cara de varios machetazos.

Al igual que en los peores años de la década del cincuenta, cuando en el campo colombiano imperaba la ley del chulavita, los diez sicarios que perpetraron el horrendo asesinato actuaron en medio de la más absoluta impunidad. Llegaron un buen día al lugar del acontecimiento, masacraron a sus víctimas con sevicia propia de sicópatas, las enterraron en una fosa común, se robaron todo lo que pudieron robarse y continuaron su camino sin el menor impedimento. Las autoridades judiciales todavía no han encontrado a los culpables. Como sucede siempre que es el pueblo el que pone los muertos, y los resultados de la investigación oficial no han arrojado hasta la fecha ni siquiera un sospechoso. El alto gobierno, tan locuaz en otras oportunidades, no se creyó obligado a dar ninguna explicación al respecto, y sus voceros se limitaron a propalar versiones falsas o amañadas con el objeto de encubrir a los facinerosos.

¿Dónde ocurrieron los hechos?
La vereda El Paso de Manila se encuentra a la margen izquierda del río Manila, en las estribaciones de la Cordillera Central que conforman el nordeste antioqueno. Para llegar a ella desde Cañaveral, el casco urbano más próximo, es necesario hacer a pie una jornada de ocho a diez horas, según las condiciones del tiempo y de la ruta. Cañaveral queda relativamente cerca de Segovia -tres horas en camión por carretera destapada- y toda la zona está en el centro de una región selvática supremamente rica en oro y en madera, con suelos fértiles para la agricultura y la ganadería, y bañada por innumerables ríos, esteros y quebradas que facilitan la caza y la pesca, la minería y la extracción de cedro, guayacán y otras especies.

A estas tierras de colonización, abandonadas por los sucesivos gobiernos liberales y conservadores desde tiempo inmemorial, se han desplazado durante los últimos años miles de familias campesinas oriundas de Bolívar, Tolima, Santander, Boyacá, Antioquia y los departamentos del viejo Caldas. Acosadas por el desempleo y la miseria, o perseguidas por la ola de asesinatos en masa que azota a Puerto Berrío, Puerto Triunfo, Puerto Boyacá, La Dorada y otras poblaciones del Magdalena Medio, venden lo poco que tienen para conseguir algún dinero que les permita comprar provisiones y herramientas y se internan en la montaña a buscar oro, cortar madera y hacer «tumbas» para sembrar y levantar sus casas. Muchos labriegos han tenido que salir huyendo de sus lugares de origen, perdiendo sus pequeñas parcelas o feriándolas por unos cuantos pesos, para venir a establecerse en el nordeste de Antioquia. En su mayoría son colombianos jóvenes que llegan a desbrozar caminos, a despejar el horizonte y a comenzar una nueva vida. Entre ellos se contaban Efraín Higuita, Emilio Zea, Jesús Restrepo, Julio Vélez y Esmar Agudelo. Se habían trasladado a la región apenas unos meses antes, pero ya se hablan ganado el respeto, el cariño y el respaldo de sus moradores.

Cuatro camaradas
Efraín Higuita nació en Belén de Umbría (Risaralda) en 1943. Siendo todavía un niño conoció las angustias y los sufrimientos, pero también la rebeldía y el espíritu de lucha de los pobres del campo. Víctima inocente de la violencia liberal-conservadora que desangró al país a partir de 1948, su familia se vio obligada a abandonar una pequeña finca que había adquirido después de muchos sacrificios y emigró a los Llanos Orientales, de donde también saldría perseguida al cabo de unos cuantos años. Los Higuita regresaron entonces a Risaralda y probaron la suerte itinerante de los jornaleros que en épocas de cosecha se alquilan para recoger café por una paga miserable. Allí vivió Efraín durante buena parte de su adolescencia, y ya mayor se trasladó a Puerto Berrío, donde fue tesorero de la Liga Campesina de Cerro Grande. Militaba en el MOIR desde 1979 y en los quehaceres partidarios se destacó por su disciplina, honestidad, sencillez e inteligencia. Era casado y padre de tres hijos menores, y en el momento de su muerte «estaba de verdad en lo que estaba», como dijo de él un compañero que lo conoció de cerca: «organizando a los agricultores de El Paso de Manila en defensa de sus intereses».

Minero de vieja data y auténtico veterano de la vida, Emilio Zea había nacido en Puerto Valdivia (Antioquia) hace 43 años. Desde muy joven se independizó de su casa y recorrió varios departamentos del país trabajando en diferentes labores relacionadas con su oficio. Posteriormente se mudó a Puerto Berrío, y antes de vincularse al nordeste antioqueño fue fundador y presidente de la Liga Campesina de Costeñal, vereda cercana a Cerro Grande, donde gozaba de inmenso prestigio entre las masas. Las personas que lo trataron lo recuerdan como un hombre sabio, de convicciones arraigadas y dueño de una riquísima experiencia, sin cuya invaluable colaboración hubiera sido muy difícil adelantar las tareas de la liga y del Partido, al que ingresó en 1979.

Jesús Restrepo sólo tenía 38 años cuando lo mataron. Pertenecía al MOIR desde 1981 y era natural de Segovia (Antioquia), donde fue durante toda su vida un campesino pobre. Había pasado largas temporadas barequeando en la región de Cimitarra y conocía los ríos y montañas del nordeste de Antioquia como la palma de su mano. Los colonos de El Paso de Manila lo apreciaban por sus calidades de «rumbero» -el que marca el rumbo a seguir en la manigua-, y sabían valorar su extraordinaria habilidad para orientarse en la selva, vadear quebradas peligrosas, distinguir la huella de los animales y acechar la guagua. Jesús Restrepo no llevaba mucho tiempo en el Partido, pero deja en sus filas grandes enseñanzas que le servirán para crecer aún en los lugares más inhóspitos del campo colombiano.

Uno de los últimos en recibir el machetazo de gracia se llamaba Julio Vélez, un muchacho de apenas 20 años, hijo de un obrero jubilado de la Frontino Gold Mines Limited, el monopolio imperialista que durante décadas ha saqueado los yacimientos auríferos del municipio de Segovia, donde explota una concesión de más de 16 mil hectáreas con 373 minas adjudicadas y redimidas a perpetuidad. Julio había aprendido de su padre a manejar las bateas de palo con que los mazamorreros de su tierra extraen el valioso mineral, y se unió al grupo porque necesitaba ganarse algún dinero para enviar a su familia. Había cursado hasta cuarto de bachillerato en el colegio de Segovia, era casado, padre de una niña casi que recién nacida y militaba en el MOIR desde hace un año.

La muerte de estos cuatro luchadores del partido constituye una vileza que el régimen belisarista no podrá borrar jamás de la memoria del pueblo, a pesar de toda su vocinglería seudopacifista, seudoliteraria, ultrademagógica y en no pocas ocasiones francamente ridícula.

La verdadera historia
Aunque en algunos medíos oficiales se ha especulado con versiones falsas acerca de que el crimen de El Paso de Manila se debió a una supuesta vindicta entre mineros, hay muchas evidencias, coincidencias y declaraciones de testigos presenciales que indican otra cosa. Un campesino de Segovia tuvo el coraje de denunciar personalmente ante el alcalde, a principios de agosto, que en el nordeste antioqueno habían desaparecido en pocos días y en circunstancias sospechosas cerca de veinte personas, y varios agricultores de la región afirman que la cifra puede llegar incluso al doble. Por su parte el compañero Esmar Agudelo, que se salvó por obra del azar y de su audacia, contradice de manera enfática las calumnias del gobierno y sostiene que en la zona «nadie pelea por minas porque donde uno mete la batea encuentra oro».

Sin embargo, lo que sí ha podido establecerse con absoluta certeza es que el martes 2 de agosto, 48 horas antes del genocidio, dos camiones del ejército llegaron a Cañaveral en desarrollo de un operativo castrense que de inmediato se extendió por las veredas. Coincidencialmente, dos días más tarde se presentaron los diez asesinos armados y vestidos de paisanos en el rancho de nuestros camaradas, que estaban terminando su jornada de trabajo, y después de un interrogatorio de rutina acerca de sus actividades y preferencias políticas los amarraron a estacas y los ultimaron con sadismo sólo comparable al de los peores momentos de la época de la violencia, no sin antes humillarlos, insultarlos y acusarlos de ser cómplices de la guerrilla.

Esmar Agudelo suplicó para que no los acribillaran amarrados, pero aún así le vendaron los ojos con una camiseta y luego lo agredieron tan brutalmente que lo dieron por muerto. “Yo me desmadejé y caí casi que sin vida -contó después en el hospital de Segovia-, pero por fortuna no perdí el conocimiento. Me quedé quieto como un tronco. Al rato sentí que uno de los verdugos se me acercaba para rematarme y llevarse las cuerdas con que me habían atado, pero yo contuve la respiración y pude oír con toda claridad cuando les dijo a los otros: «Este malparido ya no necesita más»».

Aprovechando un descuido momentáneo de los homicidas, que se entretenían abriendo la fosa y viendo qué podían robarse de la casa y del bolsillo de sus víctimas. Esmar Agudelo se arrancó la venda de los ojos y echó a correr por una trocha que él mismo había contribuido a desbrozar hacia unos días. Gravemente herido por las incontables cortadas a machete y a cuchillo -especialmente la de la espalda, de veinte centímetros de extensión y cinco de profundidad-, dando tumbos y cayéndose al suelo cada cuatro o cinco pasos, logró internarse en la selva y erró sin rumbo fijo, medio atontado por el dolor y la pérdida de sangre, hasta que el sol se ocultó detrás de las montañas de la cordillera. Ya oscuro se dejó caer al lado de un árbol, oyó un disparo de escopeta y recordó que Chucho, como llamaban a Jesús Restrepo, había salido a cazar una guagua para la comida antes de la llegada de los asesinos. A los pocos minutos oyó gritos y un segundo disparo, y entonces supo que su compañero había corrido la misma suerte de Julio, Emilio y Efraín.

Esa noche se alejó del lugar de la matanza hasta donde se lo permitieron sus fuerzas, y al amanecer del día siguiente se despertó no lejos de una quebrada en la que pudo tomar agua. Siguió andando durante varias horas y a eso de las once de la mañana se topó con un camino que reconoció inmediatamente. Decidió esconderse y esperar. Al comienzo de la tarde lo sobresaltó la voz de un arriero que iba apurando a su recua de mulas en dirección a Cañaveral, y que lo recogió y lo condujo por senderos poco transitados hasta una casa cercana, donde le prestaron los primeros auxilios. Esmar Agudelo entró al hospital de Segovia 24 horas después, gracias a la generosa ayuda que le brindaron numerosas personas, y de allí fue trasladado a Medellín.

A un periodista que le preguntó más tarde, cuando se recuperaba en una clínica de la capital de Antioquia, qué pensaba de todo lo que había sufrido y visto en esos días, Esmar Agudelo le contestó con una frase que todos los moiristas del país han hecho suya: «Que continuaré en la lucha, al lado de mis compañeros, y a pesar de todos los obstáculos, riesgos y borrascas que encuentre por delante».

Una región martirizada
Dos meses después de la masacre de El Paso de Manila, y ante el pasmo que suscitó en todo el país la denuncia de muchos otros crímenes igualmente sanguinarios que se cometieron por la misma época en el nordeste de Antioquia, una de esas «investigaciones exhaustivas» de la Procuraduría General de la Nación vino a confirmar lo que en la zona ya sabía todo el mundo: que durante las primeras dos semanas de agosto habían sido asesinadas al menos 22 personas, incluidos varios niños, mujeres y ancianos, y que los autores de la matanza habían contado con la colaboración directa o indirecta de patrullas militares estacionadas en Segovia.

Los sicarios que dieron muerte a nuestros camaradas eran apenas uno de los numerosos grupos de matones armados que durante quince días sembraron el terror en el nordeste antioqueno. El 5 de agosto, en una vereda cercana al río Manila, 16 hombres provistos de machetes acribillaron a cuatro colonos que se disponían a penetrar en la selva con destino a su mina; el 6 de agosto, en otra vereda llamada San José, un campesino que pasaba casualmente por un cruce de caminos encontró los cadáveres insepultos de un joven y de un anciano que solían barequear en compañía, y al día siguiente, mientras la gran prensa liberal y conservadora, celebraba el primer aniversario de Belisario Betancur en el gobierno, una cuadrilla de criminales ultimó a dos familias en un lugar situado a pocos kilómetros del río Mulatos. Allí perdieron la vida la señora Zoila Álvarez de Agudelo y tres de sus hijos, y con ellos cayó también doña María Zuleta de Castrillón abuela de 67 años de edad con dos de sus nietos, uno de ellos un niño.

La ola de violencia se extendió por un vasto territorio y se prolongó durante varios días más, por lo menos hasta mediados de agosto. Mucha gente declaró que había visto los cuerpos mutilados de un gran número de víctimas que bajaban por los ríos o se hallaban a la vera de los caminos, unos a medio enterrar, otros carcomidos por los gallinazos. Pueblos como Segovia y Remedios comenzaron a ser inundados por decenas de familias perseguidas que abandonaban sus parcelas o sus minas para buscar refugio en los cascos urbanos. Algunas llegaban con sus perros, cerdos, gallinas y otros animales domésticos, que tenían que vender en la calle, a cualquier precio, para poder subsistir por unos días; las que habían contado con mejor suerte llevaban unos cuantos gramos de oro en el bolsillo, que acaso sí les servían para no morir de hambre durante las primeras semanas, pero la gran mayoría había dejado atrás largos años de trabajo duro y había vuelto con las manos vacías.

Un censo somero, realizado por el párroco de Segovia en el mes de septiembre, demostró que sólo en esa población había más de 62 familias de agricultores y mineros refugiados. Es casi seguro que a Remedios huyeron otras tantas, y se sabe que muchas no encontraron la manera de permanecer en la región y tuvieron que regresar a sus departamentos de origen, desandando así el camino que habían recorrido en busca de una nueva vida en las montanas del nordeste de Antioquia. Una nueva vida que sólo será cierta, como lo enseña la historia pasada y presente del país, cuando en Colombia haya un gobierno revolucionario de obreros y de campesinos.

OTROS DOS COMPAÑEROS SACRIFICADOS

«Cuando sentimos que venía gente corriendo era que estaban ya en el patio. Tenían fusiles y trajes de fatiga y en la manga izquierda un distintivo blanco con letras rojas. Se entraron a la casa gritando manos arriba y ahí mismo comenzaron a disparar». Así refiere la joven Gloria Rueda los últimos segundos de sus hermanos Joselín y Anatolio, de 28 y 35 años de edad, muertos el 21 de junio al atardecer por un grupo de quince hombres que irrumpió en su pequeña finca de la vereda Santa Rosa, en San Vicente de Chucurí, Santander.

«Ellos dos eran muy unidos»
Al igual que millares y millares de labriegos colombianos, la mayor parte del año los hermanos Anatolio y Joselín Rueda Plata se ganaban la vida laborando al destajo, el primero en el duro oficio conocido como limpia o desyerbe, siempre a machete, el segundo en la albañilería. El resto del tiempo lo destinaban al manejo de la finca _El Ricaurte», predio cafetero de hectáreas adquirido por la familia en 1953, donde ambos residían con dos hermanas menores y su anciana madre, también herida en el abaleo.

Los hermanos Rueda pe: al MOIR desde 1976, y al momento de su muerte integraban los cuadros directivos de nuestro Partido en su localidad. En aquel mismo año se iniciaron como activistas, al hacer parte de un comité de caficultores conformado por casi trescientos propietarios con el objeto de frenar los abusos de la Federación. Ambos se enlistaron poco después en el recién creado Sindicato de Oficios Varios de San Vicente, del que seguían siendo socios. En 1979 la Asociación de Campesinos sin Tierra les encomendó la misión de coordinar la solidaridad del pueblo de chucureno con los agricultores vereda El León, comprometidos en una ocupación de baldíos que resultó a la postre victoriosa. Los dirigentes partidarios de El León rememoran hoy con entrañable afecto la presencia de los hermanos Rueda en aquella pelea: «Ellos dos eran muy unidos. Siempre se les veía juntos y hasta se dividían las tareas comunes para rendirle más a la organización».

Clemencia Lucena: UN TESTIMONIO DE LEALTAD AL PUEBLO

Todavía se hallaban fijados en los muros de ciudades y pueblos de toda Colombia los afiches que diseñó Clemencia Lucena durante la conmemoración que realizó el MOIR del centenario de la muerte de Carlos Marx, cuando un absurdo accidente segó, en plena juventud, la vida de su autora. Clemencia Lucena había realizado, a los 37 años de edad, cinco exposiciones individuales y veinticinco colectivas; había obtenido premios en la Exposición Panamericana de Artes Gráficas de 1970, en el Salón de Artes Visuales de 1976 y en la Bienal Internacional de Afiche de Varsovia, Polonia, en 1974. Igualmente, en 6 años, de 1973 a 11979 reprodujo 7 litografías, suyas en 17,500 ejemplares y diseñó incontables afiches para diversas batallas políticas moiristas.

Crítica radical
Clemencia nació en Manizales el 5 de diciembre de 1945; desde muy temprano, orientó su gran sensibilidad hacia la pintura y paralelamente desarrolló un manifiesto espíritu crítico. Ya desde su primera exposición, en 1967, fue evidente su mordaz rechazo de las más decadentes características de la oligarquía colombiana; ridiculizó por entonces las farsas matrimoniales, los reinados de belleza, las páginas sociales de la gran prensa, con un radicalismo extraño para un medio en el cual tanto éxito logra la adulación.

Al mismo tiempo, ejerció la crítica de arte en varios periódicos, hasta que sus posiciones hicieron que fuera marginada de sus páginas. En el libro Anotaciones políticas sobre la pintura colombiana recogió las principales colaboraciones suyas a la polémica sobre las relaciones entre el arte y la política, en la cual ella libró una prolongada batalla.

La crítica radical de Clemencia Lucena dejó de ser una posición independiente desde su encuentro con el MOIR, Comenzó entonces a estudiar el marxismo, profundizó en las concepciones revolucionarias acerca del arte y, lo que es más importante, cambió el rumbo de su pintura; se esforzó hasta el máximo por elogiar y cantar las batallas de su Partido.

En las luchas del pueblo En Clemencia fueron siempre
En Clemencia fueron Características dos pasiones: por la verdad y por el pueblo. Sin concesiones combatió todo lo que falseaba la verdad, y con generosidad entregó su juventud a trabajar por las causas populares. Con frecuencia viajaba por Colombia con fin de compartir las experiencias de mineros, campesinos, pescadores; precisamente en julio, cuando la sorprendió la muerte, se hallaba en el Valle del Cauca con el propósito de conocer de cerca la vida de los trabajadores de la caña de azúcar, y unos días antes se había trasladado a Buenaventura, donde tomó parte en una gigantesca manifestación de los trabajadores portuarios. Del mismo modo viajó por Arauca, Magdalena Medio, el norte de Antioquia, el Tolima, el Cauca.
Su obra es el mejor testimonio de tal amor por el pueblo. En sus cuadros, casi todos hechos al óleo, una técnica difícil y por ello hoy casi olvidada, se plasmaron años de intenso trabajo y dedicación para lograr cierta expresión en la cara de un campesino, el júbilo de un 1º de Mayo, los esfuerzos de los militantes del MOIR en una manifestación, la participación de las esposas de los obreros en una huelga. Con paciencia, poniendo un inmenso cuidado en cada detalle técnico, Clemencia logró progresos día tras día.
Preocupada porque su arte llegara efectivamente a los más amplios sectores de masas, repartió miles de copias litográficas de varios de sus cuadros; y cuando en algún humilde rancho encontraba una de aquellas copias, sentía que su trabajo estaba plenamente retribuido.
Constante batallar
Como era de esperarse, la obra y las actitudes de Clemencia Lucena produjeron también el rechazo de todo tipo de oportunistas y de los sectores retardatarios del ámbito intelectual. Su contraposición de las abras del Salón Nacional de 1971, su enjuiciamiento del carácter antinacional de la Bienal de Coltejer, así como de otros varios eventos plásticos, le ganaron enemigos a pesar de sus afanes porque un mayor número de artistas participara en la revolución. Fue señalada hasta el Cansancio como «panfletaria». Se le reprochaba que fuera militante el MOIR, sindicación de la cual vivía tan orgullosa que plantaba su bandera en cada obra.

En el curso de todos estos debates, Clemencia replicó a sus enemigos defendió sus puntos de vista con ardor y convicción. Fundó, junto con el escritor Luis Fernando Lucena, su compañero de trabajo y de lucha por veinte años, la Editorial Bandera Roja y una revista con el mismo nombre; en ellas publicaron diferentes libros y artículos, relatos de escritores revolucionarios, traducciones de José Stalin, fotografías que testimonian características del trabajo y los combates del pueblo. Ignorando los más calumniosos ataques, se dedico con mayor tesón a su obra. Pasaba a veces hasta seis meses, laborando trece y catorce horas diarias, en un solo cuadro. Y por ello, aún aquellos que la odiaban sentían ante sus lienzos respeto

Mientras atendía estas actividades, Clemencia participaba también de las faenas políticas partidarias. En todas las campañas electorales trabajó en las comisiones de propaganda, así como lo hizo en diversas jornadas conmemorativas adelantadas por el MOIR, como fueron el cincuentenario de la masacre de las bananeras, el bicentenario de la insurrección comunera y los cien años de la muerte de Marx. Se esmeraba en cada afiche y revisaba incluso las pruebas, convencida como estaba de que la propaganda del proletariado debía ser la de mayor calidad. Colaboró decisivamente, del mismo modo, en las ediciones del Partido, particularmente en el libro Unidad y combate.

Recuerdo imperecedero
Es seguro que lo mejor de la obra de Clemencia Lucena estaba por venir. Había acumulado conocimientos y experiencia, se hallaba en plena producción, tenía proyectos cada vez más ambiciosos, cuando el 24 de julio de este año falleció en Cali. Profundamente conmovidos, los militantes del MOIR y numerosos revolucionarios la acompañaron, el 26 de julio, hasta el Cementerio Central de Bogotá, dando testimonio del dolor ante la pérdida de quien descollara en el terreno del arte entre los pioneros de la revolución colombiana.
Incluso entre quieres la combatieron, hubo expresiones que ratifican la destacada posición del arte de Clemencia; el 9 de agosto pasado, el autor de la columna “La ciudad” del diario La Patria de Manizales, dedica un artículo al tema, Comienza por aseverar que “ Nunca en la vida detesté tanto a una artista como en el caso de Clemencia Lucena”. Sin embargo, le es imposible soslayar el hecho de que “era una mujer vehemente y en sus cuadros se expresaba con la fortaleza de un grito” y que «quiérase o no, deja una obra de insospechada fuerza histórica para nuestro devenir cultural y político». Al final de este artículo el columnista condena el hecho de que la muerte de la pintora ‘`fue dejada pasar por alto porque era una mujer combativa y de izquierda».
Para los revolucionarios el recuerdo de Clemencia es imperecedero.

En su vida y en su obra, fieles a la causa de los desposeídos hasta el último aliento, encontrarán los artistas del futuro una fuente de inspiración, un ejemplo de dignidad de vida intensa y también de irreverencia frente a los enemigos del pueblo.

EN POS DE UN ARTE DE PARTIDO

Clemencia Lucena, Bogotá, agosto de 1981. Escrito para Panorama Artístico Colombiano

Para los pintores revolucionarios la musa es la lucha popular, cantera inextinguible donde pueden explorar toda la vida hallando siempre temas relevantes. La dinámica de la revolución le infunde a la pintura que la exalta el espíritu de desarrollo, sustancia siempre renovada, cambiante, crítica. Y este espíritu la dota de argumentos y fuerzas para atacar a los explotadores y alentar a los explotados. Gran variedad de estilos y formas es lo que necesita y promueve la corriente artística liberadora, campos de cien flores como los que Mao Tse-tung abonó pacientemente y desyerbó luego, sin vacilaciones, durante la epopeya de la revolución cultural proletaria en China.

Los artistas comprometidos con la revolución colombiana encuentran su identidad en el propósito común y su contradicción en la diversidad de expresiones. En este orden de ideas, planteo una posibilidad tan legítima como otras: una pintura partidaria. Ello obedece a mi convicción de que el MOIR es, como lo afirma su dirigencia, un partido que anhela con justicia al sitio y al titulo de jefe máximo de la clase obrera colombiana. De ahí que su actividad cotidiana haya sido el contenido predominante de mis cuadros, aunque también he dado testimonio de luchas revolucionarias libradas por las masas, independientemente de las organizaciones que las orientan.

Sin embargo, en mi obra resulta evidente que el estímulo proviene más que nada de la existencia de infinidad de moiristas consagrados a la revolución a lo largo y ancho de nuestra geografía, porque en ellos está puesta mi esperanza, como le ocurre a un creciente número de colombianos. Merecen arte, y merecen ser tema de arte los compañeros del MOIR que se desplazan por los campos y veredas en fervientes y modestas comitivas convocando a un acto; los que van armados de perífonos y sedosas banderas; los que adornan las chalupas con festivas enseñas para llevar por el río las buenas nuevas de la vanguardia obrera; los que forman sindicatos; los que trabajan por la huelga; los que reparten chapolas; los que venden Tribuna Roja; los que escriben y los que teorizan; los que organizan y educan a los campesinos; los oradores; los que llevan sus libros, sus piezas de teatro y su música a donde se necesita para enseñar y alegrar en el combate.

En lo que atañe a mis pinturas, las veo como instrumentos que comienzan a entonar y quieren acoplarse al ritmo que marca la vanguardia de la revolución colombiana.

PALABRAS PARA QUE NO SE OLVIDEN NUNCA

Francisco Mosquera, secretario general del MOIR, en el entierro de Clemencia Lucena

Bogotá, julio 26 de 1983

Clemencia:
Como te conocíamos y como sabemos que, si te fuera dada la licencia de demandar algo, ahora, en la hora inexorable de la despedida, sólo indagarías por el afecto de tus compañeros de fatigas e inquietudes, es que deseamos decirte unas cuantas palabras para que no se olviden nunca. La muerte te propinó un golpe artero cuando aún tenías mucho por aportar a la causa de los expoliados e ignorados, pero no pudo velar el hecho incontrovertible de que caíste en medio del campo de batalla. Al Valle del Cauca te trasladaste en cumplimiento de tus magníficos proyectos de ligarte en alguna forma y aunque fuese temporalmente con el proletariado de aquella brava porción de la patria, tanto para plasmar en vivos colores la insumisión de los esclavos asalariados y enriquecer el arte revolucionario, como para fortalecer el ánimo de los combatientes con tu entusiasmo contagioso. No hará quince días que estuviste en los muelles de Buenaventura a enterarte personalmente de la huelga de los trabajadores de Colpuertos, pues intuías que ese conflicto, ensangrentado ya por la metralla oficial, bien podría marcar el viraje hacia el descrédito de la demagogia reinante. Y así estabas dispuesta a seguir avanzando, a investigar, a estudiar, a vencer. Te sucedió lo que les acontece a todos los revolucionarios de verdad, que la vida no les alcanza para culminar cuanto aspiran, no sólo porque cuando logran una meta se proponen otra y otra, sino porque la revolución contemporánea será la hazaña de muchas pero muchas generaciones.
Lo importante es consumar concienzudamente las tareas que nos han de corresponder. Y tú no le temiste a ningún riesgo y desafiaste todos los valores establecidos, decidida a contribuir, desde tu trinchera, al porvenir venturoso de Colombia y de los pueblos del mundo. Exaltaste y participaste de la intrepidez de nuestros héroes, de la fortaleza de nuestros mártires y de la abnegación de nuestros mejores militantes. Defendiste con pasión cuanto te parecía correcto y condenaste sin miramientos las posiciones ambivalentes y acomodaticias tan características de los prohombres de la reacción.
Esgrimiste con singular destreza la pluma y el pincel, tu arma predilecta. Analizando febrilmente las experiencias del pasado y comunicándote con las masas te esmeraste por hallar los senderos expeditos para la marcha victoriosa de las muchedumbres del común.

En tus obras captaste los momentos preliminares de la revolución colombiana, en los que los obreros, los campesinos y los demás segmentos sojuzgados y patrióticos pugnan por elevar la conciencia, emprender sus luchas, adecuar sus organizaciones y acumular fuerzas para las contiendas definitorias. Y tú misma hiciste parte de los pioneros de esta gesta que nada ni nadie contendrá.

Cumpliste, pues, a cabalidad con tus ideas y tus gentes. Tu vida será siempre fuente de inspiración para aquellos que habrán de sucedernos en la brega, y el pueblo, quien al fin y al cabo es el que decide sobre el olvido y la inmortalidad, te recordará entre sus primeros servidores.

Mosquera en la proclamación de Diego Betancur: NO DESCUIDAR LA CONSTRUCCIÓN TEÓRICA NI LA LUCHA IDEOLÓGICA

Queridos compañeros y amigos:

Henos de nuevo aquí prendiendo los motores de otra campaña electoral, la séptima, desde cuando decidimos sepultar nuestro abstencionismo y poner en juego la inagotable fortaleza del Partido en unos trajines que le eran desconocidos por completo. Luego de más de un decenio ha de pensarse que el MOIR ha corrido sin suerte no sólo por el exiguo número de los votos contabilizados en las lides comiciales, sino porque su pequeño sector parlamentario, para llamarlo de cualquier forma, se ha visto lesionado con notorias y gravosas deserciones. Debido a esos reveses, en más de una ocasión recibimos, sobre todo de parte de los mismos desertores, la propuesta de que modificáramos criterios, tácticas y estilos que no hacen carrera fácilmente en nuestro medio. En otras palabras, se nos aconseja, como algo muy brillante, que en lugar de continuar nadando contra la corriente nos dejemos más bien arrastrar por ella.

Traigamos a colación algunos ejemplos sobre el alcance y el significado de tales sugerencias. En cuanto atañe a la manera de concurrir a elecciones, escuchamos que el asunto consistía en llevar las gentes a las urnas agitando objetivos asequibles, no en asustarlas o decepcionarlas con propósitos que, además de contenciosos y de complejo entendimiento, son de remota realización. Respecto a la conformación del frente único se nos insistió en sustituir el programa, la democracia y el no alineamiento, nuestros tres requisitos unitarios, por las reformas, la ventaja de grupo y el seguimiento a Cuba. Acerca de la problemática mundial nos dijeron que deberíamos enclaustrarnos en un sano nacionalismo y abandonar el derrotero que mejor contribuye a contener al expansionismo soviético y a favorecer la plena autodeterminación de las naciones, relacionando menos nuestra política interna con los engorrosos enredos del ámbito externo, si deseábamos aglutinar a la mayoría del pueblo colombiano.

Semejantes inquietudes, incluso planteadas por la sincera preocupación que en el ánimo de algunos militantes y amigos genera la lentitud de nuestro crecimiento, provienen del olvido de que el MOIR pertenece a las filas del trabajo, y no es, no quiere ser, representante del capital ni de ninguna otra clase distinta del proletariado de Colombia. Por supuesto que si nos equivocamos no avanzamos; y hemos incurrido en errores no muy graves, descubiertos y corregidos afortunadamente a tiempo. Pero podemos asegurarles que las complicaciones, partiendo desde luego de la perspectiva que nos interesa, lejos de originarse en el cumplimiento de nuestros postulados, se derivan de lo contrario, su todavía escasa cobertura y reducida aplicación. ¡Atinente recordar este ignorado axioma de la brega revolucionaria, en los preludios de unos sufragios en los cuales no hay tampoco por dónde se vislumbre un notable progreso del Partido, de producirse alguno! No pretendemos restar importancia a la tarea ni hurtarle el cuerpo a la batalla. Rindiendo tributo a nuestra trayectoria de combatientes, agotaremos en las jornadas que se avecinan todos los recursos de que dispongamos. Impulsaremos las alianzas necesarias y convenientes, a nivel nacional y regional, allanándolas con una actitud flexible; promoveremos las candidaturas de nuestros mejores voceros, como lo hacemos esta noche en Bogotá con los nombres de Marcelo Torres, Diego Betancur, Avelino Niño, Jaime Moreno y Marino Vivas, y desplegaremos a cuadros y activistas por municipios y veredas a fin de propagar, en unos lugares por primera vez, en otros por segunda, quinta o séptima, los mensajes de la revolución y la confianza inquebrantable del MOIR en la victoria final.
Sin embargo, las circunstancias no se nos presentan aún propiciatorias. Pese al acelerado desprestigio del gobierno, a la persistencia de la aguda crisis económica, a las esclarecedoras repercusiones de los caóticos sucesos internacionales y a los elocuentes brotes de enojo popular registrados, las oligarquías continúan capeando con relativo éxito sus múltiples problemas, ayudadas obviamente por los delirantes embelecos de los oportunismos de derecha y de «izquierda», que ayer adoraban los lados buenos del «mandato de hambre» y hoy se prosternan ante las amnistías, los diálogos, las aperturas democráticas, las pacificaciones interiores y exteriores y las demás facetas carismáticas del Cambio con Equidad. Así deseemos mantener vivo el germen del frente por la Unidad del Pueblo, por veredicto inapelable de los hechos habremos de marchar solos a la justa en un considerable número de departamentos. Es decir, las dificultades tan manifiestas en los comicios de 1978, de 1980 y aún de 1982, acarreadas en particular por la agria pelea contra el revisionismo y sus tendencias afines, no cesan de afectarnos. Eso que el Partido Comunista tuvo, ¡por fin!, un descalabro serio con la reciente y total insubordinación de su regional del Valle, el primer desgarramiento suyo en el lapso en que nosotros soportamos tres escisiones sucesivas; que Firmes, gestado por notabilidades de las letras, el periodismo, la cátedra y el foro, nacido en medio de las alabanzas de la gran prensa que le auguraba una larga existencia y puesto siempre a discreción de las más vulgares posturas reformistas, hace tiempo pasó a mejor vida, y que los últimos inventos del extremoizquierdismo parecen agotar su curso meteórico, luego de los múltiples y costosos experimentos por suplantar las contiendas de las masas trabajadoras con la acción heroica individual, el foquismo, los secuestros y el terror.

De todos modos seremos fieles a la conducta del pasado, aprovechando una vez más, y a cabalidad, las oportunidades que nos ofrece la participación en elecciones para ligarnos al pueblo, explicarle nuestras ideas y alertarlo acerca de los ardides de sus expoliadores; sin lisonjear a los sufragantes con silencios en torno a materias básicas que urgimos discernir, y sin desesperarnos porque los guarismos escrutados no hagan justicia a lo arduo de la labor y a lo ingente de los sacrificios.

Muchos de ustedes se habrán preguntado, al igual que yo, dónde estriba el temple de un partido que, como el MOIR, desde la cuna rehusó aceptar padrinos y aguas bautismales de adentro o de afuera del país, y, aun cuando no haya gozado de la satisfacción de triunfos resonantes y se halle cercado de ponzoñosos enemigos, persevera tozudamente, conservando intacto durante tanto tiempo et honor y el humor. Ello obedece, a mi juicio, a que no descuidamos ni la construcción teórica ni la lucha ideológica.

Antes de finalizar el 16 de abril de 1972, los camaradas, reunidos en las sedes para compulsar los datos de las votaciones de aquel día, ya habían calado por experiencia directa no sólo las tremendas cortapisas que para los desposeídos y oprimidos conlleva esta actividad, sino cómo los sufragios reglamentados por el régimen imperante tipifican un instrumento de dominación de clase de los explotadores, similar a la prensa, a los tribunales de justicia o al ejército. Distantes de pretender ocultar dicha verdad, o de adobarla, con el objeto de no menguar el fervor de los militantes en los futuros debates, profundizamos en ella, la sustentamos con el estudio y la investigación, sin renunciar ni un momento al principio de sacarle todo el jugo posible a la confrontación electoral.

Nos opusimos asimismo a cambiar cláusulas del programa por votos, ese trueque simoníaco del que muchos de nuestros aliados esperaban milagros. Las secuelas de una correlación de fuerzas desfavorables no las vamos a subsanar con evasivas retóricas, astutas maquinaciones o genuflexos ademanes. No estamos en una feria de diversiones para complacer los gustos de Enrique Santos Calderón, que cuando pertenecía a Firmes y dirigía Alternativa nos planteaba un frente liberal para hacer la revolución colombiano, y ahora, desde sus plácidas oficinas de El Tiempo, le increpa a Diego Betancur el sectarismo de insistir en los lineamientos partidarios y desdeñar las recursivas soluciones propaladas de continuo por los reparadores de la derruida república. Tal vez sea por casualidad, pero siempre que nos encontramos en un debate nos traen de espejo, procedente de alguna nación amiga, uno de tales demócratas y nos dicen: «Fíjense en la acogida que despiertan en nuestros amados diarios las tesis de mozos tan inteligentes». Si ya lo hemos señalado, lo repito: no nos impresiona el caso del socialismo español, cuyo ingenio se redujo, en su trepada de babosa al Poder, a borrar del prospecto la mínima referencia a los «ismos» que sonaran desafinados a los oídos de las autoridades consagradas. De no conseguir dotar a los destacamentos dispersos de obreros y campesinos con la conciencia, la organización y el mando imprescindibles para que den al traste con las viejas e irritantes potestades, habremos fracasado. Al servicio de esta prolongada y descomunal empresa ha de encaminarse cada desvelo del Partido, incluidas las campañas electorales. Como a las elecciones vamos porque no podemos ganarlas, aprovechémoslas entonces para esparcir las semillas del ideario de la revolución.

Nos creen carentes de imaginación porque no salimos cada ocho días a anunciarle a la audiencia una fórmula distinta para corregir los ancestrales desarreglos de la economía, tapar cual el gato la crónica corrupción administrativa, reducir el multimillonario déficit fiscal con el auge de los impuestos indirectos, enseñarles a los funcionarios del DANE a componer una canasta familiar que, en lugar de prescribir un incremento mensual del costo de la vida de tres y hasta de cuatro puntos de porcentaje, registre una disminución patriótica de 0.08%, o para armonizar el desmirriado interés colectivo con el lucro fácil y pernicioso de los magnates de la tierra, las finanzas, el Estado, etc., a la manera como viene perorando un Carlos Lleras Restrepo por cincuenta insoportables años, sin que el país se beneficie, y a veces ni se entere, de sus salomónicas aportaciones. Tampoco le indicaremos a la señora de Moreno Díaz a donde habrá de recurrir el Inscredial tras las decenas de miles de millones de pesos que demandaría la materialización de las demagógicas promesas del gobierno, pues las partidas, si se expiden, únicamente provendrán de la maquinita de emisión del Banco de la República, y sobre todo porque en el sistema prevaleciente la vivienda, con o sin cuota inicial, es una prerrogativa de las esferas adineradas.

Al revés, pugnamos por que el pueblo, comprendiendo a profundidad las causas de tales anomalías, se apreste a proceder en consecuencia; y nos preocupa muchísimo menos que los contradictores del MOIR desconozcan que la misión de un auténtico partido revolucionario no estriba en prolongar artificialmente la vida de la desahuciada sociedad de los señores, sino en ayudarla a bien morir.

Desde el Congreso de Cúcuta de 1821 la democracia oligárquica de Colombia le ha dado 162 veces la vuelta al sol y en todo ese largo tramo jamás hubo un parlamento dominado por las clases laboriosas, a pesar de que en la centuria pasada los campesinos fueron la abrumadora mayoría y en el presente siglo continúan siéndolo junto a sus aliados naturales, los obreros. ¿No les parece a ustedes que se aproxima la hora de que estas clases instauren su propio Estado, regenten la nación y la curen a ciencia cierta de sus desigualdades y de sus desequilibrios? Ahí si cobrarán pleno valor para nosotros los ajustes, las reformas y hasta las rectificaciones que ineludiblemente se llevarán a cabo en el esmero por labrar la grandeza de la patria liberada y la felicidad del pueblo; metas ambas factibles, pues por primera vez las riquezas materiales y espirituales de Colombia pertenecerán a los productores y estarán en función del progreso. En el entretanto haremos agitación y propaganda de las reivindicaciones económicas y políticas que urgen los trabajadores de la ciudad y el campo, y las cuales, para mayor desconcierto de nuestros impugnadores, no son demasiado originales, merced a que coinciden, salvo uno que otro tópico muy específico del país, con las enarboladas por las muchedumbres irredentas de las ciento y pico de neocolonias del planeta. Coinciden tales reivindicaciones en la naturaleza de los problemas que buscan resolver y en el carácter de la revolución que implican.

Y para colmo de colmos, tendremos menos que hacer de lo que cabría suponerse para obtener el triunfo. Antes de los esfuerzos subjetivos encaminados a generarlo, el tránsito de una organización social a otra radica en sus objetivas contradicciones internas. Ni la crisis económica, ni las divisiones de los detentadores del Poder, ni las sandeces presidenciales, tan definitivas para que aflore el odio de los gobernados contra la coalición reinante, en nada dependen de cuanto efectuemos, pensemos o propaguemos. Un sistema como el que nos expolia, que entre más se desvela por reanimar el rodaje productivo más certifica su absoluta impotencia para sacar a Colombia del estancamiento, ha de ser inexorablemente sustituido por otro, va que a un país podrá escatimársele la prosperidad por un tiempo pero no todo el tiempo. Cuando una sociedad, la que fuese, no logra ya dar respuesta satisfactoria a los acuciantes e impostergables requerimientos de la producción, habrá llegado inequívocamente al final de su ciclo.

El insaciable saqueo que sobre Colombia ejercen los monopolios imperialistas; las caducas formas de propiedad y explotación de la tierra debidas a las remanencias feudales y la conservación de los chocante privilegios de minúsculos sectores parasitarios que engordan, no sólo a costa del erario, sino mediante las actividades especulativas del agio, la usura y el gran comercio, constituyen obstáculos insalvables para el desarrollo, que cada día se tornan más evidentes y menos tolerables. Los fundamentos de la revolución descansan precisamente en el imperativo de dinamitar aquellas trabas, y la sapiencia del Partido se concreta en comprender a fondo las razones de semejante transformación y volverlas conscientes en el cerebro de los forjadores del porvenir, los encargados de emancipar a la nación y modernizarla, las masas multitudinarias de obreros y de campesinos. Para lo cual tampoco habremos de posar de inventores. El material instructivo nos lo suministran a porrillo las quiebras industriales y los concordatos firmados entre las empresas y sus acreedores; o la abultada deuda pública con la cual la banca internacional estruja al país y acogota al gobierno, y que multiplicase ininterrumpidamente mientras languidecen los ingresos por concepto de las exportaciones del café y otros rubros menores; o las reveladoras estafas de un Félix Correa en perjuicio del ahorro de sus clientes, junto a los turbios tejemanejes suyos con que administrara una compañía de la importancia de Fabricato, adquirida con la vendimia de las defraudaciones; o cualquiera de los otros muchos y halagüeños síntomas del derrumbe y la descomposición del viejo régimen. Como el hombre del común no aprende en los libros sino a través de la experiencia directa, con toda esta cascada de ricos acontecimientos cotidianos a los moiristas les sobrarán medios e incentivos para educar al pueblo y elevarle su cultura política.

El proceso discurre, pues, en el sentido del vuelco revolucionario, y, de perseverar sin impaciencias, estemos seguros de que la historia nos cumplirá la cita que le hemos concertado. Por eso no acudimos a los métodos de las agrupaciones extremoizquierdistas, hijas del desespero pequeño burgués, que buscando agilizar las condiciones de la pelea crean el efecto inverso de neutralizarlas. La falta de un enfoque científico en el examen de los vitales problemas de la nación conduce a esta franja de alucinados soñadores a caer en las peores inconsecuencias. En medio de un notorio despliegue de la reacción, y sin parar mientes en las propias debilidades ni en los flancos fuertes del adversario, les declaran la guerra a los círculos dominantes, para luego, al cabo de incontables descalabros, pedirle al presidente de la república, al personero de esos mismos círculos, que remedie las ingentes irregularidades del país como prenda de buena voluntad y en contraprestación a una paz negociada. Ninguno de los dos supuestos sobre los cuales se levanta tan deleznable táctica tiene validez. Del hecho de que nos encontremos ante la crisis económica más aguda desde el crac de 1929, no ha de deducirse de modo mecánico la convergencia de los factores políticos determinantes de las acciones insurrecciónales propiamente dichas; esto por un lado, y por el otro, si estuviera en manos de los mandatarios de turno la realización aun cuando fuese de unos pocos puntos del programa de los desposeídos, cual lo demandara contemporizadoramente Gilberto Vieira del señor López Michelsen, con respecto a la primera plataforma de la UNO y en el instante en que se tuvo noticia del arrasador repunte electoral del liberalismo, en 1974, a la revolución no le quedaría otra que, o esperar el advenimiento de períodos menos penumbrosos en los cuales los portadores del atraso no pueden pavonearse de progresistas, o modificar unos objetivos estratégicos que el enemigo de clase en un momento dado estaría dispuesto a conceder.
En suma, no luce honrado sembrar ilusiones entre las gentes acerca de una administración que ya se distingue por su trato obsequioso con los monopolios extranjeros y nacionales, amén de sus desmanes contra los portuarios, los textileros y el resto de los destacamentos laboriosos y populares en pie de lucha; ni parece sensato retar al Estado a la confrontación armada con el escaso apoyo de unos heroicos pero reducidos núcleos de combatientes, consumando episodios terroristas que sólo reportan la desventaja de desmovilizar a las masas y brindarles coyunturas a granel a los aparatos de la represión institucionalizada para que culminen holgadamente su faena.

Desde la instauración del Frente Nacional, con que los dos partidos tradicionales transaron sus ensangrentadas disensiones de finales de los cuarentas y comienzos de los cincuentas y promovieron a canon constitucional la coalición que han sostenido durante casi todo el siglo XX, las fuerzas revolucionarias nunca gozaron de la iniciativa ante el hegemonismo liberal-conservador. Al MOIR le ha correspondido, por tanto, desenvolverse dentro del reflujo, combatiendo las felonías de una democracia burgués-terrateniente hace mucha trastrocada en soporte del imperialismo norteamericano y arrostrando los furores de unas capas medias, harto profusas e influyentes dentro de una sociedad rezagada de su crecimiento, que fluctúan de un extremo a otro del espectro político, ora secundando la demagogia oficial, ora comprometiéndose en descabelladas aventuras. Sin haber hecho hincapié en la construcción teórica, o sea dedicarnos a desentrañar tanto las leyes que rigen a la sociedad colombiana como las que permiten su transformación revolucionaria, y sin persistir, en la lucha ideológica, o sea empecinarnos en la refutación de las falsas y retrógradas concepciones de las clases y segmentos no proletarios, el Partido no hubiera sorteado con éxito las pruebas a que se le ha sometido; ni mantenido la cohesión necesaria para su promisoria permanencia, no digamos por cerca de dos décadas, sino por un par de años.

Debido a ello, y no obstante saber de sus restricciones inmanentes, vamos con alborozo a los comicios y con la totalidad de nuestro acervo programático. Porfiaremos en la labor menuda de organización y educación que a la larga nos hará ganar el corazón y la mente de los obreros y los campesinos, no dejándonos desanimar por lo modesto de la cosecha, porque nos hallamos convencidos de que las contradicciones económicas y políticas que sacuden a Colombia vendrán en nuestro auxilio, a condición de que aguardemos confiadamente en ellas. Seguiremos encabezando las múltiples batallas de los desheredados de la fortuna, no marchando menos lento de lo que se deba, aunque tampoco más rápido de lo que las masas puedan. Así mismo, no cejaremos en convocar a la burguesía nacional, a los estamentos intelectuales, a los patriotas y demócratas de cualquiera denominación, tras la mira de estructurar un frente único que se enrute a su vez a liberar al país de la expoliación imperialista, a suprimir todos los impedimentos monopólicos que estancan el desarrollo y a establecer un poder genuinamente popular, pero que por ningún motivo se dedique a vender bajo envolturas novedosas los vencidos medicamentos de la democracia oligárquica. Orientaciones todas cuya justeza y trascendencia se demostraron en más de una ocasión y fueron trazadas después de cotejarse la práctica del MOIR con la aleccionadora trayectoria del proletariado universal. Explicable entonces que reciban, por lo menos en sus inicios, una fría acogida en las aulas universitarias, en las salas de redacción de los periódicos, en las galerías de arte, a la par que acopian dentro de los sindicatos a sus mejores adalides. Con cada una de ellas nos ha ocurrido lo que ahora nos pasa con el abocamiento de la situación internacional, el tema de moda, y el cual he dejado deliberadamente de último para tocarlo: que nuestro punto de vista choca con la postura del filisteo burgués, quien divulga a los cuatro vientos su democratismo y su ecuanimidad sin renunciar a los beneficios de la extorsión entre las personas, y en este caso, entre las naciones.

Cuantos se hayan empapado de la multifacética controversia en torno al conflicto centroamericano, hoy por hoy una de las tantas zonas en disputa del mundo, habrán percibido que los bandos involucrados en las reyertas indistintamente se denominan a sí mismos partidarios resueltos de la autodeterminación y la independencia de los países. ¡Algo muy curioso! El presidente Reagan fue obviamente el primero en hacerlo. Tratando de disculparse por el apoderamiento de la diminuta república granadina, alegó haber autorizado la expedición bélica en salvaguardia de los susodichos preceptos de la convivencia civilizada; subterfugio al que apelaron siempre quienes desde la Casa Blanca le antecedieron en el descuartizamiento de Latinoamérica. Lo sigue la jefe del Estado británico, la cé1ebre Margaret Thatcher. Esta «dama de hierro» se reserva la atribución de criticar el desembarco de Washington por considerarlo inconsulto, pero también por estimarlo atentatorio de la soberanía de una ex colonia inglesa, y sin importarle que su gobierno, en abril de 1982, había ordenado ocupar igualmente a las Malvinas, otras islas ubicadas en América, propiedad de Argentina. Desfila luego el comandante Fidel Castro, a quien, de manera análoga, la contraofensiva de los infantes de marina yanquis se le antoja una grosera violación de los fueros inalienables de Granada, siendo que él, a objeto de asegurarse la sumisión de los revolucionarios granadinos, mantuvo allí, sin término fijo, cerca de mil efectivos cubanos camuflados de asesores, cómplices además del derrocamiento del primer ministro Maurice Bishop y del asesinato de éste y de decenas de sus parciales. Truena después el Kremlin al otro extremo del orbe, porque la pérdida de esta pequeña posesión de las Antillas Menores, de algo más de cien mil habitantes, pone en peligro la tranquilidad mundial; en cambio la sangría de los veinte millones de seres del pueblo afgano, perpetrada por tropas soviéticas desde las postrimerías de 1979, sí disipa los temores de una conflagración generalizada y sí apuntala la concordia entre los pobladores del globo, en opinión del mismo presidium supremo. Y hasta nuestro peripatético mandatario se distingue por su apego a las normas del derecho internacional y por su vocación de no alienado, lo cual no ha sido óbice para que el Ejecutivo les abra las puertas de par el par a los capitales imperialistas en Colombia, fecunde sin rebozo los planes estadinenses de desvalijamiento del continente y coquetee de cuando en vez con la otra superpotencia.

Es decir, afrontamos la insólita aunque extendida estratagema, símbolo de la época que vivimos, de propugnar, de palabra, los principios de no intervención y respeto mutuo entre los Estados, y, de obra, preferir o cohonestar la injerencia, el chantaje y el soborno de funcionarios en las naciones débiles y atrasadas, cuando no su anexión violenta y su devastación a sangre y fuego. Artimañas de maniqueos aquéllas por las cuales merecen censura las desacreditadas incursiones punitivas de los Estados Unidos pero despiertan admiración los zarpazos del nuevo coloniaje ruso, o viceversa. Proceder aún más repudiable si de él se vanaglorian los depositarios del socialismo, que en calidad de tales deberían estar obligados, como nadie, a acatar la justa aspiración de los pueblos a gobernarse libremente, sin intromisiones extranjeras, por pías o humanitarias que éstas se pretexten. Sin embargo, una porción significativa del movimiento obrero de los distintos meridianos se ha decidido por tamaña insensatez y ha rodado al fangal.

El fenómeno se explica por la catástrofe que representó para la revolución mundial la traición de los sucesores de Lenin y Stalin, dirigentes de un país enorme, dueños hoy de un infinito poder y obstinados en transmudar a la URSS en un imperio de primera magnitud, apto para contender en contra de las metrópolis de Occidente y capaz de arrebatarles sus dominios e influencias. Alrededor de unas veinte repúblicas, sin contabilizar las de Europa Oriental, han quedado atrapadas en las redes de este género exótico de imperialismo socialista, y en una forma u otra obedecen a sus vandálicos dictámenes. Entre aquellas sobresalen Estados como el de Viet Nam, en el sudeste de Asia, que con cientos de miles de soldados invasores azota a Kampuchea y Lao; el de Siria, en el Medio Oriente, que sostiene un ejército de más de cincuenta mil unidades en los campos del Líbano, utilizado, entre otros oscuros menesteres, para cañonear a los palestinos y a su líder, Yasser Arafat, porque no se muestran muy condescendientes con Moscú; el de Libia, en el norte de África, que por intermedio de una facción disidente del Chad, a la cual armó y adiestró, acaba de dividir en dos aquel paupérrimo país, en conformidad con los proyectos del expansionismo, y el de Cuba, el más obsecuente de todos, que conserva 20.000 hombres en Angola y otro tanto en Etiopía, fuera de sus incontables asistentes, civiles y militares, diseminados por doquier, incluida Nicaragua, en Centroamérica.

Son las proezas del «socialismo real», bautizado así por sus ideólogos; émulo y competidor de los colonialistas de viejo cuño, pero más falaz, agresivo y peligroso. Usa de pantalla de sus apetencias hegemónicas a los movimientos de liberación nacional de Asia, África y América Latina; desata y alienta, con sus intrigas y camorras, los contraataques de los Estados Unidos; sumerge a las revoluciones en las querellas locales de las dos superpotencias, y coloca al mundo al borde de su Tercera Guerra. Acumula suficientes méritos para ser puesto en la picota, desnudado ante la faz de la Tierra y contenido de plano en sus veleidades expansionistas. Y como en Centroamérica se exhibe preferencialmente activo, desvirtuando el alcance y comprometiendo el futuro de los levantamientos emancipadores de los pueblos de esta zona colindante con nuestras fronteras, al proletariado colombiano, cuya vanguardia ha rebatido ya por veinte años las iniquidades de los revisionistas, le corresponde en suerte jalonar la épica hazaña por someter a juicio al social imperialismo soviético y a sus conjurados y someterlos a la pena máxima.

Nuestra séptima campaña electoral ha de permitirnos también izar muy alto, ante el nacionalismo burgués, el internacionalismo obrero. Fiamos esta y las otras tareas del momento a la lucidez, a la chispa y al coraje de los candidatos del partido.

Muchas gracias