PALABRAS PARA QUE NO SE OLVIDEN NUNCA

Francisco Mosquera, secretario general del MOIR, en el entierro de Clemencia Lucena

Bogotá, julio 26 de 1983

Clemencia:
Como te conocíamos y como sabemos que, si te fuera dada la licencia de demandar algo, ahora, en la hora inexorable de la despedida, sólo indagarías por el afecto de tus compañeros de fatigas e inquietudes, es que deseamos decirte unas cuantas palabras para que no se olviden nunca. La muerte te propinó un golpe artero cuando aún tenías mucho por aportar a la causa de los expoliados e ignorados, pero no pudo velar el hecho incontrovertible de que caíste en medio del campo de batalla. Al Valle del Cauca te trasladaste en cumplimiento de tus magníficos proyectos de ligarte en alguna forma y aunque fuese temporalmente con el proletariado de aquella brava porción de la patria, tanto para plasmar en vivos colores la insumisión de los esclavos asalariados y enriquecer el arte revolucionario, como para fortalecer el ánimo de los combatientes con tu entusiasmo contagioso. No hará quince días que estuviste en los muelles de Buenaventura a enterarte personalmente de la huelga de los trabajadores de Colpuertos, pues intuías que ese conflicto, ensangrentado ya por la metralla oficial, bien podría marcar el viraje hacia el descrédito de la demagogia reinante. Y así estabas dispuesta a seguir avanzando, a investigar, a estudiar, a vencer. Te sucedió lo que les acontece a todos los revolucionarios de verdad, que la vida no les alcanza para culminar cuanto aspiran, no sólo porque cuando logran una meta se proponen otra y otra, sino porque la revolución contemporánea será la hazaña de muchas pero muchas generaciones.
Lo importante es consumar concienzudamente las tareas que nos han de corresponder. Y tú no le temiste a ningún riesgo y desafiaste todos los valores establecidos, decidida a contribuir, desde tu trinchera, al porvenir venturoso de Colombia y de los pueblos del mundo. Exaltaste y participaste de la intrepidez de nuestros héroes, de la fortaleza de nuestros mártires y de la abnegación de nuestros mejores militantes. Defendiste con pasión cuanto te parecía correcto y condenaste sin miramientos las posiciones ambivalentes y acomodaticias tan características de los prohombres de la reacción.
Esgrimiste con singular destreza la pluma y el pincel, tu arma predilecta. Analizando febrilmente las experiencias del pasado y comunicándote con las masas te esmeraste por hallar los senderos expeditos para la marcha victoriosa de las muchedumbres del común.

En tus obras captaste los momentos preliminares de la revolución colombiana, en los que los obreros, los campesinos y los demás segmentos sojuzgados y patrióticos pugnan por elevar la conciencia, emprender sus luchas, adecuar sus organizaciones y acumular fuerzas para las contiendas definitorias. Y tú misma hiciste parte de los pioneros de esta gesta que nada ni nadie contendrá.

Cumpliste, pues, a cabalidad con tus ideas y tus gentes. Tu vida será siempre fuente de inspiración para aquellos que habrán de sucedernos en la brega, y el pueblo, quien al fin y al cabo es el que decide sobre el olvido y la inmortalidad, te recordará entre sus primeros servidores.

Mosquera en la proclamación de Diego Betancur: NO DESCUIDAR LA CONSTRUCCIÓN TEÓRICA NI LA LUCHA IDEOLÓGICA

Queridos compañeros y amigos:

Henos de nuevo aquí prendiendo los motores de otra campaña electoral, la séptima, desde cuando decidimos sepultar nuestro abstencionismo y poner en juego la inagotable fortaleza del Partido en unos trajines que le eran desconocidos por completo. Luego de más de un decenio ha de pensarse que el MOIR ha corrido sin suerte no sólo por el exiguo número de los votos contabilizados en las lides comiciales, sino porque su pequeño sector parlamentario, para llamarlo de cualquier forma, se ha visto lesionado con notorias y gravosas deserciones. Debido a esos reveses, en más de una ocasión recibimos, sobre todo de parte de los mismos desertores, la propuesta de que modificáramos criterios, tácticas y estilos que no hacen carrera fácilmente en nuestro medio. En otras palabras, se nos aconseja, como algo muy brillante, que en lugar de continuar nadando contra la corriente nos dejemos más bien arrastrar por ella.

Traigamos a colación algunos ejemplos sobre el alcance y el significado de tales sugerencias. En cuanto atañe a la manera de concurrir a elecciones, escuchamos que el asunto consistía en llevar las gentes a las urnas agitando objetivos asequibles, no en asustarlas o decepcionarlas con propósitos que, además de contenciosos y de complejo entendimiento, son de remota realización. Respecto a la conformación del frente único se nos insistió en sustituir el programa, la democracia y el no alineamiento, nuestros tres requisitos unitarios, por las reformas, la ventaja de grupo y el seguimiento a Cuba. Acerca de la problemática mundial nos dijeron que deberíamos enclaustrarnos en un sano nacionalismo y abandonar el derrotero que mejor contribuye a contener al expansionismo soviético y a favorecer la plena autodeterminación de las naciones, relacionando menos nuestra política interna con los engorrosos enredos del ámbito externo, si deseábamos aglutinar a la mayoría del pueblo colombiano.

Semejantes inquietudes, incluso planteadas por la sincera preocupación que en el ánimo de algunos militantes y amigos genera la lentitud de nuestro crecimiento, provienen del olvido de que el MOIR pertenece a las filas del trabajo, y no es, no quiere ser, representante del capital ni de ninguna otra clase distinta del proletariado de Colombia. Por supuesto que si nos equivocamos no avanzamos; y hemos incurrido en errores no muy graves, descubiertos y corregidos afortunadamente a tiempo. Pero podemos asegurarles que las complicaciones, partiendo desde luego de la perspectiva que nos interesa, lejos de originarse en el cumplimiento de nuestros postulados, se derivan de lo contrario, su todavía escasa cobertura y reducida aplicación. ¡Atinente recordar este ignorado axioma de la brega revolucionaria, en los preludios de unos sufragios en los cuales no hay tampoco por dónde se vislumbre un notable progreso del Partido, de producirse alguno! No pretendemos restar importancia a la tarea ni hurtarle el cuerpo a la batalla. Rindiendo tributo a nuestra trayectoria de combatientes, agotaremos en las jornadas que se avecinan todos los recursos de que dispongamos. Impulsaremos las alianzas necesarias y convenientes, a nivel nacional y regional, allanándolas con una actitud flexible; promoveremos las candidaturas de nuestros mejores voceros, como lo hacemos esta noche en Bogotá con los nombres de Marcelo Torres, Diego Betancur, Avelino Niño, Jaime Moreno y Marino Vivas, y desplegaremos a cuadros y activistas por municipios y veredas a fin de propagar, en unos lugares por primera vez, en otros por segunda, quinta o séptima, los mensajes de la revolución y la confianza inquebrantable del MOIR en la victoria final.
Sin embargo, las circunstancias no se nos presentan aún propiciatorias. Pese al acelerado desprestigio del gobierno, a la persistencia de la aguda crisis económica, a las esclarecedoras repercusiones de los caóticos sucesos internacionales y a los elocuentes brotes de enojo popular registrados, las oligarquías continúan capeando con relativo éxito sus múltiples problemas, ayudadas obviamente por los delirantes embelecos de los oportunismos de derecha y de «izquierda», que ayer adoraban los lados buenos del «mandato de hambre» y hoy se prosternan ante las amnistías, los diálogos, las aperturas democráticas, las pacificaciones interiores y exteriores y las demás facetas carismáticas del Cambio con Equidad. Así deseemos mantener vivo el germen del frente por la Unidad del Pueblo, por veredicto inapelable de los hechos habremos de marchar solos a la justa en un considerable número de departamentos. Es decir, las dificultades tan manifiestas en los comicios de 1978, de 1980 y aún de 1982, acarreadas en particular por la agria pelea contra el revisionismo y sus tendencias afines, no cesan de afectarnos. Eso que el Partido Comunista tuvo, ¡por fin!, un descalabro serio con la reciente y total insubordinación de su regional del Valle, el primer desgarramiento suyo en el lapso en que nosotros soportamos tres escisiones sucesivas; que Firmes, gestado por notabilidades de las letras, el periodismo, la cátedra y el foro, nacido en medio de las alabanzas de la gran prensa que le auguraba una larga existencia y puesto siempre a discreción de las más vulgares posturas reformistas, hace tiempo pasó a mejor vida, y que los últimos inventos del extremoizquierdismo parecen agotar su curso meteórico, luego de los múltiples y costosos experimentos por suplantar las contiendas de las masas trabajadoras con la acción heroica individual, el foquismo, los secuestros y el terror.

De todos modos seremos fieles a la conducta del pasado, aprovechando una vez más, y a cabalidad, las oportunidades que nos ofrece la participación en elecciones para ligarnos al pueblo, explicarle nuestras ideas y alertarlo acerca de los ardides de sus expoliadores; sin lisonjear a los sufragantes con silencios en torno a materias básicas que urgimos discernir, y sin desesperarnos porque los guarismos escrutados no hagan justicia a lo arduo de la labor y a lo ingente de los sacrificios.

Muchos de ustedes se habrán preguntado, al igual que yo, dónde estriba el temple de un partido que, como el MOIR, desde la cuna rehusó aceptar padrinos y aguas bautismales de adentro o de afuera del país, y, aun cuando no haya gozado de la satisfacción de triunfos resonantes y se halle cercado de ponzoñosos enemigos, persevera tozudamente, conservando intacto durante tanto tiempo et honor y el humor. Ello obedece, a mi juicio, a que no descuidamos ni la construcción teórica ni la lucha ideológica.

Antes de finalizar el 16 de abril de 1972, los camaradas, reunidos en las sedes para compulsar los datos de las votaciones de aquel día, ya habían calado por experiencia directa no sólo las tremendas cortapisas que para los desposeídos y oprimidos conlleva esta actividad, sino cómo los sufragios reglamentados por el régimen imperante tipifican un instrumento de dominación de clase de los explotadores, similar a la prensa, a los tribunales de justicia o al ejército. Distantes de pretender ocultar dicha verdad, o de adobarla, con el objeto de no menguar el fervor de los militantes en los futuros debates, profundizamos en ella, la sustentamos con el estudio y la investigación, sin renunciar ni un momento al principio de sacarle todo el jugo posible a la confrontación electoral.

Nos opusimos asimismo a cambiar cláusulas del programa por votos, ese trueque simoníaco del que muchos de nuestros aliados esperaban milagros. Las secuelas de una correlación de fuerzas desfavorables no las vamos a subsanar con evasivas retóricas, astutas maquinaciones o genuflexos ademanes. No estamos en una feria de diversiones para complacer los gustos de Enrique Santos Calderón, que cuando pertenecía a Firmes y dirigía Alternativa nos planteaba un frente liberal para hacer la revolución colombiano, y ahora, desde sus plácidas oficinas de El Tiempo, le increpa a Diego Betancur el sectarismo de insistir en los lineamientos partidarios y desdeñar las recursivas soluciones propaladas de continuo por los reparadores de la derruida república. Tal vez sea por casualidad, pero siempre que nos encontramos en un debate nos traen de espejo, procedente de alguna nación amiga, uno de tales demócratas y nos dicen: «Fíjense en la acogida que despiertan en nuestros amados diarios las tesis de mozos tan inteligentes». Si ya lo hemos señalado, lo repito: no nos impresiona el caso del socialismo español, cuyo ingenio se redujo, en su trepada de babosa al Poder, a borrar del prospecto la mínima referencia a los «ismos» que sonaran desafinados a los oídos de las autoridades consagradas. De no conseguir dotar a los destacamentos dispersos de obreros y campesinos con la conciencia, la organización y el mando imprescindibles para que den al traste con las viejas e irritantes potestades, habremos fracasado. Al servicio de esta prolongada y descomunal empresa ha de encaminarse cada desvelo del Partido, incluidas las campañas electorales. Como a las elecciones vamos porque no podemos ganarlas, aprovechémoslas entonces para esparcir las semillas del ideario de la revolución.

Nos creen carentes de imaginación porque no salimos cada ocho días a anunciarle a la audiencia una fórmula distinta para corregir los ancestrales desarreglos de la economía, tapar cual el gato la crónica corrupción administrativa, reducir el multimillonario déficit fiscal con el auge de los impuestos indirectos, enseñarles a los funcionarios del DANE a componer una canasta familiar que, en lugar de prescribir un incremento mensual del costo de la vida de tres y hasta de cuatro puntos de porcentaje, registre una disminución patriótica de 0.08%, o para armonizar el desmirriado interés colectivo con el lucro fácil y pernicioso de los magnates de la tierra, las finanzas, el Estado, etc., a la manera como viene perorando un Carlos Lleras Restrepo por cincuenta insoportables años, sin que el país se beneficie, y a veces ni se entere, de sus salomónicas aportaciones. Tampoco le indicaremos a la señora de Moreno Díaz a donde habrá de recurrir el Inscredial tras las decenas de miles de millones de pesos que demandaría la materialización de las demagógicas promesas del gobierno, pues las partidas, si se expiden, únicamente provendrán de la maquinita de emisión del Banco de la República, y sobre todo porque en el sistema prevaleciente la vivienda, con o sin cuota inicial, es una prerrogativa de las esferas adineradas.

Al revés, pugnamos por que el pueblo, comprendiendo a profundidad las causas de tales anomalías, se apreste a proceder en consecuencia; y nos preocupa muchísimo menos que los contradictores del MOIR desconozcan que la misión de un auténtico partido revolucionario no estriba en prolongar artificialmente la vida de la desahuciada sociedad de los señores, sino en ayudarla a bien morir.

Desde el Congreso de Cúcuta de 1821 la democracia oligárquica de Colombia le ha dado 162 veces la vuelta al sol y en todo ese largo tramo jamás hubo un parlamento dominado por las clases laboriosas, a pesar de que en la centuria pasada los campesinos fueron la abrumadora mayoría y en el presente siglo continúan siéndolo junto a sus aliados naturales, los obreros. ¿No les parece a ustedes que se aproxima la hora de que estas clases instauren su propio Estado, regenten la nación y la curen a ciencia cierta de sus desigualdades y de sus desequilibrios? Ahí si cobrarán pleno valor para nosotros los ajustes, las reformas y hasta las rectificaciones que ineludiblemente se llevarán a cabo en el esmero por labrar la grandeza de la patria liberada y la felicidad del pueblo; metas ambas factibles, pues por primera vez las riquezas materiales y espirituales de Colombia pertenecerán a los productores y estarán en función del progreso. En el entretanto haremos agitación y propaganda de las reivindicaciones económicas y políticas que urgen los trabajadores de la ciudad y el campo, y las cuales, para mayor desconcierto de nuestros impugnadores, no son demasiado originales, merced a que coinciden, salvo uno que otro tópico muy específico del país, con las enarboladas por las muchedumbres irredentas de las ciento y pico de neocolonias del planeta. Coinciden tales reivindicaciones en la naturaleza de los problemas que buscan resolver y en el carácter de la revolución que implican.

Y para colmo de colmos, tendremos menos que hacer de lo que cabría suponerse para obtener el triunfo. Antes de los esfuerzos subjetivos encaminados a generarlo, el tránsito de una organización social a otra radica en sus objetivas contradicciones internas. Ni la crisis económica, ni las divisiones de los detentadores del Poder, ni las sandeces presidenciales, tan definitivas para que aflore el odio de los gobernados contra la coalición reinante, en nada dependen de cuanto efectuemos, pensemos o propaguemos. Un sistema como el que nos expolia, que entre más se desvela por reanimar el rodaje productivo más certifica su absoluta impotencia para sacar a Colombia del estancamiento, ha de ser inexorablemente sustituido por otro, va que a un país podrá escatimársele la prosperidad por un tiempo pero no todo el tiempo. Cuando una sociedad, la que fuese, no logra ya dar respuesta satisfactoria a los acuciantes e impostergables requerimientos de la producción, habrá llegado inequívocamente al final de su ciclo.

El insaciable saqueo que sobre Colombia ejercen los monopolios imperialistas; las caducas formas de propiedad y explotación de la tierra debidas a las remanencias feudales y la conservación de los chocante privilegios de minúsculos sectores parasitarios que engordan, no sólo a costa del erario, sino mediante las actividades especulativas del agio, la usura y el gran comercio, constituyen obstáculos insalvables para el desarrollo, que cada día se tornan más evidentes y menos tolerables. Los fundamentos de la revolución descansan precisamente en el imperativo de dinamitar aquellas trabas, y la sapiencia del Partido se concreta en comprender a fondo las razones de semejante transformación y volverlas conscientes en el cerebro de los forjadores del porvenir, los encargados de emancipar a la nación y modernizarla, las masas multitudinarias de obreros y de campesinos. Para lo cual tampoco habremos de posar de inventores. El material instructivo nos lo suministran a porrillo las quiebras industriales y los concordatos firmados entre las empresas y sus acreedores; o la abultada deuda pública con la cual la banca internacional estruja al país y acogota al gobierno, y que multiplicase ininterrumpidamente mientras languidecen los ingresos por concepto de las exportaciones del café y otros rubros menores; o las reveladoras estafas de un Félix Correa en perjuicio del ahorro de sus clientes, junto a los turbios tejemanejes suyos con que administrara una compañía de la importancia de Fabricato, adquirida con la vendimia de las defraudaciones; o cualquiera de los otros muchos y halagüeños síntomas del derrumbe y la descomposición del viejo régimen. Como el hombre del común no aprende en los libros sino a través de la experiencia directa, con toda esta cascada de ricos acontecimientos cotidianos a los moiristas les sobrarán medios e incentivos para educar al pueblo y elevarle su cultura política.

El proceso discurre, pues, en el sentido del vuelco revolucionario, y, de perseverar sin impaciencias, estemos seguros de que la historia nos cumplirá la cita que le hemos concertado. Por eso no acudimos a los métodos de las agrupaciones extremoizquierdistas, hijas del desespero pequeño burgués, que buscando agilizar las condiciones de la pelea crean el efecto inverso de neutralizarlas. La falta de un enfoque científico en el examen de los vitales problemas de la nación conduce a esta franja de alucinados soñadores a caer en las peores inconsecuencias. En medio de un notorio despliegue de la reacción, y sin parar mientes en las propias debilidades ni en los flancos fuertes del adversario, les declaran la guerra a los círculos dominantes, para luego, al cabo de incontables descalabros, pedirle al presidente de la república, al personero de esos mismos círculos, que remedie las ingentes irregularidades del país como prenda de buena voluntad y en contraprestación a una paz negociada. Ninguno de los dos supuestos sobre los cuales se levanta tan deleznable táctica tiene validez. Del hecho de que nos encontremos ante la crisis económica más aguda desde el crac de 1929, no ha de deducirse de modo mecánico la convergencia de los factores políticos determinantes de las acciones insurrecciónales propiamente dichas; esto por un lado, y por el otro, si estuviera en manos de los mandatarios de turno la realización aun cuando fuese de unos pocos puntos del programa de los desposeídos, cual lo demandara contemporizadoramente Gilberto Vieira del señor López Michelsen, con respecto a la primera plataforma de la UNO y en el instante en que se tuvo noticia del arrasador repunte electoral del liberalismo, en 1974, a la revolución no le quedaría otra que, o esperar el advenimiento de períodos menos penumbrosos en los cuales los portadores del atraso no pueden pavonearse de progresistas, o modificar unos objetivos estratégicos que el enemigo de clase en un momento dado estaría dispuesto a conceder.
En suma, no luce honrado sembrar ilusiones entre las gentes acerca de una administración que ya se distingue por su trato obsequioso con los monopolios extranjeros y nacionales, amén de sus desmanes contra los portuarios, los textileros y el resto de los destacamentos laboriosos y populares en pie de lucha; ni parece sensato retar al Estado a la confrontación armada con el escaso apoyo de unos heroicos pero reducidos núcleos de combatientes, consumando episodios terroristas que sólo reportan la desventaja de desmovilizar a las masas y brindarles coyunturas a granel a los aparatos de la represión institucionalizada para que culminen holgadamente su faena.

Desde la instauración del Frente Nacional, con que los dos partidos tradicionales transaron sus ensangrentadas disensiones de finales de los cuarentas y comienzos de los cincuentas y promovieron a canon constitucional la coalición que han sostenido durante casi todo el siglo XX, las fuerzas revolucionarias nunca gozaron de la iniciativa ante el hegemonismo liberal-conservador. Al MOIR le ha correspondido, por tanto, desenvolverse dentro del reflujo, combatiendo las felonías de una democracia burgués-terrateniente hace mucha trastrocada en soporte del imperialismo norteamericano y arrostrando los furores de unas capas medias, harto profusas e influyentes dentro de una sociedad rezagada de su crecimiento, que fluctúan de un extremo a otro del espectro político, ora secundando la demagogia oficial, ora comprometiéndose en descabelladas aventuras. Sin haber hecho hincapié en la construcción teórica, o sea dedicarnos a desentrañar tanto las leyes que rigen a la sociedad colombiana como las que permiten su transformación revolucionaria, y sin persistir, en la lucha ideológica, o sea empecinarnos en la refutación de las falsas y retrógradas concepciones de las clases y segmentos no proletarios, el Partido no hubiera sorteado con éxito las pruebas a que se le ha sometido; ni mantenido la cohesión necesaria para su promisoria permanencia, no digamos por cerca de dos décadas, sino por un par de años.

Debido a ello, y no obstante saber de sus restricciones inmanentes, vamos con alborozo a los comicios y con la totalidad de nuestro acervo programático. Porfiaremos en la labor menuda de organización y educación que a la larga nos hará ganar el corazón y la mente de los obreros y los campesinos, no dejándonos desanimar por lo modesto de la cosecha, porque nos hallamos convencidos de que las contradicciones económicas y políticas que sacuden a Colombia vendrán en nuestro auxilio, a condición de que aguardemos confiadamente en ellas. Seguiremos encabezando las múltiples batallas de los desheredados de la fortuna, no marchando menos lento de lo que se deba, aunque tampoco más rápido de lo que las masas puedan. Así mismo, no cejaremos en convocar a la burguesía nacional, a los estamentos intelectuales, a los patriotas y demócratas de cualquiera denominación, tras la mira de estructurar un frente único que se enrute a su vez a liberar al país de la expoliación imperialista, a suprimir todos los impedimentos monopólicos que estancan el desarrollo y a establecer un poder genuinamente popular, pero que por ningún motivo se dedique a vender bajo envolturas novedosas los vencidos medicamentos de la democracia oligárquica. Orientaciones todas cuya justeza y trascendencia se demostraron en más de una ocasión y fueron trazadas después de cotejarse la práctica del MOIR con la aleccionadora trayectoria del proletariado universal. Explicable entonces que reciban, por lo menos en sus inicios, una fría acogida en las aulas universitarias, en las salas de redacción de los periódicos, en las galerías de arte, a la par que acopian dentro de los sindicatos a sus mejores adalides. Con cada una de ellas nos ha ocurrido lo que ahora nos pasa con el abocamiento de la situación internacional, el tema de moda, y el cual he dejado deliberadamente de último para tocarlo: que nuestro punto de vista choca con la postura del filisteo burgués, quien divulga a los cuatro vientos su democratismo y su ecuanimidad sin renunciar a los beneficios de la extorsión entre las personas, y en este caso, entre las naciones.

Cuantos se hayan empapado de la multifacética controversia en torno al conflicto centroamericano, hoy por hoy una de las tantas zonas en disputa del mundo, habrán percibido que los bandos involucrados en las reyertas indistintamente se denominan a sí mismos partidarios resueltos de la autodeterminación y la independencia de los países. ¡Algo muy curioso! El presidente Reagan fue obviamente el primero en hacerlo. Tratando de disculparse por el apoderamiento de la diminuta república granadina, alegó haber autorizado la expedición bélica en salvaguardia de los susodichos preceptos de la convivencia civilizada; subterfugio al que apelaron siempre quienes desde la Casa Blanca le antecedieron en el descuartizamiento de Latinoamérica. Lo sigue la jefe del Estado británico, la cé1ebre Margaret Thatcher. Esta «dama de hierro» se reserva la atribución de criticar el desembarco de Washington por considerarlo inconsulto, pero también por estimarlo atentatorio de la soberanía de una ex colonia inglesa, y sin importarle que su gobierno, en abril de 1982, había ordenado ocupar igualmente a las Malvinas, otras islas ubicadas en América, propiedad de Argentina. Desfila luego el comandante Fidel Castro, a quien, de manera análoga, la contraofensiva de los infantes de marina yanquis se le antoja una grosera violación de los fueros inalienables de Granada, siendo que él, a objeto de asegurarse la sumisión de los revolucionarios granadinos, mantuvo allí, sin término fijo, cerca de mil efectivos cubanos camuflados de asesores, cómplices además del derrocamiento del primer ministro Maurice Bishop y del asesinato de éste y de decenas de sus parciales. Truena después el Kremlin al otro extremo del orbe, porque la pérdida de esta pequeña posesión de las Antillas Menores, de algo más de cien mil habitantes, pone en peligro la tranquilidad mundial; en cambio la sangría de los veinte millones de seres del pueblo afgano, perpetrada por tropas soviéticas desde las postrimerías de 1979, sí disipa los temores de una conflagración generalizada y sí apuntala la concordia entre los pobladores del globo, en opinión del mismo presidium supremo. Y hasta nuestro peripatético mandatario se distingue por su apego a las normas del derecho internacional y por su vocación de no alienado, lo cual no ha sido óbice para que el Ejecutivo les abra las puertas de par el par a los capitales imperialistas en Colombia, fecunde sin rebozo los planes estadinenses de desvalijamiento del continente y coquetee de cuando en vez con la otra superpotencia.

Es decir, afrontamos la insólita aunque extendida estratagema, símbolo de la época que vivimos, de propugnar, de palabra, los principios de no intervención y respeto mutuo entre los Estados, y, de obra, preferir o cohonestar la injerencia, el chantaje y el soborno de funcionarios en las naciones débiles y atrasadas, cuando no su anexión violenta y su devastación a sangre y fuego. Artimañas de maniqueos aquéllas por las cuales merecen censura las desacreditadas incursiones punitivas de los Estados Unidos pero despiertan admiración los zarpazos del nuevo coloniaje ruso, o viceversa. Proceder aún más repudiable si de él se vanaglorian los depositarios del socialismo, que en calidad de tales deberían estar obligados, como nadie, a acatar la justa aspiración de los pueblos a gobernarse libremente, sin intromisiones extranjeras, por pías o humanitarias que éstas se pretexten. Sin embargo, una porción significativa del movimiento obrero de los distintos meridianos se ha decidido por tamaña insensatez y ha rodado al fangal.

El fenómeno se explica por la catástrofe que representó para la revolución mundial la traición de los sucesores de Lenin y Stalin, dirigentes de un país enorme, dueños hoy de un infinito poder y obstinados en transmudar a la URSS en un imperio de primera magnitud, apto para contender en contra de las metrópolis de Occidente y capaz de arrebatarles sus dominios e influencias. Alrededor de unas veinte repúblicas, sin contabilizar las de Europa Oriental, han quedado atrapadas en las redes de este género exótico de imperialismo socialista, y en una forma u otra obedecen a sus vandálicos dictámenes. Entre aquellas sobresalen Estados como el de Viet Nam, en el sudeste de Asia, que con cientos de miles de soldados invasores azota a Kampuchea y Lao; el de Siria, en el Medio Oriente, que sostiene un ejército de más de cincuenta mil unidades en los campos del Líbano, utilizado, entre otros oscuros menesteres, para cañonear a los palestinos y a su líder, Yasser Arafat, porque no se muestran muy condescendientes con Moscú; el de Libia, en el norte de África, que por intermedio de una facción disidente del Chad, a la cual armó y adiestró, acaba de dividir en dos aquel paupérrimo país, en conformidad con los proyectos del expansionismo, y el de Cuba, el más obsecuente de todos, que conserva 20.000 hombres en Angola y otro tanto en Etiopía, fuera de sus incontables asistentes, civiles y militares, diseminados por doquier, incluida Nicaragua, en Centroamérica.

Son las proezas del «socialismo real», bautizado así por sus ideólogos; émulo y competidor de los colonialistas de viejo cuño, pero más falaz, agresivo y peligroso. Usa de pantalla de sus apetencias hegemónicas a los movimientos de liberación nacional de Asia, África y América Latina; desata y alienta, con sus intrigas y camorras, los contraataques de los Estados Unidos; sumerge a las revoluciones en las querellas locales de las dos superpotencias, y coloca al mundo al borde de su Tercera Guerra. Acumula suficientes méritos para ser puesto en la picota, desnudado ante la faz de la Tierra y contenido de plano en sus veleidades expansionistas. Y como en Centroamérica se exhibe preferencialmente activo, desvirtuando el alcance y comprometiendo el futuro de los levantamientos emancipadores de los pueblos de esta zona colindante con nuestras fronteras, al proletariado colombiano, cuya vanguardia ha rebatido ya por veinte años las iniquidades de los revisionistas, le corresponde en suerte jalonar la épica hazaña por someter a juicio al social imperialismo soviético y a sus conjurados y someterlos a la pena máxima.

Nuestra séptima campaña electoral ha de permitirnos también izar muy alto, ante el nacionalismo burgués, el internacionalismo obrero. Fiamos esta y las otras tareas del momento a la lucidez, a la chispa y al coraje de los candidatos del partido.

Muchas gracias

BATALLEAREMOS SIN DESCANSO POR LOS DERECHOS DEL PUEBLO DE BOGOTÁ Y DE COLOMBIA

(Extractos)
Diego Betancur
«Hoy venimos a reafirmar nuestro compromiso con el pueblo colombiano tras más de tres lustros de ardua brega, en que hemos forjado la fisonomía inconfundible de esta corriente revolucionaria que representa los anhelos libertarios de las masas y cuyo esclarecido jefe es nuestro entrañable camarada Francisco Mosquera.

«Descubrir las causas y explicar nuestras soluciones a la profunda crisis que estremece la estructura de la sociedad colombiana es uno de los principales objetivos de esta batalla, máxime si tenemos en cuenta que casi todas las fuerzas políticas de Colombia, desde la derecha hasta la extrema izquierda, coinciden en hacer una radiografía más o menos descarnada de los efectos, de lo que se ve a primera vista, de la crisis, pero no atinan por más que se esfuercen o porque no les conviene descifrar el acertijo.

«La crisis actual se manifiesta con particular intensidad en la industria. Proliferan los concordatos, las quiebras, los cierres de fábricas, el descenso de las ganancias, los altos índices de endeudamiento de las empresas, la caída de las ventas, la baja utilización del equipo industrial instalado como consecuencia de la competencia foránea y el contrabando, y la ruina de las empresas estatales.

«Entre 1970 y 1982 hubo 394 concordatos. En el solo mes de diciembre de 1982 el promedio fue de 60 por semana. Algunos de los publicitados concordatos y quiebras son los de Fabricato, Tejidos Única, Pepalfa e Hilanderías Nacionales, todos en este año. El sector textil es el más afectado del conjunto de la industria. A diferencia de periodos anteriores, esta crisis tiene un carácter general, ya que perjudica también a la gran industria además de la pequeña y la mediana. De las 20 empresas más poderosas del país, en 1982 seis tuvieron pérdidas, cuatro disminuyeron sus ganancias con respecto a 1981 y el resto experimentó crecimientos ligeros. La más rentable fue Bavaria y la rama con menos problemas es la cervecera. Las que perdieron fueron Coltejer, Acerías Paz del Río, Avianca, Fabricato, Colmotores y Tejicóndor, con 5.640 millones de pesos en pérdidas totales de casi 20.000 millones de pesos de capital, es decir, el 25% de su capital total.

«Otro grave problema es que los empresarios trabajan con plata ajena, con capital de los bancos, lo que permite un alto grado de endeudamiento con intereses confiscatorios, precipitándose así cambios en la propiedad básica de las empresas hasta el punto de que los medios de producción continúan nominalmente en manos de los industriales, pero de hecho están bajo el control de los círculos monopolistas del sistema financiero.

«Un perfil sobresaliente de la caótica situación es el marcado descenso de la producción agropecuaria. Las inagotables penurias de los pequeños y medianos productores del campo se derivan de tres factores: 1) La permanencia del régimen terrateniente y de las formas atrasadas de producción; 2) la continuidad en las importaciones de excedentes agrícolas de Estados Unidos, y 3) el conjunto de la política estatal para el agro colombiano.

«Hasta los comentaristas económicos más melifluos coinciden en señalar que la principal arteria del desangre de la economía nacional es el servicio de la deuda externa. Existe el peligro de que repitamos los descalabros de la mayoría de los países latinoamericanos a través de los créditos de proveedores interesados a toda costa en contratar empréstitos a cortísimo plazo y en condiciones más onerosas, como el que suscribió recientemente el gobierno en Londres por 225 millones de dólares.

«Las empresas de servicios públicos quiebran de rebote, constreñidas por las agencias prestamistas a elevar las tarifas, tal como quedó demostrado hace unas semanas cuando el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, en despacho noticioso desde Washington para El Tiempo, advierten con acrimonia a los países del llamado patio trasero que «deberán soportar con resignación alzas onerosas en los servicios públicos y esperar tres largos años más el inicio de la reactivación económica». Palabras imperiales que se lleva el viento porque las gentes, unas veces espontáneamente y otras siguiendo consejos de nuestros militantes, consideran insoportables los incrementos, no se resignan y organizan paros cívicos de protesta airada o pacíficos, que cuentan y contarán con la simpatía y el apoyo franco y decidido del MOIR.

«Condimentar las viejas recetas oficiales para presentarlas digeribles al grueso público es trabajo que les compete a los voceros de las banderías tradicionales. A nuestro Partido, que es lo nuevo, le corresponde el papel de denunciar el sistema imperante, las propuestas y soluciones de la minoría gobernante que apuntan a mantener unas reglas del juego injustas, impuestas a1 pueblo por la tradición de los años, y proponer cambios radicales que de una vez por todas pongan las cosas en su sitio.

«En esta campaña electoral que apenas despega habremos de llenar con nuestras razones al país, abundar en explicaciones a las masas ilusionadas o confundidas para convencerlas con infinita paciencia de la justeza de nuestro programa nacional y democrático.

«Defenderemos a capa y espada la consigna de la liberación nacional del yugo norteamericano; persistiremos en apoyar la lucha de los campesinos por la tierra; batallaremos sin descanso por los derechos del pueblo de Bogotá y de Colombia; combatiremos a los representantes de las dinastías liberales y conservadoras.

«Llamamos a todos los liberales y conservadores del pueblo a que echen abajo los centenarios valladares impuestos por la oligarquía a sus anhelos de emancipación. Exhortamos a las gentes progresistas a descartar a los falsos revolucionarios. Todavía es de noche en nuestra patria, pero el sol de los pobres de esta tierra calienta ya en nuestros corazones. Pongámonos de pie para saludarlo».

EL PARTIDO AGITARÁ EN COMICIOS SU POLÍTICA REVOLUCIONARIA

(Extractos)

Avelino Niño

«Presenciamos el más profundo desbarajuste de la vieja sociedad colombiana. Las agudas dolencias del pueblo son originadas por el caos económico reinante que presenta hechos tan preocupantes como: la ruina de decenas de empresas que han dejado cesantes a miles de trabajadores; el desencanto de los artesanos, pequeños y medianos industriales y comerciantes que ven esfumarse sus sueños de prosperidad ante la arrolladora concentración de la riqueza en manos de los poderosos grupos financieros; el desplazamiento masivo de los labriegos hacia las principales capitales, acosados por los latifundistas que ensanchan con violencia sus tierras incultas; la presión ejercida sobre los profesionales, los intelectuales y los artistas, obligados a postrarse a los pies del gran capital y del Estado para sobrevivir; el reforzamiento del régimen tributario para saquear los ya vacíos bolsillos de los contribuyentes con nuevos impuestos, etc.

«La nueva sociedad que se anuncia en la agonía del régimen oligárquico, estará garantizada por la dirección del proletariado colombiano en quien encontrarán lealtad y seguridad todas las clases y fuerzas auténticamente revolucionarias que verán así coronada su centenaria aspiración de vivir en un país libre de toda sojuzgación extranjera, guiado por un Estado de clases coaligadas que enrumben su destino por el amplio y estimulante sendero del progreso económico, político, cultural y social que el país necesita.

«En la próxima contienda electoral ahondaremos cada uno de los puntos que constituyen la política revolucionaria de nuestro Partido, el MOIR. Partido que se ha mantenido fiel a los principios del proletariado mundial y que ha aceptado jugar el papel que la historia le tiene reservado.

«Con Diego Betancur, quien desde hace años encarna una erguida posición patriótica y revolucionaria, con Marcelo Torres y con los diferentes dirigentes, adelantaremos la confrontación teórica e ideológica ante nuestros contendores de la oligarquía liberal y conservadora, y de las fuerzas prosoviéticas que sueñan, unos con salvar su viejo Estado prolongando la dependencia del amo del Norte, otros con la ilusión de arrebatar los frutos de la revolución colombiana para entregarlos al nuevo amo soviético».

A DESENMASCARAR LA DEMAGOGIA DE ESTE GOBIERNO

(Extractos)

Marcelo Torres
“Indiscutible que el hecho sobresaliente en nuestras filas, catalizador de encendidas controversias en el ámbito nacional, es la presencia de Diego Betancur al frente de la nueva batalla electoral que adelantamos. Réplica cumplida ha de constituir este acto de proclamación de su candidatura a las imprecaciones, por no decir graznidos, procedentes de la orilla opuesta. El hecho político, extraordinario factor favorable a nuestra corriente, prefigura el ascenso de las nuevas fuerzas surgidas de las entrañas mismas de este podrido régimen social. Tras una trayectoria de varios años de lucha como dirigente del Partido, Diego Betancur viene a empeñar hoy, a la cabeza de las huestes moiristas, su capacidad y su resolución en el combate contra el gobierno de Belisario Betancur. Ejemplo tal de valor y de desprecio por los privilegios establecidos no conocía, no tiene precedente en la historia política colombiana. Tenemos la certeza de que la entereza y la inteligencia de nuestro camarada harán honor a la complejidad de la tarea y de que en esta ocasión nuestras verdades llegarán a más amplios sectores de la población.

«Como nadie, identificamos en el imperialismo yanqui al enemigo principal de la nación y del pueblo, y a las oligarquías liberales y conservadoras, a sus jefes y a su Estado, como su sostén principal en el país. No nos sedujo la aureola seudoizquierdista con que López llegó al Poder; tampoco nos arrastró el candoroso entusiasmo general que acogió a Belisario Betancur y, sobre todo, hemos combatido sin cuartel a los impostores de la revolución y a su fementido socialismo. Nos opusimos al aventurerismo y al terrorismo resultante de trasplantar mecánicamente la experiencia de la revolución cubana a nuestras latitudes; denunciamos el historial de traiciones al pueblo perpetradas por los cabecillas del falso Partido Comunista en nuestros lares; condenamos sin apelación a esa dirigencia de Cuba en cuyas manos los relámpagos emancipadores de la Sierra Maestra se tornaron en los fuegos fatuos del primer satélite antillano de la Unión Soviética, y repudiamos en forma igualmente rotunda los mandobles que a diario asestan los guerristas soviéticos, por mano propia o con ejército alquilado, contra los pueblos del mundo.

«La actual campaña electoral, escenario limitado pero no por ello desaprovechable, la dedicaremos principalmente a desenmascarar la demagogia de este gobierno. Desde las plazas y tribunas que podamos utilizar diremos a los colombianos que Belisario Betancur, quien ni antes ni después de asumir la primera magistratura vaciló en prometerle al pueblo el oro y el moro, continúa favoreciendo, en varios aspectos más que los gobiernos anteriores, a la aristocracia dorada de los bancos, a los mismos intereses todopoderosos de siempre y persiste en las viejas prácticas de sus antecesores liberales y conservadores».

PESE A SUS CONTRAATAQUES, WASHINGTON SIGUE A LA DEFENSIVA ESTRATÉGICA

La ofensiva militar estratégica de la URSS por el apoderamiento del mundo comienza en junio de 1975 con la invasión de las tropas cubanas a Angola. Así, el socialimperialismo, que hoy por hoy es la primera potencia bélica del orbe, ha invadido naciones, organizado golpes de Estado, Financiado expediciones agresivas de sus satélites, merodeado con sus navíos en las costas de todas las latitudes y, en suma, donde quiera que su rival de Occidente afronta dificultades saca ventaja de la situación y expande sus dominios. Prácticamente no hay conflicto internacional o local en el que Moscú no tenga metidas las manos de una u otra manera; muchos son en la actualidad los movimientos armados que en el Tercer Mundo combaten a la superpotencia norteamericana bajo la orientación de la superpotencia soviética. La influencia político-militar de los Estados Unidos, así como su capacidad de respuesta en momentos de crisis, se ven disminuidas ante el auge del expansionismo ruso, no obstante los contraataques tramados por la administración Reagan en algunos sitios neurálgicos.

Mientras que acciones como la invasión a Afganistán y a Kampuchea, o el desplazamiento de decenas de miles de mercenarios cubanos al África, o de soldados sirios al Líbano, o de libios al Chad se deciden a puerta cerrada en Moscú, en La Habana, en Hanoi o en Damasco, sin prensa adversa, sin fiscalizaciones parlamentarias, sin oposición, la Casa Blanca a duras penas prepara la defensa militar en sus vastos dominios neocoloniales, en medio de los obstáculos creados por el Congreso, los pacifistas, las encuestas de opinión, los candidatos demócratas a la presidencia y, como si fuera poco, por algunos aliados europeos y ciertos regímenes títeres latinoamericanos. La URSS, que hasta fines de la década de los sesentas, ante la superioridad militar estadinense se había limitado a una que otra intriga más allá de su bloque, en el presente le está disputando el mundo palmo a palmo a Washington, lo mismo en el Caribe que en el Indico, en el sudeste asiático que en el norte de África. La poderosa flota de guerra de los rusos amenaza las rutas vitales de Occidente, sus misiles nucleares mantienen en vigilia a las capitales europeas, sus armas y las de sus fantoches crean enfrentamientos o utilizan los que ya existen, en tanto que Estados Unidos, duramente golpeado por la más aguda crisis económica desde la Gran Depresión de 1930 y por un desbarajuste político, diplomático y militar sin precedentes, trata con desespero de contener, así sea a medias, la avalancha soviética que socava su tambaleante imperio. De los dos grandes poderes en pugna, Estados Unidos, el más viejo, extendido y desprestigiado, brega por recuperarse; la Unión Soviética, más joven, más urgida de colonias, ha tomado ampliamente la iniciativa, y como carece de la fuerza económica para sojuzgar a los pueblos con el poder del dinero, recurre a la más desenfrenada expansión militar.

Armas para conquistar el mundo
En los últimos diez años, la Unión Soviética gastó 240.000 millones de dólares más que los Estados Unidos en robustecer su maquinaria militar. La primera utilizó alrededor del 12% de su Producto Nacional Bruto en armamentos, los segundos apenas se acercaron al 6%. Estas diferencias se reflejan claramente en las ramas fundamentales de las fuerzas armadas de los dos países.
Ejército: EE.UU., 791.000 efectivos; URSS, 1.825.000. EE.UU., 12.100 tanques; URSS, 50.000.
Armada: EE.UU., 90 submarinos de combate; URSS, 204 más 69 equipados con misiles crucero. EE.UU., 204 navíos pesados de ataque; URSS, 290. Fuerza aérea: EE.UU., 3.650 aviones de combate; URSS, 4.500. Total personal militar. EE.UU., 2.100.000; URSS, 3.705.000. Fuerzas paramilitares: EE.UU., 115.600; URSS, 560.000. Reservistas: EE.UU., 900.000; URSS, 5.000.000. Fuerzas nucleares estratégicas: EE.UU., 1.052 misiles balísticos intercontinentales; URSS, 1.400. EE.UU., 436 bombarderos; URSS, 809. EE.UU. 33 submarinos con 544 misiles; URSS, 83 submarinos con 990 misiles. En cuanto al número de cabezas nucleares intercontinentales, a pesar de que Estados Unidos posee cierta ventaja sobre Rusia (9.480 contra 8.100), el poder destructivo de los proyectiles soviéticos duplica el de los estadinenses (7.868 megatones contra 3.505, siendo un megatón el equivalente a un millón de toneladas de T.N.T.).

Acorde con sus necesidades de expansión global, la Unión Soviética ha avanzado más rápido que su contrincante en la cantidad y en el perfeccionamiento de nuevas armas. En la última década los rusos construyeron 2.000 misiles intercontinentales, 54.000 tanques y otros vehículos blindados, 6.000 aviones tácticos de combate, 85 navíos de superficie y 61 submarinos de ataque; los norteamericanos estuvieron rezagados, pues apenas produjeron 350 misiles, 11.000 tanques, 3.000 aviones tácticos, 72 barcos y 27 submarinos de combate. En 1972 Moscú tenía 2.500 ojivas atómicas y Washington 5.700; en 1982 el primero había más que triplicado el número, a tiempo que el segundo no alcanzó a duplicarlo.

Al submarino “Trident” de los Estados Unidos, la URSS respondió con el “Tifón”, equipado con proyectiles más potentes y de mayor alcance. Los anticuados bombarderos B-52 de la fuerza estratégica norteamericana fueron sobrepasados desde 1974 por el Tu-22 M («Backfire») y más recientemente por el ultramoderno «Blackjack» (denominación del Pentágono). El proyecto de actualizar los aparatos estadinenses con el bombardero B-1 fue dejado a un lado por la administración Carter y sólo ahora empieza a ponerse en práctica. Los más poderosos misiles balísticos intercontinentales (con base en tierra) de que dispone Norteamérica son los «Minuteman 111», cada uno dotado con tres cabezas de 335 kilotones (1 kilotón + 1.000 toneladas de T.N.T.); los soviéticos cuentan con el SS-18 que tienen diez ojivas de 750 kilotones. Durante el gobierno de Carter se enterró la posibilidad de alcanzar a los rusos con un cohete similar, el MX, con diez cabezas de 330 kilotones. Luego de interminables debates con el Congreso, Reagan consiguió que dicho cuerpo aprobara, el 20 de julio pasado, 2.500 millones de dólares para la producción de los primeros 27 MX de un total de 100 que la Casa Blanca solicita. Algo parecido viene ocurriendo con una serie de armas convencionales (tanques, aviones, barcos, cañones, etc.), necesarias para mejorar la calidad del ejército yanqui; cada una de ellas tiene que enfrentar los recortes presupuéstales de la Cámara, las críticas de la prensa y hasta de los defensores de los derechos humanos, como sucede con la bomba de neutrones y con las armas químicas. El Kremlin no sólo desarrolla a su antojo y sin rendirle cuentas a nadie éstos y otros armamentos, sino que con frecuencia los pone a prueba en conflictos como los de Afganistán, Kampuchea y Chad.

Si algo manifiesta la catadura imperialista de una potencia es su práctica de estacionar tropas y armas en otras naciones. También en este aspecto aventaja Rusia a su rival, pues mantiene 700.000 uniformados en el extranjero: 570.000 en los países del Pacto de Varsovia y 130.000 en el Tercer Mundo. Estados Unidos ha desplegado 500.000 hombres: 350.000 en Europa Occidental y 150.000 en otras regiones. Por otro lado, las neocolonias soviéticas también mandan contingentes al exterior, como son los casos de Cuba (50.000), Viet Nam (250.00), Siria (60.000), Libia (5.000), Alemania Oriental (3.000), etc., que, sumados a los efectivos rusos, pasan de millón en todo el globo.

Europa en el centro de la tormenta
Los actuales amos del Kremlin parecen haber comprendido aquel viejo aforismo de que quien domine Europa domina el mundo. Es por ello que recientemente han venido orientando toda su estrategia hacia el objetivo de cercar el Viejo Continente por sus flancos débiles, a tiempo que combinan la amenaza militar directa con el juego diplomático, los negocios y hasta el espionaje en grande escala. La preponderancia bélica del Pacto de Varsovia sobre la OTAN es apreciable tanto en materia de armamento convencional como nuclear. Teniendo en cuenta las fuerzas que se hallan ubicadas en territorio europeo, la correlación entre los dos bloques muestra las siguientes cifras: Ejército: OTAN, 3 millones de soldados; Pacto de Varsovia, 4 millones. Vehículos blindados: OTAN, 43.000; P. de V., 121.300. Piezas de artillería: OTAN, 10.800; P. de V., 31.500. Aviones de combate: OTAN, 3.500; P. de V., 7.200. Submarinos: OTAN, 1,90; P. de V., 258. Barcos de guerra: OTAN, 832; P. de V., 1.200.

Pero el peligro más grave para Europa Occidental proviene de su inferioridad nuclear ante la URSS. Esta ha venido emplazando al Oeste de los Urales cientos de cohetes de alcance intermedio, que están en capacidad de llegar a cualquier nación europea. Trátase de 350 misiles SS-20, un centenar de los cuales se encuentra en el Extremo Oriente, pero debido a que son móviles pueden ser trasladados a Europa con rapidez; cada uno porta tres cabezas de 150 kilotones que se accionan contra blancos independientes programados, alcanzan hasta 5.000 kilómetros y logran una extraordinaria precisión. Estos artefactos se están fabricando a un ritmo de uno por semana. De otro lado están 275 SS-4 y 25 SS-5, cada uno con una ojiva de un megatón y radios de operación de 1.900 y 4.000 kilómetros, respectivamente. En síntesis, la Unión Soviética intimida a Europa Occidental con 530 proyectiles de alcance intermedio que reúnen 1.050 cabezas atómicas.

Europa carece de un poder de disuasión capaz de neutralizar la cohetería rusa, ya que tiene apenas 162 proyectiles de alcance intermedio (290 ojivas) que de todos modos resultarían poco eficientes para contrarrestar el arsenal soviético. A esto se agrega que dichos misiles están al margen del control conjunto de la OTAN, pues pertenecen a los sistemas defensivos nacionales de Francia y Gran Bretaña. Fueron precisamente los europeos quienes solicitaron a Washington, desde 1977, la instalación de armas nucleares que ayudaran a su seguridad. La OTAN determinó, a fines de 1979, desplegar 572 cohetes norteamericanos en cinco países europeos a partir de diciembre de 1983, si fracasaban las negociaciones con Moscú sobre la limitación de las armas atómicas en la región. El plan contempla situar 108 misiles “pershing II” (radio de 1.600 kilómetros y cabeza de 250 kilotones) y 464 “Tomahawks” crucero (radio de 3.000 Kilómetros y carga de 200kilotones). Aunque estos «euromisiles» impedirán en gran parte el chantaje soviético, la fuerza nuclear de la OTAN seguirá estando en desventaja frente a Rusia, la cual dispondrá de unas 200 ojivas atómicas de diferencia a su favor.

Pese a que no debiera existir la menor duda acerca del peligro que significan los cohetes del socialimperialismo, en Europa han surgido movimientos pacifistas de, diversas tendencias -muchos con innegables vínculos con Moscú- que rechazan los «euromisiles» y pugnan por un desarme unilateral y generalizado en los países miembros de la OTAN. Inclusive gobiernos como los de Dinamarca y Grecia vacilan en dar su respaldo al despliegue atómico y casi toda la franja «socialista» y socialdemócrata se opone a la decisión de la OTAN. Sin embargo, los principales aliados de Norteamérica, Inglaterra, Alemania Federal, Francia e Italia, dieron su aprobación a los proyectiles como algo definitivo para la seguridad de la zona y por encima de quienes, haciéndole el juego al Kremlin, sostienen que es desarmándose como mejor se puede apaciguar al agresor.

En contraste con la administración Carter, Reagan ha logrado inclinar nítidamente la balanza en Europa a favor de los Estados Unidos. Por ejemplo, el mandatario español, Felipe González, se mostró decidido a respaldar los «euromisiles»; manifestó durante su visita a Washington que coincidía con la Casa Blanca en su apreciación de la crisis centroamericana, renovó el tratado de defensa hispanoestadinense y aplazó indefinidamente el referéndum sobre el retiro de España en la OTAN. Francia, que hasta hace unos meses estuvo atacando abiertamente la política norteamericana en Centroamérica y vendiendo armas a los sandinistas, no sólo silenció sus críticas y suspendió los envíos de material bélico a Nicaragua, sino que se vio forzada, en África, a actuar tal y como los Estados Unidos vienen obrando en Centroamérica.

La invasión Libia al Chad, agresión directa del bloque soviético contra una sensible área de influencia de una potencia europea, llevó a Mitterrand a mandar tropas y aviones en apoyo del presidente Habré, apoyo sin el cual Gaddafi seguramente se hubiera anexado por completo a su débil vecino. De otro lado, los triunfos conservadores en Gran Bretaña y Alemania Federal, así como el compromiso del nuevo gobierno socialista italiano de cooperar con el emplazamiento de los «euromisiles», son todos factores que contribuyen al progresivo alineamiento de Europa Occidental con Washington ante la escalada del socialimperialismo.

El oso arremete en Asia
El desastre de Viet Nam y posteriormente la caída del sha de Irán, ambos hechos acaecidos en zonas neurálgicas, provocaron un notable retroceso del imperialismo norteamericano de Asia. El vacio dejado por los descalabros de Washington fue prontamente llenado por un Kremlin ávido de expansión, que puso sus ojos en el Golfo Pérsico y en el sudeste asiático. En el primer caso, lanzó su ejército contra Afganistán, y en el segundo, utilizó a Viet Nam para ocupar Kampuchea y Lao.

Con el derrocamiento del sha de Irán, a comienzos de 1979, Estados Unidos perdió a uno de sus más fieles servidores en el Tercer Mundo y, en concreto, a su gendarme en el Golfo Pérsico, principal zona de abastecimiento petrolero de Occidente y el Japón. Washington sufriría luego la humillación de la toma de su embajada en Teherán y el bochorno del fracasado intento por rescatar a los rehenes. El régimen de Khomeini ha mantenido desde entonces una posición de independencia frente a las dos superpotencias y, en respuesta a las intrigas de la URSS, proscribió recientemente al partido prosoviético iraní y expulsó a un grupo de diplomáticos rusos. En la prolongada y sangrienta guerra entre Irak e Irán los Estados Unidos se han visto con las manos atadas, sin poder ponerse del lado de ninguno de los contendientes. Si respaldan a Bagdad arrojarían en brazos de la URSS a Teherán; y si ayudan a los iraníes, se crearían problemas con países que, como Arabia Saudita, temen la propagación de la revolución shiita. En cambio Rusia, que suscribió un tratado militar con Irak, ha estado suministrando importantes cantidades de armas al presidente Hussein y paralelamente buscando la oportunidad de penetrar en Irán, tras los desórdenes que con frecuencia acontecen en dicha nación.

En medio de la confusión generada por los acontecimientos de Irán, los soviéticos se abalanzaron sobre Afganistán, en diciembre de 1979, despachando una fuerza que hoy pasa de los 100.000 hombres, armados con lo más sofisticado de su arsenal. Allí han estado masacrando durante cuatro años al corajudo pueblo afgano, cuyos guerrilleros reciben muy escasas contribuciones del exterior. La invasión de Afganistán dejó a los rusos a 400 kilómetros del Estrecho de Hormuz y prácticamente completó el cerco a Irán, sobre todo si se tiene en cuenta que una treintena de buques de la armada soviética navega en las aguas del Índico próximas al Golfo, con bases en Yemen del Sur y Etiopía.

La Casa Blanca reaccionó enérgica pero tardíamente a los hechos cumplidos. Carter proclamó que Estados Unidos replicaría con la fuerza a cualquier intento de la URSS por asaltar el Golfo y procedió a organizar un destacamento especial “de desplazamiento rápido”, el cual no estará en plena capacidad operativa sino hasta 1985. Asimismo, negoció con Inglaterra la base de Diego García y facilidades navales en Somalia y Kenia. Por último, tuvo que componer sus relaciones con Pakistán (que se halla a mitad de camino entre Afganistán y el Indico y alberga a dos millones y medio de refugiados afganos), vinculados que se habían estropeado considerablemente a lo largo de su gobierno. El pentágono empezó entonces a enviar equipo bélico a Pakistán y con quien la URSS firmó un pacto militar en 1971. Como puede apreciarse, Estados Unidos está enredado en un sinfín de contradicciones en su lucha por resguardar una zona clave ante la embestida rusa.

Después de la retirada estadinense, Viet Nam cayó en manos de la URSS con la que suscribió un tratado militar en 1978 y a la que concedió el uso de dos modernas bases navales -Cam Ranh y Da Nang-, desde donde los navíos de la flota rusa quedan habilitados para viajar hasta el Océano Indico y controlar el Estrecho de Malaca, ruta esencial para el Japón y las naciones del sudeste asiático. Además, gracias a una impresionante ayuda logística de Moscú (3 millones de dólares diarios), Hanoi invadió a Kampuchea Democrática, en diciembre de 1978, con un ejército de 200.000 soldados y convirtió a Lao en una colonia, en donde mantiene más de 50.000 efectivos. Aquí el avance de las fuerzas prosoviéticas no ha encontrado la menor oposición por parte de Norteamérica, la cual se redujo a comarcas donde se le han creado las situaciones más apremiantes. No obstante, lo que está en juego en el sudeste asiático es la integridad de países como Tailandia (que ya ha sufrido varias incursiones vietnamitas), Indonesia, Filipinas e incluso el Japón, que ve amenazada su seguridad por la creciente presencia militar de la URSS en un pequeño archipiélago ubicado cerca de Hokaido que es objeto de litigio entre los dos Estados. En menos de cinco años, la Unión Soviética amplió y consolidó sus actividades en el Indico, puso en jaque el Golfo Pérsico y el Estrecho de Malaca y empezó a tender su cerco por el flanco meridional de Asía (el septentrional corresponde por entero a territorio ruso).

La República Popular China, el más firme bastión antisoviético de Asia, el único proveedor de armas de los rebeldes kampucheanos y uno de los pocos países que presta ayuda a los afganos, se distancia día a día de los Estados Unidos a propósito de las relaciones de éstos con Taiwán. Simultáneamente, se han venido desarrollando conversaciones entre Moscú y Pekín encaminadas a resolver los litigios chino-soviéticos. Son impredecibles aún las consecuencias que conllevaría un eventual acercamiento entre los dos países; pero si se llegara a dar, la correlación de fuerzas en toda Asia sería alterada radicalmente en contra de Norteamérica y sus aliados. Por ahora lo único real y concreto es que Rusia conserva en la frontera con China 50 divisiones, 1.700 aeroplanos y una tercera parte de sus misiles SS-20.

Moscú se recupera en el Medio Oriente
El rompimiento de Sadat con los rusos, a comienzos de los años setentas, y ulteriormente los acuerdos de Camp David entre Egipto e Israel, el impacto que causara en el mundo islámico la invasión a Afganistán y la ofensiva israelita contra el Líbano, hizo que la URSS perdiera temporalmente la iniciativa en la convulsa política del Cercano Oriente. Sin embargo, cuando parecía que Estados Unidos iba a ganar la partida, el Kremlin volvió por sus fueros y se convirtió en factor sin el cual es casi imposible alcanzar una solución a la crisis del área. Con el objetivo de bloquear la táctica norteamericana y poder pasar a la ofensiva Moscú maniobra por intermedio de Siria, con la que tiene un pacto bélico desde 1980 y a la que ha enviado tanques y misiles antiaéreos de su más reciente promoción, así como 8.000 consejeros. Valiéndose del hecho de que hace siete años Siria estacionó en Líbano un contingente que hoy llega a 60.000 soldados y que ocupa la mitad del país, el socialimperialismo volvió a entrometerse en los asuntos del Medio Oriente.

La invasión israelita al Líbano, cuya meta era propinar un golpe mortal a la OLP y al mismo tiempo ampliar las conquistas del Estado judío, complicó aún más la situación, ya que fuera del problema palestino se creó el de una posible partición del Líbano entre Siria e Israel. Y precisamente en el momento más difícil de su historia, con sus fuerzas duramente vapuleadas por la agresión israelita y dispersas en varias naciones árabes, la OLP fue dividida por la URSS, a través de Siria y Libia. Tomando como pretexto el que Yasser Arafat no descartó la alternativa de entablar negociaciones diplomáticas sobre la cuestión Palestina e incluso de discutir las propuestas puntualizadas por Reagan en septiembre de 1982, y en las que se contempla, entre otras cosas, el reconocimiento de Israel por parte de la OLP, el Kremlin orquestó una revuelta en las filas de los 15.000 guerrilleros palestinos establecidos en el norte del Líbano para arrebatar la jefatura del movimiento e impedir cualquier transacción que no encuadre en su plan de operaciones expansionistas. Lo que se propone la Unión Soviética es que la OLP se pliegue a sus dictados, que se transforme en una organización de bolsillo y al servicio incondicional de sus designios imperiales. Los intereses de un movimiento de liberación nacional de la importancia de la OLP entraron en contradicción directa con el hegemonismo soviético, que prefiere romper su unidad antes que perder la influencia en su seno.

Desde el 2 de noviembre, tropas sirias y libias y las facciones amotinadas de la OLP lanzaron una violenta arremetida contra los últimos reductos de Arafat en el Líbano septentrional con el fin de liquidar a quienes se niegan a ser dóciles instrumentos de Moscú y Damasco. Así, en la coyuntura más difícil de su historia, el movimiento palestino es golpeado a muerte por el Kremlin y sus lacayos, ante lo cual los países de la Comunidad Europea decidieron brindar su apoyo a Yasser Arafat y a sus partidarios.

Además de provocar la división de la OLP, Siria atiza los conflictos internos en el Líbano, como el de drusos y cristianos, esto para impedir la normalidad en el país y sacar ventaja del desorden reinante. La negativa de Damasco de retirar sus tropas de territorio libanés, excusa esgrimida a la vez por los imperialistas israelitas para mantener también las suyas, ha empantanado la táctica de los estadinenses, pues en esas condiciones no logran avanzar ni en la pacificación del Líbano ni en su propuesta sobre el problema palestino. Todo el mundo habla de la presencia judía en el Líbano, pero muy poco se dice en relación con el ejército sirio. Sin embargo, mientras Jerusalén persista en su posición intransigente y provocadora hacia la justa causa de la autodeterminación Palestina, el socialimperialismo seguirá encontrando oportunidades para intrigar en la zona posando de defensor de los pueblos oprimidos.

Los Estados Unidos y los demás miembros de la Fuerza Multinacional de Paz en el Líbano -Francia, Italia e Inglaterra- han sufrido varios ataques en los que han perdido la vida cerca de 300 de sus efectivos, los cuales, sin embargo, no están autorizados para entrar en combate, pero tampoco se pueden retirar pues de su permanencia depende la continuidad del régimen de Gemayel. En suma, las fuerzas controladas por la URSS cercan a las guerrillas díscolas de Arafat, ocupan la mitad del Líbano y hostigan cada vez más al gobierno de Beirut y a los soldados de la Fuerza Multinacional, aumentando el peligro de una confrontación con estos últimos y con el ejército israelita, estacionado en el sur.

Aparte de Siria, la Unión Soviética cuenta con un satélite en el sudoeste de la Península Arábiga, territorio que alberga casi un 50% de las reservas mundiales de petróleo. Se trata de Yemen del Sur, ligado a Moscú por un acuerdo militar en virtud del cual cedió a las fuerzas armadas soviéticas facilidades aéreas y navales en Adén y en la isla Socorra, a la entrada del Mar Rojo, vía de exceso al Canal del Suez. En los anteriores diez años, Yemen ha obtenido de sus amos actuales 1.000 millones de dólares en armas y es anfitrión de 2.000 asesores militares rusos y centenares de Europa oriental. El régimen yemenita financia varias organizaciones armadas que luchan contra su vecino, el sultán de Omán, y ha desempeñado un papel clave en la penetración de la URSS en Yemen del Norte, donde ya trabajan 500 expertos soviéticos.

El asalto al África
Por allá en los años sesentas, el socialimperialismo incursionó con variada fortuna en África, cuando ésta hervía al calor de los combates anticolonialistas de los pueblos de más de cuarenta naciones que perseguían la libertad. Sólo hasta comienzos de la siguiente década pudo el oso poner pie firme en este vasto y rico continente que produce una apreciable porción de los minerales estratégicos que precisan las industrias de Occidente y el Japón, como platino, oro, manganeso, cromo, diamantes, cobalto, tungsteno y muchos otros. La manipulación de las batallas de liberación nacional, la venta de armas y los legionarios cubanos y los asesores de otros satélites son los instrumentos empleados por la URSS en África para ganar influencia y subyugar países. Entre 1977 y 1982 aquella vendió armamentos por más de 6.000 millones de dólares a los Estados al sur del Sahara, lo que ha colocado a Moscú como el principal traficante bélico en la región.

En 1975, a tiempo que de Saigón salía el último gringo derrotado, decenas de enormes transportes aéreos de la URSS depositaban en la capital de Angola a 20.000 soldados cubanos, cuya misión inconfesable consistía en instalar en el Poder a un movimiento prosoviético y aplastar a sus opositores. En otras palabras, hacer el trabajo sucio para el Kremlin. Desde entonces los mercenarios caribeños han tenido que luchar contra las guerrillas de la UNITA, que reciben apoyo logístico de Suráfrica. Debe anotarse que el Congreso norteamericano aprobó una remienda que prohíbe al presidente despachar cualquier tipo de ayuda a los rebeldes angoleños que combaten la intromisión soviético-cubana en su patria. Gracias a un tratado militar con los rusos, el gobierno títere de Angola ha recibido de aquellos 2.000 millones de dólares en armas y asistencia económica desde 1976. Como contraprestación, el puerto de Luanda, a partir del cual se controla nada menos que la ruta del petróleo y de los minerales hacia Europa y Estados Unidos, pasó de hecho a manos de Moscú. Asimismo, Angola sirve de base para desestabilizar el régimen de Zaire y dar asilo a las guerrillas de Namibia, cuya justa guerra independentista trata de poner a su servicio el Kremlin.

Al otro lado del cono sur africano, en Mozambique, también se estableció un gobierno pelele de Rusia, con tratado militar y más de mil consejeros soviéticos y cubanos. Desde allí se puede interceptar, al igual que en Angola en el Occidente, la ruta de los grandes tanqueros que no pueden pasar por el Canal de Suez y deben circunnavegar África. Cerrando el Canal de Mozambique se encuentra la isla de Madagascar, otro cliente del armamento de la URSS lo mismo que Zambia y Tanzania. Como se lo dijera en alguna ocasión el difunto Brezhnev al presidente de Somalia, Siad Barre, “la política exterior de la Unión Soviética tiene dos objetivos, el Golfo Pérsico y el sur África”. Pues bien, en este momento Suráfrica, el área más prolífica en minerales del continente, está casi rodeada por los nuevos zares del remoto oriente. Prácticamente el único punto de apoyo que les resta a los otros imperialismos es el tenebroso régimen racista de Pretoria.

En el Cuerno de África Rusia se implantó a partir de 1977, cuando la dictadura de Etiopía rompió con Washington por una querella alrededor de los derechos humanos. Entre ese año y 1982, el gobierno de Mengistu ha recibido de la URSS armas por valor de 4.000 millones de dólares, con las que alimenta sus guerras contra Somalia y los patriotas eritreos, para lo que cuenta, además, con 18.000 mercenarios cubanos. El pacto militar ruso etíope le permite a Moscú utilizar el aeropuerto de Asmara y la base naval del archipiélago Dahlak, en el Mar Rojo. De ese modo, la URSS está en capacidad de bloquear el Canal de Suez, ya sea en Yemen del Sur, ya sea en Etiopía. El gobierno proestadinense de Sudán, que comparte una extensa frontera con Etiopía, denuncia con frecuencia que su vecino fomenta las actividades de grupos terroristas ligados a Moscú. Finalmente, el 19 de agosto de 1981, se suscribió, a instancias de Rusia, un acuerdo de cooperación militar entre Yemen del Sur, Etiopía y Libia.

Aunque no está vinculada con el Kremlin a través de ningún tratado; Libia es uno de los clientes más importantes de las armas rusas en el Tercer Mundo; allí operan 2.000 oficiales soviéticos y los buques de la Armada Roja atracan en puertos libios. Pero es el desenfrenado apetito anexionista del coronel Gaddaf lo que mejor sirve al socialimperialismo. Este personaje no sólo protege y financia un abigarrado conjunto de organizaciones terroristas que, actúa en los cinco continentes, sino que amenaza abiertamente a numerosas naciones africanas. Entre las más recientes aventuras del autor del «libro verde» podemos señalar: choques fronterizos con Egipto y Sudán; intentos de golpes de Estado en los mismos países; apoyo a Etiopía en su lucha contra eritreos y somalíes; respaldo al déspota ugandés, Amín Dadá; ayuda financiera a grupos prosoviéticos que luchan contra Zaire y Uganda: conflicto de límites con Níger, y, últimamente, invasión al Chad, para no mencionar su participación en el ascenso al Poder de aliados suyos en Ghana y el Alto Volta. Se calcula que mi coronel ha intervenido directa o indirectamente en 45 países del mundo, derrochando a manos llenas el dinero proveniente de sus exportaciones petroleras y las armas de factura soviética.

La campaña de Libia en el Chad y el peligro que de ella se deriva para Egipto, Sudán y varios países del África ecuatorial obligaron a Estados Unidos y a Francia a asumir una postura enérgica. Desde hace dos años Washington lleva a cabo maniobras militares conjuntas con los ejércitos egipcio y sudanés, así como con los de Somalia y Omán, y ha redoblado la ayuda a las naciones amigas de la zona. Por su parte, Francia se vio forzada, muy a pesar suyo, a enfrentar en el Chad la agresividad de Gaddafi enviando hombres y material bélico al gobierno de Habré. Esto sepulto de un golpe las veleidades de Mitterrand con respecto a la crisis centroamericana, pues ahora está viviendo en carne propia una intromisión soviética en su tradicional área de intereses en África.

En el resto del continente, la URSS y sus testaferros mantienen una presencia más o menos activa Argelia, Mauritania, Cabo Verde, Guinea, Guinea-Bissau, Mali, Benin y el Congo. Así mismo, a través de Libia, el socialimperialismo intenta manejar el combate que libra el Frente Polisario por la autodeterminación del Sahara Occidental en contra de Marruecos, un firme sostén de Washington.

En los últimos años el Kremlim obtuvo puntos valiosos en la puja por conquistar el África y en la actualidad tiene margen de acción en más de una veintena de países y territorios, desde el Mediterráneo hasta el Atlántico Meridional, con cerca de 60.000 soldados y asesores propios y de sus espoliques, pactos militares con cuatro naciones y abundantes suministros de armas.
Incendio en el patio trasero
El primer gran golpe que recibieron los Estados Unidos en el Hemisferio Occidental fue la revolución cubana de 1959, seguida de la fracasada invasión de Bahía Cochinos, en 1961. Ya en 1962 la URSS pretendió utilizar a Cuba para medir la fuerza del Tío Sam, colocando allí cohetes nucleares que no sólo pusieron en peligro a la isla, sino que colocaron al mundo al borde de la guerra. A partir de entonces La Habana empezaría el proceso de alinderamiento con las políticas de Moscú, el cual, a su vez, transformó a Cuba en una neocolonia suya. El papel de Castro en el continente ha sido actuar como ariete de las aspiraciones expansionistas de sus patrocinadores, quienes lo mantienen a flote con masivas inyecciones de dinero, armas y toda clase de abastecimientos, que aumentaron considerablemente a partir de 1976, por la época en que La Habana se hallaba en plena intervención en África y preparaba su ofensiva en América Latina. Cuba realiza el 80% de su comercio con el bloque del CAME, del cual es miembro; subordina sus planes económicos a los de la URSS, y recibe de ésta un promedio de 10 millones de dólares diarios, sin los cuales difícilmente podría sostenerse, pues el azúcar, casi su único producto de exportación, le proporciona muy escasas divisas.

Con el fin de que los cubanos estén a la altura de su misión como sus peones de brega, el Kremlin los ha armado hasta los dientes y los ha convertido en una potencia regional. Se calcula que entre 1977 y 1982 arribaron a la isla alrededor de 270.000 toneladas de material de guerra proveniente de la Unión Soviética. Las fuerzas armadas cubanas se acercan al medio millón de uniformados, entre soldados en servicio, reservistas de primera (muchos de ellos han combatido en África), milicianos y otros contingente paramilitares. En Latinoamérica sólo el ejército brasileño es superior al cubano, pero la población del Brasil es trece veces mayor que la de Cuba. Esta nutrida hueste cuenta en su equipo con más de 1.000 tanques y vehículos blindados, 190 aviones de combate y 112 helicópteros artillados, tres submarinos, una fragata misilera y 60 buques más. Cabe señalar que los submarinos y la fragata, todos de fabricación rusa, tienen radios de acción de 16.000 y 3.700 kilómetros, respectivamente. Los Mig-23 (de los que Cuba posee 35) ostentan una autonomía de vuelo de 962 kilómetros, que les permite llegar a Centroamérica y cubrir todo el Caribe.

En Cuba hay entre 8.000 y 10.000 asesores civiles rusos, 2.000 militares y una brigada de combate de 3.000 hombres. Además la URSS instaló una estación recolectora de datos del servicio de inteligencia, la mayor fuera de su territorio, que vigila las comunicaciones de Estados Unidos y los otros países del área. Por último, barcos y aeroplanos soviéticos gozan de facilidades en algunas bases de la isla.

El derrocamiento de la tiranía somocista, en julio de 1979, estaba destinado a introducir importantes modificaciones en la correlación de fuerzas en Centroamérica. Los sandinistas, que en su programa habían proclamado que la nueva Nicaragua sería no alineada e independiente de las superpotencias, le dieron la espalda a este principio y, una vez en el Poder, su único derrotero en política exterior consistió en buscar el ingreso a la heterogénea corte de Estados prosoviéticos. En todos los organismos y foros internacionales han apoyado las posiciones de Cuba y de la URSS. Con armas suministradas por éstas y compradas a algunos países europeos, Nicaragua montó un ejército más poderoso que cualquiera de los de sus vecinos; en las diversas dependencias del Estado trabajan desde hace años alrededor de 7.000 asesores civiles y más de 200 militares cubanos. Meses después del triunfo sandinista, estalló la guerra civil en El Salvador, en donde los grupos insurgentes han mantenido estrechos vínculos con Managua y La Habana. De nuevo hallamos la conocida táctica soviética que busca apoderarse de la dirección de las luchas que en determinado momento libran los pueblos oprimidos contra sus opresores a fin de debilitar a los yanquis y, si llega el caso, incrementar la lista de sus satélites.

Los pueblos que sufren bajo la coyunda de Estados Unidos y de sus peleles deben combatir por conquistar su inalienable derecho a la autodeterminación nacional, asegurándose, eso sí, de que su batalla no marche a la zaga de los oscuros designios del socialimperialismo, única garantía del buen éxito de las metas revolucionarias. Y mientras Carter parloteaba acerca de los derechos humanos y de un «acomodamiento con Cuba» en América Latina, Moscú veía algo que años atrás hubiera parecido una quimera: que su principal contrincante se encontrara asediado en sus propias fronteras, lo que le brindaba la oportunidad de incrementar su injerencia en Centroamérica y el Caribe. La coyuntura no podía ser más favorable y rusos y cubanos la aprovecharon al máximo aumentando sus actividades en países como Guatemala, Honduras, Granada, Surinam e incluso en Suramérica.

Lo que ha venido ocurriendo desde 1981 no es sino la reacción del imperio del Norte para evitar que sus viejas posesiones se le salieran de las manos ante la acometida del imperio del Este. La prioridad número uno de la administración Reagan han sido Centroamérica y el Caribe, donde decidió «trazar la raya» a los soviéticos. La Casa Blanca elaboró un plan de asistencia económica para la cuenca del Caribe; reforzó los auxilios bélicos al régimen salvadoreño y le envió 55 asesores militares; construyó una base en Honduras a cargo de 120 boinas verdes; financió, entrenó y equipó un ejército de rebeldes nicaragüenses, y hasta perpetró, como en los tiempos de las «repúblicas bananeras», un golpe de Estado en Guatemala. Pero sin lugar a dudas la medida más trascendental de Reagan fue la decisión de ordenar, a partir del segundo semestre de 1983, la realización de maniobras navales alrededor de las costas nicaragüenses, con dos portaaviones y numerosos buques de combate; simultáneamente llegaron a Honduras 5.000 soldados yanquis para efectuar ejercicios conjuntos con tropas de esa nación hasta comienzos de 1984. La consecuencia inmediata de semejante demostración bélica fue la solicitud de Managua, La Habana y los guerrilleros salvadoreños de iniciar conversaciones con Washington para hallar una solución a la crisis. Pero Reagan manifestó que en tanto los sandinistas estuvieran en el Poder su gobierno seguiría ejerciendo presión contra Nicaragua.

A diferencia de la facilidad con que actúa la URSS, Reagan y sus “halcones” tropiezan a cada rato con obstáculos para adelantar su política. La opinión pública norteamericana, que aún tiene en su memoria los años de Viet Nam, se opone a cualquier tipo de intervención directa de su país en un conflicto extranjero. El Congreso, especialmente la mayoría demócrata de la Cámara, entorpece casi siempre los propósitos del Ejecutivo. Por ejemplo, negándose a aprobar las donaciones mínimas necesarias para el apuntalamiento del régimen de El Salvador o recortándolas sustancialmente; bombardeando el respaldo de la CIA a la subversión nicaragüense, y protestando por las maniobras de la armada y el ejército en Centroamérica.

No obstante, la invasión yanqui a Granada, a finales de octubre pasado, puso en claro que los imperialistas de Washington no podrán ser detenidos fácilmente en su tarea de «limpiar» de enemigos su tradicional zona de dominación del Caribe y Centroamérica y, asimismo sirvió para advertir a los sandinistas a lo que se están exponiendo. Los sucesos de Granada también obligaron a Fidel Castro a confesar que, en la eventualidad de una agresión de Estados Unidos contra Nicaragua, Cuba no hará más de lo que hizo por la pequeña isla granadina.

La actitud en general aprobatoria de la opinión pública estadinense ante el operativo, la reacción conciliadora de la bancada demócrata del Congreso y la por demás tímida protesta de los principales aliados de Norteamérica en el mundo demuestran que existe un creciente temor por la expansión de la URSS y sus testaferros en los cinco continentes.

El imperialismo norteamericano está tratando de salvarguardiar, por medio de la fuerza militar si es necesario, sus intereses en su patio trasero; enmendar en lo posible los yerros de la administración Carter, e impedir que su contrincante continúe progresando en Latinoamérica. Empero, el hecho de que Estados Unidos haya escalado sus actividades militares en la región no implica que esté en ascenso; al contrario, demuestra que cada día tiene que pelear más con el objeto de defender lo que considera son sus propiedades de los zarpazos del oso soviético. Norteamérica, a causa de la extensión de sus dominios, tiene muchos incendios que apagar. Precisamente por ello y por su descomposición económica y política, es una potencia cuya estrella declina sin remedio, a tiempo que la URSS avanza de manera persistente. Los soviéticos son un imperialismo en pleno ascenso y por ende mucho más feroz y peligroso; y el decrepito tío Sam, pese a sus contraataques, continua a la defensiva estratégica.

LOS PORTUARIOS PELEARON EJEMPLARMENTE

El 5 de agosto, los dirigentes portuarios de Barranquilla pasaron en menos de una hora consecutivamente de la derrota al triunfo. Los dos millares de estibadores del terminal marítimo cumplían ese viernes veinticuatro días de huelga, asistidos por sus mujeres e hijos, cuando las directivas sindicales de Bogotá y Buenaventura resolvieron de pronto adherir a la fórmula de la empresa y levantar el cese de actividades. El hecho equivalía a echar por tierra las conquistas convencionales; y desencadenó entre las bases la postración y el desconcierto. Y en tan difícil trance, el grupo de activistas barranquilleros que desafió el acuerdo y convocó de nuevo al paro quedó prácticamente solo en la brecha.

Ni ellos mismos, según lo confesaron mis tarde, confiaban mucho esa mañana en salir con éxito. La máquina de la propaganda oficial daba por cierta la reanudación de labores en todos los puertos, pero la desbordante respuesta de los trabajadores barranquilleros, que rodearon con entusiasmo a sus auténticos dirigentes, hizo que el 6 de agosto los terminales de la Costa Norte amanecieran otra vez en rebeldía. Tres días más tarde Puertos de Colombia hubo de suscribir un segundo acuerdo por el cual se comprometía a respetar las convenciones colectivas, a no tomar represalias, a reintegrar a los despedidos y a pagar a cada operario una bonificación de 30 mil pesos. Fue una tregua apenas en el duro combate de los portuarios, el más importante de cuantos ha librado la clase obrera bajo el presente gobierno, y asimismo el más calumniado; pero aun así, la firme resistencia de los huelguistas obligó a Betancur a retroceder y desenmascaró de paso su demagogia.

Recordando a El Cairo
El 18 de julio, trece días después de iniciada la huelga en Buenaventura, cayeron abatidos por la violencia oficial el obrero portuario Miguel Jerónimo Sánchez y los estudiantes Fabio García y Humberto Grimaldo, que marchaban a la cabeza de una compacta manifestación.

El hecho trae a la memoria la masacre de Santa Bárbara, una de las tragedias más sangrientas en la historia del movimiento sindical colombiano, acaecida el 23 de febrero de 1963, precisamente en el momento en que Belisario Betancur era Ministro de Trabajo de la administración Valencia. De ahí que la contienda portuaria ha contribuido a desnudar el verdadero carácter del régimen imperante.

«Fue una pelea forzosa»
Un estudio sobre la modernización de los Puertos de Colombia ordenado por el Banco Mundial recomendó al gobierno en abril de 1981 «facilitar la aplicación de congelación de salarios», reducir personal «debido a la mayor eficiencia futura de operación y contenerización» y eliminar «los gastos fuera de nómina tales como jubilaciones, que representan una pesada carga para la viabilidad financiera de Colpuertos».

Justo a partir de entonces la política laboral de la empresa, conforme lo admitió el subgerente de relaciones industriales, Alfonso Lucio, se cifró por entero en «no crear ninguna prestación nueva y, por el contrario, congelar las tarifas que sirven de base para liquidar la mano de obra. Esta congelación -añadió Lucio- abre el camino a la conclusión de un estudio del Banco Mundial para modernizar el servicio portuario».

El blanco manifiesto de la embestida patronal fueron los salarios, tal como lo expresó, en tono agresivo, el vicealmirante Tito García Motta, gerente Colpuertos y uno de los descabezados por la huelga, junto a Jaime Pinzón López, el ministro de trabajo: “prefiero morir peleando por proteger el futuro de la entidad, que entregarla a los sindicatos para que le saquen hasta el último centavo”.

Las anteriores frases dejan al descubierto la verdadera causa del combate librado por los 4.500 portuarios entre el 5 de julio y el 11 de agosto. «La ofensiva que desató el gobierno de Belisario Betancur para borrar de un plumazo derechos adquiridos en veinte años de negociaciones nos llevó al cese de actividades -declaró a TRIBUNA ROJA José de la Cruz, presidente del comité de huelga de los estibadores barranquilleros-. Fue una pelea forzosa que hubo de acometerse en condiciones muy difíciles, superadas al fin por la beligerancia de las bases y el respaldo del movimiento y sindical».

El sindicalismo independiente y las camarillas
Si el conflicto navegó desde un principio contra la corriente, fue tal su resonancia que en escasas semanas logró movilizar el fervor de las poblaciones costeras y sacar a las calles en nutridas manifestaciones a las esposas e hijos de los huelguistas. Pero igualmente sacudió del letargo a las camarillas patronales y despertó el aliento del movimiento obrero a lo largo y ancho del país. Ejemplo de esto último fue el encuentro de solidaridad realizado en Santa Marta el 26 de julio, al que asistieron los directivos máximos de la CTC, el, Comité Nacional Sindical de Solidaridad, la CSTC, el CUSI, Fenaltracar, Fenaltrase, Usítras, Fecode y la USO. Allí se aprobó una jornada de protesta en las principales ciudades, para el 4 de agosto, y se condenó «la política antiobrera de Belisario Betancur» y «la actitud que han asumido los principales dirigentes de la UTC y la CGT, quienes de nuevo se han colocado al lado de los patronos y el gobierno». La jornada cumplió a cabalidad los objetivos propuestos, no obstante que la CSTC, firmante del compromiso inicial, pretendió convertirla en una demostración de apoyo a la política expansionista de la Unión Soviética.

GOBIERNO SE ENSAÑA CON TRABAJADORES DE FABRICATO

TRIBUNA ROJA entrevistó durante la huelga a los compañeros Hernán Monsalve y Orlando Zuluaga, vicepresidente y secretario general del Sindicato de Fabricato. Se transcriben a continuación apartes de sus declaraciones.

Compañero Zuluaga,¿qué los llevó a tener que realizar el paro?

Orlando Zuluaga: Para dar cumplimiento a un pacto firmado con Tejicóndor y Coltejer el 9 de diciembre de 1982, la empresa nos llamó en el primer semestre a renegociar la convención y proponía que el aumento pactado en la convención colectiva se rebajara en promedio de 126 pesos a 87 y, además, que se hiciera efectivo a partir del 1º de enero de 1984 y no el pasado 5 de abril, como está estipulado convencionalmente. Pasó el tiempo sin que la empresa manifestara intención alguna de pagar a los 5.100 trabajadores el reajuste salarial. Ante esta situación, nos vimos obligados a suspender actividades el 20 de septiembre.

TR: ¿Quién tomó la iniciativa? ¿El sindicato?

Orlando Zuluaga: En la asamblea delegataria del 15 de mayo, el sindicato aprobó llevar a cabo un paro general de la producción si la empresa no daba respuesta al problema de los salarios. Nos demoramos en hacerlo efectivo porque en los anteriores seis meses la empresa estaba prácticamente paralizada. Sólo cuando se dieron las condiciones necesarias, los trabajadores espontáneamente se lanzaron al cese. Y digo espontáneamente, porque algunos miembros de la junta directiva no estuvieron con el movimiento.

¿Se tomaron represalias en contra de los huelguistas?

Orlando Zuluaga: El gobierno ilegalizó el paro y autorizó despidos masivos. Precisamente acaban de ser destituidos los integrantes del comité de paro, junto con otras doscientas personas. El gobierno también ha empleado la fuerza pública, llegando hasta la agresión física contra los compañeros.

¿Qué posición adoptó el sindicato frente a la ilegalización del conflicto?

Hernán Monsalve: Desde un principio hemos dicho que el decreto del Ministerio es absurdo y arbitrario. Este es un paro por retención ilegal de salarios, que es una exigencia completamente justa y prevista en el Código.

Hay un conflicto de fondo con los empresarios: ¿Son los trabajadores responsables de la difícil situación financiera por la que pasa Fabricato?

Orlando Zuluaga: Como en Colnuertos, aquí la parte patronal también sostiene que la crisis por la que pasa Fabricato se debe al costo de salarios y prestaciones. Nosotros creemos que las causas del estancamiento son muy ajenas. Está primero el hecho de que gobierno ha tolerado el contrabando y la importación de telas extranjeras, con efectos ruinosos para la industria nacional. Vienen después las altas cuotas que Fabricato debe pagar a los bancos; solamente por intereses y comisiones financieras la compañía ha tenido que abonar en los dos últimos años 2.154 millones de pesos, según lo registran los recientes balances. Pero la empresa está empeñada en resolver a costa nuestra sus problemas. Por ejemplo, antes de la crisis Fabricato contaba con nueve mil trabajadores. Hoy tiene solamente 5.100 es decir, en tres años y medio han sido despedidas aproximadamente cuatro mil personas

Editorial: ¿QUÉ PUSO AL DESCUBIERTO GRANADA?

Octubre de 1983

Dos mil unidades de las fuerzas armadas norteamericanas, con el acompañamiento más simbólico que bélico de 300 soldados de seis pequeñas repúblicas de las Antillas de habla inglesa, comenzaron a desembarcar el 25 de octubre en la diminuta Granada, según los despachos de prensa, a las 5 y 40, hora local.

La ocupación recuerda lo que casi todos sabemos: la eterna historia de la omnipotente metrópoli que ha lapidado a los pueblos débiles circunvecinos, pues cualquier determinación improcedente e inconsulta que alguno de éstos adopte puede poner en peligro la seguridad del imperio. Para legitimar sus invasiones, a las autoridades de Washington les ha bastado con argüir la necesidad de proteger a unos cuantos ciudadanos americanos residentes en el exterior, o mostrar los pedidos de ayuda militar de la respectiva facción intermediaria, o simplemente presentarse como cruzados de la democracia que han de cumplir la misionera labor en tierras extranjeras. En el caso de Granada, cuya empobrecida población apenas bordea las 100.000 personas y habita en un perímetro de escasos 344 kilómetros cuadrados, el presidente Ronald Reagan esgrimió las tres disculpas. Excepto que la solicitud de apelar a los cañones para resolver el litigio emanó, no de uno, sino de dos pares de gobiernos de islas aledañas, integrantes de la Organización de Estados del Caribe Oriental, OECO, un ente espurio, improvisado y establecido en 1981 precisamente para eso, para otorgarles un viso legal a las ilegalidades estadinenses. Aunque Barbados y Jamaica no pertenecen a aquel organismo, sus mandatarios prestaron el concurso a la expedición armada. El resto de la ficticia colaboración provino de Antigua, Dominica, Santa Lucía y San Vicente.

No sobra añadir, conforme hemos procedido en circunstancias anteriores, que rechazamos rotundamente los atropellos contra la soberanía y demás derechos inalienables de las naciones, perpetrados por la superpotencia del Oeste, y sus rancias e insaciables pretensiones de convertir al Caribe y Centroamérica en el traspatio de su Casa Blanca. No por exiguos e indefensos, los granadinos son menos dignos de darse la forma de república que a bien tengan y sin intromisiones de ninguna índole, al igual que cualquier otro pueblo respetable del planeta. Esta posición nuestra obedece al arraigado criterio internacionalista de que la unidad de las masas trabajadoras de todas las latitudes, tan imprescindible para el buen suceso de la revolución mundial, únicamente cristalizará sobre la base de la plena vigencia de la autodeterminación de las naciones, al margen incluso de los regímenes sociales en ellas imperantes; anhelos de libertad y de independencia que compartimos con los demócratas sinceros, preferencialmente en la actual coyuntura histórica de dura prueba.

Pero los acontecimientos de Granada ostentan aspectos bastante ignorados, una especie de cara oculta de la luna que muy pocos han visto y que a nosotros nos interesa, sobremanera, revelar. Nos referimos al rol de los cubanos en todo este turbio asunto. En primer término, con la llegada de los infantes de marina yanquis y de sus grotescos refuerzos antillanos, se supo a ciencia cierta cuántos hombres mantenía allí La Habana y cuál era su carácter, puesto que, como acaece en muchos otros países donde interfieren, la magnitud y el cometido de aquella intervención mimetizada difícilmente se calcula. Algunas agencias noticiosas estimaban que la cifra no subía de un centenar, máximo dos, y que su encargo se circunscribía a colaborar en tareas alfabetizadoras, campañas de sanidad y sobre todo en la construcción del moderno y grande aeropuerto internacional de Salinas, en el borde sureño de la isla, al cual el Pentágono le achacó muy definidos fines belicistas, mientras la mamertería del Continente lo consideraba el mejor aporte fraternal al turismo de Granada y del Caribe entero. Al cabo de cuentas, la asesoría cubana rondó por el tope de los mil efectivos, cantidad nada despreciable para una revolución tan despoblada, y ello sin sumar la pericia de los cincuenta soviéticos que asesoraban a los asesores.

Llegado el momento de la verdad, y sin que importe ya mantener encubierta la naturaleza castrense de diseñadores, ingenieros, albañiles y ayudantes rasos del aeropuerto en ejecución, Fidel Castro envió, el 24, un día antes del abordaje enemigo, a un oficial de alto rango, el coronel Pedro Tortoló Comas, a objeto de que asumiera «el mando de todo el personal cubano»; el 25 impartió a sus huestes la orden concluyente de «no rendirse bajo ningún concepto», y el 26, cuando todo estaba prácticamente consumado, explicó que se había obrado así para salvar «el honor, la ética y la dignidad de nuestro país».

Durante la mañana del desembarco, los cables procedentes de Moscú también se encaminaban a crear la impresión de que los cubanos se batían más fieramente de lo que les tocaba. A las 9 a.m. las fuerzas expedicionarias norteamericanas habían sufrido ya 1.200 bajas y la resistencia inmolado 800 gloriosos combatientes, de acuerdo con aquellas informaciones que en Colombia las cadenas de radio, particularmente Caracol, propalaban en el instante mismo en que las iban emitiendo los lejanos e imaginativos corresponsales, y envueltas, obviamente, en un sensacionalismo estrepitoso. A esas alturas de las acciones realmente no se conocía aún de pérdidas humanas, y al final de la jornada, restando sólo unos reducidos y aislados focos de aguante, los muertos en total no pasaron de ochenta, dieciocho de las tropas de asalto y si mucho sesenta de los defensores. Sin embargo, y sea lo que fuese, la potencia de fuego y la capacidad operativa de los custodios de la isla obligaron al Pentágono a conducir el miércoles 26 otro millar de soldados de su 82a. División Aerotransportada al campo de las operaciones. Más tarde se especificaría que el monto global de los infantes yanquis empleados en la maniobra ascendió a seis mil.

Pese a que el Comandante en Jefe se cuidó de instruir desde La Habana a sus contingentes en Granada de que «si el enemigo envía parlamentario escucharlo y tran8mitir de inmediato sus puntos de vista», con dichos desplantes teatrales, órdenes categóricas de ofrendar la vida antes de rendirse, falsas noticias, se buscaba salvar no tanto la valentía como la justeza de la causa. Mas resulta irrebatible que los cubanos, por encima de sus proclamas antiyanquis y sus profesiones de fe revolucionaria, sencillamente luchaban por una pequeña isla de la que se habían adueñado. Sus legionarios se aproximaban a mil ante un ejército granadino de escasos dos mil componentes mal equipados y de bajo nivel de adiestramiento. Sus obras, sus consignas, sus dictámenes empalagaban el alma de una sociedad indigente y relegada de las Antillas Menores, que, con el señuelo de ayudarla, la utilizaron de trampolín para sus apetencias expansionistas. Ellos fueron los grandes héroes de una mini-revolución frustrada. Hasta el último momento se robaron la escena, combatiendo para otros por el apoderamiento de una porción del Caribe que no es suya, «abrazados a nuestra bandera», la de la Cuba prosoviética.

Y la bandera de Granada, ¿quién la abrazó? Maurice Bishop, quien en agosto de 1979 ascendiera al Poder mediante un golpe de Estado y se tornara, en su calidad de Primer Ministro de la isla, en un destacado y locuaz contribuyente político del régimen castrista, había sido depuesto el 14 de octubre del año en curso por el comandante de sus propias tropas, el general Hudson Austin. El 19 de octubre terminó pasado por las armas, junto a tres de sus ministros, dos directivos sindicales y varios más de sus adherentes. La dirigencia cubana reconoció el gobierno de sus sucesores y victimarios, aunque, dentro de su estilo inconfundible, se lavó las manos por la responsabilidad de los insucesos, censurando no a los homicidas sino los «procedimientos atroces como la eliminación física de Bishop y el grupo destacado de honestos dirigentes muertos en el día de ayer». El Kremlin no se tomó tantos trabajos por las apariencias. Aprobó sin rodeos la autoridad nacida de los oscuros y cruentos incidentes.

En Granada se instauró entonces un mando sin piso democrático; antes bien, con los métodos que le dieron origen descalificados por sus patrocinadores de La Habana, y que se vio impelido a sitiar a los habitantes de su capital cuando el adversario exterior lo sitiaba a él para cortar su efímera existencia. Nos rehusamos a creer que en los designios de esta banda enceguecida y en entredicho reposara segura, no digamos la victoria, pero sí la honra de la bandera granadina. Por su parte, el pueblo, violentamente reprimido y bajo el toque de queda, estaba imposibilitado para movilizarse; no sabía qué esperar de los golpistas que así se comportaban como garantes de la continuación de la revolución, ni qué pensar de un coronel Tortoló Comas que Fidel Castro enviara la víspera para organizar y dirigir los destacamentos encargados de repeler la agresión foránea, siendo que esos destacamentos encontrábanse directa o indirectamente comprometidos con el asesinato del ex Primer Ministro y de todos modos apoyaban a los asesinos.

Demasiada candidez aceptar que los cubanos, quienes han aprendido las malas artes de la intriga y la maquinación, tras trasegar tanto tiempo por el mundo en su carácter de correveidiles de los soviéticos, se hayan privado de participar o de instigar los episodios del 14 y del 19 de octubre, con la trascendencia que éstos tenían para el futuro de su política a escala insular y regional, y contando, de ñapa, con cerca de mil expertos asesores, casi la mitad del ejército nativo, susceptibles de transformarse en cuerpos regulares de combate como se confirmó.

Hay algo más. Los socialimperialistas y sus seguidores se inclinan a preservarle a Bishop, una vez sepultado, la aureola de intermediario radical y dócil que lo distinguiera durante su mandato. Sin embargo se sospecha que sus viejas lealtades comenzaban a extenuarse. En junio de 1983 viajó a Washington con motivo de una reunión de la OEA y traslumbró allí una posición conciliadora con los Estados Unidos; se entrevistó muy en secreto con William Clark, el encargado de velar por la seguridad del imperio, y a su regreso a Saint George llegó con un préstamo en el bolsillo de 15 millones de dólares autorizados por el Fondo Monetario Internacional. Aun cuando estamos al tanto de esa singular estrategia, que han tratado de instituir los «socialistas reales», de financiar con dinero americano las revoluciones regentadas por Moscú, y no ignoramos los empeños obligados del expansionismo por suavizar las tensiones en Centroamérica ante la contraofensiva del porfiado Ronald Reagan, lo curioso de este drama granadino, para expresarnos benignamente, es que las disensiones internas se agudizaron luego del referido viaje del gobernante sacrificado, y los cubanos, o hicieron todo para derrocarlo, o no hicieron nada para impedirlo. De cualquier forma, allí y en medio de la pantomima seudorevolucionaria, las contradicciones estatales se dirimieron a cuartelazo limpio y con sangrienta vindicta, a la usanza de los legendarios regímenes latinoamericanos que giran en la otra órbita.

Estos espeluznantes antecedentes coadyuvaron sin duda alguna a los propósitos de Washington; pero han servido también para que muchos de los desprevenidos partidarios de Cuba y de sus actividades intervencionistas empiecen a formularse interrogantes de tremenda incidencia.

Nosotros hemos insistido en que el socialismo auténtico no es ocupacionista ni anexionista. Nos preocupa que este punto básico no se comprenda a cabalidad por las fuerzas democráticas y revolucionarias, porque la menor intromisión de una nación en los fueros de otra, tolerada a cualquier título o propiciada bajo cualquier pretexto por el movimiento obrero de un país, el que fuese, le inflige más daño a la revolución mundial que todos los atropellos juntos de los imperialistas contra la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Al fin y al cabo el capitalismo de la era monopólica se sustenta del fruto de sus prácticas colonialistas. De lo contrario no sobreviviría. Lo grave radica en que quienes hoy se autocalifican de portadores del marxismo y de la transformación social, en lugar de combatir los zarpazos de los Estados Unidos y sus aliados desde posiciones y con procederes revolucionarios, emulen con ellos en la arrebatiña del globo y recurran a sus mismos medios. De prevalecer semejante tendencia, las masas golpeadas y burladas de las diversas latitudes no hallarían qué camino coger y la humanidad se perdería durante largo rato en uno de los más fragosos pasajes de su vida civilizada. Por eso, con todo y lo devastadora que se estime la acción estadinense en Granada, lo importante sigue siendo que aquella isla menesterosa, ubicada en la esquina suroriental del Mar Caribe y puesta de pronto en los primeros planos de la atención mundial, logre aportar con su trágica experiencia al esclarecimiento del culminante problema planteado, por supuesto a condición de que haya ideólogos y partidos resueltos a desafiar la resaca y a sistematizar las enseñanzas respectivas.

Hasta algunos de los más tradicionales y connotados simpatizantes del bloque socialimperialista acentuaron la nota de repudio contra el general Hudson Austin y sus compinches. Entre ellos García Márquez, siempre listo a darles una mano a sus amigos de Cuba para sacarlos de un aprieto, quien, dos días antes de la invasión de los infantes de marina yanquis y desde su columna dominical de El Espectador, no perdona al jefe del Estado granadino de «matón del peor estilo» y a los compañeros de aventura de éste no los baja de «bandoleros en mala hora extraviados en la política». En dicho artículo y ajustándose a un razonamiento lógico, el escritor no puede menos que hacerse la fatal reconvención: «El día en que se justifique con cualquier argumento que las fuerzas del progreso se sirvan de los mismos métodos infames de la reacción, será esa la hora -para decirlo en buen romance- de que nos vayamos todos para el carajo». Incontrastablemente, aunque no sea en buen romance. Pero atribuir las consecuencias de la coloquial exhortación a la conducta aislada de uno o de varios elementos envanecidos e inescrupulosos significaría lisamente evadir el meollo del asunto. Examinémoslo.

¿Cómo se llama la atávica costumbre de los imperialistas de trasladar divisiones de infantería a otros territorios distintos de los suyos y permanecer en aquellos lugares por un lapso de tiempo, o indefinidamente? Tiene muchos nombres: ocupación, anexión, pillaje, colonialismo, etc. Cuando Viet Nam se introduce en Kampuchea y Lao con cientos de miles de soldados y se instala arrogantemente allá desde finales de 1977; o cuando Cuba desde mediados de 1975 deposita en Angola 20.000 hombres que allá se mantienen todavía, y distribuye un número parecido en Etiopía a partir de ese mismo período del inicio de su intromisión en África, ¿no es acaso ocupar países inermes, propender al anexionismo, reivindicar el pillaje, imitar a los viejos colonialistas? Inevitablemente tales actos generan la desconfianza de las gentes nativas acerca de la intención de tan extraños salvadores, desembocan en rompimientos antagónicos y acaban incluso por prender las llamas de la guerra popular contra el despliegue extranjero. No debiera, pues, parecer insólito el espectáculo de desintegración brindado por los conductores de la abortada revolución granadina, si recordamos, por ejemplo, que los déspotas del Kremlin, preceptores de Castro y Austin, eliminaron en septiembre de 1977 al presidente de Afganistán Mohamed Taraki, adicto de la URSS-, para suplantarlo por Hafizullah Amín, otro colaborador más maleable, a quien igualmente decidieron destituir y ejecutar antes de los cuatro meses, el 27 de diciembre, fecha desde la cual alrededor de 100.000 efectivos soviéticos huellan el suelo de aquel lacerado país, en nombre del internacionalismo socialimperialista y tras la complacencia de un tercer advenedizo, el Primer Ministro Babrak Karmal.

No nos tropezamos con un caso exclusivo que se explique por razones particulares. Desde Cuba para abajo, los países que se hallan atrapados en el campo gravitacional de la Unión Soviética, por simples leyes de la física, carecen de rumbo propio, y sus luchas, la satisfacción de sus necesidades, dependen de los albures de la empresa expansionista. La URSS ha de preocuparse por su imagen; no obstante, jamás estropeará sus proyectos estratégicos y tácticos por los apremios intempestivos de una nación de unos cuantos millones de habitantes. Si en el tablero internacional ha de sacrificar un peón para neutralizar la acción de un alfil enemigo, no vacila. Algo de eso visualizamos en los rápidos movimientos ejecutados por las dos superpotencias en el Caribe. Fue notoria la inquietud de Washington por no chocar abruptamente con Moscú mientras le sustraía a Granada. Reiteró públicamente la seguridad de que los consejeros soviéticos desalojados serían atendidos con «cortesía diplomática» y «eran libres de hacer lo que quisieran». Los primeros en conocer por boca de los invasores las miras y los alcances del desembarco fueron los gobiernos afectados por el desahucio. Hasta los cubanos recibieron desde un principio la promesa de que se les permitiría abandonar tranquilamente la isla. Las zalameras gestiones del señor Belisario Betancur en favor del feliz retorno de los prisioneros a sus hogares estaban, de antemano, plenamente garantizadas.

No olvidemos que la América Latina es el «patio trasero» de los Estados Unidos y el Caribe su Mar Mediterráneo, y aunque ahí se encuentre Cuba perturbando el sosiego de los magnates de Wall Street, el Hemisferio escapa a las zonas de influencia controlables fácilmente por los amos del Kremlin. Tal vez por el régimen de Cuba, que tan buenos oficios les ha prestado en éste y en el resto de continentes y cuya inestabilidad redundaría en su desprestigio, por ningún otro país del área los rusos estarían dispuestos a sacar las castañas del fuego en la eventualidad de que los norteamericanos presionen, con la pólvora o con el diálogo, un reparto más o menos duradero y razonable de las injerencias mundiales. Una revolución, como la nicaragüense o la salvadoreña, que pignora su porvenir a la superpotencia del Este en su justa aspiración de desasirse del otro imperialismo y corre todos los riesgos inherentes a tal deslizamiento, en la creencia de que será tenida en cuenta por sus fiadores al momento de la partija, pecará de ingenua.

Los principales protagonistas del conflicto de Centroamérica ignoran las ilusiones de una paz negociada esparcida por los platicantes de Contadora y recelan de las dulzonas palabras de los embajadores de buena voluntad designados por la Casa Blanca, y cada cual, a su modo, se alista para encarar el cruel augurio de un desenlace violento de la crisis, sobre todo después de la repentina y admonitoria caída de Granada, con la que el César, en contra de la ira universal y por encima de las críticas de sus aliados europeos, demostró su firme determinación de no asistir apaciblemente al avance en sus vecindades del peligroso adversario. Tan asustadora será la cosa, que el teniente coronel Desi Bouterse, jefe de la Junta Militar de Surinam, visto en Occidente como un recalcitrante izquierdista, con sólo enterarse de la última misión de los infantes de marina, expulsó de sus dominios al embajador cubano y a su sarta de asistentes, técnicos y expertos, que en aquella ex colonia holandesa ya sobrepasaban el centenar, porque el arrepentido dirigente no quería padecer el calvario de Maurice Bishop ni soportar los infortunios de un Hudson Austin. Jamaica, la otra oveja descarriada, había regresado antes a su antiguo redil, sin escandalosas efusiones de sangre, electoralmente, cuando el laborista Edward Seaga derrotara, en las urnas, el 30 de octubre de 1980, al procubano Michael Manley.

Y así, cada país, cada Estado y cada gobernante de la región empiezan a conturbarse por su propio pellejo y a buscar el acomodo que mejor les convenga. Pues en estas refriegas locales de las superpotencias las coces las reciben los más inermes y los menos cautos. El presidente de Guatemala, el general Oscar Mejía Víctores, una copia del muñeco del ventrílocuo, se ha encargado de difundir la idea gestada en Washington de desempolvar el Condeca, Consejo de Defensa de Centroamérica, un pacto militar firmado el 14 de diciembre de 1963 y del que muy pocos se acordaban, hermano gemelo de la OECO, el ente espurio mediante el cual los Estados Unidos procuraron legitimar su invasión a Granada. Con las maniobras que el ejército y la marina de la metrópoli realizan conjuntamente con Honduras, teniendo como sede la geografía de este país y en donde las tropas americanas acamparán, tal cual se ha admitido, por un plazo indeterminado, y simultáneo al constante asedio bélico a que se viene sometiendo desde fuera y desde dentro a Nicaragua, cercada por repúblicas crecientemente hostiles, lo único que falta para completar los preparativos de un asalto en regla, es poner en vigencia la mampara legal de que habla el general guatemalteco.

Desde luego los yanquis habrán de pagar política y militarmente un precio incomparablemente mayor por la patria de Augusto César Sandino de lo que les costará la diminuta isla de Granada. Lo delicado de la situación radica en que, por múltiples indicios, el ex vaquero de Hollywood se halla inclinado a desembolsarlo. Por eso causó estupor en muchos medios el tan dirigido comentario de que si los sandinistas afrontasen una contingencia parecida, Cuba adoptaría una actitud idéntica, es decir, no se movilizaría; señalamiento hecho por Fidel Castro en la madrugada del miércoles 26, en rueda de prensa en el Palacio de la Revolución, reunida con la presencia de varios periodistas norteamericanos y convocada bajo el fulminante impacto de la noticia sobre la operación exitosa del Pentágono en el extremo suroriental del Caribe. Sobreentendiéndose que los cubanos no están en condiciones de transportar tropas a los sitios y en el instante en que sus asesores sean violentamente defenestrados por la contraparte, ni habrán de jugarse en paro la supervivencia en aras de la de sus coligados, sobraba en aquella noche crucial, ante la arremetida estadinense que se vino, darle a entender con antelación a Reagan que, de decidirse a invadir a Nicaragua, La Habana intentaría menos de cuanto se propuso por retener su reducida posesión en la cola de las Antillas Menores. Ya oiremos a los áulicos jurando y perjurando que se trata de un astuto ardid de guerra. Sin embargo, el pronunciamiento, catalogado por la prensa gringa de «inhabitualmente moderado», deja sin remedio el vinagroso sabor de que si fuera indispensable se concedería con lo de los demás a efecto de preservar lo propio. Transigir en lo secundario para resguardar lo verdaderamente clave: la integridad de Cuba.

Claro que cada quien administra libremente sus temores, pues la Junta Sandinista, por su lado, el jueves 20 de octubre entregó a los funcionarios de Washington, a través de su canciller Miguel D’ Escoto, un memorándum de avenimiento tendiente a descargar la encapotada atmósfera centroamericana en el que, entre otros enunciados, aquélla se compromete a cesar su respaldo a la guerrilla salvadoreña, mientras la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA, haría otro tanto con los grupos alzados en armas contra el gobierno de Nicaragua. Cuando queda atrás la controversia verbal, y el desplazamiento continuo de las fuerzas prosoviéticas, propiciado al socaire de las incontables dificultades enemigas, tropieza, de pronto, con la instintiva reacción de la fiera acorralada, apenas elemental que se desaten, unas tras otras, fórmulas transaccionales cuya característica común se basa en que los reclamos subalternos han de acallarse, o si se prefiere, han de ser postergados en provecho de intereses superiores. Y como no nos hallamos ante colectividades y países ciertamente soberanos, sino ante una cadena de supeditaciones escalonadas, en las que priman por sobre todas los afanes hegemónicos de la Santa Rusia rediviva, los movimientos independentistas que ésta lidera por intermedio de sus marionetas, preferencialmente los más chicos y menos trascendentes, constituyen por excelencia la materia canjeable a que recurren los socialimperialistas cuando se ven empujados al regateo con las potencias occidentales.

Fuera de que la lucha emancipadora del pueblo granadino se desvirtúa al prestar su suelo como punto de apoyo de la agresión expansionista, el irritante, permanente y provocador merodeo de las legiones de Castro brindó la excusa exacta para la acción corsaria de Reagan. Así haya siempre protestas por los vejámenes de los imperialismos, las bregas libertarias que, triunfadoras o vencidas, solamente consiguen cambiar invasores de un jaez por otro, perderán la estima de las masas trabajadoras del orbe y se hundirán en el aislamiento. Inexorablemente culminan con el pecado y sin el género. Y a la inversa, sin haber podido alegar la imperiosa urgencia de suprimir la sistemática y acrecida penetración soviético-cubana en la zona, a Washington le hubiera resultado muchísimo más azaroso tomarse la isla. Cierto que a los Estados Unidos nunca les faltaron sofismas para desconocer y pisotear las prerrogativas de sus vecinos, mas hoy se respiran aires muy distintos a los del remoto y cercano pretérito. La decadente metrópoli se cuece entre las brasas de mil y una aflicciones: las crisis industrial y financiera, quizás comparables a la bancarrota de 1929, no acaban por pasar y la arrastran, tras la sujeción de los mercados mundiales, a una feroz competencia con Europa y el Japón, sus aliados consuetudinarios; Rusia la hostiga en los cinco continentes y por doquier desgarra sus dominios; en lo interno carece de la unidad nacional que le permita proceder desembarazadamente en la rapiña externa; a sus neocolonias ya no les basta con los derechos y las libertades formales y se insubordinan en pos de la plena independencia económica, y, de remate, las tendencias democráticas de todos los pueblos, incluido el norteamericano, incesantemente se robustecen y se entrelazan, obstaculizando todavía más los menesteres imperialistas. Empero, las gestas de liberación nacional que actúen como simples cajas de resonancia del expansionismo no lograrán sacarles el jugo a tales contradicciones. Para ello habrán de hacer valer su libre facultad de decisión, convenciendo además a tirios y troyanos de que contienden sin manipuleos a control remoto.

La estepa rusa está ubicada casi en las antípodas de los Andes, y el factor geográfico incide notablemente en la estrategia que trace un emporio que apenas se inicia y ha de arrinconar por las malas a quienes le precedieron en los ajetreos colonialistas; rivales de cuidado que tienen a su haber la experiencia de decenios y hasta de centurias de pillaje, la ventaja de unas redes tupidas y afianzadas de probados intermediarios en los países que manejaron o manejan y la creencia cada vez más madura de que si no se unen se los traga la tierra. La señora Thatcher dejó sentada su inconformidad por la displicencia de los Estados Unidos al comportarse casi que inconsultamente en Granada, un miembro, aunque díscolo, no menos estimable del Commonwealth, siendo que la burguesía inglesa percibirá a la postre los dividendos de la recuperación, cuando Paul Scoon, el gobernador nombrado por la Corona, integre su gabinete y principie a despachar, según se deduce de las indicaciones de la Casa Blanca. Lo cual trae a la memoria cómo el señor Reagan, después de agotar las discusiones con los argentinos, también terció, abiertamente y en medio de la cólera de Latinoamérica, a favor de la invasión británica de Las Malvinas. Por mucho que la Unión Soviética se obstine en separar a sus contrarios, sus éxitos surten el efecto contrario de unirlos.

Merced a estas tres o cuatro complicaciones, comprendida la lejanía, los nuevos zares del Kremlin deben andar con tacto en cuanto concierna al Hemisferio americano, hasta donde no alcanzarán a llegar tan expeditamente sus batallones como en el limítrofe Afganistán. Acá, sin perjuicio de ir sembrando poco a poco sus asistentes cubanos, que los hay en Nicaragua y los hubo en Jamaica, Granada y Surinam, la prudencia les aconseja arreglar, componer, convenir, a objeto de salirle al paso al inevitable contraataque estadinense. Entre más hagan rechinar sus armas en América los Estados Unidos, más sermonearán sobre los dones del diálogo y de la pacificación los mandaderos de la Unión Soviética. Jamás revoluciones que estuvieron tan cerca de la guerra clamaron tanto por la paz. Son los viceversas de un trayecto histórico en el cual el socialismo de una poderosa república traiciona tornándose anexionista, y los movimientos nacionales de los países secularmente sometidos, en particular los más débiles y pequeños, le sirven de punta de lanza en sus acometidas por la supremacía universal. Y en esa cadena de supeditaciones escalonadas a que nos referíamos arriba, la isla granadina representaba el eslabón menos importante. El Pentágono así lo comprendió; la escogió precisamente a ella con el objetivo de escarmentar y de medir el ánimo y las disponibilidades de sus contrincantes, sin exponerse a prender una conflagración generalizada. Siguiendo el orden, los insurgentes salvadoreños han de hacer sus sacrificios por la estabilidad de Nicaragua, ésta a su vez por la supervivencia de Cuba y los tres por la feliz culminación de los planes estratégicos y tácticos del hegemonismo soviético. Tales las prioridades que se desprenden de algunas de las fórmulas de acuerdo elaboradas y de algunos de los pronunciamientos emitidos; relación que corresponde a un conflicto que desafortunadamente a diario deja de ser menos una batalla por la emancipación de las naciones para degenerar en el consabido pleito entre las superpotencias.

Confiemos en que los pueblos puedan a la larga destramar el embrollo y corregir. Por lo pronto, Granada lo ha puesto al descubierto.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR)
Comité Ejecutivo

Reseña Sindical: REVÉS DEL PC EN SITTELECOM

Un severo golpe al Partido Comunista y a la derecha patronal asestaron en la 32a. asamblea nacional de Sittelecom dos sectores independientes coligados, al obtener la mayoría en la nueva junta directiva con 76 votos de un total de 145. La plancha apoyada por el PC consiguió apenas 17 votos. Como presidente del sindicato fue elegido Agustín González.

El evento, que tuvo lugar en Bogotá entre el 11 y el 17 de julio, fue impugnado por las fracciones derrotadas ante el Ministerio del Trabajo, que no encontró el pretexto para desconocer el veredicto de los trabajadores.

Durante más de año y medio el sindicato fue orientado por una fuerza liberal férreamente unida al tren oportunista del PC. Dicho sector suscribió en febrero un acuerdo escrupulosamente ajustado a los topes salariales fijados por el gobierno, pacto que fue acogido por las bases con abierta hostilidad.

Pero el malestar subió de punto cuando poco después la empresa echó por tierra el régimen disciplinario convencional, ante el silencio cómplice de la anterior directiva, que ni siquiera se atrevió a emitir un comunicado de protesta. La derogatoria del régimen disciplinario constituyó un revés para los trabajadores, hoy a merced de los caprichos y arbitrariedades de los jefes.

Bajo la dirección de la nueva junta. Sittelecom se apresta para la batalla por el pliego de peticiones, en que se aspira a restablecer las conquistas eliminadas.

Represa y represión
El 27 de septiembre los dos mil obreros de la empresa Impregilo-Estruco-Pinski, consorcio internacional que tiene a su cargo la construcción de la represa de Betania en el Huila, se lanzaron a una huelga indefinida en protesta por el despido de 170 trabajadores, entre ellos los diez miembros de la junta directiva y numerosos activistas del recién creado sindicato.

Con el respaldo del gobierno, el monopolio de la construcción venía violando desde meses atrás la convención colectiva y negando los derechos de la organización obrera. Además, por instigación del jefe de relaciones industriales, experto en maniobras antisindicales, Impregilo pretendió imponer a la fuerza una camarilla patronal, buscando con ello quebrar la resistencia de los trabajadores.

En el curso de la huelga, la fuerza pública efectuó allanamientos en la carpa de los huelguistas y reprimió con violencia sus desfiles y manifestaciones. Finalmente, y con la complacencia del Ministerio del Trabajo, fueron lanzados a la calle gran cantidad de activistas y desconocidas por completo las reivindicaciones que dieron origen al conflicto.

Negociación en los bancos
Un balance positivo de las negociaciones colectivas en los bancos dio a conocer Luis Sánchez, presidente nacional de la Asociación Colombiana de Empleados Bancarios, ACEB. Los tres arreglos firmados en septiembre con los bancos Bogotá, Comercial Antioqueño y Anglo-colombiano, según explicó el directivo sindical, beneficiaron a nueve mil trabajadores y superaron, merced a la movilización de los afiliados, el tope salarial del 22% señalado por el gobierno. En promedio, los acuerdos salariales pasaron del 27%.

En la actualidad, ACEB adelanta conversaciones con los bancos Ganadero y Comercio, que cobijan a unos seis mil empleados. La ACEB ha tenido que enfrentar no solamente la intransigencia de las empresas, sino también las tentativas de división interna que pretenden restar efectividad a las consignas de combate.