LOS PORTUARIOS PELEARON EJEMPLARMENTE

El 5 de agosto, los dirigentes portuarios de Barranquilla pasaron en menos de una hora consecutivamente de la derrota al triunfo. Los dos millares de estibadores del terminal marítimo cumplían ese viernes veinticuatro días de huelga, asistidos por sus mujeres e hijos, cuando las directivas sindicales de Bogotá y Buenaventura resolvieron de pronto adherir a la fórmula de la empresa y levantar el cese de actividades. El hecho equivalía a echar por tierra las conquistas convencionales; y desencadenó entre las bases la postración y el desconcierto. Y en tan difícil trance, el grupo de activistas barranquilleros que desafió el acuerdo y convocó de nuevo al paro quedó prácticamente solo en la brecha.

Ni ellos mismos, según lo confesaron mis tarde, confiaban mucho esa mañana en salir con éxito. La máquina de la propaganda oficial daba por cierta la reanudación de labores en todos los puertos, pero la desbordante respuesta de los trabajadores barranquilleros, que rodearon con entusiasmo a sus auténticos dirigentes, hizo que el 6 de agosto los terminales de la Costa Norte amanecieran otra vez en rebeldía. Tres días más tarde Puertos de Colombia hubo de suscribir un segundo acuerdo por el cual se comprometía a respetar las convenciones colectivas, a no tomar represalias, a reintegrar a los despedidos y a pagar a cada operario una bonificación de 30 mil pesos. Fue una tregua apenas en el duro combate de los portuarios, el más importante de cuantos ha librado la clase obrera bajo el presente gobierno, y asimismo el más calumniado; pero aun así, la firme resistencia de los huelguistas obligó a Betancur a retroceder y desenmascaró de paso su demagogia.

Recordando a El Cairo
El 18 de julio, trece días después de iniciada la huelga en Buenaventura, cayeron abatidos por la violencia oficial el obrero portuario Miguel Jerónimo Sánchez y los estudiantes Fabio García y Humberto Grimaldo, que marchaban a la cabeza de una compacta manifestación.

El hecho trae a la memoria la masacre de Santa Bárbara, una de las tragedias más sangrientas en la historia del movimiento sindical colombiano, acaecida el 23 de febrero de 1963, precisamente en el momento en que Belisario Betancur era Ministro de Trabajo de la administración Valencia. De ahí que la contienda portuaria ha contribuido a desnudar el verdadero carácter del régimen imperante.

“Fue una pelea forzosa”
Un estudio sobre la modernización de los Puertos de Colombia ordenado por el Banco Mundial recomendó al gobierno en abril de 1981 “facilitar la aplicación de congelación de salarios”, reducir personal “debido a la mayor eficiencia futura de operación y contenerización” y eliminar “los gastos fuera de nómina tales como jubilaciones, que representan una pesada carga para la viabilidad financiera de Colpuertos”.

Justo a partir de entonces la política laboral de la empresa, conforme lo admitió el subgerente de relaciones industriales, Alfonso Lucio, se cifró por entero en “no crear ninguna prestación nueva y, por el contrario, congelar las tarifas que sirven de base para liquidar la mano de obra. Esta congelación -añadió Lucio- abre el camino a la conclusión de un estudio del Banco Mundial para modernizar el servicio portuario”.

El blanco manifiesto de la embestida patronal fueron los salarios, tal como lo expresó, en tono agresivo, el vicealmirante Tito García Motta, gerente Colpuertos y uno de los descabezados por la huelga, junto a Jaime Pinzón López, el ministro de trabajo: “prefiero morir peleando por proteger el futuro de la entidad, que entregarla a los sindicatos para que le saquen hasta el último centavo”.

Las anteriores frases dejan al descubierto la verdadera causa del combate librado por los 4.500 portuarios entre el 5 de julio y el 11 de agosto. “La ofensiva que desató el gobierno de Belisario Betancur para borrar de un plumazo derechos adquiridos en veinte años de negociaciones nos llevó al cese de actividades -declaró a TRIBUNA ROJA José de la Cruz, presidente del comité de huelga de los estibadores barranquilleros-. Fue una pelea forzosa que hubo de acometerse en condiciones muy difíciles, superadas al fin por la beligerancia de las bases y el respaldo del movimiento y sindical”.

El sindicalismo independiente y las camarillas
Si el conflicto navegó desde un principio contra la corriente, fue tal su resonancia que en escasas semanas logró movilizar el fervor de las poblaciones costeras y sacar a las calles en nutridas manifestaciones a las esposas e hijos de los huelguistas. Pero igualmente sacudió del letargo a las camarillas patronales y despertó el aliento del movimiento obrero a lo largo y ancho del país. Ejemplo de esto último fue el encuentro de solidaridad realizado en Santa Marta el 26 de julio, al que asistieron los directivos máximos de la CTC, el, Comité Nacional Sindical de Solidaridad, la CSTC, el CUSI, Fenaltracar, Fenaltrase, Usítras, Fecode y la USO. Allí se aprobó una jornada de protesta en las principales ciudades, para el 4 de agosto, y se condenó “la política antiobrera de Belisario Betancur” y “la actitud que han asumido los principales dirigentes de la UTC y la CGT, quienes de nuevo se han colocado al lado de los patronos y el gobierno”. La jornada cumplió a cabalidad los objetivos propuestos, no obstante que la CSTC, firmante del compromiso inicial, pretendió convertirla en una demostración de apoyo a la política expansionista de la Unión Soviética.

GOBIERNO SE ENSAÑA CON TRABAJADORES DE FABRICATO

TRIBUNA ROJA entrevistó durante la huelga a los compañeros Hernán Monsalve y Orlando Zuluaga, vicepresidente y secretario general del Sindicato de Fabricato. Se transcriben a continuación apartes de sus declaraciones.

Compañero Zuluaga,¿qué los llevó a tener que realizar el paro?

Orlando Zuluaga: Para dar cumplimiento a un pacto firmado con Tejicóndor y Coltejer el 9 de diciembre de 1982, la empresa nos llamó en el primer semestre a renegociar la convención y proponía que el aumento pactado en la convención colectiva se rebajara en promedio de 126 pesos a 87 y, además, que se hiciera efectivo a partir del 1º de enero de 1984 y no el pasado 5 de abril, como está estipulado convencionalmente. Pasó el tiempo sin que la empresa manifestara intención alguna de pagar a los 5.100 trabajadores el reajuste salarial. Ante esta situación, nos vimos obligados a suspender actividades el 20 de septiembre.

TR: ¿Quién tomó la iniciativa? ¿El sindicato?

Orlando Zuluaga: En la asamblea delegataria del 15 de mayo, el sindicato aprobó llevar a cabo un paro general de la producción si la empresa no daba respuesta al problema de los salarios. Nos demoramos en hacerlo efectivo porque en los anteriores seis meses la empresa estaba prácticamente paralizada. Sólo cuando se dieron las condiciones necesarias, los trabajadores espontáneamente se lanzaron al cese. Y digo espontáneamente, porque algunos miembros de la junta directiva no estuvieron con el movimiento.

¿Se tomaron represalias en contra de los huelguistas?

Orlando Zuluaga: El gobierno ilegalizó el paro y autorizó despidos masivos. Precisamente acaban de ser destituidos los integrantes del comité de paro, junto con otras doscientas personas. El gobierno también ha empleado la fuerza pública, llegando hasta la agresión física contra los compañeros.

¿Qué posición adoptó el sindicato frente a la ilegalización del conflicto?

Hernán Monsalve: Desde un principio hemos dicho que el decreto del Ministerio es absurdo y arbitrario. Este es un paro por retención ilegal de salarios, que es una exigencia completamente justa y prevista en el Código.

Hay un conflicto de fondo con los empresarios: ¿Son los trabajadores responsables de la difícil situación financiera por la que pasa Fabricato?

Orlando Zuluaga: Como en Colnuertos, aquí la parte patronal también sostiene que la crisis por la que pasa Fabricato se debe al costo de salarios y prestaciones. Nosotros creemos que las causas del estancamiento son muy ajenas. Está primero el hecho de que gobierno ha tolerado el contrabando y la importación de telas extranjeras, con efectos ruinosos para la industria nacional. Vienen después las altas cuotas que Fabricato debe pagar a los bancos; solamente por intereses y comisiones financieras la compañía ha tenido que abonar en los dos últimos años 2.154 millones de pesos, según lo registran los recientes balances. Pero la empresa está empeñada en resolver a costa nuestra sus problemas. Por ejemplo, antes de la crisis Fabricato contaba con nueve mil trabajadores. Hoy tiene solamente 5.100 es decir, en tres años y medio han sido despedidas aproximadamente cuatro mil personas

Editorial: ¿QUÉ PUSO AL DESCUBIERTO GRANADA?

Octubre de 1983

Dos mil unidades de las fuerzas armadas norteamericanas, con el acompañamiento más simbólico que bélico de 300 soldados de seis pequeñas repúblicas de las Antillas de habla inglesa, comenzaron a desembarcar el 25 de octubre en la diminuta Granada, según los despachos de prensa, a las 5 y 40, hora local.

La ocupación recuerda lo que casi todos sabemos: la eterna historia de la omnipotente metrópoli que ha lapidado a los pueblos débiles circunvecinos, pues cualquier determinación improcedente e inconsulta que alguno de éstos adopte puede poner en peligro la seguridad del imperio. Para legitimar sus invasiones, a las autoridades de Washington les ha bastado con argüir la necesidad de proteger a unos cuantos ciudadanos americanos residentes en el exterior, o mostrar los pedidos de ayuda militar de la respectiva facción intermediaria, o simplemente presentarse como cruzados de la democracia que han de cumplir la misionera labor en tierras extranjeras. En el caso de Granada, cuya empobrecida población apenas bordea las 100.000 personas y habita en un perímetro de escasos 344 kilómetros cuadrados, el presidente Ronald Reagan esgrimió las tres disculpas. Excepto que la solicitud de apelar a los cañones para resolver el litigio emanó, no de uno, sino de dos pares de gobiernos de islas aledañas, integrantes de la Organización de Estados del Caribe Oriental, OECO, un ente espurio, improvisado y establecido en 1981 precisamente para eso, para otorgarles un viso legal a las ilegalidades estadinenses. Aunque Barbados y Jamaica no pertenecen a aquel organismo, sus mandatarios prestaron el concurso a la expedición armada. El resto de la ficticia colaboración provino de Antigua, Dominica, Santa Lucía y San Vicente.

No sobra añadir, conforme hemos procedido en circunstancias anteriores, que rechazamos rotundamente los atropellos contra la soberanía y demás derechos inalienables de las naciones, perpetrados por la superpotencia del Oeste, y sus rancias e insaciables pretensiones de convertir al Caribe y Centroamérica en el traspatio de su Casa Blanca. No por exiguos e indefensos, los granadinos son menos dignos de darse la forma de república que a bien tengan y sin intromisiones de ninguna índole, al igual que cualquier otro pueblo respetable del planeta. Esta posición nuestra obedece al arraigado criterio internacionalista de que la unidad de las masas trabajadoras de todas las latitudes, tan imprescindible para el buen suceso de la revolución mundial, únicamente cristalizará sobre la base de la plena vigencia de la autodeterminación de las naciones, al margen incluso de los regímenes sociales en ellas imperantes; anhelos de libertad y de independencia que compartimos con los demócratas sinceros, preferencialmente en la actual coyuntura histórica de dura prueba.

Pero los acontecimientos de Granada ostentan aspectos bastante ignorados, una especie de cara oculta de la luna que muy pocos han visto y que a nosotros nos interesa, sobremanera, revelar. Nos referimos al rol de los cubanos en todo este turbio asunto. En primer término, con la llegada de los infantes de marina yanquis y de sus grotescos refuerzos antillanos, se supo a ciencia cierta cuántos hombres mantenía allí La Habana y cuál era su carácter, puesto que, como acaece en muchos otros países donde interfieren, la magnitud y el cometido de aquella intervención mimetizada difícilmente se calcula. Algunas agencias noticiosas estimaban que la cifra no subía de un centenar, máximo dos, y que su encargo se circunscribía a colaborar en tareas alfabetizadoras, campañas de sanidad y sobre todo en la construcción del moderno y grande aeropuerto internacional de Salinas, en el borde sureño de la isla, al cual el Pentágono le achacó muy definidos fines belicistas, mientras la mamertería del Continente lo consideraba el mejor aporte fraternal al turismo de Granada y del Caribe entero. Al cabo de cuentas, la asesoría cubana rondó por el tope de los mil efectivos, cantidad nada despreciable para una revolución tan despoblada, y ello sin sumar la pericia de los cincuenta soviéticos que asesoraban a los asesores.

Llegado el momento de la verdad, y sin que importe ya mantener encubierta la naturaleza castrense de diseñadores, ingenieros, albañiles y ayudantes rasos del aeropuerto en ejecución, Fidel Castro envió, el 24, un día antes del abordaje enemigo, a un oficial de alto rango, el coronel Pedro Tortoló Comas, a objeto de que asumiera “el mando de todo el personal cubano”; el 25 impartió a sus huestes la orden concluyente de “no rendirse bajo ningún concepto”, y el 26, cuando todo estaba prácticamente consumado, explicó que se había obrado así para salvar “el honor, la ética y la dignidad de nuestro país”.

Durante la mañana del desembarco, los cables procedentes de Moscú también se encaminaban a crear la impresión de que los cubanos se batían más fieramente de lo que les tocaba. A las 9 a.m. las fuerzas expedicionarias norteamericanas habían sufrido ya 1.200 bajas y la resistencia inmolado 800 gloriosos combatientes, de acuerdo con aquellas informaciones que en Colombia las cadenas de radio, particularmente Caracol, propalaban en el instante mismo en que las iban emitiendo los lejanos e imaginativos corresponsales, y envueltas, obviamente, en un sensacionalismo estrepitoso. A esas alturas de las acciones realmente no se conocía aún de pérdidas humanas, y al final de la jornada, restando sólo unos reducidos y aislados focos de aguante, los muertos en total no pasaron de ochenta, dieciocho de las tropas de asalto y si mucho sesenta de los defensores. Sin embargo, y sea lo que fuese, la potencia de fuego y la capacidad operativa de los custodios de la isla obligaron al Pentágono a conducir el miércoles 26 otro millar de soldados de su 82a. División Aerotransportada al campo de las operaciones. Más tarde se especificaría que el monto global de los infantes yanquis empleados en la maniobra ascendió a seis mil.

Pese a que el Comandante en Jefe se cuidó de instruir desde La Habana a sus contingentes en Granada de que “si el enemigo envía parlamentario escucharlo y tran8mitir de inmediato sus puntos de vista”, con dichos desplantes teatrales, órdenes categóricas de ofrendar la vida antes de rendirse, falsas noticias, se buscaba salvar no tanto la valentía como la justeza de la causa. Mas resulta irrebatible que los cubanos, por encima de sus proclamas antiyanquis y sus profesiones de fe revolucionaria, sencillamente luchaban por una pequeña isla de la que se habían adueñado. Sus legionarios se aproximaban a mil ante un ejército granadino de escasos dos mil componentes mal equipados y de bajo nivel de adiestramiento. Sus obras, sus consignas, sus dictámenes empalagaban el alma de una sociedad indigente y relegada de las Antillas Menores, que, con el señuelo de ayudarla, la utilizaron de trampolín para sus apetencias expansionistas. Ellos fueron los grandes héroes de una mini-revolución frustrada. Hasta el último momento se robaron la escena, combatiendo para otros por el apoderamiento de una porción del Caribe que no es suya, “abrazados a nuestra bandera”, la de la Cuba prosoviética.

Y la bandera de Granada, ¿quién la abrazó? Maurice Bishop, quien en agosto de 1979 ascendiera al Poder mediante un golpe de Estado y se tornara, en su calidad de Primer Ministro de la isla, en un destacado y locuaz contribuyente político del régimen castrista, había sido depuesto el 14 de octubre del año en curso por el comandante de sus propias tropas, el general Hudson Austin. El 19 de octubre terminó pasado por las armas, junto a tres de sus ministros, dos directivos sindicales y varios más de sus adherentes. La dirigencia cubana reconoció el gobierno de sus sucesores y victimarios, aunque, dentro de su estilo inconfundible, se lavó las manos por la responsabilidad de los insucesos, censurando no a los homicidas sino los “procedimientos atroces como la eliminación física de Bishop y el grupo destacado de honestos dirigentes muertos en el día de ayer”. El Kremlin no se tomó tantos trabajos por las apariencias. Aprobó sin rodeos la autoridad nacida de los oscuros y cruentos incidentes.

En Granada se instauró entonces un mando sin piso democrático; antes bien, con los métodos que le dieron origen descalificados por sus patrocinadores de La Habana, y que se vio impelido a sitiar a los habitantes de su capital cuando el adversario exterior lo sitiaba a él para cortar su efímera existencia. Nos rehusamos a creer que en los designios de esta banda enceguecida y en entredicho reposara segura, no digamos la victoria, pero sí la honra de la bandera granadina. Por su parte, el pueblo, violentamente reprimido y bajo el toque de queda, estaba imposibilitado para movilizarse; no sabía qué esperar de los golpistas que así se comportaban como garantes de la continuación de la revolución, ni qué pensar de un coronel Tortoló Comas que Fidel Castro enviara la víspera para organizar y dirigir los destacamentos encargados de repeler la agresión foránea, siendo que esos destacamentos encontrábanse directa o indirectamente comprometidos con el asesinato del ex Primer Ministro y de todos modos apoyaban a los asesinos.

Demasiada candidez aceptar que los cubanos, quienes han aprendido las malas artes de la intriga y la maquinación, tras trasegar tanto tiempo por el mundo en su carácter de correveidiles de los soviéticos, se hayan privado de participar o de instigar los episodios del 14 y del 19 de octubre, con la trascendencia que éstos tenían para el futuro de su política a escala insular y regional, y contando, de ñapa, con cerca de mil expertos asesores, casi la mitad del ejército nativo, susceptibles de transformarse en cuerpos regulares de combate como se confirmó.

Hay algo más. Los socialimperialistas y sus seguidores se inclinan a preservarle a Bishop, una vez sepultado, la aureola de intermediario radical y dócil que lo distinguiera durante su mandato. Sin embargo se sospecha que sus viejas lealtades comenzaban a extenuarse. En junio de 1983 viajó a Washington con motivo de una reunión de la OEA y traslumbró allí una posición conciliadora con los Estados Unidos; se entrevistó muy en secreto con William Clark, el encargado de velar por la seguridad del imperio, y a su regreso a Saint George llegó con un préstamo en el bolsillo de 15 millones de dólares autorizados por el Fondo Monetario Internacional. Aun cuando estamos al tanto de esa singular estrategia, que han tratado de instituir los “socialistas reales”, de financiar con dinero americano las revoluciones regentadas por Moscú, y no ignoramos los empeños obligados del expansionismo por suavizar las tensiones en Centroamérica ante la contraofensiva del porfiado Ronald Reagan, lo curioso de este drama granadino, para expresarnos benignamente, es que las disensiones internas se agudizaron luego del referido viaje del gobernante sacrificado, y los cubanos, o hicieron todo para derrocarlo, o no hicieron nada para impedirlo. De cualquier forma, allí y en medio de la pantomima seudorevolucionaria, las contradicciones estatales se dirimieron a cuartelazo limpio y con sangrienta vindicta, a la usanza de los legendarios regímenes latinoamericanos que giran en la otra órbita.

Estos espeluznantes antecedentes coadyuvaron sin duda alguna a los propósitos de Washington; pero han servido también para que muchos de los desprevenidos partidarios de Cuba y de sus actividades intervencionistas empiecen a formularse interrogantes de tremenda incidencia.

Nosotros hemos insistido en que el socialismo auténtico no es ocupacionista ni anexionista. Nos preocupa que este punto básico no se comprenda a cabalidad por las fuerzas democráticas y revolucionarias, porque la menor intromisión de una nación en los fueros de otra, tolerada a cualquier título o propiciada bajo cualquier pretexto por el movimiento obrero de un país, el que fuese, le inflige más daño a la revolución mundial que todos los atropellos juntos de los imperialistas contra la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Al fin y al cabo el capitalismo de la era monopólica se sustenta del fruto de sus prácticas colonialistas. De lo contrario no sobreviviría. Lo grave radica en que quienes hoy se autocalifican de portadores del marxismo y de la transformación social, en lugar de combatir los zarpazos de los Estados Unidos y sus aliados desde posiciones y con procederes revolucionarios, emulen con ellos en la arrebatiña del globo y recurran a sus mismos medios. De prevalecer semejante tendencia, las masas golpeadas y burladas de las diversas latitudes no hallarían qué camino coger y la humanidad se perdería durante largo rato en uno de los más fragosos pasajes de su vida civilizada. Por eso, con todo y lo devastadora que se estime la acción estadinense en Granada, lo importante sigue siendo que aquella isla menesterosa, ubicada en la esquina suroriental del Mar Caribe y puesta de pronto en los primeros planos de la atención mundial, logre aportar con su trágica experiencia al esclarecimiento del culminante problema planteado, por supuesto a condición de que haya ideólogos y partidos resueltos a desafiar la resaca y a sistematizar las enseñanzas respectivas.

Hasta algunos de los más tradicionales y connotados simpatizantes del bloque socialimperialista acentuaron la nota de repudio contra el general Hudson Austin y sus compinches. Entre ellos García Márquez, siempre listo a darles una mano a sus amigos de Cuba para sacarlos de un aprieto, quien, dos días antes de la invasión de los infantes de marina yanquis y desde su columna dominical de El Espectador, no perdona al jefe del Estado granadino de “matón del peor estilo” y a los compañeros de aventura de éste no los baja de “bandoleros en mala hora extraviados en la política”. En dicho artículo y ajustándose a un razonamiento lógico, el escritor no puede menos que hacerse la fatal reconvención: “El día en que se justifique con cualquier argumento que las fuerzas del progreso se sirvan de los mismos métodos infames de la reacción, será esa la hora -para decirlo en buen romance- de que nos vayamos todos para el carajo”. Incontrastablemente, aunque no sea en buen romance. Pero atribuir las consecuencias de la coloquial exhortación a la conducta aislada de uno o de varios elementos envanecidos e inescrupulosos significaría lisamente evadir el meollo del asunto. Examinémoslo.

¿Cómo se llama la atávica costumbre de los imperialistas de trasladar divisiones de infantería a otros territorios distintos de los suyos y permanecer en aquellos lugares por un lapso de tiempo, o indefinidamente? Tiene muchos nombres: ocupación, anexión, pillaje, colonialismo, etc. Cuando Viet Nam se introduce en Kampuchea y Lao con cientos de miles de soldados y se instala arrogantemente allá desde finales de 1977; o cuando Cuba desde mediados de 1975 deposita en Angola 20.000 hombres que allá se mantienen todavía, y distribuye un número parecido en Etiopía a partir de ese mismo período del inicio de su intromisión en África, ¿no es acaso ocupar países inermes, propender al anexionismo, reivindicar el pillaje, imitar a los viejos colonialistas? Inevitablemente tales actos generan la desconfianza de las gentes nativas acerca de la intención de tan extraños salvadores, desembocan en rompimientos antagónicos y acaban incluso por prender las llamas de la guerra popular contra el despliegue extranjero. No debiera, pues, parecer insólito el espectáculo de desintegración brindado por los conductores de la abortada revolución granadina, si recordamos, por ejemplo, que los déspotas del Kremlin, preceptores de Castro y Austin, eliminaron en septiembre de 1977 al presidente de Afganistán Mohamed Taraki, adicto de la URSS-, para suplantarlo por Hafizullah Amín, otro colaborador más maleable, a quien igualmente decidieron destituir y ejecutar antes de los cuatro meses, el 27 de diciembre, fecha desde la cual alrededor de 100.000 efectivos soviéticos huellan el suelo de aquel lacerado país, en nombre del internacionalismo socialimperialista y tras la complacencia de un tercer advenedizo, el Primer Ministro Babrak Karmal.

No nos tropezamos con un caso exclusivo que se explique por razones particulares. Desde Cuba para abajo, los países que se hallan atrapados en el campo gravitacional de la Unión Soviética, por simples leyes de la física, carecen de rumbo propio, y sus luchas, la satisfacción de sus necesidades, dependen de los albures de la empresa expansionista. La URSS ha de preocuparse por su imagen; no obstante, jamás estropeará sus proyectos estratégicos y tácticos por los apremios intempestivos de una nación de unos cuantos millones de habitantes. Si en el tablero internacional ha de sacrificar un peón para neutralizar la acción de un alfil enemigo, no vacila. Algo de eso visualizamos en los rápidos movimientos ejecutados por las dos superpotencias en el Caribe. Fue notoria la inquietud de Washington por no chocar abruptamente con Moscú mientras le sustraía a Granada. Reiteró públicamente la seguridad de que los consejeros soviéticos desalojados serían atendidos con “cortesía diplomática” y “eran libres de hacer lo que quisieran”. Los primeros en conocer por boca de los invasores las miras y los alcances del desembarco fueron los gobiernos afectados por el desahucio. Hasta los cubanos recibieron desde un principio la promesa de que se les permitiría abandonar tranquilamente la isla. Las zalameras gestiones del señor Belisario Betancur en favor del feliz retorno de los prisioneros a sus hogares estaban, de antemano, plenamente garantizadas.

No olvidemos que la América Latina es el “patio trasero” de los Estados Unidos y el Caribe su Mar Mediterráneo, y aunque ahí se encuentre Cuba perturbando el sosiego de los magnates de Wall Street, el Hemisferio escapa a las zonas de influencia controlables fácilmente por los amos del Kremlin. Tal vez por el régimen de Cuba, que tan buenos oficios les ha prestado en éste y en el resto de continentes y cuya inestabilidad redundaría en su desprestigio, por ningún otro país del área los rusos estarían dispuestos a sacar las castañas del fuego en la eventualidad de que los norteamericanos presionen, con la pólvora o con el diálogo, un reparto más o menos duradero y razonable de las injerencias mundiales. Una revolución, como la nicaragüense o la salvadoreña, que pignora su porvenir a la superpotencia del Este en su justa aspiración de desasirse del otro imperialismo y corre todos los riesgos inherentes a tal deslizamiento, en la creencia de que será tenida en cuenta por sus fiadores al momento de la partija, pecará de ingenua.

Los principales protagonistas del conflicto de Centroamérica ignoran las ilusiones de una paz negociada esparcida por los platicantes de Contadora y recelan de las dulzonas palabras de los embajadores de buena voluntad designados por la Casa Blanca, y cada cual, a su modo, se alista para encarar el cruel augurio de un desenlace violento de la crisis, sobre todo después de la repentina y admonitoria caída de Granada, con la que el César, en contra de la ira universal y por encima de las críticas de sus aliados europeos, demostró su firme determinación de no asistir apaciblemente al avance en sus vecindades del peligroso adversario. Tan asustadora será la cosa, que el teniente coronel Desi Bouterse, jefe de la Junta Militar de Surinam, visto en Occidente como un recalcitrante izquierdista, con sólo enterarse de la última misión de los infantes de marina, expulsó de sus dominios al embajador cubano y a su sarta de asistentes, técnicos y expertos, que en aquella ex colonia holandesa ya sobrepasaban el centenar, porque el arrepentido dirigente no quería padecer el calvario de Maurice Bishop ni soportar los infortunios de un Hudson Austin. Jamaica, la otra oveja descarriada, había regresado antes a su antiguo redil, sin escandalosas efusiones de sangre, electoralmente, cuando el laborista Edward Seaga derrotara, en las urnas, el 30 de octubre de 1980, al procubano Michael Manley.

Y así, cada país, cada Estado y cada gobernante de la región empiezan a conturbarse por su propio pellejo y a buscar el acomodo que mejor les convenga. Pues en estas refriegas locales de las superpotencias las coces las reciben los más inermes y los menos cautos. El presidente de Guatemala, el general Oscar Mejía Víctores, una copia del muñeco del ventrílocuo, se ha encargado de difundir la idea gestada en Washington de desempolvar el Condeca, Consejo de Defensa de Centroamérica, un pacto militar firmado el 14 de diciembre de 1963 y del que muy pocos se acordaban, hermano gemelo de la OECO, el ente espurio mediante el cual los Estados Unidos procuraron legitimar su invasión a Granada. Con las maniobras que el ejército y la marina de la metrópoli realizan conjuntamente con Honduras, teniendo como sede la geografía de este país y en donde las tropas americanas acamparán, tal cual se ha admitido, por un plazo indeterminado, y simultáneo al constante asedio bélico a que se viene sometiendo desde fuera y desde dentro a Nicaragua, cercada por repúblicas crecientemente hostiles, lo único que falta para completar los preparativos de un asalto en regla, es poner en vigencia la mampara legal de que habla el general guatemalteco.

Desde luego los yanquis habrán de pagar política y militarmente un precio incomparablemente mayor por la patria de Augusto César Sandino de lo que les costará la diminuta isla de Granada. Lo delicado de la situación radica en que, por múltiples indicios, el ex vaquero de Hollywood se halla inclinado a desembolsarlo. Por eso causó estupor en muchos medios el tan dirigido comentario de que si los sandinistas afrontasen una contingencia parecida, Cuba adoptaría una actitud idéntica, es decir, no se movilizaría; señalamiento hecho por Fidel Castro en la madrugada del miércoles 26, en rueda de prensa en el Palacio de la Revolución, reunida con la presencia de varios periodistas norteamericanos y convocada bajo el fulminante impacto de la noticia sobre la operación exitosa del Pentágono en el extremo suroriental del Caribe. Sobreentendiéndose que los cubanos no están en condiciones de transportar tropas a los sitios y en el instante en que sus asesores sean violentamente defenestrados por la contraparte, ni habrán de jugarse en paro la supervivencia en aras de la de sus coligados, sobraba en aquella noche crucial, ante la arremetida estadinense que se vino, darle a entender con antelación a Reagan que, de decidirse a invadir a Nicaragua, La Habana intentaría menos de cuanto se propuso por retener su reducida posesión en la cola de las Antillas Menores. Ya oiremos a los áulicos jurando y perjurando que se trata de un astuto ardid de guerra. Sin embargo, el pronunciamiento, catalogado por la prensa gringa de “inhabitualmente moderado”, deja sin remedio el vinagroso sabor de que si fuera indispensable se concedería con lo de los demás a efecto de preservar lo propio. Transigir en lo secundario para resguardar lo verdaderamente clave: la integridad de Cuba.

Claro que cada quien administra libremente sus temores, pues la Junta Sandinista, por su lado, el jueves 20 de octubre entregó a los funcionarios de Washington, a través de su canciller Miguel D’ Escoto, un memorándum de avenimiento tendiente a descargar la encapotada atmósfera centroamericana en el que, entre otros enunciados, aquélla se compromete a cesar su respaldo a la guerrilla salvadoreña, mientras la Agencia Central de Inteligencia, la famosa CIA, haría otro tanto con los grupos alzados en armas contra el gobierno de Nicaragua. Cuando queda atrás la controversia verbal, y el desplazamiento continuo de las fuerzas prosoviéticas, propiciado al socaire de las incontables dificultades enemigas, tropieza, de pronto, con la instintiva reacción de la fiera acorralada, apenas elemental que se desaten, unas tras otras, fórmulas transaccionales cuya característica común se basa en que los reclamos subalternos han de acallarse, o si se prefiere, han de ser postergados en provecho de intereses superiores. Y como no nos hallamos ante colectividades y países ciertamente soberanos, sino ante una cadena de supeditaciones escalonadas, en las que priman por sobre todas los afanes hegemónicos de la Santa Rusia rediviva, los movimientos independentistas que ésta lidera por intermedio de sus marionetas, preferencialmente los más chicos y menos trascendentes, constituyen por excelencia la materia canjeable a que recurren los socialimperialistas cuando se ven empujados al regateo con las potencias occidentales.

Fuera de que la lucha emancipadora del pueblo granadino se desvirtúa al prestar su suelo como punto de apoyo de la agresión expansionista, el irritante, permanente y provocador merodeo de las legiones de Castro brindó la excusa exacta para la acción corsaria de Reagan. Así haya siempre protestas por los vejámenes de los imperialismos, las bregas libertarias que, triunfadoras o vencidas, solamente consiguen cambiar invasores de un jaez por otro, perderán la estima de las masas trabajadoras del orbe y se hundirán en el aislamiento. Inexorablemente culminan con el pecado y sin el género. Y a la inversa, sin haber podido alegar la imperiosa urgencia de suprimir la sistemática y acrecida penetración soviético-cubana en la zona, a Washington le hubiera resultado muchísimo más azaroso tomarse la isla. Cierto que a los Estados Unidos nunca les faltaron sofismas para desconocer y pisotear las prerrogativas de sus vecinos, mas hoy se respiran aires muy distintos a los del remoto y cercano pretérito. La decadente metrópoli se cuece entre las brasas de mil y una aflicciones: las crisis industrial y financiera, quizás comparables a la bancarrota de 1929, no acaban por pasar y la arrastran, tras la sujeción de los mercados mundiales, a una feroz competencia con Europa y el Japón, sus aliados consuetudinarios; Rusia la hostiga en los cinco continentes y por doquier desgarra sus dominios; en lo interno carece de la unidad nacional que le permita proceder desembarazadamente en la rapiña externa; a sus neocolonias ya no les basta con los derechos y las libertades formales y se insubordinan en pos de la plena independencia económica, y, de remate, las tendencias democráticas de todos los pueblos, incluido el norteamericano, incesantemente se robustecen y se entrelazan, obstaculizando todavía más los menesteres imperialistas. Empero, las gestas de liberación nacional que actúen como simples cajas de resonancia del expansionismo no lograrán sacarles el jugo a tales contradicciones. Para ello habrán de hacer valer su libre facultad de decisión, convenciendo además a tirios y troyanos de que contienden sin manipuleos a control remoto.

La estepa rusa está ubicada casi en las antípodas de los Andes, y el factor geográfico incide notablemente en la estrategia que trace un emporio que apenas se inicia y ha de arrinconar por las malas a quienes le precedieron en los ajetreos colonialistas; rivales de cuidado que tienen a su haber la experiencia de decenios y hasta de centurias de pillaje, la ventaja de unas redes tupidas y afianzadas de probados intermediarios en los países que manejaron o manejan y la creencia cada vez más madura de que si no se unen se los traga la tierra. La señora Thatcher dejó sentada su inconformidad por la displicencia de los Estados Unidos al comportarse casi que inconsultamente en Granada, un miembro, aunque díscolo, no menos estimable del Commonwealth, siendo que la burguesía inglesa percibirá a la postre los dividendos de la recuperación, cuando Paul Scoon, el gobernador nombrado por la Corona, integre su gabinete y principie a despachar, según se deduce de las indicaciones de la Casa Blanca. Lo cual trae a la memoria cómo el señor Reagan, después de agotar las discusiones con los argentinos, también terció, abiertamente y en medio de la cólera de Latinoamérica, a favor de la invasión británica de Las Malvinas. Por mucho que la Unión Soviética se obstine en separar a sus contrarios, sus éxitos surten el efecto contrario de unirlos.

Merced a estas tres o cuatro complicaciones, comprendida la lejanía, los nuevos zares del Kremlin deben andar con tacto en cuanto concierna al Hemisferio americano, hasta donde no alcanzarán a llegar tan expeditamente sus batallones como en el limítrofe Afganistán. Acá, sin perjuicio de ir sembrando poco a poco sus asistentes cubanos, que los hay en Nicaragua y los hubo en Jamaica, Granada y Surinam, la prudencia les aconseja arreglar, componer, convenir, a objeto de salirle al paso al inevitable contraataque estadinense. Entre más hagan rechinar sus armas en América los Estados Unidos, más sermonearán sobre los dones del diálogo y de la pacificación los mandaderos de la Unión Soviética. Jamás revoluciones que estuvieron tan cerca de la guerra clamaron tanto por la paz. Son los viceversas de un trayecto histórico en el cual el socialismo de una poderosa república traiciona tornándose anexionista, y los movimientos nacionales de los países secularmente sometidos, en particular los más débiles y pequeños, le sirven de punta de lanza en sus acometidas por la supremacía universal. Y en esa cadena de supeditaciones escalonadas a que nos referíamos arriba, la isla granadina representaba el eslabón menos importante. El Pentágono así lo comprendió; la escogió precisamente a ella con el objetivo de escarmentar y de medir el ánimo y las disponibilidades de sus contrincantes, sin exponerse a prender una conflagración generalizada. Siguiendo el orden, los insurgentes salvadoreños han de hacer sus sacrificios por la estabilidad de Nicaragua, ésta a su vez por la supervivencia de Cuba y los tres por la feliz culminación de los planes estratégicos y tácticos del hegemonismo soviético. Tales las prioridades que se desprenden de algunas de las fórmulas de acuerdo elaboradas y de algunos de los pronunciamientos emitidos; relación que corresponde a un conflicto que desafortunadamente a diario deja de ser menos una batalla por la emancipación de las naciones para degenerar en el consabido pleito entre las superpotencias.

Confiemos en que los pueblos puedan a la larga destramar el embrollo y corregir. Por lo pronto, Granada lo ha puesto al descubierto.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR)
Comité Ejecutivo

Reseña Sindical: REVÉS DEL PC EN SITTELECOM

Un severo golpe al Partido Comunista y a la derecha patronal asestaron en la 32a. asamblea nacional de Sittelecom dos sectores independientes coligados, al obtener la mayoría en la nueva junta directiva con 76 votos de un total de 145. La plancha apoyada por el PC consiguió apenas 17 votos. Como presidente del sindicato fue elegido Agustín González.

El evento, que tuvo lugar en Bogotá entre el 11 y el 17 de julio, fue impugnado por las fracciones derrotadas ante el Ministerio del Trabajo, que no encontró el pretexto para desconocer el veredicto de los trabajadores.

Durante más de año y medio el sindicato fue orientado por una fuerza liberal férreamente unida al tren oportunista del PC. Dicho sector suscribió en febrero un acuerdo escrupulosamente ajustado a los topes salariales fijados por el gobierno, pacto que fue acogido por las bases con abierta hostilidad.

Pero el malestar subió de punto cuando poco después la empresa echó por tierra el régimen disciplinario convencional, ante el silencio cómplice de la anterior directiva, que ni siquiera se atrevió a emitir un comunicado de protesta. La derogatoria del régimen disciplinario constituyó un revés para los trabajadores, hoy a merced de los caprichos y arbitrariedades de los jefes.

Bajo la dirección de la nueva junta. Sittelecom se apresta para la batalla por el pliego de peticiones, en que se aspira a restablecer las conquistas eliminadas.

Represa y represión
El 27 de septiembre los dos mil obreros de la empresa Impregilo-Estruco-Pinski, consorcio internacional que tiene a su cargo la construcción de la represa de Betania en el Huila, se lanzaron a una huelga indefinida en protesta por el despido de 170 trabajadores, entre ellos los diez miembros de la junta directiva y numerosos activistas del recién creado sindicato.

Con el respaldo del gobierno, el monopolio de la construcción venía violando desde meses atrás la convención colectiva y negando los derechos de la organización obrera. Además, por instigación del jefe de relaciones industriales, experto en maniobras antisindicales, Impregilo pretendió imponer a la fuerza una camarilla patronal, buscando con ello quebrar la resistencia de los trabajadores.

En el curso de la huelga, la fuerza pública efectuó allanamientos en la carpa de los huelguistas y reprimió con violencia sus desfiles y manifestaciones. Finalmente, y con la complacencia del Ministerio del Trabajo, fueron lanzados a la calle gran cantidad de activistas y desconocidas por completo las reivindicaciones que dieron origen al conflicto.

Negociación en los bancos
Un balance positivo de las negociaciones colectivas en los bancos dio a conocer Luis Sánchez, presidente nacional de la Asociación Colombiana de Empleados Bancarios, ACEB. Los tres arreglos firmados en septiembre con los bancos Bogotá, Comercial Antioqueño y Anglo-colombiano, según explicó el directivo sindical, beneficiaron a nueve mil trabajadores y superaron, merced a la movilización de los afiliados, el tope salarial del 22% señalado por el gobierno. En promedio, los acuerdos salariales pasaron del 27%.

En la actualidad, ACEB adelanta conversaciones con los bancos Ganadero y Comercio, que cobijan a unos seis mil empleados. La ACEB ha tenido que enfrentar no solamente la intransigencia de las empresas, sino también las tentativas de división interna que pretenden restar efectividad a las consignas de combate.

¡BASTA AL TERRORISMO!

Por motivo alguno, y mucho menos por nuestro silencio, deseamos que alguien sospeche siquiera que el MOIR se complace a escondidas con la última locura de la extrema izquierda: el secuestro de Jaime Betancur Cuartas.

No por tratarse ahora del propio hermano del presidente de la república, a quién hemos impugnado sin tregua ni cuartel como ningún otro partido lo ha hecho en Colombia, dejaremos de creer que esos episodios, entre especuladores y arbitrarios, a semejanza del asesinato de Rafael Pardo Buelvas, o del enjuiciamiento secreto y posterior eliminación de José Raquel Mercado, lesionan seriamente a la revolución en cuyo nombre se ejecutan.

La exigencia de canjear la integridad física de una figura sentida del régimen por un decálogo de reivindicaciones, unas inalcanzables sin la movilización multitudinaria del pueblo, otras de imposible cumplimiento bajo el orden económico prevaleciente, delata el desespero de agrupaciones que se siguen negando a emprender la paciente labor entre las masas y buscan cosechar los laureles de dos o tres décadas de lucha en un día de suerte. Si las repercusiones se quedaran en el ámbito del autoanalizas no resultarían tan perjudiciales.

La gravedad del asunto radica en que con tales despropósitos se desacredita la causa de los desposeídos, se entraba la acción y la organización de los trabajadores de la ciudad y el campo y se provoca a los aparatos represivos para que procedan contra las fuerzas revolucionarias. ¡Y todo en un momento clave!, cuando la buena estrella de la demagogia oficial comienza a nublarse con los datos incontrovertibles del fracaso económico, los reclamos insatisfechos de los gremios de la producción, las contradicciones intestinas de la coalición gobernante y los brotes crecientes del descontento popular. Es decir, en una coyuntura en la cual a los abanderados de la revolución les sobran argumentos e incentivos para poner en pie de combate a las mayorías engañadas.

Llevamos alrededor de veinticinco años contemplando las inútiles y costosas hazañas de un extremoizquierdismo dado en nuestro medio casi silvestremente- ¡Ya está bueno!

Para no completar medio siglo de frustraciones, los sectores avanzados del pueblo habrán de librar la batalla ideológica y política en pro de la táctica que impida la suplantación de la masa por el héroe solitario y le diga ¡basta! al terrorismo.

MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR)

ESTADOS UNIDOS: LA PARÁLISIS INDUSTRIAL Y LOS LÍMITES DE LA RECUPERACIÓN

El último tercio de la posguerra ha significado para la economía norteamericana una pérdida relativa de su importancia en el concierto mundial: desde los primeros años de la década pasada tres recesiones de creciente amplitud han golpeado su estructura industrial, lo cual, agregado al lento desarrollo de la producción y de la productividad en sectores básicos durante el mismo lapso, ha contribuido a la pérdida de su influencia en los mercados internacionales.

En contraste con el continuo auge del sexto decenio, cuyo aumento promedio del Producto Interno Bruto superó el 4% anual y los índices del sector manufacturero se situaron por encima del 4.5%, los años setenta se inauguraron con un brusco retroceso de la industria estadinense de menos 3% y con un estancamiento global de la economía. El posterior restablecimiento no lograría revertir la tendencia a la parálisis general, presentándose, al poco tiempo, lo que se ha denominado la “crisis industrial” de 1974-75, el mayor colapso fabril desde la gran depresión, que afectó a todos los países industrializados y para Estados Unidos, en particular, implicó un reducción del 4.5% en el producto manufacturero y una contracción general de la actividad económica cercana al 1.1%. Esta no sería la última recaída. A partir de 1980 y por tres años consecutivos, producción estadinense declina 1% anual en promedio y su Producto Nacional Bruto de 1982 apenas alcanza el tope registrado en 1979. Se trata de la pausa regresiva más prolongada, cubre de nuevo a todas las zonas desarrolladas y causa importantes desequilibrios en el comercio y las finanzas mundiales.

Una consideración que bien podría tomarse en cuenta en el análisis de la actual crisis es la recurrencia de los fenómeno recesivos en ciclos muy rápidos, tres en escasos 12 años, y, principalmente, lo limitado de los efectos de los cortos periodos de reactivación. El hecho de que la capacidad de la industria norteamericana, o por lo menos de segmentos fundamentales de ella, se halle rezagada respecto de sus competidores extranjeros, determina que las consecuencias de la recesión sean allí más devastadoras.

El crepúsculo de la gran industria
Ramas como la automotriz, química, siderúrgica, caucho, astilleros, etc., pilares tradicionales de la industria de Estados Unidos y de su poderío técnico, sufren un franco deterioro y, lo que es aún más grave, cuentan con pocas posibilidades de recuperar el terreno perdido internacionalmente.

Como es sabido, el sector automotriz constituye una piedra angular de su economía, tanto por la ocupación de mano de obra como por la demanda que representa para otras ramas fabriles. Se ha calculado que uno de cada seis empleos industriales tiene relación directa o indirecta con la fabricación de automóviles y que este renglón consume el 20% del acero elaborado en el país, así como parte considerable de otras importantes materias primas: caucho, plástico, productos metal mecánicos.

Las dificultades de los fabricantes de automotores vienen de años atrás, pero se manifiestan agudamente desde el remezón petrolero de 1973-74, el cual impulsó la demanda de unidades más pequeñas y menos costosas en el consumo de gasolina. La incapacidad para adecuarse rápidamente a las nuevas exigencias, su relativo retardo tecnológico, el lento crecimiento de la productividad y los elevados costos de la producción, les hacen perder de manera acelerada la pelea contra sus homólogos japoneses y europeos, lo mismo en su propio mercado que en el ámbito internacional.

La Chrysler, la Ford y la General Motors, que en conjunto llegaron a controlar el 90% del mercado de Estados Unidos, han venido siendo desalojadas por firmas niponas que lograron aumentar su participación durante los últimos doce años del 5.5% al 21.2%. Ahora bien, del abastecimiento mundial, Norteamérica acaparaba el 85% en 1950, mientras que en 1980 apenas llegó al 30%. De aquí el progresivo abandono de mercados antes cautivos y las millonarias pérdidas contalibizadas por los monopolios yanquis, que se han visto obligadas a levantar subsidiarias o a realizar sus paquetes accionarios cediéndolos a sus competidores. Tal es el caso de la Chrysler que, ante la inminencia de una bancarrota financiera, determinó la venta de sus filiales europeas al conglomerado Citroen-Peugeot; las casas argentina y brasilera fueron negociadas a la Volkswagen, y la australiana a la Mitsubishi del Japón.

Otro rubro especialmente afectado por la cadena de recesiones de Estados Unidos es la industria siderúrgica. Un sinnúmero de problemas la aquejan ya desde hace más de dos lustros, entre los que se destacan bajos beneficios, lenta inversión, plantas obsoletas y pérdidas de mercados domésticos y externos. Los cierres han sido considerables con importantes secuelas en el empleo y la rentabilidad: de un millón de personas que laboraban el 1975 sólo 653.000 plazas permanecen abiertas para 1982, y el aprovechamiento de la capacidad instalada no supera actualmente el 42%, mientras que la utilidad obtenida representa la mitad del promedio nacional.

Se calcula que las importaciones de acero alcanzarán pronto el 30% del consumo interno, lo que equivale a una pérdida de 90.000 empleos y a un déficit comercial similar al causado por las importaciones de petróleo, si el gobierno no apoya a las grandes siderúrgicas en un plan global de reestructuración, que implicaría una inversión anual superior a los 7.000 millones de dólares durante los próximos 10 años.

Algunas cifras generales pueden dar idea de la creciente injerencia de los competidores extranjeros en el marcado estadinense: el monto global de los bienes foráneos en el consumo doméstico pasó de un 9% en 1970 a un 19% en 1982. Se importan aproximadamente el 30% de los automóviles, el 18% del acero, el 55% de los implementos electrónicos de consumo y el 27% de las máquinas herramientas. Un reciente estudio publicado por el Conference Board de Nueva York señala que cerca del 64% de los fabricantes en Estados Unidos depende de tecnología y maquinaría extranjeras, incluidas la NASA.

A manera de comparación, la mejora anual del rendimiento de la industria manufacturera en Norteamérica, registrada para el periodo 1973-80, fue menor al 1%, a tiempo que en el Japón se elevaba a ritmos superiores al 7%. Asimismo algunos estudios caracterizan a la estructura industrial nipona como de alta adaptabilidad y dinamismo, muy por encima del nivel estadinense. Puede, por ejemplo, analizar y copiar en cuestión de meses la última tecnología de microcomponentes que llevó a los norteamericanos varios años desarrollar y es capaz de absorber en mayor proporción las técnicas productivas más modernas. Cálculos de expertos estiman que se utilizan actualmente 36.000 robots industriales en el Japón, mientras que en los Estados Unidos, a pesar de ser el país en donde se perfeccionaron inicialmente, sólo habría en funcionamiento cerca de 6.500.

La rentabilidad se desploma
Una de las tendencias más claramente observadas en la economía norteamericana durante este período ha sido la disminución continua del crecimiento de la inversión en el sector manufacturero, como consecuencia del colapso de la rentabilidad.

Según diverso estudios, la merma de la tasa de beneficio ha sido permanente a partir de finales de la década de los sesentas, pasando de 8.3% en el periodo de 1961-65 a ceca de 4% para el promedio 1971-73. Para 1982, indica The Economist, el rendimiento en las inversiones industriales alcanzó menos de una cuarta parte del promedio de los diez años anteriores. Si bien este fenómeno se generalizó en los últimos años en todos los países industrializados, la economía norteamericana fue la primera que padeció sus repercusiones, así como había sido la que encabezó el gran auge en la acumulación de la posguerra. En medio de una feroz competencia entre los diferentes monopolios y estados capitalistas, acicateada fundamentalmente por la repercusión de Europa y el Japón, se desarrollaron factores que incidieron negativamente en la rentabilidad de la industria norteamericana, entre los cuales cabe mencionar los siguientes: el peso cada vez mayor de las inversiones en maquinaria e instalaciones y la consecuente elevación de sus costos de reposición; la precipitada obsolescencia de los equipos por obra de la permanente revolución técnica; el crecimiento de ciertos gastos como los que implica el control de la contaminación ocasionada por la rápida concentración industrial; el pronunciado aumento de la erogaciones por concepto de impuestos, intermediación financiera, etc., que gravan de manera importante a la actividad productiva propiamente dicha, y, por último, las conquistas sindicales de la clase obrera obtenidas durante dos décadas de bonanza de la industria yanqui. Constituyen entonces tendencia de largo plazo las que caracterizan las crisis de rentabilidad de los sectores manufactureros, y no simples desajustes en el comportamiento de los negocios. Por ello las consecuencias sociales, en particular sobre el empleo, tienden a agravarse de recesión en recesión y las recuperaciones hasta ahora observadas son sólo parciales y de corta duración.

¿Serán reenganchados los obreros despedidos?
El paro forzoso de obreros sirve de mecanismo compensatorio a la pérdida de rentabilidad, ya sea mediante la supresión de los renglones no competitivos o la elevación de la productividad con cambios tecnológicos ahorradores de mano de obra. En tiempos de crisis el fenómeno se acentúa, el desempleo y la recesión capitalista siempre caminan juntos.

El comportamiento de los índices de desocupación en Estados Unidos, para el período que venimos analizando, es claro al respecto: la primera pausa industrial de 1970-71 la tasa de desempleo aumenta de 3.5% a 6%; asimismo durante la “crisis industrial” de 1974-75 este porcentaje pasa de 4.9% a 8.2%, y en los tres últimos años, después de una ligera mejoría, el paro se eleva nuevamente de 6.0% a 10.8%, máximo nivel alcanzado desde finales de los años treintas.

Tomando solamente la industria automotriz, 211.000 operarios han sido despedidos en forma permanente; es decir, alrededor de una quinta parte de la fuerza laboral de dicha rama. De la nueva generación que se sumó en los dos últimos años a la población económicamente activa, cerca de 800.000 no encontraron ocupación. Tres millones de trabajadores han perdido sus empleos desde 1979, contribuyendo de manera efectiva el ejercito de desempleados que a finales del año pasado sumó más de once millones, de los cuales 46% eran obreros, 26% empleados “de cuello blanco”, 11% jóvenes, 2% trabajadores agrícolas y 15% de otras categorías.

Las declaraciones de los líderes del sindicato de trabajadores del área automotriz son sintomáticas de la situación que afrontan otras actividades básicas: “la mayoría tiene muy poca esperanza de ser reenganchada; la industria esta implementando el uso de robots y otras técnicas para aumentar la productividad”. Estudios especializados, como los emprendidos por la Ford en sus plantas ubicadas en Norteamérica, corroboran las denuncias laborales, al prever que para llegar a una eficiencia semejante a la de las firmas japonesas tendría que despedirse por lo menos a las mitad de sus 256.000 operarios. De los 2.6 millones de trabajadores que las industrias de Detroit empleaban en 1978, por lo menos 600 mil perderán sus plazas en 1985, y esto en caso de que se consiga una reactivación económica estable. La preocupación de los grandes monopolios por “robotizar” sus procesos productivos, con el fin de enfrentar a los competidores internacionales, se deriva además de los menores salarios existentes en otras zonas del mundo: en Japón la remuneración por hora es 45% más barata mientras que la de corea del sur es cuatro veces menor que la de Hong-Kong sólo representa 12% de la vigente en Estados Unidos. Resulta comprensible el alborozo con que los capitalistas recibieron las últimas rondas de negociación con los sindicales, en las cuales, por primera vez en 15 años, los niveles salariales acordados se redujeron de manera absoluta. En tales negociaciones a 1.2 millones de obreros se les impuso recortes, especialmente en las industrias básicas a 800.000 se les concedió pequeños incrementos para solo el primer trimestre de 1983 y a 180.000 se les obligo a aceptar la congelación de sus remuneraciones. Para los no sindicalizados y particularmente para las llamadas “minorías” (negros, chicanos, portorriqueños, etc.) las reducciones fueron mucho mayores, a la par que se elevaron en algunas ciudades sus índices de desempleo por encima del 30%. De aquí que el salario real promedio haya descendido en un 6% de su valor comparado con el observado en 1977. “¡Por fin un alivio en los salarios!” exclamaba el gran capital después de la negociación de las principales convenciones colectivas de 1982, preguntándose a la vez si estaba en presencia de un cambio cualitativo y a favor en las relaciones con el trabajo.

Las contradicciones del proteccionismo
Después de haber proclamado a los cuatro vientos la ortodoxa defensa del “libre” comercio, la actual administración norteamericana entra en conflicto con el Japón por las limitaciones impuestas a la importación de automóviles, y enfrenta la acusación de violación a los acuerdos del GATT lanzada por parte de las naciones de la Comunidad Europea, tras el establecimiento de tarifas y cuotas para la entrada al país de aceros extranjeros. Las evidentes tendencias proteccionistas adoptadas por Reagan y calificadas por algunos como un drástico viraje en su política económica, responden a la presión ejercida por el enorme desequilibrio comercial externo y a las exigencias de los empresarios amenazados por la quiebra.

En efecto, la balanza se ha deteriorado en forma continua saltando el déficit de 117 mil millones de dólares en 1976 a más de 42 mil millones en 1982, faltante que bien podría equipararse con el total de las ganancias repatriadas por las corporaciones norteamericanas por concepto de sus inversiones directas en el exterior, cuyo monto ascendió para 1980, a algo más de 40 mil millones.

Sin excluir al propio gabinete estas medidas han desatado una fuerte polémica en todas las instancias del Gobierno, reflejo de la pugna entre monopolios con intereses contrapuestos. De un lado, ya se mencionaron los sectores industriales principalmente afectados por la crisis, los cuales defienden con singular vehemencia las medidas proteccionistas apoyados por la burocracia sindical.

Del otro, se encuentran la gran banca, las corporaciones manufactureras cuyos negocios se efectúan primordialmente en el extranjero y, por supuesto, las agroindustrias dominantes en los mercados internacionales de productos alimentarios básicos, que de forma mancomunada propugnan la libertad de transacciones, ya que su estabilidad depende ante todo del movimiento de bienes, capital y ganancias llevado a cabo más allá de las fronteras nacionales.

La importancia de los empréstitos foráneos para los bancos norteamericanos es abrumadora. Las ocho mayores entidades crediticias, entre ellas el Citicorp, Bank of American, Chase Manhattan y Morean, originaban, en 1984, un 58% de sus ingresos de las operaciones internacionales, y poseían un total de 249.000 millones de dólares en activos fuera de los Estados Unidos. Gran parte de los préstamos se destinó al Tercer Mundo ante la imposibilidad de obtener altas ganancias en sus mercados de origen. Y como es sabido, propiciaron la carrera del endeudamiento externo que tiene en la bancarrota y al borde del abismo a las economías periféricas.

La razón de los reclamos de los banqueros ante la ola de protección radica en que el menoscabo de las exportaciones de sus clientes públicos y privados de las neocolonias, compromete de manera cada vez más evidente la capacidad de los deudores para responder a sus obligaciones, y podría sobrevenir una quiebra en cadena del sistema financiero en Estados Unidos precipitada por una cesación global en los pagos de los intereses y de las amortizaciones vencidos. Igualmente la escasez de divisas en los países pobres, agudizada por los nuevos aranceles y barreras proteccionistas de las zonas desarrolladas, limita importantes mercados para los monopolios exportadores.

¿Dará la protección salida a la crisis de la industria básica de los Estados Unidos? La respuesta parece ser negativa. Con medidas de este tipo, encaminadas a mantener artificialmente la economía, podrá subsanarse por corto lapso la caída de las ganancias de las empresas, pero no se superará su estancamiento estructural. La generalización de tales soluciones no sólo encontraría grandes resistencias internas sino que desataría una guerra comercial sin precedentes entre monopolios y Estados capitalistas, poniendo en cuestión la estabilidad misma del sistema. Las actuales disensiones entre los gobiernos de Occidente, especialmente en el terreno comercial y financiero entre los Estados Unidos de una parte, Japón y los países europeos, de otra, revelan las crecientes dificultades de la superpotencia para mantener una hegemonía puesta en entredicho, entre otros factores, por el anquilosamiento de los principales sectores de su industria.

Los límites de la recuperación
A tono con su espíritu retardatario el plan económico de Reagan se concretó en recortes del presupuesto dedicado a programas sociales, como la reducción de subsidios al desempleo y de las partidas destinadas a servicios públicos, salud, educación, etc. Con lo anterior, acompañado de alivios tributarios y subvenciones a las grandes compañías y a las capas acomodadas de la sociedad, se pensaba ponerle fin a la recesión y que por ende cederían la inflación, el desempleo y el déficit presupuestal.

Después de tres años de estancamiento, con las graves secuelas sociales mencionadas anteriormente, aparecen los primeros signos de una nueva reactivación de la economía norteamericana. Se estima para 1983 bajas tasas de inflación cercanas al 4%, un crecimiento económico de 5% y en general se observa una reanimación más o menos extendida de las ventas y otras transacciones. Sin embargo, existen indicios de que los efectos de la recuperación no lograrán revertir la tendencia a la parálisis o que por lo menos se presentan escollos difícilmente superables para que la economía reconquiste un dinamismo de conjunto comparable a las épocas de auge.

Por un lado, se señala el incontrolable crecimiento del déficit fiscal, impulsado principalmente por los extraordinarios gastos militares que le ha implicado al Gobierno la contención del avance soviético, y cuyas proyecciones indican que llegará a los 200.000 millones de dólares en 1983. Si esto es así, la demanda de crédito por parte del gobierno presionaría el aumento de las tasas de interés, ya de por sí altas, colocando barreras a la inversión en actividades productivas, promoviendo la inflación y ahogando de esta manera cualquier reactivación. Por otro lado, ciertos análisis coinciden en que la mejoría en las ventas y el aumento en la producción, se deben fundamentalmente a causas transitorias, por ejemplo, la baja en los precios del petróleo y las medidas de protección de corto alcance, las cuales mantienen incólumes los gérmenes de la recesión mencionados atrás.

Un verdadero restablecimiento demandaría entonces cambios profundos en la estructura industrial, tales como la extensión de la presente revolución científico-técnica a las ramas básicas, el desarrollo de nuevos sectores, etc., es decir, lo que algunos han denominado como un proceso de “reindustrialización” global, irrealizable en una situación de crisis y de agudo enfrentamiento entre las dos superpotencias como la que actualmente se vive.

OFRENDÓ SU VIDA POR LA REVOLUCIÓN

Nacido el 31 de enero de 1955 en Cisneros (Antioquia), Luis Ángel Acevedo Lopera fue asesinado en Puerto Berrío el 14 de Mayo de 1982, cuando apenas había cumplido 27 años. Su corta existencia, sin embargo, la vivió con una intensidad poco común. Siendo aún muy joven se distinguió como dirigente estudiantil, colaborador de huelgas obreras, activista en numerosas protestas campesinas, organizador de paros cívicos, concejal del MOIR en Puerto Berrío desde 1980 y, por encima de todo, como alegre, ruidoso, valeroso, y cabal militante del partido.

El séptimo de doce hijos de una familia de pequeños comerciantes que en 1957 decidió trasladarse a Puerto Berrío en busca de mejores horizontes, Luis Ángel desarrollo desde niño una serie de cualidades que lo acompañarían hasta la hora de su muerte: hacia fácilmente amigos entre la gente del pueblo, no le daba ninguna importancia al dinero y compartía todo lo suyo con sus compañeros más pobres. Cuando término sus estudios de primaria sus padres lo enviaron a un internado en Támesis, al sur occidente de Medellín, y al cabo de unos cuantos años lo matricularon en un instituto de enseñanza en Carmen de Viboral. En esta última población, no obstante, tampoco duraría mucho tiempo, y a principios de los años setentas acogió una propuesta de su familia y se fue a estudiar a Armero (Tolima), donde estableció sus primeros vínculos con el movimiento estudiantil de aquella época. Muy pronto se destacó por su energía, inteligencia, entusiasmo y capacidad de trabajo. Poco después se integró a la Juventud Patriótica, al organización juvenil del MOR, desde sus filas libró importantes luchas en contra de la “reforma educativa” que trataron de implantar los gobiernos de Pastrana y López Michelsen. Terminó por ser expulsado del colegio en 1975, como sucedió con muchos de sus condiscípulos, pero para entonces ya había tomado la determinación de dedicarse de lleno a la política revolucionaria.

Luego de mudarse a Ibagué fue encargado de coordinar el trabajo de la Juventud Patriótica en el departamento, y posteriormente, a raíz de una larga y victoriosa huelga de los recolectores de algodón del norte del Tolima, en la que participó de manera decisiva, resolvió consagrarse a la organización de ligas campesinas en la zona cafetera del municipio de Palocabildo. Al poco tiempo de estar allí fue detenido por las autoridades, que lo acusaron de imprimir y distribuir hojas volantes en defensa de una invasión de agricultores sin tierra.

Luis Ángel Acevedo volvió a Puerto Berrío en 1976, recién cumplidos los 21 años de edad, y fue aquí, en medio de la gente sencilla con la que había trabado amistad desde pequeño, donde llegó a convertirse en un auténtico dirigente popular. En junio de 1977 intervino activamente en una protesta pública contra las alzas de las tarifas de los servicios públicos, que paralizó a todo el municipio, y el 14 de septiembre de ese mismo año, durante las jornadas del Paro Cívico Nacional, estuvo al frente de las movilizaciones de masas que se levantaron en los barrios pobres del puerto. Participo con su habitual dinamismo en la campaña electoral de 1978, y en los comicios de 1980 ingresó por primera vez al concejo, como candidato del MOIR en las listas del Frente por la Unidad del Pueblo.

Su actividad en el cabildo la desempeño con el mismo entusiasmo con que realizaba todas las actividades del partido. Estableció contactos para la conformación del Comité Cívico de la Salud y fue promotor infatigable del programa de Medicina y cirugía Ambulatoria, que llevó a las veredas y al mismo casco urbano de Puerto Berrío más de nueve mil consultas, cerca de setecientas operaciones quirúrgicas y millares de drogas. Participó también en la invasión que hoy se conoce como el barrio 17 de abril, y el las sesiones del concejo impulsó valerosos debates para impedir el desalojo de los destechados; movilizó a pequeños y medianos comerciantes de la localidad, en una campaña de almacén en almacén que se prolongó durante varias semanas, para que se opusieran en las exorbitantes alzas en los impuestos de industria y comercio, y colaboró de manera muy valiosa en la fundación de las ligas campesinas de Bodegas, Cerrogrande, Ité, terminal, La Carlota y La Culebra.

Tanto en el cabildo como fuera de él, durante innumerables discursos pronunciados en múltiples reuniones y manifestaciones públicas, Luis Ángel Acevedo se caracterizo siempre por su constante batallar contra la línea política local y nacional del denominado Partido Comunista de Colombia, que en Puerto Berrío de daba el lujo de combinar todas las formas posibles de cretinismo parlamentario con las modalidades más irresponsables del aventurerismo pequeñoburgués. Nuestro camarada expuso y defendió con claridad meridiana, y en repetidas oportunidades, la posición del MOIR en todos los terrenos de la vida del país, y al mismo tiempo denunció los permanentes escándalos, impuestos desfalcos, despilfarros y maquinaciones burocráticas en que habían incurrido los revisionistas, aliados con el oficialismo liberal del municipio durante ocho años consecutivos. Habiendo ganado un inmenso prestigio entre los sectores populares del puerto por su capacidad, honestidad, y valentía revolucionaria, Luis Ángel fue reelegido al concejo en los comicios del 14 de marzo de 1982, dos meses antes de que lo acribillaran dos matones armados que pasaban por la puerta de su casa.

El dolor se extendió entre los pobres de Puerto Berrío, que al principio no querían creer lo acontecido. A la vez, el gobierno hizo un enorme despliegue de tropas y de carros militares en la población. El muerto, indudablemente, era un muerto grande. Los detectives entraban al velorio en forma descarada, con sus revólveres al cinto, y el terrorismo oficial impidió que mucha gente se acercara al sitio donde estaba expuesto el cadáver de Luis. Sin embargo, hubo centenares de obreros, campesinos, estudiantes, desempleados, maestros, artesanos y pequeños comerciantes que se atrevieron a ir hasta su casa, y uno de ellos se despidió de el en el entierro pronunciando las siguientes palabras: “sólo quienes conocimos a Luis sabemos todo lo que se va con él. Pero también sabemos los que anduvimos a su lado en estos últimos años, los más prolíficos de su existencia, todo lo que nos deja”.

PROCLAMADO DIEGO BETANCUR

El 17 de noviembre se brindó un banquete al compañero Diego Betancur con ocasión del lanzamiento de su candidatura para el concejo de Bogotá. Al acto, que se llevó a cabo en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, asistieron más de quinientas personas que pagaron 1500 pesos por boleta. También fueron proclamados los compañeros Marcelo Torres, Avelino Niño, Jaime moreno y Marino Vivas. Hicieron uso de la palabra además del homenajeado, el camarada Francisco Mosquera, quién abrió la campaña electoral del MOIR, y los candidatos Torres y Niño.

Campaña nacional del MOIR
Con una caudalosa concentración en Barranquilla se dio comienzo el 28 de octubre a la campaña nacional del MOIR, que agitará por capitales y municipios el programa de nuestro partido. En esa ocasión intervinieron, ante una multitud e tres mil personas congregadas en el Paseo Bolívar, los dirigentes nacionales Marcelo Torres, Carlos Valverde y Diego Betancur, así como Néstar de Ferrer y Rafael Osorio, cabezas de lista en el departamento.

El 2 de noviembre los voceros del partido, acompañados por dirigentes locales Mario Muñoz, Juan de Dios Hernández y David Múnera, presidieron un acto en el concejo de Pereira. Torres, Valverde y Betancur asistieron al día siguiente a la Asamblea Departamental del Quindío, colmada por centenares de militantes y amigos del MOIR. Donde llevó así mismo la palabra el secretario regional Fernando Ruiz. La gira por el Viejo Caldas culminó en la Plaza de Bolívar de Manizales, el 4 de noviembre, con la presencia del candidato al cabildo, Gonzalo Arango. El 7, invitado por el Nuevo Club Rotario de Ibagué, Diego Betancur dictó en la capital del Tolima una conferencia sobre el conflicto centroamericano.

Entre el 11 de noviembre y el 2 de diciembre, los jefes de la campaña revolucionaria encabezaron nutridas reuniones en Medellín, Cali, Palmira, Bucaramanga, Yopal y Pasto. El 11 concurrieron a la jornada de proclamación de candidatos realizada en el Hotel Nutibara de la capital antioqueña, en la que fueron oradores, además, los líderes obreros Jesús Hernández y Jairo Gutiérrez. Ocuparon también la tribuna, en el Valle del Cauca, Jorge Gamboa y Oscar Rivera; en Bucaramanga, Gildardo Jiménez y Alirio Múñoz; en el Casanare, José Daniel Rodríguez y Álvaro Morales, y en pasto, Orlando Patiño y Segundo E. Bacca.

El MOIR cerrará el año con manifestaciones en la Plaza de los Coches de Cartagena, el 14 de diciembre a las 5 p.m.; en Magangue. El 15, y en Carmen de Bolívar y San Juan Nepomuceno, el 16 de diciembre.

EL GENOCIDIO DEL NORDESTE DE ANTIOQUIA

Dentro del torbellino de violencia política que se ha desatado en el Magdalena Medio bajo el régimen de Belisario Betancur, y que en escasos quince meses ha cobrado tantas vidas como en todo el periodo presidencial de Turbay Ayala, el crimen ocurrido al atardecer del pasado jueves 4 de agosto en la vereda El Paso de Manila, municipio de Remedios, Antioquia, es sin duda alguna uno de los más espeluznantes.

Allí perecieron de manera infame, acribillados a mansalva, cuatro campesinos militantes del MOIR -Efraín Higuita, Emilio Zea, Jesús Restrepo y Julio Vélez-, y un quinto camarada que pudo salvarse de milagro, Esmar Agudelo, fue salvajemente herido en la nuca, en los hombros, en la espalda y en la cara de varios machetazos.

Al igual que en los peores años de la década del cincuenta, cuando en el campo colombiano imperaba la ley del chulavita, los diez sicarios que perpetraron el horrendo asesinato actuaron en medio de la más absoluta impunidad. Llegaron un buen día al lugar del acontecimiento, masacraron a sus víctimas con sevicia propia de sicópatas, las enterraron en una fosa común, se robaron todo lo que pudieron robarse y continuaron su camino sin el menor impedimento. Las autoridades judiciales todavía no han encontrado a los culpables. Como sucede siempre que es el pueblo el que pone los muertos, y los resultados de la investigación oficial no han arrojado hasta la fecha ni siquiera un sospechoso. El alto gobierno, tan locuaz en otras oportunidades, no se creyó obligado a dar ninguna explicación al respecto, y sus voceros se limitaron a propalar versiones falsas o amañadas con el objeto de encubrir a los facinerosos.

¿Dónde ocurrieron los hechos?
La vereda El Paso de Manila se encuentra a la margen izquierda del río Manila, en las estribaciones de la Cordillera Central que conforman el nordeste antioqueno. Para llegar a ella desde Cañaveral, el casco urbano más próximo, es necesario hacer a pie una jornada de ocho a diez horas, según las condiciones del tiempo y de la ruta. Cañaveral queda relativamente cerca de Segovia -tres horas en camión por carretera destapada- y toda la zona está en el centro de una región selvática supremamente rica en oro y en madera, con suelos fértiles para la agricultura y la ganadería, y bañada por innumerables ríos, esteros y quebradas que facilitan la caza y la pesca, la minería y la extracción de cedro, guayacán y otras especies.

A estas tierras de colonización, abandonadas por los sucesivos gobiernos liberales y conservadores desde tiempo inmemorial, se han desplazado durante los últimos años miles de familias campesinas oriundas de Bolívar, Tolima, Santander, Boyacá, Antioquia y los departamentos del viejo Caldas. Acosadas por el desempleo y la miseria, o perseguidas por la ola de asesinatos en masa que azota a Puerto Berrío, Puerto Triunfo, Puerto Boyacá, La Dorada y otras poblaciones del Magdalena Medio, venden lo poco que tienen para conseguir algún dinero que les permita comprar provisiones y herramientas y se internan en la montaña a buscar oro, cortar madera y hacer “tumbas” para sembrar y levantar sus casas. Muchos labriegos han tenido que salir huyendo de sus lugares de origen, perdiendo sus pequeñas parcelas o feriándolas por unos cuantos pesos, para venir a establecerse en el nordeste de Antioquia. En su mayoría son colombianos jóvenes que llegan a desbrozar caminos, a despejar el horizonte y a comenzar una nueva vida. Entre ellos se contaban Efraín Higuita, Emilio Zea, Jesús Restrepo, Julio Vélez y Esmar Agudelo. Se habían trasladado a la región apenas unos meses antes, pero ya se hablan ganado el respeto, el cariño y el respaldo de sus moradores.

Cuatro camaradas
Efraín Higuita nació en Belén de Umbría (Risaralda) en 1943. Siendo todavía un niño conoció las angustias y los sufrimientos, pero también la rebeldía y el espíritu de lucha de los pobres del campo. Víctima inocente de la violencia liberal-conservadora que desangró al país a partir de 1948, su familia se vio obligada a abandonar una pequeña finca que había adquirido después de muchos sacrificios y emigró a los Llanos Orientales, de donde también saldría perseguida al cabo de unos cuantos años. Los Higuita regresaron entonces a Risaralda y probaron la suerte itinerante de los jornaleros que en épocas de cosecha se alquilan para recoger café por una paga miserable. Allí vivió Efraín durante buena parte de su adolescencia, y ya mayor se trasladó a Puerto Berrío, donde fue tesorero de la Liga Campesina de Cerro Grande. Militaba en el MOIR desde 1979 y en los quehaceres partidarios se destacó por su disciplina, honestidad, sencillez e inteligencia. Era casado y padre de tres hijos menores, y en el momento de su muerte “estaba de verdad en lo que estaba”, como dijo de él un compañero que lo conoció de cerca: “organizando a los agricultores de El Paso de Manila en defensa de sus intereses”.

Minero de vieja data y auténtico veterano de la vida, Emilio Zea había nacido en Puerto Valdivia (Antioquia) hace 43 años. Desde muy joven se independizó de su casa y recorrió varios departamentos del país trabajando en diferentes labores relacionadas con su oficio. Posteriormente se mudó a Puerto Berrío, y antes de vincularse al nordeste antioqueño fue fundador y presidente de la Liga Campesina de Costeñal, vereda cercana a Cerro Grande, donde gozaba de inmenso prestigio entre las masas. Las personas que lo trataron lo recuerdan como un hombre sabio, de convicciones arraigadas y dueño de una riquísima experiencia, sin cuya invaluable colaboración hubiera sido muy difícil adelantar las tareas de la liga y del Partido, al que ingresó en 1979.

Jesús Restrepo sólo tenía 38 años cuando lo mataron. Pertenecía al MOIR desde 1981 y era natural de Segovia (Antioquia), donde fue durante toda su vida un campesino pobre. Había pasado largas temporadas barequeando en la región de Cimitarra y conocía los ríos y montañas del nordeste de Antioquia como la palma de su mano. Los colonos de El Paso de Manila lo apreciaban por sus calidades de “rumbero” -el que marca el rumbo a seguir en la manigua-, y sabían valorar su extraordinaria habilidad para orientarse en la selva, vadear quebradas peligrosas, distinguir la huella de los animales y acechar la guagua. Jesús Restrepo no llevaba mucho tiempo en el Partido, pero deja en sus filas grandes enseñanzas que le servirán para crecer aún en los lugares más inhóspitos del campo colombiano.

Uno de los últimos en recibir el machetazo de gracia se llamaba Julio Vélez, un muchacho de apenas 20 años, hijo de un obrero jubilado de la Frontino Gold Mines Limited, el monopolio imperialista que durante décadas ha saqueado los yacimientos auríferos del municipio de Segovia, donde explota una concesión de más de 16 mil hectáreas con 373 minas adjudicadas y redimidas a perpetuidad. Julio había aprendido de su padre a manejar las bateas de palo con que los mazamorreros de su tierra extraen el valioso mineral, y se unió al grupo porque necesitaba ganarse algún dinero para enviar a su familia. Había cursado hasta cuarto de bachillerato en el colegio de Segovia, era casado, padre de una niña casi que recién nacida y militaba en el MOIR desde hace un año.

La muerte de estos cuatro luchadores del partido constituye una vileza que el régimen belisarista no podrá borrar jamás de la memoria del pueblo, a pesar de toda su vocinglería seudopacifista, seudoliteraria, ultrademagógica y en no pocas ocasiones francamente ridícula.

La verdadera historia
Aunque en algunos medíos oficiales se ha especulado con versiones falsas acerca de que el crimen de El Paso de Manila se debió a una supuesta vindicta entre mineros, hay muchas evidencias, coincidencias y declaraciones de testigos presenciales que indican otra cosa. Un campesino de Segovia tuvo el coraje de denunciar personalmente ante el alcalde, a principios de agosto, que en el nordeste antioqueno habían desaparecido en pocos días y en circunstancias sospechosas cerca de veinte personas, y varios agricultores de la región afirman que la cifra puede llegar incluso al doble. Por su parte el compañero Esmar Agudelo, que se salvó por obra del azar y de su audacia, contradice de manera enfática las calumnias del gobierno y sostiene que en la zona “nadie pelea por minas porque donde uno mete la batea encuentra oro”.

Sin embargo, lo que sí ha podido establecerse con absoluta certeza es que el martes 2 de agosto, 48 horas antes del genocidio, dos camiones del ejército llegaron a Cañaveral en desarrollo de un operativo castrense que de inmediato se extendió por las veredas. Coincidencialmente, dos días más tarde se presentaron los diez asesinos armados y vestidos de paisanos en el rancho de nuestros camaradas, que estaban terminando su jornada de trabajo, y después de un interrogatorio de rutina acerca de sus actividades y preferencias políticas los amarraron a estacas y los ultimaron con sadismo sólo comparable al de los peores momentos de la época de la violencia, no sin antes humillarlos, insultarlos y acusarlos de ser cómplices de la guerrilla.

Esmar Agudelo suplicó para que no los acribillaran amarrados, pero aún así le vendaron los ojos con una camiseta y luego lo agredieron tan brutalmente que lo dieron por muerto. “Yo me desmadejé y caí casi que sin vida -contó después en el hospital de Segovia-, pero por fortuna no perdí el conocimiento. Me quedé quieto como un tronco. Al rato sentí que uno de los verdugos se me acercaba para rematarme y llevarse las cuerdas con que me habían atado, pero yo contuve la respiración y pude oír con toda claridad cuando les dijo a los otros: «Este malparido ya no necesita más»”.

Aprovechando un descuido momentáneo de los homicidas, que se entretenían abriendo la fosa y viendo qué podían robarse de la casa y del bolsillo de sus víctimas. Esmar Agudelo se arrancó la venda de los ojos y echó a correr por una trocha que él mismo había contribuido a desbrozar hacia unos días. Gravemente herido por las incontables cortadas a machete y a cuchillo -especialmente la de la espalda, de veinte centímetros de extensión y cinco de profundidad-, dando tumbos y cayéndose al suelo cada cuatro o cinco pasos, logró internarse en la selva y erró sin rumbo fijo, medio atontado por el dolor y la pérdida de sangre, hasta que el sol se ocultó detrás de las montañas de la cordillera. Ya oscuro se dejó caer al lado de un árbol, oyó un disparo de escopeta y recordó que Chucho, como llamaban a Jesús Restrepo, había salido a cazar una guagua para la comida antes de la llegada de los asesinos. A los pocos minutos oyó gritos y un segundo disparo, y entonces supo que su compañero había corrido la misma suerte de Julio, Emilio y Efraín.

Esa noche se alejó del lugar de la matanza hasta donde se lo permitieron sus fuerzas, y al amanecer del día siguiente se despertó no lejos de una quebrada en la que pudo tomar agua. Siguió andando durante varias horas y a eso de las once de la mañana se topó con un camino que reconoció inmediatamente. Decidió esconderse y esperar. Al comienzo de la tarde lo sobresaltó la voz de un arriero que iba apurando a su recua de mulas en dirección a Cañaveral, y que lo recogió y lo condujo por senderos poco transitados hasta una casa cercana, donde le prestaron los primeros auxilios. Esmar Agudelo entró al hospital de Segovia 24 horas después, gracias a la generosa ayuda que le brindaron numerosas personas, y de allí fue trasladado a Medellín.

A un periodista que le preguntó más tarde, cuando se recuperaba en una clínica de la capital de Antioquia, qué pensaba de todo lo que había sufrido y visto en esos días, Esmar Agudelo le contestó con una frase que todos los moiristas del país han hecho suya: “Que continuaré en la lucha, al lado de mis compañeros, y a pesar de todos los obstáculos, riesgos y borrascas que encuentre por delante”.

Una región martirizada
Dos meses después de la masacre de El Paso de Manila, y ante el pasmo que suscitó en todo el país la denuncia de muchos otros crímenes igualmente sanguinarios que se cometieron por la misma época en el nordeste de Antioquia, una de esas “investigaciones exhaustivas” de la Procuraduría General de la Nación vino a confirmar lo que en la zona ya sabía todo el mundo: que durante las primeras dos semanas de agosto habían sido asesinadas al menos 22 personas, incluidos varios niños, mujeres y ancianos, y que los autores de la matanza habían contado con la colaboración directa o indirecta de patrullas militares estacionadas en Segovia.

Los sicarios que dieron muerte a nuestros camaradas eran apenas uno de los numerosos grupos de matones armados que durante quince días sembraron el terror en el nordeste antioqueno. El 5 de agosto, en una vereda cercana al río Manila, 16 hombres provistos de machetes acribillaron a cuatro colonos que se disponían a penetrar en la selva con destino a su mina; el 6 de agosto, en otra vereda llamada San José, un campesino que pasaba casualmente por un cruce de caminos encontró los cadáveres insepultos de un joven y de un anciano que solían barequear en compañía, y al día siguiente, mientras la gran prensa liberal y conservadora, celebraba el primer aniversario de Belisario Betancur en el gobierno, una cuadrilla de criminales ultimó a dos familias en un lugar situado a pocos kilómetros del río Mulatos. Allí perdieron la vida la señora Zoila Álvarez de Agudelo y tres de sus hijos, y con ellos cayó también doña María Zuleta de Castrillón abuela de 67 años de edad con dos de sus nietos, uno de ellos un niño.

La ola de violencia se extendió por un vasto territorio y se prolongó durante varios días más, por lo menos hasta mediados de agosto. Mucha gente declaró que había visto los cuerpos mutilados de un gran número de víctimas que bajaban por los ríos o se hallaban a la vera de los caminos, unos a medio enterrar, otros carcomidos por los gallinazos. Pueblos como Segovia y Remedios comenzaron a ser inundados por decenas de familias perseguidas que abandonaban sus parcelas o sus minas para buscar refugio en los cascos urbanos. Algunas llegaban con sus perros, cerdos, gallinas y otros animales domésticos, que tenían que vender en la calle, a cualquier precio, para poder subsistir por unos días; las que habían contado con mejor suerte llevaban unos cuantos gramos de oro en el bolsillo, que acaso sí les servían para no morir de hambre durante las primeras semanas, pero la gran mayoría había dejado atrás largos años de trabajo duro y había vuelto con las manos vacías.

Un censo somero, realizado por el párroco de Segovia en el mes de septiembre, demostró que sólo en esa población había más de 62 familias de agricultores y mineros refugiados. Es casi seguro que a Remedios huyeron otras tantas, y se sabe que muchas no encontraron la manera de permanecer en la región y tuvieron que regresar a sus departamentos de origen, desandando así el camino que habían recorrido en busca de una nueva vida en las montanas del nordeste de Antioquia. Una nueva vida que sólo será cierta, como lo enseña la historia pasada y presente del país, cuando en Colombia haya un gobierno revolucionario de obreros y de campesinos.

OTROS DOS COMPAÑEROS SACRIFICADOS

“Cuando sentimos que venía gente corriendo era que estaban ya en el patio. Tenían fusiles y trajes de fatiga y en la manga izquierda un distintivo blanco con letras rojas. Se entraron a la casa gritando manos arriba y ahí mismo comenzaron a disparar”. Así refiere la joven Gloria Rueda los últimos segundos de sus hermanos Joselín y Anatolio, de 28 y 35 años de edad, muertos el 21 de junio al atardecer por un grupo de quince hombres que irrumpió en su pequeña finca de la vereda Santa Rosa, en San Vicente de Chucurí, Santander.

“Ellos dos eran muy unidos”
Al igual que millares y millares de labriegos colombianos, la mayor parte del año los hermanos Anatolio y Joselín Rueda Plata se ganaban la vida laborando al destajo, el primero en el duro oficio conocido como limpia o desyerbe, siempre a machete, el segundo en la albañilería. El resto del tiempo lo destinaban al manejo de la finca _El Ricaurte”, predio cafetero de hectáreas adquirido por la familia en 1953, donde ambos residían con dos hermanas menores y su anciana madre, también herida en el abaleo.

Los hermanos Rueda pe: al MOIR desde 1976, y al momento de su muerte integraban los cuadros directivos de nuestro Partido en su localidad. En aquel mismo año se iniciaron como activistas, al hacer parte de un comité de caficultores conformado por casi trescientos propietarios con el objeto de frenar los abusos de la Federación. Ambos se enlistaron poco después en el recién creado Sindicato de Oficios Varios de San Vicente, del que seguían siendo socios. En 1979 la Asociación de Campesinos sin Tierra les encomendó la misión de coordinar la solidaridad del pueblo de chucureno con los agricultores vereda El León, comprometidos en una ocupación de baldíos que resultó a la postre victoriosa. Los dirigentes partidarios de El León rememoran hoy con entrañable afecto la presencia de los hermanos Rueda en aquella pelea: “Ellos dos eran muy unidos. Siempre se les veía juntos y hasta se dividían las tareas comunes para rendirle más a la organización”.