EL MEOLLO DE LA CRISIS POLÍTICA

(Intervención en el Panel sobre la situación política nacional, en el Congreso de Fecode, Villavicencio, mayo 13 de 1997)

Marcelo Torres

Hoy se inicia en el Senado el debate sobre el proyecto de acto legislativo presentado por el gobierno, para restablecer la extradición de colombianos. Por sus implicaciones, resulta imposible pasarlo inadvertido. Viene a ser una suerte de remate de todo un ciclo, con el cual se cumple la voluntad imperial de Estados Unidos sobre el país. No es casual que Washington se regodee a punto de cobrar la pieza. Precisamente, la extradición fue catalogada como instrumento principal contra el narcotráfico en el nuevo protocolo méxico-norteamericano sobre la materia y en los convenios impuestos por Clinton a los adocenados gobernantes de Centroamérica.

Durante casi dos años consecutivos, Samper expresó que el restablecimiento de la extradición «no estaba en su agenda» o, de modo más simple, que por prohibirla la Constitución, la cuestión quedaba fuera de su alcance inmediato. En el segundo semestre del año pasado la posición sufrió tal metamorfosis que se trocó en su contraria. Del «no» inicial se pasó al » debe estudiarse el tema», y de este al » sí y 20 mil veces sí» del anterior ministro de Justicia. El asunto llegó a tal extremo, que el mismo Samper abrió la puerta para que el retorno de la extradición pudiera completarse con su aplicación retroactiva. ¿Qué provocó vuelco tan radical? A estas alturas quizá no haya colombiano que lo ignore: la cancelación de la visa al presidente de Colombia, la » descertificación» gringa de marzo pasado y, sobre todo, las amenazas de represalias económicas de Estados Unidos contra el país, en la más intensa escalada intervencionista de Washington sobre Colombia que hoy prosigue y se ahonda. La crisis política que va para dos años, fue desencadenada a raíz de dicha intrusión. Fueron las presiones así desatadas las que doblegaron al gobierno al punto de llevarlo a adoptar numerosas medidas contra el país y el pueblo, como la aprobación de la extinción del dominio que arrasó con la presunción de inocencia, el aumento de penas, la inspección de cárceles colombianas por comisiones del gobierno estadounidense, y la firma del convenio que permite el abordaje por la marina gringa.

Samper ha hecho gala de un duro pellejo de lacayo. Un hecho evidente, a juzgar por la aflictiva actitud con que ha recibido el trato de congénere de Noriega y los frecuentes denuestos y vejámenes que le prodiga el imperio. El país se ha acostumbrado a que cuando Samper presume de rebeldía o de dignidad ante Estados Unidos se avecina una más oprobiosa humillación nacional. Concomitante con todo ello, la abierta injerencia del embajador de Frechette en cuanto le place, que bien le ha valido el rótulo de virrey o procónsul, prosigue sin que autoridad colombiana alguna se atreva a poner fin a la locuacidad del diplomático yanqui. En su sonado reportaje de comienzos de año, Frechette se burló sin ambages del nombramiento del ministro de Defensa González y censuró la proyectada reforma política. En seguida, ministro y reforma se derrumbaron.

El colaboracionismo, o la traición nacional del gobierno y la burguesía

La situación configurada no tiene parangón con ninguna otra época de nuestra historia republicana. En la víspera de la secesión de Panamá, por lo menos el Congreso rechazó un tratado infamante y Uribe Uribe propuso silenciar los cañones de la guerra en aras de la defensa de la patria. Así Marroquín no aceptara y el caudillo liberal conciliara a la postre con la septentrional «política de las cañoneras». Ante la actual intromisión en nuestros asuntos internos, que profundiza y afianza el dominio norteamericano, el actual gobierno asume una política de entreguismo y colaboracionismo sin precedentes. La burguesía en su conjunto, desde los altos » cacaos» de los grupos financieros, hasta los representantes de los gremios económicos, presa de pánico ante las amenazas de un eventual bloqueo económico, en la disyuntiva entre su bolsa y el interés nacional, se decidió presurosa por la primera, echando por la borda el legado de los pioneros de la industria, aquel ímpetu emprendedor que hizo de las tareas de la industrialización nacional «un desafío progresista y hasta heroico». Y cerrando los ojos ante el hecho de que toda la nación pierde si el capitalismo nacional termina por ser arrasado mediante la desindustrialización, la ruina total de agro y la toma plena del mercado interior por las multinacionales, que es la perspectiva cierta que abre la actitud capitulacionista. Así, entre los círculos dominantes prevalece la opinión de que la injerencia norteamericana es inevitable e incluso conveniente, abrazando la posición progringa y de traición nacional.

Para las próximas elecciones entrará en juego un factor fuera de serie que acentuará todas las contradicciones: la directa injerencia norteamericana en la determinación de los resultados que definirán el próximo presidente de Colombia. No se requieren mayores cábalas sobre el actual favorito del imperio. Se le considera un «aliado», que trabajó «estrechamente» con Estados Unidos desde la Fiscalía, al decir del propio Frechette. Cuando su candidatura iba a ser lanzada, el Departamento de Estado se apresuró a expresar el júbilo por el nuevo papel y la perspectiva de su pupilo. El subsecretario Robert Gelbard no escatimó alabanzas para Valdivieso, el hombre de los gringos en Colombia.

Urge una salida negociada

Crisis política, aguda recesión económica, y alarmante recrudecimiento de la violencia a escala nacional, concluyen en la explosiva mezcla constitutiva de la situación nacional. Para la mayoría de los colombianos es claro que el ascendente espiral de violencia, de continuar, terminará llevándose de calle la frágil democracia política existente, abultando las pérdidas materiales del país y, lo peor, generalizando el derramamiento de sangre entre las filas del pueblo. La intensificación del conflicto interno amenaza balcanizar el país, en el momento en que más se requiere la unidad nacional para hacer frente al intervencionismo imperialista. Urge una salida política negociada, que civilice la contienda y traiga una paz fundada en la igualdad de los partidos y particulares ante la ley.

La raíz de la recesión es la apertura económica

La afugias de la economía nacional, especialmente agudizadas durante 1996 y en el actual año, no se originaron de modo principal en la crisis política, como sostienen gremios económicos y analistas desde la orilla progringa. La drástica recesión resultó del efecto combinado de revaluación, pagos de deuda externa, restricción del gasto público, congelación salarial y altas tasas de interés, privatizaciones y desaparición de entidades del Estado, más el mantenimiento de la apertura comercial, cambiaria y financiaria. Los memorandos del FMI, de donde proceden todas esta políticas, han sido aplicados a pie juntillas por Samper. De allí derivaron la caída de la producción industrial y agropecuaria, de la inversión pública y privada, del consumo y las ventas, el aumento del desempleo y del déficit en cuenta corriente. La raíz de tantos estragos es anterior a la crisis política y reside en la continuidad y ahondamiento de la apertura económica y el modelo neoliberal, la estrategia económica continental impuesta por Estados Unidos a nuestros pueblos. El creciente intervencionismo, lejos de llevar la administración Samper a enmendar la plana, la ha vuelto aún más obsecuente con el esquema económico proyanqui, provocando el fuerte repudio del movimiento obrero y el pueblo y sus movilizaciones contra el gobierno.

Samper sigue batiendo marcas en materia de servilismo ante las multinacionales. A instancias suyas, el Congreso aprobó el Convenio de Protección de Inversiones con Gran Bretaña, para exonerarlas de la expropiación por vía administrativa, terminando lo que Gaviria inició y contrariando la Constitución misma. Luego, en la hundida reforma política, pretendió circunscribir la mencionada expropiación a los inmuebles, con tal de favorecer el capital foráneo. Antes había rebajado los impuestos a las remesas de utilidades de las empresas petroleras extranjeras. En otro acto reciente de entreguismo, en Cartagena ofreció todo género de ventajas y facilidades a las grandes trasnacionales de la energía y el petróleo ; despidió directivos de Ecopetrol en aras de complacer a la BP en su inaudita pretensión de mejorar su rentabilidad mediante el cambio unilateral de los contratos de asociación con la petrolera estatal; apoyó las descaradas maniobras del fletado ministro de Minas para favorecer a la misma multinacional, por encima del concepto del Consejo de Estado y de resultados de estudios científicos. Por fortuna, el país, alerta, frustró esta vez la jugada contra la nación. Las empresas y entidades del Estado privatizadas o desmanteladas suman una larga lista y continúan llevándose a cabo a precios de realización. No sólo se ha suprimido la función pública que cumplían sino que, como lo revela la Contraloría, en tales enajenaciones la nación ha soportado cuantiosas pérdidas.

Los obreros marcan el rumbo

Mientras el gobierno y la burguesía en su conjunto han adoptado medrosos la política de sumisión nacional, el grueso de los trabajadores y otros extensos sectores populares se enfrentan valerosamente contra la injerencia imperialista en pugna por la independencia y la soberanía del país. Detrás de la confusión y el caos aparente, la batalla ideológica y política más general y decisiva entablada hoy en Colombia, de la cual depende el presente y el porvenir, se libra entre una posición que canta loas al sojuzgamiento nacional como salida a la crisis, que sólo representa a una minoría vendepatria, y otra que expresa el interés de la mayorías, la de los patriotas que han salido a defender la autodeterminación y la libertad de la nación. Tal la verdadera » línea divisora» que delimita los campos en la crisis. Cabe perseverar en el camino que hemos emprendido. Ante todo, velando por una mayor coordinación organizativa mediante el reforzamiento del Comando Nacional Unitario, ese instrumento surgido de la lucha en el movimiento obrero, y comprendiendo que la resistencia planteada ante la agresión norteamericana demanda la activa incorporación de los patriotas de todas las clases sociales, partidos, sectores y fuerzas.

Se aproximan sin duda nuevas y complejas coyunturas críticas. Mas por oscuros que sean los tiempos que sobrevengan para la nación, de allí brotará su victoria.


Senado aprueba proposición contra injerencia

de EU a propósito de «derechos humanos»

El Senado, en su sesión plenaria de ayer, aprobó la siguiente proposición: «El Senado de la República rechaza la nueva injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos de Colombia a propósito de su política de derechos humanos, que no persigue cosa distinta que someter a sus dictados el desempeño de las instituciones colombianas, entre ellas la castrense».

BANCO DE LA REPÚBLICA: AUTONOMÍA FRENTE A LOS INTERESES NACIONALES Y DEPENDENCIA DEL GRAN CAPITAL INTERNACIONAL

Libardo Botero C.

Dos fenómenos concomitantes y sumamente gravosos, entre muchos otros, han golpeado sin misericordia la economía nacional,en los últimos tiempos: la revaluación del peso y las altas tasas de interés. Éstos han sido señalados entre los principales causantes de la crisis pavorosa por la que atraviesan las actividades productivas domésticas. Contra ellos se ha levantado un clamor reiterado de industriales y agricultores, que se ha expresado en foros, en los medios de comunicación y en el Congreso de la República, exigiendo correctivos, sin que sus voces hayan tenido el menor eco en las autoridades que tienen a su cargo el manejo de tan vitales variables de nuestra economía.

Mientras el Banco de la República, ente al cual la Constitución le asigna el manejo de la moneda, el crédito y los cambios internacionales, sostiene, a tono con el diagnóstico del FMI, que la responsabilidad por las altas tasas de interés y la revaluación radica en el crecido déficit fiscal del gobierno, éste acusa a la junta directiva del Emisor de no adoptar las medidas que reduzcan las tasas de interés y reviertan la tendencia revaluadora. Retomemos algunos hechos históricos, para desvelar las verdaderas causas de comportamiento tan aberrante.

El Banco de la República fue creado en virtud de la Ley 25 de 1923. Hasta esa fecha el país no pudo contar sino temporalmente con bancos oficiales centrales que emitieran la moneda.

A partir de la Primera Guerra Mundial, los Estados Unidos fueron llenando algunos espacios perdidos por las naciones europeas. La oleada de inversiones privadas norteamericanas, y los numerosos préstamos al gobierno, a los que se sumaron los dineros de la vergonzosa «indemnización» por el Canal de Panamá, exigían cambios en el andamiaje institucional, las normas legales y otros aspectos, que facilitaran sus operaciones. De allí que el gobierno, a comienzos de los años veinte, contrató una misión de expertos norteamericanos, presidida por el profesor Edwin W. Kemmerer, la cual presentó una serie de recomendaciones a la Administración. Entre ellas sobresalió la de fundar un banco central de emisión y crédito, origen del Banco de la República, creado por la ley mencionada. El señor Kemmerer presidio misiones similares, por la misma época, en Chile, Ecuador, Bolivia, Perú, México, China, Turquía y Filipinas. Estados Unidos empezaba a entretejer la urdimbre de las ataduras neocoloniales en el hemisferio y aún en zonas más alejadas.

En la junta directiva de la nueva institución el gobierno tenía una representación minoritaria; la mayoría correspondía a los bancos privados, e incluso los extranjeros tenían sus puestos. Más tarde, en 1957, hubo la posibilidad de que los industriales tuvieran un miembro entre diez de la junta.

La intromisión del capital extranjero no tenía límite alguno, se ejercía a través de instituciones tan oprobiosas como la concesión o la plantación. El comercio exterior y los cambios externos no tenían restricciones, salvo las temporales impuestas por la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial. El monocultivo y la monoexportacion -como el caso del café- con dominio extranjero casi absoluto, aherrojaban nuestra economía y la ataban a las metrópolis dominantes y a los especuladores de las bolsas internacionales. El Banco de la República emitía, ampliaba o restringía el crédito, según las necesidades y caprichos del gobierno y de los negocios de los grandes comerciantes, exportadores de café, terratenientes y, naturalmente, de los capitalistas norteamericanos, sobre todo petroleros y bananeros. Otro tanto sucedía con las normas cambiarias.

La lucha antimperialista de los pueblos, la disputa con la URSS por el control del mundo, y la reyerta con las demás potencias capitalistas, hicieron que Estados Unidos, cuya hegemonía estaba amenazada, adecuara su política imperialista a las nuevas circunstancias. Formularon la política del «Buen Socio», cambiaron el sistema de concesiones por el de asociación, impulsaron la creciente influencia del Estado en distintos asuntos, tuvieron que aceptar la nacionalización de ciertos recursos y un mínimo de protección a la industria durante algunos períodos; y para ampliar el mercado a sus inversiones, impulsaron acuerdos de integración regional y subregional. Refiriéndose a esta época, Francisco Mosquera señaló: «En los sesentas los planes de la Casa Blanca para el hemisferio, la Alianza para el Progreso, la desaparecida Alalc, el Pacto Andino, preservaban intactos los artificios del desvalijamiento y, conforme a estos términos exactos, se trataba de una expoliación disimulada, astuta, que nos permitía algún grado de desarrollo, complementario a la sustracción de las riquezas del país. Digamos que los gringos chupaban el néctar con ciertas consideraciones. Pero con la apertura la extorsión se ha tornado descarnada, cruda, sin miramiento alguno».

En consonancia, el Banco sufrió transformaciones que vale la pena resaltar. De un lado, el manejo directo de las políticas monetarias, crediticias y cambiarias se centralizó en un organismo diferente, la Junta Monetaria, de composición mayoritariamente oficial. Tal modificación se produjo por medio de la Ley 21 de 1963. Las mencionadas políticas económicas quedaron en adelante bajo el resorte directo del gobierno central, el que podía además cordinarlas fácilmente con el resto de las directrices gubernamentales. El Banco de la República era un simple ejecutor de las orientaciones definidas por la Junta Monetaria. Y aunque por un tiempo se conservó representación importante del sector privado en la junta directiva, su influencia se había mermado. Ahora era el gobierno el que directamente y de manera completa regía al Banco. Podía así emitir copiosamente y financiar sus déficit fiscales, incentivar determinadas ramas de la economía, devaluar para tratar de compensar la desventaja que para las exportaciones podrían representar los crecientes precios internos.

La crisis de la deuda externa latinoamericana de los ochenta y la caída del bloque soviético empujaron un nuevo cambio en la política imperialista. En las nuevas circunstancias internacionales, Estados Unidos impone de nuevo sus mandatos. Empezamos a vivir el proceso que certeramente denominó Mosquera la recolonización, conocido también como apertura. Se trata de que los potentados del Norte quieren la desnacionalización de nuestros recursos; que se suprima cualquier protección a nuestros productos y se imponga el llamado «libre comercio», o sea, la entrega del mercado a la voracidad de sus consorcios.

La banca internacional, liderada por Estados Unidos, ha exigido, desde la crisis de la deuda externa, la transformación de nuestros bancos centrales en organismos autónomos que manejen la política monetaria, cambiaría y crediticia sin la injerencia de los gobiernos. Han sido dos las motivaciones básicas para ese cambio. Una, que se taponen unos mecanismos de financiación de los déficit públicos por los bancos centrales, como han sido el crédito incontrolados o las emisiones. Para el efecto se ha insistido por el Banco Mundial y el FMI en la necesidad de que se eliminen tales procedimientos, buscando contribuir al «saneamiento» de los fiscos en pro de un pago lo más puntual posible del servicio de la deuda externa. La otra motivación es el interés de desligar la banca central del influjo de cualquier interés nacional, particularmente de los productores. A esa meta contribuye el que a las juntas directivas de los bancos hayan llegado tecnócratas de la nueva generación de intelectuales, formados en el credo neoliberal en universidades gringas o progringas. A su vez, los bancos centrales así conformados se constituyen en fácil presa de las políticas del gran capital imperialista, que es el que en últimas rige su rumbo y ejecutorias.

Bajos esos lineamientos se vienen efectuando cambios similares en toda Latinoamérica. En muchos casos, como Colombia, se ha procedido a estampar los nuevos cánones en la misma Constitución, para evitar reversas. Ejemplo de esto son las reformas de Chile en 1989, en Argentina y en Colombia en 1991, en Venezuela en 1992, en México en 1993. En Perú los cambios se iniciaron en 1990 y se afianzaron en 1993. Brasil ha sido el último en iniciar el proceso, aunque desde 1988 su Constitución autoriza el funcionamiento de una banca central independiente. No es casual que sean los países que ostentan el más elevado endeudamiento externo aquellos que hayan adelantado con mayor radicalidad el vuelco en mención.

En Colombia la transformación se ha cumplido a partir de la constituyente de 1991. Los asambleístas, de acuerdo con el proyecto oficial, consagraron el viraje a través de los artículos 371 a 373 de la nueva carta. Allí se le otorgan al Banco las funciones básicas de «regular la moneda, los cambios internacionales y el crédito; emitir la moneda legal; administrar las reservas internacionales; ser prestamista de última instancia y banquero de los establecimientos de créditos, servir de agente fiscal del gobierno». Aunque se advierte que «tales funciones las ejercerá en coordinación con la política económica general», no existe ningún mecanismo que lo obligue efectivamente someterse a la política económica del gobierno.

En el artículo 373 se obstaculiza el financiamiento al gobierno. Ello porque la doctrina neoliberal pregona que, sin déficit fiscal, con revaluación y altas tasas de interés, se contribuye decisivamente a quebrar la inflación endémica de nuestros países, aunque para lograrlo se tenga que sacrificar el avance de la producción industrial y agropecuaria. Los efectos de la aplicación de semejantes fórmulas en Colombia no pueden ser más funestos. Mientras la inflación sigue con índices superiores a las metas de «inflación esperada» del banco, la producción de las ramas básicas se debate en una crisis sin salida, a la par que las actividades financieras y especulativas gozan de exorbitantes ganancias año tras año.

Cuando los sectores productivos, como varios ramos industriales, los bananeros, o los cafeteros han pedido modificar tan dañina política, la respuesta de la Junta es que ellos no están allí para representar ningún interés particular sino los intereses generales del país. Además predican, basados en la Carta, que su papel es defender la moneda y no la producción. Mientras desatienden así a los productores, corren presurosos a aplicar a pie juntillas las recetas fatídicas del FMI.

He ahí el porqué de la actitud de la dirección del Banco de la República y su papel nefasto en las actuales condiciones del país. En la declaración «Salvemos la producción nacional», publicada el 8 de mayo de 1991, antes de culminar la Constituyente, Francisco Mosquera avizoró lo que tal reunión habría de aprobar y sus inequívocas secuelas; «Desde la época de los realinderamientos de Bretton Woods, detrás de los máximos organismos rectores de las finanzas mundiales se han movido particularmente los banqueros de la metrópoli americana, que no cesan de requerir, ante los países entrampados, franquicias para sus caudales y mercancías, o devaluaciones, recortes en los gastos, espíritu ahorrativo, a fin de que se les cancelen los débitos con desahogo y puntualidad. En favor de esta solvencia de pagos, al gobierno colombiano le exigen encima que deponga responsabilidades, desista de emitir circulante inflacionario y renuncie, una por una, a sus atribuciones reguladoras, comprendido cuanto concierne al manejo del peso, que antes de 1963 le correspondía a la junta directiva del Banco de la República, de influencia notoriamente privada, y desde entonces, por ley, recae en la Junta Monetaria, de mayoría oficial. Reversión que habrá de perpetrarse a través de la Asamblea Constituyente. (…) La supresión de los subsidios, de los créditos baratos, y aun de los planes de fomento, compendia, pues, el dogma de fe que nos predicaron siempre esos sumos sacerdotes de la especulación, así no le rindan culto en sus propios altares.»

El Congreso de Fecode en Villavicencio: UNA GRAN VICTORIA DE LAS FUERZAS AVANZADAS

José Fernando Ocampo

La defensa de los elementos más avanzados de la reforma educativa de 1994, el rechazo a la Ley 200 con la exigencia de la recuperación del régimen especial para los educadores, la denuncia de la privatización de la educación, la condena del sindicalismo sociopolítico, el rechazo de la reglamentación de la Ley General de Educación, la conquista de un salario digno para el magisterio, constituyeron los pilares de la victoria obtenida en el Congreso de Fecode celebrado en Villavicencio, contra la política del gobierno samperista y contra la traición del grupo de Jaime Dussán y sus conmilitones.

La hegemonía del dussanismo en la Federación Colombiana de Educadores durante este período le abrió paso a una contrarreforma reaccionaria patrocinada por el Ministerio de Educación, le permitió al gobierno cometer toda clase de atropellos contra el magisterio, les dejó manos libres a mandatarios seccionales como Álvaro Uribe Vélez, de Antioquia, y Antanas Mockus, de Bogotá, de cuyas administraciones él hace parte, para desarrollar una agresiva política privatizadora de la educación, y permitió que la Ley General de Educación se reglamentara en contravención de sus principios más progresistas. En una palabra, condujo a Fecode a la peor crisis de sus treinta y cinco años de historia.

Cuatro fuerzas de izquierda se aliaron para iniciar un proceso de recuperar la Federación: el frente de Tribuna Magisterial dirigido por el MOIR, Maestros Unitarios, Unidad Democrática y el frente de Educadores Luis Felipe Vélez. Con una posición democrática y la concepción de un sindicalismo clasista, conscientes del embate feroz del imperialismo norteamericano contra la soberanía nacional y de su injerencia directa en el campo educativo, lograron hacer aprobar más de veinte proyectos, a los cuales deberá ceñirse el nuevo Comité Ejecutivo que salga de la elección directa el próximo 3 de octubre.

Una victoria en el campo de la ideología

En el país se libra una intensa batalla ideológica en el campo educativo. Su origen es la Ley General de Educación. En ella se introdujo la autonomía escolar de las instituciones, que es la piedra de toque de toda la reforma educativa de 1994, complementada con la libertad de cátedra tal como se introdujo en la Constitución de 1991. No es una automía financiera y administrativa, como la concibe la ideología neoliberal, según la cual el Estado controla los contenidos de la educación, pero los planteles, convertidos en empresas de producción, se las tienen que arreglar para conseguir los recursos y en aplicar las técnicas de administración empresariales. Es, en esencia, la educación como mercancía, sometida a las leyes de la oferta y la demanda en medio de la competencia del libre mercado.

En cambio, la reforma lo que plantea es la autonomía escolar aplicada al currículo y a los planes de estudio, que despoja al Estado del control de los contenidos y lo obliga a financiar el servicio educativo con una administración descentralizada. Se trata de una solución opuesta. En consecuencia, todas las posiciones y tendencias pedagógicas pugnan por abrirse campo y ganar en la gran batalla ideológica. Ahí radica el fondo de esta revolución educativa; fue lo que defendió una de las resoluciones más importantes del Congreso.

Contra una educación para pobres

Por su condición de neoliberal, el gobierno de Samper hace alarde de considerar prioritaria la educación. Pero es pura demagogia. Sometido a los dictámenes del Banco Mundial y al chantaje de sus créditos condicionados, el Ministerio de Educación propugna una educación para pobres. Sus fórmulas consisten en el año cero, la promoción automática, los hogares comunitarios y la escuela nueva, plasmados todos en el Plan Decadal de Educación durante el Ministerio de María Emma Mejía. Se trata de recetas para una educación sin calidad, totalmente ajena a los contenidos científicos y técnicos, en completo hacinamiento en las aulas de clase, con la promoción de los estudiantes sin esfuerzo ni aprendizaje. Se propicia así una educación de buena calidad para un puñado de ricos y totalmente deficiente para la mayoría de la población.

Pero al mismo tiempo, estas medidas se disfrazan con documentos y resoluciones de jerga ininteligible, con lenguaje farragoso y plagado de circunloquios como la resolución 2343 sobre lineamientos generales del currículo. Y se confunde al magisterio con criterios de evaluación constructivistas que nadie entiende: ni los estudiantes, ni los padres de familia, ni los mismos educadores. El Congreso de Fecode se ocupó de esta problemática, rechazó toda esa parafernalia y definió medidas de lucha contra semejante política, a favor de una educación de la más alta calidad científica. Por eso defendió los preescolares de tres años, la obligación de rendimiento académico, las guarderías infantiles con personal capacitado, el restablecimiento de la jornada diurna única bajo las condiciones de aumento de la planta física y de un salario digno para los educadores, el aumento del presupuesto para vinculación de maestros con cargo al situado fiscal, y la capacitación gratuita de la más alta calidad científica para el magisterio.

Rechazo al neoliberalismo

Detrás de todas las políticas reaccionarias están el neoliberalismo y una teoría pedagógica denominada constructivismo que, como ocurre con su base material económica, rezuma individualismo y subjetivismo. Es una de esas concepciones ideológicas diseñadas para mantener los pueblos subdesarrollados en la ignorancia, al margen del desarrollo autónomo en ciencia y tecnología, entre el énfasis axiológico de la pedagogía y el abandono del estudiante a su propia suerte. Como dice el documento del salto educativo, «no se trata de enseñar, sino de aprender», porque concibe al maestro como simple guía que sólo requiere método pero no contenidos y al estudiante como su propio maestro, con la ilusión imposible de que por sí mismo descubra lo que la humanidad a duras penas ha logrado entender en miles de años. A esta presunción dogmática del profundo desprecio por el educador y por su tarea fundamental, también le salió al paso el Congreso, rechazando la promoción automática y la resolución de lineamientos generales del currículo, y en pro de una capacitación permanente, gratuita y dirigida a las áreas de conocimiento con énfasis en los contenidos que garanticen la posibilidad del ascenso en el escalafón.

El gobierno de Samper también está aplicando el neoliberalismo al servicio educativo. Ha intentado en todas las formas volver a municipalizar la educación, procurando descargarles el peso de la vinculación de nuevos educadores. Han sido dos entidades territoriales, Antioquia y Bogotá, los modelos de privatización mediante el programa Paces, los subsidios, los contratos con entidades privadas o cooperativas, todo en detrimento de la educación pública. En Villavicencio, el Congreso fue tajante en exigir el aumento del situado fiscal y el alivio a los municipios del peso de la vinculación de educadores, una vez aprobado por mayoría el rechazo a los métodos privatizadores. El dussanismo, acogiéndose a la política neoliberal, votó en contra de esta resolución, tal vez la de mayor significado del Congreso.

Por la recuperación del régimen especial

Como a todos los empleados del Estado, la Ley 200 de 1995 o Código Único Disciplinario también se les aplica a los educadores. Ésta es una norma que afina los trámites del debido proceso para apretar el gatillo de las causales de mala conducta y violar los derechos fundamentales. Para el magisterio significa la eliminación del régimen disciplinario especial, conquistado tras veinte años de luchas en las décadas de los años sesenta y setenta. El senador Dussán defendió la Ley 200 en su famosa carta al magisterio del país, publicada en Fecode Informa, y sus áulicos recorrieron el país haciéndole eco. Pero desesperados por el repudio del magisterio, prefirieron refugiarse en el Parlamento con la ilusión de que una maniobra de su senador resolviera tamaña fechoría. En Villavicencio también fue rechazado su proyecto de ley, porque somete a los maestros a dos regímenes en lugar de uno, al Estatuto Docente disminuido y al Régimen Único Disciplinario. Por eso se aprobó la unión con los empleados estatales, para luchar por la derogatoria de la Ley 200 y la recuperación del régimen especial para los educadores del sector público.

Lo que se respiró en Villavicencio fue el repudio al sindicalismo sociopolítico, practicado por la camarilla dirigente de Fecode con el único propósito de convertir los sindicatos en trampolines para escalar posiciones en el gobierno, tanto el nacional como el de las entidades territoriales.

El sindicalismo sociopolítico trata de convertir las organizaciones gremiales en correas de transmisión de las políticas oficiales. Por supuesto, es la resultante de una concepción desclasada de la sociedad, en la que se quiere hacer creer que el Estado somos todos, donde la dominación y la explotación de clase no existen, y haciendo aparecer el régimen gubernamental como el principal benefactor del pueblo oprimido.

Las consecuencias de semejante teoría y práctica están a la vista en la peor crisis de la historia de la organización sindical del magisterio colombiano. Por eso recibió el rechazo de la mayoría del Congreso.

Hacia una nueva victoria: las elecciones del Comité Ejecutivo

Contra la camarilla dussanista que detenta la mayoría de la dirección de Fecode, hemos logrado una victoria, con la posición consecuente defendida sin vacilaciones por el frente de educadores Tribuna Magisterial y los demás aliados del Bloque Alternativo de Oposición. Ha sido una lucha sin cuartel a lo largo de este período convulsionado y crítico.

Lo que viene de aquí en adelante es la elección del Comité Ejecutivo en forma directa. Los educadores de Tribuna Magisterial, dirigidos por el MOIR, presentarán tres listas: una en el norte del país, por la Costa Atlántica, encabezada por Luis Carlos Fuentes; otra por Antioquia y el nororiente, desde el Cesar y La Guajira hasta Arauca, con el primer renglón de Raúl Arroyave, y una tercera en el centro y sur del país, presidida por Álvaro Morales Sánchez.

Durante estos cuatro años, Tribuna Magisterial no ha cejado un solo instante en la lucha por la independencia de la Federación Colombiana de Educadores y en defensa de los intereses más sentidos de los educadores. Los tres candidatos que presentamos a consideración del magisterio son una garantía para el gremio, en pro de sus reivindicaciones fundamentales, pero también para la nación colombiana en la salvaguardia de la soberanía nacional, en un momento en que afronta la mayor ofensiva histórica del imperialismo norteamericano. Por esa razón esperamos el apoyo decidido del magisterio para nuestras listas en las elecciones del 3 de octubre al Comité Ejecutivo Nacional de Fecode.

Legado de Mosquera: «EN LAS ELECCIONES, DESENTRAÑEMOS LAS CONTRADICCIONES DE CLASE»

(Apartes de la entrevista al camarada Francisco Mosquera realizada por Cristina de la Torre en marzo de 1976 y publicada en Cuadernos de Alternativa, No. 3. Fue reproducida por Tribuna Roja, No. 24, diciembre de 1976.)

Pregunta. Con qué métodos participa el MOIR en la campaña electoral y cuáles son las principales experiencias recibidas a través de esta forma de lucha ?

Francisco Mosquera. El MOIR participa en la lucha electoral con el supremo criterio de contribuir a desembotar la conciencia de las masas y hacer más clara y comprensible la lucha de clases que subyace en las manifestaciones y actividades de la sociedad colombiana. La oligarquía dominante, como los explotadores en todos los tiempos, desata la más sórdida, cruel y sistemática lucha contra los explotados, pero, hipócrita y cobarde por naturaleza, se empeña a la vez en encubrir, mistificar y desfigurar esta lucha a los ojos de sus contradictores de clase. Mientras engaña, persigue y golpea con saña a las masas trabajadoras, la minoría detentadora del Poder no tiene la menor vergüenza de presentarse como protectora y benefactora de las grandes mayorías populares. Nuestro primer deber consiste pues en correr el velo que envuelve las contradicciones de clase y lograr que éstas puedan ser desentrañadas y entendidas diáfanamente por millones de personas. En primer lugar para que la clase obrera, y con ella el resto de las clases sojuzgadas de Colombia consiga identificar a sus verdaderos enemigos y los ardides y tretas de éstos. Y para que el proletariado, partiendo de esta base, se ponga en condiciones de organizar sus fuerzas y la de sus aliados en las múltiples batallas por la liberación nacional y la revolución democrática.

Arrancar el antifaz al mentiroso gobierno del «mandato claro» ha sido nuestra principal preocupación en esta campaña electoral. Hacer consciente que el señor López Michelsen en el Poder es el continuismo, o sea, la prolongación de la coalición liberal-conservadora proimperialista, antinacional, antipopular y antidemocrática que viene esquilmando a la nación y empobreciendo al pueblo. Que quienes traten de enmascarar por uno u otro medio esta cruda realidad terminarán haciéndole compañía a los vendepatria y traidores. Que sólo una línea consecuente de unidad de todas las fuerzas revolucionarias y patrióticas, dirigidas tanto contra el sistema en general como contra el régimen lopista que lo representa concretamente, ganará el respaldo entusiasta de las masas populares de la ciudad y del campo. Y efectivamente la consigna central de «contra el mandato de hambre a la carga», lanzada por nuestro Partido para la campaña electoral, compendia y recoge los deseos de combate de los sectores mayoritarios de la población colombiana que en carne propia padecen los catastróficos resultados de la política oficial. La gran prensa y reconocidos personajes de los partidos tradicionales se han quejado ya por la propaganda de descrédito emprendida por el MOIR contra el gobierno.

En todo caso la consigna constituyó un acierto, como será siempre conducente recoger la tradición de lucha de nuestro pueblo. Cuando exaltamos, por ejemplo, el emblema inmortal de los comuneros del siglo XVIII, «Unión de los oprimidos contra los opresores», y que bien puede ser el lema de la lucha de nuestros días, no quiere decir que acojamos el punto de vista ni las concepciones de los revolucionarios de aquella época. Sabemos como nadie en Colombia que no obstante caracterizar la actual revolución como una revolución de liberación nacional, democrático-burguesa, realizada por la alianza de todas las clases revolucionarias, es exclusivamente la clase obrera y su ideología invencible, el marxismo leninismo, el factor dirigente de la misma. En síntesis, la índole de los ataques contra la táctica revolucionaria y unitaria planteada por el MOIR para el actual periodo, así como la procedencia de esos ataques, prueban la justeza de nuestra posición política.

Resuelta la cuestión de la orientación y objetivos políticos de la campaña, se coloca en primer plano el problema de la vinculación a las masas. Aunque el continuismo ha tomado las máximas precauciones para impedir la libre concurrencia en estas elecciones de los partidos y movimientos opuestos a las corrientes afectas al régimen, como la del sostenimiento del estado de sitio, las fuerzas revolucionarias deben realizar todos los esfuerzos necesarios para extender sus efectivos y llegar a sitios y sectores de masas a donde en otras circunstancias sería dificultoso hacerlo. Esto no significa que si no hay elecciones el partido revolucionario de la clase obrera no arribaría a esos sitios y a esos sectores. Simplemente señalamos que, en el actual periodo de construcción del Partido, aprovechamos una ocasión propicia, el debate electoral, para lanzar la red hasta donde nos alcancen las energías. Después vendrá la recogida y consolidación del trabajo. La efectividad de esta tarea estriba obviamente en la adecuada distribución orgánica de las escasas unidades con que contamos. Después de la línea política, lo más importante son unas correctas medidas organizativas. De estos dos aspectos depende el acercamiento y la estrecha conexión con las masas y sus luchas. Ya un partido obrero apertrechado de una línea política correcta, con un estilo de trabajo revolucionario y vinculado íntimamente a las masas y sus luchas no habrá quien pueda destruirlo.

Finalmente, la labor de propaganda y agitación es un flanco que requiere la mayor atención. Sin ella muy poco podríamos avanzar. Existe un obstáculo enorme que debemos superar: la falta de recursos. Nuestro Partido se apoya exclusivamente en sus propias fuerzas y en las fuerzas de las masas. Pero en la actualidad el MOIR sigue siendo un partido pequeño, en gestación, y su arraigo en los amplios sectores del pueblo es aún incipiente. Para subsanar estas deficiencias hemos puesto la caldera a funcionar a todo vapor. Que no haya un militante ni un simpatizante del MOIR que no contribuya con su tiempo disponible y los recursos materiales mínimos a la campaña electoral.

Hemos concentrado las tareas de propaganda y agitación en tres instrumentos principales: 1) En nuestro órgano Tribuna Roja, para el cual elaboramos un plan especial de periodicidad y de aumento de tiraje. Ésta ha sido la más eficaz herramienta de difusión de nuestra línea, de información de nuestra actividad electoral y de aglutinación y organización en la etapa de expansión en que nos encontramos. Los frutos hasta el presente son satisfactorios. Hemos logrado sacar cada quince días 300 mil ejemplares de Tribuna Roja y sostenerlo con la sola venta. 2) En la programación de una gira nacional que pretende cubrir el mayor número de capitales, municipios y veredas. La directiva al respecto insiste en que todos los actos electorales del MOIR han de realizarse en plazas públicas y lugares abiertos, no importa que las manifestaciones y mítines no sean siempre nutridos. Esto con el propósito de movilizar la mayor cantidad de gentes posible. A pesar de las prohibiciones de varios alcaldes para efectuar las demostraciones públicas, en la mayoría de los casos hemos conseguido reunir en lugares abiertos buena proporción de personas, si se compara con el fracaso de los partidos tradicionales y se tiene en cuenta el escaso desarrollo del MOIR. Notamos en el grueso de los participantes en dichos actos una gran expectativa por las ideas revolucionarias y su actitud fundamental es la de escuchar los nuevos planteamientos. Y 3), en la propaganda mural. Éste ha sido el otro instrumento agitacional usado con especial esmero por nuestro Partido. Con medios de fácil acceso y utilización como la pintura mural, las tiras largas producidas en screen y colocadas en paredes visibles y los carteles con la imagen de nuestros dirigentes y candidatos, hemos hecho sentir la presencia del MOIR en la contienda electoral.

COLOMBIA, EN LA MÁS PELIGROSA ENCRUCIJADA

(Intervención de Héctor Valencia, secretario general del MOIR, en el acto de lanzamiento de candidatos al Concejo de Bogotá)

Bogotá, julio 22 de 1997

Camaradas y amigos:

Por la forma, quizá a un espectador desprevenido podría parecerle que estamos celebrando uno de esos actos que se estilan de tiempo en tiempo con motivo de las elecciones programadas por quienes le dictan su voluntad al país. Pero si aguzara su mente y su mirada, captaría que este evento no es una rutinaria manifestación política ante otra justa electoral. Sabría que con nuestras rojas banderas y la aclamación de nuestros candidatos, desde este Teatro Libre, aquí en Chapinero, estamos anunciando que nuestra campaña en los próximos comicios será el más amplio despliegue de la política que durante los últimos años hemos considerado decisiva para nuestro destino como nación: oponer cerrada resistencia a la recolonización emprendida por el gobierno de Estados Unidos. Y comprendería también que utilizaremos la forma de lucha electoral para destacar que el avance y triunfo de esa resistencia será imposible sin denunciar y derribar a quienes con su colaboracionismo están arruinando y entregando la patria.

Nuestro énfasis político corresponde al hecho, no suficientemente advertido en algunos sectores sociales, de que Colombia atraviesa la mayor encrucijada de su historia: estar expuesta a la esclavización. Todo obedece a que dentro de la política para un nuevo orden mundial, Washington está intensificando un burdo intervencionismo con el propósito de dar cumplimiento a su agenda particular de subyugación del país.

Dicha política no es enteramente nueva. La puja de los imperialismos por intensificar y extender a nivel mundial su explotación, condujo en la primera mitad del siglo XX a dos guerras mundiales. Al salir fortalecido de la última, el imperialismo norteamericano dio inicio a otro intento de imponer su dominación, con base en los criterios y mecanismos acordados en la conferencia de Bretton Woods para el orden económico occidental. Y ya en ese tiempo, 1944, el secretario del Tesoro de los Estados Unidos, Henry Morgenthau, sentenció lo que ese orden implicaba para la soberanía del resto de naciones, empezando por la soberanía económica. Dijo, al despedir a los allí aglutinados, que lo que acababan de disponer para dar nacimiento al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial marcaba el fin del nacionalismo económico.

Por eso cuando los últimos presidentes de la superpotencia gringa hablan de nuevo orden económico internacional o de sus retóricos sinónimos: internacionalización, vigencia del libre comercio mundial o globalización, se refieren a una política que tratan de revigorizar aunque bajo otras formas se ha probado infructuosa durante más de cincuenta años.

En realidad, una mirada histórica revela que lo que la humanidad ha vivido durante más de un siglo es una lid entre los pueblos y el imperialismo, lid que en esencia corresponde al implacable antagonismo, sin conciliación posible, entre polos contrapuestos, el proletariado y los linces financieros. Esa confrontación abarca sucesos mayores como la toma del poder por parte de los trabajadores en la Unión Soviética y China, pasa por las luchas libradas por los pueblos del Tercer Mundo, y también cobija las batallas de los sindicatos en todas las latitudes y ante las más diversas fases del capitalismo.

Para implantar la apertura de la economía que precisa su dominación, los imperialistas adoptaron en las primeras décadas de su existencia disposiciones sobre libre comercio, incluido el de esa «mercancía clave», la fuerza de trabajo, disposiciones que iban en grave detrimento de la vida de los trabajadores. Partiendo de la agudización de las luchas generadas por la cruda explotación, Estados Unidos escarmentó por experiencia ajena, la de los imperialismos europeos, y alentó lo que se conoce como política de bienestar social y Estado benefactor, destinada primeramente a compensar a los fatales perdedores de siempre, los obreros, a quienes, por lo demás, hasta se les estimulaba a organizarse en sindicatos. Era ésta, evidentemente, una política preventiva, pues entre sus principales propósitos estaba alejar la posibilidad de conmociones sociales.

II

En razón de que el poderío soviético, invadido desde hace más de 40 años por el virus revisionista, se derruyó recientemente cuando la llamada guerra fría ya hacía mucho era más alianza que confrontación, Estados Unidos, al contar con suficiente capacidad económica y comercial, y, sobre todo, al quedar como la superpotencia poseedora de los instrumentos bélicos más poderosos, creyó llegado el momento de realizar su sueño de dominación planetaria. Sin rival equiparable, y acosado por las endemoniadas contradicciones que lo aquejan, como las que se revelaron con la crisis del petróleo en los años setenta, los menguados índices de crecimiento, y el tormento de la inflación que a veces aparece mezclada con la recesión, Estados Unidos desató una ofensiva global para que, sin ninguna consideración con la soberanía de las otras naciones, se le abriesen todos los mercados, se aceptasen los preceptos de un remozado liberalismo para el comercio internacional, y sus criterios políticos y sociales rigieran en los asuntos domésticos del resto de países.

La recolonización es una política a la que los magnates financieros norteamericanos se ven impelidos, sin parar mientes en que la desigualdad en el ingreso sea un fenómeno creciente en el hemisferio occidental, empezando por la propia sociedad norteamericana, que la inestabilidad en las relaciones laborales cunda por doquier y que el desempleo asole a Europa, tierra de duchos guardianes del sistema capitalista. Tampoco les inquietan las implicaciones de que en todas las latitudes sea la esclavitud asalariada la que va mal cuando se dice que el país va mal, al paso que son las elites financieras las que van bien cuando se dice que la economía va bien. Pero, sobre todo, menos parecen advertir que ante tales efectos desastrosos, el proletariado y el resto de destacamentos populares se vean también inexorablemente impelidos a la más tenaz y amplia resistencia, sin duda el ensayo general para «asaltos al cielo» más efectivos y perdurables.

El significado de todas estas actitudes de «inadvertencia y ceguera» es paradójico: los grandes señores del capitalismo imperialista siguen condenados, como lo sentenció Carlos Marx, a crear las propias condiciones de su derrota. Ilusos, ellos subrayan que en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, y posterior a la guerra fría, están viviendo el fin de la historia. El proletariado, por el contrario, sabiendo que en las sociedades de clases siempre se vive entre la posguerra y la preguerra, pone énfasis en que estamos en la época histórica que precede a las decisivas batallas mundiales por su emancipación, un verdadero principio de la historia, los «tiempos interesantes» que soñaba Mao.

III

En lo que constituye un rasgo fundamental de la actual política imperialista, Estados Unidos, en correspondencia con cada uno de los planes e intentos que durante las últimas cinco décadas ha realizado por imponer su supremacía, propulsa y hace aprobar toda una gama de normas para regir las relaciones internacionales, especialmente las económicas y comerciales, así como los organismos pertinentes que velen por su vigilancia y aplicación. Sobra decir que lo que por aberrante no haya alcanzado ese carácter legal, será refrendado por el espíritu propio del derecho anglosajón, según el cual la costumbre se convierte en ley. Lo que es costumbre del imperio se convierte en ley imperialista. ¿Acaso la intervención directa y militar no se blande hoy como un derecho legítimo, incubado en las mismas razones que se tuvieron para las invasiones norteamericanas que asolaron a las naciones de América Latina a lo largo del siglo?

Fenómeno similar ocurre con las medidas, garantías, criterios y prácticas que rigen las relaciones económicas. Una maraña de normas aprobadas en reuniones internacionales, siguiendo la ley del más fuerte. Normas que han terminado por conformar una especie de Constitución imperialista, con sus correspondientes códigos comerciales, civiles y penales, que defienden, legitiman y facilitan la colonización económica. Ahora bien, dentro de ese contexto jurídico universal construido por el imperialismo, las naciones son constreñidas a encajonar armónicamente su Constitución y sus códigos domésticos. De no hacerlo, para decirlo en palabras de los recalcitrantes neoliberales, estarían condenadas al aislamiento y al atraso; quedarían al margen de la corriente de internacionalización, excluidas de la globalización, rezagadas ante los avances tecnológicos. Todo gobierno que no adopte lo que la comunidad financiera considere como políticas económicas responsables, será castigado. Toda política económica nacional debe estar en coordinación con los empeños económicos del imperialismo.

Pero como si no bastase con el conjunto de normas que lo favorece, y que ya tiene un carácter de ley internacional, Washington erige otras unilateralmente y las coloca en la órbita de su seguridad nacional, con lo cual se confiere un título excepcional para intervenir a voluntad en cualquier lugar de la tierra. Y no contento con las organizaciones multilaterales en las que hace predominar sus intereses fundamentales, se ha ingeniado la creación e impulso, cuando no el aprovechamiento, de conocidas organizaciones no gubernamentales, para penetrar e incidir en los más diversos aspectos de la vida social. Es así como lo vemos preocupado y actuante en temas como la ecología, los llamados derechos humanos, la paz y hasta los derechos y reivindicaciones laborales. No se trata simplemente de que el diablo, como siempre, haga hostias. Ni de que, bajo el supuesto de que las ideologías se murieron, menos la de él, meta baza en las contradicciones sociales internas para apuntalar todo lo que disocie y anarquice, todo lo que menoscabe la necesaria unidad nacional. El asunto es que el imperialismo, cual hidra contemporánea, presenta diez mil rostros que necesitan ser reconocidos y, lo que es aún más importante, combatidos. Llegará el momento en que si esa hidra pretende, al igual que la de la mitología helénica, tener una cabeza inmortal, la espada de la clase obrera se la cortará de un tajo.

Si en el plano internacional la aplicación de políticas económicas de naturaleza imperialista exige el chantaje o, en su defecto, un crudo intervencionismo, a nivel nacional precisa de la antidemocracia y la represión. De allí que a la implantación de esas políticas le sea connatural el fascismo, esa constante del imperialismo. Cuestión que sin duda originará en su contra un tercer combate de la clase obrera y los pueblos que abarcará todos los confines de la tierra. En tal confrontación ya estamos inscritos los moiristas. Será una lucha formidable e histórica, cuyo desenlace victorioso constituirá la más vibrante oda a la alegría para la humanidad.

Camaradas y amigos:

Ante la actual política imperialista, la que el siempre esclarecido compañero Francisco Mosquera calificó como una «extorsión descarnada, cruda, y sin miramiento alguno», que exige el endurecimiento de la «dictadura burguesa de los vendepatria», no nos cansemos de reiterar que nuestro redoblado pregón de ¡resistencia!, es la guía, y será la acción.

IV

Estamos ante el hecho de que, aherrojadas entre la alambrada de las disposiciones jurídicas mencionadas antes, a las naciones se las presenta sumidas en la fatalidad de un orden internacional que las imposibilita para responder en defensa de su soberanía y autodeterminación. Para tratar de excusar su mansedad ante Estados Unidos, tal presentación es asumida como cierta en Colombia por gente carente de dignidad como Ernesto Samper y sus ministros, o gente rebosante de cinismo como casi todos los presidentes de los gremios y buen número de miembros de la llamada clase política. Individuos cuyos gestos y acciones de entrega quieren hacerlos aparecer como la única conducta posible, la posición «sensata y viable». En semejante catálogo de actitudes caben: los aspavientos airados de Samper frente al acoso de la Casa Blanca, que le han servido para ambientar sus vergonzosas concesiones; las explicaciones y ruegos ante congresistas norteamericanos por parte de ministros y dirigentes políticos y gremiales, actividades que bajo la denominación de hacer lobby son simple chalanería por el establo parlamentario de Washington con los intereses de la nación; los tristes debates en el Congreso, donde la ejemplar altivez patriótica de un puñado ha permitido apreciar al desnudo el colaboracionismo de la mayoría de senadores y representantes al aprobar leyes regresivas y reaccionarias exigidas por la potencia norteamericana y, por último, aunque bien podría ser lo primero, caben también los malabares, entre dichos y coplas escamoteados a la sabiduría popular, del ex ministro Serpa para irse despojando de todas las posiciones que, por retóricas, se pudiesen haber malentendido como opuestas al chantaje yanqui.

Debe advertirse que junto a las conductas colaboracionistas que tienen algunos visos vergonzantes, aún persisten las traiciones de César Gaviria, con su gavirismo y sus gaviristas, la renombrada panda de Los Andes, que cumplieron el tétrico papel de adecuar el país en todos los órdenes para que operaran eficazmente los novísimos medios de dominación imperialista. Son una especie de eunucos, dulces castrados de todo patriotismo y democracia, que custodian los más refinados intereses de los magnates internacionales. Agazapados durante los últimos tres años en instituciones financieras, políticas, diplomáticas y académicas ligadas a los centros estadounidenses de poder, ya empiezan a salir, confiando sin duda en que, como antes, en medio de sus paparruchas, periodistas diestros por siniestros les convertirán su degeneración política en moderno atractivo.

Merece mención una de las últimas salidas de López Michelsen, célebre por haber sido el presidente del mandato de hambre, demagogia y represión, sabio en menesteres y sofismas liberales, quien en su calidad de anciano brujo se ha convertido en consultor de los gobernantes de turno. Sin duda después de una lectura no de los escritos de Marx sino de alguna novela sobre ellos, hace varias semanas López se entregó con su acostumbrado gozo a especular sobre presuntas equivocaciones del marxismo y, como si con ello hubiera espantado un histórico fantasma, procedió luego, fresco, al gran descubrimiento de que tanto en Colombia como en América Latina la riqueza sigue concentrándose en un minúsculo grupo social.

Dentro de esta lógica, tan típica de López y tan imitada por otros liberales astutos en desatenderse del principal problema que enfrenta la nación, o en confundirlo, podemos esperar novísimas refutaciones de lo expresado por Lenin y Mao, antes de que alcancemos a saber sobre su descubrimiento de que el imperialismo existe, y que es nefasto.

El alto riesgo en que se ha colocado a Colombia se puede comprender más a fondo al observar los candidatos que han surgido para ocupar la próxima presidencia.

Desde Valdivieso, quien convirtió la Fiscalía en guarida de una tenebrosa inquisición política para perseguir a quienes eran señalados por Gelbard y Gaviria desde Washington, pasando por Pastrana, Sanín y Santos, hasta llegar a Serpa, que ahora apoya la extradición y ofrece su hoja de vida para que se examine su aquiescencia con la gran potencia, todos a una aceptando la política neoliberal y el intervencionismo de los Estados Unidos, así como la agenda de colonización que ha trazado para el país, es decir, la ruina de la patria. Washington tiene abiertas todas las opciones: entre ese grupo de favorecedores escogerá su favorito.

No es extraño, entonces, que en una situación tan comprometida para la nación, el MOIR haya decidido como contenido principal de la campaña electoral la denuncia más amplia y vigorosa contra la actual política norteamericana y contra los vendepatria.

Y que para esa labor en la capital de la República haya conformado una lista con algunos de sus mejores voceros, incluidos dirigentes sindicales, verdaderos comandantes de luchas obreras, que ahora extienden su actividad pública a todos los sectores populares para difundir allí el liderazgo correcto y firme que precisan Colombia y la revolución.

Camaradas Jesús Bernal, Eberto López, Aldo Cadena, Francisco Cabrera, Alvaro Morales, Lilia Avella, Fabio Arias, Alfonso Lorza y demás integrantes de la lista al Concejo de Bogotá: esta noche ponemos en sus fiables manos la bandera roja y antiimperialista del MOIR. Hagan que cada día más y más sectores de las masas la conviertan en enseña de sus más altas y sentidas aspiraciones.

Muchas gracias.

CONMEMORACIÓN DEL TERCER ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE FRANCISCO MOSQUERA

(Palabras de Francisco Valderrama, el 1o. de agosto de 1997 Inauguración de la sede nacional del MOIR)

Después de varios años sin sede propia, abrimos ésta que hoy, en el tercer aniversario de la muerte del camarada Francisco Mosquera, bautizamos con su nombre. Este logro se lo debemos a los nuevos vientos favorables a la lucha revolucionaria del MOIR, que han empezado a soplar cada vez más fuertes con la destorcida de la política imperialista neoliberal.

En la vida de los partidos hay hechos que se convierten en puntos de referencia sobre el desarrollo de su historia. La Rebeca, nuestra primera sede, inaugurada en el auge inicial de los setenta, fue testigo de la expansión nacional del MOIR como partido de la clase obrera colombiana. De allí salieron la mayor parte de los militantes que se vincularon a la política de los «pies descalzos». ¡Cuántos encuentros memorables se realizaron en sus salones! La Rebeca fue punto de reunión de nuestras fuerzas en los años de auge, y de resistencia cuando las condiciones del país cambiaron y entramos en el túnel, como bautizó el camarada Mosquera ese período de retroceso de la lucha de las masas, que acompaña siempre el auge de todos los oportunismos.

Hoy, «cuando nos ganamos una nueva oportunidad» de convertirnos en vanguardia de la clase obrera y el pueblo en su lucha por la independencia, estamos seguros de que la sede Francisco Mosquera será testigo de una nueva expansión del Partido. Es la firme intención del Comité Regional de sostenerla abierta, para lo cual contaremos con el apoyo del Comité Ejecutivo Central, de los organismos nacionales y de toda la militancia.

La primera tarea que vamos a enfrentar es la de desarrollar a fondo la campaña electoral para el Concejo de Bogotá. Afortunadamente nuestros mejores dirigentes sindicales, en plausible decisión, han ocupado los primeros puestos en la conformación de nuestra lista. Se han puesto al frente de las tareas para sacar adelante una campaña electoral revolucionaria, que denuncie plenamente la intromisión del imperialismo norteamericano en nuestro país y el papel que en ella han tenido los colaboracionistas, que corretean acuciosos por los corredores del gobierno, la Fiscalía, los gremios y los diarios, preparando ideológicamente el terreno y empujando la entrega a pedazos de la soberanía. El último espectáculo grotesco lo acabamos de ver con la anunciada firma de un acuerdo sobre el respeto a los derechos humanos por parte de las fuerzas armadas, condición sin la cual no pueden aspirar a recibir las limosnas del gobierno gringo. Nunca había sido tan abyecto el espectáculo de sumisión ante el imperio.

Después vendrá la campaña del Congreso, en la cual tendremos que garantizar que nuestro camarada Jorge Santos sea reelegido y ocupe la curul en la cual nos ha representado con lujo, ganándose el aprecio y el respeto de todos los revolucionarios y demócratas del país.

Convirtamos pues esta sede en un instrumento de cohesión del Partido en las tareas que nos esperan, cuidémosla y colaboremos con su mantenimiento y embellecimiento. Hagámosle honr a quien le da su nombre, el camarada Francisco Mosquera, guía ideológico del MOIR.

EL MOIR, DE LUTO POR FABIO TRUJILLO

(Mensaje enviado por el Comité Ejecutivo Central del MOIR a doña Nelly de Trujillo y a los hijos de Fabio Trujillo Agudelo, el 9 de mayo de 1997)

Al conocer tan infausta noticia nos apresuramos a expresarles, en nombre de todo el MOIR, y en especial de nuestros compañeros ligados a las luchas por el bienestar de los cafeteros colombianos, el profundo dolor que sentimos por la desaparición de tan querido dirigente.

En los muchos años de trasegar en nuestra búsqueda de los caminos para construir una patria digna, independiente y próspera, muy pocas veces nos hemos encontrado con una persona que, como Fabio Trujillo Agudelo, hiciera suyas las causas de los demás con tanta abnegación y desinterés.

Para nosotros es una gran pérdida el no poder contar con el sabio consejo de Fabio, y para los cafeteros lograr reemplazarlo será una tarea tan difícil como la de superar las inmensas dificultades que los agobian.

El MOIR honra la memoria de tan entrañable amigo y colocará su ejemplo como el sendero que deben seguir todos los patriotas y hombres de trabajo de Colombia.

EN MEMORIA DE ARIEL POCATERRA

Francisco Valderrama

Después de las elecciones de 1972 llegamos a Córdoba de la mano del compañero Pedro Vallejo, campesino de Ciénaga de Oro. Allí iniciamos el trabajo de construir un nuevo regional para el MOIR, entonces en el proceso de extenderse nacionalmente, a través de la política de «pies descalzos», como acertadamente la bautizó el camarada Francisco Mosquera. Se trataba de abandonar por completo el medio en el cual nos habíamos criado y sumergirnos en uno nuevo cuyos hábitos, costumbres, cultura y formas de expresión teníamos que apropiarnos para echar raíces y construir partido.

Ariel Pocaterra fue uno de nuestros primeros militantes en ese mismo año. Había nacido y vivido en Punta de Yanes, corregimiento de Ciénaga de Oro, y puerto de comercio sobre la Ciénaga Grandede Lorica en el pasado, que para el año mencionado sólo vivía de la gloria de antaño para tratar de olvidar su miseria presente. Allí, en un rancho avejentado por los soles ardientes del valle sinuano, vivía Ariel como campesino pobre sin tierra, trabajando en cultivos de pancoger cuando las circunstancias lo permitían, endeudado como todos con la Caja Agraria y deseoso de luchar por la tierra.

En las primeras reuniones nos causó curiosidad su lenguaje casi incomprensible. Con el transcurrir de las discusiones y cursillos, pero sobre todo con su lectura trabajosa, silabeada casi, minuciosa y repetida hasta el cansancio de los editoriales de Tribuna Roja, empezó a manejar nuestro lenguaje, a hacerse entender de todos con claridad, defendiendo con valentía las ideas antiimperialistas y populares de su partido, el MOIR.

Veinticinco años después, el compañero Ariel seguía en su lucha, impulsando la unidad y organización de los campesinos de la Ciénaga Grande de Lorica, como directivo de la Organización Nacional de Campesinos y Productores Agropecuarios, con el fin de aprovechar para los desheredados esos inmensos baldíos. Estaba haciendo lo que más le gustaba: asesorar a los campesinos pobres en su lucha por conseguir tierra donde trabajar, o en sus problemas laborales.

Cuando las condiciones del país habían cambiado y los vientos favorables empezaban a soplar con fuerza a favor de las organizaciones democráticas y antiimperialistas; cuando el aporte de Ariel era sustancial para el avance del Partido, fuerzas oscuras se confabularon para asaltar su rancho de Punta de Yanes y asesinarlo de cuatro certeros balazos ese fatal 7 de junio, sábado, a las 9:30 de la noche.

La vida de Ariel fue un ejemplo de militancia revolucionaria, de tenacidad para superar las propias deficiencias, de valentía y orgullo para defender su Partido y servir a su pueblo. De él, así como de Raúl Ramírez, el otro militante del Regional de Córdoba asesinado hace poco más de diez años en Puerto López, municipio del Bagre, podemos decir aquello que todos aspiramos a que sea inscrito en nuestras tumbas: pensó, luchó y vivió como un comunista.

PRIVATIZAN PLAYAS EN LA HEROICA

Cartagena, con el cierre de plantas como Álcalis, Conastil, Indugraco y Polymer, acompañada de las privatizaciones de empresas estatales, padece una gravísima situación de desempleo que ronda el 20% de la población activa, agravada con la llegada de miles de desplazados por la crisis agraria y el clima de violencia que sufre Bolívar. La ciudad ha subastado el puerto y el aeropuerto, entregado al peor postor Termocartagena, regalado $300.000 millones que valen el acueducto y el alcantarillado a los consorcios recomendados por el Banco Mundial. Y ahora piensan privatizar las playas por concesión.

Este inadmisible despropósito desalojará de los puestos de trabajo a miles de nativos que se ganan el sustento familiar, ya sea vendiendo frutas, bronceadores, agua de coco u ofreciendo sillas y carpas.Para engañar incautos, las medidas las disfrazan con la «defensa del interés general», el «rescate del espacio público», el «control de la droga».

Los firmantes nos oponemos a la privatización de las playas para entregárselas a las cadenas hoteleras, impidiendo el descanso, la recreación y el goce de los cartageneros y el turismo. Nos oponemos a las restricciones a los trabajadores de la economía informal y a los despidos en los hoteles. Exigimos una política de Estado que proteja a los trabajadores jubilados, impulse el empleo productivo y garantice los derechos de los trabajadores colombianos. Exigimos que el turismo sea fuente de trabajo, ingreso y bienestar para los cartageneros.

Por la conquista de tales objetivos se realizó una marcha el 22 de mayo, en el Parque Flanagan.

Esta lucha es impulsada por: Utradebol, Unión de Trabajadores Democráticos de Bolívar, filial de CGTD; CUT, Central Unitaria de Trabajadores, seccional Bolívar; Fetrabol, Federación de Trabajadores de Bolívar, filial de CTC; Sinucom, Sindicatos de Unidad de Comerciante Minoristas; Asociación de Vendedores de Artículos Turísticos; Sindicato de Vendedores de Cartagena; Sindicatos de Vendedores de Gafas; Asociación de Carperos y Salvavidas; Asociación de Silleteros, y otras muchas organizaciones.

EL RETORNO DE HONG KONG A CHINA: DERROTA DEL COLONIALISMO

Edgar Piñeros

Con el regreso de Hong Kong a su patria se pone fin a más de 150 años de humillaciones y ocupación colonialista inglesa.

Gran Bretaña declaró la guerra a China en 1839 con la finalidad de implantar allí la venta de sus productos, incluido el opio. Con el pacto de Nanjing, de 1842, Hong Kong fue convertido en «posesión perpetua de Inglaterra», se impusieron contribuciones al pueblo chino y ventajas aduaneras a la metrópoli. Al año siguiente, el «pacto» estableció la extraterritorialidad de su gobierno en el puerto chino.

En 1857 China fue nuevamente constreñida a firmar los pactos de Tientsin, con los cuales Inglaterra, Rusia, Francia y Estados Unidos obtienen la apertura comercial de los puertos marítimos y ríos navegables. Las utilidades que le proporcionaban el té y las sedes, únicos productos del imperio oriental, sólo alcanzaban para pagar el opio que entonces monopolizaba Gran Bretaña y era introducido de contrabando. Hong Kong, además, fue centro del tráfico de culíes, la mano de obra barata que era llevada a trabajar a otros continentes. China era todavía un país gobernado por un déspota feudal y languidecía en medio del atraso.

Los levantamientos populares y el saqueo colonialista contribuyeron a la caída del régimen imperial. Engels escribió que «no pasarán muchos años hasta que presenciemos la agonía del imperio más viejo del mundo y el despuntar del día de una nueva era para toda Asia.»

A finales del siglo China era apetecida como objetivo de la burguesía mundial dentro de su plan para la repartición del mundo. Derrotado por Japón en 1895, el país sufre el asedio de Rusia, Alemania y Francia, que se disputan partes de su territorio, lo cual es aprovechado por los británicos para forzarla a suscribir el Tratado Especial de Extensión de Límites, en 1898. El instrumento le permite a Inglaterra tomar en «arriendo», por 99 años, un área de 1.055 kilómetros. De este modo, la Perla del Oriente fue convertida en paraíso de las trasnacionales que tenían allí mercado libre para explotar al trabajador y libertad absoluta para sus operaciones financieras.

Pero en Asia los movimientos de liberación nacional se levantan por oleadas. China luchó resueltamente por la liberación de su territorio, por lo cual la Corona inglesa tuvo que enfrentar numerosas rebeliones. Al triunfar la revolución popular en 1949, con el Partido Comunista Chino a la cabeza, «la nación, parada sobre sus propios pies», como lo dijera Mao, inicia una serie de negociaciones con el Reino Unido hasta obtener la Declaración Conjunta con Gran Bretaña, del 26 de octubre de 1984, en la cual China reafirma su voluntad de ejercer su soberanía desde el 1º. de julio de 1997, para «salvaguardar la unidad nacional y la integridad territorial».

El acuerdo preparó el regreso de la colonia a la soberanía china. Pudo más la decisión inquebrantable del pueblo chino, que acaba de dar una lección imperecedera a las naciones que sufren la opresión imperialista.