SE AGIGANTA EL PELIGRO DE INVASIÓN RUSA

Los últimos acontecimientos de la crisis de Polonia han vuelto a colocar sobre el tapete los peligros de una intervención militar soviética para impedir por la fuerza el resquebrajamiento del pacto de Varsovia. Entre los elementos nuevos que influyen en la actual situación sobresalen el fortalecimiento de las organizaciones de los obreros y los campesinos; el predominio, en el seno del gobierno del Partido Unificado Polaco (POUP), de aquellos dirigentes que se muestran favorables a hacer las concesiones y las reformas exigidas por las masas laboriosas, y el ultimátum enviado por Moscú a Varsovia advirtiendo enérgicamente contra cualquier “desviación” que erosione la hegemonía rusa sobre Polonia.
La afrentosa carta de Moscú.

La ininterrumpida cadena de huelgas y movimientos de protesta populares, que se iniciara en junio de 1980 y se conquistara importantes reivindicaciones para la clase obrera polaca, continuó durante todo el primer semestre de este año. En febrero cayó el tercer Primer Ministro en lo que va de la crisis y el cuarto, Jaruzelski, se vio obligado a pedir a “Solidaridad” una tregua de 90 días a modo de respiro para el gobierno, la cual fue aceptada por los líderes sindicales, este acuerdo estuvo a punto de romperse bruscamente, a mediados de marzo, a raíz de los actos de brutalidad policial contra varios activistas gremiales en la ciudad de Bydgoszcz. Los obreros respondieron de inmediato con una huelga de advertencia de cuatro horas, mientras delegados del régimen y de “Solidaridad” negociaban una salida al incidente. El 31 de marzo se llegó a un acuerdo por medio del cual la dirigencia obrera, encabezada por Lech Walesa, suspendió la orden de un paro nacional. Entre los afiliados al sindicato se produjeron enfrentamientos, puesto que muchos de ellos señalaron que Walesa había cedido ante simples promesas del gobierno de que investigaría los hechos de Bydgoszcz. Por esos días se acentuaron los rumores acerca de una posible invasión rusa a tiempo que tropas del Pacto de Varsovia realizaban sus maniobras regulares precisamente en suelo polonés.

Después de la prueba de fuego de marzo, en la que se evidenció un acercamiento entre los principales cabecillas del gobierno y del Partido y de “Solidaridad”, las autoridades principiaron a mostrar un tono abiertamente conciliador. A comienzos de abril se comprometieron a reconocer legalmente la organización campesina denominada “Solidaridad Rural” que agrupa unos 800.000 agricultores particulares. Ese mismo mes, Stanislaw Kania, dirigente máximo del POUP, afirmó que “tenemos la voluntad indeclinable de continuar el proceso de renovación social, desarrollar la democracia en el Partido y el Estado, reformar la economía nacional y la vida social”. Y refiriéndose al sindicato independiente indicó que se trataba de “una organización de trabajadores que comprenden a millones de personas de buena voluntad, en la cual participan muchos cientos de miles de miembros del Partido”. En efecto, cerca del 40% de los militantes del POUP está afiliado a “Solidaridad” y cumple con las tareas que ésta impulsa, lo cual dota a esta federación de un poderío excepcional e impele a la alta burocracia partidista a pensar más de dos veces sus determinaciones respecto al movimiento obrero.

Iniciado junio, el Primer Ministro Jaruzelski presentó al Parlamento un proyecto de ley laboral que garantiza el derecho de huelga de los trabajadores, con lo que se cumplía uno de los puntos principales de los acuerdos de Gdansk de agosto de 1980. Fue entonces cuando el Partido Comunista de la URSS escribió a su homólogo polonés una misiva, firmada por Leonid Brezhnev, que contenía un verdadero ultimátum. La carta reprende a Kania y Jaruzelski por no tomar “medidas prácticas” para combatir “la creciente amenaza contrarrevolucionaria”. El documento los socialimperialistas dice que el “serio peligro” que se cierne sobre Polonia “constituye una amenaza a la existencia misma de un Estado polaco independiente”. Más adelante se lee: “desde los primeros días de la crisis, juzgamos importante que el Partido resistiera en forma decisiva los intentos de los enemigos del socialismo de sacar ventaja de las dificultades. Sin embargo, esto no se ha hecho. Las constantes concesiones a las fuerzas antisocialistas y sus exigencias han llevado a la retirada del Partido ante la presión de la contrarrevolución doméstica”. Y culmina diciendo que “estamos preocupados por el hecho de que la ofensiva de las fuerzas enemigas en Polonia amenaza los intereses de toda nuestra comunidad y la seguridad de sus fronteras …” Tan grosera intromisión en la vida de la nación polaca despertó una ola de repudio entre vastos sectores populares, que vieron en esta carta la referencia más clara a una invasión soviética. Asimismo, se puso de manifiesto la hipocresía de los mandamases del Kremlin, quienes por boca de Brezhnev afirmaron en noviembre de 1968, con motivo del V Congreso del Partido Obrero Unificado Polaco: “Los Estados socialistas son partidarios de que se observe estrictamente la soberanía de todos los países. Nos pronunciamos resueltamente contra la injerencia en los asuntos internos de cualquier Estado, contra la violación de su soberanía”.

Continúa la bancarrota
La polonés y su lacayismo con la URSS se han evidenciado particularmente en la quiebra económica que sufre el país hace ya más de cinco años. Desde cuando los revisionistas instauraron su hegemonía en Rusia, las relaciones entre ésta y la mayoría de los países de Europa Oriental comenzaron a parecerse cada vez más a los lazos existentes entre una potencia imperialista y sus neocolonias. Con los argumentos de la “división internacional del trabajo socialista” y la “integración económica”, los nuevos zares sujetaron las economías de varias naciones del Este europeo, entre ellas la de Polonia, a los planes de desarrollo soviético y a las necesidades de Moscú. EL CAME (Consejo de Ayuda Mutua Económica), manejado por los rusos, se puso al servicio de esta política. Lo que prima en el esquema no son lo requerimientos propios de cada economía nacional, sino los de la Unión Soviética, impidiéndose así el curso ascendente, autónomo y armónico de la producción en cada país. Uno de los resultados ha sido, como en el caso polaco, el descuido o el abandono oficial de importantes sectores que por una u otra razón no interesan a la URSS. Ello ha generado la escasez de numerosos artículos de consumo de origen agropecuario e industrial como carne, mantequilla, leche, repuestos, etc.

Con el fin de aliviar un poco la crisis, el gobierno polonés ha recurrido al crédito externo. En la actualidad, la deuda de Polonia con el exterior sobrepasa los 27 mil millones de dólares y este año deberá pagar 4 mil millones en servicio de la misma. Debido a la falta crónica de divisas que padece Rusia, Varsovia obtiene la mayor parte de los préstamos de bancos de Occidente, en especial de Alemania Federal, Inglaterra, Francia y Estados Unidos.

Al clausurarse el congreso del Partido, el Primer Ministro Jaruzelski indicó que este año la deuda externa de su país aumentará en cerca de 3.000 millones de dólares, como resultado de la importación de alimentos y materias primas. Asimismo, advirtió que el ingreso nacional decrecerá en un 15%, aproximadamente.

El sombrío panorama de la economía polonesa tiende a empeorar aún más, sobre todo si se tiene en cuenta que el gobierno se halla comprometido a cumplir con una serie de promesas hechas a “Solidaridad”, para lo cual deberá contar con ingentes sumas de dinero. Si la crisis se profundiza, habrá una mayor indisciplina social y un mayor peligro de una intervención militar soviética.

La aguda escasez de artículos de consumo básico, los aumentos de los precios y la negativa del gobierno a elevar los salarios han creado, desde la última semana de julio, una situación extremadamente tensa. A lo anterior se agrega un fuerte racionamiento en los suministros de carne. En numerosas ciudades las masas se tomaron las calles para protestar contra este estado de cosas, a tiempo que “Solidaridad” organizaba paros parciales y movilizaciones a nivel nacional.

EN LA COSTA ATLÁNTICA: LA NEGRA HISTORIA DEL TABACO NEGRO

Para los cosecheros del tabaco de la Costa Atlántica parece que el tiempo no hubiera transcurrido. Allí este producto aún se rige por métodos de cultivo y formas de elaboración y de comercio propios del pasado. Sembrar la hoja no ha dejado de ser un riesgo funesto. Sin tierra, sometidas a las vetustas relaciones de aparcería y a los “adelantos”, sistema de pago establecido desde 1856, diez mil familias de campesinos pobres están condenadas a trabajar como siervos y comprometidas de antemano a entregar la cosecha por los exiguos precios que fijan unilateralmente las firmas exportadoras.

Hace poco más de un siglo, el tabaco figuraba entre los principales productos de exportación del país, al lado de la quina, el oro y los sobreros. Hoy es apenas un renglón en las exportaciones menores. En los departamentos de Bolívar, Magdalena y Sucre se cultivan anualmente diez mil hectáreas, con una producción de 15 mil toneladas, de las cuales el 97 por ciento se destina a los mercados internacionales. Las compañías que lo alistan y comercian ocupan cinco mil obreros. Estos asalariados laboran a destajo cerca de seis meses al año. Su remuneración es irrisoria y de ella tienen que sobrevivir largas temporadas sin empleo. Mientras tanto, las empresas no han cesado de obtener en los últimos años pingües ganancias. En el solo periodo de 1980 a 1981, vendieron en el exterior el kilo de tabaco aproximadamente a 106 pesos, cuando a los campesinos se lo compraron a un promedio de 25 pesos.

Tamaño despojo se refleja en la miseria de los pueblos de la zona tabacalera. El Carmen y Ovejas, el primero municipio de Bolívar y el segundo de Sucre, son poblaciones que reviven apenas durante el lapso de la cosecha. En menor medida, el fenómeno se palpa en los municipios cercanos de San Jacinto, Plato, Zambrano, San Juan, San Pablo y Palmitos. Inmediatamente finaliza el proceso de 7 meses de recolectar, secar, alisar, clasificar y empacar, viene la desocupación forzosa; la mitad de los almacenes cierra sus puertas, crece la lista de los alimentos fiados en las tiendas y los hombres viajan a buscar el jornal en otras regiones, incluso Venezuela. Los empresarios humillan a las mujeres que les piden anticipos y las que los reciben se ven obligadas a compromete su trabajo futuro por recortados estipendios. No hace mucho, en Ovejas y en El Carmen de Bolívar era frecuente que los patronos, luego de prestar a las obreras dos o tres mil pesos propusieron desvergonzadamente “¡con tu hija me los pagarás!”.

“El Carmen de Bolívar, productora de dólares”, dice una valla a la entrada del más antiguo centro tabacalero de la Costa, un viejo pueblo de calles polvorientas y desiguales que carece de servicios durante la mayor parte del año. En el verano se llega a pagar hasta 60 pesos por un tarro de agua maloliente. Las madres bendicen al cielo cuando sus hijos llegan a los cinco años sin haber perecido por las infecciones y las enfermedades gastrointestinales. Ciertamente lo único que ha acopiado El Carmen de Bolívar, después de ciento treinta y cinco años de cultivar tabaco, ha sido la pobreza con todas sus trágicas secuelas.

La accidentada trayectoria de la solanácea
El tabaco fue un arbusto desconocido para el Viejo Mundo hasta el descubrimiento de América. Originario de las Antillas, las comunidades indígenas precolombinas lo aprovechaban con fines medicinales. Además practicaron la costumbre de mascar y fumar sus hojas o de aspirar el polvo que de ellas extraían.

Se relata que en 1518 el misionero español fray Romano Pane remitió a Carlos V semillas de la planta, que el emperador mandó a sembrar. Desde entonces se cuenta la introducción de la solanácea a Europa. Al navegante, político y poeta inglés Sir Walter Releigh, colonizador de la Guyana y fundador de la colonia de Virginia en territorio norteamericano, cúpole la distinción de impulsar la costumbre de fumar en Inglaterra. Aunque la manía de inhalar humo se conocía en la milenaria China, mediante la utilización del cáñamo especialmente preparado en preciosos recipientes, le correspondió al tabaco allanar el camino para que aquel hábito se impusiera en los continentes. Las terribles condenas que pesaron sobre los primeros adictos – en Rusia se les castigaba con la amputación de la nariz- no lograron impedir su propagación. La República Popular China, Estados Unidos, India, Brasil, la Unión Soviética, Turquía, Japón y Bulgaria, son hoy, en este orden, los mayores productores de la planta. Colombia ocupó en 1979 el puesto 17 entre los países cosechadores, con un total de 63.000 toneladas.

Siete gigantescas compañías monopolizan en la actualidad el mercado de los cigarros y los cigarrillos en el orbe. Se trata de la British American Tobacco, la Imperial, Tobacco Company, la Philip Morris (fabricante de Marlboro), la R.J. Reynolds, la Gulf and Western, el Grupo Rembrandt Rothmans y la American Brands. Estos pulpos, que surgieron a finales del siglo pasado, controlan aproximadamente nueve décimas partes de todo el tabaco elaborado en Occidente.

Durante la Colonia, en la medida en que el negocio se iba consolidando, la Corona Española estableció controles al cultivo y al comercio de la hoja en la Nueva Granada. La explotación del entonces llamado “tabaco de humo” había llevado cierta prosperidad a las provincias de Socorro, Vélez, Cauca, Antioquia y Mompox, y a las regiones de Ocaña, Honda y Ambalema. Mientras tanto, España estaba acosada por sus cuantiosas deudas externas y cercada militar y económicamente por Inglaterra y Francia. En esta situación la metrópoli aumentó la expoliación de sus posesiones de ultramar. A mediados del siglo XVIII, Carlos III implantó los denominados estancos. El aplicado al tabaco fue a lo largo y ancho del imperio hispano, uno de los que mayores ingresos le reportó a la Real Hacienda.

A causa de las inicuas cortapisas que obstruían el desarrollo, los cultivadores y comerciantes se levantaron en numerosas ocasiones contra las autoridades españolas. En el movimiento comunero de 1781, los tabacaleros, al lado de las resueltas huestes de Galán, ocuparon un puesto digno de mención. Casi cien años después, a mediados del siglo XIX, el tabaco sería de nuevo un decisivo factor en la vida de la naciente República.

Desde 1854 y hasta 1874 figuró a la cabeza de los principales productos de exportación y que más divisas le generaban a Colombia. Ambalema y Honda, en las llanuras del Tolima, constituían cabeceras de importantes plantaciones. Los aletargados pueblos nacidos durante la Conquista reverdecieron con la prosperidad traída por el comercio del tabaco. La navegación por el río Magdalena se modernizó con la introducción de poderosos vapores y el país comenzó a romper el enclaustramiento y a ponerse en contacto con determinados inventos venidos de Norteamérica y Europa. A estos adelantos contribuyó en no poca medida la abolición del monopolio del tabaco, conseguida bajo la administración de José Hilario López, en 1850, luego de ser derrotadas las fuerzas retardatarias que se beneficiaban de aquel privilegio. Otra consecuencia del apogeo de la explotación de la hoja fue la aparición de algunos núcleos precursores del proletariado colombiano. En Ambalema, por ejemplo, se instalaron las llamadas “casas de aliños”, con concentraciones de hasta 500 trabajadores, donde se manufacturaban los cigarros.

El tabaco colombiano llegó a cotizarse exitosamente en la bolsa de Londres. Pero la competencia de calidades mejoradas y las trabas aduaneras de algunos países europeos, los altos gravámenes internos y la insuficiencia de los mercados domésticos hicieron que el efímero auge en la explotación de la planta llegara a su fin. Desde entonces pasó a ser un renglón secundario.

Todavía bajo la noche feudal
A comienzos de este siglo en Colombia se inició la industrialización del tabaco; sin embargo, su cultivo continúa entrabado por los mismos métodos primitivos que se empleaban en la Colonia. En pequeños fundos, por lo general menores de 2 hectáreas, los tabacaleros laboraban infatigable y desesperanzadamente. “La vida del cosechero, tanto antes como ahora ha sido angustiosa. Las ganancias son para el terrateniente, el intermediario y los explotadores”, dice un anciano que se dedicó siempre a estos menesteres. Con la rabia y la amargura asomadas en su rostro curtido, explica, mientras señala la inmensa llanura tapizada de pastos: “Nuestra suerte es injusta y cruel. Somos miles de campesinos errantes que hemos trabajado estas regiones. Con nuestras manos derribamos la selva y domesticamos las sabanas; y luego los terratenientes nos arrebataron las tierras. Desde entonces hemos estado sometidos a sus infamias”.

En efecto, solamente una contada minoría es dueña de sus parcelas. Las estadísticas oficiales registran como propietarios a los usuarios de las empresas comunitarias, en las que realmente el derecho de propiedad les ha sido burlado por el Estado. El resto de los labriegos, miles de familias, vaga errante, cual primitivas tribus nómadas. Terminadas las faenas, desbaratan sus caneyes que son unos grandes bohíos rectangulares, sin paredes y con techos de palma amarga que llegan hasta el suelo, en los cuales secan las hojas y en donde reservan un pequeño rincón para dormir. Luego, con sus escasas pertenencias a cuestas, emprenden una incierta marcha a pie, en búsqueda de un nuevo terruño para arrendar.

A través del supérstite sistema de aparcería, los latifundistas les entregan a los campesinos, pequeñas extensiones denominadas “cuarterones”, con la contraprestación de que una vez cumplido el ciclo productivo del tabaco, las devuelvan cubierta de pastos, para sus vacadas. Sin recursos monetarios suficientes, ni maquinaria, los siervos tienen que doblar su espinazo de sol a sol, acompañados por sus mujeres y sus pequeños, para cancelar con esta prestación personal la obligación contraída de extender los potreros de los déspotas del campo.

Otros, los arrendatarios, pagan altas sumas por el terraje. En época de elecciones los gamonales exigen hasta 30 cédulas a cambio de ceder una hectárea. Estas ataduras han provocado en el pasado enconadas luchas. Entre las más recientes sobresalen las libradas, por los aparceros de Sucre, quienes entre 1970 y 1973 efectuaron más de 300 invasiones. En 1972, en El Carmen de Bolívar, los arrendatarios, que generación tras generación habían trabajado medio siglo para los terratenientes de las haciendas “La Soledad” y “buenos Aires”, protagonizaron una batalla tenaz por conquistar la tierra, en la que varios de los cultivadores fueron vilmente asesinados.

Como respuesta del gobierno, miles de trabajadores fueron apeñuscados en empresas comunitarias, después de que el Incora les comprara a los latifundistas los peores suelos por mucho más de lo que en realidad valían. Para principios de la década del 70, en los departamentos de Bolívar, Córdoba y Sucre se concentraba el 50 por ciento de aquellos proyectos de la demagógica reforma agraria del régimen oligárquico. Hoy, la inmensa mayoría de tales concentraciones agrícolas, en muchas de las cuales se cultiva el tabaco, está en la ruina. En la finca “La Esperanza”, del Carmen de Bolívar, por ejemplo, donde se asentaron quince empresas comunitarias, solo una logra aún subsistir con muchas dificultades, 4 desaparecieron por quiebra y en los 10 restantes el Incora hace esfuerzos desesperados por reagruparlas y mantenerlas. Acorralados por la bancarrota y por los cobros apremiantes, centenares de labriegos han tomado conciencia del engaño oficial y les han dado la espalda.

La penosa existencia de los cosecheros
Desde los primeros días de febrero, los hombres más fuertes pican y preparan los terrenos. En abril se disponen los semilleros. Los menores se encargan de regar los esquejes y de mantener húmedos los surcos. Tienen que traer el agua desde lejanos jagüeyes, apoyando sobre sus hombros los balancines con las vasijas. En mayo y en junio toda la familia, más los jornaleros contratados, se dedican a la siembra, que realizan a mano. También a mano irrigan y recogen la hoja.

Esta última faena se completa de agosto a diciembre y hállase a cargo de los hombres. Las mujeres y los niños son los responsables de clasificar las hojas según su calidad y de ensartarlas en cabuyas, que luego los mayores guindan en hileras bajo el techo del caney. Con el objeto de acelerar el secado los campesinos prenden hogueras; grandes y pequeños se turnan día y noche para alimentar y vigilar el fuego. Concluida la operación, la familia arma los mazos, los empaca por bultos y los entrega finalmente a los corredores o intermediarios de las exportadoras. Por todas estas meticulosas tareas, el tabaco ha sido considerado un quehacer artesanal, “en el cual prácticamente hay que fabricar hoja por hoja”.

Según cifras del Ministerio de Agricultura, en 1978 el tabaco negro es el cultivo que ocupa el mayor número de jornales por hectárea. Mientras al café se le calculan 124, a los frutales 150, a la caña panelera 120, a la yuca 100, a la papa 110, al algodón 60, aquel requiere 300 jornales anuales.

A pesar de lo duro, lo prolongado y absorbente de su trabajo, los ingresos que obtienen los campesinos pobres apenas les alcanzan para sobrevivir con una ración diaria de arroz, ñame y yuca. Los vegueros, sin un céntimo de ahorro, siempre negados de crédito, se hallan inexorablemente en las garras de los corredores mencionados, a través de los cuales los empresarios les adelantan víveres, ropas y diversos utensilios, y los comprometen a entregar la cosecha a precios bajos fijados arbitrariamente. Los compradores califican a su antojo la hoja y adulteran las romanas en que pesan los bultos de mazos. A los agricultores se les recibe la mayoría de su tabaco como si fuera “jamiche”, que es de tercera calidad, y en mínimas proporciones como “capote”, que es el de segunda, o “capa”, que es el de primera. Además, los precios difícilmente se incrementan y, en algunos años, por el contrario, se han reducido. Mientras en 1972 las cotizaciones de la primera, segunda y tercera categoría fueron respectivamente de 18, 15 y 12 pesos por kilo, cinco años más tarde los pagos para esas mismas clasificaciones bajaron a 16, 13 y 10 pesos. En 1980, la “capa” se canceló a 35 pesos, el “capote” a 25 y el “jamiche” a 16, y para 1981 los sembradores no obtendrán aumentos sustanciales.

Es tal la bancarrota, que el ICA, en una evaluación hecha en las sabanas de Sucre, calculó que los tabacaleros habían perdido 920 pesos por hectárea sembrada en 1977. Merced a los procedimientos anacrónicos y al empleo de la fuerza de trabajo no remunerada de sus mujeres y de sus hijos, los cosecheros apegados a la costumbre y sin otra alternativa, aún se aventuran en la siembra del tabaco.

La política tradicional del gobierno para esta labranza ha sido la de no otorgar crédito a sus cultivadores. En la Costa, en 1976, a tiempo que las exportadoras repartieron 45 millones de pesos en anticipos, la Caja Agraria apenas suministró 3 millones en préstamos a los campesinos.

Vale la pena recordar que en 1973, en Sucre, como respuesta a la fuerte presión de los aparceros sobre los latifundistas y al grave problema del desempleo, el Incora diseñó un plan de emergencia que contemplaba amplios créditos. Se presentó entonces una superproducción y los exportadores, amos absolutos del mercado, aprovecharon el momento para disminuir drásticamente los precios. Hubo ocasiones en que beneficiándose de la bonanza, pagaban a peso el kilo de tabaco. De vereda en vereda, cultivadores iracundos fueron aunando su inconformidad. En El Carmen de Bolívar, en Ovejas, en Palmitos, se protagonizaron combativas manifestaciones en las que, por indignación contra el gobierno, los campesinos quemaron arrumes de pacas de tabaco.

Sacando lecciones de estas amargas experiencias, los tabacaleros costeños empiezan a enrumbarse por nuevos caminos. Ahora se organizan en ligas campesinas, cuya orientación y manejo están bajo su control, sin ninguna injerencia del Incora ni del gobierno. Además incitan a la lucha por la tierra y proyectan diversificar su producción buscando sacudirse el yugo centenario.

Las contiendas de los proletarios
El 80 por ciento de los cinco mil obreros que alisan la hoja en las factorías esparcidas a lo largo de la zona tabacalera costeña, son mujeres, algunas menores de edad. Ellas laboran al lado de los hombres, enclaustradas en inhóspitos galpones inundados por el acre olor de la nicotina que impregna el ambiente. Son frecuentes las náuseas y la neumoconiosis, conocida en la región como “tabacosis”, afección crónica causada por la adherencia en el aparato respiratorio del polvillo que desprende la hoja.

Quien lo contrae queda por lo general expuesto a otras enfermedades del pulmón. Los patronos se han negado a atender los reclamos de los trabajadores para que en los depósitos se instalen adecuados sistemas de ventilación.

Después de superar numerosos inconvenientes, los asalariados consiguieron crear, en 1972, el Sindicato de Trabajadores de Empresa de la Industria del Tabaco de la Costa Atlántica. Diez años atrás, los obreros habían realizado un paro por mejores salarios.

En 1973, la naciente organización obtuvo una resonante victoria tras nueve días de huelga, en la que contó con el apoyo de los cosechadores del tabaco. Los vegueros caminaban desde sus parcelas hasta las carpas de los huelguistas para llevarles provisiones y darles su aliento. Los combatientes alcanzaron a imponer 42 de los 50 puntos exigidos.

En 1975, los explotadores se negaron a negociar el pliego pretextando que se encontraban al borde de la quiebra. Desconocieron el sindicato y coaccionaron a los afiliados a firmar pactos colectivos, dentro de una maquiavélica maniobra para dividirlos. Cuando los explotados, en legítima defensa, declararon el cese, la entonces Ministra del Trabajo, María Helena de Crovo, ilegalizó el movimiento y suspendió la personaría jurídica de la agrupación sindical.

Los capitalistas recurrieron a distribuir en patios, garajes y otros locales los oficios que antes se efectuaban en loa galpones, con el objeto de subcontratar grupos de alisadores de no más de 20 personas, a los que pagan menos y les niegan cualquier tipo de prestación. Pero los pulpos exportadores ‘Espinosa Hermanos’, ‘Tabacos Bolívar’, ‘Tabarama’ y ‘Tabacos Caribe’, con fuertes inversiones de capital holandés y norteamericano, Tabacalera El Carmen y Tabacos E. Pérez V, supieron del tesón y la entereza de la masa proletaria, y del odio que ha acumulado durante años de vejación y expoliación.

Marchando al lado de los diez mil cultivadores del tabaco de la Costa, los cinco mil proletarios que manipulan la hoja esperan sobreponerse algún día a la miseria. Como lo dijera el Comité Municipal del Frente por la Unidad del Pueblo, FUP, de El Carmen de Bolívar, “un buen día de éstos los cosecheros y los jornaleros abrirán de par en par las compuertas que represan su cólera y se lanzarán por campos y ciudades a saldar cuentas con sus explotadores y verdugos”.

REPORTAJE SOBRE LA HISTORIA COMUNERA

La siguiente es la primera parte de una entrevista con el compañero Gustavo Quesada, historiador y dirigente del MOIR, quien ha estado estrechamente vinculado a las tareas conmemorativas del bicentenario de la Revolución Comunera. En el próximo periódico publicaremos la segunda parte de este reportaje.

¿Cuáles fueron las causas del movimiento de los Comuneros?
La causa más general la encontramos en la contradicción entre la masa de campesinos, artesanos y comerciantes, surgidos en el Virreinato primordialmente a lo largo del siglo XVIII, por una parte, y los amos de la sociedad colonial feudal y esclavista, por la otra. El primer sector, representante de los más avanzado de las fuerzas productivas en el Nuevo Reino, tenía su más acabada expresión en el norte de la provincia de Tunja, hoy Santander, donde proliferaron las pequeñas y medianas estancias dedicadas al cultivo del tabaco, la caña, el algodón, el cacao y el banano. Los artesanos, que procesaban el algodón, el fique y la lana, y los comerciantes que distribuían los productos agrícolas y manufacturados se asentaron en los embrionarios centros urbanos. En los valles del Magdalena y el Cauca, estimulados por el fácil transporte fluvial; en el piedemonte de los Llanos Orientales y en las fronteras con la Capitanía General de Venezuela se repetían, aunque en menor escala, condiciones semejantes. Simultáneamente se presentaban otros fenómenos.

Las tribus indígenas se descomponían aceleradamente rompiendo las “reducciones” establecidas por España; el contrabando acicateaba el desarrollo de la producción y el comercio, y los mercaderes, en contacto con los contrabandistas ingleses, iban adquiriendo noción de los cambios que sacudían al orbe entero.

Era inevitable el choque. La nueva sociedad en gestación exigía liquidar la economía natural, mediante la abolición de los resguardos, de los impedimentos a las actividades comerciales y de los múltiples tributos eclesiásticos y civiles.

El mundo era escenario del combate a muerte entre el capitalismo ascendente, cuyo campeón era Inglaterra, y el feudalismo en declive, cuyo bastión era España. En esta lid, que caracteriza la época y que sirve de marco a la insurrección comunera, estaban a la orden del día, la supresión del viejo sistema colonial, el entierro del feudalismo y el triunfo de la revolución democrático – burguesa.

En junio de 1979 España le declara la guerra a Inglaterra. La poderosa armada inglesa se adueña del Caribe y amenaza los puertos españoles. ¿Cómo hacerle frente si las cajas reales están vacías? Los regentes visitadores saben la respuesta: monopolio estatal del tabaco y del aguardiente y aumento de sus precios; cobro de la alcabala para distinta clase de artículos; impuestos de pulperías, únicas autorizadas para el comercio al detal; restablecimiento del gravamen para la Armada de Barlovento; recaudación del Gracioso donativo, etc. Los guardas de la renta acechan por los caminos, husmean en los fundos campesinos, decomisan tabaco, queman cosechas, encarcelan, torturan, azotan.

El encadenamiento de los sucesos internacionales con los locales crea las condiciones necesarias para el estallido de la insurrección. A la contradicción entre la economía mercantil y el régimen colonial y feudal se agregan la reforma tributaria borbónica y calamidades naturales que hicieron aún más agobiante la situación del pueblo.

La guerra da el toque a rebato. El ambiente, caldeado por las disposiciones de Gutiérrez de Piñeres, hierve con los rumores del alzamiento de Túpac-Amaru en el virreinato del Perú, que llegan al Socorro por miles de conductos secretos. El virrey Flores, con los pocos soldados del Reino, se encuentra en Cartagena preparando la defensa del puerto contra un posible ataque inglés. El 22 de octubre de 1780 se amotinan los de Simacota, el 29 del mismo mes los de Mogotes. El 18 de diciembre los de Charalá. Ni un alabardero del Rey se hace presente. Y el 16 de marzo de 1781, cuando los habitantes del Socorro rabian a más no poder por el bando sobre los nuevos impuestos, el motín se desata también en la Plazuela de Chiquinquirá. Los aldeanos del oriente salen del anonimato y entran con todos los honores en las páginas de la historia.

¿Qué clases sociales tomaron parte en la insurrección?
La fuerza fundamental y la vanguardia son los productores y comerciantes de la hoy llamada provincia comunera. Ellos son quienes protagonizan los primeros incidentes y quienes conmueven el Reino. Galán era un campesino cultivador de tabaco de Charalá. Alcantuz, un talabartero radicado en Simacota. Isidro Molina, cosechero de tabaco. Roque Cristancho, los hermanos Ardila, Miguel de Uribe, José Delgadillo y el mismo Juan Francisco Berbeo eran comerciantes adinerados del Socorro, los dueños de las mejores tiendas, los únicos que se codeaban con las autoridades de la Villa y de Santafé. A algunos de estos, como Berbeo, sus negocios los obligaban a viajar hasta Curazao. Ellos son quienes preparan los motines del 16 de marzo y quienes figuran a la cabeza del movimiento hasta la capitulación. Y era lógico que así fuese. Las exacciones y la política retardataria española recaían principalmente sobre quienes labraban la tierra y atendían las artes y el comercio. Alcabalas, diezmos, peajes, pontazgos y estancos los esquilmaban a diario. Para mejor apreciar la importancia de este sector social y de la provincia comunera durante la colonia, y por ende, en la insurrección, señalemos que la Villa del Socorro constituía la mayor fuente de diezmos eclesiásticos de la Nueva Granada. Recaudaba 39.993 pesos, mientras Tunja apenas 25.360 y Santafé 10.692, los ingresos de su cura párroco superaban a los del obispo de Santa Marta. Los días de mercado configuraban verdaderas ferias que reunían a campesinos y comerciantes de todas las aldeas y comarcas circunvecinas.

A finales del siglo XVIII, ante la expoliación colonial y el “despotismo ilustrado”, comienza a despuntar el sentimiento nacional, al cual no serán ajenos ni siquiera los representantes de la gran propiedad inmobiliaria. Terratenientes como el Marqués de San Jorge, Jorge Tadeo Lozano, Javier Mendoza y los Jaramillo, de Antioquia, alentaron el alzamiento. Funcionarios como Manuel García Olano, administrador del correo de Santafé, y Fernando de Vergara, miembro de la Real Audiencia, hacían de informadores de los comuneros.

Clérigos como Francisco de Vargas, de la parroquia del Socorro, y Efray Ciriaco de Archila, lego del convento de Santo Domingo y vate de la revolución, conspiran permanentemente. La mayoría de los cabildos del Nuevo Reino ratifica los nombramientos de los capitanes del Común y se pliega a los comuneros.

A diferencia de la rebelión de Túpac-Amaru, en la cual los indígenas fueron cabeza y base del movimiento, en la del Común éstos jugaron un papel secundario, aunque se incorporaron activamente a la lucha. Cuando, en mayo de 1781, los insurrectos nombran a Ambrosio Pisco Señor de Chía y Príncipe de Bogotá, no realizan un acto simbólico para ganar la adhesión de la indiada, ni una treta para comprometer al pacífico comerciante de Güepsa. Se trataba de conseguir la abolición del tributo de indios, la entrega de los resguardos en propiedad a sus legítimos dueños y la devolución a los naturales de las minas de sal de Zipaquirá, Tausa y Nemocón.

Los negros también se sumaron a la revuelta. Cuando José Antonio Galán llega a la hacienda “La Niña” y a la mina de “Malpaso”, el 18 de junio y libera a los esclavos, la noticia se esparce a los cuatro vientos. Los trabajadores forzados de la hacienda Villavieja azotan a sus amos; el esclavo Vicente de La Cruz encabeza el común en Tumaco, y el mulato Pelayo Lora organiza la sublevación en Santa Fe de Antioquia.

Cada clase, cada sector social participó de la revuelta motivado por sus propias reivindicaciones que, en conjunto, configuran elementos esenciales de la veja revolución democrática en Colombia. Faltó quien las clarificara, a la luz del pensamiento revolucionario de la época, y quien condujera las masas a la victoria.

¿Cómo se desarrollaron los acontecimientos?
El 16 de marzo en las horas de la mañana se inician los motines en el Socorro. Era viernes y día de mercado. A primera hora los guardias de la renta le decomisan a una mujer del pueblo, Manuela Beltrán, campesina entrada en años, un ovillo de hilo y un manojo de algodón, acusándola de no haber pagado la alcabala. Cuando la discusión genera el tumulto, por una esquina de la plaza aparece José Delgadillo tocando tambor, seguido por los hermanos Ardila, roque Cristancho y Miguel de Uribe, conocidos en el lugar como los “Magnates de la plazuela”. Se forma un desfile que, a los gritos de “Viva nuestro rey de España, pero no admitimos el impuesto de Barlovento”, desembocó frente a la casa del alcalde ordinario de la villa, don José Ignacio de Angulo y Olarte, quien era a su vez recaudador del impuesto de Armada de Barlovento.

Desde el balcón y acompañado por don Salvador Plata, el funcionario pide cumplimiento de las órdenes del rey y promete interceder ante el regente para lograr la rebaja de algunos tributos. La multitud se enardece, y Manuela Beltrán despedaza el edicto fijado el día anterior. ¡Muera el Regente!, ¡muera el Fiscal Moreno!, corean las gentes. La casa del alcalde es apedreada, y el motín se prolonga por el resto del día.

El incendio se extiende por las villas y aldeas aledañas al Socorro. El 17 hay disturbios en Simacota que sólo se aplacan en la tarde cuando los guardas disparan sobre los sublevados. El 24 de marzo las mujeres de los cosecheros de tabaco se toman el cabildo de San Gil, donde hacen una parodia de sesión del órgano administrativo y acusan a los varones de cobardes. Luego asaltan el estanco, riegan el aguardiente y queman el tabaco, conducta que se repetirá en todas las asonadas. El 25, mujeres de Pinchote hacen lo propio. El 30, en Socorro, una manifestación de más de cuatro mil personas ocupa la plaza, encabezadas por un mulato que lleva un manojo de tabaco en llamas como símbolo del alzamiento. Este segundo motín del Socorro tiene mayores dimensiones e implicaciones que el anterior.

El 31 se suceden nuevos desórdenes en Simacota. El 1 de abril en Confines, Barichara, Valle de San José y Chima. El 2 en Oiba y San José de La Robada (hoy Galán). El 3 repite Simacota, el 8 irrumpe Guadalupe, el 10 Charalá y el 16 Santa Ana. En esos días llegaron a Socorro los versos conocidos como la “cédula del pueblo”, elaborados por Fray Ciriaco de Archila y en los que por primera vez se habla de independencia. Reproducidos en centenares de copias, se convirtieron en una especie ce programa comunero. El nombramiento de capitanes recae sobre quienes han venido instigando el movimiento y que a su vez son los personajes más notables de la localidad: Juan Francisco Berbeo, Salvador Plata, Antonio Monsalve y Diego de Ardila. Los aldeanos se arman con estacas, lanzas, dagas, chuzos y uno que otro arcabuz. El común del Socorro es transformado en pleno consejo de guerra, y a Juan Francisco Berbeo se le designa comandante general y se le otorga el título de generalísimo. El 8 de mayo los comuneros, bajo la dirección de Ignacio Calviño, se toman el Puente Real de Vélez. Los soldados del rey rinden las armas amedrentados por la ira popular. La marcha hacia la capital del virreinato había comenzado. El actual departamento de Boyacá entra a la revuelta. Tunja elige como sus capitanes a la flor y nata de la nobleza lugareña: don Juan Agustín Niño Maldonado, don Francisco José de Vargas y León, don José del Castillo y Santamaría. El cabildo también nombra a sus propios voceros: don Fernando de Pavón y Gallo, don Augusto de Medina, don Juan Bautista de Vargas, don Salvador Rodríguez del Lago. Unos y otros serán personajes de ingrata recordación para el Común. José Antonio Galán quien aparece en el Puente Real, como cabo de la tropa comunera, es nombrado Capitán Volante y de allí pasa hacia Nemocon, cruzando Chiquinquirá, Ubaté, Sutatausa, Tausa. Durante este recorrido subleva a los indígenas e instaura el poder del Común.

Antes de huir a Honda, Gutiérrez de Piñeres, deposita la autoridad en la junta del Real Acuerdo y nombra una comisión integrada por el arzobispo Caballero y Góngora, el odioso Joaquín Vasco y Vargas y el alcalde ordinario de Santafé, Eustaquio Galvis, para que salga el encuentro de los alzados. La comisión arriba a Zipaquirá el 1 de mayo.

A partir del 23 aparecen las avanzadillas de los comuneros en Nemocón y el grueso de la marcha, de 20.000 hombres, el 25. Las negociaciones se inician el 27 de mayo y se prolongan hasta el 7 de junio. En esta fecha, el Real Acuerdo de Justicia ordena que se acepten en su totalidad las peticiones de los comuneros redactadas por Berbeo y los capitanes de Tunja, Joaquín del Castillo, Agustín Justo de Medina, Juan Bautista de Vargas, Salvador Rodríguez del Lago; sobre los evangelios se oficia un Te Deum. Berbeo desmoviliza las tropas y se dirigen a Santafé con el arzobispo Caballero y Góngora, a reclamar el cargo de corregidor y Justicia Mayor de las villas del Socorro de San Gil. El alcalde Eustaquio Galavis había dejado en la escribanía de Zipaquirá una protesta secreta en la que lo pactado era dado por falso, “como que lo ejecutará precisado por la fuerza”. Lo mismo hizo la Junta Suprema del Real Acuerdo de Justicia, reunida de urgencia el 7 de junio para aprobar las capitulaciones. En acta separada y secreta dijo que “procedió a la admisión, aprobación y confirmación de dichas capitulaciones, bajo el seguro concepto de su nulidad”. Pese a la oposición de la mayoría del Común y a que la insurrección se había generalizado, los capitanes generales del Socorro, San Gil, Tunja, Sogamoso, pactaron un acuerdo que ya desde entonces muchos denunciaron como una traición.
Con la firma de las capitulaciones concluyó la primera fase de la insurrección comunera.

POLÍTICA ECONÓMICA DE TURBAY: INFLACIÓN GALOPANTE Y QUIEBRA DE LA PRODUCCIÓN

La disminución del 5% de la producción y del 3.6% en el empleo durante el primer trimestre del año en curso, la puesta en concordato de decenas de empresas, el cierre de numerosas fábricas medianas y pequeñas y el despido masivo de miles de obreros, son los hechos que han puesto de relieve la aguda crisis por la que atraviesa la industria colombiana.

Pero los problemas no sólo se circunscriben a esa rama de la economía. La agricultura registra año tras año bajas considerables tanto en el área cultivada como en el volumen de alimentos cosechados, la avicultura padece una acentuada recesión y la construcción presenta índices negativos de crecimiento.

A las quejas formuladas por los distintos gremios económicos, el gobierno contesta con cifras amañadas del Dane con argumentos falaces, como el de que la raquítica industria y la atrasada agricultura nacional deben someterse a la competencia extranjera.

Sin embargo, la realidad ha mostrado la funesta que ha sido para el pueblo la política antinacional y antipopular del mandato turbayista. En los dos últimos años los precios de los alimentos, el transporte, los arrendamientos etc, se han más que duplicado. La inflación continúa golpeando los exiguos presupuestos familiares enriqueciendo a los especuladores e intermediarios financieros. A la producción nacional se la arrincona con la importación de toda clase de mercancías. El desempleo, el hambre y la miseria son cada vez mayores.

Receso en confecciones textiles
Los 420 obreros que aún quedan en Ropa El Roble no reciben salarios desde hace un año. Esta importante fábrica de Bucaramanga, que llegó a contar con más de mil operarios, se encuentra paralizada y sus trabajadores se niegan a abandonar las instalaciones en tanto el gobierno y los patronos no les den solución a sus justos reclamos.

En septiembre pasado, en Armenia y Pereira, 16 empresas dedicadas a la confección habían cerrado y otras cinco reducido su producción causando el licenciamiento de cerca de 1.600 obreros. Las razones dadas por los empresarios para suspender sus actividades fueron: falta de capital de trabajo, altos intereses bancarios, escaso crédito, aumento en los costos de la producción y reducción de demanda.

A mediados de octubre la Federación Interamericana de Trabajadores de la Industria Textil, Vestuario y Cuero, Fititvc, denunció el cierre de 56 empresas y la disminución del personal en otras 204, lo cual ocasionó más de 6.000 despidos laborales. Entre las primeras se destacan Coltexco, confecciones El Cóndor y Camisas Jarcano, y entre las segundas, La Esmeralda, Tricolana, Corayco, Hilos Cadena, Valer, Curtiembres Titán, Britilana y Enka.

En ese mismo mes el gobierno había autorizado el cierre definitivo de Cigarrillos Cruz, Colar Ltda., Navenal y Berkshire, y permitido el licenciamiento de 355 obreros, por disminución de la producción y cierre temporal, a Celanese, Industrias Yidi, Grupo Baiz, Confecciones de la Costa, Plásticos Itaralfa y Grupo Fasa. El Ministerio de Trabajo, admitió, también, tener 21 solicitudes para despedir trabajadores de empresas como Siderúrgica Medellín, Metalúrgica Boyacá, Editorial Panorama, Incabe, Incora, etc.

La industria textil, por su parte, se ve abocada a grandes dificultades ante la pérdida de sus mercados por la entrada, tanto legal como ilegal, de géneros del exterior. Pero mientras los pequeños y medianos productores enfrentan innumerables trabas, los monopolios textileros hallan eficaz y oportuna ayuda del Estado. Debido a los trastornos de 1975-1976, estos últimos obtuvieron del gobierno de López Michelsen, préstamos subsidiados por más de 3.000 millones de pesos. Ante los presentes problemas, vuelven a ser socorridos por Turbay con una suma parecida y con intereses inferiores a los del sistema bancario.

Estancamiento industrial
Fedemetal Antioquia, en agosto último, había alertado sobre un inquietante receso en la rama metalmecánica, el cual se originaba en la disminución de las ventas, la lentitud en el cobro de cartera y el aumento de las existencias de productos terminados. Estos fenómenos obedecen, según Fedemetal, al descenso en la construcción y a la introducción de toda clase de bienes del sector como consecuencia de la política oficial de liberar las importaciones y rebajar los aranceles. Afirmaba la misma agremiación que, al contrabando del acero desde Venezuela, debían agregarse como elementos perturbadores el excesivo costo del dinero y la incapacidad del sistema bancario para atender las necesidades de capital de trabajo, teniendo que recurrir la industria al crédito bancario, sumamente costoso.

Como la metalúrgica, tienen problemas las demás ramas que están relacionadas con la construcción, a causa de la parálisis que ésta sufre. En 1980, comparando con el año anterior, las diez principales ciudades del país presentaron una reducción del 4.5% del área construida.

Aunque la estadística oficial manipula las cifras y modifica la metodología para la obtención de los índices, buscando artificiosamente resultados satisfactorios a la gestión gubernamental, se ve obligada a reconocer, para el período de enero a marzo del presente año, una disminución del 5% en la producción industrial y una reproducción en el empleo del 3.6%. Estas cifras adquieren proporciones más alarmantes si se tiene en cuenta que durante 1980 el crecimiento fabril fue apenas del 1.2%.

El DANE registra en el primer trimestre de 1981 guarismos negativos de crecimiento para las industrias de alimentos, bebidas, textiles, prendas de vestir, cuero, calzado, papel y sus productos, imprentas y editoriales, substancias y productos químicos, productos de caucho y plástico, minerales no metálicos, maquinaria, aparatos eléctricos y equipo y material de transporte.

En la actualidad, catorce sociedades anónimas están en concordato ante la Superintendencia de Sociedad y, en distintos juzgados de Medellín y Bogotá, 101 pequeñas y medianas empresas adelantan trámites semejantes.

Importamos hasta escobas
El presidente de Acopi, Francisco de Paula Ossa Uribe, en declaración al periódico El Tiempo, en septiembre 7 de 1980, decía que “los colombianos estamos importando escobas, papas fritas, bombillos, salsa de tomate, mayonesa, camisas francesas y otra infinidad de productos suntuarios”.

La Industria Colombiana de Incubación, Incubar, advertía, a fines de septiembre, en torno al estado de ruina que se avecinaba sobre la avicultura, por el contrabando y la importación de carne de pollo.

Al oscuro panorama industrial y avícola hay que agregar el descalabro de la agricultura. En 1980 el área cultivada fue interior en 14.7% con respecto a 1979 y se presentaron disminuciones en la producción del maíz, arroz, papa, sorgo, ajonjolí y cebada.

La situación para 1981 es todavía más calamitosa. Los algodoneros sostienen que han tenido pérdidas por 1.200 millones de pesos y se niegan a seguir sembrando mientras el Estado no tome medidas para mejorar su situación. Como causas del desastre de la agricultura, la Sociedad de Agricultores de Colombia, SAC , da las siguientes: importación de gran cantidad de alimentos, estrechez del crédito y altos costos de los insumos agrícolas.

Fenalce, Federación Nacional de Cultivadores de Cereales, afirma que en 1980 las importaciones de trigo, sorgo, maíz y cebada superaron el millón doscientos mil toneladas, por un valor cercano a los 12.000 millones de pesos, mientras que la producción nacional de estos cuatro granos sólo llegó a un millón de toneladas.

Una política desastrosa
La traída del exterior de enormes cantidades de alimentos y mercancías; el mantenimiento de la inflación; el incremento del endeudamiento externo; la estrechez del crédito y las altas tazas de intereses; la entrega de nuestros recursos naturales, y las alzas en los combustibles y en las tarifas de los servicios públicos; son elementos de la antipopular política económica de Turbay Ayala, la cual no puede producir más que la quiebra de los pequeños y medianos empresarios, la miseria de las masas y el mayor sometimiento del país al imperialismo norteamericano.

En una época de crisis de superproducción, como la que vive hoy en día el mundo capitalista, los grandes monopolios usan toda clase de medios, hasta el de reducir temporalmente los precios, para inundar los mercados de las naciones atrasadas con sus productos. En tanto, el régimen turbayista revive viejas teorías librecambistas que, a la vez que permiten a los pulpos extranjeros salir de sus excedentes y llenar las arcas de los grandes traficantes del comercio exterior e interior, sumen en la bancarrota a los productores nacionales.

Gracias a las exportaciones preferencialmente de café, marihuana y cocaína, Colombia cuenta con unas reservas internacionales de 5.400 millones de dólares, suma que las autoridades gubernamentales están dispuestas a cederle al imperialismo por concepto del servicio de la deuda externa y el incremento desbocado de las importaciones.
A tiempo que las actividades productivas registran retrocesos y se ven sometidas a un crédito deficiente y caro, los intermediarios financieros muestran jugosas ganancias. Los 25 bancos que funcionan en el país obtuvieron en 1980 un aumento en sus utilidades del 47%. La quiebra de la producción y las calamidades subsecuentes, inflación, escasez de alimentos, desempleo y represión, es todo lo que les ofrecen a las masas populares quienes detentan el poder.

El pueblo dejará de sufrir tales males, y los pequeños y medianos empresarios agrícolas e industriales encontrarán un clima propicio para su desarrollo, sólo cuando el país se libere del yugo del imperialismo norteamericano y de la oligarquía vendepatria para expolia la riqueza y el trabajo colombianos.

EDITORIAL: LAS ELECCIONES Y LA CRISIS

Nos hallamos de nuevo en los umbrales de una campaña electoral, la sexta en que, desde 1972, participa consecutivamente el MOIR. Si hemos tomado nota de que las diversas fracciones de la coalición gobernante llevan mucho más de un año inaugurando sedes, efectuando manifestaciones y ofreciendo banquetes a sus jefes, la conclusión será que nos cogió la tarde en saltar a la palestra. Hasta en la prontitud para disponer los efectivos se reflejan las holgadas ventajas de los detentadores del Poder.

A algunos camaradas se les pone la piel de gallina de sólo pensar en los aprietos y sacrificios que de sobra saben llegarán hasta la extenuación con el alargamiento de la jornada. Y la que se avecina demandará dos vueltas agotadoras, especialmente la última, de índole presidencial, en la cual, ya sin el aliciente de obtener una casilla en las corporaciones, la concurrencia de los partidos revolucionarios se torna casi simbólica, con el agravante de haber sido contados en la primera ronda y ratificada su condición minoritaria, y cuando no queda un céntimo en la tesorería, ni manera de conseguirlo. El desprecio de las tendencias pequeño-burguesas por esta modalidad de lucha, tan palpable hasta hace un lustro y que aún subsiste en menor grado, tiene que ver con la fragilidad política, proporcional a las dificultades de la empresa. A la inversa, a las clases privilegiadas, la gran burguesía y los grandes terratenientes, intermediarias del imperialismo norteamericano y que se manifiestan a través de las viejas banderías liberal y conservadora, todo se les facilita. Los recursos monetarios, los medios de comunicación y el aparato burocrático del Estado configuran pesas macizas que inclinan el platillo a favor de quienes las poseen. Recientemente, el conocido industrial y negociante Carlos Ardila Lulle estimaba que las personas en nómina de las dependencias oficiales, comprendidos los institutos descentralizados y demás establecimientos afines, alcanzarían el impresionante tope de un millón doscientas mil.

Ignoramos cuán exacto sea el cálculo. Pero nadie negará que el sector público se convirtió de tiempo atrás en una fuerza económica omnipotente, encargada de repartir la prosperidad y la ruina entre los colombianos, sin apelación alguna, por injustos o erróneos que parezcan sus fallos, y destinada a darle ocupación a una inmensa mole de desempleados, así no lo requiera su funcionamiento. Los manipuladores de semejante máquina blandirán un poderío enorme y un caudal electoral suficiente para garantizarse el continuismo. Debido a eso la disputa por el control estatal entre los grupos adinerados adopta, pese a la aparente melosidad de la polémica, ribetes de enconado ensañamiento. Fracasar en la puja significa quedar en el asfalto, a merced de lo que buenamente se dignen conceder los apropiadores del ambicionado botín. A los vencidos no se les escapa una oportunidad, se les escapan todas.

Ahora mismo el país aguarda expectante la definición del árbitro supremo, el presidente Turbay, muy señor del millón de cédulas de sus funcionarios y de todos los de su gabinete, para despejar la incógnita del candidato presidencial del oficialismo liberal. Sin ese espaldarazo ningún aspirante logrará la nominación en la convención de septiembre, ni ceñirá la banda tricolor el 7 de agosto de 1982. No importan la hoja de vida que acredita, las simpatías que haya despertado entre los votantes, o que termine incluso victorioso en los comicios. Sin el asentimiento del gobierno no hay esperanzas. Que así opera la loada democracia colombiana, lo corroboran la historia cercana y la lejana. Al general Rojas lo mandaron a dormir temprano el día de su súbito triunfo. En 1978, Belisario Betancur arrasó en las urnas pero lo barrieron en la Registraduría. Si esto les acontece a circunspectos exponentes del democratismo oligárquico, ¿qué suerte correrán los demócratas revolucionarios?

Las colectividades políticas de los obreros y de los campesinos deben afrontar, además de las iniquidades señaladas, el hostigamiento sistemático de las autoridades, que les prohíben sus actos, detienen a sus activistas e intimidan a sus seguidores. Métodos perfeccionados que borran en la práctica cualesquiera de las prerrogativas constitucionales consignadas en el papel, y que, por supuesto, no substraen los expedientes truculentos, como la tortura y el asesinato con que se acaba de cegar la vida de Oscar Restrepo, concejal del MOIR en Puerto Triunfo.

Los oportunistas, al analizar los guarismos electorales, hacen caso omiso del carácter dictatorial del Estado, instrumento de opresión por excelencia de unas clases sobre otras, y atribuyen los reveses de los bastiones contrapuestos al régimen a extremismos en las formulaciones, o a la falta de tino para seducir afiliados, despistar a los guardianes del orden y efectuar otras maniobras parecidas, es decir, a la carencia de un ánimo contemporizador que matice los antagonismos y permita crear una oposición admisible y admitida. Desde luego el marxista-leninista critica sus fallas y las corrige, arremete contra los brotes sectarios y aplica una táctica flexible, en consonancia con las oscilaciones de la contienda; empero para explicarles el mismo balance de las votaciones, parte ante todo de la situación de indefensión en que se debaten las mayorías populares en Colombia, sin caer en la tonta quimera de que las cifras podrán modificarse sustancialmente con arreglos de actuación o de tono llevados a cabo por la vanguardia organizada. Para remontar los protuberantes escollos y tomar la delantera en unos sufragios, los desposeídos precisan de una serie de cambios previos muy profundos, que en cierta forma equivalen a los demandados para el advenimiento de la revolución. Porque se trata de descoyuntar el dominio de las clases más poderosas en todos los ámbitos, en muchos de los cuales inciden acontecimientos ajenos al elemento consciente, como cuando se agudizan los problemas económicos o se desencadena una coyuntura internacional propicia.

Nuestra obligación consiste en utilizar juiciosa y perseverantemente el tiempo; mantener siempre una estrecha vinculación con las masas proletarias; combatir palmo a palmo la influencia ideológica de los explotadores que, conforme a sus conveniencias, le dan una interpretación acomodaticia a cada fenómeno social; promover los sindicatos, las ligas campesinas y demás asociaciones de los oprimidos, y transformarlas en entidades revolucionarias; unir al pueblo, apoyarlo y orientarlo en sus lides cotidianas por las reivindicaciones materiales y espirituales, y construir miles de cuadros dirigentes disciplinados y emprendedores. Tareas preparatorias, rutinarias y hasta opacas si se quiere, mas indispensables para el vuelco radical de los factores adversos, y que ninguna audacia comicial las sustituye, con lo audaz que resulte para una agrupación reducida concurrir a un evento regido arbitrariamente por sus difamadores. Trocar la debilidad en fortaleza no será obra de unos años, o de una o dos décadas.

Quienes anhelen contribuir al nacimiento de la nueva Colombia han de remar con seriedad y constancia, desechando la frecuente creencia de que bastan golpes de ingenio para abatir un sistema de arraigo sesquicentenario. No derribaremos a trompetazos las murallas de la Jericó imperante. Aquellos que menos valor confieren a las elecciones como medio de combate paradójicamente pretenden extraerles más siegas de las que en realidad producen.

La participación en los sufragios ha sido para los moiristas una considerable ayuda dentro del empeño de extenderse al país entero, de llegar a las cálidas vertientes y a las frías altiplanicies a organizar las huestes de la revolución. A través de cinco compañas sucesivas el MOIR no sólo ha crecido en número sino que ha compuesto su calidad, pasando de congregar exiguos y enconchados círculos a constituirse paulatinamente en un partido de envergadura nacional y con los más variados nexos entre las masas populares. Para hacernos entender de los sufragantes hemos tenido que suprimir la jerigonza del dogmático y emplear un lenguaje vivo, rico, pedagógico. La militancia ha conocido directamente las penosas circunstancias en que se desenvuelve la existencia del pueblo, tan distinta de una región a otra de un municipio al siguiente. Hasta nuestros artistas aprovechan estas temporadas para ir a la fuente de su inspiración y poner a prueba su capacidad creativa. Las deficiencias se detectan sin andar demasiado. Todavía necesitamos oradores, versados y elocuentes oradores, que en lugar de aburrir a los manifestantes, entusiasmen y convenzan, pulsen las cuerdas más sensibles agitando y propagando los postulados programáticos de las clases revolucionarias. Aprendimos a relacionarnos con los aliados y a darles toda la trascendencia a las labores del Frente, cuyas leyes particulares, que asimismo hemos venido desentrañando, exigen para el caso colombiano un pugilato tenaz con las tendencias revisionistas amamantadas por los agentes del social imperialismo soviético. En síntesis, para un destacamento incipiente e inexperto, que irrumpe en una noche oscura de predominancia de la reacción y que ha gozado de muy breves intervalos auspiciosos, las confrontaciones electorales representan verdaderos cursillos de calistenia política. Pero nunca hemos imaginado que por ese conducto lograremos suprimir los desequilibrios, conquistar la iniciativa, o colocar en calzas prietas al bipartidismo tradicional. A la hora de las cábalas regularmente chocamos dentro de la alianza con las organizaciones amigas que efectúan pronósticos demasiado optimistas sobre los votos y que luego sucumben al abatimiento. A la par que nos esmeramos por beneficiarnos del debate, advertimos sobre sus limitaciones.

Con el fin de sacarles el máximo jugo a los sufragios de 1982 debemos encarar tanto el desgano por la campaña, que inevitablemente retoña en el Partido, como las cuentas alegres en que incurren militantes y aliados que minimizan la privilegiada posición de los manzanillos de la coalición oligárquica, perita en la martingala de cazar papeletas. No pecaremos por unilaterales si afirmamos que entre las elecciones a que hemos concurrido, la presente adquiere gran relevancia a causa del convulsionado momento por el que discurre Colombia. Desde el rompimiento de la UNO, ocasionado por las conductas intolerables de la dirección mamerta que concilió con López, pisoteó los acuerdos unitarios y posteriormente pidió el respaldo unánime para el social-expansionismo cubano, no había despuntado una perspectiva ta alentadora. Corren vientos frescos en por lo menos tres terrenos determinantes para nuestros objetivos a mediano y largo plazo. La crisis económica y política del sistema evoluciona aceleradamente, las cosas comienzan a complicárseles a los reformistas y revisionistas y el MOIR salió airoso y solidamente unido de la lucha interna contra el fraccionalismo y el grupismo.

Al margen de sus vastas repercusiones sociales la bancarrota de la producción en Colombia, patente en la quiebra de un conjunto grande de industrias y en los traumáticos retrocesos de las actividades agropecuarias, entraña una indiscutible importancia puesto que confirma la teoría del Partido acerca del atascamiento del desarrollo bajo las relaciones neocoloniales y semifeudales. A veces implícita y a veces explícitamente la controversia en torno de dicho principio se ha prorrogado decenio y medio y ha escindido el movimiento revolucionario en bandos irreconciliables. Los trotskistas, con el patrocinio de los mentores del revisionismo latinoamericano, erigieron su arrevesado edificio doctrinario sobre el supuesto de que el progreso de Colombia era posible a pesar de la expoliación imperialista.

Tales diletantes hicieron escuela y encontraron sendos y desaforados apologistas entre la intelectualidad seudo científica. De nuestras filas han sacado uno que otro pupilo. En sus planteamientos no distinguen el capitalismo nacional, joven y endeble todavía, del capitalismo senil de los gigantescos consorcios extranjeros que sobreviven gracias al saqueo de las neocolonias. No sólo no captan contradicción alguna entre intereses tan contrapuestos, sino que el arribo al socialismo no lo conciben como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas, que es, en definitiva, la razón material del cambio de una forma de sociedad a otra. Ciertamente no existe acicate mayor para la revolución colombiana que la ruina creciente del país.

Copiosas empresas, relativamente boyantes en otras épocas, acusan hoy gravísimos inconvenientes que se traducen en drásticos recortes de personal y en el aumento alarmante del paro forzoso. Aunque la burguesía se cuide de descubrir el origen del desbarajuste y achaque torvamente a las conquistas sindicales buena parte de la responsabilidad, sus encendidos alegatos contra la gestión del gobierno dejan traslucir los motivos reales de la recesión. Los gremios invariablemente se quejan de la carestía de las maquinarias, repuestos, materias primas e insumos importados; denuncian la inundación legal o fraudulenta del mercado interno con los artículos elaborados en las naciones industrializadas y condenan las medidas proteccionistas de éstas; aprueban los escandalosos intereses bancarios y censuran la indolencia del Estado, que, lejos de resguardar los quehaceres productivos, los desestimula y acorrala. Se puede alegar, cual lo recuerdan a menudo los ideólogos de la reacción, que actualmente en disímiles lugares del orbe se registran problemas inflacionarios y síntomas de parálisis económica. Ni las prósperas potencias occidentales se sustraen a los ciclos críticos que de cuando en cuando ponen de manifiesto el talón de Aquiles de su estructura social. Sin embargo, no confundamos ni permitamos que se confunda la crisis de las metrópolis con las de sus dominios neocoloniales. En aquellas sobran los productos y capitales que acuciosamente buscan salida hacia los pueblos atrasados, en donde los magnates de los trusts a costa de la asfixia de las economías nativas, obtienen superganancias mediante la especulación y el saqueo de los recursos naturales estratégicos. Desprovistas de esta opción las repúblicas capitalistas avanzadas carecerían bajo el alud de la bonanza, sin compradores suficientes para sus géneros ni dónde invertir sus dividendos. Preocupaciones como las emitidas en París, por ejemplo, atañederas a la suerte de la democracia centroamericana y dobladas con la ascensión de Mitterrand, en el mundo persiguen el propósito secreto de avivar los negocios franceses en aquella región tras los descalabros estadinenses. Aquí, en Colombia, al igual que en la abrumadora mayoría de las naciones del Continente, los colapsos no obedecen a exceso de riqueza sino a la extorsión imperialista. Industrias apenas nacientes, urgidas de un mercado propio en que se respete el libre juego de la competencia y se garantice un abastecimiento fácil y costeable de las materias básicas, de pronto se ven provocadas a duelo singular por monstruosos monopolios, duelos de sofisticadas tecnologías y con redes y sucursales en cualquier punto del planeta, que controlan el comercio, el crédito y los suministros, sobornan a los funcionarios e influyen decisivamente en la promulgación de las disposiciones oficiales.

El llamado Pacto Andino, después de dilatadas y tortuosas negociaciones entre los gobiernos firmantes, se redujo a proporcionar un escenario de alrededor de 60 millones de pobladores para que actúen en él, con patente de corso, compañías norteamericanas, europeas, japonesas. Ya se habla del folclórico chasco de los proyectos de integración. Empero, los emperadores del emporio automotriz, de la petroquímica y del resto de renglones instalan sus ensambladoras en el área andina y disfrutan a porrillo de obreros baratos y de consumidores cautivos que pagan precios desmedidos por bienes desmejorados. El trabajo nacional de las zonas sojuzgadas engorda a los imperialistas y en nada coadyuva a sacarlas de la indigencia. En América Latina, ni los países más pujantes, ni los más premiados por la naturaleza, escapan a este deplorable destino. Venezuela, que reboza de petróleo vive hipotecada y sumida en el subdesarrollo. Argentina ha anunciado el cierre de decenas y decenas de factorías. Y hasta en Brasil, donde principia a dudarse de los “milagros”, se vaticinan calendas muy difíciles.

La mentalidad del pionero, característica del antiguo burgués, que se atrevía a correr todas las contingencias para industrializar a Colombia, ha sido desplazada por la filosofía del agiotista que sin vigilias amasa fantásticas fortunas, revendiendo efectos importados, traficando con acciones, colocando dineros a tasas confiscatorias.

Muy pocos arriesgan sus caudales en la creación de fábricas o en la modernización del agro. Sencillamente no hay condiciones para ellos. Los frutos están a la vista. La competencia de los trusts es invencible. Si en el campo la clase terrateniente aún conserva muchas de sus seculares preeminencias, se debe a que continúa acaparando extensiones ilímites y cabalgando sobre el lomo de los campesinos semi-siervos. Los empresarios agrícolas languidecen acogotados por las deudas, el encarecimiento de los insumos y la ausencia de compradores. El algodón, el trigo, el maíz, el tabaco y últimamente hasta el café y la marihuana han dejado de ser cultivos halagüeños. Las noticias sobre las heladas brasileñas por las que se echan a vuelo las campanas y de las que se espera el prodigio de tranquilizar los nervios de la desasosegada nación, no cortarán las rachas de malas nuevas que se suceden sin cesar; al contrario, contribuyen a arrancarle el velo a un sistema agotado que finca estúpidamente su ventura en los zares de la meteorología. Sólo la empingorotada burocracia estatal y la oligarquía importadora y financiera se enriquecen aceleradamente en medio del caos y la corruptela entronizados. Y los alabarderos del oportunismo aplauden desde la platea el espectáculo, porque consideran que la descomposición del campesinado y el hacinamiento de las ciudades son pruebas inequívocas del despegue del país. Más la depauperación masiva de los pequeños y medianos cultivadores no redunda en un auge del capitalismo colombiano. Tampoco configuran testimonios de prosperidad económica las utilidades multimillonarias de la banca, la inopinada aparición de los legendarios tesoros del narcotráfico, o el hecho de que la Exxon obtenga de los mandatarios de turno una leonina licencia para extraer el carbón de la Guajira. En Colombia pulula la mano de obra cesante, la geografía es pródiga y feraz y se da la centralización de capitales, ingredientes de la sociedad burguesa que, en un país rezagado de la era del imperialismo, ya no se combinan tan químicamente entre sí. A la postre son los omnímodos conglomerados supranacionales quienes disfrutan a plenitud de tales componentes.

Estos temas bullirán durante la campaña electoral. Las masas formularán mil y una preguntas al respecto, y los camaradas habrán de esforzarse con el estudio para responderlas satisfactoriamente. Los portavoces del oficialismo bipartidista, encargados de la administración y en calidad de reos de traición a los intereses nacionales, tienen poco que argüir en su defensa. Los dos últimos gobernantes liberales, preferencialmente López Michelsen, se distinguieron por la dadivosidad de sus promesas. Juraron alentar el progreso, atacar la especulación, frenar el alto costo de la vida, distribuir el ingreso, apuntalar la democracia, etc. No sólo no cumplieron, sino que, bajo sus mandatos, todos y cada uno de los aspectos de la situación económica, cultural y social han empeorado.

La reforma tributaria lopista, que aligeró los impuestos a los potentados y gravó altamente el consumo del pueblo, resulta ahora que no ha evitado, como se auguró, el déficit fiscal, y éste asciende para la vigencia de 1981 a 50.000 millones de pesos. El faltante, según lo informó Turbay Ayala al Parlamento, será sufragado principalmente con préstamos, un mecanismo al que, desde los comicios de 1974, la propaganda liberal venía imputando funestas repercusiones. Sin embargo, la insolvencia incurable del Estado oligárquico fatalmente lo postra a los pies de los vampiros foráneos y criollos del capital financiero. El endeudamiento, además de ser una vena rota por donde se desangra a la nación entera, es el collar de perro con el que los imperialistas trastean a sus testaferros. Las universidades están sin fondos. No hay tampoco con qué pagar los sueldos de los maestros, no obstante el pomposo experimento de “nacionalización de la educación”, supuestamente encaminado a remediar, entre otras, esta crónica carencia. Los ferrocarriles se hallan al borde de la liquidación. Las empresas públicas recurren a las automáticas alzas mensuales para atender sus lesivos compromisos con las agencias prestamistas internacionales, y sin que tales exacciones alivien el notorio desmedro en la prestación de los servicios. Los arrendamientos suben exorbitantemente, por encima de las demagógicas previsiones del régimen.

Y así, nos haríamos interminables si pretendiéramos detallar las felonías y atrocidades de los usufructuarios del Poder. Al final de cuentas, los obreros y los campesinos pagan con sus inenarrables privaciones la orgía especuladora, la carestía desbocada, la bancarrota de la producción. A millones de gentes de les niega el techo, el pan, la lumbre. Crece y crece el piso de la sociedad con sus hornadas de desposeídos y desocupados, mientras se angosta la cúpula dorada de los derrochadores que todo lo acaparan. El choque vendrá inevitablemente porque lo único que no ha sido ensayado es precisamente eso, el estallido revolucionario. A las clases dominantes ya no les restan tesis que esgrimir ni reformas que aplicar. Hace rato echaron por la calle del medio. Impelidas por su instinto de conservación reaccionan con el más crudo despotismo ante el menor brote de descontento popular. ¿Acaso las divisiones recurrentes de los partidos tradicionales, el canibalismo entre sus vacas sagradas, la falta absoluta de soluciones fiables, en suma, los desbarajustes que los minan, no son en la superestructura uno de los tantos reflejos del descalabro de la base económica de la Colombia neocolonial y semifeudal? La crisis de la reacción nos suministra profuso material de enseñanza para instruir a las masas y enrutarlas en la senda de su emancipación. La ocasión nos la proporciona hoy la campaña. ¡Procedemos!

Si ninguno de los paliativos aplicados o propuestos ha suspendido ni suspenderá el vertiginoso deterioro de la situación, apenas justo que el reformismo esté también padeciendo su purgatorio. Sobre todo un reformismo como el colombiano que, fuera de ser una mezcla de infidelidades, frustraciones y componendas salpimentadas con aventuras terroristas, secunda subrepticia o desvergonzadamente el expansionismo de Cuba y sus amos del Kremlin. Los zarpazos de Moscú en procura de la hegemonía universal y el ahondamiento del antagonismo entre las dos superpotencias crean circunstancias positivas para que los pueblos visualicen las orejas del agresor soviético bajo su piel de cordero socialista. En Colombia son cada vez menos los que aconsejan seguir tras la huella de la Isla antillana, cuya lamentable metamorfosis de “territorio libre” en sucursal del imperio de los nuevos zares alecciona a los revolucionarios y patriotas sinceros a propugnar, con nosotros, una política de auténtica independencia y total soberanía que proscriba radicalmente cualquier tipo de entrometimiento externo en las decisiones de la nación.

¡El contraste es hasta cómico! Nunca en el país había transcurrido un periodo de mayor inflación, especulación y concentración de la riqueza; de garrafal menoscabo de su industria y su agricultura. Jamás fue tan pobre la pobreza de la pobrería ni tan crueles y afilados los colmillos de la represión. Y cuando más se requiere de claridad y entereza el oportunismo de siempre propone un “diálogo” con los “sectores gubernamentales”, o sea, con los comisarios de los saqueadores y estranguladores de la producción nacional, con los Torquemada del sistema, tendiente, ¡óigase bien!, a impulsar el “desarrollo” y el “progreso” y a evitar la “destrucción” y la “muerte”. Se dictamina que “la alternativa hoy es dictadura o democracia, guerra o paz”. No obstante la altisonancia de estas palabras y el vacuo trascendentalismo que se las rodea, sólo repiten el socorrido criterio liberal, inveteradamente definido por la burguesía y el ala derecha de la pequeña burguesía, que imaginan el mundo separado de las disputas de clases y suspiran por la vieja utopía de gobiernos con igualdades democráticas para la oligarquía parasitaria y la masa laboriosa explotada y oprimida.

No hemos coronado aún una batalla decisiva; la de derrotar las concepciones y los procederes no proletarios que tantos estragos han generado en lo corrido del siglo. Las fuerzas revolucionarias no pueden continuar columpiándose entre el terrorismo estéril que inmola a nobles pero equivocados combatientes y proporciona pretextos mil a la reacción para aplastar las luchas del pueblo, por un lado, y la conciliación capitulacionista que deprava a las masas, las desmoviliza y las entrega maniatadas a la perversidad del enemigo, por el otro ¿Qué táctica es aquella que apoyada en un puñado de hombres y mujeres valientes y arrojados, mas un puñado al cabo, declara la guerra a un régimen excedido de problemas, sí, pero que con indiscutibles medios de engaño y coacción a su alcance está presto todavía a servirse de cualquier excusa para justificar sus atropellos y sitiar a sus oponentes? ¿Y qué táctica es aquella que, tras las primeras escaramuzas arriscadas como costosas, llama a fumar la pipa de la paz prácticamente con el único pedido de volver a las condiciones anteriores a la apertura de las hostilidades, y con el agravante de dejar flotando en el ambiente la otra ilusión, la más peligrosa, de que con el avenimiento entre sojuzgadores y sojuzgados la dictadura oligárquica pro-imperialista se mudará en una democracia soberana, desarrollada y compartida por todos los colombianos? Ni la independencia, ni la prosperidad, ni las libertades serán adquiridas, respetadas o donadas en el régimen vigente, por muchos diálogos, convenios y propósitos que se hagan. Estamos absolutamente convencidos, y con fundamento, de que las cosas marchan al revés de lo planteado por reformistas y revisionistas. Los monopolios, sin disyuntiva, incrementarán el desvalijamiento de las naciones sometidas, particularmente en Latinoamérica y, por lo tanto, el país seguirá extenuándose y verá sobre sí acentuado el avasallamiento imperialista y el despotismo de las autoridades. Todos los datos lo aseveran. Los sucesos de los últimos dos años han corroborado con largueza el acierto de los lineamientos estratégicos de nuestro Partido y han sumido en un piélago de inconsecuencias las recomendaciones burguesas del oportunismo.

En cuanto a la táctica, insistiremos en ganarnos el respaldo no de unos cientos de miles de revolucionarios, sino de la aplastantes mayoría de los millones y millones del pueblo colombiano, y con ella forjaremos el ariete capaz de batir las murallas de la Jericó imperante. Mientras tanto habremos de combatir con denuedo por los reclamos económicos de los derechos democráticos de los explotados y oprimidos; proteger al Partido y a las organizaciones de las masas, no exponiendo su integridad con acciones temerarias en las que lo buscado sale de lo perdido, y resistir altiva y adecuadamente las avalanchas represivas, sin sacrificar los intereses más caros a la causa por los apremios del momento.

Nadie podrá negar con certeza la predicción de que Colombia despertará mañana regentada desde los cuarteles, o de que se prolongará por otros años la farsa representativa. Sea cual fuere la forma que adopte el proceso, nuestro deber estriba en alertar acerca de las serias acechanzas que se ciernen sobre las gentes del común, para que a éstas no las tomen desprevenidas las andanadas de los expoliadores y sepan amoldar sus peleas a las peculiaridades de la hora.

Como se colige, y a contrapelo de las múltiples dificultades que nos asedian, gozamos de primicias no minúsculas. La historia trabaja para nosotros porque nosotros trabajamos para ella. La crisis altera la normalidad, quebranta la rutina y les complica la existencia a los colombianos de todos los estratos. No obstante es a las vetustas clases dominantes a las que las acarreará los peores traumatismos y las más irreparables lesiones. La capacidad de maniobra se les extingue a los revisionistas, quienes, al contemplar el naufragio de sus exigencias de saltimbanquis, deciden, a manera de tabla de salvación proponer abiertamente el entendimiento con el gobierno. Pero quizás nuestro punto más valioso radique en la unidad interna. Luego de la expulsión del grupillo fraccionalista de los Ñañez, que pretendió vanamente verter el MOIR en la contracorriente oportunista en boga, rescatamos la fraternidad y nos unimos cabalmente alrededor de los principios. Vigilemos insomnes la armonía y la cohesión del Partido, consolidando entre la militancia el espíritu de camaradería, robusteciendo el centralismo democrático y resguardando la línea revolucionaria. Sin estos requisitos no nos será factible cumplir a satisfacción los cometidos.

Que ningún militante deje de vincularse activamente al debate electoral que hemos iniciado. El esclarecimiento entre los obreros y los campesinos de las más candentes cuestiones económicas y políticas no debe recaer en unos pocos. Que cada compañero, sin desatender la mecánica propiamente dicha de la campaña, se esmere para hacerles comprender a las masas de su respectiva localidad las diferencias abismales entre el oportunismo y nosotros. Tengamos muy presente que hasta cuando los oprimidos no desechen las entelequias burguesas y abracen la estrategia y la táctica del proletariado, la revolución colombiana no dará un salto cualitativo en su tortuoso devenir.

Nota
1. las expresiones entre comillas fueron tomadas da la declaración emitida por segmentos resentidos del liberalismo y el conservatismo, militares en retito, intelectuales y miembros de la dirección del Partido Comunista revisionista y de Firmes. Allí se solicita un dialogo con el gobierno en procura de un gran entendimiento nacional que le encuentre salida a la crisis. Lo novedoso de este documento estriba en que el revisionismo y sus epígonos resuelven, ya sin tapujos enarbolar la política burguesa para la situación actual. El comunicado concluye con la siguiente exhortación: “hagamos alto a la violencia, emprendamos unidos la búsqueda del país perdido. Todos sabemos cuando se perdió, pongámonos de acuerdo en encontrarlo y rescatarlo”. “El Tiempo”, julio 31 de 1981.

SE AMPLÍA PLAZO DEL CONCURSO DE POESÍA

Desde febrero de este año, Tribuna Roja, órgano del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR), abrió el Concurso de Poesía en Conmemoración del Bicentenario de la Revolución Comunera, e invitó a todos los poetas y escritores colombianos a participar. Su tema único es José Antonio Galán y su Gesta Comunera, y tendrá, para el poema ganador, un premio de $50.000.oo.

Con el fin de dar una más amplia difusión al Concurso y permitir, así, la participación de número mayor de poetas, Tribuna Roja ha ampliado el plazo de entrega hasta el 1 de febrero de 1982, fecha en que se cumplen doscientos años de la muerte de Galán.

Las bases del concurso son las siguientes:
PRIMERA: El concurso queda abierto a partir de la fecha y su tema único es JOSE ANTONIO GALÁN Y SU GESTA COMUNERA.

SEGUNDA: Podrán participar poetas colombianos, residentes o no en el país, así como extranjeros residentes.

TERCERA: Los poemas deben ser inéditos.

CUARTA: Los poemas se presentarán mecanografiados, en papel tamaño carta, en original y cuatro copias, acompañados de un sobre que contenga los datos biográficos del autor, su nombre y la dirección de su residencia.

QUINTA: El plazo de entrega vence el 1 de febrero de 1982. Los poemas deben ser enviados al CONCUROS DE POESIA BICENTENARIO DE LOS COMUNEROS. Apartado Aéreo 19042 de Bogotá.

SEXTA: El jurado, integrado por Jairo Aníbal Niño, Alfredo Iriarte y Conrado Zuluaga, dará su falló el 1 de marzo de 1982.

SEPTIMA: El premio, único e indivisible, será de $50.000.oo

OCTAVA: Tribuna Roja publicará en un folleto el poema ganador y los que tengan méritos según el jurado.

SIGNIFICATIVA PELEA DEL PROLETARIADO ARGENTINO

El pasado 22 de julio, convocados por la Confederación General del Trabajo, millares de obreros argentinos, a los que se sumaron empresarios del cordón urbano de Buenos Aires, llevaron a cabo un paro nacional de 24 horas en protesta por los bajos salarios y la quiebra generalizada de empresas que se viene registrando en ese país.

No obstante la aguda represión que han impuesto los militares argentinos sobre el pueblo, los proletarios salieron al combate y lograron paralizar incluso el puerto de Buenos Aires y un ramal entero de los ferrocarriles.

Como en toda América Latina y en los países que padecen condiciones de sojuzgación neocolonial, sectores de la burguesía nacional se han visto forzados a engrosar las justas manifestaciones de protesta de las clases populares. En Argentina han sido cerradas en los últimos meses 120 empresas, que daban empleo a más de 19.000 obreros.

La inflación, los elevados costos del crédito y la competencia de los productos imperialistas están arrastrando la economía argentina hacia la ruina. La batalla recién librada por el proletariado y empresarios argentinos resulta, entonces, aleccionadora. Indica que la burguesía parasitaria del Continente no tiene ya soluciones para la crisis generalizada, que los pueblos latinoamericanos no quieres aguantar más la coyunda del imperialismo norteamericano, y que en la lucha no pueden detenerlos ni los regímenes más sanguinarios.

SIRIA HACE DE PEÓN DEL SOCIALIMPERIALISMO

Desde cuando se conformó el Estado Israelita, en 1948, la región del Oriente Medio ha sido escenario de constantes convulsiones políticas y militares. Además de una actitud de agresión permanente contra los pueblos árabes, los judíos han sido el origen de cuatro grandes conflictos armados; 1948-1949, 1956, 1967 y 1973. La obstinada negativa de Israel y de los Estados Unidos a solucionar el problema de los palestinos, impidiéndoles a estos conformar un Estado soberano, ha contribuido decisivamente al clima de belicosidad que se vive en la zona hace ya más de tres decenios. Ahora hay un nuevo ingrediente que agrava la tensión y es la amenaza cada vez mayor que representa el expansionismo soviético en toda el área, incluido el Golfo Pérsico. En la actualidad, la Crisis del Líbano, país que padece la ocupación de un contingente del ejército sirio respaldado por Moscú, ha vuelto a colocar el cercano oriente como uno de los focos más peligrosos de las contradicciones internacionales.

La tragedia libanesa
A diferencia de otros países árabes, el Líbano había gozado durante muchos años de una atmósfera de estabilidad, hasta el punto de que se le conocía como “la Suiza del Medio Oriente”. No obstante, desde fines de los años sesentas, principiaron a agudizarse los enfrentamientos entre los cristianos maronitas (minoritarios, pero detentadores de grandes prerrogativas políticas y económicas), y la mayoría musulmana. La presencia de unos 400.000 refugiados palestinos, desplazados por Israel de sus tierras desde 1967 echó más leña al fuego. En 1969, el gobierno de Beirut se vio obligado a reconocer la legitimidad de la resistencia palestina y su derecho a conducir operaciones militares contra Israel desde el sur del Líbano. Pero los líderes cristianos de derecha (llamados falangistas), seguían considerando aquellos refugiados como “un Estado dentro del Estado” y un peligro contra la seguridad del Líbano, ya que los ataques palestinos a territorio judío exponían a su país a las represalias de Telaviv. En 1975, el entonces primer ministro israelita, Yitzhak Rabín, afirmó que un Líbano dominado por musulmanes sería “una amenaza real” para su nación.

En abril de 1975, como consecuencia de las contradicciones anteriormente señaladas, estalló en el Líbano una cruenta guerra civil que habría de prolongarse hasta las postrimerías del siguiente año y que se libró entre cristianos maronitas, por un lado, y musulmanes con apoyo palestino, por el otro. En enero de 1976, tropas regulares de la OLP, apuntaladas por Damasco, penetraron desde Siria para sumarse a las fuerzas que combatían a los falangistas. A partir de ese momento el conflicto empezó a adquirir proyecciones internacionales, puesto que Israel advirtió que no toleraría ninguna injerencia siria y simultáneamente Damasco anunció que no aceptaría el surgimiento de un bastión cristiano simpatizante de los israelitas y respaldado por éstos. A pesar de que en un comienzo Norteamérica declaró que se oponía a toda intervención en el Líbano, poco después, cuando ya era evidente el interés de Siria en la situación libanesa, el presidente Ford dijo:”Espero que los esfuerzos sirios sean coronados por el éxito”. Y como para remachar el punto de vista de la Casa Blanca, el enviado especial de Washington al Medio Oriente, Brown, anotó: “Estoy convencido de que la intervención siria es útil”, este cambio de política se debió, en primer lugar, a que los yanquis aún se hallaban anonadados por la derrota de Indochina y no deseaban verse involucrados en un conflicto en la explosiva región del Oriente Medio; en segundo lugar, a la ilusión estadinense de poder acercar a Siria y ponerla a jugar un papel apaciguador en la debacle libanesa. La táctica de Ford, conocida como “política del trípode” buscaba, por lo tanto, alcanzar la estabilidad interna con base en un presidente maronita, los cristianos moderadas y las tropas sirias.

El Kremlin, que ya empezaba a ganar cierta influencia en las esferas gobernantes de Damasco, vio con buenos ojos la confianza que su rival depositaba en el presidente sirio Assad y, en consecuencia, aprobó el plan de Ford. Debe tenerse en cuenta que la ofensiva militar estratégica de los soviéticos apenas estaba dando sus primeros pasos en ese momento.

A partir de junio de 1976, efectivos sirios comenzaron a ingresar al Líbano, a solicitud del debilitado e impotente gobierno de Beirut y con la misión de imponer a toda costa un cese al fuego. En primera instancia, con la ayuda de los falangistas, arremetieron contra los palestinos y los musulmanes libaneses que se negaban a renunciar a la lucha.

En octubre, los 20 países de la Liga Árabe y la OLP acordaron mantener en Líbano un contingente de paz de 30.000 hombres, compuesto primordialmente por sirios (poco después los otros países árabes retiraron su cuota de soldados y oficiales). Luego de 19 meses de guerra civil, 56 treguas fracasadas, decenas de miles de muertos y millones de dólares en pérdidas materiales, en noviembre de 1976 se logró un alto al fuego relativamente sólido. Nutridos destacamentos cristianos se establecieron al sur del río Litani, luego de haber desalojado a gran cantidad de refugiados palestinos. Desde esa época Israel suministra ayuda militar a los ejércitos maronitas, especialmente en el Líbano meridional.

Luego de 15 meses de calma, ésta fue interrumpida, en marzo de 1978, por ataques israelíes contra campamentos palestinos en Líbano. El objetivo de Tel Aviv era crear un ‘cinturón de seguridad’ en su flanco septentrional, limpiando dicha zona de enemigos y reforzando las tropas del líder cristiano ultraderechista Hadad, que para entonces ya había recibido de los sionistas varios millones de dólares en armamento. Como respuesta a la acción de Israel, en julio de ese año, Assad ordenó atacar las posiciones maronitas en varios puntos, incluida la capital, Beirut. Como quiera que las incursiones israelitas continuaron en los meses siguientes, en octubre el secretario de Estado, Cyrus Vance, envió una enérgica nota al régimen judío, aclarándole que los yanquis estaban “solemne y categóricamente opuestos a la intervención israelita en el Líbano” y que calificaban tal iniciativa como “un error histórico”; al mismo tiempo, el vicepresidente Mondale manifestaba que “Siria no es el único responsable de lo que pasa en Beirut”. Las anteriores aseveraciones revelan una continuación de la vieja política y la creencia ciega de la administración Carter en que con la colaboración de Damasco se resolvería la crisis libanesa, lo cual redundaría en beneficio del proceso de paz de Campo David. La ingenuidad del mandatario norteamericano se puso de manifiesto cuando pocos meses después, en 1979, Assad viajó a Moscú en procura de asistencia militar, la cual obtuvo. Un año más tarde, en octubre de 1980, Siria y la URSS firmaron un pacto de amistad, cooperación y respaldo recíproco, con lo que el socialimperialismo buscaba un medio a través del cual poner en práctica su política de hegemonismo en la región. Este hecho produjo un viraje radical en la correlación de fuerzas de la zona y concretamente en el problema libanés, puesto que las tropas sirias, equipadas y asesoradas por los soviéticos, empezaron a servir de instrumento para los designios de la superpotencia oriental. Así mismo, el ejército de Damasco, con los cuantiosos aportes de Moscú, se convirtió rápidamente en una poderosa fuerza armada (sólo en 1978 Rusia le vendió cerca de 1.500 mísiles de todo tipo). Al mismo tiempo, otro régimen amigo de la URSS, el libio, envió a Siria numerosos consejeros militares y ayuda financiera para el aprovisionamiento bélico de su aliado.

La crisis de los mísiles y el ataque a Irak
Actualmente, el contingente sirio estacionado en Líbano suma alrededor de 22.000 soldados, con influencia principalmente en el norte y el oriente. El control sirio sobre las montañas del este libanés puede proporcionar eventualmente a la URSS un puesto de observación de gran valía para vigilar los movimientos de los barcos estadinenses en el Mediterráneo Oriental. El carácter ocupacionista del ejército sirio, denunciado por cada vez más numerosos sectores de la población libanesa, se acentuó y adquirió visos anexionistas con los hechos sucedidos en abril de este año.

En medio de la lucha entre cristianos y sirios por el dominio del estratégico valle de Beca y de la ciudad de Zahle, fueron derribados dos helicópteros sirios por aviones israelitas. El 29 de abril, Damasco instaló en el mencionado valle varias baterías de mísiles antiaéreos SAM-6 de fabricación soviética; según Assad, con carácter “puramente defensivo”. La reacción de Israel se limitó a varias advertencias en el sentido de que estaba dispuesto a destruir la amenaza que representaban los proyectiles para sus intereses militares. De otro lado, el Departamento de Estado dijo que Washington “no ha dado luz verde a Israel para tomar ninguna acción militar en el Líbano”. De inmediato, Reagan envió un negociador especial a tratar el problema surgido; el embajador gringo recorrió las capitales de los países involucrados en las crisis, sin alcanzar ningún acuerdo concreto. Entre tanto, la Liga Árabe reunida en Túnez entre el 22 y el 23 de mayo, proclamó su respaldo a Siria y a la OLP en su confrontación con Israel. El presidente egipcio, Sadat, sin embargo denunció públicamente a Siria como la causante de los padecimientos de la nación libanesa y señaló que aquella busca desde hace tiempo extender su territorio a costa de la soberanía de su débil vecino.

Según Assad, Líbano y Siria, son indivisibles y ambos forman parte de una Gran Siria, “es difícil trazar una línea entre la seguridad del Líbano y la seguridad de Siria”. Moscú da a conocer su apoyo incondicional a las acciones sirias y empezó a mover sus fichas para tratar de ganar puntos ante los Estados árabes, entre los cuales predomina un fuerte sentimiento anti-israelita, y los que el secretario de Estado, Alexander Haig, trata de convencer de que el principal enemigo del área es el soviético. El asunto de los mísiles dejó en claro la debilidad real de Washington frente al socialimperialismo, así como las dificultades que tiene que salvar en tan compleja situación para ganarse los países árabes y sacar adelante su política anti-soviética en el Medio Oriente. Las vacilaciones y el afán de la Casa Blanca de llegar a un arreglo negociado responden precisamente a una correlación de fuerzas adversas y al intrincado ajedrez que debe jugar Washington.

Las cosas se complicaron en junio cuando se conoció que la víspera la aviación israelí había destruido un reactor nuclear iraquí en Bagdad, con el argumento de que allí se estaban creando facilidades para la elaboración de bombas atómicas que en un futuro emplearían contra Israel. El ataque aventurero del régimen de Begin generó contratiempos a la estrategia estadinense de contener a la Unión Soviética en la región, puesto que en algunos países árabes tradicionalmente amigos de Washington, como Jordania, se levantaron voces exigiendo la formación de un frente común contra Israel y aquel que lo apoye. El presidente Reagan deploró el hecho tan pronto como se enteró del mismo. Debido a que, esas condiciones podrían atraer a los gobiernos árabes para llevar a cabo sus planes y control del Oriente Medio.

No sólo los árabes condenaron el gabinete de Bejín. El mismo parlamento judío y los aliados europeos de Norteamérica dejaron oír su voz de protesta. Margaret Tatcher dijo que el ataque armado en tales circunstancias no puede justificarse; representa una grave violación del derecho internacional. El señor Mitterrand reprobó enérgicamente a Israel, sobre todo teniendo en cuenta que el reactor iraquí había sido financiado por Francia. Las potencias de Europa Occidental, cuyo abastecimiento petrolero depende de lo que ocurra en Medio Oriente y el Golfo Pérsico, han continuado adelantando su política de acercamiento a los árabes, y por lo tanto ven con preocupación actos como el bombardeo israelí.

No obstante, una vez que hubo pasado el nerviosismo que siguió al ataque contra Irak, pudo apreciarse con mayor tranquilidad la verdadera magnitud del problema, dentro del contexto de las contradicciones existentes en la zona. La reacción del mundo árabe, que en un principio parecía apuntar hacia un rompimiento radical con Estados Unidos y su socio judío, poco a poco se decantó hasta concretarse en una serie de declaraciones de repudio a la agresión israelita, sin que se tomara acción alguna. El mandatario norteamericano cambió el tono de sus afirmaciones de desconcierto del comienzo y procedió a justificar la medida de su aliado. Y lo que es más revelador; en las Naciones Unidas, Irak y Estados Unidos llegaron a un acuerdo en virtud del cual el Consejo de Seguridad censuraría a Israel, pero no le impondría sanciones económicas, como había solicitado Bagdad días antes.
¿Qué motivo este ablandamiento en la posición árabe? Indudablemente, el temor que les inspira a los pueblos del Cercano Oriente el hegemonismo soviético. Actos de vandalismo, como el que Afganistán, pesan más que el resentimiento contra las provocaciones del sionismo.

La cuestión palestina
Desde la conquista de la margen occidental del río Jordán (Cisjordania) y la Franja de Gaza, durante la guerra de 1967, los sionistas emprendieron la ocupación metódica de tales territorios creando numerosos asentamientos o colonias de población judía con el fin estratégico de desplazar definitivamente a los palestinos que habitan allí desde tiempos remotos e impedirles formar un Estado propio. Hasta ahora Israel ha establecido más de 100 colonias, sin contar los puestos militares permanentes que tiene en suelo árabe. Una tercera parte de las tierras agrícolas ha pasado a manos de los invasores, los cuales suman ya más de 70.000 en las áreas dominadas. Para expulsar a los legítimos propietarios palestinos, las autoridades israelitas recurren a la intimidación, a las leyes de todo tipo e incluso al empleo de defoliantes para arrasar los cultivos. Como consecuencia del expansionismo sionista, los cuatro millones de palestinos, a quienes se ha negado el derecho a la autodeterminación nacional, viven dispersos y muchos de ellos en calidad de refugiados, 700.000 en Cisjordania; 450.000 en Gaza; 400.000 en Líbano; 500.000 en Israel; 1.150.000 en Jordania; 250.000 en Siria; 250.000 en Kuwait; 50.000 en Arabia Saudita; 80.000 en Egipto; Irak, Libia y Argelia; 50.000 en Europa; 70.000 en América. Israel ha rechazado sistemáticamente su retorno a las fronteras anteriores a 1967, así como la creación de un Estado palestino en Gaza y la margen occidental. Recientemente Begin declaró que “mientras yo sirva a la nación como Primer Ministro, no abandonaremos parte alguna de Judea, Samaria o la Franja de Gaza”.

La posición israelita frente a la cuestión palestina ha sido el principal escollo para el logro, no sólo de la paz, sino de la unidad árabe contra el expansionismo soviético en la zona. La causa del pueblo palestino cuenta con enormes simpatías en todo el mundo. Sin embargo, este movimiento de liberación, a tiempo que combate por alcanzar sus nobles ideales nacionales, debe cuidarse de caer en garras del socialimperialismo, el cual se aprovecha de las luchas emancipadoras de los pueblos para alcanzar sus objetivos de conquista y expansión. Así mismo, el conflicto libanés debe ser resuelto por el pueblo del Líbano, con el concurso desinteresado del mundo árabe, pero sobre la base del respeto y la soberanía y la integridad territorial de aquel país y sin la interferencia de las superpotencias.

A partir de la segunda semana de julio, Israel emprendió una gran ofensiva por tierra, mar y aire contra las posiciones palestinas en el Líbano, durante la cual cayeron varios centenares de civiles indefensos. Los aviones bombardearon indiscriminadamente numerosos objetivos, incluida la capital libanesa, en lo que fue catalogado como la embestida más violenta del sionismo contra los campamentos de refugiados palestinos. Una vez más en todas las naciones árabes se elevaron voces de indignación y repudio por las acciones israelitas. No satisfecho con el provocador ataque contra Irak, el señor Begin, ahora envalentonado con la perspectiva de continuar como jefe de Estado, se ha embarcado en otra aventura terrorista que de seguro agudizará las tensiones de la zona del Cercano Oriente.

LAMENTABLE DECESO DE UN CAMARADA

El 6 de agosto falleció en Medellín Hernando Yepes Obando, miembro de la dirección del MOIR en Antioquia, presidente de la subdirectiva de Sittelecom, asesor de ASA e integrante del capítulo regional de la Asociación Colombo-China. El compañero Yepes, de 42 años, murió a causa de complicaciones originadas por un infarto. Sus exequias se efectuaron el 7 de agosto en medio del dolor de centenares de militantes, obreros y gentes humildes que supieron de su abnegada entrega a la causa de los oprimidos.

OSCAR RESTREPO VIVE EN EL CORAZÓN DEL PUEBLO

En 1970 apareció en la cartelera de un colegio de secundario de La Dorada un periódico mural que se llamaba “El credo revolucionario”. Algunos de los elementos, azuzados por las directivas del establecimiento, trataron de arrancarlo y lo hubieran logrado de no interponérseles espontáneamente un muchacho que nada tenía que ver con la publicación y que había interrumpido varias veces sus estudios por penurias económicas. Se trataba de Oscar Restrepo Hurtado, quien desde aquel día sería reconocido como un revolucionario. Por entonces, según cuentan los estudiantes de la época, Oscar no pertenecía a ninguna organización política pero lo destacaba su preocupación por los problemas del pueblo. “Se indignaba ante la miseria, el hambre y la falta de escuelas”, relata uno de sus condiscípulos. Esa indignación perduró en su mente y en su espíritu hasta cuando el pasado 18 de mayo, su cuerpo sin vida apareció tirado en una zanja en la región de Puerto Triunfo, con señales de haber sido salvajemente torturado.

El MOIR nació luchando
“En La Dorada el MOIR nació luchando”, recuerda uno de nuestros primeros militantes de la localidad. Ello ocurrió en 1971 en medio de un valeroso paro cívico realizado por la población para rechazar arbitrarias alzas en las tarifas de los servicios públicos. Eran los días de auge del movimiento estudiantil de aquel año, y fue un grupo de adolescentes el que tomó en sus manos la bandera de los intereses populares, con base en los postulados programáticos de nuestro Partido. Entre ellos estaba Oscar, quien durante esas jornadas se destacó como dirigente, no obstante su juventud, ganándose el aprecio de las masas y el odio de los agentes de la oligarquía. Pocos meses después ya había sido detenido en dos oportunidades y era perseguido y hostigado por la policía y los cuerpos secretos gubernamentales. Pero eso no lo amilanó. Por el contrario, junto con otros cinco camaradas, se propuso continuar la labor partidaria.

Al iniciarse 1972 nuestro Comité Ejecutivo Central tomó la decisión de concurrir a las elecciones. Como en muchos otros lugares del país, en La Dorada el MOIR solamente contaba con un puñado de militantes, en su gran mayoría inexpertos, carentes de los mínimos recursos materiales, pero llenos de fervor y resueltos a llevar adelante la tarea, por difícil que ella pareciese. Valiéndose del montaje de breves obras de teatro recorrieron los barrios del puerto y algunos municipios vecinos. Venciendo todo tipo de obstáculos diseñaron e imprimieron ellos mismos los afiches, los pegaron, dirigieron pequeños mítines, repartieron volantes y culminaron las tareas de la contienda electoral. Obtuvieron a la postre 39 votos, de los que Oscar comentó que provenían “de las 39 personas más avanzadas de La Dorada”, y lograron dar a conocer su mensaje entre los desposeídos, lo cual los animó a continuar en la brega.

Durante el año siguiente, al interrelacionar los esfuerzos dispersos en la zona del Magdalena Medio y crear un comité regional, la organización del Partido se fortaleció considerablemente. Oscar fue encargado de coordinar las actividades de la Juventud Patriótica y puso en ello todo su empeño. Además del trabajo político, laboraba para su subsistencia y también para la de algunos de sus camaradas. Su familia provenía de Mistrató, Risaralda, donde él había nacido el 3 de agosto de 1947, pero se trasladó a La Dorada poco después. Desde la infancia aprendió allí diversos oficios y los practicaba cuando era menester. En 1973, junto con varios compañeros, Oscar vivía en una casa que les fue preciso restaurar para hacerla habitable. Se recuerda con admiración cómo reparó el agujereado techo de zinc, pintó las paredes y apuntaló las vigas de aquella vivienda. Trabajaba como ebanista, salía a pescar en ocasiones y efectuaba con esmero otras faenas, siempre y cuando se lo permitieran sus responsabilidades partidarias.

Cierto día debió salir hacia Fundación, en el departamento del Magdalena, porque uno de sus hermanos, que vivía allí, cayó abatido por el ejército en el curso de un movimiento cívico en el cual no estaba participando activamente. Tal crimen aumentó su odio contra el despótico régimen liberal-conservador y fortaleció su decisión de crear una patria nueva, que esté al servicio del pueblo en lugar de favorecer a los amos extranjeros de una minoría privilegiada.

Fundirse con el proletariado
A finales de 1973, Oscar Restrepo encabezó una protesta estudiantil y promovió la solidaridad con una huelga del magisterio. Construyó un núcleo de agitación y propaganda del MOIR, que desarrolló una importante labor cultural y echó las bases del grupo de activistas para la campaña electoral de 1974. En ella, aplicando las orientaciones de la política de unidad y combate, el Partido obtuvo una curul ene el Concejo de La Dorada, en alianza con otras fuerzas.

Para sus camaradas era ostensible el avance ideológico de Oscar. Recuerdan que “siempre fue muy sencillo, íntegro y activo; estudiaba el marxismo con disciplina, pero no para posar de teórico sino para resolver los problemas de la lucha de clases, y a cada acto le imprimía entereza y vida”. Como para el Partido ha sido imperioso vincular cuadros al movimiento obrero, Oscar Restrepo buscó con entusiasmo ser enganchado en los Ferrocarriles Nacionales hasta que lo consiguió. Se inició de “estampero” en el campamento de La Miel, entre La Dorada y Puerto Triunfo.

Tal labor es la más dura en los ferrocarriles. Consiste en pasar el día a lo largo de la carrilera, clavando y asegurando los rieles con un almádana que pesa entre 10 y 15 libras, bajo el sofocante calor de la ribera. “El que ‘tira estampa’, es el peor remunerado pero también el más combativo”, asevera Alcides Blanco Miranda, compañero de Oscar en la vía férrea y en la lucha sindical, y quien recuerda que este se compenetró muy pronto con los demás ferroviarios. “Llamaba la atención porque era infatigable en el trabajo, porque quería saber todos los detalles de las pasadas peleas del sindicato y porque siempre mostró un gran compañerismo”, agrega. Al cabo de unos cuantos meses Oscar fue elegido secretario de la subdirectiva de la estación de México, División Centrales. Ya había conformado células del Partido entre los obreros y también entre los pescadores. En efecto, al terminar la jornada y las reuniones partidarias a Oscar le quedaban alientos para ayudar a los trabajadores del río, especialmente en el “tiempo vidrio”, como se designa el período de escasez de pesca.

Emilio Troncoso, hoy presidente de la Unión Sindical de Pescadores del Río Magdalena y sus afluentes; Usprimag, se contaba entre el grupo precursor de la organización gremial y narra cómo nuestro camarada apoyó a los ribereños que los terratenientes pretendían desalojar de sus humildes rancheríos. Así se granjeó el aprecio de cientos de moradores de aquellos bravos parajes del Río Grande de la Magdalena.

La huelga de 1975
En 1975, después de un largo periodo de reflujo del proletariado ferroviario, la División Centrales, cuyas sub-directivas se habían renovado, inició un movimiento en demanda de mejores condiciones de trabajo y a la vez de rechazo a las camarillas que detentaban la dirección nacional del sindicato. La estación de México participó en el paro que finalmente se decretó; sin embargo, había un maquinista en desacuerdo con la protesta, al cual los ingenieros le dieron la orden de transportar un convoy hasta la estación de Grecia, cercana a Puerto Berrio. Cuando se iba a mover la máquina Oscar Restrepo y Guillermo Donato aparecieron al frente de un grupo de esposas e hijos de los huelguistas, y se tendieron con ellos sobre los rieles. A eso de la una de la mañana la empresa llamó a la policía que, a culatazos, los desalojó de la vía y retuvo a los dos dirigentes. El maquinista, después de presenciar el valor y decisión de los camaradas, se negó a cumplir la orden.

Casi de inmediato los obreros del campamento de La Miel se enteraron de la detención de Oscar. Entonces, con barricadas, le impidieron el paso “al tren de lujo” que había logrado llegar allí con pasajeros, y le notificaron al alcalde de La Dorada que solo lo dejarían pasar cuando los presos recobraran la libertad.

Las autoridades no tuvieron otra alternativa que ceder, mas aprovecharon la primera oportunidad para expulsar a los trabajadores, entre ellos Oscar y otros directivos sindicales. En esos días el partido había iniciado una política de extensión, vinculando compañeros a los sectores rurales y pequeñas poblaciones, y reforzando los organismos en lugares donde no estaban aún desarrollándose. Oscar fue enviado durante unos meses a Girardot; luego se le encomendó estructurar al MOIR en la localidad de Puerto Triunfo, Antioquia, población ubicada entre Puerto Boyacá y La Dorada.

Todo por servir a las masas
Nuestro camarada acometió la empresa en aquel poblado con el ahínco que lo caracterizaba, aprovechando al máximo cada ocasión para servir al pueblo, en cuyo corazón quedó imborrablemente presente. Desde un comienzo entabló amistad con los campesinos de San Luis y San miguel, comprendidos Santiago Berrio, Las Mercedes, Doradal, Florida, Alta Vista, Manzanares, Tierradentro, El Silencio, Río Claro, y la Danta. Caminaba infatigablemente por esa extensa región, no obstante que una afección en el fémur le causaba algunos dolores, pero que jamás logró impedirle cumplir una tarea; por esas veredas sembró con su ejemplo la semilla de la revolución.

En la actualidad la zona de Puerto Triunfo está militarizada y en ella pululan agentes secretos que se han propuesto intimidar a la población. Las gentes temen hasta por su nombre pero hablan de Oscar Restrepo, a ratos con los ojos llenos de lágrimas. Don Lucho, doña Juana, María, Juan, campesinos, gentes humildes y laboriosas, todos lo rememoran con inmenso afecto; “era como una hermano”, suelen decir. En cada sitio por donde uno pasa encuentra el recuerdo material de Oscar; arreglos de viviendas, árboles que ayudó a sembrar, ladrillos que fabricó. Yo acá no conocí a nadie que solo trabajara para la comida, el resto de tiempo lo dedicaba a colaborarles a los pobres, comenta un anciano, como nosotros recogía limón en la cosecha; cargaba zinc, gravilla o reunía para algún enfermo o necesitado.
Tal dedicación permitió que en 1978, Oscar formara parte del primer Concejo de Puerto Triunfo, y que fuera elegido para el periodo de 1980–1982. Carlos Londoño, de la Anapo Revolucionaria y concejal también del Frente por la Unidad del Pueblo, dice que “además de la inteligencia, admiraba su posición inquebrantable de batallar por los intereses de las masas. Exigió insistentemente, por ejemplo, un acueducto para el Puerto, ya que a las casas llega un agua contaminada que corta hasta el jabón”.

En 1979, el camarada sacrificado respaldó con firmeza una invasión campesina en Santiago Berrio y fue encarcelado por dos meses. Era su detención numero 20. Desde la cárcel de Medellín le escribió a un compañero, manifestándole mayor preocupación por las necesidades de los campesinos con él recluidos que por sí mismo. Y comentaba textualmente: “En ningún momento se me ha bajado la moral para seguir trasegando esa empinada cuesta que estamos comprometidos a remontar: la causa del socialismo (…). Estos son apenas pellizcos que nos da la reacción, pues los golpes demoledores vendrán luego”.

En esa localidad relatan que Oscar “se dio a conocer como amigo del obrero” desde cuando, recién llegado, conformó una junta cívica para rescatar los terrenos de la escuela, que habían sido arbitrariamente ocupados por la compañía constructora “Socorro”, de capital extranjero, terrenos que finalmente retornaron a la población.

Durante los primeros meses de este año, el camarada Restrepo continuó con su labor revolucionaria: “Pasó un par de semanas fabricando adobes que vendió para poder ir a la celebración de los doscientos años de los Comuneros”, cuenta una vecina de la modesta pieza donde habitaba. Posteriormente, el 1 de mayo, propuso en el concejo una resolución exaltando la fecha internacional de la clase obrera. Dieciocho días más tarde aparecería vilmente asesinado y sólo reconocible por su ropa, relata su esposa, Ana Nora Ochoa, que lo recuerda con entrañable cariño y a quien su existencia y muerte heroicas le renuevan su decisión revolucionaria.

El martirio de Oscar Restrepo enardeció y llenó de dolor al MOIR y a sus amigos ferroviarios, campesinos y pescadores. Al entierro acudieron los pobladores de Puerto Triunfo en forma masiva. Hasta las monjas se hicieron presentes, junto con delegaciones de toda la región. En cada lugar de Colombia se llevaron a cabo actos exaltando la memoria de quien fuera, según las emocionadas palabras de uno de sus camaradas, “un compañero del mañana, y al mismo tiempo de hoy, para el cual el pueblo y el Partido se convirtieron en su razón de ser y cuya vida es la mejor herencia de nosotros los moiristas”.