APOTEOSICA PROCLAMACION DE JORGE ROBLEDO AL SENADO

El acto de lanzamiento de la candidatura al Senado del compañero Jorge Robledo se realizó en Bogotá el 9 de noviembre pasado en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada. Tarea difícil para nuestra militancia si se tiene en cuenta que en lo corrido del año 2001 la actividad de nuestro Partido había sido sumamente intensa. Desde enero, más de cien dirigentes reunidos en Conferencia Nacional, decidieron que nuestro vocero para las elecciones de Senado sería Robledo. Para el 22 de marzo, el Comando Unitario programó un paro nacional contra la política del gobierno, y la orientación partidaria fue la de propulsar con decisión la protesta. Solo un mes después, el 24 de abril, se realizó la Toma Agropecuaria de Bogotá, programada por la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria. Luego, los esfuerzos partidarios se volcaron a apoyar la lucha de los maestros, trabajadores de la salud, estudiantes y padres de familia, contra el recorte de los recursos para educación y salud contenidos en el proyecto 012. La portentosa movilización contra dicho proyecto acicateó el paro nacional agropecuario del 31 de julio, el cual desplegó la lucha de millares de agricultores que se tomaron las más importantes carreteras del país. Después del paro, la principal orientación de la junta directiva de Salvación Agropecuaria fue convocar un Congreso Nacional Agrario para consolidar la organización y ratificar su programa; éste se llevó a cabo en Bogotá el 18 de octubre, con la asistencia de cerca de 600 delegados. Simultáneamente, nos correspondía animar junto con otros sectores el Paro Cívico Nacional contra la andanada antiobrera y antipopular encabezada por el trío Pastrana, Santos y Angelino, paro que finalmente se acordó para el 1 de noviembre. Y alos pocos de esta última tarea, los militantes debían esforzarse nuevamente para sacar adelante nada menos que el primer evento de la campaña electoral.

Para la proclamación de Robledo, el Centro de Convenciones se colmó con la presencia de más de 1.600 personas. A las siete en punto de la noche, los animadores llamaron a ocupar los puestos en la mesa principal, lo cual hicieron cerca de 70 dirigentes, encabezados por los integrantes del Comité Ejecutivo Central del MOIR, presididos por su secretario general, compañero Héctor Valencia, quienes fueron recibidos con una afectuosa salva de aplausos. Lo mismo se hizo con las personalidades que generosamente nos acompañaron, destacándose, entre ellas, Ángel María Caballero, el respetado presidente de Salvación Agropecuaria; Gloria Ramírez y Tarcisio Rivera, presidenta y tesorero de Fecode; Gilberto Pareja, dirigente de la CUT; la representante a la Cámara por el liberalismo de Risaralda, Leonor Marmolejo; Adolfo Duarte, edil de Kennedy; Iván Martínez, presidente de la Asociación de Ganaderos y Agricultores del Meta, Agameta; Luis Fernando Loaiza, dirigente del Liberalismo Independiente de Caldas; Tarcicio Cuervo, Fulvio Ávila y Alberto Caro, dirigentes del sector agrario, y Luz Marina Zapata, vocera del Sindicato de Madres Comunitarias del Magdalena. Y los compañeros Rodolfo Gutiérrez, vicepresidente de la USO; Iván Cáceres, de Funtraenergética; Oscar Gutiérrez y Alonso Orozco, diputados del MOIR en Caldas y Caquetá; Claudia Camacho, presidenta de Sinties; Nelly Chamorro, presidenta de Sinass; Ramón Barrios, de Sittelecom; Susana Cifuentes, de Sinbienestar; Olger Forero, de ACEB; Pedro Camargo, de Unidad Panelera Nacional; José María Amado, de los pequeños industriales de Bogotá; Alfredo Muñoz, de CUT-Santander; Lucho Mendoza, de CUT-Bolívar; Víctor Dávila, de CUT-Boyacá; Timoteo Romero, de CUT-Meta; Martín Muñoz, presidente del sindicato de Coca-Cola; Fabio Triana, presidente de Sintrafavidi; el doctor Luis Villar, de la Asociación Médica Colombiana.

En la mesa principal también estuvieron los candidatos a la Cámara Alfonso Berrío, Antioquia; Aurelio Suárez, Risaralda; Roberto Schmalbach, Santander; Luis Fuentes, Bolívar; Fulvio Ávila, Boyacá; Luis Elmer Vergara, Cauca; Carlos Peñaloza, Cesar; Libardo Gómez, Huila; Oliverio Castillo, Nariño; Jorge Eliécer Peña, Quindío, y Leonel Hómez, Tolima.

En el fervoroso acto llevaron la palabra Héctor Valencia, secretario general del MOIR, quien hizo el lanzamiento de la candidatura de Jorge Robledo al Senado, en nombre de la coalición Unidad Cívica y Agraria-MOIR; Raúl Arroyave, fiscal de Fecode; Tarcicio Cuervo, dirigente de Unidad Cívica y Agraria en Boyacá, y Jorge Robledo C., con el discurso de aceptación de la candidatura.

En el salón se respiraba una atmósfera de entusiasmo revolucionario, característico de las épocas de ascenso. Las delegaciones coreaban las distintas consignas, tanto las que han hecho carrera en cada región, como las que se gritan por todos en toda Colombia, inspiradas en la repulsa al imperialismo y en la denuncia del régimen pastranista. Poco a poco, las gargantas fueron confluyendo hacia un solo grito: ¡Por la soberanía, el trabajo y la producción, resistencia civil!, plasmada en un enorme y bien diseñado telón elaborado por la comisión de propaganda de Bogotá; los muros laterales también los engalanaban llamativas pancartas, entre otras, las de la JUPA y las alusivas a los candidatos a la Cámara por Bogotá y Santander, Vicky Forero y Roberto Schmalbach. El entusiasmo no cedió un solo minuto, ni cuando se abordaron los buses para retornar a los lugares de origen.

A la salida de esta edición de Tribuna Roja, ya los organismos partidarios habrán programado en detalle las labores que ocuparán el tiempo que queda hasta el 10 de marzo de 2002, día en que celebraremos otra importante victoria del Partido y sus aliados, augurada con claridad el pasado 9 de noviembre: la elección al Senado de Jorge Robledo.

«NOS QUEDA EL CAMINO DE LA RESISTENCIA»

Hubiera querido dirigirme a ustedes personalmente, pero un quebranto de salud me lo ha impedido. Agradezco a mi Partido el haberme honrado escogiendo mi nombre para encabezar la lista a la Cámara por Bogotá en esta nueva contienda electoral. Por ser Bogotá la primera ciudad del país, y en razón de la dimensión de sus problemas, se hace necesario que los destacamentos más esclarecidos de la población hagamos un titánico esfuerzo por organizar la resistencia a las modalidades que aquí está adoptando la recolonzación imperialista.

En los últimos diez años nos encontramos con la ejecución sistemática de un plan tendiente a convertir el Distrito Capital en un paraíso para los inversionistas foráneos, a costa del despojo de la propiedad estatal, de la destrucción del aparato productivo y del sometimiendo de los ciudadanos a agobiantes cargas tributarias, al tiempo que se priva de los medios de subsistencia a miles de seres, despidiéndolos de sus puestos de trabajo o desalojándolos de las calles en aras de una supuesta recuperación del espacio público.

No nos queda sino el camino de la resistencia, y con usted, compañero Robledo, lo transitaremos con decisión.

“DOCTOR ROBLEDO: EL TERRENO ESTA ABONADO, SIEMBRELO”.

Haber dejado de compartir el duro pan de la gleba para venir a compartir con esta dirigencia de lucha aglutinada alrededor de un candidato al Senado de la República de las calidades y capacidades del doctor Jorge Robledo, me tiene hoy conmocionado.

Y venimos hoy con el mismo ahínco y ese pundonor que tuvimos el 31 de julio cuando dejamos de combatir las plagas y las alimañas de nuestros cultivos para salir a las carreteras a protestar contra otras alimañas más grandes y peligrosas y dañinas: las políticas de estos gobiernos antinacionales.

Un saludo especial para el doctor Ángel María Caballero, caballero de la lucha, que en buena hora creara con el doctor Robledo a Salvación Agropecuaria, donde esperanzados estamos dispuestos a dar la gran batalla para salvar el agro del país.

Qué paradoja tenemos en nuestros campos: ¡quién siembra se arruina! Antes nos sentíamos orgullosos de ser un país de vocación agropecuaria, autosuficientes, manteníamos a nuestros hijos con lo que producía el campo, pues nuestro esfuerzo, mal que bien, era remunerativo. Pero hoy, las políticas fondomonetaristas, imperialistas, que le imponen al país por medio de sus agentes, sus capataces de turno, no quieren que se cultive el campo, que lo abandonemos, y consumamos productos extranjeros.

Acabaron con el trigo, el maíz, la cebada; quieren acabar con el arroz, con la papa, con el café y nos quieren dejar dependiendo de las importaciones, para extender ellos sus tentáculos y nosotros en el campo arruinados. Millones de campesinos viviendo en el campo en la pobreza, o incluso como miserables. ¿Qué intentan hacer con este sector, con esta patria? Porque país que pierde su soberanía tiene que mantenerse esclavo, lo someten a cualquier momento y a cualquier cosa, y eso son las políticas neoliberales.

Por fortuna apareció en Colombia Jorge Robledo, quien nos dice qué es el neoliberalismo, no le come cuento a quienes quieren envolatarnos con las teorías de esos padres Smith y Ricardo y, al contrario, señala que no podemos hacerles el juego a esas posiciones porque traen consecuencias muy graves, con grandes desastres para el país.

Doctor Robledo: usted es un hombre de ideas, de trabajo, de lucha. El amor a sus ideas, la profundidad y la tenacidad con las que adelanta su trabajo, lo tienen hoy en este podio. La lucha permanente que ha sido su vida, en la cátedra, en las organizaciones agrarias, siempre con las gentes que producen, y en especial la última con Salvación Agropecuaria, la del paro del 31 de julio, lo convierten en un verdadero líder, en un paladín de los pobres. Usted se ha mantenido firme en sus ideas, educando y organizando, eso es lo que la patria necesita. Nosotros nos sentimos orgullosos y decididos a apoyarlo hasta las últimas consecuencias.

¡Vaya a ver la tarea que tiene de ahora en adelante¡ Acabar con la pobreza, acabar con los maltratos al campo. ¡Vaya tarea difícil¡ De pelear con esos sátrapas que están en el poder, los mismos que engañan al pueblo, los mismos que venden la patria, los que nos llevan a lo peor.

Doctor Robledo, senador de la República: el terreno está abonado, siémbrelo. Nosotros en el campo hemos aprendido que el hombre es como las plantas, que no da por la planta misma, que crece y da frutos es por la tierra y el surco que se labra. En esta tarea de la Salvación del campo, de la salvación de los pobres, usted tiene hoy el comienzo de una gran etapa, y lo tiene con un gran ejército de luchadores, ese que está ahí abajo sentado, escuchándonos con alegría, esperanza y firmeza. Porque es necesario recordar, que un general gana la guerra no por él mismo, sino por el pundonor y la fuerza del ejército que lo rodea. Muchas gracias.

“LA SUYA SERA, EN FIN DE CUENTAS, UNA LABOR POR LA SALVACION DE LA PATRIA”

Tras el estrepitoso derrumbe hace algo más de una década de ese gigante con pies de barro en que llegó a convertirse el socialimperialismo soviético, pareció darse el toque de rebato para que el imperialismo norteamericano iniciara con renovado brío el proceso de recolonización sobre América Latina y los demás países del Tercer Mundo.

Con el remoquete de apertura económica se ha conocido en Colombia la forma que adquirió en nuestro país el neoliberalismo, impuesto por Estados Unidos dentro de su política de globalización. Con base en la “Iniciativa para las Américas” del ex presidente Bush, el ‘Plan Brady’ y el denominado ‘Consenso de Washington’, coaccionó a Colombia y los demás países periféricos a instaurar medidas destinadas a derrumbar las barreras arancelarias y liberalizar el comercio; reformar las constituciones a fin de adecuar la superestructura del Estado al llamado ‘nuevo orden’; suprimir los subsidios económicos o tributarios del gobierno a los sectores productivos; y desmontar la presencia del Estado en el sector productivo y de servicios. Simultáneamente, los forzó a emprender una ola de privatizaciones que, en medio de una orgía de corruptas subastas, enajenaron la riqueza pública en favor de particulares. Las distintas naciones quedaron arrinconadas, respondiendo al precio que fuera por los servicios y amortizaciones de la agobiante deuda.

Los resultados de tal política no podían ser más desastrosos, tanto que el desolador panorama hace que algunos de sus acérrimos propulsores le huyan a su responsabilidad declarando que el neoliberalismo no existe, mientras otros se afanan en prometer que lo sepultarán. A causa de la ruina creciente del aparato productivo nacional, se ha presentado el cierre de más de 25 mil fábricas en la última década y la agricultura ha caído en profunda depresión con la disminución de más de 800 mil hectáreas de tierra sembrada. Como consecuencia, la tasa de desempleo se ha duplicado en la última década y la población que está en la pobreza ya suma más de veintiséis millones. El país se encuentra pues en una encrucijada de la que sólo podrán sacarlo sus propias masas poniéndose en pie de resistencia.

Si enumero estos males y hago estas consideraciones, es sólo para reasaltar que a usted, compañero Jorge Robledo, le cabe el mérito histórico de haber esclarecido y combatido sin cuartel todos estos desafueros a lo largo de la última década, no sólo desde la academia y la pluma, sino, lo que es más importante, desde los actos de masas. En ellos usted ha estado siempre presente y al frente; y no sólo eso, los ha alentado tesoneramente, al lado de los demás compañeros de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, y en especial de su presidente, el doctor Ángel María Caballero, como una vigorosa expresión de lo que hemos llamado la “Resistencia Civil”.

La barrida neoliberal que ha removido todos los cimientos de nuestra sociedad con tan deplorables resultados, no podía dejar de estar presente en nuestro sector de la educación. De hecho nos ha tocado lidiar contra una contrarreforma educativa absolutamente regresiva y reaccionaria, que borra de un plumazo los avances logrados en la educación pública a principios de la última década, y contra la andanada de la agenda legislativa del gobierno, que, entre otras medidas, pretende imponer a todos los trabajadores tanto una retardataria reforma pensional, que en la práctica significa la abolición de este derecho, como una reforma laboral que abarate hasta el límite los costos de los salarios y, con ello, envilezca aun más la existencia de millones de colombianos.

El régimen pastranista, bajo los dictámenes del Fondo Monetario Internacional, decidió echar mano de las transferencias territoriales para tratar de paliar la crisis fiscal provocada por el modelo neoliberal. Para ello reformaron la constitución mediante el Acto Legislativo número 01 de 2001 y tramitan ahora el proyecto de ley 120 para reglamentarlo, buscando municipalizar y plantelizar la educación y despedazar el sistema educativo nacional, tal como lo hicieron ya desde hace seis años con la salud; exonerar a la Nación de sus obligaciones financieras con el sector educativo; privatizar por completo la prestación del servicio educativo, pretender introducir en la administración y organización de escuelas y colegios los principios que rigen el funcionamiento de las fábricas; transformar a los rectores en gerentes; abolir las supervisiones educativas para transmutarlas por auditorías privadas externas y arrasar con los históricos derechos laborales del magisterio suprimiendo la estabilidad laboral, derogando el Estatuto Docente, congelando el escalafón y entronizando la informalidad absoluta en el sector educativo, lo que, en conjunto, se convierte en el más vergonzoso atentado contra la calidad de la educación.

Contra toda esta política nos levantamos los maestros y la comunidad educativa a mediados del presente año, al igual que poco después lo hicieron los campesinos y los productores rurales. Nos cabe el mérito, a la Federación Colombiana de Educadores (FECODE) y a la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria conducida por nuestro amigo Ángel María Caballero, de haber encabezado las dos más importantes luchas de masas contra el actual gobierno: el paro nacional indefinido del magisterio colombiano de mayo y junio y el paro nacional agropecuario del 31 de julio. En ambas movilizaciones se vio claro, de un lado, la decisión de las masas para enfilar su lucha contra las medidas neoliberales y exigir pronta y cumplidamente un replanteamiento a fondo de toda esta dañina política y, de otro, la contumacia del gobierno cipayo para cumplir las imposiciones del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de los poderes imperiales, así para ello tenga que arrasar la nación entera. Y en ambas luchas, usted estuvo inmerso, compañero Robledo, alentándolas sin desmayo e iluminando con su claridad y sapiencia el quehacer cotidiano para el éxito de las mismas.

Esto lo hacíamos a pesar del pesimismo y la desmoralización que se quiso hacer cundir en amplios sectores de los trabajadores colombianos, por parte de algunos dirigentes sindicales cuya conducta no ha estado a la altura de las exigencias de la hora. Dedicados a participar en cuanta farsa de concertación monta el gobierno, quieren convertir las convocatorias a los paros en meras declaraciones formales que desdeñan el espíritu combativo de las bases sindicales. Lo grave es que tal conducta conduce a la entrega de las conquistas convencionales, como en el reciente caso del sindicato de los Seguros Sociales y de Cajanal. Mas los trabajadores no se crearán ilusiones en que se puede saciar la voracidad del imperialismo y de la pandilla vendepatria, festinando en las mesas de concertación sus escasos derechos.

Compañero Jorge Robledo: me ha correspondido el honor de llevar la palabra en este acto a nombre de un importante sector del movimiento sindical colombiano para expresarle nuestro incondicional apoyo, para alentarlo en su tesonera lucha, para resaltarlo como ejemplo del intelectual y dirigente de masas que mantiene intacta su rebeldía crítica frente a los poderes de turno y para enaltecerlo por su ósea espina dorsal contraria a las consistencias gelatinosas de las de tantos que han sucumbido ante los cantos de sirena del modelo neoliberal.

Compañero Robledo: queremos decirle que lo apoyaremos con nuestro trabajo y con nuestros votos. Y si en este 9 de noviembre estamos proclamando su candidatura al Senado de la República, lo hacemos convencidos de la necesidad de alcanzar una tribuna en el parlamento para continuar luchando desde allí por la defensa de la soberanía de Colombia, los intereses de los trabajadores de la ciudad y el campo, y el desarrollo de la producción nacional en la que se empeñan empresarios urbanos y rurales. La suya será, en fin de cuentas, una labor por la salvación de la patria, por lo que usted será allí nuestro paladín.

Muchas gracias

HACIA UNA GRAN CAMPAÑA POR LA RESISTENCIA CIVIL

Amigos de la Unidad Cívica y Agraria,

Amigos del MOIR,

Compañeros militantes:

Dice un proverbio oriental que en la pelea se conocen los amigos. Hoy tenemos la alegría de contar en este acto con amigos que representan con su gallardía solidaria a los miles que en el país estiman a nuestro Partido y confían en él, empezando por quienes se aglutinan en la Unidad Cívica y Agraria. Nos acompaña en la mesa directiva Ángel María Caballero, con quien nos encontramos recientemente en el Tolima, en medio de las contiendas de los empresarios y trabajadores rurales contra la política agraria que aplica el gobierno. Pronto reconocimos en él al genuino y templado conductor de las luchas por recuperar la producción y el bienestar de las gentes del campo colombiano.

Los tiempos que vivimos son extraordinarios. Auguran períodos decisivos de la lucha antagónica que se desarrolla desde hace mucho más de un siglo entre los trabajadores y los pueblos, por un lado, y el imperialismo, por el otro. A ese pulso histórico no sólo no es ajena nuestra nación sino que lo vive a su medida de manera intensa. Pues si bien dentro de su plan de instaurar en el planeta un colonialismo de novísimo tipo, el gobierno de Washington no cesa en sus intentos para que aquí rijan plenamente sus políticas neoliberales, menos ha cesado la resistencia que vastos sectores de nuestro pueblo han opuesto a tales designios.

La cuestión es que en esta época y bajo el nombre de globalización, Estados Unidos –tratando de escapar al declive de su imperialismo y expuesto a ingentes vulnerabilidades- arrecia sus acciones directas para dominar sobre todas las naciones. En lo que corresponde a Colombia, ha quebrantado nuestra soberanía recurriendo a disímiles expedientes. Proclamó la lucha contra el narcotráfico, esa hidra cuyas cabezas sólo amaga cortar ya que, de hacerlo, estropearía instrumentos para su intervencionismo. Además, aunque cuenta con que estas renacerían desde la misma entraña de su sistema económico -como lo demuestran los abundantes cultivos de marihuana y la acrecentada producción de estupefacientes en su propio territorio-, dejaría de lucrarse con un jugoso puñado de dólares. Ahora, a raíz del execrable atentado contra las torres del World Trade Center y el Pentágono, ha emprendido una cruzada mundial contra el terrorismo que utiliza como pretexto para intensificar sus políticas de subyugación. También en este caso se quiere convertir a Colombia en partícipe de una guerra en la que se le destina a ser una de sus víctimas.

Respecto al terrorismo, fenómeno ligado a la situación de violencia que atraviesa el país, es pertinente reiterar los criterios que ya hemos formulado públicamente. Manifestamos que “sólo mediante la movilización y lucha de las masas se podrán conseguir las grandes transformaciones que Colombia necesita”. De allí que, luego de establecer que está por una solución política del conflicto armado mediante acuerdos que preserven tanto la soberanía e integridad de la nación como los derechos democráticos e intereses de toda la población, el MOIR haya declarado que “rechaza el terrorismo, el secuestro, el atentado personal, la extorsión, las desapariciones forzadas, la coerción y el genocidio como herramientas de lucha, cualesquiera sean los actores en conflicto que las utilicen”.

Esta posición armoniza con la necesidad que tiene nuestro pueblo de alcanzar unas condiciones que le permitan avanzar en sus conquistas democráticas y consolidar su autodeterminación. Y es por esta misma y potísima razón que, junto a abominar las atrocidades que se perpetran en el suelo patrio, repudia con mayor vigor que el gobierno norteamericano, escudándose en la “guerra contra el terrorismo”, quiera someter el país a políticas de globalización y neoliberalismo aún más devastadoras. Sabe que éstas, al arrasar con su producción, recursos, trabajo y servicios públicos, exterminan hora por hora la vida de centenares de compatriotas.

Por esta razón despierta gran alarma escuchar hoy que la globalización “es una premisa insalvable” a la que “no tiene sentido alguno buscarle vías circunvalares ni salidas insulares” y que a renglón seguido se afirme que se va a “sepultar el neoliberalismo”. Se revela en estas aseveraciones una estupidez perdurable o una malicia infinita, pues la globalización es una política inherente a la implantación en todo el mundo de los criterios neoliberales que precisa el capitalismo del imperio en su presente fase. Y si ella se acepta como una política no sólo ineludible sino irresistible ¿cómo pretender suprimir el neoliberalismo que ella envuelve y apuntala? ¿cómo eliminar la yema sin romper la cáscara que la recubre y preserva durante todo su proceso de formación? Las condiciones económicas determinan la política, pero para cambiarlas debe cambiarse primero la política. Lo que ladinamente se pasa aquí por alto es que, dada su naturaleza imperialista, ninguna de las medidas neoliberales escapa al contexto de la globalización puesta en marcha por los Estados Unidos.

Ignorar este quid de la cuestión es venero de inconsecuencias con los intereses de la nación, que irremediablemente conducen al reformismo y al colaboracionismo. Quienes, sin referirse a la política norteamericana, se desatan en marchitas críticas al neoliberalismo, pueden todavía escapar a la censura pública general sólo en razón de que la actual etapa de conocimiento de este fenómeno es incipiente en algunos sectores de la población. Pero como sus nefastos resultados cunden por todo el país, la actitud de dedicarse a maldecir la fiebre y a bendecir los paños de agua tibia, sin ocuparse de la enfermedad que la produce, será algo que por su carácter antinacional todos los millones de colombianos terminarán condenando. Dentro de semejante contexto no es insólito escuchar ahora reparos al neoliberalismo por parte de algunos que bajo el gobierno de Gaviria fueron propulsores de la apertura económica y artífices de la adecuación de las instituciones para su aplicación, plasmada en la Constitución de 1991; oír censuras de otros que durante la administración Samper sólo refunfuñaron para disimular su sumisión ante los dictados de Washington, y observar a otros más que en su plan de candidatos a ejercer la presidencia refinan su pantomima de opositores de las políticas en curso. Si Pastrana no se ha sumado a estas astucias, se debe simplemente a que su servilismo es tan absoluto que no le caben tales socarronerías.

La crisis generalizada que azota al país no la pueden disfrazar ni siquiera las cifras amañadas que divulgan el gobierno y los institutos de investigación adictos al neoliberalismo. Tampoco pueden ocultar que Colombia no es una isla en medio de una América Latina en donde mucho más de 200 millones de seres viven en la pobreza y la mitad de ellos en la miseria. Porque antes que esas cifras, y a salvo de su permanente manipulación, está la realidad que todo observador sensato puede testimoniar: millones de desempleados en campos y ciudades, muchos de ellos paliando esa situación con empleos informales; los sectores medios cayendo en la pobreza y los pobres cayendo en la miseria; empresas industriales cerradas y otras funcionando a media marcha en camino hacia la bancarrota; campos desolados y tierras con su agostada producción erizada de dificultades, en donde los propietarios medianos y pequeños, y aún los ricos, saltan matones para no caer en la ruina.

Todo esto evidencia que las fuerzas productivas no sólo se han estancado, sino que el escaso desarrollo que han alcanzado está en franco retroceso. Una prueba más de que la capa alta de la sociedad, que durante más de un siglo ha tenido bajo su dominio el Estado, fracasó en defender los intereses nacionales ante los embates subyugadores de Estados Unidos y, en consecuencia, ha desgraciado el progreso económico y social de nuestra patria.

Nada tiene de extraño, entonces, que organizaciones en avanzada asuman los intereses de sectores apabullados en lo económico y discriminados en lo social, y se pongan a su servicio; ni que personas lúcidas y con suficiente enjundia comiencen a brotar de fábricas, campos y oficinas como líderes en pie de lucha. Los paros obreros y agrarios, que contando con esta germinación han venido proliferando a lo largo y ancho del país, son valiosas muestras de que cada día un mayor número de compatriotas, empezando por las laboriosas gentes de la ciudad y el agro, comprenden que las movilizaciones forjadas con base en sus propios esfuerzos son el arma más eficaz para sacudirse la situación que los abruma.

Amigos y compañeros: debemos tener la certidumbre de que semejante conjunción de voluntades en postura de resistencia es el más confiable y seguro ariete para la salvación nacional. Máxime en esta hora, cuando la dependencia política y la imposición económica que entraña la globalización se intensificarán luego que Bush aprovechó el ataque perpetrado en Nueva York y Washington para convertir su “guerra contra el terrorismo” en patente de corso para intervenir a discreción. Mientras hoy se bombardea de manera salvaje a la indomable nación afgana, masacrando seres tan indefensos e inocentes como los que murieron el 11 de septiembre, el gobierno norteamericano ataca en el resto del mundo utilizando el arma del comercio. En aras de combatir el terrorismo impulsa la aplicación de su recetario económico, con lo cual su maniquea exhortación de “están con nosotros o están con el terrorismo”, equivale a “están con nuestras imposiciones neoliberales o están con el terrorismo”. Tal es el marco que se le ha puesto tanto al evento que la Organización Mundial del Comercio inició hoy en Doha, Quatar, como a la próxima reunión del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en la que se le piensa dar un empujón definitivo al proceso de toma de los mercados nacionales de América Latina mediante medidas arancelarias que arruinarán del todo la producción agropecuaria y agostarán al máximo la producción industrial.

Así como la “guerra contra el narcotráfico” es el pretexto que le ha permitido a Estados Unidos determinar el manejo de las riendas políticas, económicas y sociales del Estado colombiano, la actual “guerra contra el terrorismo” pretende incrementar esa intervención a fin de reforzar su proceso de recolonización del país. Ante esta meta anunciada a través de declaraciones y hechos por el gobierno de Bush, los más encumbrados miembros de la clase dirigente, así como los más exaltados candidatos presidenciales, no sólo se muestran condescendientes sino que pugnan por convertirse en socios activos para su logro. Aceptan pues coadyuvar a que la caja de Pandora que Estados Unidos destapó en Colombia plagándola de males permanezca abierta hasta que también se escape la esperanza.

Pero la nación no se avendrá a tan tenebroso destino. Al fin y al cabo no son las ínfimas clases dominantes ni el puñado de imperialistas, sino los pueblos los que hacen la historia, y el nuestro no es la excepción. Una vez que forjó su independencia, ha librado toda suerte de combates por conservar su autonomía. Y hoy, ante los peligros que lo acechan, en especial los que se han venido acumulando durante la última década, ha demostrado que cuenta con suficientes arrestos para resistir y prevalecer. No otra cosa significan los mencionados paros, movilizaciones y protestas de trabajadores, campesinos, empresarios rurales y diversos sectores de la población ciudadana.

En particular, los recurrentes paros cívicos comandados por obreros y empleados constituyen auténticos hitos del combate contra la negación de derechos y la supresión de conquistas laborales que adelanta el gobierno pastranista siguiendo los dictados del Fondo Monetario Internacional. Puesto que la embestida con tales propósitos arrecia, se impone infundirle a las aleccionadoras movilizaciones que se vienen realizando mayor dinámica, organización y amplitud. Razón por la cual es apenas justo alertar aquí que esto no ha de lograrse sin aislar al manojo de dirigentes que siempre están en plan de amortiguar furtivamente las protestas y luchas mientras ofician de maestros concertadores para la entrega de los intereses de la clase trabajadora al gobierno y a los potentados. Esta alerta es más perentoria cuando, como acaba de suceder, la dirigencia del sindicato de los Seguros Sociales avaló lo que no es sino un contrato de entendimiento que lesiona gravemente derechos laborales y conquistas adquiridas. El hecho de que Pastrana, junto a los ministros Santos y Garzón, se haya afanado a presentar esta traición como un ejemplo de mesura y patriotismo, exige que los dirigentes de las centrales obreras respondan creando las reales condiciones para que se desplieguen las justas e imprescindibles audacias proletarias. Sólo una conducta de esta naturaleza corresponderá a la batalla que deben librar los trabajadores para echar atrás los atentados, exigidos por el Fondo Monetario y montados por el gobierno, para esquilmarles sus pensiones y reducirles los años de debido reposo a que tienen derecho luego de su agobiante vida laboral.

No menos importancia tiene el hecho de que gentes entregadas a la producción en el campo realizaran a mediados de año un paro cuyo contenido y dimensiones no tiene precedentes. Millares de campesinos y un buen número de empresarios arrinconados por el exterminio productivo a que ha sido sometido el campo, irrumpieron en plazas y calles y se apostaron en las carreteras para exigir sus derechos. La gran envergadura de sus manifestaciones guarda proporción con la magnitud de la tragedia económica y social de la nación. Un buen termómetro para percibir los extremos que ésta adquiere lo proporciona el hecho de que en regiones en otros tiempos relativamente prósperas, las feraces tierras cafeteras del Viejo Caldas, trabajadores caídos en la miseria estén ofreciendo realizar trabajos a cambio de que se les deje un fogón en donde calentar su fría y escasa ración de alimento. El relato de episodios que viven las gentes del campo, y los similares que atraviesan grandes sectores de la población, tiene similitudes con las más sombrías crónicas. Sin embargo deben divulgarse. No como materia prima para la quejumbre y la desmoralización sino como vigorosa denuncia que apuntale la apremiante tarea de buscar nuevas, más sólidas y más amplias formas de organización de la resistencia civil. Por fortuna ésta ya tiene un sólido eje, la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria. En esencia, nuestro compromiso es contribuir al fortalecimiento de esta organización cuyo nombre es también una consigna de unidad y combate.

Compañeros y amigos: los aires del tercer milenio ya traen las primeras notas de la oda a la alegría que con su lucha componen los pueblos. Para poder captarlas, los militantes del MOIR se sitúan entre obreros y campesinos, entre sectores de la población en barrios y veredas, junto a personas demócratas y patriotas, y hombro a hombro con ellos ingresan en la palestra donde se resiste contra las políticas que acogotan a la nación. En el constante devenir de nuestras actividades políticas, y para “no perder la marea alta”, como se nos instruyó, tan pronto salimos de unas tareas ya estamos emprendiendo otras. La que concentrará todos nuestros esfuerzos en los meses venideros tiene carácter electoral: nos proponemos desarrollar una campaña cuyo contenido es señalar las causas de los males que hoy azotan a Colombia -el neoliberalismo y la globalización-, denunciar a quienes los imponen – el imperialismo norteamericano y el Estado colombiano que hoy preside Pastrana- y llamar a la resistencia civil contra ellos. El objetivo es alcanzar una votación que permita abrir un espacio para nuestra política en el Senado de la República, y hemos determinado que Jorge Robledo es el compañero más indicado para encabezar ese propósito.

Jorge Robledo posee las tres cualidades que solían mencionarse en tiempos pasados como atributos de los adalides, cualidades conocidas como las tres c por empezar con esta letra las palabras que las simbolizan. Ellas son: corazón, al preocuparse por los males que gravitan sobre sus compatriotas, por lo que desde su juventud se sumó a la brega por los necesarios cambios sociales; cabeza, al integrar su estudio de la teoría revolucionaria, la economía política y otras ramas del conocimiento científico, con la práctica política, hasta alcanzar una comprensión meridiana del mundo y la sociedad; y, por último, despojando a la palabra del antiguo sentido soez, tiene cojones, es decir, valor, ese atributo que según nuestro desaparecido mentor ideológico y político, Francisco Mosquera, “es hálito vital de toda empresa desbrozadora del progreso del hombre”. Valor para pensar con seriedad los fenómenos ateniéndose a las leyes materiales y sociales del mundo que queremos transformar, valor para no apocarse ante las tareas difíciles, y valor para persistir durante toda la vida en una posición patriótica y revolucionaria. La jornada de cuatro meses que a partir de hoy tenemos por delante consiste en persuadir a la mayor cantidad de gentes de bien de que, al poseer todas estas condiciones, Jorge Robledo es el candidato al Senado que garantiza la mejor defensa de sus intereses y los de la nación.

Amigos y compañeros: no cabe duda de que culminaremos bien esta tarea, ya que es otra jornada de la resistencia civil.

Muchas gracias.

“EDUQUEMOS A LA NACION EN LAS CAUSAS ULTIMAS DE SUS DESGRACIAS Y EN LA MANERA DE SUPERARLAS”.

Acepto hoy aquí la honrosa distinción que significa que ustedes y muchos otros compatriotas me hayan escogido como portaestandarte en la batalla electoral que libraremos en las próximas semanas, a nombre de la coalición Unidad Cívica y Agraria–MOIR, candidatura al Senado de la República que debe entenderse como la continuación de una lucha que tantos hemos librado unidos durante tanto tiempo. La ocasión exige, entonces, precisar las concepciones con las que adelantaremos la campaña y establecer los criterios con los que actuaremos en el Senado de la República una vez se escruten, como seguramente sucederá, los sufragios suficientes.

Se ha vuelto un lugar común decir que Colombia atraviesa por la peor crisis de su historia, inclusive más grave aún que la que produjera el crac de Wall Street de 1929, que causó una auténtica devastación económica y social en todo el mundo. A la vista están algunas de las consecuencias sociales más notorias del desastre actual, encarnadas en un desempleo abierto que se acerca al 20% del total de las personas en edad de trabajar y a más de 50% de los ocupados que luchan en la llamada “economía del rebusque”, a lo cual se suman 26 millones de compatriotas que languidecen por debajo de la línea de pobreza definida por el gobierno, incluidos en ellos nueve millones de indigentes. También se padece por un sistema de salud que excluye de cualquier atención digna de ese nombre a más de la mitad de los colombianos y de unas instituciones educativas de primaria y secundaria en las que literalmente no caben alrededor de tres millones de jóvenes y niños. Además, qué decir del suplicio al que hemos sido sometidos por unas facturas de los servicios públicos que cada vez más hay que pagar comiendo menos, curándose menos, educándose menos, vistiéndose menos, recreándose menos. Y el Estado yace en bancarrota, a pesar de que han reducido su inversión a niveles catastróficos y despedido a decenas de miles de servidores públicos. Este apretado resumen de los más notorios efectos de la crisis general se completa mencionando que la corrupción y la violencia de todos los tipos, aumentadas a niveles de vértigo, también son parte del horroroso panorama nacional.

Pero no se participa en las luchas sociales y políticas para, simplemente, hacer de notarios de lo que ocurre, ensartando como en rosarios los padecimientos de la nación, sufrimientos cada vez mayores que ninguna descripción logra reflejar a cabalidad. Limitarse a mencionar los efectos de lo que ocurre se lo dejamos a quienes, como demagogos, timoratos o despistados, plantean o sugieren que los problemas de los colombianos se solucionarán como por encanto sin mencionar ni comprometerse a atacar las causas, mediante el elemental ejercicio ciudadano de votar por ellos.

Colombia no ha sido nunca el lugar donde hayan florecido en serio la producción, el trabajo, el ingreso y el bienestar en general. La historia del país es la historia de una industria y un agro subdesarrollados y, como consecuencia de ello, de niveles de desempleo altos, de salarios bajos e incluso de utilidades reducidas en la casi totalidad de las empresas y negocios por cuenta propia, salvo para los pocos que lograron engancharse en los escasos sectores que prosperaron relativamente, todo lo cual produjo también un Estado con escasa capacidad para respaldar bien las labores productivas de sus ciudadanos y ofrecerles la educación, salud, servicios públicos, infraestructura y vivienda que sí les garantiza el aparato gubernamental a las naciones desarrolladas. Pero también es cierto que, luego de 1990, todos los indicadores económicos del país cayeron en picada, una vez se decidió modificar la orientación económica que garantizaba el desarrollo de antes —así fuera mediocre—, hasta el punto que no pocas de las actividades que crecieron se encuentran en ruinas o avanzan en esa dirección, con su consecuente impacto negativo sobre la vida del pueblo y las finanzas públicas, lo que, nuevamente, reduce la capacidad del Estado para cumplir con las funciones que se supone debe cumplir en las sociedades contemporáneas.

El colapso económico y social se precipitó, como se sabe, a partir de 1990, en las presidencias de Virgilio Barco y César Gaviria, quienes tuvieron como fieles continuadores a Samper y Pastrana, las cuatro cucarachas del mismo calabazo de esta historia. ¿Qué pasó? ¿En qué consistió el cambio? Por mucho que algunos insistan en ello con calculada astucia, lo novedoso no es la corrupción estatal y privada de los mandamases del país, porque ese fenómeno tiene origen, en su versión “moderna”, y según lo explicó el propio Alfonso López Michelsen en el libro Palabras pendientes, en las andanzas de la United Fruit Company, la compañía bananera norteamericana que empezando el siglo XX se instaló en Colombia a sobornar dirigentes políticos y funcionarios públicos para que actuaran a su favor. Tampoco puede achacársele este desbarajuste económico a la violencia, mal que en su forma más reciente se remonta a por lo menos cuatro décadas. Y ni siquiera la incapacidad que ha distinguido a tantos figurones que han posado de estadistas constituye una particularidad de los últimos años: ahí están para recordarlo un siglo de las caricaturas, chistes e ironías con las que los colombianos han cobrado algún desquite por las medidas tomadas en contra de sus intereses, y que se burlan del cretinismo ministerial o presidencial.

El muy grave empeoramiento de las condiciones del país se explica por la aplicación de las políticas neoliberales de apertura comercial y financiera y de privatización, definidas por el capital financiero que controla al Fondo Monetario Internacional, institución que también tiene la responsabilidad principal del mediocre desarrollo desde 1948, porque desde esas calendas han sido sus funcionarios los que les han dictado a presidentes y ministros lo que debe o no hacerse. Sobre los neoliberales colombianos hay que decir que el día en que tengan una idea de verdad propia, sobre algo que en realidad valga la pena, les va a dar un derrame cerebral.

El caso del agro, tan cercano a mis diarios afanes, sirve para ilustrar bien el proceso de lo ocurrido, pero haciendo la advertencia de que la quiebra industrial ha sido igual o mayor, verdad casi desconocida porque en ese sector no han aparecido las organizaciones gremiales independientes del Estado, que sí se han creado en el campo y que han sido capaces de gritarle a Colombia y al mundo las dimensiones de la catástrofe, parándonos en las plazas y carreteras del país. En ese esclarecimiento han jugado un papel definitivo los miembros y dirigentes de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria —cafeteros, paperos, arroceros, paneleros, maiceros, ganaderos, etc.— y su presidente, Ángel María Caballero, digno representante del patriotismo y el valor civil de los colombianos, dos virtudes sin las cuales no podremos salir de la encrucijada en que nos encontramos, y quien con su presencia solidaria en este acto vuelve a confirmar que no le tiembla el pulso para hacer lo que considera correcto.

Con un par de ejemplos puede ilustrarse que el campo colombiano no ha recibido nunca el debido respaldo estatal. El primero, el del café: con unos productores sometidos durante casi un siglo a todo tipo de exacciones regresivas y discriminatorias y a quienes, por décadas, se decidió mantenerlos en el mayor atraso tecnológico porque la política cafetera definió que la competitividad internacional debía lograrse a punta de devaluaciones de la moneda y, aunque parezca mentira, de la proverbial capacidad del campesinado para apretarse el cinturón. Y el otro, el del trigo, producto en el que Colombia fue autosuficiente hasta finales de la década de 1950, cuando los gobiernos nacionales decidieron eliminar su cultivo para darle salida a los llamados “excedentes agrícolas” norteamericanos, excedentes que la política de respaldo estatal al campo en ese país estaba empezando a producir de manera permanente. Además, también puede demostrarse que, en cuanto a precios de sustentación, créditos baratos, control a los costos de producción, obras de infraestructura, investigación científica y asistencia técnica, Colombia estaba a años luz del respaldo que sí recibían —explicando su éxito— los agricultores y ganaderos de Estados Unidos y de los demás países industrializados. Baste decir que para 1990 los subsidios oficiales directos al agro en esos países llegaban a 320 mil millones de dólares anuales, suma que hoy asciende a 370 mil millones. Luego falta a la verdad quien diga que el sector agropecuario nacional, y lo mismo puede demostrarse para la industria, estaba cabalmente protegido antes de empezar a aplicarse las políticas neoliberales.

Pero, mal que bien, ese agro atrasado de empresarios, campesinos, indígenas y jornaleros sustentaba al país subdesarrollado de antes de los noventas, y por lo menos en el papel estaba establecido que el Estado debía respaldarlo, cuando se decidió darle la bienvenida a un futuro que, a sabiendas, empujaría el país hacia un pasado en mucho peor que el presente que se vivía. En dos direcciones avanzaron las políticas. Amparados en la concepción privatizadora, la cual, de manera maquiavélica, se aprovechó del descontento nacional contra las evidentes corruptelas y clientelismos corrientes en el país, se desmontaron o debilitaron las instituciones y las políticas oficiales que en algo respaldaban la producción agropecuaria, con la obvia consecuencia de hacer más difícil y costoso producir. Y, al mismo tiempo, se disminuyeron los aranceles a los productos importados, lo que abarató los alimentos y las materias primas traídas del exterior, creando una realidad que les entregaba a los extranjeros las garantías que les negaba a los nacionales. ¿Las consecuencias? Eran obvias y son conocidas: la pérdida de 800 mil hectáreas de cultivos transitorios literalmente arrasadas por unas importaciones que pasaron de 700 mil a siete millones de toneladas anuales, la ruina o el empobrecimiento del común de los productores, el aumento del desempleo y la baja de los salarios de los obreros agrícolas, y una sociedad rural en la que 85 de cada cien personas yacen por debajo de la línea de pobreza que define el gobierno.

De esta hecatombe toca desagregar el café, por lo mucho que su postración le aporta al empobrecimiento general y por lo que enseña sobre los cambios introducidos en el mundo por la globalización neoliberal. Ese negocio le funcionó más o menos bien a Colombia, con las limitaciones anotadas, entre 1961 y 1989, el período en que tuvo vigencia el pacto entre productores y consumidores, que en algo le ordenó su mercado y le subió sus precios externos, acuerdo que tuvo origen en la necesidad de Estados Unidos y de sus socios occidentales de mantener relativamente calmados sus respectivos “patios traseros”, en una etapa en la que contendían con el imperio soviético por la dominación del globo. Pero al calor de las concepciones neoliberales, y aprovechándose del hundimiento de los nuevos zares rusos, los monopolios y el gobierno gringos rompieron el Pacto Internacional del Café, con el consecuente envilecimiento de unas cotizaciones externas que no les permiten sobrevivir a los cafeteros colombianos, víctimas también, como el resto de los productores nacionales, de las medidas neoliberales internas, las cuales además le produjeron grandes pérdidas al Fondo Nacional del Café y llevaron a la quiebra a varias de la principales empresas del llamado “grupo cafetero”.

A la par que se arrasó con el agro —y con la industria, no hay que olvidarlo— los neoliberales ofrecieron reemplazar lo perdido, que era la base de la economía nacional, por cuanta gabela al capital financiero se le ocurrió al Fondo Monetario Internacional, institución endiosada como nunca por quienes la miran de rodillas. Así, la deuda externa pública y privada de Colombia, que habían necesitado de un siglo para llevarla a 18 mil millones de dólares, la duplicaron en apenas ocho años, entre 1990 y 1998. A su vez, la deuda interna del Estado se elevó a niveles nunca vistos, colaborando con otra de las orientaciones de la etapa: subir las tasas de interés bancarias a valores que hasta hicieron sonrojar a los propios defensores de los usureros. Y para completar esta ordalía contra el auténtico progreso de la nación, se sentaron, lista en mano, a entregarles cada sector o empresa estatal que pudieron a los linces del capital financiero, a lo cual le agregaron las medidas de la todopoderosa Junta Directiva del Banco de la República, otra bomba de tiempo que habían dejado cuidadosamente instalada, como muchas más, en la Constitución de 1991. En seguidilla cayeron en sus garras la compraventa de divisas y el derecho a especular con ellas contra los colombianos, las cesantías y pensiones, la salud y los servicios públicos domiciliarios, para no agotar el listado. Y cuando la quiebra de la industria y el agro reventó la banca, corrieron solícitos a rescatarla con los recursos del presupuesto nacional de un Estado que, según ellos, no debía intervenir en la economía.

Entre las ventajas otorgadas al parasitismo financiero, hay que resaltar lo sucedido en la salud y los servicios públicos domiciliarios. Es obvio que la pavorosa crisis de la salud —que dejó sin ningún derecho al respecto a la mitad de la población, condujo a incontables hospitales paralizados o cerrados y volvió corriente la práctica de despedir o no pagarles a sus empleados— obedece, fundamentalmente, al peaje que hay que pagarles a los intermediarios financieros que se echan al bolsillo, incluso por encima de lo mucho que les autorizan las normas y mediante prácticas fraudulentas, una porción inmensa de la plata que debería ir a médicos, enfermeras, instituciones hospitalarias y drogas. Lo ocurrido con los servicios públicos también clama al cielo. Mediante la venta, y a menosprecio, de las empresas respectivas, el neoliberalismo se aseguró que cada habitante del país —hasta los del estrato cero— tenga que ponerle su granito de arena a la voracidad del capital financiero cada vez que prenda un bombillo, abra una llave, entregue la basura o haga una llamada.

Y como era de esperarse por la concepción del mundo en la que se sustenta el neoliberalismo, uno de sus puñales se dirigió contra la estabilidad laboral y los ingresos de los trabajadores, a quienes, sin el menor pudor, responsabilizó —junto con los empresarios no monopolistas— del escaso progreso económico de antes de 1990 y de la debacle de la última década, pretexto con el que se justificó golpearles su estabilidad laboral, empleo, organizaciones, salarios, cesantías y pensiones.

El corolario de estos hechos es que la nación ha perdido, y sigue perdiendo, sus principales fuentes de acumulación de riqueza, el elemento fundamental del progreso de cualquier país, bien sea porque se arruinan —como sucede con la producción no monopolista—, o porque lo monopolios sobrevivientes, de origen público o privado, han sido y siguen siendo capturados por el capital extranjero. Las cosas se han puesto tan complicadas que hasta los cacaos y cacaítos, beneficiados por las primeras medidas de la apertura y cómplices de ella, han sido puestos contra las cuerdas y podrían terminar convertidos en meros accionistas minoritarios de las que fueran sus empresas, tal como ya ha sucedido en algunos casos aquí y, en general, en los países donde el neoliberalismo se aplicó primero que en Colombia. Por su parte, la inmensa quiebra del Estado tiene como causa determinante el altísimo nivel de sus deudas externa e interna, el más alto de la historia, cuyos pagos por capital e intereses consumen más de 40% del presupuesto general de la nación y son la causa principal del irreductible déficit de las finanzas públicas.

El significado de los cambios ocurridos en 1990, con respecto a las relaciones entre Colombia y Estados Unidos, lo precisó Francisco Mosquera, el inolvidable fundador del MOIR y el colombiano que con mayor anticipación y clarividencia advirtió sobre la celada puesta en marcha. Según él, antes “se trataba de una expoliación disimulada, astuta, que nos permitía algún grado de desarrollo, complementario a la sustracción de las riquezas del país. Digamos que los gringos chupaban el néctar con ciertas consideraciones. Pero con la apertura la extorsión se ha tornado descarada, cruda, sin miramiento alguno”, explicación premonitoria que los únicos que no logran entender son los que se niegan a hacerlo. Y a propósito de la aguda inteligencia de Mosquera, también cobremos que terminaron venciendo sus argumentaciones acerca de que en las condiciones de Colombia no se justificaba el levantamiento armado y que éste agravaría los sufrimientos de la nación, advertencia que hizo en 1965, cuando era bien difícil entenderlo y plantearlo, porque tanto romántico, y tantos poderes estatales, afirmaban lo contrario. Asimismo, triunfó al señalar que la Unión Soviética había degenerado en un imperio que nada bueno ofrecía y del que nada había que aprender, como no fuera por ejemplo negativo, tesis que se comprobó hasta la saciedad cuando su burocracia decidió sustituir la hipocresía por el cinismo. Los hechos también confirmaron otra de sus anticipaciones: que la Constituyente de 1991, y el engendro que salió de ella, empeoraría la situación de Colombia, porque su objetivo era posibilitar la reforma legal que requería la implantación del neoliberalismo. Y terminó ganando el debate acerca de la existencia de contradicciones irreconciliables entre la burguesía no monopolista colombiana y el capital financiero y las transnacionales, según se ha comprobado de manera indiscutible en la última década. Incluso, cada vez está más claro que lo que vive el mundo es un periodo de “recolonización” imperialista, afirmación que, cuando la expresó, a algunos les pareció exagerada, pero que hoy utilizan cada vez más analistas para calificar la globalización neoliberal. Sin duda que Francisco Mosquera es de esos hombres que, como el Cid, siguen ganando batallas después de muertos. Si algo me enorgullece y estimula es haber combatido a su lado por 23 años, y seguir siendo leal a sus enseñanzas, ahora con la dirección de Héctor Valencia, quien quedó con la responsabilidad principal de no dejar tergiversar su legado.

Pero el peor problema de Colombia no es el vivido entre 1990 y esta fecha. Como se dice, apenas estamos en los gozosos, falta transitar los dolorosos, según las decisiones tomadas por el pastranismo y los programas de gobierno de los tres candidatos presidenciales que tienen opción. Quien quiera ganarse la vida “adivinando” el espantoso futuro económico nacional, basta con que lea el acuerdo suscrito con el Fondo Monetario Internacional y las páginas que sobre economía tiene el Plan Colombia, amén de saber qué pretende el ALCA a partir del año 2005, el último pacto signado por Pastrana, quien tiene una relación con Estados Unidos en la que sus mandatarios le pasan la mano por el lomo y él bate la cola agradecido. Lo impuesto es una dosis tamaño familiar de la misma lavativa venenosa que le vienen aplicando al país desde hace una década, con la diferencia que la primera la introdujeron oculta tras la conocida fanfarria demagógica de la Asamblea Nacional Constituyente, en tanto que ésta la quieren meter a hurtadillas.

Con el ALCA, que consiste en convertir el continente americano en un solo gran mercado en el que puedan moverse con absoluta libertad los capitales y las mercancías de los países signatarios, o mejor dicho de los gringos que son los únicos que están en capacidad de hacerlo, se perderá todo, o casi todo lo que aún sobrevive de la producción y propiedad nacional, quedando en grave riesgo hasta muchas de las principales empresas industriales, comerciales y financieras de los cacaos y los cacaítos, para no insistir en la hecatombe de los capitales menores. Y esto ocurrirá porque, con todo y lo dañina que fue la apertura de 1990, ésta no fue total, pues se calculó para impedir que un hundimiento económico demasiado abrupto y total pudiera generar movimientos de resistencia social y política de proporciones inmanejables, así como para ganar para la causa neoliberal, o por lo menos neutralizar, a quienes les permitieron mantener sus sectores protegidos, además de la insignificante minoría vinculada con la intermediación comercial y financiera, obviamente destinada a ser cómplice, por lo gananciosa, de lo que vendría.

El ALCA contiene otra amenaza en nada desdeñable, además de las que representan Estados Unidos, Canadá y el propio México, éste último formidable competidor en razón de que desde allí exportan las transnacionales norteamericanas, que suman a sus naturales ventajas tecnológicas las que les reportan los paupérrimos ingresos de los obreros mexicanos. También se convertirán en un lío Brasil y Argentina, con desarrollos industriales y agrarios mayores que los colombianos, y hasta se ampliará el tipo de problemas que ya nos está generando Ecuador, una vez otros países tan o más pobres que éste, y con salarios así de miserables, se beneficien de los aranceles 0% que se impondrán. Para poner un ejemplo dramático, Colombia podría terminar inundada de café brasileño.

Porque hay protección, y grande, es que aún sobreviven, por ejemplo, el arroz, que tiene un arancel de 72% a sus importaciones de países que no sean de la Comunidad Andina, el azúcar que se beneficia de uno de 45% y el pollo que posee otro de 104%. Incluso, existen ensambladoras de automóviles en Colombia porque la reducción de los impuestos a los importados se calculó para que sobrevivieran, pero no darán un brinco el día en que las desprotejan un poco más. Y así deberá repetirse para muchos otros sectores y productos sobrevivientes, empezando por la aviación nacional, que seguramente terminará convertida en chatarra o absorbida por las transnacionales incluso antes de esa fecha, una vez se le apliquen los llamados “cielos abiertos”. Y si eso debe terminar sucediéndole a Avianca, una de las empresas bandera de don Julio Mario, ¿cuál será la suerte de los demás colombianos, pobres mortales?

En el caso del agro, lo que se busca con el ALCA, y así lo establece abiertamente el Plan Colombia, es que el país termine especializado en cultivos tropicales, que son aquellos que por razones del clima no pueden cultivarse en las zonas templadas, donde se localiza Estados Unidos. Con ello acabarán de desaparecer los cereales y otros productos que constituyen la seguridad alimentaria nacional, lo que conducirá a que la nación pueda ser sometida al chantaje que le quieran imponer los países que sí produzcan la dieta básica de la humanidad, y las transnacionales que la comercializan en el mundo. Y en los productos tropicales, como el café, seguirán siendo los monopolios de su comercio internacional y de su industrialización los que impongan unos precios de compra insignificantes, con esta relación agravada por la competencia internacional entre los países productores en la que vencerán, si eso puede llamarse una victoria, los que logren hacer trabajar más barato a sus campesinos y jornaleros.

Ya no puede haber dudas acerca de que la globalización neoliberal consiste en crear un solo gran mercado de envergadura global y que en ese mercado sólo sobrevivirán capitales de envergadura también global, por lo que queda claro que la política apunta a eliminar todas las formas económicas no monopolistas de cualquier rincón de la tierra. Un tiempo podrán durar algunas empresas medianas destinadas a maquilarle a las transnacionales en condiciones de baja tecnología y en extremo duras para sus obreros, y hasta nada fáciles para sus propietarios. E irán languideciendo, hasta desaparecer, las actividades de campesinos y artesanos que logren aumentar todavía más las condiciones de inmensa autoexplotación que les son propias a esos sectores. El cuadro de las miserias que les tienen reservadas a los colombianos lo completa la tesis neoliberal de que el “futuro” del país dependerá de “saber” atraer el capital extranjero para que se instale en Colombia, ofreciéndole, obviamente, propiedades baratas, recursos naturales baratos y mano de obra bien, pero bien barata, además de impuestos bajos o inexistentes. Quien quiera saber cómo será la Colombia que modelan, que mire hacia el África, donde la miseria más cruel y generalizada convive con la ofensiva opulencia de unos sectores sociales minúsculos vinculados con las operaciones del capital extranjero.

Antes de seguir desenredando este ovillo, un paréntesis sobre un tema también muy cercano a mi parábola vital, y que ayuda a comprender en qué consiste el tremendo lío en el que nos tienen metidos. Me refiero a la creación y transmisión del conocimiento, actividad de los seres humanos sin la cual nuestra especie no hubiera podido escaparse de la simple animalidad. Al erguirse, nuestros primeros antepasados liberaron la mano y ésta, con su uso y evolución, pudo crear las primeras herramientas y el trabajo, todo lo cual, y simultáneamente, produjo un cerebro capaz de conocer, comprender y transformar la naturaleza, la madre de todas las riquezas. Por tanto, la base del progreso consiste en qué tanto somos capaces de conocer y en qué tanto de ello podemos transmitir, siendo estos los propósitos de la ciencia y la educación. Pero lo nuevo al respecto no es esta breve digresión, sino el haberse comprendido, hace siglos ya, que esa creación y transmisión sólo pueden desarrollarse a plenitud donde el Estado la respalda con toda generosidad, sin esas mezquindades que hacen de cada neoliberal criollo un encallecido avaro cuando se trata de girarle al progreso del pueblo y la nación. Es por esto, entonces, que en todos los países desarrollados la educación es toda o casi toda financiada con largueza por el Estado y que los abundantes presupuestos públicos para la ciencia están detrás y explican cada avance científico y tecnológico de las transnacionales. Y es también por saberse de la importancia definitiva del respaldo del Estado en estas materias, que el Fondo Monetario Internacional y sus correveidiles han eliminado prácticamente el pequeñísimo respaldo oficial que tenía la investigación científica en Colombia, y han decidido privatizar la educación pública, política en la que si no han avanzado más ha sido por la valerosa resistencia civil de profesores, estudiantes y padres de familia.

Pero también digamos que hasta razón tienen en buscar una ciencia y una educación nacionales de insignificante calidad, si entendemos la lógica con la que actúan y sus propósitos. Veamos por qué. Si la principal decisión en marcha consiste en eliminar cualquier desarrollo nacional autónomo, si las factorías que queden en Colombia serán las que las transnacionales decidan mantener aquí, y si ellas serán simples empresas maquiladoras que, por su propia naturaleza, no pueden ser más que plantas de ensamblaje de baja tecnología porque Estados Unidos y las otras metrópolis se reservan los desarrollos de punta, ¿qué sentido tiene gastar grandes sumas en formar una nación bien educada y respaldar en serio aquí la creación del conocimiento? ¿No les bastarán para desarrollar la ciencia las instituciones extranjeras, y no son los llamados “cerebros fugados” de muchos colombianos una manera de respaldarlas? ¿No les alcanzarán para la formación de los pocos cuadros criollos, encargados de transmitir las órdenes imperiales, unos cuantos colegios y universidades privadas de un cierto nivel? ¿Y no les quedan a esos grupos sociales cada vez más insignificantes las universidades norteamericanas para estudiar o especializarse? A quienes les puedan parecer exageradas estas advertencias, les hago otra pregunta: ¿permanece todavía Manuel Elkin Patarrollo en Colombia porque los gobiernos le han valorado en serio su trabajo y lo han respaldado como debieran, o porque su amor a esta tierra lo tiene casi que encadenado en este país?

Las conocidas campañas de descrédito contra los educadores colombianos y contra Fecode, no reflejan sólo ese odio de clase instintivo que los induce a atacar cualquier forma de organización y de resistencia popular, y a considerar cada garantía o centavo por encima del mínimo que perciba un trabajador como un “privilegio” intolerable; también cuenta que los neoliberales desean eliminar un estorbo para desarrollar sus propósitos retardatarios y que, con ello, además, generan una cortina de humo ideológica que les facilita privatizar la educación pública, una de las políticas más regresivas definidas en este período oscuro de la historia de la humanidad, en el que nos quieren presentar como avances las medidas más reaccionarias contra el auténtico progreso de las personas y las naciones.

Retomando el hilo, es claro que los pastranas de todos los pelambres no proceden así porque no entiendan lo que ocurre, porque estén equivocados. Lo que sucede es que el neoliberalismo es un modelo de suma cero, es decir, que lo que unos pierden otros lo ganan. Para seguir con el caso del agro, con la importación de un millón y medio de toneladas de maíz a Colombia, por supuesto que perdemos todos los nacionales pero ganan los agricultores gringos, más las navieras, las comercializadoras y los banqueros de ese país que transportan, venden y financian la operación, es decir, el conjunto de su capital financiero. ¿Y cómo van los pastranas y sus sostenedores en dicho negocio? Son socios menores, testaferros, como quiera llamárseles, de los jefes del Imperio. ¿Y qué servicio ofrecen estos personajes? Entregan la Patria a pedazos: el algodón del Cesar, el carbón de la Guajira, el petróleo de los Llanos, el níquel de Cerromatoso… También ferian las empresas de servicios públicos y la salud y las pensiones y los salarios de los trabajadores. Por tanto, tampoco es casual que cada tecnócrata aperturista y privatizador que se porte bien con ellos, o sea, que trate mal a la nación, termine empleado en alguna agencia internacional de crédito o en una transnacional. El neoliberalismo no es, entonces, hay que reiterarlo si se quiere entender el fondo de lo que pasa, una equivocación sino una conspiración, que es bien distinto.

Ante la inconmensurable gravedad de las amenazas, ¿qué hacer? Incluso hasta aquí, en el calibre del desastre nacional y en sus causas, no resulta tan difícil ponerse de acuerdo. La parte verdaderamente peliaguda empieza cuando hay que definir lo que debe hacerse. Como es apenas natural, el grupito que se lucra con la desgracia de los colombianos no tiene el menor interés en que se modifiquen las circunstancias. Para ellos todo está bien, e incluso ya deben tener calculado que si el país se les vuelve inmanejable, un infierno en la tierra, todavía les queda el recurso de refugiarse en Estados Unidos, donde tienen tantas querencias y más capitales aún, desde donde seguirían controlando su enclave. Hay otros, que no están materialmente golpeados por el neoliberalismo o que lo sufren en menor medida, y que tienen profundos sentimientos patrióticos, que nos les gusta lo que ocurre y que incluso quisieran modificarlo, pero que no se sienten ni con los arrestos ni las fuerzas suficientes para acometer tal desafío. En este sector también se encuentran algunos que, a pesar de que refunfuñan contra las concepciones neoliberales, conceden en materias graves con la esperanza de lograr su salvación personal, buscando un cupo en el bus del imperialismo, aun cuando sea colgados de la placa. Y estamos nosotros, al lado de las legiones de campesinos, trabajadores y capas medias empobrecidas y arruinadas y cuya suerte está atada a la suerte de la nación, que no nos doblegaremos ideológicamente, que no negociaremos con el interés nacional, que no cambiaremos el derecho de primogenitura de los colombianos por un plato de lentejas y que actuaremos con la paciencia que sea necesaria para aislar a los recalcitrantes y ganar a los vacilantes, hasta conseguir la más grande unidad de los patriotas de Colombia que pueda concebirse.

En esa unidad tienen su puesto reservado desde los más pobres campesinos, indígenas y obreros del campo y la ciudad, pasando por toda la variopinta gama de las capas medias, hasta incluir a los empresarios nacionales que estén dispuestos a luchar a nuestro lado, porque aceptan que si bien la razón de ser de sus capitales es la de hacer ganancias, también comparten que a nadie se le puede permitir que atente contra el sagrado interés del progreso del conjunto de la nación, por muchas que sean las utilidades en juego. De esta gran unidad, entonces, solo están excluidos —porque con su comportamiento se autoexcluyen— los nativos de estas tierras que montaron el negocio de hacerle grandes agujeros al casco del barco en el que navegamos cuarenta millones de colombianos.

Actuaremos en el Senado según el compromiso adquirido con la consigna general aprobada para esta campaña: “Por la defensa de la soberanía, el trabajo y la producción: ¡Resistencia Civil!”. Por defender la producción entendemos que para el futuro de Colombia es definitivo salvaguardarla de la ruina o de la pérdida de cada una de sus unidades productivas del campo y la ciudad, bien sean pequeñas, medianas o grandes, porque solo un enemigo de la Patria o alguien muy confuso puede estar de acuerdo con que desaparezca o caiga en manos de los extranjeros la riqueza de la nación acumulada en esas propiedades. Esta defensa exige luchar porque cesen las importaciones de bienes que puedan producirse en el país y porque el Estado ofrezca las garantías de créditos baratos y las demás medidas que se requieren para que prosperen el agro, la industria, el comercio y el transporte. Y en este punto queda expresamente garantizado el compromiso de defender los programas de Unidad Cafetera, de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria y de todas las organizaciones que la constituyen.

Defender el trabajo debe entenderse como que, además de protegerse las fuentes que lo generan, de ninguna manera compartimos la concepción neoliberal, de suyo falaz, que ve en los salarios y en las prestaciones laborales la causa principal del desastre del país, y en su recorte el bálsamo para la crisis de las empresas urbanas y rurales y del Estado. Para aceptar teoría tan peregrina, se necesitaría que no estuvieran claras las causas últimas del colapso económico; que una década de empobrecimiento de los trabajadores no hubiera demostrado que la producción nacional no podrá competir en la globalización neoliberal con ningún nivel de reducción de los ingresos, directos o indirectos, de sus asalariados; que no enseñara la propia experiencia de los países desarrollados que el capitalismo es un modo económico que solo puede prosperar con la relativa prosperidad del pueblo; y que no fuera el colmo de lo antidemocrático hacer cada vez más pobres a los pobres, con mayor razón en este país en el que la pobreza es tan amplia y tan profunda. En consecuencia, también defenderemos la correcta atención por parte del Estado de las necesidades de ciencia, educación, salud, vivienda y demás exigencias del pueblo colombiano.

Si dejé de último el punto de la defensa de la soberanía lo hice a propósito, para resaltarlo pues es el principal. Como ha podido observarse en este análisis y como puede comprenderse con cualquier estudio comparado de las economías de los países que han tenido éxito, Colombia lleva casi un siglo actuando en contra de lo que debe hacerse para salir del atraso, con esta tendencia agravada en los últimos once años. Y este actuar a contrapelo con la experiencia tiene como causa última el haber perdido desde hace décadas, pero especialmente en los últimos diez años, el derecho soberano de la nación a decidir lo que mejor le conviene a sus asuntos, entregándole esa potestad a los diferentes poderes norteamericanos y a las tecnocracias que les difunden las teorías y las prácticas que les sirven a través de los organismos internacionales del capital financiero. El capitalismo es un sistema de competencia, y de competencia feroz entre los empresarios, característica que también define las relaciones entre las naciones. De ahí que no tengan ninguna posibilidad de progresar ni las empresas ni los países que les entreguen la definición de sus asuntos a sus adversarios; de donde se deduce que el principal problema de la economía nacional no es económico sino político: tener cada vez más refundido el cabal ejercicio de su soberanía nacional.

Dirán los neoliberales, siempre tan vivos, que esta posición entraña defender como política de desarrollo el aislamiento en las relaciones económicas internacionales. De ninguna manera. Aquí nadie aspira a que Colombia y los demás países de la tierra establezcan desarrollos autárquicos. En este aspecto, el pleito con las políticas de globalización se reduce a dos puntos bien precisos: el primero, derrotar la mentira de que los países progresan si producen, principalmente, para exportar, y no para su mercado interno, teoría que nunca han aplicado las potencias pero que sí propalan para saquear a los países que se dejen, y que termina por romper cualquier identidad nacional de intereses entre los empresarios y los trabajadores. Y el segundo, el rechazo a los intercambios económicos entre las naciones que no se fundamenten en el respeto mutuo y el beneficio recíproco, orientaciones que para poder cumplirse a plenitud exigen que cada país, por pequeño que sea, tenga todo el derecho a definir sobre lo que más le sirve a sus intereses, sin injerencias ni imposiciones foráneas. La globalización, sin el tamiz de las soberanías nacionales, ya se ensayó en el mundo y fracasó como manera de generar auténtico progreso e igualdad, solo que no se recuerda bien porque por ese entonces se denominó colonialismo, el régimen de oprobio del que nos liberamos los colombianos hace casi dos siglos y en el que podemos terminar por volver a caer del todo si no nos oponemos a ese designio repudiable.

Luego de los atentados a las Torres Gemelas, que tanto horrorizaron a las gentes sensatas del mundo, pero que también pusieron a la vista las muchas resistencias que ha terminado por acumular el imperialismo norteamericano, algunos han salido a decir que los jefes del Imperio, ahora sí, por fin, van a entrar en razón y van a modificar su conducta, contribuyendo a crear un mundo más democrático e igualitario. Ojalá así fuera, pero cuánto se equivocan; porque esos dirigentes no actúan así por un acto de mala voluntad de su parte sino por un imperativo de su estructura económica monopolista, rumbo que cada vez más tiende a consolidarse en la medida en que se acrecientan sus problemas económicos estructurales, fenómeno que nuevamente se les ha complicado luego de apenas nueve años de prosperidad a costa de reventar las economías de casi todo el globo. Y porque, a la vista está, esos actos de terrorismo terminaron convertidos en otro pretexto para consolidar los puntos de vista más agresivos de la dirigencia norteamericana, que cada vez hace más gala de los abusos que está dispuesta a cometer para mantener y profundizar su globalización imperial. Que nadie se haga ilusiones, que en lo que a ellos respecta, la decisión consiste en cobrarles a las naciones del mundo, y con tasas de interés de cifras astronómicas, cada vidrio roto de sus rascacielos.

Finalmente, y por tanto, el compromiso que adquiero también significa seguir participando activamente en la organización de la Resistencia Civil de la nación a cuanta medida neoliberal se defina en su contra y para darle reversa a las que ya se han impuesto, con la única diferencia de que después del 10 de marzo lo haré con la investidura de senador de la República. Lo que buscamos es convertir esta elección en otra batalla más en la defensa del sector agropecuario; de lo que se trata es de llevar la lucha en su defensa a un nuevo escenario; en conclusión, el propósito no es que campesinos, indígenas, jornaleros y empresarios del campo pierdan un dirigente de su causa, sino que ganen un miembro en el Congreso, para que el día de mañana, además de hablar claro y duro en ese recinto, también se pare a su lado, otra vez, en el sitio de la República donde toque pararse. Y con esa misma lógica seguiré atendiendo los demás reclamos nacionales a los que me he vinculado, porque mis treinta años de estudios y luchas no han sido un truco para terminar convertido en un cretino parlamentario. Vamos, pues, al Senado a seguir haciendo lo que hemos hecho a lo largo de toda una vida: a contribuir con la organización y movilización de los colombianos para que, más pronto que tarde, todos los habitantes de esta bella y rica tierra posean los elementos de progreso con que soñamos los patriotas y demócratas que consideramos un honor el haber visto aquí nuestras primeras luces.

Y si pugnamos por la unidad de todas las clases sociales, capas y sectores que estén dispuestos a defender la Patria, es obvio que nadie tendrá que renunciar a la militancia política de sus tradiciones o afectos para participar en este proyecto. Si por algo tenemos que luchar también es por acabar con los estériles sectarismos políticos que empujan a las gentes a embestir con los ojos cerrados contra trapos de variados colores, viejo y desgastado truco de quienes han sometido a los colombianos a sus políticas de hambre y demagogia.

Compañeros y compañeras, en medio de la muy oscura noche que cubre a Colombia, nuestra posición significa una pequeña luz de esperanza. Con el esfuerzo de todos, con nuestro trabajo inteligente y entusiasta, durante los próximos 120 días avivemos esa llama, educando a nuestra nación en las causas últimas de sus desgracias y en la manera de superarlas, de forma tal que en la víspera del 10 de marzo próximo ya podamos proclamar nuestro triunfo, pero que además terminemos colocando una pica en el Senado, recinto donde tantas cosas, y en medio de tanto silencio cómplice o asustadizo, se han definido en contra del progreso del país. Cuenten con que, de lo que de mí dependa, no seré inferior a las circunstancias que nos imponga el desarrollo de los acontecimientos.

Muchas gracias.