CONTRA LA REACCIÓN Y EL OPORTUNISMO

1ª. Intervención: 4 de abril (Extractos)

Refiriéndose a Turbay Ayala, Piedrahita señaló: “Nunca en la historia del Partido Liberal hubo candidato presidencial más desacreditado e impopular que el actual. En la calle y en los salones, a cada rato, en forma espontánea, escuchamos la gran carcajada nacional provocada por los gracejos que corren de boca en boca en torno a la vida y milagros del ex concejal de Engativá. El humor de los chistes sobre Turbay está firmemente anclado en la realidad del personaje y del momento político nacional. La fuerza incontestable de estos proyectiles con que el ingenio popular martiriza a Turbay reside en una sola cosa: en que expresa el repudio airado del país no sólo contra la corrupción de las costumbres políticas que él representa, sino también contra la incapacidad y el analfabetismo en torno a los problemas nacionales, que él encarna. Entre todos los candidatos presidenciales, Turbay Ayala representa como ninguno el continuismo, la prolongación, que sería nefasta para Colombia, de los gobiernos del Frente Nacional, en los que unas cuantas familias privilegiadas hacen de intermediarias del capital imperialista y disfrutan de las prebendas del Estado”. Piedrahita continuó diciendo que “por todo los anterior, el país entero repudia la política antipopular y de traición a los intereses nacionales que Turbay representa”. Y puntualizó: “no es difícil, por tanto, vaticinar que el turbayismo en la cúspide del Poder tendrá que afrontar los mismos paros cívicos, las mismas invasiones campesinas, las mismas huelgas obreras, como le sucedió al lopismo, sólo que serán más numerosos y de mayor combatividad”.

Sobre la campaña de Belisario Betancur, Piedrahita Cardona destacó el hecho de que ésta cuenta con el patrocinio de Álvaro Gómez y Misael Pastrana, genuinos exponentes y soportes de los funestos regímenes frentenacionalistas, y, “así se disfrace de nacional, brota y depende de los dictámenes de quienes ya han gobernado el país directamente o tras bambalinas”. El candidato del FUP indicó claramente que “aunque pierda en las urnas el partido conservador, como en 1974, participará, según reza la Constitución, ‘en forma, adecuada y equitativa’ en el próximo gobierno. Ya veremos cómo a Álvaro Gómez o a Pastrana o a Belisario Betancur, o a los tres en resumidas cuentas, les tocará aproximadamente la mitad del gobierno si sale vencedor Turbay. De ahí que el pueblo no debe caer en la vieja trampa del sectarismo liberal-conservador que trata de avivar la oligarquía. Gane quien gane de los candidatos de los partidos tradicionales, seguirán gobernando ‘los mismos con las mismas’, como decía Gaitán”. Luego, Jaime Piedrahita afirmó: “Yo, como antioqueño, recuerdo a Belisario Betancur primordialmente por un hecho muy especial: la masacre de Santa Bárbara. Corría el año de 1963 bajo la administración de Guillermo León Valencia. Los obreros de Cementos el Cairo estaban en huelga, para romperla las fuerzas patronales con el apoyo del gobierno de entonces reprimieron a los obreros a sangre y fuego, dejando un saldo de varios muertos y heridos. El ministro de Gobierno, Eduardo Uribe Botero, había sido socio de la empresa. Y el ministro de Trabajo, que mejor debió llamarse ministro del Capital, era Belisario Betancur. Y fue bajo la autoridad de su Ministerio que las armas oficiales dispararon contra los obreros. Este solo antecedente sería suficiente para descalificar a cualquier político en su aspiración a ser Presidente de la República”.

Acerca de Julio César Pernía, Piedrahita indicó que éste “es una hechura efímera del Partido Comunista de Colombia, principal responsable de la división de la izquierda”. Y más adelante dijo: “A finales de 1976, a la cabeza del sector mayoritario anapista, le propuse a la izquierda colombiana la unidad en torno a un programa revolucionario y un candidato presidencial único. El IV Congreso de ANAPO, de diciembre de 1976, refrendó esta política y propuso mi nombre como precandidato. El señor Pernía apoyó estas determinaciones, no sólo en dicho Congreso sino en más de tres ocasiones, incluido el Primer Foro Unitario de febrero de 1977. Sin embargo, el Partido Comunista, mediante una política de halagos y sobornos, lo sonsacó de nuestras filas y lo nombró candidato, con el deliberado propósito de dividir a la ANAPO y a las fuerzas revolucionarias”. Piedrahita concluyó: “mientras nosotros defendíamos el no alineamiento para facilitar el entendimiento de los partidos y organizaciones de avanzada, el Partido Comunista se empecinaba en exigir matricular el Frente propuesto en la política de la Unión Soviética. Estas fueron las principales causas de la división de la izquierda colombiana”.

“A LÓPEZ LE LLEGÓ LA HORA DE RENDIR CUENTAS”

2ª. Intervención: 28 de abril (extractos)

Jaime Piedrahita aclaró las razones de la tremenda escalada alcista que ha sufrido el pueblo bajo el gobierno de López Michelsen, en los siguientes términos: “La orientación fundamental del funesto cuatrienio que finaliza consistió en favorecer a los grandes monopolios, principalmente norteamericanos, y a sus intermediarios criollos, los capitalistas financieros y los grandes terratenientes, en desmedro de las clases trabajadoras. El sólo hecho de mantener una inflación crónica y proporcionalmente en ascenso configura un formidable negocio para el reducido grupo de grandes potentados, en perjuicio de la mano de obra asalariada, del campesinado en su conjunto, de los artesanos y de los pequeños y medianos industriales y comerciantes. Todas y cada una de las medidas del mandato lopista repercutieron en la elevación del costo de la vida”.

Sobre la reforma tributaria, el candidato del FUP anotó: “la finalidad de ésta se redujo, pues, a engordar los recursos del Estado, pero el equipo técnico y el propio López, para tratar de hacerla grata ante los ojos del país, pregonaron que perseguía favorecer al ‘cincuenta por ciento más pobre de la población’. Tremendo engaño. Aunque el régimen patinó y llevó a cabo varias contrarreformas al decreto inicial, a la postre la nueva tributación trajo un mayor alivio a los monopolios extranjeros y colombianos, multiplicó las cargas a las rentas de trabajo y, en especial, dio preferencia a los impuestos indirectos, multiplicando el gravamen a las ventas, con la cual el pueblo, en última instancia, terminó aportando las partidas para sufragar el déficit oficial, cancelar intereses y amortizaciones de la deuda externa e incrementar el apartado burocrático y represivo”.

Luego de denunciar la política antinacional del “mandato claro” en relación con los recursos petroleros, Jaime Piedrahita tocó el tema de la “bonanza cafetera”. Afirmó: “Nadie se resigna a justificar que las promisorias cotizaciones alcanzadas por el café en los mercados internacionales, se hayan convertido en una catástrofe más para Colombia. Esto se debió a que los detentadores del Poder, una vez más, prefirieron el enriquecimiento de la minoría oligárquica al bienestar general. La mayor parte de la “bonanza” quedó en manos de 15 grandes exportadores privados y del grupo de financistas que controla a la Federación Nacional de Cafeteros”. Para terminar, el candidato revolucionario se refirió a la corrupción e inmoralidad oficiales implantadas por el régimen lopista, a las que no escaparon ni la familia presidencial ni los ministros del gabinete. Piedrahita sostuvo: “López habla mucho de la institucionalización, y verdaderamente el gobierno que agoniza instituyo en cierta forma la comercialización de los estupefacientes, al comprar y legalizar los dólares provenientes de tales actividades delictuosas, es decir, al poner en funcionamiento la llamada “ventanilla siniestra”. Y puntualizó: “A López le llegó la hora de rendir cuentas ante la nación atribulada”.

“LIBERACIÓN NACIONAL, PRINCIPAL OBJETIVO”

3ª. Intervención: Reportaje con Juan Gossaín, 12 de mayo (Extractos)

El dirigente revolucionario resumió, en primer término, los diez puntos del programa nacional y democrático del Frente por la Unidad del Pueblo.

Luego, respondiendo a una pregunta de Gossaín, Piedrahita trató el problema de la dominación del imperialismo norteamericano sobre nuestra patria.

Señaló: “Ahora mismo estamos viviendo las consecuencias del alza de la gasolina, determinación tomada por las compañías transnacionales que saquean nuestros recursos naturales. El alza de la gasolina incide en el alza del transporte de ésta, incide, a su vez, en el alza de los víveres. Ese imperialismo se expresa también en el control que ejerce en todos los centros neurálgicos de nuestra economía; en el control tecnológico; en el cobro de grandes sumas a través del sistema de marcas y patentes; en el condicionamiento de los empréstitos a las empresas públicas municipales, lo que conlleva alzas periódicas de agua, luz y teléfono; en las devaluaciones que le impone a nuestro país el Fondo Monetario Internacional; en la importación de excedentes agrícolas de los Estados Unidos, que distorsionan nuestra agricultura y arruinan y empobrecen a los trabajadores del campo colombiano”.

El candidato del FUP explicó cómo el capital extranjero sólo busca obtener enormes ganancias en Colombia y de qué manera es posible que nuestra nación se desarrolle basándose en sus propios esfuerzos. “Ha existido en el país, dijo, la creencia de que importando capitales va a producirse el desarrollo nacional. Pero la realidad demuestra todo lo contrario. Los Estados Unidos invirtieron en América Latina 7.500 millones de dólares entre 1952 y 1970 y repatriaron 16.000 millones. De 1921 a 1964, las compañías petroleras exportaron combustible por un valor de 2.000 millones de dólares sin dejarle ningún beneficio a Colombia. Por el contrario, nuestro país tuvo que importar, en 1976, más de 200 millones de dólares en derivados del petróleo. Según Planeación Nacional, por cada dólar invertido en Colombia, los Estados Unidos han repatriado seis y hasta doce dólares de ganancia. Además, la historia enseña que nunca una potencia que explota y reprime a los países atrasados los ha sacado de su condición de atraso y de subdesarrollo. Jamás un rico sacó de la indigencia a un pobre (…) El desarrollo de nuestro país tiene que fundamentarse en el autofinanciamiento; en la capacidad de ahorro del pueblo colombiano; en la plena, racional e intensiva utilización de todos nuestros recursos humanos y naturales”.

Acerca de la reforma agraria, Piedrahita Cardona subrayó: “La determinación más importante del nuevo Estado revolucionario será la de realizar, después de obtenida la liberación nacional, una profunda reforma agraria que resuelva el problema del desarrollo agrícola, que le entregue la tierra a los campesinos que la trabajan; que le suministre al país alimentos y materias primas (…) La pequeña y mediana propiedad serán respetadas, protegidas, asistidas y orientadas por el Estado. Este es el paso más trascendental que habrá de dar la república de trabajadores”.

Por último, el dirigente del FUP se refirió a los derechos y libertades del pueblo una vez instaurado el gobierno de las mayorías laboriosas en nuestro país. Indicó que todos los grupos y partidos que coadyuvan a la revolución, estarán representados en pie de igualdad en el nuevo Estado.

Asimismo, indicó que se garantizarán los derechos de organización, movilización y expresión para las masas populares, y de huelga para la clase obrera, así como la libertad de cultos sin discriminaciones.

“MI CANDIDATURA ESTÁ AL SERVICIO DE LA UNIDAD”

4ª. Intervención: 15 de mayo (Extractos)

En su última intervención televisada, Jaime Piedrahita se refirió a tres asuntos de importancia nacional: las continuas explosiones de rebeldía popular contra el gobierno, los patronos y los terratenientes; el movimiento tendiente a recolectar firmas para escoger un candidato único de la izquierda, y el problema de por cuál candidato debe votar el 4 de junio el pueblo colombiano.

Luchas populares

En primera instancia, el candidato del FUP destacó los innumerables paros cívicos llevados a cabo por las masas durante el cuatrienio lopista. Señaló que durantes estos, el pueblo ha puesto en práctica “su inagotable iniciativa, librando la lucha contra el enemigo en casi todos los terrenos y esbozando lo que serán los futuros órganos locales de poder popular”.

Luego pasó a ocuparse de los combates de la clase obrera, afirmando que no hubo en los cuatro años rama de la industria, ni sector oficial, que no presente un balance de aguerridos combates de los asalariados. Hasta los médicos y demás servidores de la salud, con un altivo cese de más de un mes, le dieron una lección de bizarría, decoro y dignidad al país, que nosotros somos los primeros en recoger”. Jaime Piedrahita se refirió a la heroica huelga de los trabajadores petroleros de finales del año pasado, que duró cerca de 70 días. Aseveró: “No obstante el estado de sitio, el toque de queda y la militarización de Barrancabermeja, el gobierno no pudo doblegar el movimiento. Los petroleros demostraron que al proletariado le sobra valor, energía e inteligencia para tomar en sus manos los destinos de la nación y construir una sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre. Que esto es así, lo corroboró también la victoriosa contienda de los trabajadores de Indupalma”.

El candidato de los oprimidos hizo un recuento de las batallas libradas por los obreros cementeros, los vendedores ambulantes, los empleados de la Caja Agraria, los bancarios y los maestros. Sobre estos últimos dijo: “Los educadores colombianos, agrupados en Fecode, han reanudado con nuevos bríos la lucha contra el antidemocrático Estatuto Docente, conque el gobierno pretende privarlos de su derecho a la organización y coartarles la libertad de conciencia. Los maestros hacen la exigencia, que debe ser apoyada por todos los colombianos demócratas y progresistas, de un Estatuto Docente elaborado con la participación de Fecode”.

“Además de las anteriores luchas del sindicalismo independiente- prosiguió Piedrahita Cardona- merecen especial mención los esfuerzos de acción unitaria emprendidos por las cuatro centrales UTC, CTC, CGT y CSTC, que gestaron el paro nacional del 14 de septiembre y que en la actualidad se orientan hacia la preparación de una movilización nacional que notifique otra vez a los opresores que los oprimidos no están dispuestos a soportar, como el santo Job, la arremetida alcista con que el mandato de hambre quiere despedirse de los colombianos. Ciertamente, el gobierno ha decretad una nueva alza en el transporte que terminó por caldear el ambiente. Las protestas populares extendidas a nivel nacional contra la medida son justas porque ella configura una exacción más sobre los maltrechos ingresos de las masas. La intranquilidad social que vive el país no es fruto de la actividad de unos cuantos agitadores, como los aseguran los ideólogos del sistema, sino consecuencia de la política reaccionaria y antinacional de las clases dominantes”.

El dirigente del Frente por la Unidad del Pueblo trató a continuación los problemas del campesinado colombiano. Desenmascaro el denominado Desarrollo Rural Integrado, plan impuesto por el Banco Mundial y destinado a perpetuar las relaciones de atraso y explotación reinantes en el agro. Destacó que el DRI “no podía aumentar de ningún modo la producción nacional de alimentos porque partía de conservar precisamente los obstáculos mayúsculos a esta necesidad del país: los grandes latifundios improductivos, una técnica arcaica, la falta de vías de acceso a los mercados, la precariedad de los transportes y la carencia de lugares de almacenamiento para los productores agrícolas. Además, los cacareados créditos de fomento para los campesinos sujetos a este programa tienen intereses mucho más elevados que los préstamos que el Fondo Financiero Agropecuario concede a los grandes propietarios”. Jaime Piedrahita condenó enérgicamente la Ley 6ª de 1975, o Ley de Aparcería, calificándola como “la más regresiva de cuentas hayan dictado las oligarquías contra los pobres del campo”, ya que institucionaliza sistemas de explotación medievales como la prestación de servicios personales y el pago de la tierra en productos.

“El campesinado, en lugar de resignarse sumisamente a este miserable destino, señaló Piedrahita, bien pronto reanudó la lucha contra sus amos seculares. Miles de invasiones, escaramuzas y combates de envergadura han realizado los agricultores de Colombia para tomar por su propia cuenta las tierras de los terratenientes, mantenidas en la más indignante improductividad (…) Multitud de asociaciones, ligas campesinas y organizaciones indígenas han brotado durante este proceso, a la cabeza del cual ha marchado la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC, línea Sincelejo”.

Por último, el candidato del FUP denunció la aguda represión que ha padecido la universidad oficial durante el régimen lopista. “En esta campaña persecutoria, la Universidad Nacional, el centro docente más importante de Colombia, ha sido cerrada en cuatro oportunidades y sus predios allanados por la fuerza pública. Recientemente fue cercada con una valla metálica que le da a la antigua Ciudad Blanca el aspecto de un campo de concentración”. Más adelante anotó que “estas medidas hacen parte del Plan Decenal de Desarrollo de la Educación, elaborado según los dictámenes de las agencias financieras imperialistas, cuyo objetivo consiste en restringir la enseñanza pública a favor de la educación privada”. Piedrahita Cardona enumeró varios atentados contra la universidad, tales como los recortes presupuestales progresivos, el alza de matrículas, la eliminación del bienestar estudiantil, especialmente residencias y la reducción paulatina de la población universitaria. “Por eso- puntualizó- desde el comienzo de la actual administración, las masas estudiantiles no han cesado de batallar contra la reforma imperialista (…) Más de30 jóvenes han inmolado sus vidas en esta causa enaltecedora. Pero ningún atropello ha logrado detener la oleada de protestas del estudiantado”.

El problema de la unidad

En cuanto al segundo punto de su alocución, la campaña orientada a conseguir firmas para escoger un candidato único de la izquierda, Jaime Piedrahita declaró: “En aras de la discusión se podría considerar que un movimiento que, no obstante su intempestiva aparición, consigue influenciar a 500 mil colombianos, tras cualquier objetivo político, tendría cauda suficiente para crear una corriente arrolladora. Pero por experiencia sabemos que una cosa es pedirle a un transeúnte que estampe su firma en un papel, y otra convencerlo de que se identifique con un determinado programa revolucionario. De todos modos, como este movimiento lo creemos inspirado en la buena fe de sus integrantes, me permito llamar la atención sobre los siguientes hechos: mi candidatura, como ninguna otra surgió de los anhelos unitarios de las fuerzas revolucionarias y estuvo y seguirá estando al servicio de tales anhelos. Adelanté contactos sin exclusiones de ninguna naturaleza con todos los grupos y partidos opuestos al régimen, para concertar un frente único, regido por un programa revolucionario de liberación nacional.
Para facilitar el entendimiento, un número considerable de agrupaciones nos pusimos de acuerdo en que dicho frente no podía alinearse internacionalmente en torno a ningún centro de poder mundial, lo cual no implica que no apoyemos, en cualquier latitud en que se dé, la lucha de las naciones sometidas por su independencia, la del proletariado internacional por el socialismo y la de los movimientos revolucionarios y progresistas de todos los países”.

El candidato presidencial del Frente por la Unidad del Pueblo señaló luego: “La Revista Alternativa, haciendo la salvedad de sus particulares criterios, se identificó con el postulado del no alineamiento como salida unitaria. Sólo el Partido Comunista se empecinó en la rendición total de los partidos que no comparten sus concepciones, y levantó intransigentemente el principal obstáculo para la unión al exigir el apoyo del Frente a la política de la Unión Soviética, a través del alinderamiento con Cuba”. Y concluyó: “Por nuestra parte, tenemos derecho a pedir a los recolectores de las 500 mil firmas que se refieran a tales cuestiones, ya que tanto ellos como nosotros conocemos de cerca el proceso de las vicisitudes de la unidad. En Colombia es una quimera hablar de la unión de la izquierda evadiendo estos problemas medulares o ignorando la necesidad de un programa que le garantice al pueblo colombiano su absoluta independencia nacional o limitándose a propuestas abstractas que en concreto le crean más dificultades a las fuerzas revolucionarias. Dimos una fórmula de unión, el no alineamiento, alrededor de la cual coincidimos desde un principio con la revista Alternativa. Hemos recorrido todo el país defendiendo los postulados de la revolución y más de 60.000 compatriotas, a pesar de la división y la confusión, nos respaldaron con entusiasmo, configurándose el núcleo fundamental del movimiento unitario que se abre paso entre el pueblo colombiano”.

Por la plena independencia nacional

Jaime Piedrahita explicó que “la lucha electoral es un medio para llevar nuestros planteamientos democráticos y patrióticos a los más vastos sectores populares, ampliar nuestro radio de acción y consolidar nuestras fuerzas para las batallas que están por venir”.

En relación con los programas de los demás aspirantes a la presidencia, afirmó: “El programa que mi candidatura representa es el único que no renuncia, ni abierta ni encubiertamente, como lo hacen las otras candidaturas, al interés máximo de la nación y del pueblo: la conquista de la plena independencia y soberanía de nuestra patria. Jamás transigiré con el primero de los grandes males de la nación; la opresión que Estados Unidos ejerce sobre Colombia”.

Para finalizar, el dirigente revolucionario dijo: “votar por la candidatura del Frente por la Unidad del Pueblo es rechazar lo que representan las candidaturas de Turbay y Betancur: el continuismo, la dominación extranjera y la reacción. Es manifestar, oportuna y eficazmente, la posición de inquebrantable seguridad en el futuro libre, independiente y próspero de Colombia. La posición de inconmovible certidumbre de que a la noche de opresión extranjera, de dolor, miseria y villanía contra nuestro pueblo seguirá, inevitablemente, el luminoso amanecer de la revolución colombiana”.

BOMBA EN SEDE DEL MOIR

El MOIR fue objeto en Medellín el 18 de mayo de un aleve atentado. Provocadores no identificados colocaron a las puertas de su sede una bomba de alto poder, que desmontaron agentes del DAS. El artefacto, cuyo detonador explotó, pero que por fallas mecánicas no logró ser accionado, consistía en una fuerte carda de nitroglicerina.

Las intentonas terroristas de la reacción no conseguirán su propósito de amilanar a los moiristas

30.000 OBREROS COORDINAN PLIEGOS

En Carreteras, Ferrocarriles y Caminos Vecinales

En el mantenimiento y construcción de carreteras nacionales laboran en Colombia, a pico y pala, sometidos a los rigores del clima, más de 12.000 obreros, que perciben del Ministerio de Obras Públicas 105 pesos diarios en promedio. Agrupados en decenas de organizaciones, aisladas unas de otras, han sido tradicionalmente víctimas del paralelismo sindical, que el gobierno aprovecha para perpetuar inhumanas condiciones de trabajo, no muy distintas de las que prevalecían a finales del siglo XIX.

Bajo la dependencia del mismo Ministerio, cerca de 12.000 ferroviarios son también expoliados sin clemencia. Sus sueldos son igualmente ínfimos. Los 4.000 obreros de las vías no reciben ni siquiera el mínimo legal y se ven obligados a soportar jornadas de doce horas diarias o más. La mayoría depende de contratistas independientes, viéndose excluida en consecuencia de los beneficios convencionales.

Pero a diferencia de los trabajadores de carreteras, los ferroviarios lograron hace dos años, después de lustros de división, conformar un sindicato único.

A finales del año pasado, el Sindicato Nacional Ferroviario, la Federación Nacional de Trabajadores de Carreteras (Fenaltracar), el Sindicato de Caminos Vecinales y el Sindicato Único del Ministerio de Obras Públicas (Sinaltramopcar), es decir, cerca de 30.000 obreros, se colocaron ante la perspectiva de coordinar pliegos y de lanzar un movimiento unificado, con posibilidades de golpear seriamente al enemigo. Las organizaciones mencionadas contrajeron el compromiso de mantener consultas permanentes.

Sucesivos paros en FFNN
La represión y las maniobras del gobierno no se hicieron esperar. A raíz de un paro parcial efectuado el 20 de febrero en las Divisiones Magdalena y Santander de los FF.NN., la policía ocupó las principales estaciones y mantuvo el cerco contra los trabajadores, quienes respondieron con una “operación tortuga”, retardando los itinerarios. Paros similares efectuaron los ferroviarios, a mediados de marzo, en la línea Grecia – Puerto Berrio – Medellín y en La Dorada y Facatativá donde centenares de obraros, por iniciativa de los comités de base, se negaron a salir a los frentes de trabajo.

Vigente conflicto en OOPP
El conflicto sigue vigente en Obras Públicas, donde más de 5.000 trabajadores afiliados a Sinaltramopcar enfrentan las maquinaciones del Ministerio, que se niega a nombrar el conciliador patronal desde hace más de un mes, paralizando las negociaciones.
Según lo reveló Luis Arango, presidente de la organización, los asalariados interrumpieron también labores a mediados de marzo en Palmira y Pereira, debido al atraso en la cancelación de los sueldos, y mantienen movimientos escalonados tendientes a presionar la rápida y justa solución de sus exigencias.

INDIGNACIÓN GENERAL POR ALZA DEL TRANSPORTE

Más de medio centenar de buses y vehículos oficiales incendiados y miles apedreados es el balance de la masiva cadena de protesta, suscitada en todo el país desde la misma noche del pasado 3 de mayo, cuando el gobierno decretó, por segunda vez en menos de un mes, alzas en el transporte urbano. Trabajadores y estudiantes se lanzaron a la calle a expresar su condena a la arbitraria medida y han convulsionado los últimos días del gobierno de López Michelsen.

Durante la primera semana de vigencia de las nuevas tarifas, las labores nocturnas de la capital del país se vieron prácticamente suspendidas por las manifestaciones. En Calí, donde la lucha ha sido muy enconada, hasta bombas molotov estallaron en el propio despacho de la Alcaldía. En Medellín, un estudiante fue muerto y otros dos heridos a bala, cuando participaban en las demostraciones de descontento popular. Acciones similares se han desarrollado en Neiva, Valledupar, Sincelejo, Bucaramanga, Ipiales y otras poblaciones.

El 15 de mayo, Unimotor y el Sindicato Nacional de Choferes, realizaron un paro, reclamando jornada de ocho horas, salario fijo, pago triple para trabajo dominical y nocturno, y eliminación de fianzas y cauciones impuestas por los empresarios. Mientras el gobierno responde solícito a las exigencias de los pulpos del transporte, no han sido atendidas las principales aspiraciones de los conductores.

A pesar de los esfuerzos de las autoridades para darle a la capital, el día del paro, apariencia de normalidad, les resultó imposible contener las múltiples expresiones de rebeldía.

PERSECUCIÓN EN TERMINAL DE BARRANQUILLA

Con un cese repentino de labores, los obreros del Terminal de Barranquilla lograron el 5 de abril, en menos de 12 horas, la libertad de Manuel Cogollo, Anuar Nader y Diego Rodríguez, presos por el F-2 bajo la falsa sindicación de robo. Minutos después de que se divulgara la captura, Nicolás Martínez, José Acuña y César Fontalvo, dirigentes de Sindeoterma y Sinbranave, movilizaron a centenares de portuarios hacia el cuartel interno de policía y reclamaron la inmediata liberación de los detenidos, quienes regresaron a sus puestos de trabajo a las 9 de la noche. La policía le achacaba a Cogollo, Nader y Rodríguez, vigilantes de carga, la desaparición de un embalaje asegurado en 3 millones de pesos.

Se pasan de vivos
A comienzos de su mandato, López creó la policía portuaria con el supuesto propósito de vigilar los terminales marítimos. Desde esa época decenas de agentes ocupan las instalaciones del puerto barranquillero. Disponen de guarnición y de numerosos vehículos, y están facultados para intervenir en los problemas laborales y sancionar a los trabajadores. El 15 de marzo llegó a los muelles una caja sellada, que fue depositada frente al puesto de policía, bajo custodia del F-2. En la madrugada del domingo 19 de marzo, mientras la casi totalidad de los obreros hacía uso del festivo, el cargamento desapareció misteriosamente. Días después, la empresa inició investigación contra los responsables de carga ya mencionados, pero estos comprobaron que no estaban laborando al momento de producirse el ilícito.

Mientras que en torno de los verdaderos responsables se hace un silencio extraño, la policía portuaria continúa acusando a los trabajadores de los frecuentes robos y perfecciona sus métodos de persecución. Directivos sindicales denunciaron que, en varias ocasiones, los agentes han disparado contra braceros y estibadores, como ocurrió en diciembre de 1977.

EDITORIAL: LAS ELECCIONES DE 1978

Comentaristas oficiosos de las más variadas vertientes insisten en que el saldo de las elecciones del 26 de febrero entraña un cataclismo para la izquierda. Fuera de la escasa votación registrada por los partidos ajenos a la rancia coalición liberal-conservadora, a tal balance coadyuva el hecho de que como ninguna de las parcialidades en pugna puede reclamar el reconocimiento de una victoria convincente, la reacción y el oportunismo se consuelan especulando acerca de los modestos avances de las corrientes revolucionarias.

Aunque Turbay le propinó una paliza inmisericorde a su correligionario, el ex presidente Lleras Restrepo, su faena careció de la efervescencia liberal de antaño y estuvo tiznada por el repudio que producen entre las gentes del común los métodos turbios de la escandalosa compra de votos y de la descarada utilización del aparato gubernamental.

Con todo, el liberalismo se redujo aproximadamente en 700.000 adherentes, en comparación con los comicios de 1974, que fueron también para “renovar” el Parlamento. Esta merma termina siendo proporcionalmente mayor, si tomamos en cuenta que para el 26 de febrero la Ley permitió concurrir a las urnas a los jóvenes de 18 a 21 años de edad, quienes engrosaron el potencial sufragante en alrededor de dos millones de personas.

El Partido Conservador preservó el millón y medio de votantes, pertenecientes a sus vicarías electorales que todavía mantiene cautivas, circunscritas casi exclusivamente a las comarcas más apartadas y atrasadas del campo colombiano. Es una forma de sobrevivir más no de sobreponerse. Sin remedio, el conservatismo se ha de resignar a su suerte de socio minoritario de la empresa estatal oligárquica, hasta la hora no lejana de su ruina definitiva.

Por su lado, el Partido Comunista revisionista, grotesco como de costumbre, se auto-declaró tercera fuerza política de Colombia, pasando por alto que para igualar a la primera y segunda le faltaron varios millones de votos y a la cuarta a duras penas la superó por 65.000. La lectura del informe del último Pleno de su Comité Central proporciona una idea exacta de cuán honda amargura invade las toldas del revisionismo ante los frutos cosechados.

Las sumas contabilizadas a su favor no copan ni la mitad de cuanto prometían sus pronósticos alegres; fue más lo cedido que lo ganado en sus acuerdos electorales oportunistas, y sus ambiciones hegemónicas de embozalar al movimiento popular quedaron vueltas trizas.

Para las corrientes revolucionarias los resultados son ciertamente parcos, llegando incluso a desanimar a dirigentes y sectores destacados del Frente por la Unidad del Pueblo, algunos de los cuales han preferido desertar. Con bastante anticipación indicamos que a pesar de los aprietos crecientes de los opresores antinacionales, el Frente para desarrollarse tendría que superar escollos no despreciables, tanto interna como externamente, referentes a la confusión y división introducidas entre las masas por los revisionistas, a la ausencia de una cabal comprensión de la línea unitaria por parte de determinados compañeros y aliados, a la mocedad del FUP, que ha carecido del tiempo necesario para popularizar sus postulados y personeros. Los análisis de la situación concreta expuestos por la dirección del MOIR a distinto nivel y en el transcurso de la campaña desvanecieron los espejismos de una batalla fácil.

Desde el punto de vista más general, nunca abrigamos la esperanza de ir trayendo y amasando unas mayorías a través de sucesivas elecciones, ni mucho menos de erradicar por este medio la centenaria usurpación que la minoría vendepatria ejerce sobre la vida y recursos de los colombianos. Además de afrontar la arremetida de la maquinaria de los dos partidos tradicionales, cuyas facciones preponderantes perciben a manos llenas los multimillonarios aportes de los consorcios imperialistas, de los grupos financieros de la gran propiedad inmobiliaria, y gozan del sostén que les proporciona el gigantesco armazón burocrático y coercitivo del Estado, tuvimos que vérnosla, a similitud de 1976, con el hostigamiento de los divisionistas, que desde los flancos nos tirotean con mayor acerbia de la que muestran en sus refriegas contra el régimen bipartidista. Aconsejamos una política consecuente que sin ceder un ápice en la salvaguarda de la soberanía de la nación avasallada, objetivo fundamental de nuestros desvelos, nos permitiera concentrar el ataque contra los enemigos principales, el imperialismo norteamericano y la coalición oligárquica que le sirve de sustento.

Hicimos todo lo posible para allanar este camino, que les hubiera reportado ventajas significativas a las fuerzas revolucionarias. Debido a la etapa de crecimiento en que nos hallamos no estuvo a nuestro alcance derrotar las maniobra antiunitaria y hegemónica del revisionismo, que aún conserva un relativo ascendiente entre porciones pequeñas pero importantes de las clases trabajadoras, y disfruta, por tanto de cierta capacidad de componenda suficiente para torpedear el proceso de la formación del frente único antiimperialista, aunque exigua para interferir el auge y silenciar la justeza de nuestras consignas de unidad y combate. En semejantes circunstancias nos resultaba absolutamente imposible obtener un triunfo rotundo.

Las repercusiones positivas

El MOIR previno que la única manera de aprovechar, y con creces, el desbarajuste y el desprestigio inobjetables de la colusión liberal-conservadora, consistía en abrirle el paso a una alianza de todos los destacamentos populares, sin exclusiones sectarias de ninguna índole. Desafortunadamente esto no fue factible por las razones aludidas. Lo cual tampoco quiere decir que el desahogo del 26 de febrero saque de penas a la pandilla dominante. La desalmada expoliación del imperialismo norteamericano, el estancamiento de la producción nacional, la inflación desbocada, la carestía y el desempleo asfixiantes, la enconada disputa entre los grupos oligárquicos, la corrupción de las altas esferas, el descrédito de los mandos liberales y conservadores, las luchas continuas de los oprimidos de la ciudad y el campo y el resto de factores perturbadores de la tranquilidad social, aguijonean sin descanso y colocan contra la pared a los guardianes del orden imperante. Si evaluamos correctamente las múltiples contradicciones, y no confiamos el examen de los acontecimientos al fenómeno puramente electoral, comprenderemos que el rumbo que van tomando las cosas sigue siendo excelente para la revolución.

Cuanto sucedió nos deja repercusiones positivas. Hasta la deficiente votación contabilizada por las agrupaciones contrarias al bipartidismo gobernante y el enardecimiento que ha revestido el choque entre las dos líneas por la unidad o la división del pueblo, moverán a cientos de miles de obreros y campesinos a reflexionar seriamente sobre las reales limitaciones del movimiento revolucionario y sobre las causas que las originan. Las extrañas y ponzoñosas interferencias que evidenciaron su carácter liquidacionista durante decenios merecen condenarse y aplastarse. Como réplica surgieron orientaciones nuevas que conviene atender y llevar a la práctica porque en corto lapso han despejado el horizonte y testimoniado su acierto. En consecuencia, la discusión de las cuestiones atañederas a la unión de los oprimidos y a la creación del frente único antiimperialista, que se ha puesto de moda a raíz de los guarismos obtenidos por la izquierda el 26 de febrero, la acogemos con todos los honores. No se trata de una falsa postura. Nos cimentamos en la profunda convicción de que las masas aprenden más por experiencia propia, es decir, contrastando mediante la acción los programas, las tesis, las teorías, con los efectos que se derivan de la aplicación de dichos planteamientos ideológicos. Lo que implica una lucha constante, a veces aguda y cruenta que, por lo demás, se distingue siempre por su sello de clase. Serán obreros y campesinos quienes definirán estos conflictos en beneficio de sus intereses y del pueblo en su conjunto.

Hay un clima propicio para adelantar profusamente la propaganda y la agitación de los temas que conciernen a la liberación de Colombia y al futuro de sus 25 millones de habitantes. Intelectuales y trabajadores indagan por qué la izquierda no le acortó sustancialmente distancia a la derecha oficial, con respecto al número de seguidores, en unas elecciones efectuadas en medio de los mejores augurios para aquella, con una descomposición sin paralelo del caduco sistema prevaleciente y con un ascenso notorio de los combates populares. La masa esclavizada ha extraído, según su saber y entender, valiosas enseñanzas de las defraudaciones de que ha sido víctima. Se ha tornado desconfiada, díscola y anhelante de definiciones radicales que partan de sus propias huestes y no marcha en pos de quienes salen de pronto a prometerle paraísos ignotos. Y en eso corrobora su sabiduría. Tantas veces en la historia colombiana los profetas del oportunismo burgués irrumpieron para anunciar el cambio y tantas veces se burlaron de las aspiraciones de los sojuzgados, que estos han decidido mirar despacio y recapacitar antes de rendir su apoyo entusiasta a los más recientes pregoneros de la revolución. Las gentes están receptivas y lo cuestionan todo. Es el ambiente que precisa el MOIR, y que en cierto sentido hemos conquistado, para perseverar en la actividad paciente, profunda, responsable y sólida de vinculación a los obreros y campesinos. No dejemos pregunta sin respuesta, duda sin aclaración ni inquietud sin salida.

Nuestro programa contempla plenamente los problemas vitales del país y presenta soluciones adecuadas. Nuestra línea de unidad de las clases y fuerzas revolucionarias en un frente único antiimperialista encaja en las actuales condiciones nacionales e internacionales y se opone categóricamente a las contracorrientes dogmáticas y sectarias que propugnan la división del pueblo y favorecen la perpetuidad del régimen neocolonial y semifeudal. Nuestra táctica autoriza la participación en la justa electoral como escenario insustituible, en épocas de relativa paz y aparente democracia, para difundir entre amplios sectores la política revolucionaria; sin olvidar las cortapisas propias de este tipo de certámenes manipulados por los amos del capital y del Poder, y cifrando el porvenir en la claridad, fortaleza y disciplina del Partido para conducir las luchas populares insurreccionales, que brotarán sin falta, no por voluntad de nadie, sino como producto de los antagonismos de la vieja sociedad. Nuestro estilo de trabajo se guía, para utilizar una expresión de Mao, por la máxima de servir de todo corazón al pueblo; condena la intriga y la mentira y se atiene a los procedimientos democráticos en la labor dentro de las organizaciones de las masas y en el trato con los aliados dentro del frente. Programa nacional y democrático en marcha al socialismo, línea unitaria consecuente, táctica flexible y de principios, estilo de trabajo comunista. Son las cuatro palancas invencibles de que nos valdremos para promover la revolución, y que hemos venido forjando y perfeccionando en la brega cotidiana durante varios años.

Cuando enfatizamos que la crisis evoluciona a zancadas, no nos referimos obligatoriamente al arribo inminente de la revolución. Para que aquella revierta en ésta se requiere, aparte de la desmoralización de los de arriba, que los de abajo actúen de modo certero y desplieguen a plenitud su poderío en ofensiva total contra el enemigo deshecho y acosado.

Será entonces la ocasión sin par para medir la vital importancia de un partido revolucionario, o sea de una jefatura acatada, esclarecida y resuelta. Sabemos que en Colombia un estado mayor de esas calidades corresponde crearlo a la clase obrera.
Tarea que no se improvisa. La revolución, nos instruye el marxismo, configura un arte, y como a tal hay que encararla. A la vanguardia del proletariado le incumbe descubrir sus leyes y manejarlas con la destreza de un experto, lo cual no se consigue sino con largo tiempo de duro y persistente batallar.

He ahí lo que venimos haciendo los moiristas al atender las lides económicas y políticas, parlamentarias y extraparlamentarias; valiéndonos con astucia del discurrir “pacífico” y de las “libertades” con las que los opresores posan de tolerantes y demócratas; engrosando y extendiendo paulatinamente nuestros efectivos, sin suplantar las ejecutorias de las masas con el terrorismo anarquizante, y sin desesperarnos, porque estamos seguros de que los sucesos actuales gestan para la epopeya de los desarrapados su momento cumbre.

Entramos en un periodo de infinitas posibilidades para la revolución democrático-liberadora. Que esto es así, basta con salir de la registraduría, remontarse un poco y otear el panorama.

El naufragio de la reacción

La crisis de la sociedad neocolonial y semifeudal colombiana se manifiesta de muchas maneras, pero es en el continuado fracaso de las medidas gubernamentales donde la palpamos más directamente.

No existe acto del Estado que no se gane el repudio de las mayorías o que no culmine en una bufonada. Lo mismo una simple disposición de policía que una estrategia de altos quilates. Bien las infames alcaldadas para restringir las ventas ambulantes de los desempleados, o los chamboneos constitucionales del Presidente para refaccionar la estructura de la justicia y de los departamentos. El calculado trazo de una carretera, o los complacientes proyectos petroleros basados en la elevación de los precios de los combustibles y el transporte. La antihistórica Ley de Aparcería, o la novedosa integración Andina. Los desplantes militaristas para encinturar el contrabando, o las directrices sobre la regulación de la “bonanza” cafetera. Los experimentos demagógicos encaminados a oficializar la cultura y adormecer al estudiantado, o la permanencia del estado de sitio y las facultades dadas a las guarniciones para matar con salvoconducto. Los frecuentes estruendos de la corrupción administrativa, o los miserables aumentos que no compensan la pérdida del poder adquisitivo de los salarios. Y así, elaborar la lista de los desaciertos, extravagancias, truhanerías, mezquindades, engaños y truculencias de los hombres que custodian los asuntos públicos sería empresa de nunca incluir. El pueblo trabajador conoce de memoria ese inventario, pues lo ha padecido sin alivio.

Lo que nos interesa averiguar, ahora que se menciona gratuitamente la recuperación del bipartidismo como una de las trascendencias del 26 de febrero, es si las irregularidades de la república oligárquica obedece solo a los desatinos de unos pésimos gobernantes que, al ser sustituidos por otros no tan ineptos o perversos, lograría subsanarse, con el subsiguiente rescate de la credibilidad en los partidos tradicionales y la supresión del descontento que cunde entre sus filas. Unos comicios de pureza controvertible, que arreglaron a medias las disensiones internas de los bandos de la coalición liberal-conservadora y que en poco contrarrestaron la incertidumbre reinante, no modificarán los hondos motivos económicos, políticos e históricos que provocan la catastrófica situación nacional.

En 1974 tres millones de papeletas se escrutaron en nombre de López Michelsen. Se dijo que el liberalismo lo había acompañado caudalosamente por el pavor a Álvaro Gómez. No obstante, la confabulación álvaro-lopista, pactada desde temprano por debajo de la mesa, regentó al país en armónica complicidad. También se conceptuó que junto a la derrota de la derecha, las elecciones de 1974 simbolizaron la implantación de la votación mayoritaria de las grandes masas democráticas y los preludios de un nuevo Poder. Todas esas necedades, para vergüenza de sus propagadores, quedaron refutadas por los hechos irrefragablemente. El lopismo acabó de corromper y despedazar sus propios soportes partidarios y sepultó para siempre las cándidas ideas que aún subsistían entre los desposeídos acerca de la magnanimidad de los mandatarios del frentenacionalismo proimperialista. Consumada su obra se apresta a entregar una nación en bancarrota y humeante.

¿Podrá el señor Turbay, o el señor Betancur, luego de ceñirse la codiciada banda, efectuar el milagro que no hizo su antecesor, de rehabilitar sus partidos, recobrar la fe pública en las instituciones, aplacar los conflictos de clase y volver a encarrilar el país? No visualizamos ni la más remota probabilidad de que algo así acontezca. Colombia quedará convertida en un monstruoso pandemónium, en el que el avasallamiento del imperialismo norteamericano llegará a extremos inauditos. La burguesía estadinense, que pierde terreno sin cesar en el pugilato por el control del orbe ante la expansión socialimperialista soviética, la competencia de las potencias del segundo mundo y la lucha emancipadora de los pueblos sometidos, se tendrá que aferrar a sus neocolonias latinoamericanas como a una tabla de salvación, con el imponderable incremento del pillaje y la acentuación del fascismo. No estará en manos de los nuevos ungidos con la dignidad estatal el suavizar el sesgo violento que adoptarán las contradicciones nacionales. Mientras no se le tuerza el cuello a la opresión foránea, inútil y farisaica aparecerá cualquiera intentona demagógica por romper las múltiples trabas que distorsionan nuestra economía y generan las conmociones sociales.

Los monopolios extranjeros y las agencias prestamistas internacionales coaccionan a los gobiernos fantoches de turno para que les garanticen una cuota de ganancia progresiva de sus negocios en Colombia.

Exigencias que se satisfacen a costa de esquilmar los raquíticos presupuestos familiares de los pobres de la ciudad y el campo. ¿Cómo se las arreglará de aquí en adelante la reacción para imponer sin graves traumatismos los planes de saqueo de nuestros bienes y recursos, si ya no son sólo los estudiantes y los intelectuales de avanzada quienes encabezan las protestas? La resiente subida de los pasajes del transporte urbano ha ocasionado la semiparalización de muchas capitales y cerca de medio centenar de municipios en los últimos meses realizaron movimientos tumultuarios, o los proyectan, para rechazar los reajustes de las tarifas de los servicios básicos. Los asalariados de las entidades oficiales recurren a la huelga, imitando a sus camaradas de las fábricas, para defenderse de la desaforada voracidad de sus patronos. Los campesinos emprenden por su cuenta y riesgo la auténtica transformación del agro, invadiendo los latifundios para ponerlos a producir. Las capas privilegiadas de grandes burgueses y terratenientes intermediarios del imperialismo confiesan los horribles temores que los asaltan y a sus candidatos presidenciales les instan a que se pronuncien sin ambages sobre las disposiciones con que cautelarán la seguridad ciudadana, en el supuesto de salir elegidos. La polarización de intereses y criterios que venía cocinándose a fuego lento ha adquirido la furia del volcán.

Incluso el entendimiento entre las distintas roscas oligárquicas y entre los partidos tradicionales, sin el cual no habrá estabilidad posible de los regímenes apátridas, se ha ido menoscabando notablemente.

En la Gran Coalición brotan con mayor frecuencia las mutuas acriminaciones y tórnanse menos sólidos sus avenimientos. El Partido Liberal, contemporizador por antonomasia, se ve impelido a evocar el lenguaje sectario de la década del 40 a fin de sacudir el marasmo de su electorado. Y todo para que los pajes turbayistas educados en la escuela del servilismo más repugnante, usufructuarios y acólitos de la corruptela institucionalizada, célebres por su supina ignorancia y que el 4 de junio se graduarán de estadistas, sean los encargados de llevar la voz cantante el próximo gobierno y de neutralizar el caos que consume al país.

De lo dicho anteriormente se deduce que ninguno de los elementos que inciden en la crisis desaparecerá al conjuro de unas elecciones, por más que éstas, de acuerdo con las reglas preestablecidas, favorezcan abrumadoramente a la reacción. Las condiciones no podrían ser más óptimas para las fuerzas revolucionarias. Cierto que la tierra tiembla bajo sus pies, pero para las clases trabajadoras oprimidas la tormenta siempre ha sido señal de libertad.

La polémica sobre la unidad

Los comicios de 1978 que no han tenido la virtud del bálsamo para mitigar las atribulaciones de la nación, en cambio han contribuido a ventilar y colocar en primer plano los problemas concernientes a la organización y cohesión de las masas populares. Hasta el renombrado escritor Gabriel García Márquez, escrupuloso en desempeñar un papel muy activo en la política, optó por impulsar su propia tendencia, valiéndose precisamente de la inquietud que despierta el lema de la “unidad de las izquierdas”. Su movimiento declara que diligenciará la alianza de las agrupaciones opuestas al régimen, aun cuando se cuida de no mencionar los obstáculos verdaderos que la entorpecen. Se ha limitado a solicitar a través de la revista Alternativa y de anuncios pagados en la gran prensa, firmas en demanda de la renuncia de los candidatos presidenciales distintos a los de las colectividades tradicionales, y en pro de un tercero en discordia, cuya identidad es un secreto a voces. Mas ni una palabra sobre las metas programáticas, los altibajos porque ha pasado el proceso unitario, o sobre la tesis del no alineamiento, propuesta por varios partidos revolucionarios para hacer expedita la conformación de un frente único de liberación nacional. Puntos estos que en las características actuales contienen el quid de la unidad del pueblo colombiano. Nos hemos tropezado, pues, con la paradoja de que quienes en su actividad proselitista empuñan la bandera de cancelar la escisión de la izquierda son los que menos saben del asunto. De todas maneras la polémica transmontará el 4 de junio y cada cual aportará a ella según sus luces.

¿Por qué es clave la definición programática? La revolución colombiana necesita estructurar, bajo la dirección del proletariado, el más abigarrado frente que aglutine a todas las clases, capas y sectores revolucionarios, democráticos y patrióticos. La acción conjunta de estas fuerzas ha de orientarse por unos objetivos mínimos esenciales, sin los cuales no se sabría hacia dónde concentrar el ataque, qué transformaciones acometer una vez alcanzada la victoria, ni cómo dirimir las contradicciones internas dentro de la alianza y en el seno del pueblo. La principal reivindicación consiste en barrer la sojuzgación neocolonial de los Estados Unidos e instaurar una república popular, democrática y realmente soberana, requisito imprescindible para satisfacer el resto de peticiones de las masas e ir desbrozando la senda del socialismo. El MOIR y sus aliados expusieron un programa de esta naturaleza. A él se enfrentaron, por un lado, los trotskistas y demás socialisteros que esgrimen la absurda teoría de saltar directamente a la sociedad socialista pretermitiendo la etapa de la revolución democrática, con lo cual sabotean la unión de las clases antiimperialistas y la lucha por la liberación nacional; y por el otro, los revisionistas que se escudan en la pretensión del respaldo a Cuba para justificar su estratagema de dividir al pueblo y propiciar el traspaso de Colombia, como en el caso de la hermana isla antillana, de las zarpas del imperialismo estadinense a las fauces del socialimperialismo soviético.

Sin embargo, se nos quiere descalificar con la inculpación de que no procedemos sin que Pekín apruebe, y que por ello sacrificamos a menudo el acercamiento entre los contingentes organizados de las masas populares. Recriminación inocua. En Colombia no existe un destacamento político diferente al nuestro que haya contribuido con orientaciones concretas y satisfactorias para conseguir, en las circunstancias prevalecientes, la unidad del pueblo.

La lucha por la liberación nacional la llevamos a cabo contra una superpotencia imperialista extranjera, los Estados Unidos, lo que hace que la revolución trascienda de modo inexorable al ámbito mundial; que nos identifiquemos con las religiones sojuzgadas que contienden por los mismos objetivos libertarios, y que apoyemos a los obreros de todas las latitudes y a los países socialistas. Desconocer los nexos internacionales de la revolución colombiana sería correr tras una quimera infantil, o hundirse en la posición vulgar del nacionalismo burgués. Esto es una cosa, y otra muy contraria la de declinar el derecho a autodeterminarnos como nación.

China es la más grande república socialista, que a diferencia de la Unión Soviética, se mantiene leal a los principios del marxismo-leninismo y no acaricia sueños hegemónicos ni pretende subyugar a nadie.

Las relaciones del Partido Comunista de China con los otros partidos fraternos se desarrollan con base en la independencia, la igualdad y el respeto recíproco, normas capitales que proscriben las intromisiones y las actitudes zalameras o incondicionales. Nosotros no ocultamos que apoyamos a China y a su vanguardia comunista, lo que significa solidarizarnos con la causa del socialismo y de un mundo sin naciones oprimidas ni opresoras. Mas decidimos siempre de acuerdo con nuestro propio criterio y en consonancia con las condiciones concretas de Colombia. Cuando formulamos la tesis del no alineamiento aclaramos que hacíamos unas concesiones en aras de un frente único antiimperialista; tesis que no choca sino que recoge los deberes internacionalistas de la revolución y la concepción socialista de las relaciones voluntarias entre países libres.

Contra esta política se ha pronunciado el revisionismo criollo, que no puede apartarse un milímetro de las órdenes que le imparte la metrópoli allende el océano. Sus vetustos representantes prefieren atizar el fraccionamiento del pueblo y admitir abiertamente su misión de agentes de los zares contemporáneos, antes que adherir a una fórmula de compromiso que favorece la cooperación entre las fuerzas que batallan por desasirse de la coyunda imperialista norteamericana y que proclaman el destino brillante de una Colombia exenta de toda opresión extranjera, provenga ésta de la otra superpotencia, o de cualquier punto del planeta.

¿Quiénes son entonces los agoreros de la división, y quiénes enarbolan una línea unitaria revolucionaria consecuente? Cabalgamos por un tramo de gran confusión, pero las masas, que se hacen estos interrogantes, terminarán desenterrando la verdad. Las elecciones de 1978 dieron la campanada de alerta y el trajín infatigable del Frente por la Unidad del Pueblo y de su candidato presidencial, Jaime Piedrahita Cardona, será recompensado con largueza.

SIGUE VIOLENCIA TERRATENIENTE

El 26 de enero, en Plato (Magdalena), la policía y civiles armados bajo las órdenes de los terratenientes incendiaron la casa de la familia Marbello, cuyos miembros se han caracterizado desde tiempo atrás como activos combatientes de la ANUC.

El 29 de enero, en el municipio de Nueva Granada, (Magdalena), tropas del ejército y gamonales turbayistas allanaron la sede del comando del Movimiento Nacional Democrático Popular, hecho que fue repudiado al día siguiente por una manifestación de más de 800 personas.

El 9 de febrero, en la vereda Chuira Grande, municipio de Guaranda (Sucre), 14 agentes de la fuerza pública fletados por los latifundistas arremetieron a bala contra un grupo de agricultores reunido frente a las oficinas del Incora, asesinando a Felipe Márquez, presidente del Comité de Usuarios Campesinos y candidato al concejo de Majagual por el MNDP y el Frente por la Unidad del Pueblo. También cayeron heridos Francisco Varela, Pedro Evangelista y Gustavo Medina.

El 11 de febrero, en Vistahermosa (Meta), mercenarios enemigos del pueblo acribillaron por la espalda a Virgelino Franco, de 18 años, y al dirigente campesino Cristóbal Báez, militantes del MNDP y candidato del FUP al concejo municipal de la localidad. Las exequias tuvieron lugar el 13 de febrero. Un desfile multitudinario acompañó los cadáveres hasta el cementerio, en donde se depositaron las coronas enviadas por diferentes organizaciones revolucionarias, y entre las cuales se destacaba la de Jaime Piedrahita Cardona, candidato presidencial del Frente por la Unidad del Pueblo, y la de Francisco Mosquera, secretario general del MOIR.

En el acto fúnebre llevaron la palabra Miguel Gamboa, dirigente nacional del MNDP, Abel Rodríguez del MOIR, y varios líderes campesinos de la región. Uno de ellos, el compañero Alcibíades González, destacó la trayectoria de lucha de Cristóbal Báez, y terminó reafirmando su convicción de que “la tierra multiplicará mil veces a los combatientes que se pongan al servicio de los pobres del campo y sepan desafiar la dictadura del atraso, del oscurantismo y la miseria impuesta por la oligarquía liberal-conservadora”.