LA USO SE APRESTA PARA UNA NUEVA BATALLA

Los trabajadores petroleros rechazan el contrapliego patronal

Un mamotreto de 8 páginas y 3 anexos fue dejado el 5 de noviembre, último día válido para la denuncia de la convención, sobre una de las mesas de la oficina de la USO en Barrancabermeja, por el jefe de relaciones industriales de Ecopetrol. Como ninguno de los directivos se encontraba presente, el legajo de papeles, nada menos que contrapliego patronal, quedó allí abandonado. Hoy la empresa pretende imponerlo argumentando falazmente que su documentación “pasó los trámites de rigor”, en tanto que la USO lo rechaza en forma categórica. En espera del inicio de las conversaciones del 5 de diciembre, cerca de 7.000 trabajadores se declararon en estado de alerta, mientras decenas de asambleas generales, efectuadas en la Refinería, Centro, Cicuco, Casabe y Cantagallo les ordenaban a los delegados sindicales que por ningún motivo aceptaran la discusión del contrapliego en la mesa de negociaciones.

Aprovechando el clima antidemocrático fraguado por el gobierno de López, la empresa estatal de petróleos intenta extender el sistema de contratistas privados a la gran mayoría del personal. De imponerse el contrapliego, serían aniquilados además los derechos sindicales conquistados por la organización a través de batallas denodadas que se remontan a las épocas de la tropical Oil Company. Otras reivindicaciones, tales como casinos y alimentación, venta de carne a bajo precio, escalafón, préstamos de vivienda y auxilios escolares, que darían igualmente eliminadas.

Se conoció que la totalidad de los trabajadores de Ecopetrol y la ciudadanía de Barrancabermeja apoyan las decisiones de la USO y preparan sus efectivos para el inminente enfrentamiento contra las pretensiones empresariales.

LAS RELACIONES SOVIÉTICO-HINDÚES: ¿AYUDA O PILLAJE?

En su informe ante el XXV Congreso del Partido Comunista que la URSS, Brezhnev se refirió al “desarrollo de las relaciones normales, y donde ha sido posible, de relaciones amistosas, con los Estados de Asia”, y, ante todo “a la polifacética colaboración con la India”, país al que los dirigentes soviéticos conceden “especial atención” (1).

La importancia económica y estratégica de la India es evidente, por el gran mercado que ofrece, su riqueza de materias primas, bajo costo de mano de obra, etc., de un lado, y del otro por su posición dominante en el océano indico y el subcontinente asiático. Estas razones han hecho de ese país una de las presas más codiciadas por las grandes potencias imperialistas.

Desde finales de la Segunda Guerra Mundial, las fuerzas norteamericanas fueron desplazando de allí a las inglesas, tomando ventajas mediante prestamos, “ayuda económica” a las empresas privadas, y otros medios. Más, hacia mediados de los años 50, los recién posesionados dirigentes del Kremlin, con Jruschov a la cabeza, empezaron a prestarle su “especial” atención a la penetración en la India.

Préstamos de la URSS: agio internacional

La India es hoy el país del Tercer Mundo que recibe más “ayuda” de la Unión Soviética. Desde el 2 de febrero de 1955 hasta fines de 1971 había obtenido de ésta 10.211 millones de rupias en préstamos y 101,5 millones en “donaciones” (2).

Mediante su “ayuda”, los soviéticos entraron en relación estrecha con empresas que dominan el 80% de la fabricación de maquinarias, 60% de los equipos eléctricos, 35% de la refinación de petróleo, 30% del acero y 20% de la energía eléctrica (3). No pocas de estas empresas se hallan bajo la administración directa de especialistas soviéticos.

Mas, examinemos de cerca los prestamos y “donaciones” soviéticos, y tendremos una revelación de lo que tras ellos se oculta. Ante todo, los préstamos, nominalmente a un interés del 2,5%, son a un interés real mucho más alto: por cada 100 rupias que la India recibe debe reembolsar, durante un año, 160. En 1973-1974 el total a pagar ascendió a 567 millones de rupias, suma netamente superior a la que percibió ese año por concepto de “ayuda”, que fue tan sólo de 139 millones (4). El Economic Times hindú del 24 de junio de 1974 estimaba que cuando la India haya terminado de cancelar su deuda, la URSS habrá recibido una suma que será el 565,7% del total de sus prestamos!

Junto con los créditos, viene la obligación para la India de comprar a la URSS equipos y productos excedentes. En general, los soviéticos tienen la necesidad de deshacerse de sus equipos obsoletos y de baja calidad, y son éstos los que exporta a la India. Una muestra son los equipos propuestos por ellos para la construcción, en la acería de Bokaro, de dos talleres de afinación de acero y la instalación de siete hornos rotativos. Este proyecto es anacrónico, y así lo señalaron los responsables de una empresa hindú, quienes propusieron la construcción de un solo taller equipado con cuatro hornos rotativos modernos de 200 a 300 toneladas, y probaron lo anticuado de los planes soviéticos indicando que las principales acerías del mundo utilizaban los hornos propuestos por la compañía hindú. Además, los costos de fabricación eran de 467,6 millones para el propuesto por dicha empresa ¡178 millones de diferencia!

Los soviéticos aceptaron que sus equipos eran anticuados, pero con el pretexto de que “el método de afinación continua es de la técnicas más recientes que la URSS acaba de adoptar” (5), rehusaron proporcionarlo a la India.

Además de los prestamos usurarios, en el comercio soviético–hindú los precios de los equipos mecánicos y otros productos de la URSS son en general superiores en un 20 a 30% a los del mercado mundial, y a veces hasta en un 100%. Un parlamentario hindú reveló recientemente en una entrevista a The Hindú que la URSS hacia pagar a la India ciertos productos a un precio hasta cuatro veces superior al del mercado internacional, en tanto que ella misma pagaba 50% más barato lo que compraba de ésta. por ejemplo, por cada tonelada de níquel que la Unión Soviética vende a la India le hace pagar 30.000 rupias, mientras que el precio internacional es de 15.000. Asimismo, el precio de las 15.900 toneladas de yute que los soviéticos adquirieron de los hindúes entre 1967 y 1968 fue un 31% inferior al precio medio de exportación fijado por la India a otros países (6).

Lo mío es mío, lo tuyo también es mío

Otra fuente de ganancia para los soviéticos es la parte de reembolso de los préstamos que los hindúes tienen que hacer con productos de la empresa para la cual ha sido acordada la “ayuda”, amén de las materias primas que se van por el mismo concepto. Así por ejemplo, para la industria siderúrgica, la India debe “exportar” hacia la URSS, avaluadas a un precio 10 o 20% inferior al del mercado internacional, grandes cantidades de acero y otros productos, especialmente materias primas. The Times of India informó hace unos meses que, según un acuerdo comercial soviético–hindú para 1976-1980, los reembolsos hindúes llegaran productos y materias primas para la URSS.

Para justificar esto, los dirigentes del Kremlim se ha inventado una “teoría” según la cual: “La soberanía de los países en desarrollo sobre sus recursos naturales depende en gran parte de la capacidad que tenga su industria para utilizar esos recursos” (7). Como quien dice, ya que tienen una industria limitadamente desarrollada, los países del Tercer Mundo deben igualmente tener una “soberanía limitada” sobre sus propios recursos. ¡¿No es ésta una típica lógica imperialista?!

También con los préstamos, los jerarcas del Kremlin imponen un gran numero de “especialistas”, quienes deben ser contratados con salarios exorbitantes, que superan varias veces a los de los técnicos nacionales del mismo nivel, además de los viáticos diarios, indemnizaciones y transporte para los técnicos y sus familias, que el gobierno hindú debe pagarles por estar trabajando fuera de la URSS.

Todos estos gastos corren por cuenta de la India, país “beneficiario de la ayuda”, y el salario mensual fijado se calcula en rublos y no en rupias, con lo que no sufren las bajas reales que pueda tener la moneda nacional con respecto a la rusa.

Negocio redondo

Es así como los soviéticos exprimen de la misma fruta tres jugos por lo menos: 1. Sacan enormes ganancias sobre los préstamos, 2. Ganan al vender sus equipos viejos o imperfectos a un precio superior al del mercado internacional y al comprar productos y materias primas a bajos precios, y 3. Ganan con los “especialistas” que imponen. El lector notará la similitud de estas prácticas con las utilizadas por el imperialismo norteamericano en Colombia.

Y todavía más, los soviéticos aumentan cómo y cuando quieren la paridad de cambio entre el rublo y la rupia. Hace poco, en un editorial, The Hindú protestaba: “En todo caso, no hay derecho de elevar el valor del rublo unilateralmente en un 30% por encima de la tasa fijada por el gobierno hindú. La perdida colosal sufrida (por la India) será evidente, ya que el volumen total del comercio bilateral llega ahora a ocho mil millones de rupias” (8).

Empréstitos a cambio de control

Por mucho que los dirigentes soviéticos se jacten de que no ponen condiciones para hacer sus prestamos y “donaciones” a los países del Tercer Mundo, la realidad es muy distinta.

Los rusos no tienen empacho en pisotear la soberanía de los países a los cuales “ayudan. En la India, por ejemplo, el gobierno había llegado a un acuerdo previo con una compañía siderúrgica hindú, para que ésta se encargara de lo esencial de los trabajos de la planta de Bokaro. Sin embargo, los rusos manifestaron que “no tenían necesidad alguna de cooperación con esa compañía”, y, según declaró el secretario de la industria siderúrgica hindú a la prensa de su país: “… Se opusieron (los soviéticos) a ello, prefiriendo invertir 200 millones de rublos… a cambio de tener un poder total de decisión en esas obras”. Además, obligaron a la India a comprar todos los materiales necesarios a empresas soviéticas o a las “beneficiarias” de su “asistencia”.

Mediante el control del sector capitalista burocrático, la URSS influye sobre importantes círculos políticos y domina considerablemente la política exterior de la India, país que considera clave para la formación de su soñado “sistema de seguridad colectiva de Asia” (9), aparato de bolsillo de los soviéticos para su penetración en dicho continente. Ya en 1971 vimos cómo la URSS incitó, pertrechó y sostuvo a la India en su agresión y desmembramiento de Pakistán, y con frecuencia observamos cómo el gobierno hindú se alinea con los rusos en el plano internacional. Realmente, al decir de Brehnev, la “colaboración entre la URSS y la India es muy estrecha”.

NOTAS
1. L.I Brezhnev, informe del Comité Central del PCUS ante el XXV Congreso del Partido, suplemento a Enfoque Internacional, marzo de 1976.
2. L’Imperialisme aujourd’hui (El imperialismo hoy), París, 1976. Pág. 181. (1 rupia=3,50 pesos).
3. Idid., pág.180.
4. Boletín de Estadísticas del Ministerio de Finanzas de la India para el año fiscal de 1973-1974.
5. The Statesman, 9 de mayo de 1976.
6. L’Imperialisme … pág. 189.
7. Discurso del representante soviético ante la VI Sesión Extraordinaria de la Asamblea General de la ONU sobre las materias primas y el desarrollo (abril – mayo de 1974). Ver Tiempos nuevos de los meses correspondientes, en donde se producen artículos sobre el mismo tema.
8. Efectivamente, el Financial Times de la india informa, el 17 de marzo de 1975, que, “violando un acuerdo concluido con la India”, los soviéticos exigieron la “revaluación de la deuda hindú en unos 4.000 millones de rupias… con el pretexto de la devaluación de la rupia” en relación con el rublo.
9. Este “sistema de seguridad” fue propuesto por Brezhnev en junio de 1969 como “mejor sustituto del bloque militar y político” predominante entonces en la región, o sea EE.UU. en plata blanca esto significa subsistir al bloque militar yanqui por un “sistema de seguridad” en manos de los soviéticos.

EL PROLETARIADO REVOLUCIONARIO REAGRUPA SUS FUERZAS

“Ratificamos nuestra lealtad a los principios unitarios”.

Concluyó el primer Pleno del Frente Sindical Autónomo de Antioquia

En el salón del Sindicato de Trabajadores de Empaques, en Medellín, engalanado con las banderas de las organizaciones sindicales asistentes, se realizó el 12 de septiembre el Primer Pleno de Juntas Directivas del Frente Sindical Autónomo de Antioquia, con la presencia de 13 delegaciones oficiales, 14 fraternales y 20 en calidad de observadoras.

El evento constituyó de nuevo ese departamento el Frente Sindical Autónomo, que había sido disuelto cuando sus sindicatos se afiliaron a CSTC y Fedeta, a raíz de los acuerdos suscritos en el Primer Encuentro Nacional de Unidad Sindical de octubre de 1973. Además, el Pleno aprobó programa y estatutos y eligió la nueva dirección, que encabeza el compañero Jesús Hernández, presidente del Sindicato de Vicuña. Concurrieron a la conformación del Frente Sindical Autónomo representantes oficiales de los Sindicatos de Empaques, Vicuña, Telecom, Banco Comercial Antioqueño, Universidad de Antioquia, Coltepunto, Industria del Carbón de Antioquia (Amagá), Fabrica de Licores de Antioquia, Jornaleros Agropecuarios, Nacional de Mineros (Amalfi y Anorí), Crystal e Industria Ladrillera de Antioquia.

El programa del Frente, acogido unánimemente por las 13 organizaciones mencionadas, ratificó las conclusiones aprobadas entre 1973 y 1975 por millares de trabajadores colombianos en decenas de Encuentros nacionales y regionales. Reiteró asimismo el Pleno su lealtad a los acuerdos plasmados durante ese proceso, destacando en especial los tres principios básicos de la unidad de la clase obrera: la defensa consecuente de los intereses del proletariado y el pueblo, el combate contra las camarillas directivas de UTC y CTC y la práctica de la democracia sindical. El documento señaló explícitamente que, en el camino hacia la integración de una Central Independiente, “una vez acordadas las cuestiones programáticas, el acatamiento escrupulosos de los métodos democráticos es lo principal”. Así lo afirmó igualmente en su discurso de clausura el compañero Jesús Hernández, presidente del Frente Sindical Autónomo, quien añadió: “Las prácticas burocráticas y antidemocráticas entorpecen la unidad de la clase obrera. Tal es la experiencia del proceso de integración sindical iniciado desde 1973”.

Unidad sin exclusiones
El Pleno saludó la presente de numerosos dirigentes del movimiento sindical antioqueño, quienes intervinieron como observadores. Entre ellos se encontraban en el recinto los compañeros Virgilio Piedrahita, dirigente de los trabajadores de Coltejer, Rafael Conde, de la seccional del Sind, de la Caja Agraria, Roberto Giraldo, medico del ICSS y directivo de Amda, Campo Elías Galindo, representante de los Comités de Lucha por la Unidad Sindical (CLUS), Ramón Córdoba, del Comité Intersindical (CIS), Héctor Vásquez, del Sindicato de Polímeros así como directivos de Adida, EE.PP. de Medellín, Fabricato, Simesa, Tejicóndor, Satexco, Proas, Curtimbres Itagüí, Cicodec, Shellmar y Banco Industrial Colombiano.

“Considero que es la plataforma de lucha del Frente es perfecta, mantiene vivos los tres principios de la clase obrera. Profundicen la plataforma y echen a andar esa nave democrática y unitaria”, afirmó el compañero Virgilio Piedrahita, dirigiéndose a los asistentes.

Concurrieron al Pleno, también, como delegados fraternales, los compañeros Abel Rodríguez, vicepresidente de Fecode, Agustín González, secretario general de Sittelecom, Jorge Gamboa, presidente del Frente Sindical Autónomo del Valle, además de Jaime Zuluaga y Luis Vásquez, asesores del F.S.A. de Antioquia. Refiriéndose al debate planteado en el Pleno sobre el futuro de la unidad sindical en Colombia, el compañero Abel Rodríguez expresó: “Los principios unitarios son un instrumento que necesita el proletariado para derrotar al imperialismo norteamericano e integrarse en una sola central independiente. En el movimiento sindical se mueve diferentes corrientes que necesitan agruparse alrededor de los tres principios. Nos uniremos con todas ellas, sin discriminaciones de ninguna índole, mientras se respeten tales principios”.

El primer Pleno del Frente Sindical Autónomo de Antioquia constituyó un importante capítulo en la unidad del movimiento sindical independiente u clasista y puso de presente la vitalidad de los principios y enseñanzas del proceso unitario que se inició en 1973.

Reportaje a Francisco Mosquera: “SOMOS LOS FOGONEROS DE LA REVOLUCIÓN”

Cristina de la Torre (ed.). Colombia camino al socialismo. En la crisis liberal-conservadora. Cuadernos de “Alternativa”, Bogotá, 1976.

Pregunta: ¿La ruptura del MOIR con el Partido Comunista tiene que ver con el conflicto chino-soviético?

MOSQUERA: La revolución de cualquier país está determinada por sus fuerzas y contradicciones internas. Hemos insistido mucho en este principio básico, no tanto por contrarrestar la propaganda mercantilista de la reacción que tendenciosamente repite la cantinela de que los revolucionarios colombianos son accionados a control remoto desde el exterior, como para recordarles frecuentemente a nuestras camaradas que el triunfo de la revolución estriba en el acierto con que interpretemos la realidad nacional y llevemos a la práctica las soluciones que correspondan a dicha realidad. Cual faro orientador contamos con el marxismo-leninismo, la ideología invencible del proletariado que quía nuestra acción. Pero si no partimos de las condiciones concretas de nuestro país para elaborar una línea estratégica y táctica de la revolución colombiana, terminaremos como la mayoría de los intelectuales pequeño burgueses que no se vinculan a las masas ni a sus problemas, dedicados a la elucubración y a la especuladera, alejados de las necesidades y demandas del pueblo y rumiando dogmas sin sustancia ni calor.

Hemos procurado siempre obrar conforme a tales principios revolucionarios. Debido a ello propiciamos en 1974 la creación de un frente con el Partido Comunista, no obstante las divergencias ideológicas que nos separan y la lucha política que nos ha contrapuesto abiertamente. Después de examinar los factores de la situación de aquel entonces, nos convencimos de la necesidad de unificar esfuerzos para encarar la ofensiva de la gran coalición liberal-conservadora gobernante que ya visualizaba en López Michelsen a su solícito continuador. El proyecto de frente se rompió por donde se había soldado: el acuerdo para concentrar los ataques en los enemigos principales del pueblo colombiano, la alianza burgués-terrateniente proimperialista, cuya expresión política ha sido el bipartidismo tradicional que, a partir del 21 de abril de 1974, pasó a ser capitaneada por el máximo dirigente del llamado “mandato claro”. Consumado el triunfo de López, el Partido Comunista, en lugar de comprender que se había consolidado mediante nuevas formas la política frentenacionalista de la oligarquía vendepatria, consideró que con los resultados electorales de aquel 21 de abril se abrían las perspectivas de un “nuevo poder”. Tesis que entre otras cosas consignó en el Informe Político de su último Congreso de finales de 1975. Hace alrededor de año y medio que el Partido Comunista empezó a hablar de los aspectos “progresistas”, de la base “democrática” y de las contradicciones del gobierno lopista con la “derecha”. Señaló sin escrúpulos que la coalición liberal-conservadora ultrarreaccionaria y antinacional se hallaba más representada por personajes como Lleras Restrepo que por el propio jefe del Estado.

Todo esto terminó estimulando las tendencias arribistas y las vacilaciones de la mayoría de los parlamentarios del MAC y debilitando el único y fundamental punto de convergencia e identificación entre el MOIR y el Partido Comunista; el combate consecuente contra los enemigos principales del pueblo colombiano acaudillados ahora por el gobierno lopista. En ello radicó el rompimiento. Lo demás fueron las falsas imputaciones al MOIR, las intrigas, los alegatos en abstracto a favor de la “unidad” y contra la “división”, y las violaciones de las normas democráticas de funcionamiento interno de la UNO, con que el Partido Comunista trató de enmascarar toda una política de aliento a las inconsecuencias y al coqueteo con el régimen. Inclusive la dirección de este Partido, para tratar de justificar los descalabros de semejante política cuando ya eran evidentes los resultados desastrosos del “mandato claro” en todos los órdenes de la vida económica, social y política del país, salió del aprieto declarando: el gobierno dio un “viraje reaccionario”. Viraje que tuvo el ánimo de ubicar, óigase bien, a partir del mes de mayo pasado. De tal manera que las desavenencias posteriores con el Partido Comunista y el quebramiento de la alianza contaron como causa más inmediata el incumplimiento de los compromisos acordados dentro de la UNO y la inclinación a contemporizar con ciertas manifestaciones demagógicas del actual gobierno.

Pregunta: Pero no ha dicho una palabra sobre las repercusiones del conflicto chino-soviético en la ruptura con el PC.

MOSQUERA: Iba para allá. Solamente quería dejar establecido que la táctica de alianza o rompimiento con el Partido Comunista por parte del MOIR ha radicado primordialmente en la posibilidad de lograr o no un entendimiento alrededor de la necesidad de aunar y coordinar esfuerzos en la lucha contra el imperialismo norteamericano y la oligarquía vendepatria, en las circunstancias del período político por el que atraviesa Colombia. Ahora bien, ¿cuánto influye el conflicto chino-soviético, para utilizar la expresión suya, en todos estos problemas y en el conjunto de la situación nacional? Me temo que más de lo que algunos se imaginan.

Las divergencias planteadas por el Partido Comunista de China frente al revisionismo contemporáneo, con epicentro en Moscú, cumplen ya veinte años y se refieren a las más decisivas y trascendentales cuestiones de principio del marxismo-leninismo y del movimiento comunista internacional. En esta larga polémica no ha habido asunto ni tema de importancia para el proletariado y los pueblos que no haya sido tocado y debatido hasta las últimas consecuencias. Hacer una lista de tales discrepancias sería una labor compleja. Pero si se me pidiera que resumiera en unas cuantas palabras en qué consiste el enfrentamiento de las dos posiciones radicalmente definidas, diría que se compendian en si se sigue el amplio y luminoso camino de la revolución y del triunfo de la causa del socialismo o se escoge la estrecha y tortuosa senda de la traición y de la entrega. Los dirigentes del Partido Comunista de la Unión Soviética se decidieron por esta última desde los tiempos de ese payaso de la historia que fue Nikita Jruschov. Y la Unión Soviética, de cuna gloriosa del socialismo, pasó a convertirse en tétrico bastión del capitalismo en el cual los nuevos zares no sólo explotan y sojuzgan al pueblo soviético, sino que han iniciado por todo el globo la calculada operación de expandir sus dominios y someter a su voluntad al resto de los pueblos y naciones, emulando fieramente en tan vandálico empeño con su principal competidor, el imperialismo norteamericano. El Partido Comunista de China, conducido por Mao Tsetung, conjuntamente con otros partidos hermanos, ha emprendido la defensa intransigente de los principios del marxismo-leninismo, armando ideológicamente a la clase obrera de todos los países y alertando a las pueblos sobre los peligros del expansionismo soviético. La mayoría de los partidos comunistas ha optado por el revisionismo. La presente situación tiene un antecedente. Hace más de medio siglo Lenin rompió con los partidos de la II Internacional que se escudaban en la posición revisionista para cometer las peores fechorías a nombre del proletariado. Las fuerzas que se agruparon en torno de la línea de Lenin y del bolchevismo ruso no eran en verdad la mayoría, pero salieron a la postre victoriosas y los Kautsky, con su constelación de partidos socialdemócratas, terminaron siendo desenmascarados como renegados del marxismo y escabeles de la burguesía internacional. A pesar de las enormes dificultades del momento, ese será el feliz desenlace de la descomunal batalla que el marxismo-leninismo libra contra el revisionismo contemporáneo.

Pero además, el marxismo-leninismo se fortalece y desarrolla únicamente en la lucha constante contra las tendencias ideológicas y políticas de las clases explotadoras y reaccionarias y en especial contra quienes pretenden desfigurarlo y ponerlo al servicio de estas clases. La importancia de la actual lucha del marxismo-leninismo contra el revisionismo consiste en que continuará incidiendo determinantemente, como lo ha venido haciendo, en los grandes acontecimientos políticos de nuestra época y en que llegará a todos los confines de la tierra. Ello obedece al grado de avance a que han llegado las fuerzas revolucionarias del proletariado y a que la contienda involucra tanto a un grupo numerosos de Estados regidos por el revisionismo, con la Unión Soviética a la cabeza, como a los partidos comunistas que en varios países han llegado al poder y entre los cuales, se cuenta la República Popular China, que alberga a una cuarta parte de la población mundial.

Colombia no escapa tampoco a la lucha ideológica y política entre el marxismo-leninismo y el revisionismo. Aunque aquí esta batalla se encuentra aún en un período incipiente, lo cierto es que los contendientes ya han desenvainado sus espadas. La dirección del Partido Comunista de Colombia se ha aferrado ciegamente a la corriente revisionista. Las fuerzas marxista-leninistas colombianas vienen planteándose desde hace una década la urgencia de la construcción de un partido auténticamente proletario. El MOIR es producto de esa necesidad política. Aunque el nombre de nuestro partido no es el más apropiado y la convocatoria del Congreso de fundación del Partido del Trabajo de Colombia, debido a las vicisitudes de la lucha política, tuvimos que postergarla para un futuro cercano, la aparición del MOIR es una de las consecuencias prácticas en nuestro país de la lucha entre las dos líneas. Al fin y al cabo, la cuestión del nombre es secundaria y, no obstante haber saltado el MOIR al ruedo de la lucha de clases, consideramos que nos hallamos aún en las secuencias iniciales de la construcción de nuestro Partido en los órdenes teórico, político y organizativo.

Pregunta: ¿No le parece que varias agrupaciones políticas se proponen ese mismo objetivo y que ello ha conducido a una gran división y atomización de las fuerzas revolucionarias?

MOSQUERA: Estamos aprendiendo a hacer la revolución, haciéndola en un país en donde no ha existido jamás una corriente marxista-leninista que merezca el título de tal. Al contrario, en Colombia echó primero raíces el revisionismo que el marxismo-leninismo. Esto ha condicionado en forma muy especial el desarrollo de la conciencia revolucionaria de la clase obrera colombiana, la cual no ha logrado aún cumplir a cabalidad su papel de vanguardia en nuestro proceso revolucionario. Nos hallamos en los umbrales de los intentos serios de esta lucha. Sin embargo, comprendemos, mejor que nuestros críticos, que vivimos todavía un momento que no dudamos en calificar fundamentalmente de aprendizaje, tanto en el estudio del marxismo como en el conocimiento de la realidad nacional, aprendizaje que no adelantamos únicamente en los libros, sino pugnando por vincularnos cada vez más estrechamente a las clases revolucionarias, con las cuales colaboramos en la lucha por alcanzar sus aspiraciones más sentidas, pero de quienes recibimos lecciones de un valor insustituible. Así será durante todo el curso de la revolución. Pero ahora el aspecto principal es que recibimos más de lo que damos, aprendemos más de los que aportamos.

De todas maneras, en ese permanente conjugar del estudio de las verdades universales del marxismo-leninismo con la práctica concreta de nuestra revolución, hemos venido desbrozando una teoría de la revolución colombiana. Esta teoría está en franca contraposición con las concepciones ideológicas y políticas del revisionismo y con las múltiples tendencias de la pequeña burguesía socialista. Hay en la actualidad una aguda confrontación entre las diferentes tesis y soluciones que las diversas clases conciben para los graves problemas del país. Disputa que sólo la práctica de la revolución colombiana podrá dirimir. A toda revolución la antecede una gran lucha ideológica desencadenada por las fuerzas nuevas contra los viejos intereses y poderes establecidos. Las fuerzas que irrumpen en el palenque de la Colombia de hoy, con sus propios planteamientos y fórmulas, son las clases antiimperialistas y revolucionarias. Estas se encuentran conformadas por el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la gama de pequeños y mediados productores y comerciantes. De ahí la proliferación de grupos y tendencias. Pero este fenómeno nos debe alegrar y no entristecer. Después de la actual confrontación y división vendrá un proceso de unidad y de acción del pueblo, en pro de luchas más elevadas y en torno a un centro correcto. Esta será la lógica invariable de la revolución. Por eso no me preocupa la división preexistente.

El pueblo no saldrá del caos y de la atomización mientras no sean conocidas, puestas a prueba y desenmascaradas una a una las líneas equivocadas, reaccionarias y traidoras. Únicamente en esa forma llegará a relucir la orientación acertada del proletariado y su partido, como máximos dirigentes de la revolución colombiana. Por otra parte, lo que está en crisis es la caduca sociedad neocolonial y semifeudal de Colombia, con todos sus falsos valores. Contra el neocolonialismo y el semifeudalismo el proletariado colombiano presenta la solución de la revolución nacional y democrática, que implica la unidad en un gran frente único antiimperialista de todas las clases y fuerzas revolucionarias. Esta estrategia ha comenzado a abrirse paso y cuenta ya con el apoyo y simpatía de amplios sectores de masas. La hora del proletariado ha sonado y con ella la del pueblo y la nación colombiana.

Pregunta: Según eso, ¿cuál es entonces el enemigo fundamental del movimiento revolucionario mundial, la Unión Soviética o el imperialismo norteamericano?

MOSQUERA: El mundo se halla vuelto al revés. La transformación de la Unión Soviética de un país socialista en un país socialimperialista configura un cambio de consideración en la situación mundial. En Colombia hay personas honestas que creen todavía que semejante análisis del panorama internacional es una horrenda calumnia de los moiristas. Valdría la pena que se hiciera esta sencilla reflexión. Quien camine como ganso, nade como ganso y grazne como ganso, es un ganso. Quien extienda sus tentáculos por todo el orbe con el objetivo de someter a su dominio y explotación colonialista a pueblos y naciones, quien forme bloques militares y propague por doquier sus flotas de guerra, quien aproveche cualquier conflicto o dificultad de los países de los cinco continentes para meter cuña y expandir su influencia, ese alguien será un imperialista. Y si se presenta como socialista, será un socialimperialista. En los últimos diez años el revisionismo soviético para a paso ha venido explayándose por el mundo e incrementando sus actos de agresión y dominación. Invade militarmente a Checoslovaquia y atenacea con su poder los países europeos que giran en su órbita. Se infiltra en el Medio Oriente, se inmiscuye en Europa Occidental, a la cual busca flanquear con sus bases y tropas desplazadas por mar y tierra, promueve conflictos en el subcontinente asiático y codicia a las naciones de Indochina recién liberadas del yugo imperialista norteamericano, lanza sus garras sobre el África, se introduce abiertamente en Angola e intriga y coacciona a la Organización de la Unidad Africana para que obedezca sus designios y a la vez inicia sus asedio y presión sobre las naciones latinoamericanas. Tal el cuadro de desarrollo del expansionismo soviético. Lo que se observa en la presente situación mundial es que mientras el imperialismo norteamericano, acosado por múltiples contradicciones, se ve impelido a retroceder, la amenaza del socialimperialismo soviético se levanta provocadoramente en todo el universo. Actualmente la pugna de las dos superpotencias representa el más serio peligro de una nueva conflagración mundial. Pero al mismo tiempo crece la resistencia de los pueblos y naciones a la dominación y explotación colonialista de viejo y de nuevo tipo y junto a ellos el proletariado internacional, los países socialistas y las fuerzas revolucionarias, democráticas y defensoras de la paz mundial, constituyen la más gigantesca muralla de contención a los deseos del hegemonismo de las dos superpotencias.

Pregunta: Y en Colombia ¿cuál es le enemigo principal, el Partido Comunista o la burguesía?

MOSQUERA: Colombia es una neocolonia de los Estados Unidos. Sobre nuestro país también rondan los buitres del capital internacional imperialista de varios países europeos y del Japón. Por su lado, el socialimperialismo soviético se relame de ganas de introducir sus afiladas uñas en nuestros asuntos internos y sacar igualmente tajada. Sin embargo, la realidad de bulto ha sido la de que Colombia desde finales del siglo pasado y comienzos del presente se mantiene primordialmente bajo la férrea dominación y explotación del imperialismo norteamericano.

La presencia de los grupos monopolistas distintos a los norteamericanos resulta en nuestro país notoriamente secundaria frente a éstos. La causa principal del estancamiento de las fuerzas productivas colombianas, de la supervivencia del régimen de explotación terrateniente en nuestros campos, de la miseria de las masas populares y del atraso y subdesarrollo general de Colombia radica en la larga expoliación neocolonialista de los Estados Unidos sobre nuestra nación. Por consiguiente, el remedio a nuestros males seculares sólo puede partir de la revolución de liberación nacional, cuyo blanco principal es el imperialismo norteamericano.

A esta revolución contribuirán las fuerzas revolucionarias, democráticas y patrióticas del país, las cuales emprenderán una profunda transformación democrática en todos los órdenes y cuyo objetivo fundamental consiste en construir una república independiente, soberana, autónoma, popular, democrática y en marcha al socialismo. Es decir, que una vez conquistada la independencia del yugo de los Estados Unidos, Colombia deberá insistir de manera invariable en una línea de preservar celosamente la libertad alcanzada, mantener una auténtica soberanía, fijarse la meta de principio de basarse principalmente en sus propios esfuerzos y lograr el cabal autosostenimiento. Ello no implica que la futura república popular y democrática de Colombia deba enfrascarse en una nacionalismo cerril y ciego. No obstante ser la nuestra una revolución democrática de liberación nacional, comprendemos a fondo, y lo hemos proclamado, que la nueva Colombia requerirá para su desarrollo de las relaciones comerciales y estatales con el resto de países. Subrayamos, eso sí, en forma especial, que tales relaciones deberán darse en pie de igualdad y en beneficio recíproco. El Estado democrático-popular propiciará las relaciones con todos los países y gobiernos, al margen del régimen social de éstos, incluyendo a Estados Unidos, sobre la base del respeto mutuo a la soberanía, no agresión, no interferencia en lo asuntos interno y demás principios de coexistencia pacífica.

Nuestra posición es eminentemente internacionalista. Defendemos sin intransigencia el derecho de nuestro país a la soberanía, mas su destino de nación libre y autosuficiente forma parte integral, y así lo concebimos, de la lucha de los pueblos sometidos y esquilmados del Tercer Mundo por idénticos objetivos de independencia y libertad. El triunfo de la revolución colombiana, aún en su primera etapa democrática, fortalecerá la corriente universal por el socialismo, apoyará al proletariado internacional y a las repúblicas socialistas. Al lado del movimiento de liberación nacional del Tercer Mundo, del proletariado internacional, de las repúblicas socialistas y de los movimientos revolucionarios y democráticos de todos los países, la revolución colombiana aportará su contingente a la conformación del frente de lucha más amplio y más profundo en la historia de la humanidad contra el imperialismo y a favor del socialismo, la democracia y la paz mundial. Esta, nuestra concepción internacionalista proletaria.

Pregunta: ¿No es contradictorio apoyar la política internacional de China, y sin embargo, buscar alianza con el PC de Colombia?

MOSQUERA: A muchas personas desorientadas de dentro y fuera del país les ha parecido un escándalo la alianza que durante un buen tramo el MOIR mantuvo con el Partido Comunista de Colombia. Les parece incompatible que actuemos autónomamente en Colombia cuando al mismo tiempo porfiamos en fortalecer la unidad de las fuerzas marxista-leninistas y del proletariado mundial en torno a la línea general defendida por Mao Tsetung. A tales personas no les cabe en la cabeza que el MOIR en su lucha política en pro de la revolución colombiana se atenga invariablemente a un principio, reivindicado precisamente por la dirección del Partido Comunista de China: el de que en el movimiento comunista internacional no debe haber bastón de mando de unos partidos sobre otros. Esta norma marxista-leninista conlleva mayor importancia de lo que a primera vista se capta. Si los diversos partidos comunistas no gozan de completa independencia y autonomía para decidir cuanto les compete como vanguardias proletarias revolucionarias, en consonancia con las realidades y acontecimientos de sus respectivos países, y por el contrario, están obligados a ejecutar al pie de la letra las órdenes de los “partidos padres” o del “partido padre”, jamás podrán trazar directrices acordes con las condiciones concretas y con las enseñanzas de la lucha diaria. Para el MOIR este principio es irrenunciable. Y no es que neguemos la necesidad de la unidad del movimiento comunista internacional, la cual consideramos de una importancia fundamental, pero ésta sólo la lograremos con el método del respeto mutuo, del intercambio de opiniones y proscribiendo la supremacía de unos partidos obreros frente al resto.

Nosotros aprendemos de la experiencia de los comunistas que en otras latitudes nos han antecedido en las tareas de organizar y conducir a la victoria a la clase obrera, mas sopesamos a cada momento las peculiaridades de Colombia para saber comportarnos. La unidad del movimiento comunista internacional habrá de partir del considerando de que todos los partidos proletarios se encuentran en pie de igualdad, son independientes y tienen todo el derecho a utilizar sin cortapisas el arma de la crítica. El revisionismo soviético pretende que los partidos comunistas sean sus estafetas por todo el globo. Casualmente, contra tan inadmisible pretensión del revisionismo soviético, el Partido Comunista de China comenzó la portentosa lucha por rescatar el marxismo-leninismo de manos de sus falsificadores y preservar la verdadera unidad del movimiento comunista internacional.

En relación con el rompimiento de la alianza entre el MOIR y el Partido Comunista y la conversión de la UNO en aparato de bolsillo de esta agrupación, no dudo en calificarlos como acontecimientos desafortunados para el proceso revolucionario colombiano. Cuando era más imperiosa la urgencia de consolidar la unidad alcanzada para combatir el régimen lopista, que emergió temporalmente victorioso el 21 de abril, el Partido Comunista vaciló en continuar enfilando baterías contra la coalición liberal-conservadora que formalmente había cambiado de gobierno y procedió a atropellar las normas orgánicas de funcionamiento democrático de la UNO. No obstante lo enconado de la controversia, salpicada de buena dosis de sectarismo a cargo del Partido Comunista, sigo siendo un convencido de la necesidad de no escatimar esfuerzo alguno para restaurar la alianza, conforme, desde luego, a unos lineamientos definidamente revolucionarios y combativos.

La revolución colombiana daría un gran paso adelante en las presentes circunstancias si coronara con éxito la tarea de la constitución de un frente antiimperialista con todas las fuerzas que sinceramente están decididas a luchar por la liberación nacional y la construcción en Colombia de una república democrática, popular, auténticamente soberana, lista a rechazar todo intento de “protección”, saqueo e intervención de las potencias extranjeras. Enormes beneficios traería para el país la conformación de dicho frente, así fuese en un principio un frente pequeño, integrado por los partidos y movimientos más resueltos, cuyo engrosamiento sería inevitable y estaría garantizado por la aplicación acertada de una política unitaria que permitiera la organización a la larga del 90% y más de la población colombiana. La frontera divisoria en Colombia entre la revolución y la reacción, entre la izquierda y al derecha, entre el marxismo-leninismo y el revisionismo, pasa por el meridiano del frente único antiimperialista; quienes lo entorpecen con uno u otro pretexto pertenecen al segundo bando y quienes lo faciliten con una posición consecuentemente unitaria estarán ubicados en el primero.

Pregunta: ¿En 1978 habrá candidato único de la izquierda?

MOSQUERA: Si antes del 18 de abril resulta prácticamente imposible reestructurar un frente conjunto a escala nacional, debido a una serie de razones expuestas, después de esa fecha habrá que conseguirlo como un gran imperativo político del período por que atraviesa la revolución colombiana. Necesario no tanto para afrontar las elecciones presidenciales de 1978, como para encarar las tareas que anuncian los primeros vientos de la tormenta revolucionaria que se avecina. La inestabilidad tradicional de las instituciones de estas democracias neocoloniales y el estruendoso fracaso de la administración. López Michelsen, mucho antes de cumplir la mitad de su vigencia constitucional, las contradicciones crecientes en el seno de la coalición oligárquica y la honda división del Partido Liberal mayoritario, la aguda crisis y la descomposición social llegadas a extremos intolerables, el descontento popular generalizado y los brotes continuos de rebeldía de las masas expresados en las más variadas formas de lucha, son factores que nos están indicando a las claras que Colombia se precipita aceleradamente a un momento crucial de su desarrollo histórico. La mar está picada, como dicen los marinos. Y los revolucionarios estamos en la obligación de hacer una apreciación muy correcta del inmediato futuro. De ello depende el que cosechemos grandes victorias o graves derrotas.

Nadie puede sostener con un grado más o menos cierto de seguridad, por ejemplo, que haya elecciones en 1978. Si la situación sigue evolucionando en el sentido que arriba anotaba, lo más probable será que, por encima de la campaña de institucionalización del presidente, la coalición gobernante prefiera buscar otros medios para tratar de capear el vendaval. No hay que perder de vista que la alianza liberal-conservadora quemó con López Michelsen la última carta presentable y que podía mover las esperanzas de un montón de gentes fatigadas de tantos trucos de las clases dominantes. El partido liberal corre desesperado hacia un callejón sin salida. Si logra superar la división persistente, cualquiera de las dos opciones principales a que está abocado, el señor Lleras Restrepo, o el señor Turbay Ayala, jamás conseguirán retoñar las marchitas ilusiones. El uno ya ocupó la Presidencia de la República y, no obstante su intensa campaña, no ha sido capaz de desvanecer de la memoria de la mayoría de los colombianos los desastres en todos los órdenes de su gestión gubernamental. El otro es lo que llaman un manzanillo, desacreditando por tal, aun en determinados sectores de las oligarquías. Ninguno es una ficha gananciosa para una situación como la que vive la nación colombiana. Un mandatario de filiación conservadora no sería tampoco una medida aconsejable para la estabilidad de la coalición antipatriótica. Por otra parte, dentro de esta coalición afloran a cada instante nuevas y más profundas contradicciones. Lo anterior no significa que la alianza burgués-terrateniente proimperialista, cuya expresión política es el contubernio liberal-conservador, vaya a desaparecer. Únicamente nos alerta sobre que el Estado colombiano, que continuará apoyado en las muletas de los dos desgastados partidos tradicionales, se verá inclinado a buscar otras formas y métodos de gobierno distintos a los previstos en la constitución.

Las fuerzas revolucionarias deben prepararse desde ya para cualquiera de las dos eventualidades: si hay elecciones en 1978, para presentarse lo más sólidamente unidas con un candidato único cuyo nombre habrá de ser escogido por consenso y democráticamente entre las organizaciones partidistas interesadas; y si no hay elecciones, es mucho más necesaria la unidad no sólo para garantizar su propia subsistencia, sino para impedir que la reacción aplaste las múltiples explosiones de la lucha de las masas que en la actualidad ha cobrado un nuevo y promisorio ímpetu. Preparémonos para lo peor. Alistémonos para cumplir a cabalidad el papel de protagonistas de los trascendentales sucesos revolucionarios que se han puesto a la orden del día y con los cuales Colombia, en el último cuarto de este siglo, se encaminará inconteniblemente hacia radicales transformaciones. Por doquier estallarán conflictos y disturbios. El nacimiento de la nueva sociedad será un alumbramiento doloroso y sus primeros vagidos convulsionarán a la América entera. Como bomberos del proceso actuarán el imperialismo, la reacción y el oportunismo. A nosotros nos corresponde el deber de fogoneros de la revolución. La consigna de la hora es prepararnos para tan excepcional oportunidad histórica.

Pregunta: ¿A qué atribuye el vertiginoso descrédito del gobierno de López Michelsen?

MOSQUERA: El lopismo coetáneo llega al poder con la más caudalosa votación en los anales de la República. Además de los tres millones de sufragantes liberales, en sana lógica debemos sumarle el millón y medio de votos conservadores, habida cuenta de que el gobierno lopista es igualmente bipartidista como los cuatro anteriores del Frente Nacional. O sea que el “mandato claro” inició su gestión con una votación de respaldo de cuatro millones y medio. A la cual vale la pena agradecerle la expectativa benévola con que lo recibieron al anapismo y algunos integrantes de la UNO, en especial determinados parlamentarios del MAC. Usted recordará la euforia colectiva alrededor de la figura del vencedor del 21 de abril. Los más avivatos pregonaron también que eran “izquierdistas” como el presidente elegido. Los más ingenuos remarcaron que con el desenlace electoral se abría un período de mayores libertades y derechos democráticos, que las masas que votaron por el delfín liberal estaban en condiciones de presionar y conseguir el cumplimiento de ciertas promesas hechas por el jefe de Estado durante su campaña, e incluso llegaron a decir que el lopismo podría realizar algunos puntos del programa de la UNO, advirtiendo que ellos apoyarían tales realizaciones, con lo cual no estaban respaldando al gobierno sino al programa de la revolución.

En fin, todo este festival de ilusiones con respecto al advenimiento del fundador del extinto MRL al mando supremo de la nación, velaba de mala fe o ignoraba crasamente un hecho por demás evidente y clave: que López Michelsen se hallaba, sin otra alternativa, resuelto a ejecutar la única promesa que formuló en serio a lo largo y ancho del país, la de proseguir la obra del Frente Nacional. Por eso el MOIR ha insistido en motejar este cuatrienio de continuista y a su principal gestor de continuador. Con un agravante. Las elecciones de 1974 arrojaron unos guarismos abrumadoramente favorables a López, y su gobierno se instaló en medio de una atmósfera de particular vigor y optimismo. Comparado con los regímenes inmediatamente anteriores, el del “mandato claro” empezaba labores aparentemente mejor apuntalado y por lo tanto podría ir más allá de donde fueron aquellos en su política antinacional y antipopular. En realidad, el señor López anduvo más aprisa y más descaradamente. A los 41 días de posesionado decretó la emergencia económica con el objetivo de aumentar los privilegios a los monopolios norteamericanos, al capital financiero, a los pulpos urbanizadores, a los magnates del café y para poner en práctica una reforma tributaria abiertamente regresiva, confeccionada durante el gobierno de Lleras Restrepo, pero que ni éste ni Pastrana Borrero se atrevieron a instaurar. Esta reforma tributaria estableció un considerable aumento de los gravámenes a las ventas, a la pequeña y mediana industria y aligeró los impuestos de las grandes sociedades anónimas, preferencialmente de las extranjeras. Las medidas de emergencia económica lesionaron enormemente los intereses de la nación y el pueblo colombiano e incidieron de manera directa en el alto costo de vida, con una intensidad y una aceleración pocas veces conocidas.

Mención aparte merece el alza mensual de la gasolina, por demanda perentoria de las compañías petroleras norteamericanas, la cual repercute igualmente en el ciclón alcista que desfalca sin clemencia los raquíticos ingresos de las masas trabajadoras. También sobresale por su carácter retardatario la llamada Ley de Aparcería, con que el lopismo premió con largueza la colaboración decisiva de la clase terrateniente en su ascenso al mando. Esta ley acondiciona a la época “moderna” las relaciones de explotación servil en el campo colombiano, refuerza las ataduras que mantienen a los campesinos uncidos a la coyunda de lo señores de la tierra. Es un intento por rescatar el pasado y eternizar el atraso. Y ante la clase obrera la política del “mandato claro” ha estado encaminada a cercenar al movimiento sindical los derechos de organización, expresión y huelga, con el propósito de imponer la congelación de salarios en topes que no se compadecen con la carestía de la vida y el envilecimiento de la moneda. Y frente al estudiantado colombiano, heroico en mil batallas por la liberación nacional y la democracia, cuando el régimen actual comprendió que no conseguiría domarlo a punta de demagogia, procedió a sofocarlo a punta de fusil. De ese tenor antinacional y antipopular ha sido toda la orientación y la conducta del continuismo. Para sacar sus nefastos designio recurrió, el igual que sus predecesores, al estado de sitio y a la represión violenta. Pero su descrédito fue asimismo vertiginoso y la situación se le ha complicado hasta más no poder. El lopismo ha pasado a la defensiva. El hecho mismo de que las elecciones próximas se efectúen bajo el estado de sitio, por temor a la acción política de los partidos y organizaciones revolucionarias, está patentizando su flaqueza y debilidad. La lucha de las masas populares se presenta ahora amenazante y con magníficas perspectivas de ampliarse y profundizarse. Huelgas, paros cívicos, invasiones campesinas, batallas callejeras estallan a diario y en todo el territorio patrio. Lo cual no demuestra más que el triunfo electoral de López Michelsen en 1974 no dejó de ser una estrella fugaz en la multifacética y convulsionada sociedad colombiana.

Terminado el pasajero resplandor, el porvenir de la reacción oligárquica volvió a hundirse en la oscuridad. La coalición liberal-conservadora da palos de ciego y marcha tambaleante hacia la tumba. Su agonía puede ser larga pero lo cierto es que ya empezó.

Pregunta: ¿Con qué métodos participa el MOIR en la campaña electoral y cuáles son las principales experiencias recibidas a través de esta forma de lucha?

MOSQUERA: El MOIR participa en la lucha electoral con el supremo criterio de contribuir a desembotar la conciencia de las masas y hacer más clara y comprensible la lucha de clases que subyace en las manifestaciones y actividades de la sociedad colombiana. La oligarquía dominante, como los explotadores en todos los tiempos, desata la más sórdida, cruel y sistemática lucha contra los explotados, pero hipócrita y cobarde por naturaleza, se empeña a la vez en encubrir, mistificar y desfigurar esta lucha, a los ojos de sus contradictores de clase. Mientras engaña, persigue y golpea con saña a las masas trabajadoras, la minoría detentadora del poder no tiene la menor vergüenza de presentarse como protectora y benefactora de las grandes mayorías populares. Nuestro primer deber consiste pues en correr el velo que envuelve las contradicciones de clase y lograr que éstas puedan ser desentrañadas y entendidas diáfanamente por millones de personas. En primer lugar, para que la clase obrera, y con ella el resto de clases sojuzgadas de Colombia, consiga identificar a sus verdaderos enemigos y los ardides y tretas de estos. Y para que el proletariado, partiendo de esta base, se ponga en condiciones de organizar sus fuerzas y las de sus aliados en las múltiples batallas por la liberación nacional y la revolución democrática.

Arrancar el antifaz al mentiroso gobierno del “mandato claro” ha sido nuestra principal preocupación en esta campaña electoral. Hacer consciente que el señor López Michelsen en el poder es el continuismo, o sea, la prolongación de la coalición liberal-conservadora proimperialista, antinacional, antipopular y antidemocrática, que viene esquilmando a la nación y empobreciendo al pueblo. Que quienes traten de enmascarar por uno y otro medio esta cruda realidad terminarán haciéndoles compañía a los vendepatria y traidores. Que sólo una línea consecuente de unidad de todas las fuerzas revolucionarias y patrióticas, dirigida tanto contra el sistema general como contra el régimen lopista que lo representa concretamente, ganará el respaldo entusiasta de las masas populares de la ciudad y e campo. Y efectivamente, la consigna central de “contra el mandato de hambre, a la carga”, lanzada por nuestro Partido para la campaña electoral, compendia y recoge los deseos de combate de los sectores mayoritarios de la población colombiana que en carne propia padecen los catastróficos resultados de la política oficial. La gran prensa y reconocidos personajes de lo partidos tradicionales se han quejado ya por la propaganda de descrédito emprendida por el MOIR contra el gobierno. Curiosamente, la dirección del Partido Comunista también se abalanzó con improperios de toda índole cuando apareció la consigna, censurándola por “liberal”, y “seudorrevolucionaria” y “gaitanista”. ¿Qué será lo que les irrita el ánimo a estos ex aliados del MOIR? ¿El ataque frontal contra el “mandato de hambre, demagogia y represión” de López Michelsen, o el hecho de que se recuerde el grito de combate de Jorge Eliécer Gaitán y con él retornen a la memoria algunos episodios erráticos sobre los cuales no ha sido grato hablar? En todo caso la consigna constituyó un acierto, como será siempre conducente recoger la tradición de lucha de nuestro pueblo. Cuando exaltamos, por ejemplo, el emblema inmortal de los comuneros del siglo XVIII, “Unión de los oprimidos contra los opresores”, y que bien puede ser el lema de la lucha de nuestros días, no quiere decir que acojamos el punto de vista ni las concepciones de los revolucionarios de aquella época. Sabemos, como nadie en Colombia, que no obstante caracterizarse la actual revolución como una revolución de liberación nacional, democrático-burguesa, realizada por la alianza de todas las clases revolucionarias, es exclusivamente la clase obrera y su ideología invencible, el marxismo-leninismo, el factor dirigente de la misma. En síntesis , la índole de los ataques contra la táctica revolucionaria y unitaria planteada por el MOIR para el actual período, así como la procedencia de esos ataques, prueban la justeza de nuestra posición política.

Resuelta la cuestión de la orientación y objetivos políticos de la campaña, se coloca en primer plano el problema de la vinculación a las masas. Aunque el continuismo ha tomado las máximas precauciones para impedir la libre concurrencia en estas elecciones de los partidos y movimientos opuestos a las corrientes afectas al régimen, como la del sostenimiento del estado de sitio, las fuerzas revolucionarias deben realizar todos los esfuerzos necesarios para extender sus efectivos y llegar a sitios y sectores de masas adonde en otras circunstancias sería dificultoso hacerlo. Esto no significa que si no hay elecciones, el partido revolucionario de la clase obrera no arribaría a esos sitios y a esos sectores. Simplemente señalamos que, en el actual período de construcción del Partido, aprovechamos una ocasión propicia, el debate electoral, para lanzar la red hasta donde nos alcancen las energías. Después vendrá la recogida y consolidación del trabajo. La efectividad de esta tarea estriba obviamente en la adecuada distribución orgánica de las escasas unidades con que contamos. Después de la línea política, lo más importante son unas correctas medidas organizativas. De estos dos aspectos depende el acercamiento y la estrecha conexión con las masas y luchas. Y a un partido obrero apertrechado de una línea política correcta, con un estilo de trabajo revolucionario y vinculado íntimamente a las masas y sus luchas no habrá quien pueda destruirlo.

Finalmente, la labor de propaganda y agitación es un flanco que requiere la mayor atención. Sin ella muy poco podríamos avanzar. Existe un obstáculo enorme que debemos superar: la falta de recursos. Nuestro Partido se apoya exclusivamente en sus propias fuerzas y en las fuerzas de las masas. Pero en la actualidad el MOIR sigue siendo un partido pequeño, en gestación, y su arraigo en los amplios sectores del pueblo es aún incipiente. Para subsanar estas deficiencias hemos puesto la caldera a funcionar a todo vapor. Que no haya un militante ni un simpatizante del MOIR que no contribuya con su tiempo disponible y los recursos materiales mínimos a la campaña electoral.

Hemos concentrado las tareas de propaganda y agitación en tres instrumentos principales, 1) en nuestro órgano Tribuna Roja, para el cual elaboramos un plan especial de periodicidad y de aumento de tiraje. Esta ha sido la más eficiente herramienta de difusión de nuestra línea, de información de nuestra actividad electoral y de aglutinación y organización en la etapa de expansión en que nos encontramos. Los frutos hasta el presente son satisfactorios. Hemos logrado sacar cada quince días 300 mil ejemplares de Tribuna Roja y sostenerlo con la sola venta. 2) En la programación de una gira nacional que pretende cubrir el mayor número de capitales, municipios y veredas. La directiva al respecto insiste en que todos los actos electorales del MOIR han de realizarse en plazas públicas y lugares abiertos, no importa que las manifestaciones y mítines no sean siempre nutridos. Esto con el propósito de movilizar la mayor cantidad de gentes posibles. A pesar de las prohibiciones de varios alcaldes para efectuar las demostraciones públicas, en la mayoría de los casos hemos conseguido reunir en lugares abiertos buena proporción de personas, si se compara con el fracaso de los partidos tradicionales y se tiene en cuenta el escaso desarrollo del MOIR: Notamos en el grueso de los participantes en dichos actos una gran expectativa por las ideas revolucionarias y su actitud fundamental es la de escuchar los nuevos planteamientos. Y 3) en la propaganda mural. Este ha sido el otro instrumento agitacional usado con especial esmero por nuestro Partido. Con medios de fácil acceso y utilización como la pintura mural, las tiras largas producidas en screen y colocadas en paredes visibles y los carteles con la imagen de nuestros dirigentes y candidatos, hemos hecho sentir la presencia del MOIR en la contienda electoral. El impacto creado se mide por los ataques y las insinuaciones maliciosas que nuestros enemigos estilan acerca de la supuesta procedencia extraña de los recursos financieros del MOIR. Hasta el Partido Comunista se ha sumado al coro de detractores y calumniadores nuestros de cada día, esgrimiendo los mismos argumentos de la reacción de que estamos nadando en oro, como explicación desesperada para desmeritar el abnegado batallar de nuestra militancia y de los amigos de nuestro Partido.

Pregunta: Según eso, ¿ustedes prevén una buena votación por el MOIR?

MOSQUERA: Desde las elecciones de 1972 por tercera vez consecutiva participamos en este tipo de lucha. En 1972 obtuvimos apenas 19 mil votos, sumando los consignados a favor de los varios frentes de envergadura regional que el MOIR pactó con motivos populares a nivel departamental. En 1974 la UNO, de la cual formó parte del MOIR, registró un total aproximado de 140 mil sufragios por un candidato presidencial. Nuestra meta es avanzar con relación a 1972 y proporcionalmente a 1974. Para ello contamos con la crisis política y las contradicciones internas de los partidos tradicionales y con el incremento paulatino de nuestras fuerzas. Sin embargo, subsiste una serie de elementos adversos, entre los cuales vale la pena remarcar, por una parte, la división prevaleciente entre las fuerzas políticas contrarias al régimen, y que a ratos adquiere avisos de hirsuto sectarismo, tras la cual viene la confusión de no despreciables sectores del pueblo, y por la otra, el recorte sistemático de los derechos democráticos y de las libertades públicas que trae aparejado el estado de sitio y demás ventajas que arbitrariamente se proporcionan para sí las clases dominantes en este tipo de eventos electorales organizados y manipulados por ellas mismas. Con todo, pienso que las cifras del 18 de abril expresarán las insuperables dificultades de las corrientes políticas reaccionarios y oportunistas y el progreso relativo de las fuerzas revolucionarias. El moirismo se extenderá por todo el país, llegará a nuevos frentes de masas, consolidará sus creciente influencia política y se alistará para las batallas del futuro.

Pregunta: En su opinión ¿qué diferencias programáticas existen entre el MOIR y el ML?

MOSQUERA: Si hay alguna diferencia sustancial programática entre el MOIR y las diversas agrupaciones que se denominan a sí mismas partidos o tendencias marxista-leninistas, ésta radica en una cuestión fundamental que gira en torno a la interpretación de la naturaleza de la sociedad colombiana y el carácter de la revolución: el comportamiento frente a la burguesía nacional. Cabe aclarar que en esa galaxias de grupos y subgrupos han aflorado no despreciables sectores y tendencias que comenzaron a plantarse este problema y a resolverlo positivamente. Mediante el estudio y la práctica de varios años nuestro Partido ha acentuado su convencimiento de que Colombia es un país neocolonial y semifeudal. ¿Qué implica esto? Que el desarrollo capitalista del país se halla entrabado por la dominación externa y el régimen de explotación terrateniente, siendo el aspecto principal la sojuzgación neocolonialista. He ahí la razón económica suprema de la revolución colombiana. Los únicos que se lucran de tal situación de opresión y atraso son los imperialistas, especialmente los imperialistas norteamericanos, y sus intermediarios, la gran burguesía y los grandes terratenientes. Dichos intermediarios se enriquecen ejecutando su misión de vendepatria como beneficiarios directos de los negocios con el imperialismo y sustentadores de la explotación externa, que lejos de favorecer la economía nacional, la paraliza o la hace retroceder. La gran burguesía y los grandes terratenientes se distinguen por su parasitismo, no contribuyen al desarrollo de la nación y, por el contrario, las relaciones de propiedad que les son inherentes materializan obstáculos infranqueables para el desenvolvimiento de las fuerzas productivas.

En las condiciones históricas y económicas actuales estos impedimentos a la producción colombiana sólo podrán ser saltados por medio de la revolución nacional y democrática. Las fuerzas que primordialmente coadyuvan al desarrollo nacional son el proletariado, el campesinado y la burguesía nacional. Esta última es lo que comúnmente se conoce como los pequeños y medianos productores. Ninguna de las fuerzas anteriores dispone o participa de las prerrogativas del Estado. Como la prosperidad económica del país está supeditada antes que nada a la destrucción de las relaciones de subyugación neocolonialista y de explotación de la gran burguesía y los grandes terratenientes colombianos, y el poder político lo disfrutan exclusivamente estas fuerzas antipatrióticas y despóticas, el quid de la revolución consiste en unificar al resto de la nación tras el objetivo de la liberación nacional y de las transformaciones democráticas, sin prescindir a priori de la burguesía nacional, susceptible de engrosar también con el proletariado, el campesinado y la intelectualidad revolucionaria, el frente único antiimperialista.

El frente único demolerá el Estado opresor del pueblo y en su lugar edificará un Estado popular y democrático, integrado por todas las fuerzas revolucionarias. Las tendencias políticas pequeño-burguesas autocalificadas de marxistas-leninistas le ponen por lo general a esta concepción un pequeño y grande pero: el que no existe la burguesía nacional en Colombia o que ésta es por naturaleza reaccionaria y enemiga de la revolución. Nosotros señalamos que la burguesía nacional sí existe en los países neocoloniales y atrasados, como Colombia y que, aun cuando constituye el sector más vacilante y menos avanzado de la revolución, cuyas manifestaciones oportunistas deben ser combatidas dentro o fuera del frente único, su contingente es valioso y contribuye a inclinar la balanza a favor del pueblo en la dura y prolongada lucha contra sus opresores externos e internos. En la aceptación de esta estrategia va implícita no sólo la comprensión teórica de la actual revolución colombiana como una revolución de liberación nacional, democrático-burguesa, sino la dirección proletaria y el triunfo de la misma.

Pregunta: ¿Ustedes propenden por un mayor desarrollo capitalista en Colombia?

MOSQUERA: Esta es una de las grandes calumnias con que se nos pretende combatir por quienes ni siquiera se toman el trabajo de leer nuestras tesis programáticas. Del hecho innegable señalado por nosotros del estancamiento de la producción nacional, es decir, del capitalismo nacional, como no podría ser en otra forma bajo el régimen vigente, no se colige necesariamente que el desarrollo por el cual deba pugnar la Colombia de hoy sea el capitalista. La evolución nacional y democrática facilitará el cierto grado y de manera limitada un florecimiento del capitalismo, pero la estatización de los monopolios extranjeros y colombianos que estrangulan la vida de las masas y la dirección de la clase obrera en el proceso revolucionario, crean las condiciones económicas y políticas para que la revolución pase en un tiempo más o menos corto hacia el socialismo. Por eso hablamos de una revolución de nueva democracia con el objeto de distinguirla de la vieja democracia realizada por la burguesía para instaurar el capitalismo y a la cual ya le pasó en el mundo entero su momento histórico. Propendemos por una revolución en esencia democrático-burguesa de liberación nacional, realizada por todas las clases revolucionarias, pero dirigida por el proletariado y en marcha al socialismo. En la dirección obrera radica la diferencia fundamental entre la nueva y la vieja democracia, entre el camino que conduce al socialismo o no, entre la soberanía nacional y la dependencia del extranjero.

Pregunta: Y las diferencias del MOIR con los socialista ¿cuáles son?

MOSQUERA: Los antagonistas del MOIR con los socialistas colombianos tienen en cierto sentido el mismo origen que las discrepancias con las tendencias que acabamos de analizar. Se refiere al carácter de la revolución. Desde su nacimiento los grupos socialistas han sostenido que la revolución a la que esta abocada Colombia no es de naturaleza democrática sino socialista. Semejante caracterización del cambio revolucionario que demanda el país no se compadece ni con el proceso histórico colombiano ni con las realidades económicas vigentes. Su contenido teórico es profundamente reaccionario, ya que arroja un velo de falso doctrinarismo sobre la realidad nacional, con el cual se ocultan dos aspectos básicos: la dominación externa imperialista y la situación de atraso y explotación terrateniente en el campo. Colombia tiene un problema nacional y un problema agrario, íntimamente relacionados, ninguno de los cuales puede remediarse de raíz sino mediante la revolución. Ambas tareas son por esencia democráticas y no socialistas. La clase obrera tiende al socialismo, pero en Colombia la ruta expedita que conduce a él es la de la liberación nacional y la revolución agraria campesina. Quienes en el curso del proceso revolucionario no comprendan esta verdad elemental terminarán combatiendo de hecho al socialismo, así se proclamen a todo momento partidarios del mismo.

La concepción doctrinaria de los socialistas tiene una consecuencia práctica desastrosa. Si son consecuentes con sus planteamientos, programáticamente están obligados a oponerse al frente único revolucionario de toda la nación. Sería un contrasentido llamar, a excepción de los obreros, los campesinos pobres y la capa más baja de la pequeña burguesía, al resto de clases y sectores democráticos y patrióticos del país para realizar una revolución socialista. Se encuentran impedidos a combatir con el mismo ardor, o por lo menos con la misma decisión teórica, a los grandes monopolios imperialistas y colombianos que saquean y arruinan la nación y a los pequeños y medianos empresarios que viven amenazados por la quiebra y al margen de las prerrogativas estatales. Desde el punto de vista de la lucha política, semejante estrategia sólo puede favorecer al imperialismo y a sus lacayos y lesionar la unidad del pueblo colombiano, tan cara y necesaria para conquistar la liberación nacional y llevar a cabo la revolucionen en la presente etapa.

Las tendencias socialistas aludidas nos increpan en primer término que nosotros negamos la evolución capitalista en Colombia. Contestemos en unas cuantas palabras. Cuando decimos que Colombia, además de constituir una neocolonia de los Estados Unidos, es un país semifeudal, estamos precisando que hay un cierto grado relativo de desarrollo capitalista, cuyo acrecentamiento se encuentra interferido precisamente por la traba interna del régimen de explotación terrateniente. En segundo término nos critican que calcamos la teoría sobre la nueva democracia de Mao Tsetung, buscando con ello catalogarnos de falta de originalidad y condenarnos porque no hacemos un esfuerzo investigativo propio, basado en la realidad colombiana. Sin embargo, la originalidad que demandan los críticos del MOIR en este caso carece de sentido.

Las conclusiones marxista-leninistas de Mao acerca de la nueva democracia , como la revolución que deben emprender los países subdesarrollados y atrapados en el sistema colonial o neocolonial del imperialismo, son válidas y aplicables a Colombia. La teoría de la nueva democracia encierra un valor universal para la inmensa mayoría de países del Tercer Mundo, al igual que la revolución socialista representa para los países capitalistas el cambio social inmediato que les corresponde llevar a efecto. Reclamarnos originalidad a nosotros sobre la revolución de liberación nacional y democracia dirigida por la clase obrera, sería parecido a pedirles originalidad a los proletarios de Europa, del Japón o de los Estados Unidos con la revolución socialista que promueven, cuyos trazos esenciales fueron descubiertos magistralmente por Marx y Engels, hace más de siglo y cuarto.

Pregunta: ¿Cuál es la política del MOIR hacia el campo?

Mosquera: Las reivindicaciones del movimiento campesino constituyen parte sustancial de nuestro programa revolucionario. Ya hemos dicho que Colombia tiene un programa agrario que debe resolver. Cómo se expresa? Antes que nada en la estructura de la tenencia de la tierra y en las formas atrasadas de producción. Al lado de los grandes latifundios que abarcan la mayor cantidad de las mejores tierras, pulula el minifundio.

Tanto una como otra forma de propiedad materializan frenos a la producción agropecuaria Los campesinos carecen de tierra para laborar y los terratenientes explotan sus grandes fincas recurriendo a la mano de obra campesina, mediante las más variadas manifestaciones de servidumbre, a menudo ocultas bajo transacciones en dinero, arrendamientos, contratos diversos, pero de todos modos de servidumbre. La tierra que se utiliza de manera moderna, capitalista avanzada, es una mínima porción si se le compara al gran total de treintaitantos millones de hectáreas vinculadas a la producción con que cuenta el país, y su aporte al producto nacional también es insignificante. Así que el campo colombiano demanda una transformación radical de esta situación, secularmente aplazada, o mejor, entorpecida por las fuerzas políticas gobernantes, la cual puede ser otra distinta a la de la eliminación del régimen de explotación terrateniente, a través de la confiscación de las grandes propiedades y su reparto entre los campesinos que la trabajen. Siendo Colombia un país eminentemente agrícola y atrasado, semejante transformación significaría un tremendo salto hacia adelante en su desarrollo histórico y económico. Se liberarían las fuerzas productivas en el campo y las masas campesinas estarían en condiciones de aportar decisivamente al progreso del país, a la tarea de echar las bases de una economía autosuficiente y próspera, lo que sólo se logrará con su concurso.

Pero el régimen terrateniente no es la única atadura de la producción nacional ni el único fardo sobre los hombros de los campesinos. Existe otra atadura y otro fardo que no son secundarios, como lo hemos denunciado multitud de veces: la dominación y explotación del imperialismo norteamericano. Por medio del control del comercio interno y externo del país, de las inversiones, de los préstamos, del saqueo de materias primas básicas, de la venta subsidiada por el Estado colombiano de excedentes agrícolas traídos de los Estados Unidos, etc., el imperialismo arruina la economía colombiana. Es más, el gobierno estadinense se preocupa por la cuestión agraria de sus neocolonias y en reuniones internacionales a nivel oficial, como la de Punta del Este en 1961, que instauró la llamada Alianza para el Progreso, ha prospectado las pautas de una política agraria que los mandatarios colombianos siguen al pie de la letra. La reforma agraria propuesta por el imperialismo tiende hacia dos objetivos centrales: a facilitar la penetración del capital extranjero y la venta de productos de la industria norteamericana y a afianzar las caducas relaciones de producción en el campo. Desde la expedición de la Ley 135 de 1961, que dio creación al Incora y puso en funcionamiento las tan trilladas reformas del agro colombiano, auspiciadas por el Frente Nacional, han transcurrido quince años. Un tiempo prudencial para juzgar los frutos de cualquier política. Se puede concluir a ciencia cierta que en tal lapso no ha disminuido en un ápice el poder terrateniente, mientras la situación de los campesinos es cada vez más inclemente y ruinosa. La nación ha sido endeudada en varios cientos de millones de dólares por concepto de reforma agraria, ya que ésta se adelanta a punta de préstamos despachados en su casi totalidad por la agencias financieras norteamericanas. La adquisición de tierras a cargo del Estado configura un jugoso negocio de compraventa en beneficio de las grandes señores. A las escasísimas familias campesinas, a las que el Incora adjudica pequeñas parcelas con fines de propaganda, no se les permite disponer libremente de éstas. Los planes de adecuación de tierras y de distritos de riego terminan favoreciendo a la clase terrateniente, así como los programas de irrigación de créditos que con frecuencia la banca oficial o semioficial confecciona para el fomento de las actividades agropecuarias. En síntesis, mientras subsiste el sistema de explotación típicamente terrateniente y los campesinos continúen sometidos a las más disímiles formas de servidumbre, las inversiones y mejoras de cualquier especie que la minoría dominante proyecte para las zonas rurales desembocarán inexorablemente en las arcas caudales de los dueños de los grandes fondos.

Con su política de impedir a todo trance el desarrollo económico de Colombia, el imperialismo norteamericano acude a preservar en lo sustancial intacto el poder terrateniente. Se fantasea con el crédito, la colonización, la venta de insumos, la adecuación de fincas, el riego, las comunicaciones y hasta con obras sociales y de caridad. Todo menos modificar las relaciones de propiedad en el campo. A los campesinos se les promete hasta el cielo pero se les niega la tierra. Uno de los últimos inventos, por ejemplo, el de las empresas comunitarias, incubado por el imperialismo y puesto en práctica por sus testaferros en Colombia, procura, con el señuelo de la colectivización, instalar la mayor cantidad de familias campesinas en la menor extensión de tierra posible. Con tal de proteger el latifundio se ha hecho un inusitado despliegue en pro de la socialización de la producción agraria, de las ventajas de la propiedad colectiva y de la vida comunal, de la necesidad de educar al campesino en el espíritu asociativo. Y de estas tesis con que se promueven las empresas comunitarias, se han declarado fervorosos partidarios López Michelsen, Álvaro Gómez y demás personeros de los partidos tradicionales, las agremiaciones patronales, los dirigentes de UTC y CTC y el alto clero. Eso sí es el diablo metido a predicador. Con tal de privar a los campesinos del derecho a la tenencia de la tierra, hoy ociosa o deficientemente utilizada en manos de los grandes terratenientes, la más oscura reacción de Colombia inculca al campesinado un socialismo a deshoras.

Pero lo que impulsa la lucha de clases en el campo colombiano es la demanda de los campesinos por la tierra, por el derecho a usufructuarla, poseerla y disponer de ella libremente. Tras esa exigencia se han lanzado a invadir las fincas de sus amos, a organizar sus fuerzas independientemente del tutelaje de sus tradicionales enemigos y a requerir el apoyo del resto de las fuerzas revolucionarias. Las aspiraciones de los campesinos concuerdan con la tendencia histórica del desarrollo de las fuerzas productivas colombianas y la victoria de sus luchas repercutirá en un gran salto hacia delante en el proceso del país. El proletariado consciente apoya incondicionalmente las luchas de las masas campesinas y se desvela por consolidar cada día la estrecha alianza obrero-campesina, base del frente único antiimperialista. Las apoya en el entendimiento de que son luchas de carácter democrático y no socialista. Parlotear de socialismo a un campesinado aprisionado aún en los vestigios de la servidumbre, sin plantearse ni haberse resuelto el problema de demoler hasta los cimientos el régimen de explotación terrateniente, es un imperdonable desconocimiento del asunto, cuando no un vulgar engaño. Para las fuerzas revolucionarias y en particular para el marxismo-leninismo, la revolución agraria campesina encierra una importancia decisiva, ya que el filo de ésta se dirige no sólo contra la clase terrateniente, sino necesaria y primordialmente contra el imperialismo que la sustenta. La revolución agraria campesina es el motor mismo de la revolución nacional y democrática, que conquistará para el pueblo colombiano la independencia, la soberanía y la democracia. Culminada esta etapa entonces sí el proletariado colocará en el primer punto de su programa la transformación socialista, que en el campo comenzará con los primeros brotes de cooperativización de los campesinos libres.

Pregunta: ¿Qué concepto les merece la ANUC?

MOSQUERA: Una pequeña delegación del MOIR participó en las deliberaciones de Sincelejo, en donde se esbozaron las inquietudes iniciales acerca de la urgencia de rescatar a la ANUC del control absoluto del gobierno. Vimos con buenos ojos el proceso de rebeldía que se estaba gestando en la ANUC contra la influencia oficial política y financiera. Hemos creído firmemente que en el campo las fuerzas revolucionarias deben proponerse crear organizaciones campesinas y propiciar el desarrollo de las existentes, conformadas por campesinos pobres y medios, y en donde los primeros desempeñen el papel principal. En Sincelejo no hubo mucha claridad sobre la orientación de la lucha y un sector bastante mayoritario pujaba por la consigna de tierra sin patronos, la cual compendia toda una concepción contraria a la nuestra sobre el problema agrario de la revolución y que en nuestro entender desvía el blanco de ataque hacia sectores del campesinado que, como algunas capas de campesinos medios e incluso de campesinos ricos, no son el objetivo principal de la revolución agraria, pero cuya colaboración o neutralización resultan indispensables para el triunfo de ésta. En lugar de concentrar el fuego en las grandes terratenientes, se dispersaba equivocadamente. De igual manera no había plena claridad en torno de la función del imperialismo como principal puntual de la situación prevaleciente en el campo colombiano, ni sobre la necesidad de la dirección y la participación de la clase obrera, cual factor clave en el triunfo de la lucha campesina. Innumerables voces se escucharon en la reunión de Sincelejo, por ejemplo, que defendieron abierta o soterradamente las empresas comunitarias, sin comprender que hacían parte sustancial de los planes oficiales, aupados por el imperialismo con la aquiescencia de los terratenientes. Sin embargo, Sincelejo fue un comienzo para sacar a la ANUC de la influencia de las clases dominantes. Y desde entonces en las filas de esta organización se ventila una serie de luchas y de polémicas que demuestran la aproximación a posiciones de entendimiento de las tareas del campesinado en la presente etapa de la revolución, como una revolución democrática de liberación nacional, cuyo enemigo principal es el imperialismo norteamericano, que se apoya internamente en sus lacayos colombianos, la gran burguesía y los grandes terratenientes. Vale la pena finalmente destacar, en cuanto significan para la causa de nuestro pueblo, las heroicas batallas que estas fuerzas de la ANUC han dirigido y apoyado dentro de la ola de invasiones campesinas que se extendió por los campos de Colombia desde hace un lustro. Estas invasiones desbrozan todo un camino de unidad y combate.

Pregunta: Hablemos algo de las formas de lucha en la coyuntura presente y de la vigencia de la lucha armada.

MOSQUERA: El período que vivimos se distingue por la proliferación de grupos, movimientos, partidos y tendencias de diversa procedencia y condición. Ya no actúan en la arena política únicamente los dos partidos tradicionales ni unas cuantas agrupaciones de distinta denominación que se podían contar con los dedos de la mano. Hoy se contabilizan por decenas las nuevas organizaciones y publicaciones que aparecen en escena. Algunas con más o menos tiempo de actuación, de mayor o menor importancia, pero que de todos modos trae combustible a la pira de la lucha ideológica. El fenómeno se explica por el auge de la revolución. La polémica trata no solo sobre las cuestiones programáticas sino alrededor de las formas de lucha que a cada momento se deban esgrimir. Las fuerzas marxistas-leninistas y con ellas nuestro partido en gestación han insistido como principio táctico en que las muchas luchas son cambiantes y flexibles y no inmutables y rígidas y están determinadas por la correlación de fuerzas con el enemigo, el flujo o reflujo de la revolución y en última instancia por el estado de conciencia, de organización y de ánimo de las masas. En relación con varios países latinoamericanos, en Colombia estos principios de la táctica proletaria se ha venido imponiendo hasta cierto punto. En todo caso, la pauta fundamental al respecto ha de ser la de que la acción aislada de los revolucionarios no puede suplir la lucha de las masas. En la actualidad se presenta un despertar espontáneo de las amplias masas proletarias y no proletarias tras los más vastos y variados objetivos reivindicativos. El deber de los revolucionarios es ponerse al frente de esas luchas y pugnar por elevarlas a expresiones más altas y conscientes. Este proceso de cualificación y ampliación de las batallas de las masas convergerá algún día en la lucha insurreccional de todo el pueblo unido por la liberación y la revolución.

Un hecho de innegable significación en la vida nacional es la aparición, desde hace más de un década, de movimientos guerrilleros que los gobiernos han querido sindicar a toda costa de expresiones de delincuencia común pero los cuales están movidos, como todo mundo sabe, por ideales políticos contrapuestos a los de la vieja violencia bipartidista, y cuya supervivencia se explica antes que nada por el apoyo directo que determinadas zonas campesinas les brindan . En la actualidad estos movimientos no son todavía la forma principal y generalizada de la lucha del pueblo y su porvenir, como sucede con la revolución en su conjunto, está supeditado al acierto de la línea política por la cual se combate y a la unidad de las clases y fuerzas revolucionarias en el más amplio frente de lucha antiimperialista. El marxismo-leninismo nos enseña que la guerra es la continuación de la política por otros medios. En Colombia hay dos bandos claramente definidos: uno que estanca el desarrollo del país y lo sume en la miseria y el hambre y otro que combate por el progreso y bienestar de las inmensas mayorías; uno que recurre a los más desbordados métodos de represión contra las masas populares y otro que batalla por la libertades y los derechos democráticos para el pueblo. De persistir la política antinacional, regresiva y represiva de la minoría dominante, como todo parece indicarlo, Colombia se verá abocada a una confrontación total y abierta contra el imperialismo y sus lacayos, solo comparable con la gesta emancipadora que nos diera la independencia de España. Enormes sacrificios y penalidades le costará a nuestro pueblo esta lucha, mas ese será el precio que pague por su libertad y su felicidad.

Pregunta: ¿La estructura del MOIR es leninista o populista?

MOSQUERA: La estructura del MOIR, es decir, su forma organizativa se basa en el criterio de Lenin sobre la selección de clase del partido proletario. Al partido no pueden pertenecer todos los obreros, simplemente por el hecho de serlo, ni todos los que luchen dentro del gran torrente revolucionario encauzado por aquel. Forman parte del partido solamente los elementos del proletariado, aunque no sean de extracción obrera pero que asuman la posición revolucionaria y proletaria y cumplan los siguientes requisitos: acepten el programa y los estatutos del partido, contribuyan a sostenerlo materialmente y se incorporen y trabajen activamente en una de sus organizaciones. Nuestro Partido se diferencia radicalmente del resto de fuerzas partidistas tanto desde el punto de vista ideológico y político como del de su estructuración orgánica. En calidad de vanguardia revolucionaria su política la lleva a la práctica a través de sus organizaciones y miembros vinculados preferencialmente a la clase obrera, así como al resto de las masas populares. El partido se rige por un principio organizativo básico: el centralismo democrático, cuyo fundamento consiste en que el partido cuenta a todo nivel con una dirección centralizada y ésta se conforma democráticamente. Sin excepción, el miembro obedece a la organización, la minoría a la mayoría, el nivel inferior al superior y todo el partido al Congreso Nacional y la Comité Central.

Lo anterior se refiere a la estructuración organizativa de corte leninista de nuestro Partido. Veamos ahora qué ha entendido el marxismo por populismo, no desde el punto de vista orgánico, ya que esta comparación carece de sentido y de importancia, sino de su significación político-ideológica. Fue Lenin precisamente quien más contribuyó al esclarecimiento del asunto. Como populismo se conocen las tendencias democráticas burguesas o pequeñoburguesas que han aparecido en los países que tienen a la orden del día la revolución democrática y por lo cual luchan estas tendencias, a veces con entusiasmo, dedicación completa y resultados positivos, pero con el convencimiento equivocado de que promueven una revolución socialista. Este fenómeno se da con frecuencia en los países económicamente atrasados, y debido a la simpatía generalizada por el socialismo del cual se declaran partidarias corrientes políticas que saben muy poco o nada de socialismo. Señalemos además que como expresión teórica el populismo es eminentemente reaccionario, lisa y llanamente porque presenta por socialismo transformaciones cuyo contenido es democrático-burgués.

¿A qué manifestaciones políticas e ideológicas les cabe en Colombia el calificativo de populistas?

Colombia es un país extraordinario propicio para que el populismo se dé silvestre. En primer lugar, aquí tenemos todavía que efectuar cambios democráticos como la liberación nacional y la eliminación del semifeudalismo, que en otras partes del mundo hace mucho, pero mucho tiempo, su cumplieron. En segundo lugar, las capas bajas de la burguesía colombiana, y sobre todo la pequeña burguesía, son particularmente numerosas. Y en tercer lugar existe una enorme simpatía por el socialismo, como repercusión natural de los triunfos resonantes de los países en donde la clase obrera ha llegado al poder y desarrolla la construcción socialista. Simpatía que contrasta plenamente con la ignorancia respecto al marxismo-leninismo. En Colombia pues contamos con condiciones objetivas y subjetivas para que florezca el populismo. Comúnmente se indica que la Anapo es la expresión por excelencia de tal tendencia. Sin embargo, hay que anotar que aquel movimiento, moldeado con base en la trayectoria política del general Rojas y el descontento espontáneo de las masas contra el Frente Nacional, jamás planteó una sola de las tareas democráticas esenciales que reclama el país. Por el contrario, contemporizó con los dos grandes males de la nación colombiana: la dominación neocolonial imperialista y el régimen de explotación terrateniente. Semejante traición a los intereses revolucionarios ubicó siempre a la dirección y con ella al movimiento que la seguía tanto política como ideológicamente en la contracorriente de la reacción antipatriótica y antipopular. En la Anapo ha persistido siempre una izquierda débil y vacilante a la que se debe identificar ante todo por su inclinación a reconocer la necesidad de la liberación nacional y de la revolución democrática y a la que le hemos exigido permanente una conducta de lucha consecuente con tal reconocimiento. En alguna ocasión reciente destacamos que si a algo se le puede motejar de populismo en Colombia, era a los intentos ulteriores de sectores pequeño-burgueses de Anapo que pretendían justificar sus vacilaciones y vacilaciones izando la bandera del socialismo a la colombiana. No obstante, la más auténtica encarnación del populismo colombiano parece reservada a determinados grupos socialistas que comienzan a aceptar la imperiosa urgencia de la liberación nacional y de las transformaciones democráticas, cuestiones de las cuales antes no hablaban o hablaban muy poco. Sin duda la aceptación de la necesidad de luchar por los objetivos democráticos resulta políticamente favorable. La inconsecuencia ideológica de estos grupos estriba en que aunque se tornan cada vez más partidarios de aquellos objetivos, se empeñan tozudamente en calificarlos como socialistas. He ahí su alma populista.

El MOIR desde su aparición viene sosteniendo que la revolución que habrá de llevar a cabo actualmente Colombia es esencialmente democrático-burguesa, a pesar de que su dirección corresponde a la clase obrera. Al defender la inevitabilidad de este paso en el curso de la evolución histórica de la sociedad colombiana y al destacar que el socialismo sólo podrá venir después, en una segunda etapa, y no antes ni simultáneamente con la revolución democrática, está demostrando un conocimiento cabal de las leyes del desarrollo social y de las características diferentes y contrarias entre una y otra revolución, entre la democracia y el socialismo, como sólo el marxismo-leninismo lo hace. Al obrar así nuestro Partido, arma a la clase obrera para sus luchas del presente y del porvenir.

Pregunta: ¿Con qué partido de América Latina se identifica el MOIR?

Mosquera: Más que equiparlo a un partido específico del Hemisferio, yo diría que el proceso del MOIR corre paralelo con el nuevo auge antiimperialista de Latinoamérica, que tuvo en el triunfo de la revolución cubana su hito inicial y luego en las luchas y las victorias de los pueblos de Indochina su estímulo más reciente. Dentro de la ola revolucionaria cobra singular importancia la incorporación de la clase obrera colombiana de manera masiva en el batallar constante y sin desmayos contra la dominación neocolonialista y las clases antinacionales que la sustentan. Igualmente se destaca el reavivamiento de las luchas de las masas campesinas y de manera muy particular la tumultuaria agitación ideológica y política de los estamentos intelectuales. Todo este fenómeno revolucionario constituyó ambiente más que propicio para la proliferación de un sinnúmero de agrupaciones políticas que impacientemente se plantean nuevas formas de organización y de lucha, desde la simple célula conspirativa, hasta el núcleo que incipientemente tendía a la configuración de una vanguardia teórica y políticamente cimentada. La casi totalidad de tales ensayos fueron fallidos porque no lograron comprender a plenitud que dicha vanguardia no podía ser otra que un partido obrero, auténticamente comunista; que la teoría revolucionaria de este partido solo resultaría de la acertada aplicación del marxismo-leninismo a la realidad nacional y que únicamente mediante la estrecha vinculación a las masas y a sus luchas, la organización partidaria en ciernes estaría en condiciones de empezar a resolver los dos problemas anteriores. Alrededor de estas cuestiones fundamentales se dio, en 1965, una aguda lucha interna en el seno del MOEC, uno de los movimientos pioneros que proliferan por aquella época inmediatamente posterior al triunfo de la revolución cubana, tanto en Colombia como en el resto de Latinoamérica.

El MOIR hunde sus raíces históricas en la lucha interna del MOEC. Hay compañeros que opinan que rememorar nuestro pasado implica deslustrar la imagen de nuestro Partido y mermarle importancia ante la nueva situación. Todo lo contrario. Recordar el entronque inicial del MOIR con el MOEC no sólo lo acredita frente a la clase obrera, que es lo que en definitiva cuenta, en cuanto desmitifica ante sus ojos el proceso de la construcción partidaria, que no puede presentarse como algo absolutamente incontaminado y salido de la nada, metafísicamente, sino que además apertrecha a los nuevos militantes y a los viejos también, con la claridad que permanentemente hay que hacer acerca de las dificultades reales de la creación y consolidación de nuestro Partido. Gracias a la lucha interna del MOEC pudimos poco a poco echar las bases para la fundación de un partido obrero. Si alguna significación de trascendencia general tipifica nuestra experiencia, ésta radica en el hecho de haber logrado transformar un grupo conspirativo de intelectuales obreros y campesinos, honestos pero equivocados, en un núcleo marxista-leninista, con una estrategia y una táctica acertadas de la revolución colombiana y cada vez más vinculado e identificado con las más amplias masas populares.

El MOIR ha logrado mantenerse férreamente unido y en medio de las más duras pruebas ha obrado con eficacia y disciplina. Este es uno de los dones más apreciados, por el cual hay que velar de continuo. Sin embargo, nuestro Partido ha crecido demasiado en los últimos años, y aun cuando han ingresado muchos obreros y campesinos pobres, su influencia interna no es muy determinante y a veces priman más los militantes provenientes de otras clases, especialmente de la pequeña burguesía intelectual. Por otra parte, el Partido se desenvuelve en el seno de la sociedad que busca cambiar revolucionariamente y es inevitable que ésta a su vez lo influya en todo sentido. Debido a ello las filas del MOIR se inficionan a menudo de las posiciones ideológicas y políticas de las clases y tendencias no proletarias, lo cual, agregado a la presencia abundante de cuadros provenientes de la pequeña burguesía, configura un caldo de cultivos para toda especie de oportunismos. Es posible que por ello dentro del MOIR se avecinen grandes debates ideológicos, cosa realmente saludable, ya que el partido sólo se une y se templa en la lucha de clases que se da fuera y dentro de él.

La unidad del partido se refiere fundamentalmente a una plena identificación de principio que no puede brotar sino a través de una lucha ideológica amplia, profunda y constante, que debe empezar dentro del mismo partido. Hace unos años nos vimos obligados a advertir durante la lucha interna del MOEC que la unidad del partido no se hace haciendo la unidad, dando a entender que no basta los buenos deseos, ni la aceptación mecánica de la disciplina. La lucha ideológica es la llave de la unidad del partido. Lejos de debilitarlo lo fortalece, lo cohesiona, lo prepara eficazmente para la lucha contra los enemigos principales. Lo depura de los elementos nocivos y saboteadores de la línea revolucionaria y educa a la mayoría de la militancia en la lucha de clases cuyas manifestaciones dentro del partido no son más que reflejos de esa misma lucha que se libra fuera de él.

Todas estas son experiencias sistematizadas de la tarea de construcción del partido y que seguramente están sucediendo en otros partidos revolucionarios de América Latina. En todo caso, el meollo del éxito consiste en perseverar en la línea correcta de estudiar el marxismo-leninismo y aplicarlo a las condiciones concretas de la realidad nacional y de vincularse estrechamente a las masas trabajadoras de la ciudad y el campo.

PEDRO VICENTE RUEDA, MÁRTIR DEL PUEBLO

El miércoles 28 de julio, cuando el pueblo de Bucaramanga se lanzaba a las calles, en su segunda semana, a protestar contra el alza en las tarifas de transporte, caía asesinado Pedro Vicente Rueda Montañez. Un balazo disparado a sangre fría por un militar destrozó su cerebro. Exaltamos la memoria del compañero, militante del MOIR, quien sacrificó su vida en defensa de una causa justa.
A los 18 años, Pedro Vicente ya se había distinguido por su modestia y sencillez, por su abnegación y espíritu de sacrificio; obligada a su cuerpo enfermo a realizar agotadoras jornadas de labor revolucionaria. El día en que su vida fue cegada unas vendas improvistas cubrían sus piernas. Todavía estaban frescas las heridas de recientes luchas.
Vivía con su madre y sus hermanos menores en el barrio Nariño, en una humilde casa amenazada por la erosión. Su madre, Ana Montañez de Rueda, sacrificada vendedora callejera de empanadas recuerda como él “se encaprichaba más contra el gobierno”, cada vez que ella era víctima de un atropello de la policía: “Antes me oponía a sus ideas por temor a que le ocurriera algo malo, ahora pienso como él pensaba”.
Hijo de un obrero, y aprendiz de sastrería. Pedro Vicente estudiaba por las noches en el Tecnológico Santandereano. Los agobios de su familia y de su pueblo, forjaron su temple de rebelde, cimentaron su odio de clase y lo convirtieron en un militante de la revolución, íntegro y sin tacha: en mayo de este año, cuando el gobierno departamental decretó al lugar zona erosionada de emergencia, en compañía de otros vecinos se dirigió a la alcaldía y allí, ante el secretario de gobierno, culpó a la administración publica del estado en que se encontraba su barrio, señaló al gobierno como el único responsable de la situación de miseria del pueblo y le advirtió al funcionario que se jugarían la vida si intentaban arrojarlos a la calle.
La noche de su muerte, los militantes, temiendo la ira popular, estuvieron asediando a Ana de Rueda para que les entregara el cadáver. Esta mujer de 60 años, viuda y con el cuerpo doblado por los sufrimientos y las condiciones de pobreza en que vive, rechazó todas las propuestas: “Yo no vendo a mi hijo y mucho menos después de muerto. Y si ustedes no me dejan velarlo –les dijo a los oficiales- lo entrego a los estudiantes para que esté entre sus compañeros”. Ella ha heredado su voluntad fuerte y proletaria de su hijo. El odio por los asesinos de Pedro Vicente transformó su pena en una fortaleza de orgullo: “Mi hijo murió –les ha dicho a los militantes del MOIR- debiendo una cuotas. Voy a trabajar para pagarlas. El habría hecho lo mismo de haber sido yo quien ahora faltara”.

La humilde vendedora ya no es la misma de antes: “Dios me favorezca, pero quisiera tener delante de mí al hombre que mató a mi hijo y que me dijeran: ese fue! … Dios me perdone!”.

Porque la sangre de los mejores hijos del pueblo no corre en vano, miles de jóvenes como él tomarán en sus manos las banderas que Pedro Vicente empuñó hasta el sacrificio, para luchar por una patria independiente y próspera, sin amos ni señores.

BUCARAMANGA, UNA VEZ MÁS!

El pueblo combatió en las calles contra el alza lopista del transporte

El mismo día en que el gobierno sancionó el decreto antipopular del alza del transporte, el 13 de julio, las calles de Bucaramanga se llenaron de afiches y gritos de protesta y durante quince días consecutivos los estudiantes de la Universidad Industrial de Santander y los alumnos de secundaria, los trabajadores y los habitantes de los barrios populares, se enfrentaron una y otra vez a la policía.

Los barrios: retaguardia segura

En las zonas populares se organizaron espontáneamente bloqueos con llantas y objetos encendidos, se apagaron las luces para hacer de ellas un sitio impenetrable y con violentas pedreas se respaldó la retirada de los manifestantes. Así se convirtieron los barrios en retaguardia segura. Los trabajadores de dos pequeñas fabricas bloquearon la vía a Girón durante 24 horas.

Los días 20 y 24 de julio se llevaron a cabo dos importantes actos unitarios, programados por la Anapo Socialista, el Partido Comunista, la Liga Marxista–Leninista y el MOIR, y contaron con la amplia acogida del pueblo bumangués y la participación de Utrasan, Festra, Audesa, Ciban, Fecode y otros sindicatos independientes.

Cae Pedro Vicente

El 27, la tropa invadió los terrenos universitarios, lanzando gases y abriendo fuego contra los estudiantes. Humberto Naranjo, herido por uno de los disparos, quedó parapléjico. El rector de la UIS, Santiago Pinto, acusó públicamente al gobierno y a las Fuerzas Armadas por el allanamiento y los hizo responsables de los hechos.

Al día siguiente, la asamblea estudiantil se convirtió en manifestación y la manifestación en lucha callejera. Pocos instantes después, en medio de la vigorosa pelea, caía asesinado el camarada Pedro Vicente Rueda Montañez. Su cuerpo se desplomó exánime en medio de la multitud combatiente.

Testimonio a su memoria

Miles de gentes sencillas, desafiando los esfuerzos del ejército por impedir el acceso a la casa de Pedro Vicente desfilaron silenciosamente por su vivienda, expresando así su dolor y solidaridad. En el barrio San Francisco, sus habitantes clavaban, todos los días, sencillas cruces de madera en el sitio del crimen. La policía las arrancaba al amanecer.

Cuando el ejército, empecinado en contener la afluencia de gente, cerró las vías y detuvo a numerosas delegaciones, el pueblo llegó a la casa de Pedro Vicente, subiendo por los barrancos de la erosión.

Como lo hiciera con Jorge Eliécer Ariza, el estudiante sacrificado por las fuerzas militares durante el paro cívico del año pasado, el pueblo de Bucaramanga despidió a su héroe con un multitudinario desfile. El féretro iba cubierto con las banderas de Colombia y del MOIR, partido en el que militaba Pedro Vicente.

Bucaramanga una vez más

En menos de un año y por dos ocasiones, el pueblo bumangués se ha levantado contra el “mandato de hambre” a reclamar sus derechos y a manifestar su repudio total a las medidas antipopulares. En ambas ocasiones no se ha titubeado un solo instante en hacer uso de la metralla para acallar la protesta del pueblo, pero el pueblo no se arredra y su ejemplo traza, ante los ojos de los pobres de Colombia, un claro sendero de lucha y unidad.

“DESPUÉS DEL TRIUNFO LA REVOLUCIÓN PRESERVARÁ SU SOBERANÍA CONTRA CUALQUIER INTENTO DE OPRESIÓN NACIONAL”

Compañeros
JOSE JARAMILLO GIRALDO y demás miembros de la COMISION COORDINADORA NACIONAL ANAPO

Estimados Compañeros:

Con la presente acusamos recibo de la comunicación en la que ustedes fraternalmente nos invitan a participar en el Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria, así como de la resolución de convocatoria de dicho evento, en la que consignan lo sustancial de las razones que los llevaron a promover una política de unidad de todas las fuerzas contrapuestas al régimen antinacional y antipopular que asfixia a Colombia.

Sea lo primero manifestar el vivo interés que han suscitado tal determinación en las filas del MPOIR y en especial el hecho de que hayan sido ustedes, como reconocidos y autorizados dirigentes de la Alianza Nacional Popular, quienes, en momento tan crítico para la suerte del país, hayan tomado la iniciativa de buscar el acercamiento de diversas corrientes políticas con miras a la integración de un frente de lucha contra los enemigos consuetudinarios del pueblo colombiano. Esta actitud cobra mayor relieve si se recuerda que la antigua dirección anapista, aunque libró batallas de alguna valía contra el oficialismo liberal – conservador, vaciló siempre en tomar una clara ubicación antiimperialista y democrática y se mostró recalcitrantemente renuente a propiciar el entendimiento y la coordinación con las clases y partidos revolucionarios. Equívocos ambos le costaron a la ANAPO no pocos de sus muchos traspiés e influyeron con el tiempo en su gradual desmoronamiento y pérdida considerable de sus efectivos. En contraste con semejante panorama, en el anapismo persistió una tendencia de izquierda, propugnadora de una orientación acorde con las verdaderas necesidades y demandas del pueblo y favorable al proceso revolucionario colombiano. Al enarbolar las banderas de unidad y combate de la revolución, ustedes interpretan cabalmente las inclinaciones políticas y el animo de la tendencia de izquierda de la abrumadora mayoría de los miembros de su propio partido. Y al hacerlo proveen a la ANAPO de una perspectiva cierta, porque el futuro político no tendrán los que vivan a la caza de los éxitos mezquinos, oscuros y efímeros que pueda proporcionar la sociedad en bancarrota de la reducida camarilla oligárquica gobernante, sino las fuerzas que contribuyan a minarla y a socavar su existencia, tras los grandiosos objetivos de los cambios históricos que abrirán un porvenir brillante a Colombia.

Hemos seguido con atención el desarrollo de las contradicciones internas surgidas en la ANAPO, en relación a los indicados aspectos de notable incidencia en el ámbito revolucionario, como son los concernientes a la obligatoriedad de fijar una pautas de lucha por la independencia nacional y las realizaciones democráticas, y precisar uno puntos mínimos de unidad con el resto de partidos y agrupaciones de avanzada. Nos complace registrar que a través de los informes y documentos emanados de las varias reuniones regionales, que ustedes vienen llevando a cabo en diferentes departamentos, se perfilan alentadoras conclusiones sobre aquellos problemas fundamentales. Los aportes que un sector tan extendido de la ANAPO brinde en la actualidad a la línea unitaria de las fuerzas revolucionarias colombianas adquieren una magnitud inobjetable. Y constituyen una genuina expresión de las tesis, cada día mas aceptadas, de que Colombia está abocada a una revolución democrático–popular de liberación nacional, y de que ésta será el fruto de la alianza de todas las clases y partidos antiimperialistas y revolucionarios. En idéntica forma un número apreciable de organizaciones partidarias y personalidades democráticas reconocen el imperialismo de pugnar por la conformación de un frente unido revolucionario, que encarne la alternativa de salvación nacional ante las deplorable consecuencias de atraso, miseria y podredumbre congénitas al régimen vigente. La corriente unitaria del pueblo colombiano gana terreno y quienes pretendan entrabarla con clamoreos de dogma o de secta pasarán aprietos tratando de justificar su conducta.

Desde su fundación el MOIR ha venido sustentando, como aplicación de su teoría frente único antiimperialista. A la prédica de esta condigna destinamos la mayor parte de nuestra actividad de agitación y propaganda entre las masas y no escatimamos esfuerzos, ni en el pasado ni en el presente, para conseguir en la practica acuerdos con aliados dentro del gigantesco campo de la revolución, que faciliten la campaña educativa acerca del frente único y allanen el camino hacia su estructuración. Tampoco nos hemos enredado en la discusión metafísica que plantean infantilmente algunos compañeros sobre qué es primero: el partido o el frente, el ejército o el frente. Para nosotros el crecimiento del Partido y las demás tareas de la revolución dependen, y no en cualquier grado, de la correcta interpretación y ejecución de la política por unir el 90 por ciento y más de la población colombiana, bajo una sola dirección compartida por todas las clases y organizaciones revolucionarias. Este convencimiento brota de la concepción que tenemos del carácter de la revolución en su etapa actual como una revolución democrático–popular de liberación nacional y aún no socialista. Por sus condiciones históricas, económica y políticas al socialismo sólo arribará Colombia como culminación de las grandes conquistas democráticas, indefinidamente postergadas, y entre ellas principales la autodeterminación nacional. La experiencia nos ha enseñado que contra la unidad del pueblo conspiran consciente o inconscientemente quienes, desde una posición de derecha, prefieren que el país siga postergado en el subdesarrollo y la dependencia externa, a que se convierta en una nación prospera, soberana y respetable; y quienes, desde una posición de “izquierda”, blandiendo un falso doctrinarismo, preconizan que se debe pasar directamente a la sociedad socialista, haciendo caso omiso de la situación concreta neocolonial y semifeudal del país y antes de efectuar las transformaciones democráticas.

Por el contrario, con el frente único del pueblo estarán consecuentemente quienes comprendan, primero, que Colombia padece la dominación imperialista norteamericana a través de la alianza de la gran burguesía y los grandes terratenientes, cuya expresión política ha sido la coalición liberal–conservadora y que, por lo tanto, necesita alcanzar la liberación y destruir el Poder vendepatria burgués–terrateniente con un Poder democrático, popular y patriótico; segundo, que el pueblo colombiano no está conformado por una sola clase sino disperso y dividido entre varias clases como el proletariado, el campesinado, la pequeña burguesía urbana y la capa de pequeños y medianos productores, las cuales sufren, unas más que otras menos, la expoliación de los monopolios imperialistas y sus intermediarios y que, por lo tanto, necesitan de la unidad y de la cohesión política para defenderse y derrotar a los enemigos comunes, y, tercero, que las clases y sectores antiimperialistas del pueblo colombiano no se movilizarán ni se cohesionarán mientras la revolución no tenga en cuenta sus particulares intereses de clase y que, por lo tanto, necesitan un programa nacional y democrático que recoja las demandas de todas las fuerzas revolucionarias, cuyo feliz cumplimiento el más beneficiado a la larga será el proletariado, que verá surgir las condiciones materiales y políticas para el advenimiento del socialismo.

En Colombia la obtención de la plena soberanía es requisito previo sin el cual no tendrá autenticidad real ninguno de los demás derechos populares. Dentro de un mundo de prevalencia de las fuerzas imperialistas, en el que aún son relativamente pocos los países que han alcanzado su completa independencia y construyen el socialismo, las grandes potencias monopolísticas se apoderan de las naciones pequeñas o atrasadas y las someten a un saqueo despiadado y cruento. Esta es la característica más general de la época histórica que vivimos. En la división internacional contemporánea, condenada a desaparecer como todas las formas de explotación del hombre por el hombre, a nuestro país le ha correspondido el lugar del siervo. La expropiación de nuestras riquezas no la efectúa el imperialismo norteamericano como en el anacrónicosistema colonial, por conducto de gobernantes procedentes de la misma metrópoli, sino por intermedio de círculos privilegiados de negociantes y políticos colombianos inescrupulosos y traidores. El estado proimperialista erigido sobre tan frágiles cimientos instituye el cuchillo y la ergástula como símbolos de la ley y el orden. Bajo este reino de los monopolios Colombia nunca ahuyentará el hambre, el desempleo y la miseria, a pesar de que las masas laboren sin descanso sobre suelos pródigos. Sólo mediante la expulsión del imperialismo se darán las premisas internas del desarrollo económico y de la implantación de la democracia de las inmensas mayorías. No obstante, la victoria de la revolución no implica que desaparezcan de golpe los factores externos negativos. Hasta cuando el proletariado no ajuste cuentas a la burguesía en los centros del capital imperialista, las grandes potencias monopolísticas continuarán insistiendo en su vandálico propósito de explotación y dominación de pueblos y naciones, como el único medio que disponen de supervivencia. La revolución colombiana después del triunfo deberá preservar su soberanía nacional contra cualquier intento de opresión, no sólo de los viejos amos, sino de quien quiera aprovecharse de las dificultades de la nueva República. Para ello tendrá que instaurar un Estado revolucionario que, al mantener relaciones en pie de igualdad con todos los países del planeta, haga valer el derecho de la autodeterminación de la nación colombiana en el concierto universal. Este Estado no puede ser otro que el Estado de la clases revolucionarias, basado en la alianza obrero–campesina y dirigido por el proletariado. Un Estado popular. Un Estado democrático. Un Estado insobornable.

De las consideraciones anteriores se deduce que apoyamos la inquietud encaminada a discutir y elaborar conjuntamente un programa mínimo, que proporcione al proyectado frente unido de los lineamientos básicos de su acción política, tal y como sugiere la carta de invitación al Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria. En el informe de nuestro Comité Ejecutivo Central a la III Conferencia del MOIR sobre la Lucha Electoral, de diciembre del año pasado, incluimos una propuesta de unidad de diez puntos, dirigida a todas las organizaciones revolucionarias, que consta de un bosquejo de programas y dos asuntos más, también tratados en la comunicación aludida: las normas orgánicas de funcionamiento del frente, o “el establecimiento de las reglas del juego que ofrezcan garantías a todos los sectores”, como ustedes han preferido llamarlas, y el procedimiento de escogencia del candidato presidencial único de la izquierda para las elecciones de 1978. Por otra parte hemos estudiado la exhortación unitaria de cinco puntos que el compañero Jaime Piedrahita Cardona formula en el Mensaje a los Anapistas del ultimo 13 de junio. Sustancialmente estamos identificados en la naturaleza del programa a proclamar. El frente de la revolución colombiana ha de acoger y combatir en pro de las reivindicaciones económicas y políticas primordiales de todas las clases y fuerzas revolucionarias, que podemos compendiar en la liberación nación del yugo imperialista norteamericano, la instauración de un Estado democrático y popular, la supresión y nacionalización de todo monopolio que oprima al pueblo, la confiscación de la tierra de los terratenientes y su reparto entre los campesinos, la defensa de derechos de las minorías indígenas, la protección de los pequeños y medianos industriales y comerciantes, la promoción de una cultura nacional y científica al servicio de las masas, la garantía del derecho de huelga para la clase obrera y del resto de derechos democráticos para el pueblo, el respaldo a la liberación de los países sometidos, al proletariado internacional, a los países socialistas y a los movimientos revolucionarios del mundo entero.

Partiendo del postulado de que la revolución democrática y nacional no será la empresa de una sola clase ni de un solo partido, la trascendencia de un frente revolucionario en las condiciones de Colombia radica en la cooperación que oportunamente se ofrezcan en la lucha mutua las distintas organizaciones aliadas. Colaboración no de papel sino de eficacia creciente, impidiendo desde luego lesionar la autonomía organizativa e ideológica de los respectivos partidos. Los avances de la revolución en su conjunto implican el auge de todas y cada una de las fuerzas por cuya acción aquellos fueron conseguidos. Resultan incompatibles con la esencia misma del frente revolucionario todas las practicas sectarias que procuren sacar ventaja de grupo, a costa del progreso de la revolución o en desmedro de los destacamentos que lealmente la impulsan. Sin atacar y desterrar de la manera más severa estos procedimientos oportunistas sería imposible mantener una ayuda recíproca y efectiva. Para vigilar el cumplimiento del programa acordado, garantizar una cooperación progresivamente eficaz, salvaguardar la autonomía organizativa e ideológica de los distintos partidos y proscribir los procedimientos oportunistas, el frente revolucionario tendrá que da4rse unas normas orgánicas y funcionamiento. Deberá estipularse la igualdad de derechos y obligaciones para todas las agrupaciones integrantes. El frente se regirá por principios democráticos de organización y dirección, respetando la consulta previa, la libre discusión y la critica. A ningún partido se le permitirá inmiscuirse en las cuestiones internas de otro, ni infiltrarlo, ni sustraerle militantes. Y asimismo se auspiciará siempre la coordinación en las luchas políticas y de masas. Estas directrices de funcionamiento probablemente aparecerán ante algunos como engorrosas y demasiado complicadas. Pero si se medita sobre ellas muy pronto se comprenderá su utilidad. Sintetizando lo mínimo en materia organizativa para un frente que aspira a movilizar y cohesionar la lucha de fuerzas y sectores tan abigarrados y dispares. Son compromisos que se pactan para materializar objetivos de innegable grandeza, que de otra manera resultarían de dudosa realización, por decir lo menos. Como lo hemos promulgado y cumplido en otras ocasiones, queremos reiterarle a ustedes que el MOIR está dispuesto a hacer éstas y las demás concesiones positivas necesarias para aglutinar en una gran alianza revolucionaria a las fuerzas políticas susceptibles de unirse actualmente contra el imperialismo norteamericano y sus lacayuelos colombiano, depredadores de Colombia durante tres cuartos de siglo ininterrumpidos.

Cuando planteamos que en las próximas elecciones las fuerzas revolucionarias requerirán desplegar la táctica de presentarse a esa lucha, respaldando un programa unitario y un candidato presidencial único, no hacemos más que prever las particularidades del periodo a que nos avecinamos, de tener efecto sin variante la contienda electoral de 1978. El liberalismo y el conservatismo atraviesan por la peor crisis de su historia, como producto del desastre total de su estrategia traidora a los intereses de la nación y del pueblo. Las disensiones internas dentro de cada partido y dentro de la coalición gobernante amenazan con ahondarse inevitablemente. Si las fuerzas revolucionarias logran conformar una amplia alianza para los comicios venideros, que abarque el mayor numero de partidos, sectores y personalidades contrarios al régimen, es evidente que aprovecharían una excelente, oportunidad para aislara aún más a la camarilla vendepatria dominante y agudizar su quiebra.

Sin embargo, no han faltado voces, con más espíritu polémico que practico, que el escuchar este llamamiento, se ponen a desvariar alrededor de sí será que el MOIR piensa en el frente con un criterio electoral. La construcción del frente único y la participación en elecciones representados tareas distintas. El frente es un objetivo a largo plazo, como la revolución misma, y habrá de levantar, organizar y lanzar al combate al 90 por ciento y, más de la población colombiana. Las elecciones son una batalla con fecha fija y que los revolucionarios deben utilizar al igual que otras formas legales de lucha. Ahora bien, en Colombia el debate electoral les ha permitido a las fuerzas revolucionarias concretar alianzas que redundan a favor de la teoría y la experiencia del frente y a su turno, éste es un instrumento de la revolución que le sirve entre otras muchas cosas para ir a elecciones. El caso es así de sencillo. Pero ahora nos preocupa que haya claridad en torno a la importancia del periodo que comienza con el fracaso del gobierno del Alfonso López Michelsen, incluyendo los sufragios de 1978, y el cual puede repercutir en saltos hacia delante del movimiento revolucionario o reveses no absolutamente inevitables. Por eso hemos insistido que en las características imperantes no se debe excluir de antemano o vetar a ningún movimiento, grupo o dirigente político que demuestre dispuesto a coadyuvar en el logro de la unidad revolucionaria reclamada. Y de ahí que estemos plenamente de acuerdo en concurrir al Foro del 18 de febrero y en que a él asistan, sin discriminación alguna, las organizaciones y personalidades que expresen su concordancia con las finalidades de la citación.
Que la crisis del régimen ha evolucionado velozmente y que los días por venir traerán consigo vitales definiciones, tanto para los opresores como para los oprimidos, nos lo dicen a diario las incontables muestras del caos oficial, que no perdona a ninguna de las ramas del aparato burocrático militar de la República oligárquica; la ola de descomposición que saca violentamente a la superficie todas las pestilencias, guardadas antaño cual sagrados secretos de la minoría traficante; la creencia generalizada de que no hará cura con los métodos rutinarios, y sobre todo las explosiones de rebeldía de las masas que confían ya mas en la acción que en las palabras. Las clases dominantes no disponen de una solución política viable, como sí la tuvieron en 1974, cuando al final de la alteración exaltaron al consentido de la Handel y de las veleidades del MRL, para engañar al pueblo. Los partidos tradicionales salieron momentáneamente airosos de los cuatro cuatrienios del mal denominado Frente Nacional y cayeron en el atolladero del “gobierno–puente”.

Ninguno de los prospectos del lopismo ha tenido éxito. Para subsanar las finanzas publicas y evitar la emisión primaria de moneda, López Michelsen, recurriendo a los decretos de la emergencia económica, impuso una reforma tributaria con base en el incremento de los gravámenes al consumo, a las rentas de trabajo y a los pequeños y medianos productores; y a los dos años de observancia de la nueva ley de impuestos se ha conocido que se siguen emitiendo pesos desvalorizados y el déficit fiscal se agranda. El Mandato Claro prometió una política de ingresos y salarios fundamentada en un supuesto pacto social entre magnates, asalariados y gobierno; y ante el naufragio de la misma, el propio López confesó en uno de sus últimos discursos que sólo estaba aspirando a mantener bajo el porcentaje de aumento de los sueldos y salarios. La nueva administración desde sus albores anunció con inusitado ruido un plan demagógico para la educación; hoy en la Universidad Nacional, principal casa de estudios, no ha logrado completar su ciclo lectivo y se debate como muchos otros planteles oficiales, en medio del desbarajuste directivo, la penuria de recursos y la férula de los cuerpos armados. El ministro de Hacienda apostó su cabeza a que en 1976 la inflación no pasaría del 15 por ciento y ésta será de diez puntos mas, según el DANE, cuyas estadísticas todo mundo sabe que se alteran al gusto de la presidencia. Y en ese orden el índice del desempleo crece, la deuda externa e interna del Estado se agiganta, los precios de los artículos y las tarifas de los servicios públicos se multiplican, el hambre asola a campos y ciudades. Hasta la lotería que se sacó el régimen con la llamada “bonanza cafetera”, fuera de enriquecer a los pulpos intermediarios en deterioro de la economía de los pequeños y medianos cultivadores del grano, terminó por acentuar el alto costo de la vida de todo el pueblo. Descartando la claque que aplaude y disfruta de las medidas oficiales, la aplastante mayoría de la nación en una forma u otra se muestra tremendamente descontenta por el rumbo de los acontecimientos. Las fuerzas más radicalizadas, conscientes y combativas están representadas por las grandes masas de obreros y campesinos. Pero aún las capas medias de la población han exteriorizado su exacerbada protesta como en el caso reciente de la valerosa y admirable huelga de los médicos del ICSS. Son modificaciones considerables de la situación económica y política, demostrativas de las hondas contradicciones de la reacción, que explican el desconcierto de los partidos liberal y conservador y la incertidumbre admitida por reconocidos ideológicos del sistema, respecto al desenlace de la grave coyuntura. Ultimamente, con no disimulado escepticismo, el Parlamento inició el embrollado trámite del acto legislativo por el cual se crea la “Asamblea Constitucional”, de exclusiva conformación bipartidista. Esta seria la enésima enmienda a la Constitución, dentro del afán reformista que ha atormentado a los mandatarios de la coalición, con el objeto de prolongar a como de lugar la apariencia democratera del Poder, trasquilando, remendando y entablillando las instituciones despóticas prevalecientes.

En vista de que su capacidad de embuste quedó desgastada con las disposiciones económicas altamente lesivas a los intereses populares, López Michelsen ha recurrido, como cualquier hijo de Bendición Alvarado, a los instrumentos más torcidos de atemorización en el intento de sofocar la resistencia de las masas. Decenas y decenas de obreros, campesinos y estudiantes han caído acribillados por el delito de exigir sus derechos. Las huelgas reivindicativas son perseguidas encarnizadamente. Con el estado de sitio el gobierno prohibe las manifestaciones de sus contradictores, detiene arbitrariamente a dirigentes y activistas del pueblo y monta los juicios sumarios de la justicia castrense. Del tratamiento policivo tampoco escapan sacerdotes y religiosas, cuyos templos han sido irrespetados y allanados y sus personas injuriadas y arrojadas a prisión.
Hay dos indicios que demuestran las verdaderas inclinaciones del régimen. El uno la injerencia militar en el manejo de los asuntos espinosos del Estado y el otro la campaña de opinión que desesperadamente se ha venido orquestando, para implantar una reforma judicial que arrase hasta con el último recurso de defensa del acusado, con todo lo que aquello significa dentro de una justicia eminentemente clasista y antidemocrática como la colombiana. La vertiginosa secuencia de los hechos descritos obliga a recapacitar seriamente sobre la situación, junto con el fenómeno de que la reacción carece de una salida política gananciosa, ya que ni el señor Lleras Restrepo, ficha quemada por haber ocupado el sillón presidencial, ni el señor Turbay Ayala, padrino y manzanillo de negra reputación, ni un tercero en discordia que no encuentran por ningún lado, ni mucho menos un candidato conservador, logrará personificar y revivir las ilusiones frustradas en la coalición gobernante. La fiera acorralada se vuelve peligrosa y esto lo debe saber por experiencia propia y ajena el movimiento revolucionario colombiano. La sistemática explotación y dominación del gran capital monopolístico sobre la nación colombiana enruta naturalmente el carro del Estado oligárquico proimperialista hacia la represión violenta y la fascistización de la vida del país. Por consiguiente el problema no se puede reducir a las estrechas dimensiones de que en el gobierno o en las Fuerzas Armadas medra una facción partidaria de la línea dura. Se descarta que en la algazara reaccionaria ciertas gargantas resuenan más que otras. Lo importante de averiguar es si existen o no fundamentos económicos y políticos para que los acontecimientos desemboquen precipitadamente en aquella dirección. Si es posible mediante el desarrollo de un poderoso movimiento popular desbaratar los planes del imperialismo norteamericano y sus testaferros colombianos, quienes son al fin y al cabo los mantenedores y promotores de la dictadura sanguinaria contra las masas. Si la revolución estaría en condiciones de presentar sus fuerzas y pasar a la ofensiva en la eventualidad de que Colombia rastree de pronto tras las huellas del Brasil, Argentina, Chile y de la mayoría de las repúblicas de América del Sur.

Es obvio que la respuesta a estas preocupaciones se halla en la política de unir en un frente a todos los partidos, organizaciones gremiales y religiosas y personalidades democráticas opuestas al régimen. En ello y sólo en ello estriba la táctica principal de la revolución en las actuales circunstancias. Apliquémosla decidida y consecuentemente que el pueblo apoyará nuestros esfuerzos.

Adjuntamos nuestra proposición de unidad de diez puntos atinentes al programa, a las normas de funcionamiento y al procedimiento de escogencia del candidato presidencial de izquierda (1). Es nuestro deseo continuar intercambiando opiniones con ustedes, en reuniones bilaterales, o multilaterales con otras agrupaciones políticas, que nos permitan preparar los acuerdos previos que hagan el Foro de febrero un buen comienzo en el proceso unitario el cual gracias a la iniciativa tomada por la Comisión Coordinadora Nacional de ANAPO, despierta tan justas esperanzas y pletórico entusiasmo.

Fraternalmente,
MOVIMIENTO OBRERO INDEPENDIENTE Y REVOLUCIONARIO (MOIR)
Comité Ejecutivo Central
Francisco Mosquera
Secretario General
Bogotá, noviembre 17 de 1976

(1). En la pagina 7 de esta edición publicamos los diez puntos de unidad a que se hace referencia.

MANIZALES REPUDIA LA DEMAGOGIA

El 31 de agosto, el presidente de la República realizó una corta y accidentada visita a la ciudad de Manizales. Su sola presencia bastó como acicate para que afloraran en la capital del viejo Caldas múltiples problemas y reclamaciones de las masas.

Los habitantes del barrio Malabares reclamaron, con sus pancartas, una reducción en las cuotas de amortización al Instituto de Crédito Territorial; los universitarios denunciaron los atropellos del “mandato de hambre”; los sectores populares protestaron por el costo de la vida y exigieron servicios públicos y los estudiantes de secundaria, uniformados, en la Plaza de Bolívar, rompieron filas, se encaramaron a los postes, bajaron las pancartas de saludo de Manizales repudiaba la demagogia.
Más tarde, López aludió al problema del costo de la vida diciendo que todo radicaba en dotar con máquinas de coser a un buen numero de amas de casa. Así se combatiría el desempleo y aumentarían los ingresos familiares.

Provocación Lopista

Dos días después de la turbulenta visita, el gobierno destituyó al rector de la Universidad de Caldas, haciendo eco a la solicitud de los sectores más reaccionarios del departamento, expresada en editorial de La Patria. Como nuevo rector, en abierta provocación, fue nombrado uno de los personajes más odiados por los estamentos universitarios.
En señal de rechazo, los estudiantes decidieron realizar una manifestación pacífica. Cuando se preparaban para partir, la fuerza publica allanó las universidades de Caldas y nacional.

Vandalismo

La tropa irrumpió disparando a mansalva, violentando puertas, destrozando pupitres y laboratorios y destruyendo todo lo que encontraba a su paso. Saquearon las oficinas llevándose dinero de los empleados e instrumentos que podían ocultar entre sus ropas.

Rigoberto Escudero creyó inútil correr. Un oficial del ejército lo derribó y le disparó a quemarropa. La barbarie continuó en las calles de la ciudad. A Jorge Echeverry, de 14 años, y a Reynel Arturo Betancourt, de 12, la policía les atravesó las piernas con disparos de revólver. Durante la noche de ese viernes 3 de septiembre se escucharon detonaciones por toda la ciudad. Muchos de los heridos debieron esperar hasta el domingo para poder salir en busca de atención medica.

Cae Carlos Fernando Henao

El lunes, los estudiantes de secundaria se sumaron a la protesta. Al anochecer, la policía volvió a abrir fuego. En el parque de Caldas, Francisco Reinaldo Castaño fue gravemente herido.

Dos policías de guardia en el Banco de la República, descargaron los proveedores de sus fusiles contra un grupo de 500 manifestantes. Carlos Fernando Henao, estudiante de 5º de Bachillerato, cayó de bruces sobre las gradas de la catedral. El corresponsal de El Tiempo en Manizales, testigo presencial, relató cómo un empleado de Telecom cargó a Carlos Fernando y gritó a la policía que se movilizaba en volquetas: “Llévenlo que está herido”, “pero los agentes lo levantaron y volvieron a arrojarlo en el cemento”. En medio de los disparos, la gente abría sus puertas para albergar a los estudiantes.

En las calles se conquistó la victoria

El salvajismo desatado desde los cuarteles no intimidó a las masas. Las balas y la sangre solamente habían logrado sellar más estrechamente la unión del pueblo. El miércoles 8 de septiembre las manifestaciones recorrían incontenibles las calles de Manizales. Esa noche, más de 5.000 personas se congregaron en la Plaza de Bolívar, mientras representantes de todos los sectores en lucha ingresaban a la gobernación. La gente ignoró el toque de queda y permaneció allí hasta que sus representantes salieron para anunciar la victoria.

CITADO FORO NACIONAL DE LA OPOSICIÒN POPULAR Y REVOLUCIONARIA PARA EL 18 DE FEBRERO DE 1977

Una de las características más alarmantes de la actual situación colombiana no es sólo la tremenda gravitación de los problemas que pesan sobre las condiciones de vida del pueblo, sino el inexorable proceso de descomposición social que no encuentra otra respuesta en el Estado que el endurecimiento de las políticas represivas y la creciente legalización de las luchas de las clases trabajadoras. Ese proceso de descomposición social –que se expresa en la propagación de todas las formas de la inseguridad y la violencia reaccionaria– es la expresión del acentuamiento de la dominación imperialista norteamericana sobre el país; de un creciente desbordamiento de los problemas de desocupación abierta, subempleo, inflación, deterioro de los salarios reales, ruina creciente del campesinado y el recorte sistemático de los derechos democráticos del pueblo.

La estrategia de aniquilamiento de la capacidad de lucha de las clases trabajadoras se ha fundamentado en dos elementos: la preservación del sistema de control oligárquico del estado por medio del frente constituido por los dos partidos oficiales y la sistematiza destrucción y parcelación de las organizaciones populares, de carácter sindical, comunitario y político.

La experiencia actual de la América Latina demuestra que existe un proceso de unidad política de las clases dominantes identificadas con la estrategia de dominación imperialista norteamericana en los planos hemisférico y mundial. En nuestro caso, sin la activa participación del imperialismo norteamericano, no podrían explicarse los procesos contrarrevolucionarios, que así mismo ha instaurado gobiernos no sólo autoritarios sino fascistas en la casi totalidad de los países latinoamericanos.

Ahora bien: estamos en vísperas de que se convoque una pequeña Asamblea Constituyente -a espaldas de las grandes mayorías nacionales que no votan, ni se expresan políticamente- en la que no sólo han de participar exclusivamente los partidos liberal y conservador, sino que está destinada a perpetuar el sistema de hegemonía oligárquica y de renovar la conculcación de los derechos sociales y políticos de las clases trabajadoras.

Frente a estas circunstancias históricas, no basta militar en un movimiento revolucionario por respetable que éste sea: es necesario contribuir con todas las fuerzas, al desencadenamiento de un proceso que conduzca a la unidad de las clases trabajadoras, a la articulación de sus organizaciones de base, a su identificación programática y a la unificación de sus formas sindicales y políticas.

Este es el más importante objetivo estratégico de los movimientos revolucionarios en esta hora trágica de nuestro país. Y este debe ser, en consecuencia, el punto de identificación esencial de quienes creemos que la revolución no es un monopolio de nadie sino el resultado del esfuerzo organizado, solidario y conjunto de quienes estamos comprometidos con tal tarea histórica.

Estas circunstancias históricas y políticas han movido al Partido ALIANZA NACIONAL POPULAR a convocar, como en efecto convoca a través de esta declaración: UN FORO NACIONAL DE LA OPOSICION POPULAR Y REVOLUCIOANRIA con la participación de todas las fuerzas, para el 18 de febrero de 1977, con el objeto de propiciar un diálogo abierto, democrático fraternal entre los representantes de esas fuerzas, sin exclusión alguna, y de llegar a un mínimo de acuerdos tendientes a la integración de un Frente Revolucionario conforme a las exigencias populares de la actual situación colombiana. La agenda y el programa de trabajo del Foro Nacional, serán preparados por un comité en el que estén auténticamente representadas las fuerzas de la oposición revolucionaria y en el que se garantice un absoluto y sincero respeto por la personalidad de cada una de las organizaciones participantes.

COMISION COORDINADORA NACIONAL DE ANAPO
JOSE JARAMILLO GIRALDO – JAIME PIEDRAHITA CARDONA – ANTONIO GARCIA – JULIO CESAR PERNIA – GERMAN GUTIERREZ ARROYO – JAIME JARAMILLO PANESSO – ALFONSO CABRERA – CAMILO GONZALEZ – ALVARO BERNAL SEGURA – JOSUE RODRÍGUEZ DIAZ GILDARDO ARCILA – GABRIEL DARIO LONDOÑO – JOSE ROBERTO VELEZ – LUIS EDUARDO ROJAS – ORLANDO DURANGO H.

LUCHAS POPULARES

En Piedecuesta explotó la ira popular

El 15 de julio Piedecuesta recibió el día con la noticia de un nuevo atropello del gobierno. El pasaje de allí a Bucaramanga había subido de cinco pesos a seis con cincuenta. En el Parque Santander, que los Piedecuesta llaman Plaza de Los Comuneros, se arremolinó la gente. En menos de un año el pasaje subía un ochenta y cinco por ciento, pues en diciembre de 1975 valía tres con cincuenta.
Al día siguiente la congregación fue mucho más numerosa, la policía dispersó los mítines estudiantiles y disolvió la manifestación de protesta que se iniciaba. A partir de ese momento no habría paz durante dos largas semanas. En asambleas populares los habitantes eligieron un Comité Cívico, determinaron no usar los buces y acordaron realizar una marcha de antorchas el 20 de julio. Ese día más de 4.000 personas recorrieron el pueblo con sus antorchas encendidas.

Se enciende ira popular

En actitud provocativa, las fuerzas policiales lanzaron gases y los manifestantes reaccionaron con furia: desarmaron sus antorchas, esgrimieron sus garrotes y se lanzaron contra la policía al grito de “¡Garroteros a pelar!”.
La violencia reaccionaria desatada contra los manifestantes no condujo a otra cosa distinta a que ellos se sumaran, cada vez más, amplios sectores de la población. Eso ocurrió con los profesores de la Normal y con grandes grupos de trabajadores.
Ante la inutilidad de los esfuerzos del ejército y la policía por controlar la situación, éstos abrieron fuego contra la multitud. La reacción fue contraria: se agigantó el coraje de los luchadores.
Día a día crecía la furia. Cuando los manifestantes se enfrentaban a los antimotines, descubrían sus pechos y les gritaban: “¡Disparen contra el pueblo, cobardes!”.

El gobierno capitula

Ante la firmeza y decisión del pueblo, las autoridades rebajaron el pasaje a cinco pesos con cincuenta. Pero el descontento continuó. El día 24, la policía disparó de nuevo contra el desfile pacífico. Los manifestantes, lejos de dispersarse, coreaban: “López, dos años de robo y engaños!” Muchos, armados de piedras, acompasaron la consigna golpeando una piedra contra otra.

El Doncello:

en la lucha se cosechan triunfos

En pleno corazón de la intendencia del Caquetá, en El Doncello, el pueblo organizó en un Comité Pro–defensa de los intereses del municipio y realizó entre los días 9 y 14 de septiembre un paro cívico que culmino con el compromiso por parte del gobierno, de instalar en la población una planta generadora de luz de 300 kilovatios, y no tomar represalias contra ninguno de los dirigentes ni participantes en el movimiento.
A finales de agosto, los habitantes del El Doncello conformaron, en una asamblea popular, un comité, que contó desde un principio con el apoyo de todos los sectores populares. Los campesinos y las juntas de acción comunal, los maestros y los consejos estudiantiles, y el Sindicato de Oficios Varios, se encontraban allí representados. A ellos se sumaron, posteriormente, los comerciantes, carniceros y transportadores. El Comité se erigió, así, en máxima autoridad, garantizando la participación de todos los sectores y operando siempre sobre la base de la consulta previa a las asambleas populares.
El pueblo se volcó a la calle y bloqueó el puente de acceso sobre el río Anayacito. Durante cinco días la población controló el puente impidiendo el paso del Ejército. Allí se ganó esta batalla contra el “mandato de hambre”, por eso sus pobladores lo rebautizaron: “Puente Boyacá”.
El triunfo de los habitantes de El Doncello es una muestra clara de cómo sólo la unidad del pueblo y su firme decisión de lucha pone a su alcance las justas aspiraciones y derechos que tanto anhelan.

Paro cívico en Sincelejo

En protesta por los pésimos servicios públicos, el pueblo de Sincelejo adelantó el 20 de septiembre un combativo paro cívico. Los sincelejanos se enfrentaron valerosamente a la infantería de Marina, bloqueando las calles una y otra vez. A la izquierda, dirigentes del paro, compañeros Jairo Tapias, Vicente Rodríguez y Angela Herazo.

San Vicente de Chucurí (Santander): invasión por la vivienda

Sesenta familias sin techo, en esta población de la región del Magdalena Medio, invadieron en la madrugada del lunes 30 de agosto, un lote de propiedad del municipio. Firmes y resueltos a conseguir un lugar dónde construir sus viviendas, esas familias se unen estrechamente para alcanzar la victoria.