¡POR UN FRENTE MUNDIAL CONTRA EL SOCIALIMPERIALISMO SOVIÉTICO!

¡Fuera rusos de Afganistán!

FRANCISCO MOSQUERA, Secretario General del MOIR; Bogotá, enero 11 de 1980.

La invasión de las tropas soviéticas a Afganistán, iniciada el pasado 27 de diciembre, configura un acontecimiento de suma gravedad que habla por sí solo de los planes siniestros de dominación mundial de los amos de Moscú. Es la primera vez que los socialimperialistas intervienen militarmente en forma directa en un país del Tercer Mundo. En 1968 lo habían hecho en Checoslovaquia, nación de la Europa Central. En 1975 ocuparon Angola, pero con soldados de su colonia cubana, y más recientemente sometieron a Kampuchea y Laos a través de sus marionetas vietnamitas. Hoy su delirio expansionista los ha llevado a efectuar esta nueva aventura, ya sin tapujos de ninguna índole y haciendo gala del peor cinismo. Los argumentos de que con su intromisión bélica “protegen” la seguridad de Afganistán, ‘ayudan’ a la revolución afgana, o actúan dentro del derecho internacional, no convencen a nadie.

Por el contrario, desde el primer momento ha quedado claro que los soviéticos bañaron en sangre a Afganistán y vienen obrando como sólo sabían hacerlo las hordas hitlerianas. Depusieron y asesinaron al primer ministro Amín para imponer un gobierno completamente dócil a sus vandálicos caprichos. Por ello la respuesta militar del pueblo afgano ha sido inmediata y decidida, y cuenta con la participación de considerables segmentos del ejército regular que se han pasado a la resistencia armada.

De otra parte, una inmensa mayoría de Estados ha condenado la invasión y la considera un serio atentado contra la paz mundial. Todo indica que los social-fascistas utilizarán a Afganistán para apoderarse posteriormente de Pakistán, inmiscuirse en Irán y demás países vecinos, controlar la entrada al Golfo Pérsico y someter a su égida el Asia Meridional y Occidental. Tales proyectos no pueden menos que significar un inminente peligro para Europa, el Japón y los Estados Unidos, que verán comprometidos vitales centros de abastecimiento de combustibles y cruces marítimos y terrestres de importancia estratégica.

Asimismo los pueblos del mundo y las naciones amantes de la paz comprenden que su porvenir se halla severamente amenazado por el hegemonismo soviético. La república Popular China, el principal bastión de lucha contra las ambiciones imperialistas del Kremlin, será sin duda uno de los blancos de ataque preferidos de los belicistas rusos.

Sin embargo, hay un aspecto supremamente positivo en todo aquello, y es que la opinión pública mundial ha comenzado a aceptar, a punta de golpes y decepciones, que la Unión Soviética no sólo dejó de ser la cuna del socialismo para convertirse en el más tenebroso baluarte de la reacción internacional, sino que hace mucho abandonó los principios de la coexistencia pacífica entre los Estados y desempolvó la vieja bandera de la dominación colonial y de la guerra para sojuzgar a las naciones y buscar un nuevo reparto del planeta. El hegemonismo soviético es un problema de todos los pueblos, y por ende a éstos corresponde resolverlo, promoviendo la conformación del más amplio frente de combate jamás conocido, en el que participen, en una u otra forma, desde los países atrasados y dependientes del Tercer Mundo, las repúblicas socialistas y las naciones ricas del Segundo Mundo, hasta los Estados Unidos. Un frente de esas proporciones impedirá la guerra mundial o la decidirá a favor de la revolución internacional. Con un frente así, los socialimperialistas serán vencidos y los pueblos contarán con el mejor ambiente para la emancipación de las naciones, para el desarrollo del socialismo y para la conquista de la democracia y la libertad en el orbe entero. El primer deber internacionalista del proletariado y de los partidos auténticamente comunistas será contribuir a la integración a nivel mundial de este frente único contra el socialimperialismo soviético.

En la historia quienes acariciaron sueños de dominación imperial fracasaron irremisiblemente. Los soviéticos también terminarán siendo aplastados por mucho alboroto que armen y por muy temibles que parezcan. El pueblo afgano saldrá victorioso y obtendrá su liberación a pesar de las duras pruebas del presente y del futuro.

¡Apoyemos a Afganistán en su resistencia contra la ocupación soviética! ¡Conformemos un frente único mundial contra el socialimperialismo soviético!

AGRADECIMIENTO DE SOLITA DE JARAMILLO

Compañeros
Frente por la Unidad del Pueblo

Por medio de la presente quiero manifestar a ustedes mis sentimientos de agradecimiento por su sincera actitud y solidaridad ante la prolongada enfermedad y posterior fallecimiento de mi esposo, José Jaramillo Giraldo. En la seguridad de que la lucha a la cual él entregó su vida entera logrará la victoria y en ese esfuerzo debemos perseverar sin descanso.

Fraternalmente,

RESPALDO NACIONAL A CONSUELO

El siguiente es el comunicado que el Frente por la Unidad del Pueblo emitió con ocasión de la condena a un año de cárcel con que los mandos militares, en represalia, sancionaron arbitrariamente a la directora de El Bogotano.

A ningún colombiano medianamente interesado en el desenvolvimiento de la situación política se le oculta la gravedad del enorme atropello que las Fuerzas Armadas están cometiendo en la persona de Consuelo de Montejo.

Comentaristas de las más diversas denominaciones han deplorado y censurado el hecho. Hasta El Tiempo, abogado por antonomasia de las iniquidades del gobierno, se atrevió a señalar, utilizando una manida frase de Fouché, que la arbitraria medida “más que un crimen es una estupidez”. No cabe duda de que privar de la libertad durante un año a una periodista por denunciar y combatir los horrores del Estado oligárquico, constituye un crimen reprobable. Pero, además, la tropelía ha sido urdida y llevada a cabo de manera tan burda, que incluso a los más obsequiosos defensores de los desafueros oficiales les ha parecido una estupidez.

Ciertamente, existe nítido y generalizado convencimiento de que la condena entraña una ruin venganza de los altos mandos militares, para quienes la crítica, el valor y la independencia de carácter tipifican faltas imperdonables. Y Consuelo de Montejo ha criticado con carácter y valentía la corrupción administrativa, las torturas a los presos políticos y muchas de las infamias a que a diario son sometidos los trabajadores de la ciudad y el campo. Desde los tiempos del mindefensa Abraham Barón Valencia, el generalato buscó montar un proceso que le permitiera arrestar a la directora de El Bogotano, salvando las apariencias, mediante el manipuleo de un juicio jurídico con todas sus formalidades. Finalmente, fue necesario el Estatuto de Seguridad para que, basándose en un pretexto fútil, como la venta de un arma, los uniformados lograran cobrar en Consuelo el delito de opinión.

Para las organizaciones de las masas que pelean por su propia subsistencia ante los embates de la represión y para los partidos opuestos al régimen, el encarcelamiento de Consuelo no sólo representa un eslabón más en la larga cadena de vejámenes perpetrada por los detentadores del Poder, sino que, debido a las características del mismo y a las repercusiones que tiene para el futuro inmediato, significa un primer zarpazo sobre las pocas publicaciones no controladas por la oligarquía y el imperialismo.

La batalla por la libertad de Consuelo de Montejo y demás presos políticos inobjetablemente se enmarca en la gran contienda que las clases y colectividades revolucionarias vienen adelantando contra la militarización del Estado, el Estatuto de Seguridad y todas y cada una de las disposiciones represivas.

Como protesta por los innumerables atropellos de los aparatos militares y en defensa de los derechos democráticos para las masas populares, el Frente por la Unidad del Pueblo (FUP) propone a las fuerzas patrióticas y de avanzada, primero, la conformación de un movimiento tendiente a impulsar la batalla política por la libertad de Consuelo de Montejo, y segundo, la integración de comités amplios, a distinto nivel, que promuevan el nombre suyo para el Concejo de Bogotá en las próximas elecciones y, en el resto del país, para las listas departamentales o municipales, allí donde las condiciones lo permitan.

La consigna en este caso ha de ser la de presionar por conseguir la libertad de Consuelo lo más pronto posible y alertar sobre los nuevos atentados al derecho de expresión que el régimen prepara calculadamente.

¡Unión contra el despotismo!

Frente por la Unidad del Pueblo (FUP).

Por la ANAPO, Jaime Piedrahita Cardona.
Por el MOIR, Francisco Mosquera.
Por el DP, Miguel Gamboa.

PALABRAS DE JAIME PIEDRAHITA ANTE LA TUMBA DE JOSÉ JARAMILLO

Compañeras y compañeros, señoras y señores:

No vengo a hablar del parlamentario y presidente del Congreso de Colombia, ni del presidente de la Corte Suprema de Justicia, ni del presidente del Gran Consejo Electoral, ni del jurisconsulto, sino del José Jaramillo Giraldo que iniciara su vida pública hace cincuenta años en Popayán, en la lucha abierta por los derechos de los indígenas del Cauca, siempre vejados y siempre perseguidos; del José Jaramillo Giraldo que rescata de las gestas comuneras el manifiesto de las mujeres de Cáqueza en el cual exigían a sus dirigentes, hace doscientos años, socializar el común; del extraordinario intérprete de la definitiva participación de las masas populares en las lides libertarias, sin cuyo concurso jamás hubiéramos logrado la primera independencia ni forjado la nacionalidad; del José Jaramillo Giraldo abanderado de las luchas de los campesinos por la tierra; del defensor delas reivindicaciones políticas y económicas del proletariado, y del José Jaramillo que se preocupó siempre por encender entre la juventud el fuego de la rebeldía, con su ejemplo y su verbo revolucionario, para que continúen la brega de sus mayores, hasta ganar para Colombia la completa emancipación y situarla dentro de las naciones prosperas y avanzadas del orbe.

Yo estoy seguro que a José Jaramillo Giraldo no le hubiera agradado que viniéramos hoy simplemente a lamentarnos, cuando hay tantas cosas de su formidable y tensa parábola vital que debemos exaltar y resaltar. Ni siquiera esta trágica ceguera de los últimos años lo arredró; “Sin un campo de luz en las cuencas de coral de mis ojos muertos”, como a veces comenzaba sus discursos en las plazas y veredas, recorrió todo el país defendiendo la verdad de los humildes; porque vio más allá que muchos de sus coetáneos. Lo recuerdo irrumpiendo entre las multitudes en las incontables campañas que realizamos juntos, en donde superó todos los límites del esfuerzo y la oratoria para combatir al régimen bipartidista del Frente Nacional que ha expoliado sin piedad al pueblo durante cuatro largos lustros. Rememoro su intervención determinante en los grandes momentos clarificadores por orientar a las huestes de Anapo en el sentido del cambio revolucionario y de la lucha por romper la dependencia externa. Nunca transigió con la componenda ni la entrega. Cuando la lógica de la contienda entre oprimidos y opresores llevó al general Gustavo Rojas Pinilla a encabezar un movimiento objetivamente enfrentado al poder oligárquico, la figura de José Jaramillo Giraldo ocupó la primera línea. Su candidatura presidencial fue precisamente el audaz desafío que un partido en ciernes lanzaba al rostro de los paniaguados del sistema y que en gran medida contribuyó a desencadenar el espectacular ascenso del anapismo en abril de 1970, infortunadamente desaprovechado.

José Jaramillo Giraldo, lejos de dejarse arrastrar por la marea oportunista, se irguió con valentía contra la claudicante corriente que había resuelto besar el manto de los poderosos. No fue óbice para el incansable luchador la enormidad de la empresa ni el nuevo camino erizado de obstáculos que estaba decidido a emprender. La reorganización de las fuerzas revolucionaria de Anapo, y la unidad de éstas con los partidos revolucionarios, se convirtieron desde entonces en sus preocupaciones principales. Por ello lanzó, hace más de dos años, el llamamiento a la unidad de la izquierda, que tan entusiasta acogida tuvo en el MOIR, la Democracia Popular y otros sectores y personalidades de nuestro pueblo; José Jaramillo Giraldo empeñó en este tramo de su vida la totalidad de su portentosa capacidad humana para poner en marcha la anhelada unión de los oprimidos de Colombia. Con justicia podemos decir hoy que en la creación del Frente por la Unidad del Pueblo, en la adopción de su programa nacional y democrático y en la batalla librada contra las candidaturas de la oligarquía, el aporte de José Jaramillo Giraldo fue decisivo. Con fervor y dinamismo, de los que todos debemos aprender, llevó a cabo las tareas fundamentales en el arranque de la vida del Frente.

Y así, en los últimos años, los problemas relativos a la construcción de una única alianza de las fuerzas revolucionarias y antiimperialistas en Colombia, venían reclamando enteramente la atención de José. A semejanza del comandante que permanece firme a la vanguardia de sus efectivos, aun en las peores vicisitudes, José siguió adelante en el combate por la unidad del pueblo, por encima de limitaciones que en cualquier otro hombre lo hubieran reducido a la inactividad.

La muerte de José Jaramillo Giraldo, cuando son evidentes los síntomas de que una próxima borrasca se cierne sobre nuestro país, hace más ostensible el vacío que deja entre nosotros. Presintiendo que se cerraba el ciclo de su fructífera existencia y leal a los principios que guiaron su diario trajinar de combatiente, a cada momento nos insistía en proseguir en la pelea, a marchar siempre adelante, que la crisis de la sociedad colombiana no puede tener otra solución que el triunfo total y completo de los sojuzgados y perseguidos. En el mensaje que nos enviara a Pereira nos alertó en que, ante las graves dificultades de la hora, los revolucionarios habremos de perseverar en la lucha contra la escalada represiva, sin claudicar ante nada. José vislumbró que las condiciones adversas tendrán que cambiar y que el pueblo colombiano, después de tanto sufrir y batallar, encontrará al fin su destino. A quienes le conocimos, le seguimos y le amamos nos corresponde trabajar incansablemente hasta hacer realidad lo que fuera el motivo capital de todos sus desvelos; la victoria de la revolución colombiana.

Compañero José Jaramillo Giraldo: esta mañana, cuando te vimos metido en tu cadáver de capitán valiente, al lado de la incomparable Solita, de tus hijos Rubén, Luz, Gloria, Patricia, Leonardo, Manuel Augusto, y rodeado de los hombres y mujeres de tu patria, nos inclinamos para recoger tu último mensaje y transmitirlo a los cuatro vientos. Ahora eres parte de la historia, has sumado tu voz a la voz de los volcanes, para seguir clamando, junto a los inmortales, por la grandeza y el progreso de los pueblos.

«EL REY LEAR» DEL TLB

El Rey Lear del Teatro Libre de Bogotá logra expresar toda la intensidad de la dramaturgia de Shakespeare. En la gráfica, de izquierda a derecha,los actores Fernando Uribe (Duque de Albania), Patricia Méndez (Gonerila), Jorge Plata (Rey Lear) y César Mora (El Bufón), en una escena de la pieza dirigida por Ricardo Camacho y Germán Moure, que estará de nuevo en temporada en el Teatro Colón de Bogotá entre el 1º y el 10 de febrero próximos.

LAS CALAMIDADES NATURALES, OTRO YUGO PARA EL PUEBLO

Más de mil muertos, alrededor de 80.000 damnificados, miles de viviendas abiertas por el agua y destrozos incalculables en la agricultura y en la ganadería, es el saldo trágico que dejaron en todo el país los desastres naturales y la imprevisión y desidia del gobierno.

La calamidad ocurrida en El Playón (departamento de Santander) el domingo 25 de noviembre, ocasionó la muerte a más de 200 personas, la desaparición de otras y la destrucción por completo de todo el poblado bajo toneladas de lodo.

Ya para los primeros días del mes de noviembre, los daños producidos por el invierno eran considerables. El desbordamiento del río Otún, en Pereira, había originado diez víctimas mortales y averiado seriamente las casas de numerosas familias de campesinos pobres de las veredas de San José y El Cedral, lo mismo que de los barrios humildes de San Judas y Santa Helena. Miles de hectáreas de la Costa Atlántica se encontraban inundadas, causando la pérdida de los cultivos. En Bogotá, 50.000 habitantes de los barrios populares de Patio Bonito, Saucedal, Tocarema, Tunjuelito, Tayrona, Meissen, y otros más, veían impotentes cómo las aguas sucias y contaminadas de los ríos Bogotá y Tunjuelito penetraban en sus moradas, obligándolos a abandonarlas junto con sus pertenencias. A los residentes de modestas construcciones en muchas otras ciudades y municipios en todo el país, les ocurría otro tanto. La mayoría de las carreteras presentaron grandes derrumbes, y el río Magdalena repetía los estragos de años anteriores, destruyendo poblados, arrasando con animales y cultivos y dejando en la miseria a miles de pobladores de sus riberas.

A mediados de ese mismo mes, las pérdidas de vidas humanas llegaban a varias decenas y la situación se iba agravando con el correr de los días, mientras se intensificaban las lluvias. En la región del bajo Magdalena y Cauca las inundaciones habían afectado a Cantagallo, San Pablo, Sitio Nuevo, Bijagual, Tamalameque y demás pueblos de esa vasta zona. Magangué volvía a sufrir los enormes perjuicios de los inviernos de 1973 a 1977, pese a que los gobiernos de turno, junto con una misión holandesa, habían prometido en varias ocasiones darles solución definitiva a los problemas que causaba el río Magdalena. Sin embargo, sólo construyeron una débil red de jarillones de escaso espesor. Además de poner en peligro a la población por su debilidad, estos muros, dada su construcción anti-técnica, impiden que las aguas que caen sobre las ciénagas puedan salir al río, represándolas y anegando con cada aguacero los barrios y corregimientos de los alrededores.

La irresponsabilidad del gobierno
Pese a las amargas experiencias de años anteriores, y a que desde hace tiempo se ha solicitado insistentemente el dragado de los ríos, la corrección de sus cauces y la construcción de obras de defensa para evitar los desbordamientos de las aguas, el gobierno poco o nada ha hecho al respecto. Fue necesario que pasara mes y medio de invierno, que cientos de miles de damnificados padecieran los rigores de la falta de techo, sufrieran hambre y frío y fueran víctimas de enfermedades de origen hídrico, que el río Playón arrasara por completo con el poblado que lleva su nombre, y que el número de muertos llegara a las centenas, para que el señor Turbay se atreviera, ¡Oh irrisión!, a crear un inoperante nido burocrático más con el nombre de “Comité Nacional de Emergencia”.

Los insuficientes fondos que maneja este Comité solo han servido para que ciertos gamonales, como el representante Escrucería, de Nariño, retengan las cédulas de algunos beneficiados, cambiando chucherías por votos, y para que doña Nidia de Turbay haga una gira demagógica por las zonas de desastre haciéndose retratar de vez en cuando con un niño famélico entre sus brazos.

La desidia mostrada por el gobierno nacional, ante la tragedia del pueblo, también se hizo presente en el Distrito Especial de Bogotá. Mientras miles de familias son amontonadas en escuelas y padecen toda clase de incomodidades, y otros cientos de miles se debaten entre las aguas fétidas de los desbordados ríos Bogotá y Tunjuelito, que mezcladas con las de las alcantarillas producen brotes de epidemias de tifo, sarampión, hepatitis, gastroenteritis y disentería, el señor Durán Dussán, alcalde de Bogotá, hace las siguientes declaraciones: “No todo es malo por las lluvias. Se puede observar ahora una ciudad inundada pero más limpia”. (El Tiempo, octubre 30 de 1979).

Terremoto en el sur-occidente
Pero los desastres no habían terminado para el pueblo. El 12 de diciembre, un maremoto asoló la costa sur-occidental del país, dejando medio millar de muertos, alrededor de 150.000 damnificados y muchos pueblos en ruinas.

Los poblados de El Charro y San Juan, habitados por pescadores, campesinos y trabajadores de aserríos, desaparecieron barridos por la onda sísmica y las gigantescas olas provocadas por el maremoto. Tumaco, segundo puerto en importancia de Colombia sobre el Pacífico, fue devastado en gran parte, e Iscuandé y Guapi sufrieron inmensos daños.

Los 200.000 habitantes de esta región que tradicionalmente han vivido en la mayor indigencia, olvidados por todos los gobiernos, se ven en la actualidad enfrentados a peores contingencias. Además de la carencia de los más elementales servicios de educación, salud, agua potable, energía eléctrica, alcantarillado y vías de comunicaciones a que están sometidos, se les ha agregado la pérdida de sus míseros techos, la escasez de alimentos y la falta de drogas para contrarrestar las epidemias.

El pueblo colombiano, que año tras año se ve abocado a toda clase de calamidades, abandonado por quienes detentan el Poder, sabe que sus padecimientos sólo tendrán alivio cuando el gobierno esté en sus manos. Mientras tanto, las localidades afectadas serán escenario de las protestas de las masas que exigirán remedio a sus males y pondrán en la picota la desidia oficial.

EL FUP REAFIRMÓ PRINCIPIOS UNITARIOS

Con vigoroso entusiasmo revolucionario, aproximadamente ocho mil personas celebraron el pasado 29 de septiembre en Pereira el Tercer Foro del Frente por la Unidad del Pueblo, FUP. Enormes banderas de ANAPO, el MOIR y de la Democracia Popular, DP, se descolgaban desde el techo del coliseo Polideportivo, cuyas tribunas y cuyo escenario dieron abasto para albergar a los asistentes. Varias delegaciones tuvieron que permanecer afuera y desde allí escuchar las intervenciones. Una gigantesca pancarta detrás de la tarima principal, decía: «Contra el despotismo y el oportunismo: ¡Viva el II Foro Nacional del FUP!», en letras amarillas sobre fondo rojo.

En la tribuna principal se encontraban Jaime Piedrahita Cardona y su esposa Amparo de Piedrahita; Francisco Mosquera, secretario general del MOIR, y Miguel Gamboa, secretario político de la DP, quienes integraron la mesa directiva del encuentro. Los acompañaban Álvaro Bernal Segura, Otto Ñañez y Hernando Franco, del Comando Nacional del FUP; Froylán Rivera, presidente de la DP; Marcelo Torres, dirigente nacional del MOIR, Germán López, líder de ANAPO de Bolívar; Luis Enrique Arango y Aurelio Suárez dirigentes del MOIR en Risaralda y Rodrigo González, dirigente regional de la DP.

El evento se inició a las 7 de la noche cuando las delegaciones, provenientes de todos los rincones del país, entonaron el Himno Nacional. Enseguida se leyó un emocionado y combativo saludo dirigido al Foro desde su lecho de enfermo por el compañero José Jaramillo Giraldo, quien falleciera el pasado 5 de noviembre. El mensaje fue recibido con un prolongando aplauso.
Gritos de alegría estallaron en las graderías cuando se anunció la libertad de los compañeros Oscar Gutiérrez y Mauricio Jaramillo, quienes permanecieron en las mazmorras del régimen durante varios meses.

La primera intervención del Foro la hizo el representante a la Cámara por la ANAPO y el FUP, compañero Álvaro Bernal Segura. Luego se dirigieron a los presentes Miguel Gamboa, Francisco Mosquera y Jaime Piedrahita Cardona. Para finalizar, Luis Enrique Arango, coordinador del Comité Departamental del FUP en Risaralda, leyó la declaración política del III Foro cuyos principios revolucionarios y democráticos fueron aclamados por todos los delegados.

UNA LECCIÓN PARA APRENDER DE LOS OBREROS TUMAQUEÑOS

En el extremo sur-occidental del departamento de Nariño, a orillas de la bahía de Tumaco, un puerto de 100 mil habitantes que acaba de sufrir ingentes pérdidas por el terremoto del pasado 12 de diciembre, están ubicadas las instalaciones principales de una de as empresas madereras más grandes del país.

Fundada en 1955 por un grupo de industriales colombianos que terminó declarándose en quiebra 8 años después, la factoría que hoy se conoce con el nombre de Maderas y Chapas de Nariño fue adquirida a finales de 1967 por la Potlach Forests Inc., a un costo de 120 millones de pesos, después de una oscura transacción financiera con otro consorcio multinacional que había comprado los pasivos de la fábrica en 1963.

Los magnates de la Potlach recuperaron con creces el capital inicial que habían invertido y remitieron a la metrópoli millones de dólares en ganancias. Posteriormente vendieron las acciones de la compañía a una sociedad colombo-norteamericana conformada por Jack Simplot, acaudalado hombre de negocios, y Oliverio Phillips Michelsen, pariente cercano del ex presidente Alfonso López. Los nuevos propietarios saquearon una buena parte de los recursos forestales de la Costa del Pacífico, estafaron al fisco durante años sucesivos y amasaron una fortuna muy jugosa con el sudor de medio millar de asalariados tumaqueños, hasta cuando la situación cambió para los unos y los otros, intempestivamente, en la madrugada del 9 de agosto de 1977.

Ese día, 580 trabajadores burlaron la vigilancia de la fuerza pública y ocuparon los talleres, las bodegas, los depósitos de materia prima y todos los edificios de la empresa. Un obrero de la planta de triples, relata: “Llevábamos siete meses peleando con los patronos para que nos pagaran 14 semanas de salarios atrasados que nos debían, sin contar las horas extras, las primas, las prestaciones sociales y eso que llaman ahora los intereses a las cesantías. Habíamos hecho paros, huelgas, desfiles y manifestaciones de protesta sin que el gobierno tomara cartas en el asunto. Una mañana amanecimos con la noticia de que los dueños se habían ido de Tumaco sin cancelarnos la deuda. Entonces resolvimos tomarnos la fabrica, apoderarnos de la maquinaria y poner esta vaina a producir para nosotros mismos”.

Hoy, al cabo de dos años y medio, con el único apoyo de su propio esfuerzo y sin ayuda oficial, los proletarios de Maderas y Chapas de Nariño todavía se mantienen en sus puestos de trabajo. Para ellos han sido 28 meses de trabajos continuos de una lucha larga y difícil. Una lucha cuyos orígenes se remontan a 1963, cuando los yanquis sacaban de la selva tumaqueña las primeras trozas de cuángare, y que aún no ha terminado.

Los iniciadores del negocio
Poco tiempo después de que la Potlach Forest Inc, se estableciera en el puerto de Tumaco, algunos dirigentes sindicales denunciaron que los abogados de la compañía habían sobornado a las altas esferas del Inderena para conseguir una concesión forestal de 143 mil hectáreas, sobre los ríos Mira y El Jagua; en una región que abarca inmensas extensiones de tierra en varios municipios del departamento. El Ministerio de Agricultura, como era de esperarse, se apresuró a negar rotundamente el hecho. Lo cierto fue que el 17 de octubre de1969 se descubrió que dos encumbrados funcionarios públicos habían recibido un cheque irregular por 327.795 pesos, y que el día 23 del mismo mes se acordaron los términos del decreto que adjudicaba a la empresa una superficie de bosques naturales equivalente al 4.6% del territorio de Nariño.

La maniobra despojó de sus parcelas a centenares de pequeños propietarios, indígenas y campesinos, que cultivaban sus fundos en calidad de colonos independientes. Los que se oponían a dejar sus campos de labranza eran expulsados de ellos a la fuerza; los que se quedaban tenían que alquilarse por temporadas, mano de obra barata para los intermediarios de la compañía. Esta última aumentó sus ingresos hasta el punto de que pudo acaparar dos años más tarde la mayoría de las acciones de Aserríos Iberia Ltda., que detentaba a su vez otra concesión de 72 mil hectáreas sobre las riberas del bajo Patía. Las dos factorías asociadas ampliaron su capacidad de producción y llegaron a convertirse en la fuente de empleo más importante de la zona. Alrededor de 800 familias trabajadoras dependían directamente de los salarios que se pagaban todas las quincenas en las ventanilla de la administración, y un número muy grande de corteros, balseros, estibadores y contratistas laboraban a destajo para sus amos norteamericanos, hundidos hasta las rodillas en los guandales de la manigua por miserables jornales de simple subsistencia.

Una idea aproximada de la explotación a que estaban sometidos estos esclavos del monopolio imperialista se puede deducir de los siguientes datos. A los “nativos”, como se les dice despectivamente a los hombres que se internan en la selva con sus mujeres y sus hijos, durante semanas enteras, para talar los árboles del bosque y arrastrarlos hasta las vegas de los grandes ríos, la empresa les compraba las trozas a razón de 80 centavos el pie tablar. Este mismo pie tablar transformado en pie cúbico y enviado a los mercados extranjeros era vendido en dólares por el equivalente a 22 pesos. Una investigación realizada en 1977 demostró que Maderas y Chapas de Nariño exportaba un promedio de 5 millones de pies cúbicos de madera el año, y que la casa matriz de los Estados Unidos, durante el tiempo que operó en Tumaco, recibió dividendos por un valor cercano a los 1.190 millones de pesos colombianos.

Por otra parte, la deforestación criminal de la compañía contribuyó de manera decisiva a que las reservas maderables de la Costa del Pacífico, según estadísticas del Inderena, pasaran en pocos años de 2 millones 560 mil hectáreas a 843 mil, reduciéndose en un 68%. Enormes terrenos de bosques ricos en toda clase de especies fueron arrasados por los “winches” de la Potlach. Los obreros trabajaban en jornadas agotadoras por salarios de hambre y sus dirigentes eran perseguidos a la menor señal de insubordinación. Los dueños de pequeños y medianos aserríos, obligados a ganarse el pan en condiciones muy desventajosas, no podían competir con el poderío económico de los yanquis y tenían que enajenar sus medios tradicionales de vida al mejor postor. Un anciano cotero de los playones del Mira, que todavía recuerda las épocas en que “uno cogía mil quintales de corteza de mangle y los feria por dos centavos”, resumió los años de saqueo del consorcio norteamericano con estas palabras: “Lo que esos señores le dejaron a Tumaco, repartido entre 100 mil tumaqueños, no alcanza ni para comprarle una lata de sardinas a cada uno”.

Una estafa tras otra
En 1971, la Potlach Forest Inc, vendió sus pertenencias en Tumaco por una suma considerable de dinero y trasladó sus toldas fuera del territorio nacional. Sus años de pillaje en el departamento de Nariño habían sido más que provechosos para ella. Había contado con el apoyo incondicional de los gobiernos de Lleras Restrepo y de Pastrana y con la generosa colaboración de gamonales políticos, alcaldes, tinterillos, ministros, y otros funcionarios. Los impuestos que pagaba al Estado eran insignificantes. Y para completar el cuadro, las disposiciones que reglamentan la inversión extranjera en el país, le proporcionaron todos los instrumentos legales que necesitaba para escabullirse de Colombia, impunemente, después de haberse enriquecido a expensas de miles de compatriotas.

La nueva sociedad que se formó para adquirir la empresa estaba constituida por un accionista mayoritario de nacionalidad colombiana, Oliverio Phillips Michelsen, por el ciudadano norteamericano Jack Simplot, conocido en su tierra de origen por sus ejecutorias millonarias como agricultor y comerciante. Ambos personajes continuaron la tala indiscriminada de bosques y obtuvieron grandes beneficios; en un solo año, 1973, produjeron una cifra aproximada a los 17 mil metros cúbicos de triplex y exportaron a los Estados Unidos más de 61 mil toneladas de madera.

No pasó mucho tiempo, sin embargo, antes de que el primo del ex presidente Alfonso López, siguiendo una antigua tradición familiar, se dedicara a hacer de las suyas con los ingresos de la factoría. Envalentonado con el triunfo del Mandato Claro en las elecciones de 1974, Oliverio Phillips Michelsen incurrió en un largo historial de malos manejos administrativos, giró cheques sin respaldo por varios millones de pesos, se endeudó con bancos y corporaciones financieras y dilapidó los fondos de reserva, todo ello en complicidad con numerosos amigos y familiares enquistados en la nómina. Satíricamente, los tumaqueños cuentan que “eran tantos los conocidos y parientes que él nombraba en los cargos bien retribuidos de la compañía, que hasta el perro de su casa devengaba honorarios como celador”.

La consecuencia inmediata de semejante corruptela recayó sobre los hombros de 580 asalariados de Maderas y Chapas de Nariño, y de millares de campesinos corteros que laboraban por contrato en los puestos de compra o aprovechamiento de la empresa, hasta donde llegaban remontando la corriente de los ríos, una vez a la semana, los remolcadores venidos de Tumaco, para llevarse las balsas de virola, de sajo o de tangaré.

En el mes de agosto de 1976 el binomio Phillips Simplot ordenó destituir masivamente a los operarios de distintas secciones de la fábrica, y comenzó a retrasarse cada vez con más frecuencia en el pago de las trozas a los colonos. En septiembre dejó de cancelar salarios en las plantas de triplex y molduras, con una disputa diferente todas las quincenas, y al finalizar el año le estaba debiendo a los trabajadores 14 semanas completas de remuneración, sin tener en cuenta las primas, los seguros médicos, las horas extras y demás “abalorios y chucherías”, como el ex presidente López denominaba las prestaciones sociales de las clase obrera.

Una vez más, los verdaderos forjadores de la riqueza forestal de la costa del Pacífico habían caído en las redes del fraude. Pero en esta ocasión, al igual que en tantas otras regiones apartadas de Colombia durante el cuatrienio del Mandato Claro, la respuesta no se hizo esperar.

Primeros enfrentamientos
El 31 de enero de 1977, cuando ya se había vencido el plazo para el pago de los intereses a las cesantías, el proletariado maderero se lanzó a una huelga de 24 horas que terminó en desfiles callejeros de miles de manifestantes. Durante los meses de febrero, marzo y abril se desató una oleada de persecución patronal contra los dirigentes del paro. Muchos de ellos fueron despedidos con el consentimiento explícito del Ministerio de Trabajo y tuvieron que salir a buscar el sustento para sus familias en una ciudad como Tumaco, que ostenta uno de los índices de desocupación más altos del país, y en donde los capataces de la política liberal–conservadora acaparan las pocas oportunidades de empleo o las otorgan previo el “enganche” obligatorio del voto y con la entrega anticipada de la cédula de ciudadanía.

Mientras tanto, la paciencia de los trabajadores iba llegando al límite del agotamiento. El 27 de mayo se concentraron el campo de aviación, impidieron el aterrizaje de una nave comercial proveniente de Cali y programaron una nueva marcha para la semana siguiente; el régimen lopista incrementó los allanamientos y la detenciones contra los miembros más destacados del sindicato, pero el descontento de los desposeídos siguió creciendo en forma incontenible. El viernes 10 de junio se apoderaron por segunda vez del aeropuerto. Un avión de Satena que esperaba en plataforma no pudo despegar, y la pista de asfalto se pobló de troncos, piedras, llantas incendiadas y viviendas improvisadas en cartón que sirvieron de albergue a los obreros, a sus esposas y a sus hijos, durante cinco días consecutivos.

El sábado por la mañana las mujeres de los huelguistas recorrieron las calles del puerto haciendo reuniones en las casas y mítines en los sitios públicos, y en menos de 8 horas habían recogido entre la población toda la solidaridad necesaria para que sus compañeros continuaran en la lucha. El domingo 12 de junio una inmensa multitud se volcó sobre las vías de acceso al aeropuerto para respaldar a los combatientes de Maderas y Chapas de Nariño. El lunes 13 los estudiantes de bachillerato se adueñaron del Puente del Morro en violentos choques con el ejército, y en todo el casco urbano se comenzó a respirar una atmósfera de rebeldía que amenazaba con desbordarse de un momento a otro. El gobernador del departamento destituyó entonces al alcalde para reemplazarlo por un comandante militar, cuyo primer decreto fue la implantación del toque de queda a partir de las 6 de la tarde, sin que la medida lograra detener las movilizaciones de protesta en los barrios populares. Por último, el martes 14 de junio al anochecer, una avioneta oficial aterrizó en Tumaco con cinco millones de pesos que solamente en parte mínima podían cubrir las acreencias de los asalariados.

Jack Simplot y Oliverio Phillips Michelsen abandonaron las instalaciones de la fábrica algunas semanas después, cuando aún le estaban debiendo a los trabajadores una suma que en la actualidad se eleva a más de 130 millones de pesos. Con los corteros independientes, que talaban los árboles del monte destroncando las riberas de los ríos hasta la frontera con el Ecuador, también habían contraído obligaciones cuantiosas. En cuotas al Instituto Colombiano de Seguros Sociales, en impuestos al municipio, en regalías al Inderena, en créditos con bancos privados y estatales y en decenas de contratos más, los protegidos del “Hijo del Ejecutivo” quedaron con un saldo en rojo que en total asciende a 335 millones de pesos y que todavía hoy se han negado a cancelar. Lo cual no ha sido obstáculo para que a Oliverio Phillips Michelsen se le haya premiado con la presidencia de la Corporación Nacional de Investigación y Fomento Forestal (CONIF), una guarida de burócratas supuestamente encargada de la reforestación de bosques naturales, pero que en los últimos cuatro años no ha reforestado ni siquiera el 1% de las áreas desbastadas por los grandes monopolios madereros.

Una pelea que apenas comienza
Con el robo al proletariado de Madera y Chapas de Nariño y el cierre de la factoría, dos hechos que se consumaron con el visto bueno del gobierno de ese entonces, una tercera parte de la población laboriosa de Tumaco, que en una u otra forma dependía de la actividad de esta industria, perdió su fuente de ingresos y muchas personas se vieron abocadas a la ruina. Otra manera, no tan sencilla de conseguir un nuevo empleo, es buscar algún padrino dentro de las filas de la administración pública local, corrompida por un destacamento de caciques liberales y conservadores al servicio del Samuel Alberto Escrucería, el veterano parlamentario turbayista que entre las gentes del pueblo se conoce como el “Anastasio Somoza del imperio tumaqueño”. Pero los trabajadores no quisieron rebajarse a eso; por el contrario, el 9 de agosto de 1977 resolvieron traspasar las cercas de alambre que rodean los edificios de la empresa, tomarse los talleres de las oficinas, ocupar las plantas y la maquinaria y ponerlas a marchar bajo la dirección del sindicato.

Con un préstamo de 114 mil pesos que utilizaron para adquirir materia prima y solucionar otros problemas urgentes, los obreros hicieron funcionar los tornos, las prensas y rebordeadoras. Los campesinos corteros volvieron a empuñar el hacha en los lugares de aprovechamiento. Los remolcadores reiniciaron la navegación por las quebradas y los ríos arrastrando las balsas kilométricas de troncos engrapados. Se organizaron los horarios, se estipularon las normas de la disciplina y la repartición de utilidades, los “corrales” se llenaron otra vez de trozas y 580 operadores regresaron a sus puestos de trabajo. Hoy en día están produciendo un promedio mensual de 160 toneladas de triplex y 15 mil metro cúbicos de tabla rasa.

Al principio, la labor de los nuevos gestores de la empresa fue bloqueada por los antiguos propietarios mediante toda clase de intrigas y de sabotajes que contaron con la aprobación de las autoridades. Luego tuvieron que realizar nutridas manifestaciones de protesta para que la aduana de Tumaco les entregara unas lijas importadas sin las cuales no es posible el pulimento del triplex, y que por órdenes superiores se encontraban oxidándose al aire libre en los muelles del puerto. Algunos meses después, siguiendo indicaciones de Ecopetrol, la Texas Petroleum Company se negó a venderles el combustible que requerían para mover las calderas. El 18 de octubre de 1979 una resolución del Inderena les canceló el permiso para continuar la explotación de los bosques en una buena parte de las concesiones de la compañía. Y como si todo lo anterior no fuera suficiente, el terremoto del pasado 12 de diciembre dejó sin techo a la casi totalidad de los trabajadores y desniveló los gigantescos tornos que descortezan la madera. Ninguna de estas dificultades, sin embargo, ha conseguido detenerlos en su empeño de seguir hacia delante.

Recientemente, en una campaña demagógica destinada a demoler las conquistas que han alcanzado los obreros al cabo de 28 meses de esfuerzos y de sacrificios, el régimen turbayista les ha propuesto la constitución de una cooperativa para que sean ellos mismos los que acaben pagando las deudas de Jack Simplot y Oliverio Phillips. Con el señuelo de que la fábrica pasaría a ser propiedad de los asalariados, la iniciativa del gobierno pretende que éstos aporten sus propias acreencias como capital inicial, y que se comprometan a cancelar las demás obligaciones contraídas por los anteriores dueños en un plazo máximo de seis años.

Sobran las razones para demostrar que semejante propuesta solo busca legalizar la estafa y proteger a los estafadores, como ocurrió hace pocos años con los proletarios de las minas norteamericanas en las regiones auríferas de Antioquia y el Chocó. Una cooperativa controlada por funcionarios oficiosos del señor Turbay Ayala sólo puede conducir a la quiebra, al peculado o a la ruina. Los trabajadores madereros de Tumaco, que han luchado durante tantos años, contra sus opresores nacionales y extranjeros, sabrán eludir la trampa y persistir en el combate.

DECLARACIÓN POLÍTICA DEL III FORO DEL FUP

La realización del III Foro del Frente por la Unidad del Pueblo implica de por sí una importante victoria de las fuerzas revolucionarias de Colombia, llamada a ejercer considerable influencia en los acontecimientos políticos del inmediato futuro. Los integrantes del FUP venimos de librar exitosas batallas contra las tendencias oportunistas que, como salida para la conformación del frente, propugnan una línea de conciliación con las posiciones oligárquicas. A ello obedece que hubiéramos podido reestructurar nuestras agrupaciones partidarias y mantener un bloque unificado que a manera de polo de atracción contribuya eficazmente a encauzar las luchas y la rebeldía del pueblo en las críticas condiciones del momento. No exageramos pues al concluir desde ya que esta espléndida y oportuna cita revolucionaria en la ciudad de Pereira repercutirá positivamente a todo lo largo y ancho de la geografía patria, en bien de la causa de los explotados y sojuzgados.

Empezamos por proclamar nuestra inquebrantable resolución de robustecer el Frente, facilitando los acuerdos con las agrupaciones y personas preocupadas en la suerte del país y dispuestas a cooperar con nosotros en la brega por rescatar la nación de las garras de los monopolios, principalmente estadinenses, y de la minoría vendida que acolita el constante e inclemente saqueo de nuestras riquezas y recursos naturales. Nunca fue tan urgente la creación de una vasta alianza de los oprimidos para frenar los abusos inauditos de sus opresores como ahora, porque tampoco había sido tan honda la crisis de la economía colombiana ni tan deplorable la situación de las clases trabajadoras.

El desbarajuste es tal, que hasta las capas menos débiles de los productores nacionales, inclinados siempre a respaldar las más aberrante determinaciones oficiales han comenzado a tornar por las últimas medidas del gobierno. La política económica del régimen se ha venido convirtiendo en una inminente amenaza de ruina para los pequeños y medianos industriales y empresarios agrícolas, es decir, para los sectores no monopolistas de la producción colombiana que a pesar de sus notables contribuciones al desarrollo, cada día se ven más y más acorralados ante la competencia externa, los créditos especulativos y el encarecimiento de insumos y materias primas. Con la contratación de nuevos y cuantiosos préstamos a la banca internacional y con la liberación de importaciones, no sólo se festinarán las divisas acumuladas durante años, sino que se seguirá hipotecando la nación y creciendo el mercado del país al imperialismo. Desde luego que los más afectados por la expoliación de los grandes consorcios son los obreros y los campesinos, los cuales se hallan roídos por el hambre y la miseria, sometidos a los peores abusos de la violencia represiva y sin la mínima esperanza de aliviar sus sufrimientos mientras imperen las presentes relaciones sociales. Todo este proceso demuestra la veracidad de nuestras concepciones acerca del frente único de liberación nacional y la urgencia que tenemos de forjarlo. A la gesta emancipadora concurrirán con sus destacamentos de combate tanto las masas laboriosas de la ciudad y el campo, como el resto de clases y estamentos democráticos y patrióticos, incluidos los burgueses nacionales con contradicciones crecientes y agudas con los monopolios imperialistas y el Estado vendepatria.

Pero creemos firmemente que el frente, por el que trabajamos sin desmayo los integrantes del FUP, ha de tener en cuenta y sacarle todo el partido a la crisis que surge de las condiciones de dominación neocolonial del imperialismo norteamericano sobre Colombia, antes que minimizarla o tratar de esconderla. De una inconsecuencia infinita han sido los grupos políticos que dizque para crearle ambiente a la unidad, optan por silenciar la causa básica que la hará posible; el sometimiento del país a los intereses y dictados de Washington.

Las calamidades públicas y, en particular, el escalonamiento represivo, la preponderancia del militarismo, la reimplantación del estado de sitio, el Estatuto de Seguridad y toda esa pesadilla de allanamientos, torturas y crímenes mil, obedece en última instancia a la postración de la nación ante los amos de la superpotencia de Occidente.

Y ese cuadro tiende a agravarse. Por ello el frente irá aglutinando progresivamente a más vastos sectores populares, a la intelectualidad revolucionaria y también a los pequeños y medianos industriales y comerciantes. Cuanta más claridad hagamos de los factores verdaderos del caos reinante, más cerca estaremos de nuestros objetivos finales. Y no al contrario, como torpemente lo calcula la oposición oportunista.

Tenemos por delante una campaña electoral que habremos de aprovechar al máximo para educar al pueblo en las ideas de la revolución, organizarlo masivamente y apoyarlo con decisión en sus múltiples batallas por el pan, la libertad y demás peticiones esenciales. Manifestamos nuestra disposición a buscar acuerdos con todas las colectividades políticas, a nivel nacional o departamental, que deseen unificar esfuerzos con el FUP en los próximos comicios en torno a unos puntos mínimos revolucionarios.

Las alianzas electorales necesariamente coadyuvarán a abrirle paso al frente único. De ahí su importancia. Por eso pondremos especial énfasis en tales acuerdos, sin vetos de ninguna especie, y abarcando obviamente a los grupos liberales y conservadores contrarios al régimen. Nuestras condiciones, lejos de ser excluyentes, despejan, en las circunstancias vigentes, el camino de la unidad del pueblo.

Recabamos un programa que recoja las más sentidas reivindicaciones económicas y políticas de las clases antiimperialista y nos oponemos a una plataforma reformista que en el fondo no puede ser más que el resumen almibarado de los planteamientos oligárquicos. Demandamos el respeto de los principios que deben regir las relaciones en pie de igualdad entre los aliados y el funcionamiento democrático de la alianza. Persistimos en el no alineamiento, o sea, que el frente no se matricule en la órbita de ningún Estado extranjero, y mucho menos en la de la Unión Soviética, como han insistido los dirigentes del Partido Comunista. En fin, las propuestas del FUP recogen las aspiraciones fundamentales del pueblo y la nación colombiana, garantizan la cohesión y el entendimiento entre las clases y fuerzas participantes de la unidad y proclaman categóricamente que la nueva república democrática y popular no sólo culminará la independencia del país del yugo norteamericano, sino que preservará la auténtica soberanía nacional contra cualquier otro intento de subyugación foránea.

Por lo demás, la difícil situación económica de las mayorías, por efecto de la inflación desbordada, el alto costo de la vida, los bajos salarios, etc., así como el recrudecimiento de la represión, colocarán a la orden del día las peleas de los explotados y oprimidos por mejores condiciones de vida y contra la militarización progresiva y cada una de las disposiciones despóticas. Expresamos la conveniencia de promover las acciones unitarias correspondientes que les permitan a las masas salir airosas de dichos combates, no obstante la escalada represiva y la completa negación de los derechos del pueblo. Preparemos las condiciones políticas para la gestación de un poderoso movimiento de protesta que le salga al paso al despotismo y permita a la revolución tomar la iniciativa a un corto plazo.

Solidaricémonos con las luchas de los obreros por los aumentos de salarios y la defensa de sus sindicatos.

Respaldemos las asociaciones y ligas campesinas que combaten por recuperar su tierra hoy en manos de la tiránica y ociosa clase terrateniente.

Apoyemos las valerosas movilizaciones del estudiantado y de la juventud en general en pro de sus derechos y de la emancipación de la nación.

Unámonos con todos los que se atreven a enfrentar al imperialismo norteamericano, que de la unión de los de abajo depende la prosperidad y la grandeza de Colombia.

Frente por la Unidad del Pueblo
Pereira, septiembre 29 de 1979

«Las propuestas del FUP recogen las aspiraciones fundamentales del pueblo y la nación colombiana, garantizan la cohesión y el entendimiento entre las clases y fuerzas participantes de la unidad y proclaman categóricamente que la nueva república democrática y popular no sólo culminará la independencia del país del yugo norteamericano sino que preservará la auténtica soberanía nacional contra cualquier otro intento de subyugación foránea».

TERRORISMO OFICIAL CONTRA DIRECTIVOS SINDICALES

Gustavo Manjarrés, operario de locomotora de los Ferrocarriles, apareció muerto el pasado 7 de noviembre en la estación de Girardot, 58 días después de que fuera retenido en la base militar de Tolemaida. El cuerpo del trabajador mostraba claras señales de tortura. A las nueve de la noche, según testigos presenciales, cuatro camiones repletos de soldados cercaron la estación del ferrocarril y dejaron en un andén el cadáver de Manjarrés. Luego militarizaron la población para impedir las protestas de la ciudadanía.
Se conoció también que Marco Aurelio Romero, secretario general del Sindicato ferroviario en Girardot, permanece detenido en Tolemaida, a donde fue llevado el 25 de agosto. Romero presenta heridas en la cara y tiene quemaduras en los pies, al parecer causadas por un ácido.

Un comunicado suscrito por el Comité Regional de Solidaridad de Cundinamarca exigió en días pasados la inmediata libertad de Romero y reclamó del movimiento sindical una campaña enérgica para salvar su vida.

Protestas por asesinato
La Asociación Médica Sindical (ASMEDAS), presidida por Eduardo Arévalo Burgos realizó el 21 de noviembre una jornada de protesta en todo el país, para denunciar el asesinato del doctor Humberto Rodríguez, perpetrado el 10 de noviembre en Cali por el F-2. El profesional valluno descendía de una buseta en compañía de su anciana madre, cuando fue muerto a quemarropa.

Los médicos residentes e internos del hospital Universitario de Cali llevaron a cabo paros escalonados para exigir que el gobierno ponga término a los constantes atropellos contra el personal adscrito a los servicios de salud. Voceros de ANIR rebelaron que alrededor de 40 médicos han sido retenidos y torturados por el ejército en los últimos meses.

Militarizado Acueducto de Bogotá
En la madrugada del 27 de octubre, una patrulla de la policía dejó malherido en la Clínica Fray Bartolomé de las Casas a Gustavo Mejía, presidente del Sindicato del Acueducto de Bogotá.

La policía dijo que se trataba de un “accidente de tránsito”. Directivos del sindicato denunciaron, empero, que Gustavo Mejía ya había sido víctima de un primer “accidente”, cuando sujetos desconocidos lo agredieron a mediados de septiembre para quitarle una libreta de apuntes. A más de esto, el dirigente venía recibiendo llamadas telefónicas amenazantes.

El intento criminal hace parte de una escalada represiva que incluye el nombramiento de militares en cargos importantes de la empresa, el llamamiento de 45 trabajadores reservistas a servicio militar – incluidos directivos de Sintracueducto – y la militarización de las instalaciones.

Otro atentado
Alfredo Morales, presidente del Sindicato del Minhacienda, actualmente en huelga, denunció que en la mañana del 17 de noviembre y en el momento en que salía de su residencia, 12 matones le tendieron una emboscada, de la que solo pudo escapar ileso gracias al oportuno auxilio de los vecinos.

Según lo afirma el boletín difundido por Sintrha, el gobierno de Turbay busca aplastar con violencia el movimiento que adelanta los trabajadores de ese Ministerio.

Despotismo turbayista en Anchicayá
El régimen ha declarado la guerra al Sindicato de Trabajadores de Anchicayá, en el Valle. En los meses posteriores al cobarde asesinato del vicepresidente de la junta directiva, Manuel Salvador Montoya, perpetrado por agentes secretos a mediados de 1979, el ejército detuvo a Ángel M. Nazarith, Eliud Gómez, Rafael Rueda, Julio H. Mena, Héctor F. Vargas, José del C. Barreto y Bernabé Casas, directivos y activistas de la organización, a quienes se trasladó a un sitio de torturas llamado “La Remonta”. Allí los compañeros fueron sometidos a los castigos más salvajes. También fue detenida Elizabeth Caicedo, esposa de Eliud Gómez, un mes después de haber dado a luz.