ESTAMOS POR LA DERROTA DEL IMPERIALISMO NORTEAMERICANO Y POR PRESERVAR LA COMPLETA INDEPENDENCIA NACIONAL

Sobre el cruel y oscuro panorama de crisis y de miseria que ha ocasionado la oligarquía colombiana, campea la más brutal represión en todas sus manifestaciones. Desde el cerco a la lucha sindical, la limitación arbitraria de las alzas de salarios, la persecución contra todas las fuerzas que de una u otra manera luchan por el porvenir de Colombia, el acoso de las organizaciones campesinas de base y, últimamente en lo más grande de su brutalidad, la persecución a través del Estatuto de Seguridad, las torturas, la intimidación, todo eso porque de otra manera los planes de la oligarquía, que consisten en exprimir hasta la última gota de sudor del trabajo de nuestro pueblo, no se podrían cumplir. La represión como complemento de su programa económico, he allí el panorama al que nos enfrentamos, he allí la situación contra la que nos rebelamos.

En lo que va corrido del gobierno de Turbay, que ha sido un año largo, sumamente largo para el pueblo, han asomado las orejas del militarismo y la represión como símbolo de que la fementida democracia representativa es un embeleco. Se han venido trabando los engranajes con los cuales funciona el sistema de la oligarquía. Para ellos las cosas tampoco están buenas.

Antes de un temblor, las alimañas y los animales que viven en las cuevas bajo la tierra salen a la superficie. Eso es lo que está pasando en nuestro país. Si toda esa caterva repugnante que hoy campea en el Poder se quita las caretas y no tiene ningún escrúpulo en presentarse tal como es ante los ojos de todos los colombianos, eso indica que se ciernen sobre nuestra patria grandes estremecimientos. Sencillamente la descomposición social anuncia la revolución. Las instituciones con que se ha pretendido mostrar a Colombia como una maravilla democrática, dejaron de funcionar. Todo el aparato tiende a recargarse sobre una sola pieza, la pieza militar, que, a fuerza de ser usada, también se habrá de desgastar.

Pero a pesar de todas las medidas que se han tomado, nuestro pueblo ha luchado. Han continuado las huelgas obreras y los campesinos no se han detenido en su trabajo de organizarse. Crece y crece la inconformidad en todo el país. Nuestro pueblo es un pueblo muy grande. Todavía no se ha hecho ver. Podemos entonces seguir confiados hacia delante. El pueblo colombiano apenas comienza a escribir su historia. En lo que hemos conocido de sus luchas se ha descubierto lo rico de su veta democrática, patriótica y revolucionaria. Bien vale la pena explotar esta mina, llegando a más amplias masas populares. Tenemos algunos instrumentos para ello, contamos con la existencia misma de nuestros movimientos, contamos con un frente, una coalición revolucionaria, con un programa revolucionario. En esto nos diferenciamos de otras fuerzas que, de una u otra manera, tienen contradicciones con el gobierno. Nosotros no estamos silenciando la necesidad ni la inevitabilidad de la revolución colombiana. No nos hacemos ilusiones sobre ilusiones intermedias.

Cualquier colombiano con cuatro dedos de frente puede comprender que la crisis actual no tiene solución bajo el régimen que nos domina, que se necesita una transformación total y radical. No hemos aceptado por tanto las invitaciones que se nos han hecho a endulzar nuestro lenguaje, a mellarle la punta a nuestra lanza.

Algunas personas equivocadamente consideran que hoy la clave para unir a la inmensa mayoría de los colombianos está en que dejemos de hablar de la revolución. Para algunas personas, que no pueden ser muchas en este país, plantear la necesidad de un programa revolucionario, plantear la necesidad de una nueva Colombia democrática y popular, es algo que nos perjudica. Nosotros no compartimos esos cálculos. Consideramos que tenemos, por el contrario, que ir abriendo el derrotero, sin inquietarnos por las dificultades del momento. Sabemos que por el camino de la revolución avanzará la inmensa mayoría de los colombianos. Cualquier programa que no se proponga esa meta será un programa que podrá adornar la situación, si se quiere, que conseguirá en algún momento algunas expectativas, pero no será un programa acorde con la realidad nacional. Será un programa de soñadores, y quizás no de soñadores sino de vacilantes y de temerosos. Y el pueblo colombiano no merece una dirección así sino una dirección revolucionaria que se foguee en miles de combates. Por eso nuestra revolución no sólo se realiza bajo la consigna de la oposición al régimen, contra el despotismo, sino que también se realiza bajo la consigna del rechazo al oportunismo.

Predicamos el no alineamiento porque, como lo hemos dicho muchas veces, no sólo estamos por la derrota del imperialismo norteamericano sino por preservar la completa independencia nacional. Tenemos la decisión y el anhelo de desterrar de nuestro país no solo a quienes nos han explotado, a quienes desmembraron a Panamá, a quienes saquearon nuestro petróleo, a quienes han usurpado todo el trabajo nacional, sino también porque queremos un país verdaderamente libre. Por eso decidimos que estamos contra el imperialismo norteamericano pero también contra toda otra forma de dominación extranjera. Nuestro mensaje es el único que sinceramente se hilvana con los sentimientos de hasta el más humilde de los colombianos, que nunca querría ver que cambiemos una dominación por otra sino que lleguemos plenamente a la liberación, a la independencia y a la autodeterminación. Esa es la gran tarea del Frente por la Unidad del Pueblo.

JAIME PIEDRAHÍTA CARDONA: EL FUTURO SERÁ PROPICIO PARA LA GRAN REBELIÓN DE LOS EXPLOTADOS

Compañeras y compañeros:

Dije en mí declaración del 9 de julio de 1978, ante el deplorable espectáculo de muchos viejos y recientes sectores de la izquierda sumidos en una especie de congoja post-electoral – que abate invariablemente a los que toman las elecciones del régimen por lo que no son -, que los partidos integrantes del Frente por la Unidad del Pueblo nunca pretendimos transformaciones sustanciales de la sociedad colombiana mediante la lidia comicial. Lo había dicho ya en algunas de mis intervenciones televisadas de la campaña eleccionaria y repetido en un sinnúmero de discursos pronunciados ante nutridas manifestaciones y hasta en los gratos intercambios de impresiones habidos en pequeñas reuniones con gentes de mi pueblo.

La vida ha aclarado a fondo entre nuestros destacamentos la fundamental cuestión de que debido a que el enemigo concentra una desproporcionada superioridad de fuerzas con respecto a las agrupaciones políticas populares, lo habitual es que en la lucha electoral los partidos revolucionarios permanezcan en minoría.

Lo que no nos impidió ni nos impedirá extender y acrecentar nuestros efectivos, ni ser concientes de que nuestro papel actual consiste en acumular fuerzas y aguardar la coyuntura favorable a la revolución. Mi candidatura en las pasadas elecciones, símbolo del repudio airado de patriotas, demócratas y revolucionarios a la iniquidad imperante en el país, no tuvo otro sentido que contribuir a este objetivo.

Así, durante un año recorrimos la geografía patria propagando las ideas de la revolución, promoviendo la unidad de las masas populares contra sus seculares enemigos, adelantando entre cientos de miles de obreros, campesinos y capas medias de la población la firme esperanza en la conquista de una nueva Colombia libre de amos extranjeros y déspotas traidores, sobre todo, echamos las bases para la construcción del frente único de liberación nacional.

Hoy, al pasar revista a nuestras fuerzas el balance es altamente satisfactorio; el multitudinario contingente de combatientes populares venidos de los cuatro puntos cardinales del país a Pereira nos dice que el Frente por la Unidad del Pueblo empieza a echar raíces entre las masas de obreros y campesinos. La determinación de luchar hasta el fin, la abnegación y el entusiasmo que ustedes, compañeros, traen a este Foro son la mejor garantía de que poco a poco nos ganaremos el inmenso corazón del pueblo y de que nos sea otorgado por oprimidos y desarrapados el supremo honor de ser sus abanderados y adalides. No puedo menos que expresar mi gran reconocimiento a mis excelentes compañeros, los respectivos dirigentes máximos del MOIR y de la Democracia Popular. Particularmente valioso y decisivo ha resultado, a mi juicio, el papel desempeñado en este proceso por ese joven y lúcido jefe que es Francisco Mosquera.

Conviene también, a la hora de iniciar el nuevo tramo de nuestra brega, recalcar que el programa con que se fundó el Frente – que refrendará esta reunión – es el programa de la revolución colombiana. Insisto, entonces y ahora, en que la deseable unidad de las fuerzas contrarias al régimen tuviera como base el reconocimiento explícito de los intereses vitales de la nación y el pueblo. Sabido es que las fuerzas de izquierda no pudieron concurrir unidas al pasado debate electoral por el empecinamiento del Partido Comunista, que naturalmente rechazamos, de alinear el Frente.

Acontecimiento tan importante como la decisión de la cumbre del Movimiento de los Países no Alineados, realizada en la Habana en días pasados, demuestra que lo que está en juego en esta materia no es asunto de poca monta.

La preocupación de los No Alineados, por mantenerse equidistantes de los dos bloques mundiales muestra a las claras la tendencia universal que predomina en los pueblos del Tercer Mundo: impulsar la lucha por la liberación nacional del yugo extranjero y por el mantenimiento de su independencia estatal.

Debo empezar mis consideraciones sobre la situación nacional diciendo que el controvertido triunfo electoral de Turbay Ayala como presidente de la República significó el acentuamiento de las crisis del régimen bipartidista.

Que así sucedería lo advertimos con anticipación; verdad que para pronosticarlo bastaba con reparar en la innegable tendencia al deterioro del aparato institucional montado por la oligarquía de los dos partidos en 1957, cuyas manifestaciones son visibles en la vida diaria desde tiempo atrás. En solo su primer año de gobierno Turbay ha cometido tantos actos de bandidaje contra el país, tantas y tan horrendas tropelías contra la gente sencilla que, comparados con él, todos sus predecesores se quedaron indudablemente cortos. Dolencias colombianas tan crónicas como el hambre, la miseria, el desempleo, la falta de vivienda, de asistencia médica, de servicios públicos, de educación y cultura se han extendido y, aún más, exacerbado.

Opinan algunos que para conjurar la avalancha represiva es preciso salir por los fueros de la Constitución, las leyes y las instituciones que de ellas se derivan. Que el peligro para las libertades y derechos de los colombianos lo encarna Camacho Leyva, pero no Turbay Ayala. Que el Congreso, la justicia ordinaria y el gobierno civil son otros tantos escudos protectores contra la arbitrariedad de los cuarteles. Los autores de la propuesta, el Partido Comunista, “Firmes” y sus amigos, cuando algunos voceros del gobierno los tildaron de subversivos con ocasión del Foro por la defensa de los Derechos Humanos, se ahogaron en protestas de fidelidad a las instituciones republicanas. Tan curiosas apreciaciones no llamarían la atención si no fuera porque amenazan con confundir a las masas en un momento crucial como el que vivimos. A mi entender, decirle al pueblo que defienda la democracia de los grandes capitalista y terratenientes es pedirles a los esclavos que le canten a sus propias cadenas. En Colombia, que no es un estado independiente sino una parte del traspatio yanqui, que no es una república popular sino una república oligárquica, ¿qué derechos pueden tener las amplias mayorías?

El derecho a la vida es aquí la opulencia y el derroche de la aristocracia de las finanzas y el latifundio; la miseria, el hambre, la desnutrición y las privaciones para el grueso del pueblo.

El derecho de reunión significa que los edificios públicos, las avenidas y plazas, amén de los clubes y palacios privados, están a disposición de los partidos, gremios y círculos de la casta dominante y que si el populacho quiere reunirse debe desafiar bayonetas y metralla en la calle o arriesgarse a que sus concentraciones en recinto cerrado caigan bajo la férula inquisidora del Estatuto de Seguridad.

El derecho al trabajo es para los poseedores la libertad de explotar obreros y siervos; para los desposeídos, el cautiverio asalariado cuanto no el desempleo y la indigencia.

El derecho de organización es la omnipotencia de los monopolios y conglomerados financieros, y la hostilización, la persecución y la congelaciones de los fondos de las organizaciones obreras y campesinas, cuando no su ilegalización y destrucción.

El derecho de huelga equivale a la prerrogativa que tienen los potentados de presionar y amenazar al gobierno siempre que lo exijan sus rapaces intereses; para la clase obrera se reduce a la batalla contra la voracidad de los explotadores en la que los huelguistas se jueguen el pan de sus familias, la existencia de sus organizaciones, su libertad y hasta sus propias vidas.

La libertad de expresión, mordaza y censura cuando la quiere ejercer el pueblo, es también cumplida servidora de los poderes económicos dominantes, que a través de la gran prensa, la radio, la televisión, la educación y la cultura, difunden la sumisión ante el imperialismo norteamericano y el oscurantismo.

La libertad de sufragio tipifica una de las más comprimidas instituciones políticas; en la práctica es la compra de votos, la coacción sobre los empleados públicos por parte de las maquinarias de los partidos tradicionales, el fraude electoral y, sobre todo, la lucha desproporcionadamente desigual entre los partidos que detentan el poder y las fuerzas que combaten el régimen.

Tal la tramposa democracia que algunos sectores de a izquierda nos llaman a apuntalar, en la creencia de que ante la amenaza de la dictadura militar el pueblo va a correr a defender al gobierno civil, que es la dictadura camuflada de la oligarquía. El dilema planteado por los participantes del Foro de los derechos Humanos es, por tanto, un falso dilema. Con o sin rogativas constitucionales, con gobierno civil o sin él, la única perspectiva cierta del régimen es su revolución acelerada hacia el fascismo y la generalización de la violencia contra el pueblo. ¿No dijo categóricamente Camacho Leyva que Pinochet había sido la solución de Chile? ¿Y el mismo Turbay no declaró para la prensa extranjera, que el golpe militar en Uruguay se justifica porque el gobierno civil fue incapaz de mantener la paz? El verdadero dilema estriba en si aquí también, en Colombia, el pueblo será desarmado ideológicamente y marchará inerme al sacrificio, como en Chile, o si, a la inversa, tomará conciencia, se unirá para enfrentar la embestida terrorista oficial que, pese a todo, apenas comienza.

Nos uniremos con todo partido, grupo o personalidad que quiera contribuir conjuntamente con el Frente por la Unidad del Pueblo, a que las masas dispongan su ánimo y se movilicen al combate, aglutinadas por un programa revolucionario.

Combatiremos la pretensión de propalar a tambor batiente la propaganda del enemigo en el campamento de la revolución. Delante nuestro tenemos la histórica tarea de desentrañar, en el seno mismo de las masas, que la democracia colombiana es la dictadura de la minoría plutocrática contra las mayorías trabajadoras.

El curso entero del movimiento revolucionario colombiano depende del desenlace de tan trascendente labor esclarecedora; si el vocerío en defensa de las instituciones lograra hacer carrera, serían imponderables los males que sobrevendrían para el país; aletargado el ímpetu de los oprimidos, se alejaría enormemente la proximidad de la revolución.

Si, al contrario, las masas, convencidas por su propia experiencia, abrazan el programa nacional y democrático de liberación nacional y revolución agraria, la unidad del pueblo se abrirá paso y el triunfo de la sublevación popular estará asegurado. Por fortuna, no es difícil darse cuenta de que Colombia marcha hacia el colapso y el desbarajuste total; que en tiempos de crisis los pueblos avanzan a grandes zancadas y aprenden en meses y aun en días lo que antes no asimilaron en años e inclusive en décadas. El futuro cercano, propicio para la gran rebelión de los explotados, sólo podrá ser aprovechado a fondo a condición de que hoy afrontemos a pie firme la ventisca de los conciliadores y avancemos en medio de la temporal oscuridad, seguros de la victoria final.

LAS BATALLAS POR LAS LIBERTADES PÚBLICAS TIENEN QUE DESTRUIR Y NO FOMENTAR LAS ILUSIONES EN LOS REMIENDOS AL ORDEN JURÍDICO

Francisco Mosquera

Queridos compañeros:

Desde el II Foro del FUP a hoy han transcurrido dos años largos. En muy contados lapsos de nuestra vida revolucionaria hubimos de afrontar problemas tan agudos como en éste. Pero jamás fueron tan aleccionadoras las experiencias, al comprobar una vez más que sólo con una posición de principios conseguiremos, ante los peores aprietos, salir avantes en la magna empresa de contribuir a la emancipación del pueblo y a la salvación de Colombia. Nuestros tropiezos se los debemos a la combinación singular de dos fenómenos bastante contundentes; la fascistización acelerada del régimen y el desencadenamiento del chubasco reformista. A medida que la minoría opresora destila su crueldad para las masas, el oportunismo busca embriagarlas con las prédicas de la perdida fe en las instituciones republicanas oligárquicas. Con la disculpa de resistir a la creciente influencia de los militares en las determinaciones del Estado, optan por reivindicar la vieja democracia antipopular y vendepatria de la coalición burgués-terrateniente pro imperialista.

Mientras el gobierno, zarandeado por la crisis, se inclina a imitar el comportamiento de sus colegas, los gorilas del Continente, la oposición lo reconviene a que coja de modelo aun cuando fuese la administración de Misael Pastrana. Las insolencias oficiales se contestan con plegarias para que los desaforados de San Carlos recobren la sensatez. Por cada atropello se devuelve un cumplido, por cada culatazo una flor. He ahí el telón de fondo de la política colombiana en los últimos dos años. Entre el fuego cruzado de los aparatos represivos y de las contracorrientes liberalizantes hemos llevado a cabo las actividades partidarias, a partir de la fecha en que, en Bogotá, decidimos proclamar la candidatura de Jaime Piedrahita Cardona y aprovechar los comicios de 1978 para difundir el programa de la revolución e ir vinculándonos a los más amplios estratos populares. Interpretando cabalmente dicha circunstancia este III Foro del Frente por la Unidad del Pueblo lo convocamos bajo los auspicios de la lucha contra el despotismo y el oportunismo.

Enormes inconvenientes hemos tenido a causa de ambos factores. La conculcación sistemática de las libertades públicas y el terror ocasionado por la lluvia de decretos coercitivos y por indescriptibles vejámenes con que las Fuerzas Armadas avasallan a las mayorías laboriosas, anulan casi por completo la acción de nuestros partidos. Durante la campaña electoral soportamos abiertamente las prohibiciones de gobernadores y alcaldes, cuando no ese sabotaje menudo de las pequeñas trabas, de las dilaciones y los trámites sin fin, que terminan impidiendo de plano el ejercicio de los derechos de reunión y movilización. Con el restablecimiento del estado de sitio y de sus recurrentes disposiciones intimidatorias, nuestros cuadros y activistas que atienden labores de agitación y propaganda, culminan casi siempre en las celdas de las brigadas y sometidos a los más humillantes y brutales tratamientos. Por decenas y centenas contamos los compañeros de los sindicatos, de las asociaciones campesinas y del estudiantado que han purgado o purgan en las cárceles su amor a la nación colombiana y su lealtad a la causa de los explotados y oprimidos. En forma por demás procaz e inaudita, el ministro de Justicia ha retado al país para que se le señale “un solo ejemplo en el territorio nacional” sobre una “manifestación de orden sindical que se haya reprimido en Colombia” con el Estatuto de Seguridad 1. Pues bien, nos encontramos reunidos muchos delegados procedentes de capitales de departamento, poblaciones intermedias y aldeas apartadas y todos estamos en condiciones de destruir las imposturas gubernamentales, no con uno, sino con miles de casos concretos confirmatorios de que el odiado Estatuto sirve antes que nada para afianzar la superexplotación de los obreros y los campesinos, apresando a sus dirigentes más acuciosos y rompiendo sus organizaciones de masas.

Aquí, entre nosotros, ya se halla afortunadamente Oscar Gutiérrez, rodeado por el afecto de sus camaradas y amigos, a quien un consejo verbal de guerra obligó a pagar un año en presidio, luego de sindicarlo de infringir uno de los artículos del susodicho decreto, el que se refiere a la obstrucción de las vías. Ese fue el subterfugio. El motivo real consistió en que Oscar, junto a varios afiliados del Sindicato Nacional de Trabajadores Agrícolas, encabezó en Chinchiná un mitin de recolectores de café y repartió una chapola en la que se demandaba por parte de estos el aumento de 2.80 a 5 pesos por kilo recogido. Imperdonable impertinencia, gravísima osadía que los esclavos sin pan se atrevan a perturbar la bonanza del club de exportadores y de potentados de la Federación de Cafeteros, que se dan la gran vida a costa de la hambruna y los padecimientos de los insustituibles productores de la riqueza. Y a los ausentes, los que no pudieron asistir a esta magnifica concentración, también les sobran testimonios para desmentir al ministro y al gabinete entero. Mauricio Jaramillo, secretario regional del MOIR en Boyacá, ha completado más de siete meses detenido en la penitenciaria de El Barne, por cuenta de la justicia penal militar. El hecho de que solo después de tanto tiempo se le haya revocado, hace cinco días, el auto de detención, por carecer de fundamento, nos indica que contra nuestro camarada se urdió una iniquidad monstruosa. Lo que se quiso castigar en Mauricio no fueron actos aventureros de ninguna índole, como lo propalara calumniosamente el periódico de los Santos, sino sus tesoneros esfuerzos por organizar y orientar al pueblo boyacense y especialmente a los campesinos famélicos de esas tierras ubérrimas. La razón inconfesable de su detención estriba en que el gamonalato de Miraflores, representado por el propio gobernador Perico Cárdenas, ha resuelto sacar a viva fuerza el coco del MOIR, que comenzó a aparecer por sus vicarías electorales esparciendo extrañas ideas de que Colombia debe ser libre y soberana y de que los latifundios incultivados han de entregarse a quienes los trabajen.

Me haría interminable si enumerara la lista cada hora más extensa de los desafueros y atrocidades perpetrados por la coalición liberal-conservadora a través de los diversos instrumentos de su poder dictatorial. Además de las combativas huestes del FUP, han sido pasto del suplicio todos aquellos que con uno u otro lema se atrevieron a arrostrar la cólera de los manipuladores de turno de la vetusta República.

Por el contrario, son las autoridades las que no han rebatido las denuncias publicadas dentro y fuera del país referentes a que en Colombia se utiliza la tortura para substanciar los sumarios y comprometer a los procesados políticos, no obstante los múltiples malabares y declaraciones por desbastar la fundada impugnación de sus críticos. Con la revolución nicaragüense los memos del turbayismo quisieron ganar indulgencias con avemarías ajenas. Posaron, junto al señor Carter, de demócratas virginales, cuando hasta los contados gobiernos civiles de la América neocolonial, sin exceptuar el colombiano, echan mano de los métodos predilectos de las satrapías militares del Hemisferio. A pesar de las elecciones, del Parlamento, de la Corte Suprema, de la Procuraduría, es decir, de todo el andamiaje de la llamada democracia representativa, la tradicional alianza bipartidista sigue inexorablemente las huellas del somocismo. La diferencia ubícase quizás en que Somoza tenía la cámara de los tormentos en el cuarto de costura del palacio Presidencial, al lado de su alcoba, y en Colombia aún funciona en las caballerizas del Ejército.

El oportunismo nos ha ocasionado igualmente considerables estragos. El ventarrón reformista nubló la visión y embotó la mente de no pocos compañeros nuestros, y otros, las veletas, salieron expelidos por las escotillas del MOIR, abiertas hasta en los momentos de dura inclemencia. En su carta de renuncia Bula y Pardo plantearon en el fondo una revisión de la estratega y la táctica revolucionarias, basados en la deleznable premisa de que el último de los balances electorales constituye una lamentable frustración, debido, en particular, a que no estuvimos lo suficientemente elásticos y generosos en las propuestas de la construcción del frente único; y solicitaron asilo a Firmes, en donde experimentan con las recetas de una alquimia política más antañona y menos redentora de lo que ellos se imaginan. No voy a aburrirlos ahora con una pormenorizada refutación de cuanto merece señalarse de esta página raída. Sin embargo, quiero precisar uno o dos asuntos primordiales. Para los obreros, campesinos, y el resto de capas medias de la población, en cuyo nombre fundamentalmente combatimos las fuerzas componentes del FUP, las elecciones organizadas por la dictadura oligárquica proimperialista, se efectúan bajo reglas de juego muy desfavorables, tanto por las abismales desventajas financieras ante los candidatos aupados por las chequeras de los magnates del capital y de la tierra, como por la coerción del Estado que se ensaña exclusivamente contra el pueblo raso. Saltarse esta protuberante realidad a la torera y achacar nuestro exiguo poder electoral a que no maniobramos bien, o no sopesamos todas las fórmulas, incluidas las de ceder los puntos básicos que harán del frente un entendimiento perdurable y no una componenda transitoria, es creer con sospechosa candidez que las bárbaras condiciones de sojuzgación desaparecerán al conjuro de intrigas de unos cuántos maquinadores con astucia.

A las clases avasalladas les pasa con la utilización del sufragio algo idéntico a lo que les sucede con las otras manifestaciones de lucha: que cualquier enfrentamiento con los expoliadores se les complica y les demanda titánicos empeños e infinitos sacrificios. En los períodos de ofensiva reaccionaria y de consolidación de nuestras fuerzas, el avance es lento, los triunfos mínimos o efímeros y el trabajo de los revolucionarios entre las masas ha de ser paciente como nunca y de constante clarificación ideológica. Ningún golpe de ingenio enmendará la situación. Desde luego la pericia con que se opere el timón de mando ejercerá influencia determinante en el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, la principal responsabilidad de nuestra dirigencia consiste en comprender profundamente a qué clases servimos y por qué momento de la contienda de dichas clases atravesamos. Ignorar que la dominación neocolonial del imperialismo norteamericano sobre Colombia representa la primera causa de los graves males del país, o sembrar la ilusión de que el proceso de fascistización progresiva se contendrá con las reparaciones a las vieja máquina de la democracia oligárquica, o canjear los programas de la revolución por una plataforma reformista, todo dizque en aras de la unidad de las izquierdas, en nada beneficiará a las inmensas mayorías que, además de proseguir soportando la asfixiante atmósfera de miseria y violenta coacción, no gozarían siquiera de la ventaja estratégica de visualizar el origen material, económico de los proyectos letales de sus enemigos ni descubrir la forma adecuada de contrarrestarlos. Los portavoces del reformismo colombiano se parecen mucho a Felipe González, el jefe del socialismo español, que acaba de renunciar a lo único que lo ataba al marxismo, el rótulo de tal, en una espectacular maniobra encaminada a granjearse definitivamente la confianza de la burguesía. El señor González podrá incrementar sus escrutinios e incluso recibir la autorización para gobernar a la España post-franquista, pero cada voto a su favor será un paso más de alejamiento de las posiciones y de los intereses de las masas esclavizadas de su país.

No se requiere demasiada perspicacia para prever que si desistimos de pugnar por las peticiones económicas y políticas esenciales de los trabajadores de la ciudad y el campo se nos compondría la suerte en una feria comicial. Si en lugar de exigir la confiscación de los gigantescos monopolios extranjeros y colombianos, nos transamos porque sean “democratizados” o supervigilados mediante “leyes de control”, acogiéndonos, por ejemplo, a las proposiciones de los Agudelo Villa, de seguro que nuestras acciones electorales se valorizarían a los ojos de los imperialistas y sus intermediarios. Si acallamos la consigna de que los grandes fundos ociosos han de ser para los campesinos que los trabajen, la clase terrateniente cesaría la cruenta persecución en las zonas rurales contra el FUP. En una palabra, si traicionamos a la nación y al pueblo y adoptamos los criterios de sus opresores, así fuere de manera solapada, suavizaríamos de un lapo buena parte de nuestros actuales contratiempos. Más los asistentes a este Foro queremos constituirnos en dignos representantes de las clases oprimidas de Colombia y por ende corremos junto a ellas todas las contingencias derivadas del estado de esclavitud y represión en que se debaten. Nuestros triunfos se confundirán con los de asalariados y labriegos y nuestras derrotas con las suyas. Los compromisos que pactemos y las concesiones que admitamos serán para abrirle paso a la unidad del pueblo e imponer sus verdades, y no para salvarnos de un resbalón electoral e implorar protección bajo el alero de los detentadores del Poder o de la oposición oportunista ¿Cómo van a estar las agrupaciones políticas de los obreros y los campesinos, si estos a pesar de los progresos del movimiento unitario por una nueva democracia en marcha al socialismo, continúan en lo substancial aplastados, confundidos, dispersos y desorganizados?

Con unos u otros términos, tales han sido las discusiones adelantadas desde los comicios de 1978 en el seno de las fuerzas revolucionarias. Pienso que sin haber extirpado del FUP la quinta columna portadora de los planteamientos liberalizantes, no hubiéramos reconstituido el Frente ni arribado a Pereira este 29 de septiembre, decididos a superar con entusiasmo todos los obstáculos que surjan en el cumplimiento de las tareas por venir. Lo mismo que el MOIR, la DP y la ANAPO han librado su batalla interna, ideológica y política, por persistir en la orientación correcta. No somos muchos y los embates del despotismo y el oportunismo nos acarrearán complicaciones jamás conocidas. ¡Preparémonos para lo peor! Aprendamos de los inolvidables desbrozadores del camino revolucionario de todos los tiempos y de todos los países que se ganaron el afecto de las multitudes, porque, a la hora de señalar los derroteros, prefirieron quedarse solos a cortejar las anticuadas ideas de la reacción predominante.

En cuanto al problema de ampliar el radio de las alianzas; repetimos algo, a lo cual nos hemos ceñido indefectiblemente: estamos dispuestos a intercambiar opiniones y agotar las diligencias con las colectividades interesadas en la creación de un frente único de liberación nacional, sin vetar a nadie y abarcando, por supuesto las diversas fracciones liberales y conservadoras opuestas al régimen. Empero, como queda visto, la unidad no depende meramente de deseos e intenciones. El mismo 18 de febrero de 1977, día de la fundación del FUP, intuíamos las recias reyertas con las contracorrientes que conspiran dentro del portentoso movimiento unitario del pueblo colombiano. Examinando sólo la experiencia del presente decenio, comprobarán ustedes que entre los escombros de la división se hallaron siempre los vestigios del sabotaje del Partido Comunista revisionista. En 1975 éste horadó los basamentos organizativos del frente, o sea las normas democráticas de organización y funcionamiento, reduciendo la UNO a lo que es hoy, un juguete de sus apetitos electorales, al que le echa cuerda de cuando en cuando. En 1977 atravesó también su burra muerta en la senda de la unión, al formular la exigencia inadmisible de uncir los acuerdos a la política expansionista de la Unión Soviética, con lo que destrozó la izquierda anapista y sonsacó de las filas de ésta un candidato presidencial fletado y desechable. Ahora que se acercan los denominados comicios de mitaca y se palpa de nuevo la inquietud por la unidad, cabe preguntarse ¿mientras que las pretensiones sectarias y antinacionales del revisionismo repercutan en no despreciables segmentos de la intelectualidad y del pueblo, resultará muy difícil que haya en Colombia no dos o tres bloques, sino una única coalición de los destacamentos antiimperialistas.

Que las elecciones de 1980 proporcionarán el escenario para el reestreno del conocido pleito en torno a los requisitos de la conformación del frente único, nos lo anuncian los pronunciamientos de las más disímiles tendencias. Muchas de éstas tercian por un programa de reformas, tras la peregrina consideración de no asustar al electorado. Los dirigentes de Firmes, verbigracia, aunque de un lado contribuyen positivamente a plantear que no “tenga cabida” en la discusión la problemática de las disensiones internacionales, método aceptable para no alinderar la alianza con ningún Estado ni grupo de Estados a nivel mundial, y lo cual admitimos sin reservas, del otro, relegan al olvido las reivindicaciones históricas de las clases sojuzgadas. Y relativo al tema democrático se atienen a las conclusiones del consabido Foro de los Derechos Humanos que propugna el reencauche de la vieja democracia oligárquica, soslayando un par de cuestiones que reclaman pronta clarificación entre las masas populares. La primera concierne a que el proceso de fascistización acelerado del país obedece a la cada vez más aguda explotación neocolonial del imperialismo norteamericano. La confusión reinante al respecto urge despejarse. De lo contrario, la participación de las fuerzas progresistas en la lucha electoral se circunscribirá exclusivamente a la caza de unos cuantos votos, y no la aprovecharíamos en educar a los desposeídos y oprimidos acerca del origen de todas sus desgracias y de la forma de librarse de ellas. La segunda atañe a la defensa que debemos hacer de la nueva democracia de los obreros, los campesinos y el resto de contingentes del pueblo colombiano, cuya victoria se concretará en la instauración de un Estado compuesto y gobernado por tales clases y capas revolucionarias. Comprendemos la necesidad de combatir bajo el actual régimen a favor de los derechos de los trabajadores y de todo el pueblo y contra el escalonamiento militarista y represivo; no obstante, las batallas por las libertades públicas tienen que orientarse a destruir y no a fomentar las ilusiones de que con los remiendos al orden jurídico prevaleciente las mayorías expoliadas verán aminorados sus sufrimientos o disfrutarán de garantías ciertas.

En 1972 el MOIR inició la sistematización de su línea consecuentemente unitaria y desde entonces la ha practicado con ahínco y persistencia. Descontando las ingentes vicisitudes, los logros son más notables de lo que parecen. Sólo muy escasas y reducidas sectas persisten todavía en que a la revolución colombiana le corresponde en esta etapa un carácter socialista y no nacional y democrático. Lo cual constituye un avance importantísimo, puesto que empieza a reconocerse lo imprescindible de la recíproca colaboración de las clases y los partidos contrarios al imperialismo y sus fámulos dentro del más vasto frente único. Hasta quienes se mofaban de nosotros y nos solían decir; “¿dónde está ese capitalismo nacional del que ustedes hablan?”, hoy admiten la existencia de una burguesía patriótica, susceptible de aliarse con la revolución. La diferencia ahora hállase más bien en que tales sectores reciben sin beneficio de inventario todas y cada una de las tesis de aquella burguesía, plegándosele en materia de programa y democracia. Asimismo, ganan partidarios las concepciones del no alineamiento y de que las relaciones entre los aliados han de regirse por normas de organización democrática, los otros dos cerrojos de la unidad. Como se aprecia, estos progresos representan conquistas invaluables del pensamiento revolucionario que no computan lo escrutadores de la Corte Electoral. El movimiento unitario del pueblo colombiano crece inconteniblemente y a la larga aplastará a cuantos se le pongan por delante.

A nosotros, compañeros delegados, nos compete perseverar en las posiciones de principio que hemos venido definiendo sin claudicaciones y recurrir siempre a las grandes masas, nuestro seguro apoyo político. Las dificultades del momento son pasajeras comparadas con el luminoso porvenir de Colombia. Los obreros, los campesinos y los revolucionarios todos tejen con sus luchas diarias la mortaja del sistema expoliador, destinado a fenecer y a ser sustituido por una república nueva, libre, popular, democrática, autosuficiente y auténticamente soberana.

Muchas gracias

Nota:
1. El Espectador, abril 30 de 1979.

INDIGNACIÓN POPULAR POR ENCARCELAMIENTO DE CONSUELO

Desde el día en que toda Colombia pasó a ser regida por el Estatuto de Seguridad, y los militares reemplazaron al César, argumentos más toscos y procesos aún más amañados que los que venían manipulando la justicia ordinaria, son montados a todo lo largo y ancho del territorio nacional.

No otro es el caso que los solícitos generales han perpetrado en la persona de Consuelo de Montejo, directora de El Bogotano, condenada a un año de prisión bajo la sindicación de “tráfico de armas”. El pretexto lo encontraron en una carabina comprada en los Estados Unidos, que Consuelo no declaró al introducirla al país en 1974, y que hace ya más de un año le fue vendida a Eduardo Ramírez Bejarano, conocido de la periodista.

Alevoso proceso
El 3 de junio pasado, el arma fue confiscada por el ejército, y su propietario detenido. Cinco días más tarde, la Sexta Brigada expedía la resolución 0021 por medio de la cual se declaraba inocente a Eduardo Ramírez y se le ponía en libertad. Al mismo tiempo, la mencionada Brigada abría una investigación sobre Consuelo de Montejo por “tráfico ilegal de armas”.

Jurídicamente es innegable que la parlamentaria cuenta con suficientes argumentos a su favor. La acción ha prescrito porque el arma fue decomisada cuando ya había transcurrido más de un año desde su venta. Los peritos asignados por las Fuerzas Armadas manifiestan desconocer las características fijadas por el ejército para determinar que un arma sea considerada de su uso privativo y concluyen su informe señalando que “el ejército no cuenta dentro de su dotación con armas como ésta”. Además, si la compra y el porte no fueron sancionados tampoco puede serlo la venta. Pero lo cierto es que aquí vieron los militares la oportunidad para cobrarle a Consuelo el coraje y la entereza con que ha criticado las actividades de las Fuerzas Armadas, y el apoyo que, desde su periódico, ha brindado a los obreros y campesinos en sus luchas y en la defensa de sus derechos.

Un claro ejemplo de ello está consignado por El Bogotano el mismo día de la detención de la periodista. En esa ocasión ella misma denunciaba desde su columna “Ser o no ser” la muerte a golpes del obrero ferroviario Gustavo Manjarrés en las instalaciones de la Décima Brigada de Tolemaida, y las infames torturas a que fuera sometido su compañero Marco Aurelio Romero, cuando ella rendía descargos a pocos metros de allí.

Por eso la condena y el encarcelamiento de Consuelo de Montejo son una arremetida feroz contra uno de los pocos reductos que sobreviven de periodismo independiente y, por tanto, una flagrante violación de la libertad de prensa y expresión; es, un caso más, entre la multitud de casos que padecen miles de colombianos, de persecución política, en este país donde según el presidente de la República el único prisionero político es él.

De tal calidad moral sería el coronel Hernán Pinilla, Comandante de la Décima Brigada, y por tanto quien adelantara la farsa y firmara la condena contra Consuelo, que antes de que ella cumpliera veinte días de reclusión, fue dado de baja por mala conducta.

Oleada de protestas

Pero lo que los generales no calcularon en su afán por sacar partido de la coyuntura, fue la reacción que provocaría semejante iniquidad. Desde los más diversos sectores, desde múltiples organizaciones tanto políticas como gremiales, y desde los más apartados rincones del país, se han oído las voces de repudio por tan criminal atentado y la exigencia permanente de la libertad de la ex parlamentaria.

El representante a la Cámara por el FUP, Álvaro Bernal Segura, presentó el noviembre pasado una proposición reclamando la excarcelación y denunciando que “la señora Consuelo de Montejo ha sido detenida como evidente represalia por su valiente actitud frente al despotismo y la corrupción administrativa”.

Muchos senadores y representantes de todas las tendencias políticas apoyaron esta iniciativa y en mensajes y declaraciones a la prensa coincidieron en afirmar que la arbitraria medida es un ejemplo más de la dictadura militar propiciada por el mismo gobierno de Turbay Ayala.

Rodrigo Lara Bonilla, Emilio Urrea, Eduardo Fonseca, Luis Carlos Galán, David Aljure, Gustavo Rodríguez Vargas, Alegría Fonseca, Mario Montoya, Ernesto Lucena y Gilberto Vieira, fueron algunos de los congresistas que adhirieron al rechazo provocado por la injusta condena. Hasta Luz Castilla de Melo, connotada turbayista, no dudó en afirmar: “…en esta ocasión al gobierno se le fue la mano”. Igualmente enviaron sendos mensajes a este plebiscito de solidaridad: el Comité Liberal Independiente, María Eugenia Rojas de Moreno; el Comité Político de Democracia Cristiana, Luis Villar Borda, a nombre del liberalismo de izquierda, y el Partido Socialista de los Trabajadores. Organizaciones campesinas, sindicales y estudiantiles demostraron también su apoyo a Consuelo. La Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, línea Sincelejo; las Ligas Campesinas del Meta y los Llanos Orientales, organizaciones campesinas de Caldas y la Costa Atlántica, Sintracreditario, Sindes, la Asociación Nacional de Empleados del Banco de la República, Sintrahacienda, Aceb, el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Compañía Nacional de Tabaco, Sintrapolímeros, Sintraindupalma, Sinucom y Unimotor, entre otros, hicieron pública su solidaridad.

Los más variados columnistas del país, así como las organizaciones de los asalariados de la prensa, calificaron el hecho como el más grave atentado contra la libertad de expresión. La Sociedad Interamericana de Prensa solicitó, en forma enérgica, al gobierno de Turbay Ayala, la inmediata libertad de la aguerrida periodista. Daniel Samper, Maria Teresa Herrán, Maria Jimena Dussán, Consuelo Araujo, Eduardo Caballero, Enrique Santos Calderón, y otros comentaristas, hicieron un llamado a todos sus colegas para que expresaran su solidaridad con la directora de El Bogotano. La revista Alternativa, terminó así su nota editorial de noviembre: “Cada día que pase Consuelo de Montejo en la cárcel, es un golpe más para la libertad de prensa en el país”.

La mayoría de estas organizaciones, incluido el MOIR, formaron el pasado 27 de noviembre el Comité pro-libertad de Consuelo de Montejo.

Su directiva quedó integrada así: Patricia Montejo de Cáceres, Solita viuda de Jaramillo, Álvaro Bernal Segura, Margoth Uribe de Camargo, Avelino Niño, Urbano Alméciga, Samuel Klarh, Pastor Pastrán y el presbítero Eduardo Vasco. Más de doscientos integrantes del Comité, dirigentes cívicos y políticos, estudiantes y populares, campesinos y obreros, se impusieron como tarea realizar una amplia campaña de denuncia del vil atropello, para exigir del gobierno la inmediata libertad de la periodista. Comités similares a éste se han conformado en otras partes del país.

MENSAJE DESDE LA CÁRCEL

Los siguientes son extractos del mensaje enviado por Consuelo de Montejo desde la cárcel de El Buen Pastor, al acto en que fue proclamado su nombre para las listas del FUP al Concejo de Bogotá:

“El tiempo de cárcel que estoy pagando, no lo he tomado como una condena a Consuelo de Montejo. Lo he tomado como es en toda su dimensión; es la cárcel y la persecución a todo un pueblo que se atreve a disentir de lo que pasa en el país y que recibe presiones y amenazas; es la cárcel simbólica para todos y cada uno de ustedes y el castigo ejemplar, como dirían ellos, a una subversión insistente y a un periódico que dizque hace la apología del delito.

Por eso quiero hoy, desde esta celda, darle las gracias a todos y cada uno de esos colombianos ya sean profesionales, trabajadores, campesinos, estudiantes o mujeres. Esta marcha no es más que el principio, ahora sí con verraquera, del cambio de Colombia. Porque con estos hechos el pueblo ha adquirido conciencia, y cuando se tiene conciencia se puede luchar.

He querido hacer este breve resumen de mi pensamiento en una ocasión como hoy, donde un grupo de compañeros de oposición, como el MOIR, la ANAPO y la DP con los liberales independiente, se rebelan contra el régimen democrático existente y lanzan mi candidatura al Concejo de Bogotá, para el próximo periodo.

Y al aceptar esta postulación, no lo hago con un fin electorero. Lo hago simple y llanamente porque tengo que creer que la democracia no se ha perdido todavía en Colombia, y que el pueblo, sin distingos políticos, ya anacrónicos, puede votar con mi nombre PROTESTA.

PROTESTA por la persecución que se hace a los pobres y humildes.

PROTESTA por la forma como se explota a los campesinos y trabajadores.

PROTESTA por la forma como se viola la Constitución y el derecho de huelga.

PROTESTA por como se protegen los privilegios de una oligarquía político-militar en detrimento de una ciudadanía.

PROTESTA por una inflación continuada, que merma día a día los ingresos de las familias.

PROTESTA porque la justicia se aplica a los de ruana, mientras los grandes delincuentes se pasean por las calles.

PROTESTA por un Estado de alta policía que viola los derechos humanos y se ensaña en mujeres y jóvenes, mientras es incapaz de prestar ayuda a damnificados y heridos de las tragedias nacionales.

PROTESTA porque ya no existe libertad de prensa, información ni pensamiento.

PROTESTA, PROTESTA, PROTESTA, porque mi nombre hoy no es una candidatura. Es un movimiento de PROTESTA.

HOMENAJE A MAURICIO JARAMILLO EN SOGAMOSO

El 8 de diciembre del año pasado, en el Mesón de la Villa de la ciudad de Sogamoso, la dirección regional del MOIR en Boyacá y Casanare ofreció un homenaje al camarada Mauricio Jaramillo, quien fuera detenido el 22 de febrero de 1979 en Miraflores, y quien pasara más de 6 meses en la cárcel EL Barne por defender los derechos de los pobres del campo en el departamento.

Al acto asistieron delegaciones obreras de Acerías Paz del Río y representantes sindicales del magisterio, de los profesores universitarios, de Sittelecm, Aceb y del gremio local de choferes. Llevaron la palabra los compañeros Álvaro Morales, del regional del MOIR en Boyacá. Enrique Daza, dirigente nacional de nuestro Partido, y Mauricio Jaramillo.

En su intervención, el camarada homenajeado reclamó la solidaridad de todos los revolucionarios colombianos para con los miles de presos políticos recluidos actualmente en las mazmorras del régimen; denunció de manera enérgica la represión del gobierno turbayista contra las masas populares del país, y dijo que los trabajadores, campesinos, estudiantes y demás sectores empobrecidos de Colombia, lejos de arredrarse con los atropellos que se cometen a diario contra ellos, encontrarán la fortaleza necesaria para continuar su lucha y llevarla a la victoria.

MÁS ASESINATOS Y ATROPELLOS

La escalada represiva que al amparo del estado de sitio y el estatuto de Seguridad desencadenara hace ya año y medio el régimen turbayista, continua interfiriendo de manera alevosa las actividades legales de los partidos políticos adversos al bipartidismo tradicional, y cada vez más prohija brutalidades de corte fascista. Muestra palpable de ellos son los criminales atropellos para militantes del MOIR y de las fuerzas integrantes del Frente por la Unidad del Pueblo, en diferentes regiones del país.

Asesinatos en Toro y Puerto Nare
Vicente Ortiz, diputado a la Asamblea del Valle del Cauca por el FUP, vivía en Toro, al norte del departamento, donde poseía un modesto viñedo. El 22 de septiembre pasado, en horas de la noche, cuando estaba parado junto al pequeño camión que utilizaba para distribuir el producto de su trabajo, un taxi ocupado por un grupo de hampones se le acercó, y de su interior salieron varios tiros de escopeta. Uno de ellos le atravesó el hombro izquierdo y le interesó el cuello, sin producirle heridas mortales.

No obstante las denuncias formuladas, y a sabiendas de que los únicos enemigos del compañero Ortiz eran los encopetados personajes de la oligarquía liberal-conservadora del municipio de Toro, las autoridades mantuvieron una criminal indiferencia. Esta circunstancia envalentonó a sus victimarios. Veintidós días después del primer atentado, y viendo que Vicente había continuado su lucha por organizar a los trabajadores y campesinos pobres de la región, repitieron el ataque y lo asesinaron cobardemente.

Un comunicado de la dirección regional del FUP en el Valle consignó, entre otras cosas: “Traduciremos nuestro dolor en fuerza y confiados en el inagotable caudal de recursos de nuestro pueblo, haremos realidad la Colombia libre, popular y democrática por la que luchara, por la que tanto soñara y por la que ofrendara su vida nuestro querido compañero Vicente Ortiz”.

Una villanía similar fue la cometida el 29 de diciembre en la vereda Mulas, del municipio de Puerto Nare, departamento de Antioquia, contra el camarada Guillermo Misas, presidente de la liga campesina de esa localidad y dirigente del MOIR, muerto de un disparo por la espalda.

De tiempo atrás, los terratenientes de la región del Nare venían hostigando al líder campesino. No era la primera vez que enviaban matones a dispararle, contando con la complacencia de las autoridades, pues durante la Semana Santa de 1979 ya lo habían hecho, y algún tiempo después quemaron el humilde rancho que habitaba con su familia en un pequeño pedazo de tierra, propiedad de los Ferrocarriles.

El comité local de nuestro partido en Puerto Nare lamentó la muerte de Guillermo Misas, destacando la trayectoria de su vida, dedicada a la centenaria lucha de los campesinos colombianos por la tierra para el que la trabaja, y su esclarecido impulso a la alianza obrero–campesina, pilar de la lucha antiimperialista y revolucionaria del pueblo colombiano.

Nuevos atentados
Los métodos delincuenciales de la oligarquía colombiana y sus agentes son los mismos en todo el territorio nacional; también en San Pedro de Urabá, el pasado 11 de enero, esbirros de la coalición gobernante balearon e hirieron gravemente a Evelio López, veterano dirigente del Sindicato de Laminación y Derivados, directivo del Frente Sindical Autónomo de Antioquia y actualmente dirigente campesino en Urabá, y candidato al concejo de San Pedro por el FUP.

Y en Magangué, Bolívar, el 27 de noviembre, fue montado un aparatoso operativo militar para allanar el Centro Médico de Especialistas, donde detuvieron al doctor Roberto Giraldo, junto con el dirigentes moirista Alberto Herrera, en un intento por desacreditar el Centro, que presta servicio a las gentes humildes de la región. Los compañeros fueron conducidos a Barranquilla, donde se les interrogó en relación con falsas acusaciones, y diez días más tarde fueron puestos en libertad.

JOSÉ JARAMILLO GIRALDO

Combatió ejemplarmente, hasta el último aliento
José Jaramillo Giraldo, director de la Alianza Nacional Popular, falleció en Bogotá el 5 de noviembre del año pasado a la edad de 64 años, se preciaba de ser, como lo fue, un defensor de los intereses del pueblo colombiano y un rebelde contra la opresión y la explotación que sobre los desposeídos ejerce la oligarquía. Por esta razón, más de dos mil apesadumbrados militantes revolucionarios acompañaron su féretro y centenares de personas humildes desfilaron ante él, cuando era velado en cámara ardiente en uno de los salones del Concejo de Bogotá, tribuna postrera de su aguerrida oratoria.

En las batallas del pueblo
Nacido en Manizales en 1915, Jaramillo Giraldo vivió su juventud en Popayán. Allí comenzaron sus combates, al lado de los indígenas paeces y guambianos, víctimas de incontables atropellos por parte de los terratenientes del Cauca.

Poco tiempo después, José Jaramillo orientó y respaldó varias huelgas en Calí. Tres veces fue encarcelado por colocarse de parte de los obreros, pero la prisión no lo arredró; templó su espíritu de luchador, que volvería a manifestarse en múltiples ocasiones y en diferentes lugares de Colombia, como en Anserma, donde respaldó a los recolectores de café y denunció los crímenes oficiales contra ellos cometidos para reclamar sus derechos.

El prestigio que estas batallas le ganaron en las filas del pueblo le valió su elección a la Asamblea de Caldas, y posteriormente al Congreso, en donde se destacó por sus fogosas denuncias de la explotación y de la corrupción política y administrativa.

En 1986, como candidato presidencial de la ANAPO, Jaramillo obtuvo más de 850.000 votos, en una campaña de tan sólo 26 días. Su candidatura desató la ira de la oligarquía liberal-conservadora, que propició dos atentados contra su vida.

Hacia la unidad del pueblo
Durante diez años, como parlamentario, José Jaramillo Giraldo continuó denunciando las injusticias cometidas contra obreros, campesinos, maestros y estudiantes de todas las regiones colombianas, y destapando grandes fraudes de los monopolios extranjeros y nacionales en contra de los intereses del país.

En 1976, junto con Jaime Piedrahita Cardona, Jaramillo encabezó la reestructuración de la línea revolucionaria de la Anapo. Los altos mandos anapistas se habían negado a proclamar una posición antiimperialista. Jaramillo Giraldo y Piedrahita se rebelaron contra el sector reaccionario y orientaron a su partido por un nuevo camino. En diciembre de este año, durante el IV Congreso Nacional de la ANAPO, en el cual Jaramillo fuera elegido director nacional del Partido, dijo que su propósito era “iniciar ya una política de estrecho entendimiento con todas las fuerzas revolucionarias de Colombia para luchar contra el imperialismo yanqui, contra el feudalismo colombiano y contra los grandes monopolios”. No obstante que desde 1973, como consecuencia de un accidente, José Jaramillo había perdido la vista, continuaba en la batalla.

Convocado por la nueva dirección anapista, en febrero de 1977 se realizó el I Foro Nacional de la Oposición Popular y Revolucionaria, que diera origen al Frente por la Unidad del Pueblo, FUP. En la clausura, Jaramillo expresó su convicción de que se trataba de un momento histórico, y exhortó al combate a los militantes de todos los sectores políticos allí reunidos. El 15 de junio del mismo año tuvo lugar el II Foro, que consolidó el Frente y proclamó la candidatura presidencial de Jaime Piedrahita Cardona. En su emocionada intervención, Jaramillo Giraldo celebró las luchas antiimperialistas, exaltó la candidatura de Piedrahita y desenmascaró el sectarismo divisionista del Partido Comunista.

Durante la campaña del FUP, a pesar de su avanzada edad y de la enfermedad que lo aquejaba, Jaramillo recorrió el país de extremo a extremo, estuvo presente en más de mil actos, y fue aclamado por las gentes del pueblo. Contagiaba su fervor revolucionario y siempre encontraba tiempo y lugar para departir con los humildes, defendiendo con vigor los ideales revolucionarios y patrióticos. En todas y cada una de estas ocasiones, el dirigente estuvo acompañado por su esposa, la valiente, fiel e infatigable Solita de Jaramillo. “Nunca he lanzado una consigna y me he quedado en casa. La he ido a defender en la plaza pública”, dijo por entonces Jaramillo a un periodista que lo entrevistó en Medellín. Y así lo estaba demostrando. Elegido concejal de Bogotá por el FUP el líder de ANAPO continuó su labor revolucionaria hasta cuando las fuerzas se lo permitieron. A mediados de 1979 su salud empeoró sensiblemente. Casi cinco meses batalló con la enfermedad que finalmente le causó la muerte. Sin embargo, desde su lecho envió al III Foro del FUP, en Pereira, su último mensaje de rebeldía, acogido por los asistentes con prolongados aplausos.

El adiós al amigo y compañero
El 6 de noviembre, en medio de banderas de la Anapo y de decenas de coronas enviadas por los partidos revolucionarios, por gentes del pueblo conmovidas por su fallecimiento, José Jaramillo Giraldo fue sepultado en el Cementerio Central. A sus exequias concurrieron dirigentes nacionales y delegados de su partido en todo el país, así como los militantes del MOIR, encabezados por su secretario general, Francisco Mosquera, y de la Democracia Popular. Ante su tumba, su compañero de tantas lides, Jaime Piedrahita Cardona, lo despidió con emocionadas palabras.

Espontáneamente, las miles de personas allí congregadas entonaron La Internacional, y gritaron en honor a la memoria del querido dirigente: ¡Viva José Jaramillo Giraldo!”.

EDITORIAL: FRENTE REVOLUCIONARIO O COMPONENDA REFORMISTA

Francisco Mosquera; Secretario General; Bogotá, diciembre 16 de 1979

La carta que el camarada Francisco Mosquera envió a la dirección de FIRMES a mediados de diciembre pasado, y que a continuación reproducimos a manera de comentario editorial, contiene las condiciones mínimas demandadas por el MOIR para conformar, en las circunstancias actuales, un frente único revolucionario de liberación nacional en Colombia. Ninguno de tales requisitos fue aceptado por los voceros de la contraparte en la ronda de negociaciones, ni siquiera sopesado o discutido con la seriedad que el tema requiere. Llegaron a lo sumo a presentar formulas eclécticas con las cuales se simula recoger los postulados de la revolución, cuando en realidad se toma el atajo del reformismo.

En el afán de conciliar lo inconciliable, los pactos del llamado Frente Democrático terminaron siendo un amasijo de recetas inconexas, confusas y hasta contradictorias. El programa se anuncia y se deja para concretarlo en el futuro con la hipotética participación de otras fuerzas. Mientras tanto, la minuta de reformas constituye el alma del entendimiento, bajo cuya inspiración se efectuará la campaña electoral. Ni una sola referencia al no alineamiento, lo que les permitirá a los revisionistas impenitentes y a los mamertos vergonzantes defender o justificar el expansionismo soviético, sobre todo después de la invasión a Afganistán. La ausencia de unas claras normas democráticas de funcionamiento dará vía libre al ventajismo del Partido Comunista. Y así, cada uno de los puntos de la componenda aprobada por Firmes y el PC, puntos en verdad convenidos entre ellos desde hacia muchos meses, impidió la participación del MOIR y demás partidos del Frente por la Unidad del Pueblo en semejante alianza.

A pesar de que los componentes de la nueva coalición bautizada Frente Democrático especularon sobre la presunta división del FUP y del MOIR, las recias batallas que venimos librando desde 1978 contra el despotismo y el oportunismo han elevado considerablemente la conciencia y la cohesión de nuestros efectivos; y no obstante el cúmulo de dificultades que atravesamos, acometemos con entusiasmo y fe en el porvenir las importantes tareas de la causa obrera.

Compañeros
ENRIQUE SANTOS CALDERÓN
GERARDO MOLINA y demás miembros de la dirección nacional de FIRMES

Apreciados compañeros:

A instancias de ustedes nos acercamos a la mesa de negociación, y hoy, una vez más, nos vemos enfrascados con varias agrupaciones en el consabido debate sobre la conformación de un frente unido revolucionario. Hemos estado escépticos al respecto, a pesar de que ustedes, en las entrevistas bilaterales, hablaron de no vetar a ningún contingente apto para contribuir a la alianza proyectada, y de interceder para que a ésta concurran el MOIR y el Partido Comunista, enfatizando que preferirían no unirse con ninguno de los dos si uno de ellos faltara. La intención es buena y no abunda agregar que nosotros también deseamos la unidad, por la cual nos hallamos prestos, como siempre, a transar en aras de soluciones positivas. Los obstáculos provienen, a nuestro juicio, de la contracorriente oportunista y liberal, boyante en los últimos años, que, so capa de resistir a la represión y combatir el militarismo, pide el apuntalamiento de la democracia oligárquica, o sea de la dictadura ejercida sobre el pueblo por parte de la minoría burgués-terrateniente intermediaria del imperialismo norteamericano. Esta contracorriente se ha salido de madre y con sus tesis reformistas y sus concepciones retardatarias inundan los terrenos de las más diversas manifestaciones políticas. He ahí el motivo de nuestro escepticismo. Si en lugar de propender por una nueva sociedad se nos invita a prolongar la agonía de la vieja, mucho tememos que no sería viable la avenencia, por lo menos hasta cuando un cambio radical en la correlación de fuerzas le imponga al frente único el rumbo compatible con los anhelos libertarios de los obreros, los campesinos y el resto de clases y capas revolucionarias.

A medida que cunde el caos y se desata la crueldad de las autoridades, crece el vocerío de quienes reclaman reajustes al orden jurídico predominante, o solicitan que se cumplan con la recíproca vigilancia y la escrupulosa separación de las ramas del Poder, o recaban el nombramiento de procuradores imparciales y con mayores atribuciones, todo dizque enderezado a aplacar los desenfrenos de la soldadesca y a temperar la democracia en Colombia. Muchos abogan por la truculenta y corrompida justicia ordinaria cuando impugnan los consejos verbales de guerra. Sobran aquellos que reprueban la tortura pero suspiran porque la república de los torturadores funcione cual un relojito. Algunos imaginan que si se levanta el estado de sitio las elecciones serán libres. Esto en Colombia donde, pese a 150 años de historia republicana, el despotismo terrateniente se asocia todavía al del gran capital; donde el Ejecutivo prevalece omnipotente sobre unas corporaciones electivas huérfanas de influencia y sobre una justicia postrada cada vez más a sus arbitrios; donde los derechos del pueblo se hallan sepultados bajo un alud de reglamentaciones prohibitivas, y donde, para colmo de males, el imperialismo se enseñorea como el amo supremo. “La joya es preciosa, basta arreglarle la moldura”, pregonan los restauradores. En suma, al país se le quiere burlescamente sacar del cuerpo el terror oficial y demás demonios, se le quiere exorcizar, evocando los milagros sesquicentenarios del vetusto Estado, que mantiene a la nación en bancarrota e hipotecada al extranjero y a las masas trabajadoras sumergidas en la más abominable esclavitud.

El MOIR no objeta la lucha contra las medidas represivas y a favor de las libertades públicas y los derechos democráticos para los oprimidos; por el contrario, hemos creído y seguimos creyendo convenientes y urgentes los pronunciamientos y movilizaciones en ese sentido. Las dos o tres conquistas que las masas populares arrebaten al enemigo en la contienda, les servirán, les deben servir, para avanzar en pos de su liberación y no para acogerse a una falsa e inicua estabilidad que equivaldría a la consolidación de su envilecimiento. Entre otras modalidades de combate, participamos en las elecciones, no obstante los manipuleos antidemocráticos de las mismas, porque cualquier resquicio que nos otorguen u obtengamos para manifestarnos, lo utilizaremos en la agitación de nuestras ideas y en la organización de nuestras filas. Las reivindicaciones democráticas alcanzadas bajo el dominio expoliador no son el fin sino un medio en la marcha tras los objetivos revolucionarios, y nunca sacrificaremos los segundos por las primeras.

Nos negamos a concurrir al Foro de los Derechos Humanos precisamente porque este certamen convirtió la pelea contra el militarismo y el Estatuto de Seguridad en una coraza protectora de las instituciones, de los códigos y demás instrumentos “pacíficos” del régimen. Como la inflación aumenta sin cesar y el costo de la vida y la miseria de las masas bordean los límites de la tolerancia, es decir, como la superexplotación del imperialismo y sus fámulos ha sumido a la nación en la peor de sus crisis, las marionetas al mando recurren sin titubeos a la violencia institucionalizada para sofocar el descontento, la inconformidad, la rebeldía. Pero si los descontentos, los inconformes y los rebeldes aceptan voluntariamente el ordenamiento legal, la oligarquía no tendría el menor reparo en levantar las medidas de emergencia, mientras la expoliación continúe su carrera desbocada.

Batallemos unidos contra la escalada fascistoide y aprovechemos estas lides por las libertades para encauzar un poderoso movimiento que conduzca a la revolución y no a la restauración, que mire hacia el futuro y no al pretérito, que defienda la nueva democracia de los contingentes antiimperialistas y no la vieja democracia de los intermediarios antinacionales. Dilucidar tópico tan fundamental lo estimamos apremiante.

Puesto que somos sinceramente partidarios de un entendimiento de verdad perdurable, que trascienda los comicios de 1980 y soporte los rigores de una larga travesía, no nos queda más disyuntiva que la de abocar y esclarecer este y otros temas. Sea para echar sólidas bases a la cooperación propuesta, sea para ponernos de acuerdo en los desacuerdos.

Con la salvedad del FUP, los demás asistentes a las reuniones de negociación se muestran muy inclinados a que el frente no elabore un programa democrático-revolucionario de liberación nacional e insisten en que aquel se bandee con una plataforma de acción inmediata, o como se llame, que se reduciría a unas cuantas reformas al régimen y a las peticiones de libertad formal. Contra la conveniencia del programa exigido por nosotros se han levantado mil y un sofismas. Que cualquiera lo puede firmar y desconocer más tarde, tal cual ha sucedido en el pasado. Que es mejor tratar de esbozarlo poco a poco conforme a los progresos que se vayan obteniendo. Que definiciones demasiado extremas ahuyentarían a otros afiliados con ideas distintas a las nuestras. Sin embargo, en el fondo, semejantes alegatos únicamente esconden la conciliación con la contracorriente oportunista y liberal en boga. Una coalición que no recoja ni se guíe por las reivindicaciones económicas y políticas esenciales de las clases antiimperialistas y revolucionarias, especialmente en la hora actual, se torna sin remedio en la oposición de su majestad y como toda oposición en los sistemas de democracia burguesa, su triste papel será el de sugerir rectificaciones que ayuden a la buena gestión de las administraciones que combata, hasta conseguir algún día que los reales detentadores del Poder le permitan el privilegio de gobernar, en reconocimiento desde luego a no haberle pisado jamás ni un callo a la Constitución reinante.

Eso por un lado y, por el otro, si las masas laboriosas de la ciudad y el campo, incluidos los pequeños y medianos industriales y comerciantes, no ven traducidos en los postulados del frente sus intereses más vitales y sus aspiraciones más sentidas, lejos de rodearlo y engrosarlo con entusiasmo terminarán decepcionándose de él. La duración y la vitalidad de los pactos unitarios se relacionan sin duda con esta cuestión. Un convenio alrededor de tareas inmediatas y simples reformas recorrerá a cada instante al albur de resquebrajarse fácilmente, a causa de las contradicciones de monta que a menudo plantea la lucha de clases. A la inversa, un acuerdo mínimo suscrito sobre un programa estratégico, aceptable para las distintas fuerzas revolucionarias, tendría mejores posibilidades de subsistir a las pruebas del tiempo. El programa no lo es todo, pero determina la orientación y el carácter del frente. Lo puede admitir, ciertamente, de palabra, cualquier persona o grupo y después retractarse, más nos proporciona un arma importante, teórica y política, contra las vacilaciones y la entrega. Su ausencia sólo les convendrá a los sectores más indecisos y menos numerosos, los cuales quedarían con las manos sueltas para interpretar falazmente y a su acomodo los problemas candentes, de incumbencia general, y sembrar la confusión.

La coalición que propugnamos consiste en un convenio de clases dispares que, no obstante regirse por convenios encontrados, ya que cada una ocupa un puesto especial en la sociedad, se unen porque padecen los vejámenes y las persecuciones del imperialismo y sus lacayos, enemigos comunes, así los soporten de manera y en grados diferentes. Entre tales destacamentos sublevables contamos, aparte de los obreros, los campesinos y la pequeña burguesía urbana, a la burguesía nacional y a todos aquellos que en un momento dado se hallen dispuestos a apoyar el proceso emancipador y a contribuir a la salvación de Colombia. Para allanar el sendero de la unión, el proletariado se reserva sus metas socialistas propiamente dichas y propone a sus aliados un programa nacional y democrático, tendiente a derrotar a la minoría opresora, independizar la nación de la coyunda imperialista, adelantar las transformaciones económicas que el desarrollo del país requiere e instaurar un nuevo Estado de las clases revolucionarias. No de otro modo concebimos en las condiciones actuales un frente único de liberación nacional. Lo demás serán acciones unitarias restringidas, electorales o de visos semejantes. La creación de la más amplia alianza, destinada a emancipar el pueblo y cambiar a Colombia, ha de confundirse, es, se concentra en la lucha por la revolución, por su triunfo. No depende de los buenos oficios de nadie, ni de la postura en particular de uno o dos grupos, aunque los anime la mejor voluntad del mundo. Depende de la derrota de las posiciones reaccionarias predominantes, que encarnan tanto dentro como fuera del frente determinadas clases. El que haya unidad o no lo define, en último término, quien tome la iniciativa, es decir, qué clases poseen la fuerza o les favorecen los acontecimientos en una base precisa de la contienda. Nosotros, verbigracia, hemos advertido sobre lo ventajoso de aliarnos con la burguesía nacional, por lo cual, incluso fuimos anatematizados en años anteriores; sin embargo, la naturaleza de esta clase y los tropiezos de la revolución, la han colocado casi siempre cerca de las fórmulas trajinadas y mentirosas de la “culta” derecha y distantes de las certeras soluciones de la izquierda “inculta”. Habernos coligado con ella, absolviendo y legitimando sus sumisas ilusiones, por el prurito de hacer un frente, antes que una necedad hubiera configurado una traición. Mas el tiempo discurre a favor nuestro. Periodos llegarán en que no luzca tan promisorio tararear las salmodias de los círculos vendepatria; entonces sí los requisitos los establecerán, implícita o explícitamente, las fuerzas revolucionarias y el frente único será una realidad incuestionable.

Aplaudimos los esfuerzos para aproximar sectores disidentes de los partidos tradicionales, empero no habrá forma de convencernos de que la coalición se halla en pactar con arreglo a las pautas de la cháchara liberal-conservadora. Los amigos pertenecientes a aquellas banderías que ambicionen librar la batalla por el progreso de Colombia y la felicidad del pueblo, han de saber que fracasarán en el empeño de persuadir a la revolución de que defienda las “excelencias” de la podrida justicia ordinaria, las “ventajas” de las satrapías civiles, o cualesquiera de las otras virtudes de la democracia oligárquica, ya que todo avance real del país o de las masas populares resulta incompatible con las instituciones del régimen vigente. En ello estriba el interrogante. ¿Lograremos un frente con levadura revolucionaria, o en las difíciles circunstancias de la hora, para ganarnos a unos cuantos disidentes habremos de resignarnos a ayudarles a vender sus antiguallas bajo novedosas etiquetas? Y más específicamente: ¿Lograremos superar la contracorriente oportunista y liberal en boga y construir una amplia coalición orientada por un programa auténticamente nacional y democrático? En 1974 y en elecciones posteriores, por encima de los intentos e intrigas del Partido Comunista, descartamos la opción de acercarnos a la dirección rojista, puesto que esta decadente tendencia no renunciaba a su marcada contemporización con los intereses y las miras de las clases dominantes, y no había medios de contrarrestar las componendas, primero del General y luego de la “capitana”. Preferimos en sucesivas ocasiones coligarnos con el ala progresista de Anapo, lo que se comprobó acertado. Hoy, cuando ya empezaron las inscripciones para los sufragios de 1980 y vuelve a menearse lo de la unidad, llamamos la atención: ¡Liberales en un frente revolucionario, sí!; ¡Revolucionarios en un frente liberal, no!

Los puntos programáticos patrocinados por el MOIR no son tan extremos ni tan asustadores como se los pretende motejar. Apuntan, desde luego contra los monopolios extranjeros y colombianos, el capital financiero, los grandes terratenientes, los magnates del comercio importador y exportador, los pulpos urbanizadores, en una palabra, contra los imperialistas y las clases lacayunas, que seguramente no pasan del cinco por ciento de la población. En cambio no tienen por que ahuyentar al restante noventa y cinco por ciento, siendo que recogen los requerimientos elementales de las abrumadoras mayorías atrapadas en una asfixiante atmósfera económica y política. Nuestro programa unitario no contempla la abolición de la propiedad privada, sólo anula sus formas monopolísticas. De aplicarse, las diversas capas del campesinado saldrían gananciosas con la supresión del saqueo imperialista y del sistema terrateniente; gozarían, ¡por fin!, de un tema propicio para laborar, y los menos acomodados o los más pobres rescatarían la tierra usurpada. Los industriales y comerciantes no monopolísticos se librarían de las trabas que entorpecen sus actividades cuando no los conducen a la ruina. El proletariado daría un salto gigantesco hacia su emancipación. Y así, cada clase, cada sector, cada estamento del pueblo, satisfaría sus mínimas y esenciales aspiraciones. Al indígena, al intelectual, al artista, a la mujer discriminada, en suma, a todas las fuerzas revolucionarias les sobrarán alicientes para unirse y combatir tras las metas del frente único de liberación nacional, hasta vencer y estructurar un Estado suyo, sin el cual ninguna de sus conquistas sería duradera, ninguno de sus derechos democráticos cierto. Bajo la tutela del nuevo Estado quedarían los recursos naturales básicos del país y los monopolios nacionalizados, la planeación económica y la salvaguardia de la soberanía nacional.

No se trata pues de un programa sectario, impositivo, extremo o elaborado a espaldas de la realidad viviente. Descalificarlo con esos epítetos, digámoslo de una vez, obedece a que significaría un escollo para amistarse con segmentos del liberalismo y el conservatismo, considerados decisivos así no cedan un ápice en sus fueros ni traspongan un milímetro la frontera de la democracia oligárquica, y cuando critican las fallas, los excesos y si se quiere las injusticias del régimen, lo resguardan a morir, comprometiéndose, máximo, en una cruzada para refaccionarlo. A estas vertientes sólo una minuta de reformas les cae como anillo al dedo, permitiéndoles entrar al juego denominado frente democrático, incluso con sus respectivos candidatos, todavía en salmuera, para la nominación presidencial de 1982. Hasta Belisario Betancur llegaría a simbolizar un as barajable.

Dentro del panorama descrito, el Partido Comunista ha venido desechando la efectividad y la trascendencia de un frente con perfiles claramente plasmados desde ahora. No hará tres meses que el secretario de tal agrupación sostuvo: “El problema que tiene el PC es que difícilmente encuentra sectores de izquierda con los cuales entenderse” y procedió a tachar uno a uno los eventuales aliados: “La Anapo ha desaparecido y los sectores de izquierda que han sido nuestros compañeros en otras campañas electorales están también en situación bastante difícil”. De ustedes comentó: “Estamos viendo si el movimiento ‘Firmes’ se desarrolla, esto hasta ahora no se puede medir, tal vez en las elecciones próximas se podría saber…;” agregó: “Fuera de eso existen unos pequeñísimos grupos socialistas de carácter local, porque no han podido construir un partido de carácter nacional”. Y remató: “Al Moir no lo mencionamos o incluimos siquiera”. Sus esperanzas de realinderación las cifró entonces en lo siguiente: está el problema de surgimiento de nuevos sectores democráticos liberales y conservadores. Este hecho puede tener una gran perspectiva futura pero no inmediata.” 1

Dentro del mismo tenor pululan infinidad de declaraciones y comentarios cuya única estrategia reside en pescar cualquier convenio con las disidencias de los partidos tradicionales. Según ese enfoque, una participación conjunta en la próxima refriega electoral, por más unitaria que se muestre, pero sin el curso de aquellas disidencias, no definiría absolutamente nada a consecuencia de la espera de los socios pudientes para los comicios de 1982.

Sin imprimirle un derrotero revolucionario, que habrá de partir de la suscripción de un programa auténticamente nacional y democrático, la unidad concluirá siendo subastada. Ya la gran prensa le batió palma al espíritu conciliador que cunde por doquier. Luis Carlos Galán, refiriéndose a las noticias publicadas prematuramente acerca de la concertación del frente único, acotó que “al liberalismo le conviene la competencia de una izquierdas organizada y seria que respeta la Constitución” 2. Y El Tiempo, vocero oficioso de este y de todos los gobiernos de la hegemonía liberal-conservadora, ofreció sus páginas a la anunciada alianza para que divulgue su “examen de la problemática colombiana” y sus “soluciones más acertadas”3. De oscuro presagio son los pronunciamientos conocidos a raíz de las gestiones iniciales por coordinar dentro de un solo bloque a las colectividades contrapuestas al bipartidismo dominante. A las gentes del común no les producirá gracia alguna el que su acción se reduzca a colaborar con sus depredadores en el arte del buen gobierno, mediante un pugilato este sí académico; ni que sean los diarios más abyectos los que le proporcionen asilo al frente para ventilar su política. Ustedes han de comprender también nuestra preocupación. O existe un asombroso malentendido que merece despejarse inmediatamente, o la línea trazada urge una corrección de fondo.

Verdaderamente los partidos tradicionales se están decomponiendo. Pero lo que entró en crisis fue su hegemonía secular, vale decir, su dictadura, sus tesis, su moral, sus felonías, su sociedad entera. ¿Cómo ejercer de albaceas testamentarios de una época que se despide para siempre de la escena? Somos nosotros y no al contrario los que debemos instar a los liberales y conservadores de avanzada a culminar la empresa tantas veces interrumpida de construir una república popular, democrática y soberana, única con el porvenir asegurado.

Objeto de agudas divergencias ha sido también el punto del no alineamiento. Desde años atrás el MOIR planteó rotundamente que el frente ni por asomo ha de matricularse en la política de ningún Estado o grupo de Estados, y mucho menos si se deseaba preservarle su amplitud. Así respondimos a las excluyentes exigencias del Partido Comunista de que el respaldo a Cuba, más concretamente a su gobierno y por lo tanto a los planes expansionistas de la Unión Soviética, equivalía a una intransigible cuestión de principios para la unidad. Desde 1975 la división halló en este foco de perturbación los mejores pretextos para hacer su agosto. Ustedes, según los enunciados de Firmes, recogen o coinciden con la premisa del no alineamiento, aun cuando la expliquen de manera distinta. Esto hizo factible en realidad el intercambio de opiniones que estamos efectuando. De otra parte, se nos comunica que el Partido Comunista depondría su antigua posición, ya que de otra forma no habría ninguna posibilidad de acuerdo. No vemos entonces por que persiste la negativa a que se señale expresamente conclusión tan clave, aceptada prácticamente por la totalidad de los interesados en la alianza. Aquí tampoco nos hallamos ante un requisito que reste efectivos, sino a la inversa, ante una estipulación positiva que infundirá confianza a las más disímiles tendencias, sobre todo a los liberales y conservadores de avanzada. A la nación entera le agradará un postulado de esa índole, que comprende a los componentes de la unidad a mantenerla independiente de las presiones foráneas, y, luego del triunfo, a la revolución misma libre de cualquier injerencia en sus asuntos internos. Reconózcase o no, el no alineamiento inevitablemente se relaciona con el aspecto primordial de la salvaguardia de la soberanía, con el pleno ejercicio del derecho a la autodeterminación de la nación colombiana.

Debido a la situación internacional y debido en particular a los antecedentes y ensayos truncos por fundar un frente único en Colombia, se hace indispensable que se avale públicamente, al margen de la forma, que la coalición que vamos a convenir no será ubicada, por parte de los aliados, en la órbita de ningún Estado. Asimismo, ha de quedar nítida y abiertamente convenido que la candidatura presidencial solo puede recaer en la cabeza de aquellos que además de refrendar el programa y acatar las normas de funcionamiento, como es lógico, estén en condiciones, por su trayectoria, de actuar cual genuinos garantes del no alineamiento. Una coalición formalmente no alineada con un candidato de hecho alineado tipificaría una burla inadmisible.

Lo anterior no obsta para promover una política de cabal respeto, en el plano exterior, de la autodeterminación de las naciones, y proclamar la decisión de propiciar las relaciones con todos los países del orbe, en pie de igualdad y beneficio recíproco; así como de reconocer los deberes internacionales de apoyar a los pueblos que luchan por su liberación, a las repúblicas socialistas y a los movimientos revolucionarios de todas las latitudes.

Por último, faltaría revistar cuanto concierne a la estructura y operancia de la unión. Es menester definir meridianamente las reglas de relación entre los aliados y de organización democrática que prescriban derechos y obligaciones iguales para todos. La dirección debe ser compartida sin excepción por las fuerzas integrantes y las resoluciones adoptadas por unanimidad. Está cláusula la estimamos demasiado cara e imprescindible en las circunstancias actuales, después de las experiencias negativas en las anteriores alianzas con el Partido Comunista. Una política suelta, o de hechos cumplidos, o las violaciones de los compromisos pactados colocarían ipso facto a la unidad en entredicho. Las posiciones que involucren al frente en los múltiples problemas del país han de debatirse satisfactoriamente y aprobarse por consenso. De lo contrario se crearía una situación tal en la que las rectificaciones y polémicas lloverían a cada paso, dando hacia fuera un espectáculo de completo desbarajuste antes que de cohesión y coordinación.

No nos mueve un ánimo de vindicta; sin embargo, subsisten no pocas materias controvertibles, como las providencias tomadas por el Foro de los Derechos Humanos y las vicisitudes de la unificación del movimiento sindical colombiano, sobre las cuales el frente no podrá auspiciar, ni directa ni indirectamente, ni ahora ni después, la versión de quienes han sido por excelencia nuestros detractores. No queremos llevar a nadie a una trampa ni que se entrampe. Y aunque se han hecho a la ligera conjeturas relativas al alcance de nuestros argumentos o de nuestra actitud, aspiramos fervientemente a constituir una alianza que jalone el proceso revolucionario y no una parodia intrascendente. Si no exigiéramos precisión, claridad y garantías mínimas, de seguro no estuviéramos resueltos a buscar una salida unitaria. Mas un lustro de acrimonias y profundas desavenencias no desaparecerá por ensalmo, merced a la vecindad de unos comicios, a las ansiedades de la esquiva opinión, o a que nos sentemos un buen día alrededor de la mesa de discusiones. Además, Firmes y los miembros de la UNO han coincidido desde hace mucho tiempo en infinidad de criterios y actividades, lo que les permite formalizar entre sí, en un abrir y cerrar de ojos, los convenios que han venido desarrollando en la práctica. En cambio entre ustedes y el FUP el caso es bastante inverso.

Sin unos cánones justos de funcionamiento, el frente, por ejemplo, no pasaría ni el fogueo de las votaciones de marzo, para las que habrían de elaborarse listas únicas que materialicen efectivamente la cooperación convenida y reflejen, por consiguiente, la representación equitativa de los destacamentos congregados. Si prima el ventajismo, la mancomunidad de unos grupos contra otros, no lograríamos ni siquiera el despegue de la coalición.

Las normas de funcionamiento tampoco son excluyentes ni tienen por qué incomodar a nadie. Se encaminan a consolidar el clima de entendimiento, a favorecer la independencia ideológica y organizativa de las colectividades comprometidas y a robustecer la cohesión en la lucha revolucionaria por liberar y transformar a Colombia.

Estudiaremos con la más viva atención las observaciones que les merezca el presente resumen escrito de los puntos de vista fijados ya por los voceros de nuestro Partido en las rondas iniciales de negociación.

Sin más por el momento, fraternalmente,

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR)
Comité Ejecutivo Central

HONREMOS LA MEMORIA DE JOSÉ JARAMILLO

En el día de hoy, 5 de noviembre, falleció en Bogotá José Jaramillo Giraldo. El infausto suceso enluta las banderas del MOIR e invade de profundo pesar a su militancia.

José Jaramillo Giraldo fue un notable dirigente de nuestro pueblo, el máximo inspirador de la corriente revolucionaria de Anapo y uno de los fundadores del FUP. No obstante ser víctima de penosa y prolongada enfermedad, su infatigable espíritu de luchador nato y el contagioso fervor con que adelantó siempre las actividades revolucionarias, le ganaron la admiración y el aprecio no sólo de los partidos integrantes del Frente sino del sinnúmero de gentes sencillas que lo conocieron y lo amaron. La aleccionadora dedicación de todas sus energías en la última etapa de su vida a la suprema empresa de echar a andar la unidad de los oprimidos de Colombia, hará imperecedero su nombre en los anales de nuestra revolución. Las vigorosas intervenciones suyas, clamando contra los poderosos y por la insubordinación de los desheredados, seguirán resonando por todos los confines de la patria. Venciendo la adversidad y haciendo gala de entusiasmo participó en las tareas preparatorias del III Foro del FUP. Las emocionantes palabras enviadas a Pereira a los delegados del Foro, llamando al combate contra el despotismo y el oportunismo, fueron el postrer mensaje de rebeldía que nos dirigiera, al que responderemos lealmente, invocando su ejemplo y honrando su memoria.

El MOIR manifiesta el inmenso dolor que le produce la desaparición de José Jaramillo Giraldo, el amigo y compañero de inolvidables batallas, especialmente en estos momentos cruciales dela historia del país, cuando las masas empobrecidas tanto esperaban de su valerosa conducta y de su oportuno consejo. Sobreponiéndonos a está perdida irreparable, declaramos que redoblaremos esfuerzos en el empeño de cimentar entre el pueblo los postulados revolucionarios que con él agitamos a lo largo y ancho de Colombia.