A VOTAR CONTRA LA DEMAGOGIA OFICIAL

A principios de enero, pocos días antes de que se dispersaran por todo el país para iniciar el segundo tramo de la actual campaña electoral, el correspondiente a 1984, TRIBUNA ROJA logró reunir y entrevistar en Bogotá a los cuatro camaradas que han estado al frente de esta tarea del Partido a nivel nacional: Carlos Valverde, jefe del debate; Marcelo Torres, candidato a la Asamblea de Cundinamarca; Diego Betancur y Avelino Niño, candidatos al Concejo de Bogotá. La charla con ellos, en términos generales, se desarrolló así:

T.R.: ¿Cuál es el balance de la campaña efectuada durante 1983?

Carlos Valverde: El año pasado realizamos manifestaciones públicas en Barranquilla, Pereira, Manizales, Armenia, Cali, Medellín, Bucaramanga, Yopal y Cartagena, y en el departamento de Bolívar hicimos una gira que comprendió a Magangué, Carmen de Bolívar, San Juan Nepomuceno, Guaranda y Montecristo. En general los actos fueron buenos, con asistencia masiva de los simpatizantes y amigos del MOIR, y en algunas partes contamos con el respaldo de ciertos sectores del partido liberal y del partido conservador que ven con mucho agrado la posición asumida por nosotros frente a los diversos acontecimientos de la vida nacional.

T.R.: ¿Qué aliados han participado en la campaña?

Carlos Valverde: En Antioquia y en Bolívar estamos trabajando, respectivamente, con Enrique Molinares y Enrique Hernández, dos compañeros muy valiosos con los cuales hemos mantenido estrechas relaciones desde hace ya bastante tiempo, y en Bogotá hemos llegado a un acuerdo con José Zamudio Parra, un dirigente liberal independiente que nos acompañó en las elecciones de 1982 y que ahora figura en nuestras listas, al lado de Marcelo Torres, como candidato a la Asamblea de Cundinamarca.

Por otra parte, militantes de la Alianza Nacional Popular se hicieron presentes en el homenaje que se le rindió al camarada Diego Betancur en Palmira, y en otros lugares del país, como Florencia o Santa Marta, hemos entablado conversaciones con algunos miembros del Nuevo Liberalismo, cada vez más inconformes con la política eminentemente oportunista de Luis Carlos Galán. En Cali y Barranquilla también hemos dialogado con los compañeros del Partido Socialista de los Trabajadores, y nuestros planteamientos alrededor de la unidad han sido los mismos que defendimos en 1975, a raíz del rompimiento de la UNO: que los acuerdos deben ser sobre la base de una oposición sistemática a los gobiernos liberales y conservadores de turno, en este caso al de Belisario Betancur; que en materia de política internacional tenemos que asumir una posición de no alineamiento, y que las alianzas han de regirse internamente por la democracia y otorgarles plenas garantías a los distintos movimientos que participan en ellas.

T.R.: ¿Qué temas están enfatizando ustedes en los discursos?
Diego Betancur: Aunque nos hemos dividido el trabajo en este aspecto y cada uno de nosotros toca temas diferentes en las manifestaciones públicas, hay una cuestión sobre la cual hemos insistido a diario y que me parece importante señalar, porque todos los demás partidos, disidencias, grupos y grupúsculos políticos, sin excepción, la pasan por alto. Me refiero al continuismo del actual gobierno, que de hecho ocurre a pesar de sus desplantes demagógicos.

Si algo pudimos comprobar durante la gira que hicimos en 1983 por varios departamentos, es que los problemas económicos y sociales del país, que tienen hondas raíces y que son de vieja data, lejos de estarse resolviendo, así fuera lentamente, se están agravando a pasos agigantados. La miseria creciente del pueblo, la falta de trabajo, de vivienda, de educación y de salud es algo que palpa cualquiera que realice un recorrido por el país. En nuestras intervenciones, por lo tanto, hemos hecho énfasis en este punto; hemos explicado que, realmente, el actual gobierno no ha cambiado nada, y hemos dicho que la revolución es el único camino que les queda a las masas trabajadoras para acabar con el atraso centenario de Colombia.

Marcelo Torres: En relación con lo que está diciendo Diego, otra de las ideas sobre las cuales hemos insistido en los actos es la del completo fracaso de la llamada reactivación económica. A pesar de que el presidente y su Ministro de Hacienda han registrado como parte de victoria el hecho de que la inflación del año pasado no haya llegado al 20 por ciento, lo cierto es que los resultados de las medidas oficiales contradicen cualquier pronóstico optimista. Nunca, por ejemplo, el desempleo había sido tan alto en el país, durante las últimas cuatro décadas, como en el año que acaba de transcurrir, y en los primeros días de enero diez grandes empresas anunciaron que solicitarían autorización del gobierno para despedir a numerosos contingentes de obreros. Por tercera vez consecutiva, en 1983 disminuyó la superficie agrícola sembrada en Colombia, y a comienzos del año continuaron registrándose los concordatos y las quiebras de muchas industrias. Los decretos navideños que elevaron las tarifas de la gasolina, del transporte y de los combustibles repercutirán perjudicialmente sobre las condiciones de vida de los trabajadores, y el nuevo impuesto a las ventas afectará aún más a los pequeños y medianos empresarios, a los comerciantes y, en general, a todos los colombianos.

Resumiendo, lo que hemos denunciado en las manifestaciones es que la gestión económica del gobierno, lejos de haber solucionado la profunda crisis en que se encuentra el país, ni siquiera ha sido capaz de encauzarla por un camino de alivio transitorio, y que muchas de las promesas de Belisario Betancur en la campaña electoral de 1982 -la de que no subirían los impuestos, para citar un caso, o la de que el pago de los servicios públicos se volvería accesible a los usuarios de escasos recursos- han sido progresivamente desvirtuadas no sólo por la escalada alcista sino también por las múltiples determinaciones que adoptan semana tras semana las dependencias gubernamentales.

T. R.: ¿Cómo han explicado ustedes este problema de las alzas?

Diego Betancur: El pasado primero de febrero, mientras el gobierno y los jerarcas de los dos partidos tradicionales celebraban los 25 años del Departamento Nacional de Planeación, expedimos un comunicado en el que señalamos las razones de este fenómeno, que en muchos campos ha sido más agudo ahora que durante las administraciones de López y Turbay.

En esa oportunidad dijimos, y lo hemos repetido varias veces, que la planeación en Colombia ha sido hipotecada a los bancos prestamistas extranjeros desde hace por lo menos 25 años, y que son estas entidades internacionales las que realmente “planifican”, en el llamado Grupo de Consulta, las inversiones que deberá realizar el Estado, las líneas de crédito que habrán de concederse a los sectores productivos y los proyectos de servicios públicos, en los que están incluidas, como es lógico, las tarifas que tienen que pagar los usuarios y las alzas periódicas que decreta el gobierno.

Algo similar ocurre con la reciente implantación del impuesto a las ventas y con los precios del transporte y de la gasolina. Esta última, entre paréntesis, está hoy en el país por encima de su cotización promedio a nivel internacional.

Carlos Valverde: El caso de las empresas públicas de Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla y otras capitales departamentales, en este sentido, es patético.

T.R.: ¿Y cómo ha estado la campaña en Bogotá?

Avelino Niño: desde el 18 de octubre del año pasado, fecha en la cual abrimos la campaña con una marcha de protesta de los vendedores ambulantes encabezada por Diego Betancur, hemos realizado manifestaciones en Bachué, Prado Veraniego, Ferias, Santa Helenita, San Carlos, 20 de Julio, Kennedy, Bosa, Quiroga, Lucero Alto, San Fernando, Class, Venecia y algunos otros barrios, en buena parte de los cuales se han establecido comandos para organizar las tareas de propaganda y de inscripción en esta recta final de los comicios. Los actos públicos han estado excelentes, por lo general, y en no pocas ocasiones la participación y el entusiasmo de las masas han sorprendido incluso a nuestros propios enemigos políticos.

T.R.: ¿Cuáles han sido los ejes, por decirlo así, de la agitación electoral en Bogotá?

Avelino Niño: Fuera de señalar la verdadera catadura del régimen belisarista y la naturaleza de la crisis económica y social que vive el país, como ya lo han explicado los demás compañeros, nuestro trabajo se ha centrado en denunciar algunos problemas específicos supremamente graves que tiene la ciudad, y que el actual alcalde, siguiendo el ejemplo de su superior jerárquico, no ha hecho sino agravar con cada día que pasa.

Uno de ellos es el de la vivienda. El plan bandera de la administración distrital, el famoso proyecto de Ciudad Bolívar, que se adelanta con base en un empréstito externo de 230 millones de dólares, no podrá resolver la penuria habitacional que hoy padecen millones de personas en los barrios periféricos. Se trata, en números redondos, de tres mil hectáreas localizadas al suroccidente de la sabana, en donde el gobierno pretende hacinar a cerca de diez mil familias en lotes con servicios de doce metros cuadrados cada uno. Lo único que se conseguirá mediante este adefesio, en pocas palabras, es crear un gigantesco tugurio en las afueras de la capital y endeudar a sus habitantes en una suma casi cuatro veces superior a la que costaron los puentes de Durán Dussán.

Otro problema muy agudo es el del cocinol. En Bogotá se venden más de dos millones y medio de galones de este combustible al mes, y ahora el alcalde ha salido con la idea de producir briquetas de carbón para reemplazarlo, lo que significa un empeoramiento en relación con las dramáticas necesidades actuales de la gente pobre. El caso de las basuras, igualmente, es aterrador. Cuando hicimos el acto en el barrio Quiroga, hace pocos días, los alrededores del sitio donde concedieron el permiso para levantar la tarima estaban inundados de desperdicios que los carros del Distrito no recolectaban desde meses atrás, a pesar de que el aseo se le cobra regularmente a la ciudadanía junto con las tarifas del agua. Los atropellos cometidos al amparo de la llamada valorización contemplada en el Plan Vial, por otra parte, han constituido un verdadero atraco para los sectores más depauperados de la población. De los 1.250 barrios con que cuenta Bogotá, más de la mitad se encuentra afectada por este problema, que ha llegado a convertirse en una auténtica calamidad pública.

T.R.: ¿Y para terminar?

Carlos Valverde: Yo quisiera, finalmente, insistir en algunas cosas que me parece que no deben pasar inadvertidas. La primera es que participamos en esta batalla electoral, como en las anteriores, sin hacernos la más mínima ilusión con respecto a la pureza del sufragio que supuestamente impera en estas lides de la democracia oligárquica en Colombia son una farsa en la que sólo pueden votar con “garantías” los sectores acomodados de la población y quienes quieran hacerlo por los dos partidos tradicionales, y que los moiristas concurrimos a ellas con el único propósito de vincularnos a las masas, acumular fuerzas y agitar nuestras ideas revolucionarias.

En segundo lugar, hay que resaltar el espíritu de unidad y de combate con que la militancia está adelantando esta tarea, a pesar de las dificultades enormes que tienen que enfrentar los miembros y simpatizantes de un partido como el nuestro. La seriedad, la abnegación y el entusiasmo de miles de compañeros y compañeras, sin embargo, nos ha permitido remover todos los obstáculos y salir adelante.

Por último, no sobra rendir un testimonio público de gratitud por la labor que ha desempeñado nuestro candidato al Concejo de Bogotá, la persona que ha llevado sobre sus hombros la mayor responsabilidad de la campaña del MOIR. El camarada Diego Betancur, como siempre, ha estado a la altura de las circunstancias.

Diálogo con José Zamudio: “SÍ SE PUEDE” ELEVAR LOS PRECIOS

El compañero José Zamudio Parra, del Movimiento Independiente Liberal, es candidato a la Asamblea de Cundinamarca como suplente de Marcelo Torres. Concedió declaraciones a TRIBUNA ROJA, de las cuales extractamos el siguiente diálogo.

T.R. ¿Qué llamamiento les haría a los liberales en este momento?

José Zamudio: Yo les diría que pensemos en Colombia. Que apoyemos con nuestro voto la lista que encabeza Diego Betancur, puesto que si logramos un avance significativo en la actual campaña, ello servirá de aliciente para el futuro y nos permitirá ayudar en mejor forma a resolver los seculares problemas que aquejan al país y a las masas. Por intermedio de TRIBUNA ROJA quiero enviarles un mensaje a los colombianos para decirles que cometen un ingenuo error al volver a votar por candidatos que, elección tras elección, los engañan. El pueblo debe votar por una alternativa como la que representan el Movimiento Independiente Liberal y el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, ya que nuestra presencia en las corporaciones públicas siempre ha tenido el propósito de defender los intereses de las mayorías.

T. R.: Ya que usted ha venido denunciando las alzas en el catastro, ¿cómo ve la situación de los pequeños y medianos comerciantes e industriales bajo el presente gobierno?

José Zamudio: Los pequeños propietarios de fábricas, almacenes y demás están en un callejón sin salida. La excesiva tributación a que se les ha sometido los conducirá a la ruina. El gobierno ha incrementado sin ninguna consideración gravámenes como los de catastro, de industria y comercio y, desde luego, el de las ventas, llamado ahora Impuesto al Valor Agregado, según el cual, de abril en adelante, muchos artículos tributarán al Estado en las diferentes etapas de su producción y comercialización. Lo cual no sólo desestimula las actividades económicas, sino que desata la inflación y encarece el costo de la vida. El consumidor será la víctima de toda esta política impositiva, pero también la sufrirán los artesanos y los empresarios y comerciantes carentes de poder e influencia.

T.R.: ¿Qué nos puede contar de sus enfrentamientos con el alcalde Durán Dussán durante el período en que usted fue diputado?

José Zamudio: Como ustedes saben, yo fui diputado a la Asamblea de Cundinamarca por el oficialismo y era, además, miembro principal del Directorio Liberal de Bogotá. Pero debido a que me comprometí en la defensa de las gentes de las plazas de mercado, atropelladas por Durán Dussán, mis contradicciones con el gobierno fueron creciendo. Se había congelado el canon de arrendamiento por decreto-ley. Pero en vista de que el alcalde, violando todos los derechos, pretendió llegar a los inquilinos con amenazas e intentó subirles las cuotas hasta en un 3.000%, nos enfrentamos al desafío. Es decir, una cosa decía el Presidente y otra su subalterno, conducta típica de los mandatarios colombianos para proceder contra los de abajo y lavarse las manos.

T.R.: ¿Qué opinión le merece el gobierno de Belisario Betancur?

José Zamudio: Con esta consideración se dice todo. En su campaña electoral Betancur declaró solemnemente que en su administración no permitiría alzas ni nuevos impuestos. Sin embargo, tanto unas como otros se han producido generalizadamente. Se destacan en particular los incrementos en las tarifas de los servicios públicos que han provocado enérgicas protestas populares. En otras palabras, los colombianos estamos viendo que lo único que “sí se puede” es subir los precios de los hidrocarburos, del transporte y de toda la canasta familiar.

EL ENDEUDAMIENTO EXTERNO TAMBIÉN EXTRANGULA A COLOMBIA

A principios de febrero el Ministro de Hacienda anunciaba, con gran despliegue en los medios informativos, que ya había sido aprobada la totalidad de los créditos foráneos previstos en el Programa de Endeudamiento Externo correspondiente a 1984, cerca de 2.200 millones de dólares, con los cuales se cumplen, para este año, las autorizaciones concedidas por el Grupo de Consulta de París al gobierno de Belisario Betancur. El programa para el cuatrienio contempla 36 proyectos cuya financiación externa asciende a 9.579 millones de dólares, lo que equivale a que la deuda externa colombiana se doblaría al final de 1986, alcanzando una cifra de cerca de 20.000 millones de dólares.

¿Qué significado tiene para el país una deuda de tales proporciones? Ante todo, el incremento de las consabidas ataduras que acompañan a este tipo de préstamos: el control sobre sectores claves (por ejemplo, la generación de energía eléctrica y la extracción de carbón y de petróleo), la demanda de alzas permanentes en las tarifas de los servicios públicos, los compromisos en torno a las políticas salarial, cafetera, monetaria, es decir, la injerencia en las orientaciones fundamentales de la economía de la Nación. La intromisión de las instituciones financieras imperialistas llega a extremos tales de exigir la conformación de juntas directivas, el nombramiento de gerentes de empresas públicas, la imposición de asesores extranjeros, etc., “recomendaciones” estas que, como es obvio, lesionan gravemente la soberanía nacional.

Si se coteja el monto global de la deuda de los próximos años con la capacidad de pago del país, los 20.000 millones de dólares se traducirán en una sangría de divisas, de proporciones cada vez mayores, que nos arrastrará hacia la insolvencia total, similar a las crisis sufridas por otros países latinoamericanos.

En efecto, mientras el endeudamiento externo global se dobla durante el gobierno de Turbay, pasando de 4.246 millones de dólares en 1978 a 9.797 millones en 1982, y se pretende continuar con el mismo ritmo durante el gobierno de Betancur, el panorama del sector externo se deteriora aceleradamente. De una relativa bonanza en términos de reservas de divisas, comercio exterior y flujo de capitales, se ha desembocado a una situación de creciente déficit en la Balanza de Pagos. En 1982, y particularmente en 1983, su colapso es evidente: el saldo rojo de las transacciones internacionales se amplió de 650 millones a casi 2.000 millones de dólares.

Este notable desequilibrio se debe, entre otros factores, a la grave disminución registrada en las exportaciones colombianas y al inusitado crecimiento del servicio de la deuda, sobre todo por concepto de los intereses.

En cuanto al comercio exterior, mientras las importaciones del país siguen su curso ascendente durante todo el último lustro, presionadas por las masivas importaciones de alimentos y principales materias primas, el déficit energético y el consumo suntuario, secuela de las sucesivas “bonanzas”, las exportaciones disminuyen en forma drástica a partir de 1981, en particular las destinadas a Venezuela, Ecuador y el mercado europeo, las cuales, en conjunto, han representado más del 500/o de los ingresos corrientes de divisas. De aquí los saldos negativos del balance comercial de los últimos años (Ver cuadro). Las perspectivas futuras, a pesar del freno a las importaciones en 1983, no son nada halagüeñas, si se tiene en cuenta la revaluación del peso respecto de las principales monedas europeas, la tendencia al proteccionismo y la imposibilidad de los países vecinos de superar a corto plazo sus desórdenes económicos.

El costo del endeudamiento influye de manera decisiva en tan crítica situación. Los pagos por este concepto se disparan a partir de 1979, llegando a representar para 1982 el 52.5% del total del ingreso por exportaciones del país; y lo que es aún más alarmante, las tres cuartas partes de dichos desembolsos corresponden solamente a intereses. Este desproporcionado aumento se explica por el crecimiento más dinámico de la deuda privada frente a la pública, cuyos términos resultan siempre más onerosos. Además, la contratación cada vez mayor de la deuda pública con bancos comerciales y la correlativa disminución de fondos provenientes de organismos multilaterales contribuyen a elevar las tasas de interés promedio. Por último, el lastre que representa la deuda a corto plazo, un 32.3% de los empréstitos totales, equivale a una proporción superior a la observada en los principales países de América Latina.

En efecto, los pagos de intereses se multiplican por 11 entre 1970 y 1982, superando la escandalosa cifra de 1.000 millones de dólares.

El servicio global de la deuda crece en el mismo lapso 6.5 veces y la tasa de interés promedio se eleva de 4.5% a 12.8%. De otra parte, el plazo se reduce de más de 20 años a 11 y el período de gracia de 6 años a menos de 3 en promedio (Ver cuadro).

Un análisis reciente publicado en El Espectador señalaba en su diagnóstico que “la más grave de las zonas de peligro es la del sector externo. Nuestra Balanza de Pagos se está deteriorando notoriamente… (Su comportamiento) es de los más negativos de la región y tiende a seguir deteriorándose… la evolución de los hechos indica que mientras la región ha comenzado a aliviar su situación, Colombia la está empeorando”. (1)

Para ilustrar esta aseveración baste considerar que, al contrario de lo sucedido en Colombia, muchas de las naciones grandes y medianas de América Latina registraron en 1983 una Balanza Comercial favorable; México, de 12.000 millones de dólares; Venezuela, de 9.300 millones; Chile, de 1.000 millones; Brasil, de 6.300 millones y Ecuador, de 670 millones. En Colombia el déficit de 1983 superó los 1.800 millones de dólares y la cifra acumulada para los últimos tres años se acerca a los 5.000 millones.

Por ello es a todas luces falso el manido argumento gubernamental con el que se pretende defender la contratación sin precedentes de crédito internacional y en condiciones progresivamente gravosas, según el cual el endeudamiento externo del país se halla en un nivel “controlable” y la economía colombiana, a este respecto, configuraría una excepción a la tragedia de nuestros vecinos. No obstante, nos encaminamos al desfiladero al que han ido a parar las principales economías del hemisferio, guiadas por el espejismo de la deuda externa y expoliadas por las regulaciones del capital financiero internacional.
Nota.
(1) Jorge Méndez M. El Espectador. Febrero 5,1984.

A PROPÓSITO DE UN ENCUENTRO CAMPESINO

Abordar una chalupa en Magangué y emprender un viaje por los ríos, los caños y las ciénagas de la Costa Norte de Colombia es como entrar al corazón de otro país. Atrás quedan las torres de la iglesia, la algarabía de los vendedores ambulantes y el trajinar alegre y bullanguero del puerto, la segunda ciudad del departamento de Bolívar, y por delante se abre el horizonte de una región de 40 mil kilómetros cuadrados, potencialmente riquísima, que se inunda durante varios meses del año y que comprende las llanuras ribereñas de Sucre, Magdalena, Cesar, Santander y el sur de Bolívar.

Aunque depende de distintas gobernaciones y entidades administrativas, todas ellas al servicio de los terratenientes liberales y conservadores de mayor cosecha electoral en cada departamento, la región configura una unidad en sí misma. Tiene su propia historia, sus propias tradiciones, sus propios mohanes y leyendas, pero ante todo se caracteriza por el increíble abandono en que ha subsistido desde tiempo inmemorial.

Ninguno de los caseríos grandes y pequeños que van pasando de largo frente a la chalupa goza de lo que pudiéramos llamar servicios públicos. Sus habitantes viven, pescan y cultivan la tierra en condiciones casi idénticas a las que imperaban hace un siglo. Mompós, que desempeñó un papel de suma importancia en épocas pasadas, cuando era escala obligatoria de los barcos que comunicaban a la costa con el interior, hoy en día languidece en el marastmo del atraso, el aislamiento y la desidia oficial. Ciertas poblaciones como Colorado, cerca de Magangué, disponen apenas de un maestro para más de trescientos alumnos de tres niveles. Sindes, la organización sindical que agrupa a la mayoría de los trabajadores de la malaria, denuncio recientemente que sólo en Sucre y en algunas zonas aledañas se habían presentado 1.215 casos de paludismo agudo durante los seis primeros meses de 1983, y hay situaciones aberrantes como las de Achí, a orillas del Cauca, en donde se diagnosticaron 434 enfermos palúdicos durante el mismo lapso.

Miles de hectáreas de este inmenso territorio -la isla de Mompós, por ejemplo, o las sabanas ganaderas de Sucre, Magdalena y César- están bajo el dominio régimen latifundista quizás primitivo, indolente, decadente y violento del país. En algunas partes aún se pueden ver los restos de viejas haciendas señoriales que conservan el recuerdo del cepo con que los antiguos amos doblegaban la cerviz de la peonada. En no pocas ocasiones los títulos de propiedad de tales tierras se remontan al período de la Colonia y de la Independencia, cuando toda gran estancia que se respetara contaba con sus propios calabozos para someter a los esclavos insumisos y amansar a la mano de obra indígena. En la actualidad, naturalmente, las cosas han cambiado, pero el meollo del asunto sigue siendo el mismo: las zonas terratenientes de la Costa Norte de Colombia, y en especial las que se encuentran en los cursos bajos de los ríos Cesar, Cauca, San Jorge y Magdalena, son todavía el paraíso de las corralejas, de la ganadería extensiva y de las formas más atrasadas de producción en el campo.

Desde hace muchos años, sin embargo, en la región han prosperado, junto a estos enclaves del latifundismo, extensas zonas de colonización campesina. Agricultores provenientes de varios departamentos se han establecido en las riberas de las vías fluviales o han remado contra la corriente de los caños para internarse en las montañas de la Serranía de San Lucas, el último eslabón de la Cordillera Central. Siembran arroz, yuca, plátano y ñame, según las circunstancias, y por temporadas se dedican a la pesca, a la extracción de madera, a la minería, al mercadeo de algunos artículos de primera necesidad o simplemente a lo que encuentran.

Trabajando a brazo partido en condiciones difíciles en extremo, sin escuelas, puestos de salud, vías de penetración y facilidades para vender lo que producen, estos colonos han logrado la hazaña de domar una naturaleza endemoniadamente hostil en un medio en que la presencia del gobierno sólo se manifiesta en trabas, tributos, multas, represión y manipulación electoral, y han contribuido con su esfuerzo al florecimiento de una incipiente pero activa economía agrícola que aún mantiene con vida a poblaciones como Simití, San Benito Abad, El Banco, Morales, Pinillos, Majagual y Guaranda.

Frente a esta última, puerto maderero sobre el río Cauca y centro comercial de toda una provincia, se alza el cerro Corcovado, de más de mil metros de altura por encima del nivel del mar. La chalupa bordea las estribaciones del peñasco, que parece un totem milenario vigilando el curso de las aguas, y se dirige al suroeste, hasta la ciénaga de La Raya, para luego desviarse por una quebrada que conduce a Montecristo, corregimiento de Achí, en donde tuvo lugar, durante los días 16, 17 y 18 de diciembre de 1983, un acontecimiento extraordinario: el tercer encuentro de la Unión Campesina independiente de Bolívar UCIB.

A quienes lo hicieron posible
Reunir un encuentro de ciento veinte dirigentes campesinos en un pueblo como Montecristo, a siete horas en “yonson” desde Magangué, implica, entre muchas otras cosas, un arduo trabajo de organización que generalmente pasa desapercibido. Hay que alojar, alimentar y atender a un considerable número de visitantes en un caserío de unas cuantas cuadras que no tiene luz, ni alcantarillado, ni agua potable, ni nada que pueda compararse con lo que llaman una infraestructura. Proporcionalmente, reunir en Montecristo una asamblea de ciento veinte agricultores equivale a congregar en Bogotá a una muchedumbre de trescientas mil personas.

Sin embargo, 18 ligas campesinas del sur de Bolívar, pertenecientes a la UCIB de tiempo atrás, lo lograron. Sobra decir que no tuvieron a su alcance ningún tipo de ayuda oficial o de la empresa privada, ni el respaldo de los grandes medios de comunicación. Para llevar a cabo el encuentro, al igual que todas las demás tareas que se han propuesto hasta ahora, las ligas campesinas del sur de Bolívar se valieron del único recurso que conocen y que les ha permitido sortear con éxito todas las dificultades: el entusiasmo, la iniciativa, el apoyo y la colaboración de las masas.

Cada una puso dos mil pesos para financiar ciertos gastos ineludibles, y las que no estuvieron en capacidad de hacerlo contribuyeron de muchísimas maneras a la realización del evento. Los compañeros de El Tabual, para citar un caso, aportaron el plátano que se consumió durante tres días, y los de Rangelito llegaron al acto de inauguración con varios bultos de yuca que habían recogido entre los amigos y simpatizantes de su vereda. Los vecinos de Montecristo se estrecharon un poco más en sus humildes viviendas, hospedaron a numerosos delegados y ayudaron con panela, sal, café y otros artículos indispensables. Los maestros cedieron las aulas de dos escuelas semiabandonadas para que pudieran sesionar algunas comisiones, y los chaluperos de Guaranda y Magangué colaboraron con el transporte de decenas de labriegos que habitan en parajes supremamente apartados. Adembol, Sittelecom, Sintracreditario y otros sindicatos independientes de Cartagena cooperaron en labores de propaganda, recolectaron dinero entre sus afiliados y enviaron representantes al encuentro, y cuando éste se inició, en la noche del pasado 16 de diciembre, los primeros aplausos estuvieron dirigidos a esos centenares de hombres y mujeres, ausentes en su mayoría, que lo habían hecho posible.

La reunión de apertura se efectuó en el Club Tenampo, un amplio local de techo de zinc y paredes de bloque sin encalar, cedido amablemente por su dueño. En el muro del fondo colgaba una pancarta de bienvenida y al lado estaba la mesa de coordinación de las sesiones, presidida por José Chacón, vicepresidente de la UCIB; Roberto Giraldo, de la seccional de Asmedas en Magangué; Ricardo Torres, dirigente de la liga de Montecristo, y Francisco Mosquera, secretario general del MOIR.

Subiendo la cuesta
Las ligas agrupadas en la Unión Campesina Independiente de Bolívar comenzaron a formarse, como sucedió con tantas otras en el resto del país, a fines de los años setentas, la década que presenció el fracaso de todos los ensayos oficiales y semioficiales que se hicieron para manipular a los trabajadores del campo. La trágica experiencia de la ANUC, fundada en 1969 por decreto del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo, ya había dejado al descubierto la vacuidad y el engaño que encierran estas aparentes “concesiones democráticas” del régimen, y los posteriores intentos realizados para reencaucharla demostraron una vez más que en Colombia sólo pueden prosperar las organizaciones campesinas celosamente independientes del tutelaje de las oligarquías y del oportunismo.

En los departamentos de la Costa Atlántica, donde la ANUC prendió con relativa fuerza a raíz de la oleada de invasiones que se presentó durante 1971 y 1972, millares de pequeños y medianos propietarios y aparceros vivieron en carne propia la historia de esta nueva frustración, pero también aprendieron de ella.

Los primeros esfuerzos por constituir organizaciones campesinas verdaderamente autónomas, que desenmascararan la política agraria oficial y se pusieran al servicio de los agricultores, sobre todo de los más pobres, empezaron a fructificar a mediados de la década pasada, aunque sólo vinieron a concretarse años después. Desde San Pablo hasta el Carmen de Bolívar, y desde La Mojana, al sur de Sucre, hasta los latifundios ganaderos de Magdalena y Cesar, rudimentarias ligas campesinas fueron creciendo paulatinamente en más de un municipio. En sus inicios tuvieron que enfrentarse a la apatía y al temor de numerosos labriegos, víctimas de las incursiones sucesivas de la fuerza pública y decepcionados por los engaños de viejo cuño y por las aventuras de la extrema izquierda, pero con el tiempo adquirieron la confianza de la gente, allanaron el terreno y se desarrollaron con inusitada rapidez en múltiples veredas.

Al calor de las ligas surgieron escuelas, cooperativas de producción y de consumo, puestos de salud y caminos vecinales, grupos de teatro, música y danza. Se organizaron brigadas médicas voluntarias para socorrer semanalmente a los enfermos que viven en sitios retirados y no tienen cómo acudir a un hospital, y en Magangué comenzó a editarse, bajo la batuta del escritor Angel Galeano, una publicación de carácter cultural e informativo: El pequeño periódico, que recoge las noticias del sur de Bolívar y que cuenta entre sus colaboradores a Sonia Bazanta (Totó la Momposina), y a muchos otros folcloristas, maestros, profesionales, investigadores y estudiantes de las zonas ribereñas.

Este cúmulo de actividades que atender hizo necesario que se conformaran organismos de coordinación y dirección en varios departamentos. El 6 de junio de 1982 Lácides Benítez, presidente de la UCIB, instaló en El Dorado, corregimiento de Achí, el primer encuentro campesino del sur de Bolívar. El segundo se realizó en Tiquicio Nuevo el 6 de diciembre de ese mismo año. Ambos eventos ratificaron el principio de la independencia absoluta de las ligas con respecto al gobierno y a las colectividades políticas que lo sustentan, y renovaron el compromiso de luchar por una organización auténticamente representativa de los pobres del campo, que contribuya a que en Colombia, algún día, los beneficios de la tierra sean de verdad para quien la trabaja.

Un paso adelante
El impetuoso desarrollo que ha experimentado este nuevo tipo de organización campesina en todo el país, y particularmente en los departamentos de la Costa Atlántica, ha puesto al descubierto, como era de esperarse, una gran cantidad de problemas económicos y administrativos que requieren soluciones inmediatas, y que en ciertas zonas de colonización tienen que ver con la supervivencia misma de sus habitantes.

Es el caso, por ejemplo, de las cooperativas. En regiones tan aisladas al estilo del sur de Bolívar, Sucre o Magdalena, donde los agricultores no disponen de caminos ni de medios de transporte para sacar sus productos al mercado, se han fundado ya varias cooperativas que con el tiempo les permitirán vender sus cosechas a mejores precios y comprar sus provisiones básicas sin necesidad de someterse a los intermediarios. Algunas han logrado éxitos notables en muy corto tiempo. La de Micumao, un remoto corregimiento del municipio de Morales, cuenta en la actualidad con casi setenta socios que se han puesto de acuerdo para colocar directamente en Magangué y en Barranquilla el fríjol que cultivan, percibiendo un ingreso a veces superior a los dos mil pesos por carga en comparación con el que recibían antes. Al comerciar los artículos de consumo para su expendio al por menor en las veredas, además, los campesinos los adquieren a menores costos, y ambos factores combinados han conseguido aliviar, al menos en parte, la situación de miseria en que se halla la inmensa mayoría de los colonos.

Sin embargo, por el mismo auge del movimiento campesino, vertiginoso en muchas ocasiones, en el manejo de las cooperativas se han cometido y probablemente seguirán cometiéndose errores que habrá que subsanar tan pronto como se presenten. El encuentro de Montecristo se propuso analizar y resolver estos asuntos, y sus deliberaciones estuvieron dedicadas a resumir las experiencias prácticas de numerosos compañeros y compañeras que trabajan en el campo desde hace largos años y conocen de cerca sus problemas.

Lucidez y perseverancia

El encuentro se dividió en cuatro comisiones que hicieron un balance de la labor efectuada durante 1983 en sendos frentes: las ligas, la organización femenina, las actividades culturales y la cuestión de las cooperativas. Esta última, como estaba previsto, copó la mayor parte del tiempo, pero arrojó importantes conclusiones que fueron expuestas ante la sesión plenaria, en nombre de la comisión respectiva, por Francisco Mosquera.

“El objetivo central de las cooperativas”, comenzó por señalar en su informe, “es el desarrollo de la producción y el mejoramiento de la vida del pueblo. Dicho mejoramiento depende, en gran medida, de la suerte que corra en el mercado el principal producto comerciable de la región, o sea de la manera como los campesinos se asocien para vender lo que producen. El testimonio rendido por los diferentes delegadlos nos ha dejado valiosas enseñanzas en este sentido, y a todos nosotros nos corresponde asimilarlas si queremos proponernos metas cada vez mayores”.

Entre las principales experiencias que sintetizó el camarada hay una que merece destacarse de manera especial: la de que las cooperativas deben aprender a funcionar según las leyes del comercio, lo que implica que sus operaciones, además de reportarles ventajas directas a sus socios, tienen que rendir un margen razonable de ganancia que les permita fortalecer y contar con recursos económicos suficientes para la construcción de bodegas, el mejoramiento de caminos, la consecución de medios de transporte y otros elementos sin los cuales no pueden alcanzar los fines que les son propios.

De lo anterior se desprende, a su vez, que las cooperativas han de contratar funcionarios especializados en asuntos de administración y contabilidad, y personas que estén al tanto de las fluctuaciones en los precios, que conozcan a fondo los tejemanejes del mercado, que garanticen el volumen y la continuidad de las ventas y sepan negociar rentablemente las cosechas de los campesinos. Es indispensable, por lo tanto, que el monto principal de las utilidades no se distribuya entre los socios, sino que se mantenga como propiedad común y se invierta para fomentar el mercadeo y desarrollar la producción.

“Si las ligas del sur de Bolívar son capaces de crear cooperativas de producción y de consumo que operen con este nuevo espíritu”, declaró el secretario general del MOIR en la sesión de clausura, “miles de labriegos de toda la región se darán cuenta de que la UCIB es una organización que combate por el bienestar y el progreso de los pobres del campo, y que además proporciona un medio para vincularse a la lucha que libran los obreros, los campesinos y las capas medias de la población en otros lugares del país. Este encuentro ha demostrado que las ligas son un valiosísimo instrumento para unir a los agricultores y despertar su iniciativa creadora, como se puede ver por los avances realizados en el terreno de las cooperativas, la organización femenina y las actividades culturales. Persistamos en este esfuerzo con lucidez y con perseverancia, compañeras y compañeros, y no estará lejano el día en que Colombia se transforme en una nación auténticamente libre, independiente y democrática”.

IRRISORIOS LOS AUMENTOS SALARIALES DEL GOBIERNO

Los aumentos salariales del sector oficial siguieron congelados en la práctica al imponer el gobierno de Betancur un alza del 18.5 por ciento, que de hecho desmejora el poder adquisitivo de los trabajadores. No obstante estar clasificados como empleados públicos y no gozar de los derechos de organización y contratación colectiva, miles de ellos demandan significativas mejoras prestacionales, buscando romper las mezquinas ofertas del régimen.

Obligada Telecom a negociar
Los 12 mil asalariados de Telecom realizaron a finales de enero mítines de hasta cuatro horas diarias para forzar a la gerencia a discutir el petitorio. Si bien el Decreto 159 hizo valer allí el incremento del 18.5 por ciento, las combativas movilizaciones dieron por resultado que la parte patronal accediera el 3 de febrero a comenzar conversaciones alrededor de aspectos tales como el pago de los dominicales triples, el porcentaje por labores nocturnas, una prima para las estaciones repetidoras, una prima climática, el régimen disciplinario interno, salud, vivienda, auxilios sindicales y ajustes en el escalafón. Sobre todos estos puntos se logró un acuerdo, a la postre, satisfactorio para los trabajadores.

Entre tanto, el conflicto prosigue en Acotv y Gravi. En la Empresa de Teléfonos, que agrupa a casi cuatro mil obreros, el arreglo directo se inició el 11 de enero sin que a la fecha haya sido posible superar la primera oferta del 14 por ciento de aumento. En el frente de los empleados distritales de Bogotá, donde diez organizaciones gestionan alzas de salario, el gobierno está aplicando la táctica de distanciar unos conflictos de otros con el objeto de romper la acción coordinada de aquéllas.

Contrapliego en la Caja Agraria
Pocas veces se ha visto en los últimos tiempos un contrapliego tan agresivo como el presentado por la Caja Agraria a sus 13.600 trabajadores. Con él la empresa aspira a echar abajo el régimen especial de cesantías para traspasarlas al Fondo Nacional del Ahorro. Pretende asimismo ampliar de 47 a 60 años la edad de jubilación, suprimir la tabla de indemnizaciones por despido injusto, cuatro veces más alta que la del Código, y eliminar cuatro primas extralegales. De otra parte, la Caja Agraria pide también borrar de la convención la cláusula de estabilidad que le prohíbe despedir a un trabajador con más de diez años.

Otro pliego que se cierne sobre los creditarios es el llamado proyecto de refinanciación, mediante el cual cientos de asalariados serán clasificados como empleados públicos.

Sin acuerdo en el Cafetero
En 1982 un tribunal de arbitramento echó atrás un punto convencional que reconocía a los 7.800 trabajadores del Banco Cafetero la pensión de jubilación con el salario promedio y a los 25 años de servicios. En esta oportunidad el contrapliego de la empresa tiende a desconocer la retroactividad del aumento y a hacer más expedito el procedimiento para aplicar sanciones. Igualmente los 6 mil trabajadores del Banco Popular y los 2 mil del Industrial Colombiano enfrentan la política salarial del gobierno.

Por su lado, la Asociación Colombiana de Empleados Bancarios, ACEB, suscribió a comienzos del año sendas convenciones colectivas con el Banco del Comercio y el Banco Ganadero, con incrementos que llegan a 4.300 y 4.100, respectivamente.

Marginada la UTC en Acerías
En 1983, Acerías Paz del Río logró que el sindicato se aviniera a pactar con el 16.8 por ciento de aumento salarial y postergara las once cláusulas restantes del pliego. En aquella ocasión la empresa adujo estar en malas condiciones económicas. Sin embargo, éstas se debieron a pérdidas que sumaron 1.700 millones de pesos el año pasado, de las cuales el mayor porcentaje correspondió al pago de intereses a las entidades financieras. Cabe señalarse, además, que aunque la producción de hierro y cemento se vendió en su totalidad, con incrementos del 32.1 y del 68 por ciento, Paz del Río sigue adeudando al Chase Manhattan más de 15 mil millones de pesos. Por lo tanto, los obreros consideran con justeza que no son ellos los que deben sufrir las consecuencias del saqueo de los pulpos colombianos y extranjeros.

El pliego exige 250 diarios de incremento, a más de mejoras en los sistemas de destajo, bonificaciones para labores subterráneas, subsidio de transporte y otras cláusulas. De las conversaciones, que principiaron el 7 de diciembre, ha sido marginada la UTC por acuerdo mayoritario de la junta directiva, en protesta por la forma como se condujo y remató la pasada negociación.

Crece deuda laboral en Colpuertos
Más de 1.500 millones de pesos continúa debiendo Colpuertos a sus trabajadores por concepto de vacaciones, primas, cesantías, subsidio familiar y jubilaciones, denunció el presidente del sindicato del terminal marítimo de Barranquilla, Sindeoterma, Bernardo Charris. “Si se contabiliza tan sólo Barranquilla -indicó el directivo-, la suma que ha dejado la empresa de pagar por éstos y otros aspectos sube a 620 millones de pesos”.

En 1983 hubo un insignificante aumento salarial del 10 por ciento para el personal fijo. Los obreros que laboran al destajo, en cambio, vieron disminuir sus ingresos en un 40 por ciento y más.

Estatales: jornada nacional
El 9 de febrero se cumplió en todo el país la jornada prevista por la Federación Nacional de Trabajadores al Servicio del Estado, Fenaltrase, para presionar la negociación de petitorios y rechazar la política salarial del 18.5 por ciento del gobierno belisarista.

En la jornada, además de Sittelecom y la Caja Agraria, participó igualmente Fecode para exigir el pago oportuno de las prestaciones y el respeto a la carrera administrativa.

El Teatro Libre de Bogotá: UNA DÉCADA DE INFATIGABLE Y CREADORA LABOR

Porque viene al caso, hemos decidido encabezar este reportaje a Ricardo Camacho y Germán Moure con la siguiente aclaración del Comité Ejecutivo Central del MOIR, respecto a ciertos ataques burdos y draconianos de los que ha sido víctima recientemente el Teatro Libre de Bogotá:

“Como quiera que la editorial «Bandera Roja» imprimió un compendio de los escritos y pinturas de Clemencia Lucena en justo homenaje a su memoria, pero en él, mediante dos llamados de pie de página, se vitupera al Teatro libre de Bogotá y al Son del Pueblo, y prácticamente se los descalifica para seguir realizando cualquier aporte a la nueva cultura del país, por la cual venimos combatiendo con denuedo desde hace más de quince años; y como quiera que tal publicación parece surgida de algún organismo del MOIR, o de algún sector del mismo, cabe despejar el equívoco y dar a conocer también abiertamente que la dirección del Partido, ni ha elaborado, ni ha autorizado, ni comparte el contenido ni la forma de las aludidas acotaciones.

“En primer término, los problemas del arte jamás serán resueltos con bendiciones y bastonazos, ni mucho menos a la manera del Parlamento francés, que en sus años mozos ordenaba pintar de amarillo las casas de los traidores para someterlos al desprecio ciudadano. Si en algún terreno habremos de hacer gala de nuestro estilo democrático, ese es el del arte. Si en vez de airear el ambiente, lo enrarecemos con diatribas y sentencias irrevocables, impediremos que la discusión fluya y contribuya a descubrir los principios básicos y a corregir las fallas. No olvidemos, de otra parte, que en la actual etapa histórica de Colombia nos hallamos empeñados en culminar la revolución democrática de liberación nacional, estación indispensable hacia el socialismo, y que nuestro cometido demanda, por ende, la concurrencia combativa y unificada del noventa por ciento y más de la población. Empero, si nuestra actitud hacia los intelectuales, artistas y científicos consiste en tratarlos como a renegados y vendidos porque subsistan diferencias, no sólo nos apartaremos inexorablemente de ellos, sino que tampoco conseguiremos aglutinar a la aplastante mayoría del pueblo. Dentro de los trabajadores del frente cultural únicamente una ínfima porción se resistirá a prestar su concurso a la gesta por la emancipación nacional y la transformación revolucionaria de la sociedad colombiana. El resto, estamos convencidos, aportará su valioso contingente a la contienda y enmendará paulatinamente, cuando los tenga, los errores y las ideas retardatarias y anticientíficas.

“En segundo término, el Teatro Libre de Bogotá y el Son del Pueblo conforman dos agrupaciones artísticas que se han distinguido ante todo por sus esfuerzos creadores en pro de una cultura de avanzada y en beneficio de las lides de las grandes masas populares. Ambos conjuntos se encuentran naturalmente en plena evolución hacia las metas de elevar el nivel y la calidad de sus obras. No obstante, ostentan ya a su favor varias conquistas de renombre, como la concepción y el montaje de “La Agonía del Difunto”, escrita por Esteban Navajas, para no citar más que una. Sus méritos son innegables. Su infatigable y perseverante labor de una década mueve al respeto y nos obliga a respaldarlos fraternalmente. Las observaciones y las críticas que en distintos momentos les hemos formulado han partido de la creencia de que sus dirigentes, con Ricardo Camacho a la cabeza, y los demás compañeros integrantes de los dos elencos, están siempre receptivos y dispuestos a sopesar cuanto les colabore en sus afanes por impulsar un arte al servicio de la nación, el pueblo y el progreso.

“En tercer término, la posición partidaria en torno a estas materias no ha de reducirse, desde luego, al aplauso y a la tolerancia. Los ricos e inagotables asuntos de la cultura nos han de preocupar constantemente y frente a ellos debemos exponer y defender nuestras miras de clase, radicalmente contrarias a los decadentes y vacuos criterios de las oligarquías y el imperialismo. Aunque propugnemos la libertad de investigación y creación como un método insustituible para el buen suceso de las ciencias y las artes, no cejaremos en señalar que las unas y las otras han de coadyuvar invariablemente al desarrollo material del país y a la educación ideológica de los desposeídos y oprimidos. Las expresiones culturales que no apunten a tales objetivos, embellezcan los torvos propósitos de la reacción, envilezcan moralmente a las fuerzas laboriosas, o se queden simplemente en fórmulas tan comunes pero tan vacías como la de promover el «arte por el arte», en lugar de apuntalar nuestra lucha, la desquician. Necesitamos forjar nuestras propias armas espirituales a fin de vencer a nuestros enemigos. Precisamos constituir firmes y esclarecidos destacamentos de investigadores y artistas que contiendan y triunfen en la palestra de la cultura. Requerimos de una literatura, de una pintura, de una música, de un teatro, de un cine revolucionarios. Y el Partido ha de trazar sus orientaciones y velar por que dichas tareas se cumplan a satisfacción. En este sentido bien haríamos en parodiar el antiguo aforismo: el arte es demasiado importante para dejárselo sólo a los artistas”.

Reportaje a Camacho y Moure
En 1983, el Teatro Libre de Bogotá cumplió diez años de existencia. Durante este lapso el grupo ha puesto en escena veinte obras, más de la mitad de ellas colombianas, producidas por miembros de su taller de autores, y ha realizado incontables presentaciones en diversos escenarios del país, desde el Teatro Colón de Bogotá hasta los tablados de los sindicatos y las esquinas y parques de los barrios populares y las poblaciones. Hasta entonces, sin embargo, su única experiencia internacional había sido una gira por Venezuela y la participación en el II Encuentro Internacional de Teatro de Grupo, en Bérgamo, Italia, en 1977. Pero entre marzo y junio del año pasado, el TLB llevó a cabo una gira que se inició con presentaciones en la República Popular China y culminó en Europa, donde recorrió España, Holanda, Francia. Inglaterra y Bélgica. En todos estos países dio a conocer “Los Andariegos”, de Jairo Aníbal Niño; “Episodios Comuneros”, de Jorge Plata, y “La Agonía del Difunto”, de Esteban Navajas. Estas obras fueron dirigidas por Ricardo Camacho, Germán Moure y Jorge Plata, y acompañadas por dos espectáculos musicales: el conjunto Son del Pueblo, dirigido por César Mora y Ricardo de los Ríos, y Cantos y Danzas de la República de Colombia, con música de Eduardo Carrizosa y coreografía de Álvaro José Camacho.

Tras su regreso, el TLB montó dos nuevas obras: “La Balada del Café Triste”, adaptación teatral hecha por el dramaturgo norteamericano Edward Albee de la novela de Carson McCullers, y “A Puerta Cerrada”, de Jean Paul Sartre, dirigida por Germán Moure en trabajo conjunto con el Teatro Nacional.

TRIBUNA ROJA efectuó la siguiente entrevista sobre diversos aspectos del trabajo del TLB con dos de sus directores, Germán Moure y Ricardo Camacho.

T.R.: Para comenzar, hagamos un balance de la gira.
Ricardo Camacho: Desde cuando el viaje se planificó, sabíamos que iba a cerrar un ciclo, el ciclo de nuestro aprendizaje, la etapa de forjar las primeras armas; la gira obró como catalizador del proceso de conformación del grupo. Esto en cuanto a la evolución nuestra. En lo referente a la experiencia, aprendimos muchas cosas; en la República Popular China tuvimos una muy fraternal recepción y pudimos acercarnos a su movimiento cultural, en muchos aspectos tan diferente al nuestro. En España hubo una gran acogida a las obras que presentamos, y en los demás países el idioma no constituyó una barrera para la comprensión del mensaje de un teatro como el que llevamos, todavía en formación pero muy fresco y con un alto nivel de significación.

T.R.: ¿Qué etapa empiezan ahora ustedes?
Ricardo Camacho: Un grupo artístico es cambiante y complejo, está en permanente proceso de transformación, en una búsqueda constante. Creo que el artista tiene siempre más preguntas que repuestas, y en cada pregunta se involucra toda la problemática del oficio. El TLB nació del movimiento teatral universitario, en el cual había fundamentalmente activistas. Con estos antecedentes se inició la primera etapa, en la cual luchamos por forjar un grupo distinto, con un estilo peculiar y propio, de carácter revolucionario, que se propone contribuir a la creación de un teatro nacional y arraigarlo en el público. En ese sentido obramos como pioneros, como desbrozadores de caminos. Para ello y para poder existir tuvimos que vencer la dificultad que supone el no tener un espacio, un lugar donde trabajar, un teatro para ensayar, actuar, reunirnos. Eso significó un gran esfuerzo.

T.R.: ¿Y luego?
Ricardo Camacho: Vino entonces la búsqueda de un repertorio. El registro de su repertorio es lo que identifica a un grupo teatral. Ese tampoco ha sido un camino lineal. Creamos un taller de autores, al cual se vincularon dramaturgos como Jairo Aníbal Niño, Esteban Navajas, Jorge Plata y Sebastián Ospina, que ha producido diez obras que buscan recrear en el escenario la vida del pueblo, entre las que debo destacar “La Agonía del Difunto”, de Navajas. Pero una dramaturgia nacional no se crea de la noche a la mañana, si se quiere producir obras que tengan un alcance universal, ni tampoco puede darse aislada del teatro como género, como actividad diaria; el dramaturgo tiene que trabajar al calor del oficio teatral, no puede enfrentar el teatro como literatura solamente, sino como espectáculo, pues esa es su esencia.

T. R.: ¿Qué solución han buscado para esto?
Ricardo Camacho: Tanto para la producción de obras como para la cualificación de directores, actores, diseñadores, músicos, escenógrafos, etcétera, buscamos el contacto con el repertorio universal del teatro, dentro del cual hemos enfrentado diversas obras de autores como Shakespeare, don Ramón del Valle-Inclán, Arthur Miller, Sartre y Albee. Estas obras constituyen una verdadera escuela, nos han enseñado una gran cantidad de cosas. Y es que el conocimiento en el teatro no puede ser libresco, meramente intelectual, sino a través de la puesta en escena. Así lo venimos aprendiendo, aunque nos falte mucho trecho por recorrer.

T. R.: ¿Se ha abandonado, entonces, la producción de obras nacionales?
Ricardo Camacho: De ninguna manera. Durante esta etapa el grupo mantuvo en escena “La Agonía del Difunto” y montó “Los Andariegos”, de Jairo Aníbal Niño, y “Episodios Comuneros”, una obra de Jorge Plata que fue presentada en toda la región comunera y en diversos barrios de Bogotá.

T.R.: Pero es que en algunos medios, por ejemplo en “El Tiempo”, se ha dicho que “por fin el TLB dejó de hacer proselitismo y se dedicó al verdadero teatro”…
Ricardo Camacho: Yo creo que el acceso a Shakespeare y a las más altas expresiones del teatro y del arte universales forma parte de las aspiraciones culturales de un pueblo. El hecho de que un grupo recree en nuestras circunstancias concretas una obra de estas, produce su arraigo entre el público y desarrolla igualmente a sus integrantes. En vez de dejar de lado la producción de obras nacionales, la estimula. Por ejemplo, Jorge Plata está terminando una pieza titulada “Un muro en el jardín” que, de seguro, luego de su estreno en París, será un acontecimiento de la mayor importancia para el teatro colombiano. Por otra parte, nosotros trabajamos en diversos frentes; hacemos teatro callejero, en ciertos momentos teatro agitacional. La gente que escribe para el grupo no ha dejado de salir a buscar sus temas, su lenguaje, su colorido, en la rica realidad del país.

T.R.: Entonces, ¿con qué criterio escogen sus obras?
Ricardo Camacho: La respuesta no puede ser directa. Ya hablamos de las etapas por las cuales ha pasado el grupo, que inciden en esto. Pero también es preciso tener en cuenta la situación del teatro en Colombia. Sólo de treinta años para acá se ha cultivado un drama moderno en el país; antes no había más que un costumbrismo carente de interés, sin peso alguno en la vida cultural. Y el teatro no es obra de una sola persona, como la literatura o la pintura, sino de equipos de trabajo colectivo con múltiples disciplinas, con requisitos de muy diversa índole, desde lo material hasta lo intelectual. Y en nuestro medio, a pesar de tener 26 millones de habitantes sólo existen 60 actores profesionales. Ningún dramaturgo, ningún actor, ningún director, vive de su oficio. En Bogotá escasamente hay 5 salas, para 5 ó más millones de habitantes, y la que con más butacas cuenta es la del Teatro Nacional, con 351. Pensemos que en Buenos Aires, durante los años 60, había cien teatros experimentales, sin contar los comerciales, y que en México existen 60 locales, sólo entre estos últimos.

Entonces la política de la selección de nuestro repertorio no puede ser rígida, establecida. Tiene que ver con la situación del grupo, con el público, con las posibilidades materiales, con las expectativas de actores y directores, etcétera. En esto hay muchas mediaciones, sobre todo en un país con tan poco teatro, donde la cultura es perseguida, donde el gobierno no destina dinero para el arte, con excepción de las veladas palaciegas.

T.R.: La búsqueda de profesionalismo, ¿sí ha influido en la calidad de sus montajes y producciones?
Germán .Moure: Claro que sí. Nos hemos enfrentado a obras de probado nivel, que son un desafío para cualquier actor o director. El haberlo resuelto incide en la superación profesional, e implica un esfuerzo y un detenido estudio. Estudio de la historia, del momento social, cultural, económico en que se escribió cada texto; estudio de la evolución de diferentes artes; estudio del teatro, de sus características y de su evolución. Así y sólo así pueden superarse la improvisación y el inmediatismo, vicios de nuestros medios culturales. Lo cierto es que a partir del montaje de “El Rey Lear” nuestros actores son mejores. Ahora, además, no duramos un año en cada montaje; podemos hacerlo en dos o tres meses; hemos trabajado en asocio con artistas de reconocida calidad, y conformamos un equipo calificado.

Ricardo Camacho: Exactamente. La búsqueda del profesionalismo, o, en otras palabras, de la calidad, es para interesar a las masas, para hacer que sientan necesidad del teatro, para que lo busquen y lo disfruten, lo sientan como una necesidad. Es una larga tarea para el movimiento teatral.

T.R.: ¿Y cómo compagina eso con los ideales revolucionarios del TLB?
Ricardo Camacho: Hace mucho tiempo ya que Mao Tsetung aclaró que había arte de agitación, de popularización, y arte de elevación, el cual supone un cierto grado de desarrollo estético, político y cultural. Pues bien, lo que hemos hecho recientemente es un arte de elevación.

T.R.: ¿Para qué creen ustedes que sirven las obras de un Sartre o un Albee en Colombia, hoy?
Ricardo Camacho: Yo creo que enriquecen, que amplían el espectro cultural de quien las ve. Educan su sensibilidad, lo hacen pensar, lo ponen a debatir, suscitan polémica, obligan a formularse preguntas. Eso va más allá del efecto inmediato. A propósito Lenin, cuando en una carta a Inés Armand le planteó su interés por escribir un ensayo sobre “cómo un amor puro, fuera del matrimonio, es mejor que besos impuros dentro de un matrimonio desavenido”, le contestó que se trataba más de un tema del arte que de la sociología, la política o el ensayo. Y así nuestro teatro no analiza categorías generales, sino que toma a cada ser humano como entidad única, irrepetible, individual. Esto ayuda a sensibilizar, un tema sobre el cual escribieron mucho Marx y Engels. No se trata de ver su utilidad política inmediata; los artistas revolucionarios no podemos tomar sólo los versos de intención política de Neruda, también su poesía de amor. Nuestro deber es apropiarnos de lo mejor del patrimonio cultural de la humanidad. El arte de agitación, que hacemos y defendemos, no puede ser nuestra única labor. Por el contrario, tenemos que asumir nuestro oficio, tenemos que alcanzar una cumbre, especialmente en un país en el cual el arte y la literatura son como flores exóticas. Somos conscientes de que se trata de un tema polémico y nos interesa el debate, pero nuestros argumentos principales están en nuestras obras, en nuestro trabajo.

Germán Moure: También son obras revolucionarias porque nos sacan del provincialismo, de nacionalismos estrechos como el de la Gruta Simbólica y demás cenáculos que ni se proyectan hacia afuera ni asimilan nada. Estas piezas tienen un valor actual; es necesario verlas para constatarlo. Y bien podrían contribuir a la conformación de una crítica teatral, otra de las disciplinas que aún no se han desarrollado en Colombia.

El informe Kissinger: SE ENDURECE POLÍTICA YANQUI EN CENTROAMÉRICA

El tan esperado informe de la Comisión Bipartidista Nacional sobre América Central, más conocida con el nombre de Comisión Kissinger, fue presentado al jefe de Estado norteamericano el 11 de enero. Todo parece indicar que las recomendaciones del documento de 132 páginas constituyeron un triunfo notable para el presidente Reagan, pues, salvo uno que otro punto de discrepancia, coinciden en lo fundamental con la línea trazada por la Casa Blanca para el problema centroamericano en los últimos tres años. En otras palabras, la política de Reagan y de sus asesores recibió un fuerte respaldo, precisamente en la recta final de la campaña presidencial en los Estados Unidos y poco antes que el Congreso acometa la discusión de las propuestas del Ejecutivo sobre la crisis en su tradicional zona de dominación. Aunque ya se vislumbra una aguda polémica en torno del informe, especialmente en la Cámara de Representantes, el carácter bipartidista y la identidad de los miembros de la Comisión colocan a Reagan en una posición ventajosa frente a sus opositoras.

Kissinger vuelve a la escena

En vista del sistemático entorpecimiento a que estaban siendo sometidas sus iniciativas políticas, económicas y militares en el área centroamericana por parte de los demócratas, Reagan decidió crear una comisión integrada por personalidades de los dos partidos tradicionales de los Estados Unidos y vinculados a la política, a la empresa privada, al sindicalismo y a la universidad. El propósito de dicho comité era formular una serie de recomendaciones al presidente para que éste las tomara como punto de partida de su estrategia hacia Centroamérica. Desde luego que lo que buscaba Reagan era acallar a sus críticos apoyándose en el testimonio de un grupo de individuos de diversa procedencia, cuyas opiniones fueran más presentables ante el Congreso y el público en general.

A la cabeza de la comisión, Reagan paso a un republicano, a un reconocido ideólogo del imperialismo, el ex-Secretario de Estado Henry Kissinger, experto diplomático y “halcón” de larga trayectoria, quien no dejaría de influir en las determinaciones adoptadas por el grupo bajo su mando. Entre los otros once miembros figuraban Lane Kirkland, presidente de la AFLCIO, la mayor confederación sindical de los Estados Unidos; Henry Cisneros, alcalde de San Antonio, Texas; Carlos Díaz-Alejandro, profesor de la Universidad de Yale; Nicnolas Brady, ex-senador republicano y director administrativo de la compañía Dillon & Read; Wilson Johnson, presidente de la Federación Nacional Independiente de Negocios, y Potter Stewart, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.

Desde el momento mismo en que fue integrada, en julio de 1983, la Comisión Kissinger comenzó sus labores. Durante agosto y septiembre se entrevistó con importantes personajes de la política estadinense, entre ellos tres ex – presidentes – Jimmy Carter, Gerald Ford y Richard Nixon- y cuatro ex – secretarios del Estado – Alexander Haig, Cyrus Vance, William Royers y Dean Rusk-, los cuales emitieron sus conceptos acerca de lo que Estados Unidos debería hacer en América Central. Posteriormente, la Comisión se trasladó a la región en conflicto, donde visitó Panamá, Costa Rica, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala. Allí se reunió con multitud de personas, particularmente con representantes de los gobiernos, del gran capital, de la Iglesia y del ejército. Después de haber recogido los testimonios de cerca de 500 individuos, la Comisión redactó el informe para el presidente.

Balas y dólares para Centroamérica
“Independientemente de las condiciones económicas y sociales que generaron la insurgencia en la región, la intervención extranjera es lo que le da al conflicto su carácter actual”, indica el informe, al tiempo que señala que la penetración soviético-cubana en Centroamérica constituye una amenaza para los intereses estratégicos de los Estados Unidos. El documento advierte que “nuestra credibilidad a nivel global está siendo puesta a prueba; el triunfo de fuerzas hostiles en lo que la Unión Soviética denomina la retaguardia estratégica de Estados Unidos sería visto como un signo de la impotencia norteamericana”. La Comisión afirma que Washington seria forzado a distraer parte de su poderío militar para defender su flanco meridional, lo cual minaría su capacidad para proteger sus intereses a escala mundial. “La crisis de Centroamérica es nuestra crisis”, declara enfáticamente el informe y acusa a Cuba, “respaldada por la URSS y ahora operando a través de Nicaragua”, de aprovechar las condiciones de miseria de la zona para promover el establecimiento de regímenes peleles de Moscú.

Kissinger y sus colegas recomiendan en primera instancia destinar unos 20.000 millones de dólares hasta 1990 en ayuda económica y militar a los gobiernos amigos de Centroamérica, 8.000 millones de los cuales deberían apropiarse para los próximos cuatro años. Asimismo, se propone aumentar a 600 millones de dólares los aportes militares a El Salvador y se condiciona la ayuda económica a Nicaragua a los cambios políticos internos que la Casa Blanca ha venido exigiendo al gobierno sandinista.

En lo que se ha considerado uno de los puntos en el que mejor se aprecia el apoyo brindado por la Comisión a la política de Reagan, aquella pide que se continúe brindando asistencia bélica y financiera a los grupos rebeldes que combaten al régimen de Managua, sobre la base de que dicha campaña “es un incentivo en favor de una solución negociada” y que por lo tanto no sería conveniente “desmantelar dicho incentivo”. (El señor Carlos Díaz-Alejandro fue el único miembro del grupo que se opuso a la inclusión de esta recomendación). Uno de los aspectos más discutidos del informe fue el relacionado con la ayuda militar al gobierno de El Salvador. Con la única excepción de Kissinger, todos los demás integrantes de la Comisión fueron partidarios de hacer depender tal ayuda de la situación de los llamados derechos humanos en ese país. Cabe anotar que a finales del año pasado Reagan ya había vetado una determinación del Congreso en el sentido de que el presidente debería rendir al organismo legislativo informes periódicos acerca de los “escuadrones de la muerte” y otros aspectos concernientes a los derechos civiles en El Salvador.

Aparte de este punto, el único en el que discrepa la Comisión de las concepciones de la Casa Blanca, el documento rechaza de plano la posibilidad de poner fin a la guerra en El Salvador dando una participación en el gobierno a las organizaciones rebeldes. “Compartir el Poder, tal como lo proponen los insurgentes -indica el informe- no constituye una solución política honesta para El Salvador. En efecto, ciertos precedentes señalan que ello sólo seria el preludio de una toma del Poder por parte de los guerrilleros”.

Por último, la Comisión Kissinger descarta al Grupo de Contadora como instrumento por medio del cual los Estados Unidos lleguen a un arreglo satisfactorio de la crisis centroamericana. El reporte concluye que Norteamérica “no puede usar el proceso de Contadora como una sustitución a su propia política”. Y luego explica que “los intereses y las actitudes de esos cuatro países no son siempre idénticas, ni siempre coinciden con las nuestras”.

La línea dura se abre paso
El indiscutible triunfo de las tesis de Reagan sobre cómo afrontar el problema centroamericano indica a las claras que el imperialismo yanqui está hoy más dispuesto que nunca a pelear por sus posesiones, incluso, si llega el caso, apelando a la fuerza militar, como lo hizo en Granada. Es apenas obvio que tratándose de una región de vital importancia para los Estados Unidos, Washington no va a dejar la iniciativa de la solución de la crisis en manos de los países de Contadora, los cuales, además, no están muy decididos a encolerizar al Tío Sam; por el contrario, no obstante una que otra declaración irreverente, dichos gobiernos dependen para su subsistencia de los dólares provenientes del Norte. Luce tan enérgica la actitud asumida por la Comisión Kissinger, que el canciller colombiano, Rodrigo Lloreda, no tuvo otra alternativa que salir a defenderla, a pesar del compromiso del régimen colombiano con el Grupo de Contadora. Tan pronto como se conoció el informe, Lloreda dijo que éste era “un paso positivo desde el punto de vista de la política de Estados Unidos frente a Centroamérica y puede constituir en un momento dado un cambio en la orientación que tradicionalmente ha tenido Norteamérica frente a esta región”. Tal la fragilidad y la doblez de la posición de la Casa de Nariño en el desenvolvimiento de la crisis centroamericana. La inconsistencia de Betancur quedó asimismo manifiesta a raíz del problema de San Andrés y Providencia. Ante la conducta abiertamente provocadora de Nicaragua en sus pretensiones sobre el archipiélago, el gobierno colombiano optó por ocultar a la opinión nacional los más recientes hechos con el propósito de que su empresa mediadora no sufriera contratiempo alguno, aún a riesgo de contemporizar con los reclamos aventureros del sandinismo en contra de nuestra integridad territorial.

Las conclusiones de la Comisión, que han sido presentadas a nombre del Ejecutivo a las sesiones del Congreso estadinense, todavía tendrán que pasar por un largo debate político y económico. Se espera una fuerte oposición demócrata a los costos del programa para Centroamérica. Así, el líder de la minoría en el Senado, Robert Byrd, expresó que “es altamente cuestionable para un país que está llegando a los 200.000 millones de dólares de déficit anual considerar la donación de 8.000 millones a América Central”. Otros líderes demócratas han criticado el documento afirmando que lo que éste busca es solucionar el problema enviando armas a regímenes impopulares. Por ejemplo, los ocho precandidatos demócratas coinciden en reconocer que Centroamérica es un área prioritaria para los intereses de Estados Unidos, pero, al mismo tiempo, se oponen a cualquier tipo de intervención de su país en los eventos que allí tienen lugar. Mas a pesar del debate, el hecho de que la Comisión haya sido integrada por importantes personalidades de los dos partidos le da a su informe un peso muy grande.

Luego de la invasión a Granada y de las declaraciones de Fidel Castro notificando que si Estados Unidos llegase a atacar a Nicaragua, Cuba no estaría en condiciones de acudir en su ayuda, los sandinistas adoptaron actitudes francamente conciliadoras, todas en la dirección de las demandas planteadas a Managua por la administración Reagan y sintomáticas de que la presión de Washington está causando sus estropicios. Entre las concesiones más notables de Nicaragua figuran la convocatoria a elecciones generales para 1985; la salida de un par de miles de asesores cubanos y de un puñado de dirigentes de la guerrilla salvadoreña; el anuncio hecho por la junta de gobierno en el sentido de que está dispuesta a suspender su apoyo a los rebeldes de El Salvador, y cierta tolerancia a los sectores de la oposición, en especial en lo que a la libertad de prensa se refiere. De todos modos la confrontación de las dos superpotencias en Centroamérica seguirá tostando enormes sacrificios a los pueblos de la zona, los cuales no conquistarán su libertad y el goce pleno de sus derechos hasta tanto no tomen en sus manos sus destinos, sin interferencias foráneas de ninguna clase, provengan éstas de Washington, de La Habana o de la remota Moscú.

Últimamente es muy notoria la agudización de las contradicciones con la Unión Soviética en todo el mundo. Y el informe Kissinger lo que demuestra es el endurecimiento de la postura norteamericana. El documento ni siquiera entra a discutir el hecho de si América Central es un área de influencia estadinense y más bien expone las medidas de fuerza que el imperio deberá tomar para mantener en cintura a sus vasallos y alejar de sus fronteras el peligro del avance de sus rivales. Todo esto no obstante las fórmulas de apaciguamiento que, como las de Belisario Betancur y sus socios de Contadora, se dejan oír cada vez más esporádica y tímidamente.

ARAFAT DESAFÍA AL SOCIALIMPERIALISMO RUSO

“La unidad y cohesión de todos los destacamentos del movimiento de resistencia palestino y la estrecha cooperación de la OLP con los países árabes, primero y sobre todo con todos aquellos que están en las líneas frontales de la oposición a las intrigas agresivas y expansionistas de Estados Unidos e Israel en el Medio Oriente, constituyen una condición esencial del éxito del movimiento de resistencia palestino en su justa y valiente lucha. Notamos con preocupación que la situación en este respecto deja hoy mucho que desear”. Este telegrama, enviado el 28 de noviembre pasado por el Comité Central del Partido Comunista y por el Soviet Supremo de la URSS a Yasser Arafat, constituyó el ultimátum con que el socialimperialismo advertía al líder palestino que, de no someterse incondicionalmente a sus dictados. Moscú seguiría adelante en su propósito de dividir la OLP. Las actividades escisionistas del Kremlin en el seno de las milicias palestinas han sido desarrolladas a través de Siria, país que controla casi dos terceras partes del Líbano con más de 60.000 soldados.

Damasco se ha convertido en la punta de lanza de la URSS en el Medio Oriente, desde cuando se suscribió, en 1980, el tratado militar sirio-soviético. Luego de la invasión israelita al Líbano, los rusos entregaron a Siria armas modernas por un valor superior a los 2.000 millones de dólares. Entre el material suministrado figuran 160 cazas Mig (incluidos algunos sofisticados Mig-23), 800 tanques T-72, 200 vehículos blindados de transporte, 600 camiones y varias baterías de misiles tierra-aire SAM-5 con un alcance de 300 kilómetros. Adicionalmente, con el ejército sirio trabajan alrededor de 8.000 asesores militares soviéticos.

Gracias a sus relaciones con Siria, la Unión Soviética pudo recuperar en gran parte la influencia perdida en el Cercano Oriente después de su rompimiento con Egipto, hasta el punto de que sin la aceptación de Damasco es prácticamente imposible un arreglo pacífico de la crisis libanesa, amén de los perjuicios que sus complots han causado a la integración de los palestinos. Y fue precisamente con el objetivo de mantener bajo su absoluto control a la OLP que Siria y la URSS promovieron su división en el momento más difícil de la historia de este movimiento de liberación. Los palestinos, son víctimas una vez más de las intrigas de Rusia y de su pugna con los Estados Unidos por el dominio de la estratégica región.

“Divide para reinar”
La invasión israelita al Líbano, iniciada en junio de 1982, obligó a los destacamentos guerrilleros de la OLP estacionados en el sur de aquel país a replegarse hacia el Valle de Bekaa, área ocupada por las tropas sirias desde 1976. De la misma manera, luego de resistir un sitio de tres meses tendido por el ejército israelí, los últimos combatientes palestinos tuvieron que abandonar Beirut, en septiembre del mismo año, para trasladarse también a zonas controladas por Siria. Damasco, que desde hace varios años ha tratado de ejercer una influencia predominante en el seno de la OLP, quedó así en una posición privilegiada para exigir el alinderamiento de dicha organización con su política regional. Fue entonces cuando, el 1º de septiembre, el presidente Reagan dio a conocer su famoso plan para el Cercano Oriente, y, más específicamente, acerca de la cuestión Palestina. Según el planteamiento del mandatario estadinense, su gobierno apoyaría cierta autonomía de los territorios árabes ocupados por Israel (la margen occidental del río Jordán y la Franja de Gaza); aquellos, en asociación con Jordania, formarían una especie de confederación. Por lo demás Reagan aclaró que bajo ningún motivo era partidario de la creación de un Estado palestino independiente. En medio de esta crucial coyuntura la Casa Blanca, por vez primera desde la fundación del Estado de Israel, presentaba una fórmula, desde luego insuficiente, sobre el antiguo y enconado conflicto del Medio Oriente, la suerte del pueblo palestino.

El imperialismo yanqui, en vista del duro golpe recibido por la OLP, confiaba en solucionar a su modo la cuestión y presentarse ante el mundo árabe como el garante de la paz y la seguridad en la zona. Jerusalén rechazó de inmediato la iniciativa de Reagan, mientras varios gobiernos europeos y árabes y algunos sectores palestinos la criticaban pues no contemplaba el derecho de los palestinos a la autodeterminación nacional.

Por su parte, Arafat evitó formular una negativa directa al plan de Reagan. Y en febrero de 1983, el, Consejo Nacional Palestino no sólo reeligió a Arafat como presidente de su comité ejecutivo, sino que de hecho dejó la puerta abierta para que su líder adelantara acciones diplomáticas con Jordania. Hasta ese instante todo parecía indicar que los palestinos seguirían el camino de la negociación para conseguir, al menos en parte, algunos de sus objetivos nacionales. En consecuencia, Arafat se entrevistó con el rey Hussein de Jordania a fin de discutir la posibilidad de un acuerdo con ocasión de la propuesta norteamericana. Entre tanto, la URSS y Siria intrigaban para bloquear la táctica de Arafat, ya que si el veterano dirigente lograba ventajas en las conversaciones, el socialimperialismo no sólo perdería su influencia dentro de la OLP, sino que Washington podría incrementar la suya en el área. En abril, cuando Arafat y Hussein parecían estar próximos a un principio de arreglo, el comité central de Al Fatah, el grupo más poderoso de la OLP, instigado por disidentes prosirios, repudió las conversaciones; las cuales hubieron de ser suspendidas. La persistente negativa de Israel a discutir con Jordania el plan de Reagan contribuyó asimismo al fracaso del esfuerzo diplomático de Arafat. Un mes más tarde estallaba en el Valle de Bekaa un motín entre los milicianos de Al Fatah. Damasco se apresuró a brindar su respaldo a las facciones que se habían rebelado contra Arafat, a quien acusó de ser un agente de los Estados Unidos, y aquél, a su vez, denunció abiertamente a Siria como promotora de la división en sus filas.

Arafat pierde una batalla y gana otras
Con la activa participación de soldados, tanques, artillería y aviones sirios, los amotinados pronto hicieron retroceder a los 4.000 milicianos fieles a Arafat desde el Valle de Bekaa hasta el puerto de Trípoli en el Norte del Líbano. Allí, asediados por fuerzas muy superiores, los hombres de Arafat lucharon hasta diciembre pasado, sin recibir ayuda de nadie, si se exceptúa el respaldo moral de la Comunidad Europea a través de una declaración emitida en octubre. Finalmente, el 21 de diciembre, los guerrilleros leales partieron del Líbano hacia Túnez y Yemen del Norte a bordo de barcos griegos. Pocos días antes tuvieron que soportar el intenso bombardeo de las cañoneras israelitas, cuya misión era impedir la salida de los combatientes de Arafat y, si fuere posible, capturar o dar muerte al máximo dirigente palestino. Empero, Washington intercedió para que la evacuación pudiera efectuarse a pesar de la recalcitrante y provocadora actitud del régimen sionista.

Tan pronto como hubo abandonado su último bastión, Arafat acometió la lucha diplomática. Su entrevista con el presidente egipcio, Hosni Mubarak, así como el respaldo que éste ofreció, colocaron a la OLP en una posición ventajosa para emprender negociaciones. Del mismo modo, el rey Hussein declaró que Jordania estaba dispuesta a reiniciar los contactos con Arafat a objeto de examinar el futuro de las tierras ocupadas por Israel. Además, a mediados de enero, en la reunión de la Conferencia Islámica, que agrupa 45 países, Arafat logró que esta entidad reconsiderara la exclusión de Egipto, medida que se había tomado a raíz de los acuerdos de Camp David, en 1979.

Si bien es cierto que Yasser Arafat perdió la batalla militar de Trípoli, hay algo que las maquinaciones de la URSS y sus satélites no han podido impedir: que aquél siga siendo el líder indisputado del pueblo palestino y el reconocido representante de su justa causa. Resulta poco menos que imposible tratar de solucionar la cuestión Palestina -y por lo tanto la crisis del Medio Oriente- sin tener en cuenta la figura de Arafat. Sin embargo, el camino que tiene por recorrer la OLP está preñado de dificultades y peligros. No sólo tendrá que buscar la reunificación de sus huestes, sino que tendrá que batallar en frentes diversos contra las pretensiones hegemonistas del socialimperialismo, las maniobras de los Estados Unidos y la política agresiva de Israel. Sólo perseverando en una posición de independencia frente a las injerencias foráneas podrán los palestinos alcanzar la ansiada meta de crear un Estado propio que les permita regir sus destinos como nación libre.
Yasser Arafat ha tenido que ser protagonista de numerosos sucesos en dos décadas de lucha por los derechos de su pueblo. Pero el más significativo de todos es que con un gran arrojo y en circunstancias de riesgo supremo se atrevió a desafiar las iras del Kremlin y al poderoso ejército sirio, saliendo victorioso a la postre y fortalecido políticamente ante las naciones árabes y el mundo entero. De otro lado, los episodios del Medio Oriente dejaron al descubierto la falsedad de la URSS, que habla del respeto a la autodeterminación de los pueblos, y en particular del respaldo a los palestinos, cuando en realidad lo que persigue es colocar a este movimiento de liberación, teñido con la sangre de tantos mártires gloriosos, al servicio de su negra bandera expansionista, como lo viene haciendo en Angola, Etiopía, Indochina, Afganistán y otras regiones del globo.

El caso del banco de Colombia: EL GOBIERNO GOLPEA UNOS MONOPOLIOS A FAVOR DE OTROS

Después de violar innumerables veces las disposiciones de la Superintendencia Bancaria, de pasar repetidamente por encima de la ley, de valerse de sus nexos familiares con quien detentara el poder entre 1974 y 1978 para obtener prebendas en sus manejos financieros, el señor Jaime Michelsen Uribe, al igual que lo hicieran antes un Darío Correa de inversiones Oro o un Germán de la Roche de Central Financiera, decidió el 31 de diciembre último huir al exterior, al enterarse de que se le encarcelaría.

Con la exigencia hecha por el gobierno de que Michelsen se retirara de la dirección del Banco de Colombia, y con la orden de captura impartida por la justicia contra él y contra otros miembros directivos del llamado Grupo Grancolombiano, culmina un agitado período que se caracterizó por la salida a la luz pública de las mil y una estafas perpetradas durante la orgía financiera de los años recientes, y de las cuales no están exentos ni siquiera los bancos estatales Cafetero y Popular. Los autopréstamos, el agio, la especulación, las manipulaciones en la bolsa, etc., son el pan de cada día en los tinglados de las altas finanzas.

Fuera del ahorro privado, Michelsen Uribe supo utilizar los dineros oficiales, especialmente los que con largueza se depositaron en sus instituciones durante el mandato de su primo Alfonso, para construir un poderoso conglomerado que en la actualidad posee activos por más de 300.000 millones de pesos. Semejante emporio era manejado a través de una intrincada red de sociedades cuyos socios, además del propio financista en el exilio, son su esposa, sus hijos y algunos de sus secuaces. La administración Turbay Ayala le proporcionó también el máximo apoyo, y, por todos
los medios, evitó o empantanó las investigaciones que contra las empresas del grupo demandaron acerbamente los voceros de monopolios rivales con ocasión del sonado caso de los fondos Grancolombiano y Bolivariano y de otros turbios manejos.

Extenso prontuario criminal
Aunque la primera denuncia pública contra el Grupo Grancolombiano data de 1978, debido a la abusiva utilización de los recursos provenientes del ahorro privado con el objeto de adquirir otras empresas, las autoridades, a las que les correspondía la vigilancia y la aplicación de las respectivas sanciones, se hicieron las de la vista gorda y Michelsen continuó al frente del pulpo financiero agregando a su prontuario una refinada serie de violaciones a las normas que regulan las actividades económicas. Y así, en apenas un decenio, llegó a consolidar el más grande consorcio de compañías que haya conocido el país. Con el otro gran trust que lidera Julio Mario Santodomingo, también emparentado con López Michelsen, entró a saco en las empresas de la oligarquía de Medellín y entre ambos se apoderaron de varias de ellas. Para defenderse, los lesionados conformaron lo que se conoce con el nombre del “sindicato antioqueño”. El creciente poderío de Michelsen y Santodomingo iba asimismo en detrimento de los monopolios que giran alrededor de Seguros Bolívar-Cemento SamperBanco de Bogotá, muy cercanos a los afectos de Lleras Restrepo y Pastrana Borrero.
El remezón financiero que se presentó a mediados de 1982 y que a partir de entonces llevó a la cárcel a varios banqueros, refleja indudablemente la aguda crisis que desde hace ya más de cinco años vienen soportando los sectores productivos.

Quienes después de 1960 lograron constituir los tristemente célebres “grupos financieros”, estimulados por la legislación sobre la materia y favorecidos por sus personeros en los gabinetes ministeriales, se lanzaron a una desenfrenada carrera por el control de la industria. Especularon con la propiedad raíz y los valores bursátiles, dominaron el comercio exterior y, con la inmensa capacidad que les proporcionan las fabulosas sumas del ahorro privado y los dineros oficiales, sometieron la totalidad de la economía colombiana. Ante la quiebra de las actividades productivas, la lucha se agudizó entre los monopolios y entraron a destrozarse entre ellos mismos, saliendo favorecidos quienes contaban con un mayor poder político.

En 1978, siendo presidente de la República Alfonso López Michelsen, el Instituto de los Seguros Sociales le consignó a la corporación Granfinanciera 732 millones de pesos, provenientes de los aportes de los trabajadores al Fondo de Riesgos Profesionales. Con tan cuantiosa cifra, Jaime Michelsen incursionó en el mercado bursátil tras la Colombiana de Seguros (Colseguros), del “sindicato antioqueño”, pero sin lograr controlarla, no obstante haber captado una voluminosa cantidad de acciones de esa compañía. Las cuales, a la postre, sí contribuyeron para que Santodomingo se adueñara definitivamente de Colseguros, como resultado de las usuales transacciones entre los dos grupos en ascenso y en desmedro de la plutocracia de Antioquia.

Otro de los tentáculos de Michelsen, Pronta, adquirió irregularmente una emisión especial de títulos del Banco de Colombia, pasando por encima de los demás accionistas y en especial de Eduardo Holguín, propietario del ingenio vallecaucano Mayagüez, y quien tenía prelación por haber hecho la primera oferta pública de compra. Cabe anotar que la aspiración de Eduardo Holguín por hacerse a la entidad bancaria se fundamentaba en el hecho de que meses atrás había recibido de Michelsen un buen paquete de acciones del Banco de Colombia a trueque de otras del Banco Industrial Colombiano (BIC). Pero con la maniobra señalada de acaparar las nuevas emisiones, Michelsen consolidó el dominio sobre su banco y, además, con la parte adquirida de Holguín en el BIC, pidió y logró un ventajoso rescate de la Suramericana de Seguros. Otro zarpazo al “sindicato”.

A principios de 1981 salió a la luz pública el escándalo de los fondos Grancolombiano y Bolivariano. Como es de amplio conocimiento, a través de ellos Michelsen no sólo obtuvo millonarias ganancias al renegociar los paquetes accionarios de sociedades como la Nacional de Chocolates con el “sindicato antioqueño”, sino que estafó a miles de pequeños y medianos inversionistas con cuyos dineros manipuló el mercado bursátil. En estas transferencias especulativas se suplantó a personas y de nuevo se aprovechó dolosamente del ahorro privado.

Entre 1979 y 1980 el Banco de Colombia le concedió a la firma Grupo Grancolombiano S.A., uno de los entes fantasmales del grupo grancolombiano, 36 sobregiros, siendo el último de ellos por 1.100 millones de pesos. Con parte de estos recursos se atendió a los retiros de los esquilmados ahorradores de los fondos. La iliquidez del banco, producida por los sobregiros anteriores, la atendió rápida y eficazmente el gobierno de Turbay Ayala, al otorgarle, en una forma por demás irregular, un crédito extraordinario del Banco de la República por valor de 900 millones de pesos.

Instigada por las denuncias aparecidas en algunas publicaciones, la Superintendencia Bancaria adelantó, durante el año pasado, una investigación en el Banco de Colombia y comprobó que dicha institución venía otorgando créditos por sumas considerables a otras empresas del mismo grupo. En octubre de 1983 aquel organismo gubernamental exigió a los responsables de los autopréstamos que presentaran un plan acelerado de pagos de las mencionadas obligaciones, las cuales superan los 12.500 millones de pesos. Al mismo tiempo la Superintendencia demandó el cambio de las directivas del banco, iniciándose el desmonte del poderoso conglomerado. En esta forma, y sorprendiendo a muchos, el régimen betancurista desató su bien calculada arremetida contra el grupo Grancolombiano. No sólo tomaba descaradamente partido en la rebatiña entre los pulpos financieros, sino que sacaba a relucir una vez más su carreta demagógica de juez implacable de los desmanes de la banca y de protector de los dineros de los débiles.

Aunque hemos hecho un resumen muy sucinto de la tortuosa lucha de los monopolios, no cabe duda de que durante los cuatrienios de López Michelsen y Turbay Ayala el consorcio de Michelsen Uribe logró, bajo la sombra del Estado, su máximo desarrollo. Para que el más pujante de los conglomerados colombianos soportara después tan estruendoso descalabro fue necesario que se le infligiera primero una severa derrota, no en el ámbito económico, sino en el terreno político. Al ascender a la Presidencia de la República Belisario Betancur, cambian las preferencias del Ejecutivo hacia otros monopolios. No es de extrañar, pues, que el gobierno afiance al grupo Seguros Bolívar en el dominio del Banco de Bogotá, les entregue a Luis Carlos Sarmiento Angulo y a José Alejandro Cortés 5.680 millones de pesos del artificioso fondo de democratización de la banca, mientras que a Jaime Michelsen Uribe le ofrece un trato semejante al recibido por Félix Correa.
Las falacias de una democratización
La embestida de Luis Carlos Sarmiento Angulo, con la colaboración de Eduardo Holguín, contra José Alejandro Cortés, representante de los intereses de Seguros Bolívar y Cementos Samper, por la posesión del Banco de Bogotá, estuvo salpicada de toda clase de anormalidades, sin excluir los autopréstamos ni el manipuleo de la bolsa. Se conoció, por ejemplo, que la organización que gira alrededor de Seguros Bolívar recibió un préstamo en moneda extranjera con destino a ampliaciones industriales en Cementos Samper, y que al final, en medio del escamoteo por el control del Banco de Bogotá, se utilizó en la compra de acciones del mismo.

El gobierno de Betancur entra a mediar. Como Sarmiento Angulo no consiguió la mayoría en la junta directiva y tenía invertidos varios miles de millones de pesos en acciones con rentabilidad anual del 10 por ciento, a la vez que se encontraba pagando más del 40 por ciento sobre los créditos obtenidos, su única tabla de salvación consistía en encontrar un buen comprador para sus papeles y, además, que se los pagaran al contado. Y ese fue Belisario Betancur, quien en nombre de la democratización e investido de las atribuciones presidenciales, le ofreció un precio de 150 pesos por cada título.

La historieta fue así:
Con el engañoso nombre de Fondo de Democratización de la Banca, por resolución número 42 de la Junta Monetaria de abril de 1983, el gobierno de Betancur creó una cuenta en el Banco de la República con 10.000 millones de pesos. Este fondo, alimentado con emisiones primarias, le permitirá a ciertos sectores de la oligarquía financiera colombiana salir de los embrollos a que han llegado como consecuencia de la acérrima disputa por el apoderamiento de las empresas del país.

Luego, en el mes de julio del año pasado, el Banco Cafetero recibe en fideicomiso 63 millones de acciones del Banco de Bogotá, 39 millones aportadas por Sarmiento Angulo y 24 millones por Cortés, con el fin de colocarlas entre el público a razón de 150 pesos la unidad. Por ellas se le consignó al primero 3.627 millones de pesos y, al segundo, 2.232 millones, correspondientes a un anticipo de 94 pesos por cada acción Cuando el Banco realice la venta los dos magnates recibirán el resto.

La no despreciable suma de 5.860 millones de pesos; de dichas entregas, salió de los recursos del fondo recién constituido. Así se libró a Sarmiento Angulo de la bancarrota inminente; y a Cortés, el accionista mayoritario, además de habérsele entregado su buena tajada del ponqué, se le exoneró prácticamente de todos sus ilícitos.

Al escarbar en la hojarasca de la propaganda oficial acerca del saneamiento financiero, de la protección de los ahorradores, del severo acatamiento de la ley y de la democratización de la riqueza, se topa el investigador con que el supremo infractor es el gobierno y que sus agentes se han hecho también merecedores de expiar tras las rejas sus dolosas maniobras enderezadas a proteger los intereses de sus favoritos, tan voraces y lesivos como los monopolios destronados. Pero en medio del atolondramiento general hay un síntoma alentador. Muchos sectores, especialmente entre la masa asalariada, comienzan a captar que el régimen belisarista, fuera de enloquecerse con las lisonjas de sus áulicos, le encanta efectuar sus incursiones leoninas en el tenebroso mundo de los negocios.

Intervención de Francisco Mosquera: UNÁMONOS CONTRA LA AMENAZA PRINCIPAL

El siguiente es el texto completo de la intervención de Francisco Mosquera, secretario general del MOIR, en el Foro sobre Centroamérica, del 19 de octubre de 1983.

Amigos y compañeros:

Si algo enseña Centroamérica es que los pueblos no podrán forjar su ventura sin tener muy en cuenta el concierto mundial y la época histórica en los cuales se enmarca ineludiblemente el desenvolvimiento de cualquier país. Quienes desafíen las tendencias universales del desarrollo, hagan una evaluación errada en dichas materias, o busquen sustraer sus cabezas de avestruz de las tormentas internacionales, no evitarán que las repercusiones internas de la refriega externa los golpeen a la larga o a la corta. Muchos de los contradictores del MOIR suelen regodearse en atribuirnos la, según ellos, maniática inclinación de dedicar más tiempo a las cuestiones de afuera que a los abigarrados y desgarradores problemas particulares de la nación. Sin embargo, ahí están hoy en Colombia las diversas interpretaciones, desde las más indiferentes e indecisas hasta las más interesadas y comprometidas, disputándose los favores de la opinión pública en la palestra de la política internacional.

A la tremolina contribuyen fenómenos como la crisis económica de Occidente que no pocos articulistas califican de más aguda y extensa que el crac de 1929, premonitorio de la Segunda Guerra Mundial; o el pugilato por el dominio del orbe entre las dos superpotencias, cuyas carreras armamentistas y controversias verbales, cada vez de mayor calibre, causan desasosiego a los habitantes de los cinco continentes; o la proliferación de conflagraciones locales en las zonas atrasadas, en donde las grandes metrópolis, principalmente los Estados Unidos y la Unión Soviética, miden y ejercitan sus tropas en la rebatiña por los recursos naturales y los mercados de las neocolonias; o los incontables brotes de rebeldía de las naciones subordinadas en pos de sus elementales derechos, que con sólo estallar adquieren los alcances de noticia de primera plana. El criminal abatimiento de un avión comercial de Corea del Sur con 269 pasajeros a bordo por parte de un caza soviético, producto de la histeria guerrerista que cunde entre los estamentos militares del Krem1in, y que horrorizó al mundo entero, ha obligado, aun a los más indulgentes, a fijar posición al respecto, sin excluir a nuestro Premio Nobel de Literatura, quien, sofrenando arraigadas simpatías, se atrevió a aseverar que no había Dios que perdonara el genocidio. Y así, los asuntos internacionales han ido perturbando en tal forma nuestro ambiente nativo que, pese a que no hizo parte de sus ofrecimientos electorales, el primer acto del actual gobierno, de acendrada alcurnia conservadora, fue anunciar la inclusión del país en el movimiento de los No Alineados, decisión ante la cual la audacia de Alfonso López Michelsen, de matricular el partido liberal en la Internacional Socialista de Willy Brandt parecería una nonada. Y frente a las impresionantes cifras de endeudamiento de Latinoamérica, las cuales bordean los 350.000 millones de dólares y cuyos intereses y amortización ascienden anualmente a 70.000 millones, una sangría de capital inaguantable para economías desfallecientes y asfixiadas por la presión estrujadora de los poderosos emporios industriales del planeta, ¿no propuso el ex presidente Misael Pastrana, para ponerse a tono con la moda, la creación de un “Club de Deudores”, a fin de explorar, junto a la asociación de los prestamistas, la quimérica salida que mejor convenga a los reclamos antagónicos de unos y de otros? ¿Y el presidente Betancur, que no acaba de sorprender a sus conciudadanos, no resolvió acudir inopinadamente a Contadora para ayudar a apagar, como él mismo afirma, la casa en llamas del vecino, persiguiendo en el extranjero la pacificación que no obtiene con sus febriles y muníficos intentos de extinguir el fuego en su propio lar?

I
Los moiristas no podemos más que celebrar esta creciente internacionalización de las luchas partidistas, porque en el país las clases ilustradas sí siguen el curso de los acontecimientos del exterior, ante los cuales han aprendido siempre a adecuar su conducta, mientras que al vulgo ignaro se le procura mantener prisionero en el más estrecho parroquialismo, alimentado únicamente con los frutos espirituales de las concordias y las discordias domésticas de las dos banderías sesquicentenarias. Más que airearla, a Colombia los vientos frescos de las ingentes contradicciones internacionales la sacuden por los cuatro costados. Y eso está bien. En adelante va a ser casi imposible crear cauda ignorando las preocupaciones de las gentes por las dolencias del mundo; en torno a ellas cada agrupación habrá de formarse un criterio y debatirlo.

El tema que nos ocupa, Centroamérica, es un ejemplo típico de lo expuesto, y nos interesa vivamente. Desde el punto de vista general consiste, en la repetición en nuestro Hemisferio del enfrentamiento que en otras latitudes se presenta entre Moscú y Washington por el dominio de porciones territoriales claves. En cuanto a la cercanía del conflicto a nuestras playas, quiérase o no, nos veremos involucrados directamente en él. Quizá por esas mismas circunstancias, es decir, porque la contienda se efectúa en lo que hemos dado en llamar el “patio trasero” de los Estados Unidos y porque las naciones del área han sufrido cual ningunas otras en la redondez de la Tierra los vejámenes sin cuento de un imperialismo tan próximo, la propaganda difundida entre nosotros tiende a achacar a las autoridades norteamericanas toda la responsabilidad por el agravamiento de la situación, exonerando a los lejanos amos de Rusia, que actúan taimadamente a través de La Habana y Managua, de cualquier injerencia bélica o apetito hegemónico. Versión que alienta dichoso el coro fletado de partidos y movimientos prosoviéticos de distinto pelambre. Pero para desentrañar los intereses enzarzados en la pelea, descubrir de dónde proviene la amenaza mayor, saber qué apoyar o qué no apoyar en el momento aconsejable, prepararse para el desenlace previsible y sobre todo a objeto de velar con eficacia por Colombia y las naciones hermanas, no hay más remedio que, conforme lo dejamos establecido desde el comienzo de esta disertación, partir de un enfoque realmente amplio, universal, y abordar la cuestión con sentido histórico.

En los últimos veintitantos años, rápidos y sustanciales cambios han terminado por alterar totalmente el cuadro surgido en 1945 a raíz de la victoria aliada sobre las potencias del Eje.

Las más significativas de tales modificaciones son las siguientes:

1) Los sucesores de Lenin, de Nikita Kruschev para acá, desterraron de su vera al marxismo, y la que fuese un día cuna de las revoluciones socialistas triunfantes involucionó hasta convertirse en foco de la reacción mundial. Un nuevo y tenebroso Estado vandálico nació de la traición en el Oriente, que aunque conserva el membrete de proletario, en lugar de acogerse al principio de la autodeterminación de las naciones y propender a la igualdad entre los pueblos, guerrea, invade, arrasa, esclaviza y enfrenta unos países a otros en sus ambiciones inconfesables de forjar un imperio jamás soñado. Los artífices de la vesánica empresa cuentan a su haber con un sistema de gobierno despótico y férreamente centralizado, que les permite adoptar cualquier determinación y en el instante que sea, sin tener que explicar nada a nadie ni consultar organismos representativos distintos a un minúsculo, hierático y hermético buró. Han logrado así imponerles desenfrenadamente su mayordomía a los países que giran en su órbita, militarizar en grado sumo la producción, alcanzar y superar a la contraparte en armas nucleares y convencionales y desplegar a sus anchas en cancillerías y certámenes diplomáticos aquel estilo intrigante que a los Romanov hiciera célebres. Los dividendos rendidos por dichas ventajas hablan por sí solos. La Unión Soviética ha asentado sus reales en Asia, África y América Latina; a través de sus tropas y las de sus fantoches ocupa un buen número de pequeñas o débiles naciones, y por doquier cerca puntos, pasos y cruces de valor estratégico. Su curva es ascendente y hasta ahora, salvo dificultades llevaderas, las cosas le han salido a pedir de boca.

2) Para las repúblicas de Europa Occidental y el Japón quedaron muy atrás, sepultos en la memoria, los duros períodos iniciales de la posguerra, y hace rato ya que emergieron con sus industrias restauradas, sus productos altamente competitivos y sus melancólicos proyectos de demandar un papel relevante en el drama universal protagonizado por las notabilidades del Kremlin y de la Casa Blanca. Aun cuando con la concurrencia económica acicatean la crisis capitalista mundial y atentan contra los rendimientos de los Estados Unidos, la seguridad de tales países, puesta en vilo por el acecho soviético, sigue estando del lado de Norteamérica, su aliado reconocido. Lo cual no obsta para que de tarde en tarde metan cuña en los pleitos entre los mandamases del Este y del Oeste y traten de sacar tajada.

3) Las naciones del bautizado Tercer Mundo, que copan preferentemente las regiones del Sur y albergan tres cuartas partes de la población del orbe, atraviesan el tramo más azaroso de sus precarias existencias: su Producto Bruto decrece antes que incrementarse; con el ahondamiento de la crisis económica sus deficientes mercaderías carecen de compradores dentro y fuera de sus fronteras, mientras los grandes consorcios foráneos redoblan la explotación tanto de sus materias primas fundamentales como de su trabajo nacional, y la voluminosa deuda externa, 650.000 millones de dólares según los estimativos menos alarmistas, con su gravoso servicio y el correspondiente déficit de divisas, acaba por diluir cualquier entelequia de prosperidad bajo las antiguas relaciones de producción imperantes en aquellas repúblicas de segunda clase. Las angustiosas urgencias sociales que semejantes condiciones originan, al igual que los legítimos anhelos por una independencia, una soberanía y una democracia efectivas y no formales, precipitan revueltas y revoluciones como no sucede en la otra mitad septentrional de la pelota terráquea. Sin embargo, estas crepitaciones de genuina raigambre popular son por lo común manipuladas por los socialimperialistas soviéticos dentro de sus planes de expansión, para lo cua1 recurren a su engañosa careta socialista y a su sibilino lenguaje en solidaridad con las luchas libertarias de las masas insurrectas. ¡He ahí uno de los rasgos inconfundibles de la época!

4) Finalmente, Estados Unidos, hace 35 años la estrella más brillante del firmamento capitalista y cuya preeminencia en la Tierra no conocía mengua, se hunde lenta pero inexorablemente en el ocaso, pugnando en vano por evitar la disgregación de sus vastos dominios imperiales y esforzándose en extremo para que sus dictámenes, otrora irrecusables, sean cumplidos por sus servidores y respetados por sus oponentes. Tres males minan de continuo su vitalidad: los movimientos de liberación nacional de los pueblos sometidos a su égida, la competencia económica de las repúblicas occidentales desarrolladas y el expansionismo ruso que se nutre de los países que le va entresacando del redil. La suma de las transformaciones anteriormente referidas ha dado por resultado un vuelco radical en la correlación de las fuerzas mundiales. La Unión Soviética se ha adueñado de la supremacía y de la iniciativa; y, como sus miras colonialistas de nuevo cuño no llegarán a cristalizarse más que a costa de la progresiva languidez de las viejas metrópolis, en el litigio le corresponde la función del agresor, el agente activo que arremete con el propósito de menoscabar las potestades

extrañas a las suyas y de arrancar poco a poco las extensiones colocadas de antemano bajo el vasallaje de aquéllas. De no proceder, ninguna concesión le será otorgada graciosamente. Debido a ello se ha hecho merecedora del sambenito que en el pasado le acomodaran los chinos, de ser el enemigo número uno de la paz mundial. Por el contrario, a Estados Unidos lo que más le conviene, si ello fuera factible, es que se mantenga el statu quo. Pero no. Un análisis global demostrará que en todas partes pierde terreno y se bate en retirada. Aunque haya enviado últimamente una controvertida cantidad de soldados al exterior no significa que saltará de la defensiva a la ofensiva; simplemente se esmera en preservar lo que a él, a justo título, tampoco le pertenece.

El rompecabezas centroamericano habremos de encararlo a la luz de las conclusiones arriba descritas, o en otras palabras, se debe encuadrar en las realidades del mundo y de su tiempo. Las agrupaciones políticas que por razones prácticas o motivos de acomodación se empecinen en destacar solamente unos cuantos de los múltiples aspectos que abarca el problema le inferirán severos daños a la causa de la libertad y de la democracia; bien los que sacrifiquen el futuro al presente paliando los enormes peligros que implica la presencia del hegemonismo socialimperialista en el área, bien los que por temor a los riesgos derivados de la contienda maticen las penosas condiciones de vida preexistentes en las naciones subyugadas.

II
Hasta dónde nos hallamos ligados a las vicisitudes del quehacer internacional lo registran los propios albores de nuestros pueblos. Luego del Descubrimiento, al Norte del Río Grande arribó la emigración más avanzada de entonces a colonizar unos parajes apenas habitados por aborígenes que en su retardo evolutivo no pasaban del estadio superior del salvajismo, de acuerdo con la sinopsis de Lewls H. Morgan, en tanto que al Sur vinieron los representantes de las formas más atrasadas de producción de Europa, a disponer de unas tierras cuyos bárbaros propietarios ya habían conseguido, entre sus hazañas, cultivar. Este hecho paradójico, el que lo aventajado del viejo mundo se tropezara con lo rezagado del nuevo, y viceversa, selló la suerte de las dos porciones tan dispares y tan encontradas de América. En lo que después sería Estados

Unidos, los colonos, con una mano de obra salvaje no utilizable, tuvieron ellos mismos que descuajar los bosques y hendir los surcos, hasta ver florecer a la postre un capitalismo puro, exento de las interferencias de sistemas caducos heredados a los que fuera necesario barrer, como le tocara a la burguesía europea en sus batallas por el desarrollo. Idéntica afirmación cabe para las normas democráticas de organización social, cuyas embrionarias encarnaciones comenzaron allí a manifestarse desde un principio y a facilitar las actividades productivas. En cambio, el rancio coloniaje monárquico, de severo molde absolutista y al que prácticamente le correspondiera fundar a Latinoamérica, trasplantó intacto aquí el régimen feudal, dada la feliz coincidencia de que se toparía con una abundante población indígena apta para la agricultura y las labores manuales, a la cual, además de evangelizar, transformaría en siervos de la gleba. Sobre la mita, la encomienda y el resguardo reverdecieron las obediencias jerarquizadas, los tributos y prestaciones personales, la justicia inquisitorial y el resto de instituciones de una sociedad que allende el océano exhibía síntomas inequívocos de senectud, pero que bajo nuestros cielos tendría mucho por vivir, hasta el punto de que al cabo de los siglos aún observamos sus vestigios saboteando la marcha del progreso.

Vertiginosamente Norteamérica adelantaría, y pronto haría sentir también su influjo bienhechor con su Declaración de Independencia, convenida en 1776 y enfilada en general contra la monarquía y la divinidad de los reyes; documento consagratorio de los preceptos de la democracia burguesa, cuyos derechos humanos, presididos por la sonada máxima de que “todos los hombres son creados iguales”, estaban llamados a contribuir, durante decenios, con la revolución mundial, y, de contera, con las gestas de emancipación de las colonias españolas. Bastante transcurrida la centuria pasada la semblanza estadinense todavía seguía infundiendo entusiasmo a las luchas progresistas de los distintos países. La Guerra de Secesión, concluida en 1865 con la refrendación de la libertad de los esclavos negros, recibió el fervoroso apoyo de las corrientes revolucionarias, especialmente de los obreros europeos.

No obstante, en vísperas del siglo XX, junto a una banca omnipotente, reguladora de los engranajes industriales puestos a la sazón bajo sus arbitrios, irrumpen los gigantescos monopolios, suprema expresión de la concentración del capital, los cuales estiman demasiado angostos sus linderos fronterizos y han de hacer de la rapiña una divisa, renegando de las sanas tradiciones y trastornando la mente de la gran nación de Jefferson. La guerra contra España, en 1898, su primera confrontación netamente imperialista, no se emprendió ya en aras de las cláusulas de “no colonización” de la Doctrina Monroe, sino al revés, para apropiarse de lugares ajenos, como lo llevó a cabo aquel año el gobierno de McKinley con Filipinas, Guani y Puerto Rico. Contra Cuba, asimismo arrancada de la corona ibérica, expidiose más tarde la oprobiosa Enmienda Platt por la cual se coartaba su soberanía y quedaba Estados Unidos facultado para entrometerse en los asuntos de la Isla cuando le pluguiera. Sobrevendría de igual modo la desmembración de Panamá de Colombia, con el propósito de construir en el Istmo el canal interoceánico que los franceses no fueron capaces de materializar. Y posteriormente la habilitación de las interminables tiranías castrenses tipo Carías, Martínez, Ubico, Somoza, Trujillo, Duvalier, respectivamente de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua, República Dominicana y Haití, para sólo señalar unas pocas de las muchas que han soportado las masas escarnecidas y apaleadas de la América Central y el Caribe. Y los tratados leoninos sobre diversos tópicos, dirigidos a garantizar franquicias para las inversiones, los consorcios, las mercancías o los empréstitos procedentes de la metrópoli recién configurada. Y las repetidas conferencias panamericanas, gestoras del sistema del mismo nombre pero bajo la batuta de Washington, preferencialmente la IX, celebrada en Bogotá durante los días aciagos del asesinato de Gaitán y que diera vía a la Organización de Estados Americanos, la inefable OEA, tildada por algunos como el “ministerio de colonias yanqui?. Y las intervenciones militares contabilizadas por docenas en el Hemisferio, entre las que vale la pena recordar la de 1914, en el puerto de Veracruz, México, a fin de presionar la dimisión del presidente Victoriano Huerta; la de 1926, en auxilio del títere nicaragüense Adolfo Díaz; la de 1954, para derrocar el gobierno guatemalteco de Juan Jacobo Arbenz; la de 1961, fallidamente contra la revolución cubana, y la de 1965, tras el objetivo de aplastar al insubordinado coronel Francisco Caamaño, en Santo Domingo.

La metamorfosis de la república estadinense en una potencia imperialista se había consumado definitivamente. Dejemos referir al Washington Post, en editorial publicado preciso en los preliminares de la guerra de 1898, cómo percibió aquella transmutación en los momentos históricos en que se estaba efectuando: “Una nueva conciencia parece haber surgido entre nosotros -la conciencia de la fuerza- y junto con ella un nuevo apetito, el anhelo de mostrar nuestra fuerza… El sabor a imperio está en la boca de la gente, lo mismo que el sabor de la sangre reina en la jungla”.

Los partidos vergonzantes del caudillaje estadinense acostumbran argumentar que los humos despóticos del opulento poder del Norte, notoriamente ostensibles en variadas fases de su ulterior etapa hegemonista, han dependido más de las malas entrañas de determinados mandatarios que de la índole del sistema imperante. Censuran, por supuesto, las tropelías del “gran garrote” de Teodoro Roosevelt, o la “diplomacia del dólar”, llevada al apogeo por la administración de William Taft, mientras se deslíen en elogios hacia los ofrecimientos de “Buena Vecindad” del segundo Roosevelt, los programas de la “Alianza para el Progreso” de un John F. Kennedy e incluso hacia las intenciones de “buen socio” esbozadas por el frustrado Richard Nixon. Sin embargo, este aparente doble cariz, o esta duplicidad, fuera de indicamos que las formalidades de la democracia no simbolizan un impedimento insalvable para la explotación económica de los monopolios, nos confirma que los Estados Unidos se acogen con pericia y sin reconcomios a los métodos blandos o a los duros, con tal de sacarles jugosos gajes a sus nexos extraterritoriales.

Así como el capitalismo norteamericano nació incontaminado, sin las trabas de modos productivos remanentes que le obstaculizaran el crecimiento, su cielo imperialista, desde sus preámbulos, se ha diferenciado de los otros en la predisposición a valerse de los instrumentos democráticos para afianzar y adornar sus expugnadoras pretensiones. En lo transcurrido del siglo menudean las profesiones de fe de los ocasionales inquilinos de la Casa Blanca en los hábitos republicanos de gobierno y en las excelsitudes de la soberanía y la autodeterminación de las naciones, a lo Woodrow Wilson, el presidente del partido demócrata que se creía obligado a impartir instrucción a los analfabetos políticos del Continente sobre cómo interpretar las constituciones y escoger eficaces estadistas; y quien, dentro de su pedagógica misión, proclamó para Latinoamérica el advenimiento de la “Nueva Libertad”, por la cual habría de ir hasta la agresión armada contra Nicaragua, Haití y República Dominicana, sin contar la ya mencionada contra México. Y sus famosos Catorce Puntos sobre la paz, tras cuyos derroteros participó Norteamérica en la primera guerra por el reparto del globo, convocaban a un entendimiento universal que concediera “garantías mutuas de independencia y de integridad territorial a Estados grandes y pequeños por igual”. Análogos supuestos de convivencia civilizada y democrática entre los países se consignaron en la Carta del Atlántico, el pacto programático con que, dos largas décadas después, acometieron en la segunda conflagración las fuerzas aliadas bajo el liderazgo de los Estados Unidos. El panamericanismo no es más que el compendio de tales postulados, entretejidos paso a paso y al compás de los vaivenes hemisféricos, y que históricamente arrancó con la negativa inicial de los jerarcas de Washington a reconocer los mandatos de facto surgidos de la inobservancia de las regulaciones constitucionales, hasta concluir en la condena expresa, por lo menos en el papel, de cualquier intervención de una nación en los fueros de otra. Además de responder a los designios de convertir el Caribe en un mar norteamericano y a todo el 66patio trasero” en soporte para la dominación mundial, el corolario que adosara Teodoro Roosevelt a la Doctrina Monroe por allá en 1904, anunciando que sus deberes de ángel guardián de América podrían forzarlo a “ejercitar la política de policía internacional”, ha consistido asimismo, desde los preludios del imperio hasta hoy, en el pobre intento de encubrir la voracidad de los Estados Unidos con la cruzada rediviva por proscribir de estas tierras de Colón los enclaves coloniales. Intento no sólo pobre sino opcional, porque, cual ocurrió con la cruenta andanada de Gran Bretaña contra Argentina por la retención de las Malvinas, las, autoridades estadinenses no vacilan en terciar en beneficio de viejas formas de opresión nacional, y reivindicadas por señoríos procedentes de otras latitudes, cada vez que los afanes del momento así lo dictaminen.

En todo caso las relaciones expoliadoras implantadas por los Estados Unidos fueron harto distintas a las que consuetudinariamente rigieron en el mundo y que en la actualidad se hallan casi extinguidas por completo. Se trata del necolonialismo, como insistimos en denominarlo con la finalidad de distinguirlo. Es el desvalijamiento moderno que no precisa de virreinatos o protectorados de ninguna especie para llevar a feliz término la labor depredadora. Aun cuando eche mano de los cuartelazos, las invasiones y las tomas territoriales, dentro de su inclinación natural a esgrimir escuetamente la represión siempre que sea indispensable, tolera la independencia política, la república y los gobiernos elegidos por sufragio, pues sus ganancias espectaculares y especulativas, inherentes al capitalismo monopólico, estriban antes que nada en la exportación de capitales desde los centros desarrollados a la periferia relegada. Mediante las inversiones directas y los empréstitos los países pudientes despojan a los menesterosos de sus recursos naturales, acaparan sus mercados, inspeccionan y reglamentan sus economías. Los funcionarios, los legisladores, los magistrados caen prisioneros en las redes del soborno, o capitulan ante las desalmadas e ineludibles presiones pecuniarias. Si no que lo desmienta México, cuya fachendosa burocracia posaba de libérrima y patriótica hasta cuando el Fondo Monetario Internacional, con sus inapelables requisitos para la renegociación de la deuda pública, vino a postrarla de hinojos y a dejarla en cueros ante la mirada estupefacta de los miles de millones de moradores del planeta. 0 que lo atestigüen, para no ir muy lejos, los gerentes de nuestras entidades del ramo que no atinan a explicarle a la desfalcada y confundida opinión colombiana los motivos de las escandalosas alzas en las tarifas de, los servicios, hechas por conminación de las agencias prestamistas y a contrapelo de las promesas comiciales del Movimiento Nacional.

Por eso, los portavoces de las corrientes reformistas que abogan por la restauración de las viejas y consabidas formulaciones democráticas, cual panacea para los padecimientos del Tercer Mundo, aunque se sientan muy convencidos de la bondad y del progresismo de sus reclamos, lo cierto es que no han avanzado un ápice respecto a las recetas que de buen grado .aceptarían las oligarquías imperialistas contemporáneas y que de suyo ya han prescrito en sus documentos más solemnes. Las libertades ciudadanas que logren disfrutar los pueblos exaccionados les facilitarán sus luchas por una autodeterminación auténtica y cabal, pero por sí solas no configurarán barrera alguna que impida la explotación económica de los conglomerados supranacionales. Frecuentemente las metrópolis aplauden el independentismo del que hacen alarde muchos de los gobernantes de sus neocolonias y hasta reciben con mansa resignación las críticas que éstos expresan sobre diversos aspectos de su conducta en el concierto internacional, con tal que se les asegure el curso boyante de sus negocios. Con arreglo a ello acostumbra a obrar, verbigracia, el impredecible señor Betancur, quien en sus discursos se reserva la licencia de reprender a su colega Ronald Reagan por uno que otro desatino, sin dejar por eso de abrumar con prebendas a los inversionistas extranjeros, o de tramitar, acucioso, la solicitud de mayor injerencia del Banco Interamericano de Desarrollo, el BID, uno de los entes directamente responsables del retraso, los desequilibrios y el caos en la construcción material de nuestras naciones. Y después de tantas vueltas y revueltas, la acariciada paz de Centroamérica, como se deduce de los pronunciamientos del Grupo de Contadora y de las intervenciones del presidente colombiano con ocasión de su reciente viaje al exterior, resultó que, en última instancia, depende, de un lado, del retorno a un panamericanismo remozado, y del otro, del incremento de la “ayuda” de la banca mundial y de una más activa participación de los grandes trusts, dispensadores de la tecnología y de las posibilidades de empleo, conforme al criterio de las mismas fuentes. Diagnóstico que sospechosamente coincide con las propuestas por las que viene intercediendo de tiempo atrás el inconmovible y metalizado congreso estadinense.

Dentro de semejante contexto el discurrir de los países latinoamericanos ha sido una pesadilla de necesidades desatendidas, de anhelos irrealizables, de frustraciones traumáticas. No obstante que la mayoría naciera a la vida republicana hace más de siglo y medio, muchísimo antes que los jóvenes y depauperados Estados de Asia y África, ni la emancipación obtenida, ni la superestructura constitucional adoptada, se tradujeron en un efectivo desarrollo. La organización democrático-representativa de sus sociedades, distante de implicar la instauración del capitalismo corno era de esperarse, en lo fundamental mantuvo indemnes, bajo la corteza burguesa, las enquistadas formas de producción peculiarmente feudales, las cuales sólo acusan conatos de claro deterioro en las postrimerías del siglo XIX. Empero, cuando circulan los primeros capitales y se incuban los incipientes procesos fabriles, una nueva y pesada carga desciende sobre los hombros de nuestras patrias, un flagelo que comprometería indefinidamente su bienestar, el desvalijamiento imperialista del que ya hemos hablado. En sus informes de oficio los gobiernos estilan pintar color de rosa cualquier conquista pírrica dentro del crecimiento raquítico, y a debe, cual lo definiera alguien con perspicacia; mas la constante es la parálisis, o el retroceso, a juzgar por los datos más frescos y veraces profusamente divulgados. ¿Quién osa rebatirlo? La inflación de dos y hasta de tres dígitos de porcentaje, la quiebra masiva de empresas, la no utilización de parte considerable de la poca capacidad instalada de la industria, el decaimiento incurable de las actividades agropecuarias, la explosiva desocupación, el déficit fiscal crónico, el endeudamiento llegado a topes insoportables, cte., evidencian un panorama latinoamericano nada halagüeño, luego de tantos augurios fallidos y de tanta retórica. Y si a esto añadimos la marcada preferencia de los epicentros del poder a descargar la crisis económica que acogota a Occidente sobre los ciento y pico de países desheredados de la fortuna, calaremos a plenitud la gravedad de la hora.

De ahí que el pueblo de América Latina haya escrito las más hermosas páginas de insumisión, pues al igual que en la novela heroica “el hambre devoradora le persigue sobre la tierra fecunda”. Los revolucionarios, los demócratas y los patriotas sinceros de las distintas nacionalidades le brindarán unidos el respaldo irrestricto hasta ver coronadas por el éxito sus ansias de libertad; no la libertad santificadora de la extorsión económica, sino la fundada en los atributos de las naciones soberanas que usufructúan y definen a satisfacción sobre sus riquezas y sobre el trabajo de sus gentes.

III
Con todo y las complejidades, hasta aquí ha habido una comprensión gradual de los entresijos de nuestra segunda independencia. Las felonías, los excesos de confianza y las contemporizaciones oportunistas cunden en lo tocante a las asechanzas de la superpotencia de Oriente. Unos sectores consideran insustituibles las emponzoñadas solidaridades del socialimperialismo: están representados por los regímenes de este bloque y sus epígonos. Otros se inclinan por el aprovechamiento táctico de la intromisión rusa para obtener el triunfo: son los ingenuos que piensan expulsar primero a los Estados Unidos y luego deshacerse de la Unión Soviética. Y un tercer segmento busca medrar en medio de la borrasca; lo constituyen aquellos que le prenden una vela a Dios y otra al diablo para ganar indulgencias políticas.

Bajo ninguna circunstancia hemos admitido que las diligentes gestiones de Moscú y de La Habana alrededor de Centroamérica sean catalogadas de fiables y mucho menos de fraternas. Cierto es que, fuera de la férrea tenaza con que apercuella al gobierno cubano, al que recompensa con miserables bonificaciones monetarias por sus menesteres mercenarios en otras latitudes, allí, en los litorales del Mar Caribe, la dirigencia soviética no ha tenido ni el tiempo ni el espacio para hacer sentir ampliamente su catadura expansionista. Lo cual desde luego no significa que sus tejemanejes no riñan de manera tajante con las nociones más elementales de la democracia y con los principios del socialismo. No se puede aguardar a que esta despiadada satrapía que arrasa a sangre y fuego a la nación afgana y empuja al ejército marioneta de Viet Nam a exterminar a los pueblos kampucheano y laosiano, acate la soberanía y demás derechos inalienables de guatemaltecos, salvadoreños y nicaragüenses. ¿Acaso el despotismo se comporta de un modo en Asia y de otro en América? ¿O los postulados democráticos son fraccionables, diferibles y tienen un valor contrapuesto de un meridiano a otro? ¿U obligan para todos menos para unos? No suena coherente. Las ocupaciones de países, efectuadas donde fuese y so pretexto de colaborarles en sus bregas de liberación nacional, sacar avante las tareas socialistas, o tras cualquier otro móvil, por humanitario y filantrópico que parezca, únicamente conducen a escindir la necesaria armonía de los pueblos y a exacerbar las tensiones internacionales. A la inversa de cuanto han venido pregonando los adocenados partidos comunistas, los más leves atropellos contra la independencia de los Estados y la autodeterminación de las naciones, infligen heridas graves a la cooperación internacionalista tan cara para las masas trabajadoras del orbe entero.

Fidel Castro nos proporciona un testimonio bastante elocuente de cómo se adecua el concepto a la práctica, o mejor, de cómo se envilece la teoría para legitimar los sanguinarios desmanes de la Santa Rusia posmarxista. En agosto de 1968 las unidades del Pacto de Varsovia tomaron por asalto a Checoslovaquia, y no obstante acusarse a Occidente por los signos degenerativos detectados en aquel miembro del bloque, era imperioso ofrecer una exculpación, con ribetes de credibilidad, de un acto a todas luces atentatorio de la integridad de un país supuestamente libre. El Comandante en Jefe, que por entonces ya había escogido padrastros, lo intentó dentro de esta lógica: “A nuestro juicio la decisión en Checoslovaquia sólo se puede explicar desde el punto de vista político y no desde un punto de vista legal. Visos de legalidad no tiene francamente, absolutamente ninguno”. La infracción de lo legal, que no tuvo más remedio que reconocer, simboliza la burla del precepto de la autodeterminación nacional de los países; y el incentivo político, o sea la justificación, radica en los objetivos revolucionarios. Y lo afirma expresamente: “Lo que no cabría aquí decir es que en Checoslovaquia no se violó la soberanía del Estado checoslovaco. ( … ) Y que la violación incluso ha sido flagrante”. Pero aquélla -completa Castro- “tiene que ceder ante el interés más importante del movimiento revolucionario mundial y de la lucha de los pueblos contra el imperialismo”

Traemos a colación los pasajes de un litigio añejo ya de quince años porque la doctrina sentada en él ha repercutido enormemente en los acontecimientos posteriores, y, además, no la compartimos. Ajustándose a ella Cuba ha enviado durante un lapso relativamente corto alrededor de 100.000 soldados a campear en el continente negro. En la actualidad mantiene en Angola, como se sabe, 20.000 hombres, cuyo desembarco, ocurrido en junio de 1975, marcó el inicio propiamente dicho de la ofensiva militar estratégica de la URSS por el apoderamiento del planeta. En el Cuerno de África están instalados sólo unos pocos escuadrones menos, con la orden de sostener el régimen de Mengistu, hostigar a Somalia y combatir a los patriotas eritreos. Hay también asesores y contingentes procedentes de la isla caribeña en Yemen del Sur, Mozambique, Guinea-Bissau y el Congo, amén de los que menudean en Granada y Nicaragua. Tamaño despliegue bélico, realizado en una extensión tan dilatada, a tantos miles de kilómetros de distancia de su base de origen y activado por una pequeña nación -la tercera parte de los habitantes de Colombia y un décimo de su territorio-, que pasa apuros en las lonjas internacionales para vender su azúcar de país monoexportador, no se comprendería sin la asistencia financiera de sus asistentes militares. García Márquez, en un gesto que habla bien de su calidad de amigo pero no de su vocación por la economía, juró que la misión expedicionaria sobre Angola “fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética”. No hubo quién tomara en serio estas frases. Ni siquiera el escritor, que pronto las habría de olvidar, pues con motivo de su controvertido exilio y refutando las sindicaciones de los mandos castrenses contra La Habana acerca de la incautación de un cargamento de armas del M-19, aclaró perentoriamente: “Los cubanos no tienen plata para darle a nadie ni un fusil de esos que vinieron ah”.

La deducción es obvia e irónica. Los procónsules del “primer territorio libre de América”, con el sostén y la coyunda de los soviéticos, se pasean por el cosmos hollando fronteras ajenas, ungiendo gobiernos obsecuentes, disciplinando a los opositores que se atrevan a rechistar. Insólito, por lo demás, que ese extraño proceder se pretenda pasar con el rótulo de revolucionario. Nosotros nos identificamos en el pasado con las pegajosas proclamas de los vencedores de la Sierra Maestra y apoyarnos en la medida de nuestras capacidades sus desvelos por edificar una patria digna y próspera. Dimos incluso un margen de espera prudencial cuando desde finales de la década del sesenta nos percatamos del giro de La Habana en honor de las apetencias del Krem1in. Mas a mediados de 1975, consumada la invasión del Estado africano que acababa de desembarazarse de cinco siglos de coloniaje portugués, no había duda: la comandancia de la Isla cumpliría su triste destino de condotiero del socialimperialismo, más o menos como las soldadescas reclutadas en la India o Nueva Zelanda contendían tras las enseñas de Su Majestad en los esplendores del imperio británico. No cejaremos en la condena de los autodenominados “socialistas reales” que se enseñorean impunemente en suelo extranjero. Atrás recordábamos que los presidentes norteamericanos instruían a bala a las repúblicas inermes sobre cómo habituarse a la democracia y a la independencia; hoy los primeros ministros del bando contrario lo hacen para predicar y explayar el socialismo. Pero pueblo triunfante que le impone la felicidad a otro pueblo compromete la victoria y forja sus propias cadenas. ¡Quisling jamás será un Martí!

Acreditan ponerse en tela de juicio los propósitos de aquellos que protestan airadamente por la presencia estadinense en Centroamérica pero hacen caso omiso de los crímenes cometidos por los soviéticos y sus seguidores contra la integridad y las intransferibles prerrogativas de las naciones débiles. Para esos falsos apóstoles de la transformación social, llámense revolucionarios, comunistas o socialistas, digámoslo en vía de ilustración, no se justifica ni una nota desaprobatoria ante el vandalismo vietnamita en Indochina, donde, de los cinco millones de seres del pueblo de Kampuchea, cientos de miles han sido segados sin contemplaciones. La fraternidad internacionalista tampoco es divisible. Tanto merecen laborar en paz y decidir sin tutorías foráneas sobre su buena o mala ventura los cuatro millones de salvadoreños como los veinte millones de afganos. Y convertir los movimientos de liberación nacional del Tercer Mundo en mascarones de proa del expansionismo soviético, consiste, mondo y lirondo, tal cual lo hemos venido señalando, en un trueque de amos. La Junta Sandinista de Reconstrucción Nacional, al alinearse con Moscú y servirle de cabeza de playa en la región, no sólo enajena su voluntad sino que reduce a Nicaragua al lamentable estado de ficha cambiable o comible en el ajedrez internacional. La autocracia socialimperialista negociará la distribución de las influencias mundiales de acuerdo con lo que aconsejen sus maniobras políticas y militares y no conforme lo deseen sus majaderos mandaderos.

Imaginar con pueril candidez que asordinando la denuncia y admitiendo la peligrosa protección moscovita las agrupaciones independentistas enfrentan los presentes desafíos sin mayores riesgos, pues ya se darán trazas para salir de la trampa y eludir las celadas, es desconocer supinamente las superioridades de un imperio pujante, en formación, que cuenta por añadidura con la no despreciable ventaja de franquear puertas y marear cabezas con su etiqueta socialista. Hoy por hoy el Kremlin dispone de avanzadillas muy firmes y muy dóciles en todo el globo. Además de las indicadas, sobresalen el Estado sirio que actualmente retiene con 60.000 soldados la mitad del Líbano, a través del cual las huestes de Andropov ponen fuerte baza en la partida por el Medio Oriente, y el predestinado coronel Gaddafi, en el Norte de África, quien se adueñó de parte del Chad, alistando y armando a una facción disidente de ese país, y quien también intriga, conspira e interviene donde pueda, incluida Centroamérica, cual si fuera el Robin Hood del mundo.

Si echamos una cuidadosa ojeada a los últimos veinte años registraremos la arremetida de la URSS y su adelantamiento respecto de Occidente en disímiles aspectos. Mientras aquella ha militarizado su economía en grado sumo, atiborra su arsenal con dispositivos nucleares y convencionales y se trasmuda en un proveedor de armamentos de primer orden, a las viejas metrópolis les toca vérselas con mil obstáculos, desde arrostrar los ruidosos movimientos pacifistas que le coartan el poder de decisión, hasta estirar al máximo los presupuestos minados por la recesión económica, para conservar simplemente un precario equilibrio en la capacidad de fuego de los dos bandos. Más de una veintena de países, unos mediante las artes persuasivas de la maquinación y del halago, otros como fruto de la violencia, han caído en las zarpas del oso, y le permiten directa o indirectamente a esta superpotencia un considerable margen de acción en su calculada y arrasadora campaña expansionista. Tan inobjetable será la tendencia histórica, que los Estados Unidos se muestran impotentes para encinturar, en las inmediaciones de sus linderos, la sublevación centroamericana, acorralados por el descontento popular, las desavenencias políticas internas, las intromisiones soviéticas y hasta por el peso de un pasado acusatorio que no olvidan las gentes. Y el señor Miterrand, en detrimento de la descabalada estampa de su socialismo pluralista, tuvo que trasladar sus tropas en auxilio del gobierno del Chad, con el fin de proteger los codiciados intereses franceses en el África, siendo que no contempla muy complacido el traslado que de las suyas ha hecho el presidente Reagan a Honduras en trance similar. En suma, Occidente ejecuta esfuerzos más desesperados que eficaces por mantener la cohesión y frenar a su engrandecido oponente, en una atmósfera en la cual las contradicciones internacionales suben de temperatura en cuestión de meses y los pueblos neocolonizados, resueltos a romper las cadenas, no olfatean los vientos que delatan a la fiera agazapada del Este. Por ende, postergar para un futuro preñado de incertidumbres el esclarecimiento público y sistemático acerca de la amenaza principal, y peor aún, unirse a ella en la creencia de conseguir birlarle el botín, denota una inocencia digna de tiempos menos escabrosos.

No quisiera concluir esta exposición sin referirme, así sea de pasada, a un comportamiento político que ha venido haciendo carrera en Colombia últimamente, sobre todo en los círculos dominantes. Trátase del brochazo izquierdista, al que cada vez recurren más quienes han perdido lustre en los ajetreos de la lucha y no encuentran otro medio de recomponer su figura que mostrándose benévolos con algún requerimiento o gesto de intimación del gobierno cubano, obviamente después de dejar sentada la explícita y ritual constancia del abismo ideológico que los separa de aquél. Este artilugio, copiado de los mexicanos, posee la milagrosa virtud de resguardar por un rato de las críticas, aunque se haya incurrido en desafueros o se haya asumido actitudes cavernarias en otras materias. No sabría precisar si fue el presidente López Michelsen quien primero lo utilizó, pero sí lo puso de moda. Cuando Fidel Castro sostiene en La Habana, como lo hizo: “López es un burgués progresista”, eso se refleja propiciatoriamente en las urnas, o se reflejaba.

La conveniencia de recibir del campo adversario semejantes consagraciones incide más de lo que se supone en la elaboración de las directrices oficiales, en especial en el período que transcurre, pues los conservadores, o por lo menos la fracción belisarista, han redescubierto esta fórmula mágica con la que los liberales ganaban puntos en las encuestas de opinión, defendiendo, desde luego, el panamericanismo y demás fundamentos del mundo occidental y cristiano, a la par que se coquetea a distancia con las fuerzas rivales acantonadas en la otra orilla. Esto explica la manera condescendiente como se han sólido absolver las pretensiones de los recaderos del socialimperialismo contra Colombia, en el caso de los inesperados y contumaces reclamos de la Junta de Nicaragua sobre San Andrés y Providencia y en las intentonas de Cuba de sembrar nuestro territorio de destacamentos armados, cual lo reconociera su Primer Ministro sin el menor embozo y ante la presencia de una gloria de nuestras letras, un ex presidente y una decena de periodistas colombianos, quienes prácticamente asintieron con el otorgamiento de su silencio.

De modo similar se ha venido concibiendo la inclusión de Colombia en el grupo de los países No Alineados, no como el camino para hacer valer una posición genuinamente independiente y neutral en la disputa de las superpotencias, sino como el conducto de complacerlas a ambas en lo que fuere indispensable. En nombre de la pacificación, en San José de Costa Rica el canciller Rodrigo Lloreda firma la Iniciativa para la Cuenca del Caribe ideada por la Casa Blanca, y para no malquistar a la contraparte, se deposita en la ONU un voto a favor de la candidatura de Nicaragua al Consejo de Seguridad. Sin embargo, ni las ambigüedades, ni las acomodaticias oscilaciones de un extremo al otro, reportarán nada positivo para la convivencia internacional y el derecho a la irrestricta autodeterminación de las naciones. Azuzan, por el contrario, la codicia de los expansionistas que intuirán en tales piruetas una disimulada e insinuante invitación a que prosigan con sus componendas y provocaciones.

En Centroamérica, análogamente a lo que acontece en las otras zonas en conflicto, al lado de las viejas dolencias, han surgido problemas nuevos. Entre los primeros están la explotación económica de los consorcios foráneos, el atraso, la miseria y la falta de una democracia efectiva. Entre los segundos se cuenta la irrupción de avanzadillas del expansionismo tipo Cuba. “Estos pequeños Estados -como lo indicamos en el proyecto de convocatoria que propusimos para este foro- no significarían una amenaza mayor para nadie, e incluso gozarían plenamente del afecto de todas las naciones amantes de la paz, si sus afanes de respaldar a quienes combaten en pos de los cambios sociales no fuesen más que un simple pretexto para sus empeños reales de crear, donde puedan, contingentes políticos y militares dóciles a los caprichos de Moscú”. Ante las viejas dolencias existe un creciente y alentador discernimiento; en relación con los nuevos problemas prevalecen la prodición, la indiferencia y el oportunismo. Unámonos las fuerzas revolucionarias, democráticas y patrióticas a fin de remediar as unas y afrontar los otros, en el entendimiento de que el mayor peligro proviene del socialimperialismo soviético, cuya contención demanda el más amplio frente de batalla mundial, que se base en los países sojuzgados y en las masas trabajadoras de todo el orbe, abarque a las repúblicas capitalistas desarrolladas y no vete siquiera a los Estados Unidos.

En cuanto a nosotros, seguiremos creyendo, junto a Augusto César Sandino, el general de hombres libres, que “toda intromisión extranjera en nuestros asuntos sólo trae la pérdida de la paz y la ira del pueblo”.

Muchas gracias.

NOTAS

1 ‘William Miller, Nueva Historia de los Estados Unidos, Buenos Aires, Editorial Nova, 1961, Págs. 313 y 314.
2 Aprovechando su viaje al exterior, a comienzos de octubre, Belisario Betancur pidió, tanto a los Estados Unidos como a la
Comunidad Europea, el apoyo económico para sacar a los pueblos latinoamericanos del abandono. Ante la banca norteamericana,
durante el almuerzo que ésta le brindara en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York, invitó a invertir más en Colombia y
sugirió para Centroamérica un programa de asistencia similar al Plan Marshall que Washington ejecutó en Europa después de
la Segunda Guerra Mundial.
3 Ambas citas de Fidel Castro pertenecen a su discurso pronunciado sobre la incursión de las tropas del bloque soviético en
Checoslovaquia, publicado en Granma, 25 de agosto de 1968.
4 Gabriel García Márquez, El Espectador, enero 9 de 1977.
5 Ídem, Cromos, marzo 31 de 1981.
6 Se refiere a las declaraciones por las cuales Fidel Castro aceptó haber entrenado guerrilleros colombianos, formuladas
delante de García Márquez, L6pez Michelsen y varios periodistas colombianos que habían viajado a Cuba, a mediados de enero
de 1983, con motivo de la entrega de una condecoración concedida por el gobierno cubano al laureado escritor.