POLITICA DIAFANA, CONCRETA Y FIRME

El Partido Comunista ha dicho que “en 1973 el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas vueltas”, insinuando que nosotros teníamos una actitud inconsecuente desde un comienzo. Ustedes no pueden tener tan mala memoria para olvidar así como así las razones por las cuales el MOIR no ingresó a la UNO hasta 1973. Nuestro partido propicio las reuniones preliminares e intercambió opiniones con las otras fuerzas políticas sobre la necesidad de conformar un frente que permitiera a las organizaciones interesadas concurrir con ciertas opciones de éxito a las elecciones de 1974. Y participó en la asamblea del Capitolio que prácticamente fundó la Unión Nacional de Oposición, el 22 de septiembre de 1972. Pero hubo un obstáculo, el primer gran enfrentamiento entre ustedes y nosotros en este proceso: la obcecada posición del Partido Comunista a que el frente electoral en ciernes se constituyera con la Alianza Nacional Popular, proposición que el MOIR veía irrealizable, a no ser que se hicieran concesiones demasiado costosas y se diluyera campaña, frente, programa y todo en una amalgama oportunista sin ton ni son. No se trataba, desde luego, de dirimir si era deseable conformar un frente amplio o pequeño. Se trataba de comprender que no había condiciones para que un movimiento como ANAPO, decadente y descompuesto, corroído por el cretinismo y que no daba señales de querer soltar las amarras que lo atan al sistema, pudiera ingresar de pronto a un frente que aspiraba enarbolar un programa revolucionario. Sólo cuando ustedes abandonaron esta idea carente de piso material, cosa que hicieron después de agotar todos los procedimientos, desde los más públicos hasta los más privados, y de comprobar que en realidad no existía la más remota probabilidad de entendimiento con la ANAPO, se hizo viable un acuerdo del MOIR con el Partido Comunista con miras a una campaña electoral conjunta, y sólo entonces se puso a marchar en serio a la Unión Nacional de Oposición.

Hasta dónde los moiristas en 1972 comprendían la situación y preveían los requisitos que harían factible una alianza electoral de izquierda para 1974, se demuestra en los siguientes apartes tomados de “TRIBUNA ROJA”.

“La estrategia reaccionaria es clara: la promulgación indefinida de la Gran Coalición del Frente Nacional. (…) La alternación termina en 1974, pero el presidente que salga elegido entonces deberá gobernar con los partidos tradicionales. Las camarillas dirigentes liberal y conservadora pueden lanzar para 1974 un candidato presidencial por cada partido o lanzar uno solo que los represente a ambos. En cualquiera de los dos casos la obligación es la misma: gobernar coligadamente. A esto se han comprometido los varios aspirantes de los dos partidos. Hasta el doctor Alfonso López (…).

“Frente a esa situación se viene hablando de la necesidad de que la izquierda también se unifique y proclame un candidato único para 1974 (…) El MOIR no rechaza ni es su intención torpedear la perspectiva de un frente que, alrededor de una plataforma revolucionaria de lucha, lance un candidato único de la izquierda para 1974 y aglutine los más amplios sectores de masas posibles.

“Cuatro son las condiciones que creemos se deben dar para que ese frente contribuya al desarrollo de la lucha revolucionaria del pueblo colombiano en la situación actual.

“PRIMERA. El frente propuesto debe aprovechar la campaña electoral para desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática del Frente Nacional, para agitar un programa revolucionario y para apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes y demás sectores populares (…).

“SEGUNDA. La ANAPO no podría ser la columna vertebral del frente electoral de izquierda. (…) Para que la ANAPO pueda convertirse en la columna vertebral del posible frente electoral de la izquierda colombiana tendría que variar radicalmente, cosa que creemos en verdad imposible. (…) A la ANAPO no se le debe hacer una sola concesión.

“TERCERA: El frente electoral debe aprobar una plataforma antimperialista y democrática, a la que se ceñirán sin excepción para la agitación y propaganda todas y cada una de las fuerzas integrantes.

“La importancia principal de un frente de esta naturaleza en la situación actual es la agitación que realice y la educación que imparta a la masas. Hay que profundizar la conciencia revolucionaria del pueblo colombiano; explicar que la dominación extranjera y la traba semifeudal son los factores determinantes del estancamiento de la producción y de la ruina económica de las mayorías. Exigir la nacionalización no sólo del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui en todas las ramas de la economía colombiana. La reforma agraria a propugnar no es una reforma cualquiera; ha de estar basada en la eliminación de la explotación terrateniente mediante la confiscación de los grandes latifundios y el reparto de la tierra para los campesinos que la trabajan. (…)

“CUARTA. Debe hacerse un acuerdo previo entre todos los partidos y organizaciones del frente que garantice: a) la dirección colectiva de la alianza y b) el respeto al carácter independiente de los partidos y organizaciones”[5].

Al asegurarse el cumplimiento de las cuatro condiciones enumeradas, el MOIR formalizó la alianza con el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido Comunista. Lejos de tener una actitud inconsecuente, consignamos una posición diáfana, concreta y firme. La violación o la no cristalización de alguno de los requisitos exigidos, hubiera impedido nuestra vinculación a la UNO. La manzana de la discordia fue en este caso la Alianza Nacional Popular. Sin embargo, el Partido Comunista ha ocultado con insinuaciones y falsos cargos el fondo de un conflicto que ha rondado como un fantasma la casa de la Unión Nacional de Oposición durante toda su existencia.

INSISTENCIA EN UNA TACTICA FALLIDA

En la polémica contra el MOIR, ustedes han recurrido a menudo al cómodo artificio de atribuirse a sí mismos los éxitos y achacar a los demás desaciertos. La participación del MOIR en la UNO se explica como acto de mezquina conveniencia y su presencia como perturbadora para el desarrollo del “frente patriótico”, mientras que al Partido Comunista se le dibuja con muchas trazas de magnánimofico gestor visionario de la unidad. Pero este recurso ayuda muy poco y terminará derrumbándose fácilmente tan pronto las fuerzas revolucionarias se interesen en estudiar cuidadosamente la experiencia de la UNO y comparen los pronunciamientos de los distintos partidos con el acontecer político. Continuemos mirando y comparando algunos de estos pronunciamientos.

En febrero, víspera de las elecciones de 1970, el Partido Comunista sostuvo:

“Las candidaturas de Betancur y Rojas Pinilla, aunque surgieron enfrentadas a las maquinarias de las convenciones oficialistas y se presentan como exponentes de la oposición, sostienen el sistema paritario antidemocrático e incluso no se oponen a las iniciativas ultrarreaccionarias de prolongarlo indefinidamente”[6].

En abril, inmediatamente después de las elecciones afirmó:

“Por nuestra parte, debemos reconocer que no supimos medir el grado de crecimiento del rojismo en la opinión pública (…) En la elevada votación por Rojas se manifestó un profundo sentimiento de clase, planteado en forma de ‘lucha de los de abajo contra los de arriba’. (…) Las grandes masas de la oposición al sistema están actualmente con la ANAPO y es a ellas que debemos unirnos principalmente en la acción”[7].

No vamos a refutar eso de “unirnos principalmente en la acción” con las masas anapistas, tesis de una simpleza infinita y que bien podría extenderse con la misma lógica a las masas de todos los partidos y movimientos. Señalemos que el Partido Comunista, que le había negado en febrero el apoyo a la ANAPO porque “las candidaturas de Betancur y Rojas Pinilla, sostienen el sistema paritario antidemocrático”, descubre en abril que “las grandes masas de la oposición al sistema están actualmente con la ANAPO”. Pero tampoco es este el hecho que deliberadamente buscamos resaltar, ya que es ajeno a nuestro animo cazar al Partido Comunista en tan flagrante contradicción, pues un grupo partidista corre el riesgo de equivocarse al apreciar el desenlace táctico de una situación, sobre todo de una situación tan compleja como la de esos meses, cuando para las fuerzas revolucionarias hubiera podido ser ganancioso respaldar una candidatura que aunque no se salía de los marcos del sistema, significaba un gran aprieto momentáneo para la coalición liberal-conservadora, en una coyuntura en la cual la revolución se hallaba completamente debilitada, sin audiencia e impedida para hacer valer su propia alternativa. Buscamos destacar que desde aquellos días, y después de cambiar intempestivamente el criterio sobre ANAPO, la estrategia principal del Partido Comunista y en particular su estrategia de la “unidad popular” , o de la Unión Nacional de Oposición, o del “frente de la oposición democrática”, o del “frente patriótico”, según las distintas denominaciones por ustedes utilizadas, consistió fundamentalmente en lograr una alianza con dicho movimiento.

Tal vez el énfasis en esta empresa se pueda explicar por el impulso que a la “unidad popular” le daban a la sazón los diversos partidos comunistas de América Latina, inspirados en el caso chileno que entre otras cosas pondría al descubierto la inconsistencia de la “vía electoral”. O porque se creyó sinceramente que con el repunte anapista de 1970 los partidos tradicionales colombianos entraban en una crisis de la cual no se recuperarían ya. Algo hubo de ambas cuestiones . De todas maneras ustedes hicieron de la aspiración de aliarse con la ANAPO la consigna capital de la hora. No así, sencilla y llanamente, por supuesto, sino mediante algunas piruetas.

El propio congreso del Partido Comunista de 1971 dispuso:

“La tarea del momento para los comunistas en hallar el camino que conduzca a la unidad de todas las fuerzas de oposición democrática al sistema, como fase inicial para la formación del Frente Patriótico de Liberación Nacional”[8].

Pero como la situación real no daría más que para la conformación de un frente pequeño, con un MAC recién aparecido y sin expansión nacional y un MOIR “extremoizquierdista” y “anárquico”, porque hasta la prudente y sensata Democracia Cristiana, de la que el Partido Comunista tanto habla como cofundadora de la Unión Nacional de Oposición, desertó furtivamente sin pena ni gloria la noche del día de la fundación, ustedes entonces se entregaron a la ingrata labor de convencer a la única agrupación que lograría con su contingente desvencijado salvar la estrategia trazada, la pieza que faltaba y cabía en el esquema preconcebido: la ANAPO. Había que vigorizar la UNO para poder negociar con la ANAPO y había que aliarse con la ANAPO para configurar el “frente de la oposición democrática”, “fase inicial” del “Frente Patriótico de Liberación Nacional“. Verdadero acertijo con una sola solución: la ANAPO.

Y ustedes lo explicaron:

“Debemos trabajar intensamente por fortalecer la UNO con el fin de que sea una fuerza que por su importancia se convierta en elemento imprescindible para lograr la unidad con la ANAPO en la lucha común”[9].

Para el MOIR tal insistencia adolecía de fundamento. No porque sostengamos a ultranza que a la revolución le esté prohibido, según las circunstancias, llegar a compromisos con una corriente como ANAPO, por más que su ideología sea retardataria, sino porque a esta táctica ya le había pasado su tiempo. Si en 1970 pudo haberse justificado, en 1974, sería meramente una añoranza. Aquí la historia no se repetiría ni siquiera como farsa.

No han sido, pues, consideraciones de tipo dogmático las que nos llevaron a rechazar la propuesta del Partido Comunista. Nuestra experiencia y el estudio del marxismo-leninismo nos han enseñado que compromisos de esa índole dependerán siempre de la situación concreta, de las contradicciones de las fuerzas enemigas, del desarrollo político de las masas, del grado de fortaleza de los partidos revolucionarios, de las perspectivas mediatas e inmediatas. Su duración, es decir, que tales alianzas sean más o menos temporales, dependerá también de las circunstancias anotadas y sin duda de las vacilaciones del aliado.

Si en 1970, comprendiendo que la candidatura de Rojas Pinilla, por encima de sus flojeras y trapisondas, representaba objetivamente un complicado contratiempo para el bipartidismo tradicional, hubiese sido discutible apoyar a la ANAPO, semejante alianza en 1974, erigida sólo en graves claudicaciones y sin contraprestación mayor, habría denotado una torpeza superlativa. En 1974 el anapismo no representaría contradicción de cuidado para las clases dominantes y su significación política quedaría casi reducida a su capacidad de vociferar proclamas altisonantes e inconexas, maldecir lo acontecido y renegar del porvenir. El 19 de abril de 1970 marcó para la ANAPO el clímax de su vertiginoso desarrollo, fue la fecha de la victoria acariciada, pero también el día de la derrota inexorable. El pueblo anapista, esperanzado por dos lustros, caló en una cuantas horas de escaramuza comicial el alma de los jefes del “tercer partido” quienes, frente al fraude, las vejaciones y la violencia del estado oligárquico, no sacaron lección distinta de la de solicitar una reforma de las normas del sufragio y un asiento en la corte electoral. A la ANAPO le sucedió lo que tarde o temprano les sucede a los partidos que se declaran en rebeldía y sólo están preparados para hacer elecciones, esto es, que, cuando vencen, lo pierden todo y sus tropas se dispersan. En el pasado a pesar de sus muchas desventajas poseyó el poder de colocar en calzas prietas a los partidos tradicionales. En el futuro no contará más que con sus desventajas.

La concertación para 1974 de un frente con la Alianza Nacional Popular requería por los menos dos concesiones: votar por un candidato presidencial salido de sus filas, o más exactamente de la familia Rojas, y recortar el programa de nueve puntos de la Unión Nacional de Oposición. Esta consideración es valedera, pues, al contrario, proponerle a la ANAPO que se sumara a Hernando Echeverri o a cualquier otro candidato del MOIR o del Partido Comunista, y que respaldara nuestro programa mínimo, en las condiciones de aquel entonces, resultaría un exabrupto y un sabotaje a la estrategia de “la unidad de todas las fuerzas de oposición democrática”. Luego aquel frente con candidato rojista y programa común habría configurado la ironía de que mientras la ANAPO, desacreditaba y derruida, iniciaba su ciclo descendente, las fuerzas revolucionarias saldrían a recorrer el país anunciándola como la nueva panacea milagrosa.

Hasta qué punto ustedes eran conscientes de que para acercar a la ANAPO sería imprescindible hacerle tales concesiones, lo veremos en esta posterior explicación de finales de 1973:

“Nuestra propuesta consistió en que se realizara un acuerdo para escoger libremente al candidato único de la Oposición y que se discutiera y aprobara en forma conjunta un Programa Común. Candidato de la Oposición, que podría ser designado de las filas anapistas. Programa Común que también recogería los planteamientos anapistas en los cuales concordaran las demás fuerzas”[10].

Y hasta qué punto se entusiasmaban con una batalla decisiva para derrotar a la oligarquía en 1974, por la que estaban dispuestos a conceder en materia programática queda comprobado con los párrafos que siguen, tomados del “Informe al Pleno” de mayo de 1972:

“La Resolución política aprobada por el Undécimo Congreso señaló una táctica correcta, cuando dijo: ‘Todo indica que las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato único, estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las maniobras de la oligarquía tradicional.’ ”

“Nuestra táctica tiene que encaminarse a plantear a todas las fuerzas interesadas en el cambio democrático y popular la necesidad de escoger de común acuerdo un candidato a la presidencia que sea capaz de unificar a la oposición, sobre la base de un programa mínimo . Programa que no es el nuestro, que puede ser incluso menos avanzado que los cinco puntos de nuestra Plataforma electoral. Pero en el cual se planteen y se levanten reivindicaciones mínimas, entre ellas la plenitud de los derechos y libertades democráticas, la reforma agraria y la nacionalización del petróleo”[11].

El programa de cinco puntos de la plataforma electoral a que ustedes se refieren en la cita anterior y que estaban dispuestos “incluso” a hacer “menos avanzado”, con el fin de “unificar a la oposición”, es éste:

“Nuestro partido sugiere como bases mínimas para el programa del Frente de la Oposición Democrática lo siguiente:

“1) Nacionalización de la industria del petróleo.
“2) Reforma Agraria democrática que comience por la entrega de la tierra de los latifundistas a los campesinos.
“3) Alza general de sueldos y salarios.
“4) Plena vigencia de las libertades públicas y el derecho de huelga.
“5) Reforma de carácter democrático y patriótico de la Universidad y del sistema educativo en general”[12].

PROGRAMA NACIONAL Y DEMOCRÁTICO DE LA UNO

Resumamos lo que tenemos expuesto hasta aquí. La estrategia defendida por el Partido Comunista para las elecciones de 1974 consistía en crear un frente de toda la oposición, con un programa común y un candidato único. Para coronar éste propósito era indispensable la participación de la ANAPO que, a pesar de su desmoronamiento, aún se mantenía cuantitativamente es tercer lugar después del liberalismo y el conservatismo. Esta participación había que lograrla con un programa “incluso menos avanzado que los cinco puntos” de su plataforma electoral y con un candidato “que podría ser designado de las filas anapistas”. Y todo ello como paso inicial de la futura constitución del frente patriótico. El MOIR propugnaba un frente electoral de izquierda con el programa revolucionario y un candidato único, aclarando que no veía posible ni conveniente la vinculación de la Alianza Nacional Popular. No le parecía posible que la ANAPO diera un viraje tal que terminara suscribiendo un programa revolucionario, y no le parecía conveniente que se hicieran concesiones programáticas con las cuales se contribuyera a la confusión del pueblo. Las dos propuestas se semejaban en el convencimiento de la utilidad de constituir un frente con candidato único y programa conjunto, pero diferían en las calidades de éste y de aquel.

Como no se trataba de adherir a una candidatura por determinadas razones tácticas, sino de conformar un frente de lucha con programa común, el MOIR estimaba infranqueables los abismos programáticos que lo separaban de la Alianza Nacional Popular. Y así lo proclamó reiteradas veces.

Pasada la apoteosis del rojismo en 1970 y acogida en Villa de Leyva la plataforma que lo convirtió en “tercer partido”, advertimos a mediados de 1971:

“El análisis de los aspectos más importantes de la Plataforma de la ANAPO, lanzaba en Villa de Leyva, demuestra que el nuevo partido es un abanderado de la política de las podridas clases dominantes”[13].

A finales de 1972, volvimos a insistir:

“En los dos problemas claves de la Colombia de hoy, la dominación neocolonialista y el semifeudalismo, la ANAPO toma como suyos, y como si fueran grandes reivindicaciones, los viejos postulados reformistas de la Gran Coalición burgués-terrateniente proimperialista (…).

“El hecho de que siga siendo un partido tradicional, a pesar de que formalmente proclame lo contrario, explica el porqué del apoyo de la ANAPO a ciertas iniciativas del gobierno y sus contradicciones cada día más crecientes con las masas trabajadoras de la ciudad y el campo”[14].

Y un año después, conociéndose los doce puntos preelectorales de María Eugenia y días antes de participar en la convención del 22 de septiembre de 1973, que aprobó el programa mínimo de la UNO, proclamó la candidatura de Hernando Echeverri y protocolizó el resto de acuerdos para la campaña electoral unificada, expusimos de nuevo nuestro criterio y en particular comentamos:

“No se trata de un acuerdo cualquiera. Vamos a agitar en la campaña electoral una plataforma programática que contenga las reivindicaciones fundamentales y más urgentes del pueblo y la nación colombiana. No existe otra forma de concentrar los ataques contra los enemigos principales ni de dar una batalla que valga la pena en las próximas elecciones contra la alianza liberal-conservadora. Esta es la táctica de las fuerzas revolucionarias, la que contribuirá a nuestro avance. (…)

“Los portadores de la desviación de derecha insinúan que lo importante es abarcar a todas las fuerzas de la oposición, así sea al precio de aceptar un programa ‘amplio’, impreciso y difuso como fórmula expedida para llegar a acuerdo con la ANAPO o adherir sin condición alguna al candidato anapista. Estas personas desconfían de la capacidad de lucha de un frente electoral pequeño, aunque armado de una política revolucionaria; renuncian por temor, a la batalla en pro de una verdadera alternativa popular, confunden las condiciones de 1970 con las que se presentarán en 1974; no quieren apoyarse en la experiencia de las masas ni ayudarlas a avanzar; lo juegan todo a la carta de un socialismo presidenciable y ‘a la colombiana’. La dimensión del frente electoral de izquierda depende del real desarrollo de las fuerzas revolucionarias y su crecimiento no puede fincarse en las ‘ampliaciones’ a su orientación y a su plataforma. No vamos a discutir si esta estratagema, después de muchas ‘ampliaciones’ y diversas súplicas, conduzca a que la ANAPO participe en la UNO, o a que la UNO se diluya en la ANAPO, si eso es lo que se busca. Pero estamos absolutamente convencidos de que en la actualidad ese no el es camino para ganar vastos sectores de masas, organizarlos, educarlos y movilizarlos hacia las luchas revolucionarias; es un callejón sin salida en cuya penumbra resultará muy difícil distinguir entre lo correcto y lo erróneo, entre la posición consecuente y la oportunista, entre la revolución y la reacción. Una cosa es que la ANAPO no sea el blanco de nuestro ataque y otra cosa es que lo embrollemos todo de manera que terminemos por nuestra propia cuenta amarrados e impedidos para jalonar la izquierda. El momento no está para lamentarnos por lo que haga o no haga el general Rojas. La ampliación del frente electoral de izquierda estriba en llegar a las masas populares con una política nacional y democrática, coherente y clara”[15].

Como ha quedado demostrado, siempre creímos que las fuerzas revolucionarias estaban en la obligación de hacer un esfuerzo supremo, a pesar de su relativa debilidad, para estructurar un frente que apareciera en la campaña electoral de 1974 como una alternativa nueva y cierta. Su papel debía consistir en combatir la estrategia de la reacción, confrontándole una estrategia revolucionaria, educar a las masas en los principios de la revolución nacional y democrática e, inclusive, explicar conscientemente el desengaño de las masas anapistas. Y este encargo lo cumplió la Unión Nacional de Oposición. Su programa es correcto, interpreta en líneas generales las profundas y urgentes mutaciones que reclama la sociedad colombiana en la actual etapa de su desenvolvimiento histórico y es tierra fértil para las siembras del mañana. Desde esta óptica, la lucha electoral librada por la UNO fue un éxito completo, por sus enseñanzas y por sus resultados, hasta donde la correlación de fuerzas nos lo permitió.

La otra variante, la definida inicialmente por el Partido Comunista, de sacrificar el programa para engrosar los efectivos, pretendía repetir en 1974 lo que pasó en 1970, o en otras palabras, rectificar con la hija del General el comportamiento que se tuvo con el General. Pero el proyecto desconocía que las viejas contradicciones, al cabo de cuatro años, cederían su lugar a contradicciones nuevas. De habernos aventurado por aquel atajo, hoy, después de la tragedia que habría significado la fallida intentona de contener la desbandada anapista, tendríamos como irónico premio de la hazaña un programa para todos los gustos, vago e inexacto, con una única destinación parecida a la de las modernas mercancías desechables que se usan y se botan. En cambio, los nueve puntos de la Unión Nacional de Oposición tendrán en sus rasgos esenciales una actualidad que perdurará hasta el triunfo de la presente revolución democrática y comienzo de la revolución socialista. Si alguna razón le asiste ahora al Partido Comunista para ufanarse de que la UNO representa la “semilla del Frente Patriótico de Liberación Nacional” es su programa nacional y democrático[16].

La importancia del programa mínimo de la Unión Nacional de Oposición consiste en que no se circunscribe a blandir esta o aquella aspiración sentida por las masas, sino que además se aferra a las consignas centrales de la lucha por una Colombia independiente, democrática, popular, próspera y en marcha al socialismo.

Esto no quiere decir que el programa mínimo cope todos y cada uno de nuestros anhelos al respecto, o que en su elaboración colaboramos únicamente con nuestras exigencias, sin haber hecho concesiones en aras de la unidad. Claro que hicimos concesiones secundarias, y aún pensamos que el programa de la UNO es susceptible de mejoras tanto que lo profundicen como que lo simplifiquen. Sin embargo, los nueve puntos de la UNO satisfacen íntegramente la observación expresada por el MOIR de que un “frente de esta naturaleza” habría de “exigir la nacionalización no sólo del petróleo, sino de todos los recursos naturales, así como la supresión de la injerencia del imperialismo yanqui en todas las ramas de la economía”. Tal pedido, formulado rigurosamente en esa forma, buscaba refutar en concreto la escueta pretensión del partido Comunista de integrar un “Frente de la Oposición Democrática” cuyo programa olvidaba el principal objetivo de la revolución: la plena independencia de Colombia ante el imperialismo norteamericano. Ustedes no incluyeron esta reivindicación fundamental en los cinco puntos de la plataforma electoral aprobada en su Undécimo Congreso. Y lo formulamos públicamente, como ésta visto, desde la aparición del artículo “La hora es de unidad y de combate” y lo puntualizamos desde la primera reunión de grupos políticos del 22 de septiembre de 1972.

Sin perjuicio de las modificaciones que se le puedan introducir más adelante, lo cierto es que los nueve puntos de la UNO recogen en sus rasgos esenciales las cuestiones básicas programáticas de la revolución colombiana en su actual etapa democrática, a saber:

a) “Combatir el neocolonialismo y la dominación exterior de tipo económico, político y cultural, que los Estados Unidos de Norteamérica ejercen sobre nuestra patria a través de las clases sociales reaccionarias en las cuales se apoya internamente”; b) “Luchar por la realización de una reforma agraria democrática que en base a la confiscación de la propiedad terrateniente, entregue la tierra a los campesinos que la trabajan y a las comunidades indígenas”; c) “Batallar sin descanso por la constitución de un Estado democrático de los obreros, campesinos, clases medias, industriales y productores nacionales”, y d) ”Este Estado, al desarrollar una economía próspera e independiente, sentará las bases materiales, sociales y políticas para la futura construcción de una patria socialista en Colombia”[17].

De otra parte, el programa unitario aprobado por el MOIR, el Movimiento Amplio Colombiano y el Partido Comunista, es literalmente contrapuesto a la plataforma anapista de Villa de Leyva de 1971 y a los doce puntos preelectorales de María Eugenia de 1973. La Alianza Nacional Popular no se separó ideológica ni programáticamente de los partidos tradicionales, de los que heredó su atávica inclinación a prohijar la entrega del país al imperialismo norteamericano, justificar la explotación de la gran oligarquía burguesa y terrateniente y hacerle el juego al anticomunismo. En ningún período de su agitada vida a la ANAPO se le ocurrieron, para las necesidades ancestrales del pueblo colombiano, soluciones aparte de las fórmulas manidas de los dirigentes de liberalismo y del conservatismo, a los cuales buscaba destronar, pero a quienes sólo ambicionaba suplantar. A lo que más se atrevió fue, en las elecciones de 1974, a reencauchar los viejos postulados oligárquicos en nombre de un “socialismo a la colombiana”. Sin poder interpretar los reclamos de las clases revolucionarias y deseando encarnar los ideales de las clases reaccionarias en contra de la antigua casta política probada, terminó por perder las simpatías de las primeras y de las segundas, iniciando lo que parece será una larga y melancólica decadencia.

OBJETIVOS REVOLUCIONARIOS DE LA LUCHA ELECTORAL

Las rivalidades entre el MOIR y el Partido Comunista acerca de las características de la alianza a pactar, no se redujeron a la controversia estrictamente programática. Hubo otro aspecto, tocado ya tangencialmente es esta carta, que aún cuando no se debatió con igual resonancia, no es por ello menos trascendente. Nos referimos a los objetivos que debía perseguir la Unión Nacional de Oposición en la campaña electoral, o el frente que se constituyera para este fin.

Tema también relacionado con la ANAPO. El Partido Comunista tejía demasiadas ilusiones alrededor de la perspectiva que él mismo calificó de “decisiva batalla popular”. Para ubicarnos, volvamos a leer las palabras del Undécimo Congreso, citadas por el pleno de mayo de 1972:

“Todo indica que las elecciones presidenciales de 1974 pueden convertirse en una decisiva batalla popular contra la oligarquía. Si las fuerzas de la oposición se unen en torno a un programa y a un candidato único, estarán en condiciones de derrotarla y de hacer respetar su victoria electoral, cerrando así el paso a todas las maniobras de la oligarquía tradicional”.

Se comprende que tales apreciaciones fueron escritas aún bajo el impacto producido por el inusitado desenlace de las elecciones de 1970 y con la mirada puesta en la Alianza Nacional Popular. El proyecto no podía ser más ambicioso, derrotar en las urnas a la oligarquía y “hacer respetar” la victoria. ¡Qué lejos caerían del blanco estos pronósticos! Pero lo sorprendente es que le fraude, el estado de sitio, el toque de queda, el encarcelamiento masivo de los líderes populares, el terror, recursos preferidos por la coalición gobernante para desconocer la victoria rojista, en lugar de mover a la reflexión sobre lo efímero de un triunfo puramente electoral, mientras se mantenga intacto el aparato burocrático-militar del Estado, terminaron estimulando las creencias y los creyentes en que sí se puede arrebatar el Poder a los depredadores con las armas de los votos. La clave del asunto, según ustedes, estaba en hacer un frente amplio y saber escoger el candidato presidencial, parecido al caudillo del 19 de abril, o de su misma alcurnia. Hoy no se nos puede desmentir que, cundo el congreso del Partido Comunista planeaba tamaña obra, lo hacía sobre el presupuesto de que la ANAPO había herido de muerte al bipartidismo colombiano y se hallaba predestinada a grandes dignidades. Porque con otro aliado y sobre otro presupuesto el plan sería más disparatado y la utopía más utópica.

Existen abundantes testimonios con relación al convencimiento que ustedes tenían por ese entonces de que Colombia se encontraba a las puertas de una “crisis decisiva del sistema paritario” y de que la perspectiva de llegar al Poder de brazo con la ANAPO estaba lista. Revivamos algunos de ellos. El XI Congreso del Partido Comunista remarcaba:

“Estamos en el umbral del desencadenamiento de la crisis decisiva del sistema paritario, crisis que expresará todo el desbarajuste de la vieja estructura económico-social del país”.[18]

Y el propio Gilberto Vieira, secretario general del PC, a principios de 1972, aventuraba la tesis de que el anapismo “puede, si se consolida como partido independiente, precipitar la disolución del antidemocrático monopolio bipartidista”, Por la misma fecha, completaba: “Si la ANAPO llegara al gobierno, sería dentro de un vasto movimiento de frente único con los otros sectores de la oposición”.[19]

Y a los oídos de la ANAPO se musitaron declaraciones tan tiernas como ésta: “En 1970, las masas anapistas recuerdan que no sólo hicieron falta los votos comunistas, sino también la organización y la capacidad de nuestro partido para defender el triunfo que les arrebató con fraude y represión el gobierno oligárquico”.[20]

Impugnando tan patéticas intenciones, el MOIR llamaba la atención sobre algo que hemos repetido hasta el cansancio: la ANAPO no se encontraba ya en la edad dorada, había iniciado su proceso descendente, sin salvación. Pero no se trataba únicamente de averiguar en qué estadio de su desarrollo se encontraba el movimiento del general Rojas; era indispensable comprender que una corriente que se nutría de la charca doctrinaria del bipartidismo tradicional, nunca estaría en condiciones de desencadenar la crisis decisiva del sistema oligárquico. En la Colombia actual hay dos formas de hacer política. La una, apoyando al imperialismo norteamericano y a sus lacayos criollos; la otra, respaldando a las grandes masas populares que luchan por su liberación y bienestar. La primera política hace mucho tiempo que está en bancarrota en nuestro país, y si su colapso definitivo no ha llegado, es precisamente por la ausencia de un partido revolucionario capaz de organizar y unificar al pueblo, mediante una estrategia y táctica correctas que lo conduzca a la victoria. En entonces sí la nueva política sepultará la vieja y Colombia cambiará de color. El partido que realice este milagro no puede ser otro que el partido de la clase obrera. El “tercer partido” en Colombia será su partido proletario. Las fuerzas marxista-leninistas vienen luchando con tenacidad tras este gran empeño, y a no dudarlo el triunfo será suyo.

Para rechazar el despropósito de que la Alianza Nacional Popular estuviera en condiciones de generar la crisis contundente del bipartidismo colombiano y en defensa de la tesis de que el “tercer partido” en nuestro país no podría ser ninguna de las disidencias que de vez en cuando se precipitan en las filas del liberalismo y del conservatismo y que al final de cuentas desaparecen por inercia o regresan como el hijo pródigo al hogar de sus mayores, redactamos oportunamente las siguientes frases:

“La ANAPO ha retrocedido precisamente porque en el fondo no ha dejado de ser un partido tradicional” (…).

“El‘tercer partido’ en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera. Sólo el partido proletario podrá convertirse en el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia. Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses de las masas campesinas, organizar el pueblo y liberar al país.”[21]

Las elecciones de 1974 ratificaron con creces estas palabras. El hecho de que el descontento popular y el ascenso de la lucha de las masas a finales de la década del sesenta hubieran sido capitalizados por un movimiento de las características de ANAPO, fue en realidad un alivio para los viejos partidos, quienes resurgieron con renovados ímpetus para proseguir su obra de pillaje y depredación aprovechando el desconcierto general.

Al mismo tiempo insistíamos en que no obstante haber desaparecido la alternación presidencial y la paridad en las corporaciones públicas, por vencimiento de los plazos, la oligarquía había prolongado el paritarismo en la rama ejecutiva del poder hasta 1978, en virtud de la última reforma constitucional. Esto concluyó siendo denunciado por todo las fuerzas democráticas y la Unión Nacional de Oposición lo explicó exhaustivamente en la campaña electoral. Pero hemos advertido también que incluso de 1978 hacia adelante, los gobiernos oligárquicos, según la Constitución, seguirán siendo paritarios, mediante el mecanismo de que el partido vencedor deberá darle participación administrativa “adecuada y equitativa” al partido mayoritario distinto al del presidente de la República. En otras palabras, que el espíritu frentenacionalista del Estado continuará indefinidamente a través de los llamados “gobiernos nacionales”. Este fenómeno tan peculiar de nuestra situación obedece en Colombia a la ley histórica de que el imperialismo no puede ejercer su dominación sino por intermedio de la alianza de la gran burguesía y de los grandes terratenientes, cuya expresión política es la coalición liberal-conservadora.

Las elecciones de 1974 se efectuarían bajo esas disposiciones y las fuerzas revolucionarias no podían contentarse con hablar únicamente de los factores de la eliminación de la paridad parlamentaria y de la alternación. Debían a la par esclarecer a las masas convocadas a sufragar, que éstas irían a una contienda en la cual de antemano se hallaba establecido el resultado. Ganara cualquier candidato, de todas maneras seguirían gobernando el liberalismo y el conservatismo, mancomunadamente.

Pero además de lo anterior, nosotros no estábamos dispuestos por ningún motivo a que quedara flotando en el ambiente la duda de que participábamos en la batalla electoral siquiera con la remotísima esperanza de derrotar a nuestros enemigos tradicionales, no sólo por la desventajosa correlación de fuerzas, sino principalmente por el convencimiento arraigado de que jamás ganaremos el Poder en unas elecciones. En la historia de la lucha de clases no se ha dado aún el primer caso en que los opresores entreguen pacíficamente a los oprimidos las riendas de la sociedad. E inclusive el ejemplo chileno, sobre el que tanto se teorizaba diciendo que había iniciado la época de las revoluciones incruentas, el modelo viviente de la “vía electoral”, “un camino para explorar hacia el socialismo” y demás estulticias, se vino al suelo hecho trizas con el cuartelazo sanguinario de Augusto Pinochet y el sacrificio de Salvador Allende. El pueblo colombiano no olvidará las respuestas que dieron los defensores de esa singular teoría cuando se les increpaba:

“Esto es engañar al proletariado y a pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el proletariado”.[22]

Gilberto Vieira, por ejemplo, comentaba:

“Un factor verdaderamente decisivo en Chile es el Ejército. Lo han demostrado los hechos. La reciente visita de una misión militar chilena a Cuba me parece un acontecimiento sensacional y significativo de todo ese proceso. O sea, no es fácil que el imperialismo pueda movilizar el ejército chileno, en su conjunto, contra el gobierno de la ´Unidad Popular´, y esa es una de las ventajas más grandes con que cuenta el pueblo chileno”.[23]

La dictadura militar en Chile y el ahogamiento del pueblo en un mar de sangre terminaron dando dramáticamente la razón a quienes en el mundo pensaban como nosotros: “¡Lástima grande que no sea realidad tanta belleza!” Después de los dolorosos sucesos del hermano país se nos ha querido combatir con la vil calumnia de que respaldamos a la junta militar chilena. A nosotros, que con nuestra débil voz tratábamos en vano de alertar sobre los peligros que corren los revolucionarios que duermen en la misma cama con los asesinos, que no defendimos a los golpistas en potencia como lo hicieron nuestros calumniadores, se nos pretende presentar ahora partidarios de la banda de Pinochet, con el oculto propósito de eludir este debate de principios relativo a la vía de la revolución e impedir que se resuma experiencia tan cara y tan valiosa para el marxismo-leninismo. El pueblo chileno sabrá corregir los errores de estos años turbulentos y con su lucha heroica, liberadora, rasgará la noche oscura que ha caído sobre su querida patria. Y si en alguien podrán confiar los revolucionarios chilenos en estas horas aciagas, será en aquellos que en las de fugaz ventura les aconsejaron sincera y respetuosamente.

Nos hemos separado deliberadamente del tema que veníamos analizando para dar una noción de la atmósfera ideológica que se respiraba en los albores de los años setenta y de los conceptos encontrados que sobre los problemas del Poder se esgrimían con especial ardor y aún siguen copando el interés de los revolucionarios. Para el MOIR era, por tanto, de suma importancia la forma como se proyectara la campaña electoral conjunta, los objetivos que se trazaran, la manera de explicar el aprovechamiento de este tipo de lucha. Sabíamos que el frente de izquierda tendría que designar un candidato presidencial si deseaba sacarle todo el jugo a su participación en las elecciones de 1974. Pero nos oponíamos a que aquella necesidad condujera a la conciliación con quienes espontánea o conscientemente pregonaban obtener el Poder mediante la estrategia de llegar tarde que temprano a controlar por los votos el primer cargo de la dictadura oligárquica proimperialista: la presidencia de la República. En contra de esta entelequia de derrotar a las clases dominantes en una “decisiva batalla” electoral y hacer “respetar la victoria” de un candidato único de toda la oposición, expusimos en estos términos nuestras opiniones:

“La conveniencia de postular un candidato presidencial de izquierda ha sido estudiada, discutida y en general aceptada no porque tenga probabilidades así sean remotas de salir victorioso, sino porque la alianza electoral de izquierda necesita una cabeza visible que la represente y que con el respaldo a su candidatura aglutine la lucha y la votación a nivel nacional”.

“La imposibilidad de victoria de un candidato presidencial de izquierda se desprende de la correlación de fuerzas y de las reglas de juego electoral. Alfonso López y Álvaro Gómez como candidatos del régimen contabilizan a su favor el aparato estatal, la autoridad del dinero, la gran prensa, la radio, la televisión y se apoyan en las fuerzas del atraso y de la tradición bipartidista del país” (…).

“Las clases explotadas dominantes realizan elecciones o las suspenden, abren sus parlamentos o los cierran, imponen gobiernos civiles, mediante votaciones o caudillos militares mediante ´cuartelazos´, según, cuándo y donde les convenga. Esta ha sido la historia hasta hoy de la casi totalidad de las repúblicas latinoamericanas, para no salirnos de nuestro continente, o por lo menos es la experiencia de Colombia. El Estado y sus instituciones representativas tienen su definida naturaleza de clase y son instrumentos de dominación de una determinada clase. Las clases revolucionarias no pueden esperar a que el Estado de las clases reaccionarias y sus instituciones representativas se pongan a su servicio, así aquellas consigan las mayorías en unos comicios generales. Si aspiran a emanciparse y a transformar la sociedad, las clases trabajadoras oprimidas están obligadas a construir, sobre los escombros del Estado opresor destruido revolucionariamente, su propio Estado con sus instituciones diferentes a las desaparecidas”.

“Entonces, ¿para qué participamos los revolucionarios colombianos en las elecciones y en el Parlamento? Aprovechamos la campaña electoral y vamos a las corporaciones públicas con la finalidad de desenmascarar la política antipatriótica y antidemocrática del Frente Nacional y sus instituciones reaccionarias, de agitar un programa revolucionario y de apoyar las luchas de los obreros, los campesinos, los estudiantes y los demás sectores populares. Así acumularemos fuerzas. Para eso utilizan los partidos revolucionarios el sufragio en los regímenes explotadores: para acumular fuerzas. Luchamos y exigimos respeto por las libertades políticas, por los derechos de reunión y expresión de las organizaciones populares, pero a cada paso recordamos que bajo el régimen de explotación y represión, en el cual los grandes potentados internacionales y sus sirvientes criollos se hartan de riquezas a cambio del sudor y la sangre de las mayorías, y continúe el imperialismo controlando los resortes vitales de la economía y por ende se mantenga en lo fundamental intacta su influencia política, bajo este régimen, la mejor democracia del mundo es falsa; que sólo en un Estado de obreros, de campesinos y del resto del pueblo, independiente y soberano, con sus organismos representativos auténticamente democráticos, las masas podrán gozar de todos sus derechos y participar plenamente en la política. Educaremos a las clases revolucionarias en la idea leninista de que ´la revolución debe consistir no en que la clase nueva mande y gobierne con la vieja máquina del Estado, sino que destruya esa máquina y mande, gobierne con ayuda de otra nueva´… “La esencia de la cuestión radica en si se mantiene la vieja máquina estatal (enlazada por miles de hilos a la burguesía y empapada hasta el tuétano de rutina e inercia) o si se le destruye, sustituyéndola por otra nueva” [24]

En esa forma expresábamos los objetivos que debía perseguir nuestra participación en la campaña electoral. A su turno pertrechábamos a nuestro Partido y al resto de sectores avanzados en su lucha ideológica contra las teorías seudo-revolucionarias del Estado. El acertado aprovechamiento de la lucha electoral serviría para facilitar el avance y consolidar los progresos de las fuerzas revolucionarias. Nos propusimos, por consiguiente, tres finalidades muy definidas: combatir y desenmascarar la política y las maniobras de la Gran Coalición liberal-conservadora, agitar un programa nacional y democrático y apoyar las luchas del pueblo colombiano. Y ésta fue la única política unitaria posible, porque sólo estableciendo y yendo en pos de tales objetivos, podría lograrse, como se logró, un frente combativo, revolucionario, que en la contienda electoral se distinguiera por su empuje, originalidad y consecuencia. Así actuó la Unión Nacional de Oposición, y en los primeros meses de 1974 llegó a preocupar a la reacción apátrida, por un lado, y por el otro, sorprendió al oportunismo de ´izquierda´ que no acabará de especular y de demeritar el espectáculo de disciplina, de vigor y de beligerancia que vio desfilar ante sus ojos.

Cuanto más nos hallemos distanciado de una situación revolucionaria, tanto más imperioso será para las fuerzas de la revolución el correcto aprovechamiento de la lucha electoral. Tan peculiar condición resulta doblemente cierta para los países neocoloniales y semifeudales como Colombia. En la casi totalidad de los casos, el desbordado entusiasmo de las más amplias masas por este tipo de lucha denota más el atraso que el auge de la revolución. Precisamente por eso los revolucionarios están obligados a ir a elecciones, retrocediendo en comparación con sus máximos objetivos, conscientes de que a éstos no podrán arribar jamás, si rehúsan encuadrar su táctica flexiblemente en las circunstancias concretas del variable desarrollo de la lucha de clases. En el futuro esta observación se la seguiremos exponiendo a los compañeros que confían honestamente en que basta dar la orden para que las masas se alineen y apresten al combate. Las masas populares sólo comprenderán nuestro pensamiento revolucionario cuando nosotros nos pongamos a la altura de sus necesidades y partamos del nivel en que se encuentran. Sin embargo, esto no significa que al vincularnos a la lucha electoral nos pleguemos a las corrientes en boga. Por el contrario, combatiremos fieramente por disipar las ilusiones que las gentes sencillas se hacen y los promeseros de la oligarquía alimentan, de descubrir una camino llano y corto, sin mayores traumatismos, para sacudirse el yugo que los oprime de generación en generación. Las fuerzas revolucionarias no deben renunciar un solo día a su labor de educar a las masas atrasadas, ni en aquellas circunstancias en las cuales la ola reaccionaria aparece aplastante, como suele suceder en las temporadas electorales. Esta crítica se la lanzamos a quienes prefieren acallar sus intenciones a cambio de ganar “amigos”, pasar el chaparrón en medio del tumulto sin dar la pelea o aguardar camuflados ocasiones más propicias. A veces resulta “mejor estar solos que mal acompañado”, como aconseja el aforismo popular. Y si no nos atrevemos a tocar nuestra trompeta para que la escuchen hasta los propios enemigos, así sea una clarinada impertinente, no habrá cuándo tengamos una opinión pública revolucionaria, ni unos bravos escuadrones que como los de Rondón vencieron y humillaron a las huestes españolas en el Pantano de Vargas.

Sin capitulaciones de ninguna especie y sin haber perdido la visión de los objetivos estratégicos, la Unión Nacional de Oposición combatió infatigablemente durante la campaña electoral la política oligárquica, agitó su programa revolucionario y se solidarizó y estimuló las luchas de las clases oprimidas. La UNO educó a las masas en los principios de la revolución nacional y democrática, consolidó el avance de las fuerzas revolucionarias y sus tres partidos de importancia nacional, como los múltiples movimientos populares de provincia que la integran, se expandieron y fortalecieron.

Exactamente así concebimos los objetivos de la UNO en la lucha electoral, mientras el Partido Comunista pataleó hasta el final por su estratagema de conseguir el entendimiento con la ANAPO. Y tan obsesivo sería este deseo que una vez escogida oficialmente la candidatura de Hernando Echeverri y habiendo quedado, por lo tanto, sellada la posibilidad del candidato único de toda la oposición, ustedes propusieron esta última fórmula de acercamiento:

“Pese a las diferencias presentadas, es nuestro deber continuar realizando esfuerzos por buscar acuerdos entre la ANAPO y la UNO. Dos fuerzas de Oposición pueden entenderse para realizar una labor de conjunto, orientada a la ayuda mutua en las tareas electorales. Planteamientos como la defensa unida contra la represión, por el respeto a las libertades y derechos, para evitar la ruptura de carteles, por la ayuda en los actos públicos, tiene acogida en ambos sectores”.[25]

Pero al mismo tiempo era tal la aversión del estado mayor anapista por todo cuanto tuviera que ver con el comunismo y su total despreocupación por una política unitaria, que ni siquiera se dignó nunca responder las propuestas afables del Partido Comunista, ni aun ésta, tan parca y tan modesta, como cosa pintoresca, de un acuerdo para “evitar la ruptura de carteles”.

LA IZQUIERDA ANAPISTA Y LAS TRES OPCIONES DEL 21 DE ABRIL

Hemos analizado desde los orígenes de la UNO los problemas candentes en los cuales hubo discrepancias entre ustedes y nosotros. Tanto la cuestión programática como los objetivos de la campaña electoral tuvieron que ver con la contumacia del Partido Comunista a conformar el frente con la Alianza Nacional Popular. Quisiéramos dar por finalizada la réplica a las acusaciones del Partido Comunista con respecto al asunto de la ANAPO, pero como nos hemos hecho el propósito de aclarar todas y cada una de las dudas que ustedes han arrojado sobre nuestro comportamiento, vamos a ocuparnos de otra falsa imputación, a manera de cierre de este pleito.

Sin ningún rubor ustedes han sostenido:

“Se conoce de sobra la actitud agresiva del MOIR contra la ANAPO a la cual, ciegamente, engloba bajo la definición de “organización populista y de derecha”, negando la existencia en su seno de sectores de izquierda y de una radical base popular”.[26] Y: Públicamente condenan todo contacto con la ANAPO por considerarla ´el peor obstáculo contrarrevolucionario´. Pero al mismo tiempo, tienden puentes hacia ese partido”.[27]

Como ninguno de los prospectos que el Partido Comunista hizo referentes a la ANAPO se cumplieron, recurre a ese ardid antiquísimo como el hombre mismo, de llevar al absurdo el pensamiento de sus contendores para refutarlo a su gusto. Se cuidan ustedes de reconocer que el MOIR tuvo razón sobre la imposibilidad de un acuerdo con la ANAPO para las elecciones de 1974, y procuran desviar la atención de quienes siguen esta polémica con una nueva acusación, producida en abril pasado: el MOIR no reconoce sectores de izquierda en la ANAPO y en su agresividad la confunde con el enemigo principal. Esto no es más que una burla y desesperada tergiversación. Recordemos algunas de las veces que señalamos la existencia de una izquierda anapista, a la cual, entre otras cosas, había que ganar.

En 1972 dijimos:

“Para que los sectores izquierdistas de ANAPO puedan participar en un frente electoral revolucionario no les queda otra salida distinta de la insubordinación y desconocimiento de la dirección del General, como lo hicieron los miembros del Movimiento Amplio Colombiano”.[28]

En 1973 reiteramos:

“Por un lado, la ANAPO se nutrió de un núcleo de dirigentes populares sinceros y de gente común anhelante de un vuelco en la situación, sin saber exactamente cuál y cómo. Estos constituyeron la izquierda de la ANAPO. Por el otro, fueron llegando círculos de politiqueros arribistas cuyas aspiraciones personales no tenían cabida por varios motivos en los partidos tradicionales y de personas extraídas o con vínculos al gran capital y a los terratenientes, pero marginadas del control de los organismos claves del Estado. Estos círculos constituyeron la derecha de la ANAPO, tomaron su mando y le imprimieron su política de oposición respetuosa del sistema (…).

“La ANAPO continúa siendo escenario de lucha entre sus dos alas, notablemente mermadas. Las fuerzas revolucionarias deben tratar de influenciar a los sectores de izquierda que aún quedan en la ANAPO y ganarlos para una posición realmente antiimperialista y antioligárquica”.[29]

Y en la última convención de la UNO, anterior a las elecciones, el compañero Francisco Mosquera sintetizó nítidamente la actitud distinta que correspondía con los enemigos principales, las fuerzas intermedias y los aliados. Dijo así:

“Nuestra táctica electoral es sencilla y clara. Concentramos el ataque contra los enemigos principales del pueblo colombiano: la coalición oligárquica proimperialista, gobernante, cuyos candidatos oficiales significan el continuismo, la opresión extranjera, el atraso, la miseria, el hambre y la represión fascista. Criticaremos las vacilaciones y el manzanillismo de la ANAPO, estimulando a la vez a sus sectores de izquierda para que asuman una posición consecuentemente antiimperialista y antioligárquica. Y estrecharemos los vínculos entre los partidos y movimientos políticos de envergadura nacional y regional que están resueltos a abanderar la alternativa revolucionaria, despejando el camino de la unidad del pueblo y preparando las condiciones para más profundas y extensas batallas por la liberación nacional y por la revolución”.[30]

Empecemos por lo último. Nunca pretendimos que se combatiera a la ANAPO cual si se tratara de las más grave desventura del país, atribución gratuita con la que únicamente se busca desvirtuar nuestras críticas a ese partido. Ni hemos sustituido en ningún tramo de nuestra lucha al imperialismo norteamericano y a las cabezas visibles de las clases dominantes proimperialistas colombianas como blanco principal de nuestro ataque. Conforme a esta inalterable posición de principios fue como propusimos la política de “Unidad y Combate”, cuyo contenido se resume en la máxima de: concentrar el fuego en la Gran Coalición liberal-conservadora. Contra esta táctica conspiraba la Alianza Nacional Popular, que aparecía a todo trance remisa a romper su indiferencia ante la cruel explotación imperialista de que Colombia es víctima predilecta y a respaldar efectivamente las luchas de las masas populares por sus derechos a gozar de una patria libre y democrática. Como no perdimos el sentido de las proporciones y sabíamos matemáticamente cuál era nuestra fuerza real, no nos trazamos la meta de aislar definitivamente en unos cuantos meses, no siquiera en unos pocos años, al núcleo dirigente de la alianza oligárquica. En forma voluntaria nos redujimos a trabajar por unificar en un frente revolucionario a los movimientos susceptibles de integrarlo según las condiciones y dimos la alarma sobre el obstáculo que simbolizaba el anapismo para la conformación de dicho frente. Y objetivamente la ANAPO se convirtió en el “peor obstáculo” de la política de “Unidad y Combate”, en la medida en que el Partido Comunista, haciendo las veces de abogado del diablo, terciaba a su favor. En fin de cuentas nuestra divisa de unir todo lo unificable para las elecciones de 1974 se abrió paso justo a tiempo. Y en septiembre de 1973 ya estaban definidas las tres opciones más caracterizadas: “Desde la reaccionaria y antipatriótica, representada por los candidatos se los partidos Liberal y Conservador, Alfonso López y Álvaro Gómez, pasando por la intermedia e inconsecuente de la ANAPO, con María Eugenia de Moreno Díaz, hasta la nacional y democrática de la Unión Nacional de Oposición”[31].

En cuanto a la izquierda anapista, la discrepancia fue diametralmente a la inversa de la versión amañada que se pretende dar, después de cuatro años de agudas discusiones. Pero ustedes no se saldrán del embrollo tergiversándonos. Así harán menos decorosa la retirada. Nosotros insistíamos no en que no hubiese una izquierda en la ANAPO, sino en que ésta, para poder contribuir efectivamente a una política revolucionaria, se veía abocada con posterioridad a 1970 a la ineludible disyuntiva de rebelarse o seguir uncida a una línea oportunista que sólo fracasos cosecharía. Ustedes, al contrario, creían que la izquierda anapista podría tomar el timón y enrumbar el “tercer partido”, hacia aguas unitarias. Aceptemos que sus deseos eran altruistas, pero la ANAPO había encallado y sus sectores avanzados no tenían ni la influencia en el mando ni el respaldo suficiente para enderezar la situación. En la práctica, la consigna de permanecer a bordo hasta el final, facilitaba la labor de la pequeña burguesía arribista que soñaba con escalar posiciones en la ANAPO y llegar al Parlamento bajo su manto protector, aprovechando la desbandada de sus más reputados dirigentes de derecha y de izquierda. Si algo merece calificarse de populista es precisamente este intento ulterior de arribismo pequeñoburgués por salvar los dogmas reaccionarios de ANAPO en nombre de la revolución, por cubrir el viejo santoral con el palio del “socialismo a la colombiana” . Este novísimo “socialismo” fue a la postre el más acérrimo enemigo de la política unitaria que lo amenazaba a muerte.

La inutilidad de esta táctica fue reconocida por el Partido Comunista al mes de las elecciones, en mayo de 1974, cuando resolvió suspender su posición de “neutralidad” frente a la ANAPO.

Leámoslo:

“Ahora más que nunca debemos acercarnos a los sectores más consecuentemente revolucionarios de la ANAPO. Hay que modificar actitudes de ´neutralidad´ ante las contradicciones de este movimiento a fin de pasar a una lucha activa y continua para estimular entre sus activistas y adherentes las acciones unitarias y para atraer a los más avanzados a la UNO y a la militancia en nuestras filas”.[32]

La postrera rectificación del Partido Comunista de “modificar” la “neutralidad ante las contradicciones de la ANAPO”, ¿significa acaso una implícita aproximación a la orientación del MOIR de “influenciar a los sectores de izquierda que aún quedan en la ANAPO y ganarlos para un posición realmente antiimperialista y antioligárquica”? De ser así no podemos menos de alabar que la experiencia, madre de la sabiduría, ayuda por igual a todos a distinguir el acierto del error. De todos modos no tenemos prisa, confiamos en que la práctica de la lucha de clases proferirá su fallo inapelable y dará a cada cual lo merecido. Y en verdad que nuestra paciencia ha sido premiada. Al cabo de estos tres últimos años podemos hacer un balance victorioso. Logramos concurrir en la pasada campaña electoral con un frente conjunto de fuerzas que, aunque pequeño, presentó una auténtica alternativa revolucionaria al pueblo colombiano. Las pretensiones de diluir la UNO en una amalgama informe e indefinible fueron contundentemente derrotadas. Los resultados electorales contabilizados son altamente favorables si se tienen en cuenta las dificultades supremas en las que se libró la contienda, y las fuerzas revolucionarias conquistaron significativas posiciones en las corporaciones públicas que han convertido en puestos de combate y tribunas de denuncia de las arbitrariedades y atropellos del régimen. Los objetivos de educar al pueblo, consolidar el avance revolucionario de nuestras fuerzas y apoyar las luchas populares se cumplieron hasta el límite de nuestras capacidades. Pudimos librar una gran batalla ideológica contra las concepciones liberales y contra las que pretenden revisar el marxismo-leninismo.

La UNO ha quedado armada de un programa revolucionario que consigna las principales reivindicaciones estratégicas de la actual etapa nacional y democrática de la revolución colombiana. Se abre un nuevo período de la historia de Colombia en el cual, no obstante el triunfo montado y transitorio de las fuerzas reaccionarias, la crisis política y económica de las clases antipatrióticas gobernantes y del imperialismo norteamericano se agudiza irreversiblemente, mientras las masas oprimidas arrecian la lucha en todos los frentes de batalla. Las tendencias unitarias de las diversas clases, capas y organizaciones revolucionarias de la sociedad colombiana se acentúan por encima de los tropiezos naturales y a través del combate ideológico necesario, imprescindible y vivificante. Y nuestro Partido, más fogueado, más disciplinado, más unido, más extendido y más arraigado en el corazón del pueblo, está en condiciones de desempeñar un papel de mayor importancia en la conducción de las luchas revolucionarias.

Doblemos esta doliente página de la Alianza Nacional Popular con el siguiente comentario. El Partido Comunista aceptó que su “consigna del Onceavo Congreso, por un candidato único de toda la oposición democrática en la batalla electoral de 1974, no ha podido realizarse”.[33]

Aceptación apenas obvia. Pero como lo hemos explicado, la infundada insistencia del Partido Comunista por forzar la aplicación de su línea trazada, originó todas estas contradicciones de la alianza, la amplitud del frente, el programa de la UNO y los objetivos de la campaña electoral. Ustedes no podrán decir que la “consigna del Onceavo Congreso” no se concretó debido a las interferencias del MOIR. Nuestro poder decisorio no era tan determinante. Por el contrario, nos limitamos a fijar nuestros puntos de vista, a negarnos a participar en la UNO mientras no se clarificara la política y a esperar. De tal manera que el Partido Comunista tuvo el campo libre hasta el 22 de septiembre de 1973 para negociar su esquema unitario. ¡Y cómo lo gestionó! Por esto resulta tendencioso y ruin despachar esta polémica con la afirmación de que “el MOIR ingresa a la UNO después de haberle dado muchas vueltas”. Y por eso nos hemos ocupado en desmenuzar esta historia para comprobar que “en definitiva” nos guiamos “por el criterio” de que era “preferible constituir un frente que, aunque pequeño”, le pudiera “presentar al pueblo una verdadera alternativa revolucionaria”. [34] Ustedes fueron los que dieron vueltas y revueltas alrededor de una quimera, desinteresada y piadosa si así lo prefieren, pero quimera al fin y al cabo, como revolotea el cucarrón alucinando en torno a una lámpara encendida.

DE “UNIDAD Y COMBATE”

Conocidos los orígenes de la Unión Nacional de Oposición, sus dificultades y luchas del comienzo y explicadas cómo quedaron las cuestiones del programa y de los objetivos y frutos de la campaña electoral, pasaremos a ocuparnos del problema de su carácter, es decir, a responder al interrogante ¿qué es la UNO?

El Partido Comunista se apresuró a definir a la UNO como la “semilla del Frente Patriótico la Liberación Nacional”. Retomamos esta definición porque con ella se ha pretendido, por un lado, refutar nuestra consigna inicial de la necesidad de la creación de un “frente electoral de izquierda” para las elecciones de 1974, y por el otro, proporcionarle algún basamento doctrinal a la insinuación de que el MOIR se muestra reacio a facilitar la unidad de las fuerzas revolucionarias. Tal infundio está regado en múltiples materiales del Partido Comunista, queriendo significar, a punta de repetirlo, que ustedes son partidarios del frente único mientras nosotros tenemos de él una miope visión electorera. Es como si se creyera a pie juntillas que asuntos tan fundamentales para la teoría y la lucha revolucionarias se pudieran despachar mediante golpes de mano y argucias ingeniosas. Sin embargo, quien haya escuchado con atención la melodía monocorde de que la UNO es la “semilla del Frente Patriótico” habrá descubierto fácilmente que el Partido Comunista una vez más sólo aporta como argumentos suyos sus deseos y sus calumnias contra el MOIR.

Estamos seguros de que con definiciones abstractas no habrá cuándo desentrañar el problema, ni la polémica la debemos reducir a la competencia de quién le augura a la UNO la mejor de las suertes. Ya observamos cómo el esquema de convertirla en el “Frente de la Oposición Democrática”, “esencia” del “Frente Patriótico”, desembocó en un fracaso. No basta con decir “hágase la luz y la luz fue hecha”. Para prever el destino de la UNO es forzoso no olvidar cuáles son sus fuerzas verdaderas, conocer las distintas concepciones que chocan en su seno y entonces sí, mediante la discusión, inquirir si es posible o no concordar las políticas más indicadas que solventen su actual crisis y la transformen en un centro eficaz de dirección y coordinación de las luchas revolucionarias. Pero mientras la UNO no pase a cumplir una función efectiva como centro orientador y cohesionador de estas luchas y no garantice el mínimo de identidad y de cooperación entre sus fuerzas integrantes, será la negación del frente unido. Si sinceramente queremos constituirla en la “semilla” de la alianza que a la larga abarque y organice a todo el pueblo colombiano, tendremos que empezar por corregir ésta su falla principal. Y es más, no existe otra salida, remarcamos, para evitar su deceso. El deceso de la UNO como organización unitaria y democrática, se entiende, porque no se nos escapa el hecho de que cualquiera de sus componentes pueda prolongarle artificialmente la vida, pero ya como apéndice exclusivamente suyo. En esta última eventualidad la Unión Nacional de Oposición perdería su carácter de aglutinante de distintas corrientes políticas y, por ende, la “semilla” se marchitaría sin haber germinado.

Antes de intentar tan ingente labor dejemos establecidas dos premisas. En primer término que nuestro interés sigue siendo el de salvar y desarrollar la Unión Nacional de Oposición. Una alianza de esta índole, no obstante su relativa debilidad, es altamente positiva para la revolución colombiana, siempre y cuando cumpla con una política unitaria, democrática y revolucionaria. Creemos que nuestra mejor colaboración en esta hora es señalar críticamente las rectificaciones a que haya lugar, pero somos conscientes de que solos no podremos imprimirle ni la política ni la pujanza que requiere la UNO. Se precisa de un replanteamiento de los acuerdos entre las fuerzas que han venido comprometidas con el proceso unitario de los tres últimos años. Y como lo dijimos al principio de esta carta, estamos dispuestos a agotar pacientemente todos los medios al alcance para superar la crisis y proveer las bases del nuevo entendimiento.

En segundo término, sea cual fuese el resultado de nuestras gestiones, el MOIR seguirá invariablemente la línea de luchar por la unidad de las fuerzas revolucionarias. Desde nuestro nacimiento como organización partidaria independiente hemos proclamado con claridad meridiana que la revolución colombiana en su presente etapa democrática sólo conquistará la victoria con la unidad de todas las clases, capas, partidos y personas que en una u otra forma repudien la dominación del imperialismo norteamericano y de las clases antinacionales que le sirven de soporte. Bajo esta suprema directriz hemos venido combatiendo. Nuestro proyecto de programa para el Primer Congreso del Partido del Trabajo de Colombia lo destaca como uno de sus grandes postulados. Ninguna consideración logrará separarnos de esta senda. Y tenemos una seguridad absoluta en que el pueblo colombiano, a pesar del curso zigzagueante de la revolución, llegará a obtener su unidad y con ella la liberación, la prosperidad y la grandeza del país. Los problemas de la conformación de un frente único antiimperialista, así como el resto de los asuntos vitales de la revolución, sólo podrán resolverse satisfactoriamente aplicando el método de la participación democrática de todas las fuerzas revolucionarias. Sin democracia no habrá unidad. Precisamente la reacción sojuzga al pueblo dividiéndolo y lo divide negándole la libertad de organización, de expresión y demás derechos políticos. Las amplias masas repudian los procedimientos antidemocráticos. Y dentro del movimiento revolucionario colombiano ningún partido aceptará jamás estar bajo la férula de otro. Atrás quedaron los tiempos en los cuales los litigios se absolvían conforme al respeto que reclaman los “mayores en edad, dignidad y gobierno”. Las fuerzas nuevas son irrespetuosas, se atreven a desmentir a las viejas autoridades, descorren velos y destruyen mitos. Es la dinámica de la lucha. Gracias a ella la revolución no se estanca sino que avanza sin cesar hacia adelante, superando los períodos de desconcierto y de marasmo.

Sentadas las dos premisas anteriores, manos a la obra. Escudriñemos en la corta existencia de la Unión Nacional de Oposición cuál ha sido su labor de dirección y coordinación. Partamos de unas frases aún calientes del pleno del Partido Comunista de abril pasado, arriba citadas:

“La Tercera Convención de la UNO, replicando a quienes consideraban esta alianza como un mero acuerdo electoral, declaró que ‘ha surgido un frente de fuerzas revolucionarias y populares, con un programa de nueve puntos, cuyo objetivo final es abrirle el camino a Colombia hacia el socialismo’.”

Al año de efectuadas las elecciones, el Partido Comunista no ceja en revivir su querella contra el MOIR acerca del carácter de la UNO. Lo que resulta doblemente insólito, si se comprende que los documentos aprobados por la Tercera Convención lo fueron por unanimidad y con la participación voluntaria nuestra, y, sobre todo, si se persiste en la turbia costumbre de refutar al MOIR haciendo caso omiso de sus posiciones públicas. Ustedes pretenden cosechar laureles en el campo de la teoría sobre el frente único, tiroteando la formulación que hicimos, a su tiempo, de la necesidad de la construcción de un “frente electoral de izquierda” para las elecciones de 1974. Y de carambola ubicar al MOIR en el bando contrario de la unidad de las fuerzas revolucionarias. Contraponer el MOIR a la línea de desarrollar un “frente de fuerzas revolucionarias y populares” porque defendimos y sacamos avante la consigna del “frente electoral de izquierda” en 1974, es un enfoque tan formulista, como el que sería atacar a la UNO porque según su nombre se limita a unificar la llamada “oposición”.

¿A qué obedecía que propusiéramos un “frente electoral de izquierda” para las pasadas elecciones? Creemos que esta pregunta ha quedado suficientemente respondida en los capítulos precedentes. Ustedes hablaban de un frente de toda la “oposición democrática” con candidato único y programa común, con la ANAPO como columna vertebral. Nosotros considerábamos que conforme a las circunstancias reinantes sólo era viable un frente mucho más reducido, pero con un contenido revolucionario, con el que podrían colaborar el MOIR, el MAC, el Partido Comunista, movimientos avanzados de provincia y sectores de izquierda de otros partidos. A esa alianza la denominamos “frente electoral de izquierda” para distinguirla de la proyectada por el Partido Comunista y que la práctica encontró irrealizable. ¿Cuál de las propuestas era más consecuente, no desde el punto de vista de su viabilidad, como ha sido aceptado por ambas partes, sino del de su contenido? ¿Bastaba simplemente la retahíla de que la UNO era la “esencia” o la “semilla” del futuro frente único para imprimirle un carácter revolucionario? Su carácter revolucionario únicamente podrían determinarlo el programa y los objetivos concretos que se fijaran en consonancia con el tipo de lucha inminente que teníamos delante. Y la UNO cumplió una gran tarea revolucionaria porque pudo concurrir a la contienda electoral con un programa nacional y democrático y con los objetivos de desenmascarar la estrategia de los partidos oligárquicos proimperialistas, agitar y explicar la estrategia revolucionaria y apoyar las luchas del pueblo colombiano. La lucha inminente que teníamos delante era la participación en las elecciones, una de las principales preocupaciones de ustedes y de nosotros. Para demostrarlo sería suficiente repasar las muchas citas que llevamos recopilando del MOIR y del Partido Comunista.

Siendo esto exactamente cierto, el MOIR, sin embargo, no confinaba las alianzas al lindero exclusivamente electoral. Cuando proclamamos nuestra política de “Unidad y Combate” en 1972, además de la tarea de crear un “frente electoral de izquierda”, nos trazamos la de la unidad del movimiento sindical independiente. Las condiciones para esta segunda tarea estaban también dadas: la profunda crisis de la UTC y CTC, el anuncio de su fusión a comienzo de ese año y la desesperada decisión del gobierno de Pastrana de apoyarse abiertamente en sus camarillas antiobreras, desnudándolas por completo y contribuyendo a enmendar los equívocos que todavía campeaban en el movimiento obrero sobre su verdadera catadura. Además, el reconocimiento del Partido Comunista de la presencia de diversas fuerzas políticas antiutecistas y anticetecistas dentro del sindicalismo independiente y su oportuna declaración a favor de la perspectiva de la creación de una central unitaria. Sobre los logros y tropiezos de esta empresa nos ocuparemos luego por separado. Aquí nos interesa resaltar que cuando llamamos a trabajar por la política de “Unidad y Combate” lo hacíamos con la mente puesta tanto en la urgencia del “frente electoral de izquierda” como en la necesidad de unificar el sindicalismo independiente.

Ambas tareas suponían para nosotros una alianza con el Partido Comunista y procedimos en consecuencia a dar los pasos concernientes. Así lo entendíamos y así lo explicamos:

“La central obrera independiente y el frente electoral de izquierda son dos tareas cuya realización exige que el MOIR trabaje en ellas conjuntamente con el Partido Comunista y otras organizaciones partidistas. Para ello, tendremos que hacer y hemos hecho, modificaciones adecuadas a nuestra política” [35]

De tal manera que seguir martillando con la acusación de que el MOIR ha reducido su política unitaria revolucionaria a un estrecho criterio electoral es otra desfiguración más que tenemos que abonarles a ustedes, en el afán de echarnos el agua sucia, revuelta con su propio barro. Y en verdad es el Partido Comunista quien ahora niega a toda costa, como lo avizoraremos después, que la política de alianza entre ustedes y nosotros hubiese abarcado acuerdos referentes al movimiento sindical. Pero al mismo tiempo nos arroja la recriminación de que el MOIR no piensa en una unidad más amplia ni más profunda como se supone sea la empresa de construir un “Frente Patriótico” o una “semilla de Frente Patriótico”.

Lo que sucede es que nosotros no hemos especulado acerca del frente único. Con la concepción que tenemos de él como máximo aglutinante de las fuerzas revolucionarias y principal forma de dirección de la revolución nacional y democrática, dilucidamos que tal objetivo aún se encuentra distante de nuestros anhelos, a pesar de los innegables progresos de la conciencia política del pueblo colombiano. Sin embargo, cuando propusimos la línea de “Unidad y Combate”, reparábamos en que sus tareas del frente electoral de izquierda y de la unidad sindical, aunque no significaban de por sí que estuviéramos en los umbrales del frente único, la una y la otra se acogían a su espíritu. Alrededor de estas dos tareas se podrían comprometer corrientes y sectores distintos a los del MOIR, como efectivamente sucedió, pero jamás creímos que movilizaran a las inmensas masas, ni siquiera al grueso destacado de las clases explotadas y oprimidas. Con la campaña electoral unificada y el trabajo conjunto en el movimiento sindical, aplicábamos una línea de frente, no obstante encontrarnos a miles de jornadas de éste. Y no lo decimos hoy para defendernos de un ataque artero. Lo planteamos antes de pactar los acuerdos con los aliados de la UNO. Veámoslo:

“La política de ‘Unidad y Combate’ busca el cumplimiento de las tareas mencionadas (el frente electoral y la unidad sindical) y se halla enmarcada en la estrategia de la revolución nacional y democrática. Esta política principia por reconocer la lucha que contra el imperialismo yanqui y sus lacayos adelantan las grandes mayorías nacionales. La creación de una Colombia independiente y próspera será producto de la victoria del frente único antimperialista que integrarán los obreros, los campesinos, la pequeña burguesía urbana y el resto de los sectores patrióticos. En la actualidad no hay condiciones para conformar un frente de esas dimensiones. A la revolución colombiana aún le falta recorrer mucho trecho para lograrlo. Sin embargo, unificar fuerzas susceptibles de aliarse en la actualidad contra el imperialismo yanqui y las oligarquías coligadas, principales enemigos del pueblo y la nación colombiana, es una política que interpreta el espíritu de frente único, aunque se circunscriba a tareas particulares de la revolución.[36]

Después del esclarecimiento hecho sobre nuestro criterio de frente único en relación con las dos tareas de la campaña electoral unificada y de la unidad sindical, procedamos a indagar cuál ha sido en realidad la labor de la UNO. Cumplidos sus tres años, ¿se puede asegurar que haya desempeñado efectivamente un papel de dirección? A excepción de la tarea electoral, en la cual su Comando nacional discutió y decidió de manera positiva y actuante, la Unión Nacional de Oposición se ha reducido a una que otra declaración, las más de las veces rectificando malos entendidos. En sus organismos directivos, por ejemplo, nunca se analizaron ni mucho menos se trazaron orientaciones concernientes al proceso unitario del movimiento obrero. La unidad obrera marchó siempre paralela a la UNO. La actividad de ésta con respecto a aquella se redujo a producir esporádicamente algún pronunciamiento de apoyo a los logros conocidos de la zona estrictamente sindical, como lo hizo la Tercera Convención hace un año.

Sabemos que no se hará esperar la réplica de ustedes, cuando lean esta líneas, pidiendo la milimétrica demarcación entre el trabajo sindical y el trabajo político, de la que han sido fieles defensores. Anticipemos también nuestra respuesta, ampliamente conocida. Existe una esfera sindical, una agrupación de los obreros por oficio y ramas industriales, que se da espontáneamente, sin que medie la conciencia comunista. Ésta es su primera forma de organización de clase, imprescindible como escuela de lucha del proletariado y base de apoyo de sus progresos políticos en procura de una más elevada expresión organizativa, su partido revolucionario. La organización sindical es insustituible. Ella abarca teóricamente a toda la clase. El partido se conforma de sus elementos avanzados, y es la vanguardia esclarecida que guía al proletariado hacia su emancipación y hacia el comunismo. Pero entre una y otra forma de organización de la clase obrera no puede levantarse una Cordillera de los Andes. La burguesía predica desde todos sus púlpitos que el movimiento sindical debe proscribir la política de sus predios, especialmente la política revolucionaria. Los moiristas, a la inversa, creemos que el partido proletario debe nacer y crecer entre los obreros de carne y hueso, que se hallan organizados en sus sindicatos, conocer al dedillo y resolver todos sus problemas y con ello ponerse al frente del resto de oprimidos de la sociedad colombiana por la liberación nacional y la revolución. Los sindicatos adelantan la lucha económica en procura de mejores condiciones de vida y de trabajo dentro del actual sistema, pero también luchan políticamente por la destrucción del mismo. En las condiciones de Colombia los problemas de la unidad sindical no gravitan privativamente en la órbita gremial, sino que pertenecen por sobre todo a la lucha política de los obreros, y su partido puede y debe discutirlos con las clases aliadas que padecen la persecución del enemigo común. La derrota de las camarillas vendeobreras y vendepatrias de la UTC y CTC y la unificación del sindicalismo en una sola confederación nacional, serían una gran conquista de la revolución, conquista que entusiasma primordialmente al proletariado revolucionario en su conjunto. La UNO como tal no ha examinado estos asuntos, no obstante haber en su seno fuerzas políticas fervorosamente partidarias de la unidad sindical.

Los acuerdos sindicales en torno a la construcción de una central unitaria se lograron en los encuentros obreros, realizados en 1972 y 1973. Eso estuvo bien. El MOIR, el Partido Comunista y demás organizaciones políticas participantes en dichos encuentros se expresaron y comprometieron a través de sus respectivos dirigentes sindicales. Nosotros preveíamos el desarrollo paralelo de las dos tareas, la de la concurrencia conjunta en las elecciones y la de la unidad sindical, cuando distinguíamos en la formulación de nuestra política de “Unidad y Combate” entre la lucha por el “frente electoral de izquierda” y la lucha por la “central unitaria independiente”. No aspirábamos a que la Unión Nacional de Oposición se ocupara de la tarea de la unidad obrera, como si la UNO fuese una alianza integral que tuviera que estudiar y resolver sobre aquellas cuestiones claves de la lucha revolucionaria colombiana, cual si se tratase de un verdadero frente único, o de su “semilla”.

Conocíamos los grandes impedimentos que se concitaban entonces contra una pretensión de esa categoría, y preferimos, a favor de la objetividad y para no complicarnos las cosas, hablar de un frente “electoral”. Y esta es ciertamente la tarea que la UNO ha atendido con mayor dedicación. Coordinando, organizando, disponiendo de los medios necesarios, en síntesis, dirigiendo. Durante el debate electoral sus organismos de dirección resolvieron democráticamente sobre todos estos puntos importantes: el programa, las normas organizativas, el candidato presidencial, las giras y las listas conjuntas. A medida que transcurría la campaña, el Comando Nacional se iba apersonando con mayor entidad de aquellos asuntos que en un principio se creyeron exentos de dirección compartida, como fue el caso de la designación de los candidatos para las corporaciones públicas. Y los distintos partidos integrantes mantenían celosamente su independencia ideológica y orgánica y hacían sentir sus demandas particulares, las cuales eran aceptadas o rechazadas, según coadyuvaran o no a la prosecución de las metas convenidas. El mando compartido, lejos de mimetizar las direcciones de las diversas fuerzas aliadas, las resaltaba, aguzando su iniciativa y promoviendo una viva y permanente controversia que era el brío siempre renovado de la Unión Nacional de Oposición. Esta es, para nosotros, la experiencia más positiva de la UNO. Cada vez que los problemas se sustrajeron de la dirección compartida, éstos se agudizaron y la UNO se debilitaba y detenía.

¿“POLÍTICA SUELTA” O “DIRECCIÓN COMPARTIDA”?

El hecho de que la Unión Nacional de Oposición se hubiese especializado, por así decirlo, en la labor electoral, la cual enrutó y coordinó a satisfacción, no se debe preferentemente a la estricta objetividad del MOIR para calcular los alcances de la alianza. Al contrario, en infinidad de oportunidades nosotros reclamamos que se discutiera y decidiera compartidamente no sólo sobre la tarea de la central unitaria, sino sobre los enfoques contradictorios y declaraciones públicas que los aliados hacían del nuevo gobierno y de ciertas medidas oficiales. Mientras tanto el Partido Comunista continuaba reservándose el arbitrario derecho de combatirnos cual enemigo de la unión, urdiendo una maraña de intrigas, como la supuesta división interna del MOIR, y esparciendo a los cuatro vientos toda clase de chismes y especies calumniosos. La insistencia en que la UNO se posesionara de un papel más actuante y positivo y se le facultara para funciones más ambiciosas, obedecía a una inequívoca política de nuestro Comité Ejecutivo Central, fijada por cierto públicamente y con antelación al 21 de abril de 1974. En las postrimerías de la campaña el MOIR explicó cómo la UNO aún no había dado todos sus frutos y que con justicia las masas populares demandaban mucho más de ella, en correspondencia con las esperanzas levantadas y con las fuerzas revolucionarias que había puesto en pie de lucha. Con las elecciones se cerraba para la UNO un período y se abría otro.

Así lo anunciamos:

“La consigna de unir al pueblo en un gran frente de combate contra sus opresores se ha abierto camino entre las masas y explica el respaldo de amplias capas de la población a la Unión Nacional de Oposición. La UNO ya dio sus primeros resultados positivos, pero no ha cosechado aún todos los frutos que se vislumbran del completo desarrollo de las fuerzas revolucionarias que ha destacado. Por ello la UNO tiene contraído un compromiso con el pueblo colombiano que la obliga a continuar más pujante, más unitaria y más combativa después del 21 de abril, de seguir adelante, fiel a la línea revolucionaria aprobada en su última convención de septiembre y aplicada con tanto éxito en los meses subsiguientes”. [37]

Y en cuanto a la necesidad de perseverar en la unidad alcanzada y proyectarla a otras tareas de la revolución, manifestamos:

“El MOIR, como lo ha venido haciendo, seguirá luchando por afianzar la unión. Creemos que las fuerzas de la izquierda colombiana deben ampliar su alianza y prolongarla para las otras tareas de la revolución y no solamente para las labores electorales”.[38]

En esta directiva se halla el meollo del futuro de la Unión Nacional de Oposición, en especial si pretendemos convertirla en una “semilla” del frente único antiimperialista. De los éxitos que logremos en aplicar esta línea depende el que podamos o no sacar a flote la UNO, restablecer la unidad y la confianza y recuperar el tiempo perdido en mutuas recriminaciones. El quid de la cuestión radica en que la UNO como frente ejerza una “dirección compartida” sobre aquellos asuntos vitales de la lucha revolucionaria del pueblo colombiano, que amplíe su función coordinadora y cohesionadora a todos los puntos en los cuales tales coordinación y cohesión se hacen imperiosas para poder trabajar conjuntamente. La “política suelta” es incompatible con la esencia misma del frente único antiimperialista. Por lo menos ésta ha sido nuestra experiencia de la que llevamos andado en pos de una alianza de las clases y fuerzas revolucionarías.

Sobre los peligros de una “política suelta” hablamos por primera vez en vísperas del llamado “Segundo Encuentro de las Fuerzas de Oposición” en marzo de 1973, durante las reuniones previstas multilaterales, en las cuales no nos fue posible llegar a acuerdo. Nosotros exigíamos a la sazón que se dejara establecido sin ambages que la candidatura presidencial de izquierda recaería en un compañero perteneciente a alguno de los tres partidos integrales de la Unión Nacional de Oposición. El Partido Comunista se negó a concertar entonces un compromiso tan tajante, y así continuaba con las manos sueltas para negociar un entendimiento fuera de la UNO y concretamente con la ANAPO, tal cual lo analizamos más arriba. El MOIR no participó en dicho encuentro y efectivamente éste aprobó un llamamiento sutil que sería como el último rayo de luz sobre la desesperanzada estrategia, de alcanzar “la unidad de todas las fuerzas de oposición democrática”. La “política suelta” para que cada cual pueda como le venga en gana decidir sobre aquellos asuntos importantes que conciernen por su propia naturaleza a la responsabilidad conjunta, es antagónica con la esencia y funcionamiento de un frente como la Unión Nacional de Oposición. No se puede demandar mutua solidaridad en resoluciones que se hayan tomado unilateralmente y en pugna con los criterios y propósitos de los aliados. Entre más sea el número de cuestiones que se sustraigan a la “dirección compartida” y mayor la trascendencia de éstas, en esa proporción disminuirá la importancia del frente, su utilidad y dinamismo. Y viceversa. En la medida en que suprimamos la “política suelta” lograremos con el tiempo que la Unión Nacional de Oposición, por su labor coordinadora y cohesionadora, se vaya convirtiendo, simultánea al auge de la lucha de las masas revolucionarias, en un verdadero “embrión” del frente único antiimperialista . En las presentes circunstancias no existe otra salida ni otro método para consolidar este proceso unitario de tres años y proyectarlo hacia nuevas tareas y más grandes objetivos.

Con posterioridad al 21 de abril la UNO encaraba, como consecuencia directa de las posiciones obtenidas en la campaña electoral unificada, la obligación de atender una labor parlamentaria igualmente conjunta, ya que cada uno de sus tres partidos de envergadura nacional lograron cargos tanto en el Parlamento como en asambleas departamentales y concejos municipales. En efecto, se convino en que la lucha parlamentaria la orientaría el Comando Nacional, con la asesoría de un comité de trabajo parlamentario, creado para tal fin. Por otra parte y debido al cambio de gobierno dentro de la coalición liberal-conservadora, a partir del 7 de agosto, la Unión Nacional de Oposición debería definir una política ajustada a la nueva situación. Así se hizo. La Tercera Convención dispuso por unanimidad la batalla frontal contra el gobierno de López Michelsen, albacea de la política antipopular y antipatriótica de los viejos regímenes y cabeza visible del sistema oligárquico proimperialista. Igualmente la convención aprobó una línea de acción revolucionaria para los congresistas, diputados y concejales de la UNO.

Contrariando lo establecido, la lucha en las corporaciones públicas no se llevó a cabo plenamente de común acuerdo y conforme a las directrices consecuentes de combate. Claro que hay ciertos aciertos. Aciertos que se obtuvieron cada vez que la fracción minoritaria de la UNO en esas corporaciones mantuvo su independencia ante los partidos tradicionales y siempre que aplicó las orientaciones revolucionarias de la Tercera Convención con respecto al gobierno lopista de hambre, demagogia y represión. En algunas oportunidades incluso fue posible criticar errores y corregirlos con arreglo a las normas de la “dirección compartida”.

Desafortunadamente, la acción parlamentaria de la UNO en su conjunto no se guió por tales normas y en particular proliferaron las conductas reñidas en un todo no sólo con los postulados que defendimos durante el debate electoral, sino con las orientaciones posteriores. La actitud beligerante y activa fue depuesta repetidas veces para plegarse a las promesas, los halagos o la demagogia de la coalición gobernante. Estos errores de conciliacionismo fueron cometidos principalmente por tres de los cuatro parlamentarios del Movimiento Amplio Colombiano, los cuales terminaron siendo expulsados de su organización por sus desviaciones oportunistas, en febrero de 1975. Entre estos “tres tristes tigres” se encontraba quien había sido el candidato presidencial de la UNO, Hernando Echeverri Mejía.[39].

La “política suelta” en la acción parlamentaria de la UNO, se reflejó preferentemente en estos hechos:

En la presentación de proyectos de ley, de ordenanza y de acuerdo sin previa discusión en los organismos respectivos de dirección.

En la alteración posterior de textos acogidos por unanimidad, de manera arbitraria, inconsulta y violatoria de las determinaciones convenidas.

En la falta casi absoluta de coordinación y cohesión en el trabajo adelantado en asambleas y concejos.

En la votación a favor de candidatos del oficialismo para distintos cargos, a cambio de magras “conquistas” burocráticas y a costa de desvanecer la diferencia radical que existe entre el comportamiento de los representantes de una alianza revolucionaria y la de los personeros de la podrida coalición liberal-conservadora.

En el apoyo velado a ciertas medidas del gobierno oligárquico, que en apariencia se presentan como beneficiosas para el pueblo y para la nación colombiana, pero que en el fondo son todo lo contrario.

Estas han sido las principales manifestaciones de una política errónea por parte de determinados voceros de la Unión Nacional de Oposición en las corporaciones públicas, que expresan las tendencias hacia el “cretinismo parlamentario” y comprueban la ausencia de vigilancia de los organismos de dirección de la UNO y la necesidad de promover la crítica a nivel de masas. Con este análisis no queremos decir que tales errores sean exclusivamente de nuestros aliados. El MOIR ha señalado serenamente las tendencias “cretinistas” que se han desarrollado dentro de la UNO, inclusive ha exigido la autocrítica a sus militantes y organizaciones responsables de estas faltas, como la pública que se hiciera el Comité Regional del MOIR de Risaralda.[40]

Cuando los “tres tristes tigres” comenzaron a sacar las uñas y mostraron de cuerpo entero sus inclinaciones conciliacionistas y burocráticas, el MOIR, después de agotar los medios persuasivos internos, exigió una condenación categórica de su conducta contrarrevolucionaria, la cual debía hacerse conocer primero de las bases de la UNO y luego de las más amplias masas. Y cuando Echeverri y sus dos sanchos reclamaron la “autonomía política” para continuar sus triquiñuelas y componendas con el oficialismo, propusimos que el Comando Nacional produjera un comunicado anunciando que estos caballeros ya no hacían parte de la Unión Nacional de Oposición. El Partido Comunista se opuso a promover la crítica a nivel de masas y a colocar fuera de la UNO a los tres parlamentarios, contentándose con que se dijera que éstos no estaban “autorizados” para dar declaraciones en nombre de la Unión Nacional de Oposición y alegando que la “expulsión” sólo podría dictaminarla el Movimiento Amplio Colombiano. Como el MAC no se atrevía a producir tal determinación, dejamos la constancia de que en esos condiciones era imposible mantener una solidaridad política con nuestros aliados, al precio de que las bases que lucharon con nosotros durante la campaña electoral y las masas populares que conocieron muestro ideario revolucionario nos vieran metidos en el mismo costal con quienes habían pisoteado la palabra empeñada y en esa forma se burlaban de los nueve puntos programáticos y de los compromisos.

Ese fue uno de los mementos de mayor incertidumbre y desconcierto de la Unión Nacional de Oposición. Los sectores obreros, campesinos, estudiantiles e intelectuales que lucharon hombro a hombro con la UNO y quienes veían con simpatías el desarrollo de esta experiencia aguardaban interesados el desenvolvimiento de su lucha interna. Y no era para menos. Los errores de los tres parlamentarios del MAC eran graves y de la solución que se les diera dependía la credibilidad en la UNO. Hernando Echeverri, a guisa de ejemplo, había declarado que respaldaría las “medidas positivas” de la administración López Michelsen y en la práctica defendió en el Senado algunas maniobras de los manzanillos liberales y conservadores contra las clases asalariadas y votó proyectos oficiales demagógicos y antipopulares. En las primeras sesiones del Congreso se deshizo en alabanzas desbocadas hacia las tesis del canciller Liévano Aguirre, quien estrenaba su charlatanería sobre las relaciones con los países socialistas, pero que de hecho establecía la adhesión del nuevo gobierno a la línea tradicional oligárquica de seguir servilmente la política internacional imperialista dictaminada por Washington. Estas traiciones las perpetraba Echeverri en complicidad con sus dos escuderos de aventura. Los tres resolvieron una tarde cualquiera fundar en las gradas del Capitolio el “partido socialista de Colombia”. Esta era la parte grotesca de la leyenda. Su parte trágica consistía en que, siendo Echeverri como era uno de los más conocidos dirigentes de la Unión Nacional de Oposición y mientras no rompiéramos cobijas con él, el pueblo seguiría necesariamente identificándonos con las andanzas de estos “tres tristes tigres”.

El MOIR dejó de manera perentoria una constancia en todos los comandos de la UNO en donde fue factible hacerlo, expresando su criterio de que los oportunistas debían ser censurados drásticamente y que las masas, especialmente los sectores que sufragaron por nosotros, tenían el derecho a conocer sus felonías y condenarlos por el delito de sumarse al carro vencedor, cuando en la víspera habían solicitado los votos en su contra. Durante la campaña electoral propagamos la teoría revolucionaria de que las corporaciones públicas en las que algunos de nuestros candidatos tendrían asiento, eran instituciones corrompidas y desahuciadas históricamente. Que el pueblo no podía esperar nada de ellas a no ser mandobles y cargas pesadas, como lo venía sufriendo por décadas. Que si participamos en dichas instituciones creadas y dominadas por las clases explotadoras vendepatrias sería con la finalidad de convertir las curules alcanzadas en tribunas de denuncia de los crímenes del sistema; hacer propaganda al programa por una Colombia libre de la opresión externa e interna, y proclamar que sobre las cenizas de los cuerpos parlamentarios de la democracia oligárquica, el pueblo edificará las asambleas de obreros, campesinos, pequeños productores y comerciantes y del resto de patriotas, en las cuales se centralice todo el Poder de la nueva democracia revolucionaria.

Diez días antes de las elecciones y para cerrar el debate electoral, el MOIR resumió en la siguiente forma las obligaciones que había contraído la Unión Nacional de Oposición ante el pueblo colombiano:

“Tal como está la situación, la UNO conquistará importantes posiciones en las corporaciones públicas. Esto plantea la cuestión de desarrollar una acción parlamentaria coordinada, conforme al programa defendido durante la campaña y según las determinaciones tomadas de común acuerdo por el Comando Nacional o por un comité especial constituido para el efecto. En relación con este trabajo la UNO hará respetar un criterio defendido y explicado profusamente durante la campaña y es el principio de que los candidatos nuestros que salieren electos responderán ante el pueblo y ante la UNO de su conducta política en la respectiva corporación. Quienes violen los compromisos y traicionen el programa en cuyo nombre resultaron favorecidos, serán seña lados ante las masas como renegados de la causa del pueblo. Esta es una diferencia fundamental entre la UNO y los partidos reaccionarios y oportunistas, ya que en estos partidos los elegidos no responden ante los electores de su acción y como caso común y corriente se mofan de las promesas electorales.[41]

Advertencias de este tenor hicimos en las plazas de los grandes centros y en los villorrios apartados, a todo lo largo y ancho del país. Nadie protestó. Todos asentimos que eso era los más justo y conveniente. Y ahora que estábamos frente al hecho cumplido, algunos vacilaban en sancionar ejemplarmente a los bufones.

Incluso el Partido Comunista ha llegado a reprobar públicamente la actitud de censurar con la máxima severidad la transgresión de los acuerdos contraídos y a los transgresores. No hace mucho ustedes ironizaban sobre nuestros graves reclamos diciendo que el MOIR “ha aplicado el culto a la personalidad, heredado de sus maestros maoístas (…). Y cuando ingresó a la UNO ¿no lo hizo agotando todas sus reservas de incienso para elogiar a Hernando Echeverri? [42] Luego, cuando éste mostró el cobre, saltó del amor frenético a la diatriba sin límites”.

Para combatirnos el Partido Comunista ha puesto a funcionar su artillería pesada, desempolvando de la despensa revisionista la consabida “teoría” de la “lucha contra el culto a la personalidad” con que los nuevos zares de Rusia bombardean la fortaleza proletaria de la China comunista, dirigida por el camarada Mao Tsetung. Ustedes saben que dicha “teoría” fue llevada a su apogeo por Nikita Kruschev, lo que ignoran es que el proletariado revolucionario del mundo la tiene relegada al cuarto de los trastos inservibles. Las masas explotadas de todos los países respaldan y siguen lealmente a sus jefes y maestros que las guían por el camino luminoso de la victoria, como Carlos Marx y Vladimir Ilich Lenin, a quienes aún después de muertos la clase obrera continúa con gratitud venerando y haciendo honor a sus enseñanzas revolucionarias. Esto, por una parte. Y por la otra, el proletariado internacional vapulea sin compasión a los renegados de todas las especies, a los dicharacheros y saltimbanquis y a los enemigos del progreso. Es una ley ineluctable de la historia. Pero no era nuestra intención mezclar a nuestro héroe de marras en tan solemnes veredictos. Simplemente traemos a cuento la cita anterior porque refleja como ninguna otra las trastocadas contradicciones entre el MOIR y el Partido Comunista en relación con Hernando Echeverri Mejía. El Partido Comunista ha creído excesivos nuestro respaldo y nuestras críticas al candidato presidencial de la Unión Nacional de Oposición, primero, cuando fue justo respaldarlo y, las segundas, cuando resultaba imperioso criticarlo. Y efectivamente, a ustedes les parecía mejor un candidato anapista para las elecciones de 1974 y ahora consideran que las condenas al “cretinismo parlamentario” son “diatribas sin límites”. Pero estos dos conflictos han quedado cancelados, el uno con la convención del 22 de septiembre de 1973 y el otro con la resolución de expulsión emitida por el MAC el 13 de febrero de 1975.

La más valiosa experiencia de la UNO como frente, o como “semilla” de frente, es a nuestro entender que, cuando se aplicó para las materias de común interés una “política suelta”, aquella pasaba ipso facto a un estado de parálisis y atonía. Igual cosa sucedió cada vez que el Partido Comunista pretendió utilizar a la UNO a favor de sus particulares objetivos, ya en asuntos de la problemática nacional o internacional desconociendo olímpicamente los puntos de vista y las reclamaciones de los aliados y en detrimento de la coordinación y cohesión necesarias de una alianza de este tipo. Si se aspira a que haya mutua solidaridad en todos los problemas, o por lo menos en aquellos de mayor importancia, lo más indicado entonces es que éstos sean examinados, discutidos y resueltos democráticamente con la participación de todas las fuerzas comprometidas. En todo caso la UNO no puede reducirse a apoyar lo que hagan sus partidos por aparte, o un partido en especial. La dirección debe ser compartida e incluir paulatinamente todas las luchas revolucionarias, desde las más simples y comunes hasta las más complejas y elevadas. He ahí una de las principales dificultades para calificar a la UNO de “semilla” de frente único.

Con una dirección “compartida” para todas y cada una de las cuestiones básicas de la revolución, sobre una línea de unidad y democracia, no tenemos la más mínima duda de que la Unión Nacional de Oposición saldrá adelante, y saldrá adelante en el sentido de que se constituya realmente en el comienzo embrionario del frente único antiimperialista del pueblo colombiano. Con una “política suelta” para tales cuestiones, que desconozca los procedimientos democráticos y lesione la coordinación y la cohesión indispensables será absolutamente imposible que dentro del movimiento revolucionario de Colombia perdure ninguna alianza. A lo más que pudiéramos ambicionar en aquellas condiciones sería a mantener de vez en cuando acciones unitarias esporádicas, las cuales, igualmente, sólo podrían concretarse bajo el estricto cumplimiento de las normas democráticas. Desde luego que no rechazamos tales acciones. Por el contrario, las estimularemos y pactaremos siempre que convenga y lo exija la lucha revolucionaria del proletariado colombiano. Aun cuando las acciones unitarias favorecen la unidad del pueblo, resulta obvio que ustedes y nosotros en esta ocasión nos venimos ocupando es del frente único antimperialista, y es pensando en dicho frente que criticamos la “política suelta” y defendemos la “dirección compartida”.

La Unión Nacional de Oposición aplicó rigurosamente para la tarea electoral una “dirección compartida” y cosechó triunfos. Es innegable que sin el programa común, el candidato único y las listas conjuntas ninguna de las fuerzas coligadas hubiese avanzado cuantitativa y cualitativamente en las elecciones de 1974. Sin embargo, la UNO no siguió con esmero esta línea en el segundo período, ni siquiera en la acción parlamentaria. Además, como lo hemos señalado, no se ocupó de las tareas de la unidad sindical, a pesar de que sus fuerzas integrantes se hallaban comprometidas en la lucha por la central unitaria. La UNO no sirvió ni de vehículos para que se nos explicaran las razones del aplazamiento del congreso unitario del 6 de diciembre de 1974, convocado por el Encuentro Nacional Obrero del 12 de octubre de 1973. Para este caso el MOIR tuvo que recurrir a solicitar una reunión bilateral con el Partido Comunista, en la cual nosotros criticamos el aplazamiento y censuramos el procedimiento antidemocrático. Ustedes lo aceptaron autocríticamente, por lo menos en dicha reunión.

La UNO tampoco se preocupó por orientar los múltiples combates que últimamente han llevado a cabo los obreros, los campesinos, los estudiantes, los maestros, los bancarios, etc., no para sustituir la dirección concreta que tuvieron estas luchas, ni para suplantar sus formas organizativas peculiares, sino para coordinar la labor de los partidos coligados que se hallaban vinculados de una u otra manera a esas batallas y así contribuir con una apreciación global unificada a que no afloraran, a lo sumo, contradicciones innecesarias entre las corrientes integrantes de la Unión Nacional de Oposición. El Comando Nacional de la UNO debió también servir de medio para airear y resolver las diferencias del MOIR y el Partido Comunista relativas a la conducción del movimiento estudiantil y hacerlo con la participación del resto de organizaciones aliadas. Al enumerar tales errores no pretendemos eludir la responsabilidad que por ellos nos competa. Hacemos la crítica como muestra de nuestras intenciones de contribuir a que la UNO dé un salto cualitativo tras la meta soñada por los revolucionarios y que el pueblo algún día hará realidad: la unidad de todas las clases, capas, partidos y personas que luchan por la liberación de Colombia y por la instauración en el territorio patrio de una democracia popular.

EL FRENTE ÚNICO: ESTRATEGIA CENTRAL DE LA REVOLUCIÓN

Colombia es una república neocolonial y semifeudal bajo la dominación del imperialismo norteamericano. De esta situación exclusivamente sale favorecida una minoría antinacional de grandes burgueses y grandes terratenientes que se enriquecen facilitando la expoliación imperialista sobre las masas trabajadoras de la ciudad y el campo, manteniendo viejos y aberrantes privilegios y usufructuando del Poder del Estado para hacer enormes negociados, concusiones e ilícitos de toda laya. La inmensa mayoría de la nación se encuentra explotada, arruinada y privada de la libertad y demás derechos democráticos. En nuestro país las fuerzas productivas sufren en lo sustancial la atrofia del estancamiento y la economía soporta las consecuencias de una crisis permanente. El pueblo colombiano no sólo carece de pan, vivienda, salud, trabajo, vestido y del resto de medios materiales e indispensables para llevar una existencia decorosa, sino que su vida espiritual se halla al margen de la educación y sumida en la ignorancia y el analfabetismo. Esta miserable condición de las masas populares que se transmite de padres a hijos y de hijos a nietos no tendrá cuándo remediarse dentro del actual sistema de opresión externa e interna. Las gentes han visto pasar por la conducción del Estado, como en una pesadilla interminable, gobiernos militares y civiles, “estadistas” liberales y conservadores, economistas y abogados, herejes y camanduleros, letrados y doctores en honoris causa y han escuchado la letanía de promesas incumplidas que cada dos o cuatro años los dirigentes políticos de las clases dominantes renuevan a cambio de sus votos. Sin embargo, el pueblo contempla cómo su suerte va de mal en peor, hasta llegar a extremos intolerables. Y en efecto, las masas colombianas únicamente saldrán de su postración el día en que liberen el país de la sojuzgación imperialista y destruyan el Poder antinacional y despótico de la gran burguesía y de los grandes terratenientes. Hasta cuando esto no sea posible, cualquier “reforma social” emprendida por los opresores será un grillete que caerá sobre los oprimidos.

En Colombia ha habido personas que sostienen la tesis de que el pueblo no podrá jamás prescindir de las partidos Liberal y Conservador y que su destino es colaborar con los mandatarios de turno en los programas por desarrollar la producción, abrir fuentes de empleo y construir escuelas. Que Colombia no tiene la fuerza suficiente para derrotar a una potencia tan poderosa como los Estados Unidos. Esta tesis derrotista lo que persigue es que el país continúe aherrojado bajo el neocolonialismo y el semifeudalismo y el pueblo colombiano siga siendo eternamente un pueblo sometido e infeliz. Pero ni siquiera la producción capitalista nacional podrá desarrollarse, ni aumentará el empleo, ni las masas populares gozarán de una cultura propia y avanzada, mientras no desaparezcan los impedimentos que hacen que tales conquistas no sean una realidad: la dominación del imperialismo norteamericano sobre nuestra patria y el régimen oligárquico burgués-terrateniente. Dentro del actual sistema sólo prosperará la economía de los grandes monopolios extranjeros, en perjuicio de la economía del pueblo y la nación colombiana.

Ciertamente el poderío de nuestros enemigos es considerable. Pero infinitamente más poderosas son las fuerzas que subyacen en el seno del pueblo. Contra los opresores imperialistas y los lacayos criollos conspira y lucha más del 90 por ciento de la población colombiana. En primer término, la clase obrera, motor de la industria moderna; el campesinado, responsable de la producción agropecuaria, base de la economía nacional; los pequeños productores y comerciantes creadores de una inmensurable gama de bienes y servicios indispensables; los intelectuales y estudiantes, poseedores de cierto grado de conocimientos avanzados y técnicos insustituibles en el trabajo de la ciudad y el campo, y, en fin, hasta la burguesía media, el sector progresista de la burguesía colombiana, tiene contradicciones irreconciliables con el imperialismo, que la hacen susceptible de apoyar en determinadas condiciones la lucha por la liberación nacional y la revolución. Si todas estas fuerzas se levantan unificadamente en formación de combate no habrá sobre la tierra poder capaz de impedir su victoria. Si todas estas clases, capas y sectores antiimperialistas se organizan en un gigantesco frente único revolucionario, realizarán prodigios. Un frente de esa magnitud podrá crear y sostener un invencible ejército revolucionario que aplaste al ejército títere y con él a todo el viejo aparato estatal neocolonial y despótico y, después del triunfo, podrá constituir una república popular y democrática, soberana e independiente, próspera y respetable. La línea estratégica central de la revolución colombiana es, por consiguiente, la conformación del frente antimperialista que cumplirá tan grandiosas tares de nuestra historia como nación, comparables sólo con la gesta emancipadora que nos liberó del yugo colonial español hace siglo y medio. Con lo dura y valerosa que fue aquella lucha y con los progresos que trajo aparejados la fundación de la República de Colombia, las jornadas heroicas que la época ha puesto al orden del día son cien veces más difíciles y más gloriosas. La revolución actual será más ardua y prolongada y sus beneficios superiores. Como producto de la victoria en nuestro suelo sobre la dominación del capital imperialista, el pueblo colombiano creará una república no de déspotas y tiranos como la anterior, sino de gentes sencillas y trabajadoras que abrirán el camino para borrar de la faz de Colombia la explotación del hombre por el hombre. Esta revolución pertenece a la era radiante de la revolución socialista mundial, inaugurada por la Revolución Socialista de Octubre de 1917.

Sin embargo, nuestra revolución en su primera etapa no será socialista, sino democrático-burguesa. Sus objetivos estratégicos corresponden a los de la liberación nacional y la eliminación del régimen de explotación de la gran burguesía y de los grandes terratenientes. No se propondrá inicialmente suprimir la economía privada de los campesinos ni la producción capitalista provechosa para el desarrollo del país. Se estatizarán los grandes monopolios que explotan y oprimen a las masas populares, los cuales serán arrebatados a los capitalistas internacionales y a la burguesía colombiana vendepatria. Igualmente se confiscarán las propiedades de los grandes terratenientes y se repartirán entre los campesinos que posean poca tierra o que no tengan tierra en absoluto para trabajar. No obstante, la revolución estará dirigida por el proletariado, la clase más revolucionaria, consciente y avanzada. Aunque las capas medias y bajas de la burguesía colombiana pueden, según las circunstancias, apoyar la lucha revolucionaria de las grandes mayorías nacionales, no lograrán nunca desempeñar un papel de dirección debido a su enorme debilidad y sus vacilaciones. Y por último, la nueva dictadura que sustituirá a la dictadura omnímoda de la alianza burgués-terrateniente, no será exclusivamente del proletariado, sino de las clases revolucionarias coligadas en el frente único de toda la nación. Esta dictadura popular constituirá la forma de gobierno más democrática que jamás haya prevalecido en Colombia y estará bajo la dirección de la clase obrera.

Hemos expuesto en sus lineamientos esenciales nuestra concepción acerca de las transformaciones principales que requiere Colombia en la actual situación: una revolución nacional y democrática, realizada por todas las clases antiimperialistas, con la dirección de la clase obrera , para un país neocolonial y semifeudal y en la era socialista mundial. Acaso nos falte agregar que dicha revolución culminará necesariamente, en una segunda etapa, en la revolución socialista.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, se comprende por qué el MOIR le atribuye al objetivo de la construcción de un frente único revolucionario en Colombia la primerísima importancia, como estrategia fundamental de la lucha de la clase obrera y de su partido, en la hora presente. El proletariado no podrá liberar el país, ni desarrollar la producción, ni desbrozar el camino hacia el socialismo, si no alcanza la unidad nacional de todas las clases y fuerzas antiimperialistas. Contra esta concepción se levantan el oportunismo de derecha que le niega a la clase obrera su función dirigente y el oportunismo de “izquierda” que sostiene que ésta no debe perder tiempo con una revolución democrática, sino pasar directamente al socialismo. Ambas posiciones, profundamente reaccionarias, coinciden en torpedear la misión histórica del proletariado. La primera en forma directa y desembozada, la segunda de manera velada e ingenua. La clase obrera colombiana lucha por el socialismo, pero tanto más temprano llegará a él cuanto más pronto corone las montañas de la liberación nacional y de la democracia.

Es necesario que la clase obrera colombiana y su partido proclamen su papel de dirección pero no es suficiente. No van a dirigir la revolución simplemente porque digan: “¡Reconózcanos, somos el estado mayor!”. Para que el resto de las clases antiimperialistas depositen su confianza en la vanguardia proletaria y la reconozcan como tal, ésta, ante todo, debe tener muy en cuenta aquellas reivindicaciones primordiales de las fuerzas aliadas que no lesionan la unificación popular y por el contrario la cimientan. Mediante la defensa de un programa revolucionario común el proletariado unifica junto a él al campesinado, a la pequeña burguesía urbana y a las demás capas y sectores revolucionarios, a la vez que aísla y cerca en el territorio nacional a las fuerzas del imperialismo norteamericano y del puñado de vendepatrias que lo acolitan vergonzosamente. Entre las demandas y peticiones revolucionarias del programa de unificación popular, el proletariado les dará especial preferencia a las de los campesinos, fuerza principal y determinante en la liberación y construcción de una nueva Colombia. Sólo la clase obrera y su partido proclaman y luchan consecuentemente hasta ver realizados todos y cada uno de los puntos de dicho programa. Además de los opresores tradicionales del pueblo colombiano, las tendencias políticas del oportunismo de derecha y de “izquierda” combaten en forma recalcitrante el programa común antimperialista. Éste ha sido el comportamiento de los círculos más reaccionarios del liberalismo y del conservatismo, por una parte, y de los grupúsculos trotskistas propugnadores del “socialismo pequeño burgués”, por la otra. Es de esperar que tales tendencias se mantengan en lo fundamental inalteradas durante todo el curso de la revolución.

Para llevar a la práctica la unificación popular y realizar acertadamente las grandes tareas revolucionarias no basta tampoco con agitar el programa común, sino que el proletariado debe darle una forma organizativa a la alianza de todas las fuerzas antiimperialistas, y ésta no puede ser otra que la constitución de un frente que aglutine a más del 90 por ciento de la población colombiana. El frente único antimperialista será la forma concreta y orgánica que adoptará la dirección compartida de todas las clases y partidos revolucionarios en Colombia. A través de esa dirección compartida es como el partido obrero ejercerá idealmente su labor dirigente de la revolución. Pero para que todas las clases y partidos revolucionarios acepten voluntariamente una dirección compartida y única es condición indispensable garantizar en dicha dirección la participación democrática de todas las fuerzas antiimperialistas. Siendo el frente único la forma ideal de dirección revolucionaria en las actuales circunstancias del desarrollo histórico de nuestro país, el proletariado y su partido defienden como ninguno el estricto y escrupuloso cumplimiento de los principios democráticos que lo rigen. La cooperación y unificación del pueblo colombiano en un poderoso frente de combate que derrote al imperialismo y construya una república nueva, sólo podrá erigirse con base en el respeto a la democracia. Los primeros divisionistas son, por lo tanto, quienes violan la democracia revolucionaria, y los más grandes hipócritas divisionistas son los que de palabra respaldan la unidad del pueblo y de hecho pisotean los procedimientos democráticos. El MOIR espera poder ponerse de acuerdo con el Partido Comunista y el resto de fuerzas aliadas no únicamente en esto, sino en las otras cuestiones básicas para la creación del frente único nacional y democrático.

RESPETEMOS LOS COMPROMISOS Y LA DEMOCRACIA INTERNA

¿A qué distancia se encuentra la Unión Nacional de Oposición del frente único antiimperialista? Marchando a paso firme y sostenido nos hallamos aún a miles de jornadas de la meta suprema de aglutinar y organizar bajo un centro a más del 90 por ciento de la población colombiana. ¿Cuáles son sus fuerzas? Hasta hoy la UNO ha estado integrada por el MOIR, el Partido Comunista, el Movimiento Amplio Colombiano y algunas organizaciones de provincia. Aunque tales agrupaciones lograron mediante la política unitaria revolucionaria extender su influencia y consolidar sus efectivos, es evidente que ninguna por separado, o en conjunto, moviliza a las más amplias masas populares, ni siquiera a los sectores más importantes de las clases revolucionarias. Existen regiones enteras en Colombia donde nuestro poder organizativo apenas se insinúa y otras donde éste es nulo por completo. Son defectos de crecimiento que se subsanarán sólo en la medida en que la clase obrera y el resto de clases revolucionarias vayan progresando en la lucha y en su conciencia política. Entonces, ¿en qué sentido podemos referirnos a la UNO como “semilla del Frente Patriótico de Liberación Nacional”? La Unión Nacional de Oposición posee dos pilares sólidos que en esencia son puntales de la unificación del pueblo colombiano: su programa nacional y democrático, como ya lo dijimos, y su estatuto organizativo que, de acatarse rigurosamente, garantiza la dirección compartida sobre la base de la participación democrática de todas sus fuerzas. Estos representan dos aportes considerables, dos experiencias positivas, dos grandes conclusiones que las fuerzas revolucionarias colombianas pueden y deben tener en cuenta en su lucha por la unidad y la liberación. En ese sentido, desde el punto de vista de su programa nacional de unificación popular y de sus principios de funcionamiento democrático, la UNO es un germen de frente único. Sin embargo, ésta ha adolecido de una falla, también estudiada atrás, consistente en que no efectúa a cabalidad una labor de orientación y coordinación de las luchas populares. El renunciar a la tarea concreta de dirigir y por ende a la de facilitar la cohesión y cooperación de los partidos comprometidos entre sí, riñe con su espíritu de frente único. Se comprende que esta deficiencia le merma importancia a la Unión Nacional de Oposición y la retrasa en su desarrollo.

¿Qué corresponde hacer si queremos sinceramente desatascar a la UNO e impulsarla hacia nuevas conquistas? Lo que la lógica del pueblo aconseja: apoyarnos en el lado bueno y curar el lado malo. O sea, primero, defender su programa nacional y democrático y aplicarlo creadora y consecuentemente a las circunstancias que vive el país; segundo, observar al pie de la letra su estatuto organizativo y llevar a la práctica los métodos democráticos de funcionamiento, creando un ambiente de franco intercambio de opiniones y de críticas y, tercero, corregir su estrechez directiva abarcando paulatinamente más y más asuntos de interés general y conveniencia recíproca, en tal forma que los organismos de dirección de la UNO puedan examinar, discutir y resolver democráticamente aquellos problemas revolucionarios en los cuales debe haber una política compartida, si de veras estamos resueltos a mantener la cooperación entre los diversos partidos coligados. Cumpliendo con estas tres normas iremos transformando los factores adversos en favorables. De insistir en esta línea es seguro que con el tiempo se adherirán a la Unión Nacional de Oposición nuevos contingentes de combate que alinearemos con los nuestros frente a las legiones del régimen bipartidista tradicional. Y viceversa, si descuidamos alguno de estos tres requisitos lo más probable es que a la UNO no se le sumarán fuerzas de consideración, y si lo hacen, será entrada por salida, debido, ya a las vacilaciones en la lucha contra los enemigos principales y comunes, ya a la falta de democracia interna o por pérdida de coordinación y cooperación en las políticas de mutua incumbencia. Estas tres reglas básicas, producto de la experiencia de la lucha revolucionaria colombiana, seguirán siendo válidas durante todo el curso de la etapa de construcción del frente único antiimperialista en nuestra patria. El proletariado como principal núcleo dirigente de la revolución las utilizará como las mejores herramientas para aglutinar en torno suyo al resto de clases y organizaciones revolucionarias. Quien persevere en ellas obtendrá triunfos y quien las menosprecie terminará aislado irremisiblemente. Esto es fácil de comprender. El programa común, la democracia interna y la dirección compartida son los requisitos fundamentales del frente único y éste es la principal estrategia revolucionaria para Colombia en la hora presente.

El Partido Comunista le ha endilgado al MOIR la culpabilidad de la parálisis de la Unión Nacional de Oposición en el periodo post-electoral. La queja se monta sobre el supuesto de que nuestro partido formula exigencias extremas de imposible cumplimiento. Ustedes, por ejemplo, nos reprochan.

“En relación con la unidad popular y concretamente con la UNO, el MOIR viene solicitando su ´radicalización´. ¿Qué entiende el MOIR por ‘radicalizar a la UNO’? Entiende que ésta se convierta en un ‘bastión inexpugnable’ al cual sólo tengan acceso ‘los verdaderos revolucionarios’”.[43]

Por supuesto que nosotros no hemos solicitado que la UNO se convierta en un “bastión inexpugnable” al que sólo tengan acceso “los verdaderos revolucionarios”. Al rompe se deduce que tan curiosa reclamación carece de sentido por abstracta, por absurda, por irracional. Son las libertades imaginativas que se toma con frecuencia el Partido Comunista para quitarse de encima a sus contradictores. Pero que sirva una sola consideración. Si el MOIR hubiese demandado las exigencias traídas de los cabellos y entre comillas por ustedes, o algo parecido, no habría podido avanzar un solo milímetro con este proceso unitario de tres años. En el sinuoso desarrollo de la revolución tendremos muchos compañeros de viaje.

Esta tal vez fue una de las primeras lecciones asimiladas por todos los militantes del MOIR. Sabemos que el proletariado colombiano necesita de la cooperación de otras clases y fuerzas amigas para procurarse las mejores condiciones hacia el socialismo, como son la liberación nacional y la democracia. Sin embargo, la clase obrera no arrastra tras de sí al grueso de la población colombiana en esta etapa exigiéndole que asuma una posición comunista, sino una posición patriótica y democrática en defensa de los intereses nacionales comunes y de aquellas reivindicaciones fundamentales de las distintas clases revolucionarias que las unen contra el enemigo principal: el imperialismo norteamericano y sus sirvientes lacayunos. Por eso la vanguardia proletaria defiende en la actualidad un programa que no es su programa socialista, sino el programa del frente único.

El MOIR no se ha hecho la ilusión de que sus aliados cambian de naturaleza porque se alíen a él. Ni jamás ha formulado en abstracto ninguna demanda. Fueron muy concretas las condiciones que planteamos para contribuir a crear la Unión Nacional de Oposición. Entre ellas propusimos que se aprobara un programa nacional y democrático. Y hoy, después de la rica experiencia vivida, seguimos considerando que quien ingrese a la UNO, sea revolucionario de “tiempo completo” o de “medio tiempo”, debe comprometerse a defender y aplicar consecuentemente sus nueve puntos programáticos. Y quien viole los compromisos contraídos merece ser severamente criticado. Éstas no son formalidades engorrosas o perturbadoras de las cuales podamos desembarazarnos para incrementar el montón. Son imperativos de principio, claros, concretos, necesarios y de fácil comprensión. Nadie conseguirá desvirtuarlos o refundirlos con litigios acerca de la cuantificación porcentual del grado de revolucionarismo de los aliados, o con alegatos sobre la necesidad de las alianzas tácticas, fugaces y cotidianas de las acciones unitarias que el proletariado realiza en beneficio de determinados puntos reivindicativos, para capear dificultades transitorias o aprovechar contradicciones de sus enemigos declarados. Se trata de las normas perentorias que regulan la alianza estratégica, permanente y a largo plazo que la clase obrera y su partido mantienen con otras clases y fuerzas dentro del “embrión” de frente único, como se ha insistido en apodar a la Unión Nacional de Oposición. ¿Podría ingresar a la UNO, preguntamos, una corriente política análoga al trotskismo tropical que rasga sus vestiduras delante del programa nacional de unificación popular e invita al proletariado de un país neocolonial y semifeudal a enclaustrarse y a rumiar un socialismo incontaminado de las impurezas y vanidades de este mundo? Indudablemente que no podría. Pero esto ya ha sido exhaustivamente explicado.

La cooperación entre los partidos de la UNO se encuentra prácticamente rota, a consecuencia de la “política suelta”. No ha habido ni puede haber solidaridad política en decisiones y luchas que no se examinan, discuten ni resuelven conjunta y democráticamente. Hagamos un replanteamiento general y audaz de este método disgregacionista y optemos porque poco a poco los organismos de dirección de la Unión Nacional de Oposición vayan resolviendo aquellos asuntos de importancia general para la lucha del pueblo colombiano y de recíproca incumbencia, con la participación democrática de todas sus fuerzas, aprovechando la experiencia de la campaña electoral unificada. Apoyémonos en el programa de nueve puntos y en las decisiones de la última convención, respetemos la democracia interna, discutamos las contradicciones y resolvámoslas sin pérdida de tiempo. Esta es nuestra propuesta. Al anunciarla no estamos creyendo con sobredosis de optimismo que la ruta esté expedita. Al revés, sabemos que se interponen enormes obstáculos, que prevalecen diferencias considerables, que la polémica pública ha sido inevitable y podría seguir siéndolo en el futuro. Sin embargo, al hacer nuestra propuesta, recurrimos para ello a las reiteradas oportunidades en que ustedes han manifestado estar dispuestos a consolidar y fortalecer la Unión Nacional de Oposición y a las justificadas esperanzas que ésta despertó en no despreciables sectores de la opinión popular.

EL PROLETARIADO DIRIGE A TRAVÉS DEL FRENTE ÚNICO

En las condiciones de Colombia la alianza de fuerzas políticas en torno a un programa común revolucionario, reclama a la vez la organización de una dirección compartida y democrática, necesidad doblemente urgente bajo las actuales circunstancias de relativo desarrollo de la revolución. En nuestra situación no podemos contentarnos con que combatimos a los mismos, luego para qué más acuerdos. Se hace indispensable coordinar y cohesionar las luchas de los distintos destacamentos que se enfrentan en una correlación desfavorable a un enemigo superior en fuerzas y con un mando central organizado, desde la propia jefatura del Estado. La UNO debe orientar la cooperación de sus partidos integrantes, si quiere sacar alguna ventaja material de su existencia.

En la Unión Nacional de Oposición no ha existido claridad sobre su función coordinadora y cohesionadora. Prima la tendencia de que cada partido decida por su cuenta y riesgo asuntos que por naturaleza conciernen a todas las fuerzas comprometidas. Muchas veces las decisiones unilaterales se presentan a los aliados como hechos cumplidos e irreversibles. En lugar de concentrar esfuerzos en tareas conjuntas, sus partidos integrantes se desgastan y debilitan en tácticas dispersas y con frecuencia contrapuestas. En esa forma la UNO es sólo una fachada de unidad, que la propaganda presenta como muestra de que también se cumple con el trabajo de construir el frente único, pero, como ha sucedido con la realización de casi todas las grandes estrategias de la revolución colombiana hasta el presente, no deja de ser eso, una fachada, una caricatura y un consuelo efímero.

El secretario general del Partido Comunista, quien había sostenido en la Segunda Convención que “los comunistas nos vemos a la UNO como un mero aparato electoral, sino como la semilla del Frente Patriótico de Liberación Nacional”, en la última convención pronunció las siguientes palabras:

“La UNO no pretende sustituir a la clase obrera. Es la clase obrera la que tiene que dirigir su propia lucha y las luchas de todo el pueblo por su emancipación”[44]

No es que estemos zurciendo demasiado delgado ni buscando con lupa los errores del Partido Comunista en su variado repertorio teórico, pero la conclusión es de bulto: según las últimas palabras citadas, la UNO no tiene nada que ver con la dirección de “las luchas del pueblo colombiano por su emancipación”. Ustedes ahondarán el alcance de dicha concepción y nosotros, que no estamos a la caza de triunfos fáciles, reconoceremos sin inconvenientes, si así se desprende de cualquier posterior aclaración, el criterio genuino que el autor de estas frases y con él el Partido Comunista tienen alrededor de la labor directiva de la Unión Nacional de Oposición. Pero como lo dicho dicho está, utilicémoslas como maestro negativo para completar nuestro pensamiento, de un lado, sobre la necesidad de que la UNO desempeñe una función coordinadora y cohesionadora de las luchas populares, mediante una dirección compartida, basada en la participación democrática de todas sus fuerzas y, del otro, sobre la relación entre la clase obrera y su partido con el frente único o con la “semilla” del frente único.

Con el argumento de que la clase obrera es el máximo dirigente de la revolución no podemos exonerar a la UNO, como frente de partidos aliados, de su papel muy concreto de dirección y coordinación. Por otra parte, el carácter de vanguardia del proletariado no tiene por qué contraponerse con los frentes de lucha que éste conforma. Todo lo contrario, su capacidad directiva se facilita enormemente con dichos frentes. Para ello los crea. A través de éstos el proletariado ejerce en mejores condiciones su misión orientadora y educadora de las amplias masas no proletarias. Y hay más, la clase obrera y su partido condenan los métodos burocráticos y despóticos de dirección. Cuando la clase obrera y su partido llaman a las otras clases revolucionarias a integrar con ellos un frente único, es sobre la base de la participación democrática de todas las fuerzas amigas y a todo nivel. Y cuando llaman a constituir una dictadura popular a más del 90 por ciento de la población colombiana, garantizan a todos y cada uno de sus aliados la plena democracia y la libre injerencia en los asuntos del Estado. Así y sólo así pueden la clase obrera y su partido dirigir y coronar exitosamente la revolución colombiana en la presente etapa.

Allí donde la clase obrera y su partido para llegar al socialismo encaran primero las tareas de la liberación del país y de las transformaciones democráticas, su lucha de clases adquiere la forma de la lucha nacional de liberación y su programa socialista lo postergan en aras de un programa que unifique a todas las fuerzas enemigas de la opresión externa. Con esto el proletariado no está traicionando sus intereses de clase, está optando por el único camino que lo conduce a su emancipación. La clase obrera y su partido no pierden de vista un solo instante sus máximas aspiraciones socialistas y comunistas. Por eso siempre que el proletariado propugna la formación del frente único, no se diluye en él, sino que mantiene su organización partidaria independiente y distinta del resto de organizaciones aliadas. La independencia del partido obrero dentro del frente único garantiza dos cosas: la dirección proletaria de la revolución democrática y el paso posterior al socialismo. Dentro del frente el partido obrero colombiano no desempeñará su papel de vanguardia negándoles la participación democrática a las otras clases revolucionarias en los organismos de dirección, lo ejercerá mediante una lucha ideológica y política, constante y aguda, que no pide ni da tregua, pero sin atropellar los principios democráticos que, junto con el programa común, permiten la cooperación de todos los patriotas en la gloriosa empresa de derrotar en nuestro suelo al imperialismo norteamericano y a sus lacayos criollos, y de fundar una república de obreros, campesinos, pequeños y medianos productores y comerciantes, intelectuales, en marcha al socialismo. El partido obrero no teme perder su supremacía en esta confrontación con las otras clases y partidos aliados, porque está armado de una ideología invencible, el marxismo-leninismo, que le permite por intermedio de la práctica conocer las leyes que rigen el desarrollo de la sociedad y trazar una estrategia y una táctica victoriosas. El partido obrero es, en fin, el más connotado defensor de los intereses del pueblo. El más insigne combatiente antiimperialista, el más consecuente garante de la democracia revolucionaria, por eso nadie podrá arrebatarle su liderazgo ganado en franca lid.

En Colombia no contamos aún con antecedentes de cómo ha de funcionar un frente de las proporciones indicadas, en el que concurran todas las organizaciones revolucionarias políticas y de masas, en torno a una dirección unificada y acatada, pero en la arena internacional existe ya una vasta experiencia al respecto. En la reciente guerra del Sudeste Asiático, que sirvió de escenario a la más resonante derrota del imperialismo norteamericano, tanto en el sur de Viet Nam como en Camboya y Laos, la lucha política y militar de los pueblos indochinos estuvo dirigida por sus correspondientes frentes de liberación nacional. En estas alianzas confluyen en pie de igualdad y sobre la base del centralismo democrático, al lado de los respectivos partidos proletarios, las más variadas organizaciones partidistas, gremiales, sociales y religiosas. La máxima dirección revolucionaria concreta en cada uno de los tres países indochinos recae en el núcleo central de su frente único, el cual no se limita a mantener una unidad formal de las fuerzas revolucionarias, sino a coordinar, orientar, organizar y decidir realmente sobre todas las manifestaciones de lucha, hasta la lucha armada. Los distintos partidos obreros de Indochina ejecutan su labor dirigente a través de dichas alianzas de unidad nacional. Y el nuevo tipo de dictadura establecido en Indochina es la dictadura democrático-popular de frente único dirigida por el proletariado. La experiencia de los pueblos indochinos corresponde en general a la situación de los países coloniales y neocoloniales atrasados sometidos a la dominación imperialista que combaten por la liberación nacional y las transformaciones democráticas, bajo la dirección del proletariado y en la era de la revolución socialista mundial. Colombia hace parte de estas naciones oprimidas y atrasadas del Tercer Mundo y su lucha es idéntica. No hemos copiado jamás mecánicamente la experiencia de otras revoluciones, empero resulta indudable que la enseñanza universal de la actual lucha de los pueblos coloniales y neocoloniales del mundo por su independencia y progreso es muy valiosa para nuestro pueblo, si la sabe aprovechar acertadamente y según las particularidades del país y las características de la revolución colombiana.

Plantear primero el criterio de que la Unión Nacional de Oposición sea una “semilla” del futuro frente patriótico y contraponer después la UNO a la dirección proletaria es borrar con el codo lo que se ha escrito con la mano. La misión de vanguardia de la clase obrera y la dirección compartida de todas las clases en una gran alianza nacional, no se excluyen sino que se complementan. Si queremos enrumbar a la UNO hacia el puerto distante de la formación en Colombia de un frente único antiimperialista, comencemos por establecer en su seno la dirección compartida de manera progresiva, hasta que abarque todos y cada uno de los aspectos de la lucha revolucionaria. En verdad esta concepción de la dirección compartida no la improvisamos ahora con el objeto de pasar al contraataque en la controversia pública del MOIR y el Partido Comunista. El compañero Francisco Mosquera ya la había enunciado precisamente en la Segunda Convención de la Unión Nacional de Oposición, del modo siguiente:

“La necesidad más urgente de Colombia, la reivindicación más sentida por el pueblo y la nación colombiana, por la cual han combatido las fuerzas revolucionarias y los sectores avanzados de las masas desde principios del siglo, de la que depende la salvación de nuestra patria, es la liberación nacional y la construcción de una república soberana, democrática, de obreros, de campesinos y del resto de fuerzas populares. Esta tarea determina y requiere de la unidad nacional de la unificación de más del 90 por ciento de la población colombiana bajo una dirección política, organizada y correcta compartida por todas las clases revolucionarias”.[45]

Si logramos una conclusión unánime alrededor de estas observaciones y coincidimos en que hay que darle nueva vida a la UNO, imprimiéndole un carácter activo de dirección y una mayor dinámica, podemos empezar anotando en la agenda de discusiones dos temas de palpitante actualidad para las fuerzas revolucionarias colombianas: 1) la lucha ante el gobierno de Alfonso López Michelsen, y 2) la unidad del movimiento sindical colombiano.