A LOS CIEN AÑOS DE LA MUERTE DE CARLOS MARX

De Marx:
Lo nuevo que yo he aportado

“En cuanto a mí, no me cabe el merito de haber descubierto ni la existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha entre sí. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto el desarrollo histórico de esta lucha de las clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de estas. Lo nuevo que yo he aportado ha sido demostrar. 1: que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción. 2: que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado. 3: que esta dictadura no constituye por sí más que el transito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases.

(C. Marx, Carta a J. Weydemeyer, 5 de marzo de 1852).

De Engels a Marx:
“Lo principal, publicar nuestras cosas”

“No solo debemos abstenernos de ocupar ningún puesto estatal, sin que, mientras sea posible, tampoco debemos aceptar ningún cargo en comités, etc., ninguna responsabilidad por lo que hagan los asnos, una critica implacable con relación a todos, y luego ese rumor del que no nos pueden privar todos los “complots” de estos brutos. Y esto podemos hacerlo. En el fondo siempre podemos ser más revolucionarios que estos amantes de la frase, porque nosotros hemos aprendido algo, y ellos no; porque nosotros sabemos lo que queremos, y ellos no; porque después de lo que hemos visto durante los tres últimos años, lo percibiremos todo con mucha más sangre fría que quienes se hallan personalmente interesados en el asunto.

“Lo principal en el momento presente es la posibilidad de publicar nuestras cosas; en una revista trimestral en cuyas paginas llevaremos acabo los ataques directos y defenderemos nuestra posición, manifestándonos contra personas concretas, bien en libros gruesos donde haremos lo mismo sin tener siquiera necesidad de recordare a ninguna de esas arañas. A mí modo de ver, lo uno y lo otro está bien; para un periodo largo y con el incrementó de la reacción, la primera posibilidad se me hace menos probable; la última por lo visto se convertirá cada vez más en el único recurso al cual tengamos que acudir. ¿Qué quedará después de estos comadreos y habladurías que toda la canalla de la emigración puede difundir sobre ti cuando le contestes con tú economía política?.

(F. Engels, Carta a Marx, 13 de febrero de 1851)

De Marx:
“Se trata de transformar al mundo”

“Los filósofos no han hecho que interpretemos de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

(C. Marx, Tesis sobre Feuerbach, 1846)

De Marx a Engels
“Sin ti nunca habría podido llevar hasta el fin esta obra”

“Espero y estoy firmemente convencido de que dentro de una año mis asuntos económicos se habrán arreglado hasta el punto de que podré mejorar radicalmente mi situación y volver a desenvolverme por mis propios medios. Sin ti nunca habría podido llevar hasta el fin esta obra (El Capital) y – te lo aseguro – siempre agobiaba mi conciencia, como una pesadilla, la idea de que tú malgastabas tus extraordinarias dotes en el comercio y dejabas que se embotasen, principalmente, por mí, y de que para colmo, aún debías compartir todas mus pequeñas contrariedades. Por otra parte, no voy a ocultármelo a mí mismo, todavía me aguarda un año de prueba.

De Engels:
“Marx un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento”

“De la descomposición de la escuela hegeliana brotó además otra corriente, la única que ha dado verdaderos frutos, y esta corriente va asociada primordialmente al nombre de Marx.

Permítaseme aquí un pequeño comentario persona. Últimamente, se ha aludido con insistencia a mi participación en esta teoría; no puedo, pues, por menos de decir aquí algunas palabras para poner en claro este punto. Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundamentación, y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté, si se exceptúa, todo lo más, dos o tres ramas especiales, pudo haberlo aportado también Marx aún sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que todos nosotros juntos. Marx era un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre.

(F. Engels, Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1888)

De la censura zarista sobre “el Capital”

“A pesar de que el autor sea, por sus opiniones, un socialista cien por cien, y que todo el libro tenga un neto cariz socialista, teniendo en cuenta sin embargo el hecho de que la exposición no puede ser calificada de accesible a todo el mundo y que posee, además, la forma de una demostración científica de tono estrictamente matemático, la comisión declara que es imposible perseguir esta obra delante de los tribunales”.

(Resumen del veredicto de la censura zarista sobre la traducción del ruso del Libro I de el Capital, 1872).

Editorial: LA VIGENCIA HISTÓRICA DEL MARXISMO

Al cumplirse el 14 de marzo cien años de la muerte en Londres de Carlos Marx, el Partido decidió valerse de la conmemoración para estudiar y difundir los hallazgos del genial alemán, cuyo sistema de pensamiento, designado honoríficamente con su nombre, alumbra la lucha emancipadora del proletariado. Con tal motivo se constituyó una comisión para que coordinara las múltiples actividades con que celebramos las efemérides. Entre las orientaciones impartidas por el Comité Ejecutivo Central se destacó la de no limitar la campaña educativa a los textos de Marx y Engels, sino ampliarla y sustentarla con los acopios posteriores de sus principales discípulos, Lenin, Stalin y Mao. Recomendación pertinente, pues se trata es de remarcar la trascendencia del marxismo. ¿Y de qué modo mejor que el de empezar por reconocer los reportes sobre los magnos transformadores sociales que debieron sus éxitos al rigor con que interpretaron las instrucciones de aquéllos y a la lealtad con que los defendieron?

Los ideólogos de la burguesía, ante la arrolladora ascendencia del creador del socialismo científico, acrecida con el paso del tiempo, lejos de ignorar sus prédicas cual lo intentaron en sus albores con la “conspiración del silencio”, ahora se empeñan en pervertirlas, desligándolas de las “impurezas” y “atrocidades” de sus continuadores y absorbiéndoles su savia revolucionaria. Reducir el marxismo a las ejecutorias de los expositores del Manifiesto Comunista, además de despojarlo de su verdadera dimensión histórica, significaría negarle su infinita capacidad de desarrollo.

Si ha habido un método ideológico que cimiente su pujanza en la ninguna resistencia a la evolución; en la predisposición a ajustarse o aprovecharse de las modificaciones que traen consigo los procesos naturales y sociales y los adelantos de las ciencias, ésa es la concepción del mundo elaborada por Marx y Engels. No configura un dogma cerrado o acabado al que ya nada ni nadie consigue enriquecer, o que se marchite ante la marcha incesante de los acontecimientos. Su fundamento materia lista y dialéctico le permite mantenerse al día y a la vanguardia del combate por los cambios en la naturaleza y la sociedad, y requiere, por ende, de las contribuciones que de cuando en cuando efectúan los portadores del progreso de los diversos países. Existe sólo a condición de que se innove. De ahí el interés que muestran las capas “cultas” para mantenerlo, contrariando su esencia, como un compendio disecado, sobre el que suena bueno lucubrar doctoralmente, mas al que hay que anularle cualquier incidencia creadora en los hitos de la revolución mundial, mientras no sea para achacarle los fracasos. Pero el pleito es gratuito. Los sucesos de aproximadamente ciento cuarenta años, desde el momento en que aquél quedara estructurado en sus rasgos fundamentales hasta hoy, ponen de manifiesto sus inmensas repercusiones, y que, distante de perder lozanía, se halla cada vez más resplandeciente, más actualizado, más victorioso. Justamente la frustración de las grandes gestaciones revolucionarias en dicho transcurso han de abonársele a la revisión u omisión del marxismo y no a su puntual observancia.

Los lineamientos teóricos dilucidados por los autores de La ideología alemana comienzan a perfilarse en el periodo en que las masas obreras de las naciones industrializadas de entonces ensayaban sus ataques contra el orden burgués establecido; contra ese mismo orden tras el cual se habían movilizado a la zaga de sus explotadores durante las rebeliones antifeudales, y que luego, sin comprenderlo muy bien, se volvía contra ellas y aparecía como la primera causa de su sojuzgación y la razón última de todas sus desgracias. La “igualdad” prometida no era más que un formalismo legal para encubrir la esclavitud asalariada. La “libertad” estatuida garantizaba únicamente las transacciones mercantiles del capitalismo, en las que al trabajador se le estima cual una mercancía más. Y la tan socorrida “fraternidad”, prohibida para los desposeídos, no pasaba de ser la que brinda el dinero. El proletariado europeo salta a la palestra en las décadas iniciales del siglo XIX y por su cuenta y riesgo emprende los embates contra la nueva extorsión sacralizada, pregonando con su rebeldía el asomo de un enorme sector social que, a semejanza de los anteriores, se reservaba también el derecho a moldear el mundo conforme a sus propias conveniencias. Con dos diferenciaciones: una, que nunca antes se lo había propuesto ni podía proponérselo la fuerza esclava de la sociedad; y otra, que el triunfo suyo, la instauración de la dictadura de dicha fuerza, desembocará en el término de todo tipo de explotación entre los hombres y por tanto en la supresión de las clases. A Marx le corresponde la distinción de proporcionarle el sustento a esta lucha y de dotar, a los artífices recién surgidos, de los materiales ideológicos indispensables con qué culminar la obra transmutatoria. El marxismo, que no irrumpe en ninguna otra época pretérita por ausencia de las condiciones reales que lo hicieron posible, inaugura una era entera en la historia de la humanidad. De no haber sido del cerebro germano nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818, aquellas herramientas espirituales hubieran brotado de cualquier otro, porque toda alteración en la estructura económica se refleja inexorablemente en las instituciones y demás campos de la actividad social, con sus respectivos conflictos entre segmentos de la población, bandos, dirigentes, ideas, etc., y el proletariado de cualquier modo se habría armado y pertrechado para su justa. Esto no lo ignoramos; pero asimismo podemos estar seguros de que la contextura marxista en que encarnó tal necesidad histórica luce irreemplazable por la hondura del examen, la vastedad de los temas, la belleza de la forma. Para lograrlo Marx ha de empeñarse en el análisis del capitalismo y probar que éste no integra la etapa definitiva sino que representa un escalón más del desarrollo, y que, cual los precedentes, nace y perece al cumplir su cielo, Acaba con los, sueños de la eternización del régimen burgués, al verificar que éste, al igual que los otros, perecerá cuando el incremento constante de las fuerzas productivas se vea estancado por las relaciones de producción que antes lo favorecían. Máxima ley de todos los sistemas que han prevalecido y que bajo el capitalismo se expresa particularmente en la antítesis entre el alto grado a que llega la socialización de la producción, de una parte, y de la otra, la distribución anárquica y la apropiación individual de los instrumentos y medios de la misma.

Aun cuando aquellos criterios estaban llamados a revolucionar toda la historiografía anterior, librándola del idealismo y de la metafísica y descubriéndole su hilo conductor con arreglo al cual se mueve, el autor de El Capital, en lugar de pretermitir las prodigiosas conquistas del conocimiento, se apoya en ellas y de ellas parte para erigir su edificio conceptual. En este sentido el marxismo es fruto y semilla de lo mejor del intelecto humano, del cual recoge cuanto fuere rescatable, desechando lo que riña con la realidad o la falsee, y al cual le retribuye generosamente, tan sólo restringido por las limitaciones y el penoso ascenso del saber científico. Así como Marx fue implacable con toda superstición religiosa, filosófica o de cualquier otra índole, recibía con gozo juvenil las revelaciones de un Darwin, de un Morgan o de un Laplace. Hereda la dialéctica hegeliana, pero la voltea, ya que, cual él mismo decía, se hallaba invertida, con los pies hacia arriba, corrigiéndole su arrevesada inspiración idealista. De Feuerbach adopta su postura materialista en la medida en que ciertamente lo era. Y de la conjunción de estas porciones incompletas de la filosofía alemana acopla su clarividente y armónica concepción y su método elemental y exacto: el materialismo histórico y dialéctico. Es la materia la que gobierna al, espíritu, no al contrario; y nada está estático sino que todo circula y se modifica permanentemente. Marx halló que la primera necesidad de los hombres estriba en proveer los medios con qué mantenerse y procrearse, para lo cual han de entrar en determinadas relaciones entre sí, el piso real que condiciona el resto de las manifestaciones sociales, como el Estado, la política, la cultura, en suma, la superestructura de la sociedad. Aunque las alteraciones en la base económica acarrean las mutaciones en la superestructura, y ello sea lo principal, ésta también evoluciona por sí misma e incide sobre aquélla, y a veces de manera decisiva, cual sucede en los desenlaces revolucionarios. Otro tanto pasa en la naturaleza, en donde las cosas cambian y se influencian mutuamente, alternándose los papeles en el curso de su desenvolvimiento. Lo que ora es efecto, luego actúa de causa y viceversa. Lo que se desempeña como general en un contexto, en otro lo hace de particular. Lo que ayer fue especie, mañana será familia, y así hasta el infinito. Tal la dialéctica de los procesos materiales que se reflejan en la dialéctica del pensamiento, síntesis suprema en que, en virtud del marxismo, culminan milenios de vigilias y divagaciones filosóficas.

Asimismo, ayudándose con el repaso crítico de la economía política inglesa y desarrollando los ingentes esfuerzos investigativos al respecto, el redactor en jefe de la Gaceta del Rin desentraña los misterios del valor de uso y del valor de las mercancías como sustratos, respectivamente, del trabajo concreto o útil y del trabajo abstracto o social; y corre el velo al secreto de la ganancia y del enriquecimiento del capitalista al averiguar la plusvalía y al explicar cómo ésta no es más que la parte no retribuida del trabajo del obrero, y que acumulada en las manos de aquél se convierte en fuente de la fortuna y la omnipotencia de unos pocos y de la ruina y el sometimiento de muchos. El asalariado vende su fuerza de trabajo, una mercancía cuyo costo equivale al mantenimiento suyo y de su familia y que al usarse, o consumirse en trabajo, crea un producto superior, con el cual se cubre dicho costo, quedando un excedente, que es el que se embolsa el dueño de la fábrica. A la par con la acumulación capitalista ocurren el auge constante y acelerado de la producción, la relegación del operario por la máquina y el. descenso de la cuota de ganancia, fenómenos que se traducen en crisis periódicas que obligan al capitalismo a suspender drásticamente su carrera, la que reinicia de nuevo, sólo después de que haya eliminado buena cantidad de sus fuerzas productivas con la quiebra de las empresas y el despido de los obreros. Un modo económico que condena a la indigencia a millones y millones de personas a tiempo que permite la mayor eclosión de bienes; riquezas colosales que carecen de pronto de quiénes las compren y disfruten, y muchedumbres abigarradas de hambrientos que sucumben ante una opulencia jamás vista. Un modo económico que tiene que sacudirse traumáticamente sus propios progresos y que mientras más se desarrolla más evidencia la indefectibilidad de una organización social distinta que encauce y se compadezca de tales progresos.

Marx prohija los anhelos del socialismo francés de erradicar las arbitrariedades que se han hecho patentes en el ordenamiento plantado sobre la explotación burguesa. Mas le reprocha sus quimeras; sus “falansterios”, bancos proudhonianos de intercambio y demás panaceas inventadas al margen del curso económico y de la pugna entre los antagónicos estratos sociales; sus ilusiones de convencer a los expoliadores para que voluntariamente se comidan a abrazar el evangelio de una virtuosa y filantrópica justicia. Contra tan pueriles utopías socialistas intercede por un socialismo científico, que sea la resultante natural del discurrir histórico, la ulterior construcción orientada sobre lo legado por el capitalismo fenecido, que se abra paso a través de la lucha de clases y distinga en el proletariado a su beneficiario, el agente que ha de encargarse de imponerlo. Las revoluciones del siglo XX, la rusa y la china entre ellas, refrendaron estas soberbias deducciones, así como han ratificado, junto con los extraordinarios avances de la ciencia en los más disímiles campos, las certezas y la utilidad de la metodología materialista y dialéctica. ¿Y quién niega, por ejemplo, que el crac de 1930, o los trastornos recesivos de 1970, o los de 1975, o los que en la actualidad afectan turbulentamente a los países más desarrollados, no son una palmaria demostración de las teorías marxistas, pese a que el capitalismo se ha trocado en monopólico y contabiliza a su haber los incalculables recursos hurtados a los pueblos sometidos del orbe?

Una guía para la acción
Debido a que no desciende de los reinos celestiales, como han sobrevenido las esotéricas doctrinas que buscan en los designios divinos la clave de las candentes incógnitas de la creación, y a que, en cambio, germina en la tierra fértil de la realidad, de donde desarraiga sus postulados en lugar de preconcebirlos, el marxismo engloba conclusiones, verdades y diagnósticos aplicables a las diversas circunstancias existentes, de los cuales nos servimos a objeto de descifrar las peculiaridades específicas de nuestro país y de nuestra causa. Y debido también a que su estilo investigativo exige la evaluación concreta de las condiciones concretas y da por sentado que éstas varían de acuerdo con sus leyes internas y sus relaciones externas, si lo esgrimimos adecuadamente, calaremos las diferencias o analogías de Colombia con los demás Estados y el sentido y la velocidad con que aquéllas se alteran.

Cuando en la segunda mitad de la década del sesenta rebatíamos los embrollos de grupos camilistas que, como Golconda, apostrofaban contra el rol dirigente del proletariado en el proceso revolucionario, no hacíamos otra cosa que recurrir a los asertos marxistas, que confirman de qué manera las huestes obreras crecen y se robustecen constantemente con la expansión de la industria mientras las otras clases se descomponen sin remedio. ¿Y qué hemos hecho cuando catalogamos a Colombia de nación neocolonial y semifeudal que gira en la órbita del imperialismo norteamericano, y de nueva democracia a la revolución que nos compete impulsar en esta etapa? Pues efectuar, con la asistencia de esa “guía para la acción”, la auscultación económica de los modos de producción prevalecientes en el país; identificar las disparidades de éste frente a las repúblicas capitalistas desarrolladas y sus similitudes con los pueblos del Tercer Mundo; distinguir las fuerzas sociales y discernir exactamente sus contradictorias funciones en la brega; preservar y hallar compatible la dirección proletaria con la naturaleza democrático-burguesa de la revolución; captar o inaceptable y estéril de querer brincarse etapas y pretender prescindir subjetivamente de cierto grado de capitalismo nacional, mientras éste cumpla aún una misión positiva y no haya agotado su decurso; comprender que la mayor urgencia de Colombia consiste en alcanzar la plena independencia y la cabal soberanía, cuyo cometido requiere de la colaboración de todas las clases, capas y sectores patrióticos y revolucionarios; prever que el régimen democrático que instauraremos se transformará en la sociedad socialista del futuro, y, en fin, ubicar y atender todos y cada uno de los tópicos esenciales en los que descansa la suerte de las masas y del Partido. Y a esto, no hace mucho, calificaban los trotskistas colombianos de falta de originalidad o de calco mecánico, ya que admitimos la presencia de una burguesía nacional en nuestro medio, susceptible de aliarse con nosotros en la pelea por la liberación y contra el desvalijamiento imperialista, lo cual coincide con lo que refiere Mao de la China de antes de 1949. Se les ocurría exagerada postración a lo extranjero, demasiada enajenación mental, el colmo del culto al dogma, que tomáramos del gran timonel chino sus aseveraciones y procedimientos, en cuanto guardan de universales, para auxiliarnos al indagar por nuestras propias características, así como aquél los tomara de Stalin y Lenin, y éstos, a su turno, de Marx y Engels.

Se torna gratificante recordar tales episodios en el centenario de la muerte del director fundador de la Nueva Gaceta del Rin, porque esos mismos socialisteros a ultranza se transmudaron posteriormente en fervorosos y cercanos compinches de los revisionistas criollos, quienes han andado siempre tras las huellas de las más exóticas banderías burguesas, repitiendo la monserga liberal sobre los lunares o los dones de la democracia oligárquica y sobre las fórmulas para recomponerla, o matizando hasta más no poder la contraposición que media entre el régimen representativo burgués y el popular y revolucionario que precisa Colombia y por el cual ya vienen contendiendo valiosos y masivos sectores de la población. Tamaña confusión y tamaño envilecimiento se han reputado cual inteligentísima maniobra para ensamblar el frente único y unir a los explotados y oprimidos, pero en el fondo, fuera de entregar las riendas a la burguesía aliada y suprimir de un tajo la hegemonía obrera en la conducción de la alianza patriótica, denotan el vacío absoluto de una política de principios, el desprecio olímpico por la teoría, en una palabra, el supino desconocimiento del marxismo, junto a la más pedante, superficial y estridente agitación de éste.

Una cosa es que de la disección que llevemos a efecto de la economía y de la conducta de las clases saquemos el proyecto general estratégico y táctico, y por ello advirtamos de la presencia de un fragmento burgués, constreñido por el imperialismo y marginado del mando, al que habremos de aproximar, facilitando su concurso con un programa democrático indicado, y otra diametralmente distinta secundar sus opiniones retardatarias y correr tras él, sobre todo cuando se pliega dócil a la reacción gobernante y le da la espalda a la revolución. Entonces no queda más disyuntiva que enmendarle la plana, impugnando sus vacilaciones e inclinaciones inmanentes a su condición social, y romper el acuerdo, si lo hay, a la espera de que pase la resaca y soplen los vientos benignos, el ciclón revolucionario. Lo que se dice un viraje táctico conveniente y en el plazo oportuno. De ello nos ocuparemos un poco más adelante. Sin embargo, no quisiéramos concluir el asunto que estamos abordando sin agregar algo más.

Del hecho de que en nuestro país, por su estancamiento relativo y el vasallaje externo, subsista una pequeña y mediana producción de tipo empresarial, tanto en la ciudad como en el campo, que urja medidas proteccionistas y ciertas libertades para no asfixiarse ante la extorsión de las capas monopólicas y parasitarias, y de que los representantes de aquellas formas productivas todavía puedan contribuir económica y políticamente a nuestro desarrollo, no se desprende que a la burguesía y a su sistema no les haya transcurrido, y desde hace rato, su momento histórico. El porvenir ineluctablemente ya no les pertenece. Y allí donde esta clase, o una parte de ella, consiga justificar sus aportes, como en el caso colombiano, su labor, con lo enjundiosa que llegue a ser, estará limitada por sus fatales impedimentos, sus irresoluciones, su innata debilidad, su temor a extinguirse. La gesta emancipadora la fortificará pero le espanta, porque presiente sus riesgos. Al proletariado no es que la revolución le convenga, así escuetamente, sino que constituye su elemento, su modus vivendi; y entre más honda sea, entre más categóricamente socave el antiguo orden, más realizado se verá, más íntegro será su poder.

Engels relata cómo, en las jornadas de mediados del siglo XIX, cuando los capitalistas estaban derribando el feudalismo y perfilando sus Estados nacionales, el crítico del Programa de Gotha le recomienda al proletariado -desde luego- que participe, pues con el advenimiento de la república se eliminan todas las interferencias que obstruyen su lucha de clases; y que apoye al destacamento burgués más consecuente y radical, pero cuidándose de postrarse ante los halagos, o de aceptar los ofrecimientos que le hiciere el régimen recién instalado, y resguardando celosamente su independencia política, para no traicionarse a sí mismo. Si esa advertencia ya era un deber indelegable de los trabajadores en las calendas en que el capitalismo se hallaba en su curso ascensional, ¿qué diremos hoy de nuestros acuerdos con la fracción progresista de la burguesía, cuando el mandato revolucionario histórico de ésta finiquitó hace casi una centuria y desde entonces se inauguró la época de la revolución mundial proletaria? Definitivamente los revisionistas, cual reza su apelativo, son unos renegados del marxismo.

Las enseñanzas sobre la táctica
Marx, el más glorioso apologista de la Comuna de París, mediante una certera apreciación de las trayectorias de las revoluciones, redondea la táctica a la que han de atenerse los obreros a fin de organizar y preparar sus contingentes y vencer en las contiendas por su emancipación de clase. Aunque no renuncia a las posibilidades de un derrocamiento pacífico de la minoría opresora en condiciones muy excepcionales, aconseja emplear la violencia para destruir la vieja máquina estatal e instaurar y mantener la nueva. No obstante, el blandir los instrumentos propiamente insurreccionales depende igualmente de factores económicos y políticos que en un momento preciso precipitan los levantamientos, y no de los deseos y caprichos de la vanguardia. Hay días subversivos y revolucionarios que equivalen y concentran años y decenios de ricos y rápidos sucesos, al igual que hay decenios tan pobres y lentos en que apenas si transcurren días de historia. De esta sencilla pero penetrante observación el activista de la revolución de 1848 concluye las pautas para distinguir la modalidad de pelea que preferirán los paladines proletarios en las distintas eventualidades. La mudanza de las cosas ocurre por intermedio de pausadas evoluciones seguidas de saltos bruscos, y ambas secuencias conllevan su importancia y se complementan recíprocamente. Durante los períodos apacibles se debe elevar la conciencia, acrecer la fuerza y ejercitar la capacidad combativa de los trabajadores, para que cuando lleguen las coyunturas de insurgencia no se les escapen por falta de la madurez y de la pericia necesarias. Pero como las masas no se educan más que con las lecciones de la experiencia práctica, el aprendizaje habrán de acometerlo interviniendo en los enfrentamientos de clase. La acción política es el medio y las reivindicaciones democráticas arrancadas al enemigo las espadas que convertirán a los noveles en expertos gladiadores. Por eso el fundador de la Internacional, fuera de que fustiga con denuedo a Bakunin y demás anarquistas por inducir a las mayorías apaleadas al total abstencionismo, degradándolas moralmente, embruteciéndolas aún más, entregándolas cual mansos rebaños a la demagógica influencia de los portavoces del capitalismo, reprueba firmemente toda, aventura que eche a pique en un instante lo cosechado con pacientes esfuerzos, les otorgue fáciles ventajas a los expoliadores y converja en la liquidación del movimiento. Y Marx no fue el teórico que se imaginan muchos, enclaustrado la existencia entera en su biblioteca y sustraído del acaecer cotidiano. Le tocó, a la inversa, inflamar en no pocas ocasiones el ánimo bizarro de los obreros en campaña, o incluso acudir solidariamente en socorro de alguna jornada perdida, como cuando, después de haber prevenido al proletariado francés respecto a un alzamiento extemporáneo, y una vez desatado, se levantó en su respaldo, considerándolo un mal menor frente a una capitulación sin combate, y escribiendo la más hermosa página sobre el primer ejemplo vivo en el mundo de un gobierno, aunque efímero, de los asalariados, la Comuna de París.

La revolución colombiana tiene indudablemente harto que aprender del marxismo, siendo el craso desconocimiento de éste su mayor deficiencia y su peor infortunio. Sin embargo, si se nos preguntase qué punto de tantos merece especial prelación para estudiarse, no vacilaríamos en señalar que los cánones tácticos encabecen la lista, de los asuntos por desenmarañar en un país en donde muchos de quienes se declaran seguidores de los preceptos sistematizados por el padre del comunismo, o son abates de secta, o anarquistas que se mimetizan de políticos pero que exaltan el terror a la categoría de una profesión para vivir de ella; o politiqueros burgueses infiltrados en las filas obreras, que hacen de los derechos humanos, de las reformas, de los reclamos y de la obtención de los abalorios económicos el objetivo máximo de las aspiraciones revolucionarias; o revisionistas retobados que hablan de la “combinación de todas las formas de lucha” para permitirse la licencia de caer en todos los extremos del oportunismo de derecha y de “izquierda” y eludir la responsabilidad de trazar un plan de acción proporcionado, que defina claramente las tareas prioritarias para cada tramo y que coadyuven en verdad a la nación y al pueblo y no a sus particularísimos y mezquinos intereses; o son simplemente los representantes genuinos de la vacua palabrería pequeñoburguesa que merodean por doquier pregonando con sus desastrosos experimentos cómo se debe “agudizar la pelea”, “crear las condiciones” y “pasar siempre a la ofensiva”.

Llevamos más de tres lustros de controversias contra tales descarríos antiproletarios y antimarxistas que tanto daño les han inferido a los trabajadores y a las masas populares en general; y, por lo que se aprecia, todavía nos falta demasiado para erradicar semejantes enfoques nocivos y actitudes de apurar las labores de la revolución. Cuando amagan extinguirse bajo el peso abrumador de sus incontables descalabros, las ya envejecidas desviaciones se reanudan de golpe, como si no hubiera sucedido nada, evidenciando únicamente su cerril contumacia, su tajante negativa a enjuiciar y a corregir sus errores. Una de las últimas de esas resurrecciones la presenciamos con el bochornoso espectáculo brindado por aquellas agrupaciones mamertas e hipomamertas, que en los comicios pasados promovieron desfachatadamente la conciliación con las oligarquías, a muchos de cuyos exponentes más reputados alabaron hasta la abyección por sus ofertas de “amnistía” y de “paz”, para luego proseguir en las mismas andanzas por las cuales se vieron obligados a solicitar clamorosamente los indultos y demás decretos pacificadores.

Por el análisis materialista precisamos que aquellas malsanas tendencias responden sustancialmente a dos factores singulares: de un lado, con el atraso de Colombia, perpetuado por el saqueo neocolonial del imperialismo, fluctúa un considerable volumen de capas medias que aunque se encaminan a la bancarrota no adquieren aún las miras del proletariado, pues a lo sumo entran a engrosar las legiones inmensas de los cesantes, a las que el régimen no es capaz de proporcionarles ocupación alguna; y del otro, el pernicioso influjo de la comandancia cubana que, además de servir de muñidora del socialimperialismo soviético, azuza y amamanta todos esos géneros oportunistas, para lo cual dispone, con la desesperación de dichas capas, de un caldo de cultivo insuperable. Mas por la dialéctica conocemos que en los desvaríos y fracasos de los diversos matices del extremoizquierdismo se gesta su contrario, el comienzo de su fin, hasta el punto de que entre más reluzcan y mas alarde hagan de su prepotencia, más dejarán a la intemperie sus fragilidades e incongruencias y más podrán los destacamentos organizados de la clase obrera contrastar y hacer valer la invencibilidad de los procederes revolucionarios.

De lo sintetizado hasta aquí se deduce otro aspecto clave, el de que la táctica marxista no se circunscribe, para delinear sus derroteros, a las peculiaridades del país respectivo, ni siquiera de un grupo de países, sino que ha de sopesar la situación mundial en su conjunto, medir la distribución de fuerzas que opera periódicamente a la más amplia escala y percibir el sello y el rumbo determinantes de la época de que se trate.

Cambios en la distribución mundial de fuerzas
Atrás dejamos establecido que a Marx y a su amigo Engels les tocó actuar en un momento en que, aun cuando el proletariado ya intentaba sus duelos contra sus contrincantes, no habían culminado las revoluciones burguesas y a aquél le aguardaba todavía un largo proceso de paciente preparación; su hora no sonaba aún y sus opugnadores llevaban la batuta y estampaban la firma a los acontecimientos. En eso yacía el rasgo sobresaliente de la situación histórica. Las fuerzas a nivel internacional se realinderaban según la entidad y el peso de los distintos países y de sus correlativos sectores dominantes, entre los que descollaban la Santa Rusia como el fortín de la reacción europea y la cerrada mancomunación de los intereses burgueses, contra la clase asalariada, que no hacían factible el triunfo obrero en una nación, sin un estallido general, el cual nunca se dio. Tales circunstancias condicionaban las perspectivas y el batallar revolucionarios. Abundan las referencias de ambos estrategas al respecto, subrayando los peligros del despotismo ruso, exhortando a golpear en el sitio y en el instante en que éste estuviera impedido para proceder, sin concederle gratuitas o innecesarias ganancias, y llamando a la unidad de los trabajadores del globo. “¡Proletarios de todos los países, uníos!”, como que era su consigna. La democracia de entonces liberaba a las naciones grandes de la Europa Occidental y se oponía acérrimamente al zarismo, que en procura de sus torvos propósitos, derrumbaba por doquier los manes del progreso, e impedía las aspiraciones nacionales de los pueblos pequeños y atrasados. En su itinerario obligado, la causa obrera internacional estaba compelida a brindar su concurso a las burguesías más osadas, alertando sobre el engaño de los movimientos que, como el paneslavismo, no eran más que mascarones de proa del oscurantismo ruso, y precisándose a sí misma que la instalación de la república y la obtención de los derechos democráticos le proporcionaría, nada más, pero tampoco nada menos, que el terreno ideal para su gesta libertaria, la cual exige la abolición completa de la explotación capitalista.

Con el siglo XX nace otra época. El capitalismo, que abandona la libre competencia, llega a la fase imperialista, su fase decadente y final. Entretanto el proletariado ocupa el lugar de adalid de la revolución mundial y ésta adquiere su impronta socialista. Las burguesías de los grandes Estados europeos, al cabo de un interregno de tres decenios, desde la devastación de la Comuna de París en 1871, y en el que conforme consolidan su poderío van perdiendo el ímpetu de la mocedad y mellando su espíritu innovador, desalojan a Rusia de la supremacía, con la que ahora emulan y al lado de la cual representan otras cuantas fortalezas prioritarias de la reacción. Inician, junto a la exportación de capitales, el apoderamiento y el despojo sistemáticos de las regiones de ultramar, originando la rebatiña entre sí por las colonias, puja para la que se arman tenaz y velozmente, hasta ir a parar a la conflagración que envolvió a todo el orbe “civilizado”, la hecatombe de 1914-1918. Esta implacable riña interimperialista crea los complementos, antes inexistentes, para la irrupción del socialismo en un solo país, tal como lo vaticina Lenin; siendo precisamente Rusia la primera en obtenerlo, bajo la sabia orientación del partido bolchevique y cual fehaciente prueba de los extraordinarios aciertos de sus preceptores, Marx y Engels. Tal es el distintivo y el viento predominante de la nueva era. Los más notorios reagrupamientos fueron: dentro de la clase obrera brota una facción aristocrática y chovinista que se nutre de las moronas que caen del festín de los regímenes saqueadores, y cuyas faenas piráticas y depredadoras acolita; lo más granado de las mayorías laboriosas persevera, con el liderazgo de los partidos marxistas, en arremeter contra la barbarie entronizada por las metrópolis y en denunciar la proclividad de la corriente socialtraidora, y, por último, simultáneo a la regresión de la Europa burguesa, insurgen en Asia los movimientos democráticos de los pueblos avasallados que despiertan al capitalismo y se yerguen en pos de las conquistas republicanas, alentados por una burguesía joven, cuyo más firme y voluminoso exponente son los campesinos.

De todo lo cual resulta la unidad combativa entre el socialismo de los proletarios de los países capitalistas y la democracia revolucionaria de las naciones colonizadas, contra la confabulación de los imperialistas y sus socios menores, el oportunismo vendido. Lenin se basa en dichas premisas para diseñar la táctica a seguir, insistiendo en no propiciar por ningún motivo la carnicería bélica de ninguna de las potencias en pugna y, antes por el contrario, propender a la guerra civil contra la provocación armada de todos los imperialismos.

Durante la Segunda Guerra Mundial se desencadena una inusitada y singular redistribución de los poderes enzarzados en la reyerta. Ante la imperiosa premura de resguardar a la Unión Soviética, a la sazón el único Estado socialista existente y principal baluarte del proletariado internacional, que se hallaba amenazada de muerte por los delirios hegemónicos de la Alemania hitleriana y de sus secuaces, Stalin hizo hincapié en la distinción entre los países “agresores” y los “no agresores” del ámbito imperialista y concitó a la conformación del más dilatado frente contra el fascismo, llamando a reclutar no sólo a los movimientos independentistas de las naciones subyugadas, a los contingentes obreros de todas las latitudes, comprendido el mismo gobierno de Moscú, y al resto de tendencias democráticas y progresistas del planeta, sino a Estados Unidos, a Inglaterra, al régimen francés gaullista estatuido en el exilio y a las demás autoridades burguesas contrapuestas al Eje. Esta precisa y justa estrategia, coincidente con las mutaciones presentadas, hundió al nazismo, salvó a la URSS, allanó el camino de la revolución para los cientos de millones de pobladores de China y para los otros pueblos de Europa que abrazaron el socialismo.

Dentro de una misma concepción nos hemos referido a dos épocas y a los sendos diseños tácticos concernientes a tres reagrupamientos sucesivos de las fuerzas sociales y políticas del mundo; y hemos expuesto, grosso modo, cómo los partidos revolucionarios del proletariado obtuvieron significativos lauros, al interpretar creadoramente las diversas variantes y comportarse en consecuencia, ceñidos a las enseñanzas del materialismo y de la dialéctica de Marx.

La regresión de la unión soviética y sus repercusiones
Ahora, y para hacernos a una idea global de las vicisitudes del marxismo, describamos la última y más trascendente reubicación de las fichas en el tablero internacional, la cuarta en la tabla cronológica de las modificaciones notables, que afecta, acaso como ninguna otra, a la lucha del proletariado. De la segunda conflagración queda un panorama destinado a desvertebrarse muy pronto: además de la URSS, que acaba revitalizada no obstante sus inenarrables sacrificios, se liberan Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia y Alemania Democrática, en Europa; y China, el Norte de Corea y el Norte de Viet Nam, en Asia, articulándose lo que se bautizó el “campo socialista”. En cuanto al club de los imperialismos, Estados Unidos emerge preponderante, indisputado y solvente, hasta el punto de que, ante el colapso de las otras potencias, se permite el lujo de financiar la reparación de la Europa humeante y asolada. En lo atinente a los pueblos avasallados, aunque muchos consiguen la república, la independencia política y otras de las libertades formales burguesas, continúan aherrojados bajo la rapiña económica de las metrópolis, primordialmente la norteamericana, o sea, generalízase el neocolonialismo como la modalidad preferida del desvalijamiento internacional. A las dos décadas comienzan a insinuarse unos vuelcos de una monta y de una incidencia inesperadas, que hoy, al cumplirse el centenario de la desaparición corporal de Marx, se divisan con toda nitidez y plenitud.

Con Nikita Kruschev, el Kremlin abjura del marxismo-leninismo e inicia su tenebroso trasegar en pos de la restauración del capitalismo y por la evocación del alma en pena de la Gran Rusia vandálica y tiránica. Por esas ironías de la historia, la patria de Lenin, la cuna del socialismo y el invicto campeón sobre las hordas nazis, la otrora gloriosa Unión Soviética, vuelve a ocupar su sitio de peor foco de la reacción y a reasir su antigua catadura de satrapía expansionista, mas desbordando los primigenios marcos continentales del siglo pasado, para desplegar sus intrigas diplomáticas y sus operaciones bélicas al más anchuroso nivel cósmico, y dispuesta a superar las marcas de crueldad y de vileza de los imperios que la han antecedido. A los Estados “socialistas” que están bajo su tutela les extrae jugosos dividendos y los somete a su férula política, colocándolos de correveidiles suyos en cuanto foro internacional se convoque e inmiscuyéndolos en los asuntos internos de los otros países, cuando no utilizándolos directamente en sus zarpazos guerreristas, cual solían hacerlo las seniles potencias con los pueblos de las colonias, a los que alistaban en sus ejércitos a fin de que realizaran por ellas las faenas de exterminio.- Paradigmas de tan humillante postración son Cuba y Viet Nam, cuyos regímenes serviles se desviven por adivinar y complacer los antojos de Moscú. Y con las naciones pequeñas y débiles que se rehusan a entrar en su cercado, los socialimperialistas porfían en convertirlas al “socialismo” mediante una fría y calculada labor catequizadora adelantada a sangre y fuego, como en Angola, Etiopía, Afganistán, Kampuchea y Lao.

En los años en que particularmente los chinos abrieron la polémica contra el revisimismo, contemporáneo, por allá a mediados de los cincuentas, no escasos observadores miraban con aire de incredulidad los severos enjuiciamientos y las aflictivas premoniciones sobre el curso que iban tomando las cosas en la Unión Soviética. Al cabo de cuatro lustros los crímenes y las infamias de las autoridades moscovitas, desde Krushev hasta Andropov, pasando por Brezhnev, le han otorgado con creces la razón a Mao Tsetung, quien oteó los profundos abismos adonde conduciría a la camarilla dirigente soviética la revisión del marxismo. Nadie refuta con certeza esta verdad de a puño, a no ser los involucrados en la comisión de tamañas enormidades. Y si no, ahí están las fechorías a tutiplén perpetradas por los nuevos zares en los océanos y continentes del orbe que no nos dejarán mentir. La viabilidad del regreso pasajero de un estadio superior en el desarrollo a otro inferior jamás ha sido contradicha por los materialistas dialécticos. Sin, embargo, el significado y las repercusiones de la metamorfosis ulterior de Rusia, que recurre a los procedimientos peculiares del imperialismo abogando por un reparto del mundo a favor suyo, y de unos Estados obreros relativamente débiles que se desdibujan, hipotecando su soberanía y autodeterminación nacionales a una superpotencia igualmente desfigurada, consisten en que tropezamos por prima vez con casos de sociedades socialistas que involucionan hacia el capitalismo.

Con lo execrable del asunto, no debiera parecer tan insólito. Marx lo engloba en sus magistrales conclusiones. El régimen socialista es una parada transitoria aunque necesaria hacia el comunismo, que no ha verdeado en su propia simiente, sino que ha de desenvolverse a partir de lo dejado por el capitalismo, y, por tanto, “presenta todavía -para expresarlo con las frases de aquél- en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede”(2) Pese a que elimina la apropiación individual sobre los medios e instrumentos productivos e instituye la dictadura del proletariado, no borra de inmediato las clases, ni la lucha de clases, ni la pequeña producción no socializable que engendra burguesía permanentemente, ni los conatos revanchistas y restauradores de los enemigos internos y externos. Aun cuando acaba con la esclavitud asalariada no puede impedir que los productos se distribuyan conforme al trabajo rendido por cada cual, norma supérstite del derecho burgués que mantiene la desigualdad entre los operarios, por naturaleza unos más aptos y capaces que otros y con necesidades mayores o menores. Tampoco desarraiga de un golpe la diferencia entre la ciudad y el campo, o la división entre los trabajadores manuales e intelectuales; ni las propensiones burguesas de éstos, de los técnicos, del personal calificado, las cuales se desvanecerán poco a poco y luego de una insistente y prolongada batalla por parte de los obreros organizados y disciplinados que ejercen el control estatal. Y si a lo anterior incorporamos una laxitud, un descuido indolente de la vigilancia y de la lucha del proletariado, una complaciente tolerancia con los privilegios que se vayan apostemando en los departamentos y secciones del gobierno socialista, no será muy difícil explicar la retrocesión, el aburguesamiento, el brinco hacia atrás, con todas y cada una de sus nefandas consecuencias. Pero ello, antes que rebatir a Marx, cual lo pretenden sus detractores, lo reafirma.

Lo asombroso de su tinosa percepción radica en que el socialismo tiene sentido en la medida en que extirpe los residuos que inevitablemente quedan de la vieja sociedad, vale decir, culmine la hazaña transformadora, de la cual la revolución económica, emprendida con la expropiación de los expropiadores, es apenas el primer paso de una larga travesía. Como hay que abolir las desigualdades remanentes, completar la destrucción de lo antiguo, y como mientras ello no se haga se chocará con la resistencia de las clases desalojadas del mando e incluso de los otros estamentos sociales que deban sus prerrogativas y su misma entidad a las mencionadas remanencias, la prosecución de la empresa revolucionaria no puede prescindir de los instrumentos coercitivos, violentos, de la dictadura del proletariado, un régimen que difiere harto de los anteriores porque se basa en el dominio de las mayorías y porque se va diluyendo con el incremento de dicho dominio. En tanto no se barra de raíz las relaciones de producción que generan las clases, no desaparecerán tampoco las relaciones sociales que descansan en estas clases ni las ideas que brotan de aquellas relaciones sociales; y hasta entonces las pujas entre los diversos criterios e intereses encontrados a su turno desapuntalarán o reapuntalarán los modos productivos sobrevivientes. Luego la pelea no se halla aún decidida en el socialismo, y el proletariado perderá el Poder si no lo sabe emplear en las tareas para cuya realización lo conquistó.

Aun cuando Marx esclarece el problema y Lenin lo previene con sus directrices y sus reiteradas exhortaciones acerca de las asechanzas de la restauración, a Mao le incumbe exponer en la práctica la cuestión de cómo evitar que China, tan gigantesca, compleja y hasta cierto punto atrasada, resbale otra vez al pantanero del que había salido; y ese cómo, o modelo histórico, por él aconsejado, es la Gran Revolución Cultural Proletaria, consistente en la sublevación de las masas, “de manera abierta, en todos los terrenos y de abajo arriba”, para recuperar en la superestructura de la sociedad las posiciones perdidas, desalojando de ellas a los seguidores del camino capitalista, y para consolidar las bases económicas del socialismo empuñando la dictadura proletaria. Y estas sublevaciones, u otras semejantes, habrán de sucederse no en una sino en varias coyunturas, hasta cuando la nave fondee en las costas del verdadero nuevo orden social, el orden comunista, y la humanidad deje de estar sometida a los ciegos dictados de la economía para tornarse, por fin, en soberana de los procesos productivos infinitamente desarrollados. Entonces el hombre sí mandará al cuerno de la luna al Estado, a las clases y a la política, y pasará del “gobierno sobre las personas” a la consciente “administración de las cosas”.

Con lo cernido hasta aquí palpamos mejor los móviles que aguijonean a la burguesía y al revisionismo contemporáneos en el apasionamiento por petrificar la doctrina de Marx, por encasillarla en la época en que vivió el polemista de La Miseria de la Filosofía, rehusándose a confrontarla con las peripecias de un siglo y rehuyendo el trago amargo de precisar su vigencia histórica, ante la disyuntiva de no poder ya ignorarla. Y de ahí también nuestra interesada inquietud por que se efectúe tal balance y se conteste sin ambages si las aportaciones de Lenin, Stalin y Mao son o no la continuación del marxismo, y si a éste lo refutan o no los avatares mundiales acaecidos desde su aparición, única forma de encarar científicamente el desafío y de hacerlo desde el ángulo proletario, sobre todo ahora en que atravesamos un período, convulsionado sí, pero en el que pareciera primar la conjura por arrebatarles a los trabajadores de todas las latitudes su arma ideológica y desmoralizarlos con los tropiezos de la revolución, cuando el escamoteo de los principios marxistas es el origen primordial de tales tropiezos y no la cura para superarlos.

Nos hemos extraviado de nuestro examen de la correlación de fuerzas en el mundo actual. Retomémoslo. Indicadas quedaron las mutaciones regresivas de la Unión Soviética y las razones que las motivaron. Falta añadir que la amplificación de los dominios del socialimperialismo se ha verificado fundamentalmente a costa de los Estados Unidos, que ya no ostentan la supremacía indisputada de sus fastos de ayer y se les ve declinar a diario, acosados además por la crisis de su sistema productivo, la competencia económica de las secundarias pero rehabilitadas potencias imperialistas y el movimiento de liberación nacional de las naciones neocoloniales. Las superioridades comparativas del expansionismo soviético, que le han otorgado la delantera en la disputa por el apoderamiento del orbe, se resumen así: la acentuada centralización económica y el corte marcadamente despótico del sistema de gobierno que lo exoneran de andarse con rodeos, consultas o dilaciones entorpecedoras; la férrea sujeción sobre las “repúblicas socialistas” pescadas en las redes imperiales, que lo abastecen de incontables recursos económicos y políticos para sus excursiones filibusteras; la vertiginosa adecuación de la economía a los fines bélicos, con la cual han venido asegurando pronunciadas ventajas tanto en los armamentos convencionales como atómicos y amedrentando a sus adversarios con el chantaje del hundimiento universal; la bien tejida y mantenida urdimbre de partidos mamertos que husmean por doquier, terciando en las luchas revolucionarias de los pueblos para que éstos cambien de grilletes, y la creencia aún difundida de que la URSS sigue siendo la URSS y sus criminales atentados, arbitrios forzosos para afincar el comunismo. La clase obrera ha de medir en su exacta dimensión estos factores, junto a los otros frescos giros de la política internacional, para hacer asimismo los ajustes apropiados a su táctica, no meramente dentro de las fronteras de cada país sino para saber qué merece ser respaldado o combatido en el exterior.

Hace veinte años entablábamos debates alusivos a los oscuros nubarrones que despuntaban en el horizonte de la estepa rusa; conjeturábamos acerca de cuál sería la réplica de los países de la Europa Oriental libertados en la década del cuarenta, y luego, si la invasión de 1968 a Checoslovaquia respondía o no respondía a una urgencia del internacionalismo proletario. La situación se ha desenvuelto con tan pasmosa celeridad que dichos conflictos, no obstante constituir los prolegómenos del drama, son ya expedientes fallados. Checoslovaquia no sería la única beneficiada de la “generosa” protección soviética. Docenas de países habrían de sufrir posteriormente el salvajismo de Moscú, o de sus testaferros, para salvarse de la barbarie de Washington. El campo socialista se desintegró, y hoy, después del abordaje cubano sobre Angola, en 1975, con el que el Krem1in iniciara su ofensiva militar estratégica por la toma del planeta, existen tantos o más territorios extranjeros ocupados por tropas invasoras que desfilan tras los negros pendones del hegemonismo naciente del Este, que los hollados por los ejércitos que marchan tras las amarillentas insignias de la superpotencia declinante del Oeste. Después de más de un siglo de fecundas experiencias recopiladas por sus preclaros pensadores, el proletariado ha de distinguir sin titubeos al expansionismo ruso como el blanco principal de sus ataques. En ello va implícita su recuperación al cabo de tantas felonías. Cuando encabece, impulse, o se solidarice con las revoluciones de los países expoliados, en procura de la cabal soberanía y plena autodeterminación de las naciones, cual es su deber internacionalista, tendrá que desvelarse por impedir que las revueltas contra los imperialismos se tornen en avanzadillas de la regresión soviética, denunciando enérgicamente las intrigas y componendas que en tal sentido gestionan los partidos revisionistas y sus epígonos. Ante los pertinaces signos anunciadores de la tercera conflagración mundial en la que se pondrá en juego la supervivencia de China y de los demás Estados y movimientos independientes y progresistas, deberá pugnar por un frente de combate contra el socialimperialismo, tan poderoso, que basado en la recíproca cooperación de las contiendas de los obreros internacionalistas por el socialismo, de las gestas patrióticas de los pueblos del Tercer Mundo y del resto de expresiones revolucionarias y democráticas del globo, abarque a las repúblicas del Segundo Mundo y no descarte siquiera la participación de los Estados Unidos.

Esta estrategia no podrá menos que redundar en pro de la causa del proletariado, pues responde a las reales contradicciones del presente período. Toma en cuenta las manifiestas flaquezas del bloque imperialista que se halla en los umbrales de una crisis económica quizá comparable a la de 1930, con sus zonas de influencia descompuestas, conmocionadas y reducidas por los golpes de mano de su feroz contrincante, e impotente para recobrar la iniciativa; y contempla también los lados fuertes de la otra superpotencia, sus Ventajas comparativas, el engaño de entrampar a las masas con el señuelo de un falaz socialismo que se enruta taimada pero obstinadamente a coyuntar un imperio colonialista vasto, lóbrego y sanguinario. De otra parte, encuadra con la irresistible tendencia democrática de los pueblos, no sólo de los países desarrollados, sino particularmente de los que habitan las regiones rezagadas y dependientes, en donde la acción de los capitales imperialistas ha coadyuvado a romper hasta los más escondidos remansos de la economía natural y a promover, hasta cierto punto, los modos capitalistas de producción, volcando a miles de millones de seres a la retorta del mercado mundial, sacándolos del aislamiento y despertando objetivamente sus ansias de libertad y dé trato equitativo entre las naciones, Así como de los escombros de la guerra del 14 surgió la primera sociedad obrera y de las devastaciones de las hostilidades de los cuarentas emergió un pequeño campo socialista y la abrumadora mayoría de países sometidos pasó a la vida republicana, adquiriendo los derechos democráticos formales, al sustituirse el saqueo abierto por el encubierto, de precipitarse el estallido de la tercera conflagración, pese a su carácter nuclear, significará el toque a rebato para que los pueblos coronen sus revoluciones inconclusas, aun en las metrópolis, sepulten el colonialismo económico y con él los delirios imperiales actuales de cualquier laya. El proletariado revolucionario no se dejará seducir por los cantos de sirena del pacifismo burgués ni se arredrará ante los apocalípticos augurios de los belicistas soviéticos. Al fin y al cabo los esclavos no tienen más que perder que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar, cual lo proclama el Manifiesto.

El marxismo auténtico es anticolonialista
Si en algún punto habremos de poner la palanca de nuestra propaganda para remover toda la bazofia del revisionismo contemporáneo, ese será el de la cuestión nacional. El estilista de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 y de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte también dilucidó la contradicción y la identidad existentes entre la índole internacionalista de la brega del proletariado y los contornos nacionales que ésta tendrá que poseer necesariamente.

Como producto histórico, la nación estriba en la confluencia de un núcleo humano, más o menos numeroso, que se asienta en un mismo territorio, se comunica mediante un determinado idioma, lo cohesiona una vida económica y una cultura comunes, amén de otros elementos que ha ido compartiendo, generaciones tras generaciones; y como Estado, en la connotación moderna del vocablo, cuaja por el apremio de la incipiente producción burguesa de contar con su propio mercado, que unido y regido por leyes de coactivo acatamiento, lo curen de la dispersión feudal y lo preserven de la competencia foránea. Allá y siempre que aquellos factores coincidieron, en la latitud Norte o Sur, en el pretérito remoto o cercano, aparecieron los países tal cual los conocemos hoy, con una que otra variante insustancial, si se mira el panorama globalmente, y fueron hechura del capitalismo.

Los pueblos que no han conseguido hacer prevaler sus fueros de naciones libres y han visto sus economías de continuo intervenidas y desfalcadas por los negocios de los más fuertes, encuéntranse relegados en el trayecto del progreso. Y son estos pueblos, principalmente de Asia, África y América Latina, los que aún contienden por la soberanía y la independencia reales, prerrequisitos de su prosperidad, porque las repúblicas capitalistas, que arribaron hace tiempos al monopolio y no caben en sus respectivas fronteras, expugnan las extrañas y las desvalijan. La burguesía, en la edad senil, blasfema de las proezas de la juventud y, de orfebre de naciones, se toma en azote de éstas.

El imperialismo, que es la máxima internacionalización del capital, burla cuanto dique se le interponga a su despliegue y al entrelazamiento más tupido de las relaciones mercantiles mundiales, lo que lleva a efecto por mecanismos conculcatorios y dividiendo el orbe entre países opresores y oprimidos. Ya anotábamos que el proletariado arranca su labor transformadora de lo legado por el régimen que ha de aniquilar; no combate desde posiciones más atrasadas que las de éste, sino que jala hacia adelante el carro de la historia, sin proponerse metas subjetivas que el devenir económico no autorice aún. Por consiguiente está de acuerdo con el incremento de las reciprocidades de todo tipo en la esfera internacional, y propende a la abolición completa de las desavenencias nacionales, de las barreras fronterizas y hasta de las naciones mismas. No obstante, en contraste con los capitalistas, media por que ello se efectúe respetando la autodeterminación y demás derechos inalienables de los pueblos y no pisoteándolos, y en el beneficio material y espiritual de éstos y no del selecto corro de matones que bravuconea a diestra y siniestra por los cinco continentes. La vía más expedita, o la única, para cumplirlo. Como en todo, el capitalismo plantea los problemas, e incluso provee en embrión los medios objetivos, físicos, para su solución, mas en lugar de resolverlos, los agudiza hasta el antagonismo. Mientras más se reprima los anhelos libertarios de quienes reclaman relaciones en pie de igualdad entre los habitantes del planeta, menos posibilidades habrá de que se disuelvan las prevenciones, los prejuicios, las tozudas e instintivas manías a enclaustrarse en el solar nativo y a repeler los contactos con el ambiente exterior, característica de las inmensas masas de las zonas discriminadas y estrujadas. Y mientras más se ahonden los desequilibrios en el desarrollo de los países, con mayor dificultad se entenderán igualitaria y armónicamente. De suerte que el antídoto no está en violentar el intercambio ni en forzar la “concordía”, sino en la rigurosa observancia de las claras y elementales normas de la democracia y en la anulación de las abismales desproporciones entre los niveles de vida de la población mundial. De manera análoga a como para deshacerse del Estado la humanidad ha de recorrer el tramo del afianzamiento del Estado obrero, para tachar los linderos nacionales debe antes recurrir a la reafirmación de las prerrogativas de todas las naciones y no de unas cuantas.

Los principios esbozados no representan una mera hipótesis teórica para explorar dentro de larguísimo plazo. Es que el descabello del imperialismo estriba en privarlo de las ingentes ganancias que succiona de sus neocolonias. Al recapacitar acerca de la dominación inglesa sobre Irlanda, el viejo y perspicaz militante de la Liga de los Comunistas se percató de que en esos rentables privilegios estaba el enigma tanto de la invulnerabilidad de la burguesía como de las pusilanimidades de los obreros de Inglaterra. La emancipación de los irlandeses, empujados doblemente por la acucia, económica y la aspiración nacional, desplazaría el centro de gravedad de la lucha en la metrópoli, permitiéndoles a los asalariados deshacerse de la presión de sus embaucadores, salirse del marasmo político y contraatacar. Sin cortarles primero los jugosos aprovisionamientos provenientes de su saqueo externo será poco menos que imposible dislocar internamente, dentro de sus repúblicas, el poder de los capitalistas engordados y endurecidos con los frutos de su bandidaje universal. Palpable desde el siglo pasado, actualmente este enfoque decuplica su vigor, merced a que las potencias imperialistas medio capean las crisis acaparando los mercados atrasados, los que convierten en áreas de sus inversiones y de los cuales extraen gigantescas riquezas naturales. Si los imperialismos han prolongado hasta hoy sus existencias se debe a tan vitales recursos. De perderlos, ipso facto cesará su pestañeo, pues las revoluciones democráticas de las neocolonias son a las revoluciones socialistas de las metrópolis lo que el prólogo de un libro es 1 su epílogo: preludio y remate de la epopeya obrera en el mundo entero. Y cuando dicho axioma había sido ya defendido airosamente por Lenin en su polémica contra los capituladores de la II Internacional, la descendencia de éstos, los revisionistas contemporáneos, enlodan de nuevo la bandera de la autodeterminación de las naciones, de palabra y de hecho, porque, a diferencia de sus progenitores, que carecían de poder propio, manipulan Estados pudientes con los cuales pisotean, vejan y exprimen a pueblos inermes. ¿Será eso socialismo?

A los cien años de la muerte del convicto de Bruselas y del exiliado de Londres, y simbólicamente desde su tumba florecida, los revolucionarios de las más diversas nacionalidades les espetan a los socialrenegados de hoy, en todas las lenguas, ¿serán socialismo los patíbulos soviéticos en Afganistán, los cadalsos vietnamitas en Kampuchea y Lao, los paredones cubanos en Angola? Los retamos a que nos respondan: ¿Será eso socialismo? ¿Hay dentro del marxismo-leninismo cabida para una política colonial socialista? ¿Les está permitido a los trabajadores que se emancipan adelantar guerras coloniales? ¿No es deber ineludible del obrero de la potencia invasora exigir la liberación incondicional del país sometido? ¿Se conseguirá acabar la explotación entre los hombres sobre la base de la expoliación entre las naciones? ¿Puede el proletariado triunfante de un país imponer la felicidad a otro país sin comprometer su victoria? ¿No forja sus propias cadenas el pueblo que oprime a otro pueblo? ¿Se estrechan los nexos fraternos entre el trabajador vietnamita y el kampucheano, el cubano y el etíope, el soviético y el afgano, con las lágrimas, la sangre y el sudor de los últimos, derramados por las dadivosas agresiones de los primeros? Sin embargo, ellos, los revisionistas prosoviéticos, que cotorrean como papagayos sobre la democracia en general y sobre los derechos humanos, no reparando en el abismo que media al respecto entre la posición burguesa y la proletaria, y que desconocen, o simulan desconocer que la autodeterminación nacional de los pueblos es uno de los postulados democráticos básicos, cuya ausencia convierte a cualquiera de las otras facultades constitucionales en una irritante irrisión, jamás afrontarán ninguna de aquellas acusadoras indagaciones sin confesar sus delitos y admitir su impostura. Contra su voluntad, contra sus infamias, contra sus mentiras, la vertiente comunista, la auténtica, los bolcheviques finiseculares, vindicarán la mancillada unión de los proletarios del globo al combatir ahincadamente las tropelías colonialistas de los senescentes imperialismos y de su impúdico e impúber contrincante, el socialimperialismo. ¡No a las anexiones territoriales! ¡No a la invasión militar y a la permanencia de tropas en tierras ajenas! ¡Abajo el socialismo invasor, ocupacionista y anexionista! ¡Atrás las intrigas, las presiones, las amenazas, los chantajes y los demás amedrentamientos de una nación contra otra efectuados con cualquier pretexto, por altruista que parezca!

Lo contingentes obreros fieles a los preceptos elucidados por Marx y sus continuadores seguirán organizándose nacionalmente, es decir, conformarán sus partidos y adelantarán su acción circunscritos a los linderos del país concerniente, amoldándose a la sustantividad de un mundo irremisiblemente parcelado en naciones; empero, sin olvidar nunca que su redención de clase demanda el combate unificado de las masas laboriosas del orbe y supeditando siempre los intereses particulares a los de la suerte del movimiento en su más amplio contexto. Gracias a ello los moiristas, que han tenido muy presente las singularidades de Colombia y les han dado a sus luchas las correspondientes y típicas formas nacionales, no prestan oído a quienes con frecuencia los invitan a recluirse en el campanario natal y a desentenderse de cuanto ocurra más allá de Ipiales o de San Andrés y Providencia, con lo que se hace eco a las oligarquías vendepatria, cuyo nacionalismo emboza sus serviles preferencias por los amos extranjeros del bloque occidental, sin desmedro de auspiciar de tarde en tarde las pretensiones expansionistas de los testaferros de la superpotencia de Oriente. Sobra añadir que no nos apartaremos ni un milímetro del internacionalismo proletario que venimos practicando. En esta nuestra atalaya, en la esquina septentrional de Suramérica, atisbaremos con viva preocupación los acontecimientos mundiales, listos a denunciar las piraterías de los colonialistas modernos de todo jaez y a solidarizarnos, en la medida de nuestra capacidad, con las bregas de las fuerzas revolucionarias diseminadas por los cuatro, puntos cardinales.

Hemos intentado apenas un bosquejo de las aportaciones de ese espécimen digno de la especie, que iniciara su ardua y prolija labor esclarecedora desde las páginas de los Anales franco-alemanes, en 1844, y descendiera al sepulcro treinta y nueve años después, dueño de su justo título del más grandioso de los campeones de la lid de los esclavos del salario. Con lo incompleto y defectuoso que este resumen sea, hay algo inobjetable en él: la vigencia histórica de Carlos Marx. Entendida no sólo como el merecido reconocimiento a un portentoso esfuerzo, sino como la creciente y decisiva validez del marxismo con el decurso de los almanaques. Lo pregonamos hoy, al siglo del deceso del primer militante de nuestra causa. Mas dentro de otro siglo miles de millones podrán repetir las mismas palabras.

Notas
(1) C. Marx, “Crítica del Programa de Gotha”, en C. Marx, F. Engels, Obras Escogidas, Tomo II, Moscú, Editorial Progreso, 1974, Pág. 14.

EL ESTADO

En la mayor parte de los Estados históricos los derechos concedidos a los ciudadanos se gradúan con arreglo a su fortuna, y con ello se declara expresamente que el Estado es un organismo para proteger a la clase que posee contra la desprotegida. Así sucedía ya en Atenas y en Roma, donde la clasificación era por la cuantía de bienes de fortuna. Lo mismo sucede en el Estado feudal de la Edad Media, donde el poder político se distribuyó según la propiedad territorial. Y a si lo observamos en el censo electoral de los Estados representativos modernos. Sin embargo este reconocimiento político de las diferencias de fortunas no es nada esencial.
Por el contrario, denota un grado inferior en el desarrollo del Estado, la república democrática, que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo una necesidad cada vez más ineludible, y que es la única forma de Estado bajo la cual puede darse la batalla última y definitiva entre el proletariado y la burguesía, no reconoce inicialmente diferencias de fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un modo más seguro.
De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios, de lo cual es América un modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las deudas del Estado y más van concentrando con sus manos las sociedades por acciones, no sólo el transporte, sino también la producción misma, haciendo de la bolsa su centro”.

(F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

El Estado es producto y manifestación de la inconciliabilidad de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en la medida en que las contradicciones de clase no pueden. Y viceversa, la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son inconciliables.

Según Marx, el estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases.
En opinión de los políticos pequeño burgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Para ellos, amortiguar los choques significa conciliar, y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha con el fin de derrocar a los opresores”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

Hablar de democracia pura, de democracia en general, de igualdad, de libertad, de universalidad, cando los obreros y todos los trabajadores están hambrientos, desnudos, arruinados y torturados no sólo por la esclavitud asalariada capitalista, sino también por una guerra de rapiña que dura cuatro años, mientras que los capitalistas y los especuladores continúan poseyendo ‘la propiedad’ robada y la maquina ‘existente’ del Estado, es burlarse de los trabajadores y explotados. Eso está en pugna con los axiomas fundamentales del marxismo, que enseña a los obreros; debéis utilizar la democracia burguesa, inmenso progreso histórico en comparación con el feudalismo, pero no olvides ni un solo instante el carácter burgués de esa “democracia”, su carácter convencional y limitado en el plano histórico, no compartáis la ‘fe supersticiosa’ en el ‘Estado’, no olvidéis que incluso en la república más democrática, y no sólo en las monarquías, el Estado no es sino una maquina para la opresión de una clase por otra”.

(V. Lenin, Democracia y dictadura, 1918).

Dictadura del proletariado

“Si te fijas en el último capitulo de mi Dieciocho Brunario, verás que digo que la próxima tentativa de la revolución francesa no sería ya, como ahora, el pasar la maquina burocrático-militar de una a otra mano, sino el destruirla y esto es esencial para toda verdadera revolución popular del continente. Y esto es lo que están intentando nuestros heroicos camaradas de partido de Paris, ¡Que elasticidad, que iniciativa histórica, que capacidad de sacrificio la de estos parisienses! Tras seis meses de hambre y de ruina, causadas más bien por la tradición de adentro que por el enemigo de afuera, se alzan bajo las bayonetas prusianas como si entre Francia y Alemania nunca hubiera habido guerra y como si el enemigo no estuviese a las puertas de Paris.
La historia no tiene otro ejemplo de semejante grandeza. Si son derrotados, sólo habrá que culpar a su ‘buen natural’. Debieron haber marchado en seguida sobre Versailles después que Vinoy primero, y luego la parte reaccionaria de la Guardia Nacional de Paris se hubieron retirado. Se perdió el momento oportuno por escrúpulos de conciencia. No quisieron desatar la guerra civil, como si ese torcido aborto de Thiers no hubiera desencadenado ya la guerra civil con su intento de desarmar París. Segundo error, El Comité Central abandono el poder demasiado pronto para dar paso a la Comuna. ¡Otra vez por escrupulosidad demasiado ‘honorable’! Pero, sea como fuere, este levantamiento de París – aun si sucumbe a los lobos, chanchos y viles perros de la vieja sociedad, es la hazaña más gloriosa de nuestro partido desde la insurrección parisiense de Junio”.

(C. Marx. Carta a Kugelmann, 12 de abril de 1871).

“Cuando estalló el movimiento revolucionario masivo del proletariado, Marx, a pesar del revés sufrido por este movimiento, a pesar de su corta duración y de su patente debilidad, se puso a estudiar que formas había revelado.
“La Comuna es la forma, ‘al fin descubierta’ por la revolución proletaria, en la que puede lograrse la emancipación económica del trabajo.
“la Comuna es el primer intento de la revolución proletaria de destruir la máquina estatal burguesa, y la forma política, ‘al fin descubierta’, que puede y debe sustituir lo destruido”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas”.

“El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase”.

(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848)

“El Estado es una organización especial de la fuerza, una organización de la violencia para reprimir a otra clase, cualquiera que sea. ¿A qué clase tiene que reprimir el proletariado? Esta claro que únicamente a la clase exportadora, es decir, a la burguesía. Los trabajadores necesitan del Estado sólo para aplastar la resistencia de los explotadores. Y este aplastamiento puede dirigirlo y efectuarlo sólo el proletariado, la única clase consecuentemente revolucionaria, la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa eliminación de ésta”.

(V. I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“Lo fundamental en la doctrina de Marx es la lucha de clases. Así se dice y se escribe con mucha frecuencia. Pero no es exacto.
De esta inexactitud dimana a cada paso una adulteración oportunista del marxismo, su falseamiento en un sentido aceptable para la burguesía. Porque la teoría de la lucha de clases no fue creada por Marx, no por la burguesía antes de Marx, y es, en términos generales, aceptable para la burguesía.

Quien reconoce solamente la lucha de clases no es aún marxista, puede resultar que no ha rebasado todavía el marco del pensamiento burgués y de la política burguesa.
Circunscribir el marxismo a la teoría de la lucha de las clases significa limitarlo, tergiversarlo, reducirlo a algo aceptable para la burguesía. Únicamente es marxista quien hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En esta piedra de toque es la que debe contrastarse la comprensión y el reconocimiento verdaderos del marxismo.

“Además, la esencia de la teoría de Marx acerca del Estado sólo la asimila quien haya comprendido que la dictadura de un clase es necesaria no sólo en general, para toda la sociedad dividida en clases, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa el capitalismo de la ‘sociedad sin clases’, del comunismo. Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su esencia es la misma; todos esos Estados son, de una manera o de otra, pero, en última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. Como es natural, la transición del capitalismo al comunismo no puede por menos de proporcionar una ingente abundancia y diversidad de formas políticas; más la esencia de todas ellas será, necesariamente, una; la dictadura del proletariado”.

(V.I. Lenin, op, cit)

“En su primera etapa o primer paso, tal revolución de una país colonial o semicolonial, aunque por su carácter social sigue siendo fundamentalmente democrático – burguesa y sus reivindicaciones tienden objetivamente a desbrozar el camino al desarrollo del capitalismo, ya no es una revolución de viejo tipo; dirigida por la burguesía y destinada a establecer una sociedad capitalista y un Estado de dictadura burguesa, sino una revolución de nuevo tipo, dirigida por el proletariado y destinada a establecer, en esa primera etapa, una sociedad de nueva democracia y un Estado de dictadura conjunta de todas las clases revolucionarias. Por consiguiente, esta revolución abre precisamente un camino aún más amplio al desarrollo del socialismo”.

(Mao Tsetung. Sobre la nueva democracia, 1940)

Extinción del Estado

“La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta idea de la revolución violenta, y precisamente en ésta, es la base de toda la doctrina de Marx y Engels”
“La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es posible mediante un proceso de extinción”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“Sólo en la sociedad comunista, cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación con los medios de producción sociales), sólo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Sólo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, verdaderamente sin ninguna restricción. Y sólo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, libres de la esclavitud capitalista de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituaran poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace milenios en todos los preceptos; a observarlas sin violencia, sin coerción, sin subordinación, sin esa maquina especial de coerción que se llama Estado.

“La expresión ‘el Estado se extingue’ esta muy bien elegida, pues señala la gradación y la espontaneidad del proceso. Solo la fuerza de la costumbre puede ejercer y ejercer sin duda esa influencia, pues observamos alrededor nuestro millones de veces con que facilidad se habitúan los seres humanos, al cumplir las reglas de convivencia que necesitan, si no hay explotación, si no hay nada que indigne, provoque protestas y sublevaciones y haga imprescindible la represión”.

(V.I. Lenin, op, cit)

LA CUESTIÓN NACIONAL Y EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

“Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.
“Se acusa también a los comunistas de querer abolir la patria, la nacionalidad”. “Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Más, por cuanto el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués”.
“El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen de día en día con el desarrollo de la burguesía, la libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de existencia que le corresponden”.
“El dominio del proletariado los hará desaparecer más de prisa todavía. La acción común del proletariado, al menos el de los países civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación”.
“En la misma medida en que sea abolida la explotación de un individuo por otro, será abolida la explotación de una nación por otra”.
“Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las naciones entre sí”.
“En resumen, los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político existente”.
“En todos estos movimientos ponen en primer termino, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que ésta revista”.
“El fin, los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países”.
“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos, proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.

“¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES UNIDOS!”
(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, diciembre de 1847 – enero de 1848)

“Me he venido convenciendo más y más, y ahora hay que inculcárselo a la clase obrera inglesa, que ella no podrá hacer nunca nada decisivo aquí, en Inglaterra, mientras no rompa de la manera más completa con su política irlandesa, con la política de las clases dominantes; mientras no haga causa común con os irlandeses y tome, incluso, la iniciativa para romper la Unión forzosa de 1801 y la remplace con una confederación igual y libre. El proletariado inglés debe seguir esta política, y no por simpatía a Irlanda. Si no, el pueblo inglés seguirá siendo llevado de la brida por las clases dominantes, pues tendrá que unirse a ellas para hacer frente común contra Irlanda. Todo movimiento popular en la propia Inglaterra es paralizado por la discordia con los irlandeses, que forman, en la misma Inglaterra, una fracción muy importante de la clase obrera. La primera condición de emancipación aquí, el derrocamiento de la oligarquía agraria inglesa, sigue siendo imposible, porque no se podrá tomar la plaza al asalto mientras esta oligarquía conserve en Irlanda sus fortines, muy sólidos. Pero, tan pronto como el pueblo irlandés tome su propia causa en sus manos, tan pronto como se haga su propio legislador, tan pronto como se gobierne a si mismo y disfrute de su autonomía, el aniquilamiento de la aristocracia agraria (que son, en gran parte, los mismos terratenientes aristócratas ingleses) será infinitamente más fácil que aquí, por que en Irlanda el problema no es solamente de orden económico, sino que se plantea al mismo tiempo la cuestión nacional, pues en Irlanda los terratenientes no son, como en Inglaterra, los dignatarios y representantes tradicionales de la nación, sino sus opresores odiados a muerte. Y no está paralizada solamente la evolución social interior de Inglaterra por las relaciones existentes con Irlanda, sino, además, su política exterior y, sobre todo, su política con Rusia y los Estados Unidos de América”.

(Carta de C. Marx a Luis Kugelmann; 29 de noviembre de 1869)

“Un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas”.
(C. Marx. Extracto de una comunicación confidencial – 1870)

“Para que las distintas naciones convivan o se separen (cuando más les convenga) libre y pacíficamente, formando diferentes Estados, es necesaria la plena democracia defendida por la clase obrera. ¡Ni un solo privilegio para ninguna nación, para ningún idioma! ¡Ni la más mínima vejación, ni la más mínima injusticia para ninguna minoría nacional! Tales son los principios de la democracia obrera”.

“Los obreros concientes están a favor de la plena unidad de los obreros de todas las nacionales en las organizaciones obreras de cualquier índole. Culturales, sindicales, políticas, etc. Los obreros crean en todo el mundo su cultura internacional, que han venido preparando desde hace mucho los defensores de la libertad y enemigos de la opresión. Al viejo mundo, al mundo de la opresión nacional de las discordias nacionales o del aislamiento nacional, los obreros oponen el nuevo mundo de la unidad de los trabajadores de todas las naciones, en el que no hay lugar para ningún privilegio ni para la menor opresión del hombre por el hombre”.

(V.I. Lenin. La clase obrera y la cuestión nacional, 16 de mayo de 1913)

“El nacionalismo pequeño burgués llama internacionalismo al mero reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones (que tiene un carácter puramente verbal), manteniendo intacto el egoísmo nacional, en tanto que el internacionalismo proletario exige: 1) la subordinación de los intereses de lucha proletaria en un país a los intereses de esta lucha en escala mundial; 2) que la nación que ha conquistado el triunfo sobre la burguesía sea capaz y esté dispuesta a hacer los mayores sacrificios nacionales en aras del derrocamiento del capital internacional”.

(V.I. Lenin. Esbozo inicial de las tesis sobre los problemas nacional y colonial, junio de 1920)

El socialismo y la autodeterminación de las naciones
“Si la emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿Cómo van a poder cumplir esta gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo? La aprobación impúdica, la falsa simpatía o la indiferencia idiota con que las clases superiores de Europa han visto a Rusia apoderarse del baluarte montañoso del Cáucaso y asesinar a la heroica Polonia; las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobierno respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones.
“La lucha por una política exterior de esté genero forma parte de la lucha general por la emancipación de la clase obrera”.

(C. Marx. Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 27 de octubre de 1864).

“Una cosa es indudable; el proletariado triunfante no se puede imponer a ningún otro pueblo felicidad alguna sin socavar con este acto su propia victoria”.

(F. Engels. Carta a C. Kautsky; 12 de septiembre de 1882).

“El imperialismo es la época de la opresión de las naciones del mundo entero, por un puñado de ‘grandes’ potencias, razón por la cual la lucha por la revolución socialista internacional contra el imperialismo es imposible sin el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. ‘Un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre’ (Marx y Engels). Un proletariado que acepte que su nación ejerza la menor violencia sobre otras naciones no puede ser socialista”.

(V.I. Lenin. El socialismo y la guerra. Julio – agosto de 1915).

“En torno a la cuestión colonial se formó en la comisión una mayoría oportunista, y en el proyecto de resolución apareció una frase monstruosa que versaba: ‘El Congreso no condena en principio y para todos los tiempos toda política colonial, que puede desempeñar una función civilizadora en un régimen socialista’. De hecho esta tesis equivalía a una regresión directa a la política burguesa y a la concepción burguesa, que justifica las guerras y atrocidades colonialistas. Esto es una regresión hacia Roosevelt, dijo un delegado americano. Las tentativas de justificar esta regresión con las tareas de la ‘politica colonial socialista’ y de llevar a cargo reformas positivas en las colonias fueron desafortunadas en sumo grado. El socialismo jamás a renunciado ni renuncia a defender que se hagan reformas también en las colonias, pero esto no tiene ni debe tener nada de común con el debilitamiento de nuestra posición de principios contra las conquistas, el sometimiento de otros pueblos, la violencia y el saqueo que constituyen la ‘politica colonial’.el programa mínimo de todos los partidos socialistas se refiere a las metrópolis y a las colonias. El propio concepto de ‘politica colonial socialista,’ es un embrollo sin pies ni cabeza. El Congreso ha obrado muy bien al arrojar de la resolución las susodichas palabras y sustituirlas por una condenación más enérgica todavía de la política colonial que en resoluciones anteriores”.

(V.I. Lenin. El Congreso Socialista Internacional de Stuttgart, septiembre de 1907).

“El socialismo triunfante debe implantar necesariamente la democracia completa y, por consiguiente, no sólo hacer efectiva la plena igualdad de derechos de las naciones, sino también convertir en realidad el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, es decir el derecho de libre separación política. Los partidos socialistas que no demuestren con toda su actividad tanto hoy como durante la revolución y después de triunfar ésta que liberaran a las naciones oprimidas y establecerán con ellas relaciones basadas en la libre alianza – y la libre alianza, no es más que una frase embustera sin la libertad de separación, esos partidos cometerán una traición al socialismo.
“El proletariado debe reivindicar la libertad de separación política para las colonias y naciones oprimidas por ‘su nación’. En caso contrario, el internacionalismo del proletariado quedará en un concepto huero y verbal; resultarán imposibles la confianza y la solidaridad de clase entre los obreros de la nación oprimida y los de la nación opresora”.

(V.I. Lenin. La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, enero-febrero de 1916).

El problema nacional y la revolución
“No hay país en Europa, que no posea en algún rincón remoto, al menos un pueblo permanente, dejado por alguna población anterior, relegado y subyugado por la nación que posteriormente se convirtió en depositaria del desarrollo histórico. Esos re remanentes de una nación, aplastados sin misericordia, como decía Hegel, por el curso de la historia, este desecho nacional es siempre el representante fanático de la contrarrevolución y continua siéndolo hasta ser completamente exterminado o desnacionalizado, puesto que toda su existencia es en si misma una protesta contra una gran revolución histórica.
“En Escocia, por ejemplo, los escoceses, defensores de los Estuardos entre 1640 y 1745. En Francia los bretones, defensores de los Borbones entre 1792 y 1800. En España los vascos, defensores de Don Carlos”.
“En Austria, los esclavos del Sur paneslavistas no son más que el desecho nacional de mil años de desarrollo inmensamente confuso. Es la cuestión más natural del mundo que este desecho nacional, tan enmarañado como el desarrollo que lo trajo a la vida, sólo vea su salvación en la reversión de todo el desarrollo europeo, el cual según él debe provenir no del oeste hacia el este, sino del este hacia el oeste, y que su arma de liberación, su vinculo de unión, sea el flagelo ruso”.
“En Austria, dejando a un lado a polacos e italianos, los alemanes y los magiares han asumido la indicativa histórica, tanto en el año de 1848 como en los mil años anteriores. Ellos representan la revolución.
Los eslavos del Sur, que han ido a la zaga de alemanes y magiares durante mil años, solamente se irguieron en 1848 para instaurar su independencia nacional a fin de aplastar al mismo tiempo la revolución de alemanes y magiares. Ellos representan contrarrevolución”.

(F. Engels. La lucha de los magiares, 13 de enero de 1849).

“A las frases sentimientos que aquí se nos ofrecen acerca de la fraternidad, en nombre de las naciones más contrarrevolucionarias de Europa, nosotros respondemos que el odio a los rusos fue continua siendo la primera pasión revolucionaria de los alemanes; que desde la revolución se ha agregado un odio a los checos y a los croatas, y que, junto con los polacos y los magiares, sólo podremos asegurar la revolución contra estos pueblos eslavos con los actos más decididos de terrorismo.
Sabemos donde están concentrados los enemigos de la revolución, en Rusia y en las tierra eslavas de Austria; y ninguna frase, ninguna referencia a un futuro democrático indefinido de estas tierras nos impedirá tratar a nuestros enemigos como enemigos”.

(F. Engels. El paneslavismo democrático, 16 de febrero de 1849).

“Como es sabido, Marx era partidario de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los intereses de la democracia europea en su lucha contra la fuerza e influencia, bien podría decirse; contra la omnipotencia y la predominante influencia reaccionaria del zarismo. El acierto de este punto de vista encontró su confirmación más palmaria y real en 1849, cuando el ejército feudal ruso aplastó la insurrección nacional-liberadora y democrático-revolucionaria de Hungría. Y desde entonces hasta la muerte de Marx, e incluso más tarde, hasta 1890, cuando se cernía la amenaza de una guerra reaccionaria del zarismo, en alianza con Francia, contra la Alemania no imperialista, Engels se mostraba partidario, ante todo y sobre todo, de la lucha contra el zarismo. Por eso, y solamente por eso, Marx y Engels se manifestaron contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos del sur. La simple consulta de cuanto escribieron Marx y Engels en 1848-1849 demostrará a todos los que se interesen por el marxismo, no para renegar de él, que Marx y Engels contraponían a la sazón, de modo directo y concreto, ‘pueblos enteros reaccionarios’ que servían de puestos de avanzada de Rusia en Europa a los ‘pueblos revolucionarios’; alemanes, polacos y magiares. Esto es un hecho. Y este hecho fue señalado entonces con indiscutible acierto; en 1848, los pueblos revolucionarios combatían por la libertad, cuyo principal enemigo era el zarismo, mientras que los checos y otros eran realmente pueblos reaccionarios, puestos de avanzada del zarismo.
“Si la situación concreta ante la que se hallaba Marx en la época de la influencia predominante del zarismo en la política internacional volviera a repetirse bajo otra forma, por ejemplo, si varios pueblos iniciasen la revolución socialista (como en 1848 iniciaron en Europa la revolución democrático-burguesa), y otros pueblos resultasen ser los pilares principales de la reacción burguesa, nosotros también deberíamos ser partidarios de la guerra revolucionaria contra ellos, abogar por ‘aplastarlos’, por destruir todos sus supuestos de avanzadas, cualesquiera que fuesen los movimientos de pequeñas naciones de allí surgiesen. Por tanto, no debemos rechazar, ni mucho menos, los ejemplos de la táctica de Marx, lo que significaría reconocer de palabra el marxismo y romper con él de hecho, sino, a base de su análisis concreto, extraer enseñanzas inapreciables para el futuro. Las distintas reivindicaciones de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático (hoy socialista) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una particular se halle en contradicción con el todo; entonces hay que desecharla. Es posible que en un país, el movimiento republicano no sea más que un arma de las intrigas clericales o financiero monárquicas de otros países, entonces, nosotros no deberemos apoyar ese movimiento concreto. Pero sería ridículo excluir por ese motivo del programa de la socialdemocracia internacional a consigna de la República”.

(V.I. Lenin. Balance de la discusión sobre la autodeterminación, julio de 1916).

“El carácter indiscutiblemente revolucionario de la inmensa mayoría de los movimientos nacionales es algo tan relativo y peculiar como lo es el posible carácter reaccionario de algunos movimientos nacionales concretos. El carácter revolucionario del movimiento nacional, bajo las condiciones de la opresión imperialista, no presupone en modo alguno, forzosamente, la existencia de elementos proletarios en el movimiento, la existencia de un programa revolucionario o republicano a que obedezca el movimiento, la existencia en éste de una base democrática. La lucha que el emir de Afganistán mantienen por la independencia de su país es una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de las ideas monárquicas del emir, y de sus correligionarios, puesto que esta lucha debilita, descompone, socava los cimientos del imperialismo.
La lucha de los comerciantes y de los intelectuales burgueses egipcios por la independencia de Egipto es, por las mismas causas, una lucha revolucionaria, a pesar del origen burgués y la condición burguesa de los lideres del movimiento nacional egipcio y a pesar de que están en contra del socialismo; en cambio, la lucha del gobierno laborista ingles por mantener la situación de dependencia de Egipto es por las mismas causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen proletario y de la condición proletaria de los miembros de este gobierno, y a pesar de que son ‘partidarios’ del socialismo. Y no hablemos del movimiento nacional de otros países coloniales y dependiente más grandes como la India y China, cada uno de cuyos pasos en la senda de la liberación, aun cuando infrinja las exigencias de la democracia formal, representa un mazazo asestado contra el imperialismo, es decir, un paso indiscutiblemente revolucionario”.

(J. Stalin. Los fundamentos del leninismo, abril de 1924)

“La igualdad nacional de derechos, que, en sí, es una conquista política de gran importancia, corre sin embargo el riego de quedar educida a una palabra vacía, si no existen las posibilidades y los recursos suficientes para poder utilizar este derecho de importancia extraordinaria. Es indudable que las masas trabajadoras de los pueblos atrasados son impotentes para utilizar los derechos que les confiere la ‘igualdad nacional de derechos’ en la misma medida en que pueden hacerlo las masas trabajadoras de las nacionalidades avanzadas; la desigualdad efectiva entre las nacionalidades (cultural, económica), heredada del pasado y que no puede ser liquidada en el espacio de uno o dos años, se deja sentir. Esta circunstancia se experimenta con particular intensidad en Rusia, donde toda una serie de nacionalidades no han tenido tiempo de pasar por el desarrollo capitalista, y donde otra ni siquiera han entrado en él, y carecen o casi carecen de un proletariado propio; donde, a pesar de la completa igualdad nacional de derechos, que ya ha sido realizada, las masas laboriosas de esta nacionalidades son impotentes, en virtud de su atraso cultural y económico, para utilizar en grado suficiente los derechos adquiridos por ellas. Esta desigualdad se dejará sentir aún con mayor intensidad ‘al día siguiente’ de la victoria del proletariado en Occidente, cuando entren inevitablemente en escena las múltiples y atrasadas colonias y semicolonias, situadas en los más diversos grados de desarrollo. De aquí, precisamente, la necesidad de que el proletariado triunfante de las naciones avanzadas acuda en ayuda, ayuda real y prolongada, de las masas trabajadoras de las nacionalidades atrasadas, para su desarrollo cultural y económico; la necesidad de que les ayude a elevarse al grado superior de desarrollo, a alcanzar a las nacionalidades que se han adelantado. Sin esta ayuda es imposible organizar la convivencia pacifica y la colaboración fraternal de ellos trabajadores de naciones y pueblos diversos en una economía mundial condiciones tan necesarias para la victoria definitiva del socialismo”.

(J. Stalin. El planteamiento del problema nacional, 2 de mayo de 1921).

La nueva situación mundial
“A mi juicio, los Estados Unidos y la unión Soviética constituyen el primer mundo; fuerzas intermedias como el Japón, Europa y Canadá integran el segundo mundo, y nosotros formamos parte del tercero. El tercer mundo comprende una gran población. Toda Asia, excepto el Japón, pertenece al tercer mundo, África entera pertenece también a éste, e igualmente América Latina”.

(Mao Tsetung. Conversación sostenida con un dirigente del tercer mundo; febrero de 1974).

“El revisionismo soviético y el imperialismo norteamericano, confabulándose entre sí, han perpetrado tantas fechorías e infamias que los pueblos revolucionarios del mundo entero no los perdonarán. Están alzándose los pueblos de los diversos países. Ha comenzado un nuevo periodo histórico, el de la lucha contra el imperialismo norteamericano y el revisionismo soviético”.

(Mao Tsetung. Mensaje a los dirigentes de Albania, 17 de septiembre de 1868).

Puede afirmarse que si, a pesar de todo, los imperialistas desencadenan una tercera guerra mundial, como resultado de ésta otros centenares de millones pasaran inevitablemente al lado del socialismo, y a los imperialistas no les quedará mucho espacio en el mundo; incluso es probable que se derrumbe por completo todo el sistema imperialista”.

(Mao Tsetung. Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo, 27 de febrero de 1957).

TRAZOS BIBLIOGRÁFICOS DE CARLOS MARX

El 14 de marzo de 1983 los marxista-leninistas y los obreros avanzados del mundo conmemoran, con profundo respeto, el primer centenario del fallecimiento del fundador del socialismo científico, Carlos Marx. La exaltación de su memoria, repetida en esta ocasión por millones de personas en todos los países de la Tierra, confirma el vaticinio que ante su tumba hiciera su gran amigo y camarada, Federico Engels: “Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos”.
Hace cien años, en efecto, “Marx dormía dulcemente para siempre en un sillón”, según las palabras de Bladimir Ilich Lenin. Pero a pesar del tiempo, sus ideas mantienen validez y han hallado continuadores que conquistaron victorias históricas imperecederas.
Como su obra, su vida está llena de lecciones proletarias de las cuales cada día pueden aprender los revolucionarios, y el marxismo, desarrollado al calor de la lucha por el mismo y por Engels, Lenin, Stalin y Mao Tsetung, es la ideología de la clase obrera, la expresión teórica de sus intereses la ciencia de la transformación de la sociedad.

Los primeros años
Carlos Marx nació el 5 de mayo de 1818 en la ciudad alemana de Tréveris, en la Prusia renana; fue el tercero entre los siete hijos de la familia del abogado Heinrich Marx, un hombre relativamente acomodado y progresista que había recibido la influencia de la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII, cuando Renania perteneció a Francia como consecuencia de las guerras napoleónicas y fueron abolidas allí muchas de las cargas feudales.
Tras ser reincorporada a Prusia, en 1814, la región experimentó sensibles retrocesos políticos y económicos, la gente sufrió un acelerado desempleo y vio crecer el descontento a la par con la influencia de las corrientes políticas francesas que proclamaban el socialismo en sus formas utópicas y pequeño burguesas.

En Tréveris acudió Marx al colegio y, a los 17 años, con ocasión del final de sus estudios básicos, redacto un trabajo titulado “Reflexiones de un joven al elegir profesión”, en el cual consignó su deseo de poner su vida”al servicio de la humanidad”. Acto seguido se matriculo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bonn, y un año después se traslado a la de Berlín, donde obtuvo su doctorado en jurisprudencia en 1841.

Durante su vida universitaria, Marx se interesó de manera especial en la filosofía y la historia. Desde entonces su rigor y su dedicación se hicieron patentes y pronto descolló entre los jóvenes “hegelianos de izquierda”, los cuales, sobre todo bajo la influencia de Ludwing Feuerbachm propugnaban una revisión crítica de la filosofía clásica alemana y se proponían extraer conclusiones radicales de los escritos de Hegel. En su tesis de grado Marx defendió la lucha que, contra los perjuicios religiosos y en pro del materialismo, había esbozado el filósofo antiguo Epicuro. Sus ideas se enmarcaban aún en lo que describió en una carta a su padre como “mi actitud y mi desarrollo anterior, puramente idealista”.

De la filosofía a la política
Tan pronto como terminó sus estudios universitarios, Marx intentó hacerse profesor en Bonn, pero pronto captó que la política reaccionaria del Estado prusiano cerraba las puertas de la cátedra a cualquier tipo de pensamiento crítico. Sin embargo, los acontecimientos históricos del momento no dejaban margen para la inactividad. En abril de 1842, de nuevo en Renania, Marx se vinculó a la “Gaceta del Rin”, periódico fundado meses atrás por la inquieta burguesía de la ciudad de Colonia, en octubre fue nombrado como su jefe de redacción, y lo convirtió en el más importante vocero de la democracia revolucionaria. En el curso de su infatigable trabajo periodístico, Marx tomó contacto con la vida y la lucha de las masas populares de Alemania y conoció el movimiento obrero de diversos países. Poco a poco, se empapó de las ideas socialistas que por esos días circulaban en Europa.
El gobierno de Prusia, atemorizado por las orientaciones del periódico y por la influencia que acumulaba, lo sometió a la censura hasta el punto de prohibirle la publicaciones de una aviso de la traducción de la “Divina Comedia” de Dante, “porque con las cosas divinas no debe hacerse comedia”, y terminó por ordenar su cierre en enero de 1843. Marx decidió entonces abandonar su patria, y con varios amigos y colaboradores concertó la fundación de una nueva publicación que asimilara las corrientes del socialismo francés y las propagara entre los trabajadores alemanes. Al mismo tiempo, se dedicó con ardor a la economía, pues consideraba que su conocimiento le era imprescindible para estimular la unidad en la acción política entre los intelectuales revolucionarios y las masas obreras.

Antes de su partida, Marx contrajo matrimonio con Jenny von Westphalen, amiga suya desde la infancia, y en su compañía viajó a París. En Francia escribió una penetrante “Critica de la ‘Filosofia del Derecho’ de Hegel”, a través de la cual superó los planteamientos meramente antirreligiosos de Feuerbach y de todo el “hegelianismo de izquierda”, que, aunque materialista en la interpretación de la naturaleza, seguía siendo idealista en cuanto a los fenómenos históricos, sociales y políticos. Poco después señalaría:”los filósofos no ha hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

En Paris, Marx alternó sus investigaciones con una diligente brega política. Frecuentaba los suburbios obreros y trabó amistad con dirigentes de los trabajadores, en particular con los de la llamada Liga de los Justos, aunque también con líderes como Luis Blanc, Pedro José Proudhon y Miguel Bakunin. Tras la superación de numerosos escollos, finalmente en enero de 1844 aparecieron los “Anales Franco-Alemanes”, bajo la dirección suya y de Arnoldo Ruge, y con la colaboración del poeta Heinrich Heine; empero, las dificultades para la circulación en Alemania y las discrepancias entre sus directores no permitieron que hubiera una segunda entrega.

Ya en este órgano de expresión, a los 26 años, Marx se revelaba como el revolucionario que propone “someter todo lo existente a una critica implacable”, llegar a la raíz de las cosas y hacer que la teoría llegue a las masas para que éstas se la apropien, conviertan “el arma de arma de la critica” en “la critica de las armas” y así estén en capacidad de “derribar todos los sistemas en los que el hombre es humillado, esclavizado, abandonado y despreciado”.

Construyendo el partido obrero
En septiembre de 1844 Marx se encontró en París con Federico Engels, quien a partir de la mutua identificación ideológica que los ligó desde entonces, fue su más entrañable compañero de combate. Juntos, Marx y Engels, arremetieron contra las teorías socialistas pequeño burguesas que primaban entre los grupos revolucionarios parisinos y contra la filosofía alemana. Tras exhaustivos estudios, armados a la par de contundentes razones y de una ironía demoledora, refutaron el idealismo hegeliano en “La sagrada familia” y “La ideología alemana”. Posteriormente, Marx hizo lo propio con las doctrinas liberales de la “Filosofía de la miseria” de Proudhon, en su “miseria de la filosofía”.

En 1845, molesto por la creciente influencia de Marx entre el proletariado, el gobierno de Prusia gestiono ante el de Francia su expulsión. Se trasladó entonces a Bruselas, desde donde continuó su lid. Entre tanto nacieron sus dos primeras hijas, Jenny y Laura, y su hijo Edgar, quien solo viviría ocho años. A mediados de 1847, la Liga de los Justos celebró un congreso al cual fueron invitados Marx y Engels; con su guía, la organización tomó el nombre de Liga de los Comunistas, y cambio el viejo lema de la hermandad del género humano por el de “Proletarios de todos los países, uníos”. El segundo congreso de la Liga, realizado en noviembre, les encomendó la redacción del “Manifiesto del Partido Comunista”, que vio la luz en Londres en 1848. Este programa genial expone claramente la concepción proletaria del mundo, su definición del materialismo, la dialéctica, la lucha de clases, la misión histórica de la clase obrera, el papel de vanguardia de su partido y su actitud internacionalista.

Días antes de aparecer el “manifiesto” estalló en Francia la revolución democrático-burguesa de febrero del 48 y Marx fue detenido y deportado a Bélgica. Regresó a París, reorganizó allí el Comité Central de la Liga, del cual fue elegido presidente, y paso luego a Alemania. Tras establecerse en Colonia, fundó la “Nueva Gaceta del Rin”, que publicó entre junio de 1848 y mayo de a849.
Desde sus páginas, Marx y Engels orientaron la actividad de las masas, no sólo alemanas sino también de otros países. Analizaron certera y profundamente los borrascos acontecimientos, casi diarios, de las revoluciones europeas, y defendieron los combatientes de ciudades y pueblos de Francia, Austria, Italia, Hungría, Bohemia y Polonia. Viajaban de un lugar a otro, organizando a los obreros y a los demócratas; impartían consignas, desenmascaraban a los oportunistas y acrecían la influencia de su tribuna periodística.

Al triunfar la contrarrevolución, la “Nueva Gaceta del Rin”, fue clausurada y sus redactores sometidos a dos juicios, en los cuales Marx no compareció como acusado sino como acusador. Aunque absuelto en ambos, fue expulsado otra vez de Alemania, y un mes más tarde de Francia también.

Ya había nacido su hijo Guido, muerto pocos meses después, cuando Marx se trasladó a Londres, donde residiría el resto de su vida. Al confrontarse con la realidad de las batallas sus tesis se fortalecieron. La historia de aquellos años de la “primavera de los pueblos” había revelado con especial fuerza su genialidad, energía, voluntad, abnegación y valor proletarios. Con todo, aún le esperaban logros más sorprendentes.

Tiempos de miseria
La década siguiente fue para Marx tan penosa como para todos los emigrantes que arrojó a playas extrañas la derrota de 1849. Llego a Londres sin un centavo, sin trabajo ni posibilidad de hallarlo y con escasos conocidos, la mayoría artesanos y obreros, que en nada podían ayudarle. De no haber sido por la solicita y desinteresada ayuda de Engels, quien se traslado a Manchester y laboró durante años en la administración de una fábrica de su padre, la miseria lo habría aplastado. Su familia padeció varios desahucios y pasó semanas enteras de hambre, pan y papas. En las cartas que se cruzó con Engels puede seguirse su lidia cotidiana con las deudas a las caseras, al panadera, al lechero, al verdulero, al carnicero y a los prestamistas, a los cuales empeñaba su abrigo y, cuando era necesario, los de su esposa y sus hijos. Sólo tres de estos sobrevivieron; Jenny, Laura y Eleanor. En Londres murieron Edgar y Francisca, está última victima de la pulmonía, antes de cumplir un año.

A todo ello hay que sumar la avalancha reaccionaria que se abatió sobre Europa y apuntó sus baterías contra Marx y la Liga de los Comunistas. No hubo calumnia, por mezquina y absurda que fuera, que no se les lanzara, tanto desde las posiciones del absolutismo como desde las del oportunismo. La disolución de la Liga sobrevino a fines de 1852, pero nada conmovía la tenacidad de Carlos Marx, ni impedía el perfeccionamiento de sus teorías, el análisis de las recientes experiencias y el conocimiento cada vez más amplio de los avances de la humanidad y de la cultura de todas las épocas. Ni siquiera perdí su chispeante sentido del humor.
A menudo se halla, leyendo la dialéctica colección de escritos que conformaban sus cartas a Engels, frases como ésta, a propósito del aislamiento en el cual se encontraban. “Ahora hemos acabado con el sistema de las mutuas concesiones, de las semiverdades admitidas por aquellos de las buenas maneras, y con nuestra obligación de compartir el ridículo publico en el partido con todos esos asnos”.

En dos brillantes análisis de los eventos de 1848 a 1850, “las luchas de clases en Francia” y “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, Marx sacó las enseñanzas de los errores y consecuencias del aventurismo, del papel de los campesinos en la revolución bajo la dirección de la clase obrera y de la inevitabilidad de que la lucha de clases conduzca a la dictadura del proletariado la cual constituye una etapa de tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases, el comunismo.

Al mismo tiempo Marx redactó incontables artículos para el “New York Daily Tribune”, influyentes diario norteamericano desde cuyas paginas analizó los acontecimientos europeos y procesos como los de Estados Unidos, China y Rusia, fustigando sin tregua al gobierno prusiano, al pelele Luis Bonaparte y a toda la gama de desviaciones derechistas e “izquierdistas” de las sectas enquistadas en el movimiento obrero. Colaboró también con publicaciones de los trabajadores ingleses, con la “nueva Gaceta del Oder” y con otros periódicos europeos. Pero su labor fundamental se concentró en la ciencia económica que, junto con los principios filosóficos, desbrozados desde 1844, y con la estrategia y la táctica del proletariado, definidas en sus rasgos esenciales entre ese año y 1871, constituye una de las partes integrantes del marxismo.

“El Capital”
A pesar de las estrecheces del exilio, Marx aprovechó cabalmente las condiciones de Inglaterra, a la sazón en país más desarrollado del orbe, para desentrañar las leyes que rigen el capitalismo. Trabajaba todos los días desde las nueve de la mañana hasta la siete de la tarde en la Biblioteca del Museo Británico, donde consultó lo inimaginable en materia de economía política, así como de historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias. Además del constante respaldo material de Engels, contó con el apoyo y la solidaridad entusiasta de su familia, dentro de la cual, debido al profundo color negro de su pelo, lo llamaban con cariño El Moro. Pudo, de esta forma, cumplir consecuentemente, incluso en los artículos ocasionales, con su propia consigna de que “el escritor, por cierto, debe tener la posibilidad de ganarse la vida para poder existir y escribir, pero en modo alguno debe existir para ganarse la vida”.

Como el desenvolvimiento del acontecer europeo y la acelerada crisis económica lo llevaron a la certera predicción de que pronto de desencadenaría un nuevo auge de los movimientos democrático-burgueses y de la liberación nacional, Marx se afanó por ahondar su análisis de la sociedad capitalista. En 1859 apareció la “contribución a la crítica de la economía política” y quedaron esbozados los lineamientos básicos para su profundización.
En ellos resumió los principales aspectos que desarrollaría más tarde en su obra cumbre, “El Capital”. Partiendo de que el modo como los hombres se entrelazan y se dividen para producir los bienes indispensables al mantenimiento de su vida proporciona la base sobre que se levanta el resto de las relaciones sociales, comprendidas las instituciones, la política, las ideas, etc, Marx elaboró su concepción materialista de la historia. Averiguó asimismo las causas del tránsito e una sociedad a otra, llamando la atención sobre el hecho de que, cuando aquellas relaciones entraban el desarrollo de las fuerzas productivas, advienen las revoluciones que garantizan el progreso del género humanos.
Evolución que arrancando de las formas primitivas del producción y pasando por el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo, ineluctablemente desembocará en el régimen capitalista, antesala de la desaparición de las clases y con ella de la “prehistoria de la humanidad”.

Sin embargo la monumental tarea de culminar la formulación de sus tesis le demandó muchos más esfuerzos y sólo en 1867, aparecería el primer volumen de “El Capital”. Cuando lo concluyó a las dos de la madrugada del 16 de agosto, lo primero que hizo Marx fue comunicárselo a Engels, “Así pues, le escribió, el tomo ya esta listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido preparar tan enorme trabajo para los tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de gratitud, querido y fiel amigo”. Con razón señalaba Lenin que el proletariado podía sentir el orgullo de que su ciencia hubiera sido creada “por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan las más emocionantes leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres”.

En “El Capital” se describe las leyes del movimiento de la sociedad burguesa, se estudia su historia, se prevé su decadencia y se prueba su carácter pasajero y limitado. Allí Marx puso al desnudo las contradicciones internas de aquel sistema y el inexorable curso de su agudización. Reveló como el capitalismo crea las condiciones materiales para la victoria del proletariado, que requiere de la “expropiación de los expoliadores”. Al poner de manifiesto el mecanismo de la explotación de los asalariados, Marx descubrió cómo la plusvalía se origina en la diferencia entre el costo de la fuerza de trabajo obrero y el valor superior que produce su jornada de trabajo, excedente que va a parar al bolsillo del capitalista. Con ello revolucionó toda la economía política anterior.

En este tomo inicial, Marx trató el proceso de la producción del capital. En el segundo y el tercero, que Engels redactó sobre los miles de páginas dejadas en borrador por Marx, en una tarea que le tomó once años, se examinan, respectivamente, el proceso de su circulación y el de la producción capitalista en su conjunto.

“Viva la Internacional”
Una de las razones por la cual Marx no pudo rematar personalmente su magna obra critica, fue la atención que prestó al aglutinamiento de los obreros, en un periodo que constituyó la cumbre de su actividad política partidaria. El 28 de septiembre de 1864, como coronación de múltiples empeños organizativos fue fundada en Londres, durante un mitin celebrado en St. Martín’s Halls, la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional. En su Consejo General había representantes de los obreros ingleses, franceses, italianos y alemanes. Pronto aparecerían seccionales suyas en los demás países europeos y en los Estados Unidos.

Marx, escribió el primer “Manifiesto” de la Internacional y gran cantidad de sus acuerdos, declaraciones y llamamientos. Se esforzó desde su dirección en la paciente labor de educar a los obreros, demostrándoles la inconsistencia y debilidades del reformismo, el sectarismo y el dogmatismo, y en inculcarles los principios científicos y la táctica revolucionaria. Tuvo que enfrentarse con numerosas y arraigadas tendencias oportunistas, en particular con las que encabezaron Proudhon, Lasalle y el anarquista Bakunin, y debió luchar también con las concepciones liberales predominantes en Inglaterra, a cuyos obreros llamó a la solidaridad con la causa de la liberación de Irlanda, sentenciando algo que la historia se ha encargado de demostrar en múltiples ocasiones: “Un pueblo que esclaviza a otro, forja sus propias cadenas”.

Fue Marx, cuando estalló la conflagración franco-prusiana de 1870, quien redactó el primer llamamiento de la Internacional a los obreros de ambos países. Caracterizando el conflicto como una guerra dinástica, predijo el derrumbe de Bonaparte y acogió con beneplácito la actitud internacionalista asumida por los proletarios de lado, y lado. En una segunda proclama, después de la capitulación del ejército francés en Sedán y de la reinstauración de la república en Francia, señaló que los alemanes habían convertido la rapiña en su objetivo, y a la vez advirtió a los obreros franceses que no se sublevaran sin haberse preparado. Pero al enterarse del estallido de la revolución obrera el 18 de marzo de 1871 en París, exhortó a la Internacional para que todos los trabajadores a apoyaran. Saludó emocionado la gesta del “asalto al cielo”, como llamó a la Comuna de Paris. No obstante la derrota, debida a errores que él también analizó, dio, en “La guerra civil en Francia”, brillante y profundo ensayó, un nuevo paso de trascendencia extraordinaria en el desarrollo de la teoría de la dictadura del proletariado, al precisar que un Estado del tipo del que creó la Comuna era “la forma política descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”. En aquel momento en que alcanzo a entrever la materialización de sus ideales, simbolizada en la bandera roja que ondeo sobre el Hotel de Ville, exclamó: “El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo gloriosos de una nueva sociedad”. Toda una centuria transcurrida desde entonces ha corroborado aquella aseveración.

Las tareas finales
Tras la caída de la Comuna y los triunfos del nacionalismo burgués, los bakuninistas pretendieron escindir la Internacional, y Marx y Engels lograron que su Consejo General fuera trasladado a Nueva York, previendo para el futuro una nueva etapa que demandaría de los obreros la construcción de agrupaciones auténticamente socialistas y de masas que realizaran una larga tarea de preparación de la revolución, basados en la experiencia universal del proletariado y tomando en cuenta las condiciones especiales de cada nación. En consecuencia, aportaron valiosos elementos al desarrollo del Partido Socialdemócrata Alemán, concretados en su “critica del programa de Gotha”. De igual manera redactaron textos de importancia para los combatientes de Francia, Inglaterra, Rusia y Estados Unidos.

Enfatizaron en este periodo su faena intelectual, en particular los estudios materia de los tomos II y III de “El Capital”. Sin embargo, la intensa labor en la Internacional y sus concienzudas y fatigosas investigaciones minaron al cabo la salud de Carlos Marx. Tuvo que someterse a varias curas y soportar dolorosas enfermedades que prácticamente no le permitían dormir. Además, la pleuritis y la bronquitis que de años atrás lo atormentaban, se hicieron más acentuadas. El 2 de diciembre de 1881 su esposa falleció, en enero de 1883 murió su hijo mayor. Gravemente enfermo estos golpes hicieron decaer sus fuerzas hasta cuando por última vez se sentó en su sillón el 14 de marzo de 1883. “A las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días”.

Al pie de su tumba, su “querido y fiel amigo” pronuncio un discurso fúnebre. Con la última palada de tierra de ese 17 de marzo en el cementerio de Highgate de Londres, se abrió una era en la historia de la humanidad. Lo que comenzó con un puñado de visionarios hoy son una causa tangible y extendida sobre la faz del mundo, un año después de que Engels le escribiera a Joseph Becker: “Ustedes y yo somos casi los últimos sobrevivientes de la vieja guardia de 1848. Pues bien, ¡seguiremos en la lucha! Las balas silban, nuestros amigos caen en torno nuestro, pero ésta no es la primera vez que lo hemos visto. Y sí una bala nos pega a alguno de nosotros, puyes que venga; sólo pido que pegue limpia y derechamente, sin postrarnos en la larga agonía”.

RECUERDOS ACERCA DE MARX

“Marx era de estatura mediana, de anchas espaldas, corpulento y de porte enérgico. Su frente era alta y finamente modelada. El cabello era negro y espeso como un cuervo. La boca ya mostraba en aquella época se rasgo sarcástico que tanto temían sus enemigos. Marx había nacido para dirigente del pueblo. Su discurso era breve, conciso y de una lógica contundente. No malgastaba palabras superfluas. Cada frase una idea y cada idea un eslabón imprescindible en la cadena de su argumentación. Marx no tenía nada de soñador. Cuanto más me daba cuenta de la diferencia entre el comunismo del periodo de Weitling y el del Manifiesto Comunista, más convencido estaba de que Marx representaba la edad viril de la idea socialista.

“Friedrich Engels, hermano espiritual de Marx, más bien representaba el tipo germánico. Delgado, elástico, de cabello y bigotes rubios, se parecía más aun joven y apuesto teniente de la guardia que aún intelectual”.

“Y sin embargo, Engels, que de continuo se limitaba a destacar la importancia de su inmortal amigo, coadyuvó enormemente a la instauración y difusión del socialismo moderno. Engels era de esos hombres a los que hay que conocer de cerca para admirarlos y quererlos”.
“Esos fueron los hombres que habían tomado en sus manos la causa del proletariado”.

(Friedrich Lessner, 1848)

Todas las personas verdaderamente importantes que he conocido eran muy laboriosas y trabajaban duro. En el caso de Marx ambas características se daban en grado sumo. Era colosal su entrega al trabajo, y como de día a menudo estaba ocupado – ante todo en los primeros tiempos de la emigración, buscaba refugio en la noche. Cuando a altas horas de la noche regresábamos de alguna reunión o sesión, se sentaba regularmente a su mesa y trabajaba durante algunas horas. Y estas cuantas horas se iban ampliando cada vez más, hasta que por último trabajaba durante toda la noche para descansar por la mañana. Su esposa le hacía las más diversas advertencias acerca de esa costumbre suya, pero Marx decía que su naturaleza así lo exigía.

(Wilhelm Liebknecht, 1896)

El trabajar se había convertido para Marx en una verdadera pasión, que le absorbía hasta el punto de olvidarse de comer. En no pocas ocasiones hubo que llamarle repetidamente antes de que acudiera al comedor, y apenas había ingerido el último bocado volvía a dirigirse a su gabinete de trabajo. Era persona muy poco dada a la comida e incluso sufría de falta de apetito, que intentaba combatir mediante el consumo de manjares muy salados. Su estomago tenía que pagar por la enorme actividad de su cerebro. Marx sacrificaba todo su cuerpo en aras de su cerebro; la actividad mental constituía su máxima satisfacción. A menudo le oí repetir la siguiente frase de Hegel, maestro de la filosofía de juventud: “Incluso el criminal pensamiento de un malvado es más sublime y majestuoso que los milagros del cielo”.

(Paul Lafargue, 1865)

“Y en ocasiones estoy convencida de que (a Marx y a Engels) los unía un lazo casi tan fuerte como su entrega a la causa de los obreros; su inagotable e indestructible humos. Es difícil encontrar otras dos personas que demuestren tanto placer como ellos por el chiste y la risa. Muy a menudo, especialmente cuando las circunstancias exigían decoro y discreción, los he visto prorrumpir en risas hasta el punto de que las lágrimas les corrían por las mejillas; e incluso aquellos que se creían obligados a mostrar su disconformidad, no podían por más que unirse a las carcajadas. ¡Cuantas veces he observado que no se atrevían a mirarse a las caras, porque sabían que una sola mirada les bastaría para desencadenar una explosión de risas!

(Eleanor Marx-Avleing, 1895)

“Marx no limitaba sus actividades al país en el cual había nacido. ‘Soy ciudadano del mundo- decía-, y allí donde me encuentro, allí actúo. Y en efecto, en todos los países hacía los cuales le habían llevado los acontecimientos y las persecuciones políticas, en Francia, Bélgica e Inglaterra tomó parte activa en los movimientos revolucionarios que allí se desarrollaban”.

(Paul Lafargue, 1890)

“Para Marx, la política era un estudio. Odiaba a muerte a los politicastros y el politiquero, se exasperaba cuando hablaba de esas ‘cabezas huecas’ que con ayuda de unas cuantas frases hechas arreglan los asuntos, y tomando por hechos reales sus deseos e imaginaciones más o menos confusas, dirigen los destinos del mundo desde la mesa de la taberna desde los periódicos, o desde las asambleas y parlamento. Pero por fortuna lo hacen sin que el mundo se preocupe de ello. Con la expresión de ‘cabezas huecas’ se refería a menudo a famosas y renombradas ‘personalidades’”.

(Wilhelm Liebhknecht, 1896)

“Marx es un hombre de enorme inteligencia y por añadidura un erudito en el más amplio y profundo sentido de la palabra. Es un economista concienzudo, al lado del cual Manzini, apenas puede ser llamado un discípulo. Por otra parte, Marx está entregado apasionadamente a la causa del proletariado. Nadie tiene el derecho de poner en duda esta circunstancia, pues pronto hará treinta años que está a su servicio con una tenacidad y fidelidad jamás disimuladas. A ella le ha dedicado toda su vida. No se puede amar a los oprimidos sin odiar a los opresores, y en consecuencia no es posible amar al proletariado sin odiar a la burguesía. Resulta imposible servir durante treinta años a una causa con apasionada entrega, sin amarla. Así pues, sólo el feo prejuicio de la difamación puede tener el atrevimiento de negar el amor de Marx por la causa del proletariado”.

(Majail Alexandrovich Bakunin, 1871)

“Cuando llegaron a Londres los fugitivos de la Comuna, Marx y su familia hicieron extraordinarios esfuerzos para prestar la máxima ayuda y ofrecer sus servicios. Y aparte de los fugitivos que entraban y salían de su casa podían verse allí a menudo trabajadores de provincias, venidos desde Manchester, Liverpool, Londres, desde el continente, desde América y desde otras lejanas partes de la Tierra”.
“Marx tenía la mano y la casa abiertas”

(Friedrich Adolf Sorge, 1871)

“El cerebro de Marx estaba repleto de una increíble cantidad de hechos históricos y científicos y de teorías filosófica, y era capaz de hacer uso apropiado de todos esos conocimientos y observaciones reunidos en largos trabajos intelectuales. Su secreto semejaba un buqué de guerra anclado en el puerto y con las maquinas a pleno vapor, dispuesto en todo momento a zarpar en cualquier dirección del pensamiento. El Capital nos releva a buen seguro un intelecto de sorprendente fuerza y altos conocimientos, pero ni para mí ni para ninguno de quienes conocíamos de cerca de Marx. El Capital u otra obra suya reflejaban toda la magnitud de su genio y saber. Estaba muy por encima de sus obras”.

(Paul Lafargue, 1890)

“El doctor Marx – así se llama mí ídolo, es un hombre todavía joven (tendrá lo sumo 24 años), que asestará el golpe mortal a la religión y a la política medievales. Combina la más profunda seriedad filosófica con el chiste más mordaz.
Imaginate Rousseau, Voltaire, Holbach, Lessing, Heine y Hegel combinados en una sola persona; digo combinados no amontonados. Y entonces tienes al doctor Marx”

(Moses Hess, 1841)

“Marx, mi co-redactor, luchaba siempre con apuros y esperaba injustamente que la empresa le ayudara a salir de ellos. Hay que decir que es de naturaleza muy particular, indicadísima para un erudito y escritor, pero completamente inservible para periodista. Lee muchísimo, trabaja enorme intensidad y posee un talento critico que en ocasiones se convierte en dialéctica que desemboca en arrogancia. Pero nunca lleva las cosas a su término; las interrumpe de continuo y se arroja siempre de nuevo a un inmenso mar de libros”.

(Arnold Ruge, 1844)

SOBRE EL CAPITALISMO

“Después de haber comprendido que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema economito. La obra principal de Marx. El Capital, está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista”.

“La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo. Marx prosiguió su obra; demostró esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de la mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción”.

“Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica integra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo; la fuerza de trabajo del hombre se transforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al proletario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista”.

“La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx”.

“El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados”.

“Al aumentar la dependencia de los obreros del capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto”.

“Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple truque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción”.

“Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx”.

“El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital”.

(V.I. Lenin. Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo. 1913)

La plusvalía
Desde que la Economía política sentó la tesis de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y de todo valor, era inevitable esta pregunta: ¿Cómo se concilia esto con el hecho de que el obrero no perciba la suma total de valor creada por su trabajo, sino que tenga que ceder una parte de ella al capitalista? Tanto los economistas burgueses como los socialistas se esforzaban por dar a esta pregunta un contestación científica sólida; pero en vano, hasta que por fin apareció Marx con la solución. Esta solución es la siguiente. El actual modo de producción capitalista tiene como premisa la existencia de dos clases sociales; de una parte, los capitalista, que se hallan en posesión de los medios de producción y de sustento, y de otra parte, los proletarios, que, excluidos de esta posesión, sólo tienen una mercancía que vender, su fuerza de trabajo, mercancía que, por tanto, no tiene más remedio que vender, para entrar en posesión de los medios de sustento más indispensables. Pero el valor de una mercancía se determina por la cantidad de trabajo socialmente necesario invertido en su producción, y también, por tanto en su reproducción, por consiguiente, el valor de la fuerza de trabajo de un hombre medio durante un día, un mes, un año, se determina por la cantidad de trabajo plasmada en la cantidad de medio de vida necesarios para el sustento de esta fuerza de trabajo durante un día, un mes o un año. Supongamos que los medios de vida para un día exigen seis horas de trabajo para su producción o, lo que es lo mismo, que el trabajo contenido en ellos representa una cantidad de trabajo de seis horas; en este caso, el valor de la fuerza de trabajo durante un día se expresará en un suma de dinero en la que se plasmen también seis horas de trabajo. Supongamos además, que el capitalista para quien trabaja nuestro obrero le paga esta suna, es decir, el valor integro de su fuerza de trabajo. Ahora bien, si el obrero trabaja seis horas al día para el capitalista, habría reembolsado a éste íntegramente su desembolso, seis horas de trabajo por seis horas de trabajo. Claro está que de este modo n quedaría nada para el capitalista; por eso éste concibe la cosa de un modo completamente distinto. Yo, dice él, no he comprado la fuerza de trabajo de este obrero por seis horas, sino por un día completo. Consiguientemente, hace que el obrero trabaje, según las circunstancias, 8, 10, 12, 14, y más horas, de tal modo que el producto de la séptima, de la octava y siguiente horas es el producto de un trabajo no retribuido, que, por el momento, se embolsa el capitalista. Por donde el obrero al servicio del capitalista no se limita a reponer el valor de su fuerza de trabajo, que se le pagan sino que, además crea una prevalía que, por el momento, se apropia el capitalista y que luego se reparte con arreglo a determinadas leyes económicas entre toda la clase capitalista. Esta plusvalía forma el fondo básico del que emanan la renta del suelo, la ganancia, la acumulación del cantal; en una palabra, todas las riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan. De este modo, se comprobó que el enriquecimiento de los actuales capitalista consiste en la apropiación del trabajo ajeno no retribuido, ni más ni menos que el de los esclavistas o el de los señores feudales, que explotaban el trabajo de los siervos, y que todas estas formas de explotación sólo se diferencian por el distinto modo de apropiarse el trabajo no pagado. Y con esto, se quitaba la base de todas esas retóricas hipócritas de las clases poseedoras de que bajo el orden social vigente reinan el derecho y la justicia, la igualdad de derechos y deberes y la armonía general de intereses. Y la sociedad burguesa actual se desenmascaraba, no menos que las que la antecedieron, como un establecimiento grandioso montado para la explotación de la inmensa mayoría del pueblo por una minoría insignificante y cada vez más reducida”.

(F. Engels, Carlos Marx, 1877)

La fuerza del trabajo
“Detengámonos a analizar un poco de cerca esta peregrina mercancía, que es la fuerza de trabajo. Posee, como todas las demás mercancías, un valor. ¿Cómo se termina este valor?

“El valor de la fuerza de trabajo, como el de otra mercancía, lo determina el tiempo de trabajo necesario para la producción, incluyendo, por tanto, la reproducción de este articulo especifico, el valor de la fuerza de trabajo es el valor de los medios de vida necesarios para asegurar la subsistencia de su poseedor”.

“El carácter peculiar de esta mercancía especifica, de la fuerza de trabajo, hace que su valor de uso no pase todavía de hecho a manos del comprador al cerrarse el contrato entre éste y el vendedor. Como toda mercancía, tiene ya un valor antes de lanzarse a la circulación, puesto que, para producirla, fue necesaria una determinada cantidad de trabajo social. Pero su valor de uso no se manifiesta hasta después, pues reside en el empleo o aplicación de la fuerza de trabajo. Por tanto, la enajenación de la fuerza de trabajo y su ejercicio real y efectivo, es decir, su existencia como valor de uso, no coincide en el tiempo. Y ya sabemos que, tratándose de mercancías en que la enajenación formal del valor de uso mediante la venta y su entrega real y efectiva al comprador se desdoblan en el tiempo, el dinero del comprador funciona casi siempre como medio de pago. En los países en que impera el régimen de producción capitalista, la fuerza de trabajo no se paga nunca hasta que ya ha funcionado durante el plazo señalado en el contrato de compre, v.gr. al final de cada semana. Es decir, que el obrero adelanta en todas partes al capitalista el valor de uso de la fuerza de trabajo y el comprador la consume, la utiliza, antes de habérsela pagado al obrero, siendo, por tanto, éste el abre crédito al capitalista.

Ya sabemos cómo se determina el valor que el poseedor del dinero paga al poseedor de esta característica mercancía que es la fuerza de trabajo. Qué valor de uso obtiene aquel a cambio del dinero que abona es lo que ha de revelar el consumo efectivo de la mercancía, el proceso de consumo de la fuerza de trabajo es, al mismo tiempo, el proceso de producción de la mercancía y de la plusvalía. El consumo de la fuerza de trabajo, al igual que el consumo de cualquier otra mercancía, se opera al margen del mercado o de la órbita de la circulación. Por eso, ahora, hemos de abandonar esta ruidosa escena, situada en la superficie y a la vista de todos, para trasladarnos, siguiendo los pasos del poseedor del dinero y del poseedor de la fuerza de trabajo, al taller oculto de la producción, en cuya puerta hay un cartel que dice: “No admíttance except on business”. Aquí, en este taller, veremos no sólo cómo el capital produce, sino también cómo se produce el mismo, el capital. Y se nos revelará definitivamente el secreto de la producción de la plusvalía.
“El antiguo poseedor de dinero abre la marcha convertido en capitalista, y tras él viene el poseedor de la fuerza de trabajo transformado en obrero suyo aquel, pisando recio y sonriente, desdeñoso, todo ajetreado; ésta tímido y receloso, de mala gana, como quien va a vender su propio pellejo y sabe la suerte que le aguarda; que se la curtan”.

“El obrero trabaja bajo el control del capitalista, a quien su trabajo pertenece. El capitalismo se cuida de vigilar que este trabajo se ejecute como es debido y que los medios de producción se empleen convenientemente, es decir, su desperdicio de materias primas cuidando de que los instrumentos de trabajo se traten bien, sin gastarse más que en aquella para en que lo exija su empleo racional”.

(C. Marx. El Capital, 1867)

La acumulación capitalista y la crisis
“Como la primera metamorfosis de la mercancía es a la vez venta y compra, este proceso parcial es al mismo tiempo un proceso autónomo. El comprador tiene la mercancía, el vendedor el dinero, eso es, una mercancía que conserva una forma adecuada para la circulación, ya se presente temprano o tarde en el mercado. Nadie puede vender sin que otro compre. Pero nadie necesita comprar inmediatamente por el solo hecho de haber vendido – la antitesis inmanente a la mercancía, valor de uso y valor, trabajo privado que a la vez tiene que presentarse, como trabajo directamente social, trabajo especifico y concreto que al miso tiempo cuenta únicamente como general y abstracto, personificación de la cosa y confiscación de las personas, esa contradicción inmanente, adopta formas más evolucionadas de un movimiento en la antitesis de la metamorfosis mercantil; estas formas entrañan la posibilidad, pero únicamente la posibilidad de la crisis”.

“Los limites de la producción, los fija la ganancia del capitalista, y en modo alguno la necesidad de los productores. El desarrollo incondicional de las fuerzas productivas, y por lo tanto la producción en masas, sobre la base de una masa de productores que se encuentran encerrados dentro de los limites de los medios de subsistencia necesarios, por un lado, y, por el otro, la barrera erigida por la ganancia de los capitalistas. (constituyen) la base de la superproducción moderna. La superproducción esta condicionada de modo especifico por la ley general de la producción de la capital. Producir hasta el límite establecido por las fuerzas productivas, es decir, explotar el máximo volumen de trabajo con el volumen dado de capital, sin tener en cuenta los limites reales del mercado o de las necesidades respaldadas por la capacidad de pago; y esto se lleva a cabo por medio de una continua expansión de la reproducción y la expansión de la reproducción y la acumulación, y entonces, por una constante reconversión de la renta en capital, mientras que, por otro lado, la masa de productores se mantiene apegada al nivel medio de necesidades, y que tiene que mantenerse apegada a él de acuerdo con la naturaleza de la producción capitalista. Por un lado hay sobreabundancia de todos los estudios de producción y sobreabundancia en todos los tipos de mercancías no vendidas en el mercado. Por el otro lado, capitalistas a la bancarrota y obreros desposeídos y hambrientos”.

(C. Marx. Teorías sobre la plusvalía. Tomo III)

“La differentia specifica de la producción capitalista (radica en que), la fuerza de trabajo no se compra aquí para satisfacer, mediante sus servicios o su producto, las necesidades personales del comprador. El objetivo perseguido por este es la valorización de su capital, la producción de mercancías que contengan una parte de valor que nada le cuesta al comprador y que sin embargo se realiza mediante la venta de las mercancías. La producción de plusvalor, el fabricar un excedente, es la ley absoluta, de este modo de producción. Solo es posible vender fuerza de trabajo en tanto la misma conserva como capital los medios de producción, reproduce como capital su propio valor y proporciona, en el trabajo impago, la fuente de pluscapital”.

“Al progresar la acumulación se opera una gran revolución en la relación que existe entre la masa y los medios de producción y la masa de fuerza de trabajo que los mueve. Esta revolución se refleja, en la relación variable que existe entre su parte de valor convertida en medios de producción y la que se convierte en fuerza de trabajo. Denomino a esta composición la composición orgánica del capital”.

“El volumen creciente de la magnitud de los medios de producción comparado con el de la fuerza de trabajo incorporada a ellos, expresa la productividad creciente del trabajo. El aumento de ésta se manifiesta, pues, en la reducción de la masa de trabajo con respecto a la masa de medios de producción movidos por ella, esto es, en la disminución de magnitud del factor subjetivo del proceso laboral comparado con sus factores objetivos”.

“Todo capital individual es un concentración mayor o menor de medios de producción, con el comando correspondiente sobre un ejército mayor o menor de obreros. Toda acumulación se convierte en medio al servicio de una nueva acumulación. Amplia, con la masa acrecentada de la riqueza que funciona como capital, su concentración en las manos de capitalistas individuales y por tanto el fundamente de la producción a gran escala y los métodos de producción específicamente capitalistas”

“La población obrera, pues, con la acumulación del capital producida por ella misma, produce en volumen creciente los medios que permiten convertirla en relativamente supernumeraria. Es esta una ley de población que es peculiar al modo de producción capitalista. Pero si una sobrepoblación obrera es el producto necesario de la acumulación o del desarrollo de la riqueza sobre una base capitalista, esta sobrepoblación se convierte a su vez, en palanca de la acumulación capitalista, e incluso en condición de existencia del modo capitalista de producción. Constituye un ejército industrial de reserva a disposición del capital, que le pertenece a éste tan absolutamente como si lo hubiera criado a sus expensas. Esa sobrepoblación crea, para las variables necesidades de valorización de capital, el material humano explotable y siempre disponible, independientemente de los límites del aumento real experimentado por la población.

“La masa de la riqueza social, pletórica y transformable en pluscapital gracias al progreso de la acumulación, se precipita frenéticamente sobre todos los viejos ramos de la producción cuyo mercado se amplía de manera súbita, o sobre ramos recién inaugurados.
En todos los casos de esta índole es necesario que se pueda volcar súbitamente grandes masas humanas en los puntos decisivos, sin que con ello se rebaje la escala alcanzada por la producción en otras esferas. La sobrepoblación proporciona esas masas. El curso vital característico de la industria moderna, la forma de un ciclo decenal – interrumpido por oscilaciones menores de periodos de animación media, producción a toda marcha, crisis y estancamiento, se funda sobre la formación constante, sobre la absorción mayor o menor y la reconstitución del ejército industrial de reserva o sobrepoblación”.

(C. Marx. El Capital. Tomo I, 1867)

“Con la progresiva disminución relativa del capital variable con respecto al capital constante, la producción capitalista genera una composición orgánica crecientemente más alta del capital global, cuya consecuencia directa es que la tasa del plusvalor, manteniéndose constante el grado de explotación del trabajo e inclusive si éste aumenta, se expresa en una tasa general de ganancia constantemente decreciente. La tendencia progresiva de la tasa general de ganancia a la baja sólo es, por tanto, una expresión peculiar al modo capitalista de producción, al desarrollo progresivo de la fuerza productiva social del trabajo”.

“La disminución relativa del capital variable con respecto al constante, que corre pareja con el desarrollo de las fuerzas productivas, sirve de acicate al crecimiento de la población obrera, mientras crea permanentemente una sobrepoblación artificial. La acumulación del capital, considerada con arreglo al valor, resulta amortiguada por la disminución de la tasa de ganancia, para acelerar aún más la acumulación del valor de uso, mientras que ésta, a su vez imprime un movimiento acelerado a la acumulación con arreglo al valor”.

“La producción capitalista tiende constantemente a superar estos limites que le son inmanentes, pero sólo lo consigue en virtud de medios que vuelven a alzar ante ella esos mismos limites en escala aún más formidable”.

“El verdadero limite de la producción capitalista lo es el propio capital; es éste, que el cantal y su autovalorización aparece como punto de partida y punto terminal, como motivo y objetivo de la producción. El medio – desarrollo incondicional de las fuerzas productivas sociales, entra en constante conflicto con el objetivo limitado, el de la valorización del capital existente”.

“Por ello, si el modo de producción capitalista es uno medio histórico para desarrollar la fuerza productiva material y crear el mercado mundial que le corresponde, es al mismo tiempos la constante contradicción entre esta su misión histórica y las relaciones sociales de producción correspondientes a dicho modo de producción”.

“El conflicto entre las fuerzas impulsoras antagónicas se desahoga periódicamente mediante crisis. Estas siempre son sólo soluciones violentas momentáneas de las contradicciones existentes, erupciones violentas que restablecen por el momento el equilibrio perturbado”.

(C. Marx. El Capital, Tomo III)

“De ahí que el máximo desarrollo de la fuerza productiva, junto con la expansión máxima de la riqueza existente, coincida con la depreciación del capital, la degradación del obrero y la postración más absoluta de sus facultades vitales. Estas contradicciones derivan en estallidos, cataclismos, crisis en las cuales, mediante la suspensión momentánea del trabajo y la aniquilación de una gran parte del capital, este último se reduce violentamente hasta el punto desde donde pueda proseguir su marcha”.

“Es ésta la tendencia a la baja en la tasa de ganancia en todo respecto, la ley más importante de la moderna economía política y la esencial para comprender las relaciones más dificultosas. Es desde el punto de vista histórico la ley más importante”.

(C. Marx. Elementos fundamental para la critica de la Economía Política (Grundisse) 1857 – 1858. Tomo II)

“En las crisis del mercado mundial se revelan en forma notable las contradicciones y antagonismos de la producción burguesa. En lugar de investigar la naturaleza de los elementos en pugna que brotan en la catástrofe, los apologistas se conforman con negar la catástrofe misma y con insistir, frente a su repetición regular y periódica, que si la producción se llevase a acabo de acuerdo con los manuales, las crisis jamás ocurrirían. De tal manera, la apologética consiste en la falsificación de las más simples relaciones económicas, y en especial, en aferrarse al concepto de la unidad frente a la contradicción”.

(C. Marx. Teorías sobre la plusvalía. Tomo III)

EL SOCIALISMO CIENTÍFICO

“Los conceptos de los utopistas han dominado mucho tiempo las ideas socialistas del siglo XIX, y en parte aún las siguen dominando hoy. El socialismo es, para todos ellos, la expresión de la verdad absoluta, de la razón y la justicia, y basta con descubrirlo para que por su propia virtud conquiste el mundo. Y, como la verdad no está sujeta a condiciones de espacio, ni de tiempo, ni al desarrollo histórico de la humanidad, sólo el azar puede decidir cuándo y dónde este descubrimiento ha de revelarse. Añádase a esto que la verdad absoluta, la razón y la justicia varían con todos los fundadores de cada escuela; y, como el carácter especifico de la verdad absoluta, la razón y la justicia, está condicionado, a su vez, en cada uno de ellos, por la inteligencia personal, las condiciones de vida, el estado de cultura y la disciplina mental, resulta que en este conflicto de verdades absolutas no cabe más solución que éstas se vayan puliendo las unas y la otras. Y, así, era inevitable que surgiese una especia de socialismo ecléctico y mediocre, como el que, en efecto, sigue imperando todavía en las cabezas de la mayor parte de los obreros socialistas de Francia e Inglaterra; una mezcolanza extraordinariamente abigarrada y llena de matices, compuesta de los desahogos críticos, las doctrinas económicas y las imágenes sociales del porvenir menos discutibles de los diversos fundadores de sectas, mezcolanza tanto más fácil de componer cuanto más los ingredientes individuales, habían ido perdiendo, en el torrente de la discusión, sus contornos perfilados y agudos, como los guijarros lamidos por la corriente de un río. Para convertir el socialismo en una ciencia, era indispensable, ante todo, situarlo en el terreno de la realidad”.

(F. Engels. Del socialismo utópico al socialismo científico, 1877)

“Estos dos grandes descubrimientos; la concepción materialista de la historia y la revelación del secreto de la producción capitalista, mediante la plusvalía, se los debemos a Marx. Gracias a ellos, el socialismo se convierte en una ciencia, que sólo nos queda por desarrollar en todos sus detalles y concatenaciones”.

(F. Engels, op, cit)

“El Estado moderno, cualesquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista, en el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas más fuerzas productivas asuman en propiedad tanto más se convertirá en capitalista colectivo y tanta mayor cantidad de ciudadanos explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios. La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se agudiza. Más, al llegar a la cúspide, se derrumba. La propiedad del estado sobre las fuerzas productivas no es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno el medio formal, el resorte para llegar a la solución”.

Esta solución sólo puede estar en reconocer de un modo efectivo el carácter social de las fuerzas productivas modernas y por lo tanto en armonizar el modo de producción, de apropiación y de cambio con el carácter social de los medios de producción. Para esto, abiertamente y sin rodeos, tome posesión de estas fuerzas productivas que ya no admite otra dirección que la suya.
Haciéndolo así, el carácter social de los medios de producción y de los productos, que hoy se vuelven contra los mismos productores, rompiendo periódicamente los cauces del modo de producción y de cambio, y que sólo pueden imponerse con una fuerza y eficacia tan destructoras como el impulso ciego de las leyes naturales, será puesto en vigor con plena conciencia por los productores y se convertirá, de causa constante de perturbaciones y de cataclismos periódicos, en la palanca más poderosa de la producción misma.

“El día en que las fuerzas productivas de la sociedad moderna se sometan al régimen congruente con su naturaleza, por fin conocida, la anarquía social de la producción dejará el puesto a una reglamentación colectiva y organizada de la producción acorde con las necesidades de la sociedad y del individuo”.

(F. Engels, op,cit)

“Pues el socialismo no es más que el paso siguiente al monopolio capitalista de Estado. O en otros términos, el socialismo no es más que el monopolio capitalista de Estado PUESTO AL SERVICIO DE TODO EL PUEBLO y que, por ello HA DEJADO DE SER monopolio capitalista”.

(V. I. Lenin. La catástrofe que nos amenaza y cómo luchar contra ella, 1917)

La lucha de clases
“La historia de todas las sociedades que han existido hasta nuestros días en la historia de la lucha de clases. Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos, señores y siervos, maestros y aprendices; en una palabra, opresores y oprimidos se enfrentaron en secular antagonismo unos contra otros, mantuvieron una lucha constante, ya velada, ya abierta, lucha que siempre terminó con la transformación revolucionaria de toda la sociedad o el hundimiento general de las clases contendientes. La moderna sociedad burguesa, que ha brotado de las ruinas de la sociedad feudal, no ha terminado con las contradicciones de clase.
Únicamente ha sustituido las viejas condiciones de opresión, las viejas formas de lucha. Por otras nuevas. Nuestra época, la época de la burguesía se distingue, sin embargo, por haber simplificado las contradicciones de clase. Toda la sociedad va dividiéndose cada vez más en dos campos enemigos, en dos grandes clases que se enfrentan directamente, la burguesía y el proletariado”.

(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1818)

“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria, el proletariado, en cambio, es su producto más peculiar. Las capas medias, el pequeño industrial el pequeño comerciante, el artesano y el campesino, luchan todas ellas contra la burguesía para salvar de la ruina su existencia como tales capas medias. No son pues, revolucionarias sino conservadoras. Más todavía, son reaccionarias, ya que pretenden volver a tras la rueda de la historia. Son revolucionarias +únicamente cuando tienen ante sí la perspectiva de su tránsito inminente al proletariado, defendiendo así no sus intereses presentes, sino sus intereses futuros, cuando abandonan sus propios puntos de vista para adoptar los de el proletariado”.

(C. Marx y F. Engels, op cit)

Lucha de clases en el socialismo
“El error de la internacional amarilla ‘de Berna’ consiste en que sus lideres reconocen sólo de palabra la lucha de clases y el papel dirigente del proletariado. Tienen miedo de reconocer que la dictadura del proletariado es también un periodo de lucha de clases, la cual es inevitable mientras las clases no hayan sido suprimidas y reviste diversas formas, siendo particularmente violenta y especifica durante el primer periodo después de derrocado el capital.
Una vez conquistado el poder político, el proletariado no cesa en su lucha de clase, sino que la continua hasta que las clases hayan sido suprimidas, pero naturalmente, en otras condiciones, bajo otra forma y con otros medios.

(V. I. Lenin. Una gran iniciativa, 1919)

“Como tratar las contradicciones entre nosotros y el enemigo y las existentes en el seno del pueblo en la sociedad socialista es una ciencia, una ciencia que merece estudiarla concienzudamente. En las condiciones de nuestro país, la actual lucha de clases es, parcialmente, manifestación de las contradicciones entre nosotros y el enemigo, pero, en la mayoría de los casos, manifestación de las contradicciones en el seno del pueblo. Un reflejo de este estado de cosas son los desordenes que ahora promueve un reducido número de personas.
Suponiendo que el globo terrestre se destruya dentro de diez mil años, por lo menos durante estos diez mil año habrá desordenes. Pero no nos corresponde ocuparnos de asuntos tan lejanos como los que han de ocurrir en términos de diez mil años. Lo que nos incumbe es hacer serios esfuerzos por adquirir, en un periodo de varios quinquenios, las experiencias necesarias por tratar este problema.

(Mao Tsetung. Discursos en una conferencia de secretarios de comités provinciales, municipales y de región autónoma del Partido, 1957)

El comunismo
“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un periodo político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.

(C. Marx. Critica del Programa de Gotha, 1875)

“El derecho igual sigue siendo aquí en el socialismo, en principio, el derecho burgués, aunque ahora el principio y la práctica ya no se tiran de los pelos, mientras que el régimen de intercambio de mercancías y el intercambio de equivalente no se da más que como termino medio, y no en los casos individuales.

A pesar de este progreso, este derecho igual sigue llevando implícita una limitación burguesa. El derecho de los productores es proporcional al trabajo que han rendido; la igualdad, aquí, consiste en que se mide por el mismo rasero, por el trabajo”

(C. Marx, op cit)

“En una fase superior de la sociedad comunista, cuando haya desaparecido la subordinación esclavizadota de los individuos a la división del trabajo, y con ella, el contraste entre el trabajo intelectual y el trabajo manual; cuando el trabajo no es solamente un medio de vida, sino la primera necesidad vital; cuando, el desarrollo de los individuos en todos sus aspectos, crezcan también las fuerzas productivas y corran a chorro lleno los manantiales de la riqueza colectiva, sólo entonces podrá rebasarse totalmente el estrecho horizonte del derecho burgués y la sociedad podrá escribir en sus banderas: ¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”.

(C. Marx, op. cit).

ACERCA DE LA MUJER

Con la división del trabajo, que lleva implícitas todas estas contradicciones y que descansa, a su vez, sobre la división natural del trabajo en el seno de la familia y en la división de la sociedad en diversas familias contrapuestas, se da, el mismo tiempo, la distribución y, concretamente la distribución desigual, tanto cuantitativa como cualitativamente, del trabajo y de sus productos; es decir la propiedad, cuyo primer germen, cuya forma inicial se contiene ya en la familia, donde la mujer y los hijos son los esclavos del marido. La esclavitud, todavía muy rudimentaria, ciertamente latente en la familia, es la primera forma de propiedad, que, por lo demás, ya aquí corresponde perfectamente a la definición de los modernos economistas, según la cual es el derecho a disponer de la fuerza de trabajo de otros. Por lo demás la división del trabajo y la propiedad derivada son términos idénticos; uno de ellos dice, referido a la esclavitud, lo mismo que al otro, referido al producto de ésta”.

(C. Marx y F. Engels. La ideología alemana)

“LA familia moderna contiene un germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, la miniature, todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado”.

(C. Marx citado por F. Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1891)

“Así, pues las riquezas, a medida que iban en aumento, daban, por una parte, al hombre una posición más importante que a la mujer en la familia, y por otra parte hacían que naciera en él la idea de valerse de esta ventaja para modificar en provecho de sus hijos el orden de herencia establecido. Pero esto no podía hacerse mientras permaneciera la fijación según el derecho materno. Este tenía que ser abolido, y lo fue”

“El derrocamiento del derecho materno fue la gran derrota histórica del sexo femenino en todo el mundo. El hombre empuño también las riendas en la casa, la mujer se vio degradada, convertida en la servidora, en la esclava de la lujuria del hombre, en un simple instrumento de reproducción. Esta baja condición de la mujer, que se manifiesta sobre todo en los griegos de los tiempos heroicos, y más aún en los tiempos clásicos, ha sido gradualmente retocada, disimulada y, en ciertos sitios, hasta revestida de formas mas suaves, pero no, ni mucho menos, abolida”

“Famulus, quiere decir esclavo domestico, y familia es el conjunto de los esclavos pertenecientes a un mismo hombre”.

“El hombre es en la familia el burgués; la mujer representa en ella al proletariado”.

“En cuanto los medios de producción pasen a ser propiedad común, la familia individual dejara de ser la unidad económica de la sociedad. La economía domestica se convertirá en un asunto social; el cuidado y la educación de los hijos, también. La sociedad cuidará con el mismo esmero de todos los hijos, sean legítimos o naturales. Así desaparecerá el temor a las “consecuencias”, que es hoy el más importante motivo social-tanto desde el punto de vista moral como desde el punto de vista económico, que impide a una joven soltera entregarse libremente al hombre a quien ama.
¡No bastara eso para que se desarrollen progresivamente unas relaciones sexuales más libres y también para hacer a la opinión pública menos rigorista acerca de la honra de las vírgenes y la deshonra de las mujeres! Y, por último, ¡No hemos visto que en el mundo moderno la prostitución y la monogamia, aunque antagónicas son inseparables, como polos de un mismo orden social!
¿Puede desaparecer la prostitución sin arrastrar consigo al abismo a la monogamia?

“Por eso, cuando lleguen a desaparecer las consideraciones económicas en virtud de las cuales las mujeres han tenido que aceptar esta infidelidad habitual de los hombres, la preocupación por su propia existencia y aun más por el porvenir de los hijos, la igualdad alcanzada por la mujer, a juzgar por toda nuestra experiencia anterior, influirá mucho más en el sentido de hacer monógamos a los hombres que en de hacer poliandras a las mujeres”.

(F. Engels. El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1891)

El derecho al trabajo
“Si la mujer cumple con sus deberes en el servicio privado de la familia, queda excluida del trabajo social y no puede ganar nada; y sí quiere tomar parte en la industria social y ganar por su cuenta, le es imposible cumplir con sus deberes de familia. Lo mismo que en la fábrica, le acontece a la mujer en todas las ramas del trabajo, incluidas la medicina y la abogacía”.

(F. Engels, op, cot, 1891)

“Por último, en las haciendas capitalistas, el trabajo del hombre predomina sobre el de la mujer. ¿Qué significa esto? Esto significa que en la agricultura la obrera, la proletaria y la campesina, debe esforzarse mucho más, derrengarse, deslomarse en el trabajo en perjuicio de su salud y de la de sus hijos, para equipararse en lo posible a los hombres, que trabajan en la gran producción capitalista. Esto significa que la pequeña producción sólo se mantiene bajo el capitalismo a base de exprimir al obrero más cantidad de trabajo que la que saca de él la gran producción”.

(V. I. Lenin. La pequeña producción en la agricultura, 1913)

El divorcio
“En la mayoría de los casos, el derecho al divorcio es irrealizable bajo el capitalismo, ya que el sexo oprimido está agobiado económicamente, y la mujer, cualquiera que sea la democracia, siegue siendo bajo el capitalismo la “esclava del hogar”, recluida en la alcoba, en el cuarto de los niños, en la cocina”.

“Bajo el capitalismo, el derecho al divorcio, lo mismo que todos los derechos democráticos sin excepción, es de difícil realización, es algo condicional, limitado, restringido en virtud de las formalidades a que está sujeto”.

“Cuanto más plena sea la libertad de divorcio, más claro serpa para la mujer que el origen de su ‘escalvitud domestica’ residen en el capitalismo, y no en la falta de derechos”.

(V. Lenin. Sobre la caricatura del marxismo y el “economismo imperialista”, 1924)

“Si el matrimonio fundado en el amor es el único moral, sólo puede ser moral el matrimonio donde el amor persiste. Pero la duración del acceso del amor sexual es muy variable según los individuos, particularmente entre los hombres en virtud de ello, cuando el afecto desaparezca o sea reemplazado por un nuevo amor apasionado, el divorcio será un beneficio lo mismo para ambas partes que para la sociedad. Sólo que deberá ahorrarse a la gente el tener que pasar por el barrizal inútil de un pleito de divorcio”.

(F. Engels, op cit, 1891)

La llamada
“reivindicación” del amor libre

“De momento debo expresar mi opinión sobre lo siguiente; le aconsejo que suprima en absoluto la reivindicación (femenina) del amor libre. Prácticamente, es una reivindicación burguesa, y no proletaria. En realidad ¿Qué en tiende usted por esta reivindicación? ¿Qué se puede entender por una tal reivindicación?

1) ¿Que la mujer se vea libre de todo cálculo material (financiero) en cuestiones de amor? 2) ¿Qué sea vea también libre de toda preocupación material? 3) ¿De los prejuicios religiosos? 4) ¿De las prohibiciones de la cabeza de familia, etc.? 5) ¿De los prejuiciosos de la sociedad? 6) ¿De la mezquina atmósfera (campesina, o pequeño burguesa, o intelectual-burguesa) del medio ambiente? 7) ¿De las trabas de la ley, de los tribunales y de la policía? 8) ¿De la seriedad en el amor? 9) ¿De la procreación? 10) ¿De la libertad de adulterio? etc.

He enumerado muchos matices (no todos, naturalmente). Usted, naturalmente, no comprende por esta reivindicaron los No. 8-10, sino los No. 1-7, para los No. 1-7 es preciso elegir otra denominación, pues el amor libre no expresa con exactitud esta idea”.

“Precisamente porque en la sociedad moderna las clases más locuaces, alborotadas y mejor situadas comprenden por ‘amor libre’ los No. 8-10, precisamente por eso dicha reivindicación no es una reivindicación proletaria, sino burguesa”.

INTENSA ACTIVIDAD CONMEMORATIVA

Para la conmemoración del centenario de la muerte de Marx, el Comité Ejecutivo Central designó, a finales del año pasado, una comisión de camaradas para que se encargase de decidir y preparar la programación respectiva. Los compañeros encargados en esta tarea fueron; Diego Betancur, Héctor Valencia, Carlos Naranjo, Clemencia Lucena, Diego Escobar, Martha Lasprilla, Hugo Cruz, Fadua Katah, Marcelo Torres, Enrique Daza, Gabriel Iriarte y Daniel Paternina.

Entre las actividades acordadas se destaca el ciclo de conferencias que durante más de un mes se llevaron a cabo en las más diversas ciudades y poblaciones del país, por parte de decenas de compañeros que se repartieron entre sí los múltiples temas concernientes al marxismo. Por ejemplo, Héctor Valencia trató sobre la cuestión filosófica; Diego Betancur se ocupó de la biografía de Marx, Clemente Forero disertó acerca de la teoría marxista del dinero; José Fernando Ocampo se refirió a la teoría de Marx y el revisionismo; Marcelo Torres sustentó la vigencia histórica de Carlos Marx; Santiago Perry habló de la teoría marxista del problema agrario; Yolanda Nieto expuso respecto al marxismo y la emancipación de la mujer; Clemencia Lucena sobre Marx y su cultura: Yezid García analizó la cuestión del Estado, Edgar Andrade la teoría económica de Marx; Iván Toro resumió las enseñanzas del Manifiesto Comunista; Diego Escobar y enrique Daza trataron el problema internacional entre otros muchos expositores.

Se elaboró igualmente un audiovisual sobre la vida y la obra de Carlos Marx, con sus respectivas y profundas repercusiones en la lucha del proletariado de la última centuria. Se repartieron sendas copias de dicho audiovisual para ser entregadas a los regionales del país; Julián Barba, Elsa Arenas, Mario González, Gustavo de la Hoz, Marco González y Luz Marina Correal.

Varios artistas se vincularon en una u otra forma a las efemérides. Vale la pena resaltar la colaboración de Clemencia Lucena, Eugenia Escobar, Miguel Ángel Echevarria y de Eduardo Emilio Esparza, quien hizo una hermosa serigrafía de Marx, cuyas copias fueron vendidas para contribuir a las finanzas de la campaña.