INTENSA ACTIVIDAD CONMEMORATIVA

Para la conmemoración del centenario de la muerte de Marx, el Comité Ejecutivo Central designó, a finales del año pasado, una comisión de camaradas para que se encargase de decidir y preparar la programación respectiva. Los compañeros encargados en esta tarea fueron; Diego Betancur, Héctor Valencia, Carlos Naranjo, Clemencia Lucena, Diego Escobar, Martha Lasprilla, Hugo Cruz, Fadua Katah, Marcelo Torres, Enrique Daza, Gabriel Iriarte y Daniel Paternina.

Entre las actividades acordadas se destaca el ciclo de conferencias que durante más de un mes se llevaron a cabo en las más diversas ciudades y poblaciones del país, por parte de decenas de compañeros que se repartieron entre sí los múltiples temas concernientes al marxismo. Por ejemplo, Héctor Valencia trató sobre la cuestión filosófica; Diego Betancur se ocupó de la biografía de Marx, Clemente Forero disertó acerca de la teoría marxista del dinero; José Fernando Ocampo se refirió a la teoría de Marx y el revisionismo; Marcelo Torres sustentó la vigencia histórica de Carlos Marx; Santiago Perry habló de la teoría marxista del problema agrario; Yolanda Nieto expuso respecto al marxismo y la emancipación de la mujer; Clemencia Lucena sobre Marx y su cultura: Yezid García analizó la cuestión del Estado, Edgar Andrade la teoría económica de Marx; Iván Toro resumió las enseñanzas del Manifiesto Comunista; Diego Escobar y enrique Daza trataron el problema internacional entre otros muchos expositores.

Se elaboró igualmente un audiovisual sobre la vida y la obra de Carlos Marx, con sus respectivas y profundas repercusiones en la lucha del proletariado de la última centuria. Se repartieron sendas copias de dicho audiovisual para ser entregadas a los regionales del país; Julián Barba, Elsa Arenas, Mario González, Gustavo de la Hoz, Marco González y Luz Marina Correal.

Varios artistas se vincularon en una u otra forma a las efemérides. Vale la pena resaltar la colaboración de Clemencia Lucena, Eugenia Escobar, Miguel Ángel Echevarria y de Eduardo Emilio Esparza, quien hizo una hermosa serigrafía de Marx, cuyas copias fueron vendidas para contribuir a las finanzas de la campaña.

MATERIALISMO HISTÓRICO Y MATERIALISMO DIALÉCTICO

“En la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo en sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia. Al llegar a una determinada fase de desarrollo, las fuerzas productivas de materiales de la sociedad chocan con las relaciones de producción existentes o, lo que no es más que la expresión jurídica de esto, con las relaciones de propiedad dentro de las cuales se han desenvuelto hasta allí. De formas de desarrollo de las fuerzas productivas, estas relaciones se convierten en trabas suyas. Y se abre así una época de revolución social.
Al cambiar la base económica, se revoluciona, más o menos rápidamente, toda la inmensa superestructura erigida sobre ella. Cuando se estudian esas revoluciones, hay que distinguir siempre entre los cambios materiales ocurridos en las condiciones económicas de producción y que pueden apreciarse con la exactitud propia de las ciencias naturales, y las formas jurídicas, políticas, religiosas, artísticas o filosóficas, en una palabra, las formas ideológicas en que los hombres adquieren conciencia de este conflicto y luchan por resolverlo. Y del mismo modo que no podemos juzgar a un individuo por lo que él piensa de sí, no podemos juzgar tampoco a estas épocas de revolución por su conciencia, sino porque, por el contrario, hay que explicarse esta conciencia por las contradicciones de la vida material, por el conflicto existente entre las fuerzas productivas sociales y las relaciones de producción. Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, veos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.

A grandes rasgos, podemos designar como otras tantas épocas de progreso, en la formación económica de la sociedad, el modo de producción asiático, el antiguo, el feudal y el moderno burgués. Las relaciones burguesas de producción son la última forma antagónica del proceso social de producción; antagónico, no en el sentido de un antagonismo individual, sino de un antagonismo que proviene de las condiciones sociales de vida de los individuos. Pero las fuerzas productivas que se desarrollan en el seno de la sociedad burguesa brindan, al mismo tiempo, las condiciones materiales para la solución de este antagonismo. Con esta formación social se cierra, por tanto, la prehistoria de la sociedad humana”.

(C. Marx, Prologo de la “Contribución a la critica de la economía política”, 1859)

“Es verdad que las fuerzas productivas, la práctica y la base económica desempeñan por regla general el papel principal y decisivo, quien niegue esto no es materialista. Pero hay que admitir también que, bajo ciertas condiciones, las relaciones de producción, la teoría y la superestructura desempeñan, a su vez, el papel principal y decisivo. Cuando el desarrollo de las fuerzas productivas se hace imposible sin un cambio de las relaciones de producción, este cambio desempeña el papel principal y decisivo. La creación y divulgación de una teoría revolucionaria desempeña el papel principal y decisivo en determinados momentos, refiriéndose a lo cuales dijo Lenin:
‘Sin teoría revolucionaria, no puede haber tampoco movimiento revolucionario’. Cuando hay una tarea por cumplir (sea la que fuere), pero se carece todavía de orientación, método, plan o política, lo principal y decisivo es determinar una orientación, método, plan o política. Cuando la superestructura (política, cultural, etc.) obstaculiza el desarrollo de la base económica, las transformaciones políticas y culturales pasan a ser lo principal y decisivo. ¿Estamos yendo en contra del materialismo al afirmar esto?
No. La razón es que, junto con reconocer que, en el curso general del desarrollo histórico, lo material determina lo espiritual y el ser social determina la conciencia social, también reconocemos y debemos reconocer la relación que a su vez ejerce lo espiritual sobre lo material, y la superestructura sobre la base económica. No vamos así en contra del materialismo, sino que evitamos el materialismo mecanicista y defendemos firmemente el materialismo dialéctico”.

(Mao Tsetung. Sobre la contradicción, 1937)

“La gran cardinal de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos determinados, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie interrumpida de cambios, por un proceso de génesis y caducidad, pese a todo su aparente carácter fortuito y a todos los retrocesos momentáneos, se acabo imponiendo siempre una trayectoria progresiva; esta gran idea cardinal se halla ya tan arraigada sobre todo desde Hegel, en la conciencia habitual, que, expuesta así, en términos generales, apenas encuentra oposición.
Pero una cosa es reconocerla de palabra y otra cosa es aplicarla a la realidad concreta, en todos los campos sometidos a investigación. Si en nuestras investigaciones nos colocamos siempre en este punto de vista, daremos al traste de una vez para siempre con el postulado de soluciones definitivas y verdades eternas, tendremos en todo momento la conciencia de que todos lo resultados que obtengamos serán forzosamente limitados y se hallarán condicionados por las circunstancias en las cuales los obtenemos; pero ya no nos infundirán respeto esas antitesis irreductibles, para la vieja metafísica todavía en boga; de lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo idéntico y lo distinto, lo necesario y lo fortuito, sabemos que estas antitesis sólo tienen un valor relativo, que lo que hoy reputamos como verdadero encierra también un lado falso, ahora oculto, pero que saldrá a la luz más tarde, del mismo modo que lo que ahora reconocemos como falso guarda su lado verdadero, gracias al cual fue acatado como verdadero anteriormente; que lo que se afirma necesario se compone de toda una serie de meras casualidades y que lo que se cree fortuito no es más que la forma detrás de la cual se esconde la necesidad, y así sucesivamente”.

“El viejo método de investigación y pensamiento que Hegel llama “metafísico” método de que ocupaba preferentemente la investigación de la cosas como algo hecho y fijo, y cuyos residuos embrollan todavía con bastante fuerza las cabezas tenía en su tiempo una gran razón histórica de ser. Había que investigar las cosas antes de poder investigar los procesos. Había que saber lo que era tal o cual cosa, antes de pulsar los cambios que en ella se operaban. Y así acontecía en las ciencias naturales. La vieja metafísica que enfocaba las cosas como fijas e inmutables, nació de una ciencia de la naturaleza que investigaba las cosas muestras y las vivas como cosas fijas e inmutables. Cuando estas investigaciones estaban ya avanzadas que era posible realizar el progreso decisivo, consistente en pasar a la investigación sistemática de los cambios experimentados por aquellos objetos en la naturaleza misma, sonó también en el campo filosófico la hora final de la vieja metafísica. En efecto, si hasta fines del siglo pasado las Ciencias Naturales fueron predominantemente ciencias colectoras, ciencias de objetos hechos, en nuestro siglo son ya ciencias esencialmente ordenadoras, ciencias que estudian los procesos, el origen y el desarrollo de estos objetos y la concatenación que hace de estos procesos naturales un gran todo. La fisiología, que investiga los fenómenos del organismo vegetal y animal, la embriología, que estudia el desarrollo de un organismo desde su germen hasta su formación completa, la geología, que sigue la formación gradual de la corteza terrestre, son todas ellas, hijas de nuestro siglo”.

(F. Engels. Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1888)

EL ARTE Y LA LITERATURA

La concepción materialista y dialéctica
del arte literario
“No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”

“La producción de la ideas, de las representaciones de la conciencia, está, en primer lugar, directamente entrelazada con la actividad material y con las relaciones materiales de los hombres. La conciencia no puede ser nunca algo distinto del ser consciente, y el ser de los hombres es el proceso real de su vida”.

(Marx-Engels. La ideología alemana)

“El desenvolvimiento político, jurídico, filosófico, religioso, literario, artístico, etc. Se basa en el desarrollo económico, pero estos elementos interactúan entre sí y reaccionan también sobre la base económica. No es que la situación económica sea la causa, la única activa, mientras que todo lo demás es pasivo. Hay, por el contrario, infracción sobre la base de la necesidad económica, la que en última instancia siempre se abre camino”.

(Engels. Carta a H. Starkenburg, 1894)

Pero la dificultad no consiste en comprender que el arte griego y la epopeya están vinculados a ciertas formas del desarrollo social. La dificultad reside en que ambos nos preocupan todavía un placer estético que aun tienen para nosotros, en cierto sentido, el valor de normas y de modelos accesibles.

Un hombre no puede volver a ser niño, de caer en la puerilidad. ¿Pero no encuentra acaso placer en la ingenuidad del niño y, una vez llegado a un nivel superior, debe aspirar él mismo a reproducir la verdad? En la naturaleza infantil ¿no habrá época para revivir su carácter en su verdad natural? ¿Por qué la infancia histórica de la humanidad, allí donde ha alcanzado su más lindo florecimiento; porque esa etapa de desarrollo acaba para siempre no ejercerá in hechizo eterno? Existen niños maltratados y otros que adoptan aires de personas mayores. Muchos de pueblos de la antigüedad pertenecen a esta categoría. Los ciegos eran niños normales. El encanto que ejerce sobre nosotros su arte no esta en contradicción con el carácter primitivo de la sociedad en que creció. Es, más bien, su producto y, por el contrario, se encuentra vinculado en forma indisoluble al hecho de que las condiciones insuficientemente maduras en que nació, únicas en que podía haber nacido no podrán volver a darse”.

(C. Marx. Introducción a la Critica de la Economía Política)

“Las obras artísticas y literarias, como formas ideológicas, son producto del reflejo en el cerebro del hombre de una existencia social determinadas. El arte y la literatura revolucionarios, son producto del reflejo de la vida del pueblo en el cerebro de los artistas y escritores revolucionarios. En la misma vida del pueblo están los yacimientos de materia prima para el arte y la literatura, material en estado natural, no elaborado, pero, a la vez, el más vivo, el más rico y el más fundamental”.

(Mao Testung. Intervenciones en el foro Yenán)

El arte y la política
“Esquilo, el padre de la tragedia, y Aristófanes, el padre de la comedia, fueron ambos poetas decididamente de tendencia; no menos lo fueron Dante y Cervantes, y lo mejor de Amor y Engaño de Schiller es que constituye el primer drama político alemán de tendencia. Los rusos y los noruegos modernos, que nos dan novelas excelentes, son todos poetas de tendencia”.

(F. Engels, Carta a Minna Kautsky, 1885)

“En oposición alas costumbres burguesas, en oposición a la prensa burguesa patronal y mercantil, en oposición al arribismo literarios y al individualismo burgués, al “anarquismo aristocrático” y a la caza del provecho, el proletariado socialista debe preconizar el principio de una literatura de partido, desarrollarlo y aplicarlo en una manera tan plena y entera como sea posible.

“¿En qué consiste, pues, este principio? No solo en que, para el proletariado socialista, la literatura no debe ser un medio de enriquecimiento para individuos o grupos de individuos, sino que no debe ser en absoluto un asunto individua, independiente de la causa general del proletariado. ¡Abajo los literarios sin partido! ¡Abajo los superhombres de la literatura!

(V.I. Lenin. La organización del Partido y la literatura de partido)

“En el mundo actual, toda la cultura, todo el arte y la literatura pertenecen a una clase determinada y están subordinados a una línea política determinada. No existe, en realidad, arte por el arte, ni arte que este por encima de las clases, ni arte que se desarrolle al margen de la política o sea independiente de ella. El arte y la literatura proletarios son parte de la causa de la revolución proletaria en su conjunto; son, como decía Lenin, ‘rueda y tornillo’ del mecanismo general de la revolución”.

(Mao Tsetung, Intervenciones en el foro de Yenán)

El problema del realismo
“Realismo significa, según mi modo de ver, aparte de fidelidad en los detalles, reproducción fiel de caracteres típicos en circunstancias típicas.

(F. Engels, Carta a Margaret Harkmess, 1888)

“Cuanto más escondidas se mantienen las opiniones del autor, tanto mejor para la obra de arte. El realismo de que yo hablo puede también manifestarse a pesar de las ideas del autor. Permitanme un ejemplo; Balzac, a quien yo tengo por un maestro del realismo con mucho superior a todos los Zolas del pasado, del presente y del futuro, nos da en la Comedia Humana una excelente historia realista de la sociedad francesa, puesto que, bajo la forma de una crónica, describe casi año a año, desde 1816 hasta 1848, el empuje siempre creciente de la burguesía ascendente contra la sociedad nobiliaria. Describe cómo los últimos restos de esta sociedad, para el ejemplar, iban cayendo poco a poco ante el ataque del rico y vulgar villano venido a más o eran corrompidos por él; como la grande dame, ayuda infidelidad conyugal era tan sólo un medio para afirmarse perfectamente adecuado con el modo en que disponían de ella para el matrimonio, dejaba paso a la señora de la burguesía, que elegía marido por amor a la caja de caudales o al guardarropa; y, en torno a este cuadro central, agrupa una historia completa de la sociedad francesa, de la que yo, incluso en las particularidades económicas, he aprendido más que de todos los historiadores, economistas y estadistas profesionales de este período juntos”.

(F. Engels, Ibid)

“Estudiamos marxismo con el fin de aplicare el punto de vista del materialismo dialéctico y del materialismo histórico en la observación del mundo, de la sociedad, del arte y la literatura, y no con el fin de escribir disertaciones filosóficas en nuestras obras artísticas y literarias. El marxismo sólo puede abarcar, pero no reemplazar, el realismo en la creación artística y literaria, igual que sólo puede abarcar, pero no sustituir las teorías atómica y electrónica en la física. Las fórmulas dogmáticas, vacías u secas, destruyen el impulso creador; pero no sólo eso, sino que también, en primer término, destruyen el marxismo”.

(Mao Tsetung, Intervenciones en el foro de Yenán)

Sobre el estilo literario
“Además, la verdad es universal, no pertenece a mí solo, pertenece a todos, es dueña de mí, y no yo dueño de ella. Mi patrimonio es la forma, que constituye mi individualidad espiritual. ‘El estilo es el hombre’”.
(C. Marx – F. Engels. Notas sobre las novísimas instrucciones de la censura Prusia)

“En esta obra de Proudhon predomina aún, permítaseme la expresión, un estilo de fuerte musculatura, lo cual, a mi juicio, constituye su principal merito. Se ve que, incluso en los lugares donde Proudhon se limita a reproducir lo viejo, dicha reproducción constituye para él in descubrimiento propio; cuado dice es para él algo nuevo y como tal lo presenta. La audacia provocativa con que ataca el sancha sanctorum de la economía política, las ingeniosas paradojas con que se burla del sentido común burgués, la critica demoledora, la ironía mordaz, ese profundo y sincero sentimiento de indignación que manifiesta de cuando en cuando contra las infamias del orden existente, su convicción revolucionaria, todas estas cualidades contribuyeron a que el libro ¿Qué es la propiedad? Electrizase a los lectores y produjese una gran impresión desde el primer momento de su salida a la luz”.

(C. Marx, Miseria de la filosofia)

Cultura nacional, científica y de masas
“La cultura debe tener su propia forma, es decir, una forma nacional. Nacional en la forma y de nueva democracia en el contenido, tal es nuestra nueva cultura de hoy”.

“La cultura de nueva democracia es científica. Está contra toda idea feudal y supersticiosa, y por la búsqueda de la verdad en los hechos, por la verdad objetiva y por la unidad entre la teoría y la práctica”

“La cultura de nueva democracia pertenece a las masas y es, por lo tanto, democrática. Debe servir a las masas trabajadoras, a los obreros y a los campesinos, que constituyen más del 90% de la nación, y convertirse gradualmente en su propia cultura”.

(Mao Tsetug. Sobre la nueva democracia)

EL PARTIDO

“En si lucha contra el poder unido de las clases poseedoras, el proletariado no puede actuar como clase más que constituyéndose el mismo en partido político distinto y opuesto a todos lo antiguos partidos políticos creados por las clases poseedoras”.

“Esta constitución del proletariado el partido político es indispensable para asegurar el triunfo de la Revolución social y de su fin supremo; la abolición de la clases”.

(C. Marx. Estatutos Generales de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 1871)

“Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y por la otra, en que, en las diferentes fases de desarrollo porque pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”
“Los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera pero, al mismo tiempo, defienden también dentro del movimiento actual, el provenir de este movimiento”.

(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848)

“Por oposición al ‘Maniifesto Comunista’ y a todo el socialismo anterior. Lasalle concebía el movimiento obrero desde el punto de vista nacional más estrecho. ¡Y, después de la actividad de la Internacional, aún se siguen sus huellas en este camino!”.

“Naturalmente, la clase obrera, para poder luchar, tiene que organizarse como clase en su propio país, ya que éste es la palestra inmediata de sus luchas. En este sentido, su lucha de clases es nacional, no por su contenido, sino, como dice el Manifiesto Comunista, por su forma”

(C. Marx. Critica del Programa de Gotha, 1875)

“No hay que dejarse engañar por los gritos de ‘unidad’ precisamente los que más abusan de esta consigna son los primeros en provocar disensiones; así ocurre con los actuales bakuninistas del Jura suizo, que han sido los instigadores de todas las escisiones y que por nada claman tanto como por la unidad”.

“Los sectarios más inveterados y los perores intrigantes y aventureros son los que en ciertos momentos más ruido arman en torno a la unidad. En lo que llevamos de vida nadie nos ha proporcionado tan grandes disgustos ni nos ha jugado tan malas pasadas como esos ruidosos predicadores de la unidad”.

“Es lógico y está muy bien que toda dirección de partido busque éxitos en sus trabajos. Pero hay circunstancias en las que se debe tener el valor de renunciar a los éxitos inmediatos en aras de cosas más importantes. Sobre todo un partido como el nuestro, cuyo éxito final esta plenamente asegurado y cuyo crecimiento en nuestra época y ante nuestros propios ojos han sido tan gigantescos que no necesita, siempre y en todas las condiciones, obtener éxitos inmediatos. Tomemos el ejemplo de la Internacional. Después de la comuna logró éxitos enormes. Los burgueses, muertos de miedo, la creían impotentes. La gran masa de militantes de la Internacional pensaba que las cosas iban a continuar así eternamente. Nosotros sabíamos perfectamente que el globo tenía que reventar. Gente de las más despreciables había adherido a la internacional. Los sectarios que se hallaban en sus filas se aprovecharon abusivamente de su condición de miembros de la Internacional y llegaron en su desfachatez a suponer que se les iba a tolerar las más grandes necedades y vilezas. Pero nosotros no lo toleramos. Sabiendo perfectamente que el globo tenía que reventar algún día, procuramos no aplazar la catástrofe y lograr que la Internacional saliese de ella limpia e incorrupta. El globo estallen La Haya, y ya sabe usted que la mayoría de los miembros del Congreso a sus casas profundamente desilusionada. Pero estos, decepcionados, que se imaginaban que en la Internacional hallarían el ideal de la fraternidad y la reconciliación universales, provocan casi todos ellos en sus organizaciones locales peleas mucho más graves que las que estallaron en La Haya. Ahora, los intrigantes sectarios predican la reconciliación y nos acusan de ser unos intratables y unos dictadores. Pero ¿Cuál hubiera sido el resultado si nosotros hubiésemos tratado de encubrir la escisión inminente? Los sectarios, esto es, los bakuninistas, habrían tenido un año más a su disposición para realizar en nombre de la Internacional estupideces e infamias aún mayores”.

“Por lo demás ya el viejo Hegel decía que un partido demuestra su triunfo aceptando y resistiendo la escisión. El movimiento proletario pasa necesariamente por diversas fases de desarrollo, y en cada una de ellas se atasca parte de la gente, que ya no sigue adelante”.

(F. Engels. Carta a A. Bebel, 1873)

LA TÁCTICA

“De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía, sólo el proletariado es una clase verdaderamente revolucionaria. Las demás clases van degenerando y desaparecen con el desarrollo de la gran industria; el proletariado, en cambio, en su producto más peculiar”.

(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848)

“Hay que hacer justicia a los obreros alemanes por haber aprovechado con rara inteligencia las ventajas de s situación. Por primera vez desde que existe el movimiento obrero, la lucha se desarrolla en forma metódica en sus tres direcciones concertadas y relacionadas entre sí; teórica, política y económica-practica (resistencia a los capitalistas).
En este ataque concéntrico, por decirlo así, reside precisamente la fuerza y la imbecilidad del movimiento alemán”.

(F. Engels. Prefacio a Las guerras campesinas en Alemania, 1848)

“Todo movimiento en el que la clase obrera actúa como clase contra las clases dominantes y trata de forzarlas ‘presionando desde fuera’, es un movimiento político”

“Allí donde la clase obrera no ha desarrollado su organización lo bastante para emprender una ofensiva resuelta contra el Poder colectivo, es decir, contra el Poder político de las clases dominantes, se debe, por lo menos, prepararla para ello mediante una agitación constante contra ese Poder y adoptando una actitud hostil hacia la política de las clases dominantes. En caso contrario, la clase obrera será un juguete en sus manos, como lo ha demostrado la revolución de septiembre en Francia y como lo esta, hasta cierto punto demostrando el juego que aún hoy llevan con éxito en Inglaterra Gladstone y Cía”.

(C. Marx. Carta a F. Bolte, 1871)

“Una de las causas más profundas que engendran periódicamente divergencias en cuanto a la táctica es el propio hecho del incremento del movimiento obrero. Si no lo medimos con el rasero de algún ideal fantástico, sino que lo consideramos como una hecho practico de hombres corrientes, evidenciaremos que el enrolamiento de nuevos y nuevos ‘reclutas’ y la incorporación de nuevas capas de las masas trabajadoras deben verse acompañados inevitablemente por las vacilaciones en el terreno de la teoría y de la táctica, por la repetición de viejos errores, la vuelta provisional a conceptos y métodos anticuados, etc. El movimiento obrero de casa país invierte periódicamente más o manos energía, atención y tiempo en la ‘instrucción’ de los reclutas”.

“las relaciones económicas atrasadas o las que se van rezagando en su desarrollo conducen siempre a la aparición de partidarios del movimiento obrero que han asimilado sólo algunos aspectos del marxismo, algunas partes aisladas de la nueva concepción del mundo o consignas y reivindicaciones aisladas, sin sentirse capaces de romper decididamente con todas las tradiciones de la concepción burguesa en general y de la democrático-burguesa en particular”.

“Los ideólogos burgueses, los liberales y los demócratas, que no comprenden el marxismo ni el movimiento obrero de nuestros días, saltan constantemente de una extremismo impotente a otro. Ya pretenden explicarlo todo diciendo que gentes malignas ‘azuzan’ a una clase contra otra, ya se quieren consolar con la idea de que el partido obrero es un ‘partido pacifico de reformas’. Producto directo de esta concepción burguesa y de su influencia son, a la vez, el anarcosindicalismo y el reformismo, que se aferran a uno de los aspectos del movimiento obrero, que elevan ese procedimiento unilateral al nivel de doctrina, declarando incompatibles entre sí las tendencias o rasgos del movimiento obrero que forman la peculiaridad especifica de tal o cual periodo o de unas u otras condiciones en que actúa la clase obrera. Pero la vida real, la historia real, abarca distintas tendencias, del mismo modo que la vida y el desarrollo de la naturaleza comprenden tanto la lenta evolución como los saltos bruscos, las interrupciones en el proceso gradual del desarrollo”.

“Finalmente, una cosa muy importante de discrepancias entre los militantes del movimiento obreros residen en los cambios de táctica de las clases dominantes en general y de la burguesía en particular. Si la táctica de la burguesía fuera siempre igual, o por lo menos, del mismo tipo, la clase obrera aprendería rápidamente a responder a ella con una táctica también igual y del mismo tipo. Pero, de hecho, la burguesía en todos los países establece, inevitablemente, dos sistemas de gobierno, dos métodos de lucha por sus intereses y en defensa de su dominio, métodos que van alternándose o que se entrelazan en distintas combinaciones. Es, en primer termino, el método de la violencia, el método que no admite concesión alguna al movimiento obrero, el método que apoya todas las instituciones viejas y ya caducas, el método que rechaza rotundamente las reformas. Esta es la esencia de la política conservadora, que, en Europa Occidental, deja de ser cada vez más, la política de las clases terratenientes para convertirse en una de las variedades de la política general burguesa. El segundo método es el del ‘liberalismo’, el de dar pasos en el sentido del desarrollo de los derechos políticos, en el sentido de las reformas, de las concesiones, etc.”.

(V. I. Lenin. Las divergencias en el movimiento obrero, 1910)

“La abstención absoluta en política es imposible; todos los periódicos abstencionistas hacen también política. El quid en la cuestión consiste únicamente en cómo la hacen y que política hacen. Por lo demás, para nosotros la abstención es imposible. El partido obrero existe ya como partido político en la mayoría de los países. Y no seremos nosotros los que destruyamos predicando la abstención. La experiencia de la vida actual, la opresión política a que se someten a los obreros los gobiernos existentes tantos con fines políticos como sociales, les obligan a dedicarse a la política, quiéranlo o no.
Predicarles la abstención significaría arrojarlos en los brazos de la política burguesa. La abstención es completamente imposible, sobre todo después de la Comuna de París, que ha colocado la acción política del proletariado a la orden del día”.

(F. Engels. Discurso en la Conferencia de Londres, 1871)

“Estamos en presencia de una sociedad secreta que bajo la mascara del anarquismo más extremista, dirige golpes contra los revolucionarios que no aceptan ni su ortodoxia ni su dirección y no contra los gobierno existentes. Fundada por la minoría de un congreso burgués, se introduce, en las filas de la organización internacional de la clase obrera, trata primero de regir en ella y, cuando ve que el plan fracasa, se esfuerza en desorganizarla. Para alcanzar sus fines, no retrocede ante ningún medio ni ante ninguna felonía; igual le va la mentira que la calumnia, la intimidación que la asechanza. Por último, en Rusia, esta sociedad sustituye enteramente a la Internacional y comete con nombre delitos comunes, estafas y un asesinato, de los que la prensa gubernamental y burguesa hace responsable a nuestra Asociación. ¡Y la Internacional no debe hablar de todos estos hechos porque la sociedad culpable de haberlo producido es secreta! En manos de la Internacional obran los estatutos de esta sociedad, enemiga mortal suya; estatutos que ella se proclama abiertamente moderna Compañía de Jesús y declara que es derecho y deber suyo poner en juego todos los medios jesuíticos de acción; estatutos que explican de una vez toda la serie de hostilidades dirigidas por esta sociedad contra la Internacional; pero la Internacional debe servirse de estos estatutos, ¡eso seria denunciar una sociedad secreta!

“Contra todas estas intrigas no hay más que un medio pero de una eficacia fulminante. La más completa publicidad”.

(C. Marx y F. Engels. La alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores, 1873)

A LOS CIEN AÑOS DE LA MUERTE DE CARLOS MARX

De Marx:
Lo nuevo que yo he aportado

“En cuanto a mí, no me cabe el merito de haber descubierto ni la existencia de las clases en la sociedad moderna ni su lucha entre sí. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses habían expuesto el desarrollo histórico de esta lucha de las clases y algunos economistas burgueses la anatomía económica de estas. Lo nuevo que yo he aportado ha sido demostrar. 1: que la existencia de las clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo de la producción. 2: que la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado. 3: que esta dictadura no constituye por sí más que el transito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases.

(C. Marx, Carta a J. Weydemeyer, 5 de marzo de 1852).

De Engels a Marx:
“Lo principal, publicar nuestras cosas”

“No solo debemos abstenernos de ocupar ningún puesto estatal, sin que, mientras sea posible, tampoco debemos aceptar ningún cargo en comités, etc., ninguna responsabilidad por lo que hagan los asnos, una critica implacable con relación a todos, y luego ese rumor del que no nos pueden privar todos los “complots” de estos brutos. Y esto podemos hacerlo. En el fondo siempre podemos ser más revolucionarios que estos amantes de la frase, porque nosotros hemos aprendido algo, y ellos no; porque nosotros sabemos lo que queremos, y ellos no; porque después de lo que hemos visto durante los tres últimos años, lo percibiremos todo con mucha más sangre fría que quienes se hallan personalmente interesados en el asunto.

“Lo principal en el momento presente es la posibilidad de publicar nuestras cosas; en una revista trimestral en cuyas paginas llevaremos acabo los ataques directos y defenderemos nuestra posición, manifestándonos contra personas concretas, bien en libros gruesos donde haremos lo mismo sin tener siquiera necesidad de recordare a ninguna de esas arañas. A mí modo de ver, lo uno y lo otro está bien; para un periodo largo y con el incrementó de la reacción, la primera posibilidad se me hace menos probable; la última por lo visto se convertirá cada vez más en el único recurso al cual tengamos que acudir. ¿Qué quedará después de estos comadreos y habladurías que toda la canalla de la emigración puede difundir sobre ti cuando le contestes con tú economía política?.

(F. Engels, Carta a Marx, 13 de febrero de 1851)

De Marx:
“Se trata de transformar al mundo”

“Los filósofos no han hecho que interpretemos de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

(C. Marx, Tesis sobre Feuerbach, 1846)

De Marx a Engels
“Sin ti nunca habría podido llevar hasta el fin esta obra”

“Espero y estoy firmemente convencido de que dentro de una año mis asuntos económicos se habrán arreglado hasta el punto de que podré mejorar radicalmente mi situación y volver a desenvolverme por mis propios medios. Sin ti nunca habría podido llevar hasta el fin esta obra (El Capital) y – te lo aseguro – siempre agobiaba mi conciencia, como una pesadilla, la idea de que tú malgastabas tus extraordinarias dotes en el comercio y dejabas que se embotasen, principalmente, por mí, y de que para colmo, aún debías compartir todas mus pequeñas contrariedades. Por otra parte, no voy a ocultármelo a mí mismo, todavía me aguarda un año de prueba.

De Engels:
“Marx un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento”

“De la descomposición de la escuela hegeliana brotó además otra corriente, la única que ha dado verdaderos frutos, y esta corriente va asociada primordialmente al nombre de Marx.

Permítaseme aquí un pequeño comentario persona. Últimamente, se ha aludido con insistencia a mi participación en esta teoría; no puedo, pues, por menos de decir aquí algunas palabras para poner en claro este punto. Que antes y durante los cuarenta años de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la fundamentación, y sobre todo en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté, si se exceptúa, todo lo más, dos o tres ramas especiales, pudo haberlo aportado también Marx aún sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó. Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que todos nosotros juntos. Marx era un genio; nosotros, los demás, a lo sumo, hombres de talento. Sin él la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre.

(F. Engels, Ludwing Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1888)

De la censura zarista sobre “el Capital”

“A pesar de que el autor sea, por sus opiniones, un socialista cien por cien, y que todo el libro tenga un neto cariz socialista, teniendo en cuenta sin embargo el hecho de que la exposición no puede ser calificada de accesible a todo el mundo y que posee, además, la forma de una demostración científica de tono estrictamente matemático, la comisión declara que es imposible perseguir esta obra delante de los tribunales”.

(Resumen del veredicto de la censura zarista sobre la traducción del ruso del Libro I de el Capital, 1872).

Editorial: LA VIGENCIA HISTÓRICA DEL MARXISMO

Al cumplirse el 14 de marzo cien años de la muerte en Londres de Carlos Marx, el Partido decidió valerse de la conmemoración para estudiar y difundir los hallazgos del genial alemán, cuyo sistema de pensamiento, designado honoríficamente con su nombre, alumbra la lucha emancipadora del proletariado. Con tal motivo se constituyó una comisión para que coordinara las múltiples actividades con que celebramos las efemérides. Entre las orientaciones impartidas por el Comité Ejecutivo Central se destacó la de no limitar la campaña educativa a los textos de Marx y Engels, sino ampliarla y sustentarla con los acopios posteriores de sus principales discípulos, Lenin, Stalin y Mao. Recomendación pertinente, pues se trata es de remarcar la trascendencia del marxismo. ¿Y de qué modo mejor que el de empezar por reconocer los reportes sobre los magnos transformadores sociales que debieron sus éxitos al rigor con que interpretaron las instrucciones de aquéllos y a la lealtad con que los defendieron?

Los ideólogos de la burguesía, ante la arrolladora ascendencia del creador del socialismo científico, acrecida con el paso del tiempo, lejos de ignorar sus prédicas cual lo intentaron en sus albores con la «conspiración del silencio», ahora se empeñan en pervertirlas, desligándolas de las «impurezas» y «atrocidades» de sus continuadores y absorbiéndoles su savia revolucionaria. Reducir el marxismo a las ejecutorias de los expositores del Manifiesto Comunista, además de despojarlo de su verdadera dimensión histórica, significaría negarle su infinita capacidad de desarrollo.

Si ha habido un método ideológico que cimiente su pujanza en la ninguna resistencia a la evolución; en la predisposición a ajustarse o aprovecharse de las modificaciones que traen consigo los procesos naturales y sociales y los adelantos de las ciencias, ésa es la concepción del mundo elaborada por Marx y Engels. No configura un dogma cerrado o acabado al que ya nada ni nadie consigue enriquecer, o que se marchite ante la marcha incesante de los acontecimientos. Su fundamento materia lista y dialéctico le permite mantenerse al día y a la vanguardia del combate por los cambios en la naturaleza y la sociedad, y requiere, por ende, de las contribuciones que de cuando en cuando efectúan los portadores del progreso de los diversos países. Existe sólo a condición de que se innove. De ahí el interés que muestran las capas «cultas» para mantenerlo, contrariando su esencia, como un compendio disecado, sobre el que suena bueno lucubrar doctoralmente, mas al que hay que anularle cualquier incidencia creadora en los hitos de la revolución mundial, mientras no sea para achacarle los fracasos. Pero el pleito es gratuito. Los sucesos de aproximadamente ciento cuarenta años, desde el momento en que aquél quedara estructurado en sus rasgos fundamentales hasta hoy, ponen de manifiesto sus inmensas repercusiones, y que, distante de perder lozanía, se halla cada vez más resplandeciente, más actualizado, más victorioso. Justamente la frustración de las grandes gestaciones revolucionarias en dicho transcurso han de abonársele a la revisión u omisión del marxismo y no a su puntual observancia.

Los lineamientos teóricos dilucidados por los autores de La ideología alemana comienzan a perfilarse en el periodo en que las masas obreras de las naciones industrializadas de entonces ensayaban sus ataques contra el orden burgués establecido; contra ese mismo orden tras el cual se habían movilizado a la zaga de sus explotadores durante las rebeliones antifeudales, y que luego, sin comprenderlo muy bien, se volvía contra ellas y aparecía como la primera causa de su sojuzgación y la razón última de todas sus desgracias. La «igualdad» prometida no era más que un formalismo legal para encubrir la esclavitud asalariada. La «libertad» estatuida garantizaba únicamente las transacciones mercantiles del capitalismo, en las que al trabajador se le estima cual una mercancía más. Y la tan socorrida «fraternidad», prohibida para los desposeídos, no pasaba de ser la que brinda el dinero. El proletariado europeo salta a la palestra en las décadas iniciales del siglo XIX y por su cuenta y riesgo emprende los embates contra la nueva extorsión sacralizada, pregonando con su rebeldía el asomo de un enorme sector social que, a semejanza de los anteriores, se reservaba también el derecho a moldear el mundo conforme a sus propias conveniencias. Con dos diferenciaciones: una, que nunca antes se lo había propuesto ni podía proponérselo la fuerza esclava de la sociedad; y otra, que el triunfo suyo, la instauración de la dictadura de dicha fuerza, desembocará en el término de todo tipo de explotación entre los hombres y por tanto en la supresión de las clases. A Marx le corresponde la distinción de proporcionarle el sustento a esta lucha y de dotar, a los artífices recién surgidos, de los materiales ideológicos indispensables con qué culminar la obra transmutatoria. El marxismo, que no irrumpe en ninguna otra época pretérita por ausencia de las condiciones reales que lo hicieron posible, inaugura una era entera en la historia de la humanidad. De no haber sido del cerebro germano nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818, aquellas herramientas espirituales hubieran brotado de cualquier otro, porque toda alteración en la estructura económica se refleja inexorablemente en las instituciones y demás campos de la actividad social, con sus respectivos conflictos entre segmentos de la población, bandos, dirigentes, ideas, etc., y el proletariado de cualquier modo se habría armado y pertrechado para su justa. Esto no lo ignoramos; pero asimismo podemos estar seguros de que la contextura marxista en que encarnó tal necesidad histórica luce irreemplazable por la hondura del examen, la vastedad de los temas, la belleza de la forma. Para lograrlo Marx ha de empeñarse en el análisis del capitalismo y probar que éste no integra la etapa definitiva sino que representa un escalón más del desarrollo, y que, cual los precedentes, nace y perece al cumplir su cielo, Acaba con los, sueños de la eternización del régimen burgués, al verificar que éste, al igual que los otros, perecerá cuando el incremento constante de las fuerzas productivas se vea estancado por las relaciones de producción que antes lo favorecían. Máxima ley de todos los sistemas que han prevalecido y que bajo el capitalismo se expresa particularmente en la antítesis entre el alto grado a que llega la socialización de la producción, de una parte, y de la otra, la distribución anárquica y la apropiación individual de los instrumentos y medios de la misma.

Aun cuando aquellos criterios estaban llamados a revolucionar toda la historiografía anterior, librándola del idealismo y de la metafísica y descubriéndole su hilo conductor con arreglo al cual se mueve, el autor de El Capital, en lugar de pretermitir las prodigiosas conquistas del conocimiento, se apoya en ellas y de ellas parte para erigir su edificio conceptual. En este sentido el marxismo es fruto y semilla de lo mejor del intelecto humano, del cual recoge cuanto fuere rescatable, desechando lo que riña con la realidad o la falsee, y al cual le retribuye generosamente, tan sólo restringido por las limitaciones y el penoso ascenso del saber científico. Así como Marx fue implacable con toda superstición religiosa, filosófica o de cualquier otra índole, recibía con gozo juvenil las revelaciones de un Darwin, de un Morgan o de un Laplace. Hereda la dialéctica hegeliana, pero la voltea, ya que, cual él mismo decía, se hallaba invertida, con los pies hacia arriba, corrigiéndole su arrevesada inspiración idealista. De Feuerbach adopta su postura materialista en la medida en que ciertamente lo era. Y de la conjunción de estas porciones incompletas de la filosofía alemana acopla su clarividente y armónica concepción y su método elemental y exacto: el materialismo histórico y dialéctico. Es la materia la que gobierna al, espíritu, no al contrario; y nada está estático sino que todo circula y se modifica permanentemente. Marx halló que la primera necesidad de los hombres estriba en proveer los medios con qué mantenerse y procrearse, para lo cual han de entrar en determinadas relaciones entre sí, el piso real que condiciona el resto de las manifestaciones sociales, como el Estado, la política, la cultura, en suma, la superestructura de la sociedad. Aunque las alteraciones en la base económica acarrean las mutaciones en la superestructura, y ello sea lo principal, ésta también evoluciona por sí misma e incide sobre aquélla, y a veces de manera decisiva, cual sucede en los desenlaces revolucionarios. Otro tanto pasa en la naturaleza, en donde las cosas cambian y se influencian mutuamente, alternándose los papeles en el curso de su desenvolvimiento. Lo que ora es efecto, luego actúa de causa y viceversa. Lo que se desempeña como general en un contexto, en otro lo hace de particular. Lo que ayer fue especie, mañana será familia, y así hasta el infinito. Tal la dialéctica de los procesos materiales que se reflejan en la dialéctica del pensamiento, síntesis suprema en que, en virtud del marxismo, culminan milenios de vigilias y divagaciones filosóficas.

Asimismo, ayudándose con el repaso crítico de la economía política inglesa y desarrollando los ingentes esfuerzos investigativos al respecto, el redactor en jefe de la Gaceta del Rin desentraña los misterios del valor de uso y del valor de las mercancías como sustratos, respectivamente, del trabajo concreto o útil y del trabajo abstracto o social; y corre el velo al secreto de la ganancia y del enriquecimiento del capitalista al averiguar la plusvalía y al explicar cómo ésta no es más que la parte no retribuida del trabajo del obrero, y que acumulada en las manos de aquél se convierte en fuente de la fortuna y la omnipotencia de unos pocos y de la ruina y el sometimiento de muchos. El asalariado vende su fuerza de trabajo, una mercancía cuyo costo equivale al mantenimiento suyo y de su familia y que al usarse, o consumirse en trabajo, crea un producto superior, con el cual se cubre dicho costo, quedando un excedente, que es el que se embolsa el dueño de la fábrica. A la par con la acumulación capitalista ocurren el auge constante y acelerado de la producción, la relegación del operario por la máquina y el. descenso de la cuota de ganancia, fenómenos que se traducen en crisis periódicas que obligan al capitalismo a suspender drásticamente su carrera, la que reinicia de nuevo, sólo después de que haya eliminado buena cantidad de sus fuerzas productivas con la quiebra de las empresas y el despido de los obreros. Un modo económico que condena a la indigencia a millones y millones de personas a tiempo que permite la mayor eclosión de bienes; riquezas colosales que carecen de pronto de quiénes las compren y disfruten, y muchedumbres abigarradas de hambrientos que sucumben ante una opulencia jamás vista. Un modo económico que tiene que sacudirse traumáticamente sus propios progresos y que mientras más se desarrolla más evidencia la indefectibilidad de una organización social distinta que encauce y se compadezca de tales progresos.

Marx prohija los anhelos del socialismo francés de erradicar las arbitrariedades que se han hecho patentes en el ordenamiento plantado sobre la explotación burguesa. Mas le reprocha sus quimeras; sus «falansterios», bancos proudhonianos de intercambio y demás panaceas inventadas al margen del curso económico y de la pugna entre los antagónicos estratos sociales; sus ilusiones de convencer a los expoliadores para que voluntariamente se comidan a abrazar el evangelio de una virtuosa y filantrópica justicia. Contra tan pueriles utopías socialistas intercede por un socialismo científico, que sea la resultante natural del discurrir histórico, la ulterior construcción orientada sobre lo legado por el capitalismo fenecido, que se abra paso a través de la lucha de clases y distinga en el proletariado a su beneficiario, el agente que ha de encargarse de imponerlo. Las revoluciones del siglo XX, la rusa y la china entre ellas, refrendaron estas soberbias deducciones, así como han ratificado, junto con los extraordinarios avances de la ciencia en los más disímiles campos, las certezas y la utilidad de la metodología materialista y dialéctica. ¿Y quién niega, por ejemplo, que el crac de 1930, o los trastornos recesivos de 1970, o los de 1975, o los que en la actualidad afectan turbulentamente a los países más desarrollados, no son una palmaria demostración de las teorías marxistas, pese a que el capitalismo se ha trocado en monopólico y contabiliza a su haber los incalculables recursos hurtados a los pueblos sometidos del orbe?

Una guía para la acción
Debido a que no desciende de los reinos celestiales, como han sobrevenido las esotéricas doctrinas que buscan en los designios divinos la clave de las candentes incógnitas de la creación, y a que, en cambio, germina en la tierra fértil de la realidad, de donde desarraiga sus postulados en lugar de preconcebirlos, el marxismo engloba conclusiones, verdades y diagnósticos aplicables a las diversas circunstancias existentes, de los cuales nos servimos a objeto de descifrar las peculiaridades específicas de nuestro país y de nuestra causa. Y debido también a que su estilo investigativo exige la evaluación concreta de las condiciones concretas y da por sentado que éstas varían de acuerdo con sus leyes internas y sus relaciones externas, si lo esgrimimos adecuadamente, calaremos las diferencias o analogías de Colombia con los demás Estados y el sentido y la velocidad con que aquéllas se alteran.

Cuando en la segunda mitad de la década del sesenta rebatíamos los embrollos de grupos camilistas que, como Golconda, apostrofaban contra el rol dirigente del proletariado en el proceso revolucionario, no hacíamos otra cosa que recurrir a los asertos marxistas, que confirman de qué manera las huestes obreras crecen y se robustecen constantemente con la expansión de la industria mientras las otras clases se descomponen sin remedio. ¿Y qué hemos hecho cuando catalogamos a Colombia de nación neocolonial y semifeudal que gira en la órbita del imperialismo norteamericano, y de nueva democracia a la revolución que nos compete impulsar en esta etapa? Pues efectuar, con la asistencia de esa «guía para la acción», la auscultación económica de los modos de producción prevalecientes en el país; identificar las disparidades de éste frente a las repúblicas capitalistas desarrolladas y sus similitudes con los pueblos del Tercer Mundo; distinguir las fuerzas sociales y discernir exactamente sus contradictorias funciones en la brega; preservar y hallar compatible la dirección proletaria con la naturaleza democrático-burguesa de la revolución; captar o inaceptable y estéril de querer brincarse etapas y pretender prescindir subjetivamente de cierto grado de capitalismo nacional, mientras éste cumpla aún una misión positiva y no haya agotado su decurso; comprender que la mayor urgencia de Colombia consiste en alcanzar la plena independencia y la cabal soberanía, cuyo cometido requiere de la colaboración de todas las clases, capas y sectores patrióticos y revolucionarios; prever que el régimen democrático que instauraremos se transformará en la sociedad socialista del futuro, y, en fin, ubicar y atender todos y cada uno de los tópicos esenciales en los que descansa la suerte de las masas y del Partido. Y a esto, no hace mucho, calificaban los trotskistas colombianos de falta de originalidad o de calco mecánico, ya que admitimos la presencia de una burguesía nacional en nuestro medio, susceptible de aliarse con nosotros en la pelea por la liberación y contra el desvalijamiento imperialista, lo cual coincide con lo que refiere Mao de la China de antes de 1949. Se les ocurría exagerada postración a lo extranjero, demasiada enajenación mental, el colmo del culto al dogma, que tomáramos del gran timonel chino sus aseveraciones y procedimientos, en cuanto guardan de universales, para auxiliarnos al indagar por nuestras propias características, así como aquél los tomara de Stalin y Lenin, y éstos, a su turno, de Marx y Engels.

Se torna gratificante recordar tales episodios en el centenario de la muerte del director fundador de la Nueva Gaceta del Rin, porque esos mismos socialisteros a ultranza se transmudaron posteriormente en fervorosos y cercanos compinches de los revisionistas criollos, quienes han andado siempre tras las huellas de las más exóticas banderías burguesas, repitiendo la monserga liberal sobre los lunares o los dones de la democracia oligárquica y sobre las fórmulas para recomponerla, o matizando hasta más no poder la contraposición que media entre el régimen representativo burgués y el popular y revolucionario que precisa Colombia y por el cual ya vienen contendiendo valiosos y masivos sectores de la población. Tamaña confusión y tamaño envilecimiento se han reputado cual inteligentísima maniobra para ensamblar el frente único y unir a los explotados y oprimidos, pero en el fondo, fuera de entregar las riendas a la burguesía aliada y suprimir de un tajo la hegemonía obrera en la conducción de la alianza patriótica, denotan el vacío absoluto de una política de principios, el desprecio olímpico por la teoría, en una palabra, el supino desconocimiento del marxismo, junto a la más pedante, superficial y estridente agitación de éste.

Una cosa es que de la disección que llevemos a efecto de la economía y de la conducta de las clases saquemos el proyecto general estratégico y táctico, y por ello advirtamos de la presencia de un fragmento burgués, constreñido por el imperialismo y marginado del mando, al que habremos de aproximar, facilitando su concurso con un programa democrático indicado, y otra diametralmente distinta secundar sus opiniones retardatarias y correr tras él, sobre todo cuando se pliega dócil a la reacción gobernante y le da la espalda a la revolución. Entonces no queda más disyuntiva que enmendarle la plana, impugnando sus vacilaciones e inclinaciones inmanentes a su condición social, y romper el acuerdo, si lo hay, a la espera de que pase la resaca y soplen los vientos benignos, el ciclón revolucionario. Lo que se dice un viraje táctico conveniente y en el plazo oportuno. De ello nos ocuparemos un poco más adelante. Sin embargo, no quisiéramos concluir el asunto que estamos abordando sin agregar algo más.

Del hecho de que en nuestro país, por su estancamiento relativo y el vasallaje externo, subsista una pequeña y mediana producción de tipo empresarial, tanto en la ciudad como en el campo, que urja medidas proteccionistas y ciertas libertades para no asfixiarse ante la extorsión de las capas monopólicas y parasitarias, y de que los representantes de aquellas formas productivas todavía puedan contribuir económica y políticamente a nuestro desarrollo, no se desprende que a la burguesía y a su sistema no les haya transcurrido, y desde hace rato, su momento histórico. El porvenir ineluctablemente ya no les pertenece. Y allí donde esta clase, o una parte de ella, consiga justificar sus aportes, como en el caso colombiano, su labor, con lo enjundiosa que llegue a ser, estará limitada por sus fatales impedimentos, sus irresoluciones, su innata debilidad, su temor a extinguirse. La gesta emancipadora la fortificará pero le espanta, porque presiente sus riesgos. Al proletariado no es que la revolución le convenga, así escuetamente, sino que constituye su elemento, su modus vivendi; y entre más honda sea, entre más categóricamente socave el antiguo orden, más realizado se verá, más íntegro será su poder.

Engels relata cómo, en las jornadas de mediados del siglo XIX, cuando los capitalistas estaban derribando el feudalismo y perfilando sus Estados nacionales, el crítico del Programa de Gotha le recomienda al proletariado -desde luego- que participe, pues con el advenimiento de la república se eliminan todas las interferencias que obstruyen su lucha de clases; y que apoye al destacamento burgués más consecuente y radical, pero cuidándose de postrarse ante los halagos, o de aceptar los ofrecimientos que le hiciere el régimen recién instalado, y resguardando celosamente su independencia política, para no traicionarse a sí mismo. Si esa advertencia ya era un deber indelegable de los trabajadores en las calendas en que el capitalismo se hallaba en su curso ascensional, ¿qué diremos hoy de nuestros acuerdos con la fracción progresista de la burguesía, cuando el mandato revolucionario histórico de ésta finiquitó hace casi una centuria y desde entonces se inauguró la época de la revolución mundial proletaria? Definitivamente los revisionistas, cual reza su apelativo, son unos renegados del marxismo.

Las enseñanzas sobre la táctica
Marx, el más glorioso apologista de la Comuna de París, mediante una certera apreciación de las trayectorias de las revoluciones, redondea la táctica a la que han de atenerse los obreros a fin de organizar y preparar sus contingentes y vencer en las contiendas por su emancipación de clase. Aunque no renuncia a las posibilidades de un derrocamiento pacífico de la minoría opresora en condiciones muy excepcionales, aconseja emplear la violencia para destruir la vieja máquina estatal e instaurar y mantener la nueva. No obstante, el blandir los instrumentos propiamente insurreccionales depende igualmente de factores económicos y políticos que en un momento preciso precipitan los levantamientos, y no de los deseos y caprichos de la vanguardia. Hay días subversivos y revolucionarios que equivalen y concentran años y decenios de ricos y rápidos sucesos, al igual que hay decenios tan pobres y lentos en que apenas si transcurren días de historia. De esta sencilla pero penetrante observación el activista de la revolución de 1848 concluye las pautas para distinguir la modalidad de pelea que preferirán los paladines proletarios en las distintas eventualidades. La mudanza de las cosas ocurre por intermedio de pausadas evoluciones seguidas de saltos bruscos, y ambas secuencias conllevan su importancia y se complementan recíprocamente. Durante los períodos apacibles se debe elevar la conciencia, acrecer la fuerza y ejercitar la capacidad combativa de los trabajadores, para que cuando lleguen las coyunturas de insurgencia no se les escapen por falta de la madurez y de la pericia necesarias. Pero como las masas no se educan más que con las lecciones de la experiencia práctica, el aprendizaje habrán de acometerlo interviniendo en los enfrentamientos de clase. La acción política es el medio y las reivindicaciones democráticas arrancadas al enemigo las espadas que convertirán a los noveles en expertos gladiadores. Por eso el fundador de la Internacional, fuera de que fustiga con denuedo a Bakunin y demás anarquistas por inducir a las mayorías apaleadas al total abstencionismo, degradándolas moralmente, embruteciéndolas aún más, entregándolas cual mansos rebaños a la demagógica influencia de los portavoces del capitalismo, reprueba firmemente toda, aventura que eche a pique en un instante lo cosechado con pacientes esfuerzos, les otorgue fáciles ventajas a los expoliadores y converja en la liquidación del movimiento. Y Marx no fue el teórico que se imaginan muchos, enclaustrado la existencia entera en su biblioteca y sustraído del acaecer cotidiano. Le tocó, a la inversa, inflamar en no pocas ocasiones el ánimo bizarro de los obreros en campaña, o incluso acudir solidariamente en socorro de alguna jornada perdida, como cuando, después de haber prevenido al proletariado francés respecto a un alzamiento extemporáneo, y una vez desatado, se levantó en su respaldo, considerándolo un mal menor frente a una capitulación sin combate, y escribiendo la más hermosa página sobre el primer ejemplo vivo en el mundo de un gobierno, aunque efímero, de los asalariados, la Comuna de París.

La revolución colombiana tiene indudablemente harto que aprender del marxismo, siendo el craso desconocimiento de éste su mayor deficiencia y su peor infortunio. Sin embargo, si se nos preguntase qué punto de tantos merece especial prelación para estudiarse, no vacilaríamos en señalar que los cánones tácticos encabecen la lista, de los asuntos por desenmarañar en un país en donde muchos de quienes se declaran seguidores de los preceptos sistematizados por el padre del comunismo, o son abates de secta, o anarquistas que se mimetizan de políticos pero que exaltan el terror a la categoría de una profesión para vivir de ella; o politiqueros burgueses infiltrados en las filas obreras, que hacen de los derechos humanos, de las reformas, de los reclamos y de la obtención de los abalorios económicos el objetivo máximo de las aspiraciones revolucionarias; o revisionistas retobados que hablan de la «combinación de todas las formas de lucha» para permitirse la licencia de caer en todos los extremos del oportunismo de derecha y de «izquierda» y eludir la responsabilidad de trazar un plan de acción proporcionado, que defina claramente las tareas prioritarias para cada tramo y que coadyuven en verdad a la nación y al pueblo y no a sus particularísimos y mezquinos intereses; o son simplemente los representantes genuinos de la vacua palabrería pequeñoburguesa que merodean por doquier pregonando con sus desastrosos experimentos cómo se debe «agudizar la pelea», «crear las condiciones» y «pasar siempre a la ofensiva».

Llevamos más de tres lustros de controversias contra tales descarríos antiproletarios y antimarxistas que tanto daño les han inferido a los trabajadores y a las masas populares en general; y, por lo que se aprecia, todavía nos falta demasiado para erradicar semejantes enfoques nocivos y actitudes de apurar las labores de la revolución. Cuando amagan extinguirse bajo el peso abrumador de sus incontables descalabros, las ya envejecidas desviaciones se reanudan de golpe, como si no hubiera sucedido nada, evidenciando únicamente su cerril contumacia, su tajante negativa a enjuiciar y a corregir sus errores. Una de las últimas de esas resurrecciones la presenciamos con el bochornoso espectáculo brindado por aquellas agrupaciones mamertas e hipomamertas, que en los comicios pasados promovieron desfachatadamente la conciliación con las oligarquías, a muchos de cuyos exponentes más reputados alabaron hasta la abyección por sus ofertas de «amnistía» y de «paz», para luego proseguir en las mismas andanzas por las cuales se vieron obligados a solicitar clamorosamente los indultos y demás decretos pacificadores.

Por el análisis materialista precisamos que aquellas malsanas tendencias responden sustancialmente a dos factores singulares: de un lado, con el atraso de Colombia, perpetuado por el saqueo neocolonial del imperialismo, fluctúa un considerable volumen de capas medias que aunque se encaminan a la bancarrota no adquieren aún las miras del proletariado, pues a lo sumo entran a engrosar las legiones inmensas de los cesantes, a las que el régimen no es capaz de proporcionarles ocupación alguna; y del otro, el pernicioso influjo de la comandancia cubana que, además de servir de muñidora del socialimperialismo soviético, azuza y amamanta todos esos géneros oportunistas, para lo cual dispone, con la desesperación de dichas capas, de un caldo de cultivo insuperable. Mas por la dialéctica conocemos que en los desvaríos y fracasos de los diversos matices del extremoizquierdismo se gesta su contrario, el comienzo de su fin, hasta el punto de que entre más reluzcan y mas alarde hagan de su prepotencia, más dejarán a la intemperie sus fragilidades e incongruencias y más podrán los destacamentos organizados de la clase obrera contrastar y hacer valer la invencibilidad de los procederes revolucionarios.

De lo sintetizado hasta aquí se deduce otro aspecto clave, el de que la táctica marxista no se circunscribe, para delinear sus derroteros, a las peculiaridades del país respectivo, ni siquiera de un grupo de países, sino que ha de sopesar la situación mundial en su conjunto, medir la distribución de fuerzas que opera periódicamente a la más amplia escala y percibir el sello y el rumbo determinantes de la época de que se trate.

Cambios en la distribución mundial de fuerzas
Atrás dejamos establecido que a Marx y a su amigo Engels les tocó actuar en un momento en que, aun cuando el proletariado ya intentaba sus duelos contra sus contrincantes, no habían culminado las revoluciones burguesas y a aquél le aguardaba todavía un largo proceso de paciente preparación; su hora no sonaba aún y sus opugnadores llevaban la batuta y estampaban la firma a los acontecimientos. En eso yacía el rasgo sobresaliente de la situación histórica. Las fuerzas a nivel internacional se realinderaban según la entidad y el peso de los distintos países y de sus correlativos sectores dominantes, entre los que descollaban la Santa Rusia como el fortín de la reacción europea y la cerrada mancomunación de los intereses burgueses, contra la clase asalariada, que no hacían factible el triunfo obrero en una nación, sin un estallido general, el cual nunca se dio. Tales circunstancias condicionaban las perspectivas y el batallar revolucionarios. Abundan las referencias de ambos estrategas al respecto, subrayando los peligros del despotismo ruso, exhortando a golpear en el sitio y en el instante en que éste estuviera impedido para proceder, sin concederle gratuitas o innecesarias ganancias, y llamando a la unidad de los trabajadores del globo. «¡Proletarios de todos los países, uníos!», como que era su consigna. La democracia de entonces liberaba a las naciones grandes de la Europa Occidental y se oponía acérrimamente al zarismo, que en procura de sus torvos propósitos, derrumbaba por doquier los manes del progreso, e impedía las aspiraciones nacionales de los pueblos pequeños y atrasados. En su itinerario obligado, la causa obrera internacional estaba compelida a brindar su concurso a las burguesías más osadas, alertando sobre el engaño de los movimientos que, como el paneslavismo, no eran más que mascarones de proa del oscurantismo ruso, y precisándose a sí misma que la instalación de la república y la obtención de los derechos democráticos le proporcionaría, nada más, pero tampoco nada menos, que el terreno ideal para su gesta libertaria, la cual exige la abolición completa de la explotación capitalista.

Con el siglo XX nace otra época. El capitalismo, que abandona la libre competencia, llega a la fase imperialista, su fase decadente y final. Entretanto el proletariado ocupa el lugar de adalid de la revolución mundial y ésta adquiere su impronta socialista. Las burguesías de los grandes Estados europeos, al cabo de un interregno de tres decenios, desde la devastación de la Comuna de París en 1871, y en el que conforme consolidan su poderío van perdiendo el ímpetu de la mocedad y mellando su espíritu innovador, desalojan a Rusia de la supremacía, con la que ahora emulan y al lado de la cual representan otras cuantas fortalezas prioritarias de la reacción. Inician, junto a la exportación de capitales, el apoderamiento y el despojo sistemáticos de las regiones de ultramar, originando la rebatiña entre sí por las colonias, puja para la que se arman tenaz y velozmente, hasta ir a parar a la conflagración que envolvió a todo el orbe «civilizado», la hecatombe de 1914-1918. Esta implacable riña interimperialista crea los complementos, antes inexistentes, para la irrupción del socialismo en un solo país, tal como lo vaticina Lenin; siendo precisamente Rusia la primera en obtenerlo, bajo la sabia orientación del partido bolchevique y cual fehaciente prueba de los extraordinarios aciertos de sus preceptores, Marx y Engels. Tal es el distintivo y el viento predominante de la nueva era. Los más notorios reagrupamientos fueron: dentro de la clase obrera brota una facción aristocrática y chovinista que se nutre de las moronas que caen del festín de los regímenes saqueadores, y cuyas faenas piráticas y depredadoras acolita; lo más granado de las mayorías laboriosas persevera, con el liderazgo de los partidos marxistas, en arremeter contra la barbarie entronizada por las metrópolis y en denunciar la proclividad de la corriente socialtraidora, y, por último, simultáneo a la regresión de la Europa burguesa, insurgen en Asia los movimientos democráticos de los pueblos avasallados que despiertan al capitalismo y se yerguen en pos de las conquistas republicanas, alentados por una burguesía joven, cuyo más firme y voluminoso exponente son los campesinos.

De todo lo cual resulta la unidad combativa entre el socialismo de los proletarios de los países capitalistas y la democracia revolucionaria de las naciones colonizadas, contra la confabulación de los imperialistas y sus socios menores, el oportunismo vendido. Lenin se basa en dichas premisas para diseñar la táctica a seguir, insistiendo en no propiciar por ningún motivo la carnicería bélica de ninguna de las potencias en pugna y, antes por el contrario, propender a la guerra civil contra la provocación armada de todos los imperialismos.

Durante la Segunda Guerra Mundial se desencadena una inusitada y singular redistribución de los poderes enzarzados en la reyerta. Ante la imperiosa premura de resguardar a la Unión Soviética, a la sazón el único Estado socialista existente y principal baluarte del proletariado internacional, que se hallaba amenazada de muerte por los delirios hegemónicos de la Alemania hitleriana y de sus secuaces, Stalin hizo hincapié en la distinción entre los países «agresores» y los «no agresores» del ámbito imperialista y concitó a la conformación del más dilatado frente contra el fascismo, llamando a reclutar no sólo a los movimientos independentistas de las naciones subyugadas, a los contingentes obreros de todas las latitudes, comprendido el mismo gobierno de Moscú, y al resto de tendencias democráticas y progresistas del planeta, sino a Estados Unidos, a Inglaterra, al régimen francés gaullista estatuido en el exilio y a las demás autoridades burguesas contrapuestas al Eje. Esta precisa y justa estrategia, coincidente con las mutaciones presentadas, hundió al nazismo, salvó a la URSS, allanó el camino de la revolución para los cientos de millones de pobladores de China y para los otros pueblos de Europa que abrazaron el socialismo.

Dentro de una misma concepción nos hemos referido a dos épocas y a los sendos diseños tácticos concernientes a tres reagrupamientos sucesivos de las fuerzas sociales y políticas del mundo; y hemos expuesto, grosso modo, cómo los partidos revolucionarios del proletariado obtuvieron significativos lauros, al interpretar creadoramente las diversas variantes y comportarse en consecuencia, ceñidos a las enseñanzas del materialismo y de la dialéctica de Marx.

La regresión de la unión soviética y sus repercusiones
Ahora, y para hacernos a una idea global de las vicisitudes del marxismo, describamos la última y más trascendente reubicación de las fichas en el tablero internacional, la cuarta en la tabla cronológica de las modificaciones notables, que afecta, acaso como ninguna otra, a la lucha del proletariado. De la segunda conflagración queda un panorama destinado a desvertebrarse muy pronto: además de la URSS, que acaba revitalizada no obstante sus inenarrables sacrificios, se liberan Polonia, Hungría, Bulgaria, Rumania, Checoslovaquia, Albania, Yugoslavia y Alemania Democrática, en Europa; y China, el Norte de Corea y el Norte de Viet Nam, en Asia, articulándose lo que se bautizó el «campo socialista». En cuanto al club de los imperialismos, Estados Unidos emerge preponderante, indisputado y solvente, hasta el punto de que, ante el colapso de las otras potencias, se permite el lujo de financiar la reparación de la Europa humeante y asolada. En lo atinente a los pueblos avasallados, aunque muchos consiguen la república, la independencia política y otras de las libertades formales burguesas, continúan aherrojados bajo la rapiña económica de las metrópolis, primordialmente la norteamericana, o sea, generalízase el neocolonialismo como la modalidad preferida del desvalijamiento internacional. A las dos décadas comienzan a insinuarse unos vuelcos de una monta y de una incidencia inesperadas, que hoy, al cumplirse el centenario de la desaparición corporal de Marx, se divisan con toda nitidez y plenitud.

Con Nikita Kruschev, el Kremlin abjura del marxismo-leninismo e inicia su tenebroso trasegar en pos de la restauración del capitalismo y por la evocación del alma en pena de la Gran Rusia vandálica y tiránica. Por esas ironías de la historia, la patria de Lenin, la cuna del socialismo y el invicto campeón sobre las hordas nazis, la otrora gloriosa Unión Soviética, vuelve a ocupar su sitio de peor foco de la reacción y a reasir su antigua catadura de satrapía expansionista, mas desbordando los primigenios marcos continentales del siglo pasado, para desplegar sus intrigas diplomáticas y sus operaciones bélicas al más anchuroso nivel cósmico, y dispuesta a superar las marcas de crueldad y de vileza de los imperios que la han antecedido. A los Estados «socialistas» que están bajo su tutela les extrae jugosos dividendos y los somete a su férula política, colocándolos de correveidiles suyos en cuanto foro internacional se convoque e inmiscuyéndolos en los asuntos internos de los otros países, cuando no utilizándolos directamente en sus zarpazos guerreristas, cual solían hacerlo las seniles potencias con los pueblos de las colonias, a los que alistaban en sus ejércitos a fin de que realizaran por ellas las faenas de exterminio.- Paradigmas de tan humillante postración son Cuba y Viet Nam, cuyos regímenes serviles se desviven por adivinar y complacer los antojos de Moscú. Y con las naciones pequeñas y débiles que se rehusan a entrar en su cercado, los socialimperialistas porfían en convertirlas al «socialismo» mediante una fría y calculada labor catequizadora adelantada a sangre y fuego, como en Angola, Etiopía, Afganistán, Kampuchea y Lao.

En los años en que particularmente los chinos abrieron la polémica contra el revisimismo, contemporáneo, por allá a mediados de los cincuentas, no escasos observadores miraban con aire de incredulidad los severos enjuiciamientos y las aflictivas premoniciones sobre el curso que iban tomando las cosas en la Unión Soviética. Al cabo de cuatro lustros los crímenes y las infamias de las autoridades moscovitas, desde Krushev hasta Andropov, pasando por Brezhnev, le han otorgado con creces la razón a Mao Tsetung, quien oteó los profundos abismos adonde conduciría a la camarilla dirigente soviética la revisión del marxismo. Nadie refuta con certeza esta verdad de a puño, a no ser los involucrados en la comisión de tamañas enormidades. Y si no, ahí están las fechorías a tutiplén perpetradas por los nuevos zares en los océanos y continentes del orbe que no nos dejarán mentir. La viabilidad del regreso pasajero de un estadio superior en el desarrollo a otro inferior jamás ha sido contradicha por los materialistas dialécticos. Sin, embargo, el significado y las repercusiones de la metamorfosis ulterior de Rusia, que recurre a los procedimientos peculiares del imperialismo abogando por un reparto del mundo a favor suyo, y de unos Estados obreros relativamente débiles que se desdibujan, hipotecando su soberanía y autodeterminación nacionales a una superpotencia igualmente desfigurada, consisten en que tropezamos por prima vez con casos de sociedades socialistas que involucionan hacia el capitalismo.

Con lo execrable del asunto, no debiera parecer tan insólito. Marx lo engloba en sus magistrales conclusiones. El régimen socialista es una parada transitoria aunque necesaria hacia el comunismo, que no ha verdeado en su propia simiente, sino que ha de desenvolverse a partir de lo dejado por el capitalismo, y, por tanto, «presenta todavía -para expresarlo con las frases de aquél- en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuya entraña procede»(2) Pese a que elimina la apropiación individual sobre los medios e instrumentos productivos e instituye la dictadura del proletariado, no borra de inmediato las clases, ni la lucha de clases, ni la pequeña producción no socializable que engendra burguesía permanentemente, ni los conatos revanchistas y restauradores de los enemigos internos y externos. Aun cuando acaba con la esclavitud asalariada no puede impedir que los productos se distribuyan conforme al trabajo rendido por cada cual, norma supérstite del derecho burgués que mantiene la desigualdad entre los operarios, por naturaleza unos más aptos y capaces que otros y con necesidades mayores o menores. Tampoco desarraiga de un golpe la diferencia entre la ciudad y el campo, o la división entre los trabajadores manuales e intelectuales; ni las propensiones burguesas de éstos, de los técnicos, del personal calificado, las cuales se desvanecerán poco a poco y luego de una insistente y prolongada batalla por parte de los obreros organizados y disciplinados que ejercen el control estatal. Y si a lo anterior incorporamos una laxitud, un descuido indolente de la vigilancia y de la lucha del proletariado, una complaciente tolerancia con los privilegios que se vayan apostemando en los departamentos y secciones del gobierno socialista, no será muy difícil explicar la retrocesión, el aburguesamiento, el brinco hacia atrás, con todas y cada una de sus nefandas consecuencias. Pero ello, antes que rebatir a Marx, cual lo pretenden sus detractores, lo reafirma.

Lo asombroso de su tinosa percepción radica en que el socialismo tiene sentido en la medida en que extirpe los residuos que inevitablemente quedan de la vieja sociedad, vale decir, culmine la hazaña transformadora, de la cual la revolución económica, emprendida con la expropiación de los expropiadores, es apenas el primer paso de una larga travesía. Como hay que abolir las desigualdades remanentes, completar la destrucción de lo antiguo, y como mientras ello no se haga se chocará con la resistencia de las clases desalojadas del mando e incluso de los otros estamentos sociales que deban sus prerrogativas y su misma entidad a las mencionadas remanencias, la prosecución de la empresa revolucionaria no puede prescindir de los instrumentos coercitivos, violentos, de la dictadura del proletariado, un régimen que difiere harto de los anteriores porque se basa en el dominio de las mayorías y porque se va diluyendo con el incremento de dicho dominio. En tanto no se barra de raíz las relaciones de producción que generan las clases, no desaparecerán tampoco las relaciones sociales que descansan en estas clases ni las ideas que brotan de aquellas relaciones sociales; y hasta entonces las pujas entre los diversos criterios e intereses encontrados a su turno desapuntalarán o reapuntalarán los modos productivos sobrevivientes. Luego la pelea no se halla aún decidida en el socialismo, y el proletariado perderá el Poder si no lo sabe emplear en las tareas para cuya realización lo conquistó.

Aun cuando Marx esclarece el problema y Lenin lo previene con sus directrices y sus reiteradas exhortaciones acerca de las asechanzas de la restauración, a Mao le incumbe exponer en la práctica la cuestión de cómo evitar que China, tan gigantesca, compleja y hasta cierto punto atrasada, resbale otra vez al pantanero del que había salido; y ese cómo, o modelo histórico, por él aconsejado, es la Gran Revolución Cultural Proletaria, consistente en la sublevación de las masas, «de manera abierta, en todos los terrenos y de abajo arriba», para recuperar en la superestructura de la sociedad las posiciones perdidas, desalojando de ellas a los seguidores del camino capitalista, y para consolidar las bases económicas del socialismo empuñando la dictadura proletaria. Y estas sublevaciones, u otras semejantes, habrán de sucederse no en una sino en varias coyunturas, hasta cuando la nave fondee en las costas del verdadero nuevo orden social, el orden comunista, y la humanidad deje de estar sometida a los ciegos dictados de la economía para tornarse, por fin, en soberana de los procesos productivos infinitamente desarrollados. Entonces el hombre sí mandará al cuerno de la luna al Estado, a las clases y a la política, y pasará del «gobierno sobre las personas» a la consciente «administración de las cosas».

Con lo cernido hasta aquí palpamos mejor los móviles que aguijonean a la burguesía y al revisionismo contemporáneos en el apasionamiento por petrificar la doctrina de Marx, por encasillarla en la época en que vivió el polemista de La Miseria de la Filosofía, rehusándose a confrontarla con las peripecias de un siglo y rehuyendo el trago amargo de precisar su vigencia histórica, ante la disyuntiva de no poder ya ignorarla. Y de ahí también nuestra interesada inquietud por que se efectúe tal balance y se conteste sin ambages si las aportaciones de Lenin, Stalin y Mao son o no la continuación del marxismo, y si a éste lo refutan o no los avatares mundiales acaecidos desde su aparición, única forma de encarar científicamente el desafío y de hacerlo desde el ángulo proletario, sobre todo ahora en que atravesamos un período, convulsionado sí, pero en el que pareciera primar la conjura por arrebatarles a los trabajadores de todas las latitudes su arma ideológica y desmoralizarlos con los tropiezos de la revolución, cuando el escamoteo de los principios marxistas es el origen primordial de tales tropiezos y no la cura para superarlos.

Nos hemos extraviado de nuestro examen de la correlación de fuerzas en el mundo actual. Retomémoslo. Indicadas quedaron las mutaciones regresivas de la Unión Soviética y las razones que las motivaron. Falta añadir que la amplificación de los dominios del socialimperialismo se ha verificado fundamentalmente a costa de los Estados Unidos, que ya no ostentan la supremacía indisputada de sus fastos de ayer y se les ve declinar a diario, acosados además por la crisis de su sistema productivo, la competencia económica de las secundarias pero rehabilitadas potencias imperialistas y el movimiento de liberación nacional de las naciones neocoloniales. Las superioridades comparativas del expansionismo soviético, que le han otorgado la delantera en la disputa por el apoderamiento del orbe, se resumen así: la acentuada centralización económica y el corte marcadamente despótico del sistema de gobierno que lo exoneran de andarse con rodeos, consultas o dilaciones entorpecedoras; la férrea sujeción sobre las «repúblicas socialistas» pescadas en las redes imperiales, que lo abastecen de incontables recursos económicos y políticos para sus excursiones filibusteras; la vertiginosa adecuación de la economía a los fines bélicos, con la cual han venido asegurando pronunciadas ventajas tanto en los armamentos convencionales como atómicos y amedrentando a sus adversarios con el chantaje del hundimiento universal; la bien tejida y mantenida urdimbre de partidos mamertos que husmean por doquier, terciando en las luchas revolucionarias de los pueblos para que éstos cambien de grilletes, y la creencia aún difundida de que la URSS sigue siendo la URSS y sus criminales atentados, arbitrios forzosos para afincar el comunismo. La clase obrera ha de medir en su exacta dimensión estos factores, junto a los otros frescos giros de la política internacional, para hacer asimismo los ajustes apropiados a su táctica, no meramente dentro de las fronteras de cada país sino para saber qué merece ser respaldado o combatido en el exterior.

Hace veinte años entablábamos debates alusivos a los oscuros nubarrones que despuntaban en el horizonte de la estepa rusa; conjeturábamos acerca de cuál sería la réplica de los países de la Europa Oriental libertados en la década del cuarenta, y luego, si la invasión de 1968 a Checoslovaquia respondía o no respondía a una urgencia del internacionalismo proletario. La situación se ha desenvuelto con tan pasmosa celeridad que dichos conflictos, no obstante constituir los prolegómenos del drama, son ya expedientes fallados. Checoslovaquia no sería la única beneficiada de la «generosa» protección soviética. Docenas de países habrían de sufrir posteriormente el salvajismo de Moscú, o de sus testaferros, para salvarse de la barbarie de Washington. El campo socialista se desintegró, y hoy, después del abordaje cubano sobre Angola, en 1975, con el que el Krem1in iniciara su ofensiva militar estratégica por la toma del planeta, existen tantos o más territorios extranjeros ocupados por tropas invasoras que desfilan tras los negros pendones del hegemonismo naciente del Este, que los hollados por los ejércitos que marchan tras las amarillentas insignias de la superpotencia declinante del Oeste. Después de más de un siglo de fecundas experiencias recopiladas por sus preclaros pensadores, el proletariado ha de distinguir sin titubeos al expansionismo ruso como el blanco principal de sus ataques. En ello va implícita su recuperación al cabo de tantas felonías. Cuando encabece, impulse, o se solidarice con las revoluciones de los países expoliados, en procura de la cabal soberanía y plena autodeterminación de las naciones, cual es su deber internacionalista, tendrá que desvelarse por impedir que las revueltas contra los imperialismos se tornen en avanzadillas de la regresión soviética, denunciando enérgicamente las intrigas y componendas que en tal sentido gestionan los partidos revisionistas y sus epígonos. Ante los pertinaces signos anunciadores de la tercera conflagración mundial en la que se pondrá en juego la supervivencia de China y de los demás Estados y movimientos independientes y progresistas, deberá pugnar por un frente de combate contra el socialimperialismo, tan poderoso, que basado en la recíproca cooperación de las contiendas de los obreros internacionalistas por el socialismo, de las gestas patrióticas de los pueblos del Tercer Mundo y del resto de expresiones revolucionarias y democráticas del globo, abarque a las repúblicas del Segundo Mundo y no descarte siquiera la participación de los Estados Unidos.

Esta estrategia no podrá menos que redundar en pro de la causa del proletariado, pues responde a las reales contradicciones del presente período. Toma en cuenta las manifiestas flaquezas del bloque imperialista que se halla en los umbrales de una crisis económica quizá comparable a la de 1930, con sus zonas de influencia descompuestas, conmocionadas y reducidas por los golpes de mano de su feroz contrincante, e impotente para recobrar la iniciativa; y contempla también los lados fuertes de la otra superpotencia, sus Ventajas comparativas, el engaño de entrampar a las masas con el señuelo de un falaz socialismo que se enruta taimada pero obstinadamente a coyuntar un imperio colonialista vasto, lóbrego y sanguinario. De otra parte, encuadra con la irresistible tendencia democrática de los pueblos, no sólo de los países desarrollados, sino particularmente de los que habitan las regiones rezagadas y dependientes, en donde la acción de los capitales imperialistas ha coadyuvado a romper hasta los más escondidos remansos de la economía natural y a promover, hasta cierto punto, los modos capitalistas de producción, volcando a miles de millones de seres a la retorta del mercado mundial, sacándolos del aislamiento y despertando objetivamente sus ansias de libertad y dé trato equitativo entre las naciones, Así como de los escombros de la guerra del 14 surgió la primera sociedad obrera y de las devastaciones de las hostilidades de los cuarentas emergió un pequeño campo socialista y la abrumadora mayoría de países sometidos pasó a la vida republicana, adquiriendo los derechos democráticos formales, al sustituirse el saqueo abierto por el encubierto, de precipitarse el estallido de la tercera conflagración, pese a su carácter nuclear, significará el toque a rebato para que los pueblos coronen sus revoluciones inconclusas, aun en las metrópolis, sepulten el colonialismo económico y con él los delirios imperiales actuales de cualquier laya. El proletariado revolucionario no se dejará seducir por los cantos de sirena del pacifismo burgués ni se arredrará ante los apocalípticos augurios de los belicistas soviéticos. Al fin y al cabo los esclavos no tienen más que perder que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar, cual lo proclama el Manifiesto.

El marxismo auténtico es anticolonialista
Si en algún punto habremos de poner la palanca de nuestra propaganda para remover toda la bazofia del revisionismo contemporáneo, ese será el de la cuestión nacional. El estilista de Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 y de El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte también dilucidó la contradicción y la identidad existentes entre la índole internacionalista de la brega del proletariado y los contornos nacionales que ésta tendrá que poseer necesariamente.

Como producto histórico, la nación estriba en la confluencia de un núcleo humano, más o menos numeroso, que se asienta en un mismo territorio, se comunica mediante un determinado idioma, lo cohesiona una vida económica y una cultura comunes, amén de otros elementos que ha ido compartiendo, generaciones tras generaciones; y como Estado, en la connotación moderna del vocablo, cuaja por el apremio de la incipiente producción burguesa de contar con su propio mercado, que unido y regido por leyes de coactivo acatamiento, lo curen de la dispersión feudal y lo preserven de la competencia foránea. Allá y siempre que aquellos factores coincidieron, en la latitud Norte o Sur, en el pretérito remoto o cercano, aparecieron los países tal cual los conocemos hoy, con una que otra variante insustancial, si se mira el panorama globalmente, y fueron hechura del capitalismo.

Los pueblos que no han conseguido hacer prevaler sus fueros de naciones libres y han visto sus economías de continuo intervenidas y desfalcadas por los negocios de los más fuertes, encuéntranse relegados en el trayecto del progreso. Y son estos pueblos, principalmente de Asia, África y América Latina, los que aún contienden por la soberanía y la independencia reales, prerrequisitos de su prosperidad, porque las repúblicas capitalistas, que arribaron hace tiempos al monopolio y no caben en sus respectivas fronteras, expugnan las extrañas y las desvalijan. La burguesía, en la edad senil, blasfema de las proezas de la juventud y, de orfebre de naciones, se toma en azote de éstas.

El imperialismo, que es la máxima internacionalización del capital, burla cuanto dique se le interponga a su despliegue y al entrelazamiento más tupido de las relaciones mercantiles mundiales, lo que lleva a efecto por mecanismos conculcatorios y dividiendo el orbe entre países opresores y oprimidos. Ya anotábamos que el proletariado arranca su labor transformadora de lo legado por el régimen que ha de aniquilar; no combate desde posiciones más atrasadas que las de éste, sino que jala hacia adelante el carro de la historia, sin proponerse metas subjetivas que el devenir económico no autorice aún. Por consiguiente está de acuerdo con el incremento de las reciprocidades de todo tipo en la esfera internacional, y propende a la abolición completa de las desavenencias nacionales, de las barreras fronterizas y hasta de las naciones mismas. No obstante, en contraste con los capitalistas, media por que ello se efectúe respetando la autodeterminación y demás derechos inalienables de los pueblos y no pisoteándolos, y en el beneficio material y espiritual de éstos y no del selecto corro de matones que bravuconea a diestra y siniestra por los cinco continentes. La vía más expedita, o la única, para cumplirlo. Como en todo, el capitalismo plantea los problemas, e incluso provee en embrión los medios objetivos, físicos, para su solución, mas en lugar de resolverlos, los agudiza hasta el antagonismo. Mientras más se reprima los anhelos libertarios de quienes reclaman relaciones en pie de igualdad entre los habitantes del planeta, menos posibilidades habrá de que se disuelvan las prevenciones, los prejuicios, las tozudas e instintivas manías a enclaustrarse en el solar nativo y a repeler los contactos con el ambiente exterior, característica de las inmensas masas de las zonas discriminadas y estrujadas. Y mientras más se ahonden los desequilibrios en el desarrollo de los países, con mayor dificultad se entenderán igualitaria y armónicamente. De suerte que el antídoto no está en violentar el intercambio ni en forzar la «concordía», sino en la rigurosa observancia de las claras y elementales normas de la democracia y en la anulación de las abismales desproporciones entre los niveles de vida de la población mundial. De manera análoga a como para deshacerse del Estado la humanidad ha de recorrer el tramo del afianzamiento del Estado obrero, para tachar los linderos nacionales debe antes recurrir a la reafirmación de las prerrogativas de todas las naciones y no de unas cuantas.

Los principios esbozados no representan una mera hipótesis teórica para explorar dentro de larguísimo plazo. Es que el descabello del imperialismo estriba en privarlo de las ingentes ganancias que succiona de sus neocolonias. Al recapacitar acerca de la dominación inglesa sobre Irlanda, el viejo y perspicaz militante de la Liga de los Comunistas se percató de que en esos rentables privilegios estaba el enigma tanto de la invulnerabilidad de la burguesía como de las pusilanimidades de los obreros de Inglaterra. La emancipación de los irlandeses, empujados doblemente por la acucia, económica y la aspiración nacional, desplazaría el centro de gravedad de la lucha en la metrópoli, permitiéndoles a los asalariados deshacerse de la presión de sus embaucadores, salirse del marasmo político y contraatacar. Sin cortarles primero los jugosos aprovisionamientos provenientes de su saqueo externo será poco menos que imposible dislocar internamente, dentro de sus repúblicas, el poder de los capitalistas engordados y endurecidos con los frutos de su bandidaje universal. Palpable desde el siglo pasado, actualmente este enfoque decuplica su vigor, merced a que las potencias imperialistas medio capean las crisis acaparando los mercados atrasados, los que convierten en áreas de sus inversiones y de los cuales extraen gigantescas riquezas naturales. Si los imperialismos han prolongado hasta hoy sus existencias se debe a tan vitales recursos. De perderlos, ipso facto cesará su pestañeo, pues las revoluciones democráticas de las neocolonias son a las revoluciones socialistas de las metrópolis lo que el prólogo de un libro es 1 su epílogo: preludio y remate de la epopeya obrera en el mundo entero. Y cuando dicho axioma había sido ya defendido airosamente por Lenin en su polémica contra los capituladores de la II Internacional, la descendencia de éstos, los revisionistas contemporáneos, enlodan de nuevo la bandera de la autodeterminación de las naciones, de palabra y de hecho, porque, a diferencia de sus progenitores, que carecían de poder propio, manipulan Estados pudientes con los cuales pisotean, vejan y exprimen a pueblos inermes. ¿Será eso socialismo?

A los cien años de la muerte del convicto de Bruselas y del exiliado de Londres, y simbólicamente desde su tumba florecida, los revolucionarios de las más diversas nacionalidades les espetan a los socialrenegados de hoy, en todas las lenguas, ¿serán socialismo los patíbulos soviéticos en Afganistán, los cadalsos vietnamitas en Kampuchea y Lao, los paredones cubanos en Angola? Los retamos a que nos respondan: ¿Será eso socialismo? ¿Hay dentro del marxismo-leninismo cabida para una política colonial socialista? ¿Les está permitido a los trabajadores que se emancipan adelantar guerras coloniales? ¿No es deber ineludible del obrero de la potencia invasora exigir la liberación incondicional del país sometido? ¿Se conseguirá acabar la explotación entre los hombres sobre la base de la expoliación entre las naciones? ¿Puede el proletariado triunfante de un país imponer la felicidad a otro país sin comprometer su victoria? ¿No forja sus propias cadenas el pueblo que oprime a otro pueblo? ¿Se estrechan los nexos fraternos entre el trabajador vietnamita y el kampucheano, el cubano y el etíope, el soviético y el afgano, con las lágrimas, la sangre y el sudor de los últimos, derramados por las dadivosas agresiones de los primeros? Sin embargo, ellos, los revisionistas prosoviéticos, que cotorrean como papagayos sobre la democracia en general y sobre los derechos humanos, no reparando en el abismo que media al respecto entre la posición burguesa y la proletaria, y que desconocen, o simulan desconocer que la autodeterminación nacional de los pueblos es uno de los postulados democráticos básicos, cuya ausencia convierte a cualquiera de las otras facultades constitucionales en una irritante irrisión, jamás afrontarán ninguna de aquellas acusadoras indagaciones sin confesar sus delitos y admitir su impostura. Contra su voluntad, contra sus infamias, contra sus mentiras, la vertiente comunista, la auténtica, los bolcheviques finiseculares, vindicarán la mancillada unión de los proletarios del globo al combatir ahincadamente las tropelías colonialistas de los senescentes imperialismos y de su impúdico e impúber contrincante, el socialimperialismo. ¡No a las anexiones territoriales! ¡No a la invasión militar y a la permanencia de tropas en tierras ajenas! ¡Abajo el socialismo invasor, ocupacionista y anexionista! ¡Atrás las intrigas, las presiones, las amenazas, los chantajes y los demás amedrentamientos de una nación contra otra efectuados con cualquier pretexto, por altruista que parezca!

Lo contingentes obreros fieles a los preceptos elucidados por Marx y sus continuadores seguirán organizándose nacionalmente, es decir, conformarán sus partidos y adelantarán su acción circunscritos a los linderos del país concerniente, amoldándose a la sustantividad de un mundo irremisiblemente parcelado en naciones; empero, sin olvidar nunca que su redención de clase demanda el combate unificado de las masas laboriosas del orbe y supeditando siempre los intereses particulares a los de la suerte del movimiento en su más amplio contexto. Gracias a ello los moiristas, que han tenido muy presente las singularidades de Colombia y les han dado a sus luchas las correspondientes y típicas formas nacionales, no prestan oído a quienes con frecuencia los invitan a recluirse en el campanario natal y a desentenderse de cuanto ocurra más allá de Ipiales o de San Andrés y Providencia, con lo que se hace eco a las oligarquías vendepatria, cuyo nacionalismo emboza sus serviles preferencias por los amos extranjeros del bloque occidental, sin desmedro de auspiciar de tarde en tarde las pretensiones expansionistas de los testaferros de la superpotencia de Oriente. Sobra añadir que no nos apartaremos ni un milímetro del internacionalismo proletario que venimos practicando. En esta nuestra atalaya, en la esquina septentrional de Suramérica, atisbaremos con viva preocupación los acontecimientos mundiales, listos a denunciar las piraterías de los colonialistas modernos de todo jaez y a solidarizarnos, en la medida de nuestra capacidad, con las bregas de las fuerzas revolucionarias diseminadas por los cuatro, puntos cardinales.

Hemos intentado apenas un bosquejo de las aportaciones de ese espécimen digno de la especie, que iniciara su ardua y prolija labor esclarecedora desde las páginas de los Anales franco-alemanes, en 1844, y descendiera al sepulcro treinta y nueve años después, dueño de su justo título del más grandioso de los campeones de la lid de los esclavos del salario. Con lo incompleto y defectuoso que este resumen sea, hay algo inobjetable en él: la vigencia histórica de Carlos Marx. Entendida no sólo como el merecido reconocimiento a un portentoso esfuerzo, sino como la creciente y decisiva validez del marxismo con el decurso de los almanaques. Lo pregonamos hoy, al siglo del deceso del primer militante de nuestra causa. Mas dentro de otro siglo miles de millones podrán repetir las mismas palabras.

Notas
(1) C. Marx, «Crítica del Programa de Gotha», en C. Marx, F. Engels, Obras Escogidas, Tomo II, Moscú, Editorial Progreso, 1974, Pág. 14.

EL ESTADO

En la mayor parte de los Estados históricos los derechos concedidos a los ciudadanos se gradúan con arreglo a su fortuna, y con ello se declara expresamente que el Estado es un organismo para proteger a la clase que posee contra la desprotegida. Así sucedía ya en Atenas y en Roma, donde la clasificación era por la cuantía de bienes de fortuna. Lo mismo sucede en el Estado feudal de la Edad Media, donde el poder político se distribuyó según la propiedad territorial. Y a si lo observamos en el censo electoral de los Estados representativos modernos. Sin embargo este reconocimiento político de las diferencias de fortunas no es nada esencial.
Por el contrario, denota un grado inferior en el desarrollo del Estado, la república democrática, que en nuestras condiciones sociales modernas se va haciendo una necesidad cada vez más ineludible, y que es la única forma de Estado bajo la cual puede darse la batalla última y definitiva entre el proletariado y la burguesía, no reconoce inicialmente diferencias de fortuna. En ella la riqueza ejerce su poder indirectamente, pero por ello mismo de un modo más seguro.
De una parte, bajo la forma de corrupción directa de los funcionarios, de lo cual es América un modelo clásico, y, de otra parte, bajo la forma de alianza entre el gobierno y la Bolsa. Esta alianza se realiza con tanta mayor facilidad, cuanto más crecen las deudas del Estado y más van concentrando con sus manos las sociedades por acciones, no sólo el transporte, sino también la producción misma, haciendo de la bolsa su centro”.

(F. Engels, El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, 1884)

El Estado es producto y manifestación de la inconciliabilidad de las contradicciones de clase. El Estado surge en el sitio, en el momento y en la medida en que las contradicciones de clase no pueden. Y viceversa, la existencia del Estado demuestra que las contradicciones de clase son inconciliables.

Según Marx, el estado es un órgano de dominación de clase, un órgano de opresión de una clase por otra, es la creación del ‘orden’ que legaliza y afianza esta opresión, amortiguando los choques entre las clases.
En opinión de los políticos pequeño burgueses, el orden es precisamente la conciliación de las clases y no la opresión de una clase por otra. Para ellos, amortiguar los choques significa conciliar, y no privar a las clases oprimidas de ciertos medios y procedimientos de lucha con el fin de derrocar a los opresores”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

Hablar de democracia pura, de democracia en general, de igualdad, de libertad, de universalidad, cando los obreros y todos los trabajadores están hambrientos, desnudos, arruinados y torturados no sólo por la esclavitud asalariada capitalista, sino también por una guerra de rapiña que dura cuatro años, mientras que los capitalistas y los especuladores continúan poseyendo ‘la propiedad’ robada y la maquina ‘existente’ del Estado, es burlarse de los trabajadores y explotados. Eso está en pugna con los axiomas fundamentales del marxismo, que enseña a los obreros; debéis utilizar la democracia burguesa, inmenso progreso histórico en comparación con el feudalismo, pero no olvides ni un solo instante el carácter burgués de esa “democracia”, su carácter convencional y limitado en el plano histórico, no compartáis la ‘fe supersticiosa’ en el ‘Estado’, no olvidéis que incluso en la república más democrática, y no sólo en las monarquías, el Estado no es sino una maquina para la opresión de una clase por otra”.

(V. Lenin, Democracia y dictadura, 1918).

Dictadura del proletariado

“Si te fijas en el último capitulo de mi Dieciocho Brunario, verás que digo que la próxima tentativa de la revolución francesa no sería ya, como ahora, el pasar la maquina burocrático-militar de una a otra mano, sino el destruirla y esto es esencial para toda verdadera revolución popular del continente. Y esto es lo que están intentando nuestros heroicos camaradas de partido de Paris, ¡Que elasticidad, que iniciativa histórica, que capacidad de sacrificio la de estos parisienses! Tras seis meses de hambre y de ruina, causadas más bien por la tradición de adentro que por el enemigo de afuera, se alzan bajo las bayonetas prusianas como si entre Francia y Alemania nunca hubiera habido guerra y como si el enemigo no estuviese a las puertas de Paris.
La historia no tiene otro ejemplo de semejante grandeza. Si son derrotados, sólo habrá que culpar a su ‘buen natural’. Debieron haber marchado en seguida sobre Versailles después que Vinoy primero, y luego la parte reaccionaria de la Guardia Nacional de Paris se hubieron retirado. Se perdió el momento oportuno por escrúpulos de conciencia. No quisieron desatar la guerra civil, como si ese torcido aborto de Thiers no hubiera desencadenado ya la guerra civil con su intento de desarmar París. Segundo error, El Comité Central abandono el poder demasiado pronto para dar paso a la Comuna. ¡Otra vez por escrupulosidad demasiado ‘honorable’! Pero, sea como fuere, este levantamiento de París – aun si sucumbe a los lobos, chanchos y viles perros de la vieja sociedad, es la hazaña más gloriosa de nuestro partido desde la insurrección parisiense de Junio”.

(C. Marx. Carta a Kugelmann, 12 de abril de 1871).

“Cuando estalló el movimiento revolucionario masivo del proletariado, Marx, a pesar del revés sufrido por este movimiento, a pesar de su corta duración y de su patente debilidad, se puso a estudiar que formas había revelado.
“La Comuna es la forma, ‘al fin descubierta’ por la revolución proletaria, en la que puede lograrse la emancipación económica del trabajo.
“la Comuna es el primer intento de la revolución proletaria de destruir la máquina estatal burguesa, y la forma política, ‘al fin descubierta’, que puede y debe sustituir lo destruido”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“El proletariado se valdrá de su dominación política para ir arrancando gradualmente a la burguesía todo el capital, para centralizar todos los instrumentos de producción en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor rapidez posible la suma de las fuerzas productivas”.

“El poder político, hablando propiamente, es la violencia organizada de una clase para la opresión de otra. Si en la lucha contra la burguesía el proletariado se constituye indefectiblemente en clase; si mediante la revolución se convierte en clase dominante y, en cuanto clase dominante, suprime por la fuerza las viejas relaciones de producción, suprime al mismo tiempo que estas relaciones de producción las condiciones para la existencia del antagonismo de clase y de las clases en general, y, por tanto, su propia dominación como clase”.

(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, 1848)

“El Estado es una organización especial de la fuerza, una organización de la violencia para reprimir a otra clase, cualquiera que sea. ¿A qué clase tiene que reprimir el proletariado? Esta claro que únicamente a la clase exportadora, es decir, a la burguesía. Los trabajadores necesitan del Estado sólo para aplastar la resistencia de los explotadores. Y este aplastamiento puede dirigirlo y efectuarlo sólo el proletariado, la única clase consecuentemente revolucionaria, la única clase capaz de unir a todos los trabajadores y explotados en la lucha contra la burguesía, por la completa eliminación de ésta”.

(V. I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“Lo fundamental en la doctrina de Marx es la lucha de clases. Así se dice y se escribe con mucha frecuencia. Pero no es exacto.
De esta inexactitud dimana a cada paso una adulteración oportunista del marxismo, su falseamiento en un sentido aceptable para la burguesía. Porque la teoría de la lucha de clases no fue creada por Marx, no por la burguesía antes de Marx, y es, en términos generales, aceptable para la burguesía.

Quien reconoce solamente la lucha de clases no es aún marxista, puede resultar que no ha rebasado todavía el marco del pensamiento burgués y de la política burguesa.
Circunscribir el marxismo a la teoría de la lucha de las clases significa limitarlo, tergiversarlo, reducirlo a algo aceptable para la burguesía. Únicamente es marxista quien hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al reconocimiento de la dictadura del proletariado. En ello estriba la más profunda diferencia entre un marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En esta piedra de toque es la que debe contrastarse la comprensión y el reconocimiento verdaderos del marxismo.

“Además, la esencia de la teoría de Marx acerca del Estado sólo la asimila quien haya comprendido que la dictadura de un clase es necesaria no sólo en general, para toda la sociedad dividida en clases, no sólo para el proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también para todo el período histórico que separa el capitalismo de la ‘sociedad sin clases’, del comunismo. Las formas de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero su esencia es la misma; todos esos Estados son, de una manera o de otra, pero, en última instancia, necesariamente, una dictadura de la burguesía. Como es natural, la transición del capitalismo al comunismo no puede por menos de proporcionar una ingente abundancia y diversidad de formas políticas; más la esencia de todas ellas será, necesariamente, una; la dictadura del proletariado”.

(V.I. Lenin, op, cit)

“En su primera etapa o primer paso, tal revolución de una país colonial o semicolonial, aunque por su carácter social sigue siendo fundamentalmente democrático – burguesa y sus reivindicaciones tienden objetivamente a desbrozar el camino al desarrollo del capitalismo, ya no es una revolución de viejo tipo; dirigida por la burguesía y destinada a establecer una sociedad capitalista y un Estado de dictadura burguesa, sino una revolución de nuevo tipo, dirigida por el proletariado y destinada a establecer, en esa primera etapa, una sociedad de nueva democracia y un Estado de dictadura conjunta de todas las clases revolucionarias. Por consiguiente, esta revolución abre precisamente un camino aún más amplio al desarrollo del socialismo”.

(Mao Tsetung. Sobre la nueva democracia, 1940)

Extinción del Estado

“La necesidad de educar sistemáticamente a las masas en esta idea de la revolución violenta, y precisamente en ésta, es la base de toda la doctrina de Marx y Engels”
“La sustitución del Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución violenta. La supresión del Estado proletario, es decir, la supresión de todo Estado, sólo es posible mediante un proceso de extinción”.

(V.I. Lenin. El Estado y la revolución, 1917)

“Sólo en la sociedad comunista, cuando se haya roto ya definitivamente la resistencia de los capitalistas, cuando hayan desaparecido los capitalistas, cuando no haya clases (es decir, cuando no existan diferencias entre los miembros de la sociedad por su relación con los medios de producción sociales), sólo entonces ‘desaparecerá el Estado y podrá hablarse de libertad’. Sólo entonces será posible y se hará realidad una democracia verdaderamente completa, verdaderamente sin ninguna restricción. Y sólo entonces comenzará a extinguirse la democracia, por la sencilla razón de que los hombres, libres de la esclavitud capitalista de los innumerables horrores, bestialidades, absurdos y vilezas de la explotación capitalista, se habituaran poco a poco a observar las reglas elementales de convivencia, conocidas a lo largo de los siglos y repetidas desde hace milenios en todos los preceptos; a observarlas sin violencia, sin coerción, sin subordinación, sin esa maquina especial de coerción que se llama Estado.

“La expresión ‘el Estado se extingue’ esta muy bien elegida, pues señala la gradación y la espontaneidad del proceso. Solo la fuerza de la costumbre puede ejercer y ejercer sin duda esa influencia, pues observamos alrededor nuestro millones de veces con que facilidad se habitúan los seres humanos, al cumplir las reglas de convivencia que necesitan, si no hay explotación, si no hay nada que indigne, provoque protestas y sublevaciones y haga imprescindible la represión”.

(V.I. Lenin, op, cit)

LA CUESTIÓN NACIONAL Y EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

“Los comunistas sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto”.
“Se acusa también a los comunistas de querer abolir la patria, la nacionalidad”. “Los obreros no tienen patria. No se les puede arrebatar lo que no poseen. Más, por cuanto el poder político, elevarse a la condición de clase nacional, constituirse en nación, todavía es nacional, aunque de ninguna manera en el sentido burgués”.
“El aislamiento nacional y los antagonismos entre los pueblos desaparecen de día en día con el desarrollo de la burguesía, la libertad de comercio y el mercado mundial, con la uniformidad de la producción industrial y las condiciones de existencia que le corresponden”.
“El dominio del proletariado los hará desaparecer más de prisa todavía. La acción común del proletariado, al menos el de los países civilizados, es una de las primeras condiciones de su emancipación”.
“En la misma medida en que sea abolida la explotación de un individuo por otro, será abolida la explotación de una nación por otra”.
“Al mismo tiempo que el antagonismo de las clases en el interior de las naciones, desaparecerá la hostilidad de las naciones entre sí”.
“En resumen, los comunistas apoyan por doquier todo movimiento revolucionario contra el régimen social y político existente”.
“En todos estos movimientos ponen en primer termino, como cuestión fundamental del movimiento, la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que ésta revista”.
“El fin, los comunistas trabajan en todas partes por la unión y el acuerdo entre los partidos democráticos de todos los países”.
“Los comunistas consideran indigno ocultar sus ideas y propósitos, proclaman abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados derrocando por la violencia todo el orden social existente. Que las clases dominantes tiemblen ante una revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.

“¡PROLETARIOS DE TODOS LOS PAÍSES UNIDOS!”
(C. Marx y F. Engels. Manifiesto del Partido Comunista, diciembre de 1847 – enero de 1848)

“Me he venido convenciendo más y más, y ahora hay que inculcárselo a la clase obrera inglesa, que ella no podrá hacer nunca nada decisivo aquí, en Inglaterra, mientras no rompa de la manera más completa con su política irlandesa, con la política de las clases dominantes; mientras no haga causa común con os irlandeses y tome, incluso, la iniciativa para romper la Unión forzosa de 1801 y la remplace con una confederación igual y libre. El proletariado inglés debe seguir esta política, y no por simpatía a Irlanda. Si no, el pueblo inglés seguirá siendo llevado de la brida por las clases dominantes, pues tendrá que unirse a ellas para hacer frente común contra Irlanda. Todo movimiento popular en la propia Inglaterra es paralizado por la discordia con los irlandeses, que forman, en la misma Inglaterra, una fracción muy importante de la clase obrera. La primera condición de emancipación aquí, el derrocamiento de la oligarquía agraria inglesa, sigue siendo imposible, porque no se podrá tomar la plaza al asalto mientras esta oligarquía conserve en Irlanda sus fortines, muy sólidos. Pero, tan pronto como el pueblo irlandés tome su propia causa en sus manos, tan pronto como se haga su propio legislador, tan pronto como se gobierne a si mismo y disfrute de su autonomía, el aniquilamiento de la aristocracia agraria (que son, en gran parte, los mismos terratenientes aristócratas ingleses) será infinitamente más fácil que aquí, por que en Irlanda el problema no es solamente de orden económico, sino que se plantea al mismo tiempo la cuestión nacional, pues en Irlanda los terratenientes no son, como en Inglaterra, los dignatarios y representantes tradicionales de la nación, sino sus opresores odiados a muerte. Y no está paralizada solamente la evolución social interior de Inglaterra por las relaciones existentes con Irlanda, sino, además, su política exterior y, sobre todo, su política con Rusia y los Estados Unidos de América”.

(Carta de C. Marx a Luis Kugelmann; 29 de noviembre de 1869)

“Un pueblo que oprime a otro pueblo forja sus propias cadenas”.
(C. Marx. Extracto de una comunicación confidencial – 1870)

“Para que las distintas naciones convivan o se separen (cuando más les convenga) libre y pacíficamente, formando diferentes Estados, es necesaria la plena democracia defendida por la clase obrera. ¡Ni un solo privilegio para ninguna nación, para ningún idioma! ¡Ni la más mínima vejación, ni la más mínima injusticia para ninguna minoría nacional! Tales son los principios de la democracia obrera”.

“Los obreros concientes están a favor de la plena unidad de los obreros de todas las nacionales en las organizaciones obreras de cualquier índole. Culturales, sindicales, políticas, etc. Los obreros crean en todo el mundo su cultura internacional, que han venido preparando desde hace mucho los defensores de la libertad y enemigos de la opresión. Al viejo mundo, al mundo de la opresión nacional de las discordias nacionales o del aislamiento nacional, los obreros oponen el nuevo mundo de la unidad de los trabajadores de todas las naciones, en el que no hay lugar para ningún privilegio ni para la menor opresión del hombre por el hombre”.

(V.I. Lenin. La clase obrera y la cuestión nacional, 16 de mayo de 1913)

“El nacionalismo pequeño burgués llama internacionalismo al mero reconocimiento de la igualdad de derechos de las naciones (que tiene un carácter puramente verbal), manteniendo intacto el egoísmo nacional, en tanto que el internacionalismo proletario exige: 1) la subordinación de los intereses de lucha proletaria en un país a los intereses de esta lucha en escala mundial; 2) que la nación que ha conquistado el triunfo sobre la burguesía sea capaz y esté dispuesta a hacer los mayores sacrificios nacionales en aras del derrocamiento del capital internacional”.

(V.I. Lenin. Esbozo inicial de las tesis sobre los problemas nacional y colonial, junio de 1920)

El socialismo y la autodeterminación de las naciones
“Si la emancipación de la clase obrera exige su fraternal unión y colaboración, ¿Cómo van a poder cumplir esta gran misión con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo? La aprobación impúdica, la falsa simpatía o la indiferencia idiota con que las clases superiores de Europa han visto a Rusia apoderarse del baluarte montañoso del Cáucaso y asesinar a la heroica Polonia; las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en San Petersburgo y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Europa, han enseñado a los trabajadores el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática de sus gobierno respectivos, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las sencillas leyes de la moral y de la justicia que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones.
“La lucha por una política exterior de esté genero forma parte de la lucha general por la emancipación de la clase obrera”.

(C. Marx. Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores, 27 de octubre de 1864).

“Una cosa es indudable; el proletariado triunfante no se puede imponer a ningún otro pueblo felicidad alguna sin socavar con este acto su propia victoria”.

(F. Engels. Carta a C. Kautsky; 12 de septiembre de 1882).

“El imperialismo es la época de la opresión de las naciones del mundo entero, por un puñado de ‘grandes’ potencias, razón por la cual la lucha por la revolución socialista internacional contra el imperialismo es imposible sin el reconocimiento del derecho de las naciones a la autodeterminación. ‘Un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre’ (Marx y Engels). Un proletariado que acepte que su nación ejerza la menor violencia sobre otras naciones no puede ser socialista”.

(V.I. Lenin. El socialismo y la guerra. Julio – agosto de 1915).

“En torno a la cuestión colonial se formó en la comisión una mayoría oportunista, y en el proyecto de resolución apareció una frase monstruosa que versaba: ‘El Congreso no condena en principio y para todos los tiempos toda política colonial, que puede desempeñar una función civilizadora en un régimen socialista’. De hecho esta tesis equivalía a una regresión directa a la política burguesa y a la concepción burguesa, que justifica las guerras y atrocidades colonialistas. Esto es una regresión hacia Roosevelt, dijo un delegado americano. Las tentativas de justificar esta regresión con las tareas de la ‘politica colonial socialista’ y de llevar a cargo reformas positivas en las colonias fueron desafortunadas en sumo grado. El socialismo jamás a renunciado ni renuncia a defender que se hagan reformas también en las colonias, pero esto no tiene ni debe tener nada de común con el debilitamiento de nuestra posición de principios contra las conquistas, el sometimiento de otros pueblos, la violencia y el saqueo que constituyen la ‘politica colonial’.el programa mínimo de todos los partidos socialistas se refiere a las metrópolis y a las colonias. El propio concepto de ‘politica colonial socialista,’ es un embrollo sin pies ni cabeza. El Congreso ha obrado muy bien al arrojar de la resolución las susodichas palabras y sustituirlas por una condenación más enérgica todavía de la política colonial que en resoluciones anteriores”.

(V.I. Lenin. El Congreso Socialista Internacional de Stuttgart, septiembre de 1907).

“El socialismo triunfante debe implantar necesariamente la democracia completa y, por consiguiente, no sólo hacer efectiva la plena igualdad de derechos de las naciones, sino también convertir en realidad el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas, es decir el derecho de libre separación política. Los partidos socialistas que no demuestren con toda su actividad tanto hoy como durante la revolución y después de triunfar ésta que liberaran a las naciones oprimidas y establecerán con ellas relaciones basadas en la libre alianza – y la libre alianza, no es más que una frase embustera sin la libertad de separación, esos partidos cometerán una traición al socialismo.
“El proletariado debe reivindicar la libertad de separación política para las colonias y naciones oprimidas por ‘su nación’. En caso contrario, el internacionalismo del proletariado quedará en un concepto huero y verbal; resultarán imposibles la confianza y la solidaridad de clase entre los obreros de la nación oprimida y los de la nación opresora”.

(V.I. Lenin. La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación, enero-febrero de 1916).

El problema nacional y la revolución
“No hay país en Europa, que no posea en algún rincón remoto, al menos un pueblo permanente, dejado por alguna población anterior, relegado y subyugado por la nación que posteriormente se convirtió en depositaria del desarrollo histórico. Esos re remanentes de una nación, aplastados sin misericordia, como decía Hegel, por el curso de la historia, este desecho nacional es siempre el representante fanático de la contrarrevolución y continua siéndolo hasta ser completamente exterminado o desnacionalizado, puesto que toda su existencia es en si misma una protesta contra una gran revolución histórica.
“En Escocia, por ejemplo, los escoceses, defensores de los Estuardos entre 1640 y 1745. En Francia los bretones, defensores de los Borbones entre 1792 y 1800. En España los vascos, defensores de Don Carlos”.
“En Austria, los esclavos del Sur paneslavistas no son más que el desecho nacional de mil años de desarrollo inmensamente confuso. Es la cuestión más natural del mundo que este desecho nacional, tan enmarañado como el desarrollo que lo trajo a la vida, sólo vea su salvación en la reversión de todo el desarrollo europeo, el cual según él debe provenir no del oeste hacia el este, sino del este hacia el oeste, y que su arma de liberación, su vinculo de unión, sea el flagelo ruso”.
“En Austria, dejando a un lado a polacos e italianos, los alemanes y los magiares han asumido la indicativa histórica, tanto en el año de 1848 como en los mil años anteriores. Ellos representan la revolución.
Los eslavos del Sur, que han ido a la zaga de alemanes y magiares durante mil años, solamente se irguieron en 1848 para instaurar su independencia nacional a fin de aplastar al mismo tiempo la revolución de alemanes y magiares. Ellos representan contrarrevolución”.

(F. Engels. La lucha de los magiares, 13 de enero de 1849).

“A las frases sentimientos que aquí se nos ofrecen acerca de la fraternidad, en nombre de las naciones más contrarrevolucionarias de Europa, nosotros respondemos que el odio a los rusos fue continua siendo la primera pasión revolucionaria de los alemanes; que desde la revolución se ha agregado un odio a los checos y a los croatas, y que, junto con los polacos y los magiares, sólo podremos asegurar la revolución contra estos pueblos eslavos con los actos más decididos de terrorismo.
Sabemos donde están concentrados los enemigos de la revolución, en Rusia y en las tierra eslavas de Austria; y ninguna frase, ninguna referencia a un futuro democrático indefinido de estas tierras nos impedirá tratar a nuestros enemigos como enemigos”.

(F. Engels. El paneslavismo democrático, 16 de febrero de 1849).

“Como es sabido, Marx era partidario de la independencia de Polonia desde el punto de vista de los intereses de la democracia europea en su lucha contra la fuerza e influencia, bien podría decirse; contra la omnipotencia y la predominante influencia reaccionaria del zarismo. El acierto de este punto de vista encontró su confirmación más palmaria y real en 1849, cuando el ejército feudal ruso aplastó la insurrección nacional-liberadora y democrático-revolucionaria de Hungría. Y desde entonces hasta la muerte de Marx, e incluso más tarde, hasta 1890, cuando se cernía la amenaza de una guerra reaccionaria del zarismo, en alianza con Francia, contra la Alemania no imperialista, Engels se mostraba partidario, ante todo y sobre todo, de la lucha contra el zarismo. Por eso, y solamente por eso, Marx y Engels se manifestaron contra el movimiento nacional de los checos y de los eslavos del sur. La simple consulta de cuanto escribieron Marx y Engels en 1848-1849 demostrará a todos los que se interesen por el marxismo, no para renegar de él, que Marx y Engels contraponían a la sazón, de modo directo y concreto, ‘pueblos enteros reaccionarios’ que servían de puestos de avanzada de Rusia en Europa a los ‘pueblos revolucionarios’; alemanes, polacos y magiares. Esto es un hecho. Y este hecho fue señalado entonces con indiscutible acierto; en 1848, los pueblos revolucionarios combatían por la libertad, cuyo principal enemigo era el zarismo, mientras que los checos y otros eran realmente pueblos reaccionarios, puestos de avanzada del zarismo.
“Si la situación concreta ante la que se hallaba Marx en la época de la influencia predominante del zarismo en la política internacional volviera a repetirse bajo otra forma, por ejemplo, si varios pueblos iniciasen la revolución socialista (como en 1848 iniciaron en Europa la revolución democrático-burguesa), y otros pueblos resultasen ser los pilares principales de la reacción burguesa, nosotros también deberíamos ser partidarios de la guerra revolucionaria contra ellos, abogar por ‘aplastarlos’, por destruir todos sus supuestos de avanzadas, cualesquiera que fuesen los movimientos de pequeñas naciones de allí surgiesen. Por tanto, no debemos rechazar, ni mucho menos, los ejemplos de la táctica de Marx, lo que significaría reconocer de palabra el marxismo y romper con él de hecho, sino, a base de su análisis concreto, extraer enseñanzas inapreciables para el futuro. Las distintas reivindicaciones de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático (hoy socialista) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una particular se halle en contradicción con el todo; entonces hay que desecharla. Es posible que en un país, el movimiento republicano no sea más que un arma de las intrigas clericales o financiero monárquicas de otros países, entonces, nosotros no deberemos apoyar ese movimiento concreto. Pero sería ridículo excluir por ese motivo del programa de la socialdemocracia internacional a consigna de la República”.

(V.I. Lenin. Balance de la discusión sobre la autodeterminación, julio de 1916).

“El carácter indiscutiblemente revolucionario de la inmensa mayoría de los movimientos nacionales es algo tan relativo y peculiar como lo es el posible carácter reaccionario de algunos movimientos nacionales concretos. El carácter revolucionario del movimiento nacional, bajo las condiciones de la opresión imperialista, no presupone en modo alguno, forzosamente, la existencia de elementos proletarios en el movimiento, la existencia de un programa revolucionario o republicano a que obedezca el movimiento, la existencia en éste de una base democrática. La lucha que el emir de Afganistán mantienen por la independencia de su país es una lucha objetivamente revolucionaria, a pesar de las ideas monárquicas del emir, y de sus correligionarios, puesto que esta lucha debilita, descompone, socava los cimientos del imperialismo.
La lucha de los comerciantes y de los intelectuales burgueses egipcios por la independencia de Egipto es, por las mismas causas, una lucha revolucionaria, a pesar del origen burgués y la condición burguesa de los lideres del movimiento nacional egipcio y a pesar de que están en contra del socialismo; en cambio, la lucha del gobierno laborista ingles por mantener la situación de dependencia de Egipto es por las mismas causas, una lucha reaccionaria, a pesar del origen proletario y de la condición proletaria de los miembros de este gobierno, y a pesar de que son ‘partidarios’ del socialismo. Y no hablemos del movimiento nacional de otros países coloniales y dependiente más grandes como la India y China, cada uno de cuyos pasos en la senda de la liberación, aun cuando infrinja las exigencias de la democracia formal, representa un mazazo asestado contra el imperialismo, es decir, un paso indiscutiblemente revolucionario”.

(J. Stalin. Los fundamentos del leninismo, abril de 1924)

“La igualdad nacional de derechos, que, en sí, es una conquista política de gran importancia, corre sin embargo el riego de quedar educida a una palabra vacía, si no existen las posibilidades y los recursos suficientes para poder utilizar este derecho de importancia extraordinaria. Es indudable que las masas trabajadoras de los pueblos atrasados son impotentes para utilizar los derechos que les confiere la ‘igualdad nacional de derechos’ en la misma medida en que pueden hacerlo las masas trabajadoras de las nacionalidades avanzadas; la desigualdad efectiva entre las nacionalidades (cultural, económica), heredada del pasado y que no puede ser liquidada en el espacio de uno o dos años, se deja sentir. Esta circunstancia se experimenta con particular intensidad en Rusia, donde toda una serie de nacionalidades no han tenido tiempo de pasar por el desarrollo capitalista, y donde otra ni siquiera han entrado en él, y carecen o casi carecen de un proletariado propio; donde, a pesar de la completa igualdad nacional de derechos, que ya ha sido realizada, las masas laboriosas de esta nacionalidades son impotentes, en virtud de su atraso cultural y económico, para utilizar en grado suficiente los derechos adquiridos por ellas. Esta desigualdad se dejará sentir aún con mayor intensidad ‘al día siguiente’ de la victoria del proletariado en Occidente, cuando entren inevitablemente en escena las múltiples y atrasadas colonias y semicolonias, situadas en los más diversos grados de desarrollo. De aquí, precisamente, la necesidad de que el proletariado triunfante de las naciones avanzadas acuda en ayuda, ayuda real y prolongada, de las masas trabajadoras de las nacionalidades atrasadas, para su desarrollo cultural y económico; la necesidad de que les ayude a elevarse al grado superior de desarrollo, a alcanzar a las nacionalidades que se han adelantado. Sin esta ayuda es imposible organizar la convivencia pacifica y la colaboración fraternal de ellos trabajadores de naciones y pueblos diversos en una economía mundial condiciones tan necesarias para la victoria definitiva del socialismo”.

(J. Stalin. El planteamiento del problema nacional, 2 de mayo de 1921).

La nueva situación mundial
“A mi juicio, los Estados Unidos y la unión Soviética constituyen el primer mundo; fuerzas intermedias como el Japón, Europa y Canadá integran el segundo mundo, y nosotros formamos parte del tercero. El tercer mundo comprende una gran población. Toda Asia, excepto el Japón, pertenece al tercer mundo, África entera pertenece también a éste, e igualmente América Latina”.

(Mao Tsetung. Conversación sostenida con un dirigente del tercer mundo; febrero de 1974).

“El revisionismo soviético y el imperialismo norteamericano, confabulándose entre sí, han perpetrado tantas fechorías e infamias que los pueblos revolucionarios del mundo entero no los perdonarán. Están alzándose los pueblos de los diversos países. Ha comenzado un nuevo periodo histórico, el de la lucha contra el imperialismo norteamericano y el revisionismo soviético”.

(Mao Tsetung. Mensaje a los dirigentes de Albania, 17 de septiembre de 1868).

Puede afirmarse que si, a pesar de todo, los imperialistas desencadenan una tercera guerra mundial, como resultado de ésta otros centenares de millones pasaran inevitablemente al lado del socialismo, y a los imperialistas no les quedará mucho espacio en el mundo; incluso es probable que se derrumbe por completo todo el sistema imperialista”.

(Mao Tsetung. Sobre el tratamiento correcto de las contradicciones en el seno del pueblo, 27 de febrero de 1957).

TRAZOS BIBLIOGRÁFICOS DE CARLOS MARX

El 14 de marzo de 1983 los marxista-leninistas y los obreros avanzados del mundo conmemoran, con profundo respeto, el primer centenario del fallecimiento del fundador del socialismo científico, Carlos Marx. La exaltación de su memoria, repetida en esta ocasión por millones de personas en todos los países de la Tierra, confirma el vaticinio que ante su tumba hiciera su gran amigo y camarada, Federico Engels: “Su nombre y su obra vivirán a través de los siglos”.
Hace cien años, en efecto, “Marx dormía dulcemente para siempre en un sillón”, según las palabras de Bladimir Ilich Lenin. Pero a pesar del tiempo, sus ideas mantienen validez y han hallado continuadores que conquistaron victorias históricas imperecederas.
Como su obra, su vida está llena de lecciones proletarias de las cuales cada día pueden aprender los revolucionarios, y el marxismo, desarrollado al calor de la lucha por el mismo y por Engels, Lenin, Stalin y Mao Tsetung, es la ideología de la clase obrera, la expresión teórica de sus intereses la ciencia de la transformación de la sociedad.

Los primeros años
Carlos Marx nació el 5 de mayo de 1818 en la ciudad alemana de Tréveris, en la Prusia renana; fue el tercero entre los siete hijos de la familia del abogado Heinrich Marx, un hombre relativamente acomodado y progresista que había recibido la influencia de la Revolución Francesa de finales del siglo XVIII, cuando Renania perteneció a Francia como consecuencia de las guerras napoleónicas y fueron abolidas allí muchas de las cargas feudales.
Tras ser reincorporada a Prusia, en 1814, la región experimentó sensibles retrocesos políticos y económicos, la gente sufrió un acelerado desempleo y vio crecer el descontento a la par con la influencia de las corrientes políticas francesas que proclamaban el socialismo en sus formas utópicas y pequeño burguesas.

En Tréveris acudió Marx al colegio y, a los 17 años, con ocasión del final de sus estudios básicos, redacto un trabajo titulado “Reflexiones de un joven al elegir profesión”, en el cual consignó su deseo de poner su vida”al servicio de la humanidad”. Acto seguido se matriculo en la Facultad de Derecho de la Universidad de Bonn, y un año después se traslado a la de Berlín, donde obtuvo su doctorado en jurisprudencia en 1841.

Durante su vida universitaria, Marx se interesó de manera especial en la filosofía y la historia. Desde entonces su rigor y su dedicación se hicieron patentes y pronto descolló entre los jóvenes “hegelianos de izquierda”, los cuales, sobre todo bajo la influencia de Ludwing Feuerbachm propugnaban una revisión crítica de la filosofía clásica alemana y se proponían extraer conclusiones radicales de los escritos de Hegel. En su tesis de grado Marx defendió la lucha que, contra los perjuicios religiosos y en pro del materialismo, había esbozado el filósofo antiguo Epicuro. Sus ideas se enmarcaban aún en lo que describió en una carta a su padre como “mi actitud y mi desarrollo anterior, puramente idealista”.

De la filosofía a la política
Tan pronto como terminó sus estudios universitarios, Marx intentó hacerse profesor en Bonn, pero pronto captó que la política reaccionaria del Estado prusiano cerraba las puertas de la cátedra a cualquier tipo de pensamiento crítico. Sin embargo, los acontecimientos históricos del momento no dejaban margen para la inactividad. En abril de 1842, de nuevo en Renania, Marx se vinculó a la “Gaceta del Rin”, periódico fundado meses atrás por la inquieta burguesía de la ciudad de Colonia, en octubre fue nombrado como su jefe de redacción, y lo convirtió en el más importante vocero de la democracia revolucionaria. En el curso de su infatigable trabajo periodístico, Marx tomó contacto con la vida y la lucha de las masas populares de Alemania y conoció el movimiento obrero de diversos países. Poco a poco, se empapó de las ideas socialistas que por esos días circulaban en Europa.
El gobierno de Prusia, atemorizado por las orientaciones del periódico y por la influencia que acumulaba, lo sometió a la censura hasta el punto de prohibirle la publicaciones de una aviso de la traducción de la “Divina Comedia” de Dante, “porque con las cosas divinas no debe hacerse comedia”, y terminó por ordenar su cierre en enero de 1843. Marx decidió entonces abandonar su patria, y con varios amigos y colaboradores concertó la fundación de una nueva publicación que asimilara las corrientes del socialismo francés y las propagara entre los trabajadores alemanes. Al mismo tiempo, se dedicó con ardor a la economía, pues consideraba que su conocimiento le era imprescindible para estimular la unidad en la acción política entre los intelectuales revolucionarios y las masas obreras.

Antes de su partida, Marx contrajo matrimonio con Jenny von Westphalen, amiga suya desde la infancia, y en su compañía viajó a París. En Francia escribió una penetrante “Critica de la ‘Filosofia del Derecho’ de Hegel”, a través de la cual superó los planteamientos meramente antirreligiosos de Feuerbach y de todo el “hegelianismo de izquierda”, que, aunque materialista en la interpretación de la naturaleza, seguía siendo idealista en cuanto a los fenómenos históricos, sociales y políticos. Poco después señalaría:”los filósofos no ha hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”.

En Paris, Marx alternó sus investigaciones con una diligente brega política. Frecuentaba los suburbios obreros y trabó amistad con dirigentes de los trabajadores, en particular con los de la llamada Liga de los Justos, aunque también con líderes como Luis Blanc, Pedro José Proudhon y Miguel Bakunin. Tras la superación de numerosos escollos, finalmente en enero de 1844 aparecieron los “Anales Franco-Alemanes”, bajo la dirección suya y de Arnoldo Ruge, y con la colaboración del poeta Heinrich Heine; empero, las dificultades para la circulación en Alemania y las discrepancias entre sus directores no permitieron que hubiera una segunda entrega.

Ya en este órgano de expresión, a los 26 años, Marx se revelaba como el revolucionario que propone “someter todo lo existente a una critica implacable”, llegar a la raíz de las cosas y hacer que la teoría llegue a las masas para que éstas se la apropien, conviertan “el arma de arma de la critica” en “la critica de las armas” y así estén en capacidad de “derribar todos los sistemas en los que el hombre es humillado, esclavizado, abandonado y despreciado”.

Construyendo el partido obrero
En septiembre de 1844 Marx se encontró en París con Federico Engels, quien a partir de la mutua identificación ideológica que los ligó desde entonces, fue su más entrañable compañero de combate. Juntos, Marx y Engels, arremetieron contra las teorías socialistas pequeño burguesas que primaban entre los grupos revolucionarios parisinos y contra la filosofía alemana. Tras exhaustivos estudios, armados a la par de contundentes razones y de una ironía demoledora, refutaron el idealismo hegeliano en “La sagrada familia” y “La ideología alemana”. Posteriormente, Marx hizo lo propio con las doctrinas liberales de la “Filosofía de la miseria” de Proudhon, en su “miseria de la filosofía”.

En 1845, molesto por la creciente influencia de Marx entre el proletariado, el gobierno de Prusia gestiono ante el de Francia su expulsión. Se trasladó entonces a Bruselas, desde donde continuó su lid. Entre tanto nacieron sus dos primeras hijas, Jenny y Laura, y su hijo Edgar, quien solo viviría ocho años. A mediados de 1847, la Liga de los Justos celebró un congreso al cual fueron invitados Marx y Engels; con su guía, la organización tomó el nombre de Liga de los Comunistas, y cambio el viejo lema de la hermandad del género humano por el de “Proletarios de todos los países, uníos”. El segundo congreso de la Liga, realizado en noviembre, les encomendó la redacción del “Manifiesto del Partido Comunista”, que vio la luz en Londres en 1848. Este programa genial expone claramente la concepción proletaria del mundo, su definición del materialismo, la dialéctica, la lucha de clases, la misión histórica de la clase obrera, el papel de vanguardia de su partido y su actitud internacionalista.

Días antes de aparecer el “manifiesto” estalló en Francia la revolución democrático-burguesa de febrero del 48 y Marx fue detenido y deportado a Bélgica. Regresó a París, reorganizó allí el Comité Central de la Liga, del cual fue elegido presidente, y paso luego a Alemania. Tras establecerse en Colonia, fundó la “Nueva Gaceta del Rin”, que publicó entre junio de 1848 y mayo de a849.
Desde sus páginas, Marx y Engels orientaron la actividad de las masas, no sólo alemanas sino también de otros países. Analizaron certera y profundamente los borrascos acontecimientos, casi diarios, de las revoluciones europeas, y defendieron los combatientes de ciudades y pueblos de Francia, Austria, Italia, Hungría, Bohemia y Polonia. Viajaban de un lugar a otro, organizando a los obreros y a los demócratas; impartían consignas, desenmascaraban a los oportunistas y acrecían la influencia de su tribuna periodística.

Al triunfar la contrarrevolución, la “Nueva Gaceta del Rin”, fue clausurada y sus redactores sometidos a dos juicios, en los cuales Marx no compareció como acusado sino como acusador. Aunque absuelto en ambos, fue expulsado otra vez de Alemania, y un mes más tarde de Francia también.

Ya había nacido su hijo Guido, muerto pocos meses después, cuando Marx se trasladó a Londres, donde residiría el resto de su vida. Al confrontarse con la realidad de las batallas sus tesis se fortalecieron. La historia de aquellos años de la “primavera de los pueblos” había revelado con especial fuerza su genialidad, energía, voluntad, abnegación y valor proletarios. Con todo, aún le esperaban logros más sorprendentes.

Tiempos de miseria
La década siguiente fue para Marx tan penosa como para todos los emigrantes que arrojó a playas extrañas la derrota de 1849. Llego a Londres sin un centavo, sin trabajo ni posibilidad de hallarlo y con escasos conocidos, la mayoría artesanos y obreros, que en nada podían ayudarle. De no haber sido por la solicita y desinteresada ayuda de Engels, quien se traslado a Manchester y laboró durante años en la administración de una fábrica de su padre, la miseria lo habría aplastado. Su familia padeció varios desahucios y pasó semanas enteras de hambre, pan y papas. En las cartas que se cruzó con Engels puede seguirse su lidia cotidiana con las deudas a las caseras, al panadera, al lechero, al verdulero, al carnicero y a los prestamistas, a los cuales empeñaba su abrigo y, cuando era necesario, los de su esposa y sus hijos. Sólo tres de estos sobrevivieron; Jenny, Laura y Eleanor. En Londres murieron Edgar y Francisca, está última victima de la pulmonía, antes de cumplir un año.

A todo ello hay que sumar la avalancha reaccionaria que se abatió sobre Europa y apuntó sus baterías contra Marx y la Liga de los Comunistas. No hubo calumnia, por mezquina y absurda que fuera, que no se les lanzara, tanto desde las posiciones del absolutismo como desde las del oportunismo. La disolución de la Liga sobrevino a fines de 1852, pero nada conmovía la tenacidad de Carlos Marx, ni impedía el perfeccionamiento de sus teorías, el análisis de las recientes experiencias y el conocimiento cada vez más amplio de los avances de la humanidad y de la cultura de todas las épocas. Ni siquiera perdí su chispeante sentido del humor.
A menudo se halla, leyendo la dialéctica colección de escritos que conformaban sus cartas a Engels, frases como ésta, a propósito del aislamiento en el cual se encontraban. “Ahora hemos acabado con el sistema de las mutuas concesiones, de las semiverdades admitidas por aquellos de las buenas maneras, y con nuestra obligación de compartir el ridículo publico en el partido con todos esos asnos”.

En dos brillantes análisis de los eventos de 1848 a 1850, “las luchas de clases en Francia” y “El 18 Brumario de Luis Bonaparte”, Marx sacó las enseñanzas de los errores y consecuencias del aventurismo, del papel de los campesinos en la revolución bajo la dirección de la clase obrera y de la inevitabilidad de que la lucha de clases conduzca a la dictadura del proletariado la cual constituye una etapa de tránsito hacia la abolición de todas las clases y hacia una sociedad sin clases, el comunismo.

Al mismo tiempo Marx redactó incontables artículos para el “New York Daily Tribune”, influyentes diario norteamericano desde cuyas paginas analizó los acontecimientos europeos y procesos como los de Estados Unidos, China y Rusia, fustigando sin tregua al gobierno prusiano, al pelele Luis Bonaparte y a toda la gama de desviaciones derechistas e “izquierdistas” de las sectas enquistadas en el movimiento obrero. Colaboró también con publicaciones de los trabajadores ingleses, con la “nueva Gaceta del Oder” y con otros periódicos europeos. Pero su labor fundamental se concentró en la ciencia económica que, junto con los principios filosóficos, desbrozados desde 1844, y con la estrategia y la táctica del proletariado, definidas en sus rasgos esenciales entre ese año y 1871, constituye una de las partes integrantes del marxismo.

“El Capital”
A pesar de las estrecheces del exilio, Marx aprovechó cabalmente las condiciones de Inglaterra, a la sazón en país más desarrollado del orbe, para desentrañar las leyes que rigen el capitalismo. Trabajaba todos los días desde las nueve de la mañana hasta la siete de la tarde en la Biblioteca del Museo Británico, donde consultó lo inimaginable en materia de economía política, así como de historia de la técnica, química agrícola, geología, matemáticas y otras ciencias. Además del constante respaldo material de Engels, contó con el apoyo y la solidaridad entusiasta de su familia, dentro de la cual, debido al profundo color negro de su pelo, lo llamaban con cariño El Moro. Pudo, de esta forma, cumplir consecuentemente, incluso en los artículos ocasionales, con su propia consigna de que “el escritor, por cierto, debe tener la posibilidad de ganarse la vida para poder existir y escribir, pero en modo alguno debe existir para ganarse la vida”.

Como el desenvolvimiento del acontecer europeo y la acelerada crisis económica lo llevaron a la certera predicción de que pronto de desencadenaría un nuevo auge de los movimientos democrático-burgueses y de la liberación nacional, Marx se afanó por ahondar su análisis de la sociedad capitalista. En 1859 apareció la “contribución a la crítica de la economía política” y quedaron esbozados los lineamientos básicos para su profundización.
En ellos resumió los principales aspectos que desarrollaría más tarde en su obra cumbre, “El Capital”. Partiendo de que el modo como los hombres se entrelazan y se dividen para producir los bienes indispensables al mantenimiento de su vida proporciona la base sobre que se levanta el resto de las relaciones sociales, comprendidas las instituciones, la política, las ideas, etc, Marx elaboró su concepción materialista de la historia. Averiguó asimismo las causas del tránsito e una sociedad a otra, llamando la atención sobre el hecho de que, cuando aquellas relaciones entraban el desarrollo de las fuerzas productivas, advienen las revoluciones que garantizan el progreso del género humanos.
Evolución que arrancando de las formas primitivas del producción y pasando por el esclavismo, el feudalismo y el capitalismo, ineluctablemente desembocará en el régimen capitalista, antesala de la desaparición de las clases y con ella de la “prehistoria de la humanidad”.

Sin embargo la monumental tarea de culminar la formulación de sus tesis le demandó muchos más esfuerzos y sólo en 1867, aparecería el primer volumen de “El Capital”. Cuando lo concluyó a las dos de la madrugada del 16 de agosto, lo primero que hizo Marx fue comunicárselo a Engels, “Así pues, le escribió, el tomo ya esta listo. Ello ha sido posible única y exclusivamente gracias a ti. De no haber sido por tu abnegada ayuda, no hubiera podido preparar tan enorme trabajo para los tres tomos. Te abrazo y te saludo lleno de gratitud, querido y fiel amigo”. Con razón señalaba Lenin que el proletariado podía sentir el orgullo de que su ciencia hubiera sido creada “por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan las más emocionantes leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres”.

En “El Capital” se describe las leyes del movimiento de la sociedad burguesa, se estudia su historia, se prevé su decadencia y se prueba su carácter pasajero y limitado. Allí Marx puso al desnudo las contradicciones internas de aquel sistema y el inexorable curso de su agudización. Reveló como el capitalismo crea las condiciones materiales para la victoria del proletariado, que requiere de la “expropiación de los expoliadores”. Al poner de manifiesto el mecanismo de la explotación de los asalariados, Marx descubrió cómo la plusvalía se origina en la diferencia entre el costo de la fuerza de trabajo obrero y el valor superior que produce su jornada de trabajo, excedente que va a parar al bolsillo del capitalista. Con ello revolucionó toda la economía política anterior.

En este tomo inicial, Marx trató el proceso de la producción del capital. En el segundo y el tercero, que Engels redactó sobre los miles de páginas dejadas en borrador por Marx, en una tarea que le tomó once años, se examinan, respectivamente, el proceso de su circulación y el de la producción capitalista en su conjunto.

“Viva la Internacional”
Una de las razones por la cual Marx no pudo rematar personalmente su magna obra critica, fue la atención que prestó al aglutinamiento de los obreros, en un periodo que constituyó la cumbre de su actividad política partidaria. El 28 de septiembre de 1864, como coronación de múltiples empeños organizativos fue fundada en Londres, durante un mitin celebrado en St. Martín’s Halls, la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional. En su Consejo General había representantes de los obreros ingleses, franceses, italianos y alemanes. Pronto aparecerían seccionales suyas en los demás países europeos y en los Estados Unidos.

Marx, escribió el primer “Manifiesto” de la Internacional y gran cantidad de sus acuerdos, declaraciones y llamamientos. Se esforzó desde su dirección en la paciente labor de educar a los obreros, demostrándoles la inconsistencia y debilidades del reformismo, el sectarismo y el dogmatismo, y en inculcarles los principios científicos y la táctica revolucionaria. Tuvo que enfrentarse con numerosas y arraigadas tendencias oportunistas, en particular con las que encabezaron Proudhon, Lasalle y el anarquista Bakunin, y debió luchar también con las concepciones liberales predominantes en Inglaterra, a cuyos obreros llamó a la solidaridad con la causa de la liberación de Irlanda, sentenciando algo que la historia se ha encargado de demostrar en múltiples ocasiones: “Un pueblo que esclaviza a otro, forja sus propias cadenas”.

Fue Marx, cuando estalló la conflagración franco-prusiana de 1870, quien redactó el primer llamamiento de la Internacional a los obreros de ambos países. Caracterizando el conflicto como una guerra dinástica, predijo el derrumbe de Bonaparte y acogió con beneplácito la actitud internacionalista asumida por los proletarios de lado, y lado. En una segunda proclama, después de la capitulación del ejército francés en Sedán y de la reinstauración de la república en Francia, señaló que los alemanes habían convertido la rapiña en su objetivo, y a la vez advirtió a los obreros franceses que no se sublevaran sin haberse preparado. Pero al enterarse del estallido de la revolución obrera el 18 de marzo de 1871 en París, exhortó a la Internacional para que todos los trabajadores a apoyaran. Saludó emocionado la gesta del “asalto al cielo”, como llamó a la Comuna de Paris. No obstante la derrota, debida a errores que él también analizó, dio, en “La guerra civil en Francia”, brillante y profundo ensayó, un nuevo paso de trascendencia extraordinaria en el desarrollo de la teoría de la dictadura del proletariado, al precisar que un Estado del tipo del que creó la Comuna era “la forma política descubierta, al fin, para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo”. En aquel momento en que alcanzo a entrever la materialización de sus ideales, simbolizada en la bandera roja que ondeo sobre el Hotel de Ville, exclamó: “El París de los obreros, con su Comuna, será eternamente ensalzado como heraldo gloriosos de una nueva sociedad”. Toda una centuria transcurrida desde entonces ha corroborado aquella aseveración.

Las tareas finales
Tras la caída de la Comuna y los triunfos del nacionalismo burgués, los bakuninistas pretendieron escindir la Internacional, y Marx y Engels lograron que su Consejo General fuera trasladado a Nueva York, previendo para el futuro una nueva etapa que demandaría de los obreros la construcción de agrupaciones auténticamente socialistas y de masas que realizaran una larga tarea de preparación de la revolución, basados en la experiencia universal del proletariado y tomando en cuenta las condiciones especiales de cada nación. En consecuencia, aportaron valiosos elementos al desarrollo del Partido Socialdemócrata Alemán, concretados en su “critica del programa de Gotha”. De igual manera redactaron textos de importancia para los combatientes de Francia, Inglaterra, Rusia y Estados Unidos.

Enfatizaron en este periodo su faena intelectual, en particular los estudios materia de los tomos II y III de “El Capital”. Sin embargo, la intensa labor en la Internacional y sus concienzudas y fatigosas investigaciones minaron al cabo la salud de Carlos Marx. Tuvo que someterse a varias curas y soportar dolorosas enfermedades que prácticamente no le permitían dormir. Además, la pleuritis y la bronquitis que de años atrás lo atormentaban, se hicieron más acentuadas. El 2 de diciembre de 1881 su esposa falleció, en enero de 1883 murió su hijo mayor. Gravemente enfermo estos golpes hicieron decaer sus fuerzas hasta cuando por última vez se sentó en su sillón el 14 de marzo de 1883. “A las tres menos cuarto de la tarde, dejó de pensar el más grande pensador de nuestros días”.

Al pie de su tumba, su “querido y fiel amigo” pronuncio un discurso fúnebre. Con la última palada de tierra de ese 17 de marzo en el cementerio de Highgate de Londres, se abrió una era en la historia de la humanidad. Lo que comenzó con un puñado de visionarios hoy son una causa tangible y extendida sobre la faz del mundo, un año después de que Engels le escribiera a Joseph Becker: “Ustedes y yo somos casi los últimos sobrevivientes de la vieja guardia de 1848. Pues bien, ¡seguiremos en la lucha! Las balas silban, nuestros amigos caen en torno nuestro, pero ésta no es la primera vez que lo hemos visto. Y sí una bala nos pega a alguno de nosotros, puyes que venga; sólo pido que pegue limpia y derechamente, sin postrarnos en la larga agonía”.