BATALLA OBRERA EN CIERNES

Mientras Sittelecom, la USO, los sindicatos portuarios, Fenaltracar, Paz del Río, FF.NN. y numerosas organizaciones más preparan fuerzas para la batalla por aumentos y otras reivindicaciones, el gobierno se empecina en mantener el tope del 26 por ciento e imponer el “salario integral”. Fecode anunció que irá al cese de actividades si el Ministerio de Educación se niega a resolver el pliego petitorio en trámite. Otros trabajadores del Estado, como los vinculados al poder judicial, realizaron ya exitosas huelgas en todo el país.

Los comités regionales de solidaridad ratificaron su respaldo a las organizaciones mencionadas y llamaron a combatir la política hambreadora de Turbay y las conciliaciones del Consejo Nacional Sindical.

EL ROMPECABEZAS DEL GOLFO PÉRSICO

A partir del 22 de septiembre de 1980, el mundo estuvo pendiente del desarrollo del conflicto armado entre Irán e Irak, debido a que su escenario constituye la zona más neurálgica de la actualidad internacional, el Golfo Pérsico. Como es sabido, de allí sale un poco más del 40% del crudo consumido por Occidente y sus aliados (70% de las necesidades del Mercadeo Común Europeo, 17% de las de Estados Unidos y 73% de las del Japón). Sólo la península Arábiga posee alrededor del 60% de las reservas de petróleo del orbe. Por el estrecho de Hormuz pasan diariamente 17 millones barriles del preciado combustible.

La importancia estratégica de la región hace que Washington y sus amigos sean extraordinariamente vulnerables a cualquier turbulencia que ponga en peligro los vitales suministros de petróleo. De otro lado, hacia 1985 la URSS que estará produciendo dos millones de barriles diarios de crudo por debajo de sus necesidades ha venido sacando la “vena yugular” de sus adversarios. En el sector norte cuenta con Siria e Irak a los que ha tratado los militares; al frente ocupa Afganistán 1.000 hombres, a solo pocos kilómetros del golfo; en el área meridional cuenta con otro aliado del sur, donde mantiene los soldados de Cuba y dispone de miles de militares en Adén, y finalmente en el Oeste, cierra el cerco con otras 17.000 unidades cubanas en Etiopía y en el Mar Rojo.

A pesar de la cercanía y las intrigas del oso ruso y del bloqueo por parte del águila americana, el gobierno iraní ha sabido mantener hasta ahora una indeclinable política de no alineamiento e independencia. Irak, ligado por un “tratado de amistad” desde 1972 con el Kremlin, de donde provienen sus aprovisionamientos militares, ha estado actuando en los últimos tiempos con cierta autonomía frente a los soviéticos; votó contra la invasión a Afganistán en la ONU y ha mejorado sustancialmente sus relaciones con Europa, el Japón y las naciones árabes amigas de Washington.

Luego de varios años de incidentes fronterizos entre los dos países, que culminaron con la ocupación por parte de las tropas del Shah de tres islas a la entrada del Golfo y el apoyo de dicho gobernante a la rebelión kurda en Irak, se firmaron los acuerdos de Argel, en marzo de 1975. En virtud de tal convenio quedaron fijados los límites fluviales de las dos naciones a lo largo del río SAT el Arab, fuente de constantes disputas, y la frontera establecida en la mitad del estuario, a cuyos costados se hayan los principales centros petroleros de los dos Estados. Además de los litigios mencionados, convergen diferencias de tipo religioso, político y racial que contribuyen de una forma u otra al enfrentamiento.

El 17 de septiembre del año pasado, el presidente iraquí, Saddam Hussein, declaró nulos y sin valor los acuerdos de Argel y reclamó la soberanía iraquí sobre el río de 140 kilómetros de largo. Cinco días más tarde, los dos países se encontraban en guerra abierta.

La contienda y las superpotencias
El ejército iraquí atacó a lo largo de un frente de 800 kilómetros, en la provincia iraní de Khuzestán, centrando sus embates contra las ciudades de Abadán, Khorramshahr, Ahwaz y Dezful. Bagdad exigió la devolución por parte de Teherán de las tres islas del golfo a los Emiratos Árabes Unidos. De inmediato, la Casa Blanca, que pronto cumpliría un año de humillaciones a causa de la situación de los rehenes, exigió “a todos los demás países, incluida la Unión Soviética, que se abstengan de intervenir” en el conflicto. Es decir, indudablemente el señor Carter confiaba en una victoria rápida de Irak, lo cual a su vez redundaría en la caída del gobierno de Khomeini y en la liberación de los rehenes; ello sólo era posible manteniendo a Moscú fuera de la escena. De otro lado, el presidente Iraní, Bani Sadr, acusó a Estados Unidos y a la URSS como principales apoyos de Irak. Regímenes pro-yanquis como los de Jordania y Arabia Saudita anunciaron su respaldo a Bagdad.

Las cuentas alegres de Washington no concordaron con la realidad de los hechos; a partir del 30 de septiembre las fuerzas iraníes desataron una violenta contraofensiva a lo largo del frente, a tiempo que sus aviones bombardeaban intensamente varios objetivos iraquíes. A partir de entonces, la guerra se estancaría sin que ninguno de los contendores lograse ganancias sustanciales. Simultáneamente, los soviéticos saltaron a la palestra ofreciendo armas a Irán (lo cual fue rechazado por el primer ministro Alí Rajai) firmando, el 8 de octubre, un “tratado de amistad y cooperación” con Siria (enemiga de Irak), similar al que habían suscrito en 1972 con Bagdad. En medio de la confusión reinante y la aparente pérdida de iniciativa de Estados Unidos, Rusia trataba ahora de toar el timón de los acontecimientos y hacer un doble juego, ya que mientras era el principal proveedor de armas de Irak, parecía inclinarse a favor de Irán. Ante tales cambios en la situación, los estadinenses declararon que responderían “favorablemente a los pedidos de ayuda de países amigos y no beligerante en la región, que se sienten amenazados por el conflicto”; enviaron cuatro sofisticados aviones radares “Awacs” a Arabia Saudita. Por otro lado Siria y Libia comenzaron a suministrar material bélico a Irán.

Los bandazos de Carter
A mediados de octubre, el presidente norteamericano declaró sorpresivamente: “Irán es actualmente atacado por Irak, un país invasor, y la seguridad de Irán está amenazada. Estados Unidos sigue interesado por la seguridad nacional y la integridad de Irán”.

Tan súbito cambio de posición estuvo determinado por algunas señales enviadas desde Teherán en el sentido de una posible liberación de los 52 rehenes estadinenses, de la cual dependía en buena parte la frustrada reelección de Carter en los sufragios del 4 de noviembre. El secretario de Estado, Edmund Muskie, se apresuró a decir, el 16 de octubre, que Washington estaría dispuesto incluso a suministrar a los iraníes cerca de 600 millones de dólares en equipo militar ya pagado por éstos, pero retenidos a causa del embargo decretado en noviembre de 1979. Según altos funcionarios del Departamento de Estado, la puesta en libertad de los rehenes era inminente en aquel momento.

El bandazo dado por la Casa Blanca produjo reacciones diversas. Por ejemplo, los sauditas, que habían solicitado y obtenido recientemente de Norteamérica modernos aviones para su defensa ante un posible ataque de Irán, recibieron una bofetada de sus vacilantes benefactores que de nuevo cambiaban de táctica. Bagdad señaló amenazante que cualquier envío de armas o repuestos a Teherán haría de Estados Unidos “un bando hostil en la guerra del Golfo” y que en dicho caso “otras partes podrían verse involucradas directamente”, aludiendo a sus amigos rusos.

No obstante, la administración Carter maniobró mal otra vez; el 27 de octubre, radio Teherán afirmó que los yanquis “están ahora fanfarroneando sobre la liberación inminente de los rehenes”. Y concluyó diciendo: “Este es el rumor con el que desean consolarse. Estados Unidos no sabe la posición real de Irán islamita, que consiste en que no entregaremos a ninguno de los rehenes a menos que Estados Unidos acceda a las demandas de la revolución islámica”. Dichas exigencias fueron fijadas por el parlamento iranio el 2 de noviembre: primera, compromiso público de Washington de no interferir en los asuntos internos de Irán; segunda, reconocimiento del derecho de Irán a la fortuna del Shah y su familia, así como su devolución; tercera, renuncia de los estadinenses a cualquier reclamación financiera contra Irán y cuarta, descongelamiento de los 9.000 millones de dólares en bienes iraníes depositados en bancos norteamericanos.

A dos días de los comicios presidenciales, el equipo de Carter se enfrascó en desesperadas gestiones de última hora con los iranios, contactos que fueron calificados por Brezhnev como “intentos del imperialismo por restablecer su influencia en Irán”, y que como era de esperarse, no fructificaron en beneficio de los intereses electorales del Partido Demócrata. Resulta que al congelar los fondos iraníes el año pasado, surgió una multitud de demandas y solicitudes de indemnización contra esos dineros por parte de varias compañías e individuos de Estados Unidos; en consecuencia, liberar tales fondos implica todo un proceso legal que tomará bastante tiempo.

Como si fuera poco, a finales de diciembre, las autoridades iraníes agregaron otra demanda; que los Estados Unidos depositaran en un banco argelino la astronómica suma de 24.000 millones de dólares a cuenta de Teherán y como garantía de la buena voluntad de Washington. Carter respondió inmediatamente afirmando que “no pagaremos ningún rescate; jamás lo hemos siquiera considerado”.

El triunfo de Ronald Reagan y sus declaraciones en el sentido de que difícilmente negociaría un acuerdo con los iraníes una vez posesionado, contribuyó en buena medida a la solución del problema de los rehenes. El 19 de enero, representantes de Estados Unidos y del país mediador, Argelia, firmaron un convenio por medio del cual Teherán liberaba a los 52 estadinenses con las siguientes contraprestaciones de Washington: devolución de los bienes iranios congelados en bancos norteamericanos desde el 14 de noviembre de 1979; terminación de los litigios entre los gobiernos de cada parte y los ciudadanos de la otra, y arreglo de tales reclamaciones a través de arbitraje obligatorio; compromiso de no intervención directa o indirecta en los asuntos internos de Irán; revocación de todas las sanciones comerciales dictadas contra Irán desde 1979; congelamiento de las propiedades y bienes de los herederos del Shah en Estados Unidos; prohibición de cualquier demanda ante tribunales norteamericanos que involucre reclamaciones de personas e instituciones estadinenses contra Irán.

Los rehenes fueron puestos en libertad el 20 de enero. Al día siguiente, el presidente Reagan anunció que su gobierno revisaría cuidadosamente los términos del acuerdo con Teherán por considerar que se trata de una especie de rescate.

Los Estados Unidos se encuentran en una difícil situación; dejaron caer al Shah, su mejor aliado; sufrieron la afrentosa toma de los 52 rehenes durante 444 días; apostaron inicialmente a Irak en la guerra del Golfo; aceptaron las condiciones impuestas por Irán, y ahora amenazan con no cumplir el compromiso pactado.

El oso soviético no está en mejores condiciones; su agresión contra Afganistán y sus descaradas ansias de expansión en la zona han limitado mucho su capacidad de maniobra. Aunque trata de aprovechar las dificultades y los errores de su contendor imperialista, el Kremlin no ha logrado sacar ventajas sustanciales de la situación del Golfo.

EL CERREJÓN: SAQUEO A TAJO ABIERTO

Utilizando todo el poder y dominio que tienen los monopolios norteamericanos sobre nuestro territorio patrio, la Exxon se apoderó, con la anuencia y servilismo de los gobernantes de turno, del yacimiento de carbón más importante de Colombia.

El país entero, por el debate nacional planteado, pudo conocer todas las intimidades del chanchullo llamado por los ministros “el contrato del siglo”, y comprender como éste es profundamente lesivo para los intereses de la nación.

Burla del ejecutivo
El 5 de septiembre del año pasado el gobierno aprobó la declaración de comercialidad del proyecto de carbón de El Cerrejón – zona norte -, en la Guajira. Mediante el sistema de asociación, Carbones de Colombia S.A., Carbocol, empresa comercial e industrial del Estado, e International Colombia Resources Corporation, Interior, subsidiaria de la Exxon, pusieron en marcha el convenio suscrito en diciembre de 1976.

Los economistas del departamento técnico y financiero de Carbocol, Roberto Forero, Liliana Jaramillo y Cecilia de Sierra, recomendaron a la administración, en memorando del 27 de agosto, no aceptar los términos propuestos por Intercor. Señalaron que “declarar comercialidad con la idea de que si el proyecto es bueno para la Exxon es bueno para Carbocol y el país en materia de ingresos de participación, regalías, tarifas, costos de inversión y operación que le corresponden como socio del proyecto y como dueño inicial del recurso natural”. Ante la mofa que hizo el Ejecutivo de los argumentos expuestos por los técnicos, éstos, en actitud patriótica, renunciaron, dando a conocer la entrega de tan importante recurso energético.

Al abrirse el debate en el parlamento, el representante a la Cámara por el FUP, Álvaro Bernal Segura, denunció la complicidad de López y Turbay con la empresa extranjera. En su intervención indicó: “He venido a plantear hoy aquí un tema que compromete los intereses de la patria. A demostrar cómo el carbón ha caído en manos de uno de los monopolios más grandes del mundo, la Exxon, de propiedad de la familia Rockefeller, que desde hace 65 años tiene hincadas sus garras en nuestro territorio”.

En 1975 se hizo pública una licitación internacional para dar comienzo al desarrollo de los yacimientos de carbón en la Guajira. Con base en las propuestas recibidas, López Michelsen otorgó a la Exxon, a través de su filial Intercor, la exploración y explotación del área B de la cuenca de El Cerrejón. El contrato de asociación se firmó el 17 de diciembre de 1976.

La reserva carbonífera del proyecto comprende una extensión aproximada de 38.000 hectáreas. Se establecieron tres periodos para la puesta en marcha del mismo; el de exploración, el de montaje y el de explotación. Durante el lapso de casi cuatro años, Intercor realizó los estudios técnicos y de factibilidad que correspondían al primer periodo. La etapa de montaje se consideraba iniciada en el momento en que Carbocol aceptara el concepto presentado por el socio sobre la comercialidad del depósito. El periodo de explotación, aún no emprendido, arrancará con el primer embarque, y tendrá una duración de 23 años en total; la vida del proyecto copa 33 años.

Concluido el tiempo de exploración, el tema del Cerrejón cobró nuevamente actualidad. La empresa colombiana y el gobierno aceptaron, sin beneficio de inventario, lo propuesto por la subsidiaria norteamericana cuando ésta varió los términos de la licitación adjudicada. La producción prevista originalmente era de 5 millones de toneladas anuales, pero los estudios para el montaje de explotación, hechos por la compañía extranjera, tuvieron ya como base 15 millones de toneladas año, y en la propuesta de comercialidad se elevó esta cifra a un mínimo de 25 millones.

Lo que no cambió fue el nivel de regalías pactado. Como lo afirman los técnicos de Carbocol en sus objeciones: “Se estarían acordando regalías correspondientes a una producción de 5 millones, mientras se acepta una producción de 25 millones de toneladas año y más”. Para colmo, Intercor sobrefacturó los costos de inversión en un 80% y los de operación en un 100%, con el fin de que el socio nacional pagara una mayor proporción de los mismos. La oligarquía colombiana, en forma sumisa, admitió la justificación insólita dada por los funcionarios estadounidenses, de que los costos se “tendrán que aceptar de buena fe”.

Es tan evidente lo leonino de la propuesta hecha a la nación, que hasta una firma consultora internacional, la Parsons Brinckerhoff, contratada por el gobierno para asesorar a la empresa estatal en el proyecto, recomendó no aceptar la declaratoria de comercialidad, por ser contraria a las conveniencias del país. Profesionales del Departamentos Nacional de Planeación y del Ministerio de Minas y Energía también formularon reparos. Pero pudieron más el poder y control del imperialismo que los conceptos técnicos. El gobierno de Turbay, al aceptar la comercialidad, le dio vía libre al saqueo de sus amos yanquis. El ministro de Minas, Ávila Mora, ante el debate en la Cámara adelantado por Bernal Segura, respondió sin ningún rubor: “Este no es un gobierno de asesores”.

Pérdidas enormes
Los estudios de exploración confirmaron la existencia de 3.000 millones de toneladas. De estas reservas solamente se explotará la primera capa, que comprende de 0 a 200 metros y que cuenta con 1.600 millones de toneladas. Las restantes quedaran sepultadas, sin posibilidad práctica de que se recuperen después de que la Exxon haya descremado el mineral, es decir, extraído los primeros metros por el sistema de tajo abierto. Se estima que a precios de hoy el total de las reservas vale 130.000 millones de dólares. “Esa es la magnitud de las riquezas de que disponía el país en el área norte de El Cerrejón, solo comparable a las pérdidas que sufrirá Colombia por causa de la política de asociación que allí se ha aplicado; y solo comparable con el inmenso volumen de desvergüenza de las clases dirigentes que las han entregado al voraz apetito de los explotadores venidos de fuera”, afirmó en el Congreso el dirigente del FUP, Álvaro Bernal.

Los depredadores le han venido exigiendo al régimen oligárquico mayores prebendas. Además de que Intercor se apropió del 50% del carbón, las autoridades decidieron entregarle el bastón de mando del proyecto al concederle la facultad de ser el operador del mismo. Carbocol sólo será entonces un convidado de piedra. La construcción de la mina, catalogada como la más grande del mundo, del ferrocarril del puerto y demás instalaciones las realizará y administrará el consorcio norteamericano. Como acertadamente lo expresara Bernal Segura: “Durante el término de 33 años una compañía extranjera posa todo su poder y todos sus tentáculos sobre 38.000 hectáreas de tierra y sobre toda la ruta del ferrocarril hasta la Costa Atlántica, en la Bahía Portete, donde controla como un enclave colonial parte vital del territorio guajiro”.

Mientras la producción minera nacional, mediana y pequeña, sufre el trato discriminatorio del Estado, los pulpos norteamericanos gozan de los favores concedidos por sus intermediarios. El ministro de Desarrollo y anterior gerente de Carbocol, Andrés Restrepo Londoño, sirvió de portador oficioso de los intereses de la Exxon, al plantear la exigencia de la compañía extranjera de que se la eximiera de pagar el impuesto del 5% que consagró la Ley 61 de 1979 para los productores de carbón. La obsecuencia del gobierno estuvo atenta al mandato de los explotadores y en la legislación se incluyó la exención del gravamen.

Pero una prueba más de que la oligarquía liberal-conservadora promulga disposiciones especiales para favorecer al imperialismo, la constituye la cláusula 39 del convenio de asociación. En ella se establece que una de las condiciones básicas bajo las cuales se pudo celebrar el contrato fue la expedición, por parte del Consejo Nacional de Política Económica y Social (Conpes), de la resolución 23 de diciembre de 1976, que permitió a las empresas extranjeras del sector de la minería de carbón remitir el 100% de las utilidades obtenidas, así como la repatriación de todo el capital invertido y de las reservas legales. Intercor podrá entonces, cuando haya saqueado toda la riqueza carbonífera del área contratada, dejarnos únicamente la burla y la miseria.

A pesar de lo anterior, la rapacidad de la filial de la Exxon no se detiene. Para evitar la posibilidad de que nuevos tributos vayan a disminuir sus exorbitantes ganancias, los expoliadores impusieron en el numeral 6 del artículo 13 del contrato, que cualquier impuesto futuro, ya sea éste nacional, departamental o municipal, correrá por cuenta de Carbocol.

Los privilegios de Intercor configuran una afrenta. Es el operador del contrato; paga unas regalías ínfimas, aun si se las compara con las del petróleo, que son bajas, define el presupuesto y lleva la contabilidad del proyecto, lo que le permite la sobrefacturación en los costos; descrema y comercializa el mineral; está exenta de los impuestos de la ley del carbón y de aduana; repatria todas las utilidades, incluida la reserva legal, y tiene libertad para determinar las cantidades a producir.

El Cerrejón es un ejemplo patético de a tragedia que representa para Colombia la política de la asociación de capitales, que desde un tiempo para acá demanda el imperialismo de sus colonias. Bajo esta forma neocolonialista de pillaje los monopolios norteamericanos encubren y redoblan el saqueo y la explotación. Aparentemente comparten por igual los mismos derechos y obligaciones del capital nacional, y sin embargo se llevan las ganancias fundamentales sin ningún riesgo económico y político.

¡PARTICIPEMOS TODOS EN EL BICENTENARIO COMUNERO!

El sábado 14 de marzo, en la plaza del Socorro, se reunirán millares de delgados de partidos de avanzada, de organizaciones obreras y campesinas, de estudiantes y artistas, provenientes de todo el país, para conmemorar el alzamiento que el 16 de marzo de 1781 protagonizaron en esta población los comuneros contra la tiranía colonial española. Este será el acto central de una serie de eventos que durante 1981, se celebrarán a lo largo y ancho de Colombia bajo una consigna central: “Por la segunda independencia, unión de los oprimidos contra los opresores”.

El germen de esta conmemoración bicentenaria ha sido el Comité Comunero Nacional. “El Común”, integrado desde hace varios años por dirigentes del movimiento “Comuneros 81” del Socorro, Barbosa, Guapotá, Simacota, etc. Para adelantar las tareas de movilización del 14 de marzo y variadas actividades culturales, se constituyó en Bogotá, el pasado 22 de enero, el Comité Nacional Pro Conmemoración del Bicentenario de la Insurrección Comunera. A la primera reunión asistieron los dirigentes Consuelo de Montejo, del MIL, y Álvaro Bernal Segura, de la ANAPO; el concejal Avelino Niño, Carlos Valverde, Gustavo Quesada y Diego Betancur, del MOIR; Gildardo Jiménez, secretario del Regional del MOIR de Santander; los escritores y artistas Ricardo Camacho, Jairo Aníbal Niño, Clemente Forero, Clemencia Lucena, José Fernando Ocampo, Mario González y Gonzalo Mahecha; Manuel Silva, presidente de “Comuneros 81” de Guapotá, y Guillermo Luna, secretario del mismo movimiento en Vélez. Por el sindicalismo independiente, representantes de Fecode, Sittelecom, Aceb, Anebre, Sintracreditario, Sinucom, USO, ADE, Sindes, Sintraingeominas, ACIA, Sindillantas, Sintrateléfonos y Sintraica.

La directiva del comité Nacional quedó integrada por Ricardo Camacho, como presidente, y por Gustavo Quesada, José Fernando Ocampo y Elberto Camargo.

Una lucha de tres años
“Comuneros 81” es una organización popular, cívica y democrática que surgió hace tres años en Vélez. En plena campaña electoral, cuando los políticos tradicionales repetían sus falsas promesas, los habitantes de este viejo municipio santandereano, cansados de engaños, organizaron asambleas populares, llamando a la unidad del pueblo para exigir la prestación adecuada de los servicios públicos.

Vélez, fundada hace más de 400 años, no tiene acueducto ni alcantarillado. Todos los veranos, el agua sólo llega durante un cuarto de hora cada tercer día. Agobiados por las altas tarifas de un servicio que no se les brinda, los veleños atendieron el llamado de protesta, y el 26 de marzo de 1978, en una concentración de más de 3 mil personas, se creó “Comuneros 81”. Sus metas iniciales fueron la lucha por la reducción de las tarifas del agua y la celebración del bicentenario de la gesta comunera. El eco de la inconformidad se extendió pronto por los demás municipios de la región.

“La situación de injusticia y de opresión de hoy es igual o mayor que la que soportaba el pueblo hace 200 años. Por esto retomamos sus banderas para que, organizados, luchemos y exijamos los derechos que les han sido negados a los pobres de Colombia”, asegura Jorge Velandia, párroco de Vélez y gestor del movimiento.

Socorro, Guapotá, Curití, Barbosa, Charalá, Puente Nacional, Bolívar, Simacota y Mogotes constituyeron comités locales de “Comuneros 81”. En paredes y muros de estas comarcas los indigentes escribieron su frase de combate: “La unión hace fuertes a los débiles. No pague agua”.

Expresando su ira por el exagerado metraje que viene facturando la empresa estatal Emposan, los usuarios decidieron, como parte de su batalla, suprimir los contadores. Al frente de esta tarea estuvo en Socorro, hasta el día de su muerte, ocurrida el pasado 17 de diciembre, Manuel Rueda, presidente de “Comuneros 81”.

Este combatiente infatigable narró para Tribuna Roja la lucha a la cual entregó hasta su último aliento, con las siguientes palabras: “Estamos organizados por barrios. Así la noticia de cada atropello llega a nuestro comité a través de emisarios que pasan el mensaje de cuadra en cuadra. De nada le sirven a la empresa los trucos que emplea para atemorizarnos y obligarnos a pagar”.

Reviviendo el ejemplo de Galán
Los apresamientos, las intimidaciones, las calumnias y las amenazas han sido los métodos del gobierno para tratar de minar la unidad de “Comuneros 81”. En Vélez se nombró alcalde militar. En Bolívar se acusó a varios campesinos de pertenecer a “agrupaciones subversivas”, y en el resto de municipios, muchas personas han sido detenidas por el simple hecho de pintar consignas o colaborar en la reconexión del servicio de agua.

A las provocaciones el pueblo ha respondido con valentía, cual digno heredero de José Antonio Galán. En todos los municipios donde ha arraigado “Comuneros 81” se han presentado muestras de indignación popular y resolución de lucha. En Charalá, ante la detención de dos compañeros, las masas se concentraron frente a la Alcaldía. La policía arremetió contra el pueblo violentamente, pero sólo logró que en pocos minutos ardiera la sede de Emposan. También en Vélez ocurrió la toma de las instalaciones de la empresa, que sólo cesó cuando se reconectó el servicio al barrio Palenque.

Más del 80% de la población agrupada en la dura pelea, no paga en este momento los exorbitantes cobros y se mantiene firme en la decisión, adoptada en una reunión plenaria del movimiento, de negociar un pliego unificado con Emposan. Se demanda la exoneración total de la deuda de quienes no pagan el servicio y garantías para quienes quitaron los contadores además de una tarifa razonable y permanente, y un servicio regular en condiciones aceptables.

En tres años de vida, “Comuneros 81” ha brotado como expresión de rebeldía en 15 localidades. Su lucha no se limita a la demanda de agua; se pronuncia contra la carencia de gas y sus altos precios, denuncia la miserable situación de los fiqueros de Curití, la sin salida de los campesinos de Oiba y Guapotá, y la persecución a los líderes campesinos y obreros.

Celebración popular y nacional
En Socorro han fracasado siete reuniones convocadas por funcionarios oficiales para preparar un bicentenario lleno de peroratas y vanas promesas. Aunque “Comuneros 81” decidió que cada municipio será autónomo para programar eventos conmemorativos, o para adherir a los que otros organicen, su tarea se centra en realizar una remembranza que se traduzca en la lucha diaria de los oprimidos contra los opresores.

Desde el año pasado, “El Común” inició la celebración revolucionaria de la lucha de sus mayores. El 11 de septiembre se recordó masivamente el natalicio de Galán; el 22 de octubre el alzamiento “de los magnates de la plazoleta” en Simacota; el 29 de octubre, en Mogotes, la revuelta encabezada por José Ignacio Gualdrón, y el 17 de diciembre, la asonada del pueblo charaleño soliviantado por Galán. El acto central será el sábado 14 de marzo en la plaza del Socorro, para conmemorar el valeroso desafío de Manuela Beltrán al romper y pisotear el real edicto, suceso que prendió la revolución comunera. Tribuna Roja, la revista Teorema, el Teatro Libre de Bogotá, el conjunto “Son del Pueblo”, cinematografistas, artistas, fotógrafos, escritores, historiadores y periodistas, se han unido a la celebración del bicentenario y programaron numerosas actividades. El pasado 26 de octubre, por ejemplo, los desprevenidos espectadores que salían de la Plaza de Santa María en la Capital, se sorprendieron gratamente al encontrar dibujado sobre el anden del Planetario, la imagen de José Antonio Galán, obra del pintor Gonzalo Mahecha que ha alentado a numerosos artistas a participar en el concurso de pintura callejera organizado por el comité cultural de “Comuneros 81”; sobre muros y pavimentos quedarán plasmados a lo largo del país las imágenes de la insurrección comunera. Para participar en dicho concurso basta con enviar una fotografía de la pintura al Apartado Aéreo 14757 de Bogotá.

Por su parte, el Comité Nacional realizará un festival de teatro, en los distintos escenarios donde 200 años tuvo lugar la gesta de los oprimidos; igualmente se convocará a un salón de artes abierto, a profesionales y aficionados en diversas especialidades, se contará con premios financiados por varios sindicatos, y con un jurado idóneo; “Comuneros 81” anunció también la apertura del concurso de fotografía cuyo tema es el de “Los Comuneros de hoy”. Semanas culturales, conferencias, mesas redondas, exposiciones, ciclos de cine, recitación de canciones, obras de teatro, revivirán y buscarán encarnar a los expoliados de hoy la rebeldía de los comuneros de 1781. El MOIR ha lanzado la directriz general de unirse a estas manifestaciones populares de conmemoración, agitar durante todo el año el recuerdo de la sublevación comunera y de profundizar el estudio de los documentos históricos para aprender, en confrontación con las necesidades del presente, las lecciones revolucionarias que son aplicables por los oprimidos de hoy en su lucha contra los actuales opresores.

DESPEDIDA A UN CAMARADA

Discurso pronunciado el pasado 8 de septiembre por el camarada Francisco Mosquera, secretario general del MOIR, en la Plaza de La Pola en Ipiales, durante la concentración en homenaje a la memoria de Heraldo Romero.

Querido camarada Heraldo Romero:

Entre todos los deberes que nos ha impuesto la revolución ninguno más penoso que éste de volver a la tierra tus despojos mortales. No conseguimos atinar por qué extraño giro del destino nos encontramos de pronto privados de la compañía y el sostén de tan entrañable camarada. No estamos despidiendo a quien hubiese recorrido el ciclo de la existencia y llegado al fin, por ley natural, a la hora de reposo, sino a quien apenas avanzaba en la senda de la vida y hacía brotar por doquier hermosas esperanzas. No damos sepultura a un carácter melancólico o pusilánime, sino a un hombre extraordinariamente activo que con su alegría embriagó siempre a cuantos le rodearon.

Tampoco estamos frente a uno de tantos del montón que aceptan dócilmente el papel alienante que a cada cual le reserva esta sociedad caótica y rapaz, sino ante el rebelde que descolló en la brega por transformar el mundo en beneficio de las mayorías menesterosas. No contemplamos la partida de un compañero más, sino la de un forjador del movimiento proletario y un genuino fogonero de la causa de los desposeídos. Nos ha dejado un valiente. Hemos perdido a uno de nuestros conductores más promisorios. Por miles de razones nos cuesta aceptar este cruel golpe de infortunio.

Nadie lo hará mejor que tú ni más entusiastamente. Muchos trataremos de cerrar filas en tu nombre pero jamás lograremos llenar el vacío que queda con tu ausencia.

La hechura de un partido revolucionario obrero, que crece proscrito en franca hostilidad con los poderes establecidos y que funde su suerte con la de las fuerzas esclavizadas y oprimidas, consiste en el fondo en la formación de unos cuadros lúcidos ideológica y políticamente, disciplinados y leales, capaces de vincularse y guiar a las masas a través de las tormentas de clase y dispuestos a arrostrar cualquier sacrificio y deponer sus intereses particulares por los del común. Dichos cuadros se convierten en el tesoro más preciado del Partido, puesto que su desarrollo requiere varios años y dedicación permanente. En los momentos cruciales será la destreza de aquellos la que decidirá el porvenir de la contienda. Para el MOIR, cuyos componentes han jurado destronar a los explotadores y verdugos del pueblo y sólo aspiran a la victoria total, la muerte de Heraldo Romero presenta un revés incalculable.

Sin escatimar esfuerzos dedicó sus vitales energías y su brillante inteligencia a las tareas de la construcción partidaria. Cuando la enfermedad minaba sus carnes, el batallador nato que había en él se resistió a postrarse, y hasta el último instante estuvo pendiente de los problemas del Partido y preocupado por sus camaradas. Las labores militantes las llevó a efecto sin falta en el seno de las masas populares. Dentro del estudiantado veló sus armas de eximio paladín y fue uno de los primeros líderes del caudaloso movimiento juvenil de comienzos de la década del 70, en el que se mostró ya como gran orador y combatiente insobornable contra el oportunismo. Innumerables veces se halló al frente de heroicas jornadas del pueblo nariñense, lo mismo en paros cívicos de envergadura departamental que en movilizaciones locales en pro de básicos derechos de la ciudadanía.

En más de una oportunidad las multitudes enardecidas lo rescataron de las prisiones del régimen. Se desveló por las masas campesinas e indígenas a las que respaldó y orientó en sus múltiples batallas por la tierra y la organización, abriendo brecha hacia el agro y encabezando la consigna de enraizar el Partido en las zonas rurales. En otras ocasiones lo vimos ligado personalmente a las lides del proletariado colombiano, alentando a los obreros, instruyéndose e intercambiando criterios con ellos sobre las cuestiones fundamentales de la emancipación. Prestó su concurso a tantas peleas memorables que creo no exagerar si afirmo que las gentes perseguidas de Pasto, Túquerres, Ipiales, Tumaco, Orito, Puerto Asís y del resto de poblaciones de Nariño y Putumayo supieron invariablemente de Heraldo Romero cada vez que se levantaron en protesta por alguna iniquidad de los gobernantes de turno. ¿Puede haber acaso para un partido revolucionario un pionero, un puntal, un propagandista mejor? Más esto no es todo.

A cada paso propendía por la línea antiimperialista y de salvación nacional defendida por el MOIR, y sus ojos se iluminaban de júbilo al saber o al narrar algún episodio de repudio de los sectores patrióticos y democráticos contra los monopolios extranjeros y sus testaferros criollos. En sus luchas por la liberación y la soberanía del país rechazó las posturas engañosas del nacionalismo y proclamó invariablemente la unión de los obreros y pueblos del planeta.

Estudió y propagó las enseñanzas de los ideólogos del socialismo científico y él mismo fue un marxista_leninista consecuente. Nunca le conocimos una vacilación en la dura refriega contra las contracorrientes revisionistas, cuya derrota la consideró siempre como una condición indispensable del éxito de la revolución colombiana. Alertó al pueblo sobre los peligros de la expansión soviética y denunció sin tregua las pretensiones de sus agentes en el Hemisferio. Aunque comprendía como el que más que Colombia atraviesa aún en su evolución histórica por la etapa democrática y que nuestro objetivo estratégico actual radica en la constitución de un frente único de liberación nacional, rechazó firmemente los postulados burgueses de quienes sustituyen la revolución por la reforma en aras de una inconsistente alianza de las clases explotadas y oprimidas.

Dentro del MOIR se distinguió por el trato fraternal con sus compañeros y por el celo que puso en la salvaguardia de la unidad del Partido.

La única manera de reparar en parte la pérdida que hemos sufrido con la prematura desaparición de Heraldo Romero es resaltar y cultivar su ejemplo en cuanto simboliza. No habrá un monumento superior a su memoria. Tendremos que seguir adelante si aspiramos a que sus vigilias y empeños no hayan sido en vano. Y triunfar como él, que se marchó victorioso pues alcanzó todo lo que se propuso. Sólo las limitaciones de tiempo y lugar le impidieron ver el radiante amanecer de la libertad sobre el territorio patrio. Le correspondió combatir en un largo trayecto de reflujo y de acumulación de las fuerzas, empezando por la necesidad de disipar las tinieblas y suplir la inexistencia de una vanguardia revolucionaria. Consciente de las condiciones políticas que lo correspondieron cumplió su misión sin desesperos ni pedanterías. Y en los principales pasajes de su vida trazó el modelo de la conducta de un verdadero comunista para los períodos prerrevolucionarios.

El MOIR, que es tu obra, encenderá la pradera y escribirá los capítulos que te quedaron inconclusos por un designio inescrutable.

Querido camarada Heraldo Romero:

Al concluir esta hora aciaga el balance obligado de tu práctica, no descubrimos una sola mácula que obscurezca el conjunto de tu epopeya revolucionaria. Seguramente los enemigos, en el afán por atacarnos, hallarán gratuitamente fallas o excesos qué atribuir a tu comportamiento acrisolado. Eso se descarta. Los defectos y las cualidades de los hombres, al igual que los demás hechos sociales, están sometidos inexorablemente a los juicios de clase. Nosotros te admiramos, te respetamos, procuramos imitarte, porque asumiste cabalmente la posición de la clase obrera y luchaste con acierto por la felicidad del pueblo. Ello nos reconforta. Para nosotros encarnas las excelsas virtudes de tu raza y de tu estirpe. Ello nos basta.

En la certeza de que continuaremos amando lo que amaste y odiando lo que odiaste, no te decimos adiós sino hasta siempre.

“¡COMUNISTA AUTÉNTICO, DIRIGENTE PROBADO E INCANSABLE FOGONERO DE LA REVOLUCIÓN!”

(Apartes del comunicado oficial del Comité Ejecutivo Central del MOIR, emitido el día 6 de septiembre de 1980 en Bogotá y leído por el camarada Otto Ñañez en Ipiales)

“Heraldo Romero nació en El Tambo, Cauca, el 9 de enero de 1948. Se radicó en Ipiales desde temprana época e hizo allí sus primeros estudios. Pasó luego a la Universidad de Nariño, donde en 1973 se graduó de abogado”.

Desde 1968 se vinculó a la construcción del MOIR, asistiendo en septiembre de 1969 a su Encuentro de Fundación. En 1973 fue nombrado secretario del Comité Regional de Nariño.

Puede afirmarse que no hubo en este departamento lucha importante en la que no participara el camarada Romero con una posición consecuente. Dirigió la pelea que libró el pueblo nariñense en junio y julio de 1969, la más amplia, vigorosa e intensa de las que se hayan dado en esa región, por energía eléctrica y otras reivindicaciones.

Encabezó en 1971 la batalla del estudiantado por una cultura nacional y científica al servicio del pueblo, y estuvo entre los fundadores de la Juventud Patriótica (JUPA). También en 1971 tomó parte activa en la contienda por la refinería, que unificó al departamento en contra de la Texas Petroleum Company.

A partir de 1974 resultó elegido en varias ocasiones concejal por Pasto e Ipiales. Condujo los movimientos cívicos llevados a cabo en mayo y junio de 1978 por la ciudadanía de Ipiales. Puesto preso por el ejército durante los enfrentamientos del 3 de mayo en esa población, debió ser liberado ante las voces de protesta de unas diez mil personas, que en hombros lo llevaron hasta la plaza. Nombrado por la misma época presidente del Comité Departamental Pro-Reivindicaciones de Nariño, dirigió el aguerrido paro cívico del 25 de junio en Pasto. Detenido, y otra vez condenado por el gobierno departamental a seis meses de arresto, la presión popular logró sacarlo de la cárcel a los treinta y dos días.

“El MOIR destaca en el camarada Heraldo Romero al auténtico y ejemplar comunista, al probado dirigente del pueblo, al incansable fogonero de la revolución, al pionero de nuestra construcción partidaria y, en suma, al hombre de coraje y al cabal combatiente”.

“FUE UN HOMBRE DE PARTIDO, UN MILITANTE MODESTO Y SENCILLO”

(Apartes del discurso de Omar Ñañez, dirigente nacional del MOIR, en el acto en memoria del Camarada Heraldo Romero, celebrado en Bogotá por el sindicalismo independiente en la sede de Hocar)

La vida breve e intensa de Heraldo Romero que fue un verdadero homenaje a la alegría y el combate, es inspiradora de nuestra brega especialmente porque la dedicó de todo corazón a ser útil al pueblo, con un espíritu de desinterés por sí mismo y de servicio a la causa libertaria por la cual combatimos.

Siendo todavía un adolescente, e influido por la generación revolucionaria de la década del 60, compartió con ella la dura tarea, en América por aquel entonces, de construir un partido de la clase obrera, que fuera capaz de liberar al proletariado y al pueblo de las ataduras reformistas y revisionistas y conducirlo hacia su emancipación definitiva.

“No hay en la última década ningún momento de auge en la lucha de masas del país que no haya tenido un firme respaldo en la insurgencia del pueblo nariñense. Y podemos afirmar con certeza que no hubo una sola lucha importante de los sectores oprimidos de esta región que no haya tenido en Heraldo Romero a su más insigne conductor. Los repetidos movimientos estudiantiles, los aguerridos paros cívicos municipales y departamentales, las frecuentes protestas populares, siempre contaron con su guía esclarecedora. No dio tregua a sus enemigos. Ello le granjeó su odio y su condena, doce veces fue confinado a la cárcel, algunas apaleado y torturado y otras arrancando de ella victoriosamente por la acción valerosa de obreros, jornaleros, estudiantes, amas de casa y pequeños comerciantes”.

“Heraldo fue además de un hombre de partido, un dirigente reconocido por las masas, un militante modesto y sencillo, ajeno a la presunción y al arribismo; fue fraternal, sano y sincero con sus camaradas, sin sombra de servilismo u obsequiosidad. Con cuadros así, que son para nuestro Partido su mayor tesoro, y con la correcta orientación de nuestra línea política, no cabe duda de que el MOIR, a pesar de ser hoy una minoría en la sociedad, podrá granjearse el corazón del pueblo y conquistar la victoria”.

“HERALDO, GERMEN DE LA NUEVA COLOMBIA”

(Apartes del discurso de Orlando Patiño, dirigente del MOIR, en la Plaza de La Pola en Ipiales, el 8 de septiembre)

Fueron las acciones de Heraldo, su batallar continuo, lo que le llevó al puesto que ocupara. Fue duro e insistente en la batalla, persistente en la organización del partido, intransigente con la reacción, amigo y fraternal con sus compañeros. No se nos fue nuestro camarada sino nuestro amigo fraterno, y ahora, en el penumbroso sitio de la muerte, está dirigiendo la marcha. Conocimos su enérgico trabajo, ya que no había lugar en donde él no estuviera impartiendo su consejo ineludible. Por eso, Heraldo, nuestras mentes no se resignan a creer lo sucedido. Pero este acto es la mejor demostración de la semilla que tú regaste; aquí están los combatientes que tú tantas veces dirigiste. Aquí está este pueblo respondiéndote como hizo siempre; está la expresión de su gratitud y su admiración, de su amor y de su respeto.

“Heraldo no dio paz al enemigo, no se dio tregua en el trabajo cotidiano. Por eso te digo, Heraldo, que en todos los sitios donde tú diste un paso nacerá una semilla que el MOIR sabrá cultivar, y algún día, más temprano que tarde, en cada mojón de tu recuerdo, clavaremos la estrella roja con la bandera solitaria de nuestro Partido. Porque somos enamorados de este pueblo, de este territorio, como tú lo fuiste; porque creemos, como tú, que este pueblo nunca ha tenido la mente adormilada, que este pueblo se inflama cuando piensa en la libertad”.

“Heraldo era un hombre destinado a cultivar el germen de la nueva Colombia”.

NUNCA DEJASTE DE CREER EN LA VICTORIA

Apartes del discurso pronunciado por Darío Romero, dirigentes del MOIR, en el acto público efectuado en la Plaza de La Pola de Ipiales, el 8 de septiembre.

“Ustedes compañeros y compañeras de quienes Heraldo aprendió tanto, fueron testigos de honor de sus virtudes comunistas. Nacido en la entraña popular, nunca le dio la espalda al pueblo, y por el contrario, convirtió en la razón de su vida servirle de todo corazón. Ni la brutal represión, ni las dificultades inenarrables, ni los despreciables halagos de la oligarquía pudieron apartarlo de su incorruptible posición de principios”.

“Estuvo al frente de nuestro Partido en la conducción audaz y certera de las más enconadas batallas, y tuvo siempre un comportamiento imbatible ante las inevitables dificultades, sin dejar de creer en la victoria aun en los momentos más sombríos, ante las peores adversidades”.

“El camarada Heraldo bregó sin cansancio por la unidad de los auténticos revolucionarios; de los obreros, labriegos y cosecheros; de los pescadores, estudiantes e intelectuales; de los productores y comerciantes nacionales, para formar un gran frente único que materialice la unidad nacional, condición indispensable para romper las cadenas de la dominación imperialista norteamericana y alcanzar una auténtica soberanía nacional que se convierta en poderoso arrecife en el que encalle cualquier nave imperial extranjera”.

“Camarada y hermano: hoy cuando te despedimos, estamos dispuestos a transformar nuestro dolor en fuerza. Te juramos llevar hasta el fin de la causa emancipadora por la que combatiste y prometemos seguir tu inigualable ejemplo de comunista auténtico”.

“Camarada Heraldo; ya no escucharemos más tú voz rebelde, pero tus ideas enraizadas en el pueblo son hoy fuerza material inatajable”.

“Camarada Heraldo; ya no gozaremos más de la pirotecnia de tu alegría iluminada, pero ella renacerá en la sonrisa de los niños de la nueva patria”.

“Camarada y hermano; reposa ya tu cuerpo en la tierra. Desde ahí escucharás el creciente galopar del corcel de la victoria”.

EDITORIAL: “LOS MISTERIOS DE LA POLÍTICA INTERNACIONAL”

Entre las razones aducidas por Bula y Pardo para renegar del MOIR, a mediados de 1978, resalta la de que éste mantiene, al lado de China, su respaldo a las fuerzas antirrevisionistas y anti-hegemónicas del movimiento proletario mundial. En su carta de renuncia piden, textualmente, “el no alineamiento real y auténtico ante los países que se reclaman socialistas y no sólo como un postulado por un frente, sino también para un partido, sin entender esta política como una concesión…” 1. Aunque en el fondo su deserción rubrica el paso hacia el nacionalismo burgués, no vaya a imaginarse el lector que nuestros dos iscariotes dejan de posar de internacionalistas. Obligados a encubrir su felonía se precian de serlo, a tono con el oportunismo de la época. Pero a su manera, reivindicando, como se ve, una chistosa neutralidad “ante los países que se reclaman socialistas”, o sea, ante aquellos que invaden y masacran a otros pueblos bajo la cobertura de la revolución como la Unión Soviética, y aquellos que, conforme a los principios comunistas, perseveran en la autodeterminación de las naciones y condenan cualquier tipo de colonialismo. Además, han “aprendido mucho” de “la revolución China, de su partido, de sus dirigentes y especialmente del fallecido presidente Mao” 2; sin embargo, por los insondables vacíos de su aprendizaje, ignoran que el marxismo-leninismo señala, con claridad meridiana, que los deberes internacionalistas presuponen el escrupuloso respeto de los derechos de los pueblos a darse la forma de gobierno que a bien tengan. No habrá unión posible entre los obreros del orbe sin este requisito. Quienes fomenten la agresión de una nación contra otra, la intromisión en sus asuntos internos, serán unos chovinistas vulgares, así pregonen a los cuatro vientos su amor al socialismo.

Cuba pisotea el suelo de Angola con un ejército de ocupación; Viet Nam adelanta una guerra de exterminio contra Kampuchea y Lao dentro de las fronteras de estos países, y Rusia, inspiradora y patrocinadora de semejante piratería, aplasta con sus tanques a Afganistán. Dichos ejemplos representan apenas tres de las más abominables muestras del prospecto colonial del neofascismo soviético. Respecto de tales vandálicos procederes sólo cabe una posición consecuente, diáfana; de desenmascarar y condenar con la máxima energía a los sórdidos Estados que se atreven hipócritamente a confundir la causa obrera con la rapiña de las bestias. En esas circunstancias promover la neutralidad del Partido para la política exterior significa simplemente darle luz verde a las atrocidades de los social-bandidos. U “ofrecer el apoyo a las determinaciones que juzguemos correctas para el avance de la revolución mundial” 3, determinaciones adoptadas por los países que se “reclaman socialistas”, sin distinción alguna, es transferir al campo internacional la tristemente famosa consigna aupada por Vieira, de “apoyar lo bueno y combatir lo malo” del nefasto cuatrienio del mandato de hambre.

Hace unos años, para vastos sectores resultaban incomprensibles las críticas a la enfermiza inclinación del gobierno cubano a ponerse a las órdenes de las autoridades moscovitas. Las gentes seguían profesando admiración a los valientes hijos de Martí, a los que únicamente podían imaginárselos, en innumerables episodios heroicos, derrocando batistas y expulsando saqueadores gringos, pero jamás en el vergonzoso papel de un David sumiso y al servicio del nuevo Goliat. En el séptimo decenio, y aun en las postrimerías del sexto, sobran evidencias acerca de las alteraciones regresivas de la primera revolución socialista del Hemisferio; y en especial en los últimos cinco años y medio, a partir del momento en que las armas de la Isla emprenden en África la aventura colonizadora en nombre y bajo los auspicios de la superpotencia del Este.

En vano los revisionistas y sus corifeos se empeñan en convencer de que el operativo expedicionario sobre Angola, como lo afirma García Márquez con candor de colegiala, “fue un acto independiente y soberano de Cuba, y fue después y no antes de decidirlo que se hizo la notificación correspondiente a la Unión Soviética” 4. Basta una sola consideración. La economía de esta pequeña república no cuenta – ¡ni soñarlo! – con los ingentes recursos que implica una movilización militar de aquella envergadura. En el informe de Fidel Castro al II Congreso de su partido, leído el pasado 17 de diciembre, contrastan los graves traumas de la producción y el comercio con el hecho de que más de 100.000 soldados han ido a guerrear en el continente negro. ¿Cómo decidir soberanamente el sostenimiento en el extranjero de tal magnitud de tropas, pagado en dólares, cuando se reconoce una reducción vertical de las divisas, por los bajos precios del azúcar durante el quinquenio y por el encarecimiento de los créditos y de las mercancías importadas; cuando coinciden, junto a la crisis financiera, calamidades naturales, como la roya, que mermó en una tercera parte las plantaciones de la caña en 1980, el moho azul, que estropeó al mismo tiempo cerca de un 90% de la cosecha de tabaco, y la fiebre porcina africana que cayó sobre algunas zonas del país, y cuando los logros que se reivindican en otros renglones no contrarrestan el desbarajuste general creciente, ni proporcionan los saldos favorables para el sustento de un ejército tan grande, a miles de kilómetros de su base? Son indudablemente los soviéticos quienes equipan, adiestran y subvencionan las huestes invasoras provenientes del Caribe. No se trata de un fenómeno insólito. Costumbre antiquísima de los imperios ha sido la de aislar entre los nativos de las regiones sometidas fuerzas de combate para sus empresas bélicas. Ni por la índole, ni por los propósitos, ni por la paga, los actuales cuerpos mercenarios cubanos, esparcidos por el globo, se pueden comparar con los 82 patriotas del Granma que el 2 de diciembre de 1956 desembarcaron en la provincia de Oriente, se internaron luego diezmados en la Sierra Maestra e iniciaron una guerra de guerrillas de 25 meses, hasta la toma de la capital. Los unos, los de hoy, reencarnan la típica legión fantoche que contiende ciegamente bajo una bandera extraña y en pos de tierras y esclavos para saciar los apetitos del alto mando. Los otros, los de ayer, constituyen el núcleo revolucionario que, con el alma y la vida, marcha tras la liberación no simulada de su pueblo; y la planta germina porque la semilla era autóctona y el surco estaba abierto. No importarle la diferencia y, por el contrario, dejar entrever la posibilidad de que las atrocidades de quienes renunciaron al marxismo-leninismo, al internacionalismo y a la coexistencia pacífica entre regímenes distintos coadyuven al “avance de la revolución mundial”, son estratagemas propias de la contracorriente oportunista en boga.

Nuestra ventaja estriba en los notables cambios de la situación. Los variados y rápidos eventos, tanto de dentro como de fuera de Colombia, cada día conceden mayor validez a los puntos de vista teóricos y políticos promulgados por el MOIR. La fundación de nuestro Partido, con su estampa de organización independiente y revolucionaria del movimiento obrero, empezada a moldear en la lucha interna de 1965, oficializa de por sí las inconciliables divergencias de principio con el revisionismo contemporáneo. Acogimos en los puntos programáticos partidarios las visionarias deducciones de Mao acerca del proceso degenerativo de la camarilla gobernante de la Unión Soviética. Se sobreentiende que cuantos solicitan la militancia, acto por demás voluntario, se hallan de acuerdo con las directrices guías básicas, y entre ellas, desde luego, con las que fundamentan la antagónica posición contra el socialimperialismo soviético. Nadie conseguirá con sutilezas y suspicacias trastocar el sentido de las cosas. En el pasado nos solidarizamos con la revolución cubana; más las desviaciones “foquistas” alimentadas por sus jefes después del triunfo produjeron tropiezos de monta a la lucha independentista de Latinoamérica, y ya desde entonces las olas de La Habana, en ese periodo con sedimentos de extrema izquierda, chocaron con los esfuerzos encaminados a aclimatar en estas latitudes una corriente marxista-leninista de la clase obrera.

Más adelante, en 1968, las divisiones del Pacto de Varsovia se lanzaron sobre Checoslovaquia, toque de alerta respecto de los síntomas manifiestos de las mutaciones monstruosas del Kremlin que, aun cuando agrietaron el llamado campo socialista, sus verdaderas incidencias sólo se irían apreciando con el desarrollo de los acontecimientos. Aquella fue una hora de prueba. En un discurso plagado de imprecisiones, vaguedades y dudas, el supremo Comandante de Cuba terció en pro del zarpazo propinado por la metrópoli del recientemente erigido sistema imperial. En su azoramiento admitió que en este caso la conducta soviética “incuestionablemente entrañaba una violación de principios legales y de normas internacionales los cuales, puesto que han servido muchas veces de escudo a los pueblos contra las injusticias, son altamente apreciados en el mundo”. Y agregó: “Porque lo que no cabría aquí es decir que en Checoslovaquia no se violó la soberanía del Estado checoslovaco. Eso sería una ficción y una mentira. Y que la violación incluso ha sido flagrante” 5. Pero se puso al lado de los violadores, absolviéndoles con el alegato repetido, y repetido en los últimos doce años por los revisionistas del globo entero, de que la agresión y el sometimiento militar de un país se justifican por la protección de los fueros del socialismo. Con tamaña lógica, netamente imperialista, siempre habrá pretexto para intervenir. En aquella coyuntura se trataba de retener una nación en la órbita rusa; en los tiempos actuales, de “ayudar” a establecer la revolución a los pueblos de Angola, Etiopía, Kampuchea, Lao, Afganistán, etc. Que los ejércitos comunistas traspasen las fronteras, bajo los cielos ajenos depongan los gobiernos, declaren la guerra, aplasten la insurgencia, degüellen a las gentes, impongan el orden, cada vez que sea indispensable “evitar una catástrofe”, según otra expresión, del Primer Ministro cubano en su comparecencia del 23 de agosto de 1968, que se satisfagan los objetivos políticos, aunque la necesidad “viole derechos como el de la soberanía” que, “a nuestro juicio – concluye Castro -, tiene que ceder ante el interés más importante de los derechos del movimiento revolucionario mundial y de la lucha de los pueblos contra el imperialismo” 6.

El marxismo enseña a los obreros a utilizar la democracia en la brega por su emancipación, y la supedita a esta como un medio. Pero entre todos los preceptos democráticos se destaca uno del cual el proletariado jamás debe prescindir, y mucho menos el proletariado dominante de una república socialista, si desea derrotar finalmente a sus enemigos de clase, preservar su unidad internacionalista y salvaguardar la revolución mundial, y ese el de la autodeterminación de las naciones. El imperialismo consiste en la opresión de un país sobre otros. La única forma de vencerlo estriba en alcanzar la independencia de las regiones periféricas sojuzgadas, con lo que se crean las condiciones para el levantamiento insurreccional en la sede del imperio, y no al revés, en esperar a que con este estallido se liberen las colonias. A ningún pueblo podrá obligársele desde el exterior a que asuma la libertad y abrace la causa socialista. Propender por cualquier tipo de expoliación nacional será imitar las prácticas del imperialismo y contribuir a generarlo. Sin embargo, queda claro que en 1968, y virtualmente antes, los oportunistas contemporáneos, al igual que sus antecesores de la II Internacional, borraron de su apócrifo misal marxista el principio de la soberanía de las naciones como una premisa irrecusable de la revolución proletaria.

Nosotros estuvimos siempre en los cierto cuando avisamos sobre la metamorfosis de los mandatarios de Moscú, convertidos ahora en zares redivivos, más prepotentes y despiadados que los Romanov. Los dolores de cabeza provienen de la perplejidad con que capas influyentes de los intelectuales y segmentos de las masas han recibido la denuncia de los pasos de cangrejo de la Rusia Soviética hacia el capitalismo y la reacción.

Muy difícil aceptar de pronto que el radiante territorio libre de América se transformó en una sombría caserna del socialimperialismo. ¡Si en Cuba no hay analfabetas como en Colombia! ¡Si allí los instrumentos de producción son de propiedad colectiva! ¡Si en 20 años de revolución se han remediado muchas de las injusticias sociales heredadas! Demasiado terrible la acusación para secundarla. “Estoy más dispuesto a creer lo que han visto mis ojos que lo que han escuchado mis oídos” 7, nos replica el activista aferrado a sus viejos conceptos. Está bien. En los últimos años hemos presenciado sucesos extraordinarios, de una riqueza y velocidad tales, que la propaganda se les rezaga y no les alcanza a englobarlos a plenitud. Los agudos problemas económicos de Cuba originados en la dependencia de la URSS; sus filas de cientos de miles de personas buscando la ventana del exilio que, de ser todas delincuentes, prostitutas y homosexuales, como lo afirma el régimen, reflejan una descomposición mayúscula para una población tan reducida, a cuatro lustros de la victoria; el comportamiento guerrerista de sus líderes que hacen de cipayos preferidos del Kremlin y se asocian sin sonrojo a las matanzas ordenadas por sus amos en la arena internacional, desde Angola contra Zaire, desde Etiopía contra los rebeldes eritreos y contra Somalia, desde Yemen del Sur contra Yemen del Norte e infaliblemente desde donde haya puntales soviéticos contra los que no se plieguen a los caprichos de los expansionistas, y la bancarrota de su política de fingir una tonta imparcialidad en los conflictos mundiales, con el objeto de embaucar al movimiento libertario de los países atrasados y sometidos, siendo que nadie ignora los asfixiantes compromisos que encadenan a la isla antillana.

Lo de Polonia no es menos instructivo. Otro astro sin luz propia y poblado de dificultades que circunnavega en torno del emporio. La deuda externa de esta neocolonia asciende a la fantástica cifra de 23.000 millones de dólares, superior en más de cinco veces a lo que debe Colombia a las agencias prestamistas extranjeras. Los protuberantes desarreglos y deficiencias en las diversas ramas industriales la han llevado a acentuar el racionamiento de los bienes de consumo y a padecer las hondas desavenencias entre las masas populares y el aparato estatal. Ni los frescos relevos en la conducción del Partido y el gobierno, ni el dejo autocrítico de los comunicados oficiales, sofrenan el espíritu de abierta disciplina social que se adueñó de los altivos poloneses. Huelgas a granel anuncian cotidianamente los despachos de prensa, lo mismo en las ciudades que en el campo, por objetivos económicos, como el acortamiento a cinco días de la jornada laboral, o por peticiones democráticas enrutadas a obtener garantías para la organización y la autonomía de los sindicatos. A lo que más ambicionan los sufridos habitantes de esta república amordazada es a romper cuantas amarras legales los aten a la burocracia vendida. Quebrar la influencia de la rancia y corrupta administración sobre los trabajadores sintetiza la tarea preparatoria ineludible de todo gran salto revolucionario; más para ello se precisa asimismo de capacidad y de lealtad de la dirección con los caros anhelos de los asalariados. Hay que esperar para saber si todos estos elementos se conjugan en aquel pedazo del globo. Por lo pronto en Moscú cunde la preocupación, no sólo porque el clima revoltoso ha pasado de castaño a oscuro, sino por que la tempestad amaga con extenderse y envolver a sus satélites vecinos. La camarilla soviética ha persuadido a los inconformes de que morigeren las reivindicaciones, atemperen los ímpetus y embozalen el patriotismo, y los ha tratado de convencer por el método predilecto de los explotadores que en la historia han sido: la violencia.

Enormes destacamentos de infantería, blindados y cohetes se tendieron ya en los perímetros de Polonia, prestos a invadir a la señal indicada. De nuevo los legatarios de Kruschev se encuentran ante la alternativa de despedazar a bayonetazos la integridad territorial y soberanía de un Estado puesto a su custodia. Las repercusiones de aquellas contingencias no resultan complicadas de barruntar.

Para la Unión Soviética será imposible mantener por las buenas la cohesión de su comunidad de naciones, vale decir, mediante el libre entendimiento basado en la igualdad, el respeto mutuo y el beneficio recíproco. Normas que, entre otras cosas, propugna el MOIR y recoge el programa del Frente por la Unidad del Pueblo, debido a que compendian las pautas mínimas capitales para un real acercamiento entre los pueblos y unas relaciones civilizadas en el concierto internacional, muy contrarias a las bárbaras disposiciones tradicionales del imperialismo, que levanta su mercado exterior y su ascendiente político sobre la coacción y el garrote contra los países pobres y débiles.

Rumania tampoco constituye un caso excepcional dentro de los brotes de insubordinación que inquietan al socialimperialismo; desde hace rato viene exteriorizando en una u otra forma los temores que la embargan por las tropelías de la URSS, tanto en el terreno de la extorsión económica como en el de la amenaza militar, de que son víctimas los autodenominados aliados de ésta. A raíz de la descarada ocupación de Afganistán tales roces se han incrementado inevitablemente. Hasta algunos revisionistas de Europa, tras el estupor causado por las últimas provocaciones de sus preceptores rusos, se sienten impelidos a sugerir discrepancias para evitar el peligro de enajenarse simpatías y aislarse súbitamente. La raída argumentación de que la sociedad occidental y cristiana pretende efectuar su pesca en las aguas revueltas de la otra superpotencia, no niega el carácter regresivo de las desastradas configuraciones de la Unión Soviética y sus tributarios. A la vanguardia proletaria le corresponde barrer la cháchara referente a que el socialismo está autorizado para recurrir a las maniobras y los procedimientos de los tiburones del gran monopolio imperialista.

Como los insucesos internacionales los refutan a cada instante, se colige por qué los tránsfugas invitan a que nos ocupemos preferentemente del campanario patrio, y a que enarbolemos “el no alineamiento real y auténtico ante los países que se reclaman socialistas”, como postulado no del frente sino del partido, sin calificarlo de concesión. Empero, vivimos un convulsionado momento, pletórico de incidente trascendentales y pasajeros, pesados y livianos, serios y bufos, para que en ellos posen las miradas de quienes no quieren oír, y confirmen por sí mismos cómo la dialéctica del desarrollo conlleva también los reveses y las reversiones en la incesante puja del hombre tras el progreso y la eliminación de la esclavitud. Desde esta perspectiva los factores convergentes nos son más propicios que nunca.

Las masas sólo aprenden por la experiencia diaria que extraigan de la lucha de clases, y nos sobra material didáctico para auxiliarlas a que desentrañen la verdad, eleven su conciencia, desanden el terreno perdido y recuperen la iniciativa en la dura lid. ¿Cómo desempeñar el papel dirigente si nos ubicamos en el limbo, si nos resistimos a tomar bando dizque para que no nos muñequeen y, si cuando el obrero, el campesino, o el estudiante indaguen sobre la posición partidaria acerca de los crímenes de la social-traición, nosotros nos limitamos a contestar que bendeciremos lo bueno y anatematizaremos lo malo que ocurra más allá de los linderos criollos? Históricamente la palabreja del no alineamiento surgió en Colombia en calidad de rechazo a la exigencia formulada por el mamertismo de que el frente de liberación nacional habría de definirse a favor de Cuba y su gobierno. Precisamos sin lugar a equívocos que nuestra propuesta implica una salida de transacción, en pos de la unidad de las fuerzas antiimperialistas. Una concesión que le hacemos al atraso, a los acendrados sentimientos nacionalistas del pueblo colombiano, con lo cual demostramos nuestra actitud no sectaria y el empeño democrático que ponemos en la unión de los oprimidos contra los opresores. Pero también con el objeto de conquistar un ambiente propicio para ir educando paulatinamente a las inmensas mayorías en los deberes internacionalistas de la revolución colombiana. Jamás fuimos neutrales en la polémica del movimiento comunista contra el revisionismo contemporáneo. Hemos condenado sin desmayos, ni timideces las apostasías y villanías de los usurpadores del poder soviético. Sumos aprietos nos han costado la firmeza ideológica y la independencia política. Sin embargo, los hechos, a la postre, llegan en tropel a darnos la mano. En esto radica el cambio de la situación.

Otro elemento digno de examinarse es el fracaso de la cacareada “distensión”, mediante la cual se pretendió inculcar que por fin la especie se había encarrilado por el sendero de la convivencia pacífica, y que los antagonismos entre las dos superpotencias se zanjarían en los diálogos y acuerdos bilaterales, en la emulación y cooperación dentro de las faenas por el bienestar colectivo y en la insistencia económica prestada a los pueblos en mora de liberarse, para arrancarlos de la miseria y el abandono. Los armónicos contactos se consolidan al despuntar la década del 70 y se refrendan con las visitas de Nixon a Moscú, en mayo de 1972. Aquella fue la temporada de los tratados. Se firmaron para todos los gustos. Sobre medicina y salud, protección del ambiente, viajes siderales, ciencia y técnica, educación y arte, operaciones marítimas, comercio y, por supuesto, restricción de armamentos. Poderosas empresas norteamericanas estrenaron sus instalaciones en la Unión Soviética, y viceversa, comisiones especializadas de la URSS se trasladaron a EEUU. La luna de miel prometía tanto que los contrayentes, ante los rumores y el nerviosismo del resto de la audiencia mundial, aclaraban que su concordia proseguiría “sin perjudicar en manera alguna los intereses de terceros países” 8. La inaugurada era de la detente, como también se le bautizó, no se circunscribía pues a prevenir únicamente la hecatombe nuclear, sino que sus metas iban hasta la rendición de las calamidades que acongojan a la doliente humanidad, y en particular a disminuir las distancias abismales que separan a las naciones pobres y ricas. El desprendimiento enterneció los corazones. Emisarios de ambos bandos hablaron de entregar parte de los gastos militares que ahorraran para la prosperidad de las populosas regiones sujetas al coloniaje. Se propagaron numerosas ilusiones y por doquier retoñó el reformismo. Las seniles agrupaciones socialdemócratas se encargarían de suministrar su partitura doctrinaria para el sainete que al más amplio nivel principiaba a representarse. El alemán Willy Brandt es una de las criaturas destacadas de la novísima orientación en el escenario europeo, así como lo han sido los Molina, los Santos Calderón, o los iscariotes, en nuestras dimensiones provincianas. No obstante, quienes realizaban el verdadero negocio eran los revisionistas acaudillados por el Kremlin. Las alucinaciones y el sopor producidos por el aplacamiento inoculado a sus contradictores, les proporcionaba la atmósfera adecuada para emprender la histriónica misión de apoderarse de la Tierra. Lenta pero seguramente. No importa el modo, ni los programas, ni los amigos. En Chile, ¡arriba con Allende y su retórica electoral! En Argentina, discreto respaldo a mi general Videla, y a ratos no tan discreto. En Nicaragua y El Salvador, con la solidaridad militante y la lucha de guerrillas. En África, con la presencia de ejércitos regulares invasores. En Afganistán, por medio del tiranicidio, los golpes de Estado y los pactos de protección bélica. En el Sudeste Asiático, para reprender a Pol Pot, enmendarle la plana a los laosianos y erigir su “federación indochina”. En Colombia, bueno, en Colombia, combinando todas las formas de lucha, desde el cretinismo parlamentario hasta el “foquismo”.

Cuando los chinos vaticinaron el chasco del apaciguamiento y destaparon que tras el dulzor de los convenios se escondían las amargas intenciones de los contratantes de repartirse las zonas de influencia, y que los rusos a la larga repletarían sus faltriqueras merced a las pérdidas de los demás, los oportunistas regaron entonces el sofisma de que Pekín invocaba el espectro de la conflagración y la destrucción cósmicas. ¿Y qué pasó? Pues que la “distensión” terminó siendo la estafa del siglo. A pesar de la firma del Salt I (Tratado de Limitación de Armas Estratégicas) y de las discusiones conciliadoras del Salt II, la carrera armamentista de la Unión soviética adquirió ribetes inverosímiles y aventajó con mucho a su inmediato rival.

Se calcula que en 1971 las dos superpotencias se hallaban ya equiparadas en cuanto al monto de sus presupuestos de guerra, pero sólo entre 1973 y 1978 las inversiones de la URSS en esta esfera superaron a las de su antagonista en cerca de 150.000 millones de dólares. Los análisis actualizados de los expertos de diversas nacionalidades no admiten dudas. Norteamérica suprimió el servicio militar obligatorio y a su ejército, de pésima calidad, lo dobla el soviético, integrado por cuatro millones y medio de hombres. Referente al poderío de fuego convencional, el primero no le gana al segundo ni en el aire, ni en el mar, ni en la tierra.

Y el equilibrio nuclear, uno de los objetivos insistentemente enunciados en las rondas de negociaciones, está más que roto en provecho del socialimperialismo. La conclusión es aplastante: los expansionistas moscovitas se valieron de la detente para articular y perfeccionar la maquinaria bélica más mortífera de todos los tiempos y la han echado a rodar en franco desafío. Pero esto a su vez ha sido posible por el eclipse pronunciado de Norteamérica.

A los imperios, lo mismo que al resto de los seres, los rige un ciclo de ascenso y de descenso; registran sus auroras y sus ocasos, nacen y mueren. El desenlace de la Segunda Guerra Mundial condujo a los Estados Unidos al pináculo de su esplendor. Sin embargo, a la vuelta de unos cuantos años, se estrelló contra tres obstáculos insuperables. El uno, el parasitismo de su propia clase dominante, cuyas alucinantes fortunas, amasadas sin mayores diligencias, mediante la expoliación de sus dilatadísimas posesiones coloniales, y disfrutadas indolentemente, acabaron por mellarle la inteligencia, el empuje, hasta el extremo de engañarse con la idea de que nadie sería capaz de atentar contra su supremacía. Nixon narra en su último libro, por ejemplo, que en 1965, el entonces Secretario de Defensa, Robert S. MacNamara, sustentó así las reducciones unilaterales de los proyectos armamentistas de la Casa Blanca: “Los soviéticos han decidido que tienen perdida la carrera cuantitativa. No hay ningún indicio de que se estén esforzando por crear una fuerza estratégica nuclear comparable a la nuestra” 9. Cuán confiados, y ¡cuán miopes!, se mostraban a la sazón los mandos gringos.

El otro escollo que aguaría la fiesta del imperialismo norteamericano estuvo a cargo de los ardores libertarios de los pueblos oprimidos, cada segundo menos dóciles. A través de sus empréstitos y sus inversiones aquel abona el terreno para el florecimiento del capitalismo autóctono en sus dominios de ultramar; pero como con la concurrencia monopolista estrangula esta evolución – despierta el deseo e impide saciarlo -, se acicatean los enfrentamientos entre los neocolonialistas y los avasallados y se desatan los embates del ciclón revolucionario. Miles de millones de personas, en todas las lenguas, sindican constantemente a los magnates yanquis de horrendas infamias. Y en Viet Nam recibirían una paliza inolvidable que desangró el erario, desgarró la sociedad norteamericana, puso en la picota el poder ejecutivo y dejó al descubierto los pies de barro del coloso. Después del colapso de Indochina los Estados Unidos no volverían a ser los mismos.

Y la tercera interceptación procede de la competencia económica y política que los Estados desarrollados llevan a cabo contra el árbitro de Occidente, incluida la enconada disputa de la Unión Soviética por sustraerle regiones y naciones. No obstante los marcados brotes inflacionarios y especulativos, la crisis dentro del sistema capitalista se va revelando como efecto directo de la superproducción. Para Europa y el Japón los estragos de la guerra de los cuarenta han quedado muy atrás, sepultos en la memoria. Sus industrias, recuperadas y notablemente vigorosas, libran con no poco éxito la pelea por el predominio en los mercados de los cinco continentes, sin descartar siquiera la demanda de los exigentes consumidores estadinenses. Con ello tienen que ver los balances adversos del comercio exterior de Norteamérica, su enorme déficit fiscal y los conatos de recesión que han aparecido en las intrincadas articulaciones de su complejo fabril. Las dolencias de su economía se concitan para hacer totalmente desesperanzador el proceso declinante del otrora intocable imperio; y son asimismo las más complicadas de superar, puesto que su remedio implica tanto un choque con las naciones del segundo mundo, de las cuales requiere para la obra común de paralizar la expansión soviética, como un acrecentamiento del saqueo de los países sojuzgados, con la consiguiente multiplicación de los desbarajustes y desordenes en sus principales bases de reserva. ¡Qué contrastes entre los goces de la efímera ascensión y los sinsabores de la prolongada caída!

Desde el fallido abordaje a Cuba, en abril de 1961, torpemente planificado por Eisenhower y peor ejecutado por Kennedy, que sucumbió en el mismo momento en que los sicarios pisaron Playa Girón, hasta la risible y estúpida operación de rescate de los rehenes norteamericanos en Irán, acometida por Carter en 1980, en otro célebre abril, las desventuradas acciones de la Casa Blanca han ido de tumbo en tumbo, huérfanas de coherencia y continuidad. A medida que se propaga el caos proliferan las fórmulas salvadoras que tan pronto se aplican se desvanecen; sube el tono de las mutuas recriminaciones entre los responsables de la cosa pública, y se desanuda una truculenta rebatiña por el Poder, entre los grupos monopolistas atrincherados en los dos partidos centenarios. El presidente Kennedy perece abatido en las calles de Dallas por una conspiración hasta el presente oculta en la penumbra y a la que por más de un indicio aparecen enredadas dependencias de los aparatos represivos. Igual suerte corre su hermano Robert, cuando prácticamente se hallaba a las puertas de la Oficina Oval. Johnson se ve obligado a desistir de nominarse para el otro periodo presidencial a que constitucionalmente tenía derecho. El escándalo de Watergate, sin antecedentes en Norteamérica, sometió a la administración Nixon a la más minuciosa y despiadada pesquisa, sacando a la superficie la podredumbre congénita del Estado yanqui, con su pestilente carga de sucios ardides, maquinaciones delictuosas y fehacientes testimonios de que la loada democracia americana no desecha ninguna aberración en la consecución de sus propósitos.

En medio de la batahola y a fin de reparar en algo la deplorable velada ofrecida a los atónitos espectadores, comenzó a prender una campaña todavía más grotesca, casi mística, tendiente a moralizar las costumbres del Ejecutivo, privándolo de cuanto lo afee y limándole sus afiladas garras. A la CIA, las antenas del ogro, archifamosa por sus espeluznantes hazañas en todos los vericuetos del Planeta, se la sentó en el banquillo de los reos y se la torturó con el acoso de que dijera públicamente sus pecados. Había que encontrar el sendero de la perfección y canalizar los desmanes, esos malditos desmanes que cubrieron de lodo la imagen bonachona de los gringos en el lejano mediodía asiático y que tanto los desacreditaron en el cercano Santo Domingo. Para insuflar la cruzada era menester un hombre providencial, incontaminado de las turbias trapisondas de los mandos superiores, y lo extrajeron de un pequeño poblado del sur. En Georgia, un desconocido diácono protestante de la secta bautista, el señor Jimmy Carter. Cuentan que el emperador Calígula, en el colmo de la disolución de la Roma esclavista pretendió nombrar de cónsul a su caballo Incitatus. Los norteamericanos, en los abismos de la decadencia del imperialismo estadinense, no ungieron propiamente a un caballo con tan insignes dignidades ministeriales, pero eligieron a un enajenado predicador para presidir los destinos de una de las potencias más rapaces, crueles y pragmáticas que hayan existido. El irrumpía en el escabroso tinglado de la política con el mensaje de que Estados Unidos, para rehabilitarse, debía vencer con los buenos oficios de sus buenas intenciones al buen prójimo. Su pasión sería dizque la paz, cuando su reino necesitaba con acucia de la guerra. Su arma, la de la persuasión aunque su más mortal contrincante lo persuadiese con las armas. Su obsesión, resucitar los derechos humanos burgueses, aun cuando el capitalismo hace casi un siglo arribó a la etapa monopolista y ya no lucha por su revolución contra el régimen feudal, sino contra el proletariado en nombre de la reacción, y aunque los gobiernos títeres seudosemicuasirrepublicanos del neocolonialismo yanqui degüellen a los pueblos para amparar el pillaje de los amos de Washington.

Tras la ocupación de Angola por los socialimperialistas, Carter avaló las declaraciones de su embajador en las Naciones Unidas, Andrew Young, en el sentido de que las tropas cubanas en ese país “constituyen una fuerza estabilizadora”, “mantienen el statu quo”. Y complementó así el contenido apostólico de su democracia: “Si logramos que nuestra posición sea bien entendida por la comunidad internacional, podremos lograr contrarrestar cualquier amenaza de Cuba o de la Unión Soviética” 10. En prenda de su sinceridad aplazó la fabricación del gigantesco misil MX, el bombardero B-1 y los nuevos modelos de submarinos Trident, tres piezas claves del arsenal norteamericano, a sabiendas de que sus cohetes Minuteman III, no son respuesta efectiva para las ojivas nucleares de los SS rusos, de varias numeraciones, y de que uno de estos, el 18, sobrepasa hasta en cuarenta veces la potencia de aquellos. Durante los regateos del Salt II, ante la intransigencia del enemigo se inclinó respetuoso en muchas cláusulas, como la de exonerar de las prohibiciones del convenio al moderno avión supersónico “Backfire”, de la contraparte, sin que tampoco le sirva de contención su vulnerable B-52, producido en la década del 50. Luego de que sus coligados, los gobiernos de la Gran Bretaña y de Alemania miembros de la OTAN, encararon el disgusto popular y arriesgaron su prestigio para que se asintiese al emplazamiento en Europa Occidental de la bomba de neutrones, con la mira de vencer la aplastante superioridad de los carros blindados del Pacto de Varsovia, Jimmy canceló el citado proyecto, humillando y zahiriendo a sus compinches europeos. También objetó que Japón, el socio estimable en Extremo Oriente, construyera plantas nucleares. Prometió desmantelar las instalaciones del Pentágono en el exterior. Asistió, entre retisente y tolerante, al derrocamiento de dos sayones consentidos del imperio, el Sha Mohammed Reza Pahlevi y el general Anastasio Somoza, y, como afirmara Henry Kissinger, “se las arregló para tener conflictos con la casi totalidad de nuestros amigos”.

No se requiere ser un genio para inferir que las circunstancias eran rotundamente propicias para el hegemonismo soviético, que, cual los nazis en el interregno de las dos guerras mundiales, se ha alistado febrilmente con el acomodo de la industria a los planes bélicos y la toma meticulosa de los territorios, pasos, puertos y mares cardinales. A diferencia de Hitler, a Brezhnev y compañía les resulta mucho más dispendioso incubar su adefesio, no sólo por que han de trabajar intensamente en el ámbito ideológico para transplantar al marxismo el injerto burgués de la “política colonial socialista”, tan acerbamente censurada por Lenin, sino porque, a pesar de todo, la fortaleza económica y los adelantos técnicos de los viejos imperialismos no significan factores desdeñables. Sin embargo, el Kremlin ha sabido sacar partido de la crisis de los Estados Unidos, y desde 1975 pasó de la sola preparación a la ofensiva militar estratégica por el apoderamiento del mundo, sin cesar de prepararse. Con lo cómico de la crónica del cuatrienio de Carter, esta recoge los severos prolegómenos de la Tercera Conflagración Universal. Las dentelladas e intromisiones del oso ruso en África, Asia, Medio Oriente y Centroamérica se parecen espantosamente a los preludios de la guerra del 39, patentes en la captura de Abisinia (hoy Etiopía) por Italia, la ocupación del Norte y el Centro de China por los japoneses, la intervención armada del fascismo en España y las invasiones alemanas sobre Austria, Checoslovaquia y Polonia.

El hostigamiento soviético acabó por sacar bruscamente del éxtasis a los potentados de Wall Street. Sus mercados, sus suministros de materias primas y combustible, sus inversiones, sus dólares, sus influencias, sus réditos, ¡todo!, hasta sus existencias mismas estaban en entredicho. ¡No más formalismos, ni sermones, ni derechos humanos, ni palomas en la Casa Blanca! ¡Jamás saldremos del purgatorio, o pararemos en el infierno, si continuamos arrepintiéndonos de nuestras culpas! ¡Abajo el impostor! ¡fuera el santurrón! Y así se efectuó el desahucio de Carter de la residencia presidencial, en medio de la indignación de los indiscutibles mandamases, los dueños de los grandes consorcios, y, desde luego, entre las carcajadas del vulgo profano. El triunfo de Ronald Reagan en las elecciones del 4 de noviembre de 1980 pulverizó incluso los más alegres pronósticos de los publicistas suyos. Contra él jugaba el prontuario de que en el inmediato pasado la derecha había fallado al pretender anidar en las almenas del poder, en función de halcón feroz, y siempre vencieron sus candidatos “blandos”. No faltaron quienes le aconsejaran al ex actor amansar el trote. No obstante, los trusts suspiraban ya por que el imperio retornase con arrojo de gendarme a proteger sus sucursales, tal y como éstas venían acuciándolo acá y acullá, en sus lares contiguos y remotos. Para ello urgía curar antes al régimen de la ceguera, la sordera y la cojera y, en especial, sacarlo de ese estado de catalepsia en que lo sumieron los golpes y frustraciones sucesivos. En verdad Reagan, aquella estrella enana de Hollywood, no podía inventar ningún elixir milagroso. Lo que hizo fue aferrarse con las uñas a la otra táctica, a la “dura”, conque la burguesía, y particularmente la imperialista, suele remachar la esclavitud asalariada; y lo hizo en el momento exacto, cuando los multimillonarios principiaban a no dar ni un centavo por el reformismo y el democratismo, bien la expansión soviética, bien los movimientos de liberación nacional.

Los ineludibles y crecientes embrollos económicos de la sociedad estadinense incidieron obviamente en el duelo electoral, pero les correspondió inclinar la balanza a las requeridas correcciones en la política imperialista de los monopolios. El nuevo jefe de Estado no lidiará la inflación, el desempleo, los estragos de la competencia, ni el resto de trastornos concomitantes al modo de producción norteamericana. O mejor, los mitigará exclusivamente en la proporción en que garantice el desvalijamiento de los pueblos sometidos. Mas si se le llegasen a escapar del redil las neocolonias, sea por acción de la otra superpotencia o por la lucha independentista de los oprimidos, no sólo no despachará ninguno de los enredos anotados en su agenda, sino que la situación interna se volverá insostenible y la revolución socialista expedita. Hasta los funcionarios encargados de la planeación en Colombia saben, por ejemplo, que el presidente republicano no conseguirá cumplir absurdos suyos tales como sanar el déficit fiscal, que llegó en 1980 a cerca de 60.000 millones de dólares, mientras reduce, en tres años, los impuestos por ingresos personales hasta un 30 por ciento, e incrementa el presupuesto del Departamento de Defensa en índices considerables. Y aunque éstos y otros temas se agitaron para promover al electorado, el debate comicial giró fundamentalmente en torno a la línea que le compete trazar a la Casa Blanca para recuperar la “grandeza” de los Estados Unidos y su credibilidad ante el mundo.

El método de preferir el derecho a la violencia, la libertad al orden, no iba parejo con los privilegios del saqueo. Recabar de los gobiernos pro-yanquis que permitan el agio de la deuda externa, el robo de los recursos naturales, las inversiones y la oferta ruinosa de los pulpos monopolistas, la quiebra de las industrias nativas, las alzas constantes del costo de la vida, etc., y a la vez exigirles que restauren la democracia clásica burguesa, además de entrañar un cinismo inaudito, tenía el inconveniente, confirmado hasta la saciedad, de que lejos de contribuir a la consistencia de los lacayos, los desestabilizaba. Con el item de que Nene Doc, el gorila de Haití, por más que parlotee sobre humanismo no dejará de ser Nene Doc.

Desarmarse frente al desenfreno bélico de Moscú y embriagarse con el vodka de la “distensión” era otra necedad que le había costado a Occidente la sustracción de unas cuantas naciones. Reagan propuso un viraje radical y ganó apabullantemente. Abogará primero por la represión y luego por los derechos humanos. Patrocinará las dictaduras militares, sin exagerar la importancia de las dictaduras civiles. Les concederá el pase a los diseños armamentistas pospuestos por Carter, incluida la bomba de neutrones. Renegociará el Salt II, suprimiendo las disposiciones desventajosas para USA.

No consentirá en que lo intimiden. “Hay casos en que vale la pena recurrir a la fuerza nuclear si hace falta”, corroboró su secretario de Estado, general Alexander Haig, en una de las sesiones de confirmación de su cargo ante el Senado. Y para que no cupieran ambigüedades, acotó: “Hay cosas peores que la guerra y hay cosas más importantes que la paz” 11. ¡No detenerse ni ante la confrontación atómica!: he ahí por lo que votó el imperialismo yanqui en los sufragios del 4 de noviembre.

Con todo lo que de teatro tengan las actuaciones de este vaquero del celuloide, y al margen de que conserve o no el sostén de la clase acaudalada para sus maquinaciones guerreristas, lo cierto es que simboliza la convalecencia repentina y precaria de un sistema minado por la decrepitud y la pusilanimidad, y sus bravuconadas de león acorralado van a requerir más que simples rugidos para repeler el cerco letal de los jurados adversarios del imperio. La misma administración Carter, muy en contra de su retórica contemporizadora, tras los descalabros cosechados hubo de rectificar muchos de sus dictámenes, preferiblemente en el último año, a raíz de la depredación de Afganistán por los soldados rusos. Dio luz verde para la colaboración amistosa con ciertos regímenes de facto, apuntaló algunas bases militares en el extranjero y redujo sus prejuicios contra los incrementos bélicos. Todo demasiado tarde y demasiado a medias, y la decisión de procurar suplir la debilidad con la energía había sido tomada ya.

Los editorialistas burgueses se esmeran en minimizar el determinante papel de los intereses colonialistas de los Estados unidos en las sustituciones de noviembre, y se solazan elucubrando sobre el influjo que en esas ejercieron los problemas domésticos de la metrópoli. Actitud natural si se comprende que cualquier examen objetivo de las contradicciones reales habrá de partir del reconocimiento pleno de la rivalidad irreconciliable de las dos superpotencias por el control del orbe, y del caldeamiento de la misma en lugar de la congelación prometida, hasta el punto de que en 35 años, desde cuanto Truman arrasara Hiroshima y Nagasaki, nunca nos vimos tan próximos al diluvio radiactivo. De generalizarse, la contienda sería inevitablemente nuclear; y aunque los ejércitos regulares conservan aún sus máximas prerrogativas en los conflictos limitados, con el vertiginoso desarrollo de las armas atómicas, la guerra adoptará modalidades muy diferentes a las acostumbradas, empezando por los riesgos que implican y el blanco que ofrecen las grandes concentraciones de infantería. Debido a ello, y pese a los encantos del apaciguamiento, Washington proseguirá apostando con Moscú en megatones. Se estima que con la actual correlación de fuerzas convencionales, los rusos se demorarían menos que Hitler en 1940 para llegar a Paris.

Precisamente la fabricación de la bomba de neutrones busca una compensación a dicha disparidad. La macabra carrera no se detendrá, puesto que ambas superpotencias urgen de un imperio para subsistir. La una tendrá que protegerlo, la otra terminar de conquistarlo. La una va en ascenso, la otra en descenso. Más ninguna renunciará ni al agua ni al fuego, ni a la pólvora ni al átomo, para arrebatar el codiciado trofeo de miles de millones de esclavos.

A la Conferencia de Seguridad y Cooperación de Europa, celebrada en Helsinki a mediados de 1975, concurrieron más de 30 países de los dos bloques y firmaron un “Acta Final” que sumaria la Carta de la ONU y que recoge los cumplidos mutuos de respetar los derechos de los demás y de no tocar lo que no es suyo. Brezhnev en aquélla arrobadora reunión puntualizó: “Nadie puede tratar de dictar a otros pueblos la forma en que deben manejar sus asuntos internos” 12. Sin embargo, en las postrimerías de 1979, el septuagenario jefe del Presidente Supremo de la URSS, en un ataque de amnesia, no trató sino que comenzó a dictar, no de fuera sino desde adentro, y a cañonazos, la forma como el pueblo afgano ha de manejar sus asuntos internos. Cuando se convocó en Madrid la nueva Conferencia de Seguridad y Cooperación, en noviembre de 1980, ya los burlados próceres del Oeste imperialista no les creyeron ni una jota a los ladinos dirigentes del Este socialimperialista. A pesar de que los rusos calificaron de “provocaciones” los reclamos de aquellos, todavía insistían en distender los ánimos, mientras hacían la digestión de Afganistán, mucho más ahítos que cuando la deglución del banquete angoleño o indochino. Pero el entendimiento estaba roto. La luna de miel había concluido. Los protocolos de Helsinki eran un trapo sucio con que el Kremlin se limpiaba las manos ensangrentadas. Y la detente una vela encendida bajo la borrasca.

Después de repasar el curso de los acontecimientos mundiales durante los pasados 20 años, ¿podrá alguien con más de dos dedos de frente tomar en serio la pretensión de asumir una actitud amorfa en relación con la índole, las intenciones y procederes de las dos superpotencias, y con las desastrosas consecuencias que a todos los países acarrea su desaforada disputa por el predominio universal? ¿Los desposeídos habrán de contentarse con aprobar o desaprobar episodios esporádicos de tan trascendental contienda y comportarse con fingida “autonomía”, “solo subordinada a los intereses de la revolución colombiana” 13, como insisten Bula y Pardo? Estos aires de artificiosa imparcialidad, o taimado conciliacionismo, y que tanto impresionan a los liberales, tienden a ganar prosélitos explotando el más cerrero nacionalismo de las capas medias de la población. Los sobreros por supuesto han de combatir en consonancia con los intereses de la revolución colombiana; pero asimismo han de sopesar correctamente la situación externa, con cada uno de sus aspectos e implicaciones, y, lo proclamamos sin esguinces, supeditar su táctica también a las necesidades de la revolución mundial. Quien no acepte este punto, de palabra o de obra, niega de plano el internacionalismo proletario y no pasa de ser un nacionalista más, como cualquier doctor Arellano que, en desplante de burdo patrioterismo, utiliza el diferendo con Venezuela para hacer fortuna electoral.

Si coincidimos en el cometido de estrechar los lazos fraternos entre las masas laboriosas del orbe, ¿qué les planteamos a los camaradas kampucheanos que padecen la barbarie de la ocupación vietnamita? ¿que en aras del socialismo admitan lo bueno y rechacen lo malo de sus verdugos? ¿Y qué les decimos a los vietnamitas? ¿Que respaldamos o no su “federación indochina”, confeccionada con el puñal homicida? ¿O no les decimos nada, guardando una prudente indiferencia? Sin embargo, ¿cómo aportar al acercamiento de los pueblos si no abordamos estos asuntos concretos, contundentes y candentes de la vida real? El MOIR ha dado la única contestación satisfactoria a tales interrogantes e inquietudes. A agredidos y agresores les expresamos el mismo criterio categórico, un país que recurre a la violencia para imponer la voluntad a otro con el pretexto de expandir el socialismo, copia los procedimientos típicos de los grandes monopolios burgueses y se convierte en un bastión socialimperialista, o en una avanzadilla de éste. Por lo tanto, su conducta merece el repudio total de las fuerzas revolucionarias todas. En el “Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores”, Carlos Marx indicaba que los obreros han de “reivindicar que las leyes sencillas de la moral y de la justicia, que deben presidir las relaciones entre los individuos, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones” 14. Máxima admirable. No puede creérsele a la persona que después de vituperar a otra, golpearla y robarla, alega haberlo hecho por motivos de amistad. Ni absolver tampoco a la nación que diga propender por la unidad con otra mediante la extorsión y la ocupación armada.

En el citado Manifiesto, Marx explica igualmente que arbitrariedades tales como el apoderamiento de las montañas del Cáucaso y los asesinatos en la “heroica Polonia”, perpetradas por la Rusia zarista, el principal baluarte de la reacción en aquella época, enseñaron a los trabajadores a “iniciarse en los misterios de la política internacional” 15. Las vicisitudes y atrocidades de las superpotencias moverán al proletariado colombiano, no a enclaustrarse en un nacionalismo falazmente ecuánime, sino a adentrarse en los enigmas de la problemática mundial y descorrer los velos con una definida posición de clase. Descubrirán que las penurias de la aldea natal no se hallan tan desligadas de la prosperidad de las más fastuosas urbes del planeta. Que la carestía y la represión del gobierno de Turbay Ayala dependen de las superganancias de los trusts de siglas en inglés. Que la publicitada defensa de los derechos humanos burgueses en Colombia tiene que ver con la respectiva cruzada llevada a cabo en todo el mundo por el derrotado Jimmy Carter; y también con las artimañas de los revisionistas que aprovechan la crisis del imperialismo norteamericano para ganar anuencia entre las clases dominantes, en beneficio de la hegemonía soviética. Que la renuncia de Bula y Pardo, aunque ellos ni siquiera lo sospechan, la genera el auge de la tendencia reformista, animada a su vez por los tejemanejes de Washington y Moscú. Que el triunfo del señor Ronald Reagan representa un viraje importante en la orientación estadinense, como efecto de la expansión de la URSS y la bancarrota de la “distensión”. Y que dichos cambios están llamados a repercutir en las luchas ideológicas y políticas de Colombia, por cuanto se recrudecerá el despotismo del régimen vendepatria y el oportunismo se empantanará con sus empolvadas fórmulas de la democracia oligárquica. Pero esto ha de ser tema de otro capitulo.

Notas

(1) Carta enviada a la secretaria General del MOIR, el 27 de junio de 1978, por lo cual renunciaron del Partido Carlos Bula y César Pardo. Publicada en mimeógrafo.
(2) Ídem.
(3) Ídem.
(4) Reportaje de Gabriel García Márquez. “el Espectador”, enero 9 de 1977.
(5) “Comparecencia del Comandante Fidel Castro”, del 23 de agosto de 1968. Folleto del departamento de versiones taquigráficas de Cuba. Instituto del Libro.
(6) Ídem.
(7) Walter Scott, “El Talismán”, Pág. 104, Edición Obras Maestras Barcelona 1968.
(8) “Principios Básicos” de las relaciones entre los Estados unidos de América y La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (Moscú, 1972). Tomado de “Política Mundial del Siglo XIX”, Pág. 51. fundación para la Nueva Democracia, Editora Guadalupe, Bogotá, 1974.
(9) Richard Nixon, “La Verdadera Guerra”, Pág. 181. Editorial Planeta, Barcelona 1980.
(10) Despacho de la agencia AP. “El Siglo”, septiembre 20 de 1977.
(11) Ambas declaraciones de Alexander Haig fueron extraídas de cables publicados por el diario “El Siglo”, el 10 y el 11 de enero de 1981, respectivamente.
(12) Revista “Time”, agosto 11 de 1975.
(13) Carta de bula y Pardo citada.
(14) Carlos Marx “Manifiesto inaugural de la Asociación Internacional de los Trabajadores” “Obras Escogidas C. Marx F. Engels”. Editorial Progreso Moscú. 1973. tomo II Pág. 13
(15) Ídem.