PRONUNCIAMIENTOS DE LAS FUERZAS REBELDES

La cotidiana lucha a muerte contra el enemigo común se ha traducido en un acercamiento progresivo entre los diversos contingentes de patriotas afganos que se agrupan en el Frente de Combatientes Mudjahidines, el Frente Unido Nacional, el Frente de Harazadjat, el Frente de Nouristan, para mencionar sólo algunas de las principales organizaciones. Separados por diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas y políticas de vieja data, estos grupos pugnan por unir sus fuerzas para enfrentar con éxito al agresor y edificar un Afganistán libre e independiente. Aunque todavía no se ha llegado a construir un frente único, los objetivos de casi todos los sectores rebeldes coinciden en los aspectos fundamentales.

El Frente de Combatientes Mudjahidines estipula en su plataforma, entre otros, los siguientes puntos programáticos: 1) Alcanzar la independencia nacional y liquidar por medio de las armas la dominación de la URSS y de sus títeres. 2) Eliminar la injerencia de la URSS y de todos los imperialismos en los terrenos político, militar, económico y cultural y crear un Afganistán islámico independiente de las superpotencias. 3) Defender firmemente las tradiciones del pueblo musulmán y de otras minorías religiosas. 4) Garantizar la igualdad de todas las nacionalidades, luchar contra el chovinismo y el sectarismo y reforzar la unidad política del país por medios democráticos. 5) Defender el principio de independencia y de apoyarse en sus propias fuerzas como guía esencial del Frente. Ni la Unión Soviética, ni los Estados Unidos, ni ninguna otra potencia deberá decidir el destino del pueblo afgano. 6) Luchar contra todas las formas de bloques militares, establecer relaciones con todos los países sobre la base de los cinco principios de coexistencia pacífica y apoyar los movimientos islámicos progresistas, los movimientos de liberación nacional y los países no alineados.

El Frente Unido Nacional sostiene que “la política exterior de la República de Afganistán deberá basarse en los principios de la independencia nacional, de la unión fraternal con el mundo islámico y, en particular, con los países limítrofes, Irán y Pakistán, que tienen la misma religión y el mismo destino, y de relaciones igualitarias con todos los Estados del mundo”. En uno de sus documentos, el Frente indica: “En esta gran guerra decisiva, a pesar del salvajismo y el belicismo de los rusos, la victoria pertenece sin lugar a dudas al heroico pueblo afgano”.

El general Said Asan, jefe del Frente de Hazaradjat, declaró a mediados de 1981: “Yo soy partidario de una auténtica república islámica independiente del Este y del Oeste. Un régimen elegido libremente por la población, que garantice las libertades políticas y sociales en el marco de los principios fundamentales del Islam. Un régimen que no se alinee con ningún país extranjero (…) para asegurar la victoria, debe lograrse la unidad nacional. Deberán crearse organizaciones militares y políticas que agrupen a todos los combatientes de Afganistán a fin de establecer una coordinación y una colaboración multiformes entre todos los pueblos musulmanes de Afganistán”.

Además de los grupos mencionados, diversos sectores de las masas populares han constituido organizaciones que propugnan los mismos fines. La Unión General de Profesores y Estudiantes por la Independencia de Afganistán afirma en su programa: “Nuestro objetivo actual es conquistar la independencia nacional, la democracia y crear una república islámica según la voluntad del pueblo. Nuestra consigna es la libertad y la justicia. Nuestro país no debe ser dependiente ni de la URSS ni de los Estados Unidos, ni de cualquier otra potencia extranjera. El medio para alcanzar dicho objetivo es la conformación de un amplio frente unido que abarque a la totalidad del pueblo”. Por otra parte, la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán dice en su plataforma: “En este momento, nuestro deber, tanto de hombres como de mujeres, es unirnos todos en la lucha por la independencia de nuestra querida patria. La liberación de las mujeres no significará nada sin la independencia de la nación, sencillamente no será posible”.

POR RESOLUCIÓN EL GOBIERNO ELIGE NUEVA JUNTA DIRECTIVA EN SITTELECOM

Al reconocer la asamblea espuria efectuada en octubre de 1981 por un grupo reducido, que integraban 48 delegados del PC, la extrema “izquierda” y la derecha patronal, el Ministerio de Trabajo consumó el 28 de enero un insidioso golpe de mano contra Sittelecom. El fallo, contenido en la resolución 00580, excluyó por completo de la directiva al sector mayoritario que encabeza el actual presidente, Agustín González, el cual contaba con 71 delegados. Se comprueba así, una vez más, que la ofensiva de las fuerzas oportunistas contra el sindicalismo independiente es alentada por el mismo gobierno.

Entre los días 12 y 17 de octubre de 1981, se debía realizar el XXXI Asamblea Nacional de Sittelecom para escoger la nueva junta y dar el visto bueno al pliego. En la mañana del día previsto para la instalación, sin embargo, un piquete compuesto por algunos trabajadores de base, por delegados de la minoría y por personas extrañas a Telecom irrumpió en la sede y ocupó el auditorio, permaneciendo allí en actitud provocadora y amenazando con agredir a los representantes de la mayoría.

Como resultara imposible en semejantes condiciones dar inicio a la reunión, la junta directiva optó por aplazarla hasta diciembre, no sin antes llevar a cabo una salida que, mediante el acatamiento de los estatutos, permitiera superar el problema.

La minoría procedió por su parte a sesionar sin quórum, nombrando una supuesta junta directiva nacional y decidiendo al mismo tiempo sumarse a la aventura del fracasado Paro Cívico.

No obstante que la maniobra viola de manera flagrante las normas estatutarias y está en contradicción con los principios y mecanismos de la democracia, el Ministerio del Trabajo acaba de impartirle su bendición, entregando a la minoría el manejo absoluto del sindicato.

Que los trabajadores decidan
Los delegados del sector mayoritario de Sittelecom se congregaron en Bogotá a principios de febrero con el objeto de examinar la situación y trasar tareas.

Resumiendo las principales características de la etapa actual, los compañeros señalaron que “la ofensiva oportunista, nos crea dificultades en muchos frentes, pero traerá consigo importantes enseñanzas que redundarán en el fortalecimiento ideológico y político del movimiento obrero”. Añadieron que “solamente el debate contra el Partido Comunista y sus acólitos despejará la confusión reinante” y que “las condiciones son favorables, ya que la bancarrota de las tesis mamertas sobre la unidad sindical nos facilita arrojar mayor claridad sobres las divergencias existentes entre las dos líneas”.

Se acordó ampliar la polémica ante los trabajadores, para que sean ellos quienes definan la suerte del sindicato, hoy amenazado por las intrigas mancomunadas del gobierno y el oportunismo.

EN EL CONCEJO DE BOGOTÁ: AVELINO NIÑO RECHAZA ATROPELLOS CONTRA VENDEDORES

El 9 de febrero terminó el debate promovido ante el cabildo bogotano por Avelino Niño, en torno a los reclamos de los 60 mil vendedores ambulantes de la capital. El concejal del FUP y el MOIR citó al secretario de Gobierno Distrital para expresarle su oposición al policivo decreto 0179 dictado por el alcalde Durán Dussán, y denunciar al mismo tiempo los desalojos, detenciones y demás abusos que contra el gremio cometen a diario los alcaldes menores. Las dos sesiones en que intervino el dirigente se vieron animadas por la presencia de unos mil vendedores afiliados al Sindicato Nacional Único de Comerciantes Menores, Sinucom.

El camarada dejó ante la corporación edilicia una constancia, de la que publicamos los siguientes apartes:

• El alcalde mayor de Bogotá, en una nueva demostración del estilo antidemocrático y antipopular, ha dictado el decreto No. 0179 con el aparente propósito de organizar las ventas ambulantes y estacionarias. El decreto en mención suspende la expedición de licencias y permisos y la refrendación de los existentes.
• Con esta determinación el alcalde ha dejado de arbitrio de la policía y de los alcaldes menores a este sector de la población. Estimulando el negociado y el chantaje de los intermediarios.

Al presentar esta constancia en el Concejo de Bogotá, a nombre de los vendedores ambulantes y estacionarios del Distrito, el compañero Avelino dijo: “Expreso mi más enérgica protesta por este nuevo atropello”.

HUELGA EN COLTABACO

1.700 trabajadores de Coltabaco suspendieron labores el 17 de febrero en las plantas de Medellín, Bogotá, Cali, Bucaramanga, El Espinal, San Gil y la provincia Santandereana de García Rovira. El sindicato pide 4350 pesos de aumento salarial. Fernando Acosta, presidente del comité secccional de huelga, señaló que el 65 por ciento de las operaciones recibe 11 mil pesos.

Las negociaciones arrancaron el pasado 23 de diciembre, pero sólo después de declarada la huelga la parte patronal vino a ofrecer algunos puntos, amenazando luego con retirarlos silos representante obreros no se plegaban a ellos antes del 18 de febrero. El inaceptable ultimátum, agravado por el despido inminente de ocho directivos nacionales, vino a precipitar el cese de actividades.

Sintracoltabaco denuncio que algunos grupos paramilitares de extrema derecha comunicaron hace algunos días su decisión de eliminar al secretario general de la entidad. Ya el 6 de febrero, en Medellín, fue asesinado Luis Javier Cifuentes, otro directivo nacional.

OTRO EXECRABLE CRIMEN

El pasado 11 de febrero, en la vereda La Carlota, de Puerto Berrío, varios campesinos encontraron el cadáver del compañero Francisco Foronda Sierra, miembro de la dirección zonal del MOIR y secretario de la JUPA en esta población del Magdalena Medio. El cuerpo presentaba dos impactos de revólver; uno en la cabeza y otro en el pecho. El camarada Foronda se hallaba en La Carlota planificando la actividad de un centro de salud y acelerando el registro electoral de los seguidores del FUP, tareas ambas que le habían sido confiadas por el Partido.

El nuevo asesinato, al igual que el de Oscar Restrepo, perpetrado el 18 de mayo del año pasado en Puerto Triunfo, comprueba la forma cruenta como el régimen pretende impedir el constante avance de nuestro Partido. Se trata de otro crimen horrendo, cometido en esta ocasión en medio de la campaña electoral y cuando el gobierno acaba de expedir un remedo de amnistía y se empeña hipócritamente en pasar por imparcial, tolerante y pacifista.

El camarada Foronda tenía 20 años de edad y 3 de militancia en el MOIR. Era jefe de la Juventud Patriótica y dirigente estudiantil del Liceo IDEM, en Puerto Berrìo. Participó en la organización de varias ligas campesinas y en el paro cívico de junio de 1977; colaboró además en las huelgas ferroviarias de 1981 y mantuvo una estrecha relación con los invasores del barrio “17 de abril”. Sus cualidades comunistas, abnegación y espíritu revolucionario, le granjearon el cariño de los oprimidos pero también el odio de los opresores, que no descansaron hasta segar su vida.

El sepelio
En la tarde del viernes 12 fue sepultado el joven dirigente. Más de dos mil personas asistieron al funeral. El padre López, párroco de Puerto Berrío, exaltó la firmeza de nuestro camarada, de quien dijo que había muerto al servicio del pueblo. El presbítero agregó que pertenecía a un Partido que le hacía el bien a la población y no estaba involucrado en extorsiones ni secuestros.

El cortejo estuvo encabezado por centenares de estudiantes y delegados del MOIR, de los sindicatos del Ferrocarril y el Hospital, de Sindes, de Fecode, de las Ligas Campesinas, del comercio de la localidad y del Sindicato de Pescadores. En el cementerio hablaron Luis Acevedo, concejal del MOIR en Puerto Berrío, y Jaime Restrepo, dirigente de nuestro Partido.

Declaración de duelo
El Comité Regional del MOIR en Antioquia expidió un comunicado el 12 de febrero, en el que expresa: “La memoria del camarada Francisco Foronda Sierra vivirá para siempre en el corazón y la mente del proletariado y del pueblo colombianos. El mejor homenaje que podemos rendirle es el de llevar hasta el final la lucha a la cual dedicó, sin ahorrar esfuerzos, su corta pero fructífera existencia”.

La declaración concluye diciendo: “Nuestro Partido ha decretado 30 días de luto, con bandera a media asta y, en honor a la notable labor de comunista cumplida por el camarada asesinado; el Comité Zonal de Puerto Berrío llevará el nombre de Francisco Foronda Sierra”.

SÓLO UNA MUERTE

Hoy he muerto otra vez, que nadie llore,
que nadie escriba regreso en mi epitafio,
que rodeen mi tumba de orlas rojas.
¿Para qué la tristeza, camaradas?
¡Si he de morir de nuevo muchas veces!
En vez de adelgazar la voz y las palabras
sabed definitivamente que yo puedo morir y volver a morir,
más mi partido, como las ramas de un árbol siempre verde,
tendrá cien retoños para cada muerte.
¡Pero él, el asesino, el que clavó su bala entre mis sienes,
alegraos, amigos, camaradas, tendrá sólo una muerte!

¡NO MÁS GARANTÍAS!

Mientras el gobierno se desgañita ofreciendo garantías en esta campaña electoral, hemos afrontado innumerables persecuciones y apresamientos, y hasta el asesinato de un querido y destacado representante de la Juventud Patriótica en el Magdalena Medio.

A finales del pasado mes de enero, y por sexta vez en menos de tres años, el compañero Juan Simón Rico, dirigente del MOIR y candidato del Frente por la Unidad del pueblo al Concejo de Tame, Arauca, fue arrestado en esta población por el ejército y conducido luego a la cárcel de Yopal, Casanare, donde aún sigue recluido. Al camarada Juan Simón, jefe de debate electoral del FUP en la zona y secretario de la Organización Campesina Intendencial de Arauca, Ocida, se le dictó auto de detención y se le acusa en forma premeditadamente falsa de haber participado en asaltos guerrilleros. Sus captores quieren aplicarle el Código Penal Militar y varios artículos del Estatuto de Seguridad.

Igualmente, la gobernación del Cesar vienen ejecutando una campaña de sabotaje contra las actividades proselitistas del MOIR; Aldo cadena, militante de nuestro Partido, pagó hace pocas semanas tres días de prisión, sin ningún motivo, y ahora es objeto de continuos hostigamientos por parte de las autoridades. Contra el coordinador del Frente por la Unidad del Pueblo en el mismo departamento, Luis Cadena, candidato de Fecode, se expidió recientemente una orden de captura, y los alcaldes de Valledupar, Codazzi, Aguachica, San Alberto y otros municipios han prohibido numerosos actos públicos del FUP y han interferido de manera sistemática sus labores de agitación y propaganda electoral.

Atropellos similares también han sucedido en otras regiones del país. Pedro Nel Camargo, activista del MOIR en Barbosa, Santander, fue detenido el pasado 27 de enero, frente al Palacio Municipal, porque anunciaba con un equipo de perifoneo una manifestación que iba a realizarse pocas horas después. El 17 de julio de 1981 el ejército arrestó en San Pedro de Urabá al camarada Sixto Negrete, trabajador de la electrificadora de Antioquia, cuando regresaba a su casa luego de haber asistido a una reunión con Consuelo de Montejo en una población vecina, y desde entonces lleva nueve meses preso en la cárcel de Chigorodó. La compañera Carmen Elvira Ricaurte, esposa del secretario regional del MOIR en Risaralda, estuvo recluida durante más de 3 semanas en Pereira, a mediados del año anterior, por el delito de transportar hojas volantes del FUP en su automóvil.

Los hechos mencionados son apenas un reflejo de la forma como se aplican en Colombia las “garantías electorales” que tanto pregona el gobierno. Mientras los candidatos oficiales y semioficiales reciben toda clase de franquicias y el Ejecutivo hace burdos despliegues de supuesta imparcialidad, a los partidos políticos auténticamente revolucionarios les toca batallar en medio de las arbitrariedades, los encarcelamientos y las persecuciones de un régimen antipopular, antidemocrático y despótico por excelencia.

FOLCLOR PERUANO EN COLOMBIA

Por invitación del Teatro Libre de Bogotá, llegó a Colombia el pasado 20 de febrero La Peña-Artístico Cultural Huaytara Arqueológico, Pacha, un conjunto de danzas folclóricas peruanas que se ha propuesto rescatar las manifestaciones artísticas populares de varias provincias del hermano país.

CULMINA LA CAMPAÑA

Con actos en Barbosa, San Gil, Bucaramanga, Cúcuta, San Alberto, Chiriguaná, Copey, Ciénaga, Guacamayal, El Retén, Riohacha, Fundación, Magangué, Cartagena, Montería, Sahagún, Caucacia, el Valle de Aburrá, Apartadò, Pereira, Armenia, Buenaventura, Palmira, Sevilla, Caicedonia, Ibagué, Machetá, Barrancabermeja, San Pablo, Puerto Wilches, Yondó, Gamarra, El Banco y Villavicencio, el Frente por la Unidad del Pueblo (FUP) llevó el mensaje de la revolución por quince departamentos colombianos entre el 1º y el 28 de febrero.

En la gira participaron los dirigentes nacionales del MOIR, Marcelo Torres y Carlos Valverde, y los voceros regionales de la coalición. La candidata presidencial Consuelo de Montejo, presidió manifestaciones en Cartagena, Pereira y Palmira. El representante anapista Álvaro Bernal Segura, por su parte, asistió a un nutrido acto en Villavicencio, además de realizar una intensa actividad por los barrios de Bogotá y los municipios de Cundinamarca. El conjunto musical “Son del Pueblo” estuvo asimismo en la correría. El FUP cerrará la campaña electoral para corporaciones públicas con una concentración en Bogotá el 4 de marzo.

EDITORIAL: A PROPÓSITO DE LA MESA REDONDA SOBRE LA MUJER

La propuesta de llegar a los distintos frentes del trabajo del Partido, hurgar en sus dificultades e inquietudes, conocer sus experiencias para luego verterlas sobre los lectores, nos parecía a todos en la comisión de redacción del periódico, algo necesario, a más de novedoso. La militancia, especialmente la que a punta de persistencia se ha tornado perita en determinada actividad, tiene mucho de interés que contarles a los inconformes y insumisos de Colombia. Lo que no atinábamos era en la forma de hacerlo, ni en el por dónde empezar. ¿Por los activistas campesinos? ¿Los dirigentes sindicales? ¿Los artistas? ¿Mediante investigaciones? ¿Reportajes? ¿Crónicas? Cuando a alguien se le ocurrió sugerir, en aquella reunión de evaluación, que citáramos a unas cuantas camaradas “para que en mesa redonda nos dijeran cómo les va en su labor revolucionaria en un país que discrimina horrendamente a la mujer”, comprendimos de súbito que había dado en el blanco.

Se trataba de un tema relativamente inexplorado, a pesar de las reiteradas preocupaciones que a través de los años ha suscitado en nuestras filas; y que, dentro del estilo del MOIR de ir resolviendo los problemas por partes, bien podría haberle sonado su hora más oportuna. Varios elementos parecen corroborar esta apreciación. Antes que nada, la existencia de un nutrido destacamento de miembros femeninos del Partido que paulatinamente ha descollado en las disímiles tareas, cuya conducta desbroza un camino a seguir y le suministra una sustentación viva, tangible, al viejo y discutido principio de que la mujer, igual que el hombre, es capaz de concurrir eficazmente en los múltiples terrenos del menester social. Ellas realizan un esfuerzo superior al de sus compañeros de lucha, puesto que además de encarar los embates ideológicos y propagandísticos de la reacción predominante y las medidas punitivas de los custodios de la ley, han de sobreponerse con valentía a los prejuicios que sobre el llamado sexo débil campean casi sin omisión en todos los estratos de la sociedad. Y se han salido con la suya, por lo menos al conseguir entroncarse con las masas, requisito de cualquier acción verdaderamente política y revolucionaria. Aunque sólo sea un primer paso, sabemos que el comienzo de las cosas siempre resulta lo más difícil.

Las entrevistas nos hablarían, como ocurrió, no únicamente de lo que piensan emprender sino de lo efectuado; no se limitarían a los planteamientos teóricos, sino que suministrarían abundantes enseñanzas amasadas en la brega cotidiana. Ya contamos con excelentes logros de este terreno de la participación femenina en el trajinar de la revolución, debidos primordialmente al arrojo y a la clarividencia de decenas y centenas de camaradas nuestras que se han quitado los botines y metido en el barro, resueltas a ocupar su sitio en las diferentes líneas de combate del Partido. Urge resaltar tales avances y metodizarlos, a semejanza de lo intentado en otros campos. Habiendo tan buena simiente, el estudio y el debate no flotarán en el aire ni se quedarán en mera emoción. Por el contrario, habrán de pisar tierra firme y traducirse en el acopio de nuevas militantes que se decidan, por oleadas, a imitar a quienes las antecedieron en la lid, dentro de un clima de cálida fraternidad y de creciente respaldo partidario.

Otro componente del actual panorama, con el que nos tropezamos a menudo, lo facilita la descomposición de la unidad familiar colombiana, ocasionada por la quiebra galopante del sistema vigente, que en su desmoronamiento no perdona ninguno de los antiguos modos de producción ni de organización social. Los campesinos, acosados por los terratenientes y los grandes capitalistas, sueltan el azadón y huyen a los suburbios de las ciudades, en donde lejos de burlar el hambre, se consumen en medio del paro forzoso, el hacinamiento y la degradación total. Por su lado, la bancarrota de la industria nacional arroja a la calle a millares y millares de obreros, aumentando alarmantemente el monto de los desocupados, muchos de los cuales pasan a engrosar, manifiesta o disfrazadamente, el desventurado ejército de la mendicidad y la rufianería. De hecho el régimen se confiesa impotente para remediar tantos y tan agudos males. Los gobernantes no entienden más que el lenguaje de los monopolios, y sus ejecutorias se reducen a incrementar los gravámenes al pueblo y a darle vía libre a la especulación, operaciones ambas oficiales convertidas en fuente del enriquecimiento privado de la pútrida y profusa burocracia y de la depauperación de las gentes laboriosas. Bajo tales pronósticos no puede menos que presentarse un desarreglo en todos los órdenes, empezando por la violenta ruptura del primigenio núcleo de la vida ciudadana, la familia.

La rápida y turbia acumulación de fortunas no vistas en Colombia, exoneran a las altas esferas del recato con que han escudado siempre su concupiscencia, y ahora hasta las aventuras amorosas y los excesos dionisíacos de las estatuas andantes se controvierten en público, desde los diarios o desde los púlpitos, en santo olor de republicanismo. El intercambio de esposas que escandalizó a los tiempos camanduleros de don Rafael Núñez y doña Soledad Román, en el presente imprime distinción, como el tráfico de narcóticos, entre una burguesía hipócrita que aún continúa discutiendo las conveniencias e inconveniencias morales del divorcio. Y en la base de la pirámide, en donde la miseria se enseñorea y hace su agosto dentro de millones de indigentes, los hogares se desgarran sin escapatoria. Si en esos niveles de por sí nunca tuvieron sentido los supuestos que regulan las relaciones familiares de las clases poseedoras, lo que la crisis actual destapa, atroz e inhumanamente, a su manera, con la prostitución decuplicada, el desempleo expandido y la floración de los niños desamparados, es que aquellas idílicas imágenes de la madre bondadosa circuida de unos hijos felices y de un marido solícito que vela, o está en condiciones de velar por el bienestar de los suyos, imágenes tan caras para los doctrinarios del bipartidismo tradicional, constituyen para la pobrería el más cruel de los sarcasmos. Aunque en esta tragedia la mujer personifique la desgracia y por doloroso que sea el procedimiento, las “amas de casa”, aguijoneadas por las necesidades, terminan saliéndose del cautiverio doméstico en busca de unos ingresos que cada vez le llegan menos a las cuatro paredes de su universo vacío y rutinario. Y cuando se presentan a pedir una oportunidad para no perecer, se estrellan con la espantosa realidad de que, salvo planchar, lavar y cocinar, nada han aprendido a hacer, y de que el desarrollo fabril se ha erigido sobre la hipótesis de repeler el concurso femenino. Descubren que a ellas les han tocado en suerte los peores, los más mal pagados, los más humillantes oficios, y eso si corren con la dicha de adquirirlos 1.

Por ende, en la mesa redonda, al examinar cuáles serían los medios adecuados de acercarnos a las mujeres y de disponerlas para la revolución, concluíamos que aquellos estribaban menos en los factores subjetivos que en los profundos desbarajustes sociales que acrecientan las penurias de las masas femeninas y las obligan a saltar a la palestra en defensa de sus fueros. Bastará con permanecer atentos al desenvolvimiento de la traumática situación y, allí donde por lo intolerable de los atropellos se exteriorice la rebeldía de las combatientes, acudir sin falta a secundarlas y a orientar su causa. De ser ilusoria la visión descrita y Colombia atravesara por un momento de prosperidad en el que sus odiosas instituciones no estuvieran en franca disolución, como la de la familia inspirada en el avasallamiento de un sexo sobre el otro, nuestras prédicas y consignas, por muy asentadas que pudieran parecernos, dudosamente fructificarían. Sucede lo que acontece con todo proceso revolucionario, que la conciencia, encarnada y difundida por un reducido grupo de vanguardia, se torna gradualmente en una virtud colectiva, a medida que la subsistencia misma de los trabajadores se pone en entredicho y no encaja ya en los antiguos y obsoletos esquemas económicos y jurídicos. Hoy por hoy no son sólo los sindicatos los que pelean sus prerrogativas. Mayorías inmensas de la población se ven empujadas al mitin, a la asonada, a la revuelta, tras reivindicaciones aparentemente nimias, cuales serían derogar los recargos en los cobros del agua y la luz, conquistar unos centímetros cuadrados de alguna acera concurrida en donde vender cachivaches, y obtener la gracia de morir sepultado en cualquiera de los incontables tugurios de las zonas de erosión. Al principio los desvalidos batallan sin claridad respecto a las razones y soluciones de sus calamidades, pero propensos a cuanto les expliquen e indiquen los sectores avanzados que se muestren solidarios con sus más inmediatos afanes. Hay desde luego revolucionarios de corazón que descuidan su adiestramiento ideológico y poco aportan a lo que las masas conocen ya por intuición o por aprendizaje empírico, fenómeno no tan extraño dentro del MOIR; mas quienes pretendan transformar el mundo, confiados exclusivamente en la justeza de las ideas para merecer el apoyo de unas multitudes con las cuales no los ata otro nexo que el de las proclamas, no convencerán a nadie, ni averiguarán jamás si sus juicios científicos eran tales. En el caso que nos ocupa encontramos una contradicción similar, quizás más acentuada. Por un lado, un arrume de criterios absurdos y de costumbres anacrónicas, transmitidos a través de miles de generaciones, que han acabado por forjar talanqueras mentales a veces mejor aceradas que las cárceles del régimen; y por el otro, una inaguantable agudización de las penalidades del pueblo que motiva a la mitad más apabullada de éste a maldecir la mansedumbre y a hacer valer sus reclamos. Al Partido le sobran pues las coyunturas, grandes y pequeñas, para incorporarse al trascendental litigio planteado en pro de la mujer y luego coronar la meta de instruirla, organizarla y encauzarla en el torrente incontenible de la revolución colombiana.

Los portavoces del imperialismo y sus lacayos, aunque posen de liberales modernos que han roto con los vetustos convencionalismos, rinden culto al orden establecido, categoría que junto a otras, como las de tradición, familia y propiedad, han de conservar intactas al máximo para el suceso feliz de sus planes expoliadores. Y aunque consideren el matrimonio un contrato “libre” al que concurren en condiciones iguales las partes interesadas, no cesan de infiltrar las execrables concepciones acerca de la superioridad del hombre, la sublimación de los insignificantes quehaceres caseros de la esposa, o lo natural de la subordinación económica de ésta, que aguarda abnegadamente en su encierro domiciliario a que su cónyuge la provea del sustento. Sin embargo, por más que se empeñen en idiotizar a la mujer con el halago de que ella es la reina consentida del hogar, además de escucharse ya bastante ridículo, nada de eso funciona en la fecha. El sexo femenino empieza a preferir que se le trate con menos fingimiento y vana galantería, e incluso trabajar lo duro que sea, con tal de ganarse el pan con sus propios medios, alcanzar su independencia de acción, integrarse a las actividades sociales y convertirse realmente en un ser digno y útil. Y las que sin pertenecer a la cúspide privilegiada todavía suspiran por las creencias de sus abuelas, los hechos las sacarán del letargo, o por lo menos les sembrarán la espina de la duda. Si perennemente han oído sentencias difamatorias, chistes de mal gusto y adagios como “la mujer es un animal de cabellos largos y entendimiento corto”, “del hombre la plaza y de la mujer la casa”, “o bien casada o bien quedada”, es apenas lógico que se crean inferiores y hasta que se sientan satisfechas de serlo. Empero, ¿cuál matrimonio?, ¿cuál casa?, ¿cómo salvar a los hijos?, ¿para qué la abnegación y la espera?, si no hay corrosivo peor que la indigencia, si el refugio hogareño se va reduciendo y transmutando en una cloaca infecta a donde difícilmente penetra la luz del sol, si los rezos no alimenta ni obran el milagro. Con la crisis, la proletarización progresiva y el común empobrecimiento se percibe la caducidad de las normas que la minoría dominante se obstina en idealizar contra cualquier evidencia. El caos desbordado clama a gritos por un vuelco de raíz, no solo en lo concerniente a la soberanía nacional y a los modos de apropiación y producción, sino en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas. Y las que menos tienen que llorar por el pasado que se fue son las mujeres. No se aterrorizarán tampoco por las transformaciones revolucionarias que propugnamos, incluida la de la creación de una unidad familiar en la que desaparezca precisamente la servidumbre femenina. Comprenderán que todo cambia y debe cambiar. En el proceso del conocimiento primero se transforman las cosas, después las mentes. Y como de la vieja familia no queda piedra sobre piedra, ahora corresponde edificar una nueva.

¿Por qué relacionamos el problema de la familia y su descomposición con la meta histórica de la emancipación femenina? Cuando la humanidad salta a la monogamia y pasa de lo que se ha dado en denominar derecho materno al derecho paterno, la mujer pierde el sitio de preeminencia de que gozó en las edades primitivas. Lo cual quiere decir que el sexo débil no lo era tanto en la antigüedad y que su vasallaje es un producto social, digamos como la explotación, que si en un principio simbolizó un empuje decisivo para el desarrollo, al final de un ciclo ha de desaparecer por las mismas razones por las que advino a este mundo. Ni el matrimonio, ni los lazos familiares, ni las costumbres sexuales fueron siempre las que hoy practicamos. La familia monogámica, que surgió luego de una depuración larga y compleja, constituye uno de los pilares básicos de la civilización. Nace con sus hermanas gemelas, la propiedad privada y la esclavitud, a las que sustenta y les sirve de tejido celular. Ha de resolver la cuestión de la herencia, garantizando que los bienes se transfieran al descendiente comprobado del dueño, ya que no entusiasma acumular riquezas para que éstas terminen en las manos de los hijos de otros. Y para ello, además de que el primer propietario individual fue el hombre, se requería que, a diferencia de lo que se estilaba, la mujer no tuviera varios maridos sino uno solo. Así apareció la monogamia, que ha sido y sigue siendo un deber fundamentalmente femenino, puesto que en este nuevo vínculo, los varones, que imponen al antojo su voluntad y hacen de la castidad de sus parejas una norma inviolable, nunca dejaron de ufanarse de la libertad sexual más absoluta. Desde entonces la esposa quedó confinada a la casa y restringida, como afirma Engels, al papel de “criada principal”. Con cuánto rigor se ha juzgado y sancionado su infidelidad, lo narra la historia. Sin ir muy lejos, en Colombia, hasta hace apenas dos años, el Código Penal otorgaba el perdón y eximía de toda culpa al marido ofendido que en “legítima defensa del honor”, asesinara a su cónyuge adúltera. Nada de esto se lo ingenió el capitalismo. Ha recogido del legado testamentario de las sociedades explotadoras desaparecidas lo que le conviene, colocándole, eso sí, su impronta de clase y adobándolo con una buena dosis del fariseísmo que lo caracteriza.

La familia monogámica tradicional ha operado sobre las siguientes premisas: la propiedad privada y la prolongación de ésta a través de la herencia; la dependencia económica de la mujer frente al esposo, y el sostenimiento y la educación de los hijos. En el esclavismo, en el feudalismo y en otras formas superadas de organización social, como la patriarcal campesina, dentro del marco de la familia se efectúa además una serie de labores importantísimas e indispensables para satisfacer no sólo los requerimientos del consumo sino del trabajo mismo. Con el multifacético incremento de la producción capitalista, tales labores desaparecen o se reducen a faenas domésticas completamente insubstanciales que no inciden en la marcha de las actividades productivas de la sociedad, pero cuya pura y desastrosa consecuencia consiste en condenar a la mujer al enclaustramiento y a la estulticia. Incluso, de cocer los alimentos, de lavar y alisar la ropa y de los otros oficios en los que tantas horas invierten las amas de casa más hacendosas, la industria ya se ocupa, despachándolos en cadena y ahorrando abundante mano de obra. Hasta la atención y la formación de los hijos que antaño se llevaban a cabo en el seno del hogar, hace rato se tornaron en objeto de un servicio público, al cuidado de personal experto que desde luego sabe incuestionablemente más de pedagogía y del resto de las ciencias que los padres, o que aquellos ilustres profesores particulares de los que León Tolstoi habla con respeto casi místico en sus Memorias. A medida que evoluciona el capitalismo corroe sin remedio los goznes sobre los que gira. Uno de ellos ha sido la vieja familia, cuyos fundamentos jamás tuvieron en verdad vigencia entre las clases desposeídas. A los matrimonios proletarios no los rige el ánimo de lucro, justamente por la carencia de riquezas qué resguardar y qué legar; y si todavía persiste allí discriminación contra la mujer responde más a los prejuicios reinantes que a la concurrencia de una base material para ello. En virtud de lo cual la compañera del obrero puede y debe unirse a éste en la batalla por la emancipación femenina, lo que obviamente no acaece en las filas de la burguesía. Con frecuencia, lo exiguo de los ingresos del “jefe” del hogar, si los hay, obliga a la mujer a emplearse, y sus hijos le representan generalmente una carga difícil de sobrellevar antes que un remanso de alegrías y de satisfacciones. El día que se suprima la propiedad privada, prácticamente el último factor que nos falta para el derrumbe definitivo de la familia como núcleo económico, brotará otra, íntimamente más humana, más grata y más estable, porque estará fundada y mantenida sólo por la comprensión, la atracción y el amor mutuos entre los esposos. No habrá mancomunidad de mujeres, con lo que los anticomunistas suelen promover terrorismo ideológico, ni se acabará la monogamia; únicamente ocurrirá que, como la mujer ya no estará constreñida a padecer las veleidades del hombre, éste tendrá que volverse monógamo, lo que, por lo demás, no es tan terrible. ¡Ah!, y desaparecerá la prostitución, el eterno aditamento de la vieja familia, que germina en el cieno de la sumisión económica del sexo femenino. La comunidad destinará un monto considerable de sus reservas para velar por las nuevas generaciones, desde la cuna hasta cuando se hallen aptas para asumir sus responsabilidades, con lo que el pueblo trabajador conseguirá por fin disfrutar a plenitud de los deleites y recompensas de los deberes de la procreación. Las minorías expoliadoras llaman a esto “el despojo de los hijos por parte del Estado”.

Si todas estas metas, como se deduce, no las veremos coronadas más que mediante un alto grado de desenvolvimiento de las fuerzas productivas, o sea con el triunfo del trabajo sobre el capital y con la construcción del socialismo, lo notable de acotar es que la sociedad burguesa prepara las condiciones materiales para su cristalización. El marxismo no alienta ningún tipo de ideales, preceptos o moldes en los que busque fundir la existencia social; simplemente, partiendo de los logros y de las posibilidades exactas de la producción, toma nota de las trabas que se alzan en su curso ascendente para pugnar por demolerlas. La empresa capitalista probó a través de sus enormes progresos que la especie no precisa ya de la familia cual pieza integrante del andamiaje productivo, y que, al revés, si ambiciona seguir adelante ha de prescindir de ella, redimiendo así energías laborales insospechadas. Sin embargo, el capitalismo defiende el interés privado sobre el público y reserva para unos cuantos privilegiados el bienestar que genera, mientras al grueso de la población le veda el pan de cada día. Industrializa las labores domésticas, inventa las guarderías, abre restaurantes para miles de comensales, colectiviza la educación, etc, y a la mujer continúa condenándola fatalmente a los bastidores del hogar, aun cuando allá nada tenga que hacer, salvo embrutecerse y morirse de tedio. Esboza las soluciones pero no las culmina; aguijonea las necesidades y, sobrándole los medios para atenderlas, no las complace. Y si en las metrópolis avanzadas semejante fenómeno se observa en cualesquiera de las manifestaciones del discurrir ciudadano, ¿qué agregaremos sobre Colombia, nación atrasada e influida por unas elites aristocráticas que compaginan las antiguallas del oscurantismo con las peores aberraciones de la época imperialista, y en que la extorsión de los monopolios foráneos destruye, sí, las ancestrales fuentes de ocupación, pero asimismo impide que los colombianos las substituyan con las modernas? Las contradicciones, por supuesto, se expresan más violentamente. No obstante, y también debido a ello, los señalamientos revolucionarios se encuentran más al alcance de la comprensión de las masas, particularmente de la mujer, a la que sabremos explicar que su manumisión estriba en la manumisión del país y en las demás transformaciones económicas y políticas que demanda la sociedad colombiana. El sexo femenino necesita con acucia de la revolución, y ésta no será una realidad sin el concurso efectivo de aquel poderoso contingente que abarca la mitad del pueblo. Aunemos firmemente estos dos elementos tan complementarios como el hidrógeno y el oxígeno en la composición del agua, y entonces Colombia florecerá entera bajo los efluvios de una nueva vida.

De lo resumido hasta aquí se desprende que la emancipación de la mujer, que despunta ya en el horizonte de la humanidad, llegará inexorablemente, porque antes que nada obedece a las exigencias del desarrollo, y quienes se empecinen en contenerla sucumbirán en el intento. No se trata de una mera proclama, de una consigna proselitista, o de un capricho nuestro. La sojuzgación de la mujer ha acompañado durante milenios a la explotación del hombre por el hombre; con su surgimiento inaugura el oprobioso período de la esclavitud, más lo clausura con su desaparecimiento. A las generaciones contemporáneas les correspondió en suerte vislumbrar tan colosales cambios, viviendo en los umbrales de una era en que las gentes, para prodigarse lo de la subsistencia, no se verán arrastradas a entablar relaciones alienantes y vejatorias, ni en los ámbitos del trabajo y de las gestiones administrativas de la sociedad, ni en los menos extensos de la familia.

La reacción fracasará en sus propósitos de aplacar las crecientes inquietudes femeninas, o de desviarlas hacia el reencauche de los valores que confrontan la opresión y el envilecimiento de la mujer, tejemanejes en los que han sido duchos maniobreros los dirigentes de los partidos tradicionales colombianos, lo mismo los liberales que los conservadores, los oficialistas que los semi-oficialistas. Todos se rasgan las vestiduras ante el agrietamiento de la familia y prometen refaccionaría y retornarla a su perdida posición. Unos, a semejanza de Belisario Betancur, rehusándose rotundamente a ofrecer a la mujer cualquier beneficio, ni aun el divorcio. Otros, a la usanza típicamente lopista, limitando esta prerrogativa al matrimonio civil, en un país por excelencia de enlaces católicos. Y el resto, como el candidato putativo del carlosllerismo, organizando “la jurisdicción de la familia, buscando su protección y unidad, para devolverle su función vital de núcleo de nuestra sociedad”, es decir, con frases 2. Ya indicamos cómo el régimen prevaleciente, por su propia estructura, minimiza a la mujer, y de hecho le cierra las puertas de la superación, así le consigne sus fueros en la norma escrita. Pero es que además de eso, la burguesía se ha mostrado incorregiblemente cicatera en cuanto a reconocer la igualdad de los sexos en los formalismos de la ley, incluso en sus momentos más revolucionarios. La revolución de independencia de los Estados Unidos y la francesa de 1789, que marcan hitos en la democracia burguesa, hicieron caso omiso del asunto y partieron del entendido de que las hijas de Eva son ciudadanos de segunda o tercera categoría. En tales circunstancias a las mujeres les ha tocado articular no pocos movimientos y emprender ruidosas luchas para que se les admitiera, verbigracia, el elegir y ser elegidas, el menos controvertido y el más gracioso de los dones dispensados por el Estado republicano. En el caso de Colombia, el viacrucis por el cual han transcurrido los derechos femeninos resulta inverosímil. Hagamos rápidamente una síntesis, a fin de tener una noción, y circunscribiéndonos a este siglo. Sólo en 1932 se suprimió el tutelaje del marido sobre la esposa, y ésta logra “comparecer libremente a juicio” y administrar y disponer de sus bienes; dejó de figurar en la lista de los incapaces. En 1936 se autorizó a la mujer para desempeñar cargos públicos, más se le sigue negando la ciudadanía. En 1945 se le entrega la ciudadanía pero se le continúa prohibiendo la función del sufragio y la facultad de ser elegida3. En 1954 Rojas Pinilla le concede el derecho al voto; sin embargo, no le permitió ejercitarlo porque no convocó a elecciones. En 1976 se instituye, como arriba anotamos, el divorcio, el civil, para un país de matrimonios católicos. Antes, en 1974, se extiende la patria potestad a la esposa y quedan habilitadas todas las mujeres, con estipulaciones similares a las del hombre, para ser tutoras y curadoras. Habíamos comentado también lo de “la pena de muerte para la esposa infiel”, derogada en 1980. No obstante lo anterior, y a que se acaba de sancionar la Ley 29 de 1982 por la cual se equipara a los hijos legítimos y naturales en cuanto a la herencia, la legislación todavía consagra irritantes tratamientos discriminatorios entre las personas, con ser que el sistema constitucional colombiano, desde el Congreso de Cúcuta de 1821, le ha dado ciento sesenta veces la vuelta al Sol.

A regañadientes y a través de cuentagotas, los países capitalistas han venido declinando, una tras otra, sus recalcitrantes posturas sobre la materia, y hoy algunos se glorían de haber realizado todas las concesiones, hasta la del aborto. Y en esas naciones, cabalmente en esas naciones en donde no resta conquista democrática por arrancar, fuera de ahondar las conseguidas, aparece diáfano, cual lo advierte Lenin, que la condición de inferioridad de la mujer no radica en la ausencia de derechos, sino en el Poder que las refrenda. En Colombia, donde las oligarquías vendepatria han ido siempre detrás y muy atrás de sus modelos extranjeros, aún habremos de combatir al respecto por no escasas reivindicaciones, sin creer ni hacer creer que éstas encarnan el colmo de las aspiraciones del sexo femenino. A la inversa, enarbolaremos, apoyaremos y aprovecharemos sus diversas contiendas para organizar sus huestes e instruirlas acerca de lo que al fin y al cabo interesa: que exclusivamente la revolución y el socialismo garantizarán la emancipación de la mujer.

Notas

1) En Colombia, de acuerdo con el censo de 1973, hay 22.915.000 habitantes. De éstos, 14.297.000 se encuentran en edad de trabajar (son mayores de 10 años); y, según el DANE, se dividen así: 6.903.000 hombres, de los cuales laboran 4.186.00, o sea, el 60%, y 7.394.000 mujeres, de las cuales trabajan 1.300.000, el 17%.

A 2.200.000 hombres y a 5.727.000 mujeres los clasifica el DANE como población no económicamente activa y los distribuye en rentistas, jubilados, estudiantes, quehaceres del hogar, sin actividad y sin información. En “quehaceres del hogar” hay 3.777.000 mujeres, es decir, el 65% de aquellas.

Aunque las estadísticas oficiales no sean muy confiables, de todas maneras reflejan el cuadro de la discriminación de la mujer en nuestro medio. La participación femenina en las actividades productivas, comparada con la del hombre es insignificante. La mayoría de las mujeres se ocupan como “amas de casa”, o presta cualquier otra clase se servicios personales.
2) Las frases fueron tomadas del programa de gobierno del candidato presidencial Luis Carlos Galán. “El Tiempo”, enero 16 de 1982.
3) En el siglo XIX y todavía muy avanzado el siglo XX en Colombia predominada el criterio de que la mujer, por decisión natural, o con arreglo de los designios divinos, estaba impedida para ejercer la ciudadanía y las demás atribuciones que se desprendan de ésta, como votar, atender cargos públicos, etc.

José María Samper, por ejemplo, en su libro “Derecho Público Interno” al comentar la constitución de 1886 emite los siguientes conceptos:

“Cuanto a la ciudadanía de las mujeres, aun cuando ya se practica para los municipal en algún Estado norteamericano (¿y que no se ensaya en los Estados Unidos, inclusive el MORMONISMO?), Colombia esta muy lejos de aceptarla y con razón. Nadie aboga más que nosotros por que se de a las mujeres una educación esmerada, pero práctica y digna de su sexo; nadie estima y aprecia más que nosotros el talento y la cultura de la mujer, y la saludable y necesaria influencia que ella ejerce sobre el hombre individual y sobre las costumbres y aspiraciones de la sociedad entera. Pero la verdad es la verdad: la mujer no ha nacido para gobernar la cosa pública y ser política, precisamente por que ha nacido para obrar sobre la sociedad por medios indirectos, esto es, gobernando el hogar doméstico y contribuyendo insensatamente y poderosamente a formar las costumbres (generadoras de las leyes) y a servir de fundamento modelo a todas las virtudes delicadas, suaves y profundas.”

“Si fuera posible transformar moralmente a las mujeres y volverlas CIUDADANÁS, habría que pensar seriamente en convertir a casi todos los hombres en mujeres a fin de que la misión de estas no quedase baldía y no alcanzamos a ver el provecho que se sacaría, suponiendo la posibilidad, de trocar los papeles de los dos sexos, deshaciendo la obra de la providencia, y haciendo desatinos por enmendar a Dios la plana”