CULMINA LA CAMPAÑA

Con actos en Barbosa, San Gil, Bucaramanga, Cúcuta, San Alberto, Chiriguaná, Copey, Ciénaga, Guacamayal, El Retén, Riohacha, Fundación, Magangué, Cartagena, Montería, Sahagún, Caucacia, el Valle de Aburrá, Apartadò, Pereira, Armenia, Buenaventura, Palmira, Sevilla, Caicedonia, Ibagué, Machetá, Barrancabermeja, San Pablo, Puerto Wilches, Yondó, Gamarra, El Banco y Villavicencio, el Frente por la Unidad del Pueblo (FUP) llevó el mensaje de la revolución por quince departamentos colombianos entre el 1º y el 28 de febrero.

En la gira participaron los dirigentes nacionales del MOIR, Marcelo Torres y Carlos Valverde, y los voceros regionales de la coalición. La candidata presidencial Consuelo de Montejo, presidió manifestaciones en Cartagena, Pereira y Palmira. El representante anapista Álvaro Bernal Segura, por su parte, asistió a un nutrido acto en Villavicencio, además de realizar una intensa actividad por los barrios de Bogotá y los municipios de Cundinamarca. El conjunto musical “Son del Pueblo” estuvo asimismo en la correría. El FUP cerrará la campaña electoral para corporaciones públicas con una concentración en Bogotá el 4 de marzo.

EDITORIAL: A PROPÓSITO DE LA MESA REDONDA SOBRE LA MUJER

La propuesta de llegar a los distintos frentes del trabajo del Partido, hurgar en sus dificultades e inquietudes, conocer sus experiencias para luego verterlas sobre los lectores, nos parecía a todos en la comisión de redacción del periódico, algo necesario, a más de novedoso. La militancia, especialmente la que a punta de persistencia se ha tornado perita en determinada actividad, tiene mucho de interés que contarles a los inconformes y insumisos de Colombia. Lo que no atinábamos era en la forma de hacerlo, ni en el por dónde empezar. ¿Por los activistas campesinos? ¿Los dirigentes sindicales? ¿Los artistas? ¿Mediante investigaciones? ¿Reportajes? ¿Crónicas? Cuando a alguien se le ocurrió sugerir, en aquella reunión de evaluación, que citáramos a unas cuantas camaradas “para que en mesa redonda nos dijeran cómo les va en su labor revolucionaria en un país que discrimina horrendamente a la mujer”, comprendimos de súbito que había dado en el blanco.

Se trataba de un tema relativamente inexplorado, a pesar de las reiteradas preocupaciones que a través de los años ha suscitado en nuestras filas; y que, dentro del estilo del MOIR de ir resolviendo los problemas por partes, bien podría haberle sonado su hora más oportuna. Varios elementos parecen corroborar esta apreciación. Antes que nada, la existencia de un nutrido destacamento de miembros femeninos del Partido que paulatinamente ha descollado en las disímiles tareas, cuya conducta desbroza un camino a seguir y le suministra una sustentación viva, tangible, al viejo y discutido principio de que la mujer, igual que el hombre, es capaz de concurrir eficazmente en los múltiples terrenos del menester social. Ellas realizan un esfuerzo superior al de sus compañeros de lucha, puesto que además de encarar los embates ideológicos y propagandísticos de la reacción predominante y las medidas punitivas de los custodios de la ley, han de sobreponerse con valentía a los prejuicios que sobre el llamado sexo débil campean casi sin omisión en todos los estratos de la sociedad. Y se han salido con la suya, por lo menos al conseguir entroncarse con las masas, requisito de cualquier acción verdaderamente política y revolucionaria. Aunque sólo sea un primer paso, sabemos que el comienzo de las cosas siempre resulta lo más difícil.

Las entrevistas nos hablarían, como ocurrió, no únicamente de lo que piensan emprender sino de lo efectuado; no se limitarían a los planteamientos teóricos, sino que suministrarían abundantes enseñanzas amasadas en la brega cotidiana. Ya contamos con excelentes logros de este terreno de la participación femenina en el trajinar de la revolución, debidos primordialmente al arrojo y a la clarividencia de decenas y centenas de camaradas nuestras que se han quitado los botines y metido en el barro, resueltas a ocupar su sitio en las diferentes líneas de combate del Partido. Urge resaltar tales avances y metodizarlos, a semejanza de lo intentado en otros campos. Habiendo tan buena simiente, el estudio y el debate no flotarán en el aire ni se quedarán en mera emoción. Por el contrario, habrán de pisar tierra firme y traducirse en el acopio de nuevas militantes que se decidan, por oleadas, a imitar a quienes las antecedieron en la lid, dentro de un clima de cálida fraternidad y de creciente respaldo partidario.

Otro componente del actual panorama, con el que nos tropezamos a menudo, lo facilita la descomposición de la unidad familiar colombiana, ocasionada por la quiebra galopante del sistema vigente, que en su desmoronamiento no perdona ninguno de los antiguos modos de producción ni de organización social. Los campesinos, acosados por los terratenientes y los grandes capitalistas, sueltan el azadón y huyen a los suburbios de las ciudades, en donde lejos de burlar el hambre, se consumen en medio del paro forzoso, el hacinamiento y la degradación total. Por su lado, la bancarrota de la industria nacional arroja a la calle a millares y millares de obreros, aumentando alarmantemente el monto de los desocupados, muchos de los cuales pasan a engrosar, manifiesta o disfrazadamente, el desventurado ejército de la mendicidad y la rufianería. De hecho el régimen se confiesa impotente para remediar tantos y tan agudos males. Los gobernantes no entienden más que el lenguaje de los monopolios, y sus ejecutorias se reducen a incrementar los gravámenes al pueblo y a darle vía libre a la especulación, operaciones ambas oficiales convertidas en fuente del enriquecimiento privado de la pútrida y profusa burocracia y de la depauperación de las gentes laboriosas. Bajo tales pronósticos no puede menos que presentarse un desarreglo en todos los órdenes, empezando por la violenta ruptura del primigenio núcleo de la vida ciudadana, la familia.

La rápida y turbia acumulación de fortunas no vistas en Colombia, exoneran a las altas esferas del recato con que han escudado siempre su concupiscencia, y ahora hasta las aventuras amorosas y los excesos dionisíacos de las estatuas andantes se controvierten en público, desde los diarios o desde los púlpitos, en santo olor de republicanismo. El intercambio de esposas que escandalizó a los tiempos camanduleros de don Rafael Núñez y doña Soledad Román, en el presente imprime distinción, como el tráfico de narcóticos, entre una burguesía hipócrita que aún continúa discutiendo las conveniencias e inconveniencias morales del divorcio. Y en la base de la pirámide, en donde la miseria se enseñorea y hace su agosto dentro de millones de indigentes, los hogares se desgarran sin escapatoria. Si en esos niveles de por sí nunca tuvieron sentido los supuestos que regulan las relaciones familiares de las clases poseedoras, lo que la crisis actual destapa, atroz e inhumanamente, a su manera, con la prostitución decuplicada, el desempleo expandido y la floración de los niños desamparados, es que aquellas idílicas imágenes de la madre bondadosa circuida de unos hijos felices y de un marido solícito que vela, o está en condiciones de velar por el bienestar de los suyos, imágenes tan caras para los doctrinarios del bipartidismo tradicional, constituyen para la pobrería el más cruel de los sarcasmos. Aunque en esta tragedia la mujer personifique la desgracia y por doloroso que sea el procedimiento, las “amas de casa”, aguijoneadas por las necesidades, terminan saliéndose del cautiverio doméstico en busca de unos ingresos que cada vez le llegan menos a las cuatro paredes de su universo vacío y rutinario. Y cuando se presentan a pedir una oportunidad para no perecer, se estrellan con la espantosa realidad de que, salvo planchar, lavar y cocinar, nada han aprendido a hacer, y de que el desarrollo fabril se ha erigido sobre la hipótesis de repeler el concurso femenino. Descubren que a ellas les han tocado en suerte los peores, los más mal pagados, los más humillantes oficios, y eso si corren con la dicha de adquirirlos 1.

Por ende, en la mesa redonda, al examinar cuáles serían los medios adecuados de acercarnos a las mujeres y de disponerlas para la revolución, concluíamos que aquellos estribaban menos en los factores subjetivos que en los profundos desbarajustes sociales que acrecientan las penurias de las masas femeninas y las obligan a saltar a la palestra en defensa de sus fueros. Bastará con permanecer atentos al desenvolvimiento de la traumática situación y, allí donde por lo intolerable de los atropellos se exteriorice la rebeldía de las combatientes, acudir sin falta a secundarlas y a orientar su causa. De ser ilusoria la visión descrita y Colombia atravesara por un momento de prosperidad en el que sus odiosas instituciones no estuvieran en franca disolución, como la de la familia inspirada en el avasallamiento de un sexo sobre el otro, nuestras prédicas y consignas, por muy asentadas que pudieran parecernos, dudosamente fructificarían. Sucede lo que acontece con todo proceso revolucionario, que la conciencia, encarnada y difundida por un reducido grupo de vanguardia, se torna gradualmente en una virtud colectiva, a medida que la subsistencia misma de los trabajadores se pone en entredicho y no encaja ya en los antiguos y obsoletos esquemas económicos y jurídicos. Hoy por hoy no son sólo los sindicatos los que pelean sus prerrogativas. Mayorías inmensas de la población se ven empujadas al mitin, a la asonada, a la revuelta, tras reivindicaciones aparentemente nimias, cuales serían derogar los recargos en los cobros del agua y la luz, conquistar unos centímetros cuadrados de alguna acera concurrida en donde vender cachivaches, y obtener la gracia de morir sepultado en cualquiera de los incontables tugurios de las zonas de erosión. Al principio los desvalidos batallan sin claridad respecto a las razones y soluciones de sus calamidades, pero propensos a cuanto les expliquen e indiquen los sectores avanzados que se muestren solidarios con sus más inmediatos afanes. Hay desde luego revolucionarios de corazón que descuidan su adiestramiento ideológico y poco aportan a lo que las masas conocen ya por intuición o por aprendizaje empírico, fenómeno no tan extraño dentro del MOIR; mas quienes pretendan transformar el mundo, confiados exclusivamente en la justeza de las ideas para merecer el apoyo de unas multitudes con las cuales no los ata otro nexo que el de las proclamas, no convencerán a nadie, ni averiguarán jamás si sus juicios científicos eran tales. En el caso que nos ocupa encontramos una contradicción similar, quizás más acentuada. Por un lado, un arrume de criterios absurdos y de costumbres anacrónicas, transmitidos a través de miles de generaciones, que han acabado por forjar talanqueras mentales a veces mejor aceradas que las cárceles del régimen; y por el otro, una inaguantable agudización de las penalidades del pueblo que motiva a la mitad más apabullada de éste a maldecir la mansedumbre y a hacer valer sus reclamos. Al Partido le sobran pues las coyunturas, grandes y pequeñas, para incorporarse al trascendental litigio planteado en pro de la mujer y luego coronar la meta de instruirla, organizarla y encauzarla en el torrente incontenible de la revolución colombiana.

Los portavoces del imperialismo y sus lacayos, aunque posen de liberales modernos que han roto con los vetustos convencionalismos, rinden culto al orden establecido, categoría que junto a otras, como las de tradición, familia y propiedad, han de conservar intactas al máximo para el suceso feliz de sus planes expoliadores. Y aunque consideren el matrimonio un contrato “libre” al que concurren en condiciones iguales las partes interesadas, no cesan de infiltrar las execrables concepciones acerca de la superioridad del hombre, la sublimación de los insignificantes quehaceres caseros de la esposa, o lo natural de la subordinación económica de ésta, que aguarda abnegadamente en su encierro domiciliario a que su cónyuge la provea del sustento. Sin embargo, por más que se empeñen en idiotizar a la mujer con el halago de que ella es la reina consentida del hogar, además de escucharse ya bastante ridículo, nada de eso funciona en la fecha. El sexo femenino empieza a preferir que se le trate con menos fingimiento y vana galantería, e incluso trabajar lo duro que sea, con tal de ganarse el pan con sus propios medios, alcanzar su independencia de acción, integrarse a las actividades sociales y convertirse realmente en un ser digno y útil. Y las que sin pertenecer a la cúspide privilegiada todavía suspiran por las creencias de sus abuelas, los hechos las sacarán del letargo, o por lo menos les sembrarán la espina de la duda. Si perennemente han oído sentencias difamatorias, chistes de mal gusto y adagios como “la mujer es un animal de cabellos largos y entendimiento corto”, “del hombre la plaza y de la mujer la casa”, “o bien casada o bien quedada”, es apenas lógico que se crean inferiores y hasta que se sientan satisfechas de serlo. Empero, ¿cuál matrimonio?, ¿cuál casa?, ¿cómo salvar a los hijos?, ¿para qué la abnegación y la espera?, si no hay corrosivo peor que la indigencia, si el refugio hogareño se va reduciendo y transmutando en una cloaca infecta a donde difícilmente penetra la luz del sol, si los rezos no alimenta ni obran el milagro. Con la crisis, la proletarización progresiva y el común empobrecimiento se percibe la caducidad de las normas que la minoría dominante se obstina en idealizar contra cualquier evidencia. El caos desbordado clama a gritos por un vuelco de raíz, no solo en lo concerniente a la soberanía nacional y a los modos de apropiación y producción, sino en todos y cada uno de los aspectos de la vida de las personas. Y las que menos tienen que llorar por el pasado que se fue son las mujeres. No se aterrorizarán tampoco por las transformaciones revolucionarias que propugnamos, incluida la de la creación de una unidad familiar en la que desaparezca precisamente la servidumbre femenina. Comprenderán que todo cambia y debe cambiar. En el proceso del conocimiento primero se transforman las cosas, después las mentes. Y como de la vieja familia no queda piedra sobre piedra, ahora corresponde edificar una nueva.

¿Por qué relacionamos el problema de la familia y su descomposición con la meta histórica de la emancipación femenina? Cuando la humanidad salta a la monogamia y pasa de lo que se ha dado en denominar derecho materno al derecho paterno, la mujer pierde el sitio de preeminencia de que gozó en las edades primitivas. Lo cual quiere decir que el sexo débil no lo era tanto en la antigüedad y que su vasallaje es un producto social, digamos como la explotación, que si en un principio simbolizó un empuje decisivo para el desarrollo, al final de un ciclo ha de desaparecer por las mismas razones por las que advino a este mundo. Ni el matrimonio, ni los lazos familiares, ni las costumbres sexuales fueron siempre las que hoy practicamos. La familia monogámica, que surgió luego de una depuración larga y compleja, constituye uno de los pilares básicos de la civilización. Nace con sus hermanas gemelas, la propiedad privada y la esclavitud, a las que sustenta y les sirve de tejido celular. Ha de resolver la cuestión de la herencia, garantizando que los bienes se transfieran al descendiente comprobado del dueño, ya que no entusiasma acumular riquezas para que éstas terminen en las manos de los hijos de otros. Y para ello, además de que el primer propietario individual fue el hombre, se requería que, a diferencia de lo que se estilaba, la mujer no tuviera varios maridos sino uno solo. Así apareció la monogamia, que ha sido y sigue siendo un deber fundamentalmente femenino, puesto que en este nuevo vínculo, los varones, que imponen al antojo su voluntad y hacen de la castidad de sus parejas una norma inviolable, nunca dejaron de ufanarse de la libertad sexual más absoluta. Desde entonces la esposa quedó confinada a la casa y restringida, como afirma Engels, al papel de “criada principal”. Con cuánto rigor se ha juzgado y sancionado su infidelidad, lo narra la historia. Sin ir muy lejos, en Colombia, hasta hace apenas dos años, el Código Penal otorgaba el perdón y eximía de toda culpa al marido ofendido que en “legítima defensa del honor”, asesinara a su cónyuge adúltera. Nada de esto se lo ingenió el capitalismo. Ha recogido del legado testamentario de las sociedades explotadoras desaparecidas lo que le conviene, colocándole, eso sí, su impronta de clase y adobándolo con una buena dosis del fariseísmo que lo caracteriza.

La familia monogámica tradicional ha operado sobre las siguientes premisas: la propiedad privada y la prolongación de ésta a través de la herencia; la dependencia económica de la mujer frente al esposo, y el sostenimiento y la educación de los hijos. En el esclavismo, en el feudalismo y en otras formas superadas de organización social, como la patriarcal campesina, dentro del marco de la familia se efectúa además una serie de labores importantísimas e indispensables para satisfacer no sólo los requerimientos del consumo sino del trabajo mismo. Con el multifacético incremento de la producción capitalista, tales labores desaparecen o se reducen a faenas domésticas completamente insubstanciales que no inciden en la marcha de las actividades productivas de la sociedad, pero cuya pura y desastrosa consecuencia consiste en condenar a la mujer al enclaustramiento y a la estulticia. Incluso, de cocer los alimentos, de lavar y alisar la ropa y de los otros oficios en los que tantas horas invierten las amas de casa más hacendosas, la industria ya se ocupa, despachándolos en cadena y ahorrando abundante mano de obra. Hasta la atención y la formación de los hijos que antaño se llevaban a cabo en el seno del hogar, hace rato se tornaron en objeto de un servicio público, al cuidado de personal experto que desde luego sabe incuestionablemente más de pedagogía y del resto de las ciencias que los padres, o que aquellos ilustres profesores particulares de los que León Tolstoi habla con respeto casi místico en sus Memorias. A medida que evoluciona el capitalismo corroe sin remedio los goznes sobre los que gira. Uno de ellos ha sido la vieja familia, cuyos fundamentos jamás tuvieron en verdad vigencia entre las clases desposeídas. A los matrimonios proletarios no los rige el ánimo de lucro, justamente por la carencia de riquezas qué resguardar y qué legar; y si todavía persiste allí discriminación contra la mujer responde más a los prejuicios reinantes que a la concurrencia de una base material para ello. En virtud de lo cual la compañera del obrero puede y debe unirse a éste en la batalla por la emancipación femenina, lo que obviamente no acaece en las filas de la burguesía. Con frecuencia, lo exiguo de los ingresos del “jefe” del hogar, si los hay, obliga a la mujer a emplearse, y sus hijos le representan generalmente una carga difícil de sobrellevar antes que un remanso de alegrías y de satisfacciones. El día que se suprima la propiedad privada, prácticamente el último factor que nos falta para el derrumbe definitivo de la familia como núcleo económico, brotará otra, íntimamente más humana, más grata y más estable, porque estará fundada y mantenida sólo por la comprensión, la atracción y el amor mutuos entre los esposos. No habrá mancomunidad de mujeres, con lo que los anticomunistas suelen promover terrorismo ideológico, ni se acabará la monogamia; únicamente ocurrirá que, como la mujer ya no estará constreñida a padecer las veleidades del hombre, éste tendrá que volverse monógamo, lo que, por lo demás, no es tan terrible. ¡Ah!, y desaparecerá la prostitución, el eterno aditamento de la vieja familia, que germina en el cieno de la sumisión económica del sexo femenino. La comunidad destinará un monto considerable de sus reservas para velar por las nuevas generaciones, desde la cuna hasta cuando se hallen aptas para asumir sus responsabilidades, con lo que el pueblo trabajador conseguirá por fin disfrutar a plenitud de los deleites y recompensas de los deberes de la procreación. Las minorías expoliadoras llaman a esto “el despojo de los hijos por parte del Estado”.

Si todas estas metas, como se deduce, no las veremos coronadas más que mediante un alto grado de desenvolvimiento de las fuerzas productivas, o sea con el triunfo del trabajo sobre el capital y con la construcción del socialismo, lo notable de acotar es que la sociedad burguesa prepara las condiciones materiales para su cristalización. El marxismo no alienta ningún tipo de ideales, preceptos o moldes en los que busque fundir la existencia social; simplemente, partiendo de los logros y de las posibilidades exactas de la producción, toma nota de las trabas que se alzan en su curso ascendente para pugnar por demolerlas. La empresa capitalista probó a través de sus enormes progresos que la especie no precisa ya de la familia cual pieza integrante del andamiaje productivo, y que, al revés, si ambiciona seguir adelante ha de prescindir de ella, redimiendo así energías laborales insospechadas. Sin embargo, el capitalismo defiende el interés privado sobre el público y reserva para unos cuantos privilegiados el bienestar que genera, mientras al grueso de la población le veda el pan de cada día. Industrializa las labores domésticas, inventa las guarderías, abre restaurantes para miles de comensales, colectiviza la educación, etc, y a la mujer continúa condenándola fatalmente a los bastidores del hogar, aun cuando allá nada tenga que hacer, salvo embrutecerse y morirse de tedio. Esboza las soluciones pero no las culmina; aguijonea las necesidades y, sobrándole los medios para atenderlas, no las complace. Y si en las metrópolis avanzadas semejante fenómeno se observa en cualesquiera de las manifestaciones del discurrir ciudadano, ¿qué agregaremos sobre Colombia, nación atrasada e influida por unas elites aristocráticas que compaginan las antiguallas del oscurantismo con las peores aberraciones de la época imperialista, y en que la extorsión de los monopolios foráneos destruye, sí, las ancestrales fuentes de ocupación, pero asimismo impide que los colombianos las substituyan con las modernas? Las contradicciones, por supuesto, se expresan más violentamente. No obstante, y también debido a ello, los señalamientos revolucionarios se encuentran más al alcance de la comprensión de las masas, particularmente de la mujer, a la que sabremos explicar que su manumisión estriba en la manumisión del país y en las demás transformaciones económicas y políticas que demanda la sociedad colombiana. El sexo femenino necesita con acucia de la revolución, y ésta no será una realidad sin el concurso efectivo de aquel poderoso contingente que abarca la mitad del pueblo. Aunemos firmemente estos dos elementos tan complementarios como el hidrógeno y el oxígeno en la composición del agua, y entonces Colombia florecerá entera bajo los efluvios de una nueva vida.

De lo resumido hasta aquí se desprende que la emancipación de la mujer, que despunta ya en el horizonte de la humanidad, llegará inexorablemente, porque antes que nada obedece a las exigencias del desarrollo, y quienes se empecinen en contenerla sucumbirán en el intento. No se trata de una mera proclama, de una consigna proselitista, o de un capricho nuestro. La sojuzgación de la mujer ha acompañado durante milenios a la explotación del hombre por el hombre; con su surgimiento inaugura el oprobioso período de la esclavitud, más lo clausura con su desaparecimiento. A las generaciones contemporáneas les correspondió en suerte vislumbrar tan colosales cambios, viviendo en los umbrales de una era en que las gentes, para prodigarse lo de la subsistencia, no se verán arrastradas a entablar relaciones alienantes y vejatorias, ni en los ámbitos del trabajo y de las gestiones administrativas de la sociedad, ni en los menos extensos de la familia.

La reacción fracasará en sus propósitos de aplacar las crecientes inquietudes femeninas, o de desviarlas hacia el reencauche de los valores que confrontan la opresión y el envilecimiento de la mujer, tejemanejes en los que han sido duchos maniobreros los dirigentes de los partidos tradicionales colombianos, lo mismo los liberales que los conservadores, los oficialistas que los semi-oficialistas. Todos se rasgan las vestiduras ante el agrietamiento de la familia y prometen refaccionaría y retornarla a su perdida posición. Unos, a semejanza de Belisario Betancur, rehusándose rotundamente a ofrecer a la mujer cualquier beneficio, ni aun el divorcio. Otros, a la usanza típicamente lopista, limitando esta prerrogativa al matrimonio civil, en un país por excelencia de enlaces católicos. Y el resto, como el candidato putativo del carlosllerismo, organizando “la jurisdicción de la familia, buscando su protección y unidad, para devolverle su función vital de núcleo de nuestra sociedad”, es decir, con frases 2. Ya indicamos cómo el régimen prevaleciente, por su propia estructura, minimiza a la mujer, y de hecho le cierra las puertas de la superación, así le consigne sus fueros en la norma escrita. Pero es que además de eso, la burguesía se ha mostrado incorregiblemente cicatera en cuanto a reconocer la igualdad de los sexos en los formalismos de la ley, incluso en sus momentos más revolucionarios. La revolución de independencia de los Estados Unidos y la francesa de 1789, que marcan hitos en la democracia burguesa, hicieron caso omiso del asunto y partieron del entendido de que las hijas de Eva son ciudadanos de segunda o tercera categoría. En tales circunstancias a las mujeres les ha tocado articular no pocos movimientos y emprender ruidosas luchas para que se les admitiera, verbigracia, el elegir y ser elegidas, el menos controvertido y el más gracioso de los dones dispensados por el Estado republicano. En el caso de Colombia, el viacrucis por el cual han transcurrido los derechos femeninos resulta inverosímil. Hagamos rápidamente una síntesis, a fin de tener una noción, y circunscribiéndonos a este siglo. Sólo en 1932 se suprimió el tutelaje del marido sobre la esposa, y ésta logra “comparecer libremente a juicio” y administrar y disponer de sus bienes; dejó de figurar en la lista de los incapaces. En 1936 se autorizó a la mujer para desempeñar cargos públicos, más se le sigue negando la ciudadanía. En 1945 se le entrega la ciudadanía pero se le continúa prohibiendo la función del sufragio y la facultad de ser elegida3. En 1954 Rojas Pinilla le concede el derecho al voto; sin embargo, no le permitió ejercitarlo porque no convocó a elecciones. En 1976 se instituye, como arriba anotamos, el divorcio, el civil, para un país de matrimonios católicos. Antes, en 1974, se extiende la patria potestad a la esposa y quedan habilitadas todas las mujeres, con estipulaciones similares a las del hombre, para ser tutoras y curadoras. Habíamos comentado también lo de “la pena de muerte para la esposa infiel”, derogada en 1980. No obstante lo anterior, y a que se acaba de sancionar la Ley 29 de 1982 por la cual se equipara a los hijos legítimos y naturales en cuanto a la herencia, la legislación todavía consagra irritantes tratamientos discriminatorios entre las personas, con ser que el sistema constitucional colombiano, desde el Congreso de Cúcuta de 1821, le ha dado ciento sesenta veces la vuelta al Sol.

A regañadientes y a través de cuentagotas, los países capitalistas han venido declinando, una tras otra, sus recalcitrantes posturas sobre la materia, y hoy algunos se glorían de haber realizado todas las concesiones, hasta la del aborto. Y en esas naciones, cabalmente en esas naciones en donde no resta conquista democrática por arrancar, fuera de ahondar las conseguidas, aparece diáfano, cual lo advierte Lenin, que la condición de inferioridad de la mujer no radica en la ausencia de derechos, sino en el Poder que las refrenda. En Colombia, donde las oligarquías vendepatria han ido siempre detrás y muy atrás de sus modelos extranjeros, aún habremos de combatir al respecto por no escasas reivindicaciones, sin creer ni hacer creer que éstas encarnan el colmo de las aspiraciones del sexo femenino. A la inversa, enarbolaremos, apoyaremos y aprovecharemos sus diversas contiendas para organizar sus huestes e instruirlas acerca de lo que al fin y al cabo interesa: que exclusivamente la revolución y el socialismo garantizarán la emancipación de la mujer.

Notas

1) En Colombia, de acuerdo con el censo de 1973, hay 22.915.000 habitantes. De éstos, 14.297.000 se encuentran en edad de trabajar (son mayores de 10 años); y, según el DANE, se dividen así: 6.903.000 hombres, de los cuales laboran 4.186.00, o sea, el 60%, y 7.394.000 mujeres, de las cuales trabajan 1.300.000, el 17%.

A 2.200.000 hombres y a 5.727.000 mujeres los clasifica el DANE como población no económicamente activa y los distribuye en rentistas, jubilados, estudiantes, quehaceres del hogar, sin actividad y sin información. En “quehaceres del hogar” hay 3.777.000 mujeres, es decir, el 65% de aquellas.

Aunque las estadísticas oficiales no sean muy confiables, de todas maneras reflejan el cuadro de la discriminación de la mujer en nuestro medio. La participación femenina en las actividades productivas, comparada con la del hombre es insignificante. La mayoría de las mujeres se ocupan como “amas de casa”, o presta cualquier otra clase se servicios personales.
2) Las frases fueron tomadas del programa de gobierno del candidato presidencial Luis Carlos Galán. “El Tiempo”, enero 16 de 1982.
3) En el siglo XIX y todavía muy avanzado el siglo XX en Colombia predominada el criterio de que la mujer, por decisión natural, o con arreglo de los designios divinos, estaba impedida para ejercer la ciudadanía y las demás atribuciones que se desprendan de ésta, como votar, atender cargos públicos, etc.

José María Samper, por ejemplo, en su libro “Derecho Público Interno” al comentar la constitución de 1886 emite los siguientes conceptos:

“Cuanto a la ciudadanía de las mujeres, aun cuando ya se practica para los municipal en algún Estado norteamericano (¿y que no se ensaya en los Estados Unidos, inclusive el MORMONISMO?), Colombia esta muy lejos de aceptarla y con razón. Nadie aboga más que nosotros por que se de a las mujeres una educación esmerada, pero práctica y digna de su sexo; nadie estima y aprecia más que nosotros el talento y la cultura de la mujer, y la saludable y necesaria influencia que ella ejerce sobre el hombre individual y sobre las costumbres y aspiraciones de la sociedad entera. Pero la verdad es la verdad: la mujer no ha nacido para gobernar la cosa pública y ser política, precisamente por que ha nacido para obrar sobre la sociedad por medios indirectos, esto es, gobernando el hogar doméstico y contribuyendo insensatamente y poderosamente a formar las costumbres (generadoras de las leyes) y a servir de fundamento modelo a todas las virtudes delicadas, suaves y profundas.”

“Si fuera posible transformar moralmente a las mujeres y volverlas CIUDADANÁS, habría que pensar seriamente en convertir a casi todos los hombres en mujeres a fin de que la misión de estas no quedase baldía y no alcanzamos a ver el provecho que se sacaría, suponiendo la posibilidad, de trocar los papeles de los dos sexos, deshaciendo la obra de la providencia, y haciendo desatinos por enmendar a Dios la plana”

A VOTAR POR LAS LISTAS DEL FUP

Cundinamarca

Senado
Marcelo Torres Carlos Naranjo
Cámara
Álvaro Bernal Segura Jaime Moreno
Asamblea
Jaime Piedrahita Marino Vivas
Concejo de Bogotá
Avelino Niño Diego Betancur

Antioquia

Senado
Libardo Ramírez Aldemar Giraldo López
Cámara
Jaime Piedrahita Luis Javier Duque
Asamblea
Enrique Molinares Aldemar Giraldo López
Concejo de Medellín
Jesús Hernández Jairo Gutiérrez

Bolívar
Senado
Orlando Ambrad Roberto Giraldo
Cámara
Antonio Caballero Eduardo Gutiérrez
Asamblea
Enrique Hernández Calixta Pacheco
Concejo de Cartagena
Orlando Ambrad Eliécer León

Atlántico
Senado
Eduardo Peña Juventino Peñate
Cámara
Rafael Osorio Luis Mesa
Asamblea
Erasmo Arteta Salomón Ganitsky
Concejo de Barranquilla
Néstar de Ferrer Hernán Rodríguez

Norte de Santander
Senado
Francisco Castillo Rafael Espinel
Cámara
Rafael Espinel Gloria Guerrero
Asamblea
Orlando Martínez Fabio Camacho
Concejo de Cúcuta
Francisco Castillo Marco Ramírez

Caquetá
Senado
Edgar Piñeros Álvaro Rodríguez
Cámara
Alonso Orozco Luis E. Gutiérrez
Asamblea
Jaime Piedrahita Alfonso Medina
Concejo de Florencia
Consuelo de Montejo Francisco Gómez

Risaralda
Senado
Carlos Naranjo Luis Arturo García
Cámara
Luis Enrique Arango Carlos Abel Arango
Asamblea
Arturo García David Múnera
Concejo de Pereira
David Múnera Benhur Adarve

Santander
Senado
Jaime Piedrahita Rodolfo Gutiérrez
Cámara
Guillermo Luna Gustavo Triana
Asamblea
Gildardo Jiménez Manuel Silva Ortiz
Concejo de B/manga
José Hernán Osorio Alirio Muñoz

Chocó
Asamblea
Vicente Ayala Luis Ramírez
Concejo de Quibdo
Pedro Gaspar Córdoba Jorge Salgado

Valle
Asamblea
Henry Holguín Oscar Rivera Luna
Concejo de Cali
Jorge Gamboa Henry Holguín

Huila
Asamblea
Hernán Ochoa Fernando Martínez
Concejo de Neiva
Carlos Tovar Isauro Ceròn

Caldas
Senado
Jaime Moreno Jorge Esguerra
Cámara
Carlos Giraldo Eduardo Quintero
Asamblea
Oscar Gutiérrez Álvaro Bedoya
Gonzalo Arango Rodrigo Henao

Quindío
Asamblea
Antonio Gutiérrez Alberto Mera
Concejo de Armenia
Lisímaco Rojas Alberto Mera

Meta
Asamblea
Héctor Santos Diógenes Orjuela
Concejo
Héctor J. Ruiz Nazly Monzón

Tolima
Asamblea
Consuelo de Montejo Miguel Gordillo
Concejo de Ibagué
Miguel Gordillo Pompilio Buitrago

MESA REDONDA SOBRE LA MUJER

Para esta primera mesa redonda de Tribuna Roja convocamos, después de una difícil selección, a seis camaradas del Partido. Pensamos que esta media docena de compañeras ejemplifica a millares de sus iguales, en cuanto a su posición de clase, su papel como revolucionarias, su vinculación a la producción y a las masas, e incluso en cuanto tiene que ver con su procedencia y su generación. Por ejemplo, Silvia Julio, campesina rasa de Córdoba, vino desde Montelíbano, región en la que se ha sumado en varias ocasiones a las peleas de los labriegos por la tierra. Néstar de Ferrer, como Silvia, casada y madre de varios hijos, llegó de Barranquilla, ciudad en la que preside combativamente el sindicato de educadores del Atlántico y es ex candidata al Concejo Municipal. Ligia Villamil, esposa del dirigente del MOIR, Avelino Niño, reside en Bogotá, en donde muestra una valiosa trayectoria como cuadro político y como directiva del sindicato de vendedores ambulantes Sinucom. Tres de las citadas a esta reunión, Amparo España, Marcela Cuéllar y Gloria Guerrero, caracterizan a las jóvenes que han abandonado las comodidades de la ciudad para irse a servir a las gentes de caseríos y veredas.

Amparo, de Bucaramanga, estudiaba abogacía cuando se sumó a las batallas estudiantiles de la década del 70. Al ser expulsada de la Universidad de Antioquia resolvió viajar a Urabá a colaborar con los habitantes de esa zona. Marcela, de Bogotá, también dejó su carrera de sociología para fundirse con las masas laboriosas de pequeños pueblos en Atlántico, inicialmente, y luego con los tabacaleros de El Carmen de Bolívar. Gloria, graduada en odontología, cerró el gabinete en la capital y lo trasladó a Tibú, para prestar sus servicios a esa necesitada población petrolera.

Leamos, pues, las opiniones de estas ejemplares militantes, sobre los cinco puntos en los que se dividió este foro:

La discriminación en el trabajo
T.R.: Empecemos con sus experiencias acerca de la situación de la mujer en el trabajo.

Néstar de Ferrer: Yo me voy a referir al sector donde se desarrolla mi actividad. Trabajo desde hace 26 años en el magisterio del Atlántico, y me he dado cuenta que el personal docente del país está conformado en un alto porcentaje por mujeres, y creo que ello se debe a los salarios, que en la educación se caracterizan por ser muy bajos, y también a la idea que se tiene en la sociedad de que la mujer encaja en la profesión docente mejor que en otros campos. A lo largo de este tiempo he vivido muchas experiencias, especialmente en las luchas reivindicativas que enfrentamos. Al comienzo, la mujer se siente cohibida para participar en ellas, pero poco a poco su papel va siendo más importante. En el magisterio ha habido una evolución: hoy ya no nos pueden engatusar como lo hacían hace veinte años, diciéndonos que somos “apóstoles” y que no debemos pensar en el salario. Aunque nos esmeramos en nuestra labor formadora hemos comprendido que somos explotados y hemos logrado organizar un movimiento sindical fuerte, cuyos afiliados tienen una mentalidad nueva de altiva defensa de sus propios intereses.

Cuando nosotros comenzamos a manifestarnos como Partido, se entabló una batalla entre las ideas tradicionales y las revolucionarias que proclamábamos. Inicialmente se nos tildó de monstruos y destructores de sindicatos, se dijo que íbamos a acabar con todo lo que había (que por cierto era muy poca cosa) y hasta hubo gente que nos quitó el saludo. Pero gracias a un trabajo paciente y constante, de dos compañeras que éramos, pasamos a convertirnos en una fuerza cualificada, demostrando la falsedad de las calumnias y abriendo un camino nuevo para la organización.

Se ha presentado el caso de que a las mujeres se les intimide con el despido si no satisfacen los requerimientos sexuales de sus superiores. Contra tales abusos libramos una lucha frontal, e hicimos entender a las compañeras que no están allí porque un político les haya conseguido un puesto, sino porque estudiaron para ello y están desempeñando bien su labor y vendiendo su fuerza de trabajo.

Existen otros aspectos por los cuales aún tenemos que combatir. La capacitación es uno de ellos. No obstante que el gobierno, para los ascensos en el escalafón, establece el requisito de haber tomado cursos, estos casi no se programan; y a las mujeres, por la función del hogar y de los hijos, nos es más difícil asistir a los pocos que se dictan. Como en la práctica no existen guarderías oficiales que nos alivien un poco de esos deberes, logramos que el Concejo de Barranquilla nos cediera un terreno donde el sindicato proyecta construir una. El otro aspecto es precisamente la asistencia social, que nos es casi negada; la licencia por gravidez por ejemplo, no la están pagando. Esto hace que muchas maestras ni pidan, pues les significaría no recibir alguna remuneración durante la misma.

T.R.: Hablemos ahora de las condiciones en que trabajan las vendedoras ambulantes.
Ligia Villamil: En nuestro sindicato también existe una mayoría de mujeres, compañeras que se destacan en el surgimiento de la organización y que siempre han intervenido en las luchas que hemos librado. Las mujeres dedicadas a la venta ambulante viven una situación muy difícil; a muchas les toca estar todo el día en el puesto con sus pequeños; y aparte de ello padecen las golpizas brutales que la policía protagoniza sin respetar la edad ni el sexo de la gente. Hasta los niños son encerrados en sitios especiales mientras las madres pagan 24 horas de cárcel por no tener licencia o por cualquier determinación arbitraria. Pero precisamente debido a la represión, nuestro gremio se ha templado. Las mujeres no le temen a nada; defienden su derecho al trabajo, incluso físicamente, y participan en la dirección del sindicato con entusiasmo. También han incrementado sus actividades en la política. Desde hace varios años nosotras celebramos con actos especiales el 8 de marzo, día internacional de la mujer obrera. Nuestro comité femenino elaboró una pancarta en homenaje a Manuela Beltrán, por lo que ella tuvo que ver con nuestro oficio. Y en el acto de las mujeres del FUP se hicieron presentes más de 400 vendedoras, entre las 30 compañeras indígenas del Putumayo, con sus hijos.

Las vendedoras ambulantes, que son cerca del 80% del total de las personas dedicadas a este trabajo, no tienen ningún tipo de protección; normalmente, y después de una jornada muy larga, a una señora le quedan apenas 250 ó 300 pesos para ella y sus hijos. Cada vez que tiene que atender asuntos de su casa, o ir al hospital, o por cualquiera otra ausencia obligada, pierde ese dinero. Es por ello que se puede ver, en algunos casos, a niñas de siete años reemplazando a sus madres en los puestos de venta. Por otra parte, lo que mencionaba Néstar acerca de los chantajes se da muy frecuentemente. Todo tipo de autoridades quiere aprovecharse de la condición de mujer de las vendedoras, ya sea para otorgarles una licencia, no imponerles un día de cárcel, o cualquier otra gestión. Pero ya existe una solidaridad y una firme actitud de rechazo a esto.

T.R.: ¿Y cómo realizan sus labores las mujeres del campo?
Marcela Cuéllar: En la zona central del departamento de Bolívar las mujeres tienen que cumplir no sólo las tareas domésticas, sino también muchas de las faenas del cultivo y procesamiento del tabaco. A veces se divide el trabajo entre marido y mujer, pero en la mayoría de los casos las campesinas atienden ambos frentes, y esto desde muy temprana edad. Ya a los seis años, las niñas suplen a sus madres en el cuidado de los hermanos menores. En los quehaceres del tabaco, las campesinas tienen jornadas agotadoras y mientras que a los hombres les pagan un salario fijo, a ellas en muchos casos las remuneran según lo que produzcan. Por otra parte, las compañías tabacaleras no vuelven a recibir a quien quede embarazada. Muchas compañeras se enferman de los pulmones y no hay servicio médico. Además, viven endeudadas pues tienen que acudir a los préstamos para todo.

T.R.: ¿Las niñas también participan en la producción?
Marcela Cuéllar: Aunque las compañías no las ocupan directamente, tienen una serie de sucursales donde, a través de intermediarios, enganchan niños y niñas que deben laborar hasta doce horas al día por un salario menor. De manera que en esta zona la mujer trabaja infatigablemente durante toda su vida. Esto hace que a veces sea ella quien sostiene la familia, mientras su esposo atiende la casa. En el otro extremo están las mujeres que sólo se dedican a los menesteres domésticos, que se aíslan y se consumen en el atraso. Las otras, las que están vinculadas a las ligas campesinas cumplen un papel muy destacado, son combativas, desempeñan tareas de organización y propaganda y han entrevisto la posibilidad de una sociedad nueva por la cual realizan sacrificios y luchan con entusiasmo.

T.R.: ¿Y en la zona bananera de Urabá?
Amparo España: Sólo las mujeres que han firmado contrato a término indefinido con las empresas logran algunas reivindicaciones, pero la mayoría está a término fijo, especialmente en el empacado en las fincas, y eso en los días en que hay embarque. Estas compañeras devengan un salario menor que el mínimo y su jornada empieza a las cuatro de la mañana; no cuentan con servicios médicos, auxilios de maternidad, ni nada. Mientras ellas trabajan, sus hijos prácticamente viven dentro de una cajón hasta cuando puedan caminar. En general las trabajadoras provienen del Chocó, y existe discriminación contra los negros.

Después de una relativa bonanza mucha gente se ha arruinado, y en la actualidad la región pasa por una aguda situación de hambre y de miseria. Entonces, como no existen muchas fuentes de ocupación, hay un gran número de vendedoras de “chance”. Pero lo que deja tal actividad no les permite atender a sus necesidades. El desempleo es una de las causas de la extendida prostitución que se da en Chigorodó, Apartadó y Turbo.

T.R.: ¿Qué nos cuenta Silvia sobre las campesinas de Córdoba?
Silvia Julio: En el municipio de Montelíbano los campesinos vivimos sometidos al poder de los latifundistas. Hay mujeres que acompañan a sus maridos a los campamentos, los cuales deben cuidar; también que cocinarle a una cuadrilla de jornaleros y hasta lavarles los pies a los terratenientes, pero no les reconocen ni un centavo por ello. Muchas otras, metidas todo el día en la casa, tampoco encuentran oportunidad de recibir ingresos; si acaso, hacen empanadas para que los hijos las vendan por la calle. Los hombres, sometidos a la crueldad del sistema explotador, desfogan muchas veces su ira contra su mujer, y cuando los políticos liberales y conservadores compran votos por una libra de carne o de arroz, es con el jefe de la familia con quien negocian el voto de todos sus miembros. Pero algunos van viendo una salida diferente al entender su situación de explotados, inclusive las mujeres.

Pocas compañeras laboran en centros de salud y escuelas, o se emplean en tiendas y en campamentos. Las más atienden a los hijos; son esclavas del hogar, viven en el atraso y la ignorancia.

T.R.: Falta escuchar a Gloria.
Gloria Guerrero: Profesionalmente en mi calidad de odontóloga, he tenido buenos resultados. Se trata de una actividad independiente, que se ha generalizado además entre las mujeres. Tengo en Tibú un consultorio al cual se acerca bastante gente. Sin embargo, de lo que me interesa hablar es de la situación de las mujeres de ese lugar. Allí, como en tantos centros petroleros y de colonización, la mitad del pueblo son cantinas y hay mucha prostitución, lo cual es producto, como decía anteriormente Amparo, de la falta de oportunidades de trabajo y de la miseria. Es otra forma de explotación.

Por otra parte, las esposas de los petroleros no están vinculadas a ninguna actividad productiva. Se mantienen en sus casas, a excepción de unas pocas dedicadas al magisterio, a la compañía petrolera o al comercio. No obstante, es notorio el interés de muchas de ellas por trabajar; lo que sucede es que no encuentran en qué. Se ve casi a diario, cuando llega personal nuevo, que por más inquietudes de superación que tenga una mujer, termina condenada a las faenas hogareñas y al chisme.

Sin embargo, las mujeres han demostrado su rebeldía. Durante la pasada negociación del pliego de peticiones se conformó un comité femenino integrado por las esposas de los obreros, algunas trabajadoras de la empresa y otras compañeras. Realizamos muchas actividades, y el 1° de Mayo, pese a que un sector de la junta directiva del sindicato se oponía a realizar una marcha, pues juzgaba que no había condiciones, salimos unas 300 mujeres y 20 compañeros. Nos dijeron que debíamos desfilar en silencio, pero recorrimos el pueblo gritando a pleno pulmón y todo el mundo tuvo que reconocer que fue un acto muy bueno.

La vinculación a la actividad revolucionaria

T.R.: En los últimos años se ha hablado insistentemente de la vinculación de la mujer a la política.
Néstar de Ferrer: Ha habido mucha demagogia oficial en lo concerniente a las mujeres que ocupan cargos públicos. Invariablemente, tales personas pertenecen a las clases dominantes. Otra cosa es la participación femenina cada vez más grande en la lucha política revolucionaria. Ya se va comprendiendo que el papel de ama de casa no le permite a nadie realizarse. Ello posibilita que compañeras se vinculen a las acciones de masas, vayan a asambleas sindicales y concurran a huelgas y manifestaciones. Incluso hay algunas que ya se atreven a hablar en público. Para que esto ocurriera hubo que vencer la resistencia de la tradición de la familia, manifiesta en actitudes como las de ciertas señoras que, por ejemplo, cuando uno llega a venderles Tribuna Roja, dicen que el que lee esas cosas es el marido.

Amparo España: En el país la injerencia de la mujer en la política es aún muy reducida, pero cada vez va siendo más notoria. Y lo importante es que no se limita a los partidos tradicionales. En los paros que tuvieron lugar en Urabá durante el gobierno de López, la presencia de las mujeres fue muy amplia. Durante unos de esos movimientos se conformó un comité femenino que programó una marcha; el ejército y la policía quisieron impedirla, pero las compañeras dijeron que primero pasaban por encima de sus cadáveres. Hubo enfrentamientos y varias de ellas fueron detenidas. Todas las demás invadieron el comando militar y no salieron de él hasta cuando soltaron a la última.

Ligia Villamil: Entre las vendedoras ambulantes se nota una creciente preocupación por los diversos aspectos de la política. Al enfrentar la lucha en las calles, por otra parte, ellas se han dado cuenta de su capacidad de combate. Y ya existen, incluso, compañeras que han dejado el puesto de venta para dedicarse a la labor política.

Silvia Julio: En el campo por lo general son los hombres quienes sostienen la pelea, pero nosotras debemos romper esa muralla para poder enfrentar el yugo de los terratenientes. En Montelíbano hay mujeres que me preguntan qué política tengo y por qué. Yo les digo que para salir de la explotación y la miseria uno debe ser revolucionario, y que las mujeres estamos obligadas a contribuir a la lucha.

T.R.: ¿Cómo se vincularon al MOIR?
Marcela Cuéllar: Comencé en la universidad. Si me resultó difícil fue por las concepciones idealistas que profesaba entonces. Poco a poco las enseñanzas partidarias me quitaron las telarañas de la cabeza y fue así como decidí trasladarme al campo. Ese inicio significó también una cantidad de dificultades; sin embargo, pocos meses después de estar en Sabanalarga se presentó una pelea en demanda del servicio de agua y entonces la gente supo quien era la “cachaca” que andaba por allá. Posteriormente, en El Carmen de Bolívar, fundamos una escuelita. Ese trabajo, unido a las brigadas de vacunación nos ha acercado a los campesinos.

Ligia Villamil: A mí mis padres me casaron a los quince años. Luego de tener dos niños dejé a mi marido; quería romper con todo lo que me asfixiaba, y entonces me vinculé a un sector de extrema “izquierda”. Me acogí a lo primero que encontré porque no aguantaba los malos tratos. Posteriormente pude analizar el desenvolvimiento de la revolución colombiana y conocí el Partido. Desde ese momento he estado en capacidad de colaborar en el proceso de politización de varias compañeras, y estoy plenamente de acuerdo en que, por encima de las complicaciones, la militancia revolucionaria proporciona invaluables experiencias.

Néstar de Ferrer: En mi casa se hacían reuniones del Partido y de vez en cuando yo daba opiniones sobre lo que estaban hablando. A medida que me fueron tomando en cuenta me interesé y empecé a participar de la vida organizativa. Nunca fui conformista.
En el magisterio siempre combatía al lado de quien fuera, sin mayor reflexión, porque veía que nuestra situación no era buena. Con la militancia comprendí que también la pelea debía tener un enfoque correcto, lo cual me permitió debatir en el seno del sindicato con mayor seguridad y capacidad para dar en el blanco.

Amparo España: Ingresé al MOIR hace unos diez años y dicho paso fue decisivo en mi vida. La militancia me salvó, no alcanzo a pensar que sería de mí si no estuviera en el Partido. Me parece que no afronté tantas dificultades como otras compañeras, aunque naturalmente a mis padres no les gustó nada que una hija suya fuera revolucionaria. El asunto se complicó cuando me expulsaron de la universidad y la noticia salió por la prensa. Afortunadamente las luchas que una libra al comienzo, tanto consigo misma como frente a la familia y al medio, se empequeñecen después.

Gloria Guerrero: Para llegar a la militancia la mayor resistencia que tuve que vencer fue, como en el caso de tantas compañeras, la de la familia. Mas cuando terminé la carrera de odontología y logré independencia económica, las condiciones para mi trabajo político fueron más favorables. Claro que al vincularme con el pueblo enfrenté múltiples dificultades y tropiezos, especialmente por mi condición de mujer, pero de esa manera también aprendí a ser paciente. Esa paciencia es indispensable para poder avanzar. Si se actúa conforme al desarrollo de las condiciones del país y se lleva adelante de manera honrada la política del Partido, no tiene por qué dudarse de la capacidad ni de la victoria. A veces se cometen errores y existen deficiencias, que hay que reconocer y aprenden a superar. Y a veces se cree que es mejor disfrutar de tranquilidad, pero esa supuesta tranquilidad es generalmente ignorancia y conformismo.

T.R.: ¿No estarán exagerando con las dificultades?
Marcela Cuéllar: De ninguna manera. Nos fue preciso derrotar prejuicios y malentendidos. Sin embargo, cuando la gente ve que el cuadro femenino, además de difundir tesis y organizar a la gente, está dispuesto permanentemente a colaborar en la solución de los problemas cotidianos y comparte esos problemas, es decir, cuando se ve su adaptación a la zona, las masas respetan el trabajo y asimilan lo que se les planeta. Así es como yo he aprendido a hacer política.

Ligia Villamil: En los sectores populares de las ciudades sucede algo similar. En San Victorino, por ejemplo, donde se concentran numerosos vendedores, a mí me ha tocado salvar infinidad de obstáculos. En ocasiones, para no ofenderlos, ha sido necesario aceptar tomar cerveza con grupos de ellos, lo que me ha brindado oportunidad de conocerlos mejor e iniciar el trabajo político. Aunque en un principio las esposas de los compañeros no comprendían muy bien mi actividad, la constancia siempre vence, y he logrado con el tiempo vincular a los actos y a las reuniones también a varias de ellas.

Amparo España: Fuera de los centros urbanos se vive en otro mundo. En un comienzo, como dice Marcela, parece imposible adelantar cualquier labor. Al ponerse en contacto con la gente del campo se palpa que la actividad partidaria, a la que una se había acostumbrado en la ciudad, rodeada de ciertas comodidades, es muy diferente, mucho más ardua. En general, sólo dentro de las masas se llega a conocer la trágica situación del país, esa que hay que cambiar y revolucionar.

Néstar de Ferrer: A pesar de todo pienso que la condición de mujer no debe ser un obstáculo para que nosotras hagamos aportes a la revolución. Y eso es posible sostenerlo históricamente, pues ahí están los ejemplos de Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos y tantas otras. Hoy en día conocemos a las compañeras que se han ido a distintos lugares a decirle al pueblo colombiano que podemos y debemos hacer de nuestra patria algo digno. En el MOIR ya hay ejemplos que han puesto en alto el aporte de la mujer en las artes, en las universidades, en los sindicatos, en el campo.

T.R.: Silvia, ¿qué enseñanzas o satisfacciones le ha dejado en particular su militancia revolucionaria?

Silvia Julio: Estoy orgullosa de ser una militante campesina, pues he visto que como revolucionaria he cambiado mucho, he crecido como persona y me siento segura de que vendrá un futuro mejor. Eso ni lo imaginaba antes. Hoy estoy convencida de que las mujeres campesinas debemos participar en la revolución y que es mucho lo que aprendemos y lo que podemos contribuir al progreso de la lucha. El Partido me ha enseñado a pelear por la tierra que acaparan los terratenientes y no la ponen a producir. En esa batalla tomamos parte las mujeres y los niños al lado de los hombres, y todos hemos aprendido a persistir en nuestro objetivo. Yo he tomado parte en invasiones en las que, si el terrateniente lleva a sus matones y tumba las chozas por la tarde, a la mañana siguiente están levantadas de nuevo. Las campesinas tenemos el valor de enfrentar la represión y de hablar claro sobre la necesidad de hacer la revolución para que las cosas cambien de verdad.

T.R.: ¿Y a usted, Amparo?

Amparo España: En la zona donde trabajo estamos varias compañeras, y siempre hemos contado con el apoyo y la orientación del Partido. Porque no valemos por ser mujeres simplemente, sino por el esfuerzo que cada una realiza. Progresivamente asumimos responsabilidades mayores, y esto marca un importante contraste con los sectores pequeño-burgueses que al agitar la bandera del feminismo, se limitan a atacar a los hombres, sin desarrollar una labor constructiva en la tarea de transformar la sociedad. Para la mujer, el echar sobre sus hombros más obligaciones y el ocupar cargos de conducción, han de ser fruto de la superación y de la habilidad para solucionar los problemas, y no derivarse simplemente de un reconocimiento gratuito a su calidad de mujer.

T.R.: ¿Creen ustedes que tal actitud predomina?

Néstar de Ferrer: Yo considero que en general los compañeros revolucionarios no se oponen a que una mujer que trabaje se responsabilice de un frente. A mí, por el contrario, me aterroriza que me crean más capaz de lo que en efecto soy; procuro cumplir modestamente con mis crecientes deberes partidarios. En el magisterio, donde hay tanta gente de valía que espera algo de nosotros, comprendo que nos falta mucho por recorrer y que tenemos que esmerarnos aún mas para colocarnos a la altura de las apremiantes circunstancias del país y de las justas aspiraciones de nuestro pueblo. Pero de todas maneras la formación de los cuadros depende de la madurez de la vanguardia proletaria, de su consistencia ideológica y de su táctica consecuente.

Ligia Villamil: En lo que a mí respecta, tampoco me he sentido nunca discriminada por los camaradas, y he recibido responsabilidades. Recientemente tuvimos las mujeres del FUP una experiencia aleccionadora. Se conformó un comité para atender, como ya dije, un acto femenino con Consuelo de Montejo, y el trabajo no solamente fue satisfactorio para todas, sino que además nos permitió estrechar lazos entre compañeras. Nos dimos cuenta de que discutíamos acerca de la política y de la situación nacional con los hombres, pero raras veces entre nosotras. A partir de entonces vislumbramos la necesidad y la importancia de organizar a las mujeres por sus intereses específicos, no sólo en nuestros frentes sino nacionalmente también.

Marcela Cuéllar: Hay un tema que me inquieta, alrededor de la problemática de la mujer. Se trata del machismo. Me gustaría que habláramos de eso.

T.R.: Plantéelo.

Marcela Cuéllar: Por mi experiencia en la Costa, puedo decir que allí el machismo es bastante acentuado. En la relación familiar, el hombre se da el lujo de tener varias mujeres y su esposa lo tolera. Hay hombres que viven con tres o cuatro, pero para el común de las gentes eso no representa problema alguno. Existen quienes han echado al mundo quince o veinte hijos, yo conocí incluso a un señor que se ufanaba de haber engendrado 62, sin jamás pensar en el futuro de estos muchachos. En alguna ocasión discutí con una compañera y le pregunté por que no se separaba del esposo, quien además de tener otras mujeres, la trataba a insultos y golpes. Ella sencillamente me argumentaba que no podía mantener a sus cuatro niños.

Néstar de Ferrer: El machismo no se manifiesta sólo en el hecho de que los hombres tengan varias mujeres, sino en que tratan de poner siempre por delante que mandan en la casa. Con ello justifican todo tipo de arbitrariedades, tanto contra la mujer como contra los hijos. Una maestra, madre de cinco menores, casada con uno de esos esposos que vive diciendo “yo aquí soy el hombre y usted tiene que respetarme”, pedía que le buscara alojamiento como celadora de una escuela para poder librarse de él, pues ya no lo resistía. Este señor llegaba a la casa y sin más ni más, si ella estaba lavando ropa y se le quemaba la carne, por ejemplo, la levantaba a golpes. Pero es que después se ponía a conversar por teléfono con la otra y, cuando su esposa se acercaba, enojada con toda razón, le decía que no fuera maleducada, y que no escuchara cosas ajenas. Y eso que el no paga las cuentas del teléfono. Este es un caso aislado; se trata de algo común y corriente. Claro que, analizando las cosas, no es ni siquiera culpa del hombre, que se está también explotado y alienado. El responsable es el sistema en el cual vivimos, que lo conduce a pensar y a actuar de esa manera.

El obrero tiene que liberarse de estos comportamientos, característicos de la burguesía. Generalmente el marido actúa así y la mujer tiene que someterse por la dependencia económica. La casa, si es propia, suele pertenecer a quien hace las veces del jefe del hogar, y cuando la esposa quiere separarse queda condenada a la calle.

El orden establecido en Colombia está diseñado, por así decirlo, para aislar a las mujeres de la producción social, y si las cosas continúan de esa manera nos seguirán considerando igual que ciudadanos de segundo grado. Por otra parte, a la mujer la educan para depender del hombre, para que aprenda a obedecer y a resignarse; al hombre lo educan para que la mujer dependa de él, y le enseñan a mandar y a ser el amo en su casa. A la una le inculcan desde niña el sentimiento de que su destino es someterse, y al otro le explican desde muy pequeño que por el simple hecho de haber nacido hombre puede, y debe, avasallar al sexo opuesto. Todo lo anterior se lo hacen creer a la gente desde cuando empieza a conocer las primeras letras del abecedario.

La descomposición de la familia

T.R.: Gloria, pasando a otro tema ¿Hay descomposición de la familia en la región?

Gloria Guerrero: El fenómeno no es acentuado debido a la existencia de un sector importante de obreros petroleros que logran mantener cierta estabilidad en su trabajo y en sus entradas. En el campo el panorama es diferente puesto que a los campesinos no les alcanzan con lo que producen. Sin embargo, los labriegos al llegar a los sitios de colonización civilizan un buen pedazo de tierra y, en un momento determinado, están en condiciones de darle una apariencia a un yerno o a un hijo para que la cultive.

T.R.: En los lugares de colonización la familia sí se descompone porque los ingresos, como usted acaba de decirlo, no permiten subsistir. Situémonos en la época de la colonización antioqueña. Los campesinos se iban a tumbar montes con sus esposas e hijos, creaban sus haciendas y tenían periodos de relativa prosperidad. Estos hombres ayudaron a forjar el país. Hoy no deja ninguna ganancia el domar la montaña y crear los fundos. Los desposeídos de hoy llegan demasiado tarde a la aventura de la colonización. El factor fundamental para esta crisis es el económico; los puestos de producción y las relaciones del mercado sacan al labriego de la competencia. Un machete, por ejemplo, le cuesta al campesino muchas más horas de trabajo que antes. Además, las zonas de colonización están ubicadas en selvas demasiado aparatadas e inhóspitas, las condiciones son durísimas. No es que se descomponga la familia, sino que muchas veces el colono no consigue, pues no convence a ninguna compañera para llevarla a vivir de manera tan inhumana. Los hijos de aquellos colonos tampoco logran organizar un lugar y emigran a la población más cercana a engrosar el desempleo.
Ahora bien, quisiéramos preguntarles: ¿Esos jóvenes emigrantes que llegan a callejear todo el día como “vagos de pueblo” consiguen constituir una familia?

Gloria Guerrero: Pensándolo mejor, es verdad lo que usted comenta. Para los jóvenes campesinos que caen al pueblo sin empleo resulta supremamente complicado fundar un hogar. Conozco también el caso que las esposas de los colonos abandonan a sus maridos porque el hambre y la miseria se tornan insoportables. E incluso los mismos campesinos se ven obligados a renunciar a su aspiración de poseer finca propia, debido a que no aguantan solos el ritmo de la faena. Toda esta descomposición obedece en últimas a las penurias económicas.

T.R.: Marcela, ¿y al respecto qué nos cuenta usted?

Marcela Cuéllar: Voy a citar un ejemplo para ilustrar la situación. A orillas de la represa del Guájaro, en el Atlántico, se formó una serie de caseríos de pescadores. Al poco tiempo el Inderena prohibió la pesca, quitándoles a esos compañeros su único medio de subsistencia. Cuando yo visité el lugar me llamó la atención que sólo veía mujeres. ¿Y los hombres?”, pregunté “No tuvieron más salida que irse para Venezuela”, fue la respuesta. Esto es muy generalizado en los municipios de la Costa. Padres e hijos se han ido y muchas veces nadie sabe donde están. En El Carmen de Bolívar, para referirme a otro caso, cuando termina la cosecha del tabaco los hombres se van y dejan a sus mujeres, que son las que trabajan en las compañías, alisando la hoja. Algunas comentan que el marido regresa sólo de visita, para pedirles el dinero que han ganado con el sudor de su frente.

T.R.: Néstar, ¿juzga usted que se está o no desintegrando la familia en la Costa?

Néstar de Ferrer: Se ha descompuesto porque las formas de vida y de trabajo en esa región son muy adversas. Los padres se ven obligados a abandonar a sus hijos. En Barranquilla, entre la gente pobre, las mujeres salen de al casa a buscarse el diario, y los maridos, como no encuentran ocupación en las fábricas, se convierten en vendedores ambulantes, perseguidos por la policía. Entonces, realmente, los niños no tienen familia.

T.R.: ¿Se registra dentro del magisterio de la Costa Atlántica algo parecido?

Néstar de Ferrer: Recuerdo que hace veinte años una maestra podía tener 4 ó 5 hijos. Si limitarlos es una demostración de la descomposición, sí está presentándose el fenómeno en el magisterio. Además, las educadoras, por necesidad, han de aceptar los nombramientos en municipios apartados, a donde no hay cómo llevarse a los hijos.

T.R.: No es claro lo que usted está diciendo. ¿Por qué el limitar el número de hijos, o el que vivan los esposos separados temporalmente, es una prueba de la descomposición de la familia?

Néstar de Ferrer: La familia la constituyen la madre, el padre y los hijos. Si no pueden estar juntos, pues la familia se rompe.

T.R.: Pero si un trabajador se va para otra zona durante seis meses y regresa a su hogar, reconoce a su misma esposa y la sostienen económicamente, ¿lo llamaríamos ruptura de la familia?

Néstar de Ferrer: No me refiero a ese caso. Yo digo que por lo general el marido que se va nunca vuelve al hogar que ha dejado, lo cual es muy común.

T.R.: Ligia, ¿cómo se aprecia dicho problema en el sector de ustedes?

Ligia Villamil: También tenemos con frecuencia el caso de mujeres que abandonan a su esposo y se vienen del campo, con uno o dos de los hijos. La causa es siempre la misma, las dificultades económicas, que la parcelita ya no daba y que el único camino fue venirse a la ciudad, en busca de la comida. Como se les cierran todas las puertas, se dedican a la venta ambulante. Instalan un puesto de cigarrillos o de confites y, en el mejor de los casos, dejan a los pequeños en las guarderías. Si viven con su esposo no se les disminuyen los conflictos. En este gremio el hombre piensa mucho que la mujer es de la casa y tienen que pelear consigo mismos para aceptar que ella esté en la esquina todo el día vendiendo.

T.R.: Y referente a la cuestión de los hijos, ¿qué opinan?

Ligia Villamil: Tener hijos, ser madre, no es la realización máxima de la mujer; puede emprender otras cosas más grandes.

T.R.: Hay muchas satisfacciones y tareas en la vida, es verdad. Pero obviamente la procreación es una de las necesidades vitales de la especie humana. De ahí que nosotros luchemos por una sociedad en la cual tener un hijo no sea una carga, como sucede en la actual.

Ligia Villamil: Es cierto, pero no como único objetivo. Si a mí se me pone a elegir entre el Partido y mi familia, lo pienso y trato de arreglar las cosas de manera que los hijos no vayan a ocasionar problemas, pero en últimas me voy con la revolución y el Partido.

T.R.: ¿Cree entonces que no es un anhelo de la mujer la procreación, que no obedece a una necesidad fundamental?

Ligia Villamil: Claro que es natural y necesaria, pero evidentemente la sociedad la obstaculiza. Se debe tener los hijos por los que se esté en condiciones de responder.

T.R.: ¿Y una persona pobre cuántos hijos lograría mantener?

Ligia Villamil: Realmente no es fácil hacer el cálculo. Si en esta época digo que voy a criar dos, más adelante no me atrevería a decir lo mismo porque toda va cambiando y poniéndose más difícil. He oído comentar que en este momento debe concebirse como máximo un hijo.

T.R.: ¿Piensa usted que un desempleado puede alimentar y educar a un hijo?

Ligia Villamil: No. La situación económica no se lo permite.

T.R.: ¿Y en el caso de los cuadros revolucionarios?

Ligia Villamil: Hace seis años no le vi impedimento al hecho de ser madre, pues no comprendía a cabalidad sus implicaciones. Luego, ya vinculada al Partido y cargada de responsabilidades políticas, analizo las cosas de otra manera. Ahora me esfuerzo por que los hijos no se conviertan en un obstáculo para mis labores militantes.

T.R.: ¿Atraeríamos a las mujeres divulgando el criterio de que los hijos no son una realización para ellas?

Ligia Villamil: Nos aislaríamos porque significa entrometernos en un asunto grave, íntimo. Es similar al tema de la religión, hay que respetar al máximo las creencias. Yo no debo decirle a una trabajadora que no tenga hijos, sino aprovechar la crisis y la disolución de la familia en Colombia para hacerle conciencia de las calamidades que vivimos.

Gloria Guerrero: En realidad las condiciones materiales ya no permiten ni siquiera los hijos. Para las mujeres que salen a trabajar son una traba. Por eso la solución de las guarderías contribuiría a remediar tan dramática contradicción.

T.R.: ¿Están de acuerdo con el control de la natalidad?

Néstar de Ferrer: Considerando todo lo que hemos planteado, el control de la natalidad sirve para tener solamente los hijos que se esté en capacidad de sostener. No obstante creo también que el gobierno ha querido imponer este control para quitarse de encima parte de sus responsabilidades. Mientras menos habitantes, menos escuelas y menos hospitales que construir.

T.R.: ¿Pero es usted partidaria, sí o no, del control natal?

Néstar de Ferrer: Sirve para evitar los hijos que no se alcance ni a educar ni alimentar.

T.R.: ¿Y Ligia?

Ligia Villamil: Me identifico también con esto. Aunque ha de dársele a la mujer la oportunidad de escoger el método que más le convenga, a fin de evitar cualquier daño físico. Lógicamente, en este sistema no lo vamos a conseguir. Por ahora nos toca utilizar los métodos que nos imponen para llevar a cabo la planificación familiar.

Gloria Guerrero: Respaldo plenamente el control natal. La mujer, que está de por sí impedida para cumplir un papel útil en la sociedad, cuanto más se llene de hijos, menores serán sus oportunidades.

La lucha por los derechos democráticos

T.R.: ¿Considera usted el control de la natalidad un derecho?

Gloria Guerrero: Claro, es un derecho de la mujer, porque es ella la que se embarca en el problema. Lo que pasa es que, en la realidad, ni el Estado ni nadie se lo asegura.

Néstar de Ferrer: Es un derecho, y de la mujer. Debería garantizarse que lo pueda utilizar cuando y como lo estime conveniente. Creo que la confusión que reina con respecto a ello se debe fundamentalmente al interés de ciertos sectores afanados por no permitir que las mujeres conozcan a fondo los distintos aspectos del control natal. Eso pesa indudablemente sobre el criterio acerca de la procreación. La falta de información y los prejuicios que existen sobre el tema, impiden el acceso de la mujer a los avances científicos que pueden permitirle elegir libremente si controla o no el número de nacimientos.

T.R.: ¿Aprueban el divorcio?

Néstar de Ferrer: Aquí la gente está divorciada desde hace rato. Se casa o se descasa cuando le provoca, o cuando las necesidades la acorralan. No es necesario que se haga tanta alharaca diciendo que se va a conceder este derecho. Me inclino, a favor del divorcio porque el matrimonio no debe ser una camisa de fuerza. Cuando la pareja considera que es imposible sostener la relación deben dársele las facilidades de acabar con el vínculo que la ata.

Ligia Villamil: Creo que todo cambia. No siempre se mantiene por toda una vida el sentimiento que une a los cónyuges. Por otro lado, la posibilidad de cancelar el contrato matrimonial no significa tampoco que se destruya la mayoría de las familias.

T.R..: ¿Es el divorcio un derecho del esposo o de la esposa?

Ligia Villamil: De los dos. Al igual que los hombres hay mujeres que no toleran que el marido se vaya con otra, que busque otros horizontes.

Gloria Guerrero: Yo digo que es de la mujer. En la práctica él se marcha cuando quiere. Ella no puede, porque casi siempre depende económicamente de aquél.

T.R.: Ligia, ¿qué comenta acerca de lo que acaba de expresar Gloria?

Ligia Villamil: No lo comparto mucho pues también hay mujeres que quieren amarrar al hombre.

T.R.: Entonces ¿por qué no se habla de la emancipación del hombre?

Marcela Cuéllar: El divorcio es un derecho de la mujer. Ella siempre está sometida al marido y a la casa. En esta sociedad el hombre puede tener varias mujeres y goza del privilegio de abandonar el hogar cuando le plazca.

Néstar de Ferrer: Es un derecho de la mujer porque dentro del matrimonio la oprimida es ella. Yo he escuchado a varios hombres decir. “La que está casada es mi mujer”.

Ligia Villamil: Me voy a retractar. En las condiciones sociales vigentes el divorcio sí constituye una reivindicación fundamentalmente femenina, puesto que la mujer se halla en realidad sojuzgada por el hombre y es ella la que está sometida al hogar. Además, considero que con esta bandera gran cantidad de compañeras se identificará con nosotros.

Néstar de Ferrer: En Colombia todavía se mira con malos ojos a la mujer que se separa del marido y busca luego compañero. Se le trata como a una proscrita, acusándola de violar las normas y los cánones establecidos. El divorció ayudaría a terminar con esta discriminación injusta. A una mujer que se quita de encima el yugo marital no puede condenársele a la soledad por el resto de su vida.

T.R.: ¿Néstar ha participado alguna vez en grupos feministas?

Néstar de Ferrer: Nunca, porque no estoy de acuerdo con la concepción que defienden incluso públicamente. No me parece que el asunto se resuelva declarando la guerra entre los sexos. Ni mucho menos con organizaciones del tipo “Mujeres en acción”, como la aparecida en Barranquilla y comandada por señoras holgazanas de la oligarquía que empezaron haciendo alharaca con el problema de los servicios públicos para terminar defendiendo al gerente de las empresas públicas.

Ligia Villamil: Yo quisiera referirme a lo último que mencionó Néstar, porque considero que sirve para desenmascarar la hipocresía que caracteriza en este aspecto a las clases gobernantes en Colombia. Ellas son las responsables directas de la vida miserable en que se debaten millones de obreras, campesinas y empleadas, que en muchas ocasiones tienen que prostituirse para alimentar a sus hijos, y aun a las mujeres de su propia extracción social las tratan como simples objetos sexuales o las mantienen encerradas en sus casas realizando labores embrutecedoras, zonzas e inútiles. No obstante, cuando se presentan ante la opinión pública, cuando se hacen retratar en los periódicos o aparecen en los noticieros de televisión, siempre procuran dar la imagen de que respetan, admiran y veneran la condición de la mujer, siendo que sólo la utilizan demagógicamente para comerciar con ella.

Amparo España: ¡El caso típico de doña Nydia Quintero de Turbay! Cada vez que por negligencia del gobierno se derrumba un barrio popular en Manizales, se inundan las riberas del Magdalena Medio, o se desbordan los ríos de la Costa del Pacífico, la esposa del presidente de la República viaja al lugar de la tragedia acompañada por periodistas que la muestran repartiendo ropa de segunda mano entre la población damnificada. Lo que la prensa y la televisión no informan es que detrás de la sonrisa de doña Nydia se oculta el tráfico de votos de los gamonales turbayistas, como se comprobó después del terremoto de Nariño en diciembre de 1979.

La emancipación de la mujer
T.R.: Ocupémonos ahora de la emancipación de la mujer, ¿cómo la conciben?

Néstar de Ferrer: La mujer debe comprender que el trabajo que ha venido realizando en el hogar, atendiendo al marido y a los hijos, no es ciertamente productivo, sino que, por el contrario, la mantiene amarrada, esclavizada. Y sólo cuando salgamos de la servidumbre doméstica y nos vinculemos a la producción social alcanzaremos la emancipación, lo cual no será posible sino con el socialismo. Naturalmente, no faltarán quienes salten a decirnos que queremos acabar con la familia. Los medios de comunicación oligárquicos, desde hace mucho tiempo, pregonan que los Estados socialistas les quitan los hijos a las madres y a estas las obligan a trabajar fuera del hogar. Se trata de hacer aparecer al comunista como un ser sin sentimientos. Lo que nosotros haremos será abonar el camino para unas relaciones más plenas y humanas que no estén basadas en la sojuzgación de la mujer.

Gloria Guerrero: La emancipación definitiva de la mujer sólo se obtendrá con el máximo desarrollo de las fuerzas productivas, lo cual le permitirá participar en todos los frentes de la construcción de la sociedad. Ahora bien, nosotros tenemos que aclararles a las masas que esas condiciones materiales solamente podrán ser creadas haciendo la revolución, que libera las fuerzas del progreso. Entretanto, para vincular a las mujeres al proceso revolucionario pienso que debemos encabezar la pelea por sus derechos democráticos, concedidos en el papel más no en la práctica. Y es que la única manera de obtenerlos es participando en la lucha por la transformación económica, política y cultural del país.

Silvia Julio: En este punto yo diré, a mi alcance, que una mujer, si quiere ser verdaderamente libre, debe unirse a las demás mujeres que están en su misma situación. Es cierto que existen diferencias entre las obreras de las fábricas, las campesinas y las trabajadoras de la clase media, pero aun así es indispensable que se unan, porque sus enemigos son los mismos. A la compañera proletaria seguro que la tratan mal, le pagan todavía peor y la botan cuando el dueño de la empresa se le da la gana; he oído decir que a las que encuentran empleo en oficinas, o en el servicio doméstico, les pasa igual, y todo el mundo sabe que en las zonas rurales las condiciones son aún más humillantes. Por eso yo digo que las mujeres pobres, del campo y la ciudad, deberíamos unirnos. Y unirnos también con nuestros hombres, ayudándoles a echar para adelante.

Ligia Villamil: Yo considero que aun en el socialismo debemos continuar batallando por los derechos de la mujer, puesto que las contradicciones sociales no desaparecen totalmente y subsiste la lucha en el terreno económico, ideológico y político contra la burguesía, una clase machista por naturaleza. En la futura sociedad la auténtica liberación femenina requiere acabar con todos los intentos de restauración por parte del imperialismo y de las minorías reaccionarias, y hacer una o varias revoluciones culturales que transformen la mentalidad de la gente y le enseñen a juzgar a la mujer con nuevos valores.

T.R.: ¿Usted cree que el problema depende de eso, de un cambio en la mentalidad de las personas?

Ligia Villamil: Lo que quiero decir es lo siguiente. No hay duda de que las mujeres ocupan una posición subordinada debido a que la sociedad misma las condena a ejecutar labores que, en la mayoría de los casos, no tienen ninguna importancia, ninguna incidencia en la vida material, política y cultural del país. Mientras nosotras sigamos siendo amas de casa, sin contacto con el mundo exterior y dedicadas a oficios humillantes, nunca seremos capaces de romper el cerco en que nos encontramos. La mujer está obligada a vincularse a la producción social, a ir a las fábricas y al campo a realizar trabajos útiles para el medio en que se desenvuelve, si de verdad desea salir del atolladero y conseguir que sea valorada y respetada. Este constituye el primer paso para que el llamado sexo débil se pueda liberar de hecho y no sólo de palabra.

Amparo España: Por este motivo en la Colombia actual, donde ni siquiera la mayoría de los hombres llega a obtener empleo, la emancipación de la mujer es una quimera.

T.R.: ¿Qué opina Marcela?

Marcela Cuéllar: Solamente me gustaría añadir una cosa, relacionada con algo que se desprende, a mi entender, de todo lo que se ha dicho hasta el momento en esta entrevista. La verdadera liberación de la mujer no se va a conseguir sino con el desarrollo de las condiciones materiales. Es imposible que las labores domésticas no se realicen, pues, ¿cómo hacemos para comer? Es decir, mientras sexista el atraso habrá cocina hogareña y existirán las labores domésticas, que por tradición le han tocado a la mujer y le dan una visión limitada de las cosas.

Por eso pienso que la única salida es vincularnos a la revolución, con el objetivo de desarrollar las fuerzas productivas y para que la mujer pueda participar en la producción social y cambiar su concepción del mundo. Sólo la revolución permitirá, por ejemplo, la construcción de sala-cunas y de comedores grandes, de carácter social, en donde la comida no se prepare a escala individual sino colectivamente.

Amparo España: Cuando se habla del trabajo doméstico, sin embargo, hay que tener en cuenta lo que relataba ayer un camarada, al iniciar esta rueda de prensa. Los quehaceres de la cocina, del lavado de la ropa y de la ejecución de actividades productivas que se realizan dentro del hogar, cumplen aún una función en muchísimas regiones campesinas, particularmente en zonas apartadas, de colonización, donde los agricultores se abren camino en medio del atraso más tremendo. Allí las faenas domésticas no solamente son útiles y vitales, sino que en esas condiciones de aislamiento y de trabajo arduo la mujer ocupa muchas veces una posición más respetada, más digna, que le da autoridad para participar al lado del hombre en la política, en la toma de decisiones y en los trabajos productivos.

Silvia Julio: Cierto. En el campo, donde existen menos facilidades materiales y el atraso es mayor que en las ciudades, los hombres consideran más a la mujer. Yo por ejemplo tengo varios hijos y un montón de obligaciones en la casa, pero a mí nadie se atreve a imaginarme por eso. Mi trabajo vale tanto como el de mi marido, y por consiguiente lo hago respetar.

T.R.: ¿Qué debe hacer el Partido para movilizar y organizar a las mujeres? ¿Hay en Colombia condiciones para ello?

Gloria Guerrero: La consigna de poner a la mujer a luchar por sus derechos democráticos es decisiva, pero tiene que concretarse en algo. Debemos pugnar por organizar las amplias masas femeninas, que constituyen por lo menos la mitad del pueblo colombiano, y organizarlas alrededor de las necesidades sentidas por ellas. Tenemos suficientes elementos teóricos para nosotras, de acuerdo con las condiciones especificas. El primer paso consiste en la obligación de los militantes de profundizar sobre el tema, desentrañar los principales problemas de las mujeres en nuestros frentes y, en torno a ellos, reunirlas para explicarles las causas de su postración. La descomposición de la familia, por ejemplo, da mucho para hablar y examinar la situación de inferioridad de la mujer en nuestra sociedad.

Marcela Cuéllar: Esta mesa redonda ha reafirmado la posibilidad y la importancia de atender los problemas particulares de la mujer. Considero que debemos crear la inquietud en todo el Partido, para que se estudie, se investigue y se actúe en este campo. Las luchas de las mujeres surgen de las condiciones concretas de sojuzgación en que se hallan en cada esfera de la actividad social, luchas a las cuales debemos ligarnos, asumiendo su orientación. En el caso de El Carmen de Bolívar, que me concierne, el terreno está bien abonado, porque son miles los atropellos que las compañías tabacaleras cometen contra las trabajadoras.

Ligia Villamil: En los barrios populares de Bogotá también existen inmensas posibilidades para aglutinar y poner en pie de combate importantes contingentes femeninos. Encontramos a un gran número de trabajadoras, empleadas, estudiantes y amas de casa, que se interesan por los planteamientos del FUP y del Partido, y que nos han colaborado con entusiasmo en la campaña electoral. A nosotras nos corresponde recoger esa cosecha.

Amparo España: Dentro de las asociaciones campesinas hay labores para las cuales las mujeres están mejor capacitadas que el hombre. En Antioquia hemos visto algunos casos muy reveladores en este sentido, y hemos descubierto que la atención de centros de salud y escuelas comunitarias, por ejemplo, o la plantación de huertas para diversificar la dieta alimenticia, por lo general se cumplen con mayor eficacia si las compañeras se encargan de organizar, coordinar y adelantar el trabajo.

Néstar de Ferrer: Iniciemos una campaña de educación para aclarar a las mujeres por qué no gozan de sus elementales derecho, sin procurar un enfrentamiento entre los obreros y las compañeras, ya que la conquista de tales reivindicaciones es una tarea conjunta. Porque las injusticias que nos han aplastado secularmente no son sólo las del sexo masculino, sino también las de los capitalistas y terratenientes. En el magisterio, sector en el cual hay una gran mayoría de mujeres, es fácil impulsar esta campaña. Cosa semejante sucede en todos los sindicatos, donde el pensamiento del Partido acerca de la emancipación de la mujer ha de convertirse en uno de los puntales ideológicos de la lucha revolucionaria.

INDÓMITA LUCHA CONTRA LA NATURALEZA Y EL ESTADO

Al pie de las estribaciones de la Sierra Nevada del Cocuy, en el noreste de la Intendencia Nacional de Arauca, se abren hacia los Llanos Orientales las 330 mil hectáreas del Sarare. Se trata de una región que hasta hace 20 años el país prácticamente desconocía pero que ahora conforma una importante colonización agrícola en la cual viven 80 mil colombianos, desplazados de su tierra de origen por la violenta presión de los terratenientes. Son en su mayoría campesinos oriundos de los Santanderes y Boyacá, llegados en crecientes oleadas desde 1965, cuando Saravena que hoy en día tiene 20 mil habitantes y constituye el principal municipio de la zona, era apenas un campamento donde paraban las caravanas de mulas, levantado en medio de la selva insalubre y hostil. Sin embargo, cinco años después, aferrados a la ilusión de hacerse por fin a un pedazo de tierra propio, estos colonos ya habían civilizado 34 mil hectáreas.

Semejante faena la realizaron a costa de su salud, y en decenas de casos, entregaron la vida en la empresa; otros fueron impotentes testigos de la muerte de sus hijos, víctimas de enfermedades fulminantes. Actualmente muchos de aquellos pioneros, ya sin fuerzas para tumbar monte, no poseen más que la miseria que los llevó hasta esos parajes.

“Alternativa a la reforma agraria”
Desde finales del siglo pasado existía la idea de abrir una “trocha del Sarare” que comunicara al Norte de Santander con los Llanos y, en 1902, Juan Obando Estévez se aventuró por la comarca en un intento por establecer una fundación, que a la postre resultó vano. Tampoco lo lograría Benjamín Naranjo, diez años después. En 1945 se creó por iniciativa oficial una “Colonia agrícola y ganadera” en el Sarare, con 50 familias, pero este esfuerzo no dio frutos debido al clima malsano y a la falta de vías de comunicación. Solamente en 1962 llegó a Cobaría una precaria carretera desde Pamplona, que hizo posible el arribo de los primeros pobladores.

A partir de 1965 el gobierno colombiano, acogiendo recomendaciones de los Estados Unidos, que se hallaban alarmados por el auge de las luchas campesinas en América Latina, anunció varios planes de colonización que fueron presentados como una “alternativa a la reforma agraria”.

Para promover dos de ellos, el del Sarare y el del Ariari-Guéjar, en el Fondo de Operaciones Especiales del BID, prestó al Incora más de 600 millones de pesos que el país tendrá que ir amortizando en cuotas semestrales hasta 1994, con altos intereses, comisión de servicios y comisión de compromiso. Según el contrato, con dicha suma se resolverían los problemas de vías, salud, educación, desarrollo de parcelas, explotación forestal, inspección, vigilancia y administración del Proyecto. Con tales ofrecimientos fueron atraídos decenas de miles de campesinos sin tierra, que llegaron incluso de lugares tan distantes como el Valle o Antioquia y se encontraron, no obstante, con una realidad bien diferente.

Embotellamiento económico
Desde un comienzo los colonos del Sarare fueron abandonados a su suerte. La inmensa mayoría gastó sus ahorros en el viaje y llegó sólo con unos cuantos machetes. Proliferaron entonces, ante la falta de planificación, las fundaciones dispersas, de ocupación espontánea, para desarrollar las cuales los agricultores se vieron forzados a endeudarse, aparte de no contar con asesoría ni asistencia técnica alguna. Talaron y quemaron como pudieron, en una tierra apta para pastos, pero que, para la agricultura, requiere de prácticas intensivas de conservación de la capa vegetal. Los títulos de propiedad, cuando no les fueron escamoteados, tardaron varios años y contienen estipulaciones que en cualquier momento pueden invalidarlos pues contemplan, por ejemplo, prioridades para las concesiones madereras y petroleras.

Los campesinos dependían entonces de lo que les reportaba la venta de sus cosechas, teniendo que sobreponerse a las dificultades del mercado. Acometieron personalmente el transporte de los bultos de cacao, plátano, maíz, caraota y la madera hasta Saravena y allí quedaron embotellados, puesto que no hay carreteras ni hacia la capital intendencial, ni hacia el interior. Asimismo entregaron sus reses por lo que les pagaran en Venezuela. En tales condiciones, mientras la propaganda oficial decía que el problema no era de tierras sino de técnica, caminos, créditos e insumos, muchos de ellos abandonaron o malvendieron sus parcelas y de nuevo fueron condenados a trabajar como jornaleros, al igual que los indios tunebos, previamente desplazados a los suelos arenosos de la cordillera. La mayor parte de los que lograron sortear los primeros años se mantienen asfixiados por los intereses y las condiciones de los préstamos. Escasamente alcanzan a producir para el consumo familiar y cubrir las inversiones necesarias, los impuestos y demás gastos. Si acaso venden lo que cultivan, no tienen otra alternativa que la de someterse a los precios arbitrarios fijados por los monopolios compradores. Precisan siempre de nuevos créditos, y la Caja Agraria les subió los intereses, desde hace un año, del 22 al 29%.

Indigencia y represión
Al igual que las demás regiones de los Territorios Nacionales, el Sarare vive olvidado por el gobierno. A la falta de vías se suma la de energía, acueductos, pavimentación, tratamiento de aguas, salud y educación. Tres cuartas partes de los colonos viven en casas muy precarias y son pasto de todo tipo de enfermedades tropicales. Un 60% de la población padece paludismo y abundan la anemia, la desnutrición, la gastroenteritis, el parasitismo y las epidemias de fiebre amarilla, muchas veces mortales.

A tal punto llega la indiferencia oficial que en agosto pasado, pese a las advertencias de los campesinos, una pequeña quebrada se represó en la vereda Calafitas, arrastró consigo miles de toneladas de lodo y tierra que anegaron 3.600 hectáreas y dejaron 50 muertos, mil heridos y más de cien familias en absoluta indigencia.

Casi simultáneamente con el descubrimiento de yacimientos petrolíferos cuya producción potencial se calcula en unos 30 mil barriles diarios, y que serán explotados por varios monopolios imperialistas, el Sarare adquirió el aspecto de una zona de guerra. Desde la base militar de “La Ye”, el ejército manda a su antojo sobre la población so pretexto de combatir las guerrillas. El hostigamiento de la tropa es tan violento que, entre Puerto Miranda y Betoyes, por ejemplo, hay quienes prácticamente están regalando la tierra. El 31 de octubre, el alcalde de Saravena prohibió, a pesar de la demagogia oficial sobre garantías electorales, el acto programado como parte de la campaña del FUP, el cual tuvo que realizarse en un recinto cerrado, en la vereda de El Pescado. Y en diciembre, la Organización Campesina Intendencial de Arauca, Ocida, denunció el asesinato de dos de sus miembros, Domingo Velandia y Justo Pastor Pérez, cerca de la población de Fortul.

Sin embargo, el pueblo sarareño ha aprendido a luchar en pro de sus derechos. No en vano fue a través de combativos paros cívicos, y en especial del de 1972, que se prolongó por varios días, como Saravena logró la construcción del hospital. Por esta razón grupos de jornaleros, cosecheros, aserradores y pequeños y medianos propietarios de esta región se hicieron presentes en la fundación de la Ocida, el 14 de enero de 1981, en Tame, y en su primera asamblea general.

Poco tiempo después nacía en Saravena el Comité Regional de Solidaridad del Sarare, del cual forman parte los sindicatos del magisterio y del Incora, así como vendedores ambulantes, comerciantes menores, trabajadores de la salud, estudiantes y campesinos. Ni las amenazas ni la abierta persecución han impedido que también en Arauca el pueblo se organice y acoja el lema de la Ocida: “Sin derrocar el poder actual, los obreros y campesinos no conquistaremos ni la libertad ni la tierra”.

LA CONCESIÓN BARCO: UNA OPROBIOSA ENTREGA DE LA QUE NO HABLA EL LLERISMO

El compañero Álvaro Concha, secretario regional del MOIR en Norte de Santander, escribió recientemente un pequeño libro titulado La Concesión Barco: síntesis histórica de la explotación petrolífera del Catatumbo, que hemos querido resumir en este número de Tribuna Roja, por dos razones principales. En primer lugar, porque se trata de la denuncia de uno de los atropellos más aberrantes que han infligido al país los monopolios norteamericanos y, en segundo lugar, porque Virgilio Barco Vargas, el personaje que tal vez sacó mayor provecho de esta entrega de nuestros recursos naturales, fue presentado hace poco al pueblo colombiano como un paradigma de honestidad, pulcritud y decencia administrativa. El ex candidato llerista del Partido Liberal, según los patrocinadores de su campaña, era el hombre indicado para regenerar las costumbres políticas de la nación, acabar con el tráfico de prebendas e iniciar una nueva era de progreso y “soluciones efectivas”.

Sin embargo, la historia de la Concesión, que comienza el 16 de octubre de 1905, configura una monstruosa ignominia de la que no habla el llerismo. Ese día el presidente Rafael Reyes firmó un contrato con el general Virgilio Barco Martínez, antiguo prefecto de la provincia de Cúcuta, por medio del cual se autorizaba a este último para usufructuar fuentes de petróleo en cerca de 200 mil hectáreas baldías ubicadas en la región del Catatumbo, a pocos kilómetros de la frontera con Venezuela. El plazo de la concesión era de 50 años y el Estado percibiría el 15% de las utilidades líquidas. El beneficiario quedaba exento de impuestos; debía presentar planos y estudios de la zona al cabo de un año y empezar la producción tres años después; estaba facultado para aprovechar los yacimientos mineros y todos los demás materiales que encontrara en el área; y podía traspasar sus derechos adquiridos a cualquier individuo o compañía nacional o extranjera, previa autorización del gobierno. Una cláusula final, para salvar las apariencias, se refería a las causales de caducidad, entre las cuales se destaca la de que si el contratista no comienza los trabajos en el plazo establecido, la concesión revierte inmediatamente al país, y de manera gratuita.

Lejos de internarse en las inhóspitas selvas tropicales del Catatumbo para extraer petróleo crudo y ponerlo al servicio del desarrollo nacional, como pretenden sus apologistas, el general Virgilio Barco se limitó a instalar en una población cercana a Cúcuta un pequeño alambique para destilar queroseno y se dedicó con preferencia a desempeñar la labor de vendepatria, para la cual estaba mucho más capacitado. En enero de 1918 logró vender los derechos de la concesión a un consorcio norteamericano denominado Carlb Sindícate, de New York, que a su vez los revendió a otra compañía hasta que cayeron en poder de la Colombian Petroleum Company, Colpet. Aunque ya en 1908 Barco había incumplido varias obligaciones del contrato, incluida la de iniciar la explotación dentro del término de tres años, el Consejo de Ministros aprobó la transferencia y el general recibió 100 mil dólares en efectivo, algunas acciones de la empresa y el 15% de la producción total, lo que significaba una suma tres veces superior a la que percibía el Estado colombiano por concepto de regalías.

La danza de los millones
A principios del presente siglo, mientras el general Virgilio Barco instalaba su alambique y se consagraba a vender los yacimientos petrolíferos del Catatumbo al mejor postor, en los Estados Unidos y en los principales países industrializados de Occidente se operaba una transformación económica y política fundamental; los tiempos de la libre competencia habían cedido el paso a la era de los monopolios; el capital financiero se adueñaba de las palancas claves de la producción, y los trusts se lanzaban a la conquista del mercado mundial y de las fuentes de materias primas en medio de enconadas disputas. El capitalismo, en una palabra, había iniciado su fase imperialista; la burguesía de las naciones “civilizadas” enterraba las banderas revolucionarias con que había convocado a los de abajo en su lucha contra el feudalismo, y un puñado de banqueros poderosos imponía su voluntad a los pueblos oprimidos de Europa, Asia, África y América Latina.

El advenimiento de la nueva época generó importantes cambios en la situación interna del país, que después de la separación de Panamá, en 1903, y a semejanza del resto de naciones del Hemisferio, fue ingresando paulatinamente a la órbita neocolonial de los Estados Unidos. En 1913 las inversiones norteamericanas entre nosotros ascendían a la modesta suma de cuatro millones de dólares; siete años más tarde, en 1920, ya se habían multiplicado por ocho, y de ahí en adelante irían aumentando a un ritmo sostenido hasta llegar en 1929 a los 280 millones de dólares. Yacimientos de petróleo, minas, puertos, ferrocarriles, plantaciones, carreteras y grandes obras públicas caían bajo el dominio de unos cuantos hombres de negocios radicados en Pittsburg, New York, Filadelfia y otras ciudades del imperio.

La entrada creciente de capitales, junto con los primeros brotes de la industria nacional, propició el avance de la economía y contribuyó al nacimiento del proletariado colombiano. La reforma financiera del profesor Edwin Kemmerer, contratada por el gobierno de Pedro Nel Ospina, en 1923, allanó aún más el camino para el flujo acelerado de los empréstitos yanquis, y en 1928 la deuda pública de la nación con los Estados Unidos ya representaba una hipoteca de 171 millones de dólares.

Norteamérica, por otra parte, se había fortalecido notablemente a raíz de la Primera Guerra imperialista, cuyos campos de batalla convirtieron el petróleo en uno de los recursos estratégicos más codiciados del planeta. Los monopolios estadounidenses del ramo se contaban entre las mayores sociedades anónimas del mundo occidental y los ingresos eran superiores a los de casi todos los países donde operaban; sus flotas tenían más tonelaje que muchas marinas nacionales de América Latina; el comercio de sus combustibles era invulnerable a las leyes de la oferta y la demanda y a los caprichos de las bolsas de valores, y sus agentes en el extranjero se desempeñaban como funcionarios diplomáticos que urdían intrigas palaciegas, derrocaban gobiernos y financiaban golpes de Estado.

Uno de estos pulpos petroleros, la Standard Oil of New Jersey, hoy conocida como Exxon, y perteneciente a la familia Rockefeller, adquirió las acciones de la Tropical Oil Company, Troco, que en 1921 inició los trabajos de la Concesión de Mares en el Magdalena Medio. Y cinco años después, el 5 de enero de 1926, la Gulf Oil Company de los hermanos Mellon, una empresa rival de la Exxon, compró los derechos mayoritarios de la Colombian Petroleum Company, Colpet, que explotó los yacimientos de la Concesión Barco hasta el 9 de septiembre de 1981.

La diplomacia del dólar
Los hermanos Andrew y Richard Mellon, de Pittsburg, Pensilvania, uno de los grandes centros metalúrgicos de los Estados Unidos, eran propietarios de un conglomerado financiero que a comienzos de los años veinte controlaba 35 bancos comerciales, varias compañías de seguros, una corporación productora de aluminio y un consorcio de campos y refinerías de petróleo con intereses en muchas partes del mundo. Se calcula que a disposición directa o indirecta de los dos hermanos se hallaban por aquel entonces unos 13 mil millones de dólares; su fortuna figuraba inmediatamente después de las de Rockefeller, Morgan y Ford, y en 1921 el presidente Harding designó como secretario del Tesoro de su primer gabinete a Andrew Mellon, un cargo que este ocuparía hasta 1929.

Entre sus múltiples empresas familiares se encontraba la Gulf Oil Company, que gozaba del suficiente poder económico y político para echar atrás las determinaciones de cualquier gobierno, y que compró los derechos de la Concesión Barco a sabiendas de que el Ejecutivo colombiano estaba a punto de declarar la prescripción del contrato firmado en 1905.

Veamos cómo se desarrolló esta truculenta historia. El 2 de febrero de 1926, a los 28 días de haberse formalizado la venta de la Colpet al emporio de Pedro Nel Ospina declaró que “del estudio detenido que he hecho de este asunto he llegado a la convicción de que la Concesión Barco está caducada”, y acto seguido promulgó el decreto correspondiente. En él se decía que el concesionario, el general Virgilio Barco, había incumplido las cláusulas que lo obligaban a presentar planos y estudios de la región del Catatumbo, a comenzar los trabajos de explotación dentro del término acordado tres años y a pagar las regalías pactadas con la nación, el 5% del producto bruto. La sentencia oficial agregaba que, por no haber observado ninguno de estos compromisos, el general no tenía facultades para traspasar sus derechos a terceros.

Aunque algunos historiadores se habían esforzado por encontrarle a esta medida diversos “aspectos positivos”, supuestamente nacionalistas, lo cierto fue que Pedro Nel Ospina jamás defendió los recursos naturales del país frente a las pretensiones de los pulpos norteamericanos, como la prueba, entre otras cosas, la legislación petrolera que expidió durante su mandato. Su administración amplió el plazo para otorgar futuras concesiones, aumentó en diez años la prórroga de las mismas y colmó de privilegios a los monopolios extranjeros, especialmente a la Andian National Corporation, una empresa filial de Rockefeller que en 1923 inició la construcción del oleoducto Barrancabermeja-Cartagena. El contrato que firmó con aquella compañía lesionaba hasta tal punto los intereses de Colombia que el Congreso tuvo que investigar las denuncias de la opinión pública, muchas de las cuales demostraron que altos funcionarios de la rama ejecutiva, judicial y legislativa, sin, excluir al Presidente de la República, habían recibido cuantiosos sobornos de la Andian.

El hecho de que Pedro Nel Ospina prefiriera tratar con Rockefeller, sin embargo, no desanimó a Andrew Mellon, un hombre que podía contar con el respaldo de inmensas sumas de dinero y con el apoyo discreto pero efectivo de la Casa Blanca. No obstante, su paciencia pareció llegar al límite cuando Miguel Abadía Méndez, el candidato triunfante en las elecciones de 1926, confirmó el decreto de caducidad de la Concesión Barco. Mellon puso a funcionar sus influencias en el Departamento de Estado y en enero de 1928 el embajador de los Estados Unidos en Colombia, Samuel Piles, manifestó su profunda extrañeza “por la determinación del gobierno” y la consideró “contraria a las prácticas usuales entre naciones amigas”. Los abogados de la Colpet y los herederos del general Virgilio Barco acusaron al primer mandatario de tener acuerdos secretos con la Anglo Persian, una compañía británica que pretendió explotar los yacimientos del Golfo de Urabá, y en sus alegatos invocaron la protección de la Doctrina Monroe y blandieron las más burdas amenazas. Finalmente, en septiembre de 1928, Andrew Mellon logró que el Departamento de Comercio de los Estados Unidos expidiera la “circular especial No. 305”, un documento que alertaba a los banqueros norteamericanos sobre los riesgos de invertir en Colombia y que en la práctica significó un chantaje a través de la manipulación de los empréstitos externos, lo que provocó una profunda crisis en los altos estamentos oficiales del país.

El magnate de Pittsburgh le había puesto el dedo en la llaga a la oligarquía colombiana. Enrique Olaya Herrera, a la sazón embajador en Washington, entró en contacto inmediato con la National City Bank de Nueva York, con el Departamento de Estado y con el propio Mellon, y todos ellos insistieron en que la revocatoria del decreto de caducidad de la Concesión Barco, así como la redacción de un nuevo código petrolero, eran requisitos indispensables para “restablecer la confianza de los inversionistas” y reabrir la llave de futuros créditos.

El contrato Chaux – Folsom
Aunque a la larga se presentara una relativa recuperación de la producción colombiana, la Gran Depresión de 1929 tuvo sus repercusiones calamitosas para la nación. Los ingresos del gobierno disminuyeron en un 50% durante el lapso de unos pocos meses, el comercio exterior descendió vertiginosamente y el mercado interno se redujo a los artículos más imprescindibles. Muchos pequeños y medianos empresarios se vieron abocados a la quiebra y fueron absorbidos por los bancos. Los salarios bajaron y la miseria en que se debatían las masas populares, acorraladas por la usura y la inflación, las condujo a numerosas huelgas, paros y protestas.

El último cuatrienio de la llamada Hegemonía Conservadora, instaurada en 1886, se derrumbó en las elecciones de 1930, y un miembro del Partido Liberal llegó a la Presidencia de Colombia por primera vez en casi medio siglo.

Pero el liberalismo de Enrique Olaya Herrera, Alfonso López Pumarejo y otros “reformistas” de la época ya se había convertido en lo que es actualmente; una fuerza política con jurisdicción y mando al servicio de los testaferros del imperialismo. En el caso particular de Olaya Herrera, que gobernó con una facción del Partido Conservador hasta 1934, sus actos estuvieron dirigidos a truncar el avance del movimiento obrero y a cumplir al pie de la letra los dictámenes que había recibido cuando era embajador ante la Casa Blanca. Poco después de haberse posesionado de su cargo sancionó la Ley 37 de 1931, o “ley del Petróleo”, un conjunto de disposiciones redactadas por George Rublee, asesor del Departamento de Estado, y ese mismo año el señor Clarence Folsom, apoderado de los hermanos Mellon, suscribió con el ministro de Industrias del régimen liberal, Francisco J. Chaux, el convenio que retribuyó la Concesión Barco a sus antiguos dueños.

El contrato Chaux Folsom, que obtuvo la bendición del Congreso en marzo de 1931, devolvió a la Colombian Petroleum Company, Colpet, el dominio exclusivo sobre los yacimientos petrolíferos del Catatumbo, y facultó a la South American Gulf Oil Company Sagoc, socia de la anterior, para construir el oleoducto Tibú-Coveñas. La Colpet, tenía “derechos de vías” y “servidumbres” en un área de 187 mil hectáreas y era libre de utilizar toda la tierra que requiriese para campamentos, tanques, bodegas, instalaciones, caminos telégrafos, teléfonos, edificios de habitación, piedras y maderas, “incluyendo la leña necesaria”. Podía emplear los terrenos “para hacer potreros para ganados y bestias de servicio y para hacer plantaciones agrícolas”, al tiempo que la Sagoc quedaba autorizada para usufructuar “una zona autónoma y privilegiada, paralela al oleoducto y sus ramales, de 30 metros de extensión a cada lado de aquel y de estos”. Según los términos del acuerdo, el erario recibía el 10% del producto bruto y la familia Barco el 3.5%. La vigencia de la concesión expiraba a los 50 años y a las compañías se les permitía vender el combustible al gobierno colombiano con los mismos precios de Puerto Arturo, Texas, los más altos del mundo. H.A. Metzger, representante ejecutivo de la Tropical Oil en Bogotá, exclamó al conocer los resultados de la negociación: “Es el mejor contrato que yo haya visto en Colombia; ¡es maravilloso!”.

Diez lustros de pillaje
En agosto de 1931, una vez “restablecida la confianza de los inversionistas”, la Colpet abrió sus oficinas en Cúcuta y el National City Bank de New York aprobó un crédito de 20 millones de dólares para el gobierno colombiano. Al año siguiente entraron por los ríos Catatumbo y Sardinata las embarcaciones de la South American Gulf con las primeras herramientas de taladro. Por el ferrocarril de Táchira y las vías fluviales que desembocan al Lago de Maracaibo llegaron los equipos de perforación que luego seguían por carretera y a la naciente población de Petrólea, y miles de desposeídos abandonaron el campo para “engancharse” con la empresa a cambio de una paga miserable. El origen de las luchas de estos obreros se remonta a julio de 1934, durante la llamada “huelga del arroz”, cuando se apoderaron de la planta de energía en protesta contra la pésima alimentación que se les descontaba del sueldo todas las quincenas. Cuarenta días más tarde se revelaron 400 operarios en solidaridad con un compañero despedido, y poco a poco se fueron echando los cimientos para la creación del Sindicato de Trabajadores del Catatumbo, Sidelca, que agruparía a los asalariados de la Colpet y de la Sagoc.

Por otra parte, a mediados de 1936 los hermanos Mellon vendieron sus acciones en la Colpet a dos compañías norteamericanas, la Mobil Oil y la Texaco, que en 1938 empezaron los trabajos del oleoducto cuando ya se hallaban cerca de 40 pozos perforados. Una pequeña refinería se terminó de construir el 2 de octubre de ese año, y en 1939 se inició la explotación comercial con un promedio de 17 mil barriles diarios.

Durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, el transporte de combustible se tornó cada vez más difícil para los aliados, y esta circunstancia se reflejó de inmediato en la producción del Catatumbo, que en 1942 descendió a menos de la cuarta parte de lo que había sido en 1939. A pesar de que Colombia importaba por aquel entonces más de 34 millones de galones de gasolina, la Colpet ordenó licenciar a centenares de trabajadores alegando como causales el conflicto bélico y la estrechez de las exportaciones. Sólo después de 1945 la extracción del crudo de la Concesión Barco volvió a ser lo suficientemente rentable a los ojos de los monopolios del petróleo, y en la década siguiente, de 1951 a 1960, la concesión alcanzó el mayor rendimiento de su historia: 26 mil barriles diarios.

Entre tanto, los obreros desafiliaron el sindicato de la UTC en 1959, y en agosto de 1960 se lanzaron a una huelga de 29 días exigiendo la derogatoria del sistema de contratistas y de la “cláusula de reserva”, una norma que autorizaba a la empresa para despedirlos sin fórmula de juicio. Un año después realizaron multitudinarias manifestaciones callejeras para demandar la nacionalización de la Colpet, pero el ministro de Minas de Alberto Lleras Camargo, Hernando Durán Dussán, negó reiteradamente la solicitud.

A partir de ese momento declinó la producción en forma vertical, y en 1964 la compañía principió a preparar su retirada, vendió los equipos que debía transferir sin costo alguno al país; desmanteló las instalaciones y dejó los pozos exhaustos; eliminó los departamentos de taladro y las actividades extractivas y los trabajadores de las cuadrillas de perforación “fueron trasladados a servir en los clubes, bares, casinos y otras dependencias”.

En tales condiciones estalló la huelga de 1971, durante la administración de Misael Pastrana, que pronto se convirtió en un paro cívico que repudió al consorcio imperialista en todo el Norte de Santander. Los obreros exigieron la reversión de la Concesión y como resultado de las protestas, que se prolongaron por varias semanas, una comisión gubernamental designada en medio del conflicto tuvo que reconocer que la compañía había violado distintas obligaciones del contrato, y entre ellas mencionó el no pago de regalías a la nación, la venta ilegal de muchos materiales y “el mal estado de mantenimiento de los campos petroleros”, de la maquinaria y los equipos de las vías de acceso y de los pozos”. Por último, el ministro de Minas se vio obligado a promulgar una resolución en la cual afirmaba que “cabía declarar la caducidad” del convenio firmado con la Colpet en 1931.

Era tan descarado el abandono de los yacimientos que ni el gobierno podía dejar de registrar el hecho. Pastrana amenazó a la Colpet e hizo públicas las conclusiones de la comisión tratando de ganar tiempo para desmovilizar el paro cívico departamental, dividir la huelga y aumentar las medidas represivas. Y una vez conseguidos estos objetivos, el régimen declaró que la Colombian Petroleum Company había ‘subsanado las faltas que se le imputaron en 1971’ y procedió a comprar lo que debía revertir gratuitamente al país. El 17 de marzo de 1972, por la suma de 55 mil dólares, la Mobil Oil vendió sus acciones en la Concesión Barco al Estado colombiano, y tres años después, en 1975, Alfonso López Michelsen recibió los derechos de la Texaco a cambio de hacerse cargo del fondo de jubilaciones de los trabajadores, que ascendía a una cifra superior a los 700 millones de pesos. Ecopetrol pasó a manejar unos campos que entraban en barrena inexorablemente, luego de que las compañías foráneas, en un lapso de 50 años, extrajeron más de 256 millones de barriles de petróleo, distribuidos de la siguiente manera: el 88.25% para la Colpet, el 8.25% para Colombia y el 3.5% para la familia Barco. Este último porcentaje, consignado en New York, arrojaba una renta líquida de más de 52 mil dólares mensuales.

La escandalosa historia de la Concesión Barco, en resumidas cuentas, demuestra que todos y cada uno de los gobiernos liberales y conservadores del presente siglo, sin excluir a ninguno, han representado los intereses del imperialismo yanqui y de un reducido círculo de cortesanos que desempeñan el papel de intermediarios.

El general Virgilio Barco Martínez era uno de aquellos favoritos de Palacio que traficaron con el patrimonio del país y crearon una casta oligárquica íntimamente vinculada a los monopolios norteamericanos, y su nieto, el frustrado candidato del llerismo para las elecciones de 1982, es en la actualidad uno de los más caracterizados exponentes de ella. Aunque los dos ex mandatarios que patrocinaron la candidatura de Virgilio Barco Vargas intentaron presentarlo como un hombre ajeno a los vicios seculares de la política colombiana, hoy condensados en Alfonso López Michelsen, lo cierto fue que lo escogieron en virtud de su larga hoja de servicios a las clases dominantes criollas y a las entidades financieras de los Estados Unidos. La historia de Virgilio Barco, como la de la concesión que lleve su nombre, está hecha con la entrega del país y con la explotación del pueblo colombiano.

A los 60 años de la invasión: «LOS AFGANOS PREFIEREN MORIR CIEN VECES A RENDIRSE UNA SOLA VEZ»

Después de 26 meses, 100.000 soldados soviéticos continúan hollando el territorio de Afganistán y masacrando sin piedad a su pueblo, no obstante el repudio universal que ha provocado la invasión y los contratiempos que ésta le acarrea al Kremlin. La barbarie de que han hecho gala los socialimperialistas no ha podido doblegar a los valientes guerrilleros afganos que en desigual combate mantienen a raya a las divisiones rusas, equipadas con los más sofisticados y letales armamentos. La consigna de “Fuera rusos de Afganistán” retumba por doquier en el mundo y recuerda a los pueblos hasta donde es capaz de llegar Moscú en su desaforada carrera expansionista. En la agreste geografía de ese remoto país de quince millones de habitantes se libra un duelo entre la mayor potencia militar de todos los tiempos y una atrasada nación del Tercer Mundo que se desangra en la lucha por defender su soberanía.

Los afganos no se rinden

“Nosotros no nos transformamos en intrusos en las tierras de otros y no nos inmiscuimos en los asuntos internos de otros. Pero siempre lograremos defender nuestros derechos y legítimos intereses”. Esta declaración formulada por Leonid Brezhnev, en agosto de 1980, a propósito de Afganistán, revela el descaro de los revisionistas del Kremlin, quienes de palabra se dicen respetuoso de la independencia de las naciones pero en la práctica pisotean este precepto esencial del internacionalismo proletario. Un artículo aparecido en la revista Novedades de Moscú, en abril de 1980, indicaba: “El principio de la no intervención en su conjunto es bueno… pero la historia y la política no siempre concuerdan con fórmulas legales”. Estos son algunos de los razonamientos esgrimidos por los soviéticos para justificar la agresión contra Afganistán, la cual hasta ahora presenta un dantesco saldo de más de medio millón de muertos entre la población civil, dos millones de refugiados, centenares de aldeas demolidas e incontables cosechas arrasadas.

En su furor bélico, los invasores han empleado toda clase de armas contra la resistencia, incluidas las químicas. Abundan las pruebas del uso de una sustancia, denominada “lluvia amarilla”, que los aviones rusos dejan caer sobre las montañas afganas y que provoca en sus víctimas la muerte por asfixia. De igual modo, se han arrojado bombas de napalm y defoliantes contra indefensos aldeanos que para protegerse muchas veces no cuentan sino con viejos fusiles.

Un soldado del ejército pelele de Kabul, quien desertó y huyó a Pakistán, hizo a unos periodistas franceses el siguiente relato, en mayo de 1980: “Partimos y más tarde entramos a una aldea llamada Setté Kandao. Las casas de los mudjahidin (combatientes guerrilleros) estaban todas destruidas por las bombas. En nuestras filas habían muerto 300 rusos y 200 de los nuestros. Capturamos cuatro heridos. Entonces ví con mis propios ojos cómo fueron enterrados vivos”.

A la pregunta de quién había dado la orden, el soldado repuso: “El oficial soviético, el ruso. Yo vi cómo, heridos pero aún vivos, se les enterró con un buldózer”. Dubandím, una aldea situada 50 kilómetros al sur de Kabul, fue atacada por aire y tierra; cuando las tropas rusas llegaron, la villa había sido convertida en un montón de escombros y casi todos sus moradores yacían muertos por la metralla y las bombas. Un puñado de sobrevivientes logró escapar rumbo a Pakistán, donde relató los pormenores de la masacre. Actos de salvajismo como los reseñados dan una idea de la forma como las hordas del socialimperialismo adelantan su guerra de exterminio contra el pueblo afgano. Empero, tales crímenes han tenido el efecto de acrecentar la tenacidad de la resistencia popular, que hoy tienen bajo su influencia extensas zonas rurales, en las cuales los ocupacionistas no osan incursionar sino esporádicamente. Las fuerzas soviéticas tienen que pagar un alto precio en vidas y material bélico por cada una de las campañas punitivas que lanzan contra los bastiones afganos, los cuales mejoran su capacidad de fuego con las armas arrebatadas al enemigo. Un veterano luchador mudjahidin expresa el espíritu de combate que anima a su pueblo cuando afirma: “Los afganos prefieren morir cien veces a rendirse una sola vez”.

En una situación como la descrita no resulta extraño que la desmoralización cunda en el ejército títere; de los cien mil efectivos con que contaba en 1979, hoy no llega a 30.000, puesto que las deserciones en masa se suceden cada vez con mayor frecuencia. Las defecciones también ocurren en el seno del gobierno de Karmal. El 25 de octubre de 1980, un funcionario del régimen, Akhtar Mohammed Paktiawal, jefe de la delegación afgana ante la XXI conferencia de la Unesco, celebrada en Belgrado, se asiló y denunció públicamente: “Afganistán ya no es un país libre. Está completamente dominado por la Unión Soviética, pero lucha por sacudirse tal dominación… y echará a puntapiés al dominador ruso”. A finales del año pasado, huyeron a Pakistán numerosas personalidades de Kabul, como el director de la oficina para la reforma agraria, el redactor en jefe de noticias de la televisión nacional, un juez del Tribunal Supremo y varios destacados intelectuales.

Los Estados del mundo han manifestado su repudio a la intervención de Moscú. El 20 de noviembre de 1980, la Asamblea General de la ONU aprobó por 11 votos contra 22 una resolución que exige el retiro inmediato de las tropas foráneas de Afganistán. Era la segunda oportunidad en que dicho organismo hacía un pronunciamiento en este sentido. Y el 18 de noviembre del último año, de nuevo las Naciones Unidas aprobaron, por 116 votos a favor, una condena a la presencia de las divisiones rusas en aquel país.

Por otra parte, el Tribunal Permanente de los Pueblos por Afganistán, conformado por demócratas de los cinco continentes, concluyó en su primera sesión de mayo de 1981, “La intervención soviética en Afganistán constituye una agresión en el marco del derecho internacional, contra la soberanía, la integridad territorial y la independencia política del Estado afgano y un atentado contra los derechos nacionales fundamentales del pueblo afgano”. Con base en innumerables testimonios y pruebas, el Tribunal constató el empleo, por parte del ejército ruso, de armas como gases tóxicos, bombas de Napalm, minas antipersonales y otras; también denunció las atrocidades de los invasores para con los prisioneros de guerra, a los que primero torturan y luego ejecutan.

Afganistán y las superpotencias

Los intereses de la URSS son dobles; por un lado, están las vastas riquezas naturales de Afganistán, aún sin explotar; y por otro, la importante ubicación geográfica de esta martirizada nación, a mitad de camino entre Rusia y el Océano Índico y el Golfo Pérsico. Afganistán posee grandes yacimientos de gas natural, estimados en unos 1.700 millones de metros cúbicos, y depósitos de hierro y cobre calculados en 2.000 y 3.500 millones de toneladas, respectivamente. Asimismo, cuenta con reservas de petróleo, cromo, berilio, plomo, zinc, bauxita, litio, uranio, carbón, tantalio y barita. Para una superpotencia que como la Unión Soviética se prepara febrilmente con miras a una confrontación global, los recursos de su indefenso vecino no son nada despreciables.

Además, al poner un pie en Afganistán, los expansionistas soviéticos se aproximan considerablemente a la estratégica región del Golfo, en cuyos alrededores ya tienen firmes bases de apoyo. La inestabilidad crónica de Irán, las tensiones entre Pakistán y la India y el conflicto árabe-israelí son todos factores que en un momento dado pueden servir a la URSS para pescar en aguas revueltas e implantar su yugo en esa área. Es por ello que el Kremlin ha declarado enfáticamente que el problema afgano tiene que ligarse a los asuntos del Golfo. Hace poco un alto jerarca ruso dijo: “Los intereses vitales soviéticos en Afganistán son, naturalmente, mayores que los norteamericanos, porque este país está situado al sur de nuestra frontera, pero a miles de kilómetros de Estados Unidos”. (Afganistán posee límites comunes con Rusia a lo largo de 1.200 kilómetros). Con razón el señor Gromyko señaló que la exigencia del retiro del ejército ruso de Afganistán “es una ilusión”.

Para la superpotencia de Occidente el estacionamiento de fuerzas soviéticas tan cerca del Oriente Medio ha constituido un desafío. En los dos últimos años Washington tomó ciertas medidas contra la URSS, tales como el embargo cerealero (de mínima eficacia y suspendido a mediados de 1981 por Reagan), el boicot de las Olimpiadas de Moscú y el refuerzo de su flota del Índico. La administración republicana se esmera en incrementar la presencia militar yanqui en el Cercano Oriente, a la vez que proclama que está dispuesta a suministrar armas a los rebeldes afganos, lo cual fue aprovechado de inmediato por el Kremlin para justificar su vandálica ocupación de Afganistán.

Indudablemente los mayores esfuerzos de la Casa Blanca se han concentrado en apuntalar la capacidad defensiva de Pakistán, el único país del Sudoeste Asiático con que cuentan los norteamericanos para oponerse al avance socialimperialista. Desde hacía casi quince años Estados Unidos había impuesto un bloqueo a la venta de armas a dicha nación, principalmente porque estaba en contra de que el régimen de Islamabad desarrollara tecnología nuclear con fines bélicos, con ser que la India hizo explotar su primera bomba atómica en 1974. Pero los sucesos de Afganistán hicieron cambiar la postura del tío Sam hacia los paquistaníes, quienes han dado refugio a cerca de dos millones de afganos que viven en noventa campamentos a lo largo de la extensa frontera. Semejante situación, sumada a que Pakistán se encuentra en la senda de los tanques soviéticos hacia el Índico, ha puesto en peligro la seguridad de ese Estado. Al mismo tiempo, la India, unida a la URSS por un tratado militar desde 1971 y enfrentada a Pakistán por las viejas rencillas que en menos de veinte años han provocado dos guerras, mantiene 650.000 soldados en la frontera paquistano-hindú. Inicialmente el gobierno de Carter ofreció una ayuda militar de 400 millones de dólares a Pakistán, suma que con razón fue calificada como ridícula por el mandatario de dicha república. En 1981, Ronald Reagan decidió aumentar sustancialmente el compromiso con Islamabad: 2.500 millones de dólares en material de guerra y proyectos económicos. Cabe agregar que la India plantea actualmente comprar armas a la Unión Soviética por 1.600 millones de dólares.

En cuanto a los países de Europa Occidental, todos condenaron la invasión soviética, aun cuando se presentan vacilaciones y actitudes oportunistas, debidas principalmente a la notoria inferioridad militar de la OTAN frente al Pacto de Varsovia; a las dificultades económicas por las que atraviesa la Comunidad Europea, lo que la ha obligado a realizar cuantiosas transacciones con el bloque soviético, y a la pusilanimidad e incoherencia de la política de Estados Unidos, en especial bajo la administración Carter, cuyos descalabros se empeña en reparar el señor Reagan. A mediados de 1981, los Estados europeos presentaron a Moscú una llamada “solución política”, en el sentido de que Afganistán debía ser libre y neutral luego del retiro de las legiones rusas. El Kremlin rechazó la iniciativa alegando que era “no realista”. El cambio de gobierno en Washington ha redundado en un paulatino endurecimiento de la posición de Europa Occidental ante la amenaza rusa en todas sus expresiones. La visita de Brezhnev a Bonn, en noviembre pasado, fue una muestra palpable de los aprietos en que se halla la diplomacia moscovita. Mientras decenas de miles de manifestantes germanos condenaban la agresión rusa a Afganistán, el canciller Schmidt le comunicaba al inquilino del Kremlin que Alemania respaldaba irrestrictamente, al igual que la gran mayoría de los gobiernos de la OTAN, la estrategia norteamericana en materia de armamento nuclear en el teatro europeo, consistente en que los EE.UU. renunciarían a instalar mísiles de alcance intermedio a cambio de que la URSS desmantele los suyos.

La indignación mundial por la agresión contra Afganistán crece día a día. El carácter imperialista de la Unión Soviética ha quedado al desnudo con este vil ataque a un país del Tercer Mundo. Aunque los patriotas afganos han recibido solidaridad de algunos países, particularmente de la República Popular China, todavía carecen de medios adecuados para golpear con dureza a los invasores, y precisan de una ayuda masiva en armas y municiones. Sólo así podrán salir airosos de esta prolongada guerra de resistencia y conquistar sus metas: el retiro total de la soldadesca soviética y la restauración de un Afganistán independiente y no alineado, libre de la interferencia de las grandes potencias.

EN KAMPUCHEA, NOTABLES AVANCES DE LA RESISTENCIA

“Si la URSS y Viet Nam logran anexarse Kampuchea, nada les impedirá materializar su propósito estratégico de invasión y expansión en Asia del Sureste, adueñarse del estrecho de Malaca y dominar el Pacífico Meridional y el Índico Oriental. El problema de Kampuchea está estrechamente relacionado con el de Afganistán y lo está el de Asia Suroriental con el de Asia Suroccidental y el Golfo Pérsico”.

Con estas palabras sintetiza Khieu Samphan, primer ministro de Kampuchea Democrática y presidente provisional del Frente Democrático y Patriótico de Gran Unión Nacional de Kampuchea, los objetivos a largo plazo del socialimperialismo al mantener 200 mil soldados vietnamitas ocupando aquella nación, que hasta el 25 de diciembre de 1978 había conservado su status independiente y no alineado. En esta fecha, el ejército de Hanoi invadió Kampuchea, instaló en Phnom Penh un régimen títere y se dedicó a la tarea de aniquilar todo foco de resistencia con el fin de consumar la anexión del país. Empero, a pesar de la considerable superioridad en hombres y armamentos y del respaldo del oso soviético, al cabo de 38 meses de guerra Viet Nam no ha podido salirse con la suya y afronta un prolongado y desgastador combate con las fuerzas del gobierno legítimo de Kampuchea Democrática y otros sectores patrióticos. Los agresores han perdido la iniciativa militar, política y diplomática y a escala mundial aumenta cada día su aislamiento y crecen las protestas contra el infame genocidio cometido contra el pueblo Kampucheano.

Favorable evolución militar
Al comienzo de las hostilidades, por cada combatiente de Kampuchea Democrática había 6 ó 7 invasores, lo cual hizo pensar a la camarilla de Le Duan en una campaña relámpago que no iría, según sus cálculos, más allá del fin de la estación seca de 1979, o sea, el mes de abril. Gracias a su inmenso poderío bélico y a las ventajas que le proporcionaba su condición de agresor, Viet Nam pudo conquistar inicialmente la mayor parte del territorio kampucheano y someter a su dominio las principales ciudades, vías de comunicación y regiones agrícolas de la pequeña nación.

Para darle un toque de legitimidad a su atropello, los vietnamitas ungieron a un agente suyo, un tal Heng Samrin, como jefe de gobierno, a quien la URSS y todos sus paniaguados consideran único representante del pueblo khmer. Todo parecía indicar que el sueño dorado de Hanoi de crear una “federación indo-china” bajo su batuta y sin respetar las aspiraciones nacionales de los otros pueblos de la región era ya una realidad con una Kampuchea asolada y un Lao sojuzgado por más de 50.000 uniformados vietnamitas.

El gobierno legal de Kampuchea Democrática y su ejército se vieron forzados a replegarse a las zonas occidentales del país, desde donde dieron comienzo a la organización de la resistencia. Venciendo toda suerte de obstáculos de orden militar, económico y político, los rebeldes conformaron el Frente Democrático y Patriótico de Gran Unión Nacional y desplegaron una intensa actividad guerrillera que poco a poco se difundió por casi todo el territorio. Para la estación seca de octubre de 1979 a mayo de 1980 se hizo evidente que los agresores no habían conseguido aniquilar la resistencia y que ésta, por el contrario, se consolidaba en las regiones liberadas del oeste, donde tenía en armas a cerca de 60.000 hombres enrolados en un ejército regular y 50.000 en destacamentos guerrilleros. En su afán por destruir los bastiones patriotas, los vietnamitas atacaron repetidas veces, a mediados de 1980, a Tailandia, arrasaron varias aldeas y dieron muerte a decenas de civiles.

Acosada por crecientes dificultades internas, la burocracia dominante de Hanoi se vio imposibilitada para incrementar su ejército de invasión en Kampuchea y para emprender nuevas ofensivas estratégicas, limitándose a lanzar campañas esporádicas sobre las áreas controladas o influenciadas por las tropas de Kampuchea Democrática. Los vietnamitas, imitando a sus amos rusos en Afganistán, han venido utilizando en su guerra de exterminio armas químicas contra la población kampucheana, según denuncias de varios organismos internacionales, incluida la ONU.

En 1981 la situación no mejoró para los ocupacionistas. De acuerdo con el balance del alto comando del ejército nacional y las guerrillas de Kampuchea Democrática, dado a conocer en octubre del mismo año, los vietnamitas sufrieron 36.000 bajas, entre muertos y heridos; la insurrección liberó alrededor de 300 poblados y el número de personas bajo protección del régimen revolucionario alcanzó 1.700.000; muchas vías de comunicación de gran importancia para el enemigo fueron destruidas o dañadas; cerca de 3.000 soldados vietnamitas desertaron y entregaron sus armas a los luchadores populares. El informe señala además que, “debido a la falta de efectivos y a la no existencia de fuerzas estratégicas de intervención el enemigo perdió toda iniciativa de combate en la temporada lluviosa de 1981 (mayo a octubre)”. Y concluye diciendo: “El deterioro de la situación del enemigo resulta, asimismo, de la pérdida de su moral, de las frecuentes rebeliones y deserciones en sus filas, de las revueltas de soldados kampucheanos alistados a la fuerza, de la escasez de alimentos, de las críticas condiciones de salud de sus tropas, de las enormes dificultades en todos los campos en Viet Nam mismo y del completo aislamiento en la arena internacional”.

Nuevas realidades y cambio de política
En diciembre de 1979, el gobierno de Kampuchea Democrática fue reorganizado con el objeto de unir más ampliamente a las fuerzas nacionales, dentro y fuera del país, para la lucha contra el enemigo vietnamita y la defensa de la patria. De igual modo, se decidió suspender la Constitución y tomar como ley fundamental el programa político del Frente Democrático y Patriótico de Gran Unión Nacional. Khieu Samphan empezó a desempeñarse como primer ministro del gobierno reformado, mientras Ieng Sary continuó al mando del Ministerio de Relaciones Exteriores.

En una rueda de prensa celebrada a mediados de 1980, Khieu Samphan expresó que el gobierno “se está esforzando para consolidar y ampliar el Frente Democrático y Patriótico de Unión Nacional, y hacerlo más poderoso”. Refiriéndose a las experiencias del periodo anterior a la invasión de Viet Nam, el dirigente señaló: “Cometimos excesos y serios errores. Habíamos intentado movilizar a todo el pueblo para elevar la producción agrícola y mejorar las condiciones de vida lo más pronto posible. Pero obligamos al pueblo a realizar trabajo manual que resultó demasiado duro para algunas personas”.

En consecuencia, algunas gentes murieron de agotamiento, enfermedad y desnutrición. Ieng Sary dijo por su parte que “la decisión de trasladar al campo a los pobladores urbanos fue desastrosa para un crecido número de personas”. Subrayó que “en las áreas administradas por Kampuchea Democrática se han abolido los comedores comunales y el trabajo colectivo forzado, y se han garantizado los negocios privados y todas las libertades civiles”.

La agresión vietnamita creó una situación totalmente nueva en Kampuchea, lo cual llevó a sus líderes a examinar cuidadosamente ciertos hechos del pasado, hacerse una autocrítica con respecto a los errores cometidos y formular una política de salvación nacional que les permitiera trabajar conjuntamente con las inmensas mayorías del pueblo. La organización de la administración y el impulso dado al frente unido son asuntos reveladores de dicho esfuerzo. Es por ello que el 18 de diciembre de 1979, el gobierno de Kampuchea Democrática proclamó solemnemente: “En la actualidad nuestra tarea ya no consiste en llevar adelante la revolución socialista y construir el socialismo; nuestra lucha actual no es ideológica sino que es una lucha por la defensa del territorio y la raza de nuestra amada Kampuchea. La tarea principal y sagrada de toda la nación y el pueblo de Kampuchea consiste en combatir resueltamente a los agresores vietnamitas (…) Por consiguiente, la nueva política estratégica del Frente Democrático y Patriótico de Gran Unión Nacional del Gobierno de Kampuchea Democrática no es una táctica a corto plazo. Es una política estratégica con miras a unir todas las fuerzas de la nación y el pueblo”.

Posteriormente, y tomando como punto de partida la plataforma del Frente Democrático y Patriótico, representantes de éste y del gobierno elaboraron, en junio de 1981, el “Programa Político Mínimo de Cinco Puntos”, que en síntesis contempla: 1) Continuar resueltamente la lucha armada y las otras formas contra la camarilla de Le Duan hasta el retiro de todas sus tropas de Kampuchea. 2) Todas las actividades deben realizarse sobre la base de Kampuchea Democrática, que es la única forma legal del Estado. 3) Todas las fuerzas nacionales unidas contra Viet Nam deben evitar los conflictos entre sí, que redunden en un debilitamiento de su objetivo común. 4) Después de la evacuación de todas las tropas vietnamitas, se efectuarán elecciones generales mediante votación libre, directa y secreta, bajo la supervisión de la ONU. Esta elección conformará la Asamblea Nacional que redactará la Constitución, decidirá el sistema político del país como un sistema parlamentario y no establecerá el socialismo. Kampuchea será un país independiente, pacífico, neutral y no alineado. 5) Todas las fuerzas que combaten a los vietnamitas podrán mantener su propio status político y gozar de libertad de acción, siempre que no violen el programa mínimo.

Consecuente con los lineamientos trazados para enfrentar al enemigo común y facilitar la unidad nacional, el Partido Comunista de Kampuchea emitió el 6 de diciembre de 1981 un comunicado en el que anuncia su disolución y exhorta a su militancia a continuar adelantando la guerra popular contra Viet Nam, en estrecha colaboración con los demás sectores patrióticos.

Por último, entre septiembre y noviembre del año pasado, se reunieron en la capital de Tailandia, Bangkok, representantes de los sectores que conforman la resistencia kampucheana, a saber: los que dirigen Khieu Samphan, Samdech Norodom Sihanouk y Son Sann. Las tres corrientes han venido estudiando el problema de la integración de un gobierno de coalición, no obstante las diferencias políticas existentes entre ellas. En la, actualidad continúan desarrollándose conversaciones tendientes a superar los obstáculos y lograr que todos los grupos tengan representación en pie de igualdad en la administración del Estado. El gobierno de Kampuchea Democrática, por su parte, ha hecho un llamado al pueblo para que discuta ampliamente acerca de cuáles deben ser los principios básicos que permitan establecer un régimen conjunto en el país.

El mundo con Kampuchea
Los pueblos de los cinco continentes manifestaron desde un comienzo su repudio al cobarde ataque de Viet Nam contra una débil nación que no alcanza a los seis millones de habitantes. Moscú y Hanoi se han empeñado en vano por conseguir el reconocimiento internacional del régimen títere impuesto a raíz de la entrada de las hordas vietnamitas a Kampuchea. El 13 de octubre de 1980, la Asamblea General de la ONU rechazó, con 35 votos a favor, 74 en contra y 32 abstenciones, la propuesta de la URSS y Viet Nam que pretendía ceder a Heng Sanrim el puesto de Kampuchea Democrática en dicho organismo. La comunidad mundial se ha negado en varias ocasiones a aceptar la legitimidad del fantoche de Hanoi y sólo reconoce como representante auténtico del pueblo kampucheano al gobierno encabezado por Khieu Samphan.

El 21 de octubre de 1981, las Naciones Unidas aprobaron por 100 votos contra 24 una resolución sobre la situación en Kampuchea, en la que se destaca la exigencia del retiro de todas las tropas foráneas de ese país como base indispensable para cualquier solución al problema.

En marzo del último año, con motivo del anuncio hecho por Heng Samrin de que estaba dispuesto a celebrar elecciones, el presidente del Comité Permanente de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (Ansea) afirmó: Los países miembros de la Ansea no pueden reconocer la validez de ninguna elección que obligue al pueblo kampucheano a aceptar candidatos impuestos a él por una fuerza extranjera. Bajo la sombra de 200.000 soldados vietnamitas, el pueblo kampucheano no tiene capacidad de buscar la satisfacción de sus intereses nacionales ni de formar un gobierno de su propia elección ni de elegir libremente a sus dirigentes”.

Entre el 13 y el 17 re julio de 1981 se llevó a cabo en la sede de la ONU, en New York, la Conferencia Internacional sobre Kampuchea, a la que asistieron delegados de los países y territorios. La declaración, aprobada por unanimidad, estipulaba que todas las tropas extranjeras deben salir de Kampuchea lo más pronto posible; que debe respetarse la independencia, la soberanía, la integridad territorial y la posición no alineada y neutral de Kampuchea, y que los demás países deben comprometerse a no intervenir de ninguna manera en los asuntos internos de Kampuchea, sea directa o indirectamente.

Organizaciones democráticas y revolucionarias de todas las latitudes realizaron en 1981, en Tokio, la primera Conferencia sobre Kampuchea, en la que participaron también destacadas personalidades. El evento condenó enérgicamente la agresión soviético-vietnamita e impulsó una campaña mundial de solidaridad. Igualmente, se acordó la realización de la segunda conferencia en 1983 en los Estados Unidos.

No obstante las simpatías que despierta en el orbe la lucha de Kampuchea Democrática y la ayuda que algunos países, entre ellos la República Popular China, han brindado a los patriotas, éstos precisan, al igual que los afganos, de un respaldo continuo y abundante de alimentos, armas y municiones para enfrentar con éxito a los intervensionistas. Apoyar a los kampucheanos significa contribuir a la causa de la emancipación de los pueblos y la derrota del socialimperialismo y sus acólitos.

PRONUNCIAMIENTOS DE LAS FUERZAS REBELDES

La cotidiana lucha a muerte contra el enemigo común se ha traducido en un acercamiento progresivo entre los diversos contingentes de patriotas afganos que se agrupan en el Frente de Combatientes Mudjahidines, el Frente Unido Nacional, el Frente de Harazadjat, el Frente de Nouristan, para mencionar sólo algunas de las principales organizaciones. Separados por diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas y políticas de vieja data, estos grupos pugnan por unir sus fuerzas para enfrentar con éxito al agresor y edificar un Afganistán libre e independiente. Aunque todavía no se ha llegado a construir un frente único, los objetivos de casi todos los sectores rebeldes coinciden en los aspectos fundamentales.

El Frente de Combatientes Mudjahidines estipula en su plataforma, entre otros, los siguientes puntos programáticos: 1) Alcanzar la independencia nacional y liquidar por medio de las armas la dominación de la URSS y de sus títeres. 2) Eliminar la injerencia de la URSS y de todos los imperialismos en los terrenos político, militar, económico y cultural y crear un Afganistán islámico independiente de las superpotencias. 3) Defender firmemente las tradiciones del pueblo musulmán y de otras minorías religiosas. 4) Garantizar la igualdad de todas las nacionalidades, luchar contra el chovinismo y el sectarismo y reforzar la unidad política del país por medios democráticos. 5) Defender el principio de independencia y de apoyarse en sus propias fuerzas como guía esencial del Frente. Ni la Unión Soviética, ni los Estados Unidos, ni ninguna otra potencia deberá decidir el destino del pueblo afgano. 6) Luchar contra todas las formas de bloques militares, establecer relaciones con todos los países sobre la base de los cinco principios de coexistencia pacífica y apoyar los movimientos islámicos progresistas, los movimientos de liberación nacional y los países no alineados.

El Frente Unido Nacional sostiene que “la política exterior de la República de Afganistán deberá basarse en los principios de la independencia nacional, de la unión fraternal con el mundo islámico y, en particular, con los países limítrofes, Irán y Pakistán, que tienen la misma religión y el mismo destino, y de relaciones igualitarias con todos los Estados del mundo”. En uno de sus documentos, el Frente indica: “En esta gran guerra decisiva, a pesar del salvajismo y el belicismo de los rusos, la victoria pertenece sin lugar a dudas al heroico pueblo afgano”.

El general Said Asan, jefe del Frente de Hazaradjat, declaró a mediados de 1981: “Yo soy partidario de una auténtica república islámica independiente del Este y del Oeste. Un régimen elegido libremente por la población, que garantice las libertades políticas y sociales en el marco de los principios fundamentales del Islam. Un régimen que no se alinee con ningún país extranjero (…) para asegurar la victoria, debe lograrse la unidad nacional. Deberán crearse organizaciones militares y políticas que agrupen a todos los combatientes de Afganistán a fin de establecer una coordinación y una colaboración multiformes entre todos los pueblos musulmanes de Afganistán”.

Además de los grupos mencionados, diversos sectores de las masas populares han constituido organizaciones que propugnan los mismos fines. La Unión General de Profesores y Estudiantes por la Independencia de Afganistán afirma en su programa: “Nuestro objetivo actual es conquistar la independencia nacional, la democracia y crear una república islámica según la voluntad del pueblo. Nuestra consigna es la libertad y la justicia. Nuestro país no debe ser dependiente ni de la URSS ni de los Estados Unidos, ni de cualquier otra potencia extranjera. El medio para alcanzar dicho objetivo es la conformación de un amplio frente unido que abarque a la totalidad del pueblo”. Por otra parte, la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán dice en su plataforma: “En este momento, nuestro deber, tanto de hombres como de mujeres, es unirnos todos en la lucha por la independencia de nuestra querida patria. La liberación de las mujeres no significará nada sin la independencia de la nación, sencillamente no será posible”.

POR RESOLUCIÓN EL GOBIERNO ELIGE NUEVA JUNTA DIRECTIVA EN SITTELECOM

Al reconocer la asamblea espuria efectuada en octubre de 1981 por un grupo reducido, que integraban 48 delegados del PC, la extrema “izquierda” y la derecha patronal, el Ministerio de Trabajo consumó el 28 de enero un insidioso golpe de mano contra Sittelecom. El fallo, contenido en la resolución 00580, excluyó por completo de la directiva al sector mayoritario que encabeza el actual presidente, Agustín González, el cual contaba con 71 delegados. Se comprueba así, una vez más, que la ofensiva de las fuerzas oportunistas contra el sindicalismo independiente es alentada por el mismo gobierno.

Entre los días 12 y 17 de octubre de 1981, se debía realizar el XXXI Asamblea Nacional de Sittelecom para escoger la nueva junta y dar el visto bueno al pliego. En la mañana del día previsto para la instalación, sin embargo, un piquete compuesto por algunos trabajadores de base, por delegados de la minoría y por personas extrañas a Telecom irrumpió en la sede y ocupó el auditorio, permaneciendo allí en actitud provocadora y amenazando con agredir a los representantes de la mayoría.

Como resultara imposible en semejantes condiciones dar inicio a la reunión, la junta directiva optó por aplazarla hasta diciembre, no sin antes llevar a cabo una salida que, mediante el acatamiento de los estatutos, permitiera superar el problema.

La minoría procedió por su parte a sesionar sin quórum, nombrando una supuesta junta directiva nacional y decidiendo al mismo tiempo sumarse a la aventura del fracasado Paro Cívico.

No obstante que la maniobra viola de manera flagrante las normas estatutarias y está en contradicción con los principios y mecanismos de la democracia, el Ministerio del Trabajo acaba de impartirle su bendición, entregando a la minoría el manejo absoluto del sindicato.

Que los trabajadores decidan
Los delegados del sector mayoritario de Sittelecom se congregaron en Bogotá a principios de febrero con el objeto de examinar la situación y trasar tareas.

Resumiendo las principales características de la etapa actual, los compañeros señalaron que “la ofensiva oportunista, nos crea dificultades en muchos frentes, pero traerá consigo importantes enseñanzas que redundarán en el fortalecimiento ideológico y político del movimiento obrero”. Añadieron que “solamente el debate contra el Partido Comunista y sus acólitos despejará la confusión reinante” y que “las condiciones son favorables, ya que la bancarrota de las tesis mamertas sobre la unidad sindical nos facilita arrojar mayor claridad sobres las divergencias existentes entre las dos líneas”.

Se acordó ampliar la polémica ante los trabajadores, para que sean ellos quienes definan la suerte del sindicato, hoy amenazado por las intrigas mancomunadas del gobierno y el oportunismo.