Entrevista a José Amado, vicepresidente de Acopi Santander: DESESPERADA SITUACIÓN DE LA PEQUEÑA INDUSTRIA

(En la revista Deslinde, número 24, mayo-junio de 1999, se publica la siguiente entrevista con el dirigente de la industria del calzado en Santander y uno de los principales promotores de la lucha de los pequeños y medianos empresarios).

DESLINDE: ¿Cuáles son las manifestaciones de la crisis de la pequeña y mediana industria en Bucaramanga?.

José Amado: Las principales manifestaciones son los concordatos, los procesos liquidatorios, el despido de financieras y parafiscales y el cierre de las fábricas. Más de 100 empresas se encuentran en concordato. El 95% está trabajando, en este primer trimestre, con el 25% de su capacidad instalada. En el SENA, hay un listado de más de 2.500 empresas morosas. Nuestros parques industriales en Chimitá y el Roble, ejemplo de labor asociativa de los industriales del calzado al principio de la década, han desaparecido prácticamente para nuestro sector. Todos los días se conocen fábricas que no pueden continuar o en las que se despide personal, para “redimensionarlas” al actual nivel de ventas. Las empresas que iniciaron concordatos, hace 4 años están abocadas a procesos liquidatorios.

D. ¿Ante esta situación, cuáles han sido las respuestas gremiales de Acopi?

José Amado. Los gremios de los industriales, han realizado hasta la fecha muy poco para modificar la debacle, excepto una sola movilización aislada de rechazo de los empresarios de Bucaramanga, al pago de las exportaciones en certificados de cambio, que se presentó durante el gobierno de César Gaviria. En los Congresos de Acopi, de cada año, se continúa defendiendo la apertura y se insiste en el trillado cuento de que el problema se resuelve “mejorando la competitividad y con un cambio de mentalidad del empresario ante las nuevas condiciones que impone la globalización”. Pero no se profundiza en el retroceso industrial que el mencionado proceso está ocasionando, lo que se ha denominado la reinserción en los procesos de internacionalización de la economía. En diciembre del año pasado, en el acto de conmemoración del acopista del año, nuestro presidente, Jaime Alberto Cabal, apoyó la emergencia económica y particularmente el impuesto del dos por mil, que significa un desangre diario, permanente, de nuestro capital de trabajo, arrojándonos a las lapidarias condiciones del sector financiero. No se observa una posición crítica para corregir el rumbo e interpretar las necesidades reales de los empresarios. Los gremios se han tomado como un instrumento de acercamiento político a los puestos gubernamentales. Nuestros anteriores presidentes, como Juan Alfredo Pinto y Germán Bula, ocupan altos cargos como Viceministro y Ministros del actual Gobierno de Andrés Pastrana. Esto no sería relevante, si no estuviesen tan divorciadas las necesidades nacionales de los industriales de las que propugnan la internacionalización, la cual favorece a la producción extranjera y particularmente a la política económica impuesta por Estados Unidos. Acopi facilitó el proceso de privatización de la Corporación Financiera Popular, hoy desaparecida, única institución especializada en prestar dinero a la pequeña y mediana industria. En la Feria del Calzado de este año, realizada en febrero y organizada por Aciam, la nueva organización de los productores del calzado y cuero, asistimos muchas de las pequeñas y mediana empresas para poder vender e iniciar actividades. Sin embargo, en el evento observamos la presencia de los productores del Brasil, México y Chile. Brasil acaba de devaluar en más de un 70%. México, por su efecto tequila, se encuentra por debajo de los precios nuestros. De esta forma lo que se dio fue un mayor desplazamiento de la producción colombiana por la extranjera. Las organizaciones de los industriales no le pueden poner una vela a Dios y otra al diablo. O están con los productores nacionales o están con los de afuera.

D. ¿ Qué iniciativas ha propuesto el sector que usted representa entre los industriales de Santander?

José Amado. Actualmente estamos proponiendo un programa mínimo para discutir y poder unificar nuestros puntos de vista. Del avance en la comprensión del problema y sus causas dependerán las acciones futuras. En el pasado participamos en la organización de la marcha que se hizo para rechazar el pago de las exportaciones en certificados de cambio. Hemos impulsado la realización de foros y conferencias y en el último certamen electoral creamos el Movimiento Empresarial Colombiano para facilitar la organización política de este sector y buscar su manifestación organizada. Los empresarios tienen que convencerse que a ellos les corresponde la responsabilidad de definir el rumbo de una política industrial nacional.

LIBRÓ CON ENTEREZA TODOS LOS COMBATES

(En el Cementerio de San Pedro, a nombre de todo el Partido, el camarada Héctor Valencia pronunció el discurso de despedida de los restos mortales del dirigente desaparecido. El texto completo se publica a continuación.)

Elvia, Felipe y Andrés,

Camaradas del MOIR,

Amigos de Felipe y de nuestro Partido:

Enfrentamos hoy la dura realidad de que Carlos Arturo Londoño, a quien siempre tratamos por su antiguo nombre de batalla, Felipe Mora, ha finalizado su paso vital entre nosotros. Es natural que su muerte nos genere una profunda tristeza. Pero más importante aún es que este hecho, al sintetizar su vida, nos proporcione también la alegría de apreciar la enaltecedora dimensión que alcanza la existencia humana cuando, como fue la de este ser que hoy despedimos, se dedica por entero a la suprema causa de la revolución.

Todavía era un adolescente y ya Felipe Mora había abrazado la causa de los oprimidos. Fue joven entre los jóvenes que adhirieron al MOEC con ansias de encontrar senderos de rebelión y luego, desde esta organización ya depurada de extremo-izquierdismo, se convirtió en uno de los grandes gestores de la fundación del MOIR en esta misma ciudad de Medellín. Desde entonces este hombre fue palo mayor del navío del Partido en Antioquia y puntal para el desarrollo de nuestra política nacional. Se explica así que todos y cada uno de nuestros cuadros y militantes en este regional hubieran recibido el aporte y estímulo del camarada Felipe para su formación como moiristas.

Su labor revolucionaria fue constante. Nunca cejó en el cumplimiento de sus tareas partidarias, ni hizo pausas en su acción política. Jamás se desvió del rumbo proletario del MOIR, pues comprendía que tal desatino equivalía a caer en la molicie enervante del oportunismo. En síntesis, alcanzó lo que según Mao Tse-tung constituye el más difícil logro: conservar una posición y práctica revolucionarias durante toda la vida.

Felipe fue camarada y combatiente discípulo de nuestro máximo dirigente, Francisco Mosquera. Lejos del ordinario compadrazgo, la amistad que los unió tenía la característica perdurable y digna de cimentarse en la identidad respecto a los principios obreros del Partido.

Poseía Felipe Mora el talante propio de los comunistas: frente a la lucha de clases que se desarrolla tanto afuera como dentro del Partido, adoptaba posición de manera franca y firme, sin ambigüedades ni esguinces. Ninguno de sus contradictores, situados en las más diversas orillas, puede sentirse hoy y en esta hora defraudado: este camarada murió librándoles con entereza todos los combates.

Cuando en medio de su embestida en todo el mundo, el imperialismo norteamericano somete a Colombia a su recolonización; cuando los destacamentos de izquierda soportan la infestación del neoliberalismo; cuando en el Viejo Continente notorios dirigentes de la social-democracia europea han degenerado en la nueva derecha que junto a Estados Unidos desata en la actualidad el bárbaro bombardeo sobre Yugoslavia, y cuando se redoblan los intentos de desvirtuar la ideología y la política de los partidos del proletariado, sin que el MOIR escape a este fenómeno, ¡cómo resaltan las cualidades revolucionarias que Felipe Mora encarnó, las que deben convertirse en ejemplo y guía para la conducta política de todos los militantes del Partido !

Que nadie se confunda: si el camarada Felipe les hace falta hoy a los moiristas es porque le hace falta a la causa de los trabajadores. Aquí lo que enfrentamos, camaradas y amigos, es la dolorosa pérdida de un elemento valioso de la clase obrera.

Ante esta carencia, Felipe, y conscientes de que ese sería el único homenaje que aceptarías, reiteramos nuestro firme propósito de llevar a cabo, con mayor vigor que nunca, nuestras tareas revolucionarias.

Editorial: POR LA UNIDAD Y LA SALVACIÓN DE COLOMBIA

Hector Valencia, secretario general; Bogotá, abril 7 de 1999

La nación se debate en la peor crisis de su historia debido al proceso de recolonización al que la ha sometido Estados Unidos y enfrenta una real amenaza de fragmentación al consentirse la intervención de Washington en el actual proceso de paz. Una década de apertura económica arruinó el agro y la industria, disminuyó los ingresos de los asalariados, acrecentó el desempleo y generalizó la pobreza hasta niveles nunca vistos. Es evidente que el arribo a la jefatura del gobierno de un ferviente partidario del neoliberalismo y el resto de políticas impuestas por el imperio norteamericano, como lo es Andrés Pastrana, entraña mayores peligros para el futuro del país.

La aguda recesión económica, el drástico descenso del Producto Interno Bruto, el hundimiento de la producción industrial, los millones de colombianos sin trabajo y más de 18 millones de compatriotas en la pobreza absoluta, son inocultables resultados de la gestión que han realizado los últimos gobiernos y que el de Pastrana está refinando.

Pérdida de la soberanía, quiebra de la producción y deterioro de la vida del pueblo Las medidas económicas que la administración Pastrana ha puesto en ejecución han conducido a que se agudice el estancamiento de la producción, lo que ha estropeado aún más el resto de actividades económicas y sociales.

La reforma tributaria aprobada por el Congreso grava la mayor parte de la canasta familiar e impone mayores cargas a las actividades productivas. El recorte de las finanzas estatales se está haciendo a costa de los ingresos de los servidores públicos, de la reducción del gasto social, de la eliminación de subsidios para los estratos bajos, del abandono definitivo de cualquier proyecto industrializador de la nación y de la renuncia al fomento y protección del agro, avanzando aún más en la pérdida de nuestra seguridad alimentaria. La continuación de las privatizaciones completará el despojo que se le hace al Estado de empresas estratégicas, entregadas como bicoca a los grupos financieros. La anunciada modificación del sistema de transferencias a las regiones equivaldrá a que departamentos y municipios en proceso de bancarrota adquieran mayores responsabilidades, entre ellas la financiación de un sistema hospitalario quebrado y de universidades en trance de liquidación. A la Caja Agraria se la someterá a una «cirugía » que le cercenará oficinas y trabajadores hasta marchitarla. La anunciada privatización del Banco Central Hipotecario dejará a sus deudores a merced de la voracidad de los grandes capitales. Las nuevas facilidades para la inversión extranjera, como las que por valores multimillonarios se conceden en la construcción y operación de carreteras, ferrocarriles y puertos a través de la figura de las concesiones, y las involucradas en la privatización de la industria petrolera y del servicio de telecomunicaciones, significan la entrega a los especuladores foráneos de negocios rentables de los cuales se desplazan el capital y el esfuerzo nacionales. La liberación de los precios de los medicamentos sacrifica el acceso a la salud en provecho de los grandes laboratorios internacionales, la de las tarifas de transporte intermunicipal satisface la codicia de los pulpos del transporte, y la desregulación de los precios de los combustibles implica un intento de asfixiar a Ecopetrol. Con este cúmulo de medidas, Pastrana da cumplimiento al mandato del gobierno estadounidense y los poderosos organismos financieros internacionales de profundizar la liberalización económica.

Semejante servilismo no causa sorpresa entre los sectores lúcidos del pueblo. Su acusada conducta antinacional durante la crisis política de la administración Samper, y su programa de campaña en donde anunciaba la bienvenida a la intervención y al recetario económico norteamericanos, le proporcionaron el dudoso honor de ser el preferido de Estados Unidos en el pasado certamen electoral. Como retribución, en la visita que se afanó a realizar a Washington dio muestras de su aberrante obsecuencia al garantizar que continuará aplicando la política sobre narcotráfico que desde allá se dicta, y procedió a ligarla al proceso de paz, con lo que le otorgó legitimidad a una más desaforada intervención norteamericana. Para rematar, Pastrana fue especialmente enfático en ofrecer seguridades de que Colombia entregará «la antorcha de los proyectos de inversión y generación de riqueza al sector privado» y que favorecerá las inversiones de capital extranjero, principalmente en los sectores energético y vial.

La crisis mundial crea mayores riesgos de intervención de Estados Unidos

Estados Unidos ha venido imponiéndole a Colombia una política antidrogas que, utilizada como pretexto para condicionar las principales decisiones nacionales, le permite avanzar en su recolonización. Mientras alcahuetea que sus circuitos financieros se engorden con los dineros provenientes del narcotráfico, denigra del país y nos expone ante la comunidad internacional como un factor de riesgo en el hemisferio.

Esto nos obliga a no olvidar que el intervencionismo norteamericano no tiene límites, como lo demuestran los chantajes, coacciones, embargos y secuestros, así como los actos de agresión que periódicamente perpetra en otras latitudes, desde los desembozados ataques a Afganistán y Sudán, y los bárbaros bombardeos a Irak, encubierto en la ONU, hasta la actual embestida criminal contra Yugoslavia escudado en la maquinaria bélica de la OTAN.

Esa voluntad imperial, que lleva al gobierno norteamericano a exigir nuevas concesiones en materia de interdicción marítima y en reclamos para que se establezca la extradición retroactiva, se ha manifestado recientemente en hechos como incitar a los gobiernos de Perú, Panamá, Ecuador y Venezuela a que consideren a Colombia como una amenaza e instigarlos a que desplacen a nuestras fronteras sus tropas, por lo regular infestadas de asesores belicistas gringos. Estas prepotentes provocaciones deben ser tomadas como un premonitorio anuncio de que, abiertamente o encubierto tras otros países u organizaciones multinacionales, Estados Unidos no descarta ninguna forma de intervencionismo contra nuestro país. Tal eventualidad exige que los colombianos adopten una firme y consecuente actitud de resistencia.

Cuando la política económica neoliberal empezó a golpear implacablemente tanto a las naciones del Tercer Mundo que congregan la gran mayoría de la población mundial, como a los obreros de los países avanzados, entonces los portavoces del imperialismo, defensores de la apertura, la liberación de los mercados y las privatizaciones, presentaron esos graves daños económicos y sociales como un fenómeno pasajero, o a lo sumo como un costo necesario para la inmersión en la anunciada panacea de la globalización que traería aparejado un salto al desarrollo. Hoy los hechos han desmentido tan alegre y engañosa presentación. El hundimiento de las economías en los países asiáticos, hasta ayer presentados como pujantes «tigres», el desplome de Rusia y la caída del Brasil en el cenagal financiero, tienen repercusiones que alcanzan a Wall Street y a las poderosas bolsas europeas. Japón, con todo su potencial económico, lleva años sin poder salir de una aguda recesión, lo cual sume en mayores riesgos de estancamiento a toda el Asia. La crisis ha afectado a los países de América Latina y lleva trazas de dislocar sus economías, lo que podría alterar la estabilidad que precisa Estados Unidos en su tradicional «patio trasero».

En este tramo final del siglo XX, el colosal dominio que con Estados Unidos a la cabeza ha querido consolidar el gran capital financiero a nivel planetario, se resquebraja y tiende a desmoronarse. Así lo muestra la recesión en numerosos países, la proliferación de los déficit, las devaluaciones y las bancarrotas que han colocado al mundo al filo de una gran depresión. El mismo Clinton, junto a admitir que las prácticas económicas basadas en el neoliberalismo han beneficiado a Estados Unidos «más que a ninguna otra nación», no descarta la pronta llegada allí de la crisis cuando expresa que se está en «un momento de dificultades en todo el mundo».

Paralelamente, en tanto se derrumban las ensoberbecidas aseveraciones de «fin de la historia » y «muerte de las ideologías», fracasan los dogmas de apertura de mercados y privatizaciones. Aunque el peso agobiante de la debacle se hace recaer sobre los pueblos, éstos no pueden menos que saludar las agudas contradicciones que socavan el sistema económico establecido por sus principales opresores y redoblar su lucha contra ellos.

Las gestiones de paz no deben velar la naturaleza antinacional del régimen ni desmembrar la nación.

Con ingentes gestiones y actos que transcurren entre lo oculto y lo espectacular, el gobierno de Pastrana está empeñado en negociar con las diversas agrupaciones alzadas en armas. A la vez que se les despeja a las Farc una extensa zona y se habla a más y mejor de la paz y alrededor de ella se alternan las promesas y los ultimátum, arrecian los episodios de guerra, con su estela de masacres, desapariciones y secuestros. Millares de desplazados reflejan la amplitud y encono de ese accionar.

El pueblo tiene razones de sobra para querer que cese la sarracina. La primera de ellas es que así podrá desplegar más eficazmente, con su propia táctica, los combates por sus más íntimos y legítimos intereses: la autodeterminación nacional y una democracia que sirva a su progreso y bienestar.

En correspondencia con ese justo anhelo, conservan plena vigencia los criterios que el MOIR ha expuesto frente a las diversas negociaciones de paz. Hemos propugnado que éstas redunden en la civilización de la lucha política, se erradiquen las formas y métodos incorrectos que se aplican en nombre de la revolución y se abandone la necia intención de pretender conquistas y transformaciones de fondo a través de la transacción negociada con el gobierno. Abogamos, además, porque las gestiones y conversaciones en torno a la paz no se utilicen para ocultar la índole antidemocrática del régimen político.

Por la misma elemental razón que siempre hemos expuesto, la de que el MOIR no ha declarado la guerra, no nos encontramos entre las muy diversas organizaciones involucradas en el proceso pacificador. Junto a reiterar nuestra certidumbre de que los criterios antes mencionados deben regir la búsqueda de la paz, hoy señalamos un punto fundamental: que las negociaciones no deben conducir al desmembramiento de la nación. Es evidente que salvaguardar a toda costa la unidad de la república es indispensable para enfrentar las nuevas amenazas a la soberanía. El énfasis que hoy ponemos en este aspecto obedece a la descarada intromisión de Estados Unidos en las negociaciones en torno a la guerra y la paz en Colombia y al inexplicable aval dado por varios actores del conflicto a esa intervención, lo cual pone en grave riesgo la autonomía y cohesión del país. Los desarrollos de esas negociaciones y los eventuales acuerdos que allí se alcancen, no deben vulnerar la soberanía y la integridad territorial de la nación y no deben suplantar las organizaciones sindicales y populares, ni interferir sus luchas democráticas y reivindicativas.

Forjar un haz de patriotas contra la política del imperialismo y el servilismo de Pastrana

La construcción de un amplio frente por la salvación nacional es una necesidad para enfrentar las políticas emanadas de Washington y derrotar los planes y medidas antipopulares del gobierno de Pastrana. Sus fuerzas principales serán los trabajadores y demás sectores del pueblo, así como todos aquellos que atesoren un espíritu patriota, demócrata y progresista. Se forjará por y en medio de luchas como las de los trabajadores estatales, que con su temprana resistencia contra las antipopulares medidas gubernamentales señalaron la más sólida y certera opción que tienen los asalariados, y como la formidable lid de los habitantes de Chinchiná, el bloqueo de vías por los arroceros del Llano, los acciones de rechazo a las importaciones de leche por parte de los ganaderos del Magdalena Medio, la marcha de protesta de los pequeños y medianos industriales en Bucaramanga y las batallas de los caficultores.

Cabe destacar que simultáneamente con esas luchas y movilizaciones, reputados dirigentes políticos y gremiales, así como personalidades académicas – desde diferenciadas y a veces contrapuestas vertientes políticas e ideológicas- adoptan respecto a importantes aspectos de la crítica situación nacional posiciones positivas y patrióticas que es necesario justipreciar. A la par que diversos dirigentes gremiales denuncian la desindustrialización y un creciente número de empresarios exigen la protección de la producción agrícola, Abdón Espinosa denuncia a diario las caóticas medidas del modelo neoliberal, Eduardo Sarmiento lleva años exigiendo la reversión de la apertura, Hernando Agudelo Villa impugna las medidas que produjeron la avalancha de impuestos indirectos con un llamado a la restauración de la tributación progresiva y directa, Hernando Santos rechazó las tendencias hacia la desintegración de la nación y Carlos Lemos condena el propósito de repartirla a la suiza en cantones.

Es esencial reafirmar que la contradicción existente entre la nación y el imperialismo norteamericano preside y somete a su desarrollo todas y cada una de las demás contradicciones presentes en la sociedad. Las principales iniciativas gubernamentales emanan de la contemporización del gobierno de Pastrana y la oligarquía financiera con la política de recolonización imperialista de Estados Unidos. Ignorar esto y condescender con la obsecuencia del gobierno hacia Washington o con el otorgamiento de facultades extraordinarias al presidente para eliminar o fusionar entidades, no es, de hecho, oposición -ni «patriótica», ni «constructiva », ni «parlamentaria»- al gobierno pastranista, y mucho menos al imperialismo.

¡Por la soberanía económica, resistencia civil!

A finales de los años ochenta, criticando los dogmas del neoliberalismo impartidos desde Washington, el MOIR desplegó recias denuncias frente las medidas de la apertura iniciada por la administración Barco, y participó en las importantes luchas que contra ellas libraron sectores y organizaciones populares. En l992, cuando la panda que llegó al poder encabezada por César Gaviria había logrado acondicionar la superestructura jurídica y política de la nación para la aplicación plena del nuevo evangelio del capital imperialista, lanzamos la consigna que, a más de sintetizar la situación comprometida en que se había colocado al país, señalaba un rumbo de acción: ¡Por la soberanía económica, resistencia civil!.

En abigarradas luchas, cuyas dimensiones e intensidad han variado según su ligazón y compromiso con los intereses del trabajo, la producción y la soberanía nacionales, vastos sectores de colombianos han desplegado diversas formas de resistencia contra la política y las medidas económicas que les han impuesto los gobiernos de Barco, Gaviria, Samper y actualmente el de Pastrana. El MOIR ha respaldado todas las posiciones y actividades de rechazo a ellas, ha brindado solidaridad a los sectores y personas que han sufrido sus graves consecuencias y ha marchado hombro a hombro con quienes se han movilizado para echarlas atrás. Hemos cumplido con nuestros elementales deberes revolucionarios y lo seguiremos haciendo.

Para sacar a Colombia de la actual encrucijada política y económica, las masas laboriosas, así como los productores y empresarios nacionales, los intelectuales y, en general, todos los demócratas y patriotas, deben oponer resistencia a la política de intervención norteamericana y combatir el gobierno de Pastrana, desnudando su carácter antinacional y antipopular. Como criterios que deben orientar esa resistencia el MOIR propone los siguientes puntos:

1º. Por la plena soberanía de Colombia en lo económico y lo político. Contra el intervencionismo de Estados Unidos, por la preservación de la integridad territorial y la unidad nacional, por la defensa de los recursos naturales y el patrimonio de la nación.

2º. Por la defensa y desarrollo de la producción industrial y agraria. Contra la política de apertura y las privatizaciones, y por la protección del mercado interno.

3º. Por las libertades democráticas y la igualdad de los ciudadanos y partidos ante la ley. Por las garantías a la expresión y movilización de los sindicatos, las organizaciones populares y los partidos que representan a las capas laboriosas de la población.

4º. Por el bienestar de la población y la mejora de las condiciones de vida del pueblo. Detener la arremetida contra las conquistas laborales de los trabajadores, defender la educación y la salud públicas, y oponerse al alza en las tarifas de los servicios públicos.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario
(MOIR)

EL DE PASTRANA, UN PLAN PARA SUBASTAR EL PAÍS

Alfonso Hernández

El pasado 5 de mayo, cerca de medianoche, el Senado aprobó al Plan Nacional de Desarrollo denominado Cambio para Construir la Paz. Para imponerlo, el gobierno, haciendo uso de los métodos de la democracia participativa, arremetió a bastonazos y con gases lacrimógenos contra las masivas protestas de educadores, trabajadores de la salud, obreros, estudiantes y padres de familia, quienes durante semanas colmaron las plazas y calles principales de ciudades y pueblos. El mamotreto en mención legisla sobre lo habido y por haber y el Congreso está obligado a aprobarlo en un plazo perentorio o el presidente lo expide por decreto. El pupitrazo que dio vida legal al Plan, lleno de prédicas acerca de la transparencia, fue antecedido por el corte de la señal de televisión para facilitar el agitado bazar de prebendas para los parlamentarios de la Alianza para el Cambio y los demás que comprometieran su voto. Fue tal la premura que, según Portafolio del 25 de mayo, el gobierno “lo estudiará a fondo”, pues “no se supo qué quedó y qué no.”

Pero no todo en él es confusión. El Plan tiene unos propósitos definidos. Vender por presas y con escandalosos descuentos al capital extranjero lo que queda de Colombia, y hacer objeto de especulación financiera las empresas estatales, los bosques, los ríos, las minas, la salud, la educación, las calles, las carreteras, los acueductos. Cargar a regiones, comunidades y familias con gravámenes de toda índole, para que el erario, aliviado de gastos sociales, sea garante de la deuda externa y pueda destinarse a obras que hagan la nación atractiva a los inversionistas foráneos. Con el mismo propósito rebaja los salarios, elimina las prestaciones, acrecienta el desempleo. Y fragmenta a la población atizando las diferencias entre los connacionales y debilitando los lazos de clase.

Todo en venta

Con los mendaces argumentos de que el sector privado es más eficiente (algo que desmienten los apagones que vive la Costa Atlántica), y de que sus inversiones permitirán que una suma mayor de recursos públicos se destine al gasto social, se pretende que durante el cuatrienio las empresas particulares cubran por lo menos 50% de la inversión total en infraestructura. Ya buena parte de la red de vías nacionales se entregó en concesión. Se trata ahora de que con las secundarias y terciarias se proceda de la misma manera. En la navegación por los ríos Magdalena, Meta, Orinoco y Putumayo, se pagarán peajes con destino a las empresas que los reciban en concesión. También los aeropuertos Alfonso Bonilla Aragón de Cali, José María Córdova de Rionegro y Eldorado de Bogotá, hacen parte de la feria. En el sector eléctrico están en lista ISA e Isagen, varias empresas municipales y las centrales hidroeléctricas que aún son propiedad del Estado. A ellas se añaden las de telecomunicaciones, acueducto, alcantarillado y red ferroviaria. Nuestros bosques, que albergan tan rica biodiversidad, apetecidos por los consorcios internacionales, también les serán entregados.

La falacia de la preocupación por el gasto social se pone en evidencia cuando el Plan obliga al Instituto de Seguros Sociales a atomizarse en varias empresas, y a los colegios públicos y a los hospitales se les obligará a convertirse en las mal llamadas empresas sociales del Estado, regidas por el principio de la rentabilidad. En el programa de vivienda social se fuerza a los destechados que deseen obtener un subsidio a depositar en una corporación, durante meses, parte considerable de sus ínfimos ingresos. Si demuestran “disciplina de ahorro”, la constructora recibirá una suma que supuestamente beneficiará al aspirante.

Los bienes públicos, además de enajenados, serán objeto de especulación financiera. Se emitirán bonos de infraestructura y otra serie de papeles, con los que los bancos y fondos de inversión podrán hacer su agosto a costa del pueblo.

En la “Agenda internacional” del paquete aludido se afirma que “Estados Unidos es el país más importante para las relaciones internacionales de Colombia por su carácter de potencia mundial y hemisférica”. Se añade que “se aprovechará el nuevo ambiente que reina en las relaciones binacionales para promover la ampliación y diversificación de la inversión estadounidense en la economía nacional”. Es decir, se pondrá el rebaño bajo el cuidado de la fiera. Colombia se sujetará aún más a los acuerdos de libre comercio y a la apertura que tanto han estropeado su aparato productivo.

No se dispone ningún estímulo al progreso industrial; en cambio sí la ampliación de las zonas francas y las maquilas, establecimientos que sólo favorecen a las trasnacionales, las cuales, sin pagar aranceles ni dinamizar la producción fabril local, aprovechan nuestra baratísima mano de obra.

El Plan no deja de perorar sobre el auge que alcanzarán las exportaciones. Mientras la industria se encuentra en el más grande abatimiento a causa de la competencia de poderosos consorcios de envergadura mundial, y una avalancha de importaciones agrícolas, las más de las veces subsidiadas por sus respectivos gobiernos, desplazan la producción autóctona, se lanza la alucinante consigna de conquistar el mercado mundial con nuestros frutos y géneros exportables. ¿Burla? ¿Estulticia? Como fuere, Pastrana, diciendo y haciendo, al mando de una bien nutrida comitiva, se aprestó a captar la Cuenca del Pacífico. Aunque de su cruzada mercantil no se hayan obtenido ni yuanes, ni mucho menos yenes para los afligidos exportadores colombianos, el valiente mandatario, como lo llama Clinton, da un parte de victoria, puesto que ni él ni su cortejo corrieron más riesgo que el de un empacho y no hubo víctima distinta al ya deficitario presupuesto nacional. Sin ruborizarse, el festivo Andrés continúa sus expediciones por los cinco continentes.

Cargas y más cargas

La bancarrota y el paro generalizados no son razones bastantes para persuadir a la camarilla palaciega de que la ocasión no es propicia para tamaña carga de gravámenes y reducción de salarios, como los que se contemplan en el Plan. Las rebajas de impuestos a los grandes capitales se suplen con drásticos aumentos de los tributos indirectos al pueblo, como el IVA y el dos por mil. Cada obra que se adelante traerá un alud de cobros confiscatorios.

El Plan señala que las decisiones del gasto se encuentran separadas de las relacionadas con impuestos y que los municipios incrementaron sus ingresos a través de su participación en los recursos de la nación sin necesidad de aumentar sus impuestos locales. Todo esto para reducir lo que les corresponde a las entidades territoriales e imponerles una nueva reforma tributaria. Dichas entidades deben redoblar el esfuerzo fiscal propio, por todos los medios, mientras se les recorta lo que perciben por regalías. Así, alcaldes y concejos se ven en la disyuntiva de acogotar a sus gobernados o negarles los servicios básicos.

Siempre que se alude a la necesidad de aunar la acción de todos para encarar alguno de los graves problemas nacionales, el gobierno central tiende a sólo impartir orientaciones generales y el capital a garantizar sus ganancias, mientras las gentes, los “beneficiarios”, son los que soportan las cargas. A los más pobres, supuestos favorecidos de la “focalización” de los subsidios a la demanda, se les exigen aportes crecientes en salud, educación y servicios públicos. Con ínfulas doctorales, el Plan teoriza sobre la importancia de la reconstrucción del tejido social y acerca del papel de la familia en el bienestar de los individuos. En seguida concluye que el discapacitado o el menor delincuente deben estar a cargo de la familia. De igual manera, el cuidado de los infantes se entrega a las Úrsulas, con lo que el Estado desmonta la educación preescolar y los jardínes. El capital se zafa entonces del deber de asumir la seguridad social y el Estado elude la asistencia. Lo primero se defiende con el argumento de que si se libra de cargas a los potentados, éstos inundarán el país con sus inversiones. Lo segundo se argumenta así: “El error está en creer que los problemas de pobreza pueden ser solucionados con un mayor gasto público, distribuido de manera asistencialista”. Como se trata de superar la mentalidad “asistencialista”, “la participación no será ya alrededor del reparto de unos recursos del gobierno central, sino en torno a la distribución de responsabilidades y a la consolidación de recursos locales para solucionar los problemas de las comunidades”.

Claro que la punta de lanza del Plan se dirige contra los obreros. Pretende rebajar el salario a extremos que hacen imposible la subsistencia. Afirma que los jóvenes no requieren ganar el mínimo ni horas extras ni dominicales. Insisten en la “flexibilización” laboral, término con el que significan que el trabajador debería ser despedido sin indemnización, que se deben eliminar los contratos de trabajo, que las prestaciones deben desaparecer, y que los seguros médicos y de jubilación han de ser cubiertos por el empleado. De manera inmediata se propone acabar con la retroactividad de las cesantías de los estatales que aún tienen este derecho. A quienes laboran en la salud les imponen el llamado “salario integral”.

Se repite el mismo engañoso argumento que se esgrimió para hacer aprobar la Ley 50 de 1990, que el desempleo lo ocasionan los salarios y prestaciones. Minimizando éstos, se multiplicarían los puestos. Vamos para diez años de aprobada la funesta reforma y la desocupación no ha hecho nada distinto que aumentar.

Desmembrar la nación

Escindir a Colombia es el principal y más execrable propósito del plan “Cambio para construir la paz” y ninguna de sus formulaciones se aparta de este objetivo. Uno de los acápites en el cual se evidencia la intención se denomina “ordenamiento territorial”; éste implica la “federalización” que, como lo explicó Francisco Mosquera, “dividirá a Colombia en territorios autónomos después de 170 años de existencia de la república unitaria, significa entregar desmembrado el país al águila imperial”.

Según el Plan, “el ordenamiento territorial será el objetivo central de la estrategia de profundización para la descentralización”. Y agrega que en la discusión sobre el tema no se le “ha dado al principio de autonomía la debida importancia”. A partir del próximo 20 de julio, el Congreso discutirá un proyecto de ley orientado a la conformación de regiones autónomas y a debilitar los departamentos, para que las primeras sean viables. El interés de las multinacionales impone que las regiones compitan unas con otras por atraer el capital extranjero y que, en vez de estar vigorosamente ligadas en un mercado nacional, se mantengan uncidas a la coyunda de la metrópoli; sea produciendo partes de los productos que ella demanda o dependiendo de la misma para el mercadeo. Así, han establecido paraísos fiscales en diminutos territorios, verdaderas guaridas en las que el capital financiero está exento de cualquier contribución y su botín a cubierto de eventuales disposiciones adversas de algún Estado. Es sabido que Alagoas y Ceará, estados del norte del Brasil, en su disputa por conseguir el establecimiento de algunas factorías en sus territorios, llegaron no sólo a pasear en avioneta a los propietarios de las empresas, cosas del marketing, sino también a construirles toda la infraestructura, obsequiarles los servicios públicos, y financiarles los primeros meses de pagos salariales. El de Alagoas compitió como lo preceptúa el dogma neoliberal, se tuvo que declarar en quiebra. En Rio Grande do Sul, los gerentes de la General Motors y de Ford, sumamente indignados, exigen al gobernador que cumpla con la totalidad del paquete por más tres mil millones de dólares que les habían ofrecido por ubicar allí unas plantas. El funcionario ha explicado, sin lograr aplacar a los ejecutivos empresariales, que la crisis que vive Brasil no le ha permitido ni siquiera pagar cumplidamente las mensualidades a los maestros de escuela. Como lo demuestran claramente estos ejemplos, las multinacionales se alzan con los trofeos de la competencia entre los territorios. Es bueno recordar que el proceso descentralista se promovió como la redención de los municipios y departamentos. Hoy se encuentran en la inopia. Los testaferros de los imperialistas alborotan por “autonomía” para las etnias y las regiones o para los hospitales y las empresas. Sólo buscan hacerlas presa fácil. Quienes, mordiendo el anzuelo, claman por la “autonomía” de sus comarcas, ponen grilletes y cadenas a quiene desean libertar.

La autonomía cumple otra función. Si la población de una comarca está malquistada con la de otras, será impensable que se avengan en un futuro próximo para rechazar el pillaje imperialista. Por ello, los intelectuales a sueldo de los consorcios, con el pretexto de alentar las culturas locales, y echando mano de todas las armas ideológicas, siembran la discordia y promueven un chovinismo de campanario. Que los indígenas o la población negra consideren que los culpables de sus apremios son los demás colombianos de otras razas. Que éstos vean en aquellos a sus contrincantes; que la costa alimente rencores con el interior, y éste con el litoral, y así ad infinitum. A diario, los funcionarios pastranistas inoculan la inquina entre los colombianos. Si hay desempleo, la culpa es de los asalariados. Si no hay escuelas u hospitales, los causantes son los trabajadores del Estado. El atraso de las zonas apartadas se achaca a la capital. A ésta se le dice que aporta demasiados tributos a la nación. El que tiene un pan para mitigar el hambre de su familia es acusado de que haya quienes mueran de inanición. En cambio, los potentados están libres de pecado. Toda la riqueza y esfuerzo nacionales deben ofrecérseles en bandeja para que los pobrecillos no se ahuyenten con sus fortunas.

La globalización, es decir, el despojo de cinco mil millones de seres por parte de un puñado de bancos y compañías multinacionales, y la centralización del poder político en el imperio americano, tiene como su reverso el atomizar a los pueblos y a las naciones. Sin asimilar esta ley de la post guerra fría no es posible entender cosa alguna acerca del “nuevo orden mundial”.

DEFENDAMOS LA CAJA AGRARIA

Pastrana, como fiel servidor de la política imperialista, mantiene la Caja en total parálisis. El crédito agropecuario se encuentra cerrado y los servicios bancarios restringidos. Se ha iniciado una campaña de desprestigio institucional orquestada desde las distintas dependencias oficiales, especialmente desde Planeación y los Ministerios de Hacienda y Agricultura.

Con el sofisma de la «reestructuración», Pastrana quiere culminar la obra de sus antecesores y se halla presto a liquidar definitivamente la institución más importante y necesaria para la reactivación del campo colombiano. Para ello ha anunciado que hará uso de las facultades extraordinarias contenidas en la ley 489 de 1998, que le permiten “suprimir, fusionar, reestructurar o modificar” cualquier entidad pública. El gobierno pretende confundir al país señalando que habrá una “nueva Caja Agraria” más eficiente y moderna al servicio de los campesinos. La verdad es distinta. Lo que se busca es acabar con una entidad que le ha servido al desarrollo de la producción agropecuaria y, de contera, arrebatarles los derechos a sus trabajadores eliminando la convención colectiva y la organización sindical.

Defensa de la Caja, propósito nacional

Pese a la política de marchitamiento que desde el gobierno se impulsa contra la Caja, ésta sigue siendo la más importante institución para el campo y para los municipios colombianos. Por su conducto se distribuyen los recursos para el sector y sin ella los entes territoriales, especialmente las poblaciones más alejadas, se verían condenadas al aislamiento y al abandono total. El gobierno ha anunciado que cerrará 340 oficinas de las existentes hoy y 170 municipios se quedarán sin la presencia de la Caja. Contra esto, los alcaldes, los concejales, la Iglesia y las fuerzas vivas de cada población preparan su movilización para impedir que el gobierno consume este atropello, y para reivindicar sus exigencias frente a la falta de vías de comunicación, precios de sustentación e importaciones de alimentos.

Las batallas libradas por los creditarios han evitado que regímenes anteriores la liquiden. Esta tradición debe seguir siendo la respuesta ante la actual arremetida. La huelga, como arma de lucha por excelencia de los trabajadores, convocada por su organización sindical, es la garantía para mantener viva la entidad. Serán los trabajadores con su imprescindible movilización quienes jalonarán el más amplio despliegue de movimientos, paros cívicos y manifestaciones de solidaridad.

El gobierno ha iniciado también una campaña de desprestigio contra Sintracreditario, valiéndose de diferentes medios de comunicación. Pretende con ello restarle poder de convocatoria y minar la confianza de los trabajadores. Dicha campaña hace parte de la política liquidadora de Pastrana. No olvidemos que una ofensiva similar fue utilizada para forzar el cierre definitivo de entidades como Colpuertos, Ferrocarriles Nacionales, el Idema y el Ministerio de Obras Públicas. Exonerar al gobierno de esta campaña es hacerle el juego a la política liquidacionista.

El MOIR llama al movimiento sindical, a los gremios del sector, al movimiento campesino, a la Iglesia, a alcaldes, concejales y diputados y, en general, a las fuerzas democráticas y progresistas a que respalden la lucha que por la permanencia de la Caja han de adelantar sus trabajadores.

¡Por la soberanía económica, resistencia civil!

UNIDAD ANTE ARREMETIDA DE LOS BANCOS

El sector financiero ha sido consecuente impulsor de la política neoliberal agenciada por el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, primer beneficiario de la apertura y ariete para la recolonización de nuestro país. De 1990 a 1997, en aplicación de la reforma financiera y ayudado por la reforma laboral de Gaviria, el gobierno adecuó el sector bancario para que los grandes financistas extranjeros encontraran entidades saneadas, listas para recibirlos y que se prestaran a la política de expansión mundial.

La llegada a los bancos colombianos de capital español obedece, por un lado, al modelo neoliberal de apertura económica impuesta por el imperialismo norteamericano. Y por el otro, a que los dos colosos ibéricos, el Banco Bilbao Vizcaya, BBV, y el Banco Santander, libran una contienda ante la proliferación de oficinas y la saturación del mercado en la madre patria. En consecuencia, ambos conglomerados decidieron salir a respirar otros aires, tras la meta, declarada con excepcional franqueza por ellos mismos, de “explotar” este mercado y “obtener mayor rentabilidad para sus accionistas”.

Los grandes grupos nacionales no tardaron en reaccionar, fortaleciéndose principalmente Luis Carlos Sarmiento con el grupo AVAL, y el “sindicato antioqueño” con la fusión del Banco de Colombia y el Banco Industrial Colombiano en Bancolombia.

Estas circunstancias, unidas a las altas tasas de interés, a la insolvencia de los deudores, a la recesión generalizada y al encarecimiento de la deuda externa, condujeron rápidamente a la quiebra de los bancos pequeños, de algunas Corporaciones de Ahorro y Vivienda, cooperativas y compañías de financiamiento comercial. Se tendió igualmente un cerco alrededor de la banca oficial, en detrimento del BCH y, principalmente, de la Caja Agraria.

Los trabajadores, por su lado, fueron directamente afectados por esta embestida del capital foráneo y su sed de pingües ganancias. Fueron reestructuradas las plantas de personal, se incrementó su inestabilidad y se violaron más descaradamente las convenciones colectivas en puntos tan vitales como escalafón, vivienda y salarios, entre otros. A lo cual se suman la prolongación de la jornada de trabajo y otra serie de arbitrariedades.

Promoviendo el Pliego Político Unificado, los sindicatos se ven abocados a fijar posición sobre temas tales como planes de fomento, margen de intermediación, control de la inversión extranjera, política fiscal, reforma financiera y banca central. Y en el plano laboral: sistema de contratación, jornada de trabajo, seguridad social, contratación colectiva por rama y despido de empleados. Reivindicaciones que contribuyen a la agitación, a la educación de los trabajadores y a contener la masacre laboral. Mención especial merece la condena al confiscatorio UPAC.

En el momento actual, tanto ACEB como UNEB, Sintracreditario, Sintrabancol, Astraban, Anebre y Fenasibancol deben realizar esfuerzos para crear el sindicato único con el fin de defender con mayor eficacia los intereses de los trabajadores, y como herramienta para enfrentar la arremetida.

Es de particular importancia que el Frente Intersindical Bancario, respaldado por las centrales y apoyado por los trabajadores, rechace la reforma financiera y laboral y el Plan de Desarrollo pastranista, y saque adelante el Pliego Político Unificado y la lucha por salvar a la Caja Agraria.

Después del terremoto en el Eje Cafetero: LOS QUINDIANOS SE UNEN Y COMBATEN POR SUS DERECHOS

Recorrer los escombros de los pujantes municipios y veredas del departamento del Quindío arruga el corazón. Hay tantas fachadas de viviendas sostenidas por palos de guadua, al lado de las que se derrumbaron definitivamente, de las que medio sostuvieron un precario tejado, de las que aplastaron vidas. La visión de sus gentes, arracimadas en cambuches, entre el barro y los desechos, irrita el cerebro. Ser testigo de cómo la solidaridad del pueblo colombiano se la ferian los más inescrupulosos negociantes, levanta la indignación. Por fortuna, la creciente organización de las masas populares y la disposición que manifiestan para la defensa de sus intereses, hacen surgir el optimismo y levantan la moral.

Terremoto

Cuando, a la una de la tarde del pasado 25 de enero, un sismo devoró las viviendas de cientos de miles de personas de veintiocho municipios de cinco departamentos de Colombia, el del Quindío, arteria del eje cafetero, sufrió una de las mayores catástrofes de nuestro país en el presente siglo. La cifra de desaparecidos, heridos y muertos, sobrapasa los diez mil. Los damnificados resultan incontables. Hay, además de las cerca de cuarenta mil edificaciones derruidas, otras tantas urgidas de reparación. Muchas de ellas alojaban instituciones de educación, salud y seguridad que dejaron de prestar sus servicios. Si bien allí se soportaba ya la crisis y la falta de oferta de trabajo que azota a todo el país, y en esta zona con énfasis a los cultivadores cafeteros, decenas de miles de nuevos desempleados engrosaron las estadísticas del paro forzoso al cual nos hallamos sometidos por las políticas del gobierno.

El anterior balance no toma en cuenta a los numerosos desplazados, a los caficultores cuyos beneficiaderos se derrumbaron y tendrán que desembolsar entre cuatro y doce millones de pesos para restaurarlos, ni a los niños y ancianos, hombres y mujeres heridos psicológicamente. Un pequeño de siete años, de La Tebaida, declaró a TRIBUNA ROJA que “al otro día se me había olvidado todo lo que aprendí en la escuela, leer, escribir, sumar y restar.” Un habitante de Montenegro que contemplaba la desolación afirmaba: “En un solo minuto retrocedimos por lo menos treinta años.” Hubo gentes a las que se les borraron los nombres de parientes y conocidos, o aún permanecen en crisis nerviosa, o quedaron errabundas.

Feria de la ayuda

Solamente faltaba que el presidente Pastrana llegara a “poner orden”, es decir, a señalar quiénes debían administrar y lucrarse de la mayoría de los auxilios y demás recursos nacionales e internacionales para los afectados; los elegidos fueron sus compinches y varios de los “cacaos” que mangonean para su provecho las finanzas colombianas, públicas y privadas.

Para tal efecto fue creado el Forec (Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo del Eje Cafetero), el cual tendrá en sus manos la destinación de dos billones de pesos, o más, en dos años, entre otras por cuenta del impuesto del dos por mil. Arrancó sobre la base de novecientos cincuenta mil millones de pesos, que siguen hasta ahora produciéndoles intereses a sus administradores so capa de que “no se puede improvisar”. Se rumora que, además, unas doscientas cuentas privadas, que han captado alrededor de ocho mil millones de pesos, no aparecen por ninguna parte. Semejante ponqué lo reparten, o se lo reparten, nueve dirigentes empresariales y políticos entre los que se cuentan el alcalde de Armenia (al gobernador, no pastranista, lo marginaron), y, para sólo citar algunos, el presidente de la ANDI, Luis Carlos Villegas, el del Comité de Cafeteros, y Luis Carlos Sarmiento, Santiago Mejía, Pedro Gómez Barrero (conocido de autos tras la catástrofe de Armero), a más de Jorge Cárdenas, por la Federación Nacional de Cafeteros.

Mientras este Forec no ha hecho ninguna inversión importante en cuatro meses para dar solución a los problemas urgentes de la población, sí se prepara a decidir que esos billones se destinen a la financiación de viejos proyectos como el túnel de La Línea, el del “puerto seco” de La Tebaida, o el de la doble calzada de las vías desde Buenaventura hacia el interior del país y hasta Venezuela. Y, claro, como ha de darse prioridad a las “zonas de desastre,” el Ministerio de Transporte le entrega al Forec 150 mil millones para el proyecto del túnel. El dichoso Fondo asignará de manera directa, sin tener que licitar, según la decisión de sus cabezas de mando. Así, todo puede quedar en familia: Cárdenas Santamaría, el hijo (el mismo del lío de Dragacol), traslada los recursos, para que el padre, Cárdenas Gutiérrez, contrate a dedo con quien a bien tenga.

Haciendo gala de su consabida astucia, en cualquier zona de tragedia aterrizan las aves de rapiña del capital financiero. Primero se disfrazan de “damas grises” o “damas rosadas”. Llegan con paliativos y sonrisas, colombinas para los niños y ropita para las señoras, y otras clases de auxilios que a la postre recuperarán con creces a cuenta de sus exenciones tributarias. Auscultan las necesidades de los damnificados, y hacen que las generosas contribuciones del resto del país se discriminen según quienes apoyen sus intereses.

Muchos funcionarios, tales como algunos alcaldes, han convertido en feria el terremoto. Almacenan y comercializan mercados, colchones, ropa, carpas. Y a quienes reclaman, como dice una señora de Calarcá, “la Policía los saca a palo”. Y carnetizan a su clientela política para privilegiarla con las ayudas que sobren con miras a las próximas elecciones. Una anciana que limpiaba la ropa de su familia en un improvisado lavadero instalado frente a uno de los cambuches que pueblan el Quindío, nos contó: “Fui al coliseo, donde se distribuían los auxilios. Después de hacer una cola como de dos horas, le pedí al alcalde que me diera un plástico para terminar de cerrar este alojamiento y una manta para tapar a mi hija y a mis nietos, y me contestó que si no me pedía más el buche.”

Viviendo entre las sobras

Miles de familias subsisten en los que llaman “alojamientos temporales”, en verdad tugurios y carpas inadecuadas, alrededor de los cuales se levantan ilusorios barrios de desplazados en precarias condiciones. Construyen pasos de bahareque sobre las estrechas calles peatonales que bautizan como “Nueva Esperanza”, “Segunda Ilusión” o nombres del mismo estilo.

Durante mes y medio algunos recibieron mercados; a cambio les pidieron luego que trabajaran recogiendo escombros, y ahora se los cobran. En los lotes destinados para estos asentamientos, sólo se brinda el servicio de luz desde las seis de la tarde hasta las seis de la mañana, y los dueños de tales predios, particulares o estatales, ya están presionando para cobrarles arriendo, amparados por el concepto del Forec, que los considera inquilinos. Incluso se les ha dicho a los damnificados que primero se atenderán las demandas de los propietarios y más tarde las de los arrendatarios, conformados estos por cerca de cincuenta mil familias.

Apertura a los monopolios

Ya se prospecta una ley “Quimbaya” que, como la “Páez”, abusando de los nombres de nuestros indígenas, es un espacio más para las multinacionales, con exenciones de impuestos y garantías de favorabilidad comercial, que les facilitan el saqueo de las riquezas y del trabajo colombianos.

Mientras tanto, a los damnificados del campo y las ciudades se les niegan los subsidios, o se les reducen, subestimando sus pérdidas, y a cambio se les ofrecen créditos “blandos” que los endeudarán todavía más hasta terminar por ahorcarlos. Y en cuanto a los trabajos especializados, las plazas disponibles han sido asignadas a profesionales de otras regiones, dependientes de Organizaciones No Gubernamentales (ONG), adscritas las más de ellas a los distintos grupos financieros que han acaparado el negocio de la reconstrucción, las cuales han llegado a suplantar a las autoridades municipales y departamentales, pretendiendo, además, asumir el papel de líderes de la población.

Respuesta popular

En contraste con la política oficial de “al caído caerle”, desde el día de la tragedia las gentes del pueblo comenzaron a organizarse de diversas maneras, desplegando toda la solidaridad de la que son capaces. En los doce municipios del departamento del Quindío han sido constituidas asociaciones de damnificados que el pasado 8 de mayo se unieron en la Federación de Damnificados del Quindío, en una concurrida asamblea popular realizada en Armenia. Y han elegido cuadra por cuadra, campamento por campamento y vereda por vereda, a los delegados que han de velar porque se cumplan sus demandas.

Les ha tocado, incluso, defender los barrios construidos en guadua que sí sobrevivieron al movimiento telúrico, y que los constructores asignados por el Forec han querido derruir. Un trabajador del matadero de Calarcá relata que los pobladores de su localidad, en el cual viven decenas de jornaleros, ahora desempleados, tomaron la decisión de salvaguardar sus humildes viviendas. Luego de una visita de arquitectos e ingenieros de universidades de Caldas, Risaralda y el Quindío, quienes les aconsejaron hacer sólo reparaciones, se engancharon de los brazos y empuñaron sus machetes cuando llegaron los bulldozer, para impedir la destrucción que pensaban ejecutar los agentes de la “reconstrucción”.

Los Comités de Damnificados han elaborado un programa de lucha que consiste principalmente en exigir el respeto a sus organizaciones independientes; mayor representatividad en los organismos rectores de la reconstrucción; incremento de la apropiación de recursos estatales para las obras realmente necesarias; establecimiento de estímulos a los productores tradicionales de la región; mejoras en las condiciones de vida en los cambuches y campamentos; subvención de los servicios públicos; refinanciación de la educación y la salud; condonación de las deudas a los cafeteros y agricultores de la zona, y protección de los recursos naturales y de las organizaciones culturales y científicas.

Pues, justamente, las Casas de la Cultura, así como los clubes juveniles, han pasado a ser sedes de las reuniones de los comités. Un representante de éstos últimos nos decía que su papel se había transformado, de ideales abstractos a tareas concretas de ayuda a la población. Y otro joven, ciego de nacimiento, narraba: “Sentí el terremoto como se sienten las olas en el mar. Era como un animal que brotara de la tierra. Antes me dominaba el temor, pero ahora me he decidido a organizar a los vecinos de mi barrio, para que luchemos por una verdadera nueva vida.”

Ya se han visto brotes de rebeldía frente a la dilación, el negociado y las maniobras del gobierno y los que se mangonean el Forec. Porque el pueblo del Quindío está erguido y firme como la palma de cera.

LA CIENCIA, LA EDUCACIÓN Y LA CULTURA EN LOS TIEMPOS DEL NEOLIBERALISMO

Guillermo Alberto Arevalo

El Fondo Monetario Internacional, FMI, declaró recientemente que Colombia está “bien enrutada”. Se basa tal opinión, entre otros aspectos, en la disminución del déficit fiscal. Todo el mundo sabe que sus dictámenes tienen como referencia las ganancias o pérdidas del capital financiero internacional.

Pero ¿de dónde está recortando el gobierno de Pastrana los dineros que le permitan obtener tales felicitaciones? Entre los renglones afectados están justamente algunos de los que más necesita la población: la salud, la educación. la ciencia y la cultura.

En concordancia con el dogma neoliberal de privatizarlo todo a toda costa, se les exige a las instituciones de la salud, sometidas de tiempo atrás a una avara dotación de recursos, que sean productivas. Ya fue cerrado el Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos, y tal acto se convirtió en una amenaza para el sector. Y en cuanto a las campañas de prevención contra los múltiples virus que afectan a los niños, las informaciones de la prensa nacional comunican que sólo se dispondrá de un 3.9 por ciento de lo previsto, y que para el año 2000 se eliminarán los recursos adjudicados para la adquisición de vacunas.

Con respecto a la educación, todo apunta a exonerar al Estado de su deber constitucional de garantizársela a los ciudadanos colombianos. La neoliberal política consiste en privatizar colegios, normales y universidades. Se les pide que se autofinancien, que eleven los precios de sus matrículas, que cada vez más discriminen a amplias capas, negándoles el acceso a las instituciones educativas.

Por otra parte, la cantaleta de la “evaluación” y los “traslados” sólo esconde la intención de disminuir la nómina estatal de educadores.

¿Qué decir de la investigación científica y tecnológica? En un foro público, el director de Planeación afirmó sin sonrojarse que “la inversión pública en ciencia y tecnología es del 0.72 por ciento del PIB… Mal haríamos nosotros en darle el dos por ciento”. Y “diciendo y haciendo,” Pastrana, el esporádico huésped de la Casa de Nariño, ordenó el cercenamiento del presupuesto de Colciencias, reduciéndolo a una mínima expresión, y eliminó las partidas destinadas a la investigación sobre cáncer, sida y otros flagelos.

El mismo tratamiento ha recibido la cultura. Eso no da “imagen”. Cómo será la situación, que hasta un reciente editorial de El Tiempo dijo que el ministerio del ramo había sido “reducido a cuarta categoría y está entre los candidatos a ser eliminado.” Los pocos premios nacionales y las mezquinas becas que patrocinaba fueron condenados al naufragio.

El presidente y sus ministros intentaron gravar aún más los libros con el impuesto del IVA, pero, por fortuna, múltiples protestas impidieron semejante atropello. Ahora tienen en la mira a las programadoras de televisión cultural del Estado, como Audiovisuales.

Cuando el jefe del Estado inauguró la más reciente Feria del Libro, habló conmovido de cuán importantes y esenciales resultaban para él las bibliotecas. ¿Las habrá visitado? A la Biblioteca Nacional de Colombia, patrimonio histórico de nuestra nación, poseedora de tesoros bibliográficos invaluables, le fue reducido el presupuesto y parece condenada al cierre definitivo.

Los colombianos debemos luchar también por los intereses culturales y científicos, que constituyen pilar fundamental del verdadero desarrollo nacional y garantía del avance hacia nuestra autonomía.

EL RETORNO DE LOS BRUJOS

David Rodriguez

El pasado 8 de mayo llegó al país Jeffrey Sachs, el gurú, «el economista más grande del mundo», según lo anunciaron El Tiempo y Portafolio. Jeffrey Sachs es uno de los más nombrados teóricos neoliberales. Dirige el Instituto de Desarrollo de la Universidad de Harvard y con mano segura ha orientado al descalabro las economías de Rusia y de Polonia, entre otras de las favorecidas por sus luces.

En el mes de julio de 1997 publicó un estudio titulado El crecimiento de Asia, en el que pronostica que los «dragones» y los «tigres» tienen asegurados treinta años de prosperidad ininterrumpidos. En el mismo mes estalló la crisis financiera que asoló a todo el Sudeste Asiático. El brebaje que receta a los países rezagados consiste en dedicarse a exportar a las metrópolis productos y servicios intensivos en mano de obra. Él, en un alarde de originalidad, los llama «productos de clase mundial». A su juicio, los Estados que deseen progresar deben atraer a las trasnacionales y no preocuparse por el mercado interno. Los países que progresan son los que tienen mercados internos pequeños, puesto que los grandes los desvían de las exportaciones. Aconseja entregar a precios razonables los recursos naturales básicos, los cuales también apartan a las naciones del esfuerzo por ligarse a las cadenas de los grandes consorcios.

Ha polemizado acremente con el Fondo Monetario Internacional porque él es partidario de dejar que las monedas floten libremente y se opone a la política del FMI de que prevalezcan los tipos fijos de cambio. Sus recomendaciones conducen a que los especuladores financieros puedan aprovecharse de la crónica inestabilidad de las monedas y a que los exportadores no cuenten con garantía alguna en sus operaciones, pues quedan a merced de la total volatilidad de las divisas.

Sachs es reconocido porque sus sesudos trabajos demuestran con elaboradas ecuaciones, curvas y regresiones leyes que la torpe realidad se niega a obedecer. En el Foro realizado en el Centro de Convenciones, ante un auditorio completamente mudo y maravillado, repitió sus muy difundidas fórmulas y dio pruebas de su genialidad cuando resolvió menospreciar alegremente el duro enjuicimiento hecho a la política aperturista por Eduardo Sarmiento Palacio. Según Sachs, «la discusión en Colombia sobre apertura es entretenida, pero eso no les va a resolver nada», y agregó: «Ustedes se están desgastando en la retórica». Estas afirmaciones confirmaron la ilimitada sabiduría de Jeffy. Así lo comprendieron Ruddy Hommes y sus compinches, pues quedaban libres de toda culpa por haber sometido el país a la ruina que hoy vive.

La culpa no es de la apertura, sentenció Sachs, sino de la bonanza petrolera, que revaluó el peso, y del Niño.

«¿A qué debe apostarle Colombia?» En resumen, peroró Sachs, a estimular el sector exportador, promover el turismo, mejorar la infraestructura y controlar el gasto público. Por fin sabemos ya quién le dictó a Pastrana el Plan de Desarrollo.

Así las cosas, el laureado economista de marras quizá no consiguiera demostrar ser el mejor del mundo, pero sí el más vivo.

FELIPE, MOIRISTA DE PRINCIPIO A FIN

Gabriel Fonnegra

En octubre de 1965, un puñado de jóvenes logra romper al fin con el cerril oportunismo que invadía sus filas. Acaudillados por Francisco Mosquera, dan vida al documento Hagamos del Moec un auténtico partido marxista-leninista,1 se proveen de un estado mayor y excavan los cimientos de una corriente nueva, la de la clase obrera revolucionaria. De ese primer Comité Ejecutivo Central, el de los fundadores pioneros, hacía parte un hombre de 21 años, nacido en Medellín: Carlos Arturo Londoño. En la actividad conspirativa utilizaba el nombre de batalla de Sebastián y después había de llamarse Felipe Mora, pero quizá en la historia revolucionaria será recordado como Felipe, a secas, como fraternalmente fue llamado por la militancia moirista.

Cuando el pasado 8 de abril, treinta y cuatro años más tarde, los cientos de leales que venían desde todo el país a tributarle honores póstumos comenzaron a desbordar la amplia casona del Pequeño Teatro, en Medellín, el dolor más profundo se reflejaba en los semblantes. Había muerto un verdadero jefe.

Pero a la par, como si concurrieran a otra jornada de combate, de las muchas y victoriosas que encabezara el dirigente fallecido, sus fieles camaradas expresaban en gestos y palabras la más resuelta decisión. La atmósfera reinante en ese día tan luctuoso para los revolucionarios, fue resumida con sentencia certera por nuestro secretario general: «El viernes vi a la gente muy triste –afirmó Héctor Valencia—. Pero con la publicación del comunicado en el que señalamos la posición del MOIR ante la actual lucha de clases, vi también que había altas esperanzas en los ojos llorosos».

Desde el comienzo

Carlos Arturo Londoño Londoño nació el 11 de junio de 1944, hijo de Alfonso Londoño Navas, jefe liberal en San Jerónimo, y de Marina Londoño. En 1967 contrajo matrimonio con Elvia Velásquez. Deja dos hijos: Felipe, de 31 años, abogado, y Andrés, de 27, administrador de empresas.

Se crió desde muy niño en el barrio Buenos Aires, un extenso suburbio de ladera sumergido en el tango y en el fútbol. Era un vecindario de clase media, pero también de arraigo obrero y popular.

Hacia 1961, el año en que Felipe entra en el Moec, la juventud de la barriada vivía en plena ebullición. En las diarias tertulias se oían Radio Habana y Radio Pekín. A precios irrisorios se ofrecían en grandes cantidades libros y textos de marxismo. Millares de revistas circulaban de mano en mano.

Por sus dotes de líder y su enorme capacidad, no tardó el nuevo adepto en jugar un papel de primer orden en la recién creada dirección regional. Fue tenido también en cuenta, pese a su juventud, para destinos reservados a dirigentes nacionales. Contaba apenas 20 abriles cuando se desplazó a China a recibir un curso de milicia y política. Se embarcó en un carguero de la Italian Line, que lo llevó desde La Guaira a Barcelona. De allí siguió por tren hasta París, Moscú y Pekín. Allí tuvo la suerte de ver de cerca los procesos de dos de los más cruciales episodios en la historia contemporánea: la polémica de Mao con los revisionistas soviéticos y, en sus prolegómenos, la Gran Revolución Cultural Proletaria.

Ya de vuelta en Colombia, retomó sus tareas con mayor entusiasmo y absoluta dedicación. «En el barrio Buenos Aires, por el año 65 –cuenta Carlos Macías—2, existía una célula del Moec en la que militábamos algunos estudiantes, trabajadores y artesanos. El contacto del organismo con las instancias superiores, que actuaban en la más absoluta clandestinidad, era precisamente Felipe. Corría el mes de marzo y, una mañana, Felipe me invitó a conocer a Andrés. Se trataba de un jefe nacional que venía buscando escampadero, sentenciado a muerte en Bogotá por la fracción militarista, y aspirando a instalarse en Medellín, a instancias de Felipe, quien le había ofrecido su propia casa. No era otro que Francisco Mosquera. Andrés nos explicó en detalle el severo conflicto por el que atravesaba el Moec. Nos informó también que estaba concentrado puliendo un material contra el nidal oportunista. Fue aquí donde acabó de redactar Hagamos del Moec, nuestra pila bautismal, por así decirlo». En ese documento Mosquera señalaba que no había en Colombia condiciones propicias para la lucha armada y nos convocaba a impulsar dos tareas: construir un partido en el seno del proletariado, con su sello de clase inconfundible, y desgajar de las centrales un movimiento obrero independiente.

Perseverando en su propósito, con Pacho a la cabeza, el Partido logró arraigar en varios sindicatos, entre ellos los de Bedout, Furesa, Laminación y Derivados, Empresas Públicas y Hullera, de Amagá. Se hacía indispensable, lo primero, dar cabal solución a la enconosa lucha interna y derrotar a fondo la tendencia foquista que subsistía en el Moec. Fue el histórico Pleno del 1º de octubre de 1965. En él Mosquera fue elegido secretario general. A su lado se hallaban, entre otros, Arturo Londoño y Gildardo Jiménez. Es un hecho elocuente que el primer acto de Felipe como integrante de la máxima dirección fuera la intrépida ruptura con el oportunismo de izquierda.

También Felipe escoltó a Pacho en la segunda lucha interna, que se escenificó en Antioquia, en 1967, cuando un grupo de disidentes dio en desertar del cuadro partidario para sumarse a una organización que había emprendido la lucha armada. Y luego estuvo junto a él en el proceso que culminó en septiembre de 1969, con el masivo encuentro de fundación donde cuajó por fin la idea de conformar un movimiento obrero independiente, opuesto a las centrales UTC y CTC y en alianza con diversos sectores, incluidas la USO y Fenaltracar.3 El multitudinario evento, llevado a cabo en la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, proyectó a la luz pública al MOIR.

Felipe tomó parte después en el no menos importante Pleno de Cachipay, celebrado entre el 15 y el 24 de octubre de 1970. Allí, con base en el Moec, ya consolidado su carácter marxista-leninista, y al que se habían sumado algunas agrupaciones revolucionarias, se le dio nueva fuerza al Partido.4

Una prueba de fuego para Felipe fue unificar a Antioquia alrededor de la consigna que en 1972, e imponiendo un viraje abierto y audaz, trazó la dirección nacional frente a la táctica electoral. Asunto espinoso, pues prevalecía por entonces, tanto en el movimiento estudiantil como en los sindicatos independientes, una tenaz corriente abstencionista. Entre risas rememora la escena Rubén Holguín: «En el pleno del Regional, al que había llegado todo el mundo, Felipe abrió el informe con esta breve frase: ‘Vengo a tirarles, compañeros, una poncherada de agua fría: nos vamos a elecciones’.»

Pies descalzos

Ya como secretario regional –cargo en el cual estuvo hasta 1984—, ayudó a construir el Frente Sindical Autónomo de Antioquia.

Fue aún más decisivo su papel cuando Mosquera, desde 1975, puso a todo el Partido a desarrollar la orientación de pies descalzos. Felipe, lista en mano, se aparecía por las células –que ya habían recogido la subienda del movimiento estudiantil—, buscando persuadir a la gente de que debía descalzarse. El laborioso censo comprendía al final del año más de setenta militantes –muchachas y muchachos de la universidad, más algunos obreros veteranos, que partieron casi en seguida a apuntalar el trabajo del Partido en el resto del país, principalmente en el campo.

«Regó su huella por el país entero», señala Jorge Gómez. Gabriel Restrepo lo confirma: «La gente que pasó por sus manos, o que es directamente hechura suya, sigue siendo bastante numerosa. Claro que no todos respondieron a las expectativas del Partido. Pero ante esto, él mismo, sin perder el humor, decía: ‘En esta familia hemos tenido más de un hijo calavera’.»

Una vez que el primer oleaje de emigrantes hubo echado semillas, graneando a los cuatro vientos, fue cuando se advirtió que comenzaba lo difícil. Para sacar airosa la tarea se requerían fuertes sumas, no sólo ganas y coraje, y se pidió el respaldo del movimiento obrero. Propaganda y publicaciones, pasajes y estadías, medicamentos y asistencia, pudieron costearse durante varios años gracias, en buena parte, al ahincado celo de cuatro o cinco sindicatos. En esta iniciativa Felipe, como siempre, fue audaz. Solía pregonar: «Los frentes de trabajadores que orientamos deben desempeñar un papel clave en la política revolucionaria».

Poniendo a jalonar a Sittelecom, logró coordinar varias campañas: entre ellas, conseguirle una motobomba y un kilómetro de manguera a un grupo de pioneros del nordeste antioqueño; una máquina de escribir y un mimeógrafo a los descalzos de Urabá; una panga en fibra de vidrio, con su motor fuera de borda, a las cooperativas campesinas de Bolívar; nailon en grandes cantidades, para redes de pesca, a una cooperativa en Ayapel; una máquina de aserrío para un amplio proyecto de un descalzo en Chocó; y una remesa entera de herramientas, principalmente picos y palas, a una aldea minera llamada Puerto Bélgica. Fue con aportes sindicales con los que se logró editar el folleto Los piratas del oro, que denunciaba las inhumanas condiciones a las que eran forzados los millares de barequeros de El Bagre y Zaragoza.

Coordinó además la solidaridad con el beligerante paro cívico lanzado por el pueblo de Barrancabermeja en 1977. En esa amplia campaña se alcanzó a recaudar la enorme suma, para la época, de 500 mil pesos. «Él tenía –como lo reafirma Javier Gaviria—una capacidad poco común para la organización».

Bajo su guía, en fin, el Regional movió a cientos de obreros a volcarse entusiastas a las celebraciones históricas de los cincuenta años de las Bananeras y del bicentenario de la Revolución Comunera. Y fue promotor de la idea de extenderle una invitación al escultor Rodrigo Arenas Betancur para que concibiera y realizara la escultura en homenaje a los combatientes antiimperialistas de las Bananeras, que hoy se erige en la vieja estación de Ciénaga, epicentro de la masacre.

Como era criterio partidario que el sindicalismo en las ciudades no debía ceñirse al mero apoyo solidario, Felipe martillaba: «El dirigente debe desenconcharse; entre cuatro paredes se acartona y se pierde». Presionó entonces a las células del Partido a ser consecuentes con este criterio. «A la de Telecom logró comprometerla –reseña Víctor Arbeláez—a que saliera desde el viernes, todos los fines de semana, a atender el trabajo partidario en Urabá y el Bajo Cauca. Impulsó al mismo tiempo, como tarea prioritaria, la venta de Tribuna Roja. En esa época se efectuaban tirajes que oscilaban entre 120 y 300 mil ejemplares. Al solo Regional le tocaban por lo común de 25 a 30 mil. Felipe era quien distribuía las brigadas, que se iban por los pueblos e invadían los barrios proletarios del Valle de Aburrá».

La década de los ochentas significó para el MOIR un período lleno de dificultades que Mosquera calificó como «el túnel». Durante estos años Felipe veló siempre por «conservar prendida la llamita», como gráficamente expresaba la necesidad de persistir en el rumbo revolucionario.

“Rescatar al MOIR

del aburguesamiento”

«Al despuntar 1991 –explica Jorge Gómez—, Mosquera cita la Conferencia de Villeta. Allí exhorta al Partido a vencer la molicie y el aburguesamiento, pues de otro modo no le iba a ser posible dar réplica adecuada a los tremendos desafíos que planteaba la apertura. Algún tiempo después, ante un pleno del Regional, Pacho le pide a Antioquia marcar la pauta. Felipe inicia desde entonces una incansable actividad, cuya dinámica se intensificó en el último tramo de su vida».

«Vivía para la revolución», afirma Eduardo Benavides. Estudiaba, vendía la Tribuna, salía con los grupos a pintar los murales, repartía chapolas, iba a pegar carteles, dictaba conferencias, atendía las células, colaboraba con la Escuela de Cuadros”. Jorge Aristizábal redondea el esbozo señalando que «era un todoterreno». Y refiere una anécdota: «Alguien un día le echó en cara a ‘La Pasta’, un viejo militante de base, el ser tan apegado a Felipe. ‘La Pasta’ replicó: en política hay cuadros dirigentes similares a futbolistas que siempre van al choque; la tocan por la izquierda, driblan por el centro, regresan a defender, cobran tiros de esquina, sacan los laterales, se cuelan en el área y meten gol. Yo, con ésos, me la juego».

Felipe estimulaba sin cesar al militante joven para que se lanzara con valor y audacia a desempeñar un papel de dirección. «Usted puede dar más», era una de las frases que se le oían a menudo. Javier Gaviria complementa: «Cuando hablaba con cada hombre asumía como una obligación personal el estar señalando el derrotero. E incitaba a la gente a definir sin trampas ni dobleces su posición en los debates, como una cualidad inherente al proletario».

Se tornaba implacable si sentía en peligro la política del Partido, y veía en la lucha interna la mejor arma para salir en su defensa. «Esgrimía una frase machacona, anota Jorge Aristizábal: ‘Ojo con la posición de clase’.» Rubén Holguín agrega: «No hubo una sola lucha interna, ni la que se libró contra Samper, ni contra Bula y Pardo, ni contra los hermanos Ñáñez, ni contra los dirigentes de la fracción más reciente, en la cual no marchara en primera línea, siempre en la posición correcta».

Libró un debate permanente porque los organismos funcionaran y se cumplieran las tareas. Lo exasperaba el liberalismo: que la gente no hiciera vida partidaria, no cotizara, no trabajara, no estudiara, no se preocupara por crecer.

Quien acoja la tesis leninista del Partido como destacamento de vanguardia, subrayaba Felipe, ha de impulsar la educación como tarea prioritaria. Junto con Libardo Botero, responsable del frente educativo, le dio resuelto apoyo a la Escuela de Cuadros del Regional de Antioquia, que con el tiempo se convirtió en modelo nacional.

Pero el maestro irreemplazable, según él, era el ejemplo vivo. En su empeño por dar realce a la vanguardia, para que jalonara a los remisos, solía destacar los organismos cuyo fervor en el estudio y el trabajo debía ser un logro digno de emular. «La inercia y la pereza –concluía—son caldo de cultivo para el oportunismo».

Afirmaba igualmente: «El centralismo democrático, principio cardinal del leninismo en lo organizativo, se halla ligado estrechamente al carácter de clase del Partido. Por ello el centralismo democrático no es negociable».

«¿Cómo defendía Felipe el ideario de Mosquera?, se pregunta Alfonso Berrío, dirigente del magisterio. No sólo barrenando con minuciosidad toda carcoma ideológica, sino también pugnando porque se preservara el centralismo como norma insustituible».

«Entabló tres batallas en el último año –resume Jorge Gómez—, y no de poca monta: la primera, contra el liberalismo en lo organizativo; la segunda, por formar una escuadra que jugara papel de dirección, y la tercera, por dejar afianzada una corriente revolucionaria leal al Comité Ejecutivo y al camarada Héctor Valencia».

Adalid y propagandista

«Es en las peleas de masas –solía esclarecer Felipe—donde sale a la luz el carácter de clase de cada militante». Alfonso Berrío rememora otra frase suya: «La lucha al lado de las masas es lo que garantiza la frescura de las ideas» . Consecuente, no hubo batalla de los trabajadores en la que no estuviera en primera línea. Acompañando a Mario Hernández, secretario del Regional, y a los demás dirigentes del frente obrero, Felipe llevó la representación del MOIR en el pasado paro nacional de los trabajadores estatales y marchó en sus nutridas movilizaciones.

Otra de sus pasiones era la propaganda. Durante la pasada campaña al senado se inventó una cometa de 1.80 por 1.30 metros, de lona gruesa y armazón de aluminio, que llevaba en la cola un pendón rojo de 25 metros en el cual se leía nuestra consigna: «¡Fuera gringos y abajo los vendepatria!» Se elevó en las laderas del Cerro Nutibara y en los extensos campos de Niquía. A duras penas la retenían cuatro hombres, todos con guantes en las manos.

El color escarlata y gualda, la hoz y el martillo, el puño en alto, la efigie de los clásicos y la estrella de cinco puntas, esa preciosa herencia de estandartes que nos han transmitido los obreros del mundo, deben ser reivindicados como propios, decía. «Toda clase tiene símbolos que la encarnan». Y propuso que el Regional, durante el acto público con el cual se cerraban los cursillos, laureara al mejor entregándole una bandera del Partido, tejida en seda fina. «La primera experiencia fue muy emocionante –relata Jorge Aristizábal—. Al obrero premiado se le pidió que pronunciara unas palabras. Pasó al frente y lo hizo, con voz entrecortada y apretando contra su pecho la bandera».

En su última intervención en público, Felipe hizo alusión al promisorio auge del combate de masas que se avizora en el país: «La pelea se viene, porque hay palpable angustia ante el total desbarajuste del aparato productivo, previsto ya por Pacho desde el comienzo mismo de la apertura. Se ve crecer la pleamar, porque son tantos los sectores sociales arruinados, que van a levantarse como hogueras cientos de Chinchinás. Se está incubando día a día una situación favorable, la más favorable desde hace varias décadas».

El homenaje póstumo a Felipe lo rindió la militancia participando con fervor en el pujante paro cívico que libraron, contra la valorización y los peajes, los cuatro municipios norteños del Valle de Aburrá, entre el 15 y el 18 de abril.

La enfermedad

Felipe había padecido un par de infartos como secuela de dos terribles choques emocionales. El primero, a raíz de la muerte trágica de Alfonso Calderón y Sandra White, el 13 de noviembre de 1985, bajo la avalancha de Armero. «Esa mañana –recuerda Elvia Velásquez—, apenas escuchó por la radio lo ocurrido, sus primeras palabras fueron: ‘¡Alfonso y Sandra!’ Se vistió a toda prisa, habló con Pacho, que estaba en Bogotá, y ambos partieron en seguida hacia el Tolima. Dos semanas después tuvo el primer infarto».

Sufrió el segundo a raíz de la bancarrota que lo forzó a entregarles a los rudos y voraces acreedores el Almacén 57-A, con el que había levantado a su familia. «Esa quiebra, en 1993, fue para él un golpe demoledor, relata Elvia Velásquez. Desde muchacho se había involucrado en el negocio de la chatarra, junto a su padre. Lo perdió todo, de un tirón. Fue un duro latigazo del que tardó bastante en reponerse. Porque a él podían fallarle, y le fallaron muchas veces. Pero él a su familia, no».

El tercero, el que segó su vida, le sobrevino el miércoles 7 de abril a las 10:25 de la noche. «Ese día cerró temprano, dice Fernando López, viejo activista del MOIR y propietario del taxi en el que falleció Felipe. Principió a sentirse indispuesto como una hora antes, mientras le hacía la visita a su hijo Andrés, recién intervenido en una clínica. Lo recogí en el taxi y, al subirse, recostó la cabeza en el asiento y me pidió el favor de que le consiguiera una pastilla. Ya cerca de su casa, en las inmediaciones del estadio, sintió que el malestar se le agravaba y me ordenó de urgencia, con Elvia a su derecha, que lo llevara rápido a la Clínica Cardiovascular. Justo en ese momento le escuché el estertor de la agonía».

Los despojos mortales fueron velados en el Pequeño Teatro de Medellín, que dirige su gran amigo Rodrigo Saldarriaga. Hubo guardia de honor desde las siete de la mañana del jueves hasta las once de la mañana del día siguiente. Empuñando banderas rojas, rodearon el féretro los delegados de los distintos Regionales, del Comité Regional de Antioquia, de Tribuna Roja y del Comité Ejecutivo Central, encabezado por Héctor Valencia.

El cuerpo fue cremado el día viernes 9 en el Cementerio de San Pedro.

«Era un hombre muy cálido»

«A diferencia de muchos de nosotros –comenta Eduardo Benavides—, que veníamos de la universidad, Felipe era un hombre de la vida, criado desde muy joven en el negocio familiar del azaroso Barrio Triste. Dedicarse con él a conversar era encontrarse con la vida que uno desconocía por completo, ese mundo en el que todo sucede. Su caudal de experiencias le hacía ver las cosas de manera distinta, y era lo que trataba de inculcarnos».

En él se conjugaban cualidades en apariencia contradictorias. Era un hombre muy cálido, pero a la vez pugnaz y vehemente; fraternal en el trato diario, pero duro y frentero en las discusiones. Jorge Gómez lo aclara: «Felipe sabía distinguir entre lo personal y lo partidario. Si tenía con alguien contradicciones serias en política, la relación personal se deterioraba. Pero nunca al revés. Y en su prisma de clase, no valía de nada el amiguismo. Cuando hacía las críticas, iba directo al grano. No era melifluo ni condescendiente, ni aun con sus amigos, algo que no es usual. ‘Esto se lo aprendí a Mosquera, solía comentar. Cuanto más amigo se sea de una persona, tanto más franca debe ser la crítica’.»

Contertulio brillante, exhibía una gran capacidad para el detalle alegre y humorístico. En varias ocasiones se le escuchó exponer una especie de idea fija que le rondaba por la mente: citar una tertulia con excelsos contadores de anécdotas, e ir armando entre todos una historia profana del MOIR.

«Tan culto como era y buen lector, apasionado incluso por el lenguaje y la gramática, y con tan finas dotes para la narración oral, Felipe era consciente de un vacío que le dolía mucho: no saber escribir», dice Reinaldo Spitaletta.

Enrique Molinares lo evoca en la memoria como un hombre festivo y socarrón, enamorado de la Mujer y, a la vez, de arraigados afectos familiares. «Siempre nos brindó apoyo, dice Felipe, su primogénito. Era muy respetuoso en el trato hacia nosotros». Y Andrés refuerza: «Para mí fue un amigo con el que siempre podía contar».

«Fue una persona muy alegre y que gozaba de la vida, dice Javier Gaviria. Pero, ante todo, un comunista profundamente orgulloso de su vocación militante».

Epitafio

La historia del MOIR, sin Felipe, carecería de sentido. Desde 1965 hasta 1999 tuvo influjo directo en las más importantes decisiones. Y encarnó un combativo estilo de trabajo que con justicia podríamos llamar Escuela de Antioquia.

«Yo aquí en la lucha», era el firme saludo con el que acostumbraba responder al de los militantes que venían a visitarlo desde distintos sitios del país. «Ésa es mi vida».

Y la selló con intrepidez. Su postrer actuación como integrante del Comité Ejecutivo Central, cuarenta y ocho horas antes de fallecer, fue consecuente con su límpida trayectoria de revolucionario integral. Estuvo el día entero preparando, junto con Héctor Valencia, Carlos Naranjo y Enrique Daza, el comunicado nacional del MOIR en que se reafirma el rumbo del Partido. Se tituló «Por la unidad y la salvación de Colombia» y se acordó que saldría a la luz en la edición de El Tiempo del viernes 9 de abril.

Fue su victoria póstuma.


1 Movimiento Obrero Estudiantil Campesino, fundado por Antonio Larrota, presidente de la Federación Universitaria Nacional, FUN, el 7 de enero de 1959.

2 Todas las personas citadas son dirigentes del MOIR en Antioquia.

3 Federación Nacional de Trabajadores de Carreteras Nacionales, presidida por Rafael Torres. Lideraba a la USO Eliécer Benavides.

4 Inicialmente se acordó que sería bautizado Partido del Trabajo de Colombia. Por circunstancias específicas, se terminó llamando Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, nombre que designaba, en el Congreso de fundación, a una alianza de fuerzas sindicales.