REPERCUSIONES ANTIMPERIALISTAS DE LA VICTORIA DE CHÁVEZ

Francisco Valderrama Mutis

El pasado 15 de agosto, Hugo Chávez derrotó en el referendo revocatorio a las fuerzas más reaccionarias de Venezuela, agrupadas en la Coordinadora Democrática, cuyas actividades fueron financiadas y apoyadas directamente por el Gobierno norteamericano y su Embajada, a pesar de los anuncios de los medios de comunicación privados que auguraban a voz en cuello una derrota apabullante para el indócil presidente.

En su esfuerzo por tumbar a Chávez, desde diciembre de 2001 esas fuerzas, con la connivencia de los dirigentes de la Central de Trabajadores de Venezuela, CTV, comandaron sucesivos paros patronales contra la promulgación de las llamadas leyes habilitantes que hacen obligatoria la participación estatal en las empresas de explotación petrolera y ponen en marcha una reforma agraria con la compra de tierra a los terratenientes. El paro del 8 de abril de 2002 condujo tres días después a un golpe de Estado que abortó prontamente debido a que las masas populares se concentraron alrededor del Palacio Presidencial y las principales instalaciones militares exigiendo el regreso de Chávez, que se produjo el 14 de abril con el respaldo que terminaron dándole la mayoría de las fuerzas militares.

Desesperados por el fracaso de sus intentonas, los opositores decidieron finalmente jugarse la carta de PDVSA, la empresa anónima estatal petrolera de Venezuela. En diciembre del 2002 sus ejecutivos y la CTV declararon la huelga total, acompañada de un nuevo paro patronales el país, con el fin de doblegar la resistencia de Chávez. Hacían el cálculo que si le estrangulaban al gobierno el ingreso petrolero, equivalente a la tercera parte del PIB, al 50% de los recaudos gubernamentales y al 80% de las exportaciones, tendría que someterse a sus exigencias.

Estados Unidos apoyó la nueva aventura de los opositores, sin calcular que podría producirse una parálisis de las exportaciones petroleras venezolanas con graves consecuencias para su propia economía. Creía a pie juntillas que la plantilla de ejecutivos pronorteamericanos de PDVSA man­ten­dría la empresa en funcionamiento, reemplazando a los trabajadores en huelga, y que Chávez se rendiría ante el asedio. Las multinacionales del petróleo perseguían quedarse con las condiciones establecidas por los anteriores gobiernos neoliberales, que limitaban las regalías a 16,7% y no exigían participación estatal en las nuevas concesiones petroleras. Chávez aprovechó la huelga para retomar el poder dentro de PDVSA, cuyo proceso de privatización interna estaba muy avanzado, de acuerdo con los lineamientos de la política de Seguridad Nacional de Estados Unidos.

Como consecuencia de la parálisis, Estados Unidos tuvo que salir a buscar en el mercado internacional el 15% de sus necesidades de petróleo, atendidas por Venezuela, con el agravante de que el petróleo del Golfo Pérsico o de Rusia se demora en llegar a sus costas más de 30 días, mientras que el venezolano sólo tarda 6. Este hecho, sumado a la guerra de agresión contra Irak, la actividad cada vez más intensa de la resistencia iraquí, la posibilidad de atentados contra las terminales petroleras en Arabia Saudita, el peligro de sabotaje a los oleoductos rusos en Chechenia, la inestabilidad política en África y la negativa de Bush a utilizar sus propias reservas de petróleo para paliar los faltantes, impulsaron vertiginosamente hacia arriba el precio del barril. La situación era aún más grave si se tiene en cuenta que PDVSA logra una parte importante de sus ganancias en territorio de Estados Unidos, a través de su subsidiaria Citgo Petroleum Corporation, que en la Costa Este es la más importante proveedora de asfalto, la segunda en refinación y la tercera en distribución de gasolina a través de sus 13 mil estaciones.

Cuando el gobierno logró restaurar la producción y las exportaciones una vez finalizada la huelga de tres meses, obtuvo paradójicamente ingresos extraordinarios que le permitieron desarrollar una activa política de alivio de las necesidades de los sectores más empobrecidos de la sociedad venezolana, 50% de la población, a través de las distintas misiones orientadas a la prestación de servicios de salud y educación gratuitas en todos sus niveles, la distribución de las tierras ociosas compradas a los terratenientes, la promoción y creación de microempresas y cooperativas y, ahora, a la creación de una empresa estatal de telecomunicaciones.

A lo largo del año 2002, las grandes empresas petroleras conspiraron contra su gobierno mientras creyeron que la oposición podía derrotar a Chávez. Prueba de ello son las ridículas ofertas, o la negativa a hacerlas, cuando el gobierno sacó a licitación la Plataforma Deltana con reservas probadas de gas de 20 a 30 trillones de pies cúbicos. Una vez decidida la suerte en el referendo, los monopolios iniciaron su participación ofertando sobre los sectores no contratados, resignados a aceptar que las regalías tienen que subir a 30% y que PDVSA debe tener una participación entre 1 y 35% en las empresas de explotación. Escaldados por todos sus fracasos, los monopolios petroleros deseaban que Chávez finalmente se impusiera en la revocatoria, tal como lo registró el Financial Times el 9 de agosto pasado: «Si Hugo Chávez gana el próximo domingo (…) su victoria sería compartida por la industria petrolera internacional». Pero el imperialismo norteamericano no se resignará jamás al gran fracaso que en Venezuela tuvo su política de pri­va­tización de las empresas petroleras estatales sobrevivientes en América Latina.

El programa de gobierno de Chávez, formulado en 1998, se limita a ponerle término al pacto bipartidista que impedía el juego político democrático en Venezuela y perpetuaba el relevo entre los dos partidos dominantes, a acabar con la corrupción y aliviar la pobreza, sin afectar los intereses económicos de las clases dominantes, y a garantizarles a los monopolios norteamericanos los negocios en el sector del gas y del petróleo. No obstante, las contradicciones con el proyecto de recolonización imperialista y con la oligarquía venezolana han sido muy agudas en otros aspectos centrales.

Hugo Chávez, el coronel triunfante en las elecciones de 1998, surgido de las duras condiciones que le impuso al pueblo venezolano la política neoliberal aplicada a rajatabla por la dictadura bipartidista de Acción Democrática y la Democracia Cristiana y luego por la nueva tecnocracia de yupies aperturistas una vez se produjo el debilitamiento inducido de esos partidos tradicionales, se ha convertido en un tenaz contradictor de la estrategia continental y mundial del imperialismo norteamericano. Se opuso a las guerras que Estados Unidos lanzó contra los pueblos de Afganistán e Irak, diciendo que eran «combatir el terrorismo con terrorismo»; promovió relaciones amistosas con Cuba, a la que suministra petróleo subsidiado y en canje por los servicios de médicos y alfabetizadores, precisamente en el momento en que Bush redoblaba contra la nación cubana su política de bloqueo económico; exigió que la misión militar norteamericana desocupara las instalaciones que tenían en el Cuartel General de las Fuerzas Armadas de Venezuela; rehusa cooperar con la intervención norteamericana en la lucha contra las guerrillas colombianas; no permite la utilización del espacio aéreo venezolano para los planes norteamericanos de vigilancia antinar­cóticos; se ha negado a entregar a las agencias de inteligencia de Estados Unidos información sobre la comunidad árabe que reside en Venezuela; promociona la integración de los esfuerzos petroleros latinoamericanos para independizarse del control de los monopolios estadounidenses; aboga por una política independiente en la Organización de Países Exportadores de Petróleo, OPEP; visitó a Sadam Husein y a Moamar Gadafy, cuando eran anatematizados por Washington; ha impulsado la participación estatal directa en la prestación de los servicios públicos domiciliarios; fortaleció la educación y la salud públicas, en contravía de la corriente privatizadora neoliberal (, a través de las famosas «misiones»); se ha opuesto abierta y enérgicamente en todos las cumbres presidenciales y ministeriales al ALCA, y se negó a participar en las negociaciones del tratado bilateral andino de «libre comercio», con el cual EU pretende doblegar la oposición que ha encontrado su plan de recolonización en toda América Latina.

Este último es el punto crucial de la contradicción con el imperialismo norteamericano. Necesitado Estados Unidos de revitalizar su economía, ha procedido a expoliar a los países latinoamericanos. Sin importarle la quiebra de su producción agrícola e industrial, les impone la apertura sin trabas de ninguna especie a las inversiones especulativas de sus capitales financieros, el desmonte de las limitaciones a los derechos de propiedad intelectual, la participación en el negocio de las compras gubernamentales, la privatización de la salud, la educación y otros servicios públicos, en suma, el total sometimiento a su política de recolonización. La oposición beligerante que en Venezuela desarrolla Chávez contra el intervencionismo imperialista, acompaña las luchas que contra el mismo y el avance en sus imposiciones neoliberales despliegan los trabajadores y los pueblos del resto de América Latina.

BUSH Y KERRY POR LA HEGEMONÍA GLOBAL

Francisco Valderrama Mutis

A pesar de la seguridad que deberían darle a Bush las encuestas que lo muestran ganando por 5, 10 ó 13 puntos, los sucios ataques mutuos que proliferan en la actual campaña presidencial norteamericana indican que tanto en el bando republicano como en el demócrata prima el criterio de que las elecciones se van a decidir por escaso margen. Un síntoma de esto fue la virulencia del vicepresidente republicano Dick Cheney al señalar que votar por el candidato demócrata John Kerry era invitar a los terroristas a que golpeen de nuevo en territorio estadounidense, lo que Bush se apresuró a avalar expresando que quienes critican sus decisiones durante la guerra ponen en peligro a los soldados norteamericanos y apoyan a los enemigos. La respuesta a semejante acusación vino esta vez en un editorial de The New York Times:«Nosotros pensamos que tratar de mostrar las críticas sinceras como peligrosas para la seguridad de la nación es equivocado. Se refleja de mala manera sobre el carácter del presidente, que en este momento esté poniendo por encima del bienestar nacional su propia ambición».

Los agudos tonos de la contienda electoral llevan a que aparezcan revelaciones sobre las condiciones de los Estados Unidos y sobre las crecientes contradicciones de su política imperialista. Bien vale la pena hacer una relación de las más notorias.

La situación económica se ha deteriorado durante el gobierno republicano hasta el punto que las lacras reservadas a los países del Tercer Mundo empiezan a aflorar en el propio Estados Unidos. Kerry la describe así: «El récord de George Bush habla por sí mismo. 1,6 millones de trabajos perdidos. Es el primer presidente en 72 años en perder empleos bajo su mandato. Ocho millones de norteamericanos están ahora buscando trabajo; 45 millones no tienen seguro social, cinco más que cuando llegó a la presidencia; 4,3 millones han caído en la pobreza en los últimos cuatro años, de los cuales 1,3 son niños. La familia norteamericana promedio vio caer sus ingresos anuales en 1.500 dólares, mientras los costos de los servicios de salud, la atención a la infancia, la gasolina y la enseñanza, se incrementaron más rápidamente que en cualquier otro período. 220 mil no pudieron asistir a las instituciones educativas durante el último año, simplemente porque no las pudieron costear. Este presidente convirtió un superávit de 5,6 millones de millones de dólares en billones de deuda que tendrán que pagar nuestros niños. George Bush hizo posible todo esto en sólo cuatro años. Imagínense lo que podría hacer en otros cuatro».

La propuesta de la «sociedad de propietarios» de Bush se inclina a que los beneficiados sean los más ricos y las corporaciones, a los que satisface con toda clase de exenciones y recortes tributarios. Un estudio de dos ONG norteamericanas (Citizens for Tax Justice, CTJ, y el Institute on Taxation and Economic Policy, ITEP) dicen que 1/3 de las grandes corporaciones no pagan impuestos; 2/3 de las mismas en el Estado de Oregon, pagan el equivalente al impuesto mínimo, o sea, diez dólares por año; y concluye que en 2003, el promedio de los norteamericanos pagó más impuestos que monopolios como AT&T, Time Warner y Walt Disney.

Kerry tiene la debilidad de haber votado en el Senado por los incrementos y medidas que ahora critica. La campaña de Bush recuerda su historial de «saltarín» entre posiciones contradictorias, que inauguró cuando a su regreso de participar en las atrocidades de la guerra contra el pueblo vietnamita, se convirtió en contradictor de la misma.

A partir del ataque contra las torres gemelas, George Bush puso en marcha a todo vapor el plan de dominación mundial que se venía cocinando en los centros de estudio neoconservadores desde la presidencia de Reagan, contenido en la Estrategia de Seguridad Nacional, proclamada en septiembre de 2002. El mundo conoció que Estados Unidos se arrogaba el derecho a atacar preventivamente a las personas o países que representaran o pudieran representar una amenaza, y que la agresión militar serviría para imponer la dominación económica a través de los «mercados libres y el libre mercado».

El equipo de Bush ha dispuesto una reestructuración de las fuerzas militares, para hacerlas más eficaces en la utilización de armas de última tecnología; el despliegue de una red de bases militares por todo el mundo que ya llega a cerca de mil, albergan a cerca de 500 mil soldados norteamericanos y rodean con un cinturón de hierro las zonas petroleras más ricas del planeta, desde Manta, en Ecuador, hasta Indonesia y Filipinas, caracterizadas por situaciones sociales explosivas; el aumento vertiginoso del presupuesto militar, tanto para atender los escenarios de guerra como para el desarrollo de nuevas armas; y el redes­pliegue de las bases y de las unidades militares para cercar las zonas donde los estudios geoestratégicos han señalado que se va a decidir la suerte de la hegemonía mundial, Asia Central, la frontera china y Europa Oriental.

Los fracasos y tropiezos en la guerra de agresión contra Irak no han logrado modificar esta política. Ni el aumento continuado de las bajas norteamericanas; ni el incremento de la resistencia, con un promedio de 80 ataques diarios contra sus destacamentos; ni los fracasos de Faluja y Najaf, ocultados por la prensa de los países bajo su dominación; ni las interrupciones de las exportaciones petroleras; ni la incapacidad para restaurar los servicios públicos básicos, arrasados por sus bombas; ni la creciente oposición interna que se expresó en la gigantesca manifestación contra la convención republicana en Nueva York; ni las decenas de libros y las continuas columnas de prensa cuestionando su capacidad de liderazgo; ni el derrumbamiento del andamiaje completo de mentiras que utilizó para justificar la invasión colonial.

Bush no acepta sus errores y ni siquiera la realidad, como lo apreciaron los asistentes a la plenaria de la ONU, donde defendió con estolidez todas sus actuaciones, con afirmaciones cínicas como: «Nosotros sabemos que los dictadores están prontos para decidirse por la agresión, mientras que las naciones libres se esfuerzan por resolver las diferencias pacíficamente». A la pregunta de qué decisión tomaría en el momento actual sobre la guerra contra Irak, respondió: «Sabiendo lo que hoy se, incluso sin haber encontrado los arse­nales de armas nucleares que creíamos todos que estaban allí, tomaría la misma decisión».

Pero Kerry no tiene una posición esencialmente diferente frente al problema de la seguridad nacional. Su programa plantea ganar la guerra global contra el terrorismo; detener la proliferación de armas nucleares, químicas y biológicas; promover la democracia, la libertad y las oportunidades para todos; modernizar las fuerzas militares más poderosas del mundo para enfrentar la amenaza del terrorismo, la proliferación de armas de destrucción masiva y enfrentar misiones estratégicas y regionales; utilizar todo el poderío diplomático, de sistemas de inteligencia y económico para hacer a Estados Unidos más seguro y prevenir el surgimiento de una nue­va generación de terroristas; y liberar a Norteamérica de su peligrosa dependencia del petróleo del Medio Oriente. La identidad con el programa de Bush se acrecienta cuando propone aumentar el pie de fuerza en 40 mil unidades, duplicar las fuerzas especiales y completar el proceso de transformación tecnológica militar.

Kerry intenta diferenciarse con su propuesta de que la alianza atlántica sea restaurada y que Estados Unidos dirija a sus viejos aliados en vez de afrontar unila­te­ralmente la tarea. Y que los países de la OTAN participen en la seguridad de Irak y en su reconstrucción. Descontadas éstas, lo más ácido de la campaña se concentra en la discusión de cuál de los dos tiene mayores capacidades de comando para enfrentar la situación actual de la llamada guerra contra el terrorismo. Las críticas de Kerry sobre la guerra de Irak son débiles porque no puede asumir las consecuencias, o sea, el retiro inmediato de las tropas.

Demócratas y comentaristas de prensa se impacientan frente a la indecisión de Kerry y su falta de coraje para enfrentar la campaña sucia de los republicanos. En serio y en broma le plantean la necesidad de enderezar su campaña mostrándose más beligerante y lo aconsejan sobre qué decir acerca de cada uno de los temas. Krugman le sermonea que no puede seguir respondiendo los brutales ataques de la campaña de Bush con disertaciones sobre la seguridad social. Uno más tituló su columna con un «si solamente Kerry fuera del Bronx», haciendo alusión al origen aristocrático del candidato. Otros, le dicen que ante su voto afirmativo por la guerra de agresión contra Irak, lo que debe hacer es reconocer que se equivocó y apuntalar así sus críticas. Todos coinciden en que los norteamericanos rasos no han podido entender su posición sobre la guerra; que cuando habla de proteger los empleos en territorio norteamericano, lo hace con el entusiasmo del ferviente partidario del libre comercio que siempre ha sido; y que está desarrollando una campaña a la defensiva, cuando debería estar planteando un agresivo asalto sobre las posiciones de Bush.

Si bien la suerte de los contendientes en la puja electoral está todavía por definirse, pues se predice un repunte de Kerry cuando comiencen los debates televisivos entre los dos candidatos, el próximo jueves 30 de septiembre, la suerte de los pueblos del mundo ya está echada. Como hemos visto, cualquiera de los dos continuará con las agresiones militares y la imposición de tratados de libre comercio, que, sin embargo, terminarán por poner al descubierto todas las debilidades y lacras del imperio y fortalecerán inevitablemente, como ya lo estamos viendo, las luchas de resistencia de los pueblos del mundo.

CERRADO EL HOSPITAL UNIVERSITARIO DE CALDAS

La situación que sufre el Hospital de Caldas y otros más del departamento es un fiel reflejo de la crisis nacional de la salud pública. Las cifras del Hospital muestran con claridad la situación que padece:

La cartera a junio de 2003 era de casi 20 mil millones de pesos, de los cuales, más de 13 mil millones estaban objetados por las EPS, las ARS y otras instituciones, tanto públicas como privadas. El Hospital no puede funcionar, así le paguen lo adeudado, porque además el gobierno nacional no gira los recursos suficientes para atender a los vinculados.

El Hospital se acogió a la Ley 550, hizo cuatro reestructuraciones, despidió a cerca de 750 trabajadores, entregó áreas enteras de prestación de servicios al capital privado y, sin embargo, cuatro años después de la aplicación de la política de «salvamento», el resultado es peor: su cierre.

Según el Ministro de Protección Social, el cierre del Hospital obedece a que en Caldas hay tres hospitales públicos de tercer nivel de atención, ya que, en sus palabras, se requiere sólo uno por cada millón doscientos mil habitantes. En la lógica de los neoliberales, a nuestro pueblo no le falta atención en salud. El sistema está saturado, no hay pacientes para atender ni operaciones represadas. Tampoco hacen falta medicamentos ni material médico-quirúrgico y demás elementos para la prestación de un servicio adecuado. Pero la cruda realidad es que las gentes que acuden a los hospitales no reciben atención y los miles que no lo pueden hacer se mueren en sus casas.

El problema del Hospital es el mismo que asfixia a la salud en Colombia. Los intermediarios financieros se quedan con buena parte de los recursos sin atender a los pacientes y recibiendo dineros del Estado y de los usuarios para obtener jugosas utilidades. Mientras los recursos no sean girados directamente a la red pública y sobre la base de financiar la oferta en lugar de subsidiar la demanda, tal como ocurre hoy, seguirá ahondándose la crisis. Con el TLC la situación será peor, porque dicho tratado contempla la privatización total de la salud y la entrega de la misma a los operadores privados internacionales.

Al igual que en otros departamentos, miles de caldenses han protestado. El 18 de agosto se adelantó un Paro Cívico organizado por el Frente Común por la Defensa de la Salud Pública y el Hospital de Caldas, integrado por la CUT, los partidos políticos de izquierda, sectores académicos y personalidades democráticas, el cual, aunque no tuvo una participación mayoritaria de los manizaleños, sí movilizó a más de siete mil personas y contó con amplia simpatía entre la población. El Frente Común está comprometido a continuar su lucha hasta lograr la reapertura del Hospital de Caldas y la derogatoria de la Ley 100.

URIBE PROFUNDIZA LA CRISIS DE LA SALUD PÚBLICA

Luis A. Villar, médico y profesor de la UIS

Han transcurrido diez años desde cuando se impuso una ley de supuesta cobertura universal en salud, que introdujo al capital financiero convirtiendo la salud en mercancía, eximió de su papel rector y de finan­ciamiento al Estado y, con la creación de los fondos de solidaridad trasladó esta última responsabilidad a los trabajadores. Los cálculos más bondadosos con el nuevo sistema estiman que 52% de la población no cuenta con ningún tipo de aseguramiento, muy a pesar de que el monto del dinero dedicado al sector no tiene antecedentes pues hoy está entre el 9% y el 11% del PIB.

En un intento por describir el panorama de la salud en Colombia, examinemos al menos cuatro aspectos que ponen al desnudo el balance negativo de la política neoliberal aplicada en la última década.

Deterioro de la salud pública

Aunque en los años noventa no estábamos bien, hoy todos los indicadores importantes señalan un retroceso en la calidad de la salud de los colombianos. Han aumentado significativamente los índices de cáncer, las enfermedades cardiovasculares, las mentales y las transmisibles, entre otras.

En salud mental, mientras sólo existen mil cien siquiatras registrados en todo el país, y al tiempo que desapareció del Ministerio la División de Salud Mental, doce millones de colombianos padecen algún tipo de trastorno que requiere atención especializada. A lo cual se suma la más aguda crisis financiera y técnica de todos los centros de atención siquiátrica.

La tuberculosis, enfermedad secular­mente ligada a la desnutrición y la pobreza, se ha incrementado año tras año, aumentando la resistencia a los antibióticos en niveles alarmantes.

El más notorio de los retrocesos ha ocurrido en enfermedades transmisibles como sida, tuberculosis y las transmitidas por vectores (ETV) como la fiebre amarilla, el dengue y la malaria, enfermedades que han resurgido a niveles semejantes a los observados en la primera mitad del siglo XX.

Acaba de ocurrir el más grave brote de fiebre amarilla en los últimos cincuenta años, el más delicado de la última década en toda América. Esta epidemia dejó al descubierto la fragilidad de la salud pública nacional y la débil capacidad de respuesta del Estado. Hubo que importar vacunas del Brasil después de que fuimos por décadas un país exportador, y quedó al descubierto que solamente una mínima parte de la población expuesta, el 5%, estaba vacunada al inicio del brote. Durante la primera mitad del siglo pasado, la capacidad estatal superaba con creces a la actual, el Estado colombiano era proveedor de vacuna antia­marílica para el Continente y tenía el Servicio de Erradicación de la Malaria y Control de Vectores (SEM), institución que entrenaba personal de otros países y era visitada por su interés científico. La situación revela una alta susceptibilidad de la nación a sufrir epidemias y al empeoramiento de enfermedades crónicas como las cardio­vas­culares y el cánce
r.
Destrucción de la Red Hospitalaria

La Ley 100 obligó a los hospitales públicos a convertirse en Empresas Sociales del Estado y eliminó la financiación estatal a la oferta, dando paso al subsidio a la demanda para condenarlos a vender y facturar servicios. El efecto ha sido devastador para toda la Red Hospitalaria Pública, por la «cultura del no pago» del gobierno como responsable de la factura de los mal llamados «vinculados», que representan la mitad de la población, a pesar de que gran parte de los dineros para tal fin son recaudados del descuento obligatorio que se hace de los salarios de los trabajadores del Estado y de las rentas cedidas.

Además, los hospitales de pequeños y medianos municipios, muchos de ellos construidos con el esfuerzo de las propias comunidades, han sufrido un drástico recorte en la financiación del gobierno central.

En un hecho sin antecedentes en la historia del país, numerosos hospitales vienen siendo cerrados. Esto incluye grandes centros de atención para la población des­protegida como el San Juan de Dios y el Hospital Infantil Lorencita Villegas de Santos, de Bogotá, y los Hospitales Universitarios de Cartagena y de Caldas. Amenazan correr la misma suerte el Hospital Universitario Ramón González Valencia de Bucaramanga, el de Cúcuta, el de Popayán y el San Jorge de Pereira, entre una veintena de distintos departamentos.

Para finales del 2003 la deuda de la Nación a diecinueve hospitales públicos por la atención a los «vinculados», desplazados, subsidiados y de Fisalud, era de 663.570 millones de pesos. (El Tiempo, 22 de enero de 2004). En abril, a sólo ocho de los principales hospitales de tercer nivel, el Estado les adeudaba 535 mil millones de pesos (Ámbito Salud, periódico Legis, abril 28 de 2004). En febrero, a la Red Hospitalaria del Valle se le adeudaban 74 mil millones de pesos y al Ramón González Valencia de Bucaramanga, 55 mil millones de pesos.

Ante los reclamos de distintos sectores, el gobierno uribista responde que «los hospitales son empresas no rentables» y que toca cerrarlas, pero oculta que a esos hospitales les sobran «clientes» y que el responsable de financiarlos es el gobierno, que no paga.

La Contraloría ha denunciado que en TES y CDT existen 2,5 billones de pesos del Fosyga (Fondo de Solidaridad y Garantías), captados de los salarios de los trabajadores estatales y con los cuales se podría saldar la deuda con los hospitales públicos, pero que están respaldando deuda pública con la banca internacional.

Aseguramiento, negocio del capital financiero

La Ley 100 ha sido un poderoso instrumento de enriquecimiento para el capital privado dedicado a la intermediación y al aseguramiento. Semana, al reseñar las cien empresas más grandes de Colombia, informa que se destacan Salud­coop, Coomeva, Colsánitas, Medici­na­Pre­pagada, Susalud y SaludTotal. Las cinco tuvieron ventas en 2003 por 2,02 billones de pesos, de los cuales solo Saludcoop facturó 1,3 billones, superando los ingresos operacionales de Bancolombia, el primer banco del país, que solo alcanzó1,17 billones.

En una década Saludcoop pasó de 2.500 millones de pesos en activos a 237 mil millones. Y es ahora una de las veinte empresas más grandes del país y la tercera en número de empleados después de Almacenes Éxito.

La conversión de la salud en mercancía convirtió el aseguramiento en un gran negocio, al punto que las decisiones médicas se orientan ahora por la necesidad de las EPS y ARS de buscar rentabilidad y ganancia para sus accionistas. Bajo las acciones auspiciadas por un grupo de quinta­columnistas del sector privado que desde adentro velaron por reducir la capacidad operativa y técnica del ISS, sabotearon la afiliación de nuevos usuarios y previnieron negativamente a la población que ingresaba al ISS, todo ello para fortalecer las EPS privadas.

Afectado gravemente el Seguro, principal regulador de los intereses privados en el sector salud, se registró la permisibilidad gubernamental para que las EPS privadas emerjan como trusts, mediante el llamado «crecimiento vertical», que no es otra cosa que la conformación de monopolios. Estas empresas de salud se venden a sí mismas la atención en clínicas propias, aspiran a crear sus propias empresas de empaques de medicamentos y a contar con sus facultades de medicina para la formación del recurso humano ajustado a sus propias necesidades de contención de costos.

Con la creación de las siete ESE del ISS parece haberse planeado la estocada final contra el Instituto. Estas deben facturar lo necesario para sostener los gastos de funcionamiento en cada región del país en una situación en la cual han disminuido los afiliados, y por ende los ingresos.

Las ARS también se han convertido en parte del monopolio de las EPS. El gobierno nacional, a partir del decreto 1804 de 1999, fijó como requisitos para administrar el régimen subsidiado tener 200 mil afiliados (50 mil en algunos casos excepcionales) y acreditar un patrimonio mínimo de diez mil salarios mínimos mensuales. Así, las ARS pasaron de ser 275 en 1999 a 41 en junio de 2001, aumentando a su vez la participación de las EPS dentro del total de ARS y eliminando casi totalmente a las ESS (Empresas Solidarias de Salud), que en muchos casos eran superiores en la calidad y pertinencia de los servicios prestados.

El gobierno les pagó a las ARS para que atendiera a 7.500.000 personas, y solamente atendieron a menos de la mitad. Como consecuencia, en 1996, las ARS se embol­sillaron el 56,58% de los recursos de la salud como gastos de administración. Para 1998, la cifra alcanzó al 40%. Es tanta la aberración que el Consejo Nacional de Salud y Seguridad Social, Cnsss, definió que del presupuesto que les entreguen los entes territoriales, deben gastar en atención como mínimo el 75%. Cosa que tampoco se cumple. Son conocidas también las denuncias de los hospitales porque las ARS y las EPS les niegan el pago de las cuentas o las demoran varios meses, incluso años.

Desmejoramiento de las condiciones laborales

En asocio con los funcionarios del gobierno uribista, las EPS privadas han intentado hacer aprobar en el Congreso de la República un proyecto de ley que abra las puertas a la graduación de profesionales de la salud sin el concurso de una universidad, y contar con escuelas de formación en la que los egresados se ajusten a la concepción de una prestación del servicio de salud basada en la rentabilidad. Con iguales propósitos, el gobierno ha presentado nuevamente al Congreso su proyecto de ley, identificado con el número 226, anexándole las correspondientes adecuaciones al manejo del recurso humano dentro del TLC.

Paralelo al proceso de arrasamiento de la salud pública y de la Red Hospitalaria, el gobierno ha insistido en echarles la culpa de la crisis a los trabajadores, para lo cual ha suprimido los derechos de asociación y contratación. Igualmente el efecto sobre las remuneraciones y derechos de los profesionales ha sido devastador. Se han destruido las bases del profesionalismo, eliminando el acceso a la actualización en el conocimiento, suprimiendo la autonomía para la toma de decisiones en desmedro de la calidad de la atención, disminuido el tiempo de atención a los pacientes y recortado los medicamentos prescritos y las pruebas de diagnóstico.

Reforma uribista a la Ley 100, más de lo mismo

Ante la grave situación del sistema de salud del país, el gobierno nacional propone soluciones con más de la misma política. En el proyecto de ley presentado, mientras aumentan los recursos para fortalecer el sistema de aseguramiento favoreciendo el monopolio de las Empresas Promotoras de Salud, EPS, se reducen drás­ticamente los recursos para la financiación de los hospitales. A la vez se les exigen nuevos ajustes de las plantas de personal y contratación a destajo de los trabajadores, y se sientan las condiciones para liquidarlos ante la imposibilidad de ser autosos­tenibles después de los procesos de ajuste.

El mencionado proyecto es aprovechado por el gobierno para evadir el pago de las deudas por paripassu (un peso del gobierno por cada peso aportado por los trabajadores) y por la atención a vinculados en los once años de aplicación de Ley 100, reducir en un 60% la pingüe financiación de la atención de la población no asegurada a través del SGP. Quienes no logren acceder a los carnés de las EPS, dejarán de existir para el sistema de salud.

Convocamos a conformar el más amplio frente para derogar la nefasta Ley 100, eliminar la intermediación financiera en la salud, lograr la financiación estatal de la red pública hospitalaria y el respeto a los derechos de los trabajadores y profesionales de este sector.

CONGRESO DE LA ASOCIACIÓN NACIONAL POR LA SALVACIÓN AGROPECUARIA EN CALDAS

Con 160 delegados de quince municipios del departamento y nueve organizaciones del sector agrario, la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, capítulo Caldas, celebró el pasado 06 de septiembre en la ciudad de Manizales su Primer Congreso Departamental Agrario «El agro caldense frente al ALCA y al TLC», para analizar los efectos de los tratados del libre comercio con los Estados Unidos, en la agricultura de Caldas.

El acto contó con la participación de Jorge Enrique Robledo, senador de la República; Aurelio Suárez, presidente de Unidad Cafetera Nacional y director Ejecutivo de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria; Pedro Nel Camargo, presidente de Unidad Panelera Nacional y Óscar Gutiérrez, diputado a la Asamblea de Caldas. El presidente de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, Ángel María Caballero, envió un mensaje de respaldo a la lucha de los agricultores cal­denses. Asistieron representantes de las siguientes organizaciones: Unidad Cafetera de 15 municipios de Caldas; Unidad Pane­lera; la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos, ANUC, de varios municipios; la Cooperativa de Paneleros de Filadelfia; miembros de varios Comités Municipales de Cafeteros; el Sindicato de Trabajadores de la Federación Nacional de Cafeteros, Chinchiná; la Asociación de Productores Indígenas y Campesinos, Asproinca, de Rio­sucio; el Consejo Regional Indígena de Caldas, Cridec; los resguardos indígenas de La Montaña y San Lorenzo; varios concejales de Supía y Riosucio. Es de destacar la presencia de estudiantes y profesores de las universidades de Caldas, Nacional y de Manizales.

Instalado por Jesús Antonio Díaz Corrales, Director Ejecutivo de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria de Caldas, el Congreso hizo énfasis en la necesidad de la movilización para derrotar el ALCA y el TLC. Por eso acordó, como tarea central, trabajar con decisión para lograr una gran participación del sector agrario caldense en el Paro del 12 de octubre.

Finalmente, se nombró el Comité Coordinador de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, capítulo Caldas, el cual quedó integrado por Álvaro Botero, de Neira; José Ayala, de Filadelfia; Gonzaga Gómez, de Aranzazu; Leonardo Gañán, de Riosucio; Jesús Moreno, de Belálcazar; Lázaro Grajales y José Alberto Orozco, de Aguadas; Fernel Amaya, de Salamina; Rogelio Restrepo, de Risaralda; Alcides Giraldo, de Manizales y un representante de Asproinca.

GRAN JORNADA POR LA DEFENSA DEL ARROZ

Miles de arroceros de los distritos de riego del Tolima y el Huila, dirigentes de decenas de municipios, alcaldes, concejales y diputados, transportadores, comerciantes y trabajadores agrícolas de la zona, organizaciones sociales y sindicales de los departamentos de Tolima y Huila y los afiliados a la Asociacion Nacional por la Salvación Agropecuaria, encabezados por Ángel María Caballero y Aurelio Suárez, presidente y director ejecutivo de dicha organización, se dieron cita en El Espinal, el 20 de agosto, con tractores y maquinaria agrícola, camio­nes, camionetas y camperos, para expresar su enérrgica protesta contra los bajos precios, el alto costo en los insumos, la incertidumbre que han generado las negociaciones del Tratado de Libre Comercio, TLC, y, en general, contra las erráticas políticas del gobierno nacional que tienen en graves dificultades a los productores de la región.

El gobierno de Uribe Vélez, además de los daños que ha causado a la producción agrícola durante todos estos años con la aplicación de su política de apertura, aprobó nuevamente importaciones masivas de arroz, venidas de Tailandia, Venezuela y Estados Unidos, las cuales han deprimido los precios de compra de la cosecha arro­cera. Las empresas industriales y comerciales comprometidas en estas compras externas están haciendo inmensas ganancias mientras los arroceros pierden rentabilidad hasta el punto de tener que abandonar sus siembras ante esas políticas oficiales que hacia fuera propalan «que todo se está arreglando» pero que en la práctica lo que se encuentra es que «todo sigue peor».

Las desastrosas condiciones que padece el cultivo nacional del arroz tienden a agravarse ante el aviso de las grandes firmas de molinería de reducir todavía más los precios de adquisición de este cereal, tan importante para la alimentación de nuestro pueblo.

En efecto, como consecuencia de las importaciones de cerca de 200 mil toneladas provenientes de Tailandia y Venezuela, autorizadas por el gobierno al amparo de la implantación del Mecanismo Público de Administración de Contingentes Agropecua­rios, los precios de compra de la cosecha de este cereal para los productores de los departamentos de Tolima y Huila se han fijado en niveles de ruina. Lo recibido ahora oscila entre $70.000 y $73.000 por una carga de arroz paddy verde, lo cual es inferior a lo que se percibió en marzo de 2003, hace 18 meses. Esto resulta catastrófico para una región que produce 57% del arroz que consumen todos los colombianos, en un renglón que en el mismo lapso ha visto subir en 25% los costos de los principa­les insumos de producción.

Y no han sido atendidos los reclamos que las distintas organizaciones gremiales del sector han elevado al gobierno para que mediante el uso de mecanismos concertados conjure esta situación; por el contrario, se persiste en mantener la indefensión de los agricultores frente a la gran industria molinera. La presente coyuntura tiene como agravante que el gobierno del presidente Uribe está negociando un tratado de libre comercio con Estados Unidos y es manifiesto el interés de dicho país por introducir masivamente a Colombia sus productos agrícolas, subsidiados con multimillonarios recursos estatales.

El presente debilitamiento de la agricultura nacional, ocurrido ante la indolencia oficial, permite presagiar peores males para el cercano futuro de llegarse a concretar el acuerdo comercial con Norteamérica. En las negociaciones de Lima se entregó el sector arrocero, que fue ubicado en la canasta D, pues prácticamente quedó decretada su muerte a diez años, los cuales están a la vuelta de la esquina. Y según las posiciones de Hernando José Gómez, jefe del equipo negociador colombiano, esto es una gran cosa.

Lo anterior va a generar un caos sin precedentes en el sector agropecuario, ya que además del arroz fueron entregados en las diferentes ofertas otros productos agrícolas en las canastas A, B y C, a menos de diez años Como si fuera poco, los negociadores por nuestro país están en plan de entregar las franjas de precios a cambio de que Estados Unidos les escoja un nuevo mecanismo de protección («Que nos salven los que nos emboscan»). Desde luego, para organizaciones como la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria esto no se puede aceptar y, en cambio, debe exigirse que el arroz y todos los productos que sean subsi­dia­dos por estados Unidos queden excluidos del cualquier pacto de libre comercio.

Los arroceros tolimenses y huilenses que en forma patriótica adelantaron esta jornada han ido entendiendo que éstas son sólo las primeras tareas para contener las pretensiones estadounidenses de tomarse el mercado colombiano del arroz mediante la suscripción del tratado de libre comercio (TLC) con Colombia. El 20 de agosto pasado, se declaró a los arroceros en estado de alerta.

El senador del MOIR y de Alternativa Democrática, Jorge Enrique Robledo, estuvo presente en la marcha y respaldó la movilización, orientada a protestar por la quiebra del sector arrocero, el cual vio deprimido el precio en 70 mil pesos antes de aparecer el grueso de la cosecha. Jorge Enrique Robledo hizo un especial llamado a los cultivadores para que participen activamente en las próximas jornadas contra la reelección uribista y las imposiciones del gobierno norteamericano, especialmente en la prevista para el 12 de octubre, de carácter continental, y convocó a las fuerzas vivas del Tolima y demás departamentos afectados y a la población en general a apoyar solidariamente a sus productores de arroz, de cuyo bienestar depende en buena medida la estabilidad económica y social de la región.

LA UNIDAD A LOS DIEZ AÑOS DE LA MUERTE DE FRANCISCO MOSQUERA

Intervención del senador Jorge Enrique Robledo en el homenaje a Francisco Mosquera Sánchez, en el acto de conmemoración de los diez años de su fallecimiento, celebrado en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada, el 25 de agosto

Jorge Enrique Robledo

Compañero Héctor Valencia, secretario general del MOIR, y demás compañeros de nuestro Partido,
Doctor Jaime Piedrahita Cardona, compañero infa­tigable de Francisco Mosquera en aquellas épocas del Frente por la Uni­dad del Pueblo, FUP, alianza política de la que usted fuera candidato presi­dencial,
Compañeros de Alternativa Demo­crática,
Amigos de otros sectores políticos, centrales obreras y organi­zaciones sociales, cuya presencia esta noche agradece­mos de manera especial.

Conmemoramos diez años de la muerte de Francisco Mosquera, el inolvidable fundador del MOIR. Y hemos querido hacerlo no solo con los militantes de nuestro Partido sino con amigos de otros sectores para enfatizar que la unidad de los patriotas de nuestra nación fue uno de los grandes desvelos de Mosquera, propósito al que le dedicaré estas líneas.

Como es obvio, todo sector político con vocación de poder se propone unificar el más amplio espectro de voluntades en pos de dirigir el Estado. Y si esto es cierto para quienes, como en Colombia, controlan el país desde hace décadas, qué diremos los que, también desde hace tiempos, pugnamos por sustituirlos.

Hasta aquí el lugar común de todos quienes hacemos política en Colombia. Porque en lo que tiene que ver con la pregunta de ¿para qué el poder?, en nada coincidimos con Álvaro Uribe Vélez, y menos ahora que enfrentamos su propósito de reelegirse. Porque mientras la jefatura uribista quiere el mando para seguir disfrutando del modelo económico y social imperante que empobrece a casi todos, los auténticos demócratas lo queremos para construir una patria soberana, libre, independiente y próspera.

Analizando el problema de la unidad, con toda paciencia explicó Mos­quera dos realidades que hoy son evidentes, pero que en ese entonces se requería de la capacidad de estudio y análisis de ese colombiano genial para verlas, comprenderlas y actuar en consecuencia.

Me refiero, primero, a que la causa principal de los problemas del país eran unas relaciones con Estados Unidos que nos arrebataban a los colombianos hasta la capacidad para crear riqueza, el primer requisito que debe ganar cualquier nación que quiera avanzar por la senda del progreso y el bienestar. Y segundo, que esa contradicción entre los intereses nacionales y los extranjeros sometía a los sectores populares a la pobreza y la miseria, pero generaba también contradicciones con las capas medias y hasta con los productores que pugnaban por hacer ganancias por fuera de la intermediación parasitaria, lo que permitía proponer una unidad nacional tan amplia como amplios eran los sectores afectados.

Ya no hay persona ilustrada que pueda negar ese antagonismo de casi toda la nación colombiana con el imperialismo estadounidense, dadas las muchas evidencias al respecto, en buena medida porque el neoliberalismo empujó a Colombia a la peor crisis de su historia, la que se profundizará si imponen el Alca y el TLC con Estados Unidos, pactos diseñados para acabar de arrebatarnos el derecho soberano a decidir sobre nuestros asuntos, el bien más preciado de cualquier nación.

Así, nadie propuso una unidad más amplia para transformar a Colombia que la que propuso Mosquera, unidad que por supuesto no incluye solo a las distintas clases sociales susceptibles de pertenecer a ella, sino a las diferentes organizaciones políticas que las representan. Pero unidad para la transformación del país, agregó el fundador del MOIR, porque carecía de sentido hacerla con el propósito de consolidar las causas que generaban los problemas nacionales.

Hoy por hoy, entonces, sería una necedad unirnos estimulados por las medidas del uribismo, pero que a la hora de definir la propuesta para enfrentarlo decidiéramos que, dadas las dificultades del objetivo, es mejor continuar con las mismas orientaciones que imposibilitan el progreso de los colombianos. Se cae de su peso que en política nadie alcanza una victoria más pírrica que la de quien, para ganar, decide asumir como suyos los intereses de su antagonista.

Seamos más específicos. Esa amplia unidad no puede evadir responder a preguntas tales como: si el conti­nuis­mo uribista significa el sometimiento al FMI y menos soberanía para los colombianos, ¿qué debe proponer el frente unitario que se le oponga? Si este pretende seguir golpeando el empleo, los salarios y las pensiones, así como aumentar el IVA y encarecer aún más las tarifas de los servicios públicos, ¿qué decimos nosotros? Si del lado de allá quieren mantener y profundizar las privatizaciones, ¿qué planteamos del lado de acá? Si los neoliberales insisten en reemplazar la producción nacional por la foránea y en desna­cionalizar aún más la propiedad en el país, ¿con qué les respondemos? Si ellos están por el Alca y el TLC, ¿nosotros también? Si como un desarrollo natural del mayor peso del monopolio económico ellos van tras eliminar los aspectos políticos democráticos que quedaron en la Constitución de 1991, para que esta sea absolutamente neoliberal, ¿nosotros qué planteamos? Si ellos pugnan por desconocer las garantías ciudadanas y por acabar de arrebatarles a los trabajadores sus derechos democráticos, ¿los respaldamos en ese atropello? ¡Por supuesto que no!

Ante el agua que hace el barco neo­liberal, no seamos los capitanes de fórmulas que aplacen el inevitable naufragio. Al contrario, contribuyamos decididamente para su hundimiento. Y el proceso unitario que se requiere, empecémoslo diseñando los planos del nuevo buque que necesita la nación colombiana para poder navegar con buen viento y buena mar.

ANALIZABA LA POLÍTICA COMO UNA CIENCIA Y LA PRACTICABA COMO UNA PASIÓN

Intervención de Héctor Valencia, secretario general del MOIR, al conmemorar los diez años del fallecimiento de Francisco Mosquera, el 25 de agosto en el Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada

Héctor Valencia H., secretario general del MOIR

Al conmemorar a Francisco Mosquera, los integrantes del MOIR que él erigió afrontamos dos riesgos. Primero, que nuestro gran respeto por su trayectoria vital aparezca como una actitud que atañe meramente a nuestra intimidad política y, segundo, que nuestro afán porque sus ideas permanezcan vivas pueda insinuarse como intransigencia que, paradójicamente, las embalsa­marían. Pero no pocas veces para salir de un riesgo hay que correr otro, cual sería abusar esta noche de su deferencia al acompañarnos, expresando unas sucintas observaciones en torno al conmemorable.

Es cierto que su pensar y su hacer se rigió por las categorías filosóficas y sociales del marxismo, por lo que es natural que las cualidades que labró desde su juventud, justipreciadas no sólo por nosotros sus adictos, sino por sus amigos y hasta por contradictores sensatos, no se puedan explicar desligadas de sus lides políticas. Tal caracterización revela que Francisco Mosquera poseía el valor, siempre tan indispensable, de ser consecuente con su pensamiento. Entereza más encomiable aun cuando el rasgo distintivo de ese pensamiento era la universalidad. De allí que despreciase la estrechez de miras y la mediocridad y le repugnaran las sectas y los sectadores.

Si bien era conocida su dedicación y rigurosidad en el estudio de los textos clásicos marxistas, sólo unos cuantos de sus allegados sabían de su entusiasmo por la buena literatura tanto nacional como mundial, y en especial la fruición, no exenta de deslumbramiento, con que leía las novelas de autores como Fielding y Scott, Tolstoi y Balzac, London y Steinbeck; su ferviente inte­rés por los hallazgos e investigaciones de antropólogos modernos como Leakey y Johanson; el brío con que se adentró de la mano de Suetonio y Mommsen en el examen de la historia de Roma y también en la del Continente americano, apoyado en los aportes de Germán Arciniegas, en fin, su gran respeto por los hombres de ciencia norteamericanos cuando exploraba, como si emprendiese una einsteiniana aventura del pensamiento, los vertiginosos avances en la física, la química y la biología.

Pero al abordar estos campos de la creación artística y la experimentación científica, al igual que el de la política, la cual analizaba como una ciencia y practicaba como una pasión, Mosquera nunca fue un diletante. No se lo permitía, ni el respeto hacia los trabajadores, ya que para ellos cultivaba su espíritu, ni la primacía y alta estima que le asignaba a la defensa e impulso de sus supremos intereses.

A partir de su muerte, a la que Mosquera le daba gran importancia por ser un fenómeno que sella y define el valor de la vida, su obra quedó sometida a que sea su confrontación con los hechos sociales lo que vaya revelando su enjundiosa dimensión. De manera irresistible, la verdad contenida en ella simplemente reclama la posibilidad de aflorar.

Pero mientras las surgentes realidades van facilitando a las gentes la histórica escarda que les permita aprehender y atesorar los conceptos de Mosquera, estos están expuestos a ser negados o desvirtuados sin que él ya pueda ni debatir ni elegir. Es obvio entonces que le corresponda al MOIR su divulgación y desarrollo, sin ampu­­­­tarlos de su concreto contexto político, para que en el vórtice de las contradicciones sociales, que son su elemento, puedan prevalecer.

Ni profeta ni adivino, pero sí clarividente, Mosquera plasmó en sus escritos criterios que tienen vigencia en el período histórico que estamos viviendo, en razón de que este, caracterizado por la globalización neoliberal que impone Estados Unidos, es el mismo que en sus inicios él analizó. Creemos que su carácter orientador rebasa los confines políticos del MOIR y es más que necesario en esta hora cuando nuestra nación ha sido llevada a una encrucijada que no tiene precedentes; cuando el futuro bajo el neoliberalismo al que nos invitó César Gaviria hace casi tres lustros se ha probado como una celada para impedir que tengamos alguno; cuando en su avaricia la aristocracia financiera internacional y, en su grado y medida la doméstica, promueven a través de sus instrumentos de poder, empezando por los estatales, el recurso a acciones y expedientes de absolutismo e intolerancia que la civilización había arrojado a la cloaca de la historia; cuando en Colombia desde la presidencia se sirve con avivamiento y férvida manía a esos designios y se utilizan a discreción algunos de esos medios y, por contera, se amenaza con prolongar su ejercicio.

Al respecto, no es de extrañar que esto se proponga con la insolencia grotesca que adopta el engaño, pues responde a una inveterada estratagema: causarle estupor a un considerable sector de la población enfatizando las asechanzas de la enrevesada violencia y el terrorismo, a fin de someterlo a la que es quizás la peor forma del absolutismo, la de aquel que no es percibido como tal.

Para que no se caiga en ese estupor y se reconozca la rampante mano dictatorial de Uribe Vélez, urge, al estilo de la posición y lenguaje exentos de equívocos de Mosquera, establecer una definición integra y nítida de las causas y los causantes de una situación que se mueve entre lo dramático y lo trágico. No por dejar de designar a las cosas y los fenómenos por su nombre, como les interesa a quienes hoy tienen lo que en la Antigüedad llamaban la bolsa y la espada, y como les encanta a otros por desavi­sados, estos cambian de naturaleza o pierden sus categorías.

Digamos pues a los cuatro vientos que coadyuvando a la recolonización del país por parte del imperialismo de Estados Unidos, en Colombia se está implantando una política antinacional y antidemocrática y que para ello se desarrolla desde el Estado, promovida por la cúpula financiera, una implacable lucha de clases contra la casi totalidad de la población.

Denunciemos que las muertes y el grave deterioro humano que hora por hora causan entre capas enteras de colombianos la aplicación de esa política, son semejantes al de un genocidio. Y que, sin miramientos, Álvaro Uribe y su séquito parlamentario les imprimen a esas disposiciones fuerza legal con diligente devoción, cual si fueran ofrendas votivas a los intereses imperiales de Washington.

No obstante que prominentes aspectos de esa situación aparecen registrados de manera recurrente en documentos de organismos tanto nacionales como internacionales, la política neoliberal que la engendra y ahonda, la misma que Uribe quiere prolongar con su reelección, se sigue presentando, en otra astucia más, como la solución.

Es claro que como respuesta a las pretensiones de consolidar tan nefasta política, no es consecuente ni serio proponerles a los vastos sectores que la padecen que transiten un camino de dilaciones. Ni se les puede honestamente plantear que se atengan a posibles cambios insustanciales bajo sucedáneas administraciones que, lejos de remediar sus males, ni siquiera conducen a que todo siga igual, como lo soñaba el discreto y acomodaticio personaje ideado por Lampedusa, sino a una más aciaga prolongación del abrumador statu quo.

Una respuesta certera debe considerar la indispensable unidad entre las fuerzas opuestas al conjunto de la política impe­rante. Mas esta unidad, superando lo coyuntural, debe contar con un programa político que consigne como puntos mínimos la salvaguarda de la soberanía económica y política, la protección del trabajo nacional y las reivindicaciones laborales, la defensa de la producción nacional y la ampliación de las libertades, derechos y opciones democráticas. Sobre estos postulados básicos, que corresponden a una izquierda sin ambages, estamos seguros de que tenemos con ustedes y con los colombianos en quienes alienta un espíritu democrático y patriótico, así como con las organizaciones políticas y sociales que los representan, una gran semejanza que prima sobre las naturales diferencias.

En la perspectiva de la defensa de nuestra soberanía, el desarrollo de nuestras fuerzas productivas y el progreso político, social y cultural de nuestra nación, el MOIR, cual fue la enseñanza de Francisco Mosquera, se aliará con quienes compartan tales postulados, sin excluir a nadie. Así, su mensaje, que es el nuestro, presidirá no sólo esta conmemoración sino las luchas en lo por venir.

Muchas gracias por su asistencia y por escucharnos.

NO HEMOS PERDIDO NI LA DIGNIDAD NI EL HUMOR

Discurso pronunciado por Héctor Valencia, secretario general de MOIR, el 1º. de agosto de 2004, en el Cementerio Central de Bogotá, en el acto de conmemoración al cumplirse una década de su muerte

Héctor Valencia H., secretario general del MOIR

Expresamos fraternales agradecimientos a quienes en estos días, motivados por su hones­tidad intelectual o política, han manifestado palabras elogiosas sobre Francisco Mosquera o han celebrado actos en su recordación.

Hoy, al conmemorar los diez años de la muerte del camarada Mosquera, los militantes del MOIR no nos congregamos para un rito luctuoso. Simplemente, damos alegre testimonio de que la perseverancia en tenerlo como paradigma de nuestro Partido y nuestra clase y en guiarnos por su obra en nuestras tareas políticas, nos ha permitido conservar el rumbo revolucionario.

Francisco Mosquera no estuvo de acuerdo a ninguna hora de su existencia con las situaciones económicas, sociales y políticas prevalecientes. Abominar de ellas, encarnando el sentir de las grandes masas de trabajadores y oprimidos, fue el principio de su formidable saber, la base desde la cual formuló la crítica política más enjun­diosa que se ha realizado en nuestra nación. Sin vana soberbia, y aplicado, se guió por las universales enseñanzas de esclarecidos maestros del proletariado como Marx, Lenin y Mao Tsetung para investigar y estudiar, hasta desvelarlas, las particularidades en Colombia de la gran lucha de clases que se libra a escala internacional y en medio de la cual avanza la humanidad.

Como se sabe, no existen cualidades, sino hombres con cualidades. Y las que atesoraba Mosquera le imprimieron una cimera dimensión humana. La mayor, quizás, era el valor para que su crítica, rigurosamente científica, fuese altamente subversiva de las ideas y costumbres predominantes, y para que, en armonía con ella, su práctica política abriese brechas y erigiese hitos para la radical y definitiva transformación de la sociedad.

Advertidos por el marxismo de que una cosa son las frases y figuraciones de los partidos, lo que ellos se imaginan ser, y otra lo que en realidad son, con prudencia no exenta de firmeza enunciemos algunos rasgos y hechos actuales del MOIR.

Como Mosquera recomendaba, no hemos perdido la dignidad, es decir, la lealtad con los principios y la seriedad en su aplicación; ni el humor, es decir, el optimismo revolucionario en medio de los ardores de la intrincada lucha.

El MOIR no les teme a las contradicciones internas, reconoce que su presencia objetiva aviva un organismo político como el nuestro y las utiliza para compactar su organización y acrisolar su política. Y cuando alguna de esas contradicciones se torna antagónica porque uno de sus aspectos representa una tendencia oportunista, de derecha o de «izquierda», hemos librado con decisión, como lo hicimos antes bajo la dirección de Mosquera, la indispensable lucha interna.

En la historia es frecuente que al morir los jefes revolucionarios se invoque su nombre y el de su partido para proceder a sacar sus conceptos, sin renegar abiertamente de ellos, del contexto histórico y político en que son realmente aplicables, con la intención de acomodarlos a desviaciones o impasibles abandonos de la revolución. Ante tales astucias, es necesario que los cuadros y militantes entren a la liza, interna o externa, pertrechados con las posiciones e ideas de su fallecido líder.

Para enfrentar la política neoliberal y de recolonización del país por parte de Estados Unidos, Mosquera propuso la resistencia civil. Hoy a esta, cuando precisamente esa política se intensifica, dos tendencias la socavan. Por un lado, la apocada renuencia a presentar batalla, la manía a concertar y reconciliarse con los enemigos de manera tanto disimulada como abierta. El hecho es que la intervención imperialista norteamericana y el absolutismo dictatorial de Uribe presentan un desafío ante el cual surge a diario el dilema entre luchar o entregarse sin hacerlo. Optar por la movilización y la lucha, como lo prueban las diversas batallas obreras y populares que se han venido dando, posee, más allá de los reveses, detrimentos y golpes que se puedan recibir, la importancia fundamental de infundir moral a los trabajadores y a las capas populares. Una clase trabajadora y un pueblo desmoralizados ofrecen al imperialismo y la reacción la condición ideal para aplicar a rajatabla el neoliberalismo y consumar la recolo­ni­zación del país. De allí que, a falta de ánimo en las masas, lo primordial de toda táctica política sea lo dirigido a despertarlas. Y nada más estimulante y aleccionador que la misma lucha. Adquiere entonces un inmenso significado cada uno de los actos de oposición y resistencia que han venido librando diversos sectores populares y sus organizaciones en avanzada: tomas, mítines, bloqueos, manifestaciones, huelgas y paros.

Por otro lado, aparece la lucha equivocada que, sin tomar en cuenta las condiciones económicas y políticas del país, no distingue bien entre amigos y enemigos en la actual etapa histórica en la que el blanco principal es el imperialismo de los Estados Unidos, cuya aliada principal es la oligarquía financiera colombiana. Al hecho de saltarse esta etapa, que tiene como meta la conquista de la soberanía y una democracia de nuevo tipo, se suma la carencia de una línea de masas. Ya hace más de un siglo, como señalaba Engels, pasó la época de los ataques lanzados por pequeñas minorías a la cabeza de las masas inconscientes. Lo por resolver es que las masas, si se trata de la revolución, participen directamente en la lucha y, luego de un largo aprendizaje, comprendan por sí mismas por qué dan su sangre y su vida. Para rematar la equivocación, se recurre a métodos no admitidos por las masas, ni por la revolución, en ninguna parte del mundo. Sobre todos estos asuntos la crítica de Mosquera no dejó piedra sobre piedra.

Para desarrollar la consigna de despliegue de la resistencia civil, la última que formuló Mosquera y que sigue vigente, pues continuamos en el período histórico de imposición del neoliberalismo y de la llamada globalización norteamericana, hemos centrado esfuerzos en afinar nuestra táctica de unidad y combate. La actividad práctica que a ella corresponde, distingue hoy a los moiristas del resto de fuerzas políticas. Esa distinción crea al mismo tiempo las condiciones de claridad y seriedad requeridas para emprender la formación del frente único antiimperialista.

A resistir hemos llamado a todas las clases y sectores de clase que precisan de la soberanía como condición sine qua non para el desarrollo del trabajo y la producción nacionales, es decir, de las fuerzas productivas en Colombia. Con tal fin, hemos buscado alianzas y acuerdos con las organizaciones, partidos y movimientos de la pequeña burguesía y la burguesía nacional de la ciudad y el campo. Partimos de que las contradicciones entre las clases y sectores de clase que ellos representan y el proletariado no son antagónicas. Y al encontrar las oscilaciones de muchas de ellos entre la resistencia civil y la pasividad o el recurso a métodos de lucha erróneos, hacemos las concesiones necesarias a aquellos que en los hechos revelan predisposición a la resistencia y combatimos a quienes se inclinan a desecharla o anarquizarla. En fin, buscamos entre ellos al aliado de masas aunque este, como decía Lenin, sea temporal, vacilante, inestable, poco seguro, condicional. Parafraseándolo, quien no entienda la táctica aquí envuelta no entiende nada de marxismo, ni lo que es la línea política del MOIR cuyos fundamentos instauró Mosquera.

Como parte integral de la resistencia, hemos convertido nuestra participación en las justas electorales en campañas para llamar directamente a los diversos sectores de masas a ponerse en pie y sumarse a la lucha antiimperialista. Cuando, como fruto de esas campañas, logramos algún escaño en el Congreso, como el conquistado por el compañero Jorge Enrique Robledo luego de que erradicáramos el cretinismo parlamentario que asomó en nuestras filas, lo utilizamos para debatir, denunciar y educar sobre los problemas nacionales y de las masas. En especial, la labor del compañero Robledo durante los últimos dos años, dentro y fuera del Senado, ha esclarecido a un ingente número de colombianos las razones y fines de la resistencia civil, ha ganado amplia ascendencia entre ellos y constituye, en sí misma, una formidable lección sobre cómo deben librar la lucha parlamentaria los adalides de los intereses nacionales y populares.

Hemos buscado acuerdos con las organizaciones democráticas y patriotas de América Latina para que mediante actos y movilizaciones conjuntos contra la intervención norteamericana y la punta de lanza de su política neoliberal, el ALCA y los Tratados de Libre Comercio, se aligere el paso en la larga marcha de sus pueblos hacia la conquista de la soberanía.

Hemos salido al frente de los obreros, campesinos y gentes laboriosas en contra de la cascada de medidas antiobreras, antipopulares, antidemocráticas y antinacio­nales del gobierno absolutista de Uribe.

Camaradas: múltiples y complejas son las tareas que nos destinó Francisco Mosque­ra para servir al pueblo. Con su sabia visión de que se cumplieran, armó ideológica y políticamente al MOIR con principios proletarios. Al asumirlas, sus militantes y cuadros continuamos la forja de la histórica causa que alentó su vida.

¡Memoria perdurable a nuestro fundador y líder ideológico, camarada Francisco Mosquera!

AVANCES EN LA LUCHA ANDINA CONTRA EL TLC CON ESTADOS UNIDOS

Enrique Daza Gamba

A finales de julio en Quito se llevó a cabo el Foro Social de las Américas. Allí fueron debatidos diversos temas, la mayoría sobre el impacto de los Tratados de Libre Comercio contra la población americana.. Estos tratados fueron condenados por sus efectos adversos sobre la soberanía nacional y los mercados internos. En su declaración final, los dirigentes de la Campaña Continental contra el ALCA sostuvieron que «hoy la lucha contra el ALCA pasa por la derrota del tratado entre Estados Unidos y Centro­américa y el TLC andino», consideraron que los Tratados de Libre Comercio constituyen una pieza fundamental del engranaje del gobierno de Estados Unidos para controlar todo el continente y llamaron a una jornada continental de protesta el próximo 12 de octubre.

En el marco del Foro Social también se reunieron los representantes de organizaciones sociales de la región andina con el propósito de coordinar sus luchas y examinaron la gravedad del tratado que se está negociando, recomendaron fuertes moviliza­ciones de protesta en las fechas en que se hagan las rondas de negociación. A este llamamiento adhirieron las principales organizaciones populares de la región: Conaie, Confeunasc y Ceols de Ecuador; la CUT, Asociación Nacional por la Salvación Agrope­cuaria y la Red Colombiana de Acción frente al Libre Comercio y el ALCA, Recalca, de Colombia; la Fuerza Bolivariana de los Trabajadores, de Venezuela; la CGTP de Perú, y las principales organizaciones indígenas, campesinas y sindicales de Bolivia, y decenas de organizaciones regionales más.

Simultáneamente, más de treinta parlamentarios de América Latina, con el senador Jorge Enrique Robledo como único representante de Colombia, hicieron un fuerte pronunciamiento que resalta la necesidad de defender las soberanías nacionales y el bienestar de los pueblos ante la amenaza planteada por estos tratados. Dirigentes de Recalca participaron activamente en todas estas decisiones, expusieron los problemas particulares de Colombia y rechazaron la decisión gubernamental de suscribir el tratado.

La declaración de las organizaciones señaló: «Con el TLC se pretende, a cambio de acceder con unos cuantos productos básicos o de escasa elaboración al mercado norteamericano, aceptar todos los condicio­na­mientos normativos estadounidenses, de tal forma que se den garantías a los inversionistas más que a los ciudadanos y las naciones; se proteja la propiedad intelectual de los productos de las multinacionales; se privaticen todos los servicios públicos, y se adopte en forma irreversible y supraconstitucional todo el recetario neoliberal, cuya aplicación durante los últimos años ha traído grandes calamidades a nuestros pueblos». Y añade: «Los pueblos andinos hemos enfrentado con decisión estas políticas: las movilizaciones del 15 de abril en Ecuador y Colombia, las manifestaciones del 18 de mayo en Colombia y las del 14 de julio en Perú, la permanente efervescencia del pueblo boliviano, y la creciente oposición venezolana a la injerencia norteamericana en sus asuntos internos expresan esta decisión de lucha».

La Ronda de Lima: nuevas concesiones a Estados Unidos

Los resultados de la Ronda de Lima, a finales de julio, fueron aleccionadores. La estrategia de Colombia ha sido conseguir «casi» todas las preferencias comerciales que ya teníamos con el Atpdea y a cualquier precio, mientras la norteamericana es otorgar menos que las existentes en tal acuerdo e imponer cambios profundos en la propiedad intelectual, la inversión, las compras estatales y los demás aspectos normativos.

Colombia quería negociar primero el acceso a los mercados y por eso ideó, con los demás países andinos, un enrevesado cronograma de peticiones y ofertas. Mas Estados Unidos quiere definir los aspectos sustanciales; por eso no cumplió el crono­grama y, en consecuencia, la Tercera Ronda culminó sin que se estudiaran las peticiones y ofertas.

En el tema de propiedad intelectual, Washington sacó los dientes decapitando a Carlos María Correa, negociador de propiedad intelectual, y los andinos salieron despavoridos, se dividieron y lo arrojaron a un inexistente cuarto de apoyo técnico. En compras estatales Estados Unidos ofreció menos de lo que otorgó a Chile y a Centroamérica.

El gobierno colombiano, en lugar de exigir respeto a los compromisos adquiridos por consenso y suspender las negociaciones, no ha objetado en nada este súbito y unilateral cambio de las reglas del juego y se sienta a «discutir» sobre lo que ya han decidido los estadounidenses, sobre lo que ellos desean, al ritmo que imponen y haciéndoles toda clase de venias.

En Puerto Rico se consolidó la entrega

La Cuarta Ronda de negociaciones fue en Fajardo, una apartada población a cincuenta kilómetros de San Juan, con los negociadores aislados en un elegante hotel, lo que impidió que el movimiento social se manifestara en contra del tratado.

El tono de las declaraciones fue grave. En los negociadores andinos se consolida la posición de que si se quiere firmar el tratado hay que hacerle más concesiones a Estados Unidos que Chile y los países centroamericanos. Estados Unidos continúa descartando cualquier cambio en su legislación, mientras que de los andinos exige toda clase de modificaciones. Fue tan lánguido el resultado de la Ronda, que Regina Vargo, jefe de la delegación gringa, tuvo que prometer que al final del proceso los países andinos conseguirán más de lo que tienen en el Atpdea; pero con ello sólo reafirmó que deberán pagar un alto precio por mantener lo que ya tienen.

Lo único importante de las reuniones en Fajardo fue el intercambio de opiniones, el estrechamiento de lazos entre los opositores al tratado y las denuncias que hicieron sobre la injerencia estadounidense en los asuntos económicos y políticos de nuestros países. Más de cinco horas de entrevistas en las principales cadenas de radio y un largo reportaje en el diario de mayor cubrimiento del país, el Nuevo Día, mostraron el verdadero rostro del proyectado acuerdo. Voceros del Concilio de Iglesias, como Ángel Luis Rivera, del Movimiento Nacional Hostosiano, como Félix Colón, e intelectuales y académicos de reconocida prestancia nacional, como Juan Rosario, de la organización Misión Industrial, y el economista e historiador Nelson Rochet, acompañaron en las diversas entrevistas a Enrique Daza, vocero de la Red Colombiana de Acción frente al Libre Comercio, Recalca, a Miguel Clemente, de la Confederación Nacional Agraria del Perú, y a Aurelio Suárez, director ejecutivo de la Asociación Nacional por la Salvación Agropecuaria, quienes llevaron la vocería de la Alianza Social Continental.

Los dirigentes puertorriqueños mostraron que durante cien años su país ha sido el laboratorio de las políticas de libre comercio, arruinando la producción local y produciendo una burbuja consumista que esconde una grave situación social y un permanente saqueo del trabajo nacional y de los recursos naturales por parte de las multinacionales norteamericanas.Lo que los negociadores no supieron y se trató de ocultar a la opinión pública de los países andinos, es que las protestas no se limitaron al grupo de boricuas que en el sitio de la reunión portó pancartas contra el tratado. En nuestro país, por ejemplo, el cardenal Pedro Rubiano, máximo jerarca de la Iglesia Católica, manifestó sus preocupaciones sobre la necesidad de resguardar la salud pública y la producción campesina; y simultáneamente con las reuniones de Puerto Rico, se movilizaron 60 mil indígenas del Cauca, más de 100 mil camioneros comenzaron un paro indefinido y centenares de miles de colombianos salieron a las calles de las principales ciudades, condenando el TLC, como instrumento clave de la recolonización imperialista.