EDITORIAL: EL REELECCIONISMO Y LAS CONTRADICCIONES DE CLASE

Si algo le faltaba a la crisis del partido gobernante para tornarse grotesca era la proclamación, en un salón de exposiciones de Medellín, de la candidatura de Alfonso López Michelsen. En lugar de una tabla de salvación le arrojaron una piedra de molino al náufrago. Rescataron del cuarto de aparejos a la más desacreditada de las reliquias liberales para obrar el prodigio que no realizó en tiempos menos tormentosos. Enarbolaron las recientes frustraciones de los sesentas como las lozanas esperanzas del próximo cuatrienio. Agotadas las fórmulas se decidieron por la reelección, un error criticado por muchas de las plutocracias latinoamericanas que han comprendido la imprudencia de proclamar para la jefatura del Estado a quien ya la ejerció. Pretender que las masas refrenden espontáneamente en las urnas una nueva edición del “mandato de hambre” indica cuán grandes son el acorralamiento y la miopía a que han llegado los detentadores del Poder.

Ciertamente no existe peor baldón que haber sido Presidente de la República, cargo desde el cual se agencian los turbios negocios del imperialismo y sus secuaces, en desmedro siempre de la nación y del pueblo. En Colombia el principal prohombre de la minoría opresora alienta cada cuatro años en los comicios perspectivas engañosas de progreso económico y mejoramiento social; pero una vez que el ungido se responsabiliza de las labores de saquear y reprimir, cesa toda ilusión y comienza su desgaste inevitable. Por eso presentar otras alternativas, así sean aparentes; cambiar de cuando en cuando las caras, los diseños, las promesas; mantener contingentes de reserva en la posición constituyen norma del régimen representativo que nos rige. En México, donde la burguesía ha dado las mayores pruebas de perfidia y de pericia para manejar las formas republicanas de reinar, está absolutamente prohibido reelegir a los ex presidentes. A suscitar malos presagios coopera también el antecedente poco venturoso de que a López, el padre, el progenitor del beneficiado de los chanchullos de la Handel, se le ocurrió volver al mando en 1942, al que tuvo que renunciar sin poder concluir su segundo período.

Los escabrosos procedimientos utilizados para definir la nominación hablan igualmente de los agobios del oficialismo liberal. Empezando por el hecho de que el nominado, burlándose en las barbas de sus correligionarios, hubo de negar hasta el último minuto sus antipáticas aspiraciones. En la pantomima han participado variados y conocidos actores, desde Turbay Ayala hasta Gómez Hurtado. El uno para hacer sentir el peso paquidérmico de la maquinaria gubernamental y dictarles a sus prosélitos las pautas a seguir, y el otro para entrabar la acción conservadora y facilitar el triunfo en junio de su inveterado compinche. Visualizamos nosotros que no habría candidato liberal ni futuro mandatario sin la licencia del Ejecutivo. Así fue como éste repartió su clientela parlamentaria entre las diversas facciones disputantes. Les proporcionó alas de dimensión nacional a las ambiciones parroquiales de Santofimio Botero y resucitó el cadáver de Espinosa Valderrama, pensando terciar en la puja con opciones canjeables. A tiempo que destinó una considerable porción de sus íntimos a soliviar el nombre del escogido, y para que nadie sospechara de la imparcialidad oficial, puso a unos cuantos de los más caracterizados turbayistas a respaldar fingidamente a Barco Vargas, el blanco de ataque predilecto de las intrigas palaciegas. Y todavía le sobró un buen número de áulicos para integrar el llamado bloque de “neutrales”, cuya función consistiría en servir de arbitro en la Convención de Medellín. El gobierno había montado el tinglado y distribuido las cartas. Bastaba con que le quitara el sostén a cualquier pretendiente para arrojarlo al suelo. Y se los quitó a todos menos a uno, al hacendado de “La Libertad”. Si ha habido candidatura que sea hija de la administración, esta es la de Alfonso López Michelsen, versión 1982.

Hace rato que el Estado se convirtió en una fuerza económica y política aplastante. En la actualidad dispone, incluidos los institutos descentralizados, de un presupuesto de cerca de 400.000 millones de pesos anuales para gastar; de sus planes y decretos depende el rumbo de la producción, el comercio y las finanzas; con los monopolios extranjeros celebra contratos de explotación de recursos naturales e instalación de plantas fabriles; conviene con las corporaciones prestamistas internacionales ingentes créditos con diversos propósitos, y en sus múltiples dependencias guarece aproximadamente a un millón de personas en un país de desempleados.

Ahora bien, si se repara en que las ramas legislativa y judicial han venido paulatinamente perdiendo facultades y autonomía, se comprende que el Ejecutivo emerja cual amo supremo de vidas, honra y bienes de los ciudadanos. Complementario al proceso de concentración de atribuciones autocráticas y de potestades pecuniarias, se ha consolidado una abigarrada casta de politiqueros que se alimentan hasta hartarse de los dineros del erario, que cría caudal con base en asegurarles puestos y mercedes públicas a sus protegidos y que abona las campañas compartidas y demás privilegios otorgados por la burocracia amiga. El Congreso, con tal que le admitan el aumento de sus dietas y de las cuotas de sus auxilios, aprueba sin chistar cualquier proyecto enviado desde arriba. Dentro de la división del trabajo de la sociedad neocolonial y semifeudal vigente, estos holgazanes profesionales, carentes de moral, fácilmente sobornables y dóciles a los caprichos de la oligarquía proimperialista, emanan su importancia social del encargo de mantener la ligazón política entre expropiadores y expropiados. Y dentro del despotismo establecido aportan con su trajín parasitario la prueba máxima de la supervivencia de la democracia burguesa. Por eso cuando sus prerrogativas se ponen en tela de juicio es el mismo orden jurídico el que está en peligro. Y cuando se amenaza la continuidad constitucional son las leoninas ventajas de dicha banda la mejor coraza de las instituciones. Aunque las capas más aristocráticas de las clases dominantes censuren los procederes de los dirigentes de los partidos tradicionales, han de reconocer que a ellos se les recomienda la histriónica tarea de buscar respaldo entre las gentes para las medidas antinacionales y antipopulares del régimen. López Michelsen lo reconoció descaradamente, sin pudicia, como no lo había hecho ni el propio Turbay Ayala que proviene de aquella tribu de manzanillos, y los convencionistas de Medellín designaron al ex mandatario cual su representante y jefe de sus huestes en la batalla electoral que se avecina.

Para imponer los veredictos adoptados en el salón de exposiciones de la capital antioqueña se atropellaron no pocos intereses y se contrariaron las opiniones de la gran prensa y de connotadas figuras del liberalismo. Los Lleras propiciaban obstinadamente una solución diferente. Postularon a Virgilio Barco, ex embajador en Washington, con el argumento de que el país precisa de una rectificación de varios grados para evitar caer en el abismo. A estos dos vetustos patricios, que han invertido en la cosa pública durante medio siglo y a quienes se les confiaron en su momento las riendas de la nación, les parece altamente preocupante el sesgo de los acontecimientos; es decir, les espantan los monstruos que ayudaron a engendrar. Sin embargo, no hicieron más que el ridículo. Sus voces no fueron escuchadas; su presencia en la dirección liberal sólo contribuyó a sacar adelante los objetivos que impugnaban, y su candidato no tuvo aliento ni para subir al cuadrilátero. Contando la primera elección de López, en 1974, y la de su sucesor, en 1978, esta es la tercera derrota consecutiva que reciben. No objetan los basamentos del sistema, al que le deben tantos títulos y honores, sino su funcionamiento. Aman las causas que originan la descomposición reinante en todos los ámbitos de Colombia, pero no quieren los efectos. Golpean sus faltas en los pechos de los demás. Su misión imposible consiste en un viaje al pasado, un retorno a los días en que la bancarrota de la industria nacional no se había patentizado, la carestía era un trauma manejable, la desocupación y el hacinamiento de las ciudades podían ocultarse, el descontento existía pero no configuraba una epidemia generalizada, los campos no se hallaban aún sembrados de marihuana, los capos de las mafias compraban los clubes de la alta sociedad y los clubes de fútbol. Pretenden hacerles creer a los lectores que la degeneración de las costumbres y el escandaloso tráfico de prebendas, tan practicado también por ellos como arma de combate, se conseguirán sofrenar con el remozamiento de los valores que dieron pábulo a la llamada época de La Violencia o el nacimiento plebiscitario de la coalición bipartidista. Sus pronunciamientos no configuran un programa político propiamente dicho, son apenas los ecos de un lamento. Pero ni siquiera del lamento de los burgueses que en lo corrido del siglo han encarado, sin mayor conciencia de la situación y de su amargo destino, el desafío de industrializar un país sujeto a la voraz explotación del imperialismo norteamericano, que hoy se encuentran contritos y a la vera del camino, contemplando cómo los monopolios extranjeros se apoderan de su mercado interno, cómo de la tierra podrida de la especulación y el narcotráfico y del gran comercio lícito e ilícito brotan en un santiamén fortunas de miles de millones de pesos jamás soñadas. Porque la protesta senil de los Lleras ni remotamente responde a la necesidad de barrer las trabas que impiden el desarrollo del capitalismo colombiano. Siempre fueron cada uno a su estilo, un par de criados que de la nada llegaron a desempeñar el primer oficio de su República, gracias a la obsequiosidad con los neocolonialistas yanquis. Por fin, de estos dos descaecidos caballeros cabe escasamente señalar que simbolizan el brillo del oscuro lapso histórico en que todavía no se evidenciaba de manera palmaria, como ahora, la totalidad incompatibilidad entre el progreso y las libertades, de un lado, y la dominación imperialista, del otro. Mientras tanto, López II, el primogénito del Ejecutivo, es el sombrío personaje de rutilante apogeo del capital financiero y de la “ventanilla siniestra”.

En general, los países sometidos de Latinoamérica que en la era del imperialismo realizan esfuerzos por modernizar su producción y vincularse a la economía mundial, además de los residuos feudales heredados, se hallan ante el absurdo de que sin lograr gozar a plenitud los frutos del capitalismo naciente, han de soportar los males atañaderos a la fase agónica de éste.

Uno de tales males consiste en el predominio de la banca sobre la industria, lo cual tipifica que una nación rezagada como la nuestra, antes de contar con unas bases fabriles más o menos sólidas, deben cargar a cuestas a los despiadados pulpos de las finanzas, especialmente a los procedentes del Estado sojuzgador, que mediante el agio y la usura le sustraen su riqueza acumulada y minan las energías de sus noveles productores. El auge que desde la década pasada ha registrado el capital financiero colombiano, estrechamente uncido a los consorcios colombianos supranacionales, no significa más que el acentuamiento de la supremacía de las transacciones especulativas sobre el resto de las actividades económicas. Esta primacía se ha llevado a cabo a través de mil y un mecanismos; por medio del crónico déficit fiscal y el consiguiente endeudamiento publico; por la monopolización del ahorro de los particulares y el alto precio de los créditos; por el manipuleo de la tasa de cambio del dólar respecto al peso y la injerencia en el mercado de acciones; por el control de la inversión y la regulación de importaciones y exportaciones y demás transferencias comerciales. Durante el período de Misael Pastrana, a las entidades crediticias se les permitió elevar, por encima del tope legal estipulado y acorde con el acrecentamiento de la inflación, el interés de los préstamos para vivienda. La disposición formaba parte del ya olvidado plan de las “cuatro estrategias”, y se sustentó con el sofisma de que reanimaría el panorama económico en su conjunto, amén de remediar el desempleo y de dotar de techo a los sectores menos favorecidos de la población. Pese a las almibaradas disertaciones de los apologistas del invento, el decreto que estatuye las UPAC configura el toque a rebato de la orgía financiera en Colombia. De ahí en adelante la depreciación del dinero correrá a cargo del deudor y será fuente inagotable del acelerado enriquecimiento de la red bancaria. La inflación obliga a trepar los intereses, estos repercuten en aquella y así se desencadena un torbellino de nunca parar. La ganancia del financista no solo estimula la carestía de vida, sino que la carestía de la vida representa la más lucrativa operación para la ganancia del financista. ¡Que se envilezca la moneda, que a cántaros la emita el gobierno para cubrir sus faltantes, que el receso de la industria encarezca las mercancías! ¡Que suba el pan, que suba todo, que cuanto más suba más oro bajará a las arcas de los benefactores de la sociedad, los agiotistas y usureros!

López Michelsen llega a la cúspide en los preliminares de esta feria de la especulación, de la que también participa y a la que políticamente le proporciona un rostro vendible, lo cual no fue óbice para que a la sazón acaparara tres millones de votos con el demagógico ofrecimiento de detener, o por lo menos mermarle el impulso a la espiral alcista. Se comprometió así mismo a evitar las nocivas repercusiones del recientemente instaurado engranaje de la corrección monetaria, circunscrito hasta entonces al terreno de la construcción. Sin embargo, inmediatamente después de posesionado declaró, en medio del embarazo de sus adherentes, que ninguna de sus promesas de la víspera se cristalizaría a causa de la avalancha inflacionaria. Y como la inflación constituye la ganzúa con que se entra a sacó en un país inerme, lo que el ex candidato de la esperanza quiso explicar en su lenguaje sibilino es que los colombianos no tenemos más disyuntiva que resignarnos a la elegida de los chupasangres de la banca. Lejos de restringir las UPAC, a las que reafirma despejando algunas dudas acerca de lo exequible de su origen, upaquizó la economía entera. Para ello efectuó una reforma financiera consistente en autorizar el incremento de los intereses de todo tipo de préstamos, sin ninguna especie de límites y al arbitrio de las corporaciones. No le dio vergüenza resaltar medida tan inicua y tan poco sabia como “fenómeno de ahorro y de capitalización sin precedentes, que bien pudiera calificarse de modelo colombiano de desarrollo y del cual este Gobierno se siente ufano, como que no es copiado de ningún otro país y, por el contrario, no es imposible que sea acogido por naciones hermanas, que ya comienzan a interesarse en nuestro experimento” 1. Casi sin excepción se observa que los pueblos sojuzgados del Hemisferio sufren la epidemia de la inflación, el encarecimiento del crédito, la bancarrota industrial, en suma, aplican el “modelo colombiano de desarrollo”, en virtud de la expoliación imperialista que a todos los cobija, y no como se vanagloria López, por lo original y contagioso de su “experimento”. Su éxito, si así pudiera llamarse a los deplorables resultados de su política, estriba antes que nada en la atávica y grosera inclinación suya a satisfacer acuciosamente las exigencias de los monopolios norteamericanos y de los intermediarios vendepatria. Todos y cada uno de sus actos como mandatario lo corroboran, no obstante el afán del revisionismo por descubrirle “lo bueno” para apoyarlo. Las modificaciones que introdujo en la legislación tributaria concluyeron en la reducción de las cargas de los trusts y de los grandes terratenientes e instauraron la preponderancia de los impuestos indirectos sobre los directos, método antiquísimo y discriminatorio de gravar el consumo a fin de que sean los pobres quienes costeen el Estado de los ricos. Apuntaló las irritantes prerrogativas de la gran propiedad inmobiliaria urbana y rural. Aun cuando solía criticar las determinaciones de su antecesor en materia agraria, las dejó intactas y se valió de ellas para agudizar la sumisión y la miseria del campesinado. De los trabajadores también se mofó, porque habiéndoles pintado en los sufragios un paraíso de mejoras, les salió luego con el cuento de que las prestaciones convencionales eran meros “abalorios” que estaban en mora de suprimirse, y les pidió el sacrificio patriótico de conservar congelados los salarios, mientras el gobierno “cerraba la brecha” entre los “precios políticos” y los reales. Pero la clase obrera lo llenó de escarnio el 14 de septiembre de 1977.

Aunque nombró “rectores marxistas” para regocijo de los turiferarios de la oposición, los estudiantes siguieron en la práctica privados de los derechos democráticos, aguantando las criminales arremetidas de la represión institucionalizada. A los industriales, que los transportaron en andas hasta el viejo palacio de San Carlos, aquel infausto 7 de agosto de 1974, les aminoró las escasas protecciones arancelarias y los puso a soportar sin lenitivo la ruinosa y multitudinaria competencia de los géneros traídos de las metrópolis desarrolladas. En cambio las compañías foráneas, particularmente las norteamericanas, le deben gratitud eterna por las incontables garantías otorgadas para exprimir los recursos físicos y humanos de Colombia. El balance es elocuente.

Dentro de la historia contemporánea del país Alfonso López Michelsen se distingue por ser el dirigente político que desde el Poder adecuó, con menor reato y mayor autoridad, la superestructura jurídica a las mezquinas conveniencias de las oligarquías proimperialistas, a la altura de las dudosas y mudables circunstancias. A pesar de que la “pequeña constituyente” y otras propuestas suyas abortaron por diversos factores que no detallaremos ahora, ¿desconocerá alguien que el actual jefe único del oficialismo liberal, recurriendo como un emperador romano a la “emergencia económica”, introducida previamente por él en la Constitución, desfalcó al pueblo para subsanar el fisco y desfalcó a la nación para complacer a la Texas y a las carnales de la Texas? ¿Quién si no él, con su “ventanilla siniestra”, capitaneó la cruzada de los grupos financieros por la legislación de las divisas provenientes del narcotráfico? ¿No inauguró la liberación de las importaciones y la del interés crediticio, merced a las cuales se halla la producción nacional a punto del colapso? ¿No se aprovechó de su parentela para impartir instrucciones acerca de cómo el aparato estatal ha de acrecer el patrimonio de las familias influyentes? Y en cuestiones de libertades, ¿dejó acaso de recurrir al 121 y de apabullar a los movimientos populares con una montaña de providencias punitivas que afianzaron la intromisión de vieja data de los militares en las distintas esferas de la sociedad? Y de colofón, en su “Testimonio Final”, leído el 20 de julio de 1978 durante la instalación de las sesiones ordinarias del Parlamento, consignó una desfachatada premonición, fruto de la experiencia de sus cuatro almanaques de reinado despótico: “Lo digo con franqueza, no creo que el país pueda darse el lujo de prescindir del estado de sitio en los próximos años”.

Por todo lo anterior, López Michelsen acaba de obtener abrumadoramente el espaldarazo de los manzanillos de su partido, encabezados por Turbay Ayala, y de arrasar a los Lleras en su marcha de retorno hacia la presidencia. La travesía no obstante será muy embrolladora. Los antecedentes del postulado, las máculas en su hoja de servicios, las catastróficas repercusiones de sus ejecutorías de estadista, el flagrante contubernio con su sucesor de “yo te elijo y tú me eliges”, lo turbio de las reglas de juego a las que se ciñó la convención de Medellín, la sombra del golpe de Estado que proyecta la reelección, etc, no configuran elementos de escasa monta sino serios motivos de incertidumbre, recelos y malos augurios. “Nunca segundas partes fueron buenas”, recuerda Cervantes en el tomo dos de su Quijote. La oligarquía dominante se verá pues en un grave aprieto para preservar el continuismo a través del reeleccionismo. Además, la crisis y la descomposición social han llegado en Colombia a niveles tales y se ha defraudado tantas veces a obreros, campesinos, estudiantes, pequeños y medianos empresarios y comerciantes, y aun a los industriales más pudientes, que por doquier se palpa una atmósfera de malestar, de desconfianza, de rechazo instintivo a la cháchara de los deformadores de la opinión y a las maniobras de los manipuladores del proceso electoral. El régimen, si desea prorrogar su mandato, tendrá que violentar las condiciones como en ninguna otra oportunidad, con lo cual hará menos consistentes los soportes sobre los que se yergue el desvalijamiento de los 25 millones de colombianos.

Salvo las penurias crecientes de las masas, la situación descrita engloba aspectos harto positivos. Va haciéndose más y más notorio que la prosperidad material de la nación nunca resultará factible bajo las relaciones neocoloniales y semifeudales que la asfixian. Las tesis oportunistas sustentadoras de la posibilidad de un desarrollo nacional en el marco de la expoliación norteamericana, enderezadas a disimular la contradicción invencible entre el incipiente y raquítico del país oprimido y el rampante y omnipotente de la república opresora, y que en los últimos lustros sedujeron a tantos ideólogos de los círculos universitarios, se estrellan en las permanentes noticias de los concordatos de las empresas en vía de liquidación. Enfermedad no sólo colombiana. Economías relativamente prósperas como la argentina y la brasileña la sufren también. A Venezuela no la libraron tampoco sus ingresos derivados del petróleo. Ni al Ecuador, ni a Perú. En el horizonte latinoamericano quizás México sea la excepción que confirme la regla, más no será por mucho tiempo.

La recesión y el caos despuntan a escala continental porque Estados Unidos se ve impelido a redoblar la explotación de sus neocolonias, tras el acrecentamiento de la rivalidad económica de los países industrializados del campo occidental y la ofensiva de la Unión Soviética por apoderarse del planeta. El imperialismo norteamericano ha de compensar la mengua de mercados restringiendo el suyo y volcando aluvionalmente sus competitivos productos a las zonas sometidas a su dominio, en donde quiebra o se adueña de las factorías nativas, endeuda hasta más no poder las administraciones fantoches e invierte ingentes sumas para instalar sus sucursales o proveerse de recursos naturales estratégicos. Este tratamiento no tiende a moderarse, se endurece. Únicamente la revolución nos sacará del atascadero. Por eso las fuerzas políticas que no propugnen el rompimiento de los lazos de sojuzgación que maniatan a Colombia y no luchen consecuentemente por ello, perderán audiencia sin apelación alguna. No es la polémica, son los sucesos cotidianos los que están dándole un rotundo mentís a las teorías de la reacción y del oportunismo.

Así mismo, y con trazos cada vez más nítidos, se dibujan sobre el lienzo de la sociedad colombiana dos bandos irreconciliables: en un polo, la oligarquía traidora, compuesta fundamentalmente por los intermediarios financieros, los grandes comerciantes, los grandes terratenientes y la alta burocracia; y en el otro, el pueblo, integrado por los obreros, los campesinos, la pequeña burguesía urbana y la denominada burguesía nacional. Aunque a estas clases y capas las lesiona enormemente la acción del Estado, cada cual asume posiciones peculiares y profesan criterios diferentes. Hagamos una radiografía de tales criterios y posiciones.

Principiemos por los últimos. Los burgueses nacionales, pequeños y medianos productores y comerciantes, tanto de la ciudad como del agro, y hasta los industriales más solventes, con frecuencia proclaman a los cuatro vientos las protuberantes dificultades que afrontan. Los algodoneros de la Costa Atlántica, por ejemplo, hace algunos meses comunicaron la patética decisión de subastar sus activos para cumplir los compromisos bancarios. Los textileros se quejan reiteradamente de la calamitosa afluencia de estampados y confecciones transferidos desde el exterior. Cientos de empresas de diversa índole han sido cerradas. La misma ANDI cursa su querella denunciando las providencias oficiales, los créditos usureros, la concurrencia extranjera, el encarecimiento de los insumos y materias primas y las demás trabas que interfieren el adelanto industrial de país. Un decenio atrás no se hubiera concebido que muchos de los gremios, por algunos bautizados “de presión”, fueran capaces de supurar tanto resentimiento contra la plana mayor de un régimen que de antaño se sospechaba completamente permeable a sus reclamos. Sin embargo, quien examine con cuidado los pronunciamientos de estos sectores descubrirá que, pese a la bilis que destilan yerran el tiro y alimentan la quiera de conciliar el progreso de Colombia con el saqueo del imperialismo.

La burguesía nacional rumia su desgracia pero no tiene el menor inconveniente en besar la tierra que pisan los esquilmadores de la nación. Sus descalabros se los achaca primordialmente a las modestas conquistas laborales obtenidas por los sindicatos. Cuando el pueblo combate casi nunca lo acompaña, y corre más bien a prestar su contingente a los guardianes de la legalidad y el orden. Por definición es fanática del estricto funcionamiento de la república sesquicentenaria, a la que no juzga anacrónica y de cuyas instituciones aguarda, como los Incas esperaban del dios sol, la solución a los problemas de la existencia. Empero, debido a que la vieja democracia ya no sirve más que a sus depredadores, a ratos la abandona la fe y aboga por un cambio de la insoportable situación; ¡cualquiera!, aun cuando sea el cuartelazo. De todos modos sigue siendo reformista hasta la médula. Los llamados a controlar los monopolios, no a confiscarlos; a embellecer el Parlamento, no a abolirlo; a transformar los terratenientes en capitalistas del campo, en lugar de repartir las grandes fincas ociosas entre los campesinos, etc, les parecen el sumo de la sensatez y la sapiencia políticas. Por ende es la clase que mejor reflejada se ve en los programas seudorrevolucionarios de Luis Carlos Galán, de Firmes, o en las plataformas unitarias del revisionismo; y que está siempre presta a dejarse, timar con los desplantes demagógicos de la oligarquía. Siente nostalgia por los Lleras y simpatías por los planteamientos nebulosos de Belisario Betancur, pero volverá a votar por la alianza secreta de los delfines, si López le endulza el oído con ofertas como el “salario integral”, la reducción del ritmo inflacionario y del interés crediticio, o la implantación de protecciones arancelarias.

La burguesía nacional encarna el ala derecha de la revolución. Para que se resuelva de verdad a sumarse a ella ha de ser que el incendio de la causa libertaria la chamusque y no quiera perecer en sus llamas purificadoras.

Los pequeños burgueses en un país atrasado como el nuestro siempre serán un segmento numeroso y ostentarán una significativa presencia en la economía y en la política. Su vocación revolucionaria se halla fuera de duda, entre otras cosas porque a medida que se ahonda la crisis se van depauperando y acercando aceleradamente a las toldas del proletariado. El éxodo campesino hacia los centros urbanos, tan característico de la coyuntura actual, hace parte del empobrecimiento de esas inmensas capas que han sido expropiadas de sus rudimentarios medios de producción, y de subsistencia, ya que el sistema mata las antiguas fuentes de trabajo mas no cultiva las nuevas. Con todo, en el seno de aquellos subsisten y reviven de continuo sectores no desdeñables que se aferran, así sea imaginariamente, a las relaciones y formas de propiedad legadas por el ayer, o a las “oportunidades” que brinda el régimen a quienes se superan y se capacitan para subir en la escala social. Este otro aspecto contradictorio torna a la pequeña burguesía, en particular a sus estratos intelectuales, en fermento de disímiles fracciones que oscilan entre el arribismo y el terrorismo, los dos extremos viciosos de su péndulo político. Hemos contemplado cómo se comportan algunas de tales tendencias. Hoy le declaran la guerra al gobierno con sólo un puñado de jóvenes pletóricos de nobles sentimientos y en suicida aventura, sin sopesar el grado de conciencia ni de lucha de las masas y despreciando olímpicamente la desfavorable correlación de fuerzas del momento, y al día siguiente le proponen paz a ese mismo enemigo embriagado por triunfos fáciles, sobre la base que el pacto social entre oprimidos y opresores salvará a Colombia de la hecatombe. O, conjuntamente con el presidente y sus ministros, con la flor y nata de la oligarquía colombiana y con los esquiroles de las centrales amarillas firman la adhesión a “los principios que inspiran a nuestro sistema jurídico-político y a las instituciones que lo sustentan” 2; y a la semana siguiente para dar pruebas de su verticalidad revolucionaria, montan desesperadamente contra esos mismos principios una parodia de paro nacional, en nombre de los trabajadores, a quienes ni siquiera consultan. Reprenden a García Márquez, su mentor, porque confiesa la creencia de que López “puede promover un proceso de justicia social y recuperación democrática”, pero estiman al mismo tiempo interesante que el candidato liberal hubiera sacado el ramo de olivo cual enseña electorera de su segundo “mandato de hambre, demagogia y represión”. La reacción al mando ha aprendido a valerse de estos frenéticos bamboleos. Cuando gusta posar de democracia convoca a la “concertación” y, con pie en los petitorios de amnistía y de entendimiento pacífico, solicita a la vez el concurso de los desempleados, de los destechados, de los desposeídos todos, para continuar adelante con su obra de pillaje. Y cuando necesita decapitar a las organizaciones populares, ilegaliza, allana, detiene, masacra, so pretexto de acabar con las manifestaciones de terror de la izquierda.

Para que la revolución salga de su inmadurez y logre propinar golpes realmente demoledores a la minoría expoliadora, tiene que suspender el funambulesco espectáculo de la táctica pequeño–burguesa, y decir; ¡basta ya de solemnes bufonadas, de sandeces derechistas e izquierdistas que tantos tropiezos les han ocasionado a las lides del pueblo colombiano en los últimos veinte años!

Entre todas las fuerzas que resisten el vandalismo de los saqueadores foráneos y sus testaferros criollos, los obreros son los más consecuentes e infatigables defensores de los fueros de la nación y del pueblo. El desenvolvimiento de la crisis no los descompone como al resto de sus aliados, los robustece. Poquísimos indigentes se vuelven acaudalados, ¿mas cuántos pequeños burgueses e incluso burgueses ruedan al arroyo y engrosan de continuo las filas cesantes o activas de la clase obrera? El proletariado, nada tiene que salvar del viejo régimen. Si en su programa estratégico consigna el amparo a los modos de producción capitalista no monopólicos, que no estrangulen a las masas, ello se explica por el tardío desarrollo del país, y los trabajadores conscientes lo toman cual paradero obligado en la ruta de su emancipación definitiva. Los luchadores obreros no arremeten contra el imperialismo desde las herrumbrosas posiciones del grande o pequeño propietario, ni jalan del sistema hacia atrás, ni sueñan con embellecer la democracia oligárquica. Contienden con las herramientas modernas del socialismo y sus soluciones políticas implican un gigantesco salto hacia delante. Son los más integrales demócratas porque propugnan el poder de la alianza de todas las clases y capas antiimperialista y exigen que los derechos del pueblo sean llevados a su plenitud, empezando por el de la soberanía y la autodeterminación nacionales, las que arrancarán de manos de los Estados Unidos, pero que por ningún motivo colocarán bajo la tutela de los hegemonistas soviéticos o de cualquier otro amo extranjero. Y practican el internacionalismo proletario puesto que se hallan irreductiblemente en contra de la más mínima opresión entre las naciones.

Como vanguardia de la revolución colombiana que son, se opondrán no sólo el reeleccionismo y al continuismo, sino a toda fórmula que no acepte el derrumbamiento de la sociedad neocolonial y semifeudal, cuya crisis se cura exclusivamente con su muerte. No buscarán el lado atrayente de López ni de ninguna de las candidaturas reformistas de la burguesía. Presentarán sus propias alternativas revolucionarias, convencidos de que a la larga las acogerán las masas populares, luego de la superación de muchos contratiempos y derrotas.

Los militantes del MOIR han de esforzarse en la campaña electoral por ser dignos representantes de estos preceptos del proletariado colombiano; y por persistir en su táctica de acumular fuerzas pacientemente, conforme al discurrir de la lucha de clases y en el entendimiento de que el desbarajuste progresivo del régimen terminará convulsionando al país entero y conduciéndonos a la victoria.

Notas

1. Alfonso López Michelsen, “Mensaje al Congreso Nacional”, 20 de julio de 1976, pág. 99. Ediciones del Banco de la República, Talleres Gráficos, 1976.
2. Declaración suscrita por representantes del revisionismo y de otras fuerzas oportunistas en la reunión de “concertación” citada por el gobierno. El Espectador, octubre de 1981.
3. El Espectador, octubre 4 de 1981.

TENAZ PELEA DE LOS MÉDICOS RESIDENTES

Luego de más de 40 días de huelga, 2.600 médicos internos y residentes regresaron a sus actividades, después de pactar con el gobierno que ninguno de los participantes en el movimiento sería sancionado.

Tanto a internos como a residentes, que laboran un promedio de 70 horas semanales, respondiendo por el 80 por ciento del servicio médico de medio centenar de hospitales en el país, se les negó una vez más su reconocimiento como trabajadores y por lo tanto su derecho a un salario.

A pesar de no haber logrado la conquista de su principal reivindicación, los médicos consiguieron algunos beneficios en el campo de la vivienda, en el de la alimentación y en el de la salud. Se acordó el pago de los servicios que prestan todos los internos, y el aumento de los préstamos para los residentes.

Al retornar a sus labores los dirigentes de la Asociación Nacional de Internos y Residentes, ANIR, anunciaron que no abandonarán la lucha por conquistar la condición de trabajadores. Algunos de los médicos han venido instaurando demandas laborales para que se les declare asalariados, con base en un fallo del Tribunal Superior de Cundinamarca.

MOSQUERA VISITÓ EL PERÚ

Aceptando una fraternal invitación del Partido Comunista del Perú (Patria Roja), el secretario general del MOIR, compañero Francisco Mosquera, viajó al hermano país el pasado 2 de octubre. Durante su visita de ocho días tuvo oportunidad de dialogar extensamente con los camaradas peruanos sobre diversos tópicos.

Luego de dichas conversaciones, el máximo dirigente del MOIR firmó con el camarada Alberto Moreno, secretario general del Partido Comunista del Perú, un comunicado conjunto en el que se destaca la recíproca solidaridad con las batallas que vienen librando las masas populares de ambas naciones por la independencia y la revolución. Se condena “la política hegemonista y de guerra” de las dos superpotencias; se señala a la URSS como “fuente principal de la guerra mundial” y el “más peligroso de los enemigos de los pueblos del mundo”, y se denuncia el “nefasto papel que cumplen los regímenes de Vietnam y Cuba como agentes al servicio del intervensionismo socialimperialista en el tercer mundo”.

Durante su permanencia en el vecino país, Francisco Mosquera participó asimismo en los actos conmemorativos del 53 aniversario del Partido Comunista del Perú.

En la próxima entrega de Tribuna Roja daremos publicación al texto completo del comunicado conjunto y algunas de las intervenciones en conmemoración del aniversario del Partido Comunista del Perú.

REPORTAJE SOBRE LA HISTORIA COMUNERA (II)

En el número anterior publicamos la primera parte de la entrevista con el compañero Gustavo Quesada, historiador y dirigente del MOIR. La siguiente es la conclusión de este reportaje.

¿Podría hablar de los principales episodios de la epopeya de Galán?
Mientras Berbeo negocia con el Arzobispo, que llevaba la precisa instrucción de detener el movimiento en Zipaquirá, la plebe duda de las virtudes de su Comandante General y exige que no se negocie y se avance directamente a la capital del Virreinato. Por tres ocasiones los insurrectos, acampados en el alto del Mortiño, se toman la plaza de Zipaquirá, gritando: ¡Guerra a Santa Fe!, ¡Guerra a Santa Fe!

El 25 de mayo de 1781, Galán es nombrado Capitán de 150 hombres, con los que inicia su campaña tomándose a Facatativá al día siguiente. Desciende hacia Tena, establece el poder del Común en Villeta y controla Guaduas desde junio 6. Bajo su influencia se sublevan La Mesa y Tocaima. Se insubordinan Beltrán, Piedras, Upito, Nilo, Melgar, Espinal, Guamo, Coello, Purificación y Chaparral. Todo el valle del Magdalena se suma al alzamiento del Común, desde Neiva hasta Ibagué.

El objetivo estratégico consistía en tomar por asalto a Honda, que estaba custodiada y era considerada la garganta del Reino, por ser el camino obligado de Cartagena y Quito hacia Santa Fe. Galán pasa a Ambalema, principal centro tabacalero de Llano Grande, y de allí a Mariquita. Libera los esclavos de la hacienda La Niña y de las minas de Malpaso.

La revuelta se fue extendiendo por todo el Virreinato. Los peones de la hacienda de Villavieja dirigidos por Toribio Zapata y Teresa Olaya, se apoderaron del Estanco de Neiva y mataron al gobernador Policarpo Fernández. En Pasto los indígenas también ajusticiaron al gobernador Ignacio de Paredes. En Tumaco, el insurrecto Vicente de la Cruz depuso al corregidor. En los Llanos, don Javier de Mendoza amotinó a los indígenas sometidos por los Agustinos y excitó a la rebeldía en Manare, Morcote, Pore, San Juan de los Atalayas, Támara y Surimena. Don Javier de Mendoza, “hombre hereje y dado a prácticas satánicas”, entregó la tierra a los nativos, suprimió los tributos de indios y encerró a los curas en las iglesias, exigiéndoles que se ocuparan sólo de Dios. En Antioquia los mineros y colonos protestaron contra alcabalas y estancos y contra el impuesto a los mazamorreros. Su ejemplo cundió; el “Discurso sobre la Injusticia”, leído por el pardo Bruno Vidal, en Guarne, sacudió toda la provincia de Antioquia y se levantaron Sopetrán y Rionegro. De Pamplona el incendio pasó a la Villa del Rosario de Cúcuta y de allí se propagó por Mérida y Trujillo, en Venezuela.

Si bien Túpac –Amaru ha sido ajusticiado, su hermano Diego Gabriel Condorcanqui continúa la guerra. Los Incas sitian La Paz por segunda vez, durante más de cien días. En el Chaco el pueblo se rebela contra el Virreinato del Río de la Plata y el ejército español no acude a controlar la situación por temor a que los bonaerenses se coludan con la Armada Inglesa, próxima a las costas. En México y Panamá, al otro extremo, se respira igualmente el aire caldeado de la revolución.

Todo este conjunto de circunstancias favorecía el avance sobre Santa Fe y daba la razón al instinto de la plebe. Cuando el justificado temor del Arzobispo consistía en que la chusma alcanzara el objetivo de “apoderarse del Erario Real, fijar aquí la silla de la sedición y extender desde ella su fuego a las vecinas provincias de Caracas, Quito y Popayán”, Berbeo pacta.

Es en este el momento culminante en el cual irrumpe la figura cimera de José Antonio Galán, quien, acompañado de un reducido grupo de comuneros, echa sobre sus hombros la empresa heroica de soliviantar el valle del Magdalena, asediar a Honda y promover la insurrección general.

Queda nítido el contraste entre las dos conductas que pugnaron a lo largo y ancho de la rebelión comunera. La de Galán y su pequeño ejército revolucionario, y la de los contemporizadores, acaudillados por Berbeo, que firmaron las capitulaciones y renunciaron a ellas cuando la Corona, violando los compromisos contraídos en Zipaquirá, las desconoció desafiantemente. Mientras los primeros hacen esfuerzos sobrehumanos para mantener la ofensiva y evitar el hundimiento, los segundos acolitan al Arzobispo y a su misión de capuchinos y franciscanos, que recorrían la provincia comunera concediendo indulgencias y regando agua bendita sobre los rescoldos de la inconformidad. Para salvar el pellejo, los traidores, que no llamaban a la guerra sino a la paz, abjuraron de los cargos asumidos durante el movimiento. Y en su abyección llegaron al colmo de aceptar que se indemnizara a España por los perjuicios recibidos “durante las pasadas conmociones” y se sumaron a la persecución de las partidas de Galán, “monstruo de maldad, objeto de abominación”.

Los revolucionarios, por su lado, perciben que la situación ha cambiado. En todos los pueblos les esperan órdenes de captura. Las cabezas de cinco indígenas colocadas en picas a la entrada de Santa Fe son clara advertencia de que la autoridad ha sido restaurada; don Ambrosio Pisco es detenido. El pequeño núcleo que persevera en la lucha, compuesto por Juan Manuel Rojas, Miguel Rafael Sandoval, Custodio Arenales, Ignacio Gualdrón, Buenaventura Gutiérrez, los hermanos Altamar, Manuel Ortiz, Isidro Molina, Lorenzo Alcantuz, Antonio Molina y los hermanos del charaleño, le encomiendan a este, en un altivo y postrer empeño, el mando de una invasión para apoderarse de Santa Fe, el 9 de octubre.

Galán anima a los suyos, escribiéndoles: “Aplicar el más conveniente remedio a la ruina con que nos amenaza la Corte de Santa Fe y todo el Reino por el malogrado avance de la vez pasada con que nos han dejado vendidos, avariciosos, pícaros, traidores, a lo que no encontramos otro remedio que volver a cometer con más maduras reflexiones como ya experimentados (…) Alienten sus corazones y volvamos a seguir nueva empresa o si no como dicen (a mal desesperado, desatinado remedio) se hará preciso en la vil ocasión de nuestra perdición acometernos unos a otros”.

Don Salvador Plata paga mercenarios de su propio bolsillo y sigue la pista de Galán, a quien da caza el 13 de octubre en el sitio de Caguanoque, cuando huía hacia los Llanos Orientales, y engrillado lo traslada al Socorro. Inmediatamente es conducido a la capital, donde, en un juicio lleno de calumnias, y en el que se le acusa de malhechor, bandido, ladrón, infame e incestuoso, se emite la siguiente sentencia: “Condenamos a José Antonio Galán a que sea sacado de la cárcel, arrastrado y llevado al lugar del suplicio, donde sea puesto en la horca hasta que naturalmente muera; que bajado se le corte la cabeza, se divida su cuerpo en cuatro partes y pasado el resto por las llamas (para lo que se encenderá una hoguera delante del patíbulo), su cabeza será conducida a Guaduas, teatro de sus escandalosos insultos; la mano derecha puesta en la plaza del Socorro; la izquierda en la Villa de San Gil; el pie derecho en Charalá, lugar de su nacimiento; y el pie izquierdo en el lugar de Mogotes; declarada por infame su descendencia, ocupados todos sus bienes, y aplicados al Real Fisco, asolada su casa y sembrada de sal, para que de esta manera se dé al olvido su infame nombre, y acabe con tal vil persona, tan detestable memoria, sin que quede otra que la del odio y espanto que inspira la fealdad del delito”.

Suerte similar corrieron Ortiz, Molina y Alcantuz. Pisco y Fray Ciriaco de Archila fueron desterrados. El Marqués de San Jorge, recluido en las bóvedas de Bocachica. A los funcionarios que tuvieron vínculos con el Común, y a muchos otros rebeldes, se les condenó a la pena de azotes. Cuando la masacre estuvo consumada, el Arzobispo, ya Virrey, promulgó una especie de amnistía general.

¿Cómo podemos explicarnos la derrota de la insurrección comunera?
Estudiando la historia en profundidad podemos aseverar que la guerra de 1779 – en la cual España sale perdedora-, las revueltas de los Comuneros en la Nueva Granada y de los Incas en la Nueva Castilla y la independencia de América del Norte, son factores decisivos en la maduración de la crisis del imperio español que aún no había tocado fondo.

Sin embargo, por un lado, el pensamiento enciclopedista, las ideas de la ilustración, el liberalismo económico inglés y las concepciones filosóficas y políticas francesas, eran prácticamente desconocidas en la Nueva Granada hacia 1781. Y por el otro, el escaso crecimiento de las fuerzas productivas en los territorios coloniales y lo incipiente de su comercio exterior, no habían permitido el surgimiento de un sector de comerciantes adinerados con una visión amplia del cambio revolucionario. Los comuneros carecieron, por lo tanto, de una base económica desarrollada y de una teoría revolucionaria que les permitiese guiar acertadamente la lucha. No hay un solo documento que pruebe lo contrario.

Aunque en forma rudimentaria el movimiento del Común se encauza en la tendencia general del desarrollo social, no logró acuñar un programa que permitiera la alianza de las clases revolucionarias ni construir un ejército con capacidad de enfrentar una batalla, ni centralizar la dirección política; en lugar de concentrar, dispersaba. Ni siquiera el Supremo Consejo de Guerra pudo resolver esta contradicción. El poder siguió disgregado, en manos de los capitanes de las aldeas. El atraso ideológico y político era un fuerte aliado de los españoles.

El otro aspecto que influye en la derrota de la insurrección es el predominio de un sector vacilante, conciliador y oportunista, que se impone por la inevitable carencia de un núcleo capaz de orientar las acciones. Cuando Engels analizó las revoluciones campesinas en Alemania de 1523 y 1525, no vaciló en señalar que “ambas fueron aplastadas, a causa principalmente de la falta de decisión del partido más interesado en la lucha: la burguesía de las ciudades”. La revolución comunera no contó ni siquiera con esa burguesía.

Una vez fueron nombrados los capitanes del Común, el 18 de abril, lo que se decide en casa de Berbeo, este exigió que los posesionara el teniente Corregidor de la Villa, don Clemente Estévez. En el acta levantada para el efecto se hace constar que aquellos que aceptan los cargos de la presión de la masa, y luego cada cual deja su “exclamación secreta” en la que asegura que se compromete por temor a perder su vida o la de su familia, y para contribuir a aplacar y controlar los excesos de la plebe. Cuando se conforma el Supremo Consejo de Guerra, sus miembros envían una carta al Virrey Flórez en la que repiten sus lloriqueos, acompañada de una nota del cabildo, con firmas de amigos y parientes en la que se da testimonio de esta cobardía.

¿Por qué, entonces, fueron elegidos como capitanes” Porque objetivamente no había quien más condujera el movimiento.

El sector revolucionario nutrido por las capas más empobrecidas de las poblaciones comuneras insurrectas deja una estela de gloria a su paso, pero también nos enseña que la revolución no requiere solamente de coraje sino también de una correcta vanguardia y de una certera comprensión de los problemas que se busca resolver. Sin saber quiénes son los amigos y quiénes los enemigos del avance histórico, sin dominar los métodos para llevar a cabo las tareas propuestas y sin determinar claramente las metas supremas, resulta imposible alcanzar la victoria.

Pasados dos siglos del estallido, el movimiento de los comuneros sigue siendo objeto de estudio y en su interpretación hay posiciones encontradas, debate, contienda ideológica. Se trata de la prolongación en el tiempo de la misma lucha entre el oportunismo y la revolución. Las figuras de Galán y de Berbeo son, respectivamente, paradigmas de la consecuencia y de la entrega.

Los reaccionarios y los oportunistas de hoy se inclinan a justificar a Berbeo, mientras las fuerzas revolucionarias mantienen en alto la enseña del charaleño. Nuestra participación en esta polémica es obligatoria. Contribuyamos a la tarea de esclarecer ante el pueblo colombiano los hechos de nuestra historia, en los cuales hallaremos valiosas lecciones para el presente y para el provenir.

CONSUELO RECORRE EL PAÍS

Amplia gira nacional

A partir del 13 de agosto, la candidata presidencial del Frente por la Unidad del Pueblo, Consuelo de Montejo, ha llevado a cabo una intensa gira nacional, presidiendo más de 60 actos y manifestaciones en Tolima, Huila, Boyacá, Casanare, Santander, Norte de Santander, Cesar, Caquetá, Atlántico, Magdalena, Sucre, Córdoba, Bogotá y Cundinamarca. En distintos recorridos han acompañado a la candidata los dirigentes del FUP; Jaime Piedrahíta Cardona y Álvaro Bernal Segura, de la ANAPO Revolucionaria; Carlos Valverde, Marcelo Torres y Avelino Niño, del MOIR; Enrique Hernández, de Insurgencia Liberal; Enrique Molinares, del Movimiento Unidad Liberal; Germán Pérez Ariza y José Zamudio Parra, del Movimiento Independiente Liberal MIL.

Bogotá

Además de la gira adelantada por Consuelo de Montejo y los dirigentes del FUP por once departamentos del país, se realizaron también actos políticos en Bogotá, con la presencia de los dirigentes Álvaro Bernal Segura, Avelino Niño, Germán Pérez Ariza y José Zamudio Parra. En cerca de 30 barrios de Bogotá se instalaron comandos y se hicieron manifestaciones del FUP.

El día 10 de octubre más de mil afiliados al sindicato de vendedores ambulantes Sinucom, brindaron un cálido homenaje a su compañero Avelino Niño, concejal de Bogotá y dirigente del MOIR. Y el 18 de octubre Conuelo acompañó al pueblo bogotano en el multitudinario bazar del FUP en el parque del Salitre.

LA DISPUTA DE LAS SUPERPOTENCIAS POR EL NORTE DE ÁFRICA

El sector oriental del Norte de África comprende cuatro Estados (Egipto, Libia, Chad y Sudán) con una enorme superficie de 7.6 millones de kilómetros cuadrados y una población de casi cien millones de habitantes. Más de la mitad del litoral africano sobre el Mediterráneo y sobre el Mar Rojo pertenece a los países del área y allí se encuentran el Canal de Suez, una de las rutas vitales para Occidente. Asimismo, el Nilo, el río más largo de África, atraviesa los extensos territorios de Sudán y Egipto. La región es prolífica en recursos naturales como petróleo, gas natural, oro, hierro, plomo, manganeso, etc. Su proximidad al Oriente Medio la convierte, además, en un punto de importancia estratégica en las relaciones internacionales. Los eventos acaecidos recientemente en la zona – la muerte del presidente Sadat, la invasión Libia al Chad y el conflicto entre sudaneses y libios-, han agregado un elemento nuevo a la disputa de las dos superpotencias por el dominio de África y las regiones petroleras.

Egipto y la política estadinense
De todos los países del mundo árabe, Egipto es el que cuenta con la mayor población y con las fuerzas armadas más poderosas. En las últimas tres décadas, las orientaciones políticas emanadas de El Cairo ejercieron decisiva influencia en el desarrollo de los acontecimientos del Medio Oriente y África Septentrional. La Unión Soviética, aprovechando el auge de las luchas anticolonialistas e independentistas libradas por los pueblos árabes, así como el conflicto de éstos con los israelitas, sentó sus reales en Egipto, donde instaló varias bases militares y ubicó cerca de 18.000 uniformados.

Luego de las componendas de la URSS con los Estados Unidos en torno al problema árabe-israelí, el sucesor de Nasser, Anwar El Sadat en el Poder desde 1970, decidió expulsar al personal militar soviético y cerrar sus bases, en 1972. Comenzaba así el paulatino acercamiento de El Cairo a Washington, que culminaría con la firma de los acuerdos de Camp David, en marzo de 1979. A partir de entonces comienzan las entendederas entre la nación más influyente del bloque Árabe e Israel. El imperialismo norteamericano logró de este modo abrir una brecha en el mundo árabe, ganar un aliado confiable, recuperar parte de la iniciativa que había perdido por su apoyo al sionismo y excluir de un golpe a Moscú de las gestiones de Paz en el Cercano Oriente. Estas peripecias le costaron a Sadat la enemistad de todas las naciones árabes, con las únicas excepciones de Sudán, Somalia y Omán. El “frente de rechazo”, encabezado por Libia, Siria y la OLP, y respaldado por Moscú, condenó a Egipto al ostracismo. Por su parte, la Casa Blanca se dedicó a equipar con armamento moderno al ejército egipcio y a otorgar a Sadat cuantiosos créditos (unos 2.000 millones de dólares al año), todo con el fin de consolidar su nueva punta de lanza y construir una barrera contra el avance del Kremlin en el área.

Sin embargo, el asesinato del mandatario egipcio, el 6 de octubre último, ensombreció el éxito de la estrategia yanqui, llenó de temores a los gobernantes árabes que conservaban simpatías por Washington y alentó la ofensiva política y militar de los aliados de la Unión Soviética, no obstante las advertencias de la administración Reagan sobre cualquier acción de éstos en la zona.

La carta libia
El régimen de Muammar Gaddafi, instaurado en Trípoli en 1969, ha desempeñado un papel de gran trascendencia en el juego de la URSS en África y los países árabes. Aunque Libia apenas cuenta con tres millones de habitantes y un ejército de 60.000 soldados, Moscú se ha encargado de vender sofisticado y abundante material bélico (avaluado en cerca de 13.000 millones de dólares), que incluye tanques T-72 y aviones Mig-25. Con el viraje egipcio de 1972, los socialimperialistas reforzaron sus relaciones con Gadaffi y han estado detrás de muchas de sus aventuras agresivas, entre las cuales pueden destacarse las siguientes: intento de anexión de territorios de Níger, en 1976; ataque fronterizo contra Egipto, en 1977; intervención en los asuntos internos de Ghana, Gambia y el Líbano, entre 1980 y 1981, y la invasión a Chad y las amenaza contra Sudán, en 1981.

Desde cuando estalló la guerra civil en Chad, en marzo del año pasado, el gobierno libio envió tropas en apoyo del bando de Queddei, presidente de aquel país, mientras que Francia hacía lo propio con el del primer ministro Habré. Empero, a comienzos de 1981, los masivos traslados de hombres y pertrechos libios y la indecisión francesa pusieron término a la lucha y dieron la victoria a los protegidos de Gaddafi. Las tropas libias, en número de 12.000, no sólo no se retiraron, sino que en Trípoli se proclamó la “fusión” de Chad y Libia, con lo cual se consumaba la anexión. A cambio de dar vía libre a los libios en Chad, Francia obtuvo de Gaddafi jugosas concesiones petroleras y aseguró los suministros de crudo de dicho país. (Libia es un importante productor de petróleo con 1.5 millones de barriles diarios. El 12% del crudo importado por Estados Unidos, proviene de los pozos libios).

Le tocaría luego el turno a Sudán, contra cuyo presidente Gaafar Nimeiry, el jefe libio ya había organizado varios complots, todos frustrados. Cinco días después del asesinato de Sadat, la aviación libia bombardeó varias aldeas sudanesas, a tiempo que contingentes del ejército libio tomaban posiciones a lo largo de la frontera entre Sudán y Chad. Nimeiry declaró que “la URSS es la primera potencia colonialista del mundo y países como Libia están enteramente en sus manos” y que “su objetivo es, primero Sudán, pero luego Arabia Saudita”.

En efecto, la posición estratégica de la Unión Soviética en la región es excelente. Mantiene estrechas relaciones político – militares con la OLP, Irak y Siria, a través de esta última avanza sobre el Líbano y tiene a tiro de cañón a Jordania e Israel; en la península Arábiga se atrinchera en Yemen del Sur, y en África tiende cerco a Egipto y Sudán, desde Etiopía, Libia y Chad. De lograr penetrar en Sudán, el Kremlin establecerá una cadena ininterrumpida de satélites desde el Océano Índico hasta el Norte de África y alrededor de las regiones petroleras más importantes del orbe.

Los Estados Unidos reaccionaron con rapidez ante los problemas reseñados; despacharon dos aviones radar AWACS para que Egipto vigilara sus 1.300 kilómetros de frontera con Libia, y aceleraron el envío de ayuda militar y económica por 200 millones de dólares a Sudán. Asimismo el pentágono anunció que en noviembre efectuará maniobras militares conjuntas con los gobiernos egipcio y sudanés. El gobierno de Reagan persigue lo que ha denominado un “consenso estratégico” con Arabia Saudita, Egipto y Sudán para contener las incursiones de los soviéticos y sus agentes. No obstante, el plan tropieza con serias dificultades, como el temor de los sauditas a comprometerse demasiado con la política de Washington y la reticencia del Congreso estadinense a venderles aviones AWACS a estos. Mientras que la URSS dispone de varios puntos de apoyo bélico, los Estados Unidos carecen de bases permanentes y tienen que maniobrar contra la desconfianza y las vacilaciones de sus potenciales aliados del mundo árabe y, al mismo tiempo, continuar respaldando a Israel y llevar adelante las gestiones concernientes a los acuerdos de Camp David. Así las cosas, lo que se avecina en la zona Norte de África y el Cercano Oriente es una intensificación de la contienda de las dos superpotencias imperialistas en procura del control, con la Unión Soviética a la ofensiva en todos los frentes y los Estos Unidos haciendo desesperados esfuerzos por conservar sus amenazadas prerrogativas.

CONSUELO EN LA COSTA

Barranquilla, octubre 2
El día 2 de octubre, el pueblo de Barranquilla tributó a Consuelo de Montejo una cálida acogida en la gigantesca manifestación celebrada en el Paseo Bolívar de esa ciudad. Posteriormente en los días 3 y 4, se realizaron actos públicos en Repelón, la Aguada de Pablo y Juan de Acosta. Con la candidata del FUP estuvieron presentes los dirigentes regionales del MOIR Jorge Iván Zapata, Néstar de Ferrer, Erasmo Arteta, Rafael Osorio, Luz Molina y Salomón Ganitski.

Magdalena
En el departamento del Magdalena la comitiva nacional presidió concentraciones en Santa Marta, el 1 de octubre, y en Aracataca, el 5, hicieron uso de la palabra Juan J. Arango, Luis Arrieta y Alberto Décola.

Córdoba
En Córdoba se llevaron a cabo manifestaciones en Montería, Cereté, Lorica y Sahagún, entre el 7 y el 11 de octubre. Participaron los dirigentes regionales del MOIR Francisco Valderrama, Nicomedes Aldana y Raúl Ramírez.

Casanare, Boyacá, Norte de Santander y Urabá
El 4 de octubre se realizó el primer foro nacional del Frente por la Unidad del Pueblo en Urabá, con el fin de promover la candidatura presidencial de Consuelo de Montejo. En el evento participaron delegaciones de Turbo, Necoclí, San Pedro de Urabá, Chigorodó y Medellín.

Hicieron uso de la palabra los concejales Enrique Molinares y Alberto Arroyave, de Apartadó, y Jorge Agudelo y Jaime Montoya, de Necoclí; así mismo el dirigente del MOIR, Mario Hernández.

Consuelo de Montejo se hizo presente en Boyacá en las concentraciones de Tunja, el 28 de agosto, y de Sogamoso, el 29. Luego se trasladó a Yopal, el 30 del mismo mes. En Norte de Santander se efectuaron actos en Pamplona, Cúcuta y La Gabarra, entre el 11 y el 13 de septiembre.

Acompañaron a la candidata del FUP, José Daniel Rodríguez, Álvaro Concha, José Molina, Jorge Prieto, Hernando Chávez y Rafael Espinel, del MOIR, y Francisco Castillo Noguera, del Liberalismo Independiente de Norte de Santander.

Huila, Caquetá y Santander
En el Huila se realizaron actos en Neiva y Garzón, el 15 de agosto, y en Pitalito y Gigante, el 16. en Caquetá, en Florencia y El Doncello, los días 25 y 26 de septiembre, en Santander, en Bucaramanga, Barrancabermeja y Barbosa, entre el 4 y el 6 de septiembre. En las diferentes manifestaciones intervinieron, además de los miembros de la comitiva nacional, Carlos Tovar, Álvaro Rodríguez, Edgar Piñeros, Gildardo Jiménez, Gustavo Triana y Alirio Muñoz, del MOIR; Enrique Hernández de Insurgencia Liberal; Roberto Vanegas, del Conservatismo Independiente del Caquetá, y Alfonso Medina, de Anapo Revolucionaria.

BUSH EN BOGOTÁ: LAS GESTIONES DE UN HUÉSPED INDESEABLE

El viaje a Colombia del vicepresidente norteamericano, George Bush, el 13 de octubre, se efectuó en momentos en que el Imperio del Norte da los últimos toques a su estrategia en Centroamérica y en la cuenca del Caribe, con el propósito de enfrentar los avances de su rival soviético en la zona. Los Estados Unidos buscan afanosamente salvar sus posesiones al sur del Río Grande de las tormentas que se abaten sobre ellas, y que amenazan la supremacía que tradicionalmente han tenido aquellos en el Hemisferio. El objeto del periplo de Bush era encuadrar a los gobernantes colombianos en los planes estadounidenses, lo cual se desprende de las declaraciones del ex director de la CIA durante su estancia en Bogotá.

La pesadilla centroamericana
Para el imperialismo yanqui la reciente evolución política en Nicaragua, El Salvador y Guatemala se ha tornado en una de sus mayores preocupaciones; Washington tuvo que resignarse a perder el último de los Somozas en medio de los embates del pueblo nicaragüense y a presenciar el acercamiento cada vez más acelerado de Managua a la órbita soviético-cubana. A pocos kilómetros, la nación salvadoreña se debate en una cruenta guerra civil, en la que las mayorías explotadas luchan con tenacidad contra la oligarquía y su régimen corrupto y despótico. La considerable ayuda militar suministrada por la administración Reagan al gobierno de Napoleón Duarte, la cual incluye varias decenas de consejeros militares, no ha surtido los efectos esperados de aplastar la insurgencia. Cuba, sirviendo de ariete del Kremlin, trata de aprovechar el conflicto salvadoreño para establecer otra cabeza de playa en Centroamérica y expandir la influencia de su patrón moscovita en el área. Para complicar aún más el problema, México y Francia decidieron, a fines de agosto, reconocer a las guerrillas de El Salvador como “fuerza política representativa”. La actitud de los dos países (que cuenta con el respaldo de la socialdemocracia europea) está motivada antes que nada por el interés de éstos de extender su injerencia política y sobre todo económica en la región, valiéndose de las dificultades de Estados Unidos y de la confusión prevaleciente.

Como si lo anterior fuera poco, Guatemala empieza a experimentar un proceso similar al de su vecino salvadoreño, y los demás países de la zona, incluida Colombia, padecen graves crisis sociales y económicas, situaciones todas en las que La Habana recibe el encargo de explotar mercenariamente a favor de Rusia. Cuando mister Bush parte hacia Colombia, el panorama que vislumbra la Casa Blanca con mal disimulado temor es el de un desplome en serie de varios de sus títeres y la intromisión de la URSS en su patio trasero. Tal el contexto de la visita de uno de los amos yanquis a su heredad colombiana.

Bajo la mira de las superpotencias
Colombia, con su extenso litoral sobre el mar Caribe, su cercanía a Centroamérica y sus enormes riquezas naturales, constituye una pieza clave en el ajedrez que juegan Moscú y Washington por el Continente. Varios funcionarios norteamericanos han venido refiriéndose a nuestro país como un posible blanco de la ofensiva de la URSS y sus agentes. Por ello, Reagan desea incluir a Colombia dentro de sus planes de seguridad imperial, antes de que sea demasiado tarde.

En una de sus primeras afirmaciones públicas en Bogotá, George Bush dijo que “no habrá compromiso alguno en la región del Caribe en el cual no esté participando Colombia”. Y de acuerdo con el canciller Lemos Simonds, “fue el diálogo más descarnado que se haya hecho de la situación de Centroamérica y, al mismo tiempo, el más positivo que hayan tenido hasta el momento el gobernante de Colombia y el vicepresidente de los Estados Unidos”.

Al remitirse a las actividades de Moscú en el hemisferio, Bush señaló: “La Unión Soviética amenaza la paz del Continente con el apoyo que brinda a los grupos terroristas a través de Cuba y Nicaragua, con lo cual se pretende desestabilizar los gobiernos latinoamericanos”.

El presidente colombiano expresó una gran preocupación por el desamparo en que se hallan los regímenes incondicionales de Norteamérica ante la campaña ruso-cubana. Al respecto indicó: “Colombia considera de la mayor importancia contribuir a que la imagen de los Estados Unidos en América Latina recobre el prestigio que tuvo en las épocas de la alianza para el Progreso. La América Latina pasó a un tercer lugar en el orden de las relaciones de la gran democracia del Norte y se ha producido un vacío político a cuyo amparo han prosperado situaciones como la del Caribe, frente a las cuales es preciso tener bien abiertos los ojos”. Y formuló un vehemente llamado a Washington para que recupere su posición de control hegemónico en la zona: “La vecindad y las características propias de los Estados Unidos los obligan a ejercer, como de hecho lo ejerce, un liderazgo a nivel mundial; pero las circunstancias exigen hoy, más que nunca, que las naciones de este hemisferio se comprometan más fuertemente con una política de vigilancia democrática y, a su turno, la gran nación de Norte se comprometa más en la empresa del desarrollo hemisférico”. Turbay reiteró al vicepresidente yanqui la fidelidad para con Estados Unidos de que ha hecho gala durante casi un siglo la plutocracia colombiana. Anotó: “Puede usted llevarse de Colombia la convicción de que somos leales y buenos amigos de su país”.

De este modo queda claro que nuestro territorio no está al margen de la riña entre los dos grandes imperialismos por la distribución del orbe. Las oligarquías colombianas siguen buscando refugio bajo las alas del águila estadinense, sin el cual no podrían disfrutar de sus incontables privilegios, y Washington les ofrece protección ante las amenazas del oso soviético, a fin de garantizar el saqueo del trabajo y de las riquezas de nuestra patria.

El pueblo colombiano, al igual que los pueblos de Centroamérica y el Caribe, deberá continuar luchando sin desmayo contra la dominación y la explotación del imperialismo norteamericano y de sus lacayos. Pero al mismo tiempo tendrá que mantener una severa vigilancia contra los intentos del socialimperialismo soviético y sus cipayos por imponer su propia modalidad de sojuzgación y pillaje. Sólo de esta manera alcanzará el bien más preciado para cualquier nación, el disfrute de una independencia y una autodeterminación plenas.

LA PARODIA DEL PARO

Para nadie ha sido un secreto que el MOIR alertó a la clase obrera respecto a los buscadores de fortuna política que trataron de ganar puntos apostando al “segundo paro cívico nacional”, consigna que no contaba con condiciones para llevarse a cabo y, por muchos de los propósitos abiertos u ocultos de sus propaladores, tendía solo a la conciliación con el enemigo. No es que dudemos que este gobierno merezca uno, dos o hasta más paros obreros, nacionales y cívicos; o que al pueblo le falten justificadas razones para expresar su descontento con las deudas seculares de dolor y de sangre que sus explotadores y verdugos le tienen contraídas. Sin embargo, no basta señalar que la explotación y la represión han llegado a límites inauditos para que sea aconsejable una determinada acción. En la víspera de cualquier batalla, y sobre todo cuando se pone en juego la estructura organizativa, perseverante y costosamente levantada, el proletariado debe tener muy presente por lo menos dos factores claves: si lo objetivos corresponden a los intereses de clase y si la correlación de fuerzas resulta favorable. En el caso que nos ocupa, ni aquellos ni ésta se mostraron propicios.

El lanzamiento de la consigna del paro estuvo antecedido de una insistente campaña por la paz y la reconciliación nacionales. Se parte del supuesto de que con el levantamiento del estado de sitio y de sus disposiciones más coercitivas y aberrantes, agregado a la aplicación de unas cuantas reformas económicas y sociales, queda expedita la senda para un grande entendimiento, un gran pacto, una gran convergencia democrática entre todas las clases y sectores, bajo la cúratela del gobierno. Pocas propuestas como esta han recibido el aplauso unánime de las múltiples banderías y matices en que se encuentran parceladas las colectividades de las oligarquías dominantes. El señor López Michelsen la insertó en el programa de su nuevo “mandato de hambre, demagogia y represión”. El señor Lleras Restrepo y su pupilo Luis Carlos Galán la vienen patrocinando fervorosamente. El partido conservador, no obstante sus naturales prevenciones, la mira con simpatía. Turbay Ayala decidió ya la conformación de una flamante “comisión de paz”. A los responsables de la tragedia de Colombia, los intermediarios de los monopolios imperialistas, los saqueadores de los recursos naturales y del trabajo del pueblo, los mandamases de siempre, les viene de perlas que en medio de su desbarajuste la oposición, disfrazada de revolución, les tienda la mano amistosa para que, como dicen los capitulacionistas: “emprendamos, unidos, la búsqueda del país perdido”, y puesto que “todos sabemos cuando se perdió, pongámosnos de acuerdo en encontrarlo y rescatarlo” 1.

Precisamente quienes montaron el simulacro de paro, los dirigentes del Partido Comunista y de la CSTC, han sido los más oficiosos propagandistas de dicho avenimiento. Últimamente, en decenas de comunicados y declaraciones y con diversas palabras, los cabecillas del mamertismo le han reiterado al régimen que “más que pedirle, le ofrecemos, primordialmente nuestra contribución a la apertura de tranquilidad que tan urgentemente está solicitando nuestro país y punto en el cual tanto el señor presidente como nosotros nos encontramos de acuerdo” 2. El 10 de octubre, en compañía de otras fracciones oportunistas le cumplieron la cita de “concertación” al presidente Turbay, en donde, junto con la crema de la oligarquía colombiana y de los esquiroles de las centrales amarillas, refrendaron un ominoso respaldo a “nuestro sistema jurídico-político y a las instituciones que lo sustentan”3. ¿Vale la pena mover un dedo o parar una fábrica por semejantes objetivos? ¿Conviene arriesgar un solo sindicato para ir tras la política de la reacción y sacar de sus crecientes aprietos a los refaccionadores del sistema? ¡Tanta alharaca, tantos aspavientos de rebeldía, tantas decisiones desesperadas, para encubrir la desnuda traición con la hoja de parra del 21 de octubre!

Debido a la crisis económica que conmociona al imperialismo norteamericano y lo inclina inexorablemente a redoblar la explotación de las naciones sometidas, y debido a la bancarrota de la producción nacional que aumenta sin cesar la carestía y el desempleo, a Colombia le tocará recorrer un buen trecho de enconados conflictos políticos y sociales. Dentro de esa perspectiva la minoría gobernante acentuará, con legalidad o sin ella, la violencia sobre las mayorías expoliadas y antes de coronar la revolución al pueblo colombiano le aguardan privaciones sin cuento y heroicas peleas a las que no puede concurrir improvisadamente, coadyuvando a los fines de los oportunistas.

La consigna del “segundo paro cívico” se agitó ininterrumpidamente durante cuatro años. Ayudó a las componendas con el gobierno de los integrantes del llamado Consejo Nacional Sindical, especialmente de los dirigentes de la UTC y CTC que no han perdido ocasión para condecorar ministros, bendecir las disposiciones oficiales en materia de orden público y recoger las moronas del ponqué presupuestario. Suministró el motivo para la constitución de los comités preparatorios que luego tornan en núcleos de propaganda electoral de los revisionistas. Aumentó el entusiasmo de la grupusculería por la “agudización de las luchas” y los “combates decisivos”. Y dio pábulo a las calumnias contra el MOIR, por no haberse prestado éste a tamaños embelecos. Sin embargo, esta socorrida tramoya, pese a que se mantuvo en cartelera durante tanto tiempo, aportó muy poco a las tareas de cohesionar las filas de los trabajadores y de educarlos en una táctica correcta.

En 1977, la jornada del 14 de septiembre fue posible por la coincidencia de variadas contradicciones, y entre ellas los agrietamientos surgidos en la coalición oligárquica, que obligaron a la UTC y CTC a comprometerse con la protesta, prevista como tal, y una protesta llana y simple, sin comisiones negociadoras ni conciliadores. Es de público conocimiento que nosotros respaldamos y participamos activamente en las movilizaciones de ese día, así nuestros detractores se empeñen tontamente en negarlo. En 1981 no se dieron ninguna de las circunstancias de aquella memorable batalla, cuando la clase obrera y el pueblo le propinaron una buena tunda al régimen. El 21 de octubre no pasó de ser una parodia del 14 de septiembre, fruto del acorralamiento y del desespero en que han ido cayendo los revisionistas y sus amigos. El proletariado no prestó ningún cuidado a sus necedades. Ni siquiera los obreros de la CSTC aceptaron la burocrática determinación. Lo único que obtuvieron los artífices de la aventura fue envalentonar al gobierno, que ya procedió a suspender personerías jurídicas y a autorizar los despidos en las fábricas y demás establecimientos. Por su dirección, por sus objetivos, por el escaso grado de preparación, por la división del movimiento sindical, por el reflujo temporal de la lucha de las masas, no había condiciones para que los oprimidos les plantearan a los opresores un cese de envergadura nacional.

Lo único reconfortante consiste en que la clase obrera sabrá sacar las experiencias pertinentes. ¡Que los futuros sepultureros del sistema oligárquico descubran la importancia de guiarse sin claudicaciones por una estrategia revolucionaria, y la conveniencia de aplicar una táctica flexible que les permita avanzar en el zigzagueante sendero de la lucha! ¡Brindemos por eso!

Notas

1. Cita extraída de la solicitud hecha al gobierno por el Partido Comunista, Firmes y miembros de los partidos tradicionales con el objeto de buscar un gran entendimiento nacional que salve a Colombia de la crisis. El Tiempo, julio 31 de 1981.

2. De kla carta enviada a Turbay Ayala por parte de concejales del Partido Comunista y publicada en El Espectador, el 7 de agosto de 1981.

3. El Espectador, octubre 11 de 1981

En Polonia: EL SINDICATO “SOLIDARIDAD” RADICALIZA POSICIONES

“Creo que la confrontación es inevitable. La siguiente confrontación será un choque total. Ahora necesitamos algo de tiempo para sobrevivir un poco más y luego podemos ganar. No deberíamos hablar de política”. Estas sombrías afirmaciones del máximo dirigente de Solidaridad, Lech Walesa, fueron hechas el 20 de agosto, días antes de la iniciación del congreso de dicha agremiación, evento que causaría graves conmociones no sólo en Polonia, sino en todo el bloque soviético europeo. El Kremlin organizó unas impresionantes maniobras militares con más de 100.000 soldados en las fronteras polacas y en el mar Báltico, con el objeto de amedrentar el encuentro de los sindicalistas.

Desafío sin precedentes

Cerca de 900 delegados, en representación de diez millones de afiliados, se dieron cita entre el 5 de septiembre y el 10 de octubre, en el Puerto Gdansk para celebrar el Primer Congreso de Solidaridad, luego de catorce meses de continua agitación laboral y en medio de una crisis económica cada vez más dramática. Los obreros aprobaron una serie de puntos concernientes a la autogestión de los trabajadores en las fábricas y exigieron la instauración de elecciones parlamentarias y locales libres, o sea, sin la intervención del Partido en la escogencia de los candidatos. Sin embargo, el asunto culminante del congreso fue el llamamiento a los proletarios de los países de Europa Oriental. En dicho documento, Solidaridad insta a sus camaradas de las otras neocolonias rusas a seguir su ejemplo de construir sindicatos autónomos y combatir por reformas políticas y económicas. De igual modo, ofrece su apoyo incondicional “a aquellos que han decidido entrar al difícil camino de la lucha por sindicatos libres e independientes”. La exhortación culmina en forma categórica diciendo: “No somos ya un sindicato, sino un movimiento social”.

Era la primera vez que una fuerza obrera se atrevía a desafiar tan abiertamente el orden socialimperialista en el este de Europa, estimulando la rebeldía contra las burocracias pro soviéticas de estos Estados. La agencia de noticias TASS indicó al respecto que la confederación polaca se había entregado a una “orgía anti-socialista y anti-soviética”. La ira de los líderes del Kremlin no tuvo límites y se expresó con rayos y centellas, en el ultimátum enviado a las autoridades de Varsovia el 10 de septiembre, demandando de estas la aplicación, de una vez por todas, de drásticas medidas represivas contra la indisciplina obrera. Pero ni las maniobras militares masivas, ni las burdas amenazas afectaron el ánimo de los delegados de Solidaridad. Al contrario, varios oradores llegaron incluso a mencionar la necesidad de que Polonia abandone el Pacto de Varsovia y siga un rumbo propio, sin el tutelaje de Moscú, a pesar de las contradicciones internas, debido al surgimiento de posiciones más tajantes que las de Walesa; éste fue reelegido en su cargo, y el congreso aprobó por mayoría el programa de Solidaridad, sobre el cual la URSS dijo que “no es un documento de un sindicato, sino un manifiesto de un partido político que reclama el liderato del país”.

Rusia prepara solución de fuerza

No bien hubo concluido el evento, en la mayoría de las provincias de Polonia estallaron paros de protesta por el aumento de los precios de los productos básicos y por la escasez aguda de los mismos. En efecto, la situación de la economía polaca es sencillamente desastrosa. Si en 1979 el ingreso nacional decreció en un 2.3% y en 1980 en un 1%, en el presente año se espera que tal reducción alcance un increíble 15%. Este cuadro tiende a empeorar, puesto que la producción del carbón, la principal fuente de divisas, disminuirá también en cerca del 15%, mientras que la de cemento y acero lo harán en 30 y 18%, respectivamente. El déficit comercial alcanza la cifra de 1.200 millones de dólares y la deuda externa, principalmente con bancos privados de los países capitalistas, ronda ya los 30.000 millones. Debido al caos productivo, los alimentos escasean en los mercados y sus precios han sido elevados por el régimen en un 400% en promedio, en los últimos meses. Se trata, pues, de un círculo vicioso entre la debacle económica y las protestas de las masas, las cuales adquieren ribetes de franca insubordinación contra los poderes establecidos y la dominación soviética.

Fue entonces cuando se hizo sentir la presión de los social imperialistas. Respondiendo a los dictados de la carta del 10 de septiembre, el Comité Central del Partido Obrero Unificado Polaco decidió aceptar, el 18 de octubre, la renuncia de su primer secretario, Stanislaw Kania, quien ocupaba el cargo desde hacia un año y quien se había mostrado favorable a conciliar con las demandas del sindicato independiente. En su reemplazo fue nombrado el ministro de Defensa y Primer Ministro, Wojciech Jaruzelski, el cual declaró semanas antes que el gobierno debería apelar a la fuerza militar para “poner fin a la anarquía” y a “los excesos anti-soviéticos”. De inmediato, Leonid Brezhnev saludó alborozado el cambio ocurrido en la dirigencia polaca, alabando a Jaruzelski como “prominente líder del Partido y el Estado” y “constante promotor de la inviolable amistad entre Polonia y la Unión Soviética”. El nuevo títere de Moscú procedió a solicitar al Parlamento la aprobación de una ley suspendiendo el derecho de huelga, reivindicación que Solidaridad había conquistado desde el año pasado.

Todo hace pensar que Moscú y Varsovia están ahora más dispuestas que nunca a liquidar los movimientos que pongan en peligro el esquema de dominio y explotación implantado por el revisionismo en Polonia y en el resto de Europa Oriental. El respaldo otorgado a Jaruzelski y las aseveraciones belicosas de este último permiten suponer que el primer paso en la supresión del descontento será encomendar al ejército polaco las tareas represivas que sean necesarias, antes de que la URSS tenga que emprender la incierta y riesgosa aventura de una invasión a Polonia. Sin embargo, si esta táctica fracasa, ya no les quedarán a los nuevos zares rusos más cartas por jugar que las de una intervención militar directa.