EL VALIOSO LEGADO DE LA REVOLUCIÓN CHINA

En el transcurso del siglo XX, al declinar el actual milenio, los mayores avances de la humanidad fueron jalonados por las revoluciones políticas que se realizaron bajo la dirección de la clase obrera. Ésta, la más joven y vigorosa de las clases sociales contemporáneas, dio inicio así a la histórica tarea de destruir lo antiguo y reaccionario, y desbrozar caminos para el advenimiento de una nueva sociedad sin explotación ni opresión.

Dado el carácter internacional de la clase que conforman, los asalariados han podido ligar sus gestas. Así, cuando en los albores del siglo el proletariado ruso bajo la dirección de Lenin emprendió su ruta hacia el Poder y la coronó en 1917 estableciendo el Estado socialista, siempre tuvo entre sus acervos teóricos las grandes enseñanzas arrojadas por la Comuna de París, ese «tomar por asalto al cielo» que los trabajadores no lograron consolidar en 1871. Igualmente, esa Revolución Socialista de Octubre, el esplendoroso acto inaugural de la época en que se harán realidad los postulados del socialismo y se materializará el comunismo, encontró su prolongación en la Revolución China.

Junto a su cualidad de ser en el plano internacional heredera directa de la gesta de Octubre en Rusia, la Revolución China tuvo como precursora nacional inmediata la revolución democrático-burguesa encabezada por Sun Yat-sen, que derrocó la dinastía Ching en 1911. Fue en medio del despertar antifeudal y antiimperialista como el proletariado pudo fundar en 1921 su propio partido, el Partido Comunista. Con su dirección, y con Mao Tse-tung como líder, las masas chinas recorrieron durante casi treinta años un sendero revolucionario lleno de victoriosas guerras agrarias, civiles y de resistencia contra el feudalismo, el capitalismo burocrático y el imperialismo. Fue una gran marcha revolucionaria que unificó a China, la liberó de las coyundas imperialistas, constituyó un gran impulso a la derrota mundial del fascismo, dio cumplimiento a las tareas democrático-burguesas y puso en pie al pueblo para que emprendiera la construcción socialista.

Esta revolución, la más reciente forja de un destacamento de la clase obrera mundial, atesora los mayores y más avanzados desarrollos económicos, políticos e ideológicos alcanzados hasta hoy por el proletariado.

II

La esencia de las revoluciones obreras es la toma del poder estatal y la instauración de la dictadura del proletariado, y están precedidas de un complejo proceso donde la lucha de clases adquiere agudas e impetuosas formas. Y con ese triunfo comienza otro proceso de lucha de clases más complejo e intenso aún, si se quiere, y que puede durar decenas o centenares de años, en el que se decidirá la continuación de la revolución y la afirmación del socialismo.

A partir de la fundación de la República Popular China en 1949, y durante el siguiente cuarto de siglo, el proletariado y el pueblo se dedicaron a la portentosa tarea de la revolución y la construcción socialistas. Se inició entonces el período de transición que en la cuestión económica incluía, al tiempo, la industrialización socialista y las transformaciones socialistas de la agricultura, la artesanía, el comercio y la industria capitalistas. En cuanto a la cuestión política, no sólo no se atenuó la lucha de clases en la sociedad china, con sus correspondientes manifestaciones dentro del Partido Comunista, sino que la exacerbó en alto grado, saltando rápido al escenario algunos de los dirigentes que encarnaban tendencias derechistas. Por lustros habían permanecido agazapados y se alistaron para usurpar la dirección del Partido Comunista y del Estado, y emprender la restauración burguesa.

La conjura se vio reforzada por la irrupción del revisionismo en la Unión Soviética. Allí, el pueblo soviético había realizado en un poco más de dos décadas grandes avances en la construcción socialista, lo que le permitió enfrentar el asedio de las potencias imperialistas y, bajo la formidable dirección de Stalin, librar la Gran Guerra Patria para derrotar la embestida del ejército nazi. Veinte millones de sus hijos cayeron en la contienda que le quebró la espina dorsal al imperialismo de Alemania, hazaña que constituyó el mayor aporte en la derrota del Eje fascista que había desencadenado la II Guerra Mundial. Pero simultáneamente se habían venido aflojando las tuercas de la dictadura del proletariado y se había debilitado la transformación política socialista, por lo que en la década del 50 una nueva capa burocrática burguesa pudo apoderarse del Estado soviético. A los gobiernos de Jruschov, Breznev y Gorvachev les correspondió dirigir y fomentar la degeneración política, la traición nacional y la involución hacia el capitalismo que llevó a las repúblicas que conformaban la URSS al actual derrumbe, crisis y postración ante el imperialismo.

Todos estos hechos corroboran el dilema que siempre se le ha presentado al proletariado: si su partido conserva o no su rumbo revolucionario; si mantiene o no su fidelidad a los intereses obreros. Una vez en el poder, este dilema, que el revisionismo hace evidente, toma la forma de si los cuadros y dirigentes del partido, que por lo regular ocupan los más importantes cargos en instituciones del Estado, persisten en la revolución y construcción socialistas o emprenden un camino de retorno al capitalismo.

III

La tendencia predominante en el movimiento comunista internacional al iniciarse la década de los sesenta estaba representada por el revisionismo. Tenía como centro al Partido Comunista de la Unión Soviética y amenazaba con enseñorearse de China para echar por tierra todas las conquistas de la revolución. Con la intrepidez propia de los comunistas, Mao Tse-tung levantó la crítica contra esa tendencia contrarrevolucionaria y desató una polémica que llegó a todos los destacamentos obreros y revolucionarios del planeta. En el frente interno de la nación china lanzó la Gran Revolución Cultural Proletaria, con el objetivo de impedir la restauración del régimen capitalista que venían tramando dirigentes incrustados en el poder gubernamental y partidario.

Ante las tergiversaciones que por todo el mundo ha diseminado el imperialismo sobre la Revolución Cultural, es necesario aclarar que ésta fue, primero que todo, una revolución política. Que haya cubierto ámbitos culturales como los de la literatura y el arte, y que en algunas etapas de su despliegue haya puesto énfasis en la lucha ideológica, no puede ocultar el hecho de que estaba en juego el poder político y que, en consecuencia, adoptara las abigarradas y recias formas de la lucha de clases.

IV

La desviación revisionista tiene una naturaleza que no se circunscribe a los partidos comunistas de los países en donde se había instaurado el socialismo. La desviación cundió por todo el orbe, degeneró a numerosos partidos de los trabajadores y ejerció nefastas influencias en organizaciones y movimientos de la pequeña burguesía revolucionaria. Y aún cunde. El imperialismo y la reacción han presentado las crisis económicas y el caos social que ella ha producido como si fuesen fruto de la aplicación del marxismo por parte de los revolucionarios proletarios. Hechos como el derrumbe de la Unión Soviética y su adopción del sistema capitalista, junto al resto de países de Europa Oriental, se lo atribuyen a la adhesión a los principios del socialismo y el comunismo y no al abandono y traición a esa concepción de los trabajadores. Semejante argucia, difundida con machaconería durante años a través de todos los medios de comunicación, tiene el propósito de desmoralizar las filas revolucionarias, por lo que no es raro que sus miembros más débiles se confundan y caigan en la defección.

Estarán también expuestos al nihilismo y al escepticismo quienes tienen reservas sobre esa traición pero no alcanzan a ser materialistas consecuentes para comprender, con Lenin, que «imaginar el curso de la historia como parejo y siempre hacia adelante, sin ocasionales saltos gigantescos hacia atrás, sería no dialéctico, no científico y teóricamente falso».

V

Al analizar el abandono de lo proletario y socialista y la regresión a lo burgués y capitalista, Francisco Mosquera, consciente de que ese fenómeno tiene impactos en las filas de los partidos de los trabajadores y genera en ellos tendencias reformistas, señaló algo que los revolucionarios deben tener presente: que la traición a los intereses obreros por parte de dirigentes burocratizados que en los Estados socialistas se han convertido en «zánganos con aguijón», tiene un carácter similar a las traiciones políticas que se dan a nivel individual y partidario, y que como tal se deben combatir. En China, Mao batalló contra las desviaciones y traiciones que se presentaban en el Partido Comunista tanto mediante campañas de rectificación y educación como con la más rigurosa crítica y la cabal aplicación del centralismo democrático. Mosquera desarrolla su criterio expresando que a nivel del Estado no basta con la crítica, «se requiere desafiarlos con otra fuerza equiparable, la única al alcance de los rebeldes perseguidos: la revolución». Y concluye calificando de imbatible, la Revolución Cultural Proletaria impulsada por Mao.

Aunque en sus fundamentos la propuesta política de Mao apunta primeramente a que bajo la dictadura del proletariado se continúe y profundice la revolución y se consolide el socialismo, única manera de prevenir la restauración capitalista, también ella le sirve de guía a las organizaciones obreras para persistir en la lucha antiimperialista y conservar el rumbo revolucionario que las lleve junto a las masas a la toma del poder.

Esta teoría sistematizada por Mao es un valioso legado de la Revolución China. Cuestión evidente cuando se constata que la realización de la revolución cultural dentro de la revolución socialista guarda armonía con la estrategia formulada por Carlos Marx en 1850, de hondo contenido y enorme dimensión histórica, y que podría llamarse el programa máximo de la clase obrera:

«Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales».

1911 – 1949: CUATRO ETAPAS

Primera guerra civil

Tras la Guerra del Opio, desatada en 1840 por la reina Victoria, de Inglaterra, para imponerle a China la apertura, el Imperio Celeste fue convertido en zona franca y semicolonia. Símbolo vergonzoso de esa entrega fue el puerto de Hongkong, que sólo retornó a la soberanía china 158 años más tarde.

Un par de hechos de trascendencia histórica despertaron a los más de quinientos millones de habitantes: la revolución nacional y democrática de 1911, encabezada por Sun Yatsen contra la dinastía feudal de los manchúes, y la Revolución de Octubre en Rusia, que dio impulso, en 1919, a la explosión estudiantil conocida como Movimiento del Cuatro de Mayo y, el 23 de julio de 1921, a la fundación del Partido Comunista de China. Las huelgas del movimiento obrero y las insurrecciones campesinas, espontáneas en su gran mayoría, cobraron desde entonces más definida proyección.

El PCCh estableció en 1924 el frente único revolucionario con el Partido Nacionalista o Kuomintang, de Sun Yatsen, que estaba adelantando sus «Tres Grandes Políticas»: alianza con Rusia, alianza con el Partido Comunista y ayuda a los campesinos y obreros. Por esta misma época el gobierno lanzó la Expedición al Norte para aplastar al fuerte bando de los caudillos militares, respaldados por los imperios coloniales —en especial la Entente anglo-francesa, japoneses y norteamericanos—, cuyas tropas de intervención bombardearon a Nankín, el 24 de marzo de 1927.

Fue justo al mes siguiente cuando el jefe kuomintanista, Chiang Kai-shek (Jiang Jieshi), dio su brutal golpe de Estado. Decenas de millares de comunistas fueron pasados por las armas, en otra Noche de San Bartolomé. Según Edgar Snow, 500 mil fueron ejecutados entre 1927 y 1936.

La vil matanza prendió por todas partes la primera de las guerras civiles. En el recién creado Partido, sin embargo, la jefatura oportunista de Chen Tu-siu dio al traste con la lucha. Chen y demás secuaces, dijo Mao, «renunciaron voluntariamente a la dirección de las masas campesinas, de la pequeña burguesía urbana y la burguesía media y, en particular, de las fuerzas armadas, causando así la derrota de la revolución».

Segunda guerra civil

Tras el levantamiento de Nanchang —propiciado en agosto del 27 por una logia de oficiales kuomintanistas, respaldados por tropas al mando de Chu Te y Chou En-lai—, el Comité Central del Partido convocó un importante pleno, que derrotó la línea derechista, proclive a la traición. Reagrupándose al sudeste del enorme país, Mao y sus hombres lograron encauzar a los labriegos de Junán y Chiangsí y a los trabajadores de las minas de Anyuán, que lanzaron el mismo año –1927— el histórico Levantamiento de la Cosecha de Otoño, en el cual se creó el Ejército de Obreros y Campesinos, conocido como Ejército Rojo.

Haciendo flamear sus banderas en las abruptas y estratégicas montañas Chingkang, los comunistas se dieron a crear bases rurales. En diez de ellas, el Ejército Rojo llegó a tener más de trescientas mil unidades. Pudo así rechazar las cuatro sucesivas campañas de cerco y aniquilamiento desplegadas por Chiang Kai-shek.

Dentro del Comité Central, al mismo tiempo, Mao les salió al paso a las facciones izquierdistas de Chu Chiu-pai y Li Li-san, a las que consiguió dispersar. Pero fue puesto en minoría, desde 1931 hasta 1935, por el ultraizquierdista Wang Ming, que ocasionó al Partido daños extremadamente severos.

El Ejército Rojo perdió en este período el 90 por ciento de sus efectivos. Acosado por la quinta campaña de cerco y aniquilamiento, en octubre del 34 debió emprender la retirada, la célebre Gran Marcha, que culminó en Shensí un año después. El 25 de diciembre, en Wayaopao, el Buró del Partido liquidó para siempre la línea oportunista de Wang Ming.

Guerra contra el Japón

Desde 1931 el Japón había establecido en Manchuria una administración pelele, reponiendo en el trono al depuesto monarca de la última dinastía, Pu Yi. Desde aquel mismo día, el PCCh le urgió al gobierno de Nankín ponerle término a la guerra civil y allanar el camino para un frente común. Ciega de contumacia, la camarilla derechista siguió empeñada en su política de lucha activa contra el Partido Comunista y resistencia pasiva al Japón.

En los círculos oficiales lo que primaba era la teoría de la subyugación nacional, punto de vista compartido por Chiang Kai-shek y Wang Ching-wei, cabecillas del Kuomintang. Consolidada la ofensiva nipona, en el año 1935, fue muy poco al principio lo que varió la situación. Es un hecho innegable que el gobierno de Chiang sólo empezó a luchar contra el imperio después del Incidente de Sian (Xi’an): el mandatario fue arrestado por su misma oficialidad para obligarlo a resistir. Wang Ching-wei, el segundo de los caudillos, se convirtió en lacayo de las tropas de ocupación –como Petain, en Francia, frente a los alemanes.

Oponiéndose a ambas tendencias, y al ambiente de pesimismo que campeaba entre burgueses y letrados, Mao llamó a «movilizar audazmente a las masas y robustecer las fuerzas populares a fin de que, bajo la dirección de nuestro Partido, derroten a los agresores y construyan una nueva China». Al momento de la proclama, el Octavo y el Cuarto Ejércitos, únicos bajo el mando del Partido, contaban cuando mucho con una escasa fuerza de 40 mil hombres, todos mal equipados, frente a un ejército moderno de 500 mil efectivos, apoyados por cazas, artillería y tanques. Por su enorme debilidad, agregó Mao, el pueblo chino tendrá que hacer esfuerzos sobrehumanos. Y, en consecuencia, la guerra prolongada pasará por tres fases: defensiva, equilibrio y contraofensiva.

La férrea resistencia de los sectores avanzados del pueblo y el ejército señaló el punto de partida de la guerra contra el Japón, que había de durar ocho años, e hizo posible el frente único entre el gobierno nacional, presidido por Chiang Kai-shek, y el Partido Comunista de China.

Erigiéndose en bastión principal, el Ejército Rojo llegó a tener 1.300.000 soldados y 2.200.000 milicianos. En 125 mil combates, aniquiló a casi dos millones de agresores y creó 19 bases, con una población de 160 millones de habitantes.

En agosto de 1945, el orgulloso imperio del Sol Naciente capituló sin condiciones.

Tercera guerra civil

Sin haberse esfumado aún las nubes de la pólvora, Chiang Kai-shek y sus amos, Marshall y Nimitz, pretendieron quedarse con los frutos de la victoria. En la búsqueda de una excusa para iniciar hostilidades, vetaron la ordenanza firmada por Chu Te, quien había dispuesto, siguiendo los acuerdos de Postdam, que fueran ocupados de inmediato las ciudades y aldeas, cuarteles y depósitos, trenes y vías, abandonados por Japón en las áreas bajo control comunista. En rápidos avances, las fuerzas del Partido no tardaron en dominar 175 ciudades importantes. Chiang Kai-shek, días antes, le había enviado al Alto Mando de Yenán un insolente telegrama en el que lo intimaba a dejar quietos sus ejércitos, prohibiéndole en forma terminante, además, que desarmara al enemigo. Mao desestimó la imposición. «Su orden es errónea», fue el telegrama de respuesta.

Mítin en Yenán en 1937, en apoyo a la lucha de la República española contra el fascismo. La leyenda dice: “¡Salutamos les puebles bravissimos de la España!”

Tal fue el pretexto que alegó Chiang Kai-shek para iniciar acciones de hostigamiento contra las extendidas zonas rojas, mientras adelantaba en Chungkín negociaciones con el Partido Comunista en torno a la propuesta de un gobierno de coalición. Mao hizo conocer su política: primero, «responder medida por medida»; segundo, no entregar ni un fusil, y, tercero, hacer concesiones positivas, desalojando incluso territorios, sobre todo los aledaños a Nankín, la sede del gobierno, en aras de la paz y la democracia.

El 26 de junio de 1946, Chiang Kai-shek y sus amos lanzaron un ataque devastador sobre las zonas liberadas por el Partido Comunista. Emplearon en la campaña 193 divisiones, con un total de 1.600.000 soldados. Ya no eran los aviones nipones, sino los norteamericanos, tripulados por chinos, los que bombardeaban las ciudades. Miles de millones de dólares fueron volcados a la guerra.

Después de aniquilar 66 divisiones en casi un año de batallas, con un total superior a las 710 mil bajas en el bando enemigo, el Ejército Popular de Liberación detuvo la ofensiva y pasó a la contraofensiva. Entre 1947 y 1948 causó en las filas del gobierno más de un millón y medio de víctimas y lanzó a sus legiones al asalto final. En abril de 1949, tras emitir su famosa orden «Avanzar en todo el país», Mao cruzó el río Yang Tze con casi dos millones de hombres y liberó Nankín, la capital, dejándole a la camarilla derechista el camino expedito hacia Taiwan.

El 1º de octubre de 1949, a las tres de la tarde, hablando a la nación desde la gran tribuna de Tienanmen, en Pekín, Mao Tsetung proclamó solemnemente, en medio de las lágrimas, el nacimiento de la República Popular China: «El pueblo chino, que representa la cuarta parte de la población mundial, se ha puesto de pie», fueron sus conmovidas palabras.

LA GRAN MARCHA

Totalmente cercadas las fuerzas comunistas en las provincias del sudeste, Mao ordena, en octubre del 34, la retirada hacia Shensí, al noroeste, a los seguros sóviet campesinos. Atravesando estepas pantanosas y montañas coronadas de nieve, sometidos al hambre y acosados por el ejército enemigo, los batallones rojos cubrieron sin dar tregua 12.500 kilómetros, distancia equivalente a la que media entre el Caribe colombiano y La Patagonia. Tras recorrer once provincias, entre ellas, la del Tíbet, arribaron más de un año después a su destino, la ciudad de Yenán, cerca de la frontera con Mongolia.

La Gran Marcha es juzgada por los expertos como una de las más grandes hazañas militares de todas las épocas.

RECORTES

Fundación del Partido Comunista de China

Creadores de los círculos primigenios, Chen Tu-siu y Li Tashao se habían acercado al marxismo en el año 1919, durante el Movimiento del Cuatro de Mayo. La idea de promover en firme una organización de partido surgió de unos encuentros que sostuvieron ambos con Weishinsky, vocero enviado a China por la Tercera Internacional. Las inmensas concentraciones en Pekín y Shanghai, al siguiente año, con motivo del Primero de Mayo, fueron la expresión incipiente del lazo entre esos círculos y el movimiento obrero.

El brote germinal se estableció en Shanghai, cuya célula se confió a Chen Tu-siu. La de Pekín quedó a cargo de Li Tashao. La de Wuhan fue dirigida por Tun Pi-wu. La de Changsha, por Mao.

Chen Tu-siu tomó el mando de la revista Nueva Juventud y fundó otra, mensual, El Partido Comunista. Se abrieron en distintas ciudades escuelas para obreros, se crearon centenares de sindicatos y se fundó la Liga Juvenil. Tan sólido comienzo hizo factible la convocatoria del Primer Congreso Nacional, inaugurado el 23 de julio de 1921, en la zona francesa de Shanghai. Asistían tan sólo trece hombres. El Comintern se vio representado por Marin y Nicolski.

Al notar que merodeaban patrullas policiales, los delegados abandonaron el recinto y alquilaron una lancha de pasajeros en el lago Nanhu. Vueltos a reunir, y anclado el barco en una orilla, siguieron los debates. Chen Tu-siu fue elegido secretario y se nombró un buró de tres miembros, entre los cuales no figuraba Mao, presente en las sesiones.


Por qué fue necesario el estallido

China, populosa nación de campesinos analfabetos, era antaño sinónimo de hambruna. Millones y millones de labriegos, desarraigados de los feudos por las gravosas cargas, no tenían enfrente otro camino que la mendicidad o la muerte. Torrenteras anuales anegaban regiones casi tan grandes como la superficie de Colombia; y una vez que pasaban, sobrevenían las sequías. Allí todos los niños padecían desnutrición, el estómago inflado por la dieta de hojas y aserrín. El tifo y otras pestes diezmaban las aldeas.

Millares de muchachos eran vendidos como esclavos para ser destinados a los trabajos más diversos. El salario en las fábricas a duras penas daba para medio comer.

En la zona internacional de Shanghai, verdaderos ejércitos de prostitutas y culíes deambulaban día y noche. Durante el solo año 1930, fueron incinerados en las fosas comunes de este puerto 28 mil cadáveres dejados en las calles.

En las zonas francesas y británicas de Kuangshou y Shanghai reinaba el apartheid contra los «apestosos amarillos», a quienes se impedía el ingreso a parques y jardines y, desde luego, a los restaurantes exclusivos y a los clubes sociales, en cuyas puertas se leían avisos como éste: «Se prohibe la entrada a chinos y perros».

Cuatro grandes y poderosas familias –Chiang, Soong, Kung y Chen—, con fortunas que superaban los veinte mil millones de dólares norteamericanos, monopolizaban las arterias vitales de la economía. En contraste, los quinientos millones de habitantes se debatían en condiciones infrahumanas. Édgar Snow, corresponsal del Chicago Tribune, no vio en la China prerrevolucionaria sino «pobreza, ignorancia, sordidez, brutalidad, indiferencia, caos y desesperanza general».


El instituto del Movimiento Nacional Campesino

Creado por el Partido Comunista en julio de 1924, el Instituto Campesino fue una rica cantera de cuadros dirigentes para el incontenible auge de la revolución democrática. Tuvo sede en Kuangchou, la principal ciudad del sur de China.

Los cursos, que se abrieron en mayo del 26, comprendían un extenso currículo que iba desde la teoría militar, a cargo de Chou En-lai, hasta el análisis de clases y el problema del agro, bajo la orientación de Mao. Había otras materias, como historia del movimiento revolucionario mundial, historia de las sociedades y técnicas de la propaganda. Los estudiantes recibían activo y esmerado entrenamiento militar. El decano o rector era Siao Chu-nü.

Los alumnos estaban divididos en trece grandes grupos, según la zona de donde provenían. Cada uno estudiaba el problema campesino de su propia región, en especial, la rentabilidad de la tierra arrendada, las relaciones entre terratenientes y arrendatarios, la proporción numérica entre propietarios, semipropietarios y arrendatarios, la situación política local, la posición de la mujer y otros temas. Durante los períodos de práctica, los jóvenes marchaban a los pueblos, a forjarse directamente en las luchas de clases.

El Instituto Campesino, uno de los pilares de la Revolución, fue la primera escuela de cuadros en la cual el Partido preparó con pericia a los jefes y cabecillas del movimiento agrario, durante los fructíferos años en que la colaboración con el gobierno facilitaba la actividad abierta.

En 1925, la amplia sede sirvió de apoyo a la beligerante huelga que sacudió a Kuangchou y a Hongkong durante quince meses, y en que participaron 250 mil trabajadores.


“Ante China se abren dos caminos”

Lienzo rojo en paño, de 14 metros de largo por uno de ancho (abajo), que adornó el salón donde el Partido Comunista de China realizó su Séptimo Congreso Nacional, presidido por Mao. Las sesiones se celebraron en Yangchialing, Yenán, 1945, tres meses antes de la victoria definitiva sobre el Japón.

En la enorme pancarta se lee: «Enarbolar la bandera de Mao Tsetung para ganar el triunfo final de la Guerra de Resistencia contra el Japón y conquistar la democracia».

Al Congreso asistieron 544 delegados, en representación de un poco más de un millón de militantes. Mao rindió el trascendental informe titulado Sobre el gobierno de coalición. Planteó que una vez derrotada la invasión japonesa, la nación china tendría dos futuros posibles: en el primero, el Kuomintang, confabulado con el imperialismo, desataría la guerra civil e intentaría convertir el país en neocolonia; en el segundo, la alianza de las clases revolucionarias, dirigida por el Partido Comunista, aplastaría el complot yanqui y erigiría la nueva China, «independiente, democrática, libre, unificada, próspera y poderosa».


Kuo Mo-jo

“El científico escribe, no en papeles, sino en el universo ilimitado”

Destacado científico e historiador, dramaturgo y poeta, Kuo Mo-jo (Guo Moruo), muerto en 1978, es una de las personalidades señeras de la Revolución China. Impulsó, junto con Lu Sin, la nueva literatura iniciada durante el Movimiento del Cuatro de Mayo. Presidió la Academia de Ciencias de China y la Federación de Asociaciones Literarias y Artísticas. Al ser instituida la República Popular, fue nombrado viceprimer ministro del Consejo de Estado. Fue asimismo rector emérito de la Universidad de Ciencias de China.

Además de su rica colección de poemas, escribió en 1937 el drama histórico Chü Yuan, sobre la vida de un gran poeta y patriota del siglo III a.n.e. Ya bajo la invasión japonesa, en 1944, publicó el ensayo El año Chia-sen, en el cual analiza un importante levantamiento campesino acaecido en el siglo XVII. Caracterizado como un seguidor de la Escuela Romántica, Kuo Mo-jo tradujo al chino el Fausto, de Goethe, y muchas otras obras del clásico alemán.

Entre sus destacados aportes a la arqueología figuran Ensayo sobre la sociedad antigua de China (1930), Libro de diez críticas (1945), Época esclavista (1952), Época de bronce, en varios tomos, Esquemas de la historia de China (1958) y muchos más.

En un mensaje a las nuevas generaciones escrito poco antes de morir y titulado «La primavera de la ciencia», Kuo Mo-jo señalaba: «En la vieja sociedad, cuántos trabajadores de la ciencia y la cultura anhelaban la prosperidad de la patria y el florecimiento científico y cultural. En esos años tenebrosos, sin embargo, ¿qué posición podía tener la ciencia y dónde se hallaba la salida para los científicos? Numerosas personas con grandes ideales caían en la indignación y la tristeza. Querían hacer algo, pero nada podían hacer. Eran, verdaderamente, como héroes sin campo para su acción.

«Ahora podemos declarar, erguida la frente, que han pasado los días en que la ciencia se veía acosada por los reaccionarios. ¡Ha llegado la primavera de la ciencia!» Y concluía: la ciencia china «no será escrita en limitados papeles, sino en el universo ilimitado».


El Foro de Yenán sobre literatura y arte y literatura

Casi con los cañones enemigos retumbando a sus puertas, el círculo de artistas de Yenán organizó una discusión en mayo de 1942, y convocó a crear un gran ejército que empeñara ardua lucha en el reñido «frente de la pluma». No fue ni una tertulia, ni un club de mutuo elogio, ni una ronda académica. Fue un Foro de combate, que alentó alrededor de esta pregunta: ¿cómo puede el artista contribuir a la victoria contra los agresores japoneses, y a reforzar la democracia y la unidad de la nación?

Se confió a Mao la tarea de plantear los puntos de debate y presentar las conclusiones. Dejando en claro sin ambages que «la política no equivale al arte», Mao esboza una serie de líneas generales, las unas en política, las otras propiamente en literatura, que siguen manteniendo con los años renovada vigencia. El Foro busca, anuncia Mao, que nuestro arte se convierta en «arma poderosa» para unir y educar al pueblo y para aniquilar al enemigo.

¿A quién deben servir nuestros artistas? Mao enfila el ataque, acerbamente, contra el arte y literatura de traición nacional, y cita a Lenin: hemos de estimular un arte libre, que no sirva a las damiselas hastiadas de todo, ni a los diez mil de arriba, saturados de grasa y aburrimiento, «sino a millones y millones de trabajadores», que son la flor y nata del país, su fuerza, su futuro.


La comuna popular

Desde 1959, fecha en que fue nombrado presidente de la República, Liu Shao-chi sostuvo en China reformas similares a las seguidas en la URSS por Nikita Krúschov: ir permitiendo poco a poco mercados libres y parcelas privadas, regular el trabajo mediante bonos e incentivos materiales, subordinar la industria pesada a la agricultura. Su línea se oponía radicalmente a la que planteaba Mao Tsetung para la construcción del socialismo, basada en las comunas, el Gran Salto Adelante y las diez grandes relaciones. Los dos caminos habían de combatir a muerte en cada uno de los frentes. Es el proceso conocido como la Gran Revolución Cultural Proletaria, que sacudió el país.

Derrocado Liu Shao-chi, por el año 1971 había en China 70 mil comunas, distribuidas en centenares de miles de brigadas y equipos de producción, que agrupaban a 550 millones de personas. Tanto las tierras de labranza como la maquinaria y agroindustrias pertenecían en forma colectiva a equipos y brigadas. Se buscaban dos metas: conquistar la autosuficiencia en cereales y obtener excedentes con destino al Estado, que monopolizaba las compras.

La comuna modelo era Tachai, en la provincia de Shansí. ¿Por qué, al decir de Mao, había que «aprender de Tachai»? Durante cinco largos lustros, nivelando montañas, recobrando desiertos, construyendo canales y levantando diques, los campesinos habían demostrado la superioridad del socialismo. En 1970, Tachai logró una media por hectárea de ocho toneladas de cereales.

Muerto Mao y derrocado su sucesor, Jua Guofeng, la comuna se ha ido desmontando para dar vía a las parcelas privadas y a los mercados libres.


Ciudad heróica de China

Yenán, Ciudad Heroica, está situada al norte, en la provincia de Shensí. Allí, cumplida la Gran Marcha, se estableció por muchos años el Comité Central del Partido Comunista de China. Desde Yenán se dirigieron las acciones de guerra contra la ocupación japonesa.

Al igual que la mayoría de habitantes, los jefes comunistas más notables –Ho Chi Minh, entre ellos— residían en casas cuevas abiertas en la roca. Algunas veces, recuerda Édgar Snow, no teniendo más alimento que fríjoles y arroz, les tocaba por fuerza «disciplinar su estómago».

En una de esas grutas, dotada, como es fácil imaginar, con espartano mobiliario, Mao escribió más de cien obras, laborando en las noches y durmiendo de día. Entre ellas, Sobre la guerra prolongada –quizá su texto militar más brillante—, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés, Sobre el gobierno de coalición, y dos aportes fundamentales a la filosofía del materialismo dialéctico, Sobre la contradicción y Sobre la práctica.


Un gigante llamado Shaoshan, ‘pequeña montaña’

Chou En-lai nació en 1898 en Juai An, provincia de Chiangsú (Jiangsu), al este. Descendiente de mandarines arruinados, completó sus estudios en Japón, donde lo sorprendió la aurora de Octubre. Se vinculó desde muy joven al Movimiento del Cuatro de Mayo, como editor en jefe de uno de sus periódicos.

Viajó a Francia en 1920, donde fundó la Liga de la Juventud Comunista, admitida en el 22 por el recién creado Partido. En las barriadas pobres de París hizo estrecha amistad con un pálido joven annamita conocido como «El Patriota» (Ai Quoc), cocinero en restaurantes, y que había de transmitir a la inmortalidad un nom de guerre indomeñable: Ho Chi Minh, que significa «El que lleva la lámpara». Colaboró después con Chu Te, que residía en Alemania —donde estudiaba la teoría prusiana de la guerra—, a organizar a los aún dispersos círculos de inmigrantes.

De vuelta en China, fue nombrado en 1924 secretario político de la estratégica Academia Militar de Whampoa (Hangpu), en Kuangchou, vivo aún Sun Yatsen y cuando el Kuomintang colaboraba activamente con el Partido Comunista. Por esos mismos años dictó clases, junto a Mao Tsetung, en el Instituto del Movimiento Campesino. Tras el golpe de Estado se refugió en Chiangsí (Jiangxi), donde ya Mao había construido el Ejército Rojo. No tardó en integrar el Buró Político, máximo centro ejecutivo del Partido. Por su cabeza pagaba el presidente Chiang Kai-shek 80 mil dólares. Por la de Mao, 250 mil.

En calidad de comisario político del ejército que emprendió la Gran Marcha, Chou se instaló en Yenán desde octubre de 1935. Usaba en esa época el seudónimo partidario de Shaoshan, ‘Pequeña montaña’.

Creado el frente único, fue nombrado vocero del Partido en las negociaciones con el Kuomingtang, en cuyas arduas incidencias reveló su rara habilidad de negociador.

Con el triunfo de la Revolución, en 1949, Chou En-lai se convirtió en primer ministro y, como tal, en responsable de las relaciones exteriores.

Viajó a Moscú en 1950, a allanar el Tratado de Amistad Chino-soviética firmado por Stalin y Mao.

Se hizo también presente en Moscú durante las sesiones del XXII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, muerto ya Stalin y asaltado por Krúschov el poder, y en forma erguida refutó sus intrigas y calumnias. Todavía sin levantarse las sesiones, Chou fue a la Plaza Roja, seguido por la prensa de todo el mundo, y en la tumba de Stalin depositó una ofrenda cuya inscripción decía: «A J. V. Stalin, gran marxista-leninista». En seguida, sin despedirse de sus hostiles anfitriones, se regresó a Pekín. Lo esperaba en el aeropuerto una nutrida muchedumbre, presidida por Mao.

A partir de 1966, y en el proceso de la Gran Revolución Cultural Proletaria, actuó sin vacilar contra la camarilla revisionista y prosoviética que encabezaba el presidente de la República, Liu Shao-chi, «principal seguidor del camino capitalista dentro del Partido». Hombro a hombro con Mao, debeló años más tarde la criminal conjura de Lin Piao y de la Banda de los Cuatro.

Una de las victorias más rotundas de China en el terreno diplomático fue el voto de la ONU, tras decenios de cerco imperialista, en el que se expulsó a Chiang Kai-shek y se admitió al gobierno de la República Popular como «el legítimo representante del pueblo chino».

En las negociaciones posteriores con Kissinger, Chou En-lai preparó la entrevista de Mao con el presidente norteamericano Richard Nixon, hito trascendental en el aislamiento del socialimperialismo soviético, principal amenaza para la paz del mundo.

Especialmente activa en estos años fue su tarea diplomática de respaldo a las luchas de los tres pueblos indochinos.

Chou En-lai fue vicepresidente del Comité Central, presidente del Consejo de Estado y presidente del Comité Nacional de la Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino.

Víctima de cáncer, falleció en Pekín el 8 de enero de 1976.


Poema

Los leales padres que tanto sacrificaron por la Nación
Nunca temieron el destino final.
Ahora que nuestro país se ha vuelto rojo
¿quién será su guardián? Nuestra misión, inconclusa,
puede tomar mil años. La lucha nos fatiga y se ha vuelto
gris nuestro cabello.

Tú y yo, viejos amigos, ¿podemos quedarnos mirando cómo
se lleva nuestros esfuerzos la marea?

(Poema de Mao Tsetung dedicado a Chou En-lai)
Chou En-lai.


Chu Te

Chu Te fue uno de los jefes comunistas que, junto con Chen Yi, se sublevaron el 1º de agosto de 1927 contra el usurpador Chiang Kai-shek, a raíz del Levantamiento de Nanchang; y que, en abril de 1928, trayéndose consigo a sus legiones, se fue a engrosar las del Partido en las montañas Chingkang, al sudeste. En el transcurso de las guerras civiles, Chu fue nombrado comandante supremo del ejército que cumplió la Gran Marcha y, años después, durante la Segunda Guerra Mundial, comandante en jefe del XVIII Grupo de Ejércitos, que agrupaba a las fuerzas comunistas.

Hasta el momento de su muerte, Chu Te permaneció leal a Mao y a la Revolución.