FRENTE DE ACCIÓN CONFORMAN ASALARIADOS DEL DISTRITO

Los sindicatos de la Empresa de Teléfonos de Bogotá, del Acueducto y del Instituto de Desarrollo Urbano (IDU), así como la asociación de Técnicos en Telecomunicaciones (Atelca), conformaron a mediados de febrero un frente distrital de unidad de acción, para enfrentar la intransigencia de los patronos en las actuales negociaciones colectivas. El frente aglutina a más de siete mil trabajadores. Jaime Gómez, nuevo presidente del sindicato de la ETB, informó que la oferta de la entidad oficial, en un mes de conversaciones, no ha rebasado el 14 por ciento en el aspecto salarial. A más de esto, la ETB se niega a discutir lo que designa como “puntos políticos”, es decir, la estabilidad y las prestaciones sociales, buscando así imponer el llamado salario integral..

Señaló Gómez que la actitud de la empresa no puede interpretarse más que como una burla a las aspiraciones de los 3.400 trabajadores e igualmente como una represalia contra las bases del sindicato, que a finales del año 1979 le dieron la victoria a los sectores consecuentes en la elección de junta.

“Pese a todo – manifestó el directivo, los asalariados han comprendido que sólo a fuerza de pelea será posible la conquista de nuevas reivindicaciones. Así lo prueban los 20 mítines realizados, que contaron con la masiva participación de obreros y empleados, y también de compañeros del IDU, Atelca y el Acueducto.

LOS VENDEDORES AMBUULANTES: CADA DÍA DE TRABAJO UNA JORNADA DE COMBATE

Hace 7 años Pedro Ortega era un campesino que vivía de lo que sembraba en una pequeña parcela en el Tolima. Por la presión de los terratenientes abandonó la tierra y se vio obligado a emigrar a la ciudad. Hoy debe pasar el día en una esquina de Bogotá, ofreciendo baratijas a los transeúntes y soportando el acoso constante de las autoridades, para regresar en la noche a la casa de inquilinato donde vive, al sur de la capital, llevando el sustento a sus siete hijos.

Por defender el derecho que él y sus compañeros tienen a trabajar, Pedro ha pasado varias noches en los patios de la Estación IV de Policía, sin recibir un pan o una cobija. Ni las detenciones, ni los golpes, ni las amenazas de conducirlo a la cárcel han logrado desterrarlo. Después de cada atropello vuelve con su cajón atiborrado de objetos al mismo sitio de donde fue desalojado a la fuerza.

Al igual que Pedro Ortega, se calcula que uno 60 mil vendedores ambulantes en Bogotá y cerca de 200 mil en todo el país padecen múltiples penalidades y riesgos para poder llevar el pan a sus casas. Para ellos cada día de trabajo es un día de combate.

Como desde 1977 la Alcaldía Mayor suspendió la expedición de licencias, 50 mil vendedores callejeros viven ejerciendo ilegalmente la única actividad que les permite subsistir.

Aunque las Constitución, en su artículo 17, consagra el derecho al trabajo, a este gremio se le persigue como no se hace con los delincuentes. La falta de la licencia o la violación de una de las absurdas normas que han sido dictadas para exterminar a los vendedores, da derecho a la policía para detenerlos 24 horas, para impedirles laborar durante varios días y para cometer toda serie de tropelías. La única justificación para estos abusos es la de que los vendedores “enmugrecen la ciudad”.

Pero ninguna de las medidas impuestas logra detener la avalancha de personas que cotidianamente se lanzan a las calles. Al sector de las ventas ambulantes confluyen gran parte de los desempleados y de los que buscan una forma para aumentar sus míseros y esporádicos jornales. En la calle hay sitio para todos ellos. Sólo se requiere de unos pocos pesos para iniciarse vendiendo cigarrillos o cordones de zapatos. En 1968 se estimaba que en Bogotá había 3.000 buhoneros. Hoy la cifra sobrepasa los 60 mil y en temporada navideña los 120 mil.

Al tiempo que aumenta la represión aumenta también la unidad de los vendedores. Al grito de “¡Con la licencia o sin la licencia trabajamos!”, consigna impuesta por el Sindicato Nacional de Unidad de Comerciantes Menores (Sinucom) desde 1976, este sector ha librado una larga lucha, peleando palmo a palmo por un sitio en los andenes. Cada vez son menos los vendedores que envuelven la mercancía a toda prisa y huyen ante la amenaza de una batida.

Ahora se ven hombres, mujeres y niños que se enfrentan valerosamente a las autoridades y ante la brutalidad y las amenazas siempre responden: “Trabajar no es un delito. Mientras el gobierno no nos garantice un empleo seguiremos en esta actividad”.

Por el derecho a subsistir
Los vendedores ambulantes son hijos del desempleo. El hecho de que la prensa, recogiendo datos oficiales, hable de que la tasa de ocupación subió, no quiere decir que la economía haya generado un número suficiente de puestos de trabajo en los últimos años. Por el contrario, este índice, en relación con el aumento de la población, ha ido decreciendo paulatinamente. En 1979, mientras la fuerza laboral activa se incrementó en siete ciudades en 234.700 personas, la industria produjo solamente 45 mil nuevos empleos, según la ANDI.

En las estadísticas “disminuye” el desempleo porque se considera “trabajador independientes” a todo aquel que genera sus propias paupérrimas entradas, como es el caso del comerciante callejero.

La migración del campo ha influido en este fenómeno. Diariamente llegan a radicarse en Bogotá, según cifras de Planeación Distrital, 1.200 personas. En este momento el 50 por ciento de la población capitalina está conformada por gentes oriundas de otros lugares, hasta el punto de que Soacha, de pequeño pueblo de Cundinamarca, pasó a ser un suburbio de Bogotá, con 350 mil habitantes, desplazando a Girardot, que sólo tiene 80 mil.

Otro factor decisivo en el aumento de vendedores ambulantes y estacionarios es el bajo nivel de los salarios, comparado con el costo de la vida. En Bogotá, en 1979, el 60 por ciento de las personas ocupadas ganaba menos de 7 mil pesos. Ahora, tomando como base la remuneración nominal de noviembre de 1974, el sueldo diario de $115 de diciembre de 1978 equivalía a un salario real de $38.70 de aquel año.

Miles de colombianos que no logran obtener ocupación, o para los cuales el salario mínimo equivale a una condena al hambre, encuentra asidero temporal o permanente en las ventas ambulantes, una labor riesgosa, inestable y esclavizante. Por lo general se inician como “maneros” que no necesitan vitrinas pues escasamente ofrecen lo que pueden llevar en las manos y sobre los hombros. En algunas ocasiones venden sacos, sombrillas o cigarrillos y deambulan con estos objetos a lo largo de varias cuadras. A veces, con ahorros o préstamos de familiares o amigos, el principiante se hace a un cajón y busca un sitio de afluencia de transeúntes que le garantice un ingreso mínimo.

En la Oficina de Registro y Control del Distrito están catalogados 62 tipos de ventas ambulantes. Las más comunes son las de dulces y cigarrillos, frutas, alimentos cocidos, loterías, cosméticos, periódicos, libros, discos, etc. Pero como este oficio es un reflejo de la crisis de la sociedad y de la miseria del pueblo, adquiere a menudo las características de un espectáculo irritante: la señora que, parada todo el día en una esquina, le hace propaganda a sus atrapamoscas, envueltos en trocitos de papel brillante rojo; el hombre que brinda cordones de zapatos; los desesperados que ofrecen su sangre alrededor de los hospitales y laboratorios clandestinos; los chamarileros que encogían con lápidas de segunda; los ancianos que extienden sobre un plástico treinta aparejos disímiles y los venden a igual precio, y los miles de mujeres que deben criar a sus hijos en cajas de cartón que colocan al lado de sus ventorrillos, sintetizan todos ellos la imagen de la Colombia perseguida y vejada.

Trabajo arduo y mal retribuido
La vida del vendedor ambulante es una batalla sin tregua. La mayoría debe trajinar por la calle incluso el domingo para conseguir con que comer el lunes. Soportan faenas que por lo general sobrepasan las 10 horas, sometidos a las inclemencias del tiempo, y lo único que poseen para protegerse y cuidar sus tenderetes son plásticos viejos. “Cuando llueve nos toca prolongar largamente la jornada para completar el diario. Y a veces nos coge la media noche, después de haber llegado a las 8 de la mañana”, dice una desamparada mujer madre de cinco hijos.

El comerciante callejero desempeña un importante papel como canal de distribución, aun de las grandes empresas. Un alto porcentaje de los chicles, dulces y chocolatinas se vende a través de ellos. El director de ventas de Grancolombiana cuenta con 23 distribuidores encargados exclusivamente de proveer los pequeños puestos de Bogotá. Infinidad de industrias caseras de dulces, cuero o confecciones deben su existencia a los vendedores ambulantes y estacionarios.

El sistema de intermediarios, los cuales imponen los precios y las condiciones, no permite al vendedor un mayo margen de utilidades: por cada caja de chicles se gana 3 centavos, por cada dulce 30. Hay contadas excepciones. Una cajetilla de cigarrillos marlboro, por ejemplo, deja hasta diez pesos. La utilidad mensual promedio de un expendedor estacionario, ubicado en un buen sitio, bordea los 10 mil pesos. Los relegados a lugares de poco tráfico peatonal a veces no alcanzan a igualar el salario mínimo. “No tenemos ni médico, ni ayuda para la educación de nuestros hijos, ni primas, ni incentivos, todo es por nuestra propia cuenta”, relata un vendedor de fritanga, Carlos Piracón, resumiendo la situación de su gremio, y agrega: “Vivimos en condiciones infrahumanas, arrumados en barrios piratas o de invasión”. A la pregunta de si dejaría las ventas para trabajar en una fábrica, que se formula a todo el que ingresa a SINUCOM, un 85 por ciento contesta que sí.

Después de la agotadora jornada, en que se calma el hambre con una gaseosa y un pan, los vendedores “cierran” su cajón o su kiosco. Inician entonces en las calles un desfile de carritos que ruedan sobre balineras y son conducidos al sitio donde se guardan de noche. Por amontonarlos en garajes, bodegas, o debajo de escaleras, pagan $300 al mes. En algunos sectores se organizan para que los que trajinan de día cuiden las exiguas pertenencias de los que trasnochan y viceversa.

Incontables desafueros oficiales
La reglamentación de este oficio ha estado a la arbitrariedad de los burócratas del Distrito. Para los vendedores ambulantes cambian las reglas del juego con cada nuevo alcalde. A principios de la década del sesenta, cuando eran unos pocos los que se colocaban dispersos a lo largo de la carrera décima, el alcalde Gaitán Cortes pensó que la mejor manera de terminar con ese mercado que “afea” la ciudad consistía en blandir el fuste. Se hacían batidas diarias y se llevaba a la gente, con sus bártulos, en camiones hasta el Salto de Tequendama, donde la dejaban abandonada para que cada cual regresara como pudiera. Como este método atrabiliario no dio resultado y día a día llegaban más y más, creyó que la solución definitiva sería destinarlos a un solo lugar. “Limpiaron” la décima y confinaron a 700 vendedores en lo que en esa época era el parqueadero de San Victorino, formando las Galerías de Nariño. Pero esta situación no duró mucho tiempo. Los vendedores llevados allí no pudieron mantener un negocio que requería capital para estabilizarse, pues se trataba de un centro comercial con todas las de la ley, y tuvieron que ceder sus locales a personas pudientes y regresar de nuevo a las aceras.

A partir de entonces, y a medida que se agrava el problema, el gobierno ha dictado una serie de decretos igualmente represivos que tienden a liquidar esta actividad. Tal política, como es lógico ha recibido el patrocinio de Fenalco, entidad que ve en los vendedores ambulantes una “competencia desleal”, y de la gran prensa que los califica de “lacras humanas” que “pretenden disfrazar su ociosidad”. El Tiempo ha tachado de incapaces a las administraciones distritales por no haber “recuperado las vías para los peatones”. Hasta la Sociedad de Ornato de Bogotá ha clamado al cielo por el crecimiento exagerado de este sector y, en carta enviada al alcalde Durán Dussán, sostiene que de no tomar medidas más enérgicas su nombre pasará a la historia “como responsable del deterioro bogotano”.

Haciéndose eco de estos requerimientos, los últimos burgomaestres invariablemente han buscado entorpecer y obstaculizar el trabajo de los vendedores. En primer lugar, se exige la llamada licencia de funcionamiento para ejercer la actividad, cuando en la práctica no hay un organismo que la expida; en segundo lugar, se vetan las zonas comerciales y los separadores de las avenidas, es decir, los puntos de mayor afluencia de los transeúntes, y en tercer lugar, se establecen otros requisitos como acreditar la propiedad de los activos relacionados con el negocio y pintar las casetas con colores distintivos para cada sitio.

Por su parte, el alcalde menor inventa sus propias disposiciones. A los mil fritangueros de la zona industrial de Puente Aranda se les pide el visto bueno de la Secretaría de Salud, aprobación imposible de conseguir. Tampoco hay forma de obtener por los canales regulares el servicio de energía eléctrica, y quien la necesita ha de recurrir al contrabando y exponerse a las consecuencias. A los dueños de los kioscos se les prohíbe permanecer en ellos durante la noche con el objeto de cuidarlos. En Chapinero, por razones de “estética”, se sanciona el que los plásticos de protección estén sucios o rotos. A los que tienen casetas de un metro y medio de frente se les ordena que sean de 80 centímetros y a los que tienen de 80 centímetros que sean de 150. todo está encaminado a desesperar al vendedor y colocarlo en un laberinto donde cualquier cosa es ilegal y nada parece tener solución.

Hernando Durán Dussán, como obsecuente discípulo y protegido de Turbay Ayala, ha optado por la demagogia. A los 60 mil vendedores ambulantes de la capital les anunció no hace mucho, con bombos y platillos, que les construirá su “unicentro para pobres”. Sin embargo, no es necesario ser profeta para vaticinar que semejante estupidez, de llegarse a concretar, se convertiría en otra trampa contra la inmensa multitud que deriva el sustento de su feria maldita.

Entretanto, la Alcaldía de Bogotá adjudicó a dos parientes cercanos del Presidente de la República, asociados en la firma Figura Ltda., un escandaloso contrato para instalar 300 casetas en las esquinas y los andenes más frecuentados de la ciudad, para monopolizar el comercio callejero y lucrarse donde las gentes humildes y sin influencias son desalojadas.

Sinucom, arma de los desposeídos
En 1968, después de vivir durante años ofreciendo ropa por los barrios de la capital, Avelino Niño se instaló, por consejo de un amigo, en San Victorino, con una caja de cartón, en la que exhibía camisas. Por esa época no eran muy numerosos los vendedores y el trabajo concluía cuando la policía los desalojaba a bolillo. Poco a poco el lugar se empezó a poblar de estacionarios y ambulantes. Fue entonces cuando Avelino, junto con dos compañeros, decidió crear un comité de unidad para resistir los desmanes.

El mismo cuenta los comienzos de lo que más tarde sería Sinucom:
“En el 74 la arremetida del gobierno fue demasiado fuerte. Había redadas todos los días; la policía atropellaba a puntapiés las vitrinas. Formamos el comité y repartimos hojas volantes decidiendo que la única salida era combatir. Nadie nos creyó hasta cuando se dio la pelea de los libreros en la Calle 19. Los uniformados tenían la orden de levantar los puestos. Nosotros organizamos a la gente y dimos la orientación de permanecer encerrados dentro de las casetas. Ganamos la contienda y caímos en cuenta de que para un enfrentamiento como el que nos esperaba, un comité es muy débil y limitado y formamos un sindicato, Sinucom”.

La primera gran batalla se efectuó el 9 de noviembre de 1974. Fue sábado el día en que amaneció militarizado todo San Victorino. Los cuerpos represivos impidieron que los mil ocupantes de la zona sacaran sus catres y los cajones para exhibir las mercancías. Sinucom, con sus primeros 50 afiliados, decidió ponerse a la cabeza del movimiento. Se formaron columnas de buhoneros rumbo a la Alcaldía. Eran millares de hombres y mujeres, exigiendo a gritos el derecho al trabajo. Al final el gobierno tuvo que acceder y los vendedores regresaron triunfantes a San Victorino.

“Al día siguiente – cuenta Avelino – atendimos una fila de 150 personas que querían la afiliación a nuestro sindicato”. Esta especie de bautismo de fuego abrió nuevos horizontes a Sinucom y en 1975 se extendió en otros barrios de la capital. Por iniciativa de esta organización se creó el comité intersindical del gremio que ha evitado en repetidas oportunidades el desalojo de los vendedores de las vías comerciales. Entre sus logros narran la derogatoria del decreto 240 de 1975 y otras disposiciones igualmente lesivas, derrotadas mediante mítines y movilizaciones masivas. Así han convertido los sitios vedados en sus trincheras de combate.

Los vendedores han dejado de pensar en forma individualista y ya no ven al vecino como a un enemigo mortal que les hace competencia. Cada vez más se unen en torno al interés común.

Esto lo señala el testimonio de un compañero de la Avenida Jiménez:
“Antes existía mucha rivalidad, nadie respetaba el puesto de nadie. Por eso tocaba madrugar a la una de la mañana y acostarse a guardar el sitio sobre periódicos o en el catre que uno llevara. Pero desde el día en que esto amaneció inundado de tropa y todo era verde porque estaban hasta en los tejados de las casas, realizamos una ofensiva a la Alcaldía y nos unimos. Hoy, cuando llega la policía a molestar a un compañero, somos diez o veinte los que luchamos”.

Ana Fidelia, una robusta mujer que hace 7 años vende gallina en este mismo sector, afirma que el Sindicato le ha garantizado algunos derechos importantes. Durante años soportó culatazos y cercos que la obligaban a salir corriendo, con sus ollas arrastrando. “Nos pegaban mucho, dice, nos quitaban la comida y nos tenían hasta trece días encarceladas, dizque porque este trabajo era un delito. Hasta nos regaban gasolina encima de los alimentos. Por eso me sindicalicé y las cosas han empezado a cambiar. Ahora somos solidarias y nos defendemos colectivamente”.

Los cinco mil afiliados a Sinucom en Bogotá saben que no están solos. Para respaldarlos, la organización está dividida en 18 zonas que corresponden a las Alcaldías Menores del Distrito. Cada una de ellas tiene su directiva, que afronta directamente los problemas, y dispone de jefes de cuadra que dan la primera alarma cuando se presenta una embestida de la fuerza pública. A nivel nacional el sindicato ha fundado seccionales en 17 departamentos.

Temilda, una mujer casi anciana que expende tinto en las horas de la noche porque su esposo quedó paralítico y debe responder ella misma por sus obligaciones, sacrifica horas de descanso para ir a la Alcaldía o para luchar hombro a hombro con sus camaradas cuando se anuncia un desalojo. Ni la edad, ni las penurias, ni la represión han mermado su ánimo. En 1975 encabezó un desfile de protesta portando la bandera de Sinucom. La policía, que tenía la orden de no dejarlos llegar a su destino, se lanzó con toda su fuerza a contener la manifestación. Fue de las primeras en caer, duramente golpeada. Temilda habla con orgullo de aquel día como de una experiencia inolvidable que acendró más su odio contra los explotadores y le ayudó a comprender mejor la urgencia de la emancipación de los de abajo.

Para quienes derivan su sustento del precario comercio constituye un estímulo el episodio ocurrido hace un par de meses frente a la Empresa de Teléfonos de Bogotá, cuando en el momento en que la tropa intentaba desalojar a uno de sus compañeros, decenas de obreros se solidarizaron con él e impidieron que lo detuvieran. Este hecho, no tan ocasional, es una premonición para la lucha de los vendedores ambulantes; la de que el proletariado no sólo les brinda el apoyo fundamental a sus reclamos, sino que, en definitiva, los intereses y objetivos de éste serán los suyos como sector desplazado y desposeído.

INVASIÓN A AFGANISTÁN: EL MUNDO CONDENA AL SOCIALIMPERIALISMO SOVIÉTICO

Con su ocupación de Afganistán, una nación del Tercer Mundo, el socialimperialismo ha creado una de las más serias amenazas a la paz mundial de las últimas décadas. Esta acción de piratería internacional ha puesto en claro el carácter agresivo de la Unión Soviética, que se revela con nitidez como el principal y más peligroso enemigo de los pueblos del mundo. Al mismo tiempo, la crisis provocada por la URSS ha generado importantes cambios en las relaciones políticas en todos los continentes y ha sentado las bases para la conformación de una amplia coalición contra el hegemonismo ruso y sus ansias de guerra.

La anexión de Afganistán
En septiembre del año pasado fue muerto Mohamed Taraki, presidente afgano y fiel aliado de la URSS, quien gobernaba desde abril de 1978. Lo sustituyó Hafizullah Amín, otro títere soviético, que se desempeñaba como Primer Ministro. Para ese entonces, se encontraban en Afganistán unos 5.000 consejeros rusos dirigiendo las operaciones represivas contra la rebelión popular que desde hacía un año había estallado en todo el país. Sin embargo, según informes de la prensa pakistaní, ya desde comienzos de diciembre de 1979 tropas regulares soviéticas estaban cruzando la frontera, aparentemente con el fin de apuntalar el régimen de Amín.

Empero, el 27 de diciembre fue derrocado y ejecutado por órdenes del Kremlin el gobernante afgano, a quien se acusó de “agente del imperialismo”. Los revisionistas instalaron en el Poder a su tercer pelele, Babrak Karmal, traído desde Checoslovaquia, donde era embajador. El golpe fue anunciado primero por emisoras rusas y sólo horas más tarde por Radio Kabul. El cuartelazo estuvo precedido por un puente aéreo de 150 aviones rusos que transportaron, en cuestión de horas, más de 10.000 soldados a la capital de Afganistán; este destacamento jugó un papel decisivo en los sucesos del 27. Según las autoridades de la URSS, esta decidió invadir a su vecino meridional para “ayudar al país amigo en el ejercicio de su derecho a la autodefensa individual y colectiva para rechazar la agresión imperialista externa”. El mismo Brezhnev afirmó cínicamente que “no hubo y no hay ninguna clase de intervención y de agresión soviética”. Y prosiguió: “La cosa es otra; ayudamos al nuevo Afganistán a petición de su gobierno a defender la independencia nacional, la libertad y el honor de su país contra las agresiones armadas desde el exterior”. O sea que Amín llamó a las tropas rusas para que invadieran su patria, lo protegieran de una inexistente amenaza externa y, de paso, lo asesinaran, derribaran su régimen y lo reemplazaran por otro igualmente servil. Tal la lógica socialimperialista. En cuanto a las “agresiones desde el exterior”, los soldados soviéticos estacionados en Afganistán sólo se han dedicado a masacrar al pueblo insurrecto, a saquear, a torturar y tomar posiciones para futuros ataques contra otros Estados de la región. En pocos días, las fuerzas invasoras sumaron 50.000 efectivos, y hoy se calculan en 100.000 apoyados por centenares de tanques, aviones y helicópteros último modelo. Los refugiados han venido denunciando con insistencia que los ocupacionistas lanzan contra los patriotas napalm y gases venenosos en las zonas rurales. No obstante, los soviéticos se empantanan en la guerra santa de liberación nacional adelantada por los afganos, y reforzada por las deserciones masivas del ejército regular de Kabul. Los rebeldes, a pesar de la gran superioridad de la URSS en armas y equipo, controlan parte de las provincias, mientras los agresores están confinados principalmente en los centros urbanos. Cada incursión de los rusos en campos y montañas les cuesta numerosas bajas y pérdidas de material. Dice un líder guerrillero: “Combatimos a los rusos día y noche. No les damos descanso. Ya hemos matado a miles de ellos”. Los diferentes grupos en pie de guerra han sellado su unidad en torno al Frente Islámico Unido de Liberación Nacional, a cuyos integrantes los soviéticos llaman “bandidos”, “ateos venidos a menos” y “banda de criminales”. Los líderes del Kremlin, por su parte, han declarado que no retirarán sus huestes hasta cuando “hayan desparecido las causas” que motivaron su intervención, corroborando tranquilamente la virtual anexión de Afganistán.

El gobierno y el pueblo de la República Popular China están brindando una valiosa y desinteresada ayuda de toda índole al valeroso ejército rebelde en su guerra de resistencia al invasor imperialista.

La insurgencia de las masas afganas crece día a día en todo el país, incluyendo la capital. El 21 de febrero se inició en Kabul un paro cívico durante el cual cerraron sus puertas todos los comercios, en señal de protesta por la ocupación rusa. El gobierno decretó la ley marcial. Dos días después, la soldadesca soviética, apoyada por aviones y tanques, disparó contra una multitudinaria manifestación en las calles de la ciudad, asesinando a cerca de 200 civiles indefensos. Como resultado de esta horrenda masacre, se ha incrementado la resistencia y el ejército regular afgano se descompone aceleradamente por nuevas y nutridas deserciones.

El petróleo, principal objetivo ruso
¿Qué persigue Moscú con su invasión a Afganistán? Este pequeño y aislado país no representa aparentemente una ganancia de significación para los rusos, quienes no asumirían el riesgo de concitar contra ellos el repudio universal al invadirlo, a menos que Afganistán sea una escala en la marcha de la URSS hacia mares de aguas cálidas, hacia el Índico y el Golfo Pérsico. Este último es, por así decirlo, la vena yugular de las potencias industrializadas, ya que de dicha región salen diariamente casi 20 millones de barriles de petróleo. Arabia Saudita contiene el 25% de las reservas mundiales del crudo y la Península Arábiga en su conjunto el 60%. Europa importa desde allí el 70% de su combustible, el Japón el 90% y Estados Unidos el 17%. Tal es la importancia estratégica del Golfo.

Para la URSS la llegada a esta zona tiene un doble propósito: en primer lugar, hacerse a nuevas fuentes petroleras, ya que para mediados de la presente década se cree que sufrirá escasez del valioso crudo, sin el cual no podrá seguir expandiéndose ni hacer la guerra; en segundo lugar, bloquear los suministros vitales para Europa Occidental y el Japón, aliados claves de Estados Unidos. Con ello, Moscú colocaría a sus rivales en una posición desesperada. La invasión a Afganistán ubicó a los hegemonistas rusos a menos de 500 kilómetros del Índico y del Estrecho de Hormuz, única entrada al Golfo. Para llegar a la ansiada meta, los soviéticos tienen tres alternativas; invadir a Irán, con lo cual tendrían acceso directo al Golfo; invadir a Pakistán, con lo que alcanzarían el Mar de Arabia, frente al Golfo, o valerse de los conflictos separatistas de Baluchistán, área que abarca parte de Irán, de Pakistán y de Afganistán y limita con el mar de Arabia. Ya la soldadesca rusa ha llegado a la frontera afgano-iraní y presiona sobre los límites de Pakistán, donde se encuentran cerca de 500.000 refugiados y combatientes afganos.

Al otro extremo de la Península Arábiga, Rusia está en una posición privilegiada para cerrar la ruta del Canal de Suez. Con sus aliados de Etiopía y Yemen del Sur puede interceptar la vía del Mar Rojo. La flota soviética del Índico acecha con 20 buques y submarinos en los alrededores del Cuerno de África y el Mar de Arabia. Por otra parte, más de 1.200 mercenarios cubanos fueron trasladados recientemente a Yemen del sur para reforzar la presencia del Kremlin en la zona. Todos los movimientos arriba señalados tienen un propósito máximo para el socialimperialismo; cercar a Europa Occidental por los flancos y arrebatarle sus recursos y rutas esenciales, en espera de la oportunidad propicia para tomarla por asalto. No hay que olvidar, sin embargo, que los rusos, al ocupar Afganistán, también estrechan su cerco sobre el bastión de la revolución mundial, la Republica Popular China, operación ya iniciada en el Sudeste Asiático, con las conquistas vietnamitas.

¿Por qué la Unión Soviética está provocando tensiones y buscando nuevas adquisiciones imperiales? ¿Por qué necesita la guerra como ninguna otra potencia? Desde el punto de vista político, ante el pronunciado repliegue del águila norteamericana en todo el mundo, a raíz de su derrota en Indochina y otros contratiempos, el oso ruso comenzó a dar zarpazos a diestra y siniestra. No obstante, son razones económicas las que impulsan ciegamente las actuaciones belicosas de los nuevos zares. Desde cuando la camarilla burocrática revisionista emprendió la senda de la restauración capitalista en la URSS, ese país experimenta agudos problemas en su economía. Importa anualmente decenas de millones de toneladas de cereales, el aumento de su producción agrícola es cada vez menor (en 1976 fue del 4.0% y en 1977 del 3.0%); el crecimiento de su producto interno bruto ha venido disminuyendo verticalmente (entre 1951 y 1955 se incrementó a un promedio del 6% anual; entre 1971 y 1975 apenas a un promedio del 3.7%); su producción petrolera decrece (a partir de 1983 tal vez tendrá que importar un millón de barriles diarios).

Una de las causas de esta crisis radica en el hecho de que los gobernantes del Kremlin destinan cada vez más recursos y sectores productivos a la fabricación de armamentos y descuidan o abandonan ramas importantes de la economía nacional. Además de que la Unión Soviética explota sus neocolonias, (Cuba, Europa Oriental, Vietnam, Etiopía), a algunas de ellas ha tenido que subsidiarlas, gastando ingentes sumas de dineros, materias primas, víveres y material bélico. Es por todo lo anterior que Moscú necesita con urgencia fuentes de recursos naturales y de alimentos. Y sólo tiene una forma de adquirirlos: por medio de la fuerza. Es más, tendrá que apurarse, y lo está haciendo, debido a sus profundas e irreconciliables contradicciones económicas. De ahí que inevitablemente la URSS tenga que provocar una confrontación militar a grande escala.

El mundo condena a la URSS
Con la sola excepción de los lacayos de Rusia, todos los países del orbe levantaron su voz para condenar, en una u otra forma, el infame atropello cometido en Afganistán y las consecuencias que de ello se derivan. La superpotencia yanqui, que se hallaba enfrascada en la crisis de los rehenes con Irán en el momento de la invasión soviética, reaccionó tomando una serie de medidas de represalia: 1) propuso la discusión del tratado de armas nucleares. SALT II; 2) suspendió la venta de 17 millones de toneladas de grano a la URSS; 3) canceló los permisos para la transferencia de alta tecnología a los rusos; 4) restringió los derechos de pesca de barcos soviéticos en aguas estadinenses; 5) aplazo el establecimiento de consulados en los dos países, así como los intercambios culturales y económicos; 6) solicitó el boicoteo mundial a los Juegos Olímpicos de Moscú; 7) ofreció ayuda militar por 400 millones de dólares a Pakistán; 8) inició negociaciones para establecer bases militares en Kenya, Somalia y Omán; 9) movilizó más de 20 navíos de guerra y 1.800 marines al Mar de Arabia, y 10) aumentó el presupuesto de Defensa a 159.000 millones de dólares.

El presidente Carter, aguijoneado por su rival en las elecciones, Kennedy, y por otros sectores políticos, afirmó: “Un intento de cualquier fuerza extranjera por ganar control sobre la región del Golfo Pérsico, será considerado como un asalto a los intereses vitales de los Estados Unidos de América. Y dicho asalto será repelido con todos los medios necesarios, incluyendo la fuerza militar”. Sin embargo, una cosa es esta inusitada declaración de Carter, quien se ha caracterizado por sus posiciones vacilantes frente al avance Ruso, y otra las posibilidades militares reales de Washington en la susodicha zona. En efecto, los Estados Unidos no están en capacidad de movilizar al Golfo en corto tiempo suficientes tropas y equipo pesado como para contrarrestar un ataque masivo de la Unión Soviética, que ya tiene estacionados muy cerca numerosos contingentes. El pomposo destacamento especial de 150.000 hombres que está alistando el Pentágono, estará en plena capacidad operacional en unos tres años, con un costo de más de 10.000 millones de dólares; la armada carece de la cantidad necesaria de embarcaciones de transporte rápido, y lo mismo ocurre con la aviación. Mientras tanto, los aviones soviéticos pueden atacar el Golfo desde sus bases en Afganistán. De todos modos, las medidas militares de la Casa Blanca son, por ahora, insuficientes para refrenar cualquier movimiento ofensivo de envergadura por parte de Rusia.

Con relación a los principales aliados de Estados Unidos, el Mercado Común Europeo y el Japón decidieron no aumentar sus ventas a la Unión Soviética, con lo cual ésta no podrá suplir los faltantes generados por el bloqueo de Washington. Igualmente, la mayoría de los gobiernos está dispuesta a sumarse al boicoteo de las Olimpiadas.

No obstante, algunos países europeos han mostrado ciertas vacilaciones frente a la Unión Soviética. Estas posiciones se explican por tres factores primordiales: en primer lugar, muchos líderes europeos han perdido la confianza en la administración Carter por su política errática y conciliadora en el manejo de las relaciones entre las dos superpotencias.

En segundo lugar, la proximidad geográfica con la URSS hace muy cautelosos a los europeoccidentales. En tercer lugar, no debe olvidarse que el Mercado Común mantiene un enorme comercio con los rusos, que en 1979 alcanzó la cifra de 8.200 millones de dólares. Para Europa, una actitud conciliadora puede resultar altamente peligrosa, más cuando están registrando alarmantes movimientos de tropas del Pacto de Varsovia en Hungría y Bulgaria, países limítrofes con Yugoslavia, cuyo máximo dirigentes, Tito, se halla al borde de la muerte.

Por otro lado, la URSS ha recibido dos serios golpes políticos muy indicativos de su creciente aislamiento. En primer lugar, la apabullante derrota sufrida el 14 de enero en la ONU, cuando fue aprobada por 108 votos contra 18 una propuesta tercermundista condenando la invasión a Afganistán y exigiendo el retiro de las fuerzas rusas. (Una semana antes, el Kremlin, había vetado en el Consejo de Seguridad una proposición similar). En segundo lugar, el 29 de enero, 34 países de la Liga Árabe se pronunciaron contra la agresión del socialimperialismo incluyendo a la OLP, Argelia, Libia, Irán y Irak. Egipto expulsó a más de mil técnicos soviéticos y las autoridades iraníes expresaron su apoyo a los guerrilleros afganos y su repudio enérgico a la política soviética. Asimismo, los gobiernos de Irán y Estados Unidos comenzaron a dar los pasos necesarios para solucionar el problema de los rehenes (retenidos desde el 4 de noviembre ultimo) ante la evidente amenaza que representa para Teherán la proximidad de las hordas revisionistas.

A pesar de que la India ha solicitado tímidamente el retiro de las tropas rusas, no debe olvidarse que Moscú y Nueva Delhi tienen un tratado de amistad desde 1971 y que Indira Gandhi simpatiza abiertamente con el socialimperialismo. Otro problema es la tradicional hostilidad entre la India y Pakistán, nación esta que ha recibido últimamente frecuentes amenazas verbales por parte de altos funcionarios de la URSS, y que obtendrá una limitada ayuda bélica del Pentágono, lo cual puede ser aprovechado por los rusos para ganarse a los indios.

La respuesta soviética ante toda esta oleada de protestas ha sido propia de cualquier filibustero imperialista. A finales de enero, Brezhnev, en una reunión con el presidente de la Asamblea Nacional francesa, explicó refiriéndose a la ocupación de Afganistán: “¿Por qué está tan excitado el mundo con este asunto menor? Es apenas una pequeña acción de policía. Tenemos unos pocos soldados custodiando carreteras y puentes. Eso es todo”.

Entre el 5 y el 13 de enero, el secretario de Defensa de Estados Unidos visitó Pekín, donde se entrevistó con los dirigentes de la República Popular China. Los dos países acordaron estrechar su cooperación en los asuntos internacionales, fortalecer su capacidad defensiva y tomar acciones paralelas para salvaguardar la paz y la seguridad.

Desde hace más de cinco años, los camaradas chinos han venido insistiendo en que la Unión soviética constituye el principal enemigo de los pueblos y la mayor amenaza a la paz. De igual modo, han llamado a los países del Tercer Mundo y del Segundo Mundo (Europa Occidental, Canadá, Japón, Australia) a conformar, junto con los Estados Unidos, un frente contra el expansionismo ruso. La invasión a Afganistán ha mostrado la justeza meridiana de esta política y poco a poco, los distintos gobiernos van comprendiendo la necesidad de dicha coalición. Para China esta es una cuestión de vida o muerte, ya que en su frontera septentrional afronta el peligro de más de un millón de soldados soviéticos. Para la revolución mundial y la causa del socialismo es, asimismo, una cuestión de vida o muerte. Del éxito de este frente dependerá el que triunfe la más tenebrosa reacción fascista o que salgan avantes las fuerzas democráticas y revolucionarias del mundo. El socialimperialismo está más decidido que nunca a la guerra. Pero su debilidad económica y política; (compensada sólo con unas fuerzas armadas gigantes), su aislamiento internacional, su excesiva expansión, que lo obligará a pelear en varios frentes muy distantes entre sí, determinarán su derrota definitiva.

RUSIA SOBREPASA EN ARMAMENTOS A ESTADOS UNIDOS

Como se puede apreciar en los acuerdos, los soviéticos aventajan a los norteamericanos en aspectos claves. Esto ha sido posible gracias a que los primeros vienen gastando mucho más que los segundos en armamentos y proyectos de toda índole. Veamos algunos datos: 1). El presupuesto militar de la URSS pasó de 91.000 millones de dólares en 1961 a 162.000 millones en 1979; el de Estados Unidos descendió en el mismo periodo de 125.000 millones de dólares a 123.700 millones. (A raíz de la crisis de Afganistán, la Casa Blanca propuso un presupuesto de 159.000 millones para la vigencia de 1980-1981. 2). En los últimos diez años, la URSS ha gastado en armas 100.000 millones de dólares más que los yanquis. 3). El presupuesto de defensa a Rusia ha venido creciendo a un ritmo anual que oscila entre el 5% y el 8%; el de Estados Unidos apenas crece al 3%. 4). Los gastos militares de la Unión Soviética representan alrededor del 15% de su producto interno bruto; los de Estados Unidos no llegan al 5%. 5). La URSS produce cerca de 1.200 aviones de combate al año, Estados Unidos fabrica apenas 500. 6). El ejército regular soviético pasó de 3.6 millones de hombres en 1961 a 4.4 millones en 1979; el estadounidense disminuyó en el mismo lapso de 2.5 a 2.1 millones de soldados. Debe agregarse que el 60% de la industria rusa está dedicada directa o indirectamente a la producción de guerra y que la URSS controla más o menos el 30% del mercado mundial de armas.

Pero tal vez el avance más espectacular del socialimperialismo se ha registrado en el terreno nuclear. Veamos algunos datos: 1). En 1961, la URSS poseía 50 mísiles intercontinentales, y Estados Unidos 13; en 1979, la primera 423 proyectiles de este tipo. 2). En 1961, la URSS carecía de mísiles de submarino, y Estados Unidos tenía 48; en 1979 la primera poseía 1.015 y el segundo 656. 3). En 1961, la URSS no tenía submarinos nucleares, y Estados Unidos disponía de 3; En 1979, la primera ya aventajaba al segundo en 49 naves de esta clase.

Hay que anotar que Moscú posee la mayor fuerza defensiva aérea del orbe, con cuatro campos de lanzamientos de mísiles antibalísticos, 6.000 radares, 2.600 interceptores y más de 10.000 mísiles antiaéreos.

En la década de los 70, el Kremlin desarrolló poderosísimos mísiles pesados equipados con MIRVs (vehículos de reingreso múltiple con blancos independientes), tales como el SS-18, que porta 10 MIRVs, cada uno con un poder de 1.000 kilotones, o sea, aproximadamente 48 veces más fuertes que la bomba de Hiroshima. De estos _cohetes monstruo_ la URSS tiene en su arsenal 308. Los Estados Unidos carecen de arma tan destructiva. Para 1983, el Pentágono habrá desplegado uno 200 MX, muy similares al SS-18 a un costo de 30.000 millones de dólares.

A pesar de que desde el punto de vista tecnológico los estadinenses están por encima de los rusos en algunas cuestiones nucleares, esta diferencia es menos notoria cada día, mientras que la superioridad de fuego soviética sí es apreciable por el momento. Rusia, como toda potencia agresora, se interesa en conseguir una redistribución del mundo por la fuerza, está mejor preparada militarmente para la guerra y su arsenal supera con creces sus necesidades de defensa nacional. Los imperialistas de Washington, por su parte, empiezan a tomar medidas ante la amenaza soviética pero, para colocarse a la par con su adversario, tendrán que esperar al menos hasta 1983.

PUGNA POR LA SUPREMACÍA MILITAR EN EUROPA

Los dos poderosos del mundo cuentan con sus respectivos bloques militares en Europa, objetivo supremo de los expansionistas rusos. Por un lado está el Pacto de Varsovia, compuesto por la Unión Soviética, Polonia, Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumania; por el otro, está la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), integrada por Estados Unidos, Canadá, Islandia, Gran Bretaña, Noruega, Portugal, Bélgica, Holanda, Dinamarca, Luxemburgo, Alemania Occidental, Italia, Grecia y Turquía. Debido a la enorme importancia económica y política del Viejo Continente y dada la estrategia socialimperialista de cercarlo y preparar el bloqueo a sus principales rutas y fuentes de abastecimiento, en los últimos meses se ha puesto sobre el tapete el problema de la correlación de fuerzas entre las dos alianzas militares.

De las tropas del Pacto de Varsovia, un poco más de medio millón de soldados son rusos, distribuidos así: 20divisiones en Alemania Oriental, 5 en Checoslovaquia, 4 en Hungría y 2 en Polonia. Otra parte de los efectivos soviéticos, más de 2.7 millones, están estacionados en la Rusia europea. En total, la URSS ha destinado para el frente europeo 3.2 millones de hombres de todas las armas, tres cuartas partes de su ejército regular, apoyados por 31.000 tanques. Y en el frente asiático tienen 1.2 millones de soldados. Además, Moscú ha desplegado parte de su armada para envolver con sus operaciones navales toda Europa. Se trata de las flotas del Norte, del Báltico, del Mediterráneo y del Mar Negro; en total, 420 buques pesados de guerra y submarinos. O sea, al margen de las fuerzas del Pacto propiamente dicho, hay que sumar las que la URSS conserva en su propio territorio pero que en cualquier momento puede trasladar fácilmente hacia Occidente.

Empero, el peligro más grave que pesa sobre la OTAN y sus amigos (Francia y España) es el de los 120 mísiles rusos de alcance intermedio SS-20 y los 90 bombarderos estratégicos supersónicos “Backfire”, emplazados por la URSS apuntando hacia el Oeste. Dichos mísiles – móviles, con tras ojivas nucleares y con un alcance entre 4.500 y 5.000 kilómetros – pueden dar en cualquier blanco de Europa. Lo mismo ocurre con el “Backfire”, cuyo radio de acción sobrepasa los 5.000 kilómetros. La OTAN no dispone sino de mísiles de corto alcance que no llegan a los 200 kilómetros.

El 12 de diciembre último, los ministros de Relaciones Exteriores y Defensa de la OTAN decidieron emplazar, a partir de 1983, 108 mísiles Pershing II y 464 mísiles crucero. Los primeros tienen un alcance de 1.800 kilómetros y una ojiva nuclear; los segundos llegan a los 2.400 kilómetros.

La reacción de Brezhnev y los suyos no se hizo esperar. Prometieron no colocar más SS-20 ni bombarderos estratégicos a cambio de que Europa Occidental no instalara las nuevas armas. Es decir, el Kremlin seguiría disfrutando de la supremacía nuclear y, por tanto, de la capacidad de chantaje y de presión sobre las naciones de la OTAN. Sin embargo, la vulgar maniobra de los nuevos zares no surtió efecto alguno. Europa, a pesar de las vacilaciones de algunos gobiernos, últimamente se ha mostrado dispuesta a mejorar su defensa para que no ocurra lo mismo que en los años 30, cuando en un comienzo concilió con la amenaza fascista y con ello alentó a Hitler en sus planes de conquista del Continente. Más la superioridad soviética será, lo mismo que con relación a los Estados Unidos, un serio peligro para la paz mundial durante varios años. Sólo un frente universal contra el hegemonismo soviético podrá refrenar los ímpetus imperialistas de la camarilla del Kremlin, o si la guerra estalla, infligirle una derrota contundente.

TOMEMOS NOTA DE NUESTRAS DIVERGENCIAS CON EL OPORTUNISMO

Cuando Carlos Bula y César Pardo cursaron su carta de renuncia, a mediados de 1978, escogieron la mejor ocasión para salirse del MOIR, abogar por un replanteamiento completo de los postulados de la clase obrera y buscar fortuna en otras toldas, con otra compañía y otras miras muy diferentes de las que venían simulando defender. Ciertamente el momento no podía ser más oportuno para la traición. Acabamos de concluir una de las campañas electorales más prolongadas y agotadoras de cuantas hemos afrontado. El desánimo de los destacamentos revolucionarios se palpaba en el ambiente. Ni el MOIR escapó a la ola de confusión y pesimismo que sacudió de arriba abajo su estructura partidaria. La cosa no era para menos. Los votos escrutados en nada compensaban los desvelos consumidos. A pesar de la intensa labor hecha por nosotros y nuestros aliados del FUP, particularmente por Jaime Piedrahíta Cardona, el frente tampoco adquirió la envergadura deseada, luego del resquebrajamiento del ala avanzada de ANAPO, producido por la labor de zapa del Partido Comunista revisionista. Las causas del fracaso se achacaban a la _división de las izquierdas_, al _radicalismo programático_, a la _preocupación por las cuestiones del extranjero_. En consecuencia, por doquier se pedía o se insinuaba la unión a cualquier precio, la sustitución de las reivindicaciones estratégicas por reformas inmediatas y el abandono del internacionalismo. En una palabra, que el Partido, en vista de lo quimérico de un cambio revolucionario en las duras circunstancias prevalecientes, abrazara las posiciones de sus enemigos, y trocara su aspiración de construir una sociedad nueva por la de enquistarse en la vieja, aun cuando fuese entre los escaños reservados a la oposición.

Y como gran telón de fondo, la represión desenfrenada, puesta a funcionar por el régimen a medida que se le enreda la situación económica y social. Con tal de imponer el orden, el gobierno y los cuerpos armados han demostrado estar resueltos a devorar los hígados de sus contradictores. Los allanamientos, las torturas, el deceso de presos políticos, los juicios castrenses, etc., se han vuelto expedientes de ocurrencia normal dentro de la república oligárquica. El Estatuto de Seguridad es una especie de compendio jurídico perfeccionado de las principales disposiciones coercitivas de los últimos lustros, implantadas reiteradamente por las administraciones de la coalición liberal _ conservadora. Con la agudización del saqueo imperialista norteamericano y de sus intermediarios sobre la nación y el pueblo, aparece más evidente que la violencia constituye el mejor, o acaso el único recurso que les queda a los mandatarios colombianos, como a la casi totalidad de sus pares en Latinoamérica, para ejercer el arte de mandar. Si la represión tanto auxilia a las satrapías militares o civiles, obedece, obviamente, a que con ella se aplastan los derechos de las masas esclavizadas, que ven agravarse enormemente las condiciones para expresar su pensamiento, o para organizar y movilizar sus huestes; comienza la revolución a acarrear peligros sin cuento y a demandar mayores cuidados que antes, y las agrupaciones revolucionarias precisan de una mayor acumulación de fuerzas cada vez que estén decididas a pronunciarse de verdad y a hacerse sentir. En medio de aquellas complicaciones, quienes se pasaron a nuestro lado en días relativamente bonancibles, ambicionando emprender una carrera personal fulgurante y rápida, no podían menos que lanzarse al agua al escuchar crujir la nave. Ambos, fenómenos son inevitables, singularmente en un país atrasado como Colombia, de revolución democrático-nacional y con una alta dosis del elemento pequeño-burgués: por un lado, el acercamiento de arribistas y demás _compañeros de viaje_ en los intervalos de ascenso revolucionario o de sostenido desarrollo; y, por el otro, la defección de los mismos personajes durante el reflujo o el auge de la reacción con todas sus secuelas.

En el plano internacional abundan los casos en que el proletariado, siempre que vivió periodos de acérrimas persecuciones hubo de encarar simultáneamente manifestaciones de vacilación, incluso entre los integrantes de su propia vanguardia política, que desembocaron a menudo en conjuras abiertas contra los intereses de clase y originaron profundos rompimientos. Ya hace un siglo que Marx y Engels registraban este tipo de contradicción, cuando criticaron con justa cólera las entregas del ala derecha de la socialdemocracia alemana, descaradamente ostensibles después de la vigencia de la ley de excepción contra los socialistas, por la cual fueron prohibidas las organizaciones del partido y de los obreros, suspendidas sus publicaciones y hostigados sus jefes. Los capitulacionistas de aquella época esgrimían argumentos similares a nuestros reformistas de hoy. Justificaban las entendederas con la burguesía alegando que ante la intensificación de las normas opresivas correspondía aplicarse en el empeño de conseguir objetivos palpables y al alcance de la mano, y relegar los de mayor enjundia que, siendo inaccesibles en el futuro próximo, simplemente contribuyen a enajenar simpatías y cosechar malquerencias. En suma, inmolar la revolución por unas cuantas ganancias pasajeras y mezquinas.

Lenin también vapuleó sin conmiseración las diversas fracciones en que se congregaron los liquidadores del movimiento proletario de Rusia, bastante profusos y en plena efervescencia en los penosos años siguientes a 1905. Allí la historia no se repite pero se parece mucho. El oportunismo grita _¡sálvese quien pueda!_, y corre a acogerse bajo el alero de la prensa legal, en donde engrosa el coro de las plañideras liberales que claman por los retoques al Estado autocrático, la consabida utopía de acoplar las usurpaciones de los grandes señores con la reivindicación de la mayoría despojada. Únicamente al final de hercúleas y perseverantes contiendas, que privaron a las contracorrientes antiobreras de la autoridad ideológica y del piso político, los bolcheviques rescataron la unidad sobre unas bases sólidas y merecieron conducir el proceso.

Si recordamos estas enseñanzas es sencillamente para corroborar que no nos debieran sorprender las presentes dificultades del MOIR, puesto que transcurrimos por un lapso de regresión, con una avalancha represiva que además de restringir drásticamente la acción de los trabajadores de la ciudad y el campo, estimula toda suerte de componendas con los detentadores del Poder y que en nuestras filas ha repercutido hasta en la expulsión de un dirigente y en la fuga de otros dos.

No hemos ocultado que desde un tiempo para acá pasamos apuros a causa del apogeo de dos factores notoriamente relacionados entre sí; el despotismo y el oportunismo. Incluso creemos que nos aguardan peores percances todavía. Nos habremos de batir en los terrenos y con las armas con que arremetan nuestros adversarios. Ante la acentuación de la dictadura oligárquica pro imperialista nos ligaremos lo más estrechamente posible con las clases oprimidas y patrióticas para defender sus derechos democráticos en los diarios enfrentamientos con el régimen. Y ante el engaño de los reformistas desembozados y encubiertos persistiremos en educar a las masas en una democracia consecuente, la de los obreros y los campesinos, diametralmente distinta de la practicada por la coalición liberal-conservadora durante tanto tiempo y que por más que la poden, o la rieguen con discursos melifluos, no dejará jamás de ser la tiranía de un grupillo de intermediaros antinacionales. Al actuar así asumimos la posición del proletariado colombiano, en cuanto éste requiere de las libertades, aunque sean formales, para disponer su movimiento y combatir a sus expoliadores; pero no puede olvidar, ni por un instante, que ninguna conquista democrática bajo el sistema neocolonial y semifeudal hará cambiar la naturaleza del Estado como sojuzgación violenta sobre los trabajadores. En eso le va la salvación. Y ha de rechazar todo compromiso que implique el renunciamiento a cualquiera de estas dos premisas, sin flaquear por los riesgos ni preocuparse por sacrificar el hoy en bien del mañana. Si obra así el triunfo final será suyo y conseguirá instaurar su propia democracia, vale decir, el Poder de las fuerzas antiimperialistas, preludio del socialismo en Colombia. Además, no cuenta con otra alternativa, porque ceder significaría la aceptación voluntaria de la esclavitud. En los periodos de resaca tiene que resistir, agarrándose firmemente a los principios para evitar que lo arrastre el aluvión contrarrevolucionario. Por más que el trabajo se tome embarazoso y el avance mínimo, o nulo, habrá de atenderlo con paciencia y tesón, ya que en tales pruebas es cuando la clase sometida adquiere la experiencia indispensable, forja los cuadros y comandantes más expertos y leales y se prepara para la hora de saltar a la ofensiva, la cual, tarde o temprano, advendrá inexorablemente.

Conforme a esta táctica actúa el MOIR. Hemos deducido del análisis de las relaciones económicas de la sociedad colombiana y del carácter de su revolución que los obreros, para lograr las transformaciones esenciales demandadas por el país y la independencia nacional del yugo extranjero, se hallan impelidos a configurar un poderoso frente único, con el concurso, en primer término, de los campesinos y demás capas medias de la población, pero sin excluir al sector de la burguesía que mantiene contradicciones insoslayables con el imperialismo. Coronar esta meta presupone un grado considerable de desarrollo de las fuerzas propias y un desenvolvimiento favorable de la situación política. Por ausencia de tales requisitos los intentos de crear un frente han sido hasta ahora restringidos; con lo mucho que estimamos el ganar un aliado de masas y no obstante los aprietos vividos, nunca hemos hecho un acuerdo que nos coarte la agitación o la propaganda de los postulados revolucionarios.

Por encima del odio acumulado, los revisionistas y Firmes nos presionaron recientemente a pactar una plataforma de reformas y con ella a concurrir unidos a los sufragios del 9 de marzo. Rehusamos convencidos de lo provechoso de una confrontación en descampado con las contracorrientes revisionistas y reformistas que, al salir de cacería de votos, se pertrechan con las tesis de la reacción emulando impúdicamente con los peores manzanillos del bipartidismo tradicional. Que la militancia del MOIR tome nota de la abismal diferencia y la haga comprender de las masas de obreros y campesinos que influenciamos.

No se sabe cuál ha ido más lejos en su oportunismo, si el Partido Comunista o Firmes. Aquel pregona sus realizaciones, como la construcción de acueductos, alcantarillados y escuelas, la dotación de vivienda, la pavimentación de vías, etc., y valiéndose de estos vulgares halagos pide el respaldo de las gentes necesitadas. Desde luego sin mencionar una palabra respecto a que semejantes maravillas únicamente son viables para una ínfima minoría dentro del régimen vigente, porque eso sería espantar a la paloma sufragante. Firmes, por su lado, plantea que los recursos financieros del Estado están mal manejados, _con total ausencia de criterios de justicia social_, y solicita una oportunidad para coadministrarlos desde las corporaciones públicas. Y ambos hablan de una extraña revolución sin el previo desalojo de las clases dominantes ni la instauración en el mando de las mayorías expoliadas. Confunden democracia con liberalismo y estimulan la ilusión de que la libertad del pueblo coexistirá, con algunos ajustes, junto a la dictadura antinacional y antipopular. En lo que atañe a los asuntos internacionales coinciden bastante en prohijar el expansionismo soviético, contrariando los sagrados anhelos de independencia y soberanía de la nación colombiana que combate por desasirse de la coyunda estadinense, no para caer en las garras del social imperialismo, sino para labrarse un porvenir próspero y libre de cualquier índole de intromisión foránea. En lo que no pudieron avenirse fue en la elaboración de las listas. Al fin y al cabo sus apetitos curuleros van más en serio que sus devaneos doctrinarios.

Las elecciones, pues, nos proporcionan uno de los tantos campos de batalla contra la escalada revolucionaria. Llegamos a él sin haber traficado con los principios, conscientes de las múltiples dificultades de la coyuntura actual. Mantenemos en lo fundamental los aliados de 1978, pero continuamos creyendo que el crecimiento del frente, o su merma, depende de que consigamos vencer o no a las contracorrientes oportunistas en boga. En todo caso sabremos cómo obrar, ya sea ampliando la unidad o quedándonos solos al pie del cañón. En esta última disyuntiva repetiremos con Engels: “Hay circunstancias en las que se debe tener el valor de renunciar a los éxitos inmediatos en aras de cosas importantes” 1.


Nota :
(1) Carta de Federico Engels a Augusto Bebel. “Obras escogidas C. Marx F. Engels”
Editorial Progreso Moscú 1973. Pg. 456

LA GARRA DE MOSCÚ SE CIERNE SOBRE EL CARIBE

Desde hace dos décadas, el socialimperialismo soviético ha venido utilizando progresivamente a Cuba como punta de lanza para varias de sus empresas de expansión. No sólo ha trasladado miles de soldados cubanos a entrometerse en los asuntos de países africanos, sino que más recientemente se está valiendo de La Habana para conseguir influencia en una región neurálgica, el Caribe, situada en las barbas mismas del imperialismo norteamericano.

Los mercenarios de Moscú
Cuando en octubre de 1962, el bufonesco líder del Kremlin, Nikita Krushov, se vio forzado a retirar, cabizbajo, los mísiles que aventureramente había instalado en territorio cubano, la proporción de fuerzas nucleares favorecía a Washington 5 a 1. Para ese entonces, ya estaban establecidos en la isla caribeña varios millares de militares y asesores rusos. A partir de esa época, a tiempo que se dedicaba con frenesí a incrementar el poderío nuclear, la URSS comenzó a prestar particular atención a su aliado recién adquirido, especialmente en lo relativo a su equipamiento bélico.

Ocho años después de la “crisis de los mísiles”, a mediados de 1970, pocos días después de la visita del ministro de Defensa Soviético a Cuba, se inició la construcción de una base naval para submarinos en la bahía de Cienfuegos, al sur de la isla. El objetivo era levantar una estación para el aprovisionamiento de naves atómicas rusas en el corazón del Mar Caribe, a pocos centenares de kilómetros de Estados Unidos y del Canal de Panamá. Una vez más, la reacción de la Casa Blanca obligó a los rusos a abandonar su proyecto. La “crisis de Cienfuegos” había sido superada.

Sin embargo, pocos años más tarde, a partir de 1975, Cuba volvería a ser el centro de la atención mundial por el envío de tropas a intervenir en Angola. La URSS, empleando a sus mercenarios, dividió el movimiento de liberación angoleño y asumió el control total de la nación africana. Asimismo, desde 1977, las fuerzas expedicionarias cubanas, armadas y comandadas por los revisionistas rusos, apoyaron al régimen militar de Etiopía en su conflicto del Ogadén con Somalia, y en la represión sanguinaria de la guerra liberadora del pueblo de Eritrea. El año pasado, consejeros militares cubanos y soviéticos participaron en la agresión lanzada por el gobierno pro-moscovita de Yemen del Sur contra Yemen del Norte. En total, Cuba mantiene sólo en África alrededor de 50.000 hombres en más de una docena de países, realizando las labores sucias para sus amos de Kremlin.

En 1978 surgió otra amenaza: la presencia en Cuba de 20 aviones rusos Mig-23, aparatos con una gran autonomía de vuelo (1.900 kilómetros) y capaces de portar armas nucleares. Esto violaba los acuerdos alcanzados entre Kennedy y Jrushov en 1962, en el sentido que la URSS no desplegaría armas ofensivas en Cuba. Sin embargo, las autoridades soviéticas afirmaron que dichos cazas tenían objetivos “puramente defensivos”. La administración Carter aceptó tranquilamente semejante explicación. Para la época de la “crisis de los Mig”, Rusia había alcanzado a los Estados Unidos en la carrera de armamentos nucleares.

Por último, en agosto de 1979, se produjo la “crisis de la brigada soviética”. La inteligencia yanqui descubrió la presencia en Cuba de 3.000 soldados rusos, toda una brigada de combate equipada con tanques, artillería, unidades motorizadas y servicios de apoyo. El gobierno estadinense protestó con energía, señalando que el estacionamiento de tropas regulares soviéticas en el Caribe era “inaceptable”. Moscú, no obstante, respondió con arrogancia que dichos efectivos estaban allí sólo para entrenar a los cubanos y que, por lo demás, era “ un derecho inalienable” de la URSS ubicar soldados en la Isla. Según parece, la brigada tiene dos propósitos; sustituir parcialmente a los mercenarios cubanos que se hallan en África y proteger una estación monitora de gran poder, encargada de interceptar comunicaciones de radio y micro-ondas de los Estados Unidos. Este escándalo surgió justo antes de la VI Cumbre de Países No Alineados, celebrada en La Habana, donde Fidel Castro tuvo el descaro de presentarse como adalid de la neutralidad y la equidistancia frente a las grandes potencias.

La Casa Blanco, en vista de tamaña provocación por parte de su rival, anunció una serie de contramedidas; el desembarco (más bien simbólico) de 2.000 infantes de marina en la base de Guantánamo, operación realizada a mediados de octubre último; la creación de un contingente especial para vigilar y contrarrestar las actividades soviético-cubanas en el área del Caribe; el desarrollo de maniobras militares, y el incremento de la asistencia económica a los regímenes amigos de la región.

Un país militarizado, una economía en crisis
Cuba, nación de diez millones de habitantes, posee uno de los ejércitos más grandes de toda América Latina, siendo superado sólo por el de Brasil, que cuenta con más de 100 millones de habitantes; México con una población siete veces mayor que la cubana, cuenta apenas con un ejército de la mitad del cubano. En la actualidad, Castro comanda una fuerza de 190.000 hombres, más 90.000 reservistas, 10.000 efectivos de la seguridad interna y 100.000 milicianos. El 25% del ejército se encuentra a miles de kilómetros, en África, combatiendo para los intereses imperiales de la URSS.

Este enorme contingente, reserva de mercenarios para Moscú, está reforzado con equipo ruso de primera calidad: 119 buques de guerra, 1.000 tanques y 600 aviones de combate. Además, hay cerca de 150.000 asesores expertos civiles y militares soviéticos; pilotos rusos realizan vuelos de la fuerza aérea cubana, y los aparatos de la URSS pueden utilizar libremente varias bases. Cuba se ha convertido en un gigantesco campamento militar, siempre a disposición del oso moscovita.

Esta situación le está costando caro al pueblo cubano. Según declaraciones de Raúl Castro, su país recibe nueve millones de dólares diarios de la Unión Soviética en “ayuda” económica y, sobre todo, militar, cifra más alta que la que recibe cualquier satélite de los social imperialistas. En consecuencia, la deuda externa para con los rusos es astronómica, más de 10.000 millones de dólares, al 3% anual. Esto sin contar 1.500 millones en acreencias con bancos internacionales de Occidente.

Después de 21 años de régimen castrista, Cuba exhibe rasgos propios de una economía neocolonial: a) sigue predominando el monocultivo cañero (el 86.5% de las divisas provienen del azúcar, mientras en 1959 dicho porcentaje era del 74%); b) tres cuartas partes del azúcar las compran la URSS y sus vasallos del CAME, bloque al cual ingresó La Habana en 1972; c) importa de Rusia todo el combustible, los cereales, el algodón, la maquinaria y otros productos claves: d) parte de las exportaciones de azúcar, níquel tabaco y frutas sirve para amortizar la deuda con el Kremlin; e) los planes económicos tienen que coordinarse con los de la URSS; f) los rusos han financiado el 30% de los proyectos eléctricos y el 95% de los metalúrgicos; g) técnicos revisionistas ocupan cargos en todas las secciones de la industria y la agricultura y en varios ministerios.

En mayo de 1977, refiriéndose a las relaciones ente la Unión Soviética y Cuba, Fidel Castro aceptó la situación de dependencia de esta última, diciendo: “La experiencia histórica demuestra, exactamente como lo hace la nuestra propia, que una vez establecidos los lazos económicos entre dos países, cualquier gobierno responsable, cualquier gobierno verdaderamente preocupado por su pueblo, debe meditar sobre estos intereses y vínculos. Los lazos económicos, en uno u otro sentido, realmente ejercen cierta influencia sobre la actitud del gobierno”.

Raúl Castro reconoció que la nación estaría en la bancarrota total si no fuera porque es subsidiada por Moscú. Y, finalmente, en enero de este año, luego de intensas purgas en el aparato estatal, el mismo Fidel Castro afirmó que “navegamos en un mar de dificultades”, que se decretará un “corte drástico” en varios sectores económicos, que habrá que llegar a una “reducción de las fuerzas de trabajo”, que se enviarán obreros cubanos a cortar madera a Siberia, etc, etc.

A este desastroso panorama contribuye, en buena parte, el sostenimiento de la enorme fuerza expedicionaria en África, cuyos gastos se convierten en una verdadera sangría para la frágil y dependiente economía cubana.

Rivalidad en el Caribe
Esta importante región, tradicionalmente considerada como coto de caza de los imperialistas yanquis, el “lago norteamericano”, ya es escenario de la disputa entre las dos superpotencias. Parapetados detrás de Cuba, los nuevos zares rusos están empeñados en conquistar posiciones, ganar influencia y, especialmente, poner pie en los convulsionados países norteamericanos.

La cuenca del Caribe incluye 11 países y territorios continentales (desde México hasta Surinam, pasando por Colombia y Venezuela) y más de 30 islas, con una población total de unos 160 millones de habitantes. Por allí cruza el 40% de las importaciones petroleras de los Estados Unidos; es paso obligado hacia el Canal de Panamá; posee inmensos recursos de petróleo, gas natural, níquel, hierro, cobre, bauxita, manganeso y muchos otros; los grandes monopolios norteamericanos operan numerosas refinerías y pozos petroleros en varios lugares de la zona. Estas son apenas algunas de las características que hacen del Caribe una presa muy apetecida para los soviéticos y muy cara para los yanquis. Es por ello que los Estados Unidos tienen alrededor de 30 bases e instalaciones militares diseminadas a lo largo y ancho de este sector del mundo. Sin embargo, no hay que olvidar que Rusia tiene la más grande base de la región: la isla de Cuba.

Desde hace tres años, aproximadamente, el régimen cubano, con el pretexto de apoyar los movimientos de liberación nacional y las luchas contra las dictaduras, y aprovechando el desprestigio de los imperialistas del Norte, ha venido infiltrándose abierta y soterradamente en varios países insulares y continentales. Naciones como Jamaica, Guyana, Santa Lucía, Granada y Nicaragua han estrechado notablemente sus lazos políticos y económicos con La Habana, lo cual se ha puesto de relieve en los casos de ciertas votaciones en la ONU y otros organismos. En todos estos países hay numerosos asesores y técnicos cubanos de todo tipo. Se rumora insistentemente que los espoliques de Moscú intrigan en El Salvador, Guatemala y Honduras, donde se desarrollan intensos conflictos sociales.

Washington no parece estar muy dispuesto a perder más de lo que ya ha perdido en el Caribe y ha anunciado un fuerte respaldo económico y militar a los aliados que se hallan amenazados por la expansión ruso-cubana.

La URSS, que necesita con urgencia recursos naturales y esferas de dominación, no se detiene ante nada y extiende su garra a todos los confines del mundo, disputándole al Tío Sam sus posesiones. Para ello se vale de todos los medios, incluyendo el fomento de contradicciones entre los diversos Estados del área. Los pueblos caribeños, a la vez que luchan por sacudirse el yugo estadinense, deben aumentar su vigilancia contra los designios depredadores y hegemonistas del socialimperialismo soviético.

¡LIBRE CONSUELO!

El sábado 23 de febrero a las 12 del día, Consuelo de Montejo salió por fin de la cárcel El Buen Pastor, donde estuvo recluida durante 108 días, pagando una pena de arresto, originalmente de un año, que los altos mandos le impusieron en represalia por el valor y la altivez de la aguerrida directora de El Bogotano, en sus denuncias de la represión, las torturas y las infamias que el régimen oligárquico comete contra los oprimidos de Colombia.

Desde cuando Consuelo fue detenida, la demanda popular por su libertad recorrió el país de un extremo a otro. Como candidata al Concejo de Bogotá se convirtió en un símbolo de combate. También fue aclamada para las asambleas departamentales de Atlántico, Meta, Norte de Santander y Santander, así como para los concejos de Chiquinquirá (Boyacá) y Manizales. El repudio nacional a su arbitraria detención logró que, finalmente, se le redujera la pena y se ordenara su libertad inmediata e incondicional.

Pocas horas después de haberse reunido de nuevo con los suyos. Consuelo presidió nutridas concentraciones en los barrios capitalinos de Tunjuelito y las Cruces donde millares de entusiastas activistas del FUP la vitorearon y le brindaron una calurosa bienvenida. “Ahora estoy otra vez en la batalla”, declaró la dirigente del MIL, y agregó: “No he tenido ningún escarmiento. Hoy más que nunca mi posición es todavía más firme”.

DENODADA RESISTENCIA A LA FUMIGACIÓN TERRATENIENTE

Desde hace más de un año y medio, los integrantes de las Ligas Campesinas de Risaralda y Caldas han venido librando una lucha cotidiana contra los grandes señores de la tierra en ambos departamentos. La organización gremial de los labriegos, independiente de cualquier tutelaje por parte del gobierno, agrupa a varios comités veredales en los corregimientos de Arauca, La Miranda, La María, El 41, Irra, Cuba, Camacho, Varsovia, Agua Salada, Opirama y Cañaveral. Sus miembros han contado con el respaldo incondicional de numerosos sindicatos de la clase obrera en Pereira y Manizales, y hasta la fecha han realizado dos encuentros de delegados, el último de ellos en la bodega de una estación de ferrocarril, con el propósito de coordinar el combate contra la fumigación indiscriminada que llevan a cabo los terratenientes en la zona. El problema consiste en que éstos utilizan a su arbitrio pesticidas, herbicidas y matamalezas que acaban con la fauna, la flora, con los recursos naturales y muchas veces hasta con la vida de los campesinos obreros.

Otro crimen contra el pueblo
Miles de pequeños y medianos propietarios y aparceros que moran en las riberas del río Cauca, desde la Virginia, en Risaralda, hasta La Pintada en los límites de Antioquia y Caldas, trabajan sus cultivos de café o caña de azúcar, de maíz o de árboles frutales en parcelas por lo general muy fértiles, que en algunos casos han sido arrebatadas a los playones del río mediante el esfuerzo tesonero de varias generaciones.

Colindando con estas tierras están las grandes fincas de los latifundistas, en las estribaciones de la cordillera, dedicadas a la ganadería extensiva en interminables potreros sembrados de pará, janeiro, puntero y otros pastos que los hacendados fumigan con matamalezas de fabricación norteamericana, como el anikil 45, el eterno y el ceretox, productos químicos que por su altísimo grado de concentración de ácidos tóxicos fueron prohibidos en los Estados Unidos desde principios de 1979.

En Colombia, sin embargo, donde los monopolios extranjeros son los que dictan la política estatal en este y otros campos, el señor Turbay Ayala y su ministro de Agricultura les han extendido carta blanca a los terratenientes para que apliquen estos pesticidas como les venga en gana, causando estragos entre la población campesina. El anikil 45 que se emplea en el cañón del río Cauca, por ejemplo, es una mezcla venenosa especialmente elaborada para combatir malezas de hoja ancha y por lo tanto no destruye los pastos de los potentados.

Por el contrario, son los cultivos del pequeño y mediano propietario y aparcero de los alrededores los que tienen que sufrir las consecuencias de los ácidos. Los herbicidas se esparcen por el viento y arrasan las cosechas, deforman y degeneran las plantas, momifican los frutos antes de que lleguen a su estado de madurez, contaminan el agua de las quebradas y atentan contra la salud de los labriegos. Entre los jornaleros que trabajan en los grandes hatos hay compañeros con llagas, cólicos, mareos continuos y fuertes dolores de cabeza ocasionados por inhalaciones del producto. La fumigación también afecta gravemente a las mujeres embarazadas. En el corregimiento de Irra han nacido varios niños muertos, y en muchas veredas se comprobaron decenas de casos de malformaciones congénitas, como el labio leporino, en los hijos recen traídos al mundo por madres que recibieron aspersiones directas de anikil.

Los encubridores del delito
Tres ingenieros agrónomos de la Universidad de Palmira que fueron invitados a la región por las Ligas Campesinas de Irra y otros corregimientos, adelantaron sobre el terreno estudios científicos que corroboran ampliamente las denuncias de los agricultores. Las conclusiones del informe, acompañadas con muestras de material vegetal contaminado, se enviaron al ICA y a los Ministerios de Salud y Agricultura sin que ninguno de estos organismos tomara las medidas pertinentes. Algunas semanas más tarde los dueños de los latifundios crearon un flamante Comité Pro-defensa de los Ganaderos del Viejo Caldas, que comenzó a publicar costosos artículos de prensa acusando a los agrónomos de ser “agentes subversivos” y “mitómanos comunistoides” que deberían estar en la cárcel.

Pero los funcionarios oficiales conocen de sobra la gravedad del problema y están enterados de que los pesticidas que utilizan los terratenientes en la zona contienen ácidos mortíferos; saben que monopolios norteamericanos con la Dow Chemical, una de las principales empresas petroquímicas de los Estados Unidos, han sido condenadas penalmente en varias naciones del Tercer Mundo por vender matamalezas venenosos a sabiendas de que destruyen la vida humana. Lo que sucede en Risaralda y Caldas, al igual que en muchos otros departamentos del país, es que los propietarios de las haciendas ganaderas se confabulan con el gobierno y las compañías imperialistas para obligar a los campesinos a emigrar a otras regiones o a ceder sus parcelas a precios irrisorios. Como señala el informe de la Universidad de Palmira, “de lo que se trata es de una forma soterrada de expulsar a los labriegos de la tierra que trabajan”.

“Si quieren pelea, aquí la encuentran”
Ante la lucha desplegada desde 1978 por las Ligas Campesinas de Risaralda y Caldas, y una vez que las autoridades norteamericanas habían vetado el uso de estos pesticidas en el interior de las fronteras yanquis, el Ministerio de Agricultura colombiano tuvo que expedir un decreto que prohibía la utilización de anikil 45 y demás substancias similares en el país. No obstante, los terratenientes continuaron fumigando con los mismos productos letales en el cañón del río Cauca, y para ello se valieron de su numeroso séquito de capataces, inspectores de policía, alcaldes, gobernadores y demás sicarios a su servicio.

En agosto y septiembre de 1979 fueron militarizadas las veredas de Cuba y La María, en los municipios de Neira y Anserma, respectivamente. Con el mayor cinismo, los soldados se alojaban y se alimentaban en los predios de los latifundistas. Las viviendas de los agricultores humildes eran allanadas casi todos los días, con cualquier pretexto, y a sus dirigentes se les acusaba de tráfico ilegal de armas, de pertenecer a supuestos grupos guerrilleros o de estar cultivando marihuana. Mario Giraldo, presidente de la Liga de Campesinos Pobres de La María y uno de los líderes agrarios más influyentes del departamento de Caldas, estuvo detenido durante tres días en las barracas de una finca ganadera. Daniel y Otoniel Rueda, Josefina Cardona y muchos otros compañeros conocieron las mazmorras del Batallón Ayacucho en Manizales y de la VIII Brigada en Armenia.

Pero la represión desembozada del gobierno no ha sido capaz de amedrentar a los labriegos. Al principio, estos recorrían los hatos de los hacendados impulsando la constitución de comités de lucha entre los aparceros y trabajadores agrícolas. Posteriormente promovieron combativas movilizaciones de protesta en diferentes municipios y se ganaron el apoyo de vastos sectores populares. Hoy en día han logrado construir organizaciones de los oprimidos del campo en muchas veredas y corregimientos, y están decidios a defender sus siembras y a no dejarse expulsar de sus parcelas por ningún motivo.

En el Segundo Encuentro de Ligas Campesinas de Risaralda y Caldas, realizado el 4 de marzo de 1979 en el corregimiento de Arauca, Mario Giraldo denunció a los regímenes de la oligarquía liberal-conservadora como responsables directos del envenenamiento que sufren los agricultores en la zona, y señaló que el ICA y los Ministerios de Salud y Agricultura son entidades arrodilladas frente a los monopolios norteamericanos y sus intermediarios criollos. El compañero concluyó su intervención con las siguientes palabras: “El problema de la fumigación destructora de nuestros cultivos es apenas una de las formas de opresión con que pretenden subyugarnos los latifundistas. A nosotros no nos queda otro camino que el de organizarnos y combatir en defensa de nuestra libertad, de nuestra tierra y de nuestros derechos. Sabemos que la brega será prolongada y difícil, pero estamos seguros de que el triunfo corresponderá tarde o temprano a los campesinos desheredados de Colombia. De modo que si los terratenientes quieren pelea, aquí la encuentran”.

ANAPO DE CÚCUTA EXPULSA A PERNÍA

La Asamblea de Dirigentes de la Alianza Nacional Popular, Presidentes de Comandos en reunión extraordinaria efectuada el día 25 de enero de 1980 en uso de las atribuciones que le confiere su Plataforma Ideológica aprobada en Villa de Leyva el 13 de junio de 1971.

TENIENDO EN CUENTA QUE el doctor JULIO CÉSAR PERNÍA, furtivamente y a espaldas de la militancia, desconociendo la libre determinación que deben regir los destinos de un Partido Revolucionario, pactó en una minúscula reunión una alianza con el Partido Comunista, cuyo único propósito es tratar de defender con su nombre el menguado prestigio del Partido Comunista, y su secretario regional MIGUEL ANGEL RUEDA, quien sería en el remoto caso de una elección, quien asistiría al Concejo de Cúcuta, puesto que el doctor Julio César Pernía se halla radicado en definitiva en la ciudad de Bogotá, perdiendo así nuestro Partido su representación, que en un lapso de 16 años se ha mantenido en el Cabildo Municipal.

RESUELVE:
Artículo 1°. Destitúyase al doctor JULIO CÉSAR PARNÍA de la presidencia del Comando Departamental y alértese a la militancia en la no-injerencia a partir de la fecha del doctor Pernía en los asuntos internos y dirección de nuestro partido.

Artículo 2°. Apruébase el lanzamiento de listas propias al Debate Electoral del 9 de marzo de 1980.

Jesús Manuel Carvajal Hernández.
Presidente