FRENTE ÚNICO ANTIIMPERIALISTA

“El MOIR le atribuye al objetivo de la construcción de un frente único revolucionario en Colombia la primerísima importancia, como estrategia fundamental de la lucha de la clase obrera y de su partido, en la hora presente. El proletariado no podrá liberar el país, ni desarrollar la producción, ni desbrozar el camino hacia el socialismo, si no alcanza la unidad nacional de todas las clases y fuerzas antiimperialistas”.

“El frente único antiimperialista será la forma concreta y orgánica que adoptará la dirección compartida de todas las clases y partidos revolucionarios en Colombia. A través de esa dirección compartida es como el partido obrero ejercerá idealmente su labor dirigente de la revolución. Pero para que todas las clases y partidos revolucionarios acepten voluntariamente una dirección compartida y única es condición indispensable garantizar en dicha dirección la participación democrática de todas las fuerzas antiimperialistas. Siendo el frente único la forma ideal de dirección revolucionaria en las actuales circunstancias del desarrollo histórico de nuestro país, el proletariado y su partido defienden como ninguno el estricto cumplimiento de los principios democráticos que lo rigen. La cooperación y unificación del pueblo colombiano en un poderoso frente de combate que derrote al imperialismo y construya una república nueva, sólo podrá erigirse con base en el respeto a la democracia”.

(“Carta abierta del MOIR al Partido Comunista de Colombia”, Tribuna Roja, No. 16, septiembre de 1975).

“Tras el transcurso de estos años se va haciendo evidente, en la teoría y en la práctica de la revolución colombiana, la aceptación de la política de frente único. A ello coadyuva en no poca monta la permanente defensa y correcta utilización que nuestro Partido efectúa del programa de nueva democracia el programa por excelencia de la alianza de todas las clases y fuerzas revolucionarias. En las condiciones más adversas de debilidad cercado por enemigos cinco, diez y cien veces más fuertes que nosotros, sin ocultarle a nadie nuestras verdaderas intenciones desplegando una lucha ideológica implacable contra las tendencias oportunistas de moda, apoyándonos exclusivamente en nuestros esfuerzos y en los esfuerzos de las masas, derrotando internamente el dogmatismo y el sectarismo y practicando una táctica flexible, el MOIR ha sido leal a esa política”.

(“Estrategia y táctica del MOIR”, MOIR: Unidad y combate, Bogotá, 1975)

“La central obrera independiente y el frente electoral de izquierda son dos tareas cuya realización exige que el MOIR trabaje en ellas conjuntamente con el Partido Comunista y otras organizaciones partidistas.
Para ello tendremos que hacer, y hemos hecho, modificaciones adecuadas a nuestra política. Es obvio que con la actitud anterior de frontal enfrentamiento con el Partido Comunista no podríamos adelantar con éste ningún tipo de acuerdos.

“La política de Unidad y Combate busca el cumplimiento de las tareas mencionadas y se halla enmarcada en la estrategia de la revolución nacional y democrática. Esta política principia por reconocer la lucha que contra el imperialismo yanqui y sus lacayos adelantan las grandes mayorías nacionales. La creación de una Colombia independiente y próspera será producto de la victoria del frente único antiimperialista que integrarán los obreros, los campesinos, la pequeña burguesía urbana y el resto de los sectores patrióticos. En la actualidad no hay condiciones para conformar un frente de esas dimensiones. A la revolución colombiana aún le falta recorrer mucho trecho para lograrlo. Sin embargo, unificar fuerzas susceptibles de aliarse en la actualidad contra el imperialismo yanqui y las oligarquías coligadas, es una política que interpreta el espíritu de frente único aunque se circunscriba a tareas particulares de la revolución.
“La política de Unidad y Combate le permitirá al MOIR ampliar el círculo reducido de su actividad. Liberaremos esfuerzos ocupados hasta ahora en atender una serie de flancos para trasladarlos al frente común de combate contra los enemigos principales. Pactaremos la paz con quienes en la actualidad puedan en una u otra forma contribuir a la lucha contra la reacción imperialista y oligárquica y no saboteen las tareas de la central obrera independiente y del frente electoral de izquierda”.

(“Algo más sobre la política de unidad y combate”, en MOIR: Unidad y combate, op. cit.)

“Y en cuanto a la necesidad de persevar en la unidad alcanzada y profundizarla a otras tareas de la revolución, manifestamos: “El MOIR, como lo ha venido haciendo, seguirá luchando por afianzar la unión. Creemos que las fuerzas de la izquierda colombiana deben ampliar su alianza y prolongarla para las otras tareas de la revolución y no solamente para las labores electorales.” En esta directiva se halla el meollo del futuro de la Unión Nacional de Oposición, en especial si pretendemos convertirla en una “semilla” del frente único antiimperialista. De los éxitos que logremos en aplicar esta línea depende el que podamos o no sacar a flote la UNO, restablecer la unidad y la confianza y recuperar el tiempo perdido (…) El quid de la cuestión radica en que la UNO como frente ejerza una “dirección compartida” sobre aquellos asuntos vitales de la lucha revolucionaria del pueblo colombiano, que amplíe su función coordinadora y cohesionadora a todos los puntos en los cuales tales coordinación y cohesión se hacen imperiosas para poder trabajar conjuntamente. La “política suelta” es incompatible con la esencia misma del frente único antiimperialista”.
(“Carta abierta”, ibid.)

“Nuestra revolución (…) no se propondrá inicialmente suprimir la economía privada de los campesinos ni la producción capitalista provechosa para el desarrollo del país. Se estatizarán los grandes monopolios que explotan y oprimen a las masas populares, los cuales serán arrebatados a los capitalistas internacionales y a la burguesía colombiana vendepatria. Igualmente se confiscarán las propiedades de los grandes terratenientes y se repartirán entre los campesinos que posean poca tierra o que no tengan tierra en absoluto para trabajar. No obstante, la revolución estará dirigida por el proletariado, la clase más revolucionaria, consciente y avanzada. Aunque las capas medias y bajas de la burguesía colombiana pueden, según las circunstancias, apoyar la lucha revolucionaria de las grandes mayorías nacionales, no lograrán nunca desempeñar un papel de dirección debido a su enorme debilidad y sus vacilaciones. Y por último, la nueva dictadura que sustituirá a la dictadura omnímoda de la alianza burgués- terrateniente, no será exclusivamente del proletariado, sino de las clases revolucionarias coligadas en el frente único de toda la nación. Esta dictadura popular constituirá la forma de gobierno más democrática que jamás haya prevalecido en Colombia y estará bajo la dirección de la clase obrera”.

(Carta abierta, Ibíd.)

“En esta dramática contienda la burguesía personificará siempre al elemento vacilante; pero el proletariado, por esencia, no. A él le corresponde entonces la orientación y animación del movimiento” (…) Si los colombianos anhelan preservar lo suyo, sus carreteras, puertos, plantaciones, hatos, pozos petroleros, minas, factorías, medios de comunicación y de transporte, firmas constructoras y de ingeniería, todo cuanto han cimentado generación tras generación; y si, en procura de un brillante porvenir, simultáneamente aspiran a ejercer el control soberano sobre su economía, han de darle mayores proyecciones a la resistencia iniciada contra las nuevas modalidades del vandalismo de la metrópoli americana, empezando por cohesionar a la ciudadanía entera, o al menos a sus contingentes mayoritarios y decisorios que protestan con denuedo pero en forma todavía dispersa. Entrelazar las querellas de los gremios productivos, de los sindicatos obreros, de las masas campesinas, de las comunidades indígenas, de las agrupaciones de intelectuales, estudiantes y artistas, sin excluir al clero consecuente ni a los estamentos patrióticos de las Fuerzas Armadas, de manera que, gracias a la unión, los pleitos desarticulados converjan en un gran pleito nacional”.

(“¡Por la soberanía económica, resistencia civil!”, comunicado del MOIR del 1° de mayo de 1992.)

“¿Y contra estos avances qué conspira? Las tesis viejas de quienes contraponen la unidad de acción al frente y niegan tanto el carácter democrático del actual programa de la revolución colombiana como la democracia en las normas organizativas del mismo. Tales contracorrientes se hallan igualmente de capa caída. Sin embargo, tendremos que ocuparnos de ellas persuadiendo a las masas populares de que no podemos limitarnos a las acciones unitarias que esporádicamente efectuamos. (…) No les temamos a las complicaciones ni a las dificultades. Los manantiales puros son pequeños, pero no crece el río con aguas cristalinas. Remanguémonos, vinculémonos a las masas y construyamos el frente con todas las fuerzas susceptibles de aliarse con nosotros”.

El movimiento unitario se abre paso inconteniblemente” Tribuna Roja. N° 26, marzo de 1977)

SU IMPRONTA INDELEBLE TRASCENDERÁ LAS FRONTERAS PATRIAS

Moción de duelo del senador Jorge Santos por el fallecimiento del jefe del MOIR, Francisco Mosquera, ante la sesión plenaria del Senado el 7 de agosto de 1994.

El pasado 1° de agosto del presente año falleció en Bogotá Francisco Mosquera Sánchez, fundador y jefe máximo del MOIR. Los partidos políticos de izquierda, el movimiento obrero, organizaciones de masas, personalidades políticas, intelectuales y gentes de todo el pueblo colombiano hicieron llegar al Comité Ejecutivo Central del MOIR sus mensajes de condolencia y sus expresiones de dolor y solidaridad por el infausto suceso. Mosquera fue devuelto a la tierra envuelto en la bandera roja del partido de los trabajadores, mientras sonaban los acordes de la Internacional y en medio de la congoja de miles de seguidores y amigos congregados en el Cementerio Central para despedirlo. Su vida, breve pero fulgurante, ha concluido, pero su ejemplo vivo y su pensamiento revolucionario quedan entre nosotros.
Cuando Colombia y el mundo entero se inundaban con la ola regresiva que festejaba la pretendida caída del socialismo, el retorno del capitalismo salvaje, del imperialismo desembozado, la xenofobia y el racismo, él continuó a la cabeza de la corriente revolucionaria colombiana, enseñando a los trabajadores y al pueblo que sus reivindicaciones y afanes no tendrán solución sino en la sociedad socialista y el comunismo, y que los padecimientos de la humanidad como especie tampoco tendrán fin hasta tanto el régimen social de los obreros reine sobre la faz entera del planeta. Aunque sólo fuera por esta hazaña, cuya plena valoración confirmará el futuro, Mosquera deja una impronta indeleble en la historia del país. Sin duda, trascenderá las estrechas fronteras nacionales, dará la vuelta al mundo, y su recuerdo será inmortal. Como pensador y hombre de acción, avizoró la meta final sin torcer su rumbo de ella, pero se ocupó sin parar de los problemas del día. Fundó y construyó un partido obrero, distinto a todo lo conocido en Colombia, marxista-leninista, advertido de que los trabajadores deben prepararse para tomar el cielo por asalto siempre que las condiciones les sean propicias, pero en ausencia de éstas supo conducirlo sin incurrir en las aventuras extremoizquierdistas y sus lamentables secuelas que tantas tragedias han desencadenado sobre Colombia. Insistió siempre en que para salir del atraso la nación debe liberarse antes del dominio de Estados Unidos; llamó a 1as masas empobrecidas y a la clase obrera la resistencia civil contra la recolonizacición gringa pero enfatizó en que esta batalla ha de librarse impulsando un gran frene con las capas progresistas de la burguesía los industriales, los empresarios agrícola y el resto de los productores nacionales.

Esta consigna de lucha de Mosquera sigue al orden del día. Bajo su inspiración los sectores más avanzados de los asalariados libraron las más resonante contiendas populares en el cuatrienio gavirista. De ello dieron fe las huelgas y grandes movilizaciones de los sindicatos de Telecom, Caja Agraria, Fecode, Sena, la gloriosa Unión Sindical Obrera y hasta las organizaciones de masas de los caficultores.

Con su muerte los proletarios de nuestro país han perdido a su más esclarecido jefe y Colombia a uno de sus grandes hombres. Como senador del Partido que Mosquera dirigió en vida y que orienta su pensamiento ahora, pido que esta nota de duelo se inserte en el acta de la presente sesión del Senado de República. Muchas gracias.

VAN TRAS EL MERCADO, LOS RECURSOS BÁSICOS Y LA MANO DE OBRA BARATA

“¿Y qué pretenden los monopolios norteamericanos con la promoción de todo este desbarajuste? Evidentemente sentarlos reales en Latinoamérica, su retaguardia, en cuyos límites y opulentos espacios piensan definir la supremacía del mundo, una guerra más endiablada que las de sangre y fuego. Van tras el mercado, tras los recursos básicos, pero fundamentalmente van tras la mano de obra barata, el arma secreta que decidirá esta guerra. Eso enseñan los famosos ‘dragones asiáticos’, y de modo especial el modelo de Corea del Sur (…)

“En nuestro caso, además… el experimento implica la ruina de la producción nacional, pues hay una industria por quebrar, como en México, que ha visto desaparecer sus textileras, a tiempo que se instalaban en las poblaciones fronterizas con Estados Unidos las tristemente célebres maquilas, que no son más que talleres de subcontratación donde se ensamblan o terminan los productos de ese importante renglón industrial. Y ese “milagro” mexicano, coreano, o taiwanés, lo generalizan los monopolios sobre la faz del continente, derribando fronteras, transgrediendo leyes y pisoteando los derechos de los demás. Si el Pacto Andino era, cual lo advertimos en su momento, una singularísima reglamentación de la inversión extranjera, de modo que una fábrica instalada en Quito pudiese vender sin mayores trabas sus productos en La Paz, la ‘apertura’ es la ausencia de toda reglamentación tras el mismo objetivo”.

(“El apoyo del MOIR a Durán Dussán”, El Tiempo, marzo 4 de 1990).

“De lo examinado se desprende que la apertura económica no significa un compendio de formulaciones a las cuales pueda acogerse o no una determinada república, en un momento dado de su desarrollo; ni configura, sin más, una concepción académica cuya validez esté por demostrarse. Lejos de eso, consiste en una política global del imperialismo, especialmente de los Estados Unidos, que abarca problemas y envuelve intereses demasiado claves.

“Algunos economistas, de buena o mala fe, y hasta ciertos industriales despistados, creen que la nación haría bien en aceptarla, tomando desde luego las correspondientes precauciones en cuanto atañe al fortalecimiento de su capacidad productiva. No pocos llegan a proponer los correctivos necesarios, o a describir con rigurosidad las fallas de la administración pública que de inmediato debieran superarse, pero sin parar mientes en que los imperiosos recursos financieros prosiguen en manos de quienes apuestan a nuestra bancarrota, o en que transcurren tiempos difíciles, caracterizados por el agudo estancamiento, las alzas inflacionarias, los crecidos déficit. Nosotros nada compartimos de ella, salvo su denominación de apertura, para identificarla de algún modo, aunque comprendemos que tras el eufemismo lo que se esconde es la más grande ofensiva de colonización económica sobre Colombia, pues tiene que ver con la suerte de la industria y el agro, la penetración indiscriminada de las trasnacionales, la absoluta libertad comercial y cambiaria, el embotellamiento o confinación del país a la ‘microempresa’, el envilecimiento de la clase trabajadora, la entrega de la banca al agio y a la especulación internacionales, la enajenación del sector estatal de la economía, las larguezas de la reforma financiera, la carestía automática e incontrolada y la enmienda regresiva y despótica del régimen jurídico.

“Los capitales imperialistas, a los que atribuimos no sin razón las más maravillosas realizaciones en los anales de la industria moderna, no logran suprimir el desequilibrio secular entre los centros ricos y la periferia pobre. Al contrario, erigen su esplendor sobre el ahondamiento de aquellas desigualdades, tanto dentro de las repúblicas que le acogen como a escala internacional. Quienes creen que la ley de la rentabilidad decide desde el nacimiento y muerte de las fábricas hasta el auge y caída de las grandes potencia abrazan el más grosero economismo.

“Si hay alguna actividad en la que se den cita tarde que temprano las influencias del resto de las funciones sociales, sin excluir la enseñanza, el arte de gobernar, el ordenamiento del pueblo, o la guerra, esa es la producción, que proporciona los bienes materiales y sostiene al hombre. De la incidencia de tales elementos y de sus relaciones que con el avance se tornan más y más complejas, depende la evolución de sociedad. De ahí que al Estado moderno corresponda un creciente papel en la producción económica, que con toda certeza no habrá de desaparecer por la apertura. Las mismas trasnacionales necesitan de la capacidad económica de los gobiernos, sin la cual no habría quien atienda los frentes no rentables, que en materia de servicios o infraestructura, por ejemplo, son imprescindibles en el desarrollo productivo. La solvencia oficial se requiere igualmente, y en alto grado, como garantía de cumplimiento de los compromisos bilaterales o multilaterales acordados entre las naciones por diversas causas; y para que la administración pública vele por los pobres, quienes van pasando poco a poco de la `formalidad’ a la `informalidad’, y habida cuenta que las revoluciones también repercuten en la economía.

“Lo curioso de este complicado asunto radica en que a pesar de todo la tasa de ganancia de las trasnacionales seguirá descendiendo y los problemas propiamente obreros se propagarán sobre la superficie del orbe. Los costos de producción en los países semiindustrializados del Sudeste Asiático, en donde floreció primero la subcontratación internacional, han ido incrementándose por varios motivos, entre los cuales se destacan las luchas de los sindicatos. Los monopolios norteamericanos y japoneses buscan otras naciones receptoras, baratas, como Tailandia, Filipinas, Malasia y el mismo México. La internacionalización del capital acabará entrelazando al mundo en tal forma que la división del trabajo propia de las grandes factorías se efectuará a través de países y de continentes y no ya bajo un solo techo. Unos producirán las partes o los componentes de los productos y otros los acabarán o ensamblarán, ahondándose las desigualdades entre la porción desarrollada del mundo y la indigente. Las contradicciones entre los bloques económicos tampoco conocerán límites; la crisis se extenderá con todos sus estragos, y la clase obrera se hará sentir en grande”.
(“Omnia consumata sunt”, El Tiempo, noviembre 10 de 1990).

“Si nos guiáramos por los índices de eficiencia, o de rentabilidad, habríamos de deponer los derechos a un desarrollo autónomo en aquellos renglones como la siderurgia, los hidrocarburos, o los mismos textiles, en virtud de las ineptitudes heredadas y de los impedimentos naturales. Con el tiempo renunciaríamos por completo a la construcción material; nos conformaríamos, según las concepciones imperantes, con una ciencia que se amolde a las peculiaridades de nuestro progreso, o sea incipiente; tendríamos una medicina rudimentaria, si acaso preventiva, al margen de los altísimos logros de tan importante esfera del conocimiento, cual lo manda la cartilla oficial, y así con los demás quehaceres y disciplinas sociales. Eso sería relegarnos porque estamos relegados. Pero cualquier nación, primordialmente en crecimiento, ha de canalizar parte considerable de sus fondos hacia las funciones básicas, aunque no renten, pues las áreas que aquellas cubren, o los elementos que proporcionan, resultan sobremanera necesarios para el conjunto de la producción. De ahí que el Estado haya de ocuparse, cada vez con mayor ascendencia, de frentes, de erogaciones o de servicios que ya no son gananciosos para los particulares. Impulso centrípeto que no habrá de invertirse por las orientaciones subjetivas de enajenar los haberes públicos”.

(“Salvemos la producción nacional”. El Tiempo, mayo 12 de 1991).

La producción nacional no ha contado con efectivo apoyo
“La creencia de que la lucha reivindicativa requiere para su buen augurio del aherrojamiento de los sectores productivos de la ciudad y el campo es otro de los extendidos equívocos que la nación está en mora de dilucidar. El atraso y el yugo económico de los consorcios de las metrópolis tradicionales hacen de las tareas de la industrialización de Colombia un desafío progresista y hasta heroico. Bastantes comentarios ha merecido la situación de la zona bananera de Urabá, donde se lleva a cabo un encomiable esfuerzo de desarrollo. Si allá se prescindiera de la cooperación de los trabajadores, lógicamente no habría nada; pero el tacto y el arrojo de los inversionistas también han sido claves para la obtención de metas tan tangibles como la transferencia a la balanza de pagos de doscientos millones de dólares anuales por concepto de exportaciones. En aquella esquina del territorio patrio se ha librado una recia batalla contra la dejación de los gobiernos, la preponderancia de las comercializadoras extranjeras y, recientemente, contra los efectos mefíticos de la violencia. (…)
“Más de un activista político cosecha aplausos entre el electorado con sus improperios contra industriales y agricultores. Los debates de la última reforma agraria se dirigieron a fustigar más a los empresarios encargados de la modernización de las áreas rurales que a quienes todavía personifican los remanentes del feudalismo. La capa burguesa cuya fortuna se deriva directamente del Estado o de los favores de éste, o que amasa su riqueza por medio de las operaciones especulativas, con frecuencia aspira a soslayar sus privilegios arremetiendo contra la capa burguesa ligada al engranaje productivo”.

(“A manera de mensaje de año nuevo”. El Tiempo, diciembre 31 de 1988).

“VALE LA PENA DESTACAR SU INFINITA Y CONSTANTE VALENTÍA”

Mensaje de Roberto Giraldo desde Nueva York
Escribo este mensaje tratando de encontrar algún sosiego en la profunda tristeza que me embarga al conocer la inaceptable realidad de la muerte del camarada Francisco Mosquera.

Pertenezco a esa generación de moiristas afortunados que fueron formados, orientados y dirigidos por el más virtuoso de los proletarios actuales, el compañero Mosquera. Tuve además el privilegio de compartir cerca de él muchas alegrías y algunos pesares normales del trajinar revolucionario. Sería largo describir cada una de las cualidades de quien amó la vida como el que más, y por ese amor murió.

Vale la pena destacar su infinita y constante valentía, pues él siempre tuvo claro que “el valor es el hálito vital de toda empresa desbrozadora del progreso del hombre”.

Después de tan fructífera vida, el camarada Mosquera merece y puede ahora descansar en paz. Todos los instantes de su corta existencia los dedicó sin reposo a desentrañar los más mínimos detalles teóricos y prácticos del carácter democrático de la revolución colombiana, como parte importante de la lucha de la clase obrera mundial en esta época. Nada se quedó en el tintero.

Todo aquel que desee contribuir a acelerar el proceso revolucionario en cualquier rincón del planeta, encontrará una eficiente ayuda en las orientaciones dadas por el camarada Mosquera al MOIR. Su condición mortal no le permitió ver con sus propios ojos los futuros triunfos del proletariado, pero los vislumbró sin la más mínima duda.
La herencia de virtudes que nos deja el camarada Mosquea es grande, y sólo resta prometerle que recurriremos a sus enseñanzas para obtener el valor necesario para esparcirlas.

Tengo la convicción de que el Comité Ejecutivo Central del partido y el nuevo Secretario General continuarán cosechando los logros necesarios y posibles para los desposeídos de nuestra patria; y que jamás habrá descanso hasta no culminar nuestro anhelo de erradicar la explotación del hombre de la faz de la tierra.

EL IMPERIALISMO ASFIXIA LA PRODUCCIÓN NACIONAL

Capitalismo nacional

“Desde entonces el capitalismo nacional se ha visto en una situación de enorme inferioridad, desplegándose escasamente, a trancas y a mochas, en especial durante los períodos de ciertas dificultades del imperialismo y cuando por ello se hace menos intensa su influencia sobre el país. El paulatino estancamiento de la producción nacional y la ruina progresiva de las grandes masas populares se hallan determinados por esta relación neocolonial de sojuzgamiento externo. Los bienes y la mano de obra de los colombianos no coadyuvan a la prosperidad y al progreso de la nación sino que se encuentran al servicio exclusivo del enriquecimiento de los monopolios extranjeros. He ahí la causa principal y decisiva de la crisis de Colombia: la explotación y opresión del imperialismo norteamericano. Por lo tanto, su única salida real será la revolución de liberación nacional.

“Estados Unidos padece de superproducción, de saturación de sus mercados, de falta de salida para sus mercancías y capitales. La ciencia, la tecnología, la organización administrativa, la proliferación en suma de los medios materiales productivos han llegado a un estadio tal de progreso y perfeccionamiento, que las relaciones de propiedad individual capitalista, expresadas en la gran concentración monopolística, se constituyen en trabas infranqueables para la expansión de dichos medios productivos. Pero el imperialismo resuelve temporalmente su crisis explayándose por el mundo, apoderándose de naciones enteras y compitiendo en esta bárbara conquista con los demás países y grupos imperialistas (…)
“La crisis de Colombia es de atraso, de atrofia de las distintas ramas productoras de bienes industriales y de consumo, de falta de ciencia, de técnica, de incipiencia en suma de los medios materiales productivos. Los valladares para el acrecentamiento de dichos medios productivos son las relaciones neocoloniales de subyugación externa y el régimen de explotación terrateniente”. (“Contra el ‘mandato de hambre’ a la carga”. Tribuna Roja N° 18, febrero de 1976).

“Del hecho de que nuestro país, por su estancamiento relativo y el vasallaje externo, subsista una pequeña y mediana producción de tipo empresarial, tanto en la ciudad como en el campo, que urja medidas proteccionistas y ciertas libertades para no asfixiarse ante la extorsión de los estratos monopólicos y parasitarios, y de que los representantes de aquellas formas productivas todavía puedan contribuir económica y políticamente a nuestro desarrollo, no se desprende que a la burguesía y a su sistema no les haya transcurrido, y desde hace rato, su momento histórico. El porvenir ineluctablemente ya no les pertenece. Y allí donde esta clase, o una parte de ella, consiga justificar sus aportes, como en el caso colombiano, su labor, con lo enjundiosa que llegue a ser, estará limitada por sus fatales impedimentos, sus irresoluciones, su innata debilidad, su temor a extinguirse. La gesta emancipadora la fortificará pero le espanta, porque presiente sus riesgos. Al proletariado no es que la revolución le convenga, así de escuetamente, sino que constituye su elemento, su modus vivendi; y entre más honda sea, entre más categóricamente socave el antiguo orden, más realizado se verá, más íntegro será su poder”. (“La vigencia histórica del marxismo”, Tribuna Roja No.45, marzo de 1983).

“Como soplan vientos de ‘abundancia’, el gobierno franquea las aduanas y permite a esta misma burguesía compradora asaltar los mercados internos con los bienes sofisticados de la desarrollada industria capitalista extranjera, colocando al borde del precipicio a las manufacturas criollas. Alfonso López justifica sus medidas con la argucia de que se establecerá una indispensable competencia a los productores nacionales de la ciudad y el campo, y la inundación inflacionaria retornará a los niveles de los años anteriores. Las consecuencias de tales teorías han sido suficientemente debatidas, no tanto por los doctos en estas materias como por la comprobación práctica de las gentes sencillas”. (“Fin de un período y comienzo de otro”, Tribuna Roja, No. 31, febrero de 1978).

“Los trotskistas, con el patrocinio de los mentores del revisionismo latinoamericano, erigieron su arrevesado edificio doctrinario sobre el supuesto de que el progreso de Colombia era posible a pesar de la expoliación imperialista. Tales diletantes hicieron escuela y encontraron sendos y desaforados apologistas entre la intelectualidad seudocientífica. De nuestras filas han sacado uno que otro pupilo. En sus planteamientos no distinguen el capitalismo nacional, joven y endeble todavía, del capitalismo senil de los gigantescos consorcios extranjeros que sobrevive gracias al saqueo de las neocolonias. No sólo no captan contradicción alguna entre intereses tan contrapuestos, sino que el arribo al socialismo no lo conciben como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas, que es, en definitiva, la razón material del cambio de una forma de sociedad a otra. Ciertamente no existe acicate mayor para la revolución colombiana que la ruina creciente del país”.

(“Las elecciones y la crisis”, Tribuna Roja No. 39, agosto de 1981).

El imperialismo

“¡Ay de las naciones sojuzgadas que dejan en manos de los colonizadores su propio porvenir! La ‘amistad tradicional’ a los tiburones del capitalismo imperialista se paga con la pérdida de bienes, vida y honra, para usar la antiquísima expresión repetida a menudo por las clases dominantes colombianas. Los problemas ancestrales de Colombia, agudizados al máximo en los campos económico, político y social, tienen como causa primera la explotación y dominación imperialista norteamericana. Un país que no trabaja para el bienestar de sus hijos sino para el enriquecimiento de una potencia extranjera, está condenado a la bancarrota en todos los órdenes.
“El cambio que propicie Estados Unidos, las realidades que pueda admitir, los derechos que se digne reconocer, las responsabilidades que decida asumir, las cosas que proponga conservar y las que acepte sustituir, no son más que las modificaciones requeridas para incrementar el saqueo de sus neocolonias, a tono con las nuevas situaciones que se vayan presentando. El imperialismo, por ejemplo, no reclama ya de las repúblicas que se mueven en su órbita, la entrega tanto de concesiones de explotación, pasadas de moda, como la buena marcha del sistema de asociación, por medio del cual el inversionista extranjero aparentemente comparte por igual los mismos derechos y obligaciones que el capital nacional, mas con el resultado de que se lleva la ganancia fundamental con un mínimo de riesgos económicos y políticos. Estas son expresiones típicas del neocolonialismo, a las que se ajustan maravillosamente fenómenos como el de la integración latinoamericana, para mencionarlo de pasada. El Pacto Andino lo han inspirado y manejado entre bambalinas los consorcios internacionales, aunque los gobiernos de la subregión aparezcan en el tinglado actuando. El fruto de toda aquella pantomima seudonacionalista, hoy reconocido hasta por la misma burguesía colombiana, ha sido el de que las grandes empresas imperialistas puedan invertir en cualquiera de los países del área, dentro de las mayores seguridades y gozar de un mercado ampliado con mínimas trabas arancelarias. Son los cambios que patrocina el imperialismo. Los compromisos del amo norteamericano con sus satélites. La alianza del jinete y el caballo”. (“Vine, vi, vendí”, Tribuna Roja No. 17, noviembre 22 de 1975).

“El imperialismo norteamericano, simultáneamente con otras fuerzas imperialistas de menor envergadura, ha venido apoderándose sin tasa ni medida, de nuestros recursos naturales; expropiando o interviniendo de mil formas a la naciente industria criolla; constriñendo sistemáticamente, con la venta especulativa e indiscriminada de insumos, maquinaria y hasta de excedentes agrícolas estadinenses, a la producción agropecuaria; operando a sus anchas el comercio interior y exterior: manejando la banca y los demás organismos financieros: endeudando a la nación con créditos usurarios, y manipulando arbitrariamente el complejo engranaje del Estado, con lo cual manda, legisla, ejecuta, juzga, hace y deshace.

“En verdad que el imperialismo con su presencia en nuestro país y como repercusión colateral, estimuló el despegue del capitalismo autóctono, y éste ha registrado un cierto ensanchamiento, preferentemente en los períodos de crisis del capital imperialista, como en 1930 y en la Segunda Guerra Mundial, cuando la dominación y explotación extranjeras se atenúan por dichas causas”. (MOIR: Unidad v combate. Editor Tribuna Roja. Bogotá, febrero de 1976).

“Las relaciones expoliadoras implantadas por Estados Unidos fueron harto distintas a las que consuetudinariamente rigieron en el mundo y que en la actualidad se hallan casi extinguidas por completo. Se trata del neocolonialismo, como insistimos en denominarlo con la finalidad de distinguirlo. Es el desvalijamiento moderno que no precisa de virreinatos o protectorados de ninguna especie para llevar a feliz término la labor depredadora. Aun cuando eche mano de los cuartelazos, las invasiones y las tomas territoriales, dentro de su inclinación natural a esgrimir escuetamente la represión siempre que sea indispensable, tolera la independencia política, la república y los gobiernos elegidos por sufragio, pues sus ganancias espectaculares y especulativas, inherentes al capitalismo monopólico, estriban antes que nada en la exportación de capitales desde los centros desarrollados a la periferia relegada. Mediante las inversiones directas y los empréstitos los países pudientes despojan a los menesterosos de sus recursos naturales, acaparan sus mercados, inspeccionan y reglamentan sus economías. Los funcionarios, los legisladores, los magistrados caen prisioneros en las redes del soborno, o capitulan ante las desalmadas e ineludibles presiones pecuniarias. Si no que lo desmienta México, cuya fachendosa burocracia posaba de libérrima y patriótica hasta cuando el Fondo Monetario Internacional, con sus inapelables requisitos para la renegociación de la deuda pública, vino a postrarla de hinojos y a dejarla en cueros ante la mirada estupefacta de los miles de millones de moradores del planeta. O que lo atestigüen, para no ir muy lejos, los gerentes de nuestras entidades del ramo que no atinan a explicarle a la desfalcada y confundida opinión colombiana los motivos de las escandalosas alzas en las tarifas de los servicios, hechas por conminación de las agencias prestamistas”. (“Unámonos contra la amenaza principal”. Tribuna Roja No. 47, febrero de 1984).

“Un país que no trabaja para el bienestar de sus hijos sino para el enriquecimiento de una potencia extranjera, está condenado a la bancarrota en todos los órdenes”

IN MEMORIAM

“Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
Los astros y los hombres vuelven cíclicamente”.
Borges

Te pusiste de pie con la luna de agosto,
atravesaste la penumbra de nuestra aflicción
y, enfundado en el lienzo de tu camisa blanca,
partiste a reunirte con los leales padres.
Invicta en el incesante fluir de la materia,
tu lámpara de fogonero disemina su luz.
Ni las aspas del tiempo riguroso,
ni los bordes de la necesidad
podrán ya nada contra tu perfil.
De ti tuvimos la geografía del país que vendrá
tomado de la mano de un sol emancipado.
Por ti tuvimos otra noción de patria, de minero,
de occidente, de fatiga ancestral, de meridiano,
de camino descalzo, de letra, de memoria,
de viento universal y de bandera.
Cabal augur de sueños postergados:
“Comprender el sentido del bosque en cada hoja,
y, en cada estrella el sentido del cosmos.”
Navegante certero de procelosos mares:
“Orientarse no por los desvaríos del instante
sino por el decurso de las constelaciones”.
Estratega leal de los desposeídos:
“Mirar con diligencia los milenios pasados
tan sólo para poder uncir el porvenir”.
Por arduos territorios has conducido tu legión,
y tu legión, indemne, sobrevive al trasiego.
Es tu legado lumbre de diamante:
¿Podremos reunir en un solo caudal
las mil vertientes de la emancipación?
Sobre las pinceladas del ocaso continúas de pie,
dilucidando el sino y la ventura de países heridos,
de naciones de ébano, de marfil, de obsidiana
que labran su horizonte para que venga el día
cuando vuelvas reunido con los leales padres.

Alfredo Camelo B.
Bogotá, agosto 3 de 1994

UN PARTIDO DE TIPO NUEVO, DE TEMPLE ESPECIAL

“La vanguardia que necesita el pueblo colombiano en su lucha revolucionaria no puede ser como los llamados partidos tradicionales, ni como el Partido Comunista revisionista, ni siquiera parecida; no puede ser un partido salido del liberalismo, del conservatismo ni del revisionismo, ni mucho menos guiado o inspirado en sus líneas ideológicas, políticas y organizativas. No puede ser de carácter burgués, terrateniente o revisionista. Tiene que ser un partido diametralmente distinto, un partido de tipo nuevo, de temple especial, que esté a la altura de las grandiosas y heroicas tareas de la revolución.

“La vanguardia que necesita el pueblo colombiano en sus luchas es un partido auténticamente revolucionario, auténticamente comunista, pertrechado de una ideología correcta, el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung, férreamente unido y disciplinado, organizado en todo el país, vinculado estrechamente a las masas populares, arraigado profundamente en la realidad nacional y capaz de llevar a la victoria a las clases revolucionarias en las batallas más difíciles. Sólo la clase obrera podrá crear un partido así, su propio partido”. (“Construyamos un partido auténticamente comunista”, Tribuna Roja. No. 3, noviembre de 1971)

La lucha interna en el MOEC en 1965

“En la actualidad el Movimiento afronta tres problemas fundamentales:

“1. Fallas organizativas que desvirtúan el carácter leninista de nuestra organización. Existe una situación anárquica por el desconocimiento de las normas organizativas y del estilo de trabajo de un verdadero partido marxista-leninista; son manifestaciones del liberalismo en el aspecto organizativo, que podemos sintetizar en la ausencia de formación orgánica en la mayoría de regionales y descoordinación entre los organismos de distinto nivel donde hay principios de organización. Los organismos han sido suplantados por ‘grupos de amigos’, la dirección colectiva por ‘hombres-orquestas’ y la crítica por ataques personales. La disciplina en tales condiciones no opera. Estas aberraciones dentro del Movimiento están generalizadas; sin embargo, esto no quiere decir que en ciertas regiones del país y en determinados períodos de nuestro desarrollo los vicios anotados no hayan sido combatidos ejemplarmente con resultados positivos; pero en general el nivel ideológico y político es bajo -causa de estos males- y el liberalismo, el subjetivismo, el individualismo, el caudillismo y el oportunismo corroen al Movimiento.

“2. Presencia en la dirección nacional del Movimiento, especialmente en el Comité Ejecutivo Nacional, de elementos oportunistas de muy bajo nivel ideológico y responsables de graves errores de dirección en la presente y pasada etapas. Estos elementos practican un método conciliacionista para resolver sus contradicciones internas y su efecto pernicioso se resume en destrucción de la organización y corrupción de la militancia.

“3. Fallas considerables en la elaboración de una teoría revolucionaria sobre la construcción de nuestra vanguardia marxista-leninista y sobre la línea estratégica y táctica de la revolución colombiana. Por falta de esta teoría los militantes del Moec no han adelantado satisfactoriamente en las tareas del fortalecimiento orgánico, ni han contado con una orientación clara para dirigir al proletariado colombiano y al pueblo colombiano en su lucha revolucionaria.

“Es necesario resolver esta contradicción aplicando métodos correctos, efectivos, científicos. Hay que partir del conocimiento de las características y formas que adoptan las tendencias no proletarias dentro del Movimiento, señalar sus causas y definir su naturaleza. Debemos investigar si estas contradicciones no son antagónicas y se manifiestan entre compañeros revolucionarios que discrepan en cuestiones de procedimiento y que podemos resolver con el estudio, la discusión y la crítica y autocrítica; o son contradicciones que han llegado a ser antagónicas entre la ideología enemiga traída al seno de la organización y defendida sistemáticamente por elementos oportunistas y el marxismo-leninismo defendido por los revolucionarios, y que debemos resolver con una lucha efectiva en los terrenos ideológico, político y organizativo, hasta la eliminación al máximo de estas tendencias contrarrevolucionarias en el Movimiento.

“Para conocer las características, la naturaleza y las causas de estas contradicciones dentro del Movimiento debemos ayudarnos del marxismo-leninismo como guía y consultar la experiencia universal de los pueblos y partidos hermanos. Cuando hayamos definido estas cosas nos pondremos de acuerdo en el método que debemos seguir para resolver estas contradicciones; sabremos si basta con la crítica y autocrítica o si es necesario desarrollar una lucha más efectiva para salvar el Movimiento”. (Hagamos del MOEC un autentico partido marxista-leninista, 1° de octubre de 1965)

El Partido y la teoría
“El marxismo se ha templado y ha avanzado aceleradamente en la lucha contra quienes desde sus filas han pretendido convertirlo en instrumento de la burguesía. En esas contiendas salen a flote, más relucientes y dominantes, a los ojos de decenas de millones de obreros, los principios que la palabrería vacua y adocenada de los falsificadores mantienen inmersos y ocultos. ( …) Pero no basta con llamarse marxista-leninista para serlo. Contra eso, casualmente contra eso, estábamos luchando, contra los charlatanes y embaucadores de la clase obrera. Habíamos lanzado la consigna de la construcción del Partido del Trabajo de Colombia y de la preparación de su primer congreso, lo cual significaba en la práctica dar cumplimiento a dos tareas interrelacionadas: la una, dotar al Partido de una teoría de la revolución colombiana, y la otra, extenderlo a todo el país. (…) Los pasos dados en la realización de las tareas mencionadas, constituyen conquistas considerables de nuestra revolución”. (Unidad y combate, Bogotá, Editorial Tribuna Roja, 1976)

“El Partido está obligado a orientar, atender la infinidad de contradicciones derivadas de la imposición de la apertura económica, una exigencia con la que Estados Unidos piensa salir de la recesión, contrarrestar los efectos de la guerra comercial desatada en el globo entero y volver al hegemonismo. (…) En tales circunstancias no conseguiremos dirigir si nos reducimos a las reuniones de los organismos; precisamos de la palabra escrita aun cuando sólo alcance para unos miles de cuadros y activistas, o unos cientos de frentes.
“Ante las acucias de la hora requerimos, como nunca jamás, de la cohesión ideológica y táctica; del freno al aburguesamiento del Partido. He ahí uno de los papeles esenciales de Tribuna Roja”. (“Nuevo intento”, Tribuna Roja, No. 52, 29 de julio de 1993)

Carácter proletario del Partido
“Por la situación internacional y nacional es el proletariado quien puede llevar adelante consecuentemente esta política revolucionaria nacional y democrática, y por consiguiente organizar y dirigir al resto del pueblo en la batalla contra el imperialismo y sus lacayos colombianos. Esto hace que la revolución nacional y democrática que necesita Colombia sea una revolución de nuevo tipo, una revolución de nueva democracia dirigida por el proletariado. Esta característica es la que determina que la actual revolución de nueva democracia culmine, en su segunda etapa, en una revolución socialista. Sólo el proletariado como máximo dirigente de la revolución colombiana puede garantizar los dos pasos: el de la revolución de nueva democracia (contra el imperialismo y sus lacayos colombianos) y el de la revolución socialista (contra toda forma de explotación capitalista). De esta grandiosa misión histórica se concluye la necesidad de la creación y fortalecimiento del partido del proletariado de Colombia, capaz de convertirse en el estado mayor de la revolución colombiana.”

(“Cuestiones fundamentales de la revolución colombiana”, Unidad y combate, op. cit.)

“Las luchas ideológicas y políticas que llevamos a cabo tienen que ver directamente con los dos puntales arriba señalados (…): la naturaleza proletaria del Partido y la necesidad de que el proletariado actúe siempre como clase. Sin embargo, muchos camaradas no comprenden a cabalidad premisa tan elemental y básica. Cuando asumen una actitud o lanzan a la ligera un criterio no se preocupan por indagar de qué lado se colocan, si sirven a los apropiadores o a los desposeídos, si debilitan o fortalecen al Partido. Y quienes, instigados comúnmente por móviles personales, no modifican semejante comportamiento liberal, terminan inexorablemente cargándole ladrillo a la reacción. La crítica y la lucha interna configuran la respuesta indicada contra el liberalismo y permiten erradicarlo a tiempo para ‘curar el paciente’ y educar a la militancia y a las masas. Pero a veces el aprendizaje demanda la expulsión, o la deserción voluntaria de los inculpados, que para los beneficios obtenidos da lo mismo”. (“El carácter proletario del Partido y la lucha contra el liberalismo”. Tribuna Roja, No. 33, febrero-marzo de 1979)

“Las dos únicas posibilidades serias de hacer política son: o al lado de los opresores o al lado de los oprimidos; o se sirve al imperialismo yanqui y sus lacayos que sojuzgan y explotan a Colombia o se sirve a las masas trabajadoras y a la nación colombiana. El porvenir será de la clase obrera y de su partido, única fuerza capaz de encabezar la lucha revolucionaria y liberadora del pueblo colombiano. Los intentos por crear nuevos partidos en Colombia distintos al Liberal y Conservador han fallado porque no tienen en cuenta esta ley fundamental de la revolución. El ‘tercer partido’ en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera.
Sólo el partido proletario podrá convertirse en el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia. Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses de las masas campesinas, organizar al pueblo y liberar al país. En las condiciones actuales de Colombia es ésta la principal tarea de los marxista-leninistas: construir un partido obrero, auténticamente revolucionario, auténticamente comunista”. (“La hora es de unidad y combate”. Unidad y combate, op. cit.)

SOBRE EL OPORTUNISMO DE “IZQUIERDA” Y DE DERECHA

“El oportunismo de derecha habla del desarrollo del capitalismo para tratar de demostrar que en el sistema vigente la economía de la nación prospera, aunque casi siempre no de más cifras que las de las jugosas ganancias del imperialismo y sus intermediarios. Su interés político se encamina a mantener el orden establecido e impedir la revolución. El oportunismo de ‘izquierda’ habla del desarrollo capitalista para tratar de demostrar que la revolución no es de nueva democracia sino socialista, aunque sus disquisiciones se restrinjan a especular en abstracto sobre un capitalismo en general, mientras vela el pleno dominio del imperialismo en todas y cada una de las actividades económicas de la nación.

“En la práctica su posición política obstaculiza la alianza de todas las clases, capas, estamentos y personalidades antiimperialistas que no defienden el socialismo como la clase obrera, pero que en la actualidad son fuerzas insustituibles de la revolución y estarían dispuestas en determinadas circunstancias a comprometerse con la causa de la liberación nacional y a pelear hasta el triunfo. Ambas tendencias oportunistas sin proponérselo, se confunden en el saboteo al proceso emancipador del pueblo colombiano”. (“Estrategia y táctica del MOI R”, MOIR: Unidad y combate)

“Izquierdismo”
“La experiencia universal del proletariado en su lucha por la democracia y el socialismo deja la lección obligatoria para los partidos obreros, y en especial para los partidos obreros jóvenes, que sin el necesario aprendizaje y la correcta utilización de las distintas formas de lucha no es posible resolver el problema del Poder, que es en definitiva el problema fundamental de toda revolución. Saber en cada momento cuál es el tipo de lucha que conviene desarrollar para agudizar las contradicciones de clase, convertir en favorables las condiciones desfavorables, sin negarse al repliegue cuando haya que hacerlo y pasando con audacia y sin vacilaciones a la ofensiva aprovechando los cambios de la situación: he ahí asuntos elementales pero claves del marxismo-leninismo. La agrupación política revolucionaria que por prejuicios o trabas mentales se niegue a utilizar la forma de lucha que la realidad aconseje, será una unión de fanáticos, una secta de brujos, ‘honestos’, ‘buenos’ y hasta ‘revolucionarios’, si se quiere, pero jamás puede ser considerada la vanguardia de la clase más avanzada, el embrión del partido proletario.

“Los aspirantes a marxista-leninistas que aún se encuentran en un período infantil de su desarrollo ideológico y político, y que no se sientan capaces o no quieran abandonar los prejuicios ‘izquierdistas’, las talanqueras ideológicas heredadas de las clases no proletarias, que no tengan el valor de adoptar el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung como guía para la acción, nunca llegarán a ser los dirigentes políticos lúcidos que la clase obrera necesita en la lucha por su emancipación”. (“Vamos a la lucha electoral”, MOIR: Unidad y combate, op. cit.)

Revisionismo
“Pero en Colombia echó primero raíces el oportunismo revisionista que el marxismoleninismo. Para derrotar al imperialismo es necesario combatir y derrotar al revisionismo, que en Colombia ha estado personificado en la dirección del llamado Partido Comunista. Sin embargo, la lucha contra el revisionismo será inofensiva si a la vez no se derrotan las posiciones infantiles de ‘izquierda’ y se arma al proletariado con su propia ideología: el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung (…)

“Muchas, hondas e irreconciliables divergencias de principios separan el marxismo-leninismo de revisionismo, sobre todas y cada una de las cuestiones ideológicas políticas. El revisionismo es la tergiversación del marxismo- leninismo para convertirlo, de arma invencible del proletariado que es, en un instrumento al servicio de la burguesía contra el proletariado y el pueblo. Prueba concluyente de esto en Colombia son las vacilaciones, componendas, traiciones y funestos resultados de la acción y la dirección del Partido Comunista en más de cuarenta años de existencia.

“En cuanto al problema de la lucha electoral la diferencia de principios con el revisionismo, consiste no en si es permisible para el proletariado ir a elecciones, sino si se adopta o no la vía electoral para la toma del Poder. Esta es la divergencia con Allende que, llamándose marxista, proclama la vía electoral para la instauración de la dictadura del proletariado y la iniciación de la construcción del socialismo, como dice haberlo hecho en Chile.

“Esto es engañar al proletariado y al pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el proletariado. Los comunistas vamos a las elecciones no a crear ilusiones electorales a las masas, vamos a lo contrario: a destruir estas ilusiones, a lograr que las masas por su propia experiencia comprendan que ése no es el camino que conduce a la liberación”. (“Vamos a la lucha electoral”)

“El marxismo enseña a los obreros a utilizar la democracia en la brega por su emancipación, y la supedita a ésta como un medio. Pero entre todos los preceptos democráticos se destaca uno del cual el proletariado jamás debe prescindir, y mucho menos el proletariado dominante de una república socialista, si desea derrotar finalmente a sus enemigos de clase, preservar su unidad internacionalista y salvaguardar la revolución mundial y ése es el de la autodeterminación de las naciones. El imperialismo consiste en la opresión de un país sobre otros. La única forma de vencerlo estriba en alcanzar la independencia de las regiones periféricas sojuzgadas, con lo que se crean las condiciones para el levantamiento insurreccional en la sede del imperio, y no al revés, en esperar a que con este estallido se liberen las colonias.

“A ningún pueblo podrá obligársele desde el exterior a que asuma la libertad y abrace la causa socialista. Propender a cualquier tipo de expoliación nacional será imitar las prácticas del imperialismo y contribuir a generarlo. Sin embargo, queda claro que en 1968, y virtualmente antes, los oportunistas contemporáneos, al igual que sus antecesores de la II Internacional, borraron de su apócrifo misal marxista el principio de la soberanía de las naciones como una premisa irrecusable de la revolución proletaria”.
(“Los misterios de la política internacional”, Tribuna Roja No. 37, febrero de 1981)

“Durante más de 25 años soportamos los embates de una tendencia que campeó a sus anchas dentro del movimiento popular, compuesta de variados matices, sostenida en todo sentido por La Habana, cuyos propósitos y despropósitos recibían constante propaganda y que contaban por lo menos con la admiración de la derecha. Innúmeros reveses nos acarrearon sus maquinaciones. Mas el diagnóstico cambió sustancialmente. Aquellos que creían a la par en el “bálsamo santo” y en el “puño brutal de Bakunine”, cual lo proclama el Anarkos de Valencia, se tropezaron de pronto con una dificultad enorme tras el hundimiento de la Unión Soviética, que los abandonaban quienes eran el básico sostén moral y material de la contracorriente. El mundo había sufrido una transformación profunda, de esas que de vez en cuando nos depara la historia. Tres alteraciones sucesivas ocurrieron: primero, la tergiversación del socialismo; segundo, la caída del imperio ruso, y tercero, el resurgir de la hegemonía norteamericana. Acaecimientos llamados a modificarle la faz al planeta y a influir en la vida de cada persona.

“Durante el entreacto del payaso Nikita Kruschov, el Kremlin renegó del marxismo, partiendo de la desfiguración de la memoria de Stalin y encarando una meticulosa operación ideológica tendiente a resucitar a mediano plazo el modo de producción capitalista. Labor sin la cual sería prácticamente imposible la restauración. A Leonid Brezhnev le correspondió extender el poderío soviético por el orbe entero, recurriendo a la violencia, al engaño y a la intriga. Por medio de sus títeres y ejércitos cipayos, tal cual lo hiciera Inglaterra en su hora, holló pueblos en África, Asia y América Latina. A Afganistán la invadió con sus propias tropas. Se erigió en emperador zarista de los trabajadores, un contrasentido. Y Mijail Gorbachov dispuso sobre el reordenamiento de la casa, conforme a las necesidades de la naciente oligarquía que reclama leyes adecuadas, el establecimiento en regla de la especulación y el agio, bancos, libertad de negocios, registro notarial de las propiedades. No lucía lógico que los privilegiados continuaran guardando sus caudales bajo el colchón: que a los ricos les estuviera impedido cruzar el Mediterráneo en yates particulares; que la señora Raisa no pudiese ir de compras a los almacenes Lafayette de París y pagar con tarjetas de crédito, o que los amos de la sociedad no poseyeran periódicos y galerías de arte (…)

“Pese a todo Moscú hizo mal sus cómputos. Gastó demasiado en la maquinaria bélica que dotara de armas no sólo convencionales sino nucleares, descuidando las otras ramas productivas. Al final cayó en cuenta de que las fábricas, en lugar de ampliarse, envejecían; los pozos petroleros y los oleoductos se aherrumbraban, y las faenas agropecuarias tendían hacia el estancamiento. Sólo con la ayuda de Occidente logró descender a tierra a un astronauta sentenciado a vagar sin remedio por los espacios siderales. Y sobrevino el colapso. (…)

“Y los yanquis ganaron la disputa por el control mundial después de décadas de confrontaciones, mientras que los herederos de los Romanov se resignaban a pasar de superpotencia a ser un mero apéndice del imperialismo norteamericano”. (“Hagamos del debate un cursillo que eduque a las masas”. Tribuna Roja N° 56, febrero 21 de 1994)

Francisco Mosquera: SEMBLANZA DEL INOLVIDABLE FUNDADOR DEL MOIR

Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin)
Por Guillermo Alberto Arévalo
Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin)

El camarada Francisco Mosquera Sánchez nació en Piedecuesta, Santander, el 25 de mayo de 1941. Desde su infancia hasta el día de su muerte dejó impreso el testimonio de su inquebrantable vocación revolucionaria, y sembró a lo largo de su fructífera vida entre sus familiares, sus amigos y sobre todo entre sus copartidarios y discípulos, la simiente de la insumisión, de la lealtad con los desposeídos y de la fe indeclinable en el triunfo de los ideales proletarios que supo encarnar como nadie, hasta el punto de haberse convertido en el más grande marxista-leninista que haya conocido la historia de Colombia.

Un rebelde precoz

Nuestro Pacho fue el mayor de los cuatro hijos, tres varones y una mujer, de don Francisco Mosquera Gómez y doña Lola Sánchez. Su padre, un educador, autor de varios textos y manuales pedagógicos, también se desempeñó como visitador escolar, razón por la cual la familia se trasladaba casi anualmente de lugar en lugar del departamento: San Gil, Vélez, Málaga, Barrancabermeja, Socorro, Zapatoca, Floridablanca, fueron las poblaciones que lo vieron crecer y estudiar la primaria. Su primera maestra, la que le enseñó a leer y a escribir, se llamaba Carmen de Tirado. Los cuatro años iniciales del bachillerato los cursaría en Tunja, en los colegios de los jesuitas y de los padres salesianos.

A los ocho años ya se manifiesta su instinto insumiso. Su padre recuerda haberle descubierto un texto escrito de su puño y letra en papel sellado, en el cual manifestaba el deseo de luchar por los pobres de Colombia; recuerda también que, en una ocasión en la cual ganó un “5 y 6”, y antes de conocer el monto del premio, que a la postre no bastó para cubrir el gasto de la reposición, le regaló su cama al hijo de una humilde celadora, que era su amigo, vecino y compañero de juegos y que dormía entre cartones; igualmente que “hablaba de .todo como un hombre maduro”, y que siempre guardaba con disciplina estricta algunas horas de cada día para la lectura y el estudio. Muy joven comenzó a ejercer el periodismo, vinculado a una emisora de la capital boyacense.

De regreso a Bucaramanga, Mosquera estudió los últimos dos años de secundaria en el Colegio Santander. En sus aulas inició la carrera de dirigente político, cuando se puso al frente de una huelga estudiantil que logró involucrar a muchos otros colegios y hasta a la Universidad Industrial de Santander, UIS. Fue tal la trascendencia de esta batalla, que lo convirtió, con apenas dieciocho años de edad, en líder de las juventudes liberales santandereanas; en orador, junto a Carlos Lleras Restrepo y Augusto Espinosa Valderrama, en la concentración realizada como homenaje a la memoria de Jorge Eliécer Gaitán; en candidato a la Cámara de Representantes y en columnista diario del periódico Vanguardia Liberal, que orientaba Alejandro Galvis Galvis, en cuyas páginas publicó durante un par de años la columna “Ocurrencias”, en la que siempre apeló a la opinión pública como respaldo a los conceptos que planteaba.

La ruptura de Mosquera con el liberalismo tenía que precipitarse porque sus ideales chocaban con las concepciones y prácticas de los políticos de la burguesía, y se produjo muy pronto. El día de su graduación como bachiller, mientras la familia y los compañeros lo esperaban, llegó tarde, y en un volante impreso que repartió entre todos los asistentes, titulado “Yo protesto”, anunciaba que de manos de los represores y reaccionarios se negaba a recibir su diploma. Viajó a Bogotá, donde inició la carrera de Derecho en la Universidad Nacional, trabajó fugazmente en El Espectador y tomó contacto, casi simultáneamente, con la ideología marxista. Tras una huelga en respaldo a los obreros de Ecopetrol fue expulsado de la universidad y estudió luego por un breve período en el Externado de Colombia. En 1961, con motivo del “Día del Padre”, Pacho le escribe al suyo una carta en la cual, entre muchas otras consideraciones, solicitaba que si no cumplía con dedicar su vida a la causa de los explotados y oprimidos de su patria, no se inscribiera sobre su tumba nombre alguno. Tenía apenas veinte años y ya encaraba su vida como un compromiso profundo con el futuro de su nación y de su pueblo.

El MOEC, su primera batalla
Tan pronto como los guerrilleros de la Sierra Maestra se tomaron el poder en Cuba, el 1º de enero de 1959, en toda América Latina brotaron los grupos que quisieron emularlos. Era evidente el carácter conciliador y revisionista de los llamados partidos comunistas, y nuevas fuerzas, provenientes de la pequeña burguesía, querían recorrer otros senderos para acelerar la revolución. El primero de ellos surgió en Colombia, seis días más tarde, en un momento en el cual se agudizaba el desprestigio del Frente Nacional. Se trataba del Movimiento Obrero Estudiantil Campesino 7 de Enero, MOEC, fundado por Antonio Larrota, que despertó el entusiasmo de amplios sectores de la juventud estudiantil. En 1963, Francisco Mosquera fue admitido como su militante. Unos meses después lo enviaron a Cuba, al frente de un grupo de diez personas, para recibir un entrenamiento político-militar que, en verdad, resultó ser sólo militar. Al regreso puso de manifiesto su desacuerdo frente al gobierno de Fidel Castro, frente a su promoción del foquismo, así como frente a los farragosos y poco sustanciales discursos de Fidel, que pretendían sustituir la política y la teoría revolucionarias. Esta contradicción se agudizaría con los años, por la creciente sumisión de los dirigentes de la Isla a los dictámenes de la superpotencia soviética.

En el seno del MOEC, que venía de sufrir incontables descalabros militares, bajas y divisiones internas, Mosquera desata entonces una batalla ideológica enarbolando las banderas del pensamiento de Mao Tse-tung. En abril de 1964, en el Segundo Congreso, lo eligieron como tesorero del Comité Ejecutivo Nacional. Fiel a su convicción de que un partido proletario debe sostenerse por sí mismo para poder ser independiente, logra que Corea del Norte, China, Albania, Cuba y otros países suspendan los envíos de dinero al MOEC, caudal que dirigentes corruptos venían dilapidando. Son éstos quienes lo amenazan de muerte y lo expulsan acto seguido de sus filas, junto con unos treinta camaradas que lo respaldan. Con ellos crea el lº de octubre de 1965 el núcleo de nuestro Partido, del cual es elegido Secretario General, en una reunión que aprueba su documento titulado “Hagamos del MOEC un auténtico partido marxista-leninista”, el cual constituyó la base ideológica interna para la derrota del oportunismo de “izquierda”. El documento reivindicaba la necesidad de crear un partido de carácter proletario, la del sustento ideológico marxista- leninista, la dirección de la clase obrera, la obligatoria vinculación de los cuadros a las masas y el autosostenimiento económico, cimentado en los propios esfuerzos y en el respaldo del pueblo.

El mismo Pacho caracterizaría al MOEC, años más tarde, como “un grupo conspirativo de intelectuales, obreros y campesinos, honestos pero equivocados”, al cual con su lucha transformó en “un núcleo marxista-leninista, con una estrategia y una táctica acertadas de la revolución colombiana y cada vez más vinculado e identificado con las más amplias masas populares”.

Surgimiento del MOIR
Desde ese momento, Mosquera cumple una vez más con lo que pregona: se vincula como funcionario al Sindicato de las Empresas Públicas de Medellín, y desde ese cargo comienza a difundir su pensamiento; el bautizo de fuego de su experiencia sindicalista lo tuvo en la huelga de una mediana empresa productora de calzado, Creaciones Italianas. De escaramuza en escaramuza, va asimilando a las condiciones del país los postulados del marxismo-leninismo, y pronto logra el prestigio necesario para crear un movimiento, inicialmente limitado a Antioquia, pero que cuenta con destacamentos obreros tan importantes como los de Coltejer y Vicuña, movimiento que enfrenta el manejo gremial y proimperialista de la UTC y la CTC, por entonces enseñoreadas de las organizaciones sindicales. Bajo su dirección, el Bloque Sindical Independiente de Antioquia sienta un ejemplo que muy pronto halla eco en el Valle y en Santander, e inclusive en la Unión Sindical Obrera, USO, a la cual muchos años más tarde Mosquera calificaría como “la niña de mis ojos.”

A la expansión de esta fuerza obrera independiente de los partidos tradicionales y de la influencia norteamericana contribuye de muy notable manera la huelga que Francisco Mosquera dirige personalmente en las minas de carbón de Amagá, pertenecientes a las empresas Industrial Hullera y Carbones San Fernando. Se trató de una prolongada batalla que alcanzó a paralizar la industria del departamento, durante la cual los patronos y el gobierno recurrieron a las provocaciones violentas a través de antiguos chulavitas. Los obreros resistieron con ejemplar valentía, y ante la presencia de mil efectivos de la policía encendieron tres mil hogueras de protesta. Cuando las fuerzas militares llegaron buscándolo, arrojados trabajadores dieron el paso al frente diciendo que eran Pacho, hasta cuando nuestro camarada dijo que sólo él, ningún otro, era Francisco Mosquera. Lo llevaron detenido a Medellín, pero la presión de los mineros y de los demás proletarios del Bloque Sindical Independiente obligaron a su liberación, la cual fue celebrada en Amagá por una multitud que lo aclamó. Hoy por hoy, los compañeros que vivieron a su lado aquella experiencia la recuerdan como uno de los momentos más fructíferos de su vida.

Así, en la lucha contra el oportunismo “izquierdista” de dentro y de fuera de sus filas, se fraguó esta etapa de la construcción de nuestro Partido, siempre bajo la guía de Mosquera. Paulatinamente nuestros cuadros se vincularon cada vez más estrechamente con la clase obrera, y la militancia toda fue aprendiendo el marxismo y desarrollándolo al calor de luchas concretas. En lo táctico, Pacho desplegó una audaz política de alianzas, tantas como fueron necesarias para el avance de la revolución. En el marco de este proceso, 1969 resultó ser un momento significativo.

Entre el 12 y el 14 de septiembre de aquel año se realizó en Medellín, en la sede de la Universidad Autónoma Latinoamericana, el Encuentro Nacional del Sindicalismo Independiente, al cual concurrieron representantes de todas las fuerzas políticas de la izquierda, personalidades democráticas y hasta los trotskistas y algunos delegados sindicales del guerrillerismo. Al término de este Encuentro se protocolizó la fundación del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, que aglutinó al Bloque antioqueño, al de Santander, al Frente Sindical Autónomo del Valle, a la USO, a Fenaltracar y a Fedepetrol, con el carácter de “organización obrera a escala nacional, surgida de la necesidad de la participación y el desarrollo políticos de importantes organizaciones sindicales, cuya lucha reivindicativa se enfrenta cada vez más con el Estado bajo el dominio del imperialismo: petroleros, carreteras, servicios públicos, etc. Es un instrumento de lucha para unificar a la clase obrera organizada en el cumplimiento de su misión histórica, para llevarla a que se dé su organización política nacida de ella misma y ponerla en aptitud de conquistar la dirección de la revolución (…) dentro del frente de liberación que debe construirse y organizarse con las demás clases populares de la sociedad”.

Durante los meses previos y posteriores al Encuentro, Francisco Mosquera recorrió el país para preparar reuniones obreras en Cali e Ibagué, fusionar con el Partido a varios grupos de los entonces llamados maoístas, provenientes todos de la pequeña burguesía y hasta entonces cautivos del extremoizquierdismo; firmó en Villavicencio un acuerdo con los curas rebeldes del grupo de “Golconda”, concurrió a un encuentro de dirigentes universitarios en el cual se gestó el aguerrido movimiento estudiantil de los tres años posteriores, y redactó “¿Qué es el MOIR?”, texto que sirvió como editorial al primer número del periódico Frente de Liberación aparecido el 20 de julio de 1969.

En medio de todas estas contiendas, el Partido logró determinar cómo en Colombia existe una burguesía nacional, y estableció el carácter progresista de la misma, en virtud de las contradicciones objetivas que tal clase tiene con el imperialismo norteamericano. Esta tesis, aplicada a las condiciones del país, es un desarrollo de la teoría marxista de nuestra revolución, pues abrió una nueva ruta en el proceso revolucionario democrático, particularmente a través de la estrategia de la conformación de un frente único.

Además durante aquel período Pacho entró en contacto con numerosos compañeros obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales y artistas que simpatizaban con los ideales revolucionarios, logró aglutinarlos alrededor de sus tesis, y en muchos casos vincularlos al Partido. Algunos se marginarían después, pero sin excepción recuerdan a Mosquera con especial cariño y admiración, en particular por su lúcida visión de la realidad colombiana, por sus aciertos tácticos, por su fraternal tratamiento hacia todo aquel que dejase asomar así fuese una mínima simpatía por la causa del proletariado.

El Paro Nacional Patriótico
Desde 1968 el gobierno de Lleras Restrepo lanzó una ofensiva, destinada a cercenar los derechos democráticos conquistados por la clase obrera colombiana, tales como la organización sindical, la huelga, la contratación colectiva, las libertades de movilización y expresión, particularmente lesiva para los trabajadores del servicio oficial, a los cuales clasificaba como empleados públicos, aquellos “de libre nombramiento y remoción”. Mosquera inició su ataque a esa política y el MOIR convocó, en enero de 1970, el Encuentro nacional de Trabajadores del Servicio Público, al cual asistieron más de mil delegados provenientes de ciento dos organizaciones sindicales, quienes aprobaron la realización de un Paro Nacional Patriótico para rechazar tales medidas.

En aquel momento, los partidos tradicionales ya fraguaban la componenda electoral por medio de la cual le escamotearon el triunfo a Rojas Pinilla, maniobra que Mosquera previó y sobre la cual alertó a los dirigentes de la Anapo, con quienes pactó una alianza. A raíz de ello, los grupúsculos trotskistas y demás oportunistas de “izquierda”, incluidos algunos integrantes de nuestras propias filas, desertaron de los acuerdos previos, aprovechando la difícil situación. Desde entonces, el nombre del MOIR, por esos ires y venires de la historia, pasó a ser el de nuestro Partido como organización política. Se había cumplido el ciclo de las necesarias alianzas con la extrema izquierda, pues ya lo que hacía ésta era obstaculizar el avance de la revolución.

El paro se intentó el 24 de abril, luego del escandaloso chocorazo que llevó a la Presidencia de la República a Misael Pastrana, y fue aplastado por la violencia militar preventiva y por el sabotaje de los extremoizquierdistas; sólo se llevó a cabo parcialmente en Antioquia, y no logró recabar el respaldo de las indignadas masas anapistas, abandonadas por sus propios dirigentes. En su balance de la jornada, sin embargo, Mosquera consignó: “El paro no era un fin, ni jamás se planteó como alternativa la toma del poder, ni siquiera la inmediata solución de los problemas de represión sindical que lo determinaron”. Pero advirtió que su objetivo adicional de protesta contra el fraude y la represión militar le conferían al MOIR “un título más para participar en la lucha del proletariado”. En octubre de ese mismo año, en una finca cercana al municipio de Cachipay, tiene lugar un evento que marcaría la culminación del período de nuestra formación partidaria, cuando un histórico Pleno del Comité Central del Partido aprueba por unanimidad, tras meses de estudio y discusiones, los proyectos de Programa y Estatutos que han orientado nuestras luchas desde entonces. El Pleno de Cachipay formaliza la fusión con los grupos que coincidieron con nuestros postulados y aclama a Francisco Mosquera como su Secretario General.

En 1971 estalla a nivel nacional el movimiento estudiantil más importante de la historia nacional, de carácter resueltamente antimperialista, al cual Pacho logra orientar en denodada batalla contra los oportunistas de derecha y de “izquierda”, con quienes al mismo tiempo se efectuaron alianzas, imponiendo la consigna de luchar por una cultura nacional, científica y de masas. Las fuerzas de la entonces naciente Juventud Patriótica, JUPA, organización de los jóvenes moiristas, resultan elegidas para los cargos en los organismos de dirección de las más importantes universidades del país. Igualmente se organizan contingentes de intelectuales y de artistas, que publican manifiestos y se suman a las lides revolucionarias de las masas. Muchos de los dirigentes de aquellas jornadas se convirtieron en cuadros que han cumplido destacado papel en la historia del MOIR.

Al año siguiente, el MOIR, bajo la orientación de Mosquera, les asesta el golpe de gracia a las tendencias abstencionistas del infantilismo de “izquierda”, al proclamar la concurrencia a las elecciones. Ello significó “una mayor comprensión de los principios marxista-leninistas”, y otra derrota de las desviaciones que habíamos venido combatiendo. En alianza con el Frente Popular, librando una contienda en las más precarias condiciones y poniendo de manifiesto la tenacidad y el entusiasmo de nuestros militantes, obtuvimos diecinueve mil pundonorosos votos, que se convirtieron en paso decisivo para nuestro posterior desarrollo político. A partir de esta campaña, el Partido comienza su extensión hacia las zonas rurales, fraguando la alianza de la clase obrera con el campesinado.

La prensa revolucionaria
El 20 de julio de 1971 salió a la calle el primer número del órgano político del MOIR, Tribuna Roja. Artesanalmente impreso en el taller de E. Salazar F., de Bogotá, circuló a un costo de cincuenta centavos el ejemplar con un editorial escrito por Mosquera, que proclamaba: “Luchemos por una política proletaria”. Desde entonces hasta la fecha de la aparición de este número 57, en el cual rendimos homenaje a Pacho con motivo de la inaceptable realidad de su desaparición, el periódico se convirtió en el vehículo principal de la irradiación de su pensamiento.

A comienzos de 1976, Mosquera amplió la comisión de Tribuna y gestó la etapa de formación de un grupo de periodistas que salieron a cubrir para las páginas de nuestra prensa la vida, la historia y los combates cotidianos de los habitantes de las riberas del río Magdalena, de los cultivadores de algodón, de los mineros del carbón y del oro, de los cosecheros del café, de los tabacaleros, de los campesinos invasores de tierras, de los vendedores ambulantes de las ciudades, de los proletarios de los cañaduzales vallecaucanos, de los madereros de la Costa del Pacífico, de los obreros ferroviarios. Aparte de ello, en la comisión se forjó todo un estilo periodístico caracterizado por el rigor que siempre mantuvo Pacho en todos los campos; grandes debates hubo, partiendo de la precisión en el enfoque político de cualquier fenómeno nacional o internacional, pasando por la diagramación y el aprovechamiento del más mínimo espacio para la difusión de las ideas revolucionarias, y llegando hasta la corrección del estilo literario, acudiendo a la consulta del más variado tipo de gramáticas y diccionarios.

Desde entonces hasta marzo de 1986 el “esporádico”, como terminamos llamando a nuestro “periódico”, logró persistir en tal línea editorial. En determinado momento se imprimieron hasta trescientos mil ejemplares de un solo número, y se publicó por pocos meses con frecuencia quincenal. La palabra de Mosquera, la línea y los postulados del MOIR, alcanzaron a llegar en aquellos días hasta apartados rincones, pues nuestra tribuna viajaba en avión, en tren, en bus, en mula y en canoa, transportada por cuadros que la leían, analizaban, vendían y explicaban a obreros, campesinos y estudiantes.

Después de ello, frente al auge de las consignas por una “paz” a la cual éramos tan ajenos corno a la “guerra” que se intensificó durante los gobiernos de Betancur y de Barco, y ante las dificultades vividas por nuestra organización como consecuencia de la “política paz”, Mosquera debió apelar durante varios años a la publicación de comunicados pagados en las páginas del diario El Tiempo para orientar al Partido y a la clase obrera. Hasta el 29 de julio de 1993, cuando en un “nuevo intento” se reanudó la circulación de este vocero de los intereses del proletariado colombiano.

Unidad y combate, combate y unidad
En diciembre de 1972, nuestro Secretario General lanzó la consigna de acercar el mayor número posible de fuerzas políticas para acordar con ellas un ataque unificado contra los enemigos principales del pueblo. La tarea se concentraba en dos objetivos: una central obrera y un frente electoral, en procura de los cuales se realizó la alianza con el Partido Comunista de Colombia. Tal colaboración fue favorecida por el hecho de que las centrales sindicales de la burguesía pretendían fusionarse y de que la Anapo no sólo se debilitaba sino que rechazaba cualquier programa antiimperialista, lo cual la dividió y permitió la formación del Movimiento Amplio Colombiano, MAC, un grupo de importantes parlamentarios permeables a la unidad con las fuerzas de izquierda.

Tras numerosas reuniones sindicales y políticas, la alianza cuajó en la disposición de forjar una nueva central obrera, y en la Unión Nacional de Oposición, UNO, que obtuvo ciento sesenta mil votos en las elecciones de marzo de 1974 y le permitió al MOIR tener un representante a la Cámara y un concejal en Bogotá. Con todo, el PCC claudicó luego del ascenso de Alfonso López Michelsen a la Presidencia de la República y, seducido por la engañosa concertación del “pacto social”, se dio a tartamudear y maniobrar, y claudicando en el frente sindical respaldó la ofensiva expansionista de la Unión Soviética, incluida la invasión de Angola, y trató de imponer el respaldo a Cuba como condición para cualquier acuerdo, hasta provocar la ruptura de la alianza. La ruptura se hace patente en la carta abierta que Francisco Mosquera le dirige al Partido Comunista el 12 de septiembre de 1975, titulada “Una posición consecuentemente unitaria”; en los numerosos materiales que escribe por esos años aclara cómo debe ser el combate contra el reformismo, cuál es la naturaleza del Estado y la de la democracia burguesa, las inconsecuencias escudadas en la defensa de los llamados “derechos humanos”, la validez del principio de la autodeterminación de los pueblos.

Bajo el precepto del no alineamiento internacional, Mosquera logra en 1977 crear el Frente por la Unidad del Pueblo, FUP, continuando así nuestra política antiimperialista unitaria, amplia y democrática. Con Jaime Piedrahita Cardona como candidato concurre el FUP a las elecciones presidenciales del 4 de junio de 1978. En el curso de la campaña señala Mosquera que: “La revolución colombiana necesita estructurar, bajo la dirección del proletariado, el más abigarrado frente que aglutine a todas las clases, capas y sectores revolucionarios, democráticos y patrióticos. (… ) La principal reivindicación consiste en barrer la sojuzgación neocolonial de los Estados Unidos e instaurar una república popular, democrática y realmente soberana, requisito imprescindible para satisfacer el resto de peticiones e ir desbrozando la senda del socialismo”.

Pacho realiza en el mismo período la primera de sus tres visitas a China, por invitación del Partido Comunista de ese país. En Pekín se entrevista con Chi Tengkui, viceministro y miembro del buró político, por medio de quien envía un saludo solidario al entonces presidente Jua Guofeng. Por aquellos días, un par de representantes de la primera manifestación interna que sufrimos del cretinismo parlamentario, quienes pretendían sacrificar el internacionalismo proletario en aras de los resultados electorales, abandonaron las filas del MOIR, hecho representativo de la lucha librada contra el revisionismo y el liberalismo en el seno del Partido.

No en vano había declarado Mosquera que “las filas del MOIR se inficionan a menudo de las posiciones ideológicas y políticas de las clases y tendencias no proletarias, lo cual, agregado a la presencia abundante de cuadros provenientes de la pequeña burguesía, configura un caldo de cultivo para toda especie de oportunismos”, y que “la unidad del Partido ‘no se hace haciendo la unidad’, dando a entender que no bastan los buenos deseos ni la aceptación mecánica de la disciplina”, pues “el Partido sólo se une y se templa en la lucha de clases que se da fuera y dentro de él”. Poco después, como respuesta a la consecuente línea demostrada por nuestra acción política, un par de fogueados contingentes marxista-leninistas, el MIR y los CDPR, entraron a hacer parte del MOIR, fortaleciendo su presencia en nuevos frentes de las luchas del pueblo.

Con los pies en la tierra
En 1975, después de la campaña de la UNO, Mosquera captó que había llegado el momento de consolidar la influencia del Partido en el campo, y diseñó entonces la política que conocemos como “de pies descalzos.” En virtud de ella, decenas de camaradas abandonaron las ciudades y se instalaron en los más estratégicos lugares del país, con el objetivo de servir a las masas, vincularse a su producción material, conocer y sopesar la importancia estratégica de zonas y poblaciones, determinar los sectores sociales más significativos para la construcción y desarrollo del Partido, y desplegar nuestra política de frente único. Con los “pies descalzos” el MOIR amplió su influencia y su extensión, echando profundas raíces en las clases fundamentales de la sociedad colombiana.

Es imposible narrar las experiencias de nuestra militancia descalza. Para cada compañero habría que dedicar un periódico, si no un libro entero. Mosquera siempre saludó con emoción a los creadores de cooperativas de consumo y producción, a los médicos dedicados a servir a nuestro pueblo, a los dirigentes de paros cívicos y contiendas obreras y campesinas. Su lección es imperecedera en la mente de todos los moiristas.

Sin embargo, la polémica que se había entablado con el Partido Comunista, que inicialmente se mantuvo dentro del campo de las ideas, se tornó violenta a medida que la Unión Soviética desplegaba su política de expansión socialimperialista. Primero fueron pequeñas batallas callejeras, durante la campaña electoral de 1977; vinieron luego verdaderas broncas en las asambleas sindicales, y finalmente varios de nuestros más queridos camaradas, destacados en regiones campesinas, fueron intimidados por las armas, y algunos asesinados. Comenzaba, pues, en los albores de la década de los ochentas, el paso del desierto para nuestras huestes.

Contra el socialimperialismo
Luego de la invasión del ejército de la URSS a Afganistán, iniciada el 27 de diciembre de 1979, Mosquera escribe sobre la necesidad de crear un frente mundial contra el socialimperialismo. En enero de 1980 dice: “El hegemonismo soviético es un problema de todos los pueblos, y por ende a éstos corresponde resolverlo, promoviendo la conformación del más amplio frente de combate jamás conocido, en el que participen, en una u otra forma, desde los países atrasados y dependientes del Tercer Mundo, las repúblicas socialistas y las naciones más ricas del Segundo Mundo, hasta los Estados Unidos”. Por otra parte, preveía la debacle del revisionismo y sus palabras sobre el derrumbe del socialimperialismo resultaron proféticas.

Esta década fue pletórica en contactos internacionales. Mosquera volvió a China, donde se entrevistó con el vicepresidente Li Xiannian; organizó una reunión en Bogotá con camaradas de partidos revolucionarios de Perú, Venezuela, México, Noruega y Argentina; recibió con honores a una delegación de la resistencia afgana; viajó al Perú, por invitación del movimiento “Patria Roja”, y en un discurso exaltó la memoria de José Carlos Mariátegui y se pronunció acerca de las crisis en Polonia, Cuba, Afganistán, Angola y otros países. Su posición puede resumirse con las palabras con las cuales defendió la vigencia histórica del marxismo: “A los cien años de la muerte del convicto de Bruselas y del exiliado de Londres, y simbólicamente desde su tumba florecida, los revolucionarios de las más diversas nacionalidades les espetan a los socialrenegados de hoy, en todas las lenguas: ¿serán socialismo los patíbulos soviéticos en Afganistán, los cadalsos vietnamitas en Kampuchea y Lao, los paredones cubanos en Angola? (…) ¿Puede el proletariado triunfante de un país imponer la felicidad a otro país sin comprometer su victoria? ¿No forja sus propias cadenas el pueblo que oprime a otro pueblo”?

Durante los ochentas, igualmente, concurrimos a unas y otras elecciones, con resultados magros, pero siempre llevando adelante la política de frente único, desenmascarando el expansionismo soviético y sus repercusiones en Colombia; lo hicimos en alianza con liberales, conservadores y con los más diversos sectores sociales del país. En 1983 nos negamos a formar parte de la “Comisión de Paz” en la cual se nos asignó un cupo de manera inconsulta, desconociendo que el MOIR nunca ha estado levantado en armas. En 1990, cuando el gobierno de César Gaviria, pisoteando la Carta, el Congreso y a las autoridades judiciales, convocó a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, Mosquera ordena la abstención, tras un lúcido análisis de las condiciones que le imponía al Partido la caótica situación en aquel momento. Demostraba con ello una vez más su gran capacidad de adaptar las tácticas del Partido a las variables exigencias de la lucha, cualidad indispensable para cualquier dirigente que busque el avance de la revolución.

Se trató también de un período al principio del cual, en 1981, el MOIR logró deshacerse de una minúscula fracción que venia oponiéndose sistemáticamente a las políticas y tareas del Partido, que aprobaba las decisiones en los organismos de dirección y salía a predicar lo contrario, en un claro acto de sabotaje al centralismo democrático.

En otros campos, Mosquera organiza con científicos militantes o cercanos al MOIR, médicos, biólogos, físicos, en fin, los Ateneos de Medellín y Cali, donde se discute acerca de astronomía, una de sus aficiones, biología, medicina, ingeniería genética, los nuevos aportes de la ciencia, la dialéctica de la naturaleza.

Para que pudiésemos vislumbrar “la luz al final del túnel”, Francisco Mosquera trazó en la segunda mitad de la pasada década un programa de cuatro puntos necesarios para la conformación del frente único. Tales aspectos eran la defensa de la actividad productiva nacional frente a las imposiciones del Fondo Monetario Internacional y los consorcios extranjeros; el apuntalamiento de la autodeterminación nacional frente a Estados Unidos, las otras metrópolis occidentales y las acechanzas del expansionismo soviético; el rechazo al terrorismo, la coacción y el asesinato como herramientas de la lucha política, y la atención a las demandas de las masas trabajadoras y del pueblo en procura de libertades públicas efectivas y de mejores condiciones de existencia.

Resistencia civil por la soberanía económica
Antes que cualquier otro pensador latinoamericano, Francisco Mosquera detectó, analizó y previno acerca de las nefastas consecuencias de la teoría “neoliberal” y de la llamada “apertura económica”, una estrategia trazada por Washington y desarrollada por los mandatarios de los países de su “patio trasero” para procurar el máximo beneficio de los intereses de las multinacionales yanquis y para sumir a los países sometidos a su órbita neocolonial en una mayor miseria. A esta situación se le dio paso en Colombia mediante la Constitución de 1991. Pacho señala, simultáneamente, que con el hundimiento del imperio del Kremlin se inicia una nueva etapa, la de una sola superpotencia, la del Pentágono.

Mosquera, al establecer las consecuencias de la apertura económica en todos los campos, destacó que ésta da paso a la extensión sin fronteras de las relaciones capitalistas, a la explotación aún mayor de la mano de obra, a la ruina de la industria y la agricultura de los países sometidos, y que constituye la razón para los cambios institucionales que se están produciendo por doquier. Pero que con la pronta saturación de los mercados se desencadenarán las luchas proletarias.

Pronosticó, como inevitablemente habrá de suceder, el derrumbe del imperio. En su última intervención pública, el 25 de noviembre de 1993, advirtió: “A medida que el imperialismo alarga sus tentáculos se debilita afuera y adentro. Su derrumbe será inevitable; ayudémoslo a que su desaparición sea rápida. Pese a los obvios apremios la situación actual es excelente. Yo les aconsejaría que no pierdan la marea alta”.

Meses antes había escrito: “Ante las dificultades de los enemigos y el desbarajuste de Colombia, una descomposición sin antecedentes y en todos los ámbitos, podemos aspirar, con realismo, a ponernos a la cabeza del desenvolvimiento revolucionario. (…) Ante las acucias de la hora requerimos, como nunca jamás, de la cohesión ideológica y táctica; del freno al aburguesamiento del Partido. He ahí uno de los papeles esenciales de Tribuna Roja”.

Mosquera en la memoria
Pacho nos aportó un nuevo estilo y una nueva forma en la lucha contra el revisionismo; nos inculcó la teoría desarrollada por Mao Tse-tung en lo referente a las revoluciones democráticas del Tercer Mundo; enseñó al proletariado de Colombia principios básicos para la construcción del partido obrero que habrá e transformar nuestra realidad; asombró con sus decisiones tácticas probadamente acertadas gracias a su instinto de clase, a su clarividencia y a su rigor teórico. Trabajó en los campos de la filosofía, la historia, las ciencias naturales, el arte, generando cada vez nuevas dudas, encontrando facetas inimaginadas, resolviendo problemas que sólo un auténtico discípulo de Marx podría haber afrontado con tal consagración y honestidad. Fue un hombre universal, el más grande que nos haya sido dado conocer.

En la mente de quienes lo conocimos perdurarán por siempre su fidelidad a los principios, su solidaridad y franca amistad con cada persona del pueblo que cruzó por su camino, su rectitud política y humana, su exactitud, incluso en el lenguaje, el cual fue dominando hasta convertirse en un escritor de incomparable estilo, su entusiasmo por los deportes: él mismo fue maratonista, y en el fútbol admiró a los brasileños, a los cuales, afortunadamente, alcanzó a ver coronarse campeones del mundo después de 24 años de espera. También su alegría permanente que se nutría de fuentes populares. La recalcó en alguna ocasión cuando dijo: “Muchos de ustedes se habrán preguntado, al igual que yo, dónde estriba el temple de un partido que, como el MOIR, desde la cuna rehusó aceptar padrinos y aguas bautismales de adentro o de afuera del país, y, aun cuando no haya gozado de la satisfacción de triunfos resonantes y se halle cercado de ponzoñosos enemigos, persevera tozudamente, conservando intactos durante tanto tiempo el honor y el humor. Ello obedece, a mi juicio, a que no descuidamos ni la construcción teórica ni la lucha ideológica”. La semilla de su pensamiento, tendrá que germinar, florecer y dar sus frutos en las futuras generaciones colombianas.

Pacho se merecía el triunfo de la revolución que imaginó y dirigió a través de las dificultades. Pero tuvo que enfrentar su lucha en un momento en el cual después de cien años de ascenso, la causa proletaria comenzó un reflujo que dificultó en todos los países las batallas de los discípulos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung. Cabe decir como él lo hizo ante la tumba de Clemencia Lucena: “Te sucedió lo que les acontece a los revolucionarios de verdad, que la vida no les alcanza para culminar cuanto aspiran, no sólo porque cuando logran una meta se proponen otra y otra, sino porque la revolución contemporánea será la hazaña de muchas pero muchas generaciones”. Y con el poeta ruso Nekrásov:

¡Qué lumbrera del pensamiento se ha apagado!
¡Qué gran corazón ha dejado de latir!

TEXTOS SOBRE HISTORIA

El descubrimiento

“Aunque el Descubrimiento se deba a los adelantos de aquel período, parta de la hipótesis de la redondez de la Tierra, corresponda a la pericia y a la tenacidad de Colón e ilumine la Era Moderna, lleva el timbre, si se me permite la licencia, de las fascinantes realizaciones del Renacimiento: que sus autores se planteaban los problemas, definían los objetivos y los coronaban, pero sin dominar a ciencia cierta el motivo y las repercusiones de sus triunfos, ni los basamentos esenciales en que se sustentan.

“La llegada un tanto fortuita de las primeras carabelas a nuestras costas de cualquier modo fue una salida a las urgencias de la Europa del siglo XV, en especial la de romper el cerco en que la habían situado la toma de Constantinopla por los turcos otomanos, que bloqueó sus rutas comerciales hacia el Oriente, y el hecho de que los combatientes del Islam constituían de suyo una barrera infranqueable en el Norte del África. De ahí que exclusivamente restara buscar el ‘Levante por Poniente’ según la conocida y certera intuición del genovés. Sin embargo, al intentar comprobarla, se le atravesó otro mundo, inmenso, distinto al anhelado… y no lo supo nunca. Una meta fallida, que fuera de encarnar uno de los más notables éxitos del Hombre, da pábulo a otros desenlaces no menos contradictorios y deslumbrantes”. (“En respaldo a Germán Arciniegas”, El Tiempo, octubre 11 de 1992).

Conquista y Colonización

“Hasta dónde nos hallamos ligados a las vicisitudes del quehacer internacional lo registran los propios albores de nuestros pueblos. Luego del Descubrimiento, al Norte del Río Grande arribó la emigración más avanzada de entonces a colonizar unos parajes apenas habitados por aborígenes que en su retardo evolutivo no pasaban del estadio superior del salvajismo, de acuerdo con la sinopsis de Lewis H. Morgan, en tanto que al Sur vinieron los representantes de las formas más atrasadas de producción de Europa, a disponer de unas tierras cuyos bárbaros propietarios ya habían conseguido, entre sus hazañas, cultivar.

“Este hecho paradójico, el que lo aventajado del viejo mundo se tropezara con lo rezagado del nuevo, y viceversa, selló la suerte de las dos porciones tan dispares y tan encontradas de América. En lo que después sería Estados Unidos, los colonos, con una mano de obra salvaje no utilizable, tuvieron ellos mismos que descuajar los bosques y hendir los surcos, hasta ver florecer a la postre un capitalismo puro, exento de las interferencias de sistemas caducos heredados a los que fuera necesario barrer, como le tocara a la burguesía europea en sus batallas por el desarrollo. Idéntica afirmación cabe para las normas democráticas de organización social, cuyas embrionarias encarnaciones comenzaron allí a manifestarse desde un principio y a facilitar las actividades productivas.

“En cambio, el rancio coloniaje monárquico, de severo molde absolutista y al que prácticamente le correspondiera fundar a Latinoamérica, trasplantó intacto aquí el régimen feudal, dada la feliz coincidencia de que se toparía con una abundante población indígena apta para la agricultura y las labores manuales, a la cual, además de evangelizar, transformaría en siervos de la gleba. Sobre la mita, la encomienda, y el resguardo reverdecieron las obediencias jerarquizadas, los tributos y prestaciones personales, la justicia inquisitorial y el resto de instituciones de una sociedad que allende el océano exhibía síntomas inequívocos de senectud, pero que bajo nuestros cielos tendría mucho por vivir, hasta el punto de que al cabo de los siglos aún observamos sus vestigios saboteando la marcha del progreso”. (“Unámonos contra la amenaza principal”, Intervención en el Foro sobre Centroamérica, Tribuna Roja No. 47, octubre 19 de 1983)

La Independencia

“Vertiginosamente Norteamérica adelantaría, y pronto haría sentir también su influjo bienhechor con su Declaración de Independencia, convenida en 1776 y enfilada en general contra la monarquía y la divinidad de los reyes; documento consagratorio de los preceptos de la democracia burguesa, cuyos derechos humanos presididos por la sonada máxima de que todos ‘todos los hombres son creados iguales’, estaban llamados a contribuir durante decenios, y de contera, con la gestas de emancipación de las colonias españolas. Bastante transcurrida la centuria pasada, la semblanza estadinense todavía seguía infundiendo entusiasmo a las luchas progresistas de los distintos países. La guerra de secesión, concluida en 1865 con la refrendación de la libertad de los esclavos negros, recibió el fervoroso apoyo de las corrientes revolucionarias, especialmente de los obreros europeos.”

El capital monopolista norteamericano

“No obstante, en víspera del siglo XX, junto a una banca omnipotente, reguladora de los engranajes industriales puestos a la sazón bajo sus arbitrios, irrumpen los gigantescos monopolios, suprema expresión de la concentración del capital, los cuales estiman demasiados angostos sus linderos fronterizos y han de hacer de la rapiña una divisa, renegando de las sanas tradiciones y trastornando la mente de la gran nación de Jefferson. La guerra contra España en 1898, su primera confrontación netamente imperialista, no se emprendió ya en aras de las claúsulas de ‘no colonización’ de la Doctrina Monroe, sino al revés, para apropiarse de lugares ajenos, como lo llevó a cabo aquel año el gobierno de Mackinley con Filipinas, Guam y Puerto Rico. Contra Cuba, asimismo arrancada de la corona ibérica, expidiose más tarde la oprobiosa Enmienda Platt por la cual se coartaba su soberanía y quedaba Estados Unidos facultado para entrometerse en los asuntos de la Isla cuando le pluguiera. Sobrevendría de igual modo la desmembración de Panamá de Colombia, con el propósito de construir en el Istmo el canal interoceánico que los franceses no fueron capaces de materializar. Y posteriormente la habilitación de las interminables tiranías castrenses tipo Carías, Martínez, Duvalier, Ubico, Somoza, Trujillo, respectivamente de Honduras, El Salvador, Haití, Guatemala, Nicaragua y República Dominicana, para sólo señalar unas pocas de las muchas que han soportado las masas escarnecidas y apaleadas de América Central y el Caribe. Y los tratados leoninos sobre diversos tópicos, dirigidos a garantizar franquicias para las inversiones, los consorcios, las mercancías o los empréstitos procedentes de la metrópoli recién configurada. Y las repetidas conferencias panamericanas, gestoras del sistema del mismo nombre pero bajo la batuta de Washington, preferencialmente la IX, celebrada en Bogotá durante los días aciagos del asesinato de Gaitán y que diera vía a la Organización de Estados Americanos, la inefable OEA, tildada por algunos como el ‘ministerio de colonias yanquis’. Y las intervenciones militares contabilizadas por docenas en el Hemisferio, entre las que vale la pena recordar la de 1914, en el puerto de Veracruz, México, a fin de presionar la dimisión del presidente Victoriano Huerta; la de 1926, en auxilio del títere nicaragüense Adolfo Díaz; la de 1954, para derrocar el gobierno guatemalteco de Juan Jacobo Arbenz; la de 1961, fallidamente contra la revolución cubana, y la de 1965, tras el objetivo de aplastar al insubordinado coronel Francisco Caamaño, en Santo Domingo.

“La metamorfosis de la república estadinense en una potencia imperialista se había consumado definitivamente. Dejemos referir al Washington Post, en editorial publicado preciso en los preliminares de la guerra de 1898, cómo percibió aquella transmutación en los momentos históricos en que se estaba efectuando: “Una nueva conciencia parece haber surgido entre nosotros la conciencia de la fuerza y junto con ello un nuevo apetito, el anhelo de mostrar nuestra fuerza… El sabor a imperio está en la boca de la gente, lo mismo que el sabor de la sangre reina en la jungla”. (…) (Id.).

El neocolonialismo

“La entronización de la hegemonía norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo, que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de la metrópoli, por las del control indirecto, a través de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter a su égida a las naciones más atrasadas, feudales y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío económico con las materias primas así apropiadas y con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados. Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente, con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces. Además, el grado de concentración y de pujanza del monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir de caer bajo la subordinación económica mediante los contratos leoninos, las leyes elásticas y el ‘serrucho’, tristemente célebre en Colombia. (“Experiencias de la Segunda Guerra Mundial para tener en cuenta” José Stalin. La gran guerra patria de la Unión Soviética. Trad. de Gabriel Iriarte, agosto de 1990).

El fascismo y la segunda guerra mundial

Aunque el fascismo configura una de las cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada, más típica, más propia de la etapa en que el capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición y de expoliación parasitarias sobre las naciones oprimidas. La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial…

El despotismo hitleriano proporcionó una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército altamente calificado acorde con los adelantos técnicos y con formas organizativas apropiadas a estos, verbigracia, las unidades mecanizadas de rápida movilidad muy distintas a las antiguas formaciones de caballería, supérstites aún en no pocas de las instituciones militares…

El nazismo, que funda su éxito en la intimidación y el engaño, como cualquier contracorriente reaccionaria no soporta la adversidad. Únicamente sobrevive llevando la delantera, pero tan pronto se le nublan las perspectivas de vencer todo estará finiquitado sin remedio…

Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada con Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles…

…el heroísmo del pueblo soviético incide en el cambio de la situación en un lapso relativamente corto; a lo que debemos agregar la orientación política y militar, sin cuyo acierto, ni la sangre vertida ni la laboriosidad desplegada hubieran dado sus frutos. Partiendo del mismo vaticinio sobre el desencadenamiento de las contradicciones de la preguerra; pasando por la utilización de los factores positivos contemplados en la estrategia trazada, y concluyendo en el hábil maniobrar para, sin venderlos principios, salir airosos, de cada una de las complejísimas encrucijadas, el alto mando soviético hizo alarde de visión, sapiencia, audacia y capacidad, cual raras veces ocurre en la historia. Aquél era el Partido Comunista. Integrado por los continuadores de la magnífica tradición revolucionaria de Rusia y los herederos de las sublimes virtudes de Lenin: educado en los fundamentos científicos del marxismo y dirigido por un jefe formidable: Stalin. (Experiencias de la Segunda Guerra…. op. cit.)