EL IMPERIALISMO ASFIXIA LA PRODUCCIÓN NACIONAL

Capitalismo nacional

“Desde entonces el capitalismo nacional se ha visto en una situación de enorme inferioridad, desplegándose escasamente, a trancas y a mochas, en especial durante los períodos de ciertas dificultades del imperialismo y cuando por ello se hace menos intensa su influencia sobre el país. El paulatino estancamiento de la producción nacional y la ruina progresiva de las grandes masas populares se hallan determinados por esta relación neocolonial de sojuzgamiento externo. Los bienes y la mano de obra de los colombianos no coadyuvan a la prosperidad y al progreso de la nación sino que se encuentran al servicio exclusivo del enriquecimiento de los monopolios extranjeros. He ahí la causa principal y decisiva de la crisis de Colombia: la explotación y opresión del imperialismo norteamericano. Por lo tanto, su única salida real será la revolución de liberación nacional.

“Estados Unidos padece de superproducción, de saturación de sus mercados, de falta de salida para sus mercancías y capitales. La ciencia, la tecnología, la organización administrativa, la proliferación en suma de los medios materiales productivos han llegado a un estadio tal de progreso y perfeccionamiento, que las relaciones de propiedad individual capitalista, expresadas en la gran concentración monopolística, se constituyen en trabas infranqueables para la expansión de dichos medios productivos. Pero el imperialismo resuelve temporalmente su crisis explayándose por el mundo, apoderándose de naciones enteras y compitiendo en esta bárbara conquista con los demás países y grupos imperialistas (…)
“La crisis de Colombia es de atraso, de atrofia de las distintas ramas productoras de bienes industriales y de consumo, de falta de ciencia, de técnica, de incipiencia en suma de los medios materiales productivos. Los valladares para el acrecentamiento de dichos medios productivos son las relaciones neocoloniales de subyugación externa y el régimen de explotación terrateniente”. (“Contra el ‘mandato de hambre’ a la carga”. Tribuna Roja N° 18, febrero de 1976).

“Del hecho de que nuestro país, por su estancamiento relativo y el vasallaje externo, subsista una pequeña y mediana producción de tipo empresarial, tanto en la ciudad como en el campo, que urja medidas proteccionistas y ciertas libertades para no asfixiarse ante la extorsión de los estratos monopólicos y parasitarios, y de que los representantes de aquellas formas productivas todavía puedan contribuir económica y políticamente a nuestro desarrollo, no se desprende que a la burguesía y a su sistema no les haya transcurrido, y desde hace rato, su momento histórico. El porvenir ineluctablemente ya no les pertenece. Y allí donde esta clase, o una parte de ella, consiga justificar sus aportes, como en el caso colombiano, su labor, con lo enjundiosa que llegue a ser, estará limitada por sus fatales impedimentos, sus irresoluciones, su innata debilidad, su temor a extinguirse. La gesta emancipadora la fortificará pero le espanta, porque presiente sus riesgos. Al proletariado no es que la revolución le convenga, así de escuetamente, sino que constituye su elemento, su modus vivendi; y entre más honda sea, entre más categóricamente socave el antiguo orden, más realizado se verá, más íntegro será su poder”. (“La vigencia histórica del marxismo”, Tribuna Roja No.45, marzo de 1983).

“Como soplan vientos de ‘abundancia’, el gobierno franquea las aduanas y permite a esta misma burguesía compradora asaltar los mercados internos con los bienes sofisticados de la desarrollada industria capitalista extranjera, colocando al borde del precipicio a las manufacturas criollas. Alfonso López justifica sus medidas con la argucia de que se establecerá una indispensable competencia a los productores nacionales de la ciudad y el campo, y la inundación inflacionaria retornará a los niveles de los años anteriores. Las consecuencias de tales teorías han sido suficientemente debatidas, no tanto por los doctos en estas materias como por la comprobación práctica de las gentes sencillas”. (“Fin de un período y comienzo de otro”, Tribuna Roja, No. 31, febrero de 1978).

“Los trotskistas, con el patrocinio de los mentores del revisionismo latinoamericano, erigieron su arrevesado edificio doctrinario sobre el supuesto de que el progreso de Colombia era posible a pesar de la expoliación imperialista. Tales diletantes hicieron escuela y encontraron sendos y desaforados apologistas entre la intelectualidad seudocientífica. De nuestras filas han sacado uno que otro pupilo. En sus planteamientos no distinguen el capitalismo nacional, joven y endeble todavía, del capitalismo senil de los gigantescos consorcios extranjeros que sobrevive gracias al saqueo de las neocolonias. No sólo no captan contradicción alguna entre intereses tan contrapuestos, sino que el arribo al socialismo no lo conciben como consecuencia del estancamiento de las fuerzas productivas, que es, en definitiva, la razón material del cambio de una forma de sociedad a otra. Ciertamente no existe acicate mayor para la revolución colombiana que la ruina creciente del país”.

(“Las elecciones y la crisis”, Tribuna Roja No. 39, agosto de 1981).

El imperialismo

“¡Ay de las naciones sojuzgadas que dejan en manos de los colonizadores su propio porvenir! La ‘amistad tradicional’ a los tiburones del capitalismo imperialista se paga con la pérdida de bienes, vida y honra, para usar la antiquísima expresión repetida a menudo por las clases dominantes colombianas. Los problemas ancestrales de Colombia, agudizados al máximo en los campos económico, político y social, tienen como causa primera la explotación y dominación imperialista norteamericana. Un país que no trabaja para el bienestar de sus hijos sino para el enriquecimiento de una potencia extranjera, está condenado a la bancarrota en todos los órdenes.
“El cambio que propicie Estados Unidos, las realidades que pueda admitir, los derechos que se digne reconocer, las responsabilidades que decida asumir, las cosas que proponga conservar y las que acepte sustituir, no son más que las modificaciones requeridas para incrementar el saqueo de sus neocolonias, a tono con las nuevas situaciones que se vayan presentando. El imperialismo, por ejemplo, no reclama ya de las repúblicas que se mueven en su órbita, la entrega tanto de concesiones de explotación, pasadas de moda, como la buena marcha del sistema de asociación, por medio del cual el inversionista extranjero aparentemente comparte por igual los mismos derechos y obligaciones que el capital nacional, mas con el resultado de que se lleva la ganancia fundamental con un mínimo de riesgos económicos y políticos. Estas son expresiones típicas del neocolonialismo, a las que se ajustan maravillosamente fenómenos como el de la integración latinoamericana, para mencionarlo de pasada. El Pacto Andino lo han inspirado y manejado entre bambalinas los consorcios internacionales, aunque los gobiernos de la subregión aparezcan en el tinglado actuando. El fruto de toda aquella pantomima seudonacionalista, hoy reconocido hasta por la misma burguesía colombiana, ha sido el de que las grandes empresas imperialistas puedan invertir en cualquiera de los países del área, dentro de las mayores seguridades y gozar de un mercado ampliado con mínimas trabas arancelarias. Son los cambios que patrocina el imperialismo. Los compromisos del amo norteamericano con sus satélites. La alianza del jinete y el caballo”. (“Vine, vi, vendí”, Tribuna Roja No. 17, noviembre 22 de 1975).

“El imperialismo norteamericano, simultáneamente con otras fuerzas imperialistas de menor envergadura, ha venido apoderándose sin tasa ni medida, de nuestros recursos naturales; expropiando o interviniendo de mil formas a la naciente industria criolla; constriñendo sistemáticamente, con la venta especulativa e indiscriminada de insumos, maquinaria y hasta de excedentes agrícolas estadinenses, a la producción agropecuaria; operando a sus anchas el comercio interior y exterior: manejando la banca y los demás organismos financieros: endeudando a la nación con créditos usurarios, y manipulando arbitrariamente el complejo engranaje del Estado, con lo cual manda, legisla, ejecuta, juzga, hace y deshace.

“En verdad que el imperialismo con su presencia en nuestro país y como repercusión colateral, estimuló el despegue del capitalismo autóctono, y éste ha registrado un cierto ensanchamiento, preferentemente en los períodos de crisis del capital imperialista, como en 1930 y en la Segunda Guerra Mundial, cuando la dominación y explotación extranjeras se atenúan por dichas causas”. (MOIR: Unidad v combate. Editor Tribuna Roja. Bogotá, febrero de 1976).

“Las relaciones expoliadoras implantadas por Estados Unidos fueron harto distintas a las que consuetudinariamente rigieron en el mundo y que en la actualidad se hallan casi extinguidas por completo. Se trata del neocolonialismo, como insistimos en denominarlo con la finalidad de distinguirlo. Es el desvalijamiento moderno que no precisa de virreinatos o protectorados de ninguna especie para llevar a feliz término la labor depredadora. Aun cuando eche mano de los cuartelazos, las invasiones y las tomas territoriales, dentro de su inclinación natural a esgrimir escuetamente la represión siempre que sea indispensable, tolera la independencia política, la república y los gobiernos elegidos por sufragio, pues sus ganancias espectaculares y especulativas, inherentes al capitalismo monopólico, estriban antes que nada en la exportación de capitales desde los centros desarrollados a la periferia relegada. Mediante las inversiones directas y los empréstitos los países pudientes despojan a los menesterosos de sus recursos naturales, acaparan sus mercados, inspeccionan y reglamentan sus economías. Los funcionarios, los legisladores, los magistrados caen prisioneros en las redes del soborno, o capitulan ante las desalmadas e ineludibles presiones pecuniarias. Si no que lo desmienta México, cuya fachendosa burocracia posaba de libérrima y patriótica hasta cuando el Fondo Monetario Internacional, con sus inapelables requisitos para la renegociación de la deuda pública, vino a postrarla de hinojos y a dejarla en cueros ante la mirada estupefacta de los miles de millones de moradores del planeta. O que lo atestigüen, para no ir muy lejos, los gerentes de nuestras entidades del ramo que no atinan a explicarle a la desfalcada y confundida opinión colombiana los motivos de las escandalosas alzas en las tarifas de los servicios, hechas por conminación de las agencias prestamistas”. (“Unámonos contra la amenaza principal”. Tribuna Roja No. 47, febrero de 1984).

“Un país que no trabaja para el bienestar de sus hijos sino para el enriquecimiento de una potencia extranjera, está condenado a la bancarrota en todos los órdenes”

IN MEMORIAM

“Lo supieron los arduos alumnos de Pitágoras:
Los astros y los hombres vuelven cíclicamente”.
Borges

Te pusiste de pie con la luna de agosto,
atravesaste la penumbra de nuestra aflicción
y, enfundado en el lienzo de tu camisa blanca,
partiste a reunirte con los leales padres.
Invicta en el incesante fluir de la materia,
tu lámpara de fogonero disemina su luz.
Ni las aspas del tiempo riguroso,
ni los bordes de la necesidad
podrán ya nada contra tu perfil.
De ti tuvimos la geografía del país que vendrá
tomado de la mano de un sol emancipado.
Por ti tuvimos otra noción de patria, de minero,
de occidente, de fatiga ancestral, de meridiano,
de camino descalzo, de letra, de memoria,
de viento universal y de bandera.
Cabal augur de sueños postergados:
“Comprender el sentido del bosque en cada hoja,
y, en cada estrella el sentido del cosmos.”
Navegante certero de procelosos mares:
“Orientarse no por los desvaríos del instante
sino por el decurso de las constelaciones”.
Estratega leal de los desposeídos:
“Mirar con diligencia los milenios pasados
tan sólo para poder uncir el porvenir”.
Por arduos territorios has conducido tu legión,
y tu legión, indemne, sobrevive al trasiego.
Es tu legado lumbre de diamante:
¿Podremos reunir en un solo caudal
las mil vertientes de la emancipación?
Sobre las pinceladas del ocaso continúas de pie,
dilucidando el sino y la ventura de países heridos,
de naciones de ébano, de marfil, de obsidiana
que labran su horizonte para que venga el día
cuando vuelvas reunido con los leales padres.

Alfredo Camelo B.
Bogotá, agosto 3 de 1994

UN PARTIDO DE TIPO NUEVO, DE TEMPLE ESPECIAL

“La vanguardia que necesita el pueblo colombiano en su lucha revolucionaria no puede ser como los llamados partidos tradicionales, ni como el Partido Comunista revisionista, ni siquiera parecida; no puede ser un partido salido del liberalismo, del conservatismo ni del revisionismo, ni mucho menos guiado o inspirado en sus líneas ideológicas, políticas y organizativas. No puede ser de carácter burgués, terrateniente o revisionista. Tiene que ser un partido diametralmente distinto, un partido de tipo nuevo, de temple especial, que esté a la altura de las grandiosas y heroicas tareas de la revolución.

“La vanguardia que necesita el pueblo colombiano en sus luchas es un partido auténticamente revolucionario, auténticamente comunista, pertrechado de una ideología correcta, el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung, férreamente unido y disciplinado, organizado en todo el país, vinculado estrechamente a las masas populares, arraigado profundamente en la realidad nacional y capaz de llevar a la victoria a las clases revolucionarias en las batallas más difíciles. Sólo la clase obrera podrá crear un partido así, su propio partido”. (“Construyamos un partido auténticamente comunista”, Tribuna Roja. No. 3, noviembre de 1971)

La lucha interna en el MOEC en 1965

“En la actualidad el Movimiento afronta tres problemas fundamentales:

“1. Fallas organizativas que desvirtúan el carácter leninista de nuestra organización. Existe una situación anárquica por el desconocimiento de las normas organizativas y del estilo de trabajo de un verdadero partido marxista-leninista; son manifestaciones del liberalismo en el aspecto organizativo, que podemos sintetizar en la ausencia de formación orgánica en la mayoría de regionales y descoordinación entre los organismos de distinto nivel donde hay principios de organización. Los organismos han sido suplantados por ‘grupos de amigos’, la dirección colectiva por ‘hombres-orquestas’ y la crítica por ataques personales. La disciplina en tales condiciones no opera. Estas aberraciones dentro del Movimiento están generalizadas; sin embargo, esto no quiere decir que en ciertas regiones del país y en determinados períodos de nuestro desarrollo los vicios anotados no hayan sido combatidos ejemplarmente con resultados positivos; pero en general el nivel ideológico y político es bajo -causa de estos males- y el liberalismo, el subjetivismo, el individualismo, el caudillismo y el oportunismo corroen al Movimiento.

“2. Presencia en la dirección nacional del Movimiento, especialmente en el Comité Ejecutivo Nacional, de elementos oportunistas de muy bajo nivel ideológico y responsables de graves errores de dirección en la presente y pasada etapas. Estos elementos practican un método conciliacionista para resolver sus contradicciones internas y su efecto pernicioso se resume en destrucción de la organización y corrupción de la militancia.

“3. Fallas considerables en la elaboración de una teoría revolucionaria sobre la construcción de nuestra vanguardia marxista-leninista y sobre la línea estratégica y táctica de la revolución colombiana. Por falta de esta teoría los militantes del Moec no han adelantado satisfactoriamente en las tareas del fortalecimiento orgánico, ni han contado con una orientación clara para dirigir al proletariado colombiano y al pueblo colombiano en su lucha revolucionaria.

“Es necesario resolver esta contradicción aplicando métodos correctos, efectivos, científicos. Hay que partir del conocimiento de las características y formas que adoptan las tendencias no proletarias dentro del Movimiento, señalar sus causas y definir su naturaleza. Debemos investigar si estas contradicciones no son antagónicas y se manifiestan entre compañeros revolucionarios que discrepan en cuestiones de procedimiento y que podemos resolver con el estudio, la discusión y la crítica y autocrítica; o son contradicciones que han llegado a ser antagónicas entre la ideología enemiga traída al seno de la organización y defendida sistemáticamente por elementos oportunistas y el marxismo-leninismo defendido por los revolucionarios, y que debemos resolver con una lucha efectiva en los terrenos ideológico, político y organizativo, hasta la eliminación al máximo de estas tendencias contrarrevolucionarias en el Movimiento.

“Para conocer las características, la naturaleza y las causas de estas contradicciones dentro del Movimiento debemos ayudarnos del marxismo-leninismo como guía y consultar la experiencia universal de los pueblos y partidos hermanos. Cuando hayamos definido estas cosas nos pondremos de acuerdo en el método que debemos seguir para resolver estas contradicciones; sabremos si basta con la crítica y autocrítica o si es necesario desarrollar una lucha más efectiva para salvar el Movimiento”. (Hagamos del MOEC un autentico partido marxista-leninista, 1° de octubre de 1965)

El Partido y la teoría
“El marxismo se ha templado y ha avanzado aceleradamente en la lucha contra quienes desde sus filas han pretendido convertirlo en instrumento de la burguesía. En esas contiendas salen a flote, más relucientes y dominantes, a los ojos de decenas de millones de obreros, los principios que la palabrería vacua y adocenada de los falsificadores mantienen inmersos y ocultos. ( …) Pero no basta con llamarse marxista-leninista para serlo. Contra eso, casualmente contra eso, estábamos luchando, contra los charlatanes y embaucadores de la clase obrera. Habíamos lanzado la consigna de la construcción del Partido del Trabajo de Colombia y de la preparación de su primer congreso, lo cual significaba en la práctica dar cumplimiento a dos tareas interrelacionadas: la una, dotar al Partido de una teoría de la revolución colombiana, y la otra, extenderlo a todo el país. (…) Los pasos dados en la realización de las tareas mencionadas, constituyen conquistas considerables de nuestra revolución”. (Unidad y combate, Bogotá, Editorial Tribuna Roja, 1976)

“El Partido está obligado a orientar, atender la infinidad de contradicciones derivadas de la imposición de la apertura económica, una exigencia con la que Estados Unidos piensa salir de la recesión, contrarrestar los efectos de la guerra comercial desatada en el globo entero y volver al hegemonismo. (…) En tales circunstancias no conseguiremos dirigir si nos reducimos a las reuniones de los organismos; precisamos de la palabra escrita aun cuando sólo alcance para unos miles de cuadros y activistas, o unos cientos de frentes.
“Ante las acucias de la hora requerimos, como nunca jamás, de la cohesión ideológica y táctica; del freno al aburguesamiento del Partido. He ahí uno de los papeles esenciales de Tribuna Roja”. (“Nuevo intento”, Tribuna Roja, No. 52, 29 de julio de 1993)

Carácter proletario del Partido
“Por la situación internacional y nacional es el proletariado quien puede llevar adelante consecuentemente esta política revolucionaria nacional y democrática, y por consiguiente organizar y dirigir al resto del pueblo en la batalla contra el imperialismo y sus lacayos colombianos. Esto hace que la revolución nacional y democrática que necesita Colombia sea una revolución de nuevo tipo, una revolución de nueva democracia dirigida por el proletariado. Esta característica es la que determina que la actual revolución de nueva democracia culmine, en su segunda etapa, en una revolución socialista. Sólo el proletariado como máximo dirigente de la revolución colombiana puede garantizar los dos pasos: el de la revolución de nueva democracia (contra el imperialismo y sus lacayos colombianos) y el de la revolución socialista (contra toda forma de explotación capitalista). De esta grandiosa misión histórica se concluye la necesidad de la creación y fortalecimiento del partido del proletariado de Colombia, capaz de convertirse en el estado mayor de la revolución colombiana.”

(“Cuestiones fundamentales de la revolución colombiana”, Unidad y combate, op. cit.)

“Las luchas ideológicas y políticas que llevamos a cabo tienen que ver directamente con los dos puntales arriba señalados (…): la naturaleza proletaria del Partido y la necesidad de que el proletariado actúe siempre como clase. Sin embargo, muchos camaradas no comprenden a cabalidad premisa tan elemental y básica. Cuando asumen una actitud o lanzan a la ligera un criterio no se preocupan por indagar de qué lado se colocan, si sirven a los apropiadores o a los desposeídos, si debilitan o fortalecen al Partido. Y quienes, instigados comúnmente por móviles personales, no modifican semejante comportamiento liberal, terminan inexorablemente cargándole ladrillo a la reacción. La crítica y la lucha interna configuran la respuesta indicada contra el liberalismo y permiten erradicarlo a tiempo para ‘curar el paciente’ y educar a la militancia y a las masas. Pero a veces el aprendizaje demanda la expulsión, o la deserción voluntaria de los inculpados, que para los beneficios obtenidos da lo mismo”. (“El carácter proletario del Partido y la lucha contra el liberalismo”. Tribuna Roja, No. 33, febrero-marzo de 1979)

“Las dos únicas posibilidades serias de hacer política son: o al lado de los opresores o al lado de los oprimidos; o se sirve al imperialismo yanqui y sus lacayos que sojuzgan y explotan a Colombia o se sirve a las masas trabajadoras y a la nación colombiana. El porvenir será de la clase obrera y de su partido, única fuerza capaz de encabezar la lucha revolucionaria y liberadora del pueblo colombiano. Los intentos por crear nuevos partidos en Colombia distintos al Liberal y Conservador han fallado porque no tienen en cuenta esta ley fundamental de la revolución. El ‘tercer partido’ en Colombia no puede ser otro que el partido de la clase obrera.
Sólo el partido proletario podrá convertirse en el vocero auténtico de los oprimidos y humillados de Colombia. Ese partido y no otro podrá apoyar e interpretar los intereses de las masas campesinas, organizar al pueblo y liberar al país. En las condiciones actuales de Colombia es ésta la principal tarea de los marxista-leninistas: construir un partido obrero, auténticamente revolucionario, auténticamente comunista”. (“La hora es de unidad y combate”. Unidad y combate, op. cit.)

SOBRE EL OPORTUNISMO DE “IZQUIERDA” Y DE DERECHA

“El oportunismo de derecha habla del desarrollo del capitalismo para tratar de demostrar que en el sistema vigente la economía de la nación prospera, aunque casi siempre no de más cifras que las de las jugosas ganancias del imperialismo y sus intermediarios. Su interés político se encamina a mantener el orden establecido e impedir la revolución. El oportunismo de ‘izquierda’ habla del desarrollo capitalista para tratar de demostrar que la revolución no es de nueva democracia sino socialista, aunque sus disquisiciones se restrinjan a especular en abstracto sobre un capitalismo en general, mientras vela el pleno dominio del imperialismo en todas y cada una de las actividades económicas de la nación.

“En la práctica su posición política obstaculiza la alianza de todas las clases, capas, estamentos y personalidades antiimperialistas que no defienden el socialismo como la clase obrera, pero que en la actualidad son fuerzas insustituibles de la revolución y estarían dispuestas en determinadas circunstancias a comprometerse con la causa de la liberación nacional y a pelear hasta el triunfo. Ambas tendencias oportunistas sin proponérselo, se confunden en el saboteo al proceso emancipador del pueblo colombiano”. (“Estrategia y táctica del MOI R”, MOIR: Unidad y combate)

“Izquierdismo”
“La experiencia universal del proletariado en su lucha por la democracia y el socialismo deja la lección obligatoria para los partidos obreros, y en especial para los partidos obreros jóvenes, que sin el necesario aprendizaje y la correcta utilización de las distintas formas de lucha no es posible resolver el problema del Poder, que es en definitiva el problema fundamental de toda revolución. Saber en cada momento cuál es el tipo de lucha que conviene desarrollar para agudizar las contradicciones de clase, convertir en favorables las condiciones desfavorables, sin negarse al repliegue cuando haya que hacerlo y pasando con audacia y sin vacilaciones a la ofensiva aprovechando los cambios de la situación: he ahí asuntos elementales pero claves del marxismo-leninismo. La agrupación política revolucionaria que por prejuicios o trabas mentales se niegue a utilizar la forma de lucha que la realidad aconseje, será una unión de fanáticos, una secta de brujos, ‘honestos’, ‘buenos’ y hasta ‘revolucionarios’, si se quiere, pero jamás puede ser considerada la vanguardia de la clase más avanzada, el embrión del partido proletario.

“Los aspirantes a marxista-leninistas que aún se encuentran en un período infantil de su desarrollo ideológico y político, y que no se sientan capaces o no quieran abandonar los prejuicios ‘izquierdistas’, las talanqueras ideológicas heredadas de las clases no proletarias, que no tengan el valor de adoptar el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung como guía para la acción, nunca llegarán a ser los dirigentes políticos lúcidos que la clase obrera necesita en la lucha por su emancipación”. (“Vamos a la lucha electoral”, MOIR: Unidad y combate, op. cit.)

Revisionismo
“Pero en Colombia echó primero raíces el oportunismo revisionista que el marxismoleninismo. Para derrotar al imperialismo es necesario combatir y derrotar al revisionismo, que en Colombia ha estado personificado en la dirección del llamado Partido Comunista. Sin embargo, la lucha contra el revisionismo será inofensiva si a la vez no se derrotan las posiciones infantiles de ‘izquierda’ y se arma al proletariado con su propia ideología: el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tsetung (…)

“Muchas, hondas e irreconciliables divergencias de principios separan el marxismo-leninismo de revisionismo, sobre todas y cada una de las cuestiones ideológicas políticas. El revisionismo es la tergiversación del marxismo- leninismo para convertirlo, de arma invencible del proletariado que es, en un instrumento al servicio de la burguesía contra el proletariado y el pueblo. Prueba concluyente de esto en Colombia son las vacilaciones, componendas, traiciones y funestos resultados de la acción y la dirección del Partido Comunista en más de cuarenta años de existencia.

“En cuanto al problema de la lucha electoral la diferencia de principios con el revisionismo, consiste no en si es permisible para el proletariado ir a elecciones, sino si se adopta o no la vía electoral para la toma del Poder. Esta es la divergencia con Allende que, llamándose marxista, proclama la vía electoral para la instauración de la dictadura del proletariado y la iniciación de la construcción del socialismo, como dice haberlo hecho en Chile.

“Esto es engañar al proletariado y al pueblo, desarmarlos, entregarlos mansamente en manos de sus enemigos, que no permitirán por las buenas la implantación de la dictadura de las clases revolucionarias dirigidas por el proletariado. Los comunistas vamos a las elecciones no a crear ilusiones electorales a las masas, vamos a lo contrario: a destruir estas ilusiones, a lograr que las masas por su propia experiencia comprendan que ése no es el camino que conduce a la liberación”. (“Vamos a la lucha electoral”)

“El marxismo enseña a los obreros a utilizar la democracia en la brega por su emancipación, y la supedita a ésta como un medio. Pero entre todos los preceptos democráticos se destaca uno del cual el proletariado jamás debe prescindir, y mucho menos el proletariado dominante de una república socialista, si desea derrotar finalmente a sus enemigos de clase, preservar su unidad internacionalista y salvaguardar la revolución mundial y ése es el de la autodeterminación de las naciones. El imperialismo consiste en la opresión de un país sobre otros. La única forma de vencerlo estriba en alcanzar la independencia de las regiones periféricas sojuzgadas, con lo que se crean las condiciones para el levantamiento insurreccional en la sede del imperio, y no al revés, en esperar a que con este estallido se liberen las colonias.

“A ningún pueblo podrá obligársele desde el exterior a que asuma la libertad y abrace la causa socialista. Propender a cualquier tipo de expoliación nacional será imitar las prácticas del imperialismo y contribuir a generarlo. Sin embargo, queda claro que en 1968, y virtualmente antes, los oportunistas contemporáneos, al igual que sus antecesores de la II Internacional, borraron de su apócrifo misal marxista el principio de la soberanía de las naciones como una premisa irrecusable de la revolución proletaria”.
(“Los misterios de la política internacional”, Tribuna Roja No. 37, febrero de 1981)

“Durante más de 25 años soportamos los embates de una tendencia que campeó a sus anchas dentro del movimiento popular, compuesta de variados matices, sostenida en todo sentido por La Habana, cuyos propósitos y despropósitos recibían constante propaganda y que contaban por lo menos con la admiración de la derecha. Innúmeros reveses nos acarrearon sus maquinaciones. Mas el diagnóstico cambió sustancialmente. Aquellos que creían a la par en el “bálsamo santo” y en el “puño brutal de Bakunine”, cual lo proclama el Anarkos de Valencia, se tropezaron de pronto con una dificultad enorme tras el hundimiento de la Unión Soviética, que los abandonaban quienes eran el básico sostén moral y material de la contracorriente. El mundo había sufrido una transformación profunda, de esas que de vez en cuando nos depara la historia. Tres alteraciones sucesivas ocurrieron: primero, la tergiversación del socialismo; segundo, la caída del imperio ruso, y tercero, el resurgir de la hegemonía norteamericana. Acaecimientos llamados a modificarle la faz al planeta y a influir en la vida de cada persona.

“Durante el entreacto del payaso Nikita Kruschov, el Kremlin renegó del marxismo, partiendo de la desfiguración de la memoria de Stalin y encarando una meticulosa operación ideológica tendiente a resucitar a mediano plazo el modo de producción capitalista. Labor sin la cual sería prácticamente imposible la restauración. A Leonid Brezhnev le correspondió extender el poderío soviético por el orbe entero, recurriendo a la violencia, al engaño y a la intriga. Por medio de sus títeres y ejércitos cipayos, tal cual lo hiciera Inglaterra en su hora, holló pueblos en África, Asia y América Latina. A Afganistán la invadió con sus propias tropas. Se erigió en emperador zarista de los trabajadores, un contrasentido. Y Mijail Gorbachov dispuso sobre el reordenamiento de la casa, conforme a las necesidades de la naciente oligarquía que reclama leyes adecuadas, el establecimiento en regla de la especulación y el agio, bancos, libertad de negocios, registro notarial de las propiedades. No lucía lógico que los privilegiados continuaran guardando sus caudales bajo el colchón: que a los ricos les estuviera impedido cruzar el Mediterráneo en yates particulares; que la señora Raisa no pudiese ir de compras a los almacenes Lafayette de París y pagar con tarjetas de crédito, o que los amos de la sociedad no poseyeran periódicos y galerías de arte (…)

“Pese a todo Moscú hizo mal sus cómputos. Gastó demasiado en la maquinaria bélica que dotara de armas no sólo convencionales sino nucleares, descuidando las otras ramas productivas. Al final cayó en cuenta de que las fábricas, en lugar de ampliarse, envejecían; los pozos petroleros y los oleoductos se aherrumbraban, y las faenas agropecuarias tendían hacia el estancamiento. Sólo con la ayuda de Occidente logró descender a tierra a un astronauta sentenciado a vagar sin remedio por los espacios siderales. Y sobrevino el colapso. (…)

“Y los yanquis ganaron la disputa por el control mundial después de décadas de confrontaciones, mientras que los herederos de los Romanov se resignaban a pasar de superpotencia a ser un mero apéndice del imperialismo norteamericano”. (“Hagamos del debate un cursillo que eduque a las masas”. Tribuna Roja N° 56, febrero 21 de 1994)

Francisco Mosquera: SEMBLANZA DEL INOLVIDABLE FUNDADOR DEL MOIR

Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin) Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin)
Por Guillermo Alberto Arévalo
Es difícil dibujar su retrato. Exteriormente está definido por las palabras, como el pez por las escamas. Era sencillo y recto como todo lo que decía. Su heroísmo carece casi de brillantez exterior, su heroísmo está en la modesta y ascética dedicación de un honrado intelectual revolucionario, plenamente convencido de que en la tierra es posible la justicia social; es el heroísmo del hombre que renunció a todas las alegrías de la vida en aras de una penosa labor en bien de la felicidad humana. (Gorki: Lenin)

El camarada Francisco Mosquera Sánchez nació en Piedecuesta, Santander, el 25 de mayo de 1941. Desde su infancia hasta el día de su muerte dejó impreso el testimonio de su inquebrantable vocación revolucionaria, y sembró a lo largo de su fructífera vida entre sus familiares, sus amigos y sobre todo entre sus copartidarios y discípulos, la simiente de la insumisión, de la lealtad con los desposeídos y de la fe indeclinable en el triunfo de los ideales proletarios que supo encarnar como nadie, hasta el punto de haberse convertido en el más grande marxista-leninista que haya conocido la historia de Colombia.

Un rebelde precoz

Nuestro Pacho fue el mayor de los cuatro hijos, tres varones y una mujer, de don Francisco Mosquera Gómez y doña Lola Sánchez. Su padre, un educador, autor de varios textos y manuales pedagógicos, también se desempeñó como visitador escolar, razón por la cual la familia se trasladaba casi anualmente de lugar en lugar del departamento: San Gil, Vélez, Málaga, Barrancabermeja, Socorro, Zapatoca, Floridablanca, fueron las poblaciones que lo vieron crecer y estudiar la primaria. Su primera maestra, la que le enseñó a leer y a escribir, se llamaba Carmen de Tirado. Los cuatro años iniciales del bachillerato los cursaría en Tunja, en los colegios de los jesuitas y de los padres salesianos.

A los ocho años ya se manifiesta su instinto insumiso. Su padre recuerda haberle descubierto un texto escrito de su puño y letra en papel sellado, en el cual manifestaba el deseo de luchar por los pobres de Colombia; recuerda también que, en una ocasión en la cual ganó un “5 y 6”, y antes de conocer el monto del premio, que a la postre no bastó para cubrir el gasto de la reposición, le regaló su cama al hijo de una humilde celadora, que era su amigo, vecino y compañero de juegos y que dormía entre cartones; igualmente que “hablaba de .todo como un hombre maduro”, y que siempre guardaba con disciplina estricta algunas horas de cada día para la lectura y el estudio. Muy joven comenzó a ejercer el periodismo, vinculado a una emisora de la capital boyacense.

De regreso a Bucaramanga, Mosquera estudió los últimos dos años de secundaria en el Colegio Santander. En sus aulas inició la carrera de dirigente político, cuando se puso al frente de una huelga estudiantil que logró involucrar a muchos otros colegios y hasta a la Universidad Industrial de Santander, UIS. Fue tal la trascendencia de esta batalla, que lo convirtió, con apenas dieciocho años de edad, en líder de las juventudes liberales santandereanas; en orador, junto a Carlos Lleras Restrepo y Augusto Espinosa Valderrama, en la concentración realizada como homenaje a la memoria de Jorge Eliécer Gaitán; en candidato a la Cámara de Representantes y en columnista diario del periódico Vanguardia Liberal, que orientaba Alejandro Galvis Galvis, en cuyas páginas publicó durante un par de años la columna “Ocurrencias”, en la que siempre apeló a la opinión pública como respaldo a los conceptos que planteaba.

La ruptura de Mosquera con el liberalismo tenía que precipitarse porque sus ideales chocaban con las concepciones y prácticas de los políticos de la burguesía, y se produjo muy pronto. El día de su graduación como bachiller, mientras la familia y los compañeros lo esperaban, llegó tarde, y en un volante impreso que repartió entre todos los asistentes, titulado “Yo protesto”, anunciaba que de manos de los represores y reaccionarios se negaba a recibir su diploma. Viajó a Bogotá, donde inició la carrera de Derecho en la Universidad Nacional, trabajó fugazmente en El Espectador y tomó contacto, casi simultáneamente, con la ideología marxista. Tras una huelga en respaldo a los obreros de Ecopetrol fue expulsado de la universidad y estudió luego por un breve período en el Externado de Colombia. En 1961, con motivo del “Día del Padre”, Pacho le escribe al suyo una carta en la cual, entre muchas otras consideraciones, solicitaba que si no cumplía con dedicar su vida a la causa de los explotados y oprimidos de su patria, no se inscribiera sobre su tumba nombre alguno. Tenía apenas veinte años y ya encaraba su vida como un compromiso profundo con el futuro de su nación y de su pueblo.

El MOEC, su primera batalla
Tan pronto como los guerrilleros de la Sierra Maestra se tomaron el poder en Cuba, el 1º de enero de 1959, en toda América Latina brotaron los grupos que quisieron emularlos. Era evidente el carácter conciliador y revisionista de los llamados partidos comunistas, y nuevas fuerzas, provenientes de la pequeña burguesía, querían recorrer otros senderos para acelerar la revolución. El primero de ellos surgió en Colombia, seis días más tarde, en un momento en el cual se agudizaba el desprestigio del Frente Nacional. Se trataba del Movimiento Obrero Estudiantil Campesino 7 de Enero, MOEC, fundado por Antonio Larrota, que despertó el entusiasmo de amplios sectores de la juventud estudiantil. En 1963, Francisco Mosquera fue admitido como su militante. Unos meses después lo enviaron a Cuba, al frente de un grupo de diez personas, para recibir un entrenamiento político-militar que, en verdad, resultó ser sólo militar. Al regreso puso de manifiesto su desacuerdo frente al gobierno de Fidel Castro, frente a su promoción del foquismo, así como frente a los farragosos y poco sustanciales discursos de Fidel, que pretendían sustituir la política y la teoría revolucionarias. Esta contradicción se agudizaría con los años, por la creciente sumisión de los dirigentes de la Isla a los dictámenes de la superpotencia soviética.

En el seno del MOEC, que venía de sufrir incontables descalabros militares, bajas y divisiones internas, Mosquera desata entonces una batalla ideológica enarbolando las banderas del pensamiento de Mao Tse-tung. En abril de 1964, en el Segundo Congreso, lo eligieron como tesorero del Comité Ejecutivo Nacional. Fiel a su convicción de que un partido proletario debe sostenerse por sí mismo para poder ser independiente, logra que Corea del Norte, China, Albania, Cuba y otros países suspendan los envíos de dinero al MOEC, caudal que dirigentes corruptos venían dilapidando. Son éstos quienes lo amenazan de muerte y lo expulsan acto seguido de sus filas, junto con unos treinta camaradas que lo respaldan. Con ellos crea el lº de octubre de 1965 el núcleo de nuestro Partido, del cual es elegido Secretario General, en una reunión que aprueba su documento titulado “Hagamos del MOEC un auténtico partido marxista-leninista”, el cual constituyó la base ideológica interna para la derrota del oportunismo de “izquierda”. El documento reivindicaba la necesidad de crear un partido de carácter proletario, la del sustento ideológico marxista- leninista, la dirección de la clase obrera, la obligatoria vinculación de los cuadros a las masas y el autosostenimiento económico, cimentado en los propios esfuerzos y en el respaldo del pueblo.

El mismo Pacho caracterizaría al MOEC, años más tarde, como “un grupo conspirativo de intelectuales, obreros y campesinos, honestos pero equivocados”, al cual con su lucha transformó en “un núcleo marxista-leninista, con una estrategia y una táctica acertadas de la revolución colombiana y cada vez más vinculado e identificado con las más amplias masas populares”.

Surgimiento del MOIR
Desde ese momento, Mosquera cumple una vez más con lo que pregona: se vincula como funcionario al Sindicato de las Empresas Públicas de Medellín, y desde ese cargo comienza a difundir su pensamiento; el bautizo de fuego de su experiencia sindicalista lo tuvo en la huelga de una mediana empresa productora de calzado, Creaciones Italianas. De escaramuza en escaramuza, va asimilando a las condiciones del país los postulados del marxismo-leninismo, y pronto logra el prestigio necesario para crear un movimiento, inicialmente limitado a Antioquia, pero que cuenta con destacamentos obreros tan importantes como los de Coltejer y Vicuña, movimiento que enfrenta el manejo gremial y proimperialista de la UTC y la CTC, por entonces enseñoreadas de las organizaciones sindicales. Bajo su dirección, el Bloque Sindical Independiente de Antioquia sienta un ejemplo que muy pronto halla eco en el Valle y en Santander, e inclusive en la Unión Sindical Obrera, USO, a la cual muchos años más tarde Mosquera calificaría como “la niña de mis ojos.”

A la expansión de esta fuerza obrera independiente de los partidos tradicionales y de la influencia norteamericana contribuye de muy notable manera la huelga que Francisco Mosquera dirige personalmente en las minas de carbón de Amagá, pertenecientes a las empresas Industrial Hullera y Carbones San Fernando. Se trató de una prolongada batalla que alcanzó a paralizar la industria del departamento, durante la cual los patronos y el gobierno recurrieron a las provocaciones violentas a través de antiguos chulavitas. Los obreros resistieron con ejemplar valentía, y ante la presencia de mil efectivos de la policía encendieron tres mil hogueras de protesta. Cuando las fuerzas militares llegaron buscándolo, arrojados trabajadores dieron el paso al frente diciendo que eran Pacho, hasta cuando nuestro camarada dijo que sólo él, ningún otro, era Francisco Mosquera. Lo llevaron detenido a Medellín, pero la presión de los mineros y de los demás proletarios del Bloque Sindical Independiente obligaron a su liberación, la cual fue celebrada en Amagá por una multitud que lo aclamó. Hoy por hoy, los compañeros que vivieron a su lado aquella experiencia la recuerdan como uno de los momentos más fructíferos de su vida.

Así, en la lucha contra el oportunismo “izquierdista” de dentro y de fuera de sus filas, se fraguó esta etapa de la construcción de nuestro Partido, siempre bajo la guía de Mosquera. Paulatinamente nuestros cuadros se vincularon cada vez más estrechamente con la clase obrera, y la militancia toda fue aprendiendo el marxismo y desarrollándolo al calor de luchas concretas. En lo táctico, Pacho desplegó una audaz política de alianzas, tantas como fueron necesarias para el avance de la revolución. En el marco de este proceso, 1969 resultó ser un momento significativo.

Entre el 12 y el 14 de septiembre de aquel año se realizó en Medellín, en la sede de la Universidad Autónoma Latinoamericana, el Encuentro Nacional del Sindicalismo Independiente, al cual concurrieron representantes de todas las fuerzas políticas de la izquierda, personalidades democráticas y hasta los trotskistas y algunos delegados sindicales del guerrillerismo. Al término de este Encuentro se protocolizó la fundación del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, que aglutinó al Bloque antioqueño, al de Santander, al Frente Sindical Autónomo del Valle, a la USO, a Fenaltracar y a Fedepetrol, con el carácter de “organización obrera a escala nacional, surgida de la necesidad de la participación y el desarrollo políticos de importantes organizaciones sindicales, cuya lucha reivindicativa se enfrenta cada vez más con el Estado bajo el dominio del imperialismo: petroleros, carreteras, servicios públicos, etc. Es un instrumento de lucha para unificar a la clase obrera organizada en el cumplimiento de su misión histórica, para llevarla a que se dé su organización política nacida de ella misma y ponerla en aptitud de conquistar la dirección de la revolución (…) dentro del frente de liberación que debe construirse y organizarse con las demás clases populares de la sociedad”.

Durante los meses previos y posteriores al Encuentro, Francisco Mosquera recorrió el país para preparar reuniones obreras en Cali e Ibagué, fusionar con el Partido a varios grupos de los entonces llamados maoístas, provenientes todos de la pequeña burguesía y hasta entonces cautivos del extremoizquierdismo; firmó en Villavicencio un acuerdo con los curas rebeldes del grupo de “Golconda”, concurrió a un encuentro de dirigentes universitarios en el cual se gestó el aguerrido movimiento estudiantil de los tres años posteriores, y redactó “¿Qué es el MOIR?”, texto que sirvió como editorial al primer número del periódico Frente de Liberación aparecido el 20 de julio de 1969.

En medio de todas estas contiendas, el Partido logró determinar cómo en Colombia existe una burguesía nacional, y estableció el carácter progresista de la misma, en virtud de las contradicciones objetivas que tal clase tiene con el imperialismo norteamericano. Esta tesis, aplicada a las condiciones del país, es un desarrollo de la teoría marxista de nuestra revolución, pues abrió una nueva ruta en el proceso revolucionario democrático, particularmente a través de la estrategia de la conformación de un frente único.

Además durante aquel período Pacho entró en contacto con numerosos compañeros obreros, campesinos, estudiantes, intelectuales y artistas que simpatizaban con los ideales revolucionarios, logró aglutinarlos alrededor de sus tesis, y en muchos casos vincularlos al Partido. Algunos se marginarían después, pero sin excepción recuerdan a Mosquera con especial cariño y admiración, en particular por su lúcida visión de la realidad colombiana, por sus aciertos tácticos, por su fraternal tratamiento hacia todo aquel que dejase asomar así fuese una mínima simpatía por la causa del proletariado.

El Paro Nacional Patriótico
Desde 1968 el gobierno de Lleras Restrepo lanzó una ofensiva, destinada a cercenar los derechos democráticos conquistados por la clase obrera colombiana, tales como la organización sindical, la huelga, la contratación colectiva, las libertades de movilización y expresión, particularmente lesiva para los trabajadores del servicio oficial, a los cuales clasificaba como empleados públicos, aquellos “de libre nombramiento y remoción”. Mosquera inició su ataque a esa política y el MOIR convocó, en enero de 1970, el Encuentro nacional de Trabajadores del Servicio Público, al cual asistieron más de mil delegados provenientes de ciento dos organizaciones sindicales, quienes aprobaron la realización de un Paro Nacional Patriótico para rechazar tales medidas.

En aquel momento, los partidos tradicionales ya fraguaban la componenda electoral por medio de la cual le escamotearon el triunfo a Rojas Pinilla, maniobra que Mosquera previó y sobre la cual alertó a los dirigentes de la Anapo, con quienes pactó una alianza. A raíz de ello, los grupúsculos trotskistas y demás oportunistas de “izquierda”, incluidos algunos integrantes de nuestras propias filas, desertaron de los acuerdos previos, aprovechando la difícil situación. Desde entonces, el nombre del MOIR, por esos ires y venires de la historia, pasó a ser el de nuestro Partido como organización política. Se había cumplido el ciclo de las necesarias alianzas con la extrema izquierda, pues ya lo que hacía ésta era obstaculizar el avance de la revolución.

El paro se intentó el 24 de abril, luego del escandaloso chocorazo que llevó a la Presidencia de la República a Misael Pastrana, y fue aplastado por la violencia militar preventiva y por el sabotaje de los extremoizquierdistas; sólo se llevó a cabo parcialmente en Antioquia, y no logró recabar el respaldo de las indignadas masas anapistas, abandonadas por sus propios dirigentes. En su balance de la jornada, sin embargo, Mosquera consignó: “El paro no era un fin, ni jamás se planteó como alternativa la toma del poder, ni siquiera la inmediata solución de los problemas de represión sindical que lo determinaron”. Pero advirtió que su objetivo adicional de protesta contra el fraude y la represión militar le conferían al MOIR “un título más para participar en la lucha del proletariado”. En octubre de ese mismo año, en una finca cercana al municipio de Cachipay, tiene lugar un evento que marcaría la culminación del período de nuestra formación partidaria, cuando un histórico Pleno del Comité Central del Partido aprueba por unanimidad, tras meses de estudio y discusiones, los proyectos de Programa y Estatutos que han orientado nuestras luchas desde entonces. El Pleno de Cachipay formaliza la fusión con los grupos que coincidieron con nuestros postulados y aclama a Francisco Mosquera como su Secretario General.

En 1971 estalla a nivel nacional el movimiento estudiantil más importante de la historia nacional, de carácter resueltamente antimperialista, al cual Pacho logra orientar en denodada batalla contra los oportunistas de derecha y de “izquierda”, con quienes al mismo tiempo se efectuaron alianzas, imponiendo la consigna de luchar por una cultura nacional, científica y de masas. Las fuerzas de la entonces naciente Juventud Patriótica, JUPA, organización de los jóvenes moiristas, resultan elegidas para los cargos en los organismos de dirección de las más importantes universidades del país. Igualmente se organizan contingentes de intelectuales y de artistas, que publican manifiestos y se suman a las lides revolucionarias de las masas. Muchos de los dirigentes de aquellas jornadas se convirtieron en cuadros que han cumplido destacado papel en la historia del MOIR.

Al año siguiente, el MOIR, bajo la orientación de Mosquera, les asesta el golpe de gracia a las tendencias abstencionistas del infantilismo de “izquierda”, al proclamar la concurrencia a las elecciones. Ello significó “una mayor comprensión de los principios marxista-leninistas”, y otra derrota de las desviaciones que habíamos venido combatiendo. En alianza con el Frente Popular, librando una contienda en las más precarias condiciones y poniendo de manifiesto la tenacidad y el entusiasmo de nuestros militantes, obtuvimos diecinueve mil pundonorosos votos, que se convirtieron en paso decisivo para nuestro posterior desarrollo político. A partir de esta campaña, el Partido comienza su extensión hacia las zonas rurales, fraguando la alianza de la clase obrera con el campesinado.

La prensa revolucionaria
El 20 de julio de 1971 salió a la calle el primer número del órgano político del MOIR, Tribuna Roja. Artesanalmente impreso en el taller de E. Salazar F., de Bogotá, circuló a un costo de cincuenta centavos el ejemplar con un editorial escrito por Mosquera, que proclamaba: “Luchemos por una política proletaria”. Desde entonces hasta la fecha de la aparición de este número 57, en el cual rendimos homenaje a Pacho con motivo de la inaceptable realidad de su desaparición, el periódico se convirtió en el vehículo principal de la irradiación de su pensamiento.

A comienzos de 1976, Mosquera amplió la comisión de Tribuna y gestó la etapa de formación de un grupo de periodistas que salieron a cubrir para las páginas de nuestra prensa la vida, la historia y los combates cotidianos de los habitantes de las riberas del río Magdalena, de los cultivadores de algodón, de los mineros del carbón y del oro, de los cosecheros del café, de los tabacaleros, de los campesinos invasores de tierras, de los vendedores ambulantes de las ciudades, de los proletarios de los cañaduzales vallecaucanos, de los madereros de la Costa del Pacífico, de los obreros ferroviarios. Aparte de ello, en la comisión se forjó todo un estilo periodístico caracterizado por el rigor que siempre mantuvo Pacho en todos los campos; grandes debates hubo, partiendo de la precisión en el enfoque político de cualquier fenómeno nacional o internacional, pasando por la diagramación y el aprovechamiento del más mínimo espacio para la difusión de las ideas revolucionarias, y llegando hasta la corrección del estilo literario, acudiendo a la consulta del más variado tipo de gramáticas y diccionarios.

Desde entonces hasta marzo de 1986 el “esporádico”, como terminamos llamando a nuestro “periódico”, logró persistir en tal línea editorial. En determinado momento se imprimieron hasta trescientos mil ejemplares de un solo número, y se publicó por pocos meses con frecuencia quincenal. La palabra de Mosquera, la línea y los postulados del MOIR, alcanzaron a llegar en aquellos días hasta apartados rincones, pues nuestra tribuna viajaba en avión, en tren, en bus, en mula y en canoa, transportada por cuadros que la leían, analizaban, vendían y explicaban a obreros, campesinos y estudiantes.

Después de ello, frente al auge de las consignas por una “paz” a la cual éramos tan ajenos corno a la “guerra” que se intensificó durante los gobiernos de Betancur y de Barco, y ante las dificultades vividas por nuestra organización como consecuencia de la “política paz”, Mosquera debió apelar durante varios años a la publicación de comunicados pagados en las páginas del diario El Tiempo para orientar al Partido y a la clase obrera. Hasta el 29 de julio de 1993, cuando en un “nuevo intento” se reanudó la circulación de este vocero de los intereses del proletariado colombiano.

Unidad y combate, combate y unidad
En diciembre de 1972, nuestro Secretario General lanzó la consigna de acercar el mayor número posible de fuerzas políticas para acordar con ellas un ataque unificado contra los enemigos principales del pueblo. La tarea se concentraba en dos objetivos: una central obrera y un frente electoral, en procura de los cuales se realizó la alianza con el Partido Comunista de Colombia. Tal colaboración fue favorecida por el hecho de que las centrales sindicales de la burguesía pretendían fusionarse y de que la Anapo no sólo se debilitaba sino que rechazaba cualquier programa antiimperialista, lo cual la dividió y permitió la formación del Movimiento Amplio Colombiano, MAC, un grupo de importantes parlamentarios permeables a la unidad con las fuerzas de izquierda.

Tras numerosas reuniones sindicales y políticas, la alianza cuajó en la disposición de forjar una nueva central obrera, y en la Unión Nacional de Oposición, UNO, que obtuvo ciento sesenta mil votos en las elecciones de marzo de 1974 y le permitió al MOIR tener un representante a la Cámara y un concejal en Bogotá. Con todo, el PCC claudicó luego del ascenso de Alfonso López Michelsen a la Presidencia de la República y, seducido por la engañosa concertación del “pacto social”, se dio a tartamudear y maniobrar, y claudicando en el frente sindical respaldó la ofensiva expansionista de la Unión Soviética, incluida la invasión de Angola, y trató de imponer el respaldo a Cuba como condición para cualquier acuerdo, hasta provocar la ruptura de la alianza. La ruptura se hace patente en la carta abierta que Francisco Mosquera le dirige al Partido Comunista el 12 de septiembre de 1975, titulada “Una posición consecuentemente unitaria”; en los numerosos materiales que escribe por esos años aclara cómo debe ser el combate contra el reformismo, cuál es la naturaleza del Estado y la de la democracia burguesa, las inconsecuencias escudadas en la defensa de los llamados “derechos humanos”, la validez del principio de la autodeterminación de los pueblos.

Bajo el precepto del no alineamiento internacional, Mosquera logra en 1977 crear el Frente por la Unidad del Pueblo, FUP, continuando así nuestra política antiimperialista unitaria, amplia y democrática. Con Jaime Piedrahita Cardona como candidato concurre el FUP a las elecciones presidenciales del 4 de junio de 1978. En el curso de la campaña señala Mosquera que: “La revolución colombiana necesita estructurar, bajo la dirección del proletariado, el más abigarrado frente que aglutine a todas las clases, capas y sectores revolucionarios, democráticos y patrióticos. (… ) La principal reivindicación consiste en barrer la sojuzgación neocolonial de los Estados Unidos e instaurar una república popular, democrática y realmente soberana, requisito imprescindible para satisfacer el resto de peticiones e ir desbrozando la senda del socialismo”.

Pacho realiza en el mismo período la primera de sus tres visitas a China, por invitación del Partido Comunista de ese país. En Pekín se entrevista con Chi Tengkui, viceministro y miembro del buró político, por medio de quien envía un saludo solidario al entonces presidente Jua Guofeng. Por aquellos días, un par de representantes de la primera manifestación interna que sufrimos del cretinismo parlamentario, quienes pretendían sacrificar el internacionalismo proletario en aras de los resultados electorales, abandonaron las filas del MOIR, hecho representativo de la lucha librada contra el revisionismo y el liberalismo en el seno del Partido.

No en vano había declarado Mosquera que “las filas del MOIR se inficionan a menudo de las posiciones ideológicas y políticas de las clases y tendencias no proletarias, lo cual, agregado a la presencia abundante de cuadros provenientes de la pequeña burguesía, configura un caldo de cultivo para toda especie de oportunismos”, y que “la unidad del Partido ‘no se hace haciendo la unidad’, dando a entender que no bastan los buenos deseos ni la aceptación mecánica de la disciplina”, pues “el Partido sólo se une y se templa en la lucha de clases que se da fuera y dentro de él”. Poco después, como respuesta a la consecuente línea demostrada por nuestra acción política, un par de fogueados contingentes marxista-leninistas, el MIR y los CDPR, entraron a hacer parte del MOIR, fortaleciendo su presencia en nuevos frentes de las luchas del pueblo.

Con los pies en la tierra
En 1975, después de la campaña de la UNO, Mosquera captó que había llegado el momento de consolidar la influencia del Partido en el campo, y diseñó entonces la política que conocemos como “de pies descalzos.” En virtud de ella, decenas de camaradas abandonaron las ciudades y se instalaron en los más estratégicos lugares del país, con el objetivo de servir a las masas, vincularse a su producción material, conocer y sopesar la importancia estratégica de zonas y poblaciones, determinar los sectores sociales más significativos para la construcción y desarrollo del Partido, y desplegar nuestra política de frente único. Con los “pies descalzos” el MOIR amplió su influencia y su extensión, echando profundas raíces en las clases fundamentales de la sociedad colombiana.

Es imposible narrar las experiencias de nuestra militancia descalza. Para cada compañero habría que dedicar un periódico, si no un libro entero. Mosquera siempre saludó con emoción a los creadores de cooperativas de consumo y producción, a los médicos dedicados a servir a nuestro pueblo, a los dirigentes de paros cívicos y contiendas obreras y campesinas. Su lección es imperecedera en la mente de todos los moiristas.

Sin embargo, la polémica que se había entablado con el Partido Comunista, que inicialmente se mantuvo dentro del campo de las ideas, se tornó violenta a medida que la Unión Soviética desplegaba su política de expansión socialimperialista. Primero fueron pequeñas batallas callejeras, durante la campaña electoral de 1977; vinieron luego verdaderas broncas en las asambleas sindicales, y finalmente varios de nuestros más queridos camaradas, destacados en regiones campesinas, fueron intimidados por las armas, y algunos asesinados. Comenzaba, pues, en los albores de la década de los ochentas, el paso del desierto para nuestras huestes.

Contra el socialimperialismo
Luego de la invasión del ejército de la URSS a Afganistán, iniciada el 27 de diciembre de 1979, Mosquera escribe sobre la necesidad de crear un frente mundial contra el socialimperialismo. En enero de 1980 dice: “El hegemonismo soviético es un problema de todos los pueblos, y por ende a éstos corresponde resolverlo, promoviendo la conformación del más amplio frente de combate jamás conocido, en el que participen, en una u otra forma, desde los países atrasados y dependientes del Tercer Mundo, las repúblicas socialistas y las naciones más ricas del Segundo Mundo, hasta los Estados Unidos”. Por otra parte, preveía la debacle del revisionismo y sus palabras sobre el derrumbe del socialimperialismo resultaron proféticas.

Esta década fue pletórica en contactos internacionales. Mosquera volvió a China, donde se entrevistó con el vicepresidente Li Xiannian; organizó una reunión en Bogotá con camaradas de partidos revolucionarios de Perú, Venezuela, México, Noruega y Argentina; recibió con honores a una delegación de la resistencia afgana; viajó al Perú, por invitación del movimiento “Patria Roja”, y en un discurso exaltó la memoria de José Carlos Mariátegui y se pronunció acerca de las crisis en Polonia, Cuba, Afganistán, Angola y otros países. Su posición puede resumirse con las palabras con las cuales defendió la vigencia histórica del marxismo: “A los cien años de la muerte del convicto de Bruselas y del exiliado de Londres, y simbólicamente desde su tumba florecida, los revolucionarios de las más diversas nacionalidades les espetan a los socialrenegados de hoy, en todas las lenguas: ¿serán socialismo los patíbulos soviéticos en Afganistán, los cadalsos vietnamitas en Kampuchea y Lao, los paredones cubanos en Angola? (…) ¿Puede el proletariado triunfante de un país imponer la felicidad a otro país sin comprometer su victoria? ¿No forja sus propias cadenas el pueblo que oprime a otro pueblo”?

Durante los ochentas, igualmente, concurrimos a unas y otras elecciones, con resultados magros, pero siempre llevando adelante la política de frente único, desenmascarando el expansionismo soviético y sus repercusiones en Colombia; lo hicimos en alianza con liberales, conservadores y con los más diversos sectores sociales del país. En 1983 nos negamos a formar parte de la “Comisión de Paz” en la cual se nos asignó un cupo de manera inconsulta, desconociendo que el MOIR nunca ha estado levantado en armas. En 1990, cuando el gobierno de César Gaviria, pisoteando la Carta, el Congreso y a las autoridades judiciales, convocó a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, Mosquera ordena la abstención, tras un lúcido análisis de las condiciones que le imponía al Partido la caótica situación en aquel momento. Demostraba con ello una vez más su gran capacidad de adaptar las tácticas del Partido a las variables exigencias de la lucha, cualidad indispensable para cualquier dirigente que busque el avance de la revolución.

Se trató también de un período al principio del cual, en 1981, el MOIR logró deshacerse de una minúscula fracción que venia oponiéndose sistemáticamente a las políticas y tareas del Partido, que aprobaba las decisiones en los organismos de dirección y salía a predicar lo contrario, en un claro acto de sabotaje al centralismo democrático.

En otros campos, Mosquera organiza con científicos militantes o cercanos al MOIR, médicos, biólogos, físicos, en fin, los Ateneos de Medellín y Cali, donde se discute acerca de astronomía, una de sus aficiones, biología, medicina, ingeniería genética, los nuevos aportes de la ciencia, la dialéctica de la naturaleza.

Para que pudiésemos vislumbrar “la luz al final del túnel”, Francisco Mosquera trazó en la segunda mitad de la pasada década un programa de cuatro puntos necesarios para la conformación del frente único. Tales aspectos eran la defensa de la actividad productiva nacional frente a las imposiciones del Fondo Monetario Internacional y los consorcios extranjeros; el apuntalamiento de la autodeterminación nacional frente a Estados Unidos, las otras metrópolis occidentales y las acechanzas del expansionismo soviético; el rechazo al terrorismo, la coacción y el asesinato como herramientas de la lucha política, y la atención a las demandas de las masas trabajadoras y del pueblo en procura de libertades públicas efectivas y de mejores condiciones de existencia.

Resistencia civil por la soberanía económica
Antes que cualquier otro pensador latinoamericano, Francisco Mosquera detectó, analizó y previno acerca de las nefastas consecuencias de la teoría “neoliberal” y de la llamada “apertura económica”, una estrategia trazada por Washington y desarrollada por los mandatarios de los países de su “patio trasero” para procurar el máximo beneficio de los intereses de las multinacionales yanquis y para sumir a los países sometidos a su órbita neocolonial en una mayor miseria. A esta situación se le dio paso en Colombia mediante la Constitución de 1991. Pacho señala, simultáneamente, que con el hundimiento del imperio del Kremlin se inicia una nueva etapa, la de una sola superpotencia, la del Pentágono.

Mosquera, al establecer las consecuencias de la apertura económica en todos los campos, destacó que ésta da paso a la extensión sin fronteras de las relaciones capitalistas, a la explotación aún mayor de la mano de obra, a la ruina de la industria y la agricultura de los países sometidos, y que constituye la razón para los cambios institucionales que se están produciendo por doquier. Pero que con la pronta saturación de los mercados se desencadenarán las luchas proletarias.

Pronosticó, como inevitablemente habrá de suceder, el derrumbe del imperio. En su última intervención pública, el 25 de noviembre de 1993, advirtió: “A medida que el imperialismo alarga sus tentáculos se debilita afuera y adentro. Su derrumbe será inevitable; ayudémoslo a que su desaparición sea rápida. Pese a los obvios apremios la situación actual es excelente. Yo les aconsejaría que no pierdan la marea alta”.

Meses antes había escrito: “Ante las dificultades de los enemigos y el desbarajuste de Colombia, una descomposición sin antecedentes y en todos los ámbitos, podemos aspirar, con realismo, a ponernos a la cabeza del desenvolvimiento revolucionario. (…) Ante las acucias de la hora requerimos, como nunca jamás, de la cohesión ideológica y táctica; del freno al aburguesamiento del Partido. He ahí uno de los papeles esenciales de Tribuna Roja”.

Mosquera en la memoria
Pacho nos aportó un nuevo estilo y una nueva forma en la lucha contra el revisionismo; nos inculcó la teoría desarrollada por Mao Tse-tung en lo referente a las revoluciones democráticas del Tercer Mundo; enseñó al proletariado de Colombia principios básicos para la construcción del partido obrero que habrá e transformar nuestra realidad; asombró con sus decisiones tácticas probadamente acertadas gracias a su instinto de clase, a su clarividencia y a su rigor teórico. Trabajó en los campos de la filosofía, la historia, las ciencias naturales, el arte, generando cada vez nuevas dudas, encontrando facetas inimaginadas, resolviendo problemas que sólo un auténtico discípulo de Marx podría haber afrontado con tal consagración y honestidad. Fue un hombre universal, el más grande que nos haya sido dado conocer.

En la mente de quienes lo conocimos perdurarán por siempre su fidelidad a los principios, su solidaridad y franca amistad con cada persona del pueblo que cruzó por su camino, su rectitud política y humana, su exactitud, incluso en el lenguaje, el cual fue dominando hasta convertirse en un escritor de incomparable estilo, su entusiasmo por los deportes: él mismo fue maratonista, y en el fútbol admiró a los brasileños, a los cuales, afortunadamente, alcanzó a ver coronarse campeones del mundo después de 24 años de espera. También su alegría permanente que se nutría de fuentes populares. La recalcó en alguna ocasión cuando dijo: “Muchos de ustedes se habrán preguntado, al igual que yo, dónde estriba el temple de un partido que, como el MOIR, desde la cuna rehusó aceptar padrinos y aguas bautismales de adentro o de afuera del país, y, aun cuando no haya gozado de la satisfacción de triunfos resonantes y se halle cercado de ponzoñosos enemigos, persevera tozudamente, conservando intactos durante tanto tiempo el honor y el humor. Ello obedece, a mi juicio, a que no descuidamos ni la construcción teórica ni la lucha ideológica”. La semilla de su pensamiento, tendrá que germinar, florecer y dar sus frutos en las futuras generaciones colombianas.

Pacho se merecía el triunfo de la revolución que imaginó y dirigió a través de las dificultades. Pero tuvo que enfrentar su lucha en un momento en el cual después de cien años de ascenso, la causa proletaria comenzó un reflujo que dificultó en todos los países las batallas de los discípulos de Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung. Cabe decir como él lo hizo ante la tumba de Clemencia Lucena: “Te sucedió lo que les acontece a los revolucionarios de verdad, que la vida no les alcanza para culminar cuanto aspiran, no sólo porque cuando logran una meta se proponen otra y otra, sino porque la revolución contemporánea será la hazaña de muchas pero muchas generaciones”. Y con el poeta ruso Nekrásov:

¡Qué lumbrera del pensamiento se ha apagado!
¡Qué gran corazón ha dejado de latir!

TEXTOS SOBRE HISTORIA

El descubrimiento

“Aunque el Descubrimiento se deba a los adelantos de aquel período, parta de la hipótesis de la redondez de la Tierra, corresponda a la pericia y a la tenacidad de Colón e ilumine la Era Moderna, lleva el timbre, si se me permite la licencia, de las fascinantes realizaciones del Renacimiento: que sus autores se planteaban los problemas, definían los objetivos y los coronaban, pero sin dominar a ciencia cierta el motivo y las repercusiones de sus triunfos, ni los basamentos esenciales en que se sustentan.

“La llegada un tanto fortuita de las primeras carabelas a nuestras costas de cualquier modo fue una salida a las urgencias de la Europa del siglo XV, en especial la de romper el cerco en que la habían situado la toma de Constantinopla por los turcos otomanos, que bloqueó sus rutas comerciales hacia el Oriente, y el hecho de que los combatientes del Islam constituían de suyo una barrera infranqueable en el Norte del África. De ahí que exclusivamente restara buscar el ‘Levante por Poniente’ según la conocida y certera intuición del genovés. Sin embargo, al intentar comprobarla, se le atravesó otro mundo, inmenso, distinto al anhelado… y no lo supo nunca. Una meta fallida, que fuera de encarnar uno de los más notables éxitos del Hombre, da pábulo a otros desenlaces no menos contradictorios y deslumbrantes”. (“En respaldo a Germán Arciniegas”, El Tiempo, octubre 11 de 1992).

Conquista y Colonización

“Hasta dónde nos hallamos ligados a las vicisitudes del quehacer internacional lo registran los propios albores de nuestros pueblos. Luego del Descubrimiento, al Norte del Río Grande arribó la emigración más avanzada de entonces a colonizar unos parajes apenas habitados por aborígenes que en su retardo evolutivo no pasaban del estadio superior del salvajismo, de acuerdo con la sinopsis de Lewis H. Morgan, en tanto que al Sur vinieron los representantes de las formas más atrasadas de producción de Europa, a disponer de unas tierras cuyos bárbaros propietarios ya habían conseguido, entre sus hazañas, cultivar.

“Este hecho paradójico, el que lo aventajado del viejo mundo se tropezara con lo rezagado del nuevo, y viceversa, selló la suerte de las dos porciones tan dispares y tan encontradas de América. En lo que después sería Estados Unidos, los colonos, con una mano de obra salvaje no utilizable, tuvieron ellos mismos que descuajar los bosques y hendir los surcos, hasta ver florecer a la postre un capitalismo puro, exento de las interferencias de sistemas caducos heredados a los que fuera necesario barrer, como le tocara a la burguesía europea en sus batallas por el desarrollo. Idéntica afirmación cabe para las normas democráticas de organización social, cuyas embrionarias encarnaciones comenzaron allí a manifestarse desde un principio y a facilitar las actividades productivas.

“En cambio, el rancio coloniaje monárquico, de severo molde absolutista y al que prácticamente le correspondiera fundar a Latinoamérica, trasplantó intacto aquí el régimen feudal, dada la feliz coincidencia de que se toparía con una abundante población indígena apta para la agricultura y las labores manuales, a la cual, además de evangelizar, transformaría en siervos de la gleba. Sobre la mita, la encomienda, y el resguardo reverdecieron las obediencias jerarquizadas, los tributos y prestaciones personales, la justicia inquisitorial y el resto de instituciones de una sociedad que allende el océano exhibía síntomas inequívocos de senectud, pero que bajo nuestros cielos tendría mucho por vivir, hasta el punto de que al cabo de los siglos aún observamos sus vestigios saboteando la marcha del progreso”. (“Unámonos contra la amenaza principal”, Intervención en el Foro sobre Centroamérica, Tribuna Roja No. 47, octubre 19 de 1983)

La Independencia

“Vertiginosamente Norteamérica adelantaría, y pronto haría sentir también su influjo bienhechor con su Declaración de Independencia, convenida en 1776 y enfilada en general contra la monarquía y la divinidad de los reyes; documento consagratorio de los preceptos de la democracia burguesa, cuyos derechos humanos presididos por la sonada máxima de que todos ‘todos los hombres son creados iguales’, estaban llamados a contribuir durante decenios, y de contera, con la gestas de emancipación de las colonias españolas. Bastante transcurrida la centuria pasada, la semblanza estadinense todavía seguía infundiendo entusiasmo a las luchas progresistas de los distintos países. La guerra de secesión, concluida en 1865 con la refrendación de la libertad de los esclavos negros, recibió el fervoroso apoyo de las corrientes revolucionarias, especialmente de los obreros europeos.”

El capital monopolista norteamericano

“No obstante, en víspera del siglo XX, junto a una banca omnipotente, reguladora de los engranajes industriales puestos a la sazón bajo sus arbitrios, irrumpen los gigantescos monopolios, suprema expresión de la concentración del capital, los cuales estiman demasiados angostos sus linderos fronterizos y han de hacer de la rapiña una divisa, renegando de las sanas tradiciones y trastornando la mente de la gran nación de Jefferson. La guerra contra España en 1898, su primera confrontación netamente imperialista, no se emprendió ya en aras de las claúsulas de ‘no colonización’ de la Doctrina Monroe, sino al revés, para apropiarse de lugares ajenos, como lo llevó a cabo aquel año el gobierno de Mackinley con Filipinas, Guam y Puerto Rico. Contra Cuba, asimismo arrancada de la corona ibérica, expidiose más tarde la oprobiosa Enmienda Platt por la cual se coartaba su soberanía y quedaba Estados Unidos facultado para entrometerse en los asuntos de la Isla cuando le pluguiera. Sobrevendría de igual modo la desmembración de Panamá de Colombia, con el propósito de construir en el Istmo el canal interoceánico que los franceses no fueron capaces de materializar. Y posteriormente la habilitación de las interminables tiranías castrenses tipo Carías, Martínez, Duvalier, Ubico, Somoza, Trujillo, respectivamente de Honduras, El Salvador, Haití, Guatemala, Nicaragua y República Dominicana, para sólo señalar unas pocas de las muchas que han soportado las masas escarnecidas y apaleadas de América Central y el Caribe. Y los tratados leoninos sobre diversos tópicos, dirigidos a garantizar franquicias para las inversiones, los consorcios, las mercancías o los empréstitos procedentes de la metrópoli recién configurada. Y las repetidas conferencias panamericanas, gestoras del sistema del mismo nombre pero bajo la batuta de Washington, preferencialmente la IX, celebrada en Bogotá durante los días aciagos del asesinato de Gaitán y que diera vía a la Organización de Estados Americanos, la inefable OEA, tildada por algunos como el ‘ministerio de colonias yanquis’. Y las intervenciones militares contabilizadas por docenas en el Hemisferio, entre las que vale la pena recordar la de 1914, en el puerto de Veracruz, México, a fin de presionar la dimisión del presidente Victoriano Huerta; la de 1926, en auxilio del títere nicaragüense Adolfo Díaz; la de 1954, para derrocar el gobierno guatemalteco de Juan Jacobo Arbenz; la de 1961, fallidamente contra la revolución cubana, y la de 1965, tras el objetivo de aplastar al insubordinado coronel Francisco Caamaño, en Santo Domingo.

“La metamorfosis de la república estadinense en una potencia imperialista se había consumado definitivamente. Dejemos referir al Washington Post, en editorial publicado preciso en los preliminares de la guerra de 1898, cómo percibió aquella transmutación en los momentos históricos en que se estaba efectuando: “Una nueva conciencia parece haber surgido entre nosotros la conciencia de la fuerza y junto con ello un nuevo apetito, el anhelo de mostrar nuestra fuerza… El sabor a imperio está en la boca de la gente, lo mismo que el sabor de la sangre reina en la jungla”. (…) (Id.).

El neocolonialismo

“La entronización de la hegemonía norteamericana constituyó un vuelco notorio; mas hubo también otro digno de mencionarse: la generalización del neocolonialismo, que suplanta las antiguas formas coloniales de dominio directo de la metrópoli, por las del control indirecto, a través de gobiernos títeres, elegidos incluso por voto popular y adornados con todos los oropeles de la democracia burguesa. Al someter a su égida a las naciones más atrasadas, feudales y semifeudales, y verter en ellas las cornucopias rebosantes de dinero, el imperialismo, fuera de centuplicar su poderío económico con las materias primas así apropiadas y con los mercados así abiertos, propaga por doquier el modo de producción capitalista y, sin proponérselo, esparce los gérmenes de la rebeldía de los pueblos colonizados. Cuanto más desarrollo haya adquirido un país y más capital nacional posea, con mayor acucia siente los impulsos de recuperar sus riquezas, manejar sus recursos, obtener la soberanía y disfrutar realmente de la autodeterminación. Las poblaciones sacadas del aislamiento provinciano y puestas en contacto con la cultura mundial ya no pueden ser tratadas, tan fácilmente, con las herramientas medievales de sojuzgación; se requiere de otras más sutiles y, sobre todo, más eficaces. Además, el grado de concentración y de pujanza del monopolio llega a extremos tales en superpotencias como los Estados Unidos, que ningún régimen burgués, por democrático que sea, se halla exento de ver a sus funcionarios y mandatarios sobornados por el imperialismo más pudiente, es decir de caer bajo la subordinación económica mediante los contratos leoninos, las leyes elásticas y el ‘serrucho’, tristemente célebre en Colombia. (“Experiencias de la Segunda Guerra Mundial para tener en cuenta” José Stalin. La gran guerra patria de la Unión Soviética. Trad. de Gabriel Iriarte, agosto de 1990).

El fascismo y la segunda guerra mundial

Aunque el fascismo configura una de las cuantas doctrinas imperialistas, lo escabroso de sus postulaciones y la brutalidad de sus procedimientos la hacen más acabada, más típica, más propia de la etapa en que el capital se convierte en monopolio e inicia su estado de descomposición y de expoliación parasitarias sobre las naciones oprimidas. La versión nazi recurre desaforadamente al nacionalismo y al racismo para encubrir las ambiciones de supremacía mundial…

El despotismo hitleriano proporcionó una disciplina vandálica, extremando el trabajo, distorsionando la mente de la juventud y eliminando sin contemplación a quienes disintieran de los planes oficiales. Creó un ejército altamente calificado acorde con los adelantos técnicos y con formas organizativas apropiadas a estos, verbigracia, las unidades mecanizadas de rápida movilidad muy distintas a las antiguas formaciones de caballería, supérstites aún en no pocas de las instituciones militares…

El nazismo, que funda su éxito en la intimidación y el engaño, como cualquier contracorriente reaccionaria no soporta la adversidad. Únicamente sobrevive llevando la delantera, pero tan pronto se le nublan las perspectivas de vencer todo estará finiquitado sin remedio…

Concertar la cooperación con los enemigos comunes del Eje, así encarnaran fuerzas de naturaleza expoliadora y colonialista pero inhabilitadas para hacer valer su iniciativa, respondía a una necesidad de legítima defensa que Stalin avizoró con bastante antelación e insistió en ella hasta satisfacerla. El acta de no agresión firmada con Ribbentrop y Molotov a mediados de 1939, absolutamente indispensable luego de la contumaz negativa de Occidente a convenir la lucha conjunta contra el fascismo, sobre la cual tanto especularon los más disímiles comentaristas burgueses, no dejaría de ser un acuerdo eminentemente pasajero que, según el enfoque objetivo de la URSS, permitía ganar tiempo y esperar la arremetida germana desde posiciones militares lo más favorable posibles…

…el heroísmo del pueblo soviético incide en el cambio de la situación en un lapso relativamente corto; a lo que debemos agregar la orientación política y militar, sin cuyo acierto, ni la sangre vertida ni la laboriosidad desplegada hubieran dado sus frutos. Partiendo del mismo vaticinio sobre el desencadenamiento de las contradicciones de la preguerra; pasando por la utilización de los factores positivos contemplados en la estrategia trazada, y concluyendo en el hábil maniobrar para, sin venderlos principios, salir airosos, de cada una de las complejísimas encrucijadas, el alto mando soviético hizo alarde de visión, sapiencia, audacia y capacidad, cual raras veces ocurre en la historia. Aquél era el Partido Comunista. Integrado por los continuadores de la magnífica tradición revolucionaria de Rusia y los herederos de las sublimes virtudes de Lenin: educado en los fundamentos científicos del marxismo y dirigido por un jefe formidable: Stalin. (Experiencias de la Segunda Guerra…. op. cit.)

¡GLORIA ETERNA AL CAMARADA FRANCISCO MOSQUERA!

25 de mayo, 1941 – 1° de agosto, 1994

“Las verdades de Marx y Lenin, lejos de marchitarse, cual lo pregona la burguesía que carece de respuesta para los interrogantes de la actualidad, volverán a ponerse de moda. Parece que el socialismo, al igual de lo acontecido al sistema capitalista, adolecerá de tropiezos y altibajos durante un interregno prolongado, antes del triunfo definitivo. Y los obreros, con sus batallas revolucionarias, proseguirán tejiendo el hilo ininterrumpido dé la evolución histórica.”

(Francisco Mosquera, “Hagamos del debate un cursillo que eduque a las masas”, Tribuna Roja, No. 56, febrero 21 de 1994)

“Nosotros hemos insistido en que el socialismo auténtico no es ocupacionista ni anexionista. Nos preocupa que este punto básico no se comprenda a cabalidad por las fuerzas democráticas y revolucionarias, porque la menor intromisión de una nación en los fueros de otra, tolerada a cualquier título o propiciada bajo cualquier pretexto por el movimiento obrero de un país, el que fuese, le inflige más daño a la revolución mundial que todos los atropellos juntos de los imperialistas contra la libertad y la autodeterminación de los pueblos. Al fin y al cabo el capitalismo de la era monopólica se sustenta del fruto de sus prácticas colonialistas. De lo contrario no sobreviviría.”

(“¿Qué puso al descubierto Granada?”, Tribuna Roja No. 46, diciembre 1983-enero 1984).

“Pero el socialismo no ha fracasado; lo han traicionado, que es muy distinto. Desde los redactores del Manifiesto comunista hasta el artífice de la Revolución Cultural Proletaria de China, pasando por el fundador del bolchevismo, los guías magistrales del movimiento obrero han advertido que en la sociedad socialista, al constituir únicamente una etapa de transición hacia la abolición de las clases y de las desigualdades nacionales, todavía continúa la implacable pugna entre las obsoletas facciones desprovistas del Poder y las fuerzas avanzadas que lo han obtenido; y por ende perdura el peligro del restablecimiento de los privilegios del pasado, a cargo de los enemigos abiertos y encubiertos, nativos y extranjeros, de dentro y de fuera del aparato gubernamental. Durante un trayecto harto prolongado no se sabrá quién vencerá a quién. El proletariado ha de persistir en su dictadura, blandiendo los instrumentos propios de la contienda política: democracia, plena democracia para las masas trabajadoras y sus aliados, anulación de todo derecho para la oligarquía y la reacción en general, aplastamiento de las actividades contrarrevolucionarias, respeto por la soberanía y autodeterminación de las naciones. (…) ¿Se puede afirmar a priori que un Estado obrero no actuará al contrario, o no caerá en manos de los elementos restauradores, es decir, que en vez de darle garantías al pueblo se las otorgue a minorías parasitarias, y se convierta, a nivel internacional, ya en una colonia expoliada, ya en un imperio expoliador? ¿Con base en qué fundamentos teóricos o experiencias prácticas se negaría absolutamente tal eventualidad? ¿Con el criterio de que la historia marcha siempre hacia adelante y nunca da pie atrás? ¿Con la ingenua creencia de que los obreros, cuando aferran el timón de un país, se inmunizan contra los intentos revanchistas y regeneradores de sus adversarios? Al revés, la lección de los siglos refiere que aunque las corrientes revolucionarias terminan primando a la larga, a menudo transcurren por confusos y convulsos interregnos de reflujos y resacas. Una de las más rotundas discrepancias del marxismo-leninismo con los revisionistas contemporáneos consiste precisamente en que éstos no alertan, ni reconocen, ni siquiera mientan la posibilidad de la restauración burguesa bajo el socialismo. Para los rusos sería tanto como reconocer sus fechorías y recabar su misma destrucción, actitud que no van a asumir jamás (…)

“El socialismo habrá terminado su misión en la Tierra cuando desaparezcan las clases y las disparidades nacionales, pero mientras tanto ha de esmerarse en el cabal apuntalamiento de los soportes de la democracia. En lo interno, amplísima participación de las masas populares en las entidades del Estado y en sus ejecutorias, igual en las administrativas que en las de sujeción de las minorías reaccionarias; y en lo externo, escrupuloso acatamiento a la facultad privativa de los pueblos a autodeterminarse soberanamente. La sociedad proletaria que se enruta hacia la eliminación de toda represión política y hacia el derrumbe de las murallas que parcelan a los hombres en naciones, no cristalizará su encargo sino recurriendo a esa represión, pero a través de su hechura más democrática, el gobierno de los trabajadores, y permitiendo que dichas murallas nacionales alcancen su máximo apogeo mediante la prescindencia de la menor coerción entre los países.
“No hay otro modo de emprender los gloriosos cometidos de la revolución socialista.”

(“La trascendencia de la osadía polaca”. Tribuna Roja No. 41, enero de 1982)

EL ARTE HUNDE SUS RAÍCES EN LA CAPACIDAD CREADORA DEL PUEBLO

Cultura

“La cultura de las diferentes clases es el reflejo de sus intereses económicos y políticos en el campo de la ideología. Por lo tanto, se presenta también una lucha inevitable en el campo ideológico entre las clases.”

“El aguerrido movimiento de las masas estudiantiles de 1971 por lograr en el seno de la universidad las reivindicaciones democráticas principales del estudiantado y defender una cultura nacional y científica al servicio de las masas populares, en contraposición con la dominación cultural que ejerce el imperialismo yanqui sobre la educación colombiana, nos ayudó a comprender una cuestión que ya estaba resuelta por el camarada Mao Tsetung: la de que a toda revolución la antecede una lucha en el terreno de la cultura, y que esta lucha, a su vez, hace parte integrante de la revolución”. (Colombia, tres vías a la revolución, Bogotá, 1983)

“Cuando el Comité Ejecutivo Central del MOIR miraba con detenimiento y antelación la nueva política saqueadora, pronta a instalarse, llegó a varias conclusiones pertinentes. El viraje debían abocarlo con cuidado los mandatarios. A pesar de que lo ubicaban en los terrenos de la cuestión económica, forzosamente abarca un universo de preparativos y sustentáculos que revuelcan el discurrir de la caduca república. Partiendo de un problema inicial: se necesita alguien que lo enrute y conduzca a buen puerto; un conjunto amplio de funcionarios ilustrados, catedráticos expertos y discípulos maleables que sepan del asunto. La clave estuvo en la incorporación al ajetreo público de la panda de los Andes, una especie de culto de las adoratrices de la especulación. No es raro que el presidente y su consorte provengan de allí: que doña Ana Milena haya montado a Colfuturo en donde, además de correr dineros a porrillo, hacen fila los alumnos mansos y distinguidos que recibieron becas de posgrado en el exterior, o que los periódicos promocionen los estudios de la Academia americana. El duelo económico se decide en la arena ideológica”. (Hagamos del debate un cursillo que eduque a las masas, en Tribuna Roja, No. 56, noviembre de 1993)

Arte
“La posición partidaria en torno a estas materias no ha de reducirse, desde luego, al aplauso y la tolerancia. Los ricos e inagotables asuntos de la cultura nos han de preocupar constantemente y frente a ellos debemos exponer y defender nuestras miras de clase, radicalmente contrarias a los vacuos criterios de las oligarquías y el imperialismo. Aunque propugnemos la libertad de investigación y creación como un método para el buen suceso de las ciencias y las artes, no cejaremos en señalar que las unas y las otras han de coadyuvar invariablemente al desarrollo material del país y a la educación ideológica de los desposeídos y oprimidos. La expresiones culturales que no apunten a tales objetivos, embellezcan los torvos propósitos de la reacción, envilezcan moralmente a las fuerzas laboriosas, o se queden simplemente en fórmulas tan comunes pero tan vacías como las de promover el ‘arte por el arte’, en lugar de apuntalar nuestra lucha, la desquician”.

“Necesitamos forjar nuestras propias armas espirituales a fin de vencer a nuestros enemigos. Precisamos construir firmes y esclarecidos destacamentos de investigadores y artistas que contienden y triunfen en la palestra de la cultura. Requerimos de una literatura, de una pintura, de una música, de un teatro, de un cine revolucionarios.

Y el Partido ha de trazar sus orientaciones y velar por que dichas tareas se cumplan a satisfacción”. (El Teatro Libre de Bogotá. Una década de infatigable y creativa labor, en Tribuna Roja, No. 47, febrero de 1984).

Ciencia
“Engels, no obstante las muchas imprecisiones todavía existentes en su época, desde el siglo pasado ya había hecho énfasis en el derrumbe de las barreras entre lo orgánico y lo inorgánico, en el intercambio entre lo vivo con lo no vivo, en la ubicación cósmica de la vida, en la célula llamada ‘cuerpo albuminoide’, en el rol del trabajo en la transformación del mono en hombre, en las raíces sociales de la deformación ambiental, etcétera. Testimonio histórico de la forma como un enfoque general dialéctico jalona el incesante auge del pensamiento científico, y de cómo aquél se sustenta en éste”.

“Ya no es posible explicar la formación de los elementos y el origen de la vida sin estudiar las estrellas.

“En el salto de la mecánica de Newton a la relatividad de Einstein está de por medio la velocidad de la luz, el nuevo factor sin el cual no podríamos analizar el movimiento a las más grandes distancias cosmológicas o a las más cortas de la física de partículas.

“Las leyes de la conservación de la energía y de la transformación de la materia se vieron enriquecidas con otra considerable conquista del pensamiento humano: la de lograr medir la energía en función de la masa.

“Las geniales intuiciones de Darwin acerca de que la evolución de las especies dependía de la selección natural adquieren en este siglo su base o causa interna en la biología genética.

“En fin, Hernando Patiño esgrimía con decisión estos y los otros avances interdisciplinarios para proporcionarles el soporte científico a sus inquietudes de todas las horas, que iban desde profundizar en los secretos de la ‘sopa primitiva’ hasta alertar sobre la fundamental importancia de mantener el equilibrio simbiótico entre la rosa y el colibrí.

“( …) Fue partidario de que, en cuanto a la ciencia, lo extranjero pueda servir a lo nacional, el pasado al presente, lo tradicional a lo moderno, el conocimiento empírico a la ciencia propiamente dicha, y de que a excepción de la primera de estas relaciones las otras no deberían darse en sentido inverso”. (Nunca transigió con el atraso, discurso leído en Cali el 29 de agosto de 1986, ante la tumba de Hernando Patiño).

Prensa del Partido
“Los temas que ansía cubrir nuestra prensa serán de la más variada índole, comprendidos los noticiosos, los teóricos, los culturales.

La reaparición de Tribuna Roja se hizo impostergable, pues sin ella no podíamos prestar la atención debida a la formación ideológica del Partido, unificarlo en la táctica, enmendar las fallas, dirigir e impulsar las batallas de clase, en una coyuntura histórica trascendental en que el imperialismo norteamericano y sus corifeos redoblan la expoliación de los pueblos e imponen por doquier su desiderátum de la apertura económica. (…)

“Sin embargo, carecemos de los valiosos aportes de un sinnúmero de compañeros que están en condiciones de realizarlos. La Comisión urge de tales apoyos y el Partido de las distintas regiones se halla deseoso de compartir y aprender de las experiencias de las masas, hasta de las ubicadas en los más apartados rincones de la nación. Por eso los colaboradores han de sembrarse en la realidad y comunicar sobre la problemática de los obreros, campesinos, estudiantes, artistas, vendedores ambulantes e industriales”. (Instrucciones acerca del periódico. Circular interna, septiembre de 1993).

“FRANCISCO MOSQUERA FUE UN COMUNISTA”

Camaradas; señores padres -Francisco Mosquera y Lola Sánchez- y demás familiares de Francisco Mosquera Sánchez; amigos:

En el supremo acto luctuoso que nos congrega para devolver a la tierra a nuestro máximo jefe, el Comité Ejecutivo Central del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR) considero en el día de hoy la designación del camarada Héctor Valencia, en su nombre y en el de todo el Partido, y el de le camarada Marcelo Torres, para pronunciar las postreras palabras de homenaje y fidelidad al pensamiento revolucionario, marxista-leninista, de Francisco Mosquera. El camarada Marcelo Torres, uniéndose al sentimiento unitario de todo el Partido, confía la expresión de dolor que nos embarga y de la resolución de llevar hasta el fin el legado revolucionario del camarada Mosquera, en la vocería única y respaldada por el Comité Ejecutivo Central y por todo el Partido, del camarada Héctor Valencia. En consecuencia doy lectura a tan solemne cometido.

Ha terminado su ciclo vital y su paso por la historia el ser cuyo cerebro alojaba y elaboraba las ideas más avanzadas de la clase obrera y cuyo corazón pulsaba en armonía con el sentir más hondo de nuestro pueblo: Francisco Mosquera, máxima autoridad ideológica y política del MOIR. Esta muerte, que condensa todo el valor que con sabios y combativos actos revolucionarios él le imprimió a su vida, tiene como significado todo el peso de la cordillera andina y representa para nuestra clase, nuestro pueblo y nuestro Partido la más enorme e irreparable pérdida.

El dolor que ello produce, camaradas, contiene una necesaria y afortunada alternativa dialéctica: convertir su concentrado signo negativo en una explosión de energías revolucionarias que lleve a fulminar escorias y desechos históricos, inaugurar nuevos senderos de progreso humano e iluminar las tenebrosas oscuridades que incesantemente y por doquier generan en todos los ámbitos de la vida social las clases reaccionarias.

El camarada Mosquera tuvo la virtud, característica de los grandes hombres, de captar desde sus años juveniles la verdad de la situación social y política. Dos factores incidían negativa y abrumadoramente sobre el destino de nuestro pueblo: el antidemocrático régimen del Frente Nacional instaurado por el imperialismo y la oligarquía, y la funesta precocidad del revisionismo contemporáneo al brotar en nuestro suelo antes de que lo hicieran las flores rojas del marxismo-leninismo. Contra ambos fenómenos abrió combate Pacho, empezando por engrosar las filas de quienes, también jóvenes, y en ansiosa y desprendida búsqueda de nuevas vías revolucionarias, integraban el Movimiento Obrero, Estudiantil y Campesino, MOEC. Su experiencia allí le enseñó pronto que esta agrupación, respondiendo a una base social primordialmente pequeño-burguesa, recurría, con base en formulaciones en las que “la frase desbordaba el contenido”, a prácticas en donde lo radical escondía lo vano y los escarceos armados eran meras caricaturas de las altas formas de lucha. Advirtiendo que tales patrones de pensamiento y conducta, más allá de los ánimos, constituían un foco de desviaciones políticas, empuñó las armas de la crítica iniciando la demolición teórica de lo que en Colombia y el resto de América Latina, con Cuba como principal surtidor y bajo las más diversas variantes -casi en su totalidad incubadas en Moscú al amparo ideológico del revisionismo contemporáneo y con el apoyo material y político del social-imperialismo soviético- germinaría con la denominación genérica y no del todo precisa de extrema-izquierda. El título del documento con el que abrió fuego para tal empresa crítica indica su orientación y contenido: Hagamos del MOEC un partido marxista-leninista. Con las categorías esenciales del marxismo exorcizó los demonios pequeños burgueses que atormentaban a un puñado de revolucionarios y marchando a su cabeza procedió a fundar nuestro Partido.

El camarada Mosquera sentó así, en l.965, las primeras bases de lo que durante tres décadas fue su tarea mayor: impulsar la elaboración de una línea política que respondiera a la necesidad que tiene la sociedad colombiana de empezar a “crearse el punto de partida revolucionario, la situación, las condiciones, las relaciones, sin las cuales no adquiere un carácter serio la revolución moderna”, como lo expresaba Carlos Marx para todas las sociedades. Para ello asió tres criterios que en nuestra época constituyen el alma del alma de todo proceso revolucionario inscrito en el transcurso histórico de la humanidad.

Primero, asumir primordial y cabalmente la defensa e impulso de las concepciones ideológicas y los intereses políticos propios de la clase obrera. Esa toma de posición, correspondiente a la diferencia antagónica con la burguesía, es el sólido substrato de la estrategia y la táctica del MOIR.

Segundo, dicha posición proletaria involucra íntima y esencialmente la adopción de la teoría originada en la lucha que los obreros han venido desarrollando junto a las masas desde su configuración como clase social y que, sistematizada, se concentra en tres elementos constituyentes: el marxismo, el leninismo y el maoísmo. Esta teoría es la inapreciable y fundamental arma que guía el pensamiento de los moiristas en todos sus combates políticos e ideológicos.

Tercero, con tal posición de clase y tal base teórica, construir un partido que sea la fuerza-núcleo que dirija a las masas hacia el triunfo de la revolución en Colombia.

No existen en el mundo cimientos más sólidos que estos tres criterios sobre los cuales el camarada Mosquera fundó y construyó el MOIR.

El solo enunciado de los principales aspectos de su obra revolucionaria, ya revela la prodigiosa dimensión que posee. Tomando en consideración las condiciones actuales de opresión neocolonialista que sobre nuestra nación ejerce el imperialismo norteamericano, para lo cual se apoya en los vende patria que de manera despótica y antipopular manipulan el aparato estatal, trazó la estrategia para una revolución de nueva democracia. Al desarrollarla, el proletariado -sobre la base de la alianza obrero-campesina y formando un amplio frente único con el resto de clases oprimidas por el imperialismo- se propone la toma del Poder a fin de establecer una república soberana, popular y democrática. Esta revolución de nueva democracia “es el ensayo general final hacia la revolución socialista.” Pero al definir esta estrategia, el camarada Mosquera señaló algo que, quizás hoy más que nunca, deben tener en cuenta el proletariado y su partido: “La aspiración suprema de toda revolución es la toma del Poder. La clase obrera sólo puede llegar a él al frente de una insurrección revolucionaria triunfante. Su partido nunca teje ilusiones al respecto y repudia las fórmulas intermedias del revisionismo de ‘conquistar primero el gobierno y luego el Poder'”. Y agregó que el proletariado colombiano no entrará al palacio de gobierno “ungido por el ‘voto universal’ ni en ancas de un golpe cuartelario. Por experiencia propia ha comprendido, y se lo enseña el marxismo, que exclusivamente organizando a la mayoría de los desposeídos y humillados y recurriendo a la forma más elevada de lucha ‘decretará’ algún día su emancipación”.

A lo largo del constante trabajo político que impregnó su vida, el camarada Mosquera dilucidó de manera creadora para cada situación y cada batalla los pasos tácticos que deben darse en relación con la estrategia. Hizo un riguroso análisis de la lucha de clases, las mutaciones en la correlación de fuerzas, el estado de ánimo de las masas, los flujos y reflujos de la revolución, la forma de lucha principal y de organización que en cada período esté al mando, las tareas prioritarias y las tareas secundarias, en fin, todo lo que en cada situación política él definía como lo que “toca hacer” y que, situado en la entraña misma de la vida partidaria, sólo a riesgo de liquidarnos admite equivocaciones. Esta gama de principios tácticos constituye un vivo tratado revolucionario cuya observancia es la más segura garantía para el avance del MOIR, la clase obrera y las masas.

En el plano internacional, sumó sus fuerzas y las de su Partido a la lucha contra el imperialismo norteamericano y contra el social-imperialismo soviético. Hizo causa común con el Partido Comunista de China dirigido por Mao Tse-tung en la colosal batalla contra el revisionismo soviético, reviviendo los principios de las decenas de millones de obreros, principios que “la palabrería vacua y adocenada de los falsificadores mantienen inmersos y ocultos”. Los hechos terminaron confirmando la validez de su aguda crítica contra el oportunismo de derecha al señalar durante más de veinte años la degeneración que carcomía al régimen de la antigua Unión Soviética y a quienes en otras naciones lo seguían o imitaban grotesca y trágicamente. Aclaró, en contraposición con los diagnósticos y conclusiones de los voceros de la burguesía imperialista, que lo que se derrumbó al perder el proletariado el poder político en los países socialistas -y continuará derrumbándose dondequiera que se repita esta pérdida- no fue el socialismo sino el revisionismo, que lo que fracasó no fue el marxismo sino su no-aplicación. Serán vanos los intentos de debilitar la voluntad de lucha de los pueblos o de hacer tambalear la ideología de la clase obrera trastrocando la verdad de los hechos.

No es de importancia secundaria, ni algo circunscrito sólo a nuestro Partido, el inmenso aporte del camarada Mosquera al estilo de trabajo y a los métodos de organización revolucionarios. Él mismo encarnó, en su contienda contra los peores rasgos que segregan los oportunistas de derecha y de “izquierda”, el ejemplo sobre el estilo flexible, amplio, fraternal y solidario que debe regir tanto nuestras relaciones partidarias como las que tenemos con el pueblo. Permanente y categórico fue su rechazo al sectarismo, las actitudes mezquinas, la estrechez de miras y, particularmente, a todo asomo de conductas propias del lumpen en las filas de la revolución. Como eje rector de la organización del Partido formuló el centralismo democrático, ese principio insustituible que también debe tener vigencia en las organizaciones sindicales y de masas, así como en los gobiernos democráticos y socialistas. Sabía, con Mao Tse-tung, que todo aquel que viole este principio socava la unidad del Partido y de las organizaciones populares.

Ante la situación de Colombia en los últimos años, Francisco Mosquera vislumbró primero que todos la naturaleza imperialista de la llamada política de apertura y condenó el siniestro plan de adecuar las instituciones del estado colombiano -“revolcándolas”, según la adjetivación vulgar de Gaviria- para su eficaz aplicación. Esta política, que viene arrasando con los derechos y las conquistas más preciados de los trabajadores, que asesta duros golpes a la agricultura y la industria nacionales, que entrega a los monopolios privados estratégicas empresas estatales -política que forzosamente continuará su curso antinacional y antipopular durante el gobierno de Samper próximo a inaugurarse- fue señalada por el camarada Mosquera como una gran ofensiva de recolonización por parte del imperialismo norteamericano. Para denunciar y combatir su objetivo, emitió a nombre del Partido la declaración titulada Defendamos la producción nacional y lanzó la consigna ¡Por la soberanía económica, resistencia civil!, consigna que hoy más que nunca es un llamado a la lucha dirigido a las masas de trabajadores y todos los sectores patrióticos y demócratas de Colombia. Es, de hecho, su última directiva política, y la cumpliremos cabalmente.

Como lo saben todos los moiristas y los amigos de la revolución que de manera directa o indirecta tuvieron relación solidaria con las ideas y los actos de Francisco Mosquera; como lo deberían saber todos los enemigos que se enfrentaron a su concepción materialista del mundo, su firme posición proletaria y su incisivo método dialéctico, y como lo sabrán inexorablemente las masas y sus dirigentes revolucionarios en los futuros procesos de la lucha de clases, este hombre hoy inerte baja a la tierra con el título más alto que sobre ella se puede alcanzar: Francisco Mosquera fue un comunista. En tal calidad, fue un heredero de las ideas de los más insignes jefes del proletariado, Marx, Engels, Lenin, Stalin y Mao Tse-tung. Fue un heredero que dejó herencia: su pensamiento y un partido integrado por centenares de cuadros y militantes que él formó y que hoy asumen la misión histórica de enarbolar la bandera roja de los proletarios y no cejar hasta verla triunfal.

Camarada Francisco Mosquera: ¡Hoy y aquí dicen presente los fogoneros de la revolución que se formaron bajo tu guía y tu ejemplo! Hoy y aquí, juramos llevar hasta el fin la causa de la clase obrera que tu siempre soñaste y grandiosamente impulsaste!

Camarada Francisco Mosquera: ¡Gloria eterna a tu memoria y tu obra!

LA CUESTIÓN NACIONAL Y EL INTERNACIONALISMO PROLETARIO

“Los colombianos decidirán su propio porvenir sin intervención ajena.”
“La exhortación al acatamiento a la soberanía y autodeterminación de las naciones no es exclusivamente la bandera para enarbolar ante los piratas del capital internacional, sino que debe ser el principio básico del internacionalismo practicado por los países socialistas”. (“Los colombianos decidirán su porvenir sin intromisión ajena”, Tribuna Roja, No. 27, primera quincena de agosto de 1977).
“Por encima de las barreras idiomáticas, del ancestro y costumbres de los pueblos y de las modalidades de lucha según las etapas en que se hallen, los partidos proletarios forman un gigantesco haz de voluntades que les da una nítida superioridad sobre las banderías burguesas que, a pesar de sus eventuales avenimientos e invocar todas el capitalismo, no consiguen suprimir las trápalas y rebatiñas recíprocas, hervidas en la paila del lucro privado.
“De otra parte, en un mundo parcelado sin cura inmediata en múltiples naciones, al proletariado no le queda otra alternativa que darle a su lucha y a sus partidos una expresión nacional. Limitante sólo formal que lo empuja a concluir por países la revolución socialista, sin que ello vaya en desmedro de sus obligaciones internacionales. Así como nos valemos de la faja ecuatorial al demarcar el hemisferio norte del hemisferio sur en la esfera terráquea, el mejor rasero para diferenciar a los partidos autodenominados marxista-leninistas, catalogarlos entre legítimos y apócrifos, es la actitud que mantengan ante el internacionalismo. Cualquier postura o concepción que lesione el proceso de acercamiento y la solidaridad de los trabajadores de las diferentes latitudes desvirtúa su espíritu de clase. A la consigna de la unión internacional de los obreros ha de adosársele necesariamente la de la autodeterminación de los pueblos que estriba en el derecho de cada uno de éstos a decidir independientemente su destino y a proporcionarse el Estado que les plazca sin intervención forastera. Porque la complicidad y la tolerancia otorgada en nombre del comunismo a la opresión nacional, sea cual fuere el móvil o la excusa que se esgrima, la menos torva o la más cínica, obstaculizará grave e ineludiblemente las relaciones fraternas entre el proletariado de la región sojuzgada y el de la república sojuzgadora. No defeccionando en la defensa de los principios de la autodeterminación de los países y pidiendo la picota para quienes los violen, evitamos que las diferencias nacionales sirvan de laberinto en donde se pierdan y pericliten la unidad y la lucha internacionalista de la clase obrera.
“La nación moderna es un producto del capitalismo, del primaveral, el del curso ascendente, cuando blandía el ‘dejar hacer’ y el ‘dejarpasar’, las palabras mágicas con las que rasgaba los enigmas del aislamiento y la dispersión feudales. Quería mercados seguros y armónicos, para lo cuál fue agrupando aquí y allá a millones de personas que mantenían nexos de lengua, territorio, idiosincrasia, economía, etc., en una sola comunidad nacional, regentada por disposiciones uniformes de pesas y medidas, moneda única e impuestos y aranceles aduaneros centralizados. Inspiró y animó los levantamientos independentistas, y tras éste y el resto de emblemas democráticos arremolinó en torno suyo a las muchedumbres.
Pronto el jayán que saltó a la palestra lleno de nobles intenciones y que cándidamente creía que la creación empezaba y terminaba con él, se transmudó en un viejo ávido y avieso que, a la inversa del Fausto de Goethe, estaba condenado, para seguir viviendo, a destejer los pasos y a maldecir las ejecutorias de su juventud. El capitalismo otoñal, o imperialismo, dejó de ser el forjador y el libertador de las naciones, ahora se esmera de gendarme y de corsario colonialista y las multitudes por doquier lo vituperan y le lanzan guijarros. Sin embargo, el capital monopolista destrozó definitivamente el caparazón nacional y con su entramado de negocios por el orbe entero posibilita la interrelación de las comarcas más apartadas, incrementando cada día el mercado mundial: pero todo con base en la opresión de unas naciones sobre otras. El proletariado es fervoroso partidario de aumentar la comunicación entre los pueblos de estrechar sus lazos de amistad, estimular sus intercambios y colaboración en beneficio mutuo: no obstante propende a que este acercamiento se adelante respetando la decisión libre y voluntaria de las naciones, única manera de llevarlo a cabo. Las diferencias y recelos nacionales se desvanecerán a medida que haya un desarrollo económico equilibrado de todos los países, aparejado a un ejercicio pleno de la democracia. El imperialismo se opone ciegamente a ambos requisitos. Sólo el socialismo los hace realidad. La burguesía enfatiza en lo que desune a las masas, el proletariado en lo que las une. Las contiendas de Colombia y de todos los pueblos por su liberación y la salvaguardia de su soberanía constituyen el principal ariete para batir las murallas de la fortaleza imperialista. Nuestro internacionalismo proletario se refleja en la irrestricta solidaridad que les brindamos a estas luchas.
“Al llegar al clímax la hegemonía del imperio estadinense, a raíz de las dos guerras mundiales, especialmente la última, la explotación y dominación internacionales adoptaron la forma de neocolonialismo: bandolerismo de nuevo cuño, disfraz típico y perfeccionado del capital imperialista, cuyo quid radica en barnizar el saqueo de los pueblos con empastes de libertad y soberanía. La metrópoli no recurre a agentes propios para reinar sino a lacayos nativos y mandatarios títeres. Su preponderancia es tal, sobre todo la que le infunde su capacidad financiera colosal, que cualquier modelo de gobierno, desde el militar cuartelario de Argentina, hasta el democrático representativo de Colombia, pasando por el monárquico republicano español, cabe dentro de sus proyectos y se acopla a su pillaje. (…)
“Por eso los comunistas no nos agregamos a cualquier tipo de reivindicación nacional; no coreamos las rogativas reaccionarias para que las masas se contenten con soberanías simuladas, autodeterminaciones restringidas y no intervenciones de mentiras. Bajo el neocolonialismo la más vulgar y prostituida expoliación se pavonea de dama recatada y pudorosa. La dependencia económica sustenta indirecta pero eficazmente la intromisión política de los magnates de las casas matrices, y sin arrancar de cuajo aquélla no se suprime ésta. Enarbolamos y respaldamos los esfuerzos aguerridos de los pueblos de todos los países para asir las riendas de su desarrollo industrial y cultural, al margen de imposiciones extranjeras de cualquier etiqueta, y para edificar sobre estos cimientos el Estado que mejor les convenga. Al actuar así contribuimos a superar los valladares y prevenciones nacionales y a apretar el abrazo sincero y cariñoso de los obreros de todo el mundo, sin distingos de color o apellido”. (“El carácter proletario del Partido y su lucha contra el liberalismo”, Tribuna Roja, No. 33, febrero-marzo de 1979).
“En la historia quienes acariciaron sueños de dominación imperial fracasaron irremisiblemente. Los soviéticos también terminarán siendo aplastados por mucho alboroto que armen y por muy temibles que parezcan”. (“Por un frente mundial contra el socialimperialismo soviético”, Tribuna Roja No. 35, enero de 1980).

“Y los trabajadores de las tierras de Colón y Magallanes se hermanarán inexorablemente. Lo puso de manifiesto el Tratado de Libre Comercio, que rubricaran Estados Unidos, Canadá y México, y ante el cual los asalariados estadinenses protestaron con fiereza. En presencia de un enemigo común, lenguaje común y lucha común. A medida que el imperialismo alarga sus tentáculos se debilita afuera y adentro. Su derrumbe será inevitable”. (“Hagamos del debate un cursillo que eduque a las masas”. Tribuna Roja No. 56, febrero 21 de 1994).
“El imperialismo, que es la máxima internacionalización del capital, burla cuanto dique se le interponga a su despliegue y al entrelazamiento más tupido de las relaciones mercantiles mundiales, lo que lleva a efecto por mecanismos conculcatorios y dividiendo el orbe entre países opresores y oprimidos. Ya anotábamos que el proletariado arranca su labor transformadora de lo legado por el régimen que ha de aniquilar: no combate desde posiciones más atrasadas que las de éste, sino que jala hacia adelante el carro de la historia, sin proponerse metas ilusorias que el devenir económico no autorice aún. Por consiguiente está de acuerdo con el incremento de las reciprocidades comerciales y de todo tipo en la esfera internacional, y propende a la abolición completa de las desavenencias nacionales, de las barreras fronterizas y hasta de las naciones mismas. No obstante, en contraste con los capitalistas, media por que ello se efectúe respetando la autodeterminación y demás derechos inalienables de los pueblos y no pisoteándolos, y en el beneficio material y espiritual de éstos y no del selecto corro de matones que bravuconea a diestra y siniestra por los cinco continentes. La vía más expedita, o la única, para cumplirlo. Como en todo, el capitalismo plantea los problemas, e incluso provee en embrión los medios objetivos, físicos, para su solución, mas en lugar de resolverlos, los agudiza hasta el antagonismo.

“Mientras más se reprima los anhelos libertarios de quienes reclaman relaciones en pie de igualdad entre los habitantes del planeta, menos posibilidades habrá de que se disuelvan las prevenciones, los prejuicios, las tozudas e instintivas manías a enclaustrarse en el solar nativo y a repeler los contactos con el ambiente exterior, característica de las inmensas masas de las zonas discriminadas y estrujadas”. (“Su visita es una ayuda grande para nosotros”. Tribuna Roja. N° 50, febrero de 1985, p.16)