RECHAZAMOS LA INTROMISIÓN NORTEAMERICANA EN COLOMBIA

Los organismos dirigentes nacionales del Partido Comunista Colombiano y el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, se reunieron para intercambiar apreciaciones acerca de la actual crisis política nacional.

Ambas dirigencias se identificaron en señalar como uno de los principales factores en juego en la actual situación política nacional la injerencia norteamericana. Se señaló que tal injerencia se hizo evidente desde antes de la posesión del presidente Samper y se ha venido acentuando hasta hoy a través de una campaña ininterrumpida de chantajes, amenazas y presiones, para imponerle al país la política norteamericana sobre narcotráfico y utilizarla como mampara para reforzar su control y dominio sobre la nación.

Se afirmó igualmente que la presente intromisión imperialista se constituye en un paso más en la violación de la soberanía nacional, que cuenta con el respaldo del gobierno de Samper, sobre la base de mantener incólumes las políticas neoliberales en contra de los intereses populares y de la industria y el campo colombianos.

Ante los posibles desenlaces de la crisis política se advirtió sobre el peligro de la consolidación de mayores niveles de intervención norteamericana en los asuntos internos del país. En consecuencia, los dirigentes de ambos partidos plantearon la necesidad de convocar a la movilización patriótica de todos los sectores, clases y capas que exija el cese de la intervención norteamericana y el retiro de todas sus agencias y efectivos en nuestro territorio.

Tanto el PCC como el MOIR consideraron los fenómenos del narcotráfico como un flagelo que debe combatirse mediante la cooperación internacional entre las naciones en pie de igualdad, sin que ello se convierta, como hasta ahora, en un instrumento de intervención y sujeción foránea. Igualmente, que este fenómeno está estrechamente ligado en Colombia a los problemas de corrupción, impunidad y terrorismo. Al respecto, acordaron ambas fuerzas políticas seguir adelantando contactos e intercambios, tendientes a definir elementos de identidad que posibiliten una convocatoria unitaria y nacional por los cambios que el país requiere.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR
Partido Comunista Colombiano

FEDERICO ENGELS, MAESTRO DEL PROLETARIADO

V.I. Lenin

¡Qué antorcha de la razón se ha apagado!
¡Qué gran corazón ha dejado de latir!

El 5 de agosto del nuevo calendario (24 de julio) de 1895 falleció en Londres Federico Engels. Después de su amigo Carlos Marx (fallecido en 1883), Engels fue el más notable científico y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo civilizado. Desde que el destino relacionó a Carlos Marx con Federico Engels, la obra a la que ambos amigos consagraron su vida se convirtió en común. Por eso, para comprender lo que Engels ha hecho por el proletariado es necesario entender claramente la importancia de la doctrina y actividad de Marx para el desarrollo del movimiento obrero contemporáneo. Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera, con sus reivindicaciones, es el resultado necesario del sistema económico actual que, con la burguesía, crea y organiza inevitablemente al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan actualmente, no por los esfuerzos bienintencionados de algunas nobles personalidades, sino por la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en esclarecer en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea. Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, del cambio sucesivo en el dominio y en la victoria de una clase social sobre otra. Y esto continuará hasta que desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica. Los intereses del proletariado exigen que dichas bases sean destruidas, por lo que la lucha de clases consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.

En nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación ha hecho suyos estos conceptos de Marx y de Engels. Pero cuando los dos amigos colaboraban en la década del 40, en las publicaciones socialistas, y participaban en los movimientos sociales de su tiempo, estos puntos de vista eran completamente nuevos. A la sazón había muchos hombres con talento y otros sin él, muchos honestos y otros deshonestos, que en el ardor de la lucha por la libertad política, en la lucha contra la autocracia de los zares, de la policía y del clero, no percibían el antagonismo existente entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Esos hombres no admitían siquiera la idea de que los obreros actuasen como una fuerza social independiente. Por otra parte, hubo muchos soñadores, algunas veces geniales, que creían que bastaba convencer a los gobernantes y a las clases dominantes de la injusticia del régimen social existente para que resultara fácil implantar en el mundo la paz y el bienestar general. Soñaban con un socialismo sin lucha. Finalmente, casi todos los socialistas de aquella época, y en general los amigos de la clase obrera, sólo veían en el proletariado una lacra y contemplaban con horror cómo, a la par que crecía la industria, crecía también esa lacra. Por eso todos ellos pensaban cómo detener el desarrollo de la industria y del proletariado, detener “la rueda de la historia”. Contrariamente al miedo general ante el desarrollo del proletariado, Marx y Engels cifraban todas sus esperanzas en su continuo crecimiento. Cuantos más proletarios haya, tanto mayor será su fuerza como clase revolucionaria, y tanto más próximo y posible será el socialismo. Podrían expresarse en pocas palabras los servicios prestados por Marx y Engels a la clase obrera diciendo que le enseñaron a conocerse y a tomar conciencia de sí misma, y sustituyeron las quimeras por la ciencia.

He ahí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos por todo obrero; tal es el motivo de que incluyamos en nuestra recopilación -fue como todo lo que editamos tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos- un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo.

Engels nació en 1820, en la ciudad de Barmen, provincia renana del reino de Prusia. Su padre era fabricante. En 1838, se vio obligado por motivos familiares, antes de terminar los estudios secundarios, a emplearse como dependiente en una casa de comercio de Bremen. Este trabajo no le impidió ocuparse de su capacitación científica y política. Cuando era todavía estudiante secundario, llegó a odiar la autocracia y la arbitrariedad de los funcionarios. P-1 estudio de la filosofía lo llevó aún más lejos. En aquella época predominaba en la filosofía alemana la doctrina de Hegel, de la que Engels se hizo partidario. A pesar de que el propio Hegel era admirador del Estado absolutista prusiano, a cuyo servicio se hallaba como profesor de la Universidad de Berlín, su doctrina era revolucionaria. La fe de Hegel en la razón humana y en los derechos de ésta, y la tesis fundamental de la filosofía hegeliana, según la cual existe en el mundo un constante proceso de cambio y desarrollo, condujeron a los discípulos del filósofo berlinés que no querían aceptar la realidad, a la idea de que la lucha contra esa realidad, la lucha contra la injusticia existente y el mal reinante procede también de la ley universal del desarrollo perpetuo. Si todo se desarrolla, si ciertas instituciones son reemplazadas por otras, ¿por qué, entonces, deben perdurar eternamente el absolutismo del rey prusiano o del zar ruso, el enriquecimiento de una ínfima minoría, a expensas de la inmensa mayoría, el dominio de la burguesía sobre el pueblo? La filosofía de Hegel hablaba del desarrollo del espíritu y de las ideas: era idealista. Del desarrollo del espíritu deducía el de la naturaleza, el del hombre y el de las relaciones entre los hombres en la sociedad. Marx y Engels conservaron la idea de Hegel sobre el perpetuo proceso de desarrollo (señalaron, más de una vez que, en gran parte, debían su desarrollo intelectual a los grandes filósofos alemanes, y en particular Hegel. “Sin la filosofía alemana -dijo Engels- no existiría tampoco el socialismo científico), y rechazaron su preconcebida concepción idealista; el estudio de la vida real les mostró que el desarrollo del espíritu no explica el de la naturaleza, sino que por el contrario conviene explicar el espíritu a partir de la naturaleza, de la materia…

Contrariamente a Hegel y otros hegelianos, Marx y Engels eran materialistas. Enfocaron el mundo y la humanidad desde el punto de vista materialista, y comprobaron que, así como todos los fenómenos de la naturaleza tienen causas materiales, así también el desarrollo de la sociedad humana está condicionado por el de fuerzas materiales, las fuerzas productivas. Del desarrollo de estas últimas dependen las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción de los objetos necesarios para satisfacer sus necesidades. Y son dichas relaciones las que explican todos los fenómenos de la vida social, las aspiraciones del hombre, sus ideas y sus leyes. El desarrollo de las fuerzas productivas crea las relaciones sociales, que se basan en la propiedad privada; pero hoy vemos también cómo ese mismo desarrollo de las fuerzas productivas priva a la mayoría de toda propiedad para concentrarla en manos de una ínfima minoría. Destruye la propiedad, base del régimen social contemporáneo, y tiende por sí mismo al mismo fin que se han planteado los socialistas. Estos sólo deben comprender cuál es la fuerza social que por su situación en la sociedad contemporánea está interesada en la realización del socialismo, e inculcar a esa fuerza la conciencia de sus intereses y de su misión histórica. Esta fuerza es el proletariado. Engels lo conoció en Inglaterra, en la industria inglesa, adonde se trasladó en 1842 para trabajar en una firma comercial de la que su padre era accionista. Engels no se limitó a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que recorrió los sórdidos barrios en los que se albergaban los obreros y vio con sus propios ojos su miseria y sufrimientos. No se limitó a observar personalmente; leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos oficiales que estaban a su alcance. Como fruto de sus observaciones y estudios apareció en 1845 su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya hemos señalado más arriba cuál fue el mérito principal de Engels como autor de dicho libro. Es cierto que antes que él muchos otros describieron los padecimientos del proletariado y señalaron la necesidad de ayudarlo. Pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no es sólo una clase que sufre, sino que la vergonzosa situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a darse cuenta de que no les queda otra salida que el socialismo. A su vez, este sólo será una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Éstas son las ideas fundamentales del libro de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas que todo el proletariado que piensa y lucha ha hecho suyas, pero que entonces eran completamente nuevas. Fueron expuestas en un libro cautivante en el que se describe del modo más fidedigno y patético las penurias que sufría el proletariado inglés. La obra constituía una terrible acusación contra el capitalismo y la burguesía. La impresión que produjo fue muy grande. En todas partes comenzaron a citar la obra como el cuadro que mejor representaba la situación del proletariado contemporáneo. Y en efecto, ni antes de 1845, ni después, ha aparecido una descripción tan brillante y veraz de los padecimientos de la clase obrera.

Engels se hizo socialista en Inglaterra. En Manchester se puso en contacto con militantes del movimiento obrero inglés y empezó a colaborar en las publicaciones socialistas inglesas. En 1844, al pasar por París de regreso a Alemania, conoció a Marx, con quien ya mantenía correspondencia. En París, bajo la influencia de los socialistas franceses y de la vida en Francia, Marx también se hizo socialista. Allí fue donde los dos amigos escribieron La sagrada familia, o Crítica de la crítica crítica. Esta obra, escrita en su mayor parte por Marx, y que fue publicada una año antes de aparecer La situación de la clase obrera en Inglaterra, sienta las bases del socialismo materialista revolucionario, cuyas ideas principales hemos expuesto más arriba. La sagrada familia es un apodo irónico dado a dos filósofos, los hermanos Bauer, y a sus discípulos. Estos señores practicaban una crítica fuera de toda realidad, por encima de los partidos y de la política, que negaba toda actividad práctica y solo contemplaba “críticamente” el mundo circundante y los sucesos que ocurrían en él. Los señores Bauer calificaban desdeñosamente al proletariado como una masa sin espíritu crítico. Marx y Engels protestaron enérgicamente contra esa tendencia absurda y nociva. En nombre de la verdadera personalidad humana, la del obrero pisoteado por las clases dominantes y por el Estado, exigieron, no una actitud contemplativa, sino la lucha por una mejor organización de la sociedad. Y, naturalmente, vieron en el proletariado la fuerza capaz de desarrollar esa lucha en la que está interesado. Antes de la aparición de La sagrada familia, Engels había publicado ya en la revista Anales franco-alemanes, editada por Marx y Ruge, su Estudio crítico sobre la economía política, en el que analizaba, desde el punto de vista socialista, los fenómenos básicos del régimen económico contemporáneo, como consecuencia inevitable de la dominación de la propiedad privada. Sin duda, su vinculación con Engels contribuyó a que Marx decidiera ocuparse de la economía política, ciencia en la que sus obras produjeron toda una revolución.

De 1845 a 1847 Engels vivió en Bruselas y en París, alternando los estudios científicos con las actividades prácticas entre los obreros alemanes residentes en dichas ciudades. Allí Engels y Marx se relacionaron con una asociación clandestina alemana, la “Liga de los Comunistas”, que les encargó expusieran los principios fundamentales del socialismo elaborado por ellos. Así surgió el famoso Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, que apareció en 1848. Este librito vale por tomos enteros: inspira y anima, aún hoy, a todo el proletariado organizado y combatiente del mundo civilizado.

La revolución de 1848, que estalló primero en Francia y se extendió después a otros países de Europa occidental, determinó que Marx y Engels regresaran a su patria. Allí, en la Prusia renana, asumieron la dirección de la Nueva Gaceta Renana, periódico democrático que aparecía en la ciudad de Colonia. Los dos amigos eran el alma de todas las aspiraciones democráticas revolucionarias de la Prusia renana. Ambos defendieron hasta sus últimas consecuencias los intereses del pueblo y de la libertad, contra las fuerzas de la reacción. Como se sabe, éstas triunfaron; Nueva Gaceta Renana fue prohibida, y Marx, que durante su emigración había perdido los derechos de súbdito prusiano, fue expulsado del país; en cuanto a Engels, participó en la insurrección armada del pueblo, combatió en tres batallas por la libertad, y una vez derrotados los insurgentes se refugió en Suiza, desde donde llegó a Londres.
También Marx fue a vivir a Londres; Engels no tardó en emplearse de nuevo, y después se convirtió en socio de la misma casa de comercio de Manchester en la que había trabajado en la década del 40. Hasta 1870 vivió en Manchester, y Marx en Londres, lo cual no les impidió estar en estrecho contacto espiritual: se escribían casi a diario. En esta correspondencia los amigos intercambiaban sus opiniones y conocimientos, y continuaban elaborando en común el socialismo científico.

En 1870, Engels se trasladó a Londres, y hasta 1883, año en que murió Marx, continuaron esa vida intelectual compartida, plena de intensísimo trabajo. Como fruto de la misma surgió, por parte de Marx, El capital, la obra más grandiosa de nuestro siglo sobre economía política, y por parte de Engels, toda una serie de obras más o menos extensas. Marx trabajó en el análisis de los complejos fenómenos de la economía capitalista. Engels esclarecía en sus obras, escritas en un lenguaje muy ameno, polémico muchas veces, los problemas científicos más generales y los diversos fenómenos del pasado y el presente, inspirándose en la concepción materialista de la historia y en la doctrina económica de Marx. De estos trabajos de Engels citaremos la obra polémica contra Dühring (en ella el autor analiza los problemas más importantes de la filosofía, las ciencias naturales y la sociología), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Ludwig Feuerbach, un artículo sobre la política exterior del gobierno ruso, sus magníficos’ artículos sobre el problema de la vivienda, y finalmente, dos artículos, cortos pero muy valiosos, sobre el desarrollo económico de Rusia (Federico Engels sobre Rusia, 1894). Marx murió sin haber podido terminar en forma definitiva su grandiosa obra sobre el capital. Sin embargo, estaba concluida en borrador, y después de la muerte de su amigo, Engels emprendió la ardua tarea de redactar y publicar los tomos II y III. En 1885 editó el II y en 1894 el III (no tuvo genial amigo un monumento majestuoso en el cual, involuntariamente, grabó también con trazos indelebles su propio nombre. En efecto, esos dos tomos de El capital son la obra de los dos, Marx y Engels. Las leyendas de la antigüedad relatan diversos ejemplos de emocionante amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia fue creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres. Siempre, y por supuesto, con toda justicia, Engels se posponía a Marx. “Al lado de Marx -escribió a un viejo amigo suyo- siempre toqué el segundo violín”. Su afecto por Marx mientras vivió, y su veneración a la memoria del amigo desaparecido fueron infinitos. Este luchador austero y pensador profundo, tenía una gran sensibilidad.

Durante su exilio, después del movimiento de 1848-1849, Marx y Engels se dedicaron no sólo a la labor científica. Marx fundó en 1864 la “Asociación Internacional de los Obreros” que dirigió durante un decenio. También Engels participó activamente en sus tareas. La actividad de la “Asociación Internacional” que, de acuerdo con las ideas de Marx, unía a los proletarios de todos los países, tuvo una enorme importancia para el desarrollo del movimiento obrero. Pero inclusive después de haber sido disuelta dicha asociación en la década del 70, el papel de Marx y Engels como unificadores de la clase obrera no cesó. Por el contrario, puede afirmarse que su importancia como dirigentes espirituales del movimiento obrero seguía creciendo constantemente, porque el propio movimiento continuaba desarrollándose sin cesar. Después de la muerte de Marx, Engels siguió siendo el consejero y dirigente de los socialistas europeos. A él acudían en busca de consejos y directivas tanto los socialistas alemanes, cuyas fuerzas iban en constante y rápido aumento, a pesar de las persecuciones gubernamentales, como los representantes de países atrasados, por ejemplo españoles, rumanos, rusos, que se veían obligados a estudiar minuciosamente y medir con toda cautela sus primeros pasos. Todos ellos aprovechaban el riquísimo tesoro de conocimientos y experiencias del viejo Engels.

Marx y Engels, que conocían el ruso y leían las obras aparecidas en ese idioma, se interesaban vivamente por Rusia, seguían con simpatía el movimiento revolucionario y mantenían relaciones con revolucionarios rusos. Antes de ser socialista, los dos habían sido demócratas y el sentimiento democrático de odio a la arbitrariedad política y la opresión económica, así como su riquísima experiencia de la vida, hicieron que Marx y Engels fueran extraordinariamente sensibles en el aspecto político. Por lo mismo, la heroica lucha sostenida por un puñado de revolucionarios rusos contra el poderoso gobierno zarista halló en el corazón de estos dos revolucionarios probados la más viva simpatía. Y por el contrario, era natural que la intención de volver la espalda a la tarea inmediata y más importante de los socialistas rusos -la conquista de la libertad política-, en aras de supuestas ventajas económicas, les pareciese sospechosa e incluso fuese considerada por ellos como una traición a la gran causa de la revolución social. “La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo”, enseñaron siempre Marx y Engels. Y para luchar por su emancipación económica, el proletariado debe conquistar determinados derechos políticos. Además, Marx y Engels veían con toda claridad que una revolución política en Rusia tendría también una enorme importancia para el movimiento obrero de Europa occidental. La Rusia autocrática ha sido siempre el baluarte de toda la reacción europea. La situación internacional extraordinariamente ventajosa en que colocó a Rusia la guerra de 1870, que sembró por largo tiempo la discordia entre Alemania y Francia,, no hizo, por supuesto, más que? aumentar la importancia de la Rusia autocrática como fuerza reaccionaria. Sólo una Rusia libre, que no tuviese necesidad de oprimir a los polacos, finlandeses, alemanes, armenios y otros pueblos pequeños, ni de azuzar continuamente una contra otra a Francia y Alemania, daría a la Europa contemporánea la posibilidad de respirar aliviada del peso de las guerras, debilitaría a todos los reaccionarios de Europa y aumentaría las fuerzas de la clase obrera europea. Por lo mismo, Engels, deseó fervientemente la instauración de la libertad política en Rusia, pues también contribuiría al éxito del movimiento obrero en Occidente. Con su muerte los revolucionarios rusos han perdido al mejor de sus amigos.

¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maestro del proletariado!

Escrito en el otoño de 1895

MARX Y ENGELS, UNA ALIANZA SIN IGUAL EN LA HISTORIA

Marx no debió el triunfo de su vida a sus solas fuerzas, por poderosas que éstas fuesen. En cuanto puede humanamente juzgarse, hubiera sucumbido más temprano o más tarde y de un modo u otro, de no encontrar en Engels el amigo de cuya lealtad y espíritu de sacrificio podemos hoy formarnos una idea completa por su correspondencia ya publicada.

La imagen de esta amistad no tiene paren la historia. (…) Cuanto más se entretejían sus ideas y su obra, más resaltaba la personalidad propia de cada uno de ellos.

La diferencia de personalidades se acusaba ya en su aspecto exterior. Engels era un germano, rubio, esbelto, con modales ingleses, según lo atestigua un observador de la época; pulcramente vestido siempre, veíase en él la disciplina, no sólo del cuartel, sino de la oficina en que trabajaba. (…) Hecho a los negocios y a las diversiones de la burguesía inglesa, a sus cacerías de zorros y a sus banquetes de Navidad, Engels era el obrero de la inteligencia y el luchador que en una casita situada en las afueras de la ciudad tenía albergado un amor, una muchacha irlandesa de pueblo, en cuyos brazos iba a descansar cuando se sentía ya demasiado fatigado de las intrigas y las luchas de los hombres.

Marx era el reverso de esta medalla: recio, fornido, con sus ojuelos chispeantes y su melena de león, negra como el ébano y clara muestra de su origen semita; tardo en sus movimientos; un buen padre de familia agobiado, al margen de toda la vida social y mundana, en aquel centro cosmopolita, entregado al incesante trabajo de la inteligencia, comiendo aprisa para volver a él, absorbido por él hasta altas horas de la noche; pensador incansable para quien no había placer más alto que el pensamiento. (…) Poco práctico para las cosas pequeñas y genialmente práctico para las grandes; incapaz para llevar un presupuesto doméstico, pero de una capacidad incomparable para levantar y conducir un ejército que había de hacer cambiar la faz del mundo.

Y si el estilo es el hombre, también como escritores mediaban entre ellos grandes diferencias. Los dos eran, cada cual a su modo, maestros del lenguaje y los dos también genios para las lenguas, pues ambos dominaban toda una serie de idiomas y hasta de dialectos extranjeros. Engels superaba en esto a Marx, pero cuando escribía en su lengua materna, aunque sólo fuesen cartas -y mucho más, naturalmente, cuando eran otras obras- se ceñía al idioma propio, libre de todos los pliegues y modismos extranjeros, aunque sin caer en las ridículas exageraciones de los puristas. Escribía lisa y llanamente, y con tal diafanidad y tersura, que se puede leer hasta en el fondo de la movida corriente de su discurso.

Marx escribía más premiosamente y en un estilo más difícil. En las cartas de su juventud, semejante en esto a las de Heine, se le ve todavía claramente debatiéndose con el lenguaje, y en las escritas en sus años maduros, sobre todo las de Inglaterra, hay una jerga de alemán, inglés y francés, todo revuelto. También en sus obras abundan los términos extranjeros más de lo que fuera menester. (…) Marx no acostumbraba apurar hasta el fin los problemas tratados, sino que gustaba de dejar al lector un margen fecundo para la reflexión; su discurso era como el juego de las olas sobre el fondo purpúreo del mar.

Engels reconoció siempre en Marx la superioridad del genio; a su lado, no quiere destacarse nunca en primer plano. Pero en realidad, jamás fue mero intérprete o auxiliar suyo, sino que fue siempre su colaborador autónomo, pues su talento, si bien no se confundía con el de Marx, no era inferior a él. El propio Marx había de confirmar, pasados veinte años, en una carta dirigida a su amigo, que, en los orígenes de su amistad y en una materia de decisiva importancia, Engels había aportado más que recibido: “Te constan dos cosas, primero, que a mí me llega todo más tarde, y segundo, que no hago más que seguir tus huellas”. Engels, más rápido y expeditivo, se movía con más desenvoltura, y, si bien su mirada era lo suficientemente aguda y penetrante para tocar en seguida el punto decisivo de un problema o de una situación, no era, en cambio, lo bastante profunda para ponderar todo el pro y el contra que la decisión podía llevar aparejados. Claro está que esta falta es, en un hombre de acción, una gran ventaja, y Marx no adoptaba ninguna resolución política sin antes aconsejarse de Engels, quien solía dar en seguida en el clavo.

Era natural, dada esta correlación de fuerzas, que los consejos de Engels no fuesen tan fecundos en el terreno teórico como en materia política. Aquí solía llevar Marx la delantera y nunca prestó oídos a las sugestiones de Engels para que terminase cuanto antes su obra científica capital. “No sé cuándo te convencerás de que no tienes por qué ser tan concienzudo con tus cosas y de que está sobradamente bien para el público. Lo principal es que lo escribas y se publique; las faltas que tú le encuentres no han de echarlas de ver los asnos”. En este consejo se retratan de cuerpo entero los dos, Engels dándolo y Marx no siguiéndolo.

(…) En la primavera de 1854, a Engels volvió a asaltarle la idea de retornar a Londres, para abrazar la carrera de escritor; fue la última vez en que se vio acometido por ella; a partir de entonces, tomó la firme resolución de echarse encima para siempre el odioso yugo de la responsabilidad mercantil en la empresa de su padre, no sólo para poder ayudar al amigo, sino para que el Partido no perdiese su primera inteligencia. De otro modo ni Engels hubiera podido realizar el sacrificio, ni Marx aceptarlo; pues no se sabe qué requería más firmeza de juicio en él, si el brindarlo o el recibirlo.

Antes de verse elevado a copartícipe de la empresa, Engels, como simple empleado, no disfrutaba, ni mucho menos, de una situación próspera; pero desde el primer día en que se instaló a vivir en Manchester, no hizo más que ayudar al amigo incansablemente. Los billetes de una libra, de cinco, de diez, y luego de cien, pasaban de sus manos a Londres sin cesar. Y Engels no perdía nunca la paciencia, aunque Marx y su mujer, cuyo talento administrativo para el presupuesto doméstico no debía de ser muy grande, le hiciesen pasar por duras pruebas. Ocurrió una vez que Marx se olvidó de avisarle de una letra librada sobre él, encontrándose desagradablemente sorprendido el día de su vencimiento; en casos como éste, Engels no hacía más que menear la cabeza con amistoso reproche. (…)Pero Engels no se limitaba a trabajar para su amigo durante el día, en la mesa del despacho o en la Bolsa, sino que le sacrificaba también, en buena parte, las horas vespertinas de descanso, hasta bien entrada la noche. (…)

Y sin embargo, todo esto no es nada, comparado con el sacrificio más doloroso que hubo de realizar Engels, renunciando a la labor científica para la que le capacitaban sus magníficas dotes y su capacidad de trabajo poco común. Para tener idea de esto hay que leer la correspondencia cruzada entre los dos, y fijarse, por ejemplo, aunque sólo fuese esto, en los estudios filosóficos de ciencia militara que Engels se consagraba con predilección, llevado de una “inclinación antigua” y de las exigencias prácticas de la cruzada de emancipación del proletariado. Odiando como odiaba a los “autodidactas”, y siendo sus métodos científicos de trabajo sólidos siempre y concienzudos, distaba mucho de ser, como distaba Marx, un simple erudito de biblioteca, y cada nuevo conocimiento adquirido érale doblemente precioso con tal de que pudiese ayudar en seguida a aliviar al proletariado de sus cadenas.

Se consagró al estudio de las lenguas eslavas, llevado de la “consideración de que, por lo menos, uno de nosotros” habrá de prepararse para la acción próxima conociendo el idioma, la historia, la literatura y las instituciones sociales de las naciones con las cuales vamos a entrar inmediatamente en colisión. (…)

Sus diligentes y concienzudos estudios de ciencia guerrera le valieron el sobrenombre de “general”. También aquí se aliaban la “antigua inclinación” y las necesidades prácticas de la política revolucionaria. Engels contaba con la “enorme importancia que la partie militaire habría de cobrar en el próximo movimiento”. Los oficiales que se pasaron al campo del pueblo, durante los años de la revolución, no habían dado muy buenos resultados. “No hay quien desarraigue de este hatajo de soldados -escribía Engels- su repugnante espíritu de cuerpo. Se odian unos a otros mortalmente; la más pequeña distinción obtenida produce en los demás una envidia de chicos de escuela, pero contra la ‘paisanería’ son todos unos”. (…) Apenas instalarse en Manchester, se puso a “empollar cosas militares” (…) a estudiar la organización toda del ejército, hasta en sus detalles técnicos más minuciosos (…)

Finalmente, se consagró al estudio de la historia general de las guerras, aplicándose con especial cuidado a las obras del inglés Napier, del francés Jomini y del alemán Clausewitz. Lejos declamar contra la inmoralidad de las guerras, siguiendo las huellas superficiales del liberalismo, Engels se dedicó a estudiar la razón histórica de estos fenómenos, con lo cual provocó más de una vez la cólera declamatoria de la democracia. (…)

Engels sentía asimismo predilección por las ciencias naturales, sin que tampoco en este terreno le fuese dado llevar a término sus investigaciones durante aquellos años en que hubo de entregarse a la actividad comercial para dejar paso franco a los trabajos científicos más importantes de su amigo.
Todo esto era una tragedia, pero Engels no se lamentaba de ella, pues estaba curado, como su amigo, de todo sentimentalismo. Consideró siempre como la mayor dicha de su vida el haber podido vivir cuarenta años al lado de Marx, aun a costa de que la figura gigantesca de éste le ensombreciera. Y cuando, al morir su amigo, se le hubo de reconocer, durante más de diez años, como la figura preeminente del movimiento obrero internacional, no vio en ello una legítima reparación, sino que creyó, por el contrario, que se le atribuía un mérito al que no era acreedor.

La amistad de estos dos hombres, entregados de lleno a la causa común, a la que ambos ofrendaron un sacrificio, si no igual, igualmente grande, sin asomo de jactancia ni de lamentación, constituye una alianza sin par en la historia de todos los tiempos.
(Extractos del libro de Franz Mehring, Carlos Marx.)

LA FUERZA DE SU PALABRA

Política obrera

Queremos la abolición de las clases. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La dominación política del proletariado. Y cuando en todas partes se han puesto de acuerdo sobre ello, ¡se nos pide que no nos mezclemos en la política! Todos los abstencionistas se llaman revolucionarios y hasta revolucionarios por excelencia. Pero la revolución es el acto supremo de la política; el que la quiere, debe querer el medio, la acción política que la prepara, que proporciona a los obreros la educación para la revolución y sin la cual los obreros, al día siguiente de la lucha, serán siempre engañados por los Favre y los Pyat. Pero la política a que tiene que dedicarse es la política obrera; el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia.

Las libertades políticas, el derecho de reunión y de asociación y la libertad de la prensa; éstas son nuestras armas. Y ¿deberemos cruzarnos de brazos y abstenernos cuando quieran quitárnoslas? Se dice que toda acción política implica el reconocimiento del estado de cosas existente. Pero cuando este estado de cosas nos da medios para luchar contra él, recurrir a ellos no significa reconocer el estado de cosas existente.

(Sobre la acción política de la clase obrera, 21 de septiembre de 1871).

El Estado, dominación de clase
En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los hombres. La sociedad se crea un órgano para la defensa de sus intereses comunes frente a los ataques de dentro y de fuera. Este órgano es el poder del Estado. Pero, apenas creado, este órgano se independiza de la sociedad, tanto más cuanto más se va convirtiendo en órgano de una determinada clase y más directamente impone el dominio de esta clase. La lucha de la clase oprimida contra la clase dominante asume forzosamente el carácter de una lucha política, de una lucha dirigida, en primer término, contra la dominación política de esta clase; la conciencia de la relación que guarda esta lucha política con su base económica se oscurece y puede llegar a desaparecer por completo. Si no ocurre así por entero entre los propios beligerantes, ocurre casi siempre entre los historiadores. De las santiguas fuentes sobre las luchas planteadas en el seno de la república romana, sólo Apiano nos dice claramente cuál era el pleito que allí se ventilaba en última instancia el de la propiedad del suelo. (…)

(Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

Cómo se oculta la miseria de la clase obrera
La causa de la miserable situación de la clase obrera no debía buscarse en ciertas deficiencias aisladas sino en el propio sistema capitalista. El obrero cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un jornal. Después de unas cuantas horas de trabajo, el obrero ha reproducido el valor del jornal. Pero, según el contrato de trabajo, el obrero aún debe trabajar unas cuantas horas más hasta completar su jornada. El valor creado por el obrero durante estas horas de plustrabajo constituye la plusvalía, que no cuesta ni un céntimo al capitalista, pero que éste se embolsa. Tal es la base del sistema que va dividiendo más y más a la sociedad civilizada en dos partes; de un lado, un puñado de Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y consumo, y de otro, la enorme masa de obreros asalariados, cuya única propiedad es su fuerza de trabajo. Y que la causa de todo esto no reside en tal o cual deficiencia de tipo secundario, sino únicamente en el sistema mismo, lo ha demostrado hoy con toda evidencia el desarrollo del capitalismo en Inglaterra.

(…) Las repetidas epidemias de cólera, tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes; anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido la “Pequeña Irlanda” y ahora le toca el turno a Seven Dials. Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos enteros que en 1844 yo hubiera podido describir en una forma casi idílica, ahora, con el crecimiento de las ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia, abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo demuestra ampliamente el informe de la comisión real On the Housing of the Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con ella.

(F. Engels, Prefacio a la segunda edición alemana de 1892 de La situación de la clase obrera en Inglaterra).

Los socialistas toman, por tanto, una parte activa en cada fase de evolución por la que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, sin perder jamás de vista que esas fases no son otra cosa que etapas que llevan al gran objetivo principal: a la conquista del poder político por el proletariado, como medio de reorganización social. Su lugar está entre los combatientes por cualquier éxito inmediato en beneficio de la clase obrera; y ve en estos éxitos políticos o económicos nada más que un pago de cuentas por partes. Por eso consideran que todo movimiento progresista o revolucionario es un paso en la dirección de su propia marcha; su misión especial es estimular a los otros partidos revolucionarios y, en caso de victoria de uno de ellos, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que jamás pierde de vista el gran objetivo, preserva a los socialistas contra las desilusiones a que están sujetos infaliblemente los otros partidos, menos clarividentes, ya sean los republicanos puros, ya los socialistas sentimentales, que toman una simple etapa como meta final del movimiento.(…)

(La venidera revolución italiana y el partido socialista, 1894).

Del legado de Mosquera: EL INTERVENCIONISMO PROLETARIO Y EL DERECHO DE LAS NACIONES A LA AUTODETERMINACIÓN

(Capítulo del editorial titulado “El carácter proletario del Partido y la lucha contra el liberalismo “, escrito el 13 de enero de 1979 por Francisco Mosquera y suscrito además por Oscar Parra y Enrique Daza, con motivo de la integración de los CDPR y el MIR a nuestra organización. Publicado en Tribuna Roja, No. 33, febrero-marzo de 1979.)

A la pregunta de si somos o no un partido internacionalista, al rompe y sin titubeos respondemos de manera afirmativa. ¿Por qué entonces hablamos tanto de la defensa de la patria y de la autodeterminación de las naciones? ¿No entraña esto un contrasentido flagrante? Ciertamente no.

Donde prevalezca aún el régimen capitalista, y ello sucede en la mayor parte del planeta, el proletariado combate por arrancarse del cuello el dogal de la esclavitud asalariada. Y este nudo no puede desatarlo a menos que haya barrido y echado a la basura la propiedad individual sobre los instrumentos y medios de producción. Pero como la burguesía, imitando a las clases que la precedieron en la usurpación de los frutos del trabajo de los demás, no cede las prerrogativas por las buenas, los obreros se ven compelidos, tal cual lo hemos anotado, a erigir sobre los escombros del poder estatal del capital un Estado suyo que les garantice sus atribuciones. Al hacerlo preludian la desaparición de las clases, o sea de la violencia organizada de unas gentes contra otras, y despejan la emancipación ulterior de la especie humana, al trocarla de víctima expiatoria y ciega de la evolución social en sujeto consciente y dominante de la misma. Los comunistas auténticos de todas las fechas y de todos los sitios han ensalzado en sus cánticos marciales estas máximas aspiraciones revolucionarias. No tienen intereses particulares qué alegar que los enfrenten entre sí o los aparten del conjunto del movimiento obrero. De ahí su indisoluble unidad internacional. Los que han vencido y ahora construyen el socialismo simplemente han comenzado a poner en práctica el programa máximo común, lógicamente ajustado a las singularidades de cada lugar, haciéndose merecedores del apoyo cerrado de los trabajadores de toda la superficie del globo. Por encima de las barreras idiomáticas, del ancestro y costumbres de los pueblos y de las modalidades de lucha según las etapas en que se hallen, los partidos proletarios forman un gigantesco haz de voluntades que les da una nítida superioridad sobre las banderías burguesas que, a pesar de sus eventuales avenimientos e invocar todas el capitalismo, no consiguen suprimir las trápalas y rebatiñas recíprocas, hervidas en la paila del lucro privado.

La proclama lapidaria del Manifiesto Comunista salido del caletre de Marx y Engels en 1847, y que hoy retumba con inusitado vigor por los cuatro vientos, reza: “¡Proletarios de todos los países, uníos!”

De otra parte, en un mundo parcelado sin cura inmediata en múltiples naciones, al proletariado no le queda otra alternativa que darles a su lucha y a sus partidos una expresión nacional. Limitante sólo formal que lo empuja a concluir por países la revolución socialista, sin que ello vaya en desmedro de sus obligaciones internacionales. Así como nos valemos de la faja ecuatorial al demarcar el hemisferio norte del hemisferio sur en la esfera terráquea, el mejor rasero para diferenciar a los partidos autodenominados marxista-leninistas, catalogarlos entre legítimos y apócrifos, es la actitud que mantengan ante el internacionalismo. Cualquier postura o concepción que lesione el proceso de acercamiento y la solidaridad de los trabajadores de las diferentes latitudes desvirtúa su espíritu de clase. A la consigna de la unión internacional de los obreros ha de cercársele necesariamente la de la autodeterminación de los pueblos, que estriba en el derecho de cada uno de éstos a decidir independientemente su destino y a proporcionarse el Estado que les plazca sin intervención forastera. Porque la complicidad y la tolerancia otorgada en nombre del comunismo a la opresión nacional, sea cual fuere el móvil o la excusa que se esgrima, la menos torva o la más cínica, obstaculizará grave e ineludiblemente las relaciones fraternas entre el proletariado de la región sojuzgada y el de la república sojuzgadora. No defeccionando en la defensa de los principios de la autodeterminación de los países y pidiendo la picota para quienes la violen, evitamos que las diferencias nacionales sirvan de laberinto en donde se pierdan y pericliten la unidad y la lucha internacionalistas de la clase obrera.
La nación moderna es un producto del capitalismo, del primaveral, el del curso ascendente, cuando blandía el “dejar hacer” y el “dejar pasar”, las palabras mágicas con que rasgaba los enigmas del aislamiento y la dispersión feudales. Quería mercados seguros y armónicos, para lo cual fue agrupando aquí y allá a millones de personas que mantenían nexos de lengua, territorio, idiosincrasia, economía, etc., en una sola comunidad nacional, regentada por disposiciones uniformes de pesos y medidas, moneda única e impuestos y aranceles aduaneros centralizados. Inspiró y animó los levantamientos independentistas, y tras éste y el resto de emblemas democráticos arremolinó en torno suyo a las muchedumbres. Pronto el jayán que saltó a la palestra lleno de nobles intenciones y que cándidamente creía que la creación empezaba y terminaba con él, se transmudó en un viejo ávido y avieso que, a la inversa del Fausto de Goethe, estaba condenado, para seguir viviendo, a destejer los pasos y a maldecir las ejecutorias de su juventud. El capitalismo otoñal, o imperialismo, dejó de ser el forjador y el libertador de naciones, ahora se esmera de gendarme y de corsario colonialista y las multitudes por doquier lo vituperan y le lanzan guijarros. Sin embargo, el capital monopolista destrozó definitivamente el caparazón nacional y con su entramado de negocios por el orbe entero posibilita la interrelación de las comarcas más apartadas, incrementando cada día el mercado mundial; pero todo en base a la opresión de unas naciones sobre otras. El proletariado es fervoroso partidario de aumentar la comunicación entre los pueblos, de estrechar sus lazos de amistad, estimular sus intercambios y colaboración en beneficio mutuo; no obstante propende porque este acercamiento se adelante respetando la decisión libre y voluntaria de las naciones, única manera de llevarlo a cabo. Las diferencias y recelos nacionales se desvanecerán a medida que haya un desarrollo económico equilibrado de todos los países, aparejado a un ejercicio pleno de la democracia. El imperialismo se opone ciegamente a ambos requisitos. Sólo el socialismo los hace realidad. La burguesía enfatiza en lo que desune a las masas, el proletariado en lo que las une. Las contiendas de Colombia y de todos los pueblos por su liberación y la salvaguardia de su soberanía constituyen el principal ariete para batir las murallas de la fortaleza imperialista. Nuestro internacionalismo proletario se refleja en la irrestricta solidaridad que les brindamos a esas luchas.

Al llegar al clímax la hegemonía del imperio estadinense, a raíz de las dos guerras mundiales, especialmente la última, la explotación y dominación internacionales adoptaron la forma de neocolonialismo: bandolerismo de nuevo cuño, disfraz típico y perfeccionado del capital imperialista, cuyo quid radica en barnizar el saqueo de los pueblos con empastes de libertad y soberanía. La metrópoli no recurre a agentes propios para reinar sino a lacayos nativos y mandatarios títeres. Su preponderancia es tal, sobre todo la que le infunde su capacidad financiera colosal, que cualquier modelo de gobierno, desde el militar cuartelario de Argentina, hasta el democrático representativo de Colombia, pasando por el monárquico republicano español, cabe dentro de sus proyectos y se acopla a su pillaje. Los incidentes de Nicaragua, todavía sin epilogo, nos suministran harta documentación relativa al funcionamiento de dicho sistema. La dinastía de los Somoza, espejo de las satrapías asesinas del legendario Caribe, que ha exprimido el sudor y la sangre de ese pequeño pero bizarro pueblo de América Central durante cuatro escalofriantes decenios, ha sido lactada por los Estados Unidos. Al presidente Carter le preocupa que el muñeco nicaragüense desafine en su opereta de alabanza a los “derechos humanos”. En consecuencia articuló una maniobra para sustituirlo, mediante un golpe electoral, por otra marioneta de menor desprestigio, y antes de que el Frente Sandinista logre la liberación con la lucha armada. Se ha recostado en la OEA y ha movilizado a los tres o cuatro gobiernos serviles del Continente que quedan designados por sufragio, entre los cuales no podría faltar el colombiano, el más obsecuente y obsequioso, con el objeto de manipular un movimiento nacionalista proyanqui de Nicaragua, que, sin autorizar la salida de ésta del aprisco colonial, les permita al imperialismo yanqui y a sus monaguillos posar de democráticos y progresistas. A fuerza de experiencia no podemos menos de desenmascarar esta horrenda farsa de la reacción continental y del oportunismo referente a los acontecimientos del hermano país, y advertir que la independencia nacional no se alcanza porque se reemplacen los uniformes y las charreteras por el smoking y el corbatín.

Si en algo se distinguen las administraciones liberales de las del gorilato es en el alto grado de fariseísmo que las caracteriza. En Colombia hay extorsión imperialista, tanto o peor que en Nicaragua; y aun cuando no se han presentado todavía conatos de rebelión popular, como los protagonizados por los sandinistas, proliferan los casos de represión violenta contra las masas trabajadoras, los presos políticos, los jóvenes torturados o masacrados, las restricciones a la información, los consejos verbales de guerra de la justicia castrense, los decretos fascistoides de seguridad pública. Conmover alos nicaragüenses con la forma colombiana o venezolana es envilecerlos y ponerlos a suspirar por una careta para el somocismo sin Somoza. Y quienes se presten a publicitar este licor alterado, con su nacionalismo de derecha o de “izquierda”, envenenan el cuerpo y el alma de los pueblos y como bestias de carga llevan caña al trapiche imperial.

Por eso los comunistas no nos agregamos a cualquier tipo de reivindicación nacional; no coreamos las rogativas reaccionarias para que las masas se contenten con soberanías simuladas, autodeterminaciones restringidas y no intervenciones de mentiras. Bajo el neocolonialismo la más vulgar y prostituida expoliación se pavonea de dama recatada y pudorosa. La dependencia económica sustenta indirecta pero eficazmente la intromisión política de los magnates de las casas matrices, y sin arrancar de cuajo aquélla no se suprime ésta. Enarbolamos y respaldamos los esfuerzos aguerridos de los pueblos de todos los países para asir las riendas de su desarrollo industrial y cultural, al margen de imposiciones extranjeras de cualquier etiqueta, y para edificar sobre estos cimientos el Estado que mejor les convenga. Al actuar así contribuimos a superar los valladares y prevenciones nacionales y a apretar el abrazo sincero y cariñoso de los obreros de todo el mundo, sin distingos de color o apellido.

Nuestro intervencionismo no se contrapone a la soberanía y autodeterminación de las naciones. Al revés, se complementan mutuamente.

Declaración del MOIR: PONER FIN AL INTERVENCIONISMO YANQUI EN COLOMBIA

Colombia ha sido conducida a la que, sin duda, es su más honda y compleja situación crítica. Esto indica el alto grado de agudización que han alcanzado sus contradicciones sociales y las que como nación tiene con la política que le ha dictado e impuesto Estados Unidos. Ocasión más que propicia, entonces, para que las clases populares desentrañen la causa real y los promotores, internos y externos, de sus males; se prevengan del letargo y la confusión en que las quieren sumir e inicien la forja de un gran movimiento de resistencia y salvación nacionales.

En lo que constituye diferentes fases de una misma política, los gobiernos de Barco, Gaviria y Samper han apuntalado en el país la apertura económica, de la que el “salto social” es a la vez un aditamento y un cosmético, acogiendo así el plan diseñado por Washington para la conquista de los mercados y la expoliación de los recursos, ahorro y trabajo de las naciones latinoamericanas. La realización pronta y eficaz de este designio es una cuestión imperiosa para Estados Unidos, pues precisa del engrosamiento de sus arcas a fin de enfrentar con cierta holgura la competencia de sus rivales económicos y comerciales, principalmente Japón y la Comunidad Europea, y consolidar su prepotencia global. Se explica así que, en asunto que le es tan vital, Norteamérica ponga en juego todo su poderío y recurra a toda suerte de medios, incluidos los más siniestros.

Poca cosa le importan, salvo para enmascarar sus funestos propósitos, la soberanía y la autodeterminación de las naciones, ni su desarrollo económico y social, y mucho menos la democracia, la moral y el respeto a las leyes o a los llamados derechos humanos. Aún más, no sólo no le importan, sino que de su permanente desprecio y violación depende la supervivencia de su imperialismo, como lo demuestra su historial a lo largo del siglo XX. Ha invadido y asolado naciones, complotado para poner y deponer mandatarios y ha perseguido o se ha aliado con las más diversas organizaciones criminales, todo según sus conveniencias que, por su naturaleza, excluyen consideraciones democráticas o éticas.

El narcotráfico y sus múltiples secuelas ha sido elevado por la Casa Blanca a la categoría de problema de seguridad nacional y de objetivo estratégico. Más que a contrarrestarlo efectivamente, semejante presentación está destinada a reforzar el pretexto para intervenir política y militarmente en todos los países que tengan que ver con la producción y comercio de narcóticos. Al respecto, Colombia es un blanco preferido, a la que, si su gobierno lo permite, como ha sido el caso, se le puede aplicar con especial intensidad toda la gama de medidas intervencionistas en los diversos aspectos de su organización social.

No es de extrañar entonces que, aun contando con el beneplácito y la complicidad de quienes han venido gobernando el país, el imperialismo norteamericano haya implantado de manera burda y arbitraria sus disposiciones en el manejo de nuestra economía y comercio. Como resultado, avanza el ingreso de productos a nuestro mercado y el asalto del capital financiero a los renglones más rentables, mientras se presenta agostamiento o quiebra de los sectores industriales y la producción agraria entra en plena bancarrota, ocasionando la pauperización de sectores enteros de la población sometidos al desempleo, el incremento del costo de vida y la caída de los salarios. Esta verdadera crisis revela el objetivo fundamental de la política de recolonización emprendida por Estados Unidos.

Sobre ella se alza la crisis política e institucional. Para quitar del camino toda persona, organización o entidad social que obstaculice sus intereses o que, sirviéndolos, no lo haga con la debida fidelidad y eficacia, y para eliminar del ordenamiento jurídico e institucional toda traba para su dominación, el imperialismo yanqui ejerce contra la nación un salvaje intervencionismo. Recurre a la coacción y el chantaje para que las medidas económicas cumplan con los condicionamientos de las grandes agencias prestamistas como el Banco Mundial y el BID, y satisfagan los apetitos de las multinacionales; introduce a voluntad en el territorio nacional tropas y naves militares; instala sofisticados equipos de vigilancia e inteligencia en puntos claves de nuestra geografía, e incrusta en los organismos estatales a agentes de la DEA, la CIA y el FBI -todas famosas por sus infamias-, que participan y ocupan puestos de comando en operativos de orden público. A esto se suma la intromisión del embajador Frechette en los asuntos internos y la manera prepotente como califica y descalifica las conductas oficiales o privadas que no consulten a plenitud los dictados imperiales de su país.

Tan repudiable intervencionismo está enmarcado en la política de recolonización emprendida por el imperialismo estadinense. Es el principal problema que enfrenta Colombia y como tal preside todas y cada una de sus contradicciones internas. A ello se suma el hecho aberrante de que se practica con la complacencia y el respaldo del gobierno de Samper Pizano, dando lugar a una política de sumisión nacional.

Con todo, esto no le ha bastado al imperialismo. Contando con la abyección de un organismo que tiene tan amplios poderes coactivos y policíacos como la Fiscalía General al mando de Alfonso Valdivieso y con la obediencia debida de la Policía Nacional presidida por el general Serrano Cadena, los utiliza como demoledores arietes para, bajo el manto de una hipócrita cruzada contra la criminalidad y la corrupción, desprestigiar y apabullar a quienes considera indeseables aunque hayan sido obsecuentes con su hegemonía, someter a través de un basto terrorismo judicial a miembros de la clase política que no sean absolutamente adictos a sus intereses, en fin, para tener en sus manos el reajuste a discreción de los dirigentes públicos y privados del país. En esta estratagema ha alineado o puesto a su servicio buena parte de los medios de comunicación, ha recibido refuerzos de los moralistas de cuño viejo, como los que siguieron al desaparecido líder Galán, o de nuevo cuño, como el aparecido Bernardo Hoyos, y, en lo que constituye una demostración tanto de su poder intimidatorio como de la pusilanimidad de Samper y su gabinete, ha recibido el apoyo y el encomio del gobierno.

Al entredicho en que hoy se encuentra Ernesto Samper, debido al financiamiento de su campaña electoral por parte de agrupaciones delincuenciales, se le agrega el que corresponde al hecho, no menos grave, de que esa misma campaña haya recibido dineros de las multinacionales norte americanas y de poderosos grupos financieros nacionales. Se configura así un problema que, en el contexto del antagonismo entre los intereses de la nación y el imperialismo, saca el entredicho del ámbito jurídico y lo eleva a la categoría de la legitimidad política de Samper para seguir siendo presidente de Colombia. La solución del problema y de la actual crisis no depende entonces de su absolución o condena judicial, sino del rechazo radical al intervencionismo imperialista y de la defensa firme y plena de la soberanía económica nacional.

Le encrucijada en que el imperialismo yanqui ha colocado a la nación hace aparecer una línea divisoria entre quienes secundan, alcahuetean o consienten su continuado intervencionismo y quienes le oponen resistencia, lo condenan o rechazan. Esa línea debe resaltarse, puesto que define los dos bandos cuyo enfrentamiento antagónico le da una forma particular a la lucha de clases en la hora actual. Asumiendo la posición de los trabajadores, el MOIR pondrá todos sus cuadros y militantes al lado de las clases o sus sectores, organizaciones políticas y sociales, y personas civiles, militares o religiosas que repudien y resistan la injerencia imperialista, y emprenderá con ellos la formidable e histórica brega por la soberanía en todos los órdenes de la vida nacional.

Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR)
Comité Ejecutivo Central
Héctor Valencia, Secretario General.

FRANCISCO MOSQUERA, EL MÁS GRANDE PENSADOR MARXISTA DE LA REVOLUCION COLOMBIANA

Declaración del Comité Ejecutivo del MOIR con motivo de cumplirse el primer aniversario de la muerte del camarada Francisco Mosquera.

En una revelación incesante de la vigencia que en nuestra época tiene el riguroso análisis de la realidad contemporánea realizado por Francisco Mosquera, el desenvolvimiento de los antagonismos sociales a nivel nacional e internacional, durante el año transcurrido desde su muerte, sigue el curso histórico que él señaló. Este hecho prueba una vez más que su obra teórica está tan radicalmente afirmada en nuestro tiempo que, una vez conocida, no puede ser exceptuada por quienes precisan de una concepción revolucionaria para transformar el mundo y requieren de criterios esclarecedores y certeros en la lucha contra el imperialismo y la reacción. Ante esta evidencia, y como es natural que sus enemigos intentarán por todos los medios ignorarla o tergiversarla, es nuestro deber, primordial e ineludible, divulgar su significado más allá de las fronteras partidarias, proletarias y nacionales. Igualmente, pregonar a los cuatro vientos lo que la hizo posible: una vida comprometida íntegra y permanentemente en subvertir la situación degradante que las clases dominantes imponen sobre las masas populares.

Francisco Mosquera avizoró desde su juventud la necesidad de servir a su pueblo y con ese propósito emprendió el rechazo, y se despojó de las ideas y actitudes atrasadas que, prevalecientes en la sociedad, se inculcaban por doquier. Su rebeldía lo llevó a situarse inicialmente en un entorno de pequeños burgueses que buscaban las formas de hacer revolución aglutinados bajo la sigla del MOEC. Allí efectuó sus primeras prácticas políticas y pudo comprobar los desatinos que se producen cuando los desenfoques e incoherencias de la pequeña burguesía son trasladados a las luchas sociales. Emprendió entonces su gran negación de este fenómeno. Y no lo hizo con un espíritu vacilante o ecléctico, pues no era una negación vacía, inútil o escéptica, sino que ya entrañaba la afirmación de lo proletario y el desarrollo de lo revolucionario.

Fue ésa una postura decisiva en la cual aparecen dos características, inherentes a los verdaderos revolucionarios, que el camarada Mosquera guardaría a lo largo de su existencia. El valor para pensar de manera crítica y refutar a fondo las irracionalidades ideológicas y políticas que se generan en el desprecio de las condiciones sociales y materiales existentes, casi siempre acompañadas de elucubraciones idealistas, y que conducen a la adopción de métodos de organización y de lucha lesivos para la revolución. Ligado a ese valor se manifiesta el que tuvo para llevar a la práctica sus ideas, sin temerle a la realización de tareas arduas y complejas, librando ingentes batallas contra toda suerte de enemigos de clase y del MOIR, en una calificada conjunción de osadía e inteligencia. Desplegar estos valores le permitió su gran afirmación de lo propio de la clase obrera: el punto de vista materialista del mundo y de la historia; la síntesis conceptual de sus intereses y sus luchas: el marxismo- leninismo y el maoísmo, y la dialéctica como forma de movimiento de todo lo existente.

A partir de entonces su cometido fue aún más fecundo. Con su capacidad para aprehender y manejar esas armas emprendió el examen concreto de la situación nacional, es decir, de su base económica y su superestructura política e ideológica, y, lo que es igualmente importante, de su interacción, a fin de extraer criterios políticos acertados. Esta labor, simple en su enunciado pero titánica en su realización, exigía combinar serias investigaciones teóricas con el conocimiento que iba brotando de la práctica política. Sus conclusiones no pudieron ser más fructíferas: señaló al imperialismo norteamericano y la oligarquía colombiana conformada por grandes burgueses y terratenientes como los principales impedimentos para el desarrollo económico y el progreso democrático del país al imponer unas relaciones de producción anacrónicas, someter a la población a la sojuzgación política y socavar la soberanía nacional. En consecuencia, para sacudirse la dominación y cambiar esas relaciones, las clases populares deben conformar un frente único que, con el proletariado a la cabeza, establezca una república popular, democrática, libre y soberana. Tal es la revolución de nueva democracia que el camarada Mosquera trazó como programa para el período actual.

A darle soporte político y científico a este programa revolucionario dedicó sus mayores esfuerzos, pues sabía que toda tesis correcta surge, se desenvuelve y se consolida en medio de la lucha. Que la verdad en política, al igual que ocurre con los otros objetos del conocimiento humano, no es algo estático sino un proceso y que a ella se llega comprendiendo el movimiento de la sociedad originado en las contradicciones de las clases. Con tal saber dialéctico, este profundo captador de verdades les imprimió a sus ideas la cualidad especial de que no puedan ser tratadas unilateralmente, ni tomadas con rigidez y mucho menos petrificarlas, puesto que eso equivaldría a desvirtuarlas. Específicamente, reviste importancia fundamental el hecho de que en la línea política que formuló y la sustentación que le dio, su pensamiento, esa espiral, no admita fragmentaciones dogmáticas.

Poseía nuestro líder una cualidad propia de los hombres excepcionales como es lograr que lo particular, singular e individual de su actividad y su pensamiento esté inmerso con toda su riqueza en lo universal. No es extraño entonces que, por ejemplo, en lo particular de la lucha de clases nacional encontrara la esencia de la lucha de clases a nivel internacional, que en la singularidad de las batallas en defensa de los intereses del proletariado que libraba su Partido hallara los fundamentos de la lucha de la clase obrera en todo el mundo, que en su práctica y relaciones individuales descubriera lo que alienta al género humano en su labor transformadora de la naturaleza y la sociedad. De allí que la universalidad que caracteriza su obra no resida en la cantidad de temas que trató sino en el examen concreto, en sus múltiples relaciones, que hizo de ellos. Se explica de este modo que junto a las cuestiones políticas se encuentren criterios y estudios sobre economía, historia, ciencia, literatura, arte y cultura que constituyen una verdadera alegría en el progreso del conocimiento humano.

Enfrentó dos tendencias que afectaban a los sectores revolucionarios. Una, nacida en las concepciones y métodos de vacuo radicalismo alentado por grupos de la pequeña burguesía, con desconocimiento del grado de desarrollo económico y social y de las posiciones de las distintas clases, de su correlación de fuerzas y del ánimo y comprensión política de las masas. De aquí surgía una gran equivocación sobre los blancos principales y secundarios de la revolución y las formas de lucha y organización que debían presidir cada período. La otra tendencia, que brotaba en el seno de los antiguos partidos comunistas, correspondía a la presencia de posiciones burguesas en sectores obreros y populares y pugnaba por la conciliación entre las clases y la exigencia de reformas al régimen mas no su cambio, lo cual equivale a seguir sosteniéndolo y a alejar e impedir la revolución. (…) Estas tendencias (…) terminaron por conjugarse en Colombia tanto en su contenido como en sus métodos. Como lo ha demostrado el fracaso, crisis o degeneración que ellas han experimentado, el camarada Mosquera tuvo razón en su ponderada y contundente crítica, y la sigue teniendo. Y no sólo en el ámbito del país, pues su refutación abarca a todos los partidos, agrupaciones y movimientos que bajo los mismos criterios erróneos proliferaron en América Latina y a los que aún hoy intenten bajo nuevas formas y mixturas restaurar lo que los hechos y la historia han desechado.

Ese combate crítico contra el extremoizquierdismo y el revisionismo tenía estrecha relación con la polémica que en el movimiento comunista internacional libraba Mao Tsetung contra quienes traicionando el marxismo inundaban de ideas burguesas y burocratismo los partidos obreros y asaltaban el Poder en los Estados socialistas. La actitud que ante este debate planetario y sus consecuencias asumió nuestro Secretario General fue trascendental para el MOIR y la revolución. Primero, asimiló tesoneramente las lecciones maoístas que la confrontación teórica iba arrojando y las convirtió en guías para la construcción y actividad partidarias, y no en dogmas como hicieron otros con fanatismo, tergiversándolas antes de repudiarlas groseramente. Segundo, ingresó a la arena de la lid proletaria respaldando el maoísmo, incluida su herramienta clave contra la involución del socialismo: la Revolución Cultural Proletaria. Su combate por los principios del marxismo adquirió mayor prestancia y significación al fallecer Mao y sobrevenir la embestida del socialimperialismo soviético y, luego de su derrumbe, la cruzada de recolonización del imperialismo norteamericano, que incluye un ataque cerrado contra la ideología de los trabajadores. Como lo prueban su esclarecedora defensa de la teoría marxista, los análisis de la situación mundial y su manifiesto e irrestricto apoyo a la lucha de los pueblos, apoyo que se extendía por los cuatro puntos cardinales pues iba desde Vietnam, Camboya y Afganistán hasta Granada, Panamá y Haití, el camarada Mosquera se sumó a los capitanes de los explotados y desposeídos de toda la Tierra.

Al asir de manera íntegra y prioritaria los intereses de la clase obrera, nuestro fundador pudo analizar el estadio económico en que se hallaban las otras clases y calibrar sus fuerzas, así como sus mudables inclinaciones políticas. Aunque su principal objetivo, siempre alcanzado, era determinar de manera correcta la estrategia y táctica del proletariado y su Partido, tuvo además como resultado una acabada disección de la sociedad colombiana, pues el análisis cubrió cada período de la vida nacional durante las últimas tres décadas. No hubo suceso político o social de importancia que no pasara por su apreciación crítica: el régimen antidemocrático del Frente Nacional que impusieron las clases dominantes y sus partidos; las sucesivas políticas reaccionarias que desde el Estado dictaron Lleras Restrepo, Pastrana y López Michelsen, Turbay Ayala y Betancur, Barco y Gaviria; la conducta antipopular de los partidos tradicionales y las debilidades e inconsecuencias de partidos y movimientos de oposición; el conjunto de hechos en que se manifestaba lo que él calificaba como la habilidad de las colectividades oligárquicas para pulsar las fibras del pequeño burgués; la saña expoliadora de la gran burguesía y las vacilaciones de la burguesía nacional, e, incluso, el programa neoliberal y continuista que se aprestaba a aplicar Samper.

Correlativamente, no hubo evento o acontecer revolucionario que no fuera alcanzado por su mirada escrutadora para señalar su peso e importancia en el avance social y para participar en ellos o apoyarlos: huelgas obreras, movilizaciones campesinas, batallas sindicales, luchas de la juventud, campañas electorales revolucionarias, actividades de fuerzas políticas en alianza, paros nacionales, protestas civiles. En suma, la gama de movimientos de las masas: sus esfuerzos por sacudirse la explotación, sus luchas democráticas, la defensa de sus organizaciones, su resistencia ante la opresión nacional, todo ello descrito con brío porque constituían desbrozos para al cambio revolucionario.

Por contener todos esos hechos políticos, tratados dialécticamente en su objetiva y necesaria conexión, la obra teórica del camarada Mosquera adquiere el carácter de manual universal sobre lo que ha pasado en la nación y sus respectivas causas, sobre sus problemas y las soluciones que la llevarán hacia el desarrollo. Forjada desde la posición del proletariado, ella es patrimonio de la gran mayoría de colombianos partidarios del progreso, la democracia y la soberanía nacional. Su asimilación es altamente necesaria hoy, cuando la resistencia contra la intervención del imperialismo de Estados Unidos y contra la política de sumisión nacional que lleva a cabo el gobierno de Ernesto Samper precisa, en primera instancia, que unos y otros “impidamos que se haga de la conciencia patria un costal de carbonero”.

A la creación de una más amplia conciencia nacional y una más vigorosa posición patriótica contribuirá el hecho de que los escritos de camarada Mosquera tienen como marco general, al igual que ocurrió con cada uno de sus actos políticos, la lucha contra la dominación que ejerce el imperialismo norteamericano sobre Colombia. En ellos se describen de manera aguda las diversas particularidades que han adoptado las políticas de subyugación que éste ha aplicado en la segunda mitad del siglo XX, desde sus años de auge con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, pasando por su crisis y su derrota en Vietnam, hasta la iniciación del declive que ahora trata inútilmente de retardar llevando a cabo con fiereza su plan de volver a colonizar el mundo. En consecuencia, estos análisis sobre la política imperial apuntalan el llamado que nuestro Partido lanzó para que revolucionarios, demócratas, patriotas y progresistas unan fuerzas en un gran movimiento de resistencia antiimperialista.

Este camarada y compatriota poseía bravura para sumirse junto a los trabajadores en la lucha de clases, y sabio coraje para permitir que la dialéctica de las cosas generara la dialéctica de sus ideas. Y lo hacía convencido de que las empresas grandes, entre ellas la mayor, la revolución proletaria, precisan de la pasión. De allí que su paciencia no fuera una virtud subjetiva desligada de la realidad, sino una postura dictada por la manera como se producen los cambios en el mundo: lentas evoluciones a las que siguen saltos bruscos, en cuyos momentos la paciencia deja de ser virtud. Su lenguaje vivo y el rigor en su escritura respondían a la necesidad de que sus conceptos fueran plenamente asimilados por los cuadros y combatientes urgidos de orientación, perspicacia y estímulo políticos, y no al estéril cultivo del preciosismo.

Concebir una firme guía teórica para la revolución colombiana, que por su naturaleza fuera un valioso aporte a la causa mundial del proletariado, fue el encumbrado fui de todas sus batallas. El camarada Mosquera triunfó en tan trascendental propósito. Para la clase obrera siempre será el infatigable luchador y pensador de su causa, al que sólo la muerte -esa negación que necesita ser negada mediante la vida revolucionaria de decenas de miles hoy y de millones mañana- le dio reposo. Tal fue la esencia humana del prodigioso ser que hoy conmemoramos. Consecuentes con ella, la convertiremos en nuestra roja enseña.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR

Comité Ejecutivo Central

Enrique Daza, Oscar Parra, Yesid García, Carlos Naranjo, Marcelo Torres, Carlos A. Londoño.

Héctor Valencia, secretario general

HOMENAJES A MOSQUERA EL PRIMERO DE AGOSTO

El 1° de agosto, al cumplirse el primer aniversario de la muerte del camarada Francisco Mosquera, fundador y máxima autoridad ideológica del MOIR, cientos y cientos de militantes en todo el país proclamaron con renovada convicción que siguen siendo fieles a su legado revolucionario.

Los miembros del Comité Ejecutivo Central del Partido, acompañados por la familia de nuestro inolvidable líder, por el senador Jorge Santos y por los dirigentes de los frentes nacionales, presidieron la concentración en Bogotá, en el Cementerio Central, frente al monumento erigido en su memoria. El camarada Héctor Valencia, secretario general del MOIR, colocó una ofrenda de flores en la tumba y dio lectura a la declaración suscrita por el Comité Ejecutivo, la cual señala que Mosquera es el más grande pensador marxista de la revolución colombiana (Véase el texto en las páginas 2 y 3). Una pancarta gigantesca destacó una vez más la consigna lanzada por Mosquera para el actual período: “¡Por la soberanía económica, resistencia civil!”.

Las reuniones celebradas en las distintas capitales se abrieron con la lectura del documento aprobado por la Dirección Nacional. En algunos regionales, como el de Antioquia, los militantes y amigos hicieron un recuento de la historia de nuestro Partido y pasaron revista a los grandes aportes de Mosquera al marxismo-leninismo. En Manizales, la cita partidaria se vio ilustrada con una exposición de fotografías.
En buena parte de los regionales se pasaron los dos videos de homenaje a nuestro fundador, transmitidos hace unos meses por los canales de la televisión en el programa institucional. Al final, los moiristas asistentes a los diversos actos entonaron las notas del Himno Internacional de los trabajadores.

MÍTIN FRENTE A LA EMBAJADA

“¡Fuera Frechette de Colombia”, fue la consigna coreada al unísono por los cientos de moiristas y patriotas congregados el 31 de agosto frente al búnker del procónsul yanqui. Los manifestantes bloquearon la céntrica Carrera Trece y quemaron banderas de Estados Unidos, ante la mirada, entre curiosa y solidaria, de miles de personas que transitaban por el área. Hicieron uso de la palabra el camarada Marcelo Torres y el senador Jorge Santos Núñez, por el MOIR; el presidente de la CGTD, Mario de J. Valderrama, y el dirigente del PCC, Jaime Cedano.

FRANCISCO MOSQUERA VIVIRÁ ETERNAMENTE EN EL CORAZÓN Y LA MENTE DE LOS TRABAJADORES

(Intervención del camarada Libardo Botero en el acto de homenaje a Francisco Mosquera, realizado en Medellín el 18 de abril, en la sede del Pequeño Teatro)

Camaradas y amigos:

Anonadados todavía por el terrible impacto de la prematura e irreparable desaparición de nuestro querido camarada Francisco Mosquera, venimos hoy a rendirle homenaje sincero de gratitud y respeto. Aquí, precisamente en Medellín, ciudad que de manera visionaria escogiera en 1965 como escenario para iniciar su más grande y ambicioso proyecto: la construcción de un auténtico partido marxista-leninista en Colombia. Y a fe que aquella empresa temeraria, emprendida hace treinta años, gracias a su empeño e inteligencia, sorteando escollos casi insuperables, se ha visto coronada por el éxito. Esos pequeños núcleos de proletarios avanzados de entonces, con los cuales selló Mosquera una íntima relación, se han multiplicado por toda la geografía patria hasta forjar el contingente de combatientes del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, su Partido, nuestro Partido, la reserva más importante de la revolución colombiana.

Más de treinta años de intensa y compleja actividad política de un hombre de la talla de Francisco Mosquera no se pueden compendiar de manera fácil ni a la ligera. Trataremos apenas de esbozar algunas ideas iniciales sobre el significado de su trayectoria histórica y sobre los lineamientos esenciales de su pensamiento. Pero se habrá de requerir un análisis más concienzudo y largo y con el aporte de muchos otros camaradas, para lograr una evaluación más completa y valedera de su trascendental obra.

Hubo de desplegar Mosquera su ciclo vital en un momento especialmente difícil. Luego de más de un siglo de avance y ascenso de la revolución mundial, que vio coronar con fortuna el triunfo del proletariado en más de un tercio del planeta, a fines de los años cincuenta el entronizamiento del revisionismo en la Unión Soviética inició un período de descenso y retroceso, que ha diezmado sin contemplación las filas del movimiento comunista internacional, arrebatándole de paso el poder a la clase obrera allí donde lo había conquistado. Tan profundo ha sido el desplome, que pudiéramos decir que hoy estamos en la situación de hace una centuria, como si tuviéramos que empezar de nuevo. Con la signifitiva diferencia, claro está, de que disponemos para los combates del futuro de las inestimables experiencias y el legado teórico el decurso de la revolución en estos ciento cincuenta años nos ha dejado, desde la manera como la clase obrera conquista el hasta la manera como puede perderlo, y ende, el modo adecuado para prevenir la restauración burguesa.

La significación del aporte de Francisco Mosquera no puede desligarse de esa consideración sobre el período histórico en que vivió y luchó. De allí el trascendental valor de su batalla y el sello característico de su obra. Fue una lucha desigual y tormentosa en la cual se midió el temple de su personalidad y la reciedumbre de su carácter Mientras la enfermedad derechista ir inficionaba a partidos y dirigentes y daba al traste con bastiones viejos y nuevos del proletariado, la figura de Mosquera se mantuvo erguida e indoblegable. Aun después muerte de Mao Tsetung y del fracaso de su valeroso intento por detener la avalancha revisionista. En los últimos años Mosquera constituía el más sobresaliente, insobornable y firme dirigente marxista-leninista no solo ni de nuestro hemisferio, sino probablemente del mundo. Su pensamiento, que es primordial legado, ha entrado a ser, sin duda alguna, uno de los tesoros del marxismo-leninismo.

Sin hacerles concesiones a las contracorrientes derechistas, dirigiendo un partido pequeño y aislado, enfrentando enemigos de la envergadura del socialimperialismo soviético y su peón cubano, en un terreno fértil para el oportunismo como el de Colombia, donde, según él mismo lo expresara, “echó raíces primero el revisionismo que el marxismo-leninismo”, hubo desplegar a plenitud sus excelsas dotes de combatiente enérgico e ideólogo insigne, para legarle al movimiento revolucionario imperecederas páginas. Su obra entera está labrada en esa lid y tiene esa impronta. La denuncia del carácter reaccionario y burgués de las formulaciones revisionistas, el desenmascaramiento de su táctica equivocada, la crítica certera y devastadora de sus concepciones reformistas, fuere cual fuere el ropaje de que se vistieren, constituyen no sólo una reiteración de los principios cardinales del marxismo sino una profundización que los enriquece y reverdece.

A la par Mosquera hubo de ocuparse de dotar al Partido de todas las herramientas teóricas, políticas y organizativas necesarias para constituirse en una auténtica vanguardia proletaria. Librando una lucha sin cuartel, interna y externa, contra el oportunismo de “izquierda” y de derecha, estructuró una estrategia y una táctica consecuentes, consolidó un estilo de trabajo comunista, perseveró en el centralismo democrático y precisó aún más la concepción leninista sobre el mismo, y supo preservar la unidad y la existencia del Partido en las condiciones más adversas. Sólo aferrándonos a ese patrimonio inestimable que nos aportó podemos enfrentar con éxito los duros retos del presente y del futuro.

En este punto debieran destacarse no sólo la consistencia ideológica de sus planteamientos sino la consecuencia en su defensa. Mosquera combinaba con maestría la verticalidad en la salvaguardia de los principios y la estrategia, con la necesaria flexibilidad en su aplicación y desarrollo tácticos. Con un asombroso instinto de clase, auscultando el estado de ánimo y de organización de las masas, sopesando la relación de fuerzas, oteando los constantes cambios económicos y políticos, trazaba en todo momento las orientaciones certeras que el instante exigía y que tanto el Partido como amplios sectores de trabajadores aceptábamos y cumplíamos con la seguridad y confianza que inspiraba el hecho de provenir del más experto timonel.

No sabíamos qué admirar más en él, si su solidez de roca en el debate doctrinario o su fino olfato político para saber desenvolverse con fluidez en las cambiantes y complejas circunstancias de la lucha de clases. Cuántas veces lo vimos entre asombrados e incrédulos proponer, o proponernos, las tareas más inconcebibles como el abandono del credo abstencionista y la participación en elecciones; o la epopeya de los “pies descalzos”; o las alianzas y las rupturas más insólitas, bien fuera con el Partido Comunista o con fracciones de la oligarquía liberal-conservadora; o los virajes menos pensados; o la reversa; o la concesión; o la audaz arremetida; o el debate encarnizado y abierto; en fin, todo ese cúmulo de políticas y decisiones que configuraron al Partido y le definieron su derrotero victorioso en estas tres décadas.

Pero es obvio que para evaluar con acierto su obra debemos considerar las circunstancias de tiempo y de lugar que la rodearon. De allí se derivan otros de los rasgos más descollantes de su aporte ideológico. Supo Mosquera interpretar magistralmente las condiciones de Colombia en la segunda mitad del siglo XX -un país neocolonial y atrasado del denominado Tercer Mundo, sojuzgado por el imperialismo norteamericano-, descubrirlas leyes de su desarrollo y formular la estrategia revolucionaria apropiada. Con ello dotó al Partido y al conjunto de las fuerzas revolucionarias y patrióticas de las herramientas indispensables para avanzar en la conquista de una nación soberana, libre y democrática, que se encamine luego al socialismo. No se reduce sin embargo su contribución a la mera aplicación creadora a nuestra situación concreta de postulados y principios ya desarrollados por el marxismo en esta materia.

No dudamos en afirmar que en su vasta producción teórica alrededor del problema de la revolución colombiana, hay consideraciones innovadoras de validez universal que constituyen un enriquecimiento innegable del marxismo. Desde la particular manera de enfocar la naturaleza de la sociedad colombiana, hasta el modo mismo de entender el proceso de la revolución en esta etapa, encontramos en sus escritos desarrollos vitales que tienen vigencia para países como el nuestro, aherrojados por las cadenas del neocolonialismo. Si bien los derroteros de la revolución democrático -nacional habían sido formulados por Lenin y Mao y llevados al triunfo por éste en la gloriosa Revolución China, es indiscutible que Mosquera precisó muchos de sus aspectos para las condiciones concretas de Colombia y América. El carácter de la dominación neocolonial contemporánea, la naturaleza y papel de las clases intermediarias, la forma de desarrollo del capitalismo nacional en nuestros países y las trabas que lo entorpecen, la naturaleza y papel de la burguesía nacional, las características del frente único en cuanto a programa y normas de, funcionamiento, la manera como la clase obrera ejerce su papel dirigente a través del frente, la política de alianzas, son algunos temas en los cuales el talento de Mosquera se explayó para extraer de nuestra experiencia revolucionaria novedosas y lúcidas elaboraciones que deja como patrimonio inapreciable.

Su muerte se ha producido por desgracia en una especie de punto de viraje de la situación mundial. Precisamente había empezado a elucidar las características del momento y sus implicaciones favorables para la revolución. Dos cambios fundamentales, entrelazados, le dan su sello al actual periodo. En primer término, el hundimiento del socialimperialismo soviético a finales de los años ochenta y, como consecuencia; el resurgir de la hegemonía norteamericana, en medio de la encarnizada disputa entre las grandes potencias imperialistas por un nuevo reparto del mundo, que ha tenido como enseña la apertura de las economías de los países débiles a fin de poder entrar a su antojo en ellos y exprimir sin contemplación su trabajo y sus recursos. Una auténtica cruzada de recolonización, como la avizoró y bautizó desde el comienzo mismo del proceso Francisco Mosquera.

Asistimos a la etapa “pacífica” de tal confrontación, con el exacerbamiento de las disputas económicas entre los grandes monopolios y los imperios capitalistas, que no tendrá desenlace distinto al estallido de fuertes depresiones o mortíferas guerras, o ambas cosas conjugadas, como en el pasado. A los cabildeos diplomáticos en foros y asambleas habrá de sucederles más tarde o más temprano el tronar de los cañones. No sabemos el cómo y el cuándo y el dónde estallará el conflicto, pero estamos convencidos de que no será otro el rumbo de los acontecimientos mundiales. Qué equivocados están quienes piensan que después de la derrota pasajera que ha sufrido el proletariado ya está echada su suerte. Por más que los ideólogos a sueldo de la burguesía pregonen el entierro del marxismo, el fracaso del socialismo, y la supuesta superioridad del capitalismo como medio para el logro del progreso social, la realidad, que es tozuda, se encargará de ponerlos en su sitio. Las rivalidades entre las metrópolis imperialistas, aunadas a la agudizada miseria del proletariado de aquellas naciones y a la de los miles de millones de seres sojuzgados del mundo neocolonial, harán crujir los cimientos aparentemente sólidos del “nuevo orden internacional”, y en las entrañas de la tormenta brotará de nuevo la estela revolucionaria que anuncie que los explotados y oprimidos tendrán una nueva oportunidad sobre la Tierra.

Cuán determinante hubiera sido la presencia de Mosquera en este nuevo escenario, el primero con signos alentadores después de más de tres decenios. Porque viéndolo bien, y aunque parezca paradójico, las razones para el pesimismo o la desmoralización han quedado atrás. Estamos en un punto en el cual, parafraseando la célebre expresión de Marx hace más de un siglo, la revolución no tiene ya nada que perder sino un mundo por ganar. Se dice, y no sin razón, que los grandes combatientes se miden en medio de las dificultades; y a fe que Mosquera dio prueba de su macizo e inquebrantable carácter enfrentado a las peores. Portentoso hubiera sido su aporte en el período que ahora se abre, cuando por primera vez se le brindaba un panorama distinto, lleno de posibilidades. Habremos de navegar ahora sin su compañía y dirección, confiando en que pese a los riesgos innegables que ello conlleva, el Partido no abandonará sus sabias enseñanzas y sabrá comportarse a la altura de las circunstancias.

No podría terminar esta semblanza sin referirme a un rasgo sobresaliente de la personalidad de Francisco Mosquera: su calidad de hombre universal. Siempre pensó, como lo pregonaron también los maestros del proletariado, y no se cansaba de repetirlo, que la clase obrera es la más avanzada de la sociedad. En el doble sentido de que está vinculada a la forma más moderna de producción y de que sus intereses estratégicos encarnan la alternativa más avanzada del desarrollo social. En tal sentido, a la clase obrera es a la única a la que le interesan y le sirven de manera absoluta todos los progresos científicos, tecnológicos y culturales. De allí que un dirigente del proletariado tan calificado como Mosquera no pudiera menos de adentrarse en los más variados dominios del conocimiento, escudriñando desde los fenómenos históricos más lejanos hasta los más recientes, así como múltiples y complejas disciplinas no sólo de las ciencias sociales sino también de las ciencias naturales. Muchos de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo, no podemos olvidar sus concienzudas y eruditas disertaciones sobre los temas científicos más abstrusos, hilvanadas en cualquier situación informal, o esgrimidas en la polémica más encendida de alguna conferencia o reunión formal. No salíamos de la impresión que nos causaba con sus agudas respuestas formuladas a los interrogantes más embrollados, cuando nos sumía en el desconcierto con demoledoras inquietudes y dudas sobre lo que estimábamos como absolutamente cierto y sabido. Fruto, claro está, de una vida dedicada al estudio apasionado y persistente, que le hubiera permitido contestar con orgullo, como Marx, cuando fuera interrogado sobre su frase favorita, citando la famosa expresión de Goethe en su Fausto: “Nada de lo humano me es ajeno”.

Colocados hoy en la penosa circunstancia de no contar con su presencia, debemos encarar varias tareas indelegables e ineludibles. Una de ellas, rescatar, ordenar y difundir su magnífica y esclarecedora obra, honda en su contenido y excelsa en su forma literaria, su legado fundamental no sólo para la actual sino para las futuras generaciones de revolucionarios. De cierto modo tenemos el deber para con él y para con la historia de salvaguardar y proyectar una creación portentosa que por el momento histórico no pudo tener la trascendencia que merecía, y proponernos romper esa especie de ley del silencio que la oligarquía le decretó a Mosquera en vida, hasta lograr que sus ideas resuenen victoriosas después de su muerte.

Otra tarea, indisolublemente ligada a la anterior, será la de continuar la misión inconclusa que nos dejó, bajo la guía de su pensamiento, preservando y desarrollando el Partido, fieles a los principios comunistas, y forjando nuevas generaciones de militantes, auténticos continuadores de su causa proletaria. Cuadros que sean como él lo quiso, “con la suficiente sagacidad para no caer nunca en las trampas montadas por el enemigo, y con la entereza para no desertar ni saltar al bando opuesto cuando arrecie el temporal reaccionario; cuadros curtidos en la lucha y armados del marxismo-leninismo, perspicaces en el conocimiento de la cambiante realidad y audaces en la acción, modestos en el servicio infatigable al pueblo y dispuestos a sacrificarlo todo por la revolución”. Imbuidos de ese espíritu indoblegable que caracterizó a Mosquera y que de manera magistral estampó en aquella hermosa frase: “El valor es hálito vital en todas las empresas desbrozadoras del progreso humano”.

Camaradas y amigos:

El veredicto de la historia sobre los hombres es implacable. Sus raseros trascienden los efímeros éxitos que deparan el poder y la riqueza. Quienes erigen en ellos su fortuna sufrirán el castigo inclemente del olvido. Otra suerte espera a quienes, perseguidos y vilipendiados en vida, sin más riqueza que sus brazos y su mente, armados de entereza y carácter supieron servir a las mayorías vapuleadas hasta morir por ellas y pugnaron sin cesar por el progreso. Ellos vivirán en la memoria colectiva por siempre y tendrán asegurado un sitial de honor en la historia. Francisco Mosquera tendrá la recompensa infinita de vivir eternamente en el corazón y la mente de los trabajadores.

¡Gloria eterna al camarada Francisco Mosquera!