Mensaje del padre Jorge Velandia: “SIGAMOS CON FIDELIDAD LA LUCHA DEL PUEBLO”

(Apartes del mensaje que, ante la imposibilidad de hacerse presente, envió a los organizadores de la conmemoración el padre Jorge Velandia, dirigente de “Comuneros 81” en Vélez y uno de los fundadores de este movimiento)

“Comuneros 81” de Vélez saluda hoy con gozo al Socorro, a Simacota y a Guapotá, como a grupos leales y comprometidos; saluda a todos los que han apoyado y respetado nuestro movimiento sin buscarlo como pantalla o utilizarlo para sus fines; saluda a los otros grupos que vienen limpiamente a celebrar el bicentenario con el pueblo.

En ese solemne momento, repetimos desde Vélez y Socorro, donde voces irresponsables y oportunistas hicieron la división, repetimos la frase de Galán, que hacemos nuestra: “Prefiero un ejército dividido a un ejército traicionado”. Vélez rechaza a los que pretendieron utilizarnos y tomarnos por asalto. Vélez prefiere a un “Comuneros 81” dividido, es decir, sin esos grupos, sin esos individuos que querían un “Comuneros 81” traicionado. Es así, con esa claridad de doctrina y posición, como nos presentamos unidos, pero no confundios, a rendir el más sentido homenaje a Galán y a su espíritu, impreso hoy en el corazón del pueblo. Vélez invita a todos los presentes que puedan percibir en Colombia esta voz a que el homenaje a Galán sea el compromiso de seguir con fidelidad la lucha del pueblo contra toda opresión.

Finalmente, “Comuneros 81” de Vélez, el que no se ha inclinado ni lo hará ante la farsa, la mentira, las palabras y ofrecimientos lisonjeros, y que prefiere estar solo a ser falso, que no teme a la deserción porque Jesús no se afanó ante la deserción de los suyos sino ante la traición, ese Vçelez inclina reverente la cabeza ante el nombre glorioso de José Antonio Galán, hermano digno y auténtico luchador y más valiente. Ante Galán, alma de nuestra lucha y esperanza del triunfo de nuestro pueblo, compañeros, adelante, ni un paso atrás.

EDITORIAL: ¡AL FIN!

Al fin, obligados por las circunstancias, los hermanos Otto y Omar Ñañez expusieron de manera abierta sus discrepancias, a través de una publicidad pagada, aparecida en el diario liberal El Tiempo, de Bogotá, el 22 de febrero de 1981. Pero debido a que las marrullerías son su hábito, no dicen todo lo que piensan ni piensan todo lo que dicen. Efectúan, eso sí, un esfuerzo superior a sus méritos para figurar de custodias de la plaza revolucionaria y de la pelea contra el revisionismo, porque, al cabo de diez años de aparentar serlo, no era aconsejable, de pronto, mudar de calzada, así en secreto se lo hubiesen insinuado a sus íntimos, so pena de quedar más solos de lo que se fueron. Se pasan de listos cuando se adueñan de virtudes ajenas y achacan a otros sus propias fallas. De ahí la extravagancia de imputar a la dirección del Partido el delito de variar sus orientaciones básicas y de encaminarse “en la práctica”, conforme propala la declaración mencionada, “a la conciliación con el gobierno pro-yanqui y despótico de Turbay Ayala y al fortalecimiento del oportunismo encabezado por el Partido Comunista, al cual tienden a converger las fuerzas intermedias que no encuentran la otra alternativa que pudo haberles presentado el MOIR”

Los Ñañez nos han lanzado la incriminación más terrible que consiguieron acuñar: ¡Ustedes les ayudan a Turbay y al mamertismo!

Sin embargo, el resultado inmediato, tangible, práctico, de semejante acta acusatoria, pues se trata, según aquellos, de que sucede en la “práctica”, se tradujo en que los mamertos, ignorando los ataques verbales que recibieron, o interpretándolos como un ardid comprensible, celebran la primera parte de los cargos, es decir, la que se refiere a atribuirle al MOIR colaboración con el régimen vendepatria. En cuanto a la segunda, la que nos endilga favorecer el “oportunismo encabezado por el Partido Comunista”, se limitan a recomendar, a los hermanos, coherencia, mayor coherencia en su actitud política 1.

A quienes no estén en antecedentes de las disensiones del movimiento revolucionario de Colombia, especialmente a partir del rompimiento de la UNO, entre 1974 y 1975, nada les revelará una polémica que se reduzca a zaherir al contrario con los mismos epítetos con que éste nos agravia. Ningún beneficio sacaríamos al comparar una sindicación con otra. Exijamos que se examine la realidad y entonces sí cotejemos con ella las tesis formuladas por el Partido y por la fracción, procedimiento infalible para palpar la solidez de los encontrados asertos.

¿Existe un “gobierno pro-yanqui y despótico? Desde luego que existe hace muchos años, y lo venimos proclamando a cada instante. Una dictadura oligárquica de grandes burgueses y grandes terratenientes, intermediarios del imperialismo norteamericano, se yergue sobre el pueblo explotado y oprimido, sin excluir a los pequeños y medianos industriales y comerciantes no monopolistas, coartados por el régimen y amenazados de ruina. Hasta aquí parece no haber disparidad. El MOIR ha definido con acierto la naturaleza de la sociedad colombiana y el correspondiente carácter democrático e independentista de la revolución en la presente etapa. Más las discordancias surgen de la evaluación de las medidas adoptadas por la coalición liberal-conservadora dominante y del modo como debemos desafiarlas. La protección de los voraces intereses de los monopolios determina la índole represiva del Estado. Tras la agudización del saqueo de la nación y de la superexplotación de las masas laboriosas, se incrementan obviamente las disposiciones coercitivas y la violencia institucionalizada sobre las inmensas mayorías. Con singular destreza los expoliadores en nuestro país han sabido combinar los recortes sistemáticos a las libertades ciudadanas con los remiendos reformistas y las ofertas demagógicas. Ante el comportamiento de la oligarquía gobernante, cada una de las clases que padecen los desmanes oficiales raciocina y actúa en forma diferente.

La burguesía nacional, el menos firme de los integrantes potenciales del frente patriótico, por nutrirse también del trabajo asalariado y a pesar de sus confrontaciones insalvables con el imperialismo y sus lacayos, suele inclinarse a favor de una transacción con los detentadores del Poder, buscando restringir los afectos más no las causas de la crónica y profunda crisis que la golpea. Está dispuesta a dejarse burlar de los “de arriba” y burlarse de los “de a bajo”. Su sueño radica en resucitar la idílica república de la época de la libre competencia en un mundo irremisiblemente sujeto a la extorsión de los magnates de los trusts y de las altas finanzas. Cuando la revolución merma el empuje se acentúan sus elucubraciones retardatarias y se entrega dócilmente a los caprichos de los opresores. Sólo impelida por el auge de la marea popular llega a desembarazarse de su atolondramiento y a representar un papel objetivamente progresista. Por eso, si no deseamos ser víctimas de los engaños de la reacción, particularmente en los momentos de reflujo, tendremos que cuidarnos de no morder el anzuelo arrojado por dicha burguesía.

El proletariado, al contrario, encarna la tendencia histórica que arremete contra las pretensiones imperialistas, no en nombre del pasado sino del porvenir, no con la quimera de restaurar las instituciones del anacrónico republicanismo de los explotadores, agotado para siempre junto con las relaciones de producción que le infundieron aliento, sino con las propuestas más avanzadas y en consonancia con las condiciones materiales. Todos los demás destacamentos intermedios, de burgueses o pequeños burgueses, que chocan contra el régimen prevaleciente, llevan a cabo su contienda desde estadios anteriores en la evolución al del imperialismo; e inconcientemente marchan, con uno u otro argumento, tras la utópica perspectiva de fosilizar el progreso y así asegurar indefinidamente su subsistencia como clase. Si desempeñan una plausible función transformadora ello estriba, primero, en que el atraso del país les permite aún aportar a su prosperidad, y segundo, en que no se opongan a las directrices liberadoras y unitarias de la vanguardia obrera. Los campesinos constituyen el más confiable de los aliados del proletariado, y aunque no remontan los mojones de la democracia burguesa, de la que son por excelencia el ala revolucionaria, su reivindicación de confiscar los latifundios de los grandes terratenientes y repartirlos entre quienes los trabajen, significa un paso adelante de enorme trascendencia en la batalla contra los imperialistas y sus secuaces.

La clase obrera, lejos de debilitarse con la expansión del monopolio capitalista, crece continuamente y salta a la palestra acicateada por los anhelos de abrirle el camino a una sociedad nueva, nacida, cual Ave Fénix, de los escombros de la vieja. Nada ha de conservar, puesto que su emancipación requiere llevar hasta el final la abolición de las estructuras económicas sobre las que reposa el andamiaje jurídico y cultural de la organización social colombiana. En su tarea de demolición empezará por suprimir el dominio foráneo sobre la nación y obtener la total soberanía; derribar las trabas monopolistas, antiguas y recientes, que interfieren el desenvolvimiento industrial y agrícola del país, y sustituir el Estado antinacional y tiránico de la minoría oligárquica por uno patriótico y democrático compuesto por todas las fuerzas populares. Estos cambios no son todavía el socialismo pero preparan su advenimiento y configuran una notable mejora respecto a la situación existente; y, merced a que contemplan a plenitud las fases reales de nuestro desarrollo, en determinados tópicos van más allá de las posiciones imperialistas, al nacionalizar los grandes consorcios, disponer racionalmente de los recursos naturales y establecer el control y la planificación estatales de las actividades productivas y distributivas, aun de las ejercidas por los particulares, las más relegadas y dispersas.

Por tales primacías al proletariado le compete, mediante su Partido, la dirección del proceso revolucionario.

De lo indicado se deduce que cada clase sometida esgrime criterios y despliega maniobras disímiles en la justa contra el “el gobierno pro-yanqui y despótico”. Hasta el señor Turbay Ayala y sus patrocinadores del bipartidismo tradicional proceden conforme a su propia estratagema y según su concepción específica de los problemas de Colombia. ¿Cuáles han de ser nuestros postulados y nuestra táctica? ¿O no interesa saber la diferencia? ¿Estamos autorizados para ir a la liza provistos de las ideas y los métodos peculiares de la burguesía o de la pequeña burguesía? Rotundamente no. El proletariado no puede eludir distinguirse sin traicionarse. Los hermanos Ñañez desconocen en absoluto este principio guía fundamental. Sus pleitos con el partido los adelantan haciendo abstracción de los verdaderos elementos y factores de la lucha política, y apartándose, por ende, del marxismo-leninismo. En eso rastrean la huella de los revisionistas adocenados que, dentro de su infinito desprecio por la teoría revolucionaria, han considerado siempre disquisiciones inútiles indagar el fondo de las contradicciones concretas que afloran en la opinión pública; y que se salen de los aprietos soslayando las cuestiones medulares en debate y disparando una buena salva de sandeces y calumnias con las que acogen a sus contradictores.

Empero, las divergencias vienen en las concordancias. Contendemos desde intereses y enfoques de clase distintos contra el mismo despotismo reinante. Ha ahí el secreto de las divisiones internas y externas.

Constatemos esto con la otra argucia del grupillo fraccionalista, cuando admite, con la visible intención de captar los afectos perdidos de la militancia, que encaramos un “oportunismo encabezado por el Partido Comunista” y al que, ¡Dios nos asista!, el MOIR fortalece con sus intolerancias. Un desplante parecido al anterior. Se asume de motu proprio el encargo de desembrollar una lid empantanada por supuestas desmesuras; sin embargo, ni una palabra acerca de quiénes conforman ni en qué reside ese oportunismo puesto en la picota improvisadamente y a guisa de salvoconducto.

En el I Foro del FUP del 18 de febrero de 1977, advertimos cómo la unidad del pueblo aguardaba por la derrota de las contracorrientes que, entonces en ciernes, ya rehuían la necesidad de un compromiso basado en los reclamos esenciales de los oprimidos de Colombia. Aquellas vertientes fueron confluyendo en un torrente caudaloso que ha amagado a negar incluso las más enhiestas colinas. Solicitaron la renuncia de la candidatura Jaime Piedrahita Cardonas para sacar unánimemente al mercado electoral cualesquiera de los espaciosos ejemplares levantados por los agentes del social imperialismo y cuya gracia, aseguraban hallarse en la atracción que ejercen sobre una amplia gama de consumidores, desde la ortodoxia marxista hasta la heterodoxia liberal. Porfiaron en resucitar la alianza de 1973 consintiendo las ambiciones de sus enterradores, los revisionistas, quienes pisotearon las normas democráticas de relación y funcionamiento de la UNO y corrieron tras los requiebros de la demagogia lopista.

Desde 1978 apetecen, pues, un candidato presidencial único de la oposición, aun cuando éste sólo sea un dócil recadero de La Habana, y así tengan que canjear las demandas estratégicas de las masas por una letanía de reformas adjetivas, las cuales con uno u otro matiz igualmente insustancial, agitan, o no verían inconveniente en agitar las diversas banderías, grandes y pequeñas, legítimas y disidentes, duraderas y temporales, en las que se aglutinan para sus campañas los apologistas del sistema neocolonial y semifeudal. No vale argüir que se utiliza un medio para coronar a la postre los objetivos primordiales, siendo que se subasta el destino soberano de la nación y se silencia o tergiversa el programa revolucionario.

El subterfugio de ocultar las metas y los blancos de la insurgencia a la que se convoca, sonará muy astuto a los oídos del comerciante, del artesano, o del estudiante iniciado en el trajín conspirativo, pero redunda exclusivamente en la propagación de las confusiones sembradas. Si la caverna conservadora y sus moradores, los trogloditas liberales, todavía ostentan un peso enorme en Colombia, conque los seudo-comunistas justifican también inveteradamente cabalgar en ancas de uno que otro bando díscolo de la burguesía, obedece precisamente a la carencia de una constante labor propagandística que demuestre, tanto la justeza e inevitabilidad de las soluciones revolucionarias, como su antagonismo con la cháchara de quienes mangonean a su antojo la información y la instrucción públicas. Ante los monopolios, ellos prometen frenar sus desafueros, inspeccionándolos; nosotros ofrecemos extirpar de raíz sus abusos lícitos e ilícitos, confiscándolos. Ante el atascamiento agrario, ellos decretan la subvención y la compraventa de tierras, financiando a los latifundistas a costa del endeudamiento con las agencias prestamistas internacionales; nosotros prescribimos la entrega de los grandes fundos al campesinado, eliminando el régimen de explotación terrateniente, sin hipotecar el país ni a los pobres del campo. Ante el imperialismo, ellos especulan con la independencia formal y la equidad de los contratos de asociación; nosotros abogamos por la real transformación revolucionaria en los terrenos económico y político, que borre cualquier tipo de saqueo extranjero y garantice la plena autodeterminación nacional. Y así, en los temas cardinales, acuden inexorablemente dos versiones irreconciliables, una ensayada desde hace tiempos y con repercusiones deplorables para Colombia, y otra a la que no le ha llegado aún su oportunidad histórica. Señalar el abismo que media entre ambas, su mutua repelencia, la imposibilidad de una tercera senda, forma parte de la educación del pueblo, de la magna obra de arrancarlo del tutelaje secular de las colectividades oligárquicas y desenmascarar las contracorrientes oportunistas. Y al revés, desvanecer las contradicciones, será en últimas propiciar la unión en torno a los sofismas y propósitos de la reacción y definir en pro de la burguesía el asunto crucial de quién dirige a quien en el frente. ¡Una estafa reeditada por enésima ocasión!

Con táctica tan peregrina se coadyuva sólo a afeitar el feo rostro del pillaje entronizado, más no a cercenarlo.

En las postrimerías de 1979 tornamos a discutir con los personeros de Firmes los términos de un pacto para participar conjuntamente en las elecciones del año siguiente. Y una vez más nos enredamos en la reticencia de aquellos a suscribir los puntos mínimos programáticos de la revolución. Alegaron de nuevo la línea de menor resistencia, conducente a propiciar el entendimiento con ciertas personalidades y directorios de la oposición alrededor de la tesis reformista. Los mamertos volvieron a estimularlos en tales planteos y con su venia cuajaron una coalición que, a la hora de nona, ni cobijó las disidencias de turno ni entusiasmó a los sufragantes ni armónicamente. En síntesis, se quedaron con el pecado y sin el género, porque concedieron en materias de mucha monta sin compensación ninguna. Fue, sí, una prueba palmaria de cómo el Partido Comunista encabeza el oportunismo. Y los Ñañez, olímpicamente, concluyen que en eso paran “las fuerzas intermedias que no encuentran la otra alternativa que pudo haberles presentado el MOIR”. La “otra alternativa” sería rendirse ante los devaneos de las mencionadas contracorrientes y caer en lo que se quiere evitar. ¡Acompañarlas en la entrega para no perderlas! ¡El absurdo universal!

A “las fuerzas intermedias”, comprendida la fracción, les manifestamos que, a estas alturas de la historia y en las peculiaridades de Colombia, la única salida triunfante estará por los lados de los planteamientos y los métodos de la clase obrera. Escapa a nuestra injerencia el impedir que los factibles aliados, en los periodos de regresión, rompan con nosotros y se echen en los tendales enemigos, al sol que más alumbre. Nos concierne denunciar las felonías y esperar pacientemente a que los cántaros se estrellen contra los cántaros, para que los trabajadores – el baluarte por el que velamos – descubran directamente cuáles son los de hierro y cuáles los de arcilla quebradiza. Días llegarán en que los burgueses nacionales y el resto de las capas medias de la población, cansados de las decepciones y arrastrados por los acontecimientos, viren y refrenden los requisitos contractuales exigidos por el proletariado. Pero éste ha de mantenerse en sus trece mientras tanto, con la llama encendida e izada la bandera, y los millones de embaucados por el imperialismo y sus opositores de cabecera percibirán hacia dónde enrutarse cuando contemplen pávidos cómo, pese a las enmiendas efectuadas y a las pláticas de los enmendadores, se depauperan y desangran sin salvación.

En lo referente a la democracia, “las fuerzas intermedias” se han plegado asimismo al testimonio burgués. En mayo de 1979 inauguraron sus ruidosas reuniones de los “derechos humanos” en las que, luego de exponer las consabidas violaciones de la Constitución en que incurren los decretos ministeriales y los mandos castrenses, recaban la escrupulosa separación de las tres ramas del Poder – la legislativa, la ejecutiva y la judicial -, el simétrico equilibrio entre ellas y su recíproca fiscalización, como el sumo de las garantías ciudadanas. Sus memoriales y discursos, al traslucir esa manía leguleya que apasiona a los colombianos desde fechas remotas, acaparan los vítores de los estamentos intelectuales envilecidos por la herencia legalista. Sus egregias aportaciones a la causa de las libertades nunca pasan de la recomendación de reparar pronta y satisfactoriamente el ordenamiento jurídico turbado. ¡Atrás, el estado de sitio!, y si se implanta en acatamiento de la Carta, que su vigencia no infrinja los cánones de ésta. ¡Oposición al gobierno!, mas, ante el peligro del golpe cuartelario, rodear a las autoridades legítimamente constituidas cual lo hacen los obtusos demócratas españoles con su desmirriado rey. ¡Aperturas democráticas!, pero merced a que la iniciativa corre aún a cargo del régimen, a las “izquierdas” no les queda otra que detectar y arrinconar los segmentos ultraderechistas allí donde campeen en los dominios gubernamentales, igual en la administración que en el ejército, exaltando “lo bueno” y condenando “lo malo” de las providencias oficiales. De este tenor han sido las cruzadas que en bien de las preeminencias de la persona humana proyectan los apóstoles de la contracorriente en boga, y de las que los revisionistas se valen, además, para efectuar sus incursiones en las páginas de la gran prensa, engordar a la sombra de la fronda burocrática y procurar comprometer, no importa de qué manera, a la burguesía grande, mediana y pequeña en las aventuras expansionistas del socialimperialismo soviético.

Según aquel esquema el duelo no se libra entre la revolución y la contrarrevolución, ni persiste sobre los problemas democráticos un criterio proletario paralelo a otro burgués, sino que la disyuntiva está entre la democracia y el fascismo, o entre la democracia y la dictadura, y la reyerta sobre los derechos flota por encima de las clases. Son tufaradas liberales que enrarecen el ambiente y embotan el discernimiento de las mayorías. Tal pareciera que la conciencia colombiana no hubiese progresado un ápice al respecto, no obstante que el antiguo y sórdido sistema republicano, conque se esquilmó y reprimió salvajemente a los campesinos en el siglo XIX y a éstos y a los obreros en lo transcurrido del siglo XX, no ha simbolizado más que la instauración, mediante el sufragio, de la tiranía de las clases explotadoras sobre el pueblo trabajador; y no obstante que el marxismo, del cual se tiene noticia en el país hace cincuenta o sesenta años, enseña en sus primeras letras que todo Estado burgués, por democrático que sea, constituye un paraíso para los ricos y un gigantesco presidio para las gentes de trabajo.

La jefatura obrera ha de bregar con denuedo por adquirir cuantas franquicias pueda y por preservar las prerrogativas de la libre expresión, movilización, organización, etc., sin desdeñar ninguna arena ni tribuna. Los esclavos asalariados no dispondrán de otras armas que las que forjen en los combates cotidianos enfilados a la obtención de garantías democráticas y, en el caso de Colombia, a facilitar también la articulación de un vasto frente antiimperialista. Pero los oprimidos deberán, por un lado, percatarse de que todo derecho suyo bajo la actual república será recortado, postizo, nulo y por el otro, usar en exclusivo rendimiento de la revolución cada conquista económica y política extraída a los opresores.

¿Cómo conseguir la apetecida finalidad si no proveemos el medio? ¿Para qué proveer éste si abandonamos aquella?

La democracia es una palanca, un instrumento que el proletariado habrá de empuñar en sus gestas contra la burguesía, como ésta lo blandió contra el medioevo y lo sigue blandiendo con no poca frecuencia para arraigar su poderío. Por eso las soflamas de “las fuerzas intermedias” sobre los derechos del hombre en general, sin parar mientes en el contenido de clase no esclarecen la índole dictatorial oligárquica del feneciente democratismo colombiano al mando, denotan, fuera de una supina ignorancia, la vocación oportunista de quienes están listos a abrazar los supuestos burgueses a trueque de unas módicas prebendas ocasionales.

Nuestro Partido, en la disputa interna de 1965 contra las garrafales equivocaciones del extremo izquierdismo, criticó acerbamente la repulsa que primaba hacia las herramientas de la lucha política, incluidas las míseras libertades del sistema, cual una solemne estupidez que sólo favorecía al odiado adversario. Ligarse a los sindicatos, agitar sus pliegos petitorios e impulsar sus huelgas; organizar a los campesinos y a los estudiantes en pos de sus demandas mediatas e inmediatas; promover constantemente las denuncias de los atropellos y falsías de los mandatarios de turno; atender las actividades culturales y aprovechar los comicios y el estrato parlamentario; cuidar la labor educativa y no esquivar los acuerdos ni las acciones unitarias con agrupaciones coincidentes aunque rivales…, fueron algunas de las tantas indicaciones que en la alborada de la construcción partidaria les recalcábamos a los militantes. En la actualidad padecemos el chubasco derechista, o el “oportunismo encabezado por el Partido Comunista”, para volverlo a enunciar en los términos de los Ñañez, que se distingue por desechar no los medios sino los fines de la revolución. Por consiguiente, el énfasis en la refriega contra tal desviación no ha de ubicarse en convencer a sus portadores y prosélitos a que concurran, verbigracia, a las elecciones, con lo que les gusta; a que se graven el estribillo de la “unidad de acción” que tararean desde la cuna, o a que empleen los resquicios democráticos cuando periódicamente se cuelan por entre ellos hasta las alfombras presidenciales. Los oportunistas sacrifican la revolución a la reforma, sitúan la democracia por encima de las clases y presentan como proletarios los intereses burgueses. El oportunismo de moda es cada una de estas tres aberraciones y todas a la vez.

Dondequiera posemos la vista contemplamos el culto a la intriga, el fetichismo del derecho, la componenda, el ventajismo. Los sectarios alérgicos a la política de repente emergen a la superficie a emular con los duchos politiqueros. Llueven los formularios de acuerdo, abundan los paquetes de pre-candidatos y retumba el vocerío: ¡unidad!, ¡unidad!, ¡unidad! La maniobra lo es todo, el objetivo estratégico nada. Hay que callar las intenciones, halagar al pueblo, distraer al gobierno, vivir el presente. El más apto será, desde luego, el más caradura. Junto al desbarajuste del país presenciamos un reverdecer del liberalismo, no por cuenta de la senescente burguesía, a la que no le restan alientos ni incentivos para jugar a la revolución, sino a cargo de las capas medias, cuya máxima genialidad se cifra en reimprimir los incunables de Antonio Nariño con carátula marxista. Y ante la borrachera colectiva se nos reconviene a beber del mismo mosto embrutecedor, a competir en la elaboración de fórmulas y contra-fórmulas y a llevar la voz cantante en el coro. Pero no propiciaremos ninguna acción o alianza al costo de sofocar los postulados revolucionarios de las masas trabajadoras. Navegaremos contra viento y marea cuanto fuere menester. No tememos cruzar el desierto ni soportar el martirio del aislamiento. Y no son bravatas de lunáticos que menosprecien los compromisos, la labor menuda, los inconvenientes derivados de una correlación desfavorable de fuerzas o que se imaginen el ascenso sin rodeos ni retrocesos. El Partido sopesa concienzudamente cada una de las particularidades de la situación; está atento a los altibajos de las hostilidades y de los contrincantes para obrar en consecuencia. Pero además de eso – porque nos obliga la integridad de la clase a la que servimos y nos atenemos también a una visión de conjunto, a una perspectiva invencible y a largo plazo, puesto que operamos no sólo con lupa sino con catalejo -, podemos arrostrar altivamente los embates del temporal, sin doblegarnos ante el asedio, desesperarnos con los éxitos pírricos de nuestros antagonistas, o bregar a darle un vuelco al paisaje con un par de pinceladas subjetivas.

A los Ñañez los saca de casillas la demostración de entereza del MOIR ante el ambiente que prima de repugnante calco de los procederes y argucias de la reacción. Les parece que nos rezagamos del lote delantero, desafinamos en la orquesta, no nos ponemos a tono con la usanza. Curiosamente no atribuyen el fenómeno al auge del “oportunismo encabezado por el Partido Comunista”. Lo achacan a un viraje en nuestra orientación. Su caballito de batalla teórico se limita a sustentar los antiguos enunciados, a pedir que pactemos prontamente el alumbramiento del frente único y le bajemos el volumen a la polémica. Después de una década de rezongar entre dientes y ensamblar su grupillo con meticulosidad de relojero, nos comunican, desde las planas de los grandes rotativos y con humos de sabihondos conductores, que la almendra del altercado se halla prácticamente en que el Partido ya no proyecta la rayada película de los sesentas y parte de los setentas, conque criticamos los descarríos del anarquismo y recogimos la cosecha de tres o cuatro centenares de cuadros proletarios dirigentes. Cuando han tratado de impresionar balbuciendo como loros lo que aprendieron de oídas durante este lapso, cualquier camarada les replica: ¡”Eso nos lo sabemos de memoria”!

La llamada izquierda en Colombia incurre de ordinario en el yerro de agitar indefinidamente las consignas que obtuvieron sonoros logros en un momento dado. En los últimos años, por ejemplo, hemos asistido a la promulgación constante del segundo paro cívico nacional, merced al empeño impenitente de unas cuantas agrupaciones que se alimentan de recuerdos y vegetan a espaldas de la realidad. Si con su metafísica evocación no han conseguido revivir las jornadas del 14 de septiembre de 1977, sí les proporcionan a los esquiroles de profesión un camuflaje perfecto al que éstos recurren cada vez que perpetran una de sus requeteconocidas prodiciones. Encariñarse con determinada directriz, por exacta que hubiera sido, y marchar sobre ella al margen de la variación de las condiciones, es lo menos congruente con la táctica del marxismo-leninismo. Ni hay mayor desatino que el intento de encadenar los acontecimientos a las fantasías del cerebro. El partido obrero, dentro de las complejidades del proceso, ha de amoldar rigurosamente sus resoluciones a los cambios que se operan a cada instante de cada momento de cada fase de cada periodo de la etapa correspondiente, para no dejarse sorprender y estar a la altura de su cometido de vanguardia. Y en las borrascas contrarrevolucionarias, cuando se envalentonan los aparatos policivos, se desata la cacería de las brujas, cunde el desespero de la pequeña burguesía y prolifera la conciliación, el proletariado no puede adoptar falsos ademanes, instigado por dudosos amigos que lo arrastran, ya a capitular inescrupulosamente, ya a salir a descampado e inmolarse en batallas decisivas. Que los reformadores sociales gasten el tiempo en inútiles cabildeos y los anarquistas armen algarabía con sus alocados intentos de agudizar las luchas, mientras la revolución reafirma sus ideas, consolida sus fuerzas y se alista de verdad a “tomar el cielo por asalto”, como decía Marx de los comuneros de Paris. No substituiremos la perseverancia con la intrepidez. Confiamos infinitamente más en la tarea anónima de un moirista que en los alardes de cien comandantes de secta. En ello va también implícita una radical desavenencia de principios.

Muy distinta la epidemia actual a la que afectaba hace más de quince años a la revolución colombiana, así ambas se hubiesen contraído por la vecindad de Cuba. Antes, los exponentes del “foquismo” luchaban contra la cuadrilla revisionista, a la que permitían lucirse a costa suya por los exabruptos en que caen; ahora, sin expectativa de corrección, han decidido el ingreso a la escuela mamerta para estudiar artimañas y doctorarse. Efectuar el diagnóstico y recetar la medicina de antaño a las enfermedades de hogaño agravaría al paciente. Transitamos un trayecto de proliferación del arribismo y de enaltecimiento de la treta estéril. Un periodo en el que los santofimios compran con los dineros del erario sus disfraces de Gaitán; los accionistas y articulistas mimados de los diarios del orden pontifican sobre cómo procrear revoluciones, y la democracia es un coágulo indefinible, una especie de luz blanca, un arco iris de todos los colores pero sin descomponer, desde el ultravioleta hasta el infrarrojo. Para no sucumbir a la asfixiante atmósfera de contemporización y alevosía, las unidades más esclarecidas del proletariado se ven abocadas a combatir tesoneramente las desviaciones derechistas.

Nos perdería imaginar siquiera que le sustraeremos las masas al oportunismo sin desacreditarlo ni destaparlo previamente ante ellas mediante un sesudo y sistemático despliegue de propaganda. Y esto lo ha venido ejecutando progresivamente el MOIR, según sus recursos y capacidades, con preferencia desde la segunda mitad del 1975, luego de la invasión a Angola por un ejército mercenario cubano y del subsiguiente incremento de las actividades de los agentes del socialimperialismo soviético en el Hemisferio, que pelechan al socaire de la ola reformista.

Naturalmente las posibilidades de un entendimiento con Vieira y su cáfila se han ido esfumando, así como las “fuerzas intermedias”, que no alcanzan a calar el inminente peligro del expansionismo ruso y gimen por la división, se distancian bastante de nuestros lares. También los miembros que por uno u otro motivo renegaron del Partido, contagiados del bacilo liberal en boga, invariablemente nos culpan por la desunión y echan sobre sus hombros la misión mesiánica de subsanarla. Los iscariotes Bula y Pardo cursaron su dimisión convencidos de que el MOIR carecía de astucia e inventiva para superar las dificultades, y que bastaba con limar el programa y acolitar las “aperturas democráticas”, emborronar los derroteros internacionalistas y sacarle jugo al nacionalismo, montar un movimiento con personajes desechados de las toldas de las colectividades tradicionales y en su representación acrecentar el roce social, hacer contactos y apuntarse a cuanta proeza se urda, para que la patria agradecida se congregue en torno suyo al conjuro de sus benevolentísimos mensajes. Sin embargo, desde cuando aquellos dos desertores emprendieron la fuga e iniciaron su andanza, esa sí en verdad ermitaña y suicida, han promediado aproximadamente tres años. Tiempo prudencial para indagarles: ¿Qué pasa con su unidad? Pues que no florece, a pesar de los buenos deseos, las concesiones y las rogativas a los payasos de la oposición liberal. Así será mientras el proletariado no disipe las brumas e incline la balanza a su favor. Las contradicciones de clase no desaparecerán con ignorarlas. El reformismo auxilia únicamente a la coalición gobernante. Los directorios disidentes se aprestan a cerrar filas junto a los candidatos presidenciales del ramillete oligárquico. La militarización del Estado se acelera con los disparates anarquistas y las actitudes claudicantes. La bancarrota de las contracorrientes traidoras aproxímase inexorablemente. Quienes, con abundancia de ingenuidad y escasez de respaldo público, se empecinen en el acercamiento a cualquier precio con el autodenominado Partido Comunista, han de estar resignados a despojarse de todo pundonor y dispuestos a tocar, hasta reventar, un tambor en la banda de guerra de la Juco. Con aquella pandilla no ha habido hasta la fecha otra forma de cooperación. Y nadie, a excepción del MOIR, ha osado plantarle el cascabel al gato.

Cuando los revisionistas transgredieron las normas de funcionamiento convenidas en la UNO y los acuerdos para la creación de la central obrera, nosotros requerimos el respeto a la palabra empeñada y partimos cobijas ipso facto. Cuando recabaron la bendición unánime para el gobierno de Fidel Castro, que ya ejercía en África de cipayo de los nuevos zares del Kremlin, repusimos con el no alineamiento, uno de los tres cerrojos de la alianza. Y cuando sugirieron la minuta de reformas, nos aferramos aún más conscientemente al programa revolucionario. No nos encandilaron los fuegos fatuos del oportunismo. El alboroto alrededor de los dictámenes burgueses suplementarios no nos amedrentó. Visualizamos con suficiente anticipación la carrera de obstáculos en que habríamos de competir. Al cabo de seis años de enconados choques nuestro horizonte clarea, mientras el aire comienza a enrarecérseles a los mamertos, lo mismo a nivel nacional que internacional. Ni sus frentes, ni sus foros, ni sus aperturas, ni sus consejos sindicales, ni sus precandidatos, ni sus profecías, ni sus aventurismos les han resultado felices. Ellos ingresan a la boca del túnel y nosotros principiamos a salir de él.

Después de todos estos episodios los hermanos Ñañez pretenden hacer carrera con el infundio de que el MOIR no golpea al gobierno ni al revisionismo, debido a que desde 1978, el año en que salieron Bula y Pardo, abjuramos, según ellos, de las pautas que nos venían orientando. Si desde entonces para acá hay algo novedoso en nuestra política es el hincapié puesto en la labor de desenmascaramiento del oportunismo de derecha.

Hubimos de subrayar la esencia internacionalista del Partido y sus inaplazables obligaciones de solidaridad con China y las demás fuerzas revolucionarias que resisten la expansión soviética, al paso que arremetimos contra las diversas expresiones del nacionalismo. A los Ñañez les parece que ello significa quitar a los imperialistas yanquis de blanco principal de la revolución colombiana y distraer la atención de las cuestiones nacionales.

Hubimos de condenar las trapacerías de los componentes de Consejo Nacional Sindical, que a la vez que posan de acuciosos protectores de los trabajadores, no pierden oportunidad para congraciarse con los mandatarios de turno, y aplaudir sus medidas más ignominiosas. A los Ñañez se les antoja que con esta conducta torpedeamos la “unidad de acción” y nos desligamos de las bases.

Hubimos de abrir sin tregua hostilidades contra el reformismo y el democratismo burgués. Los Ñañez conjeturan que tan criticable empresa comprueba nuestro desdén por las reformas y los derechos del pueblo, además de nuestro sabotaje al frente único.

En todo cuanto maquinan, exteriorizan y obran, los Ñañez siempre se tuercen hacia el mismo flanco. Sabrá el diablo si proceden consciente o inconscientemente; pero sólo conciben un modo, un estilo para llevar a cabo la pelea, el de los revisionistas, a quienes plagian sin darles crédito. Por eso consideran que aquellos que no combatan a la manera mamerta al régimen vendepatria y al “oportunismo encabezado por el Partido Comunista” son colaboradores de éstos.

Al MOIR le basta con despejar una especie calumniosa esparcida por sus detractores: sí somos partidarios de propiciar las reformas, defender los derechos, concertar las acciones unitarias, edificar el frente, en suma, blandir las armas del gladiador político. Lo que sucede es que nosotros subordinamos la política a la revolución y no al contrario. Creemos a pie juntillas con Lenin que “la lucha contra el imperialismo es una farsa y una patraña si no está ligada a la lucha contra el oportunismo”2. El triunfo de nuestra causa exige el apabullamiento de las contracorrientes traidoras, desde las demócrata-burguesas hasta las socialimperialistas, que se valen de las necesidades, los sentimientos y las aspiraciones de emancipación de las masas para sacar gananciosos, no los intereses de éstas, sino los de mezquinas minorías. Las lides por la independencia nacional del yugo norteamericano no podemos adelantarlas conforme a las apreciaciones y los métodos de los revisionistas pro soviéticos, los peores oportunistas de la era moderna, ni permitir que sean aprovechadas para suplantar la sojuzgación de una superpotencia por la de la otra. Igual cosa diríamos del resto de desviaciones y contiendas. Así como para Nicaragua o El Salvador representará una ironía demasiado trágica desasirse de la expoliación norteamericana y caer en la rusa, a los asalariados colombianos no les reportará más que penas el fortalecimiento de las camarillas de la UTC y CTC, a través de una mal entendida coordinación de los conflictos sindicales.

Al oportunismo se le derrota arrancándole la máscara, no emulándolo.

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Los Ñañez dentro del MOIR se distinguieron por sus desviaciones divisionistas y de hecho mantuvieron siempre activa una minúscula fracción. Con frecuencia reclamaban sobre asuntos democráticos, cuando en realidad no hay nada que más enturbie la confianza propia de las relaciones entre comunistas y holle la democracia del Partido, como la presencia en él de grupos, por lo común basados en conveniencias personales. Detrás de cada exigencia suya invariablemente se escondía, agazapada, la petición de algún cargo directivo, para agregarlo a la colección de los muchos que poseían. Jamás, hasta febrero de 1981, el mes en que la dirección les dijo “¡basta!” y les notificó que con ellos la contradicción se había tornado antagónica, admitieron diferencias de principios o de línea con el Partido. Que sus afanes eran grupistas quedó plenamente visto en su negativa de acatar el centralismo democrático, cuando, por desenlace de la puja interna, fue necesario decidir mediante votación cuestiones de carácter organizativo.

Los hermanos Otto y Omar pertenecen a ese género de demócratas, tan notorios en Colombia, que sólo prevalecen si escamotean la voluntad de la mayoría.

Como corolario, el Comité Central del MOIR, en reunión celebrada el 28 de febrero y el 1° de marzo últimos, tomó la resolución de expulsar de sus filas a la fracción de los Ñañez.

Notas

1. El 26 de febrero, a los ocho días de aparecer en El Tiempo el panfleto de los Ñañez, Voz Proletaria, el semanario de los revisionistas, recogió todas y cada una de las impugnaciones consignadas allí contra el MOIR. Luego de afirmar que “comienza a abrirse camino un nuevo clima”, anota lo siguiente:”La situación creada abre la posibilidad de un nuevo diálogo. A ese diálogo aportaremos hechos y actitudes que relieven (sic) los puntos en común. Aunque parece que nada se moviera en Colombia y todo estuviera congelado bajo el dominio oligárquico, sí se mueven nuevos factores políticos y lentamente van madurando las condiciones para un nuevo reagrupamiento”. Tal es la esperanza y la emocionada bienvenida con que Vieira y sus parciales salen al encuentro de la labor y de los planteamientos del grupo fraccionalista. En lo que atañe a los dardos disparados contra el revisionismo, el semanario los juzga cual adobo explicable por la procedencia de la fracción, a la que no obstante reconviene: “No se puede criticar lo erróneo e incurrir inmediatamente en el error. Pero hecha esa anotación, queremos subrayar lo nuevo: una apertura, vacilante aún, pero una apertura”. Es un “diálogo” entre frescos. ¡Tú me combates para lograr el objetivo de desgarrar al MOIR y más adelante precisaremos cuántos “puntos en común” guardamos! Honor que nos tributan, ya que implícitamente reconocen que constituimos la corriente capaz de frustrar sus planes proditorios, a la cual hay que contener a como dé lugar, incluso al precio de aceptar jesuíticamente las injurias recíprocas entre los virtuales artífices del “nuevo reagrupamiento”.
2. V.I. Lenin., El imperialismo, etapa superior del capitalismo, Obras Completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970. Tomo XXIII, pág. 423.

COLOMBIA EN LA PENUMBRA

A pesar de figurar entre los cinco países que cuentan con el mayor potencial hidroeléctrico del mundo, Colombia soporta varios apagones desde el 29 de septiembre del año pasado.

La incapacidad de la oligarquía liberal-conservadora para resolver los problemas de la nación y su servilismo ante los monopolios extranjeros han conducido al caos y al desbarajuste del sector eléctrico colombiano.

Las dificultades financieras de las empresas públicas, debidas a los onerosos compromisos del endeudamiento externo, la inadecuada planeación, el retraso de las obras iniciadas, las represas mal construidas, los embalses insuficientes, la corrupción y la ineficiencia administrativa, son apenas algunos de los resultados de las políticas que han venido agenciando los distintos gobiernos de turno.

En 1979 el déficit de las instituciones encargadas del suministro de energía fue de 12.000 millones de pesos. Por el solo servicio de la deuda tuvieron que pagar, durante el mismo año, $8.346 millones. Para atender este panorama caótico, la administración Turbay recurrió a contratar nuevos créditos internos y externos, negociar con la banca nacional e internacional, la refinanciación de los empréstitos adquiridos, aumentar los recursos provenientes del presupuesto e incrementar el alza de las tarifas. Dichas medidas se traducen en una mayor carga para las masas laboriosas de la ciudad y el campo, a las que el Estado obligará a sufragar los cuantiosos faltantes.

Los pretextos oficiales
En su afán de salvar al gobierno de cualquier responsabilidad, algunos funcionarios obsecuentes explican la actual situación por la falta de lluvias, y otros, como el alcalde de Bogotá, por el deterioro ecológico. Pero en realidad no se han construido los embalses suficientes para regular el caudal de ríos en épocas de inundación, y la casi totalidad de los que funcionan están mal diseñados. No hay capacidad de almacenamiento. En la capital se ha llegado incluso al extremo de tener que abrir con frecuencia las compuertas del Sisga y botar millones de metros cúbicos que anegan la Sabana y ocasionan desastres como el de Patio Bonito. Durante los inviernos de los últimos tres años las crecientes dejaron sin techo y en la ruina a miles de familias en la mayoría de los departamentos. Siempre que acontecen tales desgracias los mandamases se escudan en los fenómenos naturales para justificar la ineficacia de sus proyectos. Sin embargo, la pobrecía, en su diario batallar, ha empezado a comprender que su verdadera tragedia es la dominación del imperialismo norteamericano y la opresión de la oligarquía.

De las 600.000 hectáreas de bosques que se destruyen anualmente, el Inderena sólo recolecta 22.000. Para ocultar su ineptitud el Ejecutivo da una explicación amañada al problema de la deforestación de las cuencas hidrográficas, al hacer recaer el peso de la culpa en colonos y pequeños agricultores y exonerar a terratenientes y empresas monopolistas que saquean los recursos maderables.

Continúa el racionamiento
Como si lo anterior no bastara, las autoridades y su séquito de tecnócratas han orquestado una nueva campaña tendiente a responsabilizar a los colombianos de la prolongación del racionamiento en el fluido eléctrico. Cuando se iniciaron los cortes de luz, el gobierno nacional se comprometió a suspenderlos en los primeros días del mes de abril pasado. Hoy afirma que continuarán durante uno o dos años más.

La falta de seriedad del Estado queda aún más patente si se recuerda que en 1970 las empresas del sector estimularon el consumo masivo de energía. En aquel año se les dijo a la población y en particular a los bogotanos: “Instale en su casa sistema trifásico (…) usted tendrá energía para todos los usos (…) La energía eléctrica no se acaba de la noche a la mañana como el gas, un combustible de intermitente abastecimiento”. Hoy, once años después, le aconsejan al país: “Ahorre energía, no bote corriente”. Cambio tan radical tiene su razón de ser en que el régimen no ha respondido, ni puede responder a las necesidades del desarrollo nacional. Para satisfacer la creciente demanda, que proviene fundamentalmente de los sectores urbano e industrial, se necesitaría duplicar, cada siete años, la capacidad instalada del complejo eléctrico.

La situación se torna más grave si se toman en cuenta las deficiencias protuberantes de los montajes actuales. En la Sabana de Bogotá, los embalses de Neusa, Sisga y Tominé tienen capacidad para contener 888 millones de metros cúbicos de agua pero hace poco sólo disponían de 154.

La represa de Calima, en el Valle del Cauca, no puede poner a funcionar las cuatro turbinas porque de hacerlo se secaría el lago del mismo nombre. Para la construcción de esta obra primó el criterio de la valorización de las tierras de los terratenientes y no el de los requerimientos técnicos. Los monopolios constructores extranjeros, con tal de lograr la adjudicación de los contratos, efectúan estudios acomodaticios. Por errores de diseño la represa de Prado, en el Tolima, únicamente puede producir el 30% de la energía prevista. En el proyecto de Chingaza se realizaron excavaciones inadecuadas, que ocasionaron un retrazo de 36 meses e hicieron pasar su presupuesto de 5 mil millones a once mil. Los anteriores casos son tan sólo unos pocos ejemplos. El futuro no es nada prometedor, ya que los nuevos planes no escapan tampoco a la improvisación y al chanchullo. Las diez mayores presas en construcción están retrasadas. En 1985 y 1986 la oscuridad podrá ser aún más oscura.

Una de las características de los países desarrollados es su alto grado de utilización de energía eléctrica. En Colombia el atraso se manifiesta en este aspecto como en ningún otro. Nuestro consumo por persona es de 518 kilovatios-hora-año, mientras que, por ejemplo, en los Estados Unidos alcanza a 7.123. No solamente estamos por debajo del promedio latinoamericano, sino que incluso poseemos uno de los índices más exiguos del mundo.

Alza en las tarifas
La causa de la crisis financiera de las empresas encargadas de la electrificación se encuentra en la política de entrega de las mismas al imperialismo norteamericano. Su endeudamiento externo las ha conducido a la insolvencia. Se estima que aquellas entidades deberán pagar, a partir de 1985, cerca de mil millones de dólares anuales por el servicio de la deuda.

Con la campaña de ahorro de energía el gobierno pretende imponer un alza desmedida en las tarifas. Ahora se habla de la autofinanciación. Solamente el cinismo de las autoridades supera su indolencia. Cuando era gerente del Instituto Colombiano de Energía Eléctrica, el actual ministro de Minas, Carlos Rodado Noriega, manifestó en un seminario que se realizó en la Universidad de los Andes, entre el 22 y el 24 de octubre de 1979, “que el criterio actual de incrementos graduales aplicados mensual y bimensualmente es un criterio sano que disminuye por lo menos sicológicamente, el impacto de las alzas tarifarias”. Dos años más tarde, siendo ya miembro del gabinete, insistió: “El mejor mecanismo para lograr un uso racional de la energía es a través de una política de precios”. El incremento de las tarifas es tal que en Bogotá llegará este año al 60%, según el estimativo oficial.

La iniciativa de las medidas no brotan espontáneamente del Palacio de Nariño, sino de las imposiciones de la banca internacional. El señor Durán Dussán, alcalde de la capital, al instalar el presente periodo de sesiones del Concejo, reconocía con desvergüenza su docilidad ante los amos extranjeros: “Hemos discutido muy a fondo con el Banco Mundial y con el Banco Interamericano de Desarrollo la situación de tarifas en relación con los créditos que necesitamos para los ensanches que están programados como el del Guavio, por ejemplo, y las entidades crediticias encuentran que los ingresos tarifarios que poseemos son insuficientes”.

Para los monopolios extranjeros se fijan tarifas subsidiadas. Es el caso de la Exxon que negoció con el gobierno, para el proyecto de El Cerrejón, el costo del servicio a $1.20 el kilovatio-hora, cuando en el departamento de La Guajira se le cobra a la industria $2.82, y a la población entre $1.91 y $3.63.

La suspensión del servicio de luz y el alza en el precio del fluido perjudican básicamente la producción nacional. Durante los primeros cuatro meses de racionamiento en Bogotá quebraron varias pequeñas industrias y las ventas de los comerciantes menos pudientes se redujeron en forma considerable. El director de la Andi, seccional Barranquilla, expresó que en 1980 las tendencias del suministro eléctrico en la capital del Atlántico “le representaron al sector (industrial) pérdidas por más de mil millones de pesos”. A su vez, pequeños y medianos empresarios de la ciudad de Medellín señalaron que sus actividades se habían visto seriamente afectadas.

Mientas las perspectivas del país en el campo de la energía eléctrica, como queda demostrado, son realmente negras, y las autoridades someten al pueblo a los lesivos apagones y al incremento de las tarifas, la oligarquía paga menos y derrocha irritantemente, sin tasa ni control, tan necesario recurso.

Las zonas residenciales donde habitan personajes influyentes, los suntuosos edificios, los clubes de la clase alta, permanecen permanentemente iluminados. Pero la rebeldía de las masas ha empezado a brotar. Los mineros de la antigua Gold Mines, echaron a la deriva un planchón repleto de mercancías de propiedad de la compañía, en señal de protesta, porque al tiempo que a ellos se les negaba la electricidad al monopolio no le falta nunca. Actos como éste habrán de generalizarse a lo largo y ancho de Colombia.

PERSECUCIÓN EN EL VALLE

El pasado 14 de marzo fue detenido por agentes del B-12 el dirigente analista Julián Vélez, en el municipio de la Victoria, Valle. Quince días después, en el mismo departamento, en la localidad de Toro, agentes del régimen arrestaron a Jair Ortiz, hijo de Vicente Ortiz, diputado de la Anapo que fue asesinado hace año y medio por sicarios del sistema. El MOIR y distintas organizaciones de masas han venido protestando por esta arbitraria cacería de brujas de las autoridades turbayistas.

V CONGRESO DE ASA

Bajo la consigna de “por un sindicalismo revolucionario al servicio de los intereses de la clase obrera”, se realizará en Medellín el 29, 30 y 31 de mayo el 5° Congreso de la Acción Sindical Antioqueña. ASA. Más de 200 organizaciones obreras y campesinas asistirán al evento. ASA surgió en 1961 y, luego de un proceso de depuración, ha venido sosteniendo pujantes luchas por la defensa de los intereses obreros y en contra de las camarillas patronales. Cuenta con 30 sindicatos, incluidos los del Frente Sindical Autónomo de Antioquia.

Jairo Gutiérrez, presidente de la Acción Sindical Antioqueña, manifestó: “Estimamos que es inaplazable que se levante un poderoso movimiento obrero en defensa de sus derechos, con profunda vocación antiimperialista”.

A LOS 10 AÑOS DEL MOVIMIENTO ESTUDIANTIL

Hace diez años, en mayo de 1971, los estudiantes de todo el país se encontraban en medio de una batalla sin precedentes en la historia de la universidad colombiana. El gobierno liberal-conservador de Misael Pastrana había decretado el estado de sitio el 26 de febrero, luego de que el ejército disparara contra una manifestación de jóvenes caleños, en el Parque Belmonte de la capital del Valle, asesinando a más de 20 personas. Uno de los primeros mártires caídos en aquella jornada se llamaba Edgar Mejía Vargas, y su muerte marcó el comienzo del movimiento estudiantil más consciente y vigoroso de los últimos tiempos en Colombia. A partir de esta fecha el descontento se extendió a escala nacional, desde Santa Marta hasta Pasto, y multitudinarias acciones de protesta llenaron las calles de las principales ciudades durante el resto del año. Si los rebeldes de principios de década pasada lograron aglutinar alrededor de sus banderas a millares de combatientes ello se debió en gran parte a que supieron señalar al imperialismo norteamericano y a sus testaferros criollos, desde los mismos inicios del conflicto, como los responsables directos de la postración en que se hallan los institutos de enseñanza en el país. El Programa Mínimo aprobado por el II Encuentro Nacional Estudiantil del 14 de marzo de 1971, exigía de manera perentoria una nueva “estructura de poder” en las universidades y pugnaba por la financiación estatal de la educación superior, por la orientación científica de los programas académicos, por el congelamiento de matrículas, la nulidad de los empréstitos lesivos y la “ revisión de todos los contratos y documentos celebrados en entidades extranjeras (…) y la publicación de los mismos”.

El carácter democrático y patriótico de estos postulados permitió que los estudiantes engrosaran el caudal de las luchas populares de entonces, que atravesaban por un periodo de auge relativo. Centenares de invasiones campesinas a los latifundios ociosos y destacadas huelgas obreras, entre las cuales hay que resaltar las que libraron los trabajadores petroleros de Barranca y de Tibú, contribuyeron con su ejemplo al impetuoso desarrollo del movimiento estudiantil, y éste, a su vez, amplió los horizontes de las mayorías oprimidas. La contienda de la juventud universitaria por una cultura nacional, científica y de masas significaba una verdadera revolución contra la supremacía espiritual de las castas dominantes, y como tal tenía que interesarle fundamentalmente a los sectores avanzados del proletariado. Se trataba al fin y al cabo de una batalla sin cuartel, y adelantada en muchos frentes, entre las nuevas ideas de las clases revolucionarias y las viejas ideas imperialistas, metafísicas y adocenadas, propias de la elite en el Poder, que todavía desempeñan un papel de primer orden en el sojuzgamiento del país y en el atraso del pueblo.

Una táctica acertada
Ante el apogeo arrollador del movimiento por una nueva cultura en Colombia, que pronto se ganó la simpatía de numerosos intelectuales y trabajadores del arte, el régimen pastranista optó por combinar los métodos raídos de la demagogia y de la represión. El primero de abril de 1971 las tropas ocuparon la Universidad del Valle por segunda vez en ese mismo año, y a los pocos días la Tercera Brigada disolvió a balazos un encuentro de colegios de bachillerato en Buga. Durantes las tres semanas siguientes fueron cerradas varias universidades: la Industrial de Santander, la Nacional de Bogotá y las de Cartagena, Antioquia, Tunja y Nariño.

Mientras los mandos castrenses intentaban sofocar el amotinamiento del estudiantado por medio de la violencia, el ministro de Educación del gobierno de Pastrana, Luis Carlos Galán, procuraba aderezar su imagen de “joven progresista” mediante el anuncio de una Ley de Reforma Universitaria, presentada al Congreso en julio de 1971. El mencionado estatuto, inspirado en el Plan Atcon, era un compendio de normas antidemocráticas encaminadas a preservar la influencia de los monopolios norteamericanos sobre la Universidad, pieza indispensable para mantener el atraso material y cultural del país y para asegurar la buena marcha del subdesarrollo. Sobra decir que la reforma oficial se estrelló contra la resistencia unánime de profesores y estudiantes, aunque en algunos círculos oportunistas despertara la ilusión falaz de que por fin había llegado el momento de rendir las alarmas y tocar a retirada.

En efecto, ya desde antes del V Encuentro Nacional Estudiantil, celebrado en mayo de 1971, la Juventud Comunista urgió iniciar negociaciones con el régimen pretextando que las masas estaban dispersas, desorganizadas y sin voluntad de resistir y de pasar a la ofensiva. En más de una página de Voz Proletaria aparecieron los llamados a “desplegar ductilidad” y a “combinar las tareas académicas con las acciones estudiantiles”, lo que equivalía a respaldar la política gubernamental de “entrar a clases”, cuando muchos dirigentes aún se hallaban detenidos y los atropellos del ejército eran de ocurrencia diaria. Con semejante “forma de lucha” estuvieron de acuerdo los grupúsculos trotskistas que percibían una “desmovilización relativa” en el ambiente y hablaban de una “pausa” para reagruparse. Solo la juventud Patriótica (JUPA), orientada por el MOIR, supo detectar e interpretar correctamente el estado de ánimo de las mayorías y continuar el combate por conseguir la principal reivindicación del movimiento; gobierno democrático de profesores y estudiantes en las universidades públicas y privadas.

Los hechos confirmaron la validez de esta última táctica. Durante los meses de junio, julio y agosto de 1971, al tiempo que los planteles de educación media y superior se iban abriendo paulatinamente, los abanderados de la nueva cultura realizaron asambleas tumultuosas, lanzaron innumerables paros y se tomaron las calles en señal de protesta contra la represión y los “rectores-policías”. En septiembre tuvo lugar otra oleada de insurgencia estudiantil en la Universidad Nacional y en la Universidad de Antioquia, y en octubre fue asesinado Julián Restrepo, alumno de secundaria, cuando los soldados le despedazaron el cráneo a golpes de bolillo durante una manifestación en Barranquilla.

El presidente Pastrana y su acólito de gabinete, Luis Carlos Galán, no pudieron implantar la anhelada “normalidad académica” y tuvieron que promulgar el Decreto 2070, de octubre de 1971, que establecía en la Universidad Nacional un Consejo Directivo compuesto por dos estudiantes, dos profesores, cuatro decanos, el rector o el ministro de Educación, y un ex alumno escogido por los anteriores. Las elecciones estudiantiles para conformar dicho organismos se efectuaron el 16 de noviembre, y las listas apoyadas por los destacamentos más consecuentes y esclarecidos, entre ellos la Juventud Patriótica, obtuvieron la victoria por abrumadora mayoría.

La revolución cultural de nueva democracia
A pesar de su corta vida, el gobierno en la Universidad Nacional, y posteriormente en la Universidad de Antioquia, adoptó algunas medidas importantes. En el Consejo Directivo tomaron asiento, por primera vez en muchos años, auténticos voceros de la comunidad universitaria que, apoyándose en la lucha de las masas, desalojaron de sus puestos a los delegados de la Andi, Fenalco, las academias, la Curia y otras entidades similares. Acto seguido suspendieron los contratos usureros con el Banco Interamericano de Desarrollo y se pronunciaron públicamente contra la reforma educativa de Pastrana; aumentaron los cupos y el presupuesto, reintegraron a los estudiantes expulsados y a los profesores destituidos, ensancharon los servicios de bienestar estudiantil e hicieron elegir decanos democráticamente.

Todo lo anterior fue posible gracias a una lucha ideológica y política intensa que se libró tanto dentro como fuera de los nuevos organismos de poder en la Universidad. Dentro de ellos era necesario combatir a los agentes del régimen y contrarrestar la influencia de sus miembros vacilantes; fuera de ellos había que batirse contra el oportunismo de derecha y de “izquierda”, contra el sabotaje abierto del Partido Comunista y contra las capillas seguidoras del trotskismo.

En el caso particular de estas últimas, que tildaban de reformista al cogobierno, hay que reconocer que sus confusos alegatos al respecto ayudaron a que el movimiento revolucionario colombiano ventilara una enseñanza clave para el porvenir de la causa de los oprimidos. Las afirmaciones dogmáticas acerca de que no se debe luchar por la reforma de la universidad mientras no se transforme previamente el sistema, a pesar de haber sido proferidas con aires de gran descubrimiento, fueron puestas en la picota por millares de estudiantes que entendieron que la contienda por una educación al servicio del pueblo, y dirigida a resolver los problemas del país, es una tarea impostergable y permanente.

La experiencia concreta de todas las grandes transformaciones históricas, burguesas y proletarias, demuestra que éstas siempre han estado precedidas por enconados enfrentamientos en el campo de la cultura, y la revolución colombiana no habrá de ser una excepción en este sentido. Con el objeto de preservar su hegemonía sobre el resto de la sociedad, el imperialismo norteamericano y las clases que le sirven de sostén están obligados a recurrir a sus ideas filosóficas y teorías políticas, a sus valores morales y concepciones religiosas, a sus gustos y a sus modas, para continuar usufructuando las riquezas de la nación y el producto del trabajo material e intelectual de las gentes humildes.

Como reflejo de las contradicciones existentes en los terrenos de la economía y la política, en Colombia se ha entablado una polémica irreconciliable entre la cultura nacional, científica y de masas, genuina expresión de los obreros, los campesinos pobres y demás fuerzas patrióticas y democráticas, y la cultura proimperialista, oscurantista y antipopular, típica de la oligarquía dominante. Esta pugna “hace parte de todo el proceso de la revolución colombiana”, como lo dijera el editorial del primer número de Tribuna Roja, aparecido en julio de 1971; prepara las condiciones para la instauración de la fortaleza estatal de los de abajo y es requisito imprescindible para la derrota completa del enemigo.

Por esta razón, entre varias otras, aprender del movimiento estudiantil de 1971 sigue siendo una consigna válida. En medio de grandes dificultades, derivadas de su falta de vinculación con los trabajadores del campo y la ciudad, los estudiantes de aquella época se sumaron al combate por la revolución cultural de nueva democracia y probaron que en su curso se pueden alcanzar determinadas reivindicaciones. Ninguna de ellas, sin embargo, será suficiente para conseguir un cambio definitivo e irreversible del actual sistema de enseñanza, de la misma manera que ninguna reforma sustituye la revolución, aunque así lo pretendan los diversos matices del oportunismo en boga. Las conquistas democráticas que se logren en la lucha cotidiana tendrán que ser una herramienta más en la brega por construir un país libre, independiente y soberano, en marcha al socialismo, única garantía real de que la educación se transforme en beneficio del pueblo.

MENSAJE DEL PRIMERO DE MAYO: APROVECHEMOS LOS PERCANCES DE LOS ENEMIGOS

De nuevo, cumpliendo una costumbre muy arraigada en el alma de la clase obrera, nos movilizamos a celebrar el Primero de Mayo, la fiesta internacional de los trabajadores. Y una vez más habremos de efectuar la conmemoración en medio de la inflamada contienda que adelantamos contra oportunistas y renegados, quienes saldrán, también, a las calles y plazas de los principales centros del país, a rivalizarnos el respaldo de la masa asalariada. A la que intoxican con sus embustes y perfidias. No obstante, en los últimos doce meses se han precipitado no pocos acontecimientos que fortalecen nuestra posición y debilitan la de los enemigos.

Los intentos totalmente frustrados de restaurar y embellecer la despótica democracia de la coalición burgués-terrateniente proimperialista en detrimento de las justas aspiraciones democrático-revolucionarias del pueblo colombiano, los fracasos de un terrorismo hirsuto y llevado a cabo en momentos de notorio reflujo de la revolución, la desbandada de los portavoces del reformismo y los infelices resultados de sus gestiones por amañar una alianza en torno a los requerimientos programáticos de la burguesía, el descrédito creciente de los revisionistas y sus fregonas al pretender pasar como “ayudas” los ardides y asechanzas del expansionismo soviético-cubano, en fin, los repetidos descalabros de las tácticas y concepciones no proletarias, coadyuvan a despejar el firmamento de los desposeídos y a que chorros de luz caigan sobre sus conciencias.

Hace más de cinco años que a los sectores avanzados del movimiento obrero colombiano se les extorsiona políticamente con una serie de chantajes.

Que si rechazan las formulaciones burguesas y defienden unos requisitos mínimos, de principio aunque no excluyentes, para la configuración del frente único de liberación nacional, serán los responsables de la división de “las izquierdas”. Que si refutan la nauseabunda literatura de las clases poseedoras acerca de los dones de la democracia oligárquica y supeditan la lucha por las libertades ciudadanas a los interese supremos de la causa revolucionaria, se colocan al lado de la fracción derechista del gobierno facilitando el golpe cuartelario. Que si no legitiman las felonías de los integrantes del llamado Consejo Nacional Sindical, secundando sus actos de calculada inconformidad, arruinan la unión de los sindicalizados. Que si denuncian los zarpazos del socialimperialismo soviético en América Latina, propinados a través de los mandatarios fantoches de Cuba y de sus áulicos, se confiesan partidarios del imperialismo norteamericano. Que si no respaldan las aventuras que se les vayan antojando a cualquier grupo de pequeños burgueses desesperados, ni saltan a campo abierto a desafiar en encuentros decisivos al régimen, quebrantando la línea de preservar y acumular fuerzas para las ocasiones propicias o las batallas masivas, se convierten de hecho en cobardes gobernistas. Que si agitan las consignas del internacionalismo proletario, y entre ellas la de exigir el reconocimiento real y no de palabra de la autodeterminación de las naciones cual premisa básica de la armonía y la paz internacionales, renuncian a propulsar la revolución colombiana.

Un núcleo esclarecido de vanguardia, los moiristas, ha resistido con derroche de valor las cargas de artillería pesada de las más diversas contracorrientes, desde el trotskismo hasta el revisionismo contemporáneo, que han coincidido con los demagogos liberales en descalificar y apabullar los postulados de la clase obrera. Lo positivo de la situación actual radica en que, debido al desarrollo de las contradicciones, tanto fuera como dentro del país, cada día repercuten menos tales chantajes de la reacción escueta o encubierta. El porvenir de Colombia espera por el desenlace de este duelo ideológico y político.

Un buen número de luchadores populares acepta que al proletariado le corresponde la conducción del proceso. Pero muchos lo dicen a la ligera, sin detenerse a pensar qué significa semejante afirmación. ¿Puede interpretarse acaso como dirección obrera la supremacía de las falsas propuestas y los métodos equivocados de las vacilantes clases medias, así estas mantengan sus frecuentes enfrentamientos con los detentadores del Poder? ¿Lograremos conquistar la independencia y marchar hacia el socialismo de prevalecer el influjo nocivo de los revisionistas, cuya catadura de agentes del socialimperialismo los impele a trocar el vasallaje norteamericano por el soviético? ¿Cómo impedir que las mayorías expoliadas se atasquen en las marañas tendidas por la minoría expoliadora, si no les aclaramos a cada tramo que ningún derecho constitucional de la vetusta república liberal-conservadora suprimirá la esclavitud de los monopolios sobre la nación y las gentes de trabajo? Y, ¿cómo harán los asalariados para saber los derroteros y precisar las metas fundamentales de sus batallas, mientras no comprendan siquiera que toda democracia equivale a una dictadura de una parte de la población sobre otra, o confundan los objetivos democráticos de los ricos con los de los pobres? Indudablemente a la opresión no la derrocaremos con los criterios prestados a los opresores. Por eso Lenin, fiel heredero de los padres del socialismo científico y artífice de la primera revolución proletaria, insistía tanto en que “la lucha contra el imperialismo que no esté indisolublemente ligada a la lucha contra el oportunismo es una frase hueca o un engaño”.

Para nosotros esta axiomática verdad resulta aún más imperativa si tomamos en cuenta dos factores claves. El uno, que la revolución colombiana, de acuerdo con la estructura económica, guarda en su presente etapa un carácter democrático-burgués de liberación nacional, y, por ende, la burguesía disfrutará durante harto tiempo de considerable ascendiente y bregará por disputarle el timón de la nave al proletariado. El otro, que propugnamos liberarnos del yugo del imperialismo norteamericano bajo unas circunstancias internacionales especiales, determinadas por la traición de Moscú a sus tradiciones comunistas, por el descenso de la vieja superpotencia y el ascenso de la nueva y por la iracunda riña entre ambas en procura del control mundial, lo cual les permite a los revisionistas posar de portadores de los anhelos independentistas del pueblo, cuando sólo buscan que Colombia varíe de dueño.

Las dificultades que hemos soportado obedecen precisamente a la ola reformista capitalizada por el revisionismo. Y de ahí que recibamos con palmas las noticias que registran la quiebra de los planes de esquiroles y tránsfugas. Con el reciente relevo del alto mando en Washington, el acentuamiento del saqueo imperialista, la bancarrota de la economía nacional y la agudización de la represión, se pone en evidencia que ninguna reforma, ningún “pacto social”, ninguna amnistía, ninguna fórmula contemporizadora podrá resolver los graves trastornos del país. Lo que se anuncia son otras rachas de impuestos, de alzas, de violencia oficial, y las soluciones revolucionarias tendrán obviamente que abrirse camino debido al cariz que van adquiriendo las cosas. Con la ocupación de Afganistán y los demás criminales atropellos cometidos en Indochina, Angola, Etiopía, etc., incluidos los amagos de invadir a Polonia, todos casos demostrativos de su vandalismo internacional y de sus ambiciones hegemónicas, la camarilla moscovita ha terminado desnudándose ante la faz del orbe y corroborando que sus chalaneos sobre la “distensión”, el desarme, la paz, encierran vulgares engañifas en las que ya muy pocos creen. Queda visto no solo que el mundo corre apresuradamente hacia la tercera conflagración general, sino que el odio desaforado que a la Unión Soviética le inspiran los Estados Unidos se explica por el desmedido amor que aquella siente por los dominios neocoloniales de éstos.

Las condiciones nos serán benignas para impedir que las tendencias unitarias de las masas populares sigan usándose en ganancia del anacrónico democratismo del puñado de lacayos dominantes, o que las ansias de soberanía de la nación exploten en beneficio de los sórdidos proyectos contrarrevolucionarios y antipatrióticos de los agentes del expansionismo ruso, tal cual ha sucedido hasta la fecha. Un partido obrero, digno de dicho nombre a la altura de su misión, como el nuestro, tendrá que responder siempre a las necesidades vitales de los expropiados y oprimidos y actuar acorde con las fluctuaciones de la lucha de clases, acaecidas igualmente en la esfera nacional que en la internacional. Los oportunistas, a la inversa, disfrazan de proletarios los designios burgueses, y hacen caso omiso de las circunstancias históricas y políticas. Para ellos lo importante ha sido la unidad por la unidad, no interesándoles a quién le sirva. Todo lo reducen a una fabulosa querella, en abstracto, entre el socialismo y el imperialismo, sin parar mientes en los factores concretos de tiempo y de lugar en que aquella se efectúa.

No hay mejor día que hoy para recapacitar sobre cómo el movimiento comunista de los diversos países ha transcurrido por épocas, etapas, periodos, fases y momentos muy distintos. Aunque su mira fue, es y será la eliminación del capitalismo y con él la abolición de todas las formas de propiedad privada de los medios de producción, sus gestas han encarado los más disímiles problemas ideológicos, políticos, económicos y militares, según los adversarios y retos surgidos a lo largo de su desarrollo.

Cuando los trabajadores de Chicago, ese primero de mayo de 1886, rubricaron con su sangre la exigencia de las ocho horas de jornada laboral, la sociedad capitalista hallábase en tránsito hacia su estadio final, el imperialismo. Empezaban a perderse a lo lejos los rasgos distintivos de la libre competencia y de la edad juvenil de la burguesía, en que ésta capitaneó las insurgencias democráticas de obreros y campesinos contra el feudalismo moribundo. Ya no era solo la Rusia zarista, como lo advertía Marx a mediados del siglo XIX, el mayor peligro de la libertad universal, sino que otras potencias, frente a Inglaterra, como Francia, Alemania y Estados Unidos, emergían pujantes y arrogantes, dispuestas asimismo a extender sus tentáculos colonialistas por doquier y a edificar su propio imperio.

Habían madurado los elementos de la revolución socialista, pero el proletariado debería batirse a muerte para no dejarse arrastrar por el aluvión chovinista de los grandes emporios que a la postre se enzarzaron en la guerra del 14. A diferencia de los comuneros del París de 1871, que no gozaron de una coyuntura europea aprovechable, los bolcheviques rusos se valieron magistralmente de las extenuantes hostilidades entre los bandidos imperialistas para realizar y consolidar la gloriosa Revolución de Octubre de 1917.

La guerra del 39 trajo consigo un realinderamiento de las fuerzas a escala mundial y demandó de una estrategia adecuada a tales alteraciones. El único Estado socialista existente promovió, a objeto de contener la amenaza nazi, la coalición más amplia de que hubiera memoria, que involucró a los contrincantes del fascismo sin excepción alguna, desde los proletarios de las metrópolis capitalistas, los pueblos y mandatarios de las colonias, hasta las burguesías de los imperialismos occidentales y que obtuvo una aplastante victoria. Otro modelo de ágil y aceptada captación de las incesantes mutaciones que va consignando la historia. En los últimos 20 años hemos presenciado notables cambios, muchos de los cuales sin antecedentes, como la conversión de la URSS en el más tenebroso bastión socialimperialista, cuya ofensiva bélica por el apoderamiento del globo la emprendió a partir de la ocupación militar de Angola, en junio de 1975. El campo socialista se desmembró y los países del Pacto de Varsovia, comprendidos Viet Nam y Cuba, pasaron a ser meros planetoides del nuevo sol imperial. Mientras tanto la superpotencia del Oeste comenzó a hundirse inexorablemente en el ocaso, está acorralada y obligada y pelear por la subsistencia con todos los medios a su alcance.

A nosotros, los moiristas colombianos, nos compete persistir en la brega ateniéndonos a las características internas y externas, generales y particulares del trascendental momento que vivimos. Combatimos en una hermosa porción de un inmenso Hemisferio sojuzgado, tras la liberación nacional y las transformaciones democráticas preparatorias del socialismo, en el marco de la bárbara rebatiña de las superpotencias por los bienes ajenos y en una fase de reflujo y de preponderancia del revisionismo contemporáneo, la peor de las manifestaciones del oportunismo. ¡Obremos en consecuencia! No cedamos la dirección del frente único a los reformadores burgueses. Utilicemos las contradicciones inter imperialistas y los percances de los oportunistas para encauzar a las masas por el rumbo correcto. Cuidemos de nuestros destacamentos todavía débiles y no nos dejemos provocar de quienes pretenden lanzarnos extemporáneamente a choques frontales. Trabajemos duro para que el auge revolucionario, que se siente venir con sus resuellos de gigante, nos halle en capacidad de responder a sus múltiples recomendaciones y tareas. ¡Tejamos la red para que la subienda no nos coja con las manos vacías!

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario (MOIR)

Bogotá, 1º. de mayo de 1981

1. V.I: Lenin. “El programa militar de la revolución proletaria”. Obras Completas, Editorial Cartago, Buenos Aires, 1970. Tomo XXIV, pág. 88.

EL ZARPAZO SOVIÉTICO – CUBANO EN EL CUERNO DE ÁFRICA

Como parte importantes de su ofensiva militar estratégica, el Kremlin sentó en firme sus reales en la región del Cuerno de África a partir de mediados de la década de los sesentas. Para alcanzar sus fines imperiales se ha valido de la traición, la intriga, la subversión, el soborno y la agresión armada.

El área en cuestión, conocida como “la cerradura del Mar Rojo”, abarca tres países- Etiopía, Somalia y Djibuti – con una población de 34 millones de habitantes,

La trascendencia de esta punta del continente africano estriba en que desde allí se puede controlar totalmente la ruta marítima del Canal de Suez, que une el Mediterráneo y el Índico. Por el Estrecho de Bab- el- Mandeb cruzan a diario numerosos barcos petroleros provenientes del Golfo Pérsico con destino a Europa Occidental y Estados Unidos; la próxima ampliación del Canal permitirá el paso de los enormes tanqueros que hoy día tienen que circunnavegar África por el Cabo de Buena Esperanza, con lo cual aumentará la importancia de la vía del Mar Rojo.

Desde cuando emprendieron la expansión colonial, en la segunda mitad del siglo XIX, las potencias europeas pusieron sus ojos en la estratégica zona del cuerno: Italia ocupó Eritrea (el litoral etíope) y se dividió Somalia con Inglaterra; Francia, por su parte, incorporó Djibuti a su imperio. En 1935, las hordas de Mussolini invadieron Etiopía y, años más tarde, lograron el dominio de toda la región. Después de la Segunda Guerra Mundial, la Norteamérica victoriosa impuso allí su influencia, particularmente a través del emperador etíope Haile Selassie. Las luchas de los pueblos del Cuerno de África contra la dominación yanqui comenzaron a ser aprovechadas por Moscú desde principios de la década de los sesentas, en su búsqueda de posiciones claves.

La toma de Etiopía
La antigua Abisinia es, sin lugar a dudas, el país del Cuerno de África que mayores atractivos posee para los imperialistas debido a su ubicación (más de 800 kilómetros de litoral con el Mar Rojo, incluido parcialmente el Estrecho de Bab-el-Mandeb), su tamaño de 1.222.000 kilómetros cuadrados y su población de treinta millones de habitantes. Durante muchos años fue, junto con Liberia, el único territorio independiente de África, gobernado por una nobleza feudal cuya figura más prominente fue el emperador Haile Selassie. El 90 por ciento de la tierra pertenecía tradicionalmente a la familia real, a la aristocracia y al clero; millones de campesinos languidecían por generaciones bajo el yugo de los terratenientes. El “rey de reyes”, como se hacía llamar aquel sátrapa, fue un amigo incondicional de Estados Unidos entre 1945 y 1974, fidelidad que Washington recompensó a manos llenas, puesto que lo consideraba su puntal en la ruta de Suez. El interés gringo por Addis-Abeba se nota claramente en las siguientes cifras, correspondientes a 1975: el 96 por ciento de la asistencia estadounidense al África fue destinada a dicha nación, lo mismo que el 57 por ciento de los fondos para entrenamiento técnico y el 70 por ciento de las ventas a crédito.

El 12 de septiembre de 1974 se produjo un golpe militar que dio al traste con la anacrónica monarquía; asumió el Poder el Consejo Administrativo Militar Provisional (“Derque”), encabezado por el general Aman Michael Andom, el cual fue asesinado dos meses más tarde y reemplazado por el general Teferí Bantí y el mayor Mengistu Haile Mariam. Los nuevos gobernantes desataron una feroz represión contra todo aquel que osara disentir. Entre 1974 y 1975, centenares de obreros, campesinos y estudiantes cayeron bajo el fuego oficial. Los años siguientes transcurrieron en medio de la dictadura fascistoide y la hambruna generalizada, no obstante las reformas demagógicas de los chafarotes.

El advenimiento de la administración Carter facilitó los avances soviéticos en el Cuerno de África. Tan pronto como se instaló en la Casa Blanca, el mandatario yanqui condenó al régimen etíope por violaciones a los derechos humanos y amenazó con suspenderle toda ayuda.

Entonces comenzaron a precipitarse los acontecimientos. El 3 de febrero de 1977, dos semanas después de la posesión de Jimmy Carter, fue depuesto y ejecutado el general Banti; emergió como hombre fuerte el mayor Mengistu, quien a los pocos días reveló al mundo su alinderamiento con la URSS. En ese mismo mes, el nuevo agente de los rusos expulsó de Etiopía a toda la misión militar norteamericana y canceló compromisos con Washington. El 4 de mayo, Mengistu realizó una visita a Moscú, donde suscribió con los soviéticos un “tratado de amistad y cooperación” que establecía lazos políticos, culturales y económicos entre los dos Estados. Poco después, el 20 de noviembre de 1978, se consolidó la influencia de la URSS en Etiopía, por medio de un pacto militar bilateral.

El socialimperialismo convirtió a este títere en su punta de lanza en el área. Para tal efecto, despachó a Addis-Abeba miles de millones de dólares en armas y municiones, reforzó el ejército etíope con mercenarios cubanos y asesores de Alemania Oriental y obtuvo bases navales en el archipiélago Dahlak, así como en los puertos eritreos de Massawa y Assab. En la ribera oriental del Estrecho de Bab-el-Mandeb, Moscú goza de facilidades portuarias en Adén y en la isla Socotra.

El conflicto de Ogadén
Somalia es una joven república, nacida a la vida independiente en 1960, con enormes dificultades económicas y apenas tres y medio millones de habitantes. De la prolongada dominación colonial anglo-italiana heredó, entre otras cosas, una disputa territorial con su vecino etíope en torno a la región de Ogadén, rica en yacimientos de petróleo y gas natural. Al trazar las fronteras de la posguerra, los europeos colocaron esta zona bajo jurisdicción de Addis-Abeba, sin tener en cuenta que allí vive desde hace siglos una parte de la población somalí (hoy cerca de un millón de personas), la cual constituye el grupo étnico dominante. En 1964 se produjo la primera confrontación entre los dos países; para entonces ya se había fundado el Frente de Liberación de Somalia Occidental, auxiliado por las autoridades de Mogadiscio. Rodeada por Estados más fuertes (Etiopía y Kenia) y con regímenes pro yanquis hostiles. Somalia accedió en aquella época a los ofrecimientos de “ayuda” de la Unión Soviética, la cual exigió a cambio una base naval en Berbera, en el Golfo de Adén. En julio de 1974 se firmó un tratado de amistad entre los dos países. Cabe destacar que la URSS respaldaba públicamente las reclamaciones de Somalia sobre Ogadén, para lo cual equipó su ejército con armamento moderno, desde tanques T-54 hasta aviones Mig-21. Era la primera jugada del oso ruso en el Cuerno de África, aprovechando un conflicto entre dos pueblos del Tercer Mundo. Años antes, en 1971, Moscú había intentado asaltar el poder en Sudán por medio de un golpe militar que abortó.

El derrocamiento de Haile Selassie y posteriormente el afianzamiento de Mengistu en el gobierno etíope, colocaron a Rusia ante la posibilidad de convertirse en amo y señor de la zona. Empero, las hostilidades en Ogadén obligaron a los nuevos zares a tomar partido por Etiopía, al fracasar su propuesta, formulada en 1977 a través de Fidel Castro, de una federación de los tres países del Cuerno de África, bajo la égida del Kremlin.

Desde mediados de 1976, las guerrillas de los somalíes de Ogadén iniciaron una ofensiva contra las fuerzas etíopes, que para entonces sumaban unos 130.000 hombres. La guerra se prolongó durante todo el año de 1977 y, hacia noviembre, el Frente de Liberación de Somalia Occidental, apoyado por tropas de Mogadiscio, controlaba la mayor parte de la región en disputa. A partir de esta fecha empezó a montarse un gigantesco puente aéreo para suministrar a Etiopía armas desde la URSS y los países del Pacto de Varsovia. Además, Cuba envió en total 17.000 soldados bajo el mando de oficiales soviéticos a combatir a los somalíes. Como respuesta a la traición de Moscú, el presidente Siad Barre, expulsó al personal militar ruso de Somalia y clausuró la base de Berbera a los navíos de la armada rusa. En esos días, Carter afirmó candorosamente: “Deseo que podamos inducir a los soviéticos y a los cubanos a que no envíen soldados ni armas a esta zona y exhortarlos a realizar una pronta iniciación de negociaciones”. De su lado, el gobierno somalí declaró que “jamás capitularemos ante la Unión Soviética”. La contraofensiva etíope-cubana, comenzó en enero de 1978 y continuó hasta marzo, cuando los efectivos somalíes se retiraron detrás de sus fronteras. Las guerrillas de Ogadén prosiguieron combatiendo contra un enemigo mucho más poderoso y armado con los últimos adelantos de la industria bélica soviética.

En su visita a Addis-Abeba, en marzo de 1978, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Isidoro Malmierca, expresó el “respaldo total” de su país a Etiopía, a tiempo que Fidel Castro proclamaba que no podía ser neutral en la lucha entre “la revolución etíope y el agresor somalí”. Recordemos que pocos años atrás los reaccionarios eran los etíopes y los revolucionarios los somalíes, de acuerdo con la propaganda socialimperialista. Ahora los papeles se habían invertido, según las conveniencias de los rusos y sus paniaguados; ahora resultaba más ganancioso apoyar a la junta militar de Etiopía, para lo cual era necesario colocarle la etiqueta de “socialista”.

Apenas un año antes, el I Congreso del Partido Comunista Cubano había aprobado una resolución en que se decía: “Son cada vez mayores nuestros lazos estatales con países que forman parte del Movimiento de los No Alineados, y en particular con aquellos que como Yemen Democrático, Siria e Irak, en el Oriente Medio, y Argelia, el Congo, Guinea, Guinea-Bissau, Madagascar y Somalia, en África, proclaman su orientación socialista”. (Granma, enero 25 de 1976).

El 14 de marzo de 1978, Somalia evacuó completamente sus fuerzas de Ogadén y pidió que las tropas extranjeras hicieran lo mismo de la región del Cuerno, a fin de emprender las negociaciones en procura de una solución pacifica al problema. Sin embargo, Moscú y La Habana respondieron al unísono que no abandonarían su presencia allí, ya que los soldados habían sido “invitados” por Mengistu, “invitación” similar a la de Checoslovaquia en 1968, la de Angola en 1975 y la de Afganistán en 1979. A raíz de los sucesos del área del Golfo Pérsico, los Estados Unidos decidieron acercarse a Somalia, otorgándole créditos por 40 millones de dólares a cambio de poder utilizar el Puerto de Berbera para su flota del Índico. Queda claro, pues, que un diferendo entre dos países pobres y atrasados, que debía haber sido resuelto por medio de conversaciones, sirve de pretexto al expansionismo soviético para cimentar su influencia y da pie a la disputa de las dos superpotencias.

Genocidio en Eritrea
Tan pronto como hubieron cumplido su misión en Ogadén, los legionarios cubanos se concentraron en otra área de conflicto. Eritrea, única provincia de Etiopía que le da salida al mar. A través de la historia, eritreos y etíopes, no obstante su vecindad, siguieron caminos diferentes, lo que hizo que los dos pueblos dieran origen a naciones distintas. Mientras Etiopía, era un reino independiente, Eritrea fue colonia italiana entre 1885 y 1947; en la primera predomina la lengua amárica y en la segunda el árabe y el italiano; la religión mayoritaria en la primera es el cristianismo copto y en la segunda es el islamismo. Una vez derrotada Italia en la Segunda Guerra Mundial, los eritreos expresaron su aspiración de conformar un Estado aparte, a lo que se oponía Addis-Abeba. En diciembre de 1950, la ONU acordó reconocer la autonomía de Eritrea, dentro del marco de la corona Etíope, creando una federación con ésta. Sin embargo, en 1962 Haile Selassie se apoderó por la fuerza de la provincia autónoma, con lo cual se inició una prolongada guerra civil. Por aquel entonces, los Estados Unidos respaldaron militarmente a Selassie, mientras lo propio hacían la URSS y sus aliados con los grupos rebeldes de la región anexada, encabezados por el Frente de Liberación de Eritrea (FLE) y el Frente Popular de Liberación de Eritrea (FPLE). A partir de 1967, Cuba entrenó numerosos contingentes guerrilleros y no ocultó su simpatía por la causa independentista de los eritreos. A pesar de las desavenencias entre las diversas organizaciones insurgentes, éstas obtuvieron contundentes victorias sobre el ejército real, especialmente entre 1970 y 1977. En este último año, los frentes de liberación controlaban casi toda Eritrea y tendían cerco a las principales ciudades El triunfo parecía estar al alcance de la mano. Mengistu y sus secuaces, que desde un principio siguieron con respecto al problema eritreo la misma conducta anexionista y de opresión nacional del emperador derrocado, recurrieron a su padrino soviético para doblegar a somalíes y eritreos.

Los revisionistas, ya duchos en trampear y traficar con los principios internacionalistas, no vacilaron en cambiar de lado apostando a la carta de los militares de Addis-Abeba. Desde marzo de 1978, miles de soldados cubanos y oficiales rusos se pusieron al mando de la empresa de liquidar la rebelión del pueblo eritreo, al cual poco antes Moscú y La Habana calificaban de “heroico” y le suministraban apoyo político y logístico. El 26 de abril de 1978, en un discurso pronunciado durante la visita de Fidel Castro dijo que su país se ponía de parte de Etiopía, “para proteger su integridad territorial contra los separatistas eritreos”. Y para justificar la voltereta, los cabecillas del Kremlin y de sus satélites señalaron que el régimen de Mengistu era “una fuerza genuinamente progresista” y que el movimiento insurgente actuaba “al servicio de una conspiración internacional reaccionaria”, según palabras del mismo Castro. Se empezó así a librar una contienda en la que los dos bandos tenían entrenamiento soviético-cubano y armamento de la misma procedencia. Un dirigente del FPLE declaró, a mediados de 1979, refiriéndose a la penetración socialimperialista en Etiopía: “Los rusos están a cargo de la estrategia y supervisan la fuerza aérea y de mísiles, mientras los cubanos adiestran a los etíopes en la lucha contraguerrillera, los alemanes orientales son responsables de la seguridad y los checos supervisan la economía”.

Los cuatro millones de eritreos combaten con arrojo a sus enemigos, y, no obstante varias “ofensivas finales” lanzadas por Addis-Abeba, todavía mantienen en su poder amplias zonas rurales. Los intervencionistas rusos han venido empleando bombas de napalm y defoliantes para vencer la resistencia eritrea, con lo cual han causado inmensas pérdidas humanas y materiales. El gobierno de Mengistu, aunque había sostenido que la única solución al problema era militar, recorrió hace poco a las propuestas de negociar la paz. Los grupos guerrilleros manifestaron su disposición a conversar sobre la base de dos puntos: que Addis-Abeba acepte resolver la cuestión eritrea pacíficamente y empiece negociaciones sin condiciones previas, y que el régimen abandone su posición de “autonomía regional” para Eritrea y reconozca a la dirigencia del FPLE y el FLE. En una declaración dada a conocer a comienzos de de 1980, el FLE afirma: “El pueblo eritreo no desea la guerra. Luchará, como lo ha estado haciendo, con determinación y valor, hasta coronar los nobles ideales por los que ha combatido durantes más de 18 años”.

Cuando se daba comienzo a la agresión soviética en el Cuerno de África, V. Sofinski, director del Departamento de Información del Ministerio de Relaciones Exteriores de la URSS, dijo: “El Cuerno de África tiene, antes que nada, su significación militar, política y económica. La importancia de esta región radica en que está ubicada en la conexión entre Asia y África. Y, lo que es principal, en esta zona se encuentra la ruta marítima que une los países productores de petróleo con América y Europa”. Para el socialimperialismo resulta vital mantener incólume su influencia en esta zona con el fin de poder, en un momento dado, cerrar la vía del Canal de Suez y aislar a Europa y Estados Unidos de sus principales fuentes de combustibles. En el curso de los últimos cuatro años, la Unión Soviética mostró en el Cuerno de África su catadura expansionista y su traición a la causa de la liberación de los pueblos.

LA DIRECCIÓN DE FECODE: ENTRE EL AVENTURERISMO Y EL ENGAÑO

Abjurando de un principio defendido por dos años, la dirección de Fecode abogó el 22 de febrero por la unificación del sindicalismo “en un solo frente” sin deslindar terreno con los Cuevas y Hurtado en un sinuoso viraje hacia la órbita del Consejo Nacional Sindical. El mismo día salió en El Tiempo el alegato de la fracción revisionista reclutada en años de intrigas por los hermanos Otto y Omar Ñañez, que renegaron del MOIR sonsacándose a algunos directivos de la Federación Colombiana de Educadores. No resulta por ello extraño que la declaración publicada por esta última lleve el imprimátur de mamertos y liberales firmes, trotskistas y grupúsculos ml, quienes han decidido conformar con los desertores una cerrada alianza en la organización magisterial.

Poco tiempo tardaron estos vergonzantes catecúmenos del revisionismo en adherir a la llamada Coordinadora Nacional de aquellos sectores que no admiten el CNS en sus niveles de dirección, y en embarcarse en forma irresponsable, posando de super-héroes, en la consigna de un paro indefinido para el magisterio. Pero viendo que eran adversas las circunstancias, cosa que ya el MOIR había advertido, recularon 36 horas antes de la fecha prevista para la iniciación de la aventura. Y así, la coalición oportunista comprometió temerariamente a los institutores al impulsar la huelga, y al levantarla les mintió, presentando cual gran conquista una minuta insubstancial y burlesca del ministro del ramo.

La posición del MOIR
El 27 de enero, la junta nacional ampliada de Fecode había resuelto proponer el paro indefinido, ratificable en marzo, con los siguientes objetivos: presionar el aumento de salarios exigido por los maestros; garantizar la adecuada asistencia médica a través de una caja nacional de previsión; asimilar a favor del magisterio las cuatro primas legales vigentes para los demás empleados oficiales, y echar abajo el régimen disciplinario reglamentario en forma arbitraria por el gobierno.

Por varios factores, la huelga indefinida no contó con posibilidades concretas de realización: primero, la influencia de la política oportunista del CNS, cuyos más caracterizados voceros han defendido incondicionalmente las principales medidas del régimen; segundo, el reflujo de las luchas populares, y tercero, el recrudecimiento de la represión del gobierno, envalentonado por los triunfos fáciles obtenidos contra el anarquismo y el foquismo. Estos factores coinciden con la deserción de algunos directivos de Fecode que abandonaron las filas del MOIR y echaron por la borda la política revolucionaria. También hay que anotar, por último, que Turbay decretó unilateralmente el aumento salarial para el magisterio.

Ante el pleno magisterial del 19, 20 y 21 de marzo, nuestro Partido subrayó el evidente retroceso de la dirección de Fecode hacia las posiciones claudicantes y la desfavorable situación a escala nacional, razones por las cuales consideró inoportuna y oportunista la huelga indefinida propuesta, y no le dio su voto afirmativo. Señaló como una pifia la fecha del 6 de abril planteada para la hora cero, por estar próxima la Semana Santa, lo que prácticamente convertiría el movimiento en una simple jornada de cuatro o cinco días. Criticó la amplitud de los objetivos, aumentados a más de treinta, ya que daba pretextos al gobierno para desorientar al magisterio y permitía al tiempo la evasiva de los autores y los actores de la comedia, que en esta forma se podían más tarde lavar las manos. Y para concluir, la militancia del MOIR expresó de nuevo su decisión de someter a la democracia sindical y de impulsar incluso el paro, si este resultaba aprobado. No sobre decir que el Partido Comunista, la fracción de los Ñañez, Firmes y las capillas ml, confabulados en el pleno, lograron imponer por mayoría el cese indefinido de actividades.

El PC al asecho
José Fernando Ocampo, miembro del comité ejecutivo de Fecode y dirigente nacional del MOIR, explica las razones que llevaron al oportunismo a decidirse a favor del susodicho paro: “Los desertores cacarearon en las páginas de El Tiempo que nuestro Partido había renunciado a dirigir las luchas del pueblo. Esta posición los obligaba a proponer la huelga indefinida, sin detenerse a examinar las condiciones del momento. Tenían que probarle al país que su salida del MOIR les iba a permitir encabezar movilizaciones de masas. Los mamertos, por su parte, que andaban al asecho desde el congreso de Cúcuta, saludaron el resbalón de la secta divisionista, respaldaron la consigna de paro y comenzaron a dirigir sin esfuerzo alguno el bandazo político de Fecode. Pero después del pleno se vieron unos y otros encartados con una iniciativa que les quemaba las manos, cuyos objetivos fundamentales no tenían salida a corto plazo y cuyas manifiestas debilidades les anunciaban el fracaso. Esto lo sabían tanto los desertores como los revisionistas y, pese a ello, se lo ocultaron a las bases, engañándolas miserablemente”.

La súbita retracción de la orden de paro, el 4 de abril, fue la confirmación cabal de que el MOIR tenía la razón cuando advirtió que no existían factores favorables para el cese de actividades. Pero en vez de reconocerlo así, autocríticamente, los ejecutivos de la Federación salieron a informar con descaro que habían conseguido buena parte de las metas fijadas. En realidad, se arrepintieron ante la insulsa carta del ministro Albán, que no entrañaba ninguna concesión de importancia y sí un rosario de promesas. Por ejemplo, sobre asistencia médica, el mencionado funcionario aseguraba: “En circular que suscribimos con el señor Ministro de Gobierno me he dirigido a los señores Gobernadores pidiéndoles tomar las medidas necesarias para la prestación eficiente y oportuna de los servicios asistenciales”. Y sobre el régimen prestacional: “Estoy de acuerdo en que se elabore un proyecto de ley, (…) el cual deberá ser presentado a la consideración del Congreso en su próximo periodo de sesiones”. Y sobre el retroactivo salarial: “El pago, se hará, en todo caso, antes de las vacaciones a mediados de año”. ¡Tales son las ridículas ofertas que se presentan a la base como grandes conquistas!

Denunciar el engaño consumado por los directivos y agitar las banderas de la independencia y la unidad revolucionaria del movimiento sindical, he aquí los imperativos del momento. Miles de maestros se han pronunciado en todo el país para exigir que el próximo congreso nacional de Fecode eche por tierra al oportunismo. El MOIR apoya con decisión tan justo reclamo.

VÍNCULOS DE AMISTAD CON PARTIDOS HERMANOS

Como parte de sus deberes internacionalistas, el MOIR ha iniciado una serie de contactos con varios partidos y movimientos revolucionarios del Hemisferio, los cuales llevan a cabo la lucha por la liberación nacional de sus pueblos contra el imperialismo yanqui, combaten al socialimperialismo soviético y sus agentes y pugnan por el socialismo. Las conversaciones y los intercambio efectuados entre nuestro Partido y las organizaciones hermanas redundarán en beneficio del acercamiento solidario de todos los auténticos revolucionarios y patriotas de América.

Saludo a camaradas dominicanos
El 23 de octubre de 1980 se celebró en Santo Domingo, República Dominicana, el III aniversario de la fundación de la Unión Patriótica (UPA), organización creada en 1977 y que integran el Partido de los Trabajadores Dominicanos (PTD) y prestigiosas personalidades. Enrique Daza, miembro del Comité Ejecutivo Central del MOIR, presentó a los asistentes el saludo internacionalista de los revolucionarios colombianos. Posteriormente, Daza se entrevistó con Franklin Franco e Iván Rodríguez, presidente y secretario general de la UPA, respectivamente, y con líderes campesinos y obreros. También se reunió con dirigentes del Comité Pro-fundación del PTD.

La Unión Patriótica se define como “una organización democrática y antiimperialista”, que lucha por la instauración de un gobierno “que conquiste la independencia y soberanía nacionales” y liquide “la dominación económica, política, militar y cultural de los monopolios norteamericanos y las clases reaccionarias que les sirven de sostén”.

Condena “a las grandes potencias imperialistas que ejercen una política de dominio colonial y neocolonial sobre muchos países de Asia, África y América Latina, y libran una gran disputa por la hegemonía mundial”. Plantea una reforma agraria “que materialice el principio de la tierra para el que la trabaja”, y apoya “la lucha de los pueblos del Tercer Mundo por su autodeterminación”.

El frente busca agrupar a todas las “fuerzas progresistas y personalidades democráticas independientes”. Por ello, el III Aniversario fue planteado como un encuentro amplio de carácter nacional y a él asistieron, además de las organizaciones integrantes de la UPA, el Movimiento Popular Dominicano (MPD), el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y la Unión Comunista Revolucionaria (UCR), con las que se acordó proseguir unificadamente el combate contra la tiranía pro yanqui de Antonio Guzmán.

Las tendencias marxista-leninistas dominicanas tuvieron que abrirse paso en medio de las contracorrientes oportunistas de “izquierda” y de derecha, que, o bien cayeron en posiciones foquistas, o bien se dedicaron a colaborar con los regímenes títeres, como fue el caso del Partido Socialista Popular de orientación pro-soviética. Al comenzar el decenio del 70 surgieron, sin embargo, tres organizaciones Voz Proletaria, Línea roja y Bandera Roja, todas ellas identificadas en el combate contra las concepciones cubanistas y en la necesidad de construir un partido, de vincularse al movimiento obrero, de apoyarse en los propios recursos y de combatir el revisionismo armadas, con el pensamiento de Mao-Tsetung.

En septiembre de 1975 dichos grupos crearon un comité de unidad, el cual participó más tarde en una campaña electoral e ingresó dos años después a la Unión Patriótica (UPA), respaldando un programa nacional y democrático. En abril de 1979, al aprobar la fusión definitiva, las tres fuerzas acordaron fundar el Partido de los Trabajadores dominicanos (PTD), cuyo primer congreso tuvo lugar en enero del presente año.

El MOIR respalda a los camaradas de la República Dominicana en su lucha por arraigar el partido entre las masas de campesinos y obreros, y se une a ellos en la gran batalla contra el revisionismo, el hegemonismo soviético y el imperialismo norteamericano.

Avances revolucionarios en Perú
A mediados de enero del año en curso, Enrique Daza sostuvo varias entrevistas con cuadros dirigentes de organizaciones de izquierda peruanas como el Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, el Partido Revolucionario (Clase obrera) y la Vanguardia Revolucionaria Proletaria Comunista,

El Partido Comunista del Perú fue fundado el 7 de octubre de 1928 por José Carlos Mariátegui, el cual sentó las bases para la creación de un núcleo político comunista. Después de la muerte de su fundador, el partido cayó en manos de dirigentes reformistas que lo condujeron al revisionismo y a la claudicación. Sin embargo, debido al auge de las luchas de las masas y de la amplia difusión de la polémica de Mao Tsetung contra el revisionismo soviético, entre 1964 y 1969 son expulsadas del PCP las camarillas oportunistas, lo cual constituye un viraje decisivo en la historia partidaria. Fruto de esta lucha interna es el surgimiento del Partido Comunista del Perú “Patria Roja”, única organización que se opuso consecuentemente a la dictadura militar, entre 1968 y 1980, con la consigna de “desechar las ilusiones del reformismo y persistir en la revolución”.

En los tres procesos electorales celebrados entre 1978 y 1980, el PCP ‘Patria Roja’ adoptó tácticas correctas, encaminadas a afianzar sus vínculos con las masas desposeídas y denunciar el régimen oligárquico.

El MOIR brinda su apoyo solidario a los camaradas peruanos en su combate revolucionario por alcanzar la liberación nacional y las transformaciones democráticas que necesitaban las masas oprimidas del país hermano.

Enrique Daza también sostuvo conversaciones con el Secretario General del Partido Comunista Boliviano M-L, Oscar Zamora, y con líderes de organizaciones populares y antiimperialistas como Vanguardia Obrera Campesina Ecuatoriana (VOCE) y el MAPU-Partido de los Trabajadores de Chile. Asimismo, se están adelantando contacto con el Partido Comunista Obrero M-L del Canadá.