Banderas de la juventud colombiana

“Capítulo aparte merece la portentosa lucha de la juventud colombiana. El actual movimiento estudiantil no tiene paralelo en la historia del país. En primer lugar, por la claridad de sus objetivos, ya que en esta ocasión la juventud y los estudiantes han dirigido su justa ira contra el enemigo principal, el imperialismo yanqui y contra sus aliados, la gran burguesía y los grandes terratenientes, que le imponen a Colombia una cultura neocolonial, y han consignado en su programa de lucha, en el Programa Mínimo de los Estudiantes, la defensa de una cultura nacional, científica y de masas como base de la reforma revolucionaria de la universidad colombiana. En segundo lugar, porque el movimiento ha contado, precisamente por la claridad de sus objetivos y su acertada dirección, con la participación combativa de los universitarios de toda Colombia, los estudiantes de secundaria, los profesores y sectores progresistas de las directivas universitarias, ganando el respaldo de los obreros, los campesinos, y el resto del pueblo…

El actual movimiento de la juventud deja una gran enseñanza a toda la sociedad colombiana; sus banderas constituyen una verdadera revolución en el campo de cultura. Es el enfrentamiento de la nueva cultura nacional, científica y de masas, defendida por los obreros, los campesinos y el resto del pueblo contra la vieja cultura antinacional, anticientífica y antipopular, defendida por el imperialismo yanqui y sus colaboracionistas colombianos. Es una lucha no sólo de los estudiantes, sino también y fundamentalmente del proletariado y del resto del pueblo, una lucha que hace parte del gigantesco proceso de nuestra revolución”. (Francisco Mosquera, Tribuna Roja, Nº 1, julio de 1971).

Se porfía en la entrega

“En cuanto atañe a los pueblos del Continente, encargados de pagar los trastos rotos de la extorsión, el latrocinio y el despilfarro, no hay motivo para tontas consolaciones. Frente al desbarajuste actual, las oligarquías vendidas al imperialismo no conciben, en razón de su catadura y de los lazos que las atan a éste, ninguna opción distinta de la de porfiar en las relaciones económicas y en las caducas formas republicanas de opresión que han conducido a Colombia a la indigencia y a la indignidad. Ni siquiera a los segmentos más descontentos, de la burguesía nacional, y no obstante sus protestas cada vez más encendidas, la agudización de las contradicciones les ha ayudado a deponer sus posturas conciliatorias e intentar unas fórmulas que se compadezcan con las urgencias del país y con los anhelos libertarios de las mayorías. El proletariado es la única clase que no habrá de desfallecer, ni de desistir del cometido histórico de encauzar hacia la emancipación definitiva, las abigarradas vertientes populares, democráticas y patrióticas que agitan el ambiente político de la nación.

Se confirma de nuevo la justa teoría del MOIR de que el frente único antiimperialista ha de estar inspirado en un programa que, aunque tolere y estimule hasta cierta medida el capitalismo, elimine sus expresiones monopólicas a través de la confiscación y el control de un Estado revolucionario, y al tiempo rompa toda coyunda del extranjero. Obstinarse en forjarlo alrededor de las claudicantes postulaciones burguesas, arguyendo su máxima amplitud y su expeditiva hechura, sólo demoras y frustraciones acarrearía. El hundimiento económico, que ha puesto de relieve esta concluyente enseñanza de nuestro Partido, ha de servirnos de laboratorio para asimilar a fondo las leyes sistematizadas por Marx acerca de las perturbaciones cíclicas del modo de producción capitalista. Necesitamos comprenderlas mejor a fin de contribuir eficazmente a la instrucción de los obreros y de los campesinos, rebatir las falacias de los explotadores y del oportunismo y dotar nuestra táctica de un consistente soporte científico.

Debemos cuidarnos de dos enfermedades típicas de coyunturas como la que atravesamos: el desespero y el desánimo. Tropeles de confusas personas, que la dura situación anonada, se escudan, bien en las temerarias e infecundas proezas del anarquismo, bien en las desmoralizadoras resignaciones del abatimiento. La crisis no es el toque a generala de la revolución. Por ello conmociones tan caóticas como el crac de 1929 no redundaron en Estados Unidos, o en otras partes, en un resurgimiento efectivo de la lucha política del proletariado, y a la postre viraron hacia él arraigo de la reacción en todos los órdenes. Y en la actualidad, cuando Colombia presencia por oleadas la quiebra de sus empresas y el retroceso de sus actividades agropecuarias, cuando tiene que destinar a la cancelación de la deuda externa casi el total de los ingresos por concepto de la exportación de su principal producto, el café, y en campos y ciudades germinan como nunca antes el desempleo y la miseria de sus habitantes, cuando los dirigentes de la alianza burgués-terrateniente al mando no visualizan solución para sus falencias en lo que falta del siglo y entre ellos prima el descontrol, irrumpen los instigadores de las prácticas extremoizquierdistas a proponer el remozamiento del país por medio de la pacificación dialogada y la “apertura democrática”.

El armisticio concertado en La Uribe entre las Farc y el gobierno no insta de suyo a transformaciones sustanciales. El trato se limita a que la comisión oficial, conformada para tal fin, “da fe” de la “amplia voluntad” del Ejecutivo en cuanto a las enmiendas dirigidas a cimentar el predominio de la constitución y del derecho. Allí, a más de contemplarse la eficiencia de la justicia y del aparato administrativo, la elevación de la moral pública, la elección de los alcaldes, la función y el profesionalismo del ejército y hasta el mejoramiento de la fraternidad republicana, se persigue “una” reforma agraria y se avizoran los “constantes esfuerzos” por la salud, la vivienda, el empleo y la educación. El adefesio no está en la omisión de las reivindicaciones básicas. Este sería mayor si no se les hubiere omitido, pues significaría recabarle al Estado no que arregle su aspecto sino que se autodestruya por temor a una guerra ofrecida o por pasión a una paz obsequiada.

La insensatez de aquellas agrupaciones se expresa en que, después de haber librado una lucha armada por casi dos décadas y sin importarles la ausencia de las condiciones mínimas insurreccionales, por lo cual se vieron día y noche impelidas a forzar la beligerancia de la población y a recurrir a modalidades de financiamiento políticamente improcedentes de improviso, y con el objeto de adecuarse a los zigzagueos soviéticocubanos en América Latina, resuelven izar la enseña blanca e impetrar la amnistía, el diálogo, la tregua y el indulto, a cambio de unos miserables remiendos a la república oligárquica que en el mejor de los casos sólo tendrán el don de reencauchar el destartalado prestigio de los próceres del bipartidismo tradicional; y todo en un momento crítico en que el régimen pasa crujías socorriendo a los banqueros q industriales, autorizando los despidos masivos de trabajadores y recortando su propia nómina, para sobrevivir. Combatir veinte anárquicos y costosos años para rejuvenecer la centenaria carta de Núñez es como derribar un árbol para cazar un mirlo.

Si el oportunismo jamás tuvo en cuenta la conciencia ni el grado de preparación política y organizativa de las masas populares, ni la correlación de fuerzas con el enemigo de clase, es decir, los elementos que perfilan la táctica revolucionaria, y adujo siempre cual único argumento de sus aventuras la urgencia del cambio social, no sorprende que reduzca éste a unos cuantos retoques parlamentarios cuando decide suspender sus acciones terroristas y foquistas. No dirán: “Nos equivocamos; las circunstancias eran adversas para el levantamiento bélico”, con lo cual le ahorrarían más sangre innecesaria a la causa que aseguran defender, prestándole un gran servicio al cabo de tantos palos de ciego. Pero no. Continuarán empecinados en que la insurrección se justifica en cualquier eventualidad política y no obstante los estragos que su artificioso estallido pueda ocasionar en el seno del pueblo y en las huestes de la revolución; así como se exculpan las “aperturas” hacia los directorios liberales y conservadores, las entrevistas clandestinas con el presidente, las festivas visitas a Palacio, las afinidades reformistas con el belisarismo, en medio de la peor catástrofe económica, en la cual la burguesía restituye su cuota de ganancia a costa de los salarios y las conquistas laborales, y el empobrecimiento generalizado y la descomposición social demandan sin más dilaciones una respuesta rotunda y ajena a los burdos despliegues de la minoría opresora.

Aunque no hayamos salido del aislamiento nos corresponde llenar el vacío. Si no hubo en el pasado la tan anunciada y amedrentadora guerra popular, tampoco habrá en el futuro la paz convenida. Los secuestros, por cuya unánime condenación los Ardila Lulle les rinden tratamiento de Bolívares a los Pancho Villas colombianos, proseguirán, y proseguirán con sus connotaciones proselitistas, gracias a que el irreversible colapso de la nación proporciona el sustrato y las premisas sociales para que insurrectos errantes, valiéndose de llamativas siglas, prefieran aligerar la bolsa de los ricos a destronarlos.

Al MOIR, un partido insobornable y proscrito por sus inconfundibles detractores, forjado no sólo dentro de la ruina acuciante de Colombia sino contra la resaca ideológica de dos calamitosos decenios, que no ha torcido su rumbo ni enturbiado su estilo con las malas mañas de la delincuencia común, le sobran combatientes del temple de Luis Acevedo y Arcesio Vieda y autoridad moral para capitalizar políticamente la descapitalización del país, e ir por los fueros de las concepciones y procederes que sacarán airosa a la clase obrera. Por traumáticos que fueren, los efectos de la crisis, no lograrán desquiciarnos ni doblegarnos, puesto que no ignoramos que las bancarrotas periódicas trastornan y debilitan a la burguesía pero no la eliminan. La sociedad basada en la explotación del trabajo asalariado encuentra la forma de recuperarse de sus espasmos recesivos, y los capitalistas no sucumben por razones propiamente económicas. A éstos, para verlos en el suelo, hay que tumbarlos”.

Vigencia histórica del marxismo

“Si ha habido un método ideológico que cimiente su pujanza en la ninguna resistencia a la evolución; en la predisposición a ajustarse o aprovecharse de las modificaciones que traen consigo los procesos naturales y sociales y los adelantos de las ciencias, ésa es la concepción del mundo elaborada por Marx y Engels. No configura un dogma cerrado o acabado al que ya nada ni nadie consiguen enriquecer, o que se marchite ante la marcha incesante de los acontecimientos. Su fundamento materialista y dialéctico le permite mantenerse al día y a la vanguardia del combate por los cambios en la naturaleza y la sociedad, y requiere, por ende, de las contribuciones que de cuando en cuando efectúan los portadores del progreso de los diversos países. Existe sólo a condición de que se innove. De ahí el interés que muestran las capas “cultas” para mantenerlo, contrariando su esencia, como un compendio disecado, sobre el que suena bueno lucubrar doctoralmente, mas al que hay que anularle cualquier incidencia creadora en los hitos de la revolución mundial, mientras no sea para achacarle los fracasos. Pero el pleito es gratuito. Los sucesos de aproximadamente ciento cuarenta años, desde el momento en que aquél quedara estructurado en sus rasgos fundamentales hasta hoy, ponen de manifiesto sus inmensas repercusiones, y que, distante de perder lozanía, se halla cada vez más resplandeciente, más actualizado, más victorioso. Justamente la frustración de las grandes gestaciones revolucionarias en dicho transcurso ha de abonársele a la revisión u omisión del marxismo y no a su puntual observancia.

Los lineamientos teóricos dilucidados por los autores de La ideología alemana comienzan a perfilarse en el periodo en que las masas obreras de las naciones industrializadas de entonces ensayaban sus ataques contra el orden burgués establecido; contra ese mismo orden tras el cual se habían movilizado a la zaga de sus explotadores durante las rebeliones antifeudales, y que luego, sin comprenderlo muy bien, se volvía contra ellas y aparecía como la primera causa de su sojuzgación y la razón última de todas sus desgracias. La “igualdad” prometida no era más que un formalismo legal para encubrir la esclavitud asalariada. La “libertad” estatuida garantizaba únicamente las transacciones mercantiles del capitalismo, en las que al trabajador se le estima cual una mercancía más. Y la tan socorrida “fraternidad”, prohibida para los desposeídos, no pasaba de ser la que brinda el dinero. El proletariado europeo salta a la palestra en las décadas iniciales del siglo XIX y por su cuenta y riesgo emprende los embates contra la nueva extorsión sacralizada, pregonando con su rebeldía el asomo de un enorme sector social que, a semejanza de los anteriores, se reservaba también el derecho a moldear el mundo conforme a sus propias conveniencias… A Marx le corresponde la distinción de proporcionarle el sustento a esta lucha y de dotar, a los artífices recién surgidos, de los materiales ideológicos indispensables con qué culminar la obra transmutatoria. El marxismo, que no irrumpe en ninguna otra época pretérita por ausencia de las condiciones reales que lo hicieron posible, inaugura una era entera en la historia de la humanidad. De no haber sido del cerebro germano nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818, aquellas herramientas espirituales hubieran brotado de cualquier otro, porque toda alteración en la estructura económica se refleja inexorablemente en las instituciones y demás campos de la actividad social, con sus respectivos conflictos entre segmentos de la población, bandos, dirigentes, ideas, etc., y el proletariado de cualquier modo se habría armado y pertrechado para su justa. Esto no lo ignoramos; pero asimismo podemos estar seguros de que la contextura marxista en que encarnó tal necesidad histórica luce irreemplazable por la hondura del examen, la vastedad de los temas, la belleza de la forma. Para lograrlo Marx ha de empeñarse en el análisis del capitalismo y probar que éste no integra la etapa definitiva sino que representa un escalón más del desarrollo, y que, cual los precedentes, nace y perece al cumplir su ciclo. Acaba con los sueños de la eternización del régimen burgués, al verificar que éste, al igual que los otros, perecerá cuando el incremento constante de las fuerzas productivas se vea estancado por las relaciones de producción que antes lo favorecían. Máxima ley de todos los sistemas que han prevalecido y que bajo el capitalismo se expresa particularmente en la antítesis entre el alto grado a que llega la socialización de la producción, de una parte, y de la otra, la distribución anárquica y la apropiación individual de los instrumentos y medios de la misma…

El marxismo es fruto y semilla de lo mejor del intelecto humano, del cual recoge cuanto fuere rescatable, desechando lo que riña con la realidad o la falsee, y al cual le retribuye generosamente, tan sólo restringido por las limitaciones y el penoso ascenso del saber científico. Así como Marx fue implacable con toda superstición religiosa, filosófica o de cualquier otra índole, recibía con gozo juvenil las revelaciones de un Darwin, de un Morgan o de un Laplace. Hereda la dialéctica hegeliana, pero la voltea, ya que, cual él mismo decía, se hallaba invertida, con los pies hacia arriba, corrigiéndole su arrevesada inspiración idealista. De Feuerbach adopta su postura materialista en la medida en que ciertamente lo era. Y de la conjunción de estas porciones incompletas de la filosofía alemana acopla su clarividente y armónica concepción y su método elemental y exacto: el materialismo histórico y dialéctico. Es la materia la que gobierna al espíritu, no al contrario; y nada está estático sino que todo circula y se modifica permanentemente. Marx halló que la primera necesidad de los hombres estriba en proveer los medios con qué mantenerse y procrearse, para lo cual han de entrar en determinadas relaciones entre sí, el piso real que condiciona el resto de las manifestaciones sociales, como el Estado, la política, la cultura, en suma, la superestructura de la sociedad. Aunque las alteraciones en la base económica acarrean las mutaciones en la superestructura, y ello sea lo principal, ésta también evoluciona por sí misma e incide sobre aquélla, y a veces de manera decisiva, cual sucede en los desenlaces revolucionarios. Otro tanto pasa en la naturaleza, en donde las cosas cambian y se influencian mutuamente, alternándose los papeles en el curso de su desenvolvimiento. Lo que ora es efecto, luego actúa de causa y viceversa. Lo que se desempeña como general en un contexto, en otro lo hace de particular. Lo que ayer fue especie, mañana será familia, y así hasta el infinito…

Asimismo, ayudándose con el repaso crítico de la economía política inglesa y desarrollando los ingentes esfuerzos investigativos al respecto, el redactor en jefe de la Gaceta del Rin desentraña los misterios del valor de uso y del valor de las mercancías como sustratos, respectivamente, del trabajo concreto o útil y del trabajo abstracto o social; y corre el velo al secreto de la ganancia y del enriquecimiento del capitalista al averiguar la plusvalía y al explicar cómo ésta no es más que la parte no retribuida del trabajo del obrero, y que acumulada en las manos de aquél se convierte en fuente de la fortuna y la omnipotencia de unos pocos y de la ruina y el sometimiento de muchos. El asalariado vende su fuerza de trabajo, una mercancía cuyo costo equivale al mantenimiento suyo y de su familia y que al usarse, o consumirse en trabajo, crea un producto superior, con el cual se cubre dicho costo, quedando un excedente, que es el que se embolsa el dueño de la fábrica. A la par con la acumulación capitalista ocurren el auge constante y acelerado de la producción, la relegación del operario por la máquina y el descenso de la cuota de ganancia, fenómenos que se traducen en crisis periódicas que obligan al capitalismo a suspender drásticamente su carrera, la que reinicia de nuevo, sólo después de que haya eliminado buena cantidad de sus fuerzas productivas con la quiebra de las empresas y el despido de los obreros. Un modo económico que condena a la indigencia a millones y millones de personas a tiempo que permite la mayor eclosión de bienes; riquezas colosales que carecen de pronto de quiénes las compren y disfruten, y muchedumbres abigarradas de hambrientos que sucumben ante una opulencia jamás vista”.

Los colombianos decidirán su porvenir sin intromisión ajena

“El movimiento unitario que de tiempo atrás vienen gestando las fuerzas revolucionarias colombianas se desplaza a paso de carga, fortaleciéndose cada vez que en su camino, brotan obstáculos artificiales o reales que pretenden vanamente contenerlo y ganando con el transcurrir del calendario en extensión y profundidad… Una política consecuentemente unitaria, que no inventa pretextos para excluir a las organizaciones y personas dispuestas a batallar hombro a hombro con nosotros contra el imperialismo norteamericano y sus lacayos que depauperan y deshonran a Colombia; una política que no florece ni marchita ramilletes de candidaturas presidenciales, según vayan aconsejando circunstanciales intereses de secta, ni sacrifica la gran batalla por el frente único antiimperialista, a cambio del inoportuno y pequeño pleito por aislar a uno o varios partidos susceptibles de contribuir al debilitamiento de los enemigos principales; una política, en fin, que no necesita recurrir a la amenaza ni al halago, porque se halla sólidamente engastada sobre una base inmodificable de principios, por los cuales hemos luchado, hasta generalizar el convencimiento de que la unidad del pueblo únicamente será viable mediante la observancia de tales principios mínimos y definitorios.

… Después de haber hecho conciencia de que su triunfo en esta etapa será fruto de la alianza de todas las clases, sectores y partidos antiimperialistas, ha estado inclinando a su favor la prolongada contienda porque dicha alianza se concrete en tomo a un programa que contemple las reivindicaciones fundamentales económicas y políticas de las diversas fuerzas integrantes del pueblo, y a través de la estricta aplicación de unas normas democráticas de relación y funcionamiento. Los conatos de frentes revolucionarios en Colombia han fracasado o por falta de claridad acerca de los, postulados programáticos o por desconocimiento de la democracia en su organización. Por eso no transigimos cuando se intenta prescindir o socavar estas dos piedras angulares dé la unidad.

Ustedes recuerdan que no hace mucho ciertos grupos de los que prefabrican argumentos para poder combatirnos, nos increpaban injustamente el que no tuviéramos una concepción de largo alcance del frente, sino criterios meramente electorales del mismo. Olvidando esta acusación, algunos de ellos, ante la evidencia de que los plazos de espera se han vencido y de que entramos por la fuerza de los días en el terreno de las definiciones, nos han propuesto a última hora que elaboremos una simple plataforma programática electoral, sin pretensiones estratégicas, a la cual nos sumemos todos e impidamos la división de la izquierda. Es decir, que se merme el programa para que se engrose el frente. ¿Cuáles serían los objetivos de semejante avenimiento? Batallar contra la carestía, contra el desempleo, contra el hambre, contra el analfabetismo, contra el estado de sitio, contra las reformas oligárquicas y en pro de una que otra reforma progresista. En una palabra, que utilicemos el debate electoral para arremeter primordialmente contra los efectos de la crisis de la sociedad que agoniza y silenciemos las causas y las soluciones revolucionarias de aquélla. Triste papel para una revolución que además de ir a elecciones manipuladas por sus enemigos y de someterse por su relativa debilidad a comicios cuyas reglas de juego son la negación misma de la democracia, renuncia voluntariamente a la única ventaja que le reporta la lucha electoral, cual es la de educar y organizar al pueblo con las explicaciones justas concernientes al origen de todos los males de la nación y de las masas, sin dejar de condenar concretamente a los beneficiarios y sustentadores del orden caótico y despótico que languidece, y sobre todo con la propaganda y agitación de las transformaciones revolucionarias que pide y permite el desarrollo social del país”.

Ave de rapiña más vigorosa y joven

“En 1939, el capitalismo se había extendido ya por el globo entero y hasta las sociedades más rezagadas empezaban a saber del obrero de fábrica y de la burguesía criolla, clases permeables a las ideas liberadoras y cuyas inquietudes bullían con la guerra, con el cómico cuadro de la pusilanimidad de los rectores de Europa y con las intrigas de unos aliados contra otros. Cuando De Gaulle, en medio del vendaval, caló la determinación de Siria y el Líbano de no admitir más por las buenas la burocracia extranjera y de funcionar con administradores nativos, expresó la esperanza de que aquellas colonias, después de que “alcanzaran la independencia”, todavía “tendrían mucho que ganar y nada que perder con la presencia de Francia”. El General, como colonialista consumado y ante lo inevitable, sintetiza en sus palabras el quid del neocolonialismo: conservar en la nación saqueada y oprimida la presencia del imperialismo saqueador y opresor, a pesar de la independencia política de aquélla. Por supuesto que ni la Cruz de Lorena ni De Gaulle serían los principales usufructuarios de la nueva teoría.

Un ave de rapiña más vigorosa y joven, made in USA, se cernía sobre los países esclavos y traía consigo el bálsamo redentor de las reformas republicanas y el mensaje de la libertad formal, con base en los cuales serían restañadas las heridas y erigida otra comunidad de naciones, su propia comunidad. Mientras el lenguaje simula innovación, el dólar americano sigue reafirmando su preponderancia hasta configurar la divisa internacional en que obligatoriamente se tasan los negocios. En la Carta del Atlántico, programa de guerra suscrito por Roosevelt y Churchill, en agosto de 1941, se lee que los signatarios “respetan el derecho de todos los pueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y aspiran a que aquellos que están privados por la fuerza de esta libertad, recuperen el derecho a la soberanía y a la autodeterminación”. De tal manera, presentándose como los portaestandarte de la democracia, los Estados Unidos tejieron su singular sistema colonial que les permitiría, por los cinco continentes, invertir ingentes sumas de capital, apoderarse de los yacimientos y recursos naturales estratégicos, vender sus mercaderías y aplastar la competencia. Muchas prebendas reporta el nuevo mecanismo a los estranguladores de pueblos, además de la demagogia que hacen. Sus inversiones y empresas están comúnmente al cuidado de los ejércitos fantoches, ahorrándose los gastos de guarnición dentro de muchos de los países sometidos. Las administraciones locales, elegidas ojalá por sufragio, son el blanco visible de las iras populares; y cuando el desprestigio las mina y la prudencia aconseja reemplazarlas por otras camarillas, el sistema no sufre demasiado, porque anda igual con liberales o conservadores, oficialistas u oposicionistas, socialdemócratas o revisionistas. Obsérvese que la estabilidad de los gobiernos de las neocolonias marcha en proporción inversa a la inflación, al alto costo de la vida, a la miseria de las gentes, males causados por la insaciable voracidad de los magnates de la metrópoli.

Lo arriba descrito no significa, sin embargo, que la Casa Blanca haya renunciado a conducirse como solían hacerlo los antiguos déspotas. Ella también ha movilizado sus tropas y flotas por todas las latitudes, ha invadido, ocupado y establecido bases militares en territorios ajenos; ha asesinado, arrasado e incendiado. La democracia proimperialista, como lo recuerda el MOIR a cada paso, no excluye el estado de sitio, el Estatuto de Seguridad, la tortura, o el golpe cuartelario. Lo importante de entender es que la implantación generalizada del neocolonialismo sobre las naciones pobres y débiles cimienta la tan olvidada tesis del leninismo de que ninguna democracia, ninguna especie republicana de gobierno, ningún “derecho humano”, impide la explotación económica de los países por parte del imperialismo. Sólo la revolución liberadora dirigida por el proletariado, en último término el socialismo, interpondrá la muralla impenetrable para los ardides de financistas y banqueros e inexpugnable para la violencia reaccionaria. El ignorar estos principios desfiguró a un sinnúmero de partidos comunistas, en cuya degeneración llegaron, después de la guerra, a entonar alabanzas a Roosevelt, porque el munífico prócer se tomaba la molestia de engatusar a los pueblos con las pláticas contrarrevolucionarias sobre la largueza y las bondades de sus patrocinadores, el hampa de Wall Street”.

El problema agrario en Colombia

“Las reivindicaciones del movimiento campesino constituyen parte sustancial de nuestro programa revolucionario. Ya hemos dicho que Colombia tiene un problema agrario que debe resolver. ¿Cómo se expresa? Antes que nada en la estructura de la tenencia de la tierra y en las formas atrasadas de producción. Al lado de los grandes latifundios que abarcan la mayor cantidad de las mejores tierras, pulula el minifundio.

Tanto una como otra forma de propiedad materializan frenos a la producción agropecuaria Los campesinos carecen de tierra para laborar y los terratenientes explotan sus grandes fincas recurriendo a la mano de obra campesina, mediante las más variadas manifestaciones de servidumbre, a menudo ocultas bajo transacciones en dinero, arrendamientos, contratos diversos, pero de todos modos de servidumbre. La tierra que se utiliza de manera moderna, capitalista avanzada, es una mínima porción…, y su aporte al producto nacional también es insignificante. Así que el campo colombiano demanda una transformación radical de esta situación, secularmente aplazada, o mejor, entorpecida por las fuerzas políticas gobernantes, la cual puede ser otra distinta a la de la eliminación del régimen de explotación terrateniente, a través de la confiscación de las grandes propiedades y su reparto entre los campesinos que la trabajen. Siendo Colombia un país eminentemente agrícola y atrasado, semejante transformación significaría un tremendo salto hacia adelante en su desarrollo histórico y económico. Se liberarían las fuerzas productivas en el campo y las masas campesinas estarían en condiciones de aportar decisivamente al progreso del país, a la tarea de echar las bases de una economía autosuficiente y próspera, lo que sólo se logrará con su concurso.

… Existe otra atadura y otro fardo que no son secundarios, como lo hemos denunciado multitud de veces: la dominación y explotación del imperialismo norteamericano. Por medio del control del comercio interno y externo del país, de las inversiones, de los préstamos, del saqueo de materias primas básicas, de la venta subsidiada por el Estado colombiano de excedentes agrícolas traídos de los Estados Unidos, etc., el imperialismo arruina la economía colombiana. Es más, el gobierno estadinense se preocupa por la cuestión agraria de sus neocolonias y en reuniones internacionales a nivel oficial, como la de Punta del Este en 1961, que instauró la llamada Alianza para el Progreso, ha prospectado las pautas de una política agraria que los mandatarios colombianos siguen al pie de la letra.

La reforma agraria propuesta por el imperialismo tiende hacia dos objetivos centrales: a facilitar la penetración del capital extranjero y la venta de productos de la industria norteamericana y a afianzar las caducas relaciones de producción en el campo. Desde la expedición de la Ley 135 de 1961, que dio creación al Incora y puso en funcionamiento las tan trilladas reformas del agro colombiano, auspiciadas por el Frente Nacional, han transcurrido quince años. Un tiempo prudencial para juzgar los frutos de cualquier política. Se puede concluir a ciencia cierta que en tal lapso no ha disminuido en un ápice el poder terrateniente, mientras la situación de los campesinos es cada vez más inclemente y ruinosa.

La nación ha sido endeudada en varios cientos de millones de dólares por concepto de la reforma agraria, ya que ésta se adelanta a punta de préstamos despachados en su casi totalidad por la agencias financieras norteamericanas. La adquisición de tierras a cargo del Estado configura un jugoso negocio de compraventa en beneficio de los grandes señores. A las escasísimas familias campesinas, a las que el Incora adjudica pequeñas parcelas con fines de propaganda, no se les permite disponer libremente de éstas.

Los planes de adecuación de tierras y de distritos de riego terminan favoreciendo a la clase terrateniente, así como los programas de irrigación de créditos que con frecuencia la banca oficial o semioficial confecciona para el fomento de las actividades agropecuarias. En síntesis, mientras subsiste el sistema de explotación típicamente terrateniente y los campesinos continúen sometidos a las más disímiles formas de servidumbre, las inversiones y mejoras de cualquier especie que la minoría dominante proyecte para las zonas rurales desembocarán inexorablemente en las arcas caudales de los dueños de los grandes fondos.

Con su política de impedir a todo trance el desarrollo económico de Colombia, el imperialismo norteamericano acude a preservar en lo sustancial intacto el poder terrateniente. Se fantasea con el crédito, la colonización, la venta de insumos, la adecuación de fincas, el riego, las comunicaciones y hasta con obras sociales y de caridad. Todo menos modificar las relaciones de propiedad en el campo. A los campesinos se les promete hasta el cielo pero se les niega la tierra. Uno de los últimos inventos, por ejemplo, el de las empresas comunitarias, incubado por el imperialismo y puesto en práctica por sus testaferros en Colombia, procura, con el señuelo de la colectivización, instalar la mayor cantidad de familias campesinas en la menor extensión de tierra posible.

Con tal de proteger el latifundio se ha hecho un inusitado despliegue en pro de la socialización de la producción agraria, de las ventajas de la propiedad colectiva y de la vida comunal, de la necesidad de educar al campesino en el espíritu asociativo. Y de estas tesis con que se promueven las empresas comunitarias, se han declarado fervorosos partidarios López Michelsen, Álvaro Gómez y demás personeros de los partidos tradicionales, las agremiaciones patronales, los dirigentes de UTC y CTC y el alto clero. Eso sí es el diablo metido a predicador. Con tal de privar a los campesinos del derecho a la tenencia de la tierra, hoy ociosa o deficientemente utilizada en manos de los grandes terratenientes, la más oscura reacción de Colombia inculca al campesinado un socialismo a deshoras.

Pero lo que impulsa la lucha de clases en el campo colombiano es la demanda de los campesinos por la tierra, por el derecho a usufructuarla, poseerla y disponer de ella libremente. Tras esa exigencia se han lanzado a invadir las fincas de sus amos, a organizar sus fuerzas independientemente del tutelaje de sus tradicionales enemigos y a requerir el apoyo del resto de las fuerzas revolucionarias. Las aspiraciones de los campesinos concuerdan con la tendencia histórica del desarrollo de las fuerzas productivas colombianas y la victoria de sus luchas repercutirá en un gran salto hacia adelante en el proceso del país.

El proletariado consciente apoya incondicionalmente las luchas de las masas campesinas y se desvela por consolidar cada día la estrecha alianza obrero-campesina, base del frente único antiimperialista. Las apoya en el entendimiento de que son luchas de carácter democrático y no socialista. Parlotear de socialismo a un campesinado aprisionado aún en los vestigios de la servidumbre, sin plantearse ni haberse resuelto el problema de demoler hasta los cimientos el régimen de explotación terrateniente, es un imperdonable desconocimiento del asunto, cuando no un vulgar engaño. Para las fuerzas revolucionarias y en particular para el marxismo-leninismo, la revolución agraria campesina encierra una importancia decisiva, ya que el filo de ésta se dirige no sólo contra la clase terrateniente, sino necesaria y primordialmente contra el imperialismo que la sustenta”.

Por la salvación nacional

“El país va, pues, a la carrera, hacia una emboscada mortal. Y en consecuencia, el MOIR acude de nuevo a los estratos y agrupaciones sociales que estén dispuestos a evitar la consumación del atentado. Empuñemos con firmeza el cometido de proteger las actividades productivas e impidamos que se haga de la conciencia patria un costal de carbonero.

Retomemos lo rescatable del pasado y construyamos un brillante porvenir. Forjemos el más amplio frente único por la salvación nacional, en procura del cual venimos combatiendo desde 1986, no al estilo de un Álvaro Gómez Hurtado, a quien no le entablaremos demanda por los derechos de autoría intelectual, pero sí le recordamos que la consigna se concibió…para velar las armas de la grandeza de Colombia. Que Estados Unidos no cure sus falencias, ni libre sus disputas comerciales, ni salga de su actual ciclo recesivo a costa de las bancarrotas, las miserias y los sufrimientos de los pueblos de América”.

¿Qué es la paz?

“La lucha interna desatada en 1995 en las filas del extinto MOEC, luego de los incontables y calamitosos fracasos de una línea en esencia militarista y anárquica, obedeció a los esfuerzos preliminares de un pequeño núcleo de cuadros que llamaban la atención sobre la necesidad de hacer un alto en la marcha, rectificar en serio y poner en práctica las sabias enseñanzas del marxismo-leninismo, en lo concerniente al carácter obrero y la estructura centralizada y democrática del Partido; a la preponderancia de la acción política en las labores de movilizar al pueblo y enraigamos en él; a lo valioso de una plena comprensión de las complejidades nacionales y de un robustecimiento progresivo del nivel teórico y cultural de militantes y activistas; a la justeza de atenerse a los aportes de las bases y a los esfuerzos propios en el sostenimiento financiero, sin vivir dependiendo del apoyo internacional, o de disparatados operativos de azarosa realización y consecuencias liquidacionistas. Y ante todo trazar el rumbo estratégico a partir del análisis de las clases y de su comportamiento dentro de la sociedad, y escoger los medios tácticos de pelea conforme se vaya desencadenando el pugilato entre esas mismas clases. Mas no al contrario, seleccionando a priori la lucha armada cual el modo predilecto o impostergable, y concluyendo de antemano la naturaleza no de nueva democracia sino socialista de la revolución. Par de peregrinas invenciones que ponía a la justa libertaria, tanto por el contenido como por la artificiosa radicalización de la lucha, más allá de los intereses y de las disponibilidades reales de las masas.

Estos desenfoques, engendrados en los finales de los cincuentas y principios de los sesentas, no fueron jamás corregidos crítica y conscientemente. Con cada descalabro, con cada agrupación desaparecida, se les introducían ciertas adiciones conceptuales para perpetuarlos. ¿Cuánto no habremos oído eso de “combinar todas las formas de lucha”, sin parar mientes en que la una pueda contraponerse a la otra? Aunque se haya aceptado verbalmente la supremacía de lo político sobre lo militar, el viraje no ha ido más lejos de la caricaturesca conformación de aparatos legales paralelos a los ilegales.

Muchos de los menos moderados, luego de hartas vueltas y revueltas, llegaron hasta inclinar sus prejuicios sectarios y admitir en sus prédicas la conveniencia de un frente amplio, inclusive con la participación de la burguesía nacional, mas sin advertir que con sus miopes y desaforados extremismos impiden de entrada y de facto cualquier acercamiento hacia los campesinos ricos o empresarios consecuentes y demócratas. Peripecias políticas que han tenido en las capas medias de la población, y sobre todo en los estamentos estudiantiles e intelectuales, una nutriente inacabable, un soporte histórico relativamente vigoroso dentro del innato atraso de un semifeudalismo en decrépito esplendor. De ahí que tales desviaciones, en lugar de baldarse con los reveses, recuerdan más bien la lagartija que reproduce su cola.

Efectivamente, desde hace veinticinco años rasga el panorama de Colombia un montón de ejércitos del pueblo, comandos de autodefensa, brigadas urbanas militares, etc., perfilando con su cruce meteórico una tendencia fija, de muy marcados ribetes de clase; políticamente domeñable, por supuesto, pero indestructible hasta tanto prevalezcan los sustentos de linaje social que la reanudan sin descanso.

El que su tránsito haya sido a colmo regresivo, se palpa en la intensificación cronológica de sus peores trazos izquierdistas. Por obra de lo cual hemos visto ofrendar en los supuestos altares de la insubordinación de los desposeídos, desde el asesinato de un ex ministro y el ajusticiamiento de un personero de las camarillas patronales, hasta los frecuentes asaltos a bancos y la perpetración cotidiana de secuestros en campos y ciudades. Mecanismos proscritos por las revoluciones que en el mundo han estado a la altura de su nombre, y que en nuestro trópico cobran categoría de sublimes recetas para ennoblecer y popularizar la causa de la emancipación.

¡Ah engorroso que las gentes fíen su destino al buen juicio de quienes incursionen por semejantes parajes, echen mano de procedimientos que lindan o se confunden con los de la delincuencia común, le den a la represión institucionalizada excusas a granel para atacar y silenciar el descontento, o tercamente insistan en suplir la acción de los contingentes populares con los golpes cinematográficos de unos cuantos iniciados, por más sinceros y agalludos que éstos sean”.

No hay causa que justifique el secuestro

“Hoy se cumplen siete días del repentino y angustioso secuestro de Francisco Santos Calderón, jefe de redacción de El Tiempo, ocurrido el miércoles pasado por parte de un grupo de facinerosos que sin contemplaciones dio muerte a su chofer, José Oromacio Ibáñez. Aún no se sabe con certeza la autoría del golpe, ni los móviles del mismo; pero la circunstancia de que haya coincidido con la desaparición de varias personas, entre las cuales se mencionan periodistas de otros medios, como doña Diana Turbay de Uribe, hija del ex presidente Turbay, hace pensar a muchos comentaristas que afrontamos de nuevo una de esas conjuras que con frecuencia postran a Colombia y la avergüenzan ante los ojos del mundo. Sea lo que fuere, le expresamos a usted, a sus familiares y amigos nuestros sentimientos de solidaridad en el difícil trance y nuestra esperanza de que a la postre todo saldrá bien.

Por configurar una de las fechorías más abominables, el secuestro, podríamos decir, ha sido repudiado en todas las latitudes. No hay causa, noble o vil, que lo justifique. Desgraciadamente, este instrumento tan exclusivo de la delincuencia común, pasó a constituirse en parte integrante de la táctica de las guerrillas colombianas y, a través de ellas, en el símbolo de la lucha seudorrevolucionaria. Numerosas voces, hasta las menos esperadas, salieron en defensa del fenómeno; y en especial cuando se propuso la inclusión de los “crímenes atroces” dentro de la amnistía concedida durante el cuatrienio de Belisario Betancur. Así acabó extendiéndose y santificándose la práctica de retener a adultos, ancianos y niños con fines lucrativos o como medio de presión. Por eso hemos insistido en poner, entre los grandes objetivos nacionales a obtener, la civilización de la contienda política, de tal forma que quienes recurran a cualquiera de las manifestaciones del vandalismo queden aislados y reciban ejemplar sanción.

Otra de las políticas erróneas, que tanto le han costado al país, estriba en el tratamiento veleidoso que se la venido dando al narcotráfico. Por satisfacer las demandas de Washington, cuyas autoridades se han valido de aquella calamidad corno un pretexto para meter las narices en América Latina, los últimos gobiernos colombianos han oscilado entre la extradición por la vía administrativa, sin tratado internacional ni garantías procesales, y el acuerdo secreto con los más perseguidos proveedores de la droga. Se teme que Francisco Santos Calderón y los demás periodistas extraviados sean otras de las incontables víctimas de tales inconsecuencias. De ser esto verídico el país entero debe ahogar por la pronta liberación de los secuestrados y exigir que sus vidas se sustraigan del oscuro juego. Y que la gravedad del incidente sirva para volver las cosas a su cauce normal: que la nación haga respetar la soberanía, democratice la justicia y prevenga el delito”.

Carta abierta: Solidaridad con mito incluido

El computador de Raúl Reyes ya parece ser la memoria de un país desmemoriado al que acuden, como a un oráculo, los poderosos de un lugar llamado Macondo.

Parece sin duda una fusión de Google y Wikipedia donde los malos alumnos del gobierno pueden encontrar sus más oscuros deseos.

Por algo hubo durante unos pocos días en un muro medianero de la carrera séptima una pintada que decía: “cambio computador de Reyes por lámpara de Aladino”.

Duró poco esa leyenda. Hay una verdadera brigada de borradores de pintadas callejeras, ordenada por quienes quieren desaparecer todo rastro de protesta frente al régimen.

Pero más que la lámpara del cuento oriental, el computador de Reyes parece la Caja de Pandora.

Si hacemos el ejercicio de recordar que Pandora fue fabricada con barro por los dioses para seducir al ladrón del fuego; que le dieron una misteriosa caja (aún no se había inventado el computador), que al abrirla dejó salir todos los males de la humanidad, pero al cerrarla dejó atrapada la esperanza, la analogía resulta más que un simple juego.

A cada tanto el gobierno actual acude al computador de Reyes como si en él pudiera encontrar la prueba reina que justifique la satanización de sus opositores.

Hace un año o más que el mencionado computador en manos del gobierno sirve para perseguir, para desprestigiar, para enlodar a personas intachables como el senador Jorge Enrique Robledo, alguien que por lo demás ha sido desde siempre refractario, precisamente, a la lucha armada, su claro opositor.

Resulta en exceso coincidencial que tras el paso de Robledo por Canadá argumentando por qué el tratado de libre comercio resulta lesivo para Colombia, tras sus denuncias en torno a los negocios de los hijos del presidente, tras señalar espurias maniobras para modificar la Constitución en busca de una nueva reelección, y luego de rechazar para el cargo de Procurador General de la República al doctor Alejandro Ordóñez Maldonado, resulte registrado en la caja de Pandora de Reyes y por tanto sea sujeto de una investigación a todas luces manipulada.

Por fortuna, incluidas algunas personalidades que no son del partido al que pertenece el senador Robledo, como muchos de los que firmamos este texto, al igual que algunos medios de comunicación en los que no cabe idea tan peregrina, no somos pocos los que vemos en el deseo de enlodar su figura política una obvia y errática maniobra no solo contra él sino contra todo disenso.

Que lo vinculen a una investigación preliminar por supuestos vínculos con “organizaciones armadas al margen de la ley”, resulta tan arbitrario y en contravía del pensamiento de Jorge Enrique Robledo que, sin duda terminará por enlodar a sus acuciosos enlodadores.

Valga recordarle al Procurador un aserto del constitucionalista norteamericano Stephen Holmes: “para que sobreviva la democracia debe prohibirse constitucionalmente el lenguaje de “enemigos del Estado”. Este lenguaje envenena la democracia porque saca a la oposición del campo político”.

Precisamente hechos tan aberrantes como el secuestro a nombre de la liberación o como la barbarie paramilitar, hechos de autoritarismo como los falsos positivos, se siguen dando por fuera de ese “campo político”.

Quiera el azar que el profesor Holmes no aparezca ahora en la caja de Pandora de Raúl Reyes.

Rechazamos la sindicación y el hostigamiento que desde el gobierno y desde su Procuraduría General se viene haciendo tanto de Jorge Enrique Robledo como de otras personalidades de la vida política colombiana, por el solo hecho de ser opositores.

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