COMPAÑEROS MESA EJECUTIVA DE LA CGTD:

Bogotá, 31 de agosto de 1995

Desde la elección del actual presidente se ha intensificado la descarada intervención norteamericana en los asuntos internos de Colombia. Esta injerencia, materializada en chantajes, amenazas, presiones y presencia de agentes de las oficinas de seguridad de Washington, tiene por objeto incrementar, con el pretexto de la lucha contra el narcotráfico, el control sobre los aspectos centrales de la vida nacional y garantizar plenamente la continuidad y profundización del programa neoliberal de apertura económica. He allí, de cuerpo entero, la verdadera causa de la crisis política nacional más aguda e intensa de los últimos años.

El más diligente instrumento de los intereses norteamericanos en esta crisis es la Fiscalía General de la Nación. Como lo señalara la declaración de la CGTD el 24 de agosto, «el Fiscal se ha convertido en la fiel caja de resonancia de las orientaciones del Departamento de Estado norteamericano y del embajador Myles Frechette». Con la mampara de la «moralización» se ha desplegado una cruzada que condena a través de los medios de comunicación, que desconoce elementales criterios de defensa como la presunción de inocencia y la reserva sumarial, que mantiene la fascistoide justicia sin rostro y aspira a revivir la extradición de nacionales. La doble moral se evidencia, entre muchas otras manifestaciones, cuando se rasgan las vestiduras ante la presencia de «dineros calientes» en las campañas electorales y guardan silencio cómplice frente a los jugosos aportes recibidos de las compañías extranjeras y de los monopolios nacionales.

Frente a la gravedad de la situación, el gobierno de Samper ha mantenido una actitud sumisa hacia la intervención norteamericana que indigna a la nación y motiva el rechazo de los colombianos. Lo central, su política económica, es la consolidación de la apertura y la ejecución de un voluminoso programa de privatizaciones, tal como lo ordena la metrópoli a través del FMI, el BM y el BID, con sus graves consecuencias sobre la soberanía, la producción y los trabajadores. No sólo ha respaldado la cacería de brujas desatada desde la Fiscalía, sino que permite, sin rechistar, las ilegales operaciones de la DEA, la CIA y el FBI en nuestro territorio sin control de autoridad nacional alguna y el tráfico aéreo y marítimo de aviones y buques militares extranjeros en nuestros suelos y mares.

Para los trabajadores, la crisis es aleccionadora en la medida en que desentrañen sus verdaderas causas, ubiquen el papel real de los diferentes protagonistas y clarifiquen qué intereses de clase confrontan en ella. Por eso consideramos que omitir la calificación de la conducta de Samper y «apoyar al presidente de la República en el liderazgo y la ejecución de los planes y programas dirigidos a alcanzar y satisfacer los intereses nacionales», como se expresó recientemente, contradice la vertical posición de condena que la Confederación ha aprobado, una y otra vez, sobre las ejecutorias del gobierno de «el tiempo de la gente» y debilita el papel esclarecedor que bien ganado tiene la CGTD frente al movimiento sindical colombiano.

Tal como se desenvuelven los hechos, la suerte del presidente depende de una definición en Washington. La crisis puede desembocar tanto en la caída del actual gobierno, para dar paso a la formación de uno nuevo que llevaría en sus ancas la marca del dominio gringo, como en la permanencia del actual, a costa de llevar a su sometimiento a extremos aún más aberrantes que los presentes. Ambas eventualidades serían funestas para la nación y merecen el repudio de los trabajadores y del pueblo.

La única solución favorable a los intereses de la nación es la supresión total de la intervención norteamericana en los asuntos internos de Colombia y el logro de la plena autodeterminación nacional. Para alcanzarla, se impone una gran movilización patriótica, que empiece por exigir la salida de Myles Frechette y el retiro inmediato de las agencias y efectivos gringos de nuestro territorio. No hay duda de que los trabajadores responderán positivamente y se colocarán a la cabeza de un movimiento de estas proporciones.

Fraternalmente,

Miembros del Comité Ejecutivo de la CGTD:

Yezid García A., secretario general adjunto; Iván Toro L., secretario de asuntos políticos y parlamentarios; Luis Sánchez R., secretario del sector financiero: Eberto López M., secretario del sector de las comunicaciones; Aldo Cadena R., secretario del sector de la salud.

En fresno, Tolima:»SI SE ACABA EL CAFÉ ESTAMOS MUERTOS. HAY QUE SEGUIR LA LUCHA»

Cientos de curtidos caficultores fresnenses desfilaron por un objetivo común: hacer valer los cuatro puntos enarbolados por la dirigencia cafetera y denunciar la intromisión norteamericana en nuestro país.

Junto al parque principal destacaba la solidaridad del cabildo: «El Concejo del Fresno, ¡Presente!» Fueron decenas las veredas que, madrugándole al terrorismo del gobierno, cumplieron con el deber cívico y patriótico de acompañar a la Unidad Cafetera en sus justísimas demandas: Alegrías, Cerro Azul, La Floresta, la Cordura, Cascabel, El Tablazo, Padua, la Estrella, Peñalisa, San Bernardo, Paramillo…

«Ojalá nos organicemos mucho más»
En la tarima, levantada a la salida hacia Manizales en el sitio conocido como la Ye, se escucharon a lo largo del día las voces de las gentes sencillas del pueblo: jornaleros agrícolas, pequeños y medianos cultivadores del grano, concejales y personalidades del pueblo.

«Lo que uno trabaja no alcanza por el problema de la broca», sentencia gravemente un viejo campesino de la zona, y otro cultivador complementa: «Nadie puede comer, entonces, al acabarse el café que es la única industria que hay, entonces estamos muertos. No hay que dejarlo acabar y por eso estamos en la lucha». Y otro remata: «Sigamos luchando y ojalá que nos organicemos mucho más».

Nuestra patria es café…
Coreando repetidamente «fuera gringos de nuestra patria», los cosecheros se apostaron en la Ye y el trancón demoró hasta bien caída la tarde. La fuerza pública hubo de recular varias veces ante la indignada protesta campesina. El párroco del lugar expresó su mensaje de apoyo, al igual que diputados de la zona, en tanto que artistas y copleros animaron el acto y las tonadas que hizo llegar el cura de Aguadas «Estados Unidos invade a Colombia y el gobierno se hace el de la vista gorda…» aumentaron el entusiasmo de los asistentes.

El dirigente cafetero local y concejal de Fresno, Alonso Osorio, cerró el histórico día con un encendido discurso en el que denunció al gobierno samperista: «Somos campesinos que conocemos el café desde que se siembra y enchapola hasta que se produce y se vende… El gobierno de Samper defiende el bolsillo explotador de las multinacionales y condena a muerte a la producción, respondiendo a la orden del Banco Mundial de que hay que acabar con el café… El sudor de todas las generaciones cafeteras no va a pasar inadvertido, y no van a llegar unos señoritos, manejados por el Banco Mundial, a decir que aquí tenemos que resignarnos a la ruina, a decir que los cafeteros ya no estamos de moda, a decir que somos ineficientes y desechables»

En directa referencia a la abusiva inspección de la zona cafetera que realizó días antes Myles Frechette, embajador del imperio, dijo: «La policía gringa y la DEA se van a meter a controlar los mítines pacíficos y justos de los hombres de la patria colombiana. Tenemos que salir a defender hasta con la última gota de sangre la soberanía nacional, la producción nacional, las fincas y parcelas de Colombia».

Los marchistas del Fresno, fundado en 1854 por avezados colonos antioqueños, jamás olvidarán la democrática jornada que puso en movimiento una formidable cosecha de rebeldía y de unidad entre los explotados de nuestra nación.

RECHAZAMOS LA INTROMISIÓN NORTEAMERICANA EN COLOMBIA

Los organismos dirigentes nacionales del Partido Comunista Colombiano y el Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, se reunieron para intercambiar apreciaciones acerca de la actual crisis política nacional.

Ambas dirigencias se identificaron en señalar como uno de los principales factores en juego en la actual situación política nacional la injerencia norteamericana. Se señaló que tal injerencia se hizo evidente desde antes de la posesión del presidente Samper y se ha venido acentuando hasta hoy a través de una campaña ininterrumpida de chantajes, amenazas y presiones, para imponerle al país la política norteamericana sobre narcotráfico y utilizarla como mampara para reforzar su control y dominio sobre la nación.

Se afirmó igualmente que la presente intromisión imperialista se constituye en un paso más en la violación de la soberanía nacional, que cuenta con el respaldo del gobierno de Samper, sobre la base de mantener incólumes las políticas neoliberales en contra de los intereses populares y de la industria y el campo colombianos.

Ante los posibles desenlaces de la crisis política se advirtió sobre el peligro de la consolidación de mayores niveles de intervención norteamericana en los asuntos internos del país. En consecuencia, los dirigentes de ambos partidos plantearon la necesidad de convocar a la movilización patriótica de todos los sectores, clases y capas que exija el cese de la intervención norteamericana y el retiro de todas sus agencias y efectivos en nuestro territorio.

Tanto el PCC como el MOIR consideraron los fenómenos del narcotráfico como un flagelo que debe combatirse mediante la cooperación internacional entre las naciones en pie de igualdad, sin que ello se convierta, como hasta ahora, en un instrumento de intervención y sujeción foránea. Igualmente, que este fenómeno está estrechamente ligado en Colombia a los problemas de corrupción, impunidad y terrorismo. Al respecto, acordaron ambas fuerzas políticas seguir adelantando contactos e intercambios, tendientes a definir elementos de identidad que posibiliten una convocatoria unitaria y nacional por los cambios que el país requiere.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR
Partido Comunista Colombiano

FEDERICO ENGELS, MAESTRO DEL PROLETARIADO

V.I. Lenin

¡Qué antorcha de la razón se ha apagado!
¡Qué gran corazón ha dejado de latir!

El 5 de agosto del nuevo calendario (24 de julio) de 1895 falleció en Londres Federico Engels. Después de su amigo Carlos Marx (fallecido en 1883), Engels fue el más notable científico y maestro del proletariado contemporáneo de todo el mundo civilizado. Desde que el destino relacionó a Carlos Marx con Federico Engels, la obra a la que ambos amigos consagraron su vida se convirtió en común. Por eso, para comprender lo que Engels ha hecho por el proletariado es necesario entender claramente la importancia de la doctrina y actividad de Marx para el desarrollo del movimiento obrero contemporáneo. Marx y Engels fueron los primeros en demostrar que la clase obrera, con sus reivindicaciones, es el resultado necesario del sistema económico actual que, con la burguesía, crea y organiza inevitablemente al proletariado. Demostraron que la humanidad se verá liberada de las calamidades que la azotan actualmente, no por los esfuerzos bienintencionados de algunas nobles personalidades, sino por la lucha de clase del proletariado organizado. Marx y Engels fueron los primeros en esclarecer en sus obras científicas que el socialismo no es una invención de soñadores, sino la meta final y el resultado inevitable del desarrollo de las fuerzas productivas dentro de la sociedad contemporánea. Toda la historia escrita hasta ahora es la historia de la lucha de clases, del cambio sucesivo en el dominio y en la victoria de una clase social sobre otra. Y esto continuará hasta que desaparezcan las bases de la lucha de clases y del dominio de clase: la propiedad privada y la producción social caótica. Los intereses del proletariado exigen que dichas bases sean destruidas, por lo que la lucha de clases consciente de los obreros organizados debe ser dirigida contra ellas. Y toda lucha de clases es una lucha política.

En nuestros días todo el proletariado en lucha por su emancipación ha hecho suyos estos conceptos de Marx y de Engels. Pero cuando los dos amigos colaboraban en la década del 40, en las publicaciones socialistas, y participaban en los movimientos sociales de su tiempo, estos puntos de vista eran completamente nuevos. A la sazón había muchos hombres con talento y otros sin él, muchos honestos y otros deshonestos, que en el ardor de la lucha por la libertad política, en la lucha contra la autocracia de los zares, de la policía y del clero, no percibían el antagonismo existente entre los intereses de la burguesía y los del proletariado. Esos hombres no admitían siquiera la idea de que los obreros actuasen como una fuerza social independiente. Por otra parte, hubo muchos soñadores, algunas veces geniales, que creían que bastaba convencer a los gobernantes y a las clases dominantes de la injusticia del régimen social existente para que resultara fácil implantar en el mundo la paz y el bienestar general. Soñaban con un socialismo sin lucha. Finalmente, casi todos los socialistas de aquella época, y en general los amigos de la clase obrera, sólo veían en el proletariado una lacra y contemplaban con horror cómo, a la par que crecía la industria, crecía también esa lacra. Por eso todos ellos pensaban cómo detener el desarrollo de la industria y del proletariado, detener «la rueda de la historia». Contrariamente al miedo general ante el desarrollo del proletariado, Marx y Engels cifraban todas sus esperanzas en su continuo crecimiento. Cuantos más proletarios haya, tanto mayor será su fuerza como clase revolucionaria, y tanto más próximo y posible será el socialismo. Podrían expresarse en pocas palabras los servicios prestados por Marx y Engels a la clase obrera diciendo que le enseñaron a conocerse y a tomar conciencia de sí misma, y sustituyeron las quimeras por la ciencia.

He ahí por qué el nombre y la vida de Engels deben ser conocidos por todo obrero; tal es el motivo de que incluyamos en nuestra recopilación -fue como todo lo que editamos tiene por objeto despertar la conciencia de clase de los obreros rusos- un esbozo sobre la vida y la actividad de Federico Engels, uno de los dos grandes maestros del proletariado contemporáneo.

Engels nació en 1820, en la ciudad de Barmen, provincia renana del reino de Prusia. Su padre era fabricante. En 1838, se vio obligado por motivos familiares, antes de terminar los estudios secundarios, a emplearse como dependiente en una casa de comercio de Bremen. Este trabajo no le impidió ocuparse de su capacitación científica y política. Cuando era todavía estudiante secundario, llegó a odiar la autocracia y la arbitrariedad de los funcionarios. P-1 estudio de la filosofía lo llevó aún más lejos. En aquella época predominaba en la filosofía alemana la doctrina de Hegel, de la que Engels se hizo partidario. A pesar de que el propio Hegel era admirador del Estado absolutista prusiano, a cuyo servicio se hallaba como profesor de la Universidad de Berlín, su doctrina era revolucionaria. La fe de Hegel en la razón humana y en los derechos de ésta, y la tesis fundamental de la filosofía hegeliana, según la cual existe en el mundo un constante proceso de cambio y desarrollo, condujeron a los discípulos del filósofo berlinés que no querían aceptar la realidad, a la idea de que la lucha contra esa realidad, la lucha contra la injusticia existente y el mal reinante procede también de la ley universal del desarrollo perpetuo. Si todo se desarrolla, si ciertas instituciones son reemplazadas por otras, ¿por qué, entonces, deben perdurar eternamente el absolutismo del rey prusiano o del zar ruso, el enriquecimiento de una ínfima minoría, a expensas de la inmensa mayoría, el dominio de la burguesía sobre el pueblo? La filosofía de Hegel hablaba del desarrollo del espíritu y de las ideas: era idealista. Del desarrollo del espíritu deducía el de la naturaleza, el del hombre y el de las relaciones entre los hombres en la sociedad. Marx y Engels conservaron la idea de Hegel sobre el perpetuo proceso de desarrollo (señalaron, más de una vez que, en gran parte, debían su desarrollo intelectual a los grandes filósofos alemanes, y en particular Hegel. «Sin la filosofía alemana -dijo Engels- no existiría tampoco el socialismo científico), y rechazaron su preconcebida concepción idealista; el estudio de la vida real les mostró que el desarrollo del espíritu no explica el de la naturaleza, sino que por el contrario conviene explicar el espíritu a partir de la naturaleza, de la materia…

Contrariamente a Hegel y otros hegelianos, Marx y Engels eran materialistas. Enfocaron el mundo y la humanidad desde el punto de vista materialista, y comprobaron que, así como todos los fenómenos de la naturaleza tienen causas materiales, así también el desarrollo de la sociedad humana está condicionado por el de fuerzas materiales, las fuerzas productivas. Del desarrollo de estas últimas dependen las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción de los objetos necesarios para satisfacer sus necesidades. Y son dichas relaciones las que explican todos los fenómenos de la vida social, las aspiraciones del hombre, sus ideas y sus leyes. El desarrollo de las fuerzas productivas crea las relaciones sociales, que se basan en la propiedad privada; pero hoy vemos también cómo ese mismo desarrollo de las fuerzas productivas priva a la mayoría de toda propiedad para concentrarla en manos de una ínfima minoría. Destruye la propiedad, base del régimen social contemporáneo, y tiende por sí mismo al mismo fin que se han planteado los socialistas. Estos sólo deben comprender cuál es la fuerza social que por su situación en la sociedad contemporánea está interesada en la realización del socialismo, e inculcar a esa fuerza la conciencia de sus intereses y de su misión histórica. Esta fuerza es el proletariado. Engels lo conoció en Inglaterra, en la industria inglesa, adonde se trasladó en 1842 para trabajar en una firma comercial de la que su padre era accionista. Engels no se limitó a permanecer en la oficina de la fábrica, sino que recorrió los sórdidos barrios en los que se albergaban los obreros y vio con sus propios ojos su miseria y sufrimientos. No se limitó a observar personalmente; leyó todo lo que se había escrito hasta entonces sobre la situación de la clase obrera inglesa y estudió minuciosamente todos los documentos oficiales que estaban a su alcance. Como fruto de sus observaciones y estudios apareció en 1845 su libro La situación de la clase obrera en Inglaterra. Ya hemos señalado más arriba cuál fue el mérito principal de Engels como autor de dicho libro. Es cierto que antes que él muchos otros describieron los padecimientos del proletariado y señalaron la necesidad de ayudarlo. Pero Engels fue el primero en afirmar que el proletariado no es sólo una clase que sufre, sino que la vergonzosa situación económica en que se encuentra lo impulsa inconteniblemente hacia adelante y lo obliga a luchar por su emancipación definitiva. Y el proletariado en lucha se ayudará a sí mismo. El movimiento político de la clase obrera llevará ineludiblemente a los trabajadores a darse cuenta de que no les queda otra salida que el socialismo. A su vez, este sólo será una fuerza cuando se convierta en el objetivo de la lucha política de la clase obrera. Éstas son las ideas fundamentales del libro de Engels sobre la situación de la clase obrera en Inglaterra, ideas que todo el proletariado que piensa y lucha ha hecho suyas, pero que entonces eran completamente nuevas. Fueron expuestas en un libro cautivante en el que se describe del modo más fidedigno y patético las penurias que sufría el proletariado inglés. La obra constituía una terrible acusación contra el capitalismo y la burguesía. La impresión que produjo fue muy grande. En todas partes comenzaron a citar la obra como el cuadro que mejor representaba la situación del proletariado contemporáneo. Y en efecto, ni antes de 1845, ni después, ha aparecido una descripción tan brillante y veraz de los padecimientos de la clase obrera.

Engels se hizo socialista en Inglaterra. En Manchester se puso en contacto con militantes del movimiento obrero inglés y empezó a colaborar en las publicaciones socialistas inglesas. En 1844, al pasar por París de regreso a Alemania, conoció a Marx, con quien ya mantenía correspondencia. En París, bajo la influencia de los socialistas franceses y de la vida en Francia, Marx también se hizo socialista. Allí fue donde los dos amigos escribieron La sagrada familia, o Crítica de la crítica crítica. Esta obra, escrita en su mayor parte por Marx, y que fue publicada una año antes de aparecer La situación de la clase obrera en Inglaterra, sienta las bases del socialismo materialista revolucionario, cuyas ideas principales hemos expuesto más arriba. La sagrada familia es un apodo irónico dado a dos filósofos, los hermanos Bauer, y a sus discípulos. Estos señores practicaban una crítica fuera de toda realidad, por encima de los partidos y de la política, que negaba toda actividad práctica y solo contemplaba «críticamente» el mundo circundante y los sucesos que ocurrían en él. Los señores Bauer calificaban desdeñosamente al proletariado como una masa sin espíritu crítico. Marx y Engels protestaron enérgicamente contra esa tendencia absurda y nociva. En nombre de la verdadera personalidad humana, la del obrero pisoteado por las clases dominantes y por el Estado, exigieron, no una actitud contemplativa, sino la lucha por una mejor organización de la sociedad. Y, naturalmente, vieron en el proletariado la fuerza capaz de desarrollar esa lucha en la que está interesado. Antes de la aparición de La sagrada familia, Engels había publicado ya en la revista Anales franco-alemanes, editada por Marx y Ruge, su Estudio crítico sobre la economía política, en el que analizaba, desde el punto de vista socialista, los fenómenos básicos del régimen económico contemporáneo, como consecuencia inevitable de la dominación de la propiedad privada. Sin duda, su vinculación con Engels contribuyó a que Marx decidiera ocuparse de la economía política, ciencia en la que sus obras produjeron toda una revolución.

De 1845 a 1847 Engels vivió en Bruselas y en París, alternando los estudios científicos con las actividades prácticas entre los obreros alemanes residentes en dichas ciudades. Allí Engels y Marx se relacionaron con una asociación clandestina alemana, la «Liga de los Comunistas», que les encargó expusieran los principios fundamentales del socialismo elaborado por ellos. Así surgió el famoso Manifiesto del Partido Comunista de Marx y Engels, que apareció en 1848. Este librito vale por tomos enteros: inspira y anima, aún hoy, a todo el proletariado organizado y combatiente del mundo civilizado.

La revolución de 1848, que estalló primero en Francia y se extendió después a otros países de Europa occidental, determinó que Marx y Engels regresaran a su patria. Allí, en la Prusia renana, asumieron la dirección de la Nueva Gaceta Renana, periódico democrático que aparecía en la ciudad de Colonia. Los dos amigos eran el alma de todas las aspiraciones democráticas revolucionarias de la Prusia renana. Ambos defendieron hasta sus últimas consecuencias los intereses del pueblo y de la libertad, contra las fuerzas de la reacción. Como se sabe, éstas triunfaron; Nueva Gaceta Renana fue prohibida, y Marx, que durante su emigración había perdido los derechos de súbdito prusiano, fue expulsado del país; en cuanto a Engels, participó en la insurrección armada del pueblo, combatió en tres batallas por la libertad, y una vez derrotados los insurgentes se refugió en Suiza, desde donde llegó a Londres.
También Marx fue a vivir a Londres; Engels no tardó en emplearse de nuevo, y después se convirtió en socio de la misma casa de comercio de Manchester en la que había trabajado en la década del 40. Hasta 1870 vivió en Manchester, y Marx en Londres, lo cual no les impidió estar en estrecho contacto espiritual: se escribían casi a diario. En esta correspondencia los amigos intercambiaban sus opiniones y conocimientos, y continuaban elaborando en común el socialismo científico.

En 1870, Engels se trasladó a Londres, y hasta 1883, año en que murió Marx, continuaron esa vida intelectual compartida, plena de intensísimo trabajo. Como fruto de la misma surgió, por parte de Marx, El capital, la obra más grandiosa de nuestro siglo sobre economía política, y por parte de Engels, toda una serie de obras más o menos extensas. Marx trabajó en el análisis de los complejos fenómenos de la economía capitalista. Engels esclarecía en sus obras, escritas en un lenguaje muy ameno, polémico muchas veces, los problemas científicos más generales y los diversos fenómenos del pasado y el presente, inspirándose en la concepción materialista de la historia y en la doctrina económica de Marx. De estos trabajos de Engels citaremos la obra polémica contra Dühring (en ella el autor analiza los problemas más importantes de la filosofía, las ciencias naturales y la sociología), El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, Ludwig Feuerbach, un artículo sobre la política exterior del gobierno ruso, sus magníficos’ artículos sobre el problema de la vivienda, y finalmente, dos artículos, cortos pero muy valiosos, sobre el desarrollo económico de Rusia (Federico Engels sobre Rusia, 1894). Marx murió sin haber podido terminar en forma definitiva su grandiosa obra sobre el capital. Sin embargo, estaba concluida en borrador, y después de la muerte de su amigo, Engels emprendió la ardua tarea de redactar y publicar los tomos II y III. En 1885 editó el II y en 1894 el III (no tuvo genial amigo un monumento majestuoso en el cual, involuntariamente, grabó también con trazos indelebles su propio nombre. En efecto, esos dos tomos de El capital son la obra de los dos, Marx y Engels. Las leyendas de la antigüedad relatan diversos ejemplos de emocionante amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia fue creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a todas las conmovedoras leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres. Siempre, y por supuesto, con toda justicia, Engels se posponía a Marx. «Al lado de Marx -escribió a un viejo amigo suyo- siempre toqué el segundo violín». Su afecto por Marx mientras vivió, y su veneración a la memoria del amigo desaparecido fueron infinitos. Este luchador austero y pensador profundo, tenía una gran sensibilidad.

Durante su exilio, después del movimiento de 1848-1849, Marx y Engels se dedicaron no sólo a la labor científica. Marx fundó en 1864 la «Asociación Internacional de los Obreros» que dirigió durante un decenio. También Engels participó activamente en sus tareas. La actividad de la «Asociación Internacional» que, de acuerdo con las ideas de Marx, unía a los proletarios de todos los países, tuvo una enorme importancia para el desarrollo del movimiento obrero. Pero inclusive después de haber sido disuelta dicha asociación en la década del 70, el papel de Marx y Engels como unificadores de la clase obrera no cesó. Por el contrario, puede afirmarse que su importancia como dirigentes espirituales del movimiento obrero seguía creciendo constantemente, porque el propio movimiento continuaba desarrollándose sin cesar. Después de la muerte de Marx, Engels siguió siendo el consejero y dirigente de los socialistas europeos. A él acudían en busca de consejos y directivas tanto los socialistas alemanes, cuyas fuerzas iban en constante y rápido aumento, a pesar de las persecuciones gubernamentales, como los representantes de países atrasados, por ejemplo españoles, rumanos, rusos, que se veían obligados a estudiar minuciosamente y medir con toda cautela sus primeros pasos. Todos ellos aprovechaban el riquísimo tesoro de conocimientos y experiencias del viejo Engels.

Marx y Engels, que conocían el ruso y leían las obras aparecidas en ese idioma, se interesaban vivamente por Rusia, seguían con simpatía el movimiento revolucionario y mantenían relaciones con revolucionarios rusos. Antes de ser socialista, los dos habían sido demócratas y el sentimiento democrático de odio a la arbitrariedad política y la opresión económica, así como su riquísima experiencia de la vida, hicieron que Marx y Engels fueran extraordinariamente sensibles en el aspecto político. Por lo mismo, la heroica lucha sostenida por un puñado de revolucionarios rusos contra el poderoso gobierno zarista halló en el corazón de estos dos revolucionarios probados la más viva simpatía. Y por el contrario, era natural que la intención de volver la espalda a la tarea inmediata y más importante de los socialistas rusos -la conquista de la libertad política-, en aras de supuestas ventajas económicas, les pareciese sospechosa e incluso fuese considerada por ellos como una traición a la gran causa de la revolución social. «La emancipación del proletariado debe ser obra del proletariado mismo», enseñaron siempre Marx y Engels. Y para luchar por su emancipación económica, el proletariado debe conquistar determinados derechos políticos. Además, Marx y Engels veían con toda claridad que una revolución política en Rusia tendría también una enorme importancia para el movimiento obrero de Europa occidental. La Rusia autocrática ha sido siempre el baluarte de toda la reacción europea. La situación internacional extraordinariamente ventajosa en que colocó a Rusia la guerra de 1870, que sembró por largo tiempo la discordia entre Alemania y Francia,, no hizo, por supuesto, más que? aumentar la importancia de la Rusia autocrática como fuerza reaccionaria. Sólo una Rusia libre, que no tuviese necesidad de oprimir a los polacos, finlandeses, alemanes, armenios y otros pueblos pequeños, ni de azuzar continuamente una contra otra a Francia y Alemania, daría a la Europa contemporánea la posibilidad de respirar aliviada del peso de las guerras, debilitaría a todos los reaccionarios de Europa y aumentaría las fuerzas de la clase obrera europea. Por lo mismo, Engels, deseó fervientemente la instauración de la libertad política en Rusia, pues también contribuiría al éxito del movimiento obrero en Occidente. Con su muerte los revolucionarios rusos han perdido al mejor de sus amigos.

¡Memoria eterna a Federico Engels, gran luchador y maestro del proletariado!

Escrito en el otoño de 1895

MARX Y ENGELS, UNA ALIANZA SIN IGUAL EN LA HISTORIA

Marx no debió el triunfo de su vida a sus solas fuerzas, por poderosas que éstas fuesen. En cuanto puede humanamente juzgarse, hubiera sucumbido más temprano o más tarde y de un modo u otro, de no encontrar en Engels el amigo de cuya lealtad y espíritu de sacrificio podemos hoy formarnos una idea completa por su correspondencia ya publicada.

La imagen de esta amistad no tiene paren la historia. (…) Cuanto más se entretejían sus ideas y su obra, más resaltaba la personalidad propia de cada uno de ellos.

La diferencia de personalidades se acusaba ya en su aspecto exterior. Engels era un germano, rubio, esbelto, con modales ingleses, según lo atestigua un observador de la época; pulcramente vestido siempre, veíase en él la disciplina, no sólo del cuartel, sino de la oficina en que trabajaba. (…) Hecho a los negocios y a las diversiones de la burguesía inglesa, a sus cacerías de zorros y a sus banquetes de Navidad, Engels era el obrero de la inteligencia y el luchador que en una casita situada en las afueras de la ciudad tenía albergado un amor, una muchacha irlandesa de pueblo, en cuyos brazos iba a descansar cuando se sentía ya demasiado fatigado de las intrigas y las luchas de los hombres.

Marx era el reverso de esta medalla: recio, fornido, con sus ojuelos chispeantes y su melena de león, negra como el ébano y clara muestra de su origen semita; tardo en sus movimientos; un buen padre de familia agobiado, al margen de toda la vida social y mundana, en aquel centro cosmopolita, entregado al incesante trabajo de la inteligencia, comiendo aprisa para volver a él, absorbido por él hasta altas horas de la noche; pensador incansable para quien no había placer más alto que el pensamiento. (…) Poco práctico para las cosas pequeñas y genialmente práctico para las grandes; incapaz para llevar un presupuesto doméstico, pero de una capacidad incomparable para levantar y conducir un ejército que había de hacer cambiar la faz del mundo.

Y si el estilo es el hombre, también como escritores mediaban entre ellos grandes diferencias. Los dos eran, cada cual a su modo, maestros del lenguaje y los dos también genios para las lenguas, pues ambos dominaban toda una serie de idiomas y hasta de dialectos extranjeros. Engels superaba en esto a Marx, pero cuando escribía en su lengua materna, aunque sólo fuesen cartas -y mucho más, naturalmente, cuando eran otras obras- se ceñía al idioma propio, libre de todos los pliegues y modismos extranjeros, aunque sin caer en las ridículas exageraciones de los puristas. Escribía lisa y llanamente, y con tal diafanidad y tersura, que se puede leer hasta en el fondo de la movida corriente de su discurso.

Marx escribía más premiosamente y en un estilo más difícil. En las cartas de su juventud, semejante en esto a las de Heine, se le ve todavía claramente debatiéndose con el lenguaje, y en las escritas en sus años maduros, sobre todo las de Inglaterra, hay una jerga de alemán, inglés y francés, todo revuelto. También en sus obras abundan los términos extranjeros más de lo que fuera menester. (…) Marx no acostumbraba apurar hasta el fin los problemas tratados, sino que gustaba de dejar al lector un margen fecundo para la reflexión; su discurso era como el juego de las olas sobre el fondo purpúreo del mar.

Engels reconoció siempre en Marx la superioridad del genio; a su lado, no quiere destacarse nunca en primer plano. Pero en realidad, jamás fue mero intérprete o auxiliar suyo, sino que fue siempre su colaborador autónomo, pues su talento, si bien no se confundía con el de Marx, no era inferior a él. El propio Marx había de confirmar, pasados veinte años, en una carta dirigida a su amigo, que, en los orígenes de su amistad y en una materia de decisiva importancia, Engels había aportado más que recibido: «Te constan dos cosas, primero, que a mí me llega todo más tarde, y segundo, que no hago más que seguir tus huellas». Engels, más rápido y expeditivo, se movía con más desenvoltura, y, si bien su mirada era lo suficientemente aguda y penetrante para tocar en seguida el punto decisivo de un problema o de una situación, no era, en cambio, lo bastante profunda para ponderar todo el pro y el contra que la decisión podía llevar aparejados. Claro está que esta falta es, en un hombre de acción, una gran ventaja, y Marx no adoptaba ninguna resolución política sin antes aconsejarse de Engels, quien solía dar en seguida en el clavo.

Era natural, dada esta correlación de fuerzas, que los consejos de Engels no fuesen tan fecundos en el terreno teórico como en materia política. Aquí solía llevar Marx la delantera y nunca prestó oídos a las sugestiones de Engels para que terminase cuanto antes su obra científica capital. «No sé cuándo te convencerás de que no tienes por qué ser tan concienzudo con tus cosas y de que está sobradamente bien para el público. Lo principal es que lo escribas y se publique; las faltas que tú le encuentres no han de echarlas de ver los asnos». En este consejo se retratan de cuerpo entero los dos, Engels dándolo y Marx no siguiéndolo.

(…) En la primavera de 1854, a Engels volvió a asaltarle la idea de retornar a Londres, para abrazar la carrera de escritor; fue la última vez en que se vio acometido por ella; a partir de entonces, tomó la firme resolución de echarse encima para siempre el odioso yugo de la responsabilidad mercantil en la empresa de su padre, no sólo para poder ayudar al amigo, sino para que el Partido no perdiese su primera inteligencia. De otro modo ni Engels hubiera podido realizar el sacrificio, ni Marx aceptarlo; pues no se sabe qué requería más firmeza de juicio en él, si el brindarlo o el recibirlo.

Antes de verse elevado a copartícipe de la empresa, Engels, como simple empleado, no disfrutaba, ni mucho menos, de una situación próspera; pero desde el primer día en que se instaló a vivir en Manchester, no hizo más que ayudar al amigo incansablemente. Los billetes de una libra, de cinco, de diez, y luego de cien, pasaban de sus manos a Londres sin cesar. Y Engels no perdía nunca la paciencia, aunque Marx y su mujer, cuyo talento administrativo para el presupuesto doméstico no debía de ser muy grande, le hiciesen pasar por duras pruebas. Ocurrió una vez que Marx se olvidó de avisarle de una letra librada sobre él, encontrándose desagradablemente sorprendido el día de su vencimiento; en casos como éste, Engels no hacía más que menear la cabeza con amistoso reproche. (…)Pero Engels no se limitaba a trabajar para su amigo durante el día, en la mesa del despacho o en la Bolsa, sino que le sacrificaba también, en buena parte, las horas vespertinas de descanso, hasta bien entrada la noche. (…)

Y sin embargo, todo esto no es nada, comparado con el sacrificio más doloroso que hubo de realizar Engels, renunciando a la labor científica para la que le capacitaban sus magníficas dotes y su capacidad de trabajo poco común. Para tener idea de esto hay que leer la correspondencia cruzada entre los dos, y fijarse, por ejemplo, aunque sólo fuese esto, en los estudios filosóficos de ciencia militara que Engels se consagraba con predilección, llevado de una «inclinación antigua» y de las exigencias prácticas de la cruzada de emancipación del proletariado. Odiando como odiaba a los «autodidactas», y siendo sus métodos científicos de trabajo sólidos siempre y concienzudos, distaba mucho de ser, como distaba Marx, un simple erudito de biblioteca, y cada nuevo conocimiento adquirido érale doblemente precioso con tal de que pudiese ayudar en seguida a aliviar al proletariado de sus cadenas.

Se consagró al estudio de las lenguas eslavas, llevado de la «consideración de que, por lo menos, uno de nosotros» habrá de prepararse para la acción próxima conociendo el idioma, la historia, la literatura y las instituciones sociales de las naciones con las cuales vamos a entrar inmediatamente en colisión. (…)

Sus diligentes y concienzudos estudios de ciencia guerrera le valieron el sobrenombre de «general». También aquí se aliaban la «antigua inclinación» y las necesidades prácticas de la política revolucionaria. Engels contaba con la «enorme importancia que la partie militaire habría de cobrar en el próximo movimiento». Los oficiales que se pasaron al campo del pueblo, durante los años de la revolución, no habían dado muy buenos resultados. «No hay quien desarraigue de este hatajo de soldados -escribía Engels- su repugnante espíritu de cuerpo. Se odian unos a otros mortalmente; la más pequeña distinción obtenida produce en los demás una envidia de chicos de escuela, pero contra la ‘paisanería’ son todos unos». (…) Apenas instalarse en Manchester, se puso a «empollar cosas militares» (…) a estudiar la organización toda del ejército, hasta en sus detalles técnicos más minuciosos (…)

Finalmente, se consagró al estudio de la historia general de las guerras, aplicándose con especial cuidado a las obras del inglés Napier, del francés Jomini y del alemán Clausewitz. Lejos declamar contra la inmoralidad de las guerras, siguiendo las huellas superficiales del liberalismo, Engels se dedicó a estudiar la razón histórica de estos fenómenos, con lo cual provocó más de una vez la cólera declamatoria de la democracia. (…)

Engels sentía asimismo predilección por las ciencias naturales, sin que tampoco en este terreno le fuese dado llevar a término sus investigaciones durante aquellos años en que hubo de entregarse a la actividad comercial para dejar paso franco a los trabajos científicos más importantes de su amigo.
Todo esto era una tragedia, pero Engels no se lamentaba de ella, pues estaba curado, como su amigo, de todo sentimentalismo. Consideró siempre como la mayor dicha de su vida el haber podido vivir cuarenta años al lado de Marx, aun a costa de que la figura gigantesca de éste le ensombreciera. Y cuando, al morir su amigo, se le hubo de reconocer, durante más de diez años, como la figura preeminente del movimiento obrero internacional, no vio en ello una legítima reparación, sino que creyó, por el contrario, que se le atribuía un mérito al que no era acreedor.

La amistad de estos dos hombres, entregados de lleno a la causa común, a la que ambos ofrendaron un sacrificio, si no igual, igualmente grande, sin asomo de jactancia ni de lamentación, constituye una alianza sin par en la historia de todos los tiempos.
(Extractos del libro de Franz Mehring, Carlos Marx.)

LA FUERZA DE SU PALABRA

Política obrera

Queremos la abolición de las clases. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La dominación política del proletariado. Y cuando en todas partes se han puesto de acuerdo sobre ello, ¡se nos pide que no nos mezclemos en la política! Todos los abstencionistas se llaman revolucionarios y hasta revolucionarios por excelencia. Pero la revolución es el acto supremo de la política; el que la quiere, debe querer el medio, la acción política que la prepara, que proporciona a los obreros la educación para la revolución y sin la cual los obreros, al día siguiente de la lucha, serán siempre engañados por los Favre y los Pyat. Pero la política a que tiene que dedicarse es la política obrera; el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia.

Las libertades políticas, el derecho de reunión y de asociación y la libertad de la prensa; éstas son nuestras armas. Y ¿deberemos cruzarnos de brazos y abstenernos cuando quieran quitárnoslas? Se dice que toda acción política implica el reconocimiento del estado de cosas existente. Pero cuando este estado de cosas nos da medios para luchar contra él, recurrir a ellos no significa reconocer el estado de cosas existente.

(Sobre la acción política de la clase obrera, 21 de septiembre de 1871).

El Estado, dominación de clase
En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los hombres. La sociedad se crea un órgano para la defensa de sus intereses comunes frente a los ataques de dentro y de fuera. Este órgano es el poder del Estado. Pero, apenas creado, este órgano se independiza de la sociedad, tanto más cuanto más se va convirtiendo en órgano de una determinada clase y más directamente impone el dominio de esta clase. La lucha de la clase oprimida contra la clase dominante asume forzosamente el carácter de una lucha política, de una lucha dirigida, en primer término, contra la dominación política de esta clase; la conciencia de la relación que guarda esta lucha política con su base económica se oscurece y puede llegar a desaparecer por completo. Si no ocurre así por entero entre los propios beligerantes, ocurre casi siempre entre los historiadores. De las santiguas fuentes sobre las luchas planteadas en el seno de la república romana, sólo Apiano nos dice claramente cuál era el pleito que allí se ventilaba en última instancia el de la propiedad del suelo. (…)

(Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

Cómo se oculta la miseria de la clase obrera
La causa de la miserable situación de la clase obrera no debía buscarse en ciertas deficiencias aisladas sino en el propio sistema capitalista. El obrero cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un jornal. Después de unas cuantas horas de trabajo, el obrero ha reproducido el valor del jornal. Pero, según el contrato de trabajo, el obrero aún debe trabajar unas cuantas horas más hasta completar su jornada. El valor creado por el obrero durante estas horas de plustrabajo constituye la plusvalía, que no cuesta ni un céntimo al capitalista, pero que éste se embolsa. Tal es la base del sistema que va dividiendo más y más a la sociedad civilizada en dos partes; de un lado, un puñado de Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y consumo, y de otro, la enorme masa de obreros asalariados, cuya única propiedad es su fuerza de trabajo. Y que la causa de todo esto no reside en tal o cual deficiencia de tipo secundario, sino únicamente en el sistema mismo, lo ha demostrado hoy con toda evidencia el desarrollo del capitalismo en Inglaterra.

(…) Las repetidas epidemias de cólera, tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes; anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido la «Pequeña Irlanda» y ahora le toca el turno a Seven Dials. Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos enteros que en 1844 yo hubiera podido describir en una forma casi idílica, ahora, con el crecimiento de las ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia, abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo demuestra ampliamente el informe de la comisión real On the Housing of the Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con ella.

(F. Engels, Prefacio a la segunda edición alemana de 1892 de La situación de la clase obrera en Inglaterra).

Los socialistas toman, por tanto, una parte activa en cada fase de evolución por la que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, sin perder jamás de vista que esas fases no son otra cosa que etapas que llevan al gran objetivo principal: a la conquista del poder político por el proletariado, como medio de reorganización social. Su lugar está entre los combatientes por cualquier éxito inmediato en beneficio de la clase obrera; y ve en estos éxitos políticos o económicos nada más que un pago de cuentas por partes. Por eso consideran que todo movimiento progresista o revolucionario es un paso en la dirección de su propia marcha; su misión especial es estimular a los otros partidos revolucionarios y, en caso de victoria de uno de ellos, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que jamás pierde de vista el gran objetivo, preserva a los socialistas contra las desilusiones a que están sujetos infaliblemente los otros partidos, menos clarividentes, ya sean los republicanos puros, ya los socialistas sentimentales, que toman una simple etapa como meta final del movimiento.(…)

(La venidera revolución italiana y el partido socialista, 1894).