MÍTIN FRENTE A LA EMBAJADA

«¡Fuera Frechette de Colombia», fue la consigna coreada al unísono por los cientos de moiristas y patriotas congregados el 31 de agosto frente al búnker del procónsul yanqui. Los manifestantes bloquearon la céntrica Carrera Trece y quemaron banderas de Estados Unidos, ante la mirada, entre curiosa y solidaria, de miles de personas que transitaban por el área. Hicieron uso de la palabra el camarada Marcelo Torres y el senador Jorge Santos Núñez, por el MOIR; el presidente de la CGTD, Mario de J. Valderrama, y el dirigente del PCC, Jaime Cedano.

FRANCISCO MOSQUERA VIVIRÁ ETERNAMENTE EN EL CORAZÓN Y LA MENTE DE LOS TRABAJADORES

(Intervención del camarada Libardo Botero en el acto de homenaje a Francisco Mosquera, realizado en Medellín el 18 de abril, en la sede del Pequeño Teatro)

Camaradas y amigos:

Anonadados todavía por el terrible impacto de la prematura e irreparable desaparición de nuestro querido camarada Francisco Mosquera, venimos hoy a rendirle homenaje sincero de gratitud y respeto. Aquí, precisamente en Medellín, ciudad que de manera visionaria escogiera en 1965 como escenario para iniciar su más grande y ambicioso proyecto: la construcción de un auténtico partido marxista-leninista en Colombia. Y a fe que aquella empresa temeraria, emprendida hace treinta años, gracias a su empeño e inteligencia, sorteando escollos casi insuperables, se ha visto coronada por el éxito. Esos pequeños núcleos de proletarios avanzados de entonces, con los cuales selló Mosquera una íntima relación, se han multiplicado por toda la geografía patria hasta forjar el contingente de combatientes del Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR, su Partido, nuestro Partido, la reserva más importante de la revolución colombiana.

Más de treinta años de intensa y compleja actividad política de un hombre de la talla de Francisco Mosquera no se pueden compendiar de manera fácil ni a la ligera. Trataremos apenas de esbozar algunas ideas iniciales sobre el significado de su trayectoria histórica y sobre los lineamientos esenciales de su pensamiento. Pero se habrá de requerir un análisis más concienzudo y largo y con el aporte de muchos otros camaradas, para lograr una evaluación más completa y valedera de su trascendental obra.

Hubo de desplegar Mosquera su ciclo vital en un momento especialmente difícil. Luego de más de un siglo de avance y ascenso de la revolución mundial, que vio coronar con fortuna el triunfo del proletariado en más de un tercio del planeta, a fines de los años cincuenta el entronizamiento del revisionismo en la Unión Soviética inició un período de descenso y retroceso, que ha diezmado sin contemplación las filas del movimiento comunista internacional, arrebatándole de paso el poder a la clase obrera allí donde lo había conquistado. Tan profundo ha sido el desplome, que pudiéramos decir que hoy estamos en la situación de hace una centuria, como si tuviéramos que empezar de nuevo. Con la signifitiva diferencia, claro está, de que disponemos para los combates del futuro de las inestimables experiencias y el legado teórico el decurso de la revolución en estos ciento cincuenta años nos ha dejado, desde la manera como la clase obrera conquista el hasta la manera como puede perderlo, y ende, el modo adecuado para prevenir la restauración burguesa.

La significación del aporte de Francisco Mosquera no puede desligarse de esa consideración sobre el período histórico en que vivió y luchó. De allí el trascendental valor de su batalla y el sello característico de su obra. Fue una lucha desigual y tormentosa en la cual se midió el temple de su personalidad y la reciedumbre de su carácter Mientras la enfermedad derechista ir inficionaba a partidos y dirigentes y daba al traste con bastiones viejos y nuevos del proletariado, la figura de Mosquera se mantuvo erguida e indoblegable. Aun después muerte de Mao Tsetung y del fracaso de su valeroso intento por detener la avalancha revisionista. En los últimos años Mosquera constituía el más sobresaliente, insobornable y firme dirigente marxista-leninista no solo ni de nuestro hemisferio, sino probablemente del mundo. Su pensamiento, que es primordial legado, ha entrado a ser, sin duda alguna, uno de los tesoros del marxismo-leninismo.

Sin hacerles concesiones a las contracorrientes derechistas, dirigiendo un partido pequeño y aislado, enfrentando enemigos de la envergadura del socialimperialismo soviético y su peón cubano, en un terreno fértil para el oportunismo como el de Colombia, donde, según él mismo lo expresara, «echó raíces primero el revisionismo que el marxismo-leninismo», hubo desplegar a plenitud sus excelsas dotes de combatiente enérgico e ideólogo insigne, para legarle al movimiento revolucionario imperecederas páginas. Su obra entera está labrada en esa lid y tiene esa impronta. La denuncia del carácter reaccionario y burgués de las formulaciones revisionistas, el desenmascaramiento de su táctica equivocada, la crítica certera y devastadora de sus concepciones reformistas, fuere cual fuere el ropaje de que se vistieren, constituyen no sólo una reiteración de los principios cardinales del marxismo sino una profundización que los enriquece y reverdece.

A la par Mosquera hubo de ocuparse de dotar al Partido de todas las herramientas teóricas, políticas y organizativas necesarias para constituirse en una auténtica vanguardia proletaria. Librando una lucha sin cuartel, interna y externa, contra el oportunismo de «izquierda» y de derecha, estructuró una estrategia y una táctica consecuentes, consolidó un estilo de trabajo comunista, perseveró en el centralismo democrático y precisó aún más la concepción leninista sobre el mismo, y supo preservar la unidad y la existencia del Partido en las condiciones más adversas. Sólo aferrándonos a ese patrimonio inestimable que nos aportó podemos enfrentar con éxito los duros retos del presente y del futuro.

En este punto debieran destacarse no sólo la consistencia ideológica de sus planteamientos sino la consecuencia en su defensa. Mosquera combinaba con maestría la verticalidad en la salvaguardia de los principios y la estrategia, con la necesaria flexibilidad en su aplicación y desarrollo tácticos. Con un asombroso instinto de clase, auscultando el estado de ánimo y de organización de las masas, sopesando la relación de fuerzas, oteando los constantes cambios económicos y políticos, trazaba en todo momento las orientaciones certeras que el instante exigía y que tanto el Partido como amplios sectores de trabajadores aceptábamos y cumplíamos con la seguridad y confianza que inspiraba el hecho de provenir del más experto timonel.

No sabíamos qué admirar más en él, si su solidez de roca en el debate doctrinario o su fino olfato político para saber desenvolverse con fluidez en las cambiantes y complejas circunstancias de la lucha de clases. Cuántas veces lo vimos entre asombrados e incrédulos proponer, o proponernos, las tareas más inconcebibles como el abandono del credo abstencionista y la participación en elecciones; o la epopeya de los «pies descalzos»; o las alianzas y las rupturas más insólitas, bien fuera con el Partido Comunista o con fracciones de la oligarquía liberal-conservadora; o los virajes menos pensados; o la reversa; o la concesión; o la audaz arremetida; o el debate encarnizado y abierto; en fin, todo ese cúmulo de políticas y decisiones que configuraron al Partido y le definieron su derrotero victorioso en estas tres décadas.

Pero es obvio que para evaluar con acierto su obra debemos considerar las circunstancias de tiempo y de lugar que la rodearon. De allí se derivan otros de los rasgos más descollantes de su aporte ideológico. Supo Mosquera interpretar magistralmente las condiciones de Colombia en la segunda mitad del siglo XX -un país neocolonial y atrasado del denominado Tercer Mundo, sojuzgado por el imperialismo norteamericano-, descubrirlas leyes de su desarrollo y formular la estrategia revolucionaria apropiada. Con ello dotó al Partido y al conjunto de las fuerzas revolucionarias y patrióticas de las herramientas indispensables para avanzar en la conquista de una nación soberana, libre y democrática, que se encamine luego al socialismo. No se reduce sin embargo su contribución a la mera aplicación creadora a nuestra situación concreta de postulados y principios ya desarrollados por el marxismo en esta materia.

No dudamos en afirmar que en su vasta producción teórica alrededor del problema de la revolución colombiana, hay consideraciones innovadoras de validez universal que constituyen un enriquecimiento innegable del marxismo. Desde la particular manera de enfocar la naturaleza de la sociedad colombiana, hasta el modo mismo de entender el proceso de la revolución en esta etapa, encontramos en sus escritos desarrollos vitales que tienen vigencia para países como el nuestro, aherrojados por las cadenas del neocolonialismo. Si bien los derroteros de la revolución democrático -nacional habían sido formulados por Lenin y Mao y llevados al triunfo por éste en la gloriosa Revolución China, es indiscutible que Mosquera precisó muchos de sus aspectos para las condiciones concretas de Colombia y América. El carácter de la dominación neocolonial contemporánea, la naturaleza y papel de las clases intermediarias, la forma de desarrollo del capitalismo nacional en nuestros países y las trabas que lo entorpecen, la naturaleza y papel de la burguesía nacional, las características del frente único en cuanto a programa y normas de, funcionamiento, la manera como la clase obrera ejerce su papel dirigente a través del frente, la política de alianzas, son algunos temas en los cuales el talento de Mosquera se explayó para extraer de nuestra experiencia revolucionaria novedosas y lúcidas elaboraciones que deja como patrimonio inapreciable.

Su muerte se ha producido por desgracia en una especie de punto de viraje de la situación mundial. Precisamente había empezado a elucidar las características del momento y sus implicaciones favorables para la revolución. Dos cambios fundamentales, entrelazados, le dan su sello al actual periodo. En primer término, el hundimiento del socialimperialismo soviético a finales de los años ochenta y, como consecuencia; el resurgir de la hegemonía norteamericana, en medio de la encarnizada disputa entre las grandes potencias imperialistas por un nuevo reparto del mundo, que ha tenido como enseña la apertura de las economías de los países débiles a fin de poder entrar a su antojo en ellos y exprimir sin contemplación su trabajo y sus recursos. Una auténtica cruzada de recolonización, como la avizoró y bautizó desde el comienzo mismo del proceso Francisco Mosquera.

Asistimos a la etapa «pacífica» de tal confrontación, con el exacerbamiento de las disputas económicas entre los grandes monopolios y los imperios capitalistas, que no tendrá desenlace distinto al estallido de fuertes depresiones o mortíferas guerras, o ambas cosas conjugadas, como en el pasado. A los cabildeos diplomáticos en foros y asambleas habrá de sucederles más tarde o más temprano el tronar de los cañones. No sabemos el cómo y el cuándo y el dónde estallará el conflicto, pero estamos convencidos de que no será otro el rumbo de los acontecimientos mundiales. Qué equivocados están quienes piensan que después de la derrota pasajera que ha sufrido el proletariado ya está echada su suerte. Por más que los ideólogos a sueldo de la burguesía pregonen el entierro del marxismo, el fracaso del socialismo, y la supuesta superioridad del capitalismo como medio para el logro del progreso social, la realidad, que es tozuda, se encargará de ponerlos en su sitio. Las rivalidades entre las metrópolis imperialistas, aunadas a la agudizada miseria del proletariado de aquellas naciones y a la de los miles de millones de seres sojuzgados del mundo neocolonial, harán crujir los cimientos aparentemente sólidos del «nuevo orden internacional», y en las entrañas de la tormenta brotará de nuevo la estela revolucionaria que anuncie que los explotados y oprimidos tendrán una nueva oportunidad sobre la Tierra.

Cuán determinante hubiera sido la presencia de Mosquera en este nuevo escenario, el primero con signos alentadores después de más de tres decenios. Porque viéndolo bien, y aunque parezca paradójico, las razones para el pesimismo o la desmoralización han quedado atrás. Estamos en un punto en el cual, parafraseando la célebre expresión de Marx hace más de un siglo, la revolución no tiene ya nada que perder sino un mundo por ganar. Se dice, y no sin razón, que los grandes combatientes se miden en medio de las dificultades; y a fe que Mosquera dio prueba de su macizo e inquebrantable carácter enfrentado a las peores. Portentoso hubiera sido su aporte en el período que ahora se abre, cuando por primera vez se le brindaba un panorama distinto, lleno de posibilidades. Habremos de navegar ahora sin su compañía y dirección, confiando en que pese a los riesgos innegables que ello conlleva, el Partido no abandonará sus sabias enseñanzas y sabrá comportarse a la altura de las circunstancias.

No podría terminar esta semblanza sin referirme a un rasgo sobresaliente de la personalidad de Francisco Mosquera: su calidad de hombre universal. Siempre pensó, como lo pregonaron también los maestros del proletariado, y no se cansaba de repetirlo, que la clase obrera es la más avanzada de la sociedad. En el doble sentido de que está vinculada a la forma más moderna de producción y de que sus intereses estratégicos encarnan la alternativa más avanzada del desarrollo social. En tal sentido, a la clase obrera es a la única a la que le interesan y le sirven de manera absoluta todos los progresos científicos, tecnológicos y culturales. De allí que un dirigente del proletariado tan calificado como Mosquera no pudiera menos de adentrarse en los más variados dominios del conocimiento, escudriñando desde los fenómenos históricos más lejanos hasta los más recientes, así como múltiples y complejas disciplinas no sólo de las ciencias sociales sino también de las ciencias naturales. Muchos de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y tratarlo, no podemos olvidar sus concienzudas y eruditas disertaciones sobre los temas científicos más abstrusos, hilvanadas en cualquier situación informal, o esgrimidas en la polémica más encendida de alguna conferencia o reunión formal. No salíamos de la impresión que nos causaba con sus agudas respuestas formuladas a los interrogantes más embrollados, cuando nos sumía en el desconcierto con demoledoras inquietudes y dudas sobre lo que estimábamos como absolutamente cierto y sabido. Fruto, claro está, de una vida dedicada al estudio apasionado y persistente, que le hubiera permitido contestar con orgullo, como Marx, cuando fuera interrogado sobre su frase favorita, citando la famosa expresión de Goethe en su Fausto: «Nada de lo humano me es ajeno».

Colocados hoy en la penosa circunstancia de no contar con su presencia, debemos encarar varias tareas indelegables e ineludibles. Una de ellas, rescatar, ordenar y difundir su magnífica y esclarecedora obra, honda en su contenido y excelsa en su forma literaria, su legado fundamental no sólo para la actual sino para las futuras generaciones de revolucionarios. De cierto modo tenemos el deber para con él y para con la historia de salvaguardar y proyectar una creación portentosa que por el momento histórico no pudo tener la trascendencia que merecía, y proponernos romper esa especie de ley del silencio que la oligarquía le decretó a Mosquera en vida, hasta lograr que sus ideas resuenen victoriosas después de su muerte.

Otra tarea, indisolublemente ligada a la anterior, será la de continuar la misión inconclusa que nos dejó, bajo la guía de su pensamiento, preservando y desarrollando el Partido, fieles a los principios comunistas, y forjando nuevas generaciones de militantes, auténticos continuadores de su causa proletaria. Cuadros que sean como él lo quiso, «con la suficiente sagacidad para no caer nunca en las trampas montadas por el enemigo, y con la entereza para no desertar ni saltar al bando opuesto cuando arrecie el temporal reaccionario; cuadros curtidos en la lucha y armados del marxismo-leninismo, perspicaces en el conocimiento de la cambiante realidad y audaces en la acción, modestos en el servicio infatigable al pueblo y dispuestos a sacrificarlo todo por la revolución». Imbuidos de ese espíritu indoblegable que caracterizó a Mosquera y que de manera magistral estampó en aquella hermosa frase: «El valor es hálito vital en todas las empresas desbrozadoras del progreso humano».

Camaradas y amigos:

El veredicto de la historia sobre los hombres es implacable. Sus raseros trascienden los efímeros éxitos que deparan el poder y la riqueza. Quienes erigen en ellos su fortuna sufrirán el castigo inclemente del olvido. Otra suerte espera a quienes, perseguidos y vilipendiados en vida, sin más riqueza que sus brazos y su mente, armados de entereza y carácter supieron servir a las mayorías vapuleadas hasta morir por ellas y pugnaron sin cesar por el progreso. Ellos vivirán en la memoria colectiva por siempre y tendrán asegurado un sitial de honor en la historia. Francisco Mosquera tendrá la recompensa infinita de vivir eternamente en el corazón y la mente de los trabajadores.

¡Gloria eterna al camarada Francisco Mosquera!

LA HISTORIA DE UN PENSADOR

Bernabé Betancourt Estepa, llanero raizal y luchador infatigable desde las duras épocas en que surgió a la luz la Organización Campesina del Casanare, Ocidec, nació en Nunchía, – Casanare, el 23 de junio de1930. Actualmente es dirigente del Partido en Arauca. En memoria de Francisco Mosquera, el camarada Betancourt compuso hace unos meses «La historia de un pensador», joropo en recio, cuyos versos publicamos a continuación:

Me gusta cantarle al aire,
a la historia y al folclor,
al rejo y a la totuma,
al caballo, al mandador.

Quiero grabar en su mente
como buen compositor
el talento de un llanero,
la historia de un pensador.

Era Francisco Mosquera,
que en Piedecuesta nació,
su madre, un ama de casa,
su padre, un educador.

A la edad de veinte años
a su padre le escribió
una carta muy extensa
que en su archivo la guardó,

porque hablaba de una patria
y de una revolución,
y que de los colombianos
él sería el defensor.

Hizo varias reuniones
con personas de opinión
y del Movimiento Obrero
vino a ser el fundador.

Y contra el imperio gringo
fue incansable luchador,
pues para los colombianos
es un país opresor.

Pacho nos dejó una historia,
de Colombia la mejor.
Enseña cómo en la vida
se hace la revolución.

Truenos de la tempestad,
que estallan en proporción,
Pacho nos dio la enseñanza,
lo mismo la educación.

Era un sabio, un comandante,
un genio y un pensador.
Hizo la guerra al gobierno
sin fusil y sin avión.

Con astucia y valentía
a Gaviria derrotó
con el paro nacional,
la huelga de Telecom.

¿Por qué los bandidos gringos
se valen de la ocasión,
de invadir nuestras naciones
sin más consideración?

Se roban nuestra riqueza,
el petróleo, el carbón,
y el pobre que muera de hambre
y que pase al paredón.
La situación nos avisa,
Pacho la profetizó:
compañeros, ¡a la lucha!,
sin descanso y con valor.

Y ya para terminar,
les doy esta explicación:
Pacho Mosquera no ha muerto,
lo llevo en mi corazón.
¡Viva yo, viva la patria,
viva la revolución,
viva Francisco Mosquera,
que en agosto se marchó!

PARO CAFETERO DEL 19 DE JULIO VICTORIA DEL PUEBLO COLOMBIANO

Comisión de Redacción y corresponsales de Tribuna Roja.

El pasado 19 de julio, atendiendo la convocatoria de la Unidad Cafetera Nacional, decenas de millares de caficultores de todo país llevaron a cabo el primer Paro Cívico Nacional Cafetero de la historia de Colombia. Desde el 30 de marzo de 1993, cuando realizaron su marcha a Bogotá, pasando por otra hacia Pereira, el 27 de abril de 1994, y culminando en la multitudinaria concentración de 29 de marzo de este año en Manizales, los cultivadores del grano han venido reclamando insistentemente la condonación de las deudas, un precio interno no inferior a 250 mil pesos la carga, la declaratoria de emergencia sanitaria para combatir la broca y el respeto a las instituciones cafeteras. Hasta que por fin, en más de 160 municipios y corregimientos de Caldas, Quindío, Risaralda, el Tolima, Cauca, Cundinamarca, Cesar, Valle, Huila y Antioquia, se hizo sentir la protesta de aquellos campesinos y empresarios agrícolas que durante décadas han aportado decisivamente a la riqueza del país, y que hoy afrontan una grave crisis, con peligro de quiebra total, ante la pasividad e incluso la hostilidad del gobierno neoliberal samperista.

Magnitud del problema
En Colombia, país conocido entre otras cosas por producir el mejor café suave del planeta, hay más de 300 mil fincas productoras del grano, una parte de las cuales no exceden la dimensión de una hectárea. Antes de que se presentara el angustioso momento que hoy se vive, el ingreso promedio por hogar era de 1.87 salarios mínimos. O sea que ya el hambre rondaba al campesinado cafetero.

La aparición de la plaga de la broca redujo en muchos casos las entradas a menos de la mitad; el precio internacional del producto disminuyó de manera sensible; los costos de producción se elevaron; el gobierno decretó una nivelación quincenal del precio interno de la carga, que perjudicó a los cultivadores; sus ahorros se extinguieron y los niveles de endeudamiento aumentaron hasta el punto de que, hoy por hoy, se halla amenazada incluso la propiedad sobre sus fincas.

Respaldo de opinión
Si este paro no tenía antecedentes en la historia de las luchas populares de nuestro país, tampoco habían existido muestras de respaldo tan amplias y solidarias frente a un movimiento de protesta. En efecto, como lo constatan Fabio Trujillo Agudelo, presidente de Unidad Cafetera, y el coordinador nacional, Jorge Enrique Robledo, en un comunicado publicado en La Patria de Manizales el pasado 22 de julio, «el Segundo Congreso Nacional de Concejales, seis asambleas departamentales, decenas de concejos municipales, alcaldes populares, miembros de comités de cafeteros, obispos, párrocos, parlamentarios, sindicatos y organizaciones gremiales se solidarizaron con los caficultores.

También fueron muchos los transportadores que colaboraron para el éxito de la protesta». Varias secccionales de la Federación Nacional de Comerciantes, Fenalco, decidieron cerrar los negocios en señal de respaldo al paro y exhibieron la bandera colombiana en las vitrinas de sus establecimientos.

Habría que mencionar también el hecho de que en las diversas concentraciones, marchas y bloqueos, los periodistas de base de los diarios, cadenas radiales y noticieros de televisión, comunicaron su cálido apoyo al movimiento, pese a que algunos editorialistas y directores de medios se habían atenido simplemente a las informaciones de los organismos de seguridad de la Federación Nacional de Cafeteros y del gobierno de Samper, quienes sostenían que eran acciones manipuladas por la infiltración guerrillera entre los cultivadores de café, versión mentirosa, interesada y francamente terrorista que difundieron con gran amplitud y hasta con frenesí y que resultó desmentida de manera palmaria con el desarrollo cívico, democrático y patriótico del paro, cuyos participantes demostraron un acatamiento disciplinado a las orientaciones de Unidad Cafetera Nacional.

BELÉN DE UMBRÍA: FEBRIL ACTIVIDAD

Pese a lo lluvioso de la mañana, los campesinos de este municipio del departamento de Risaralda, junto con muchos de otras localidades, dirigidos por Unidad Cafetera y su vocero en la región, Aurelio Suárez, fueron llegando a Remolinos, junto al río Risaralda, provenientes de las veredas de Mateguadua, El Algarrobo, El Silencio, La Selva, La Florida, Tachiguí, Piñales y varias más, en «yipaos», volquetas y chivas atestadas con la muchedumbre que se proponía, y lo logró, taponar durante 24 horas la carretera que une el suroccidente del país con Medellín.

Belén de Umbría venía preparándose desde días atrás para el paro. En la plaza principal se había instalado oficina destinada para el efecto, donde se recolectó todo tipo de aportes: dinero, frutas, maíz, gallinas, cerdos. Así que cuando se produjo la concentración, pudieron encenderse los fogones para alimentar a los manifestantes. Decenas de automotores taponaron la vía, delegaciones de la comunidad indígena Embera-Chamí engrosaron la marcha de los cafeteros que protestaban, y por turnos los jóvenes alternaron sus festivos baños en el río con la salvaguardia del bloqueo. Al caer la noche y en vista de que la televisión proyectaría el partido de fútbol en el que participaba un equipo colombiano, el comité organizador, en el que se destacaron Albeiro Agudelo, Mario Yepes, Humberto Ríos, Fernando Ruiz, Alberto Sánchez y Francisco Zuleta, instaló bajo carpa plástica una planta eléctrica y el televisor para que los manifestantes pudieran disfrutarlo. Sólo al clarear el siguiente día decidieron dar vía en la troncal y regresar a sus hogares orgullosos de haber contribuido a la extraordinaria lucha que los cafeteros de Colombia realizaron el 19 de julio de 1995.

BOLOMBOLO: PARO EXITOSO CONTRA VIENTO Y MAREA

Nada impidió que en Bolombolo se aglutinaran más de tres mil cultivadores, que bloquearon la troncal durante doce horas. Ni tampoco que en La Pintada se reunieran cerca de dos mil para corear las consignas de la Unidad Cafetera Nacional.

Los numerosos dirigentes que hicieron uso de la palabra en Bolombolo -desde la comisión de la Asamblea Departamental de Antioquia, presidida por los liberales Bernardo Alejandro Guerra y Rodrigo Flórez, la dirigente de la UP, Beatriz Gómez, y el conservador Luis Eduardo Tobón, hasta los concejales presentes, incluidos Darío Fernández y Leonardo Mejía, de Andes, Javier Vélez, de Amagá, y los presidentes de las respectivas corporaciones en Betania, Támesis y Titiribí-, denunciaron las siniestras maniobras del gobernador Álvaro Uribe Vélez, que pretendían impedir las movilizaciones, y rechazaron la sindicación de «narcoguerrilleros» que les hizo el gobierno a los millares de labriegos que se atrevían a protestar contra la actual política cafetera.

El movimiento recibió la solidaridad, de la CGTD seccional, de la Asociación de Institutores de Antioquia, Adida, del concejo de Caramanta y de Fenacar, en nombre de los comerciantes de Ciudad Bolívar, que decidieron cerrar sus puertas ese día. Directivos de los sindicatos de Satexco, Solla, Telecom, Sintéticos, el Metro de Medellín, Vicuña, Químicos, ACEB, la Caja Agraria, Empaques, Coltejer y Polímeros, llegados en dos buses desde la capital, desplegaron pancartas de apoyo.

Destacados voceros de la Unidad Cafetera Departamental estuvieron coordinando activamente las distintas tareas. Allí se hallaban los veteranos dirigentes Bernardo Benjumea y Joaquín Martínez, de Hispania; Albeiro Sánchez y Pablo Álvarez, de Betania; Carlos Arroyave, de Andes; Heriberto Maya y Julián Londoño, de Salgar; Antonio Mejía, Jairo Herrera y Jairo Usma, de Pueblo Rico; los integrares del resguardo indígena de Cristianía, en Jardín; Juan de J. Restrepo y Efraín Gómez, de Ciudad Bolívar; el doctor Francisco José Fernández, de Jericó, y Juan Pablo Velásquez, de Betulia. «Aquí nos encontramos los patriotas, no los gobernantes soberbios y apátridas», dijo Eugenio Ramírez, de Betania, miembro de la comisión coordinadora de la Unidad Cafetera en el departamento. Muchos improvisados oradores subieron al tablado, alternando con artistas en la fiesta de la rebeldía popular.

Hacia las 5 de la tarde, Jorge Gómez, coordinador de la Unidad Cafetera seccional, hizo el exitoso balance de la jornada en todo el país y exhortó a los tres mil cultivadores a regresar en forma pacífica a sus sitios de origen, llamamiento que fue acogido con disciplina por cada uno de los asistentes.