MARX Y ENGELS, UNA ALIANZA SIN IGUAL EN LA HISTORIA

Marx no debió el triunfo de su vida a sus solas fuerzas, por poderosas que éstas fuesen. En cuanto puede humanamente juzgarse, hubiera sucumbido más temprano o más tarde y de un modo u otro, de no encontrar en Engels el amigo de cuya lealtad y espíritu de sacrificio podemos hoy formarnos una idea completa por su correspondencia ya publicada.

La imagen de esta amistad no tiene paren la historia. (…) Cuanto más se entretejían sus ideas y su obra, más resaltaba la personalidad propia de cada uno de ellos.

La diferencia de personalidades se acusaba ya en su aspecto exterior. Engels era un germano, rubio, esbelto, con modales ingleses, según lo atestigua un observador de la época; pulcramente vestido siempre, veíase en él la disciplina, no sólo del cuartel, sino de la oficina en que trabajaba. (…) Hecho a los negocios y a las diversiones de la burguesía inglesa, a sus cacerías de zorros y a sus banquetes de Navidad, Engels era el obrero de la inteligencia y el luchador que en una casita situada en las afueras de la ciudad tenía albergado un amor, una muchacha irlandesa de pueblo, en cuyos brazos iba a descansar cuando se sentía ya demasiado fatigado de las intrigas y las luchas de los hombres.

Marx era el reverso de esta medalla: recio, fornido, con sus ojuelos chispeantes y su melena de león, negra como el ébano y clara muestra de su origen semita; tardo en sus movimientos; un buen padre de familia agobiado, al margen de toda la vida social y mundana, en aquel centro cosmopolita, entregado al incesante trabajo de la inteligencia, comiendo aprisa para volver a él, absorbido por él hasta altas horas de la noche; pensador incansable para quien no había placer más alto que el pensamiento. (…) Poco práctico para las cosas pequeñas y genialmente práctico para las grandes; incapaz para llevar un presupuesto doméstico, pero de una capacidad incomparable para levantar y conducir un ejército que había de hacer cambiar la faz del mundo.

Y si el estilo es el hombre, también como escritores mediaban entre ellos grandes diferencias. Los dos eran, cada cual a su modo, maestros del lenguaje y los dos también genios para las lenguas, pues ambos dominaban toda una serie de idiomas y hasta de dialectos extranjeros. Engels superaba en esto a Marx, pero cuando escribía en su lengua materna, aunque sólo fuesen cartas -y mucho más, naturalmente, cuando eran otras obras- se ceñía al idioma propio, libre de todos los pliegues y modismos extranjeros, aunque sin caer en las ridículas exageraciones de los puristas. Escribía lisa y llanamente, y con tal diafanidad y tersura, que se puede leer hasta en el fondo de la movida corriente de su discurso.

Marx escribía más premiosamente y en un estilo más difícil. En las cartas de su juventud, semejante en esto a las de Heine, se le ve todavía claramente debatiéndose con el lenguaje, y en las escritas en sus años maduros, sobre todo las de Inglaterra, hay una jerga de alemán, inglés y francés, todo revuelto. También en sus obras abundan los términos extranjeros más de lo que fuera menester. (…) Marx no acostumbraba apurar hasta el fin los problemas tratados, sino que gustaba de dejar al lector un margen fecundo para la reflexión; su discurso era como el juego de las olas sobre el fondo purpúreo del mar.

Engels reconoció siempre en Marx la superioridad del genio; a su lado, no quiere destacarse nunca en primer plano. Pero en realidad, jamás fue mero intérprete o auxiliar suyo, sino que fue siempre su colaborador autónomo, pues su talento, si bien no se confundía con el de Marx, no era inferior a él. El propio Marx había de confirmar, pasados veinte años, en una carta dirigida a su amigo, que, en los orígenes de su amistad y en una materia de decisiva importancia, Engels había aportado más que recibido: «Te constan dos cosas, primero, que a mí me llega todo más tarde, y segundo, que no hago más que seguir tus huellas». Engels, más rápido y expeditivo, se movía con más desenvoltura, y, si bien su mirada era lo suficientemente aguda y penetrante para tocar en seguida el punto decisivo de un problema o de una situación, no era, en cambio, lo bastante profunda para ponderar todo el pro y el contra que la decisión podía llevar aparejados. Claro está que esta falta es, en un hombre de acción, una gran ventaja, y Marx no adoptaba ninguna resolución política sin antes aconsejarse de Engels, quien solía dar en seguida en el clavo.

Era natural, dada esta correlación de fuerzas, que los consejos de Engels no fuesen tan fecundos en el terreno teórico como en materia política. Aquí solía llevar Marx la delantera y nunca prestó oídos a las sugestiones de Engels para que terminase cuanto antes su obra científica capital. «No sé cuándo te convencerás de que no tienes por qué ser tan concienzudo con tus cosas y de que está sobradamente bien para el público. Lo principal es que lo escribas y se publique; las faltas que tú le encuentres no han de echarlas de ver los asnos». En este consejo se retratan de cuerpo entero los dos, Engels dándolo y Marx no siguiéndolo.

(…) En la primavera de 1854, a Engels volvió a asaltarle la idea de retornar a Londres, para abrazar la carrera de escritor; fue la última vez en que se vio acometido por ella; a partir de entonces, tomó la firme resolución de echarse encima para siempre el odioso yugo de la responsabilidad mercantil en la empresa de su padre, no sólo para poder ayudar al amigo, sino para que el Partido no perdiese su primera inteligencia. De otro modo ni Engels hubiera podido realizar el sacrificio, ni Marx aceptarlo; pues no se sabe qué requería más firmeza de juicio en él, si el brindarlo o el recibirlo.

Antes de verse elevado a copartícipe de la empresa, Engels, como simple empleado, no disfrutaba, ni mucho menos, de una situación próspera; pero desde el primer día en que se instaló a vivir en Manchester, no hizo más que ayudar al amigo incansablemente. Los billetes de una libra, de cinco, de diez, y luego de cien, pasaban de sus manos a Londres sin cesar. Y Engels no perdía nunca la paciencia, aunque Marx y su mujer, cuyo talento administrativo para el presupuesto doméstico no debía de ser muy grande, le hiciesen pasar por duras pruebas. Ocurrió una vez que Marx se olvidó de avisarle de una letra librada sobre él, encontrándose desagradablemente sorprendido el día de su vencimiento; en casos como éste, Engels no hacía más que menear la cabeza con amistoso reproche. (…)Pero Engels no se limitaba a trabajar para su amigo durante el día, en la mesa del despacho o en la Bolsa, sino que le sacrificaba también, en buena parte, las horas vespertinas de descanso, hasta bien entrada la noche. (…)

Y sin embargo, todo esto no es nada, comparado con el sacrificio más doloroso que hubo de realizar Engels, renunciando a la labor científica para la que le capacitaban sus magníficas dotes y su capacidad de trabajo poco común. Para tener idea de esto hay que leer la correspondencia cruzada entre los dos, y fijarse, por ejemplo, aunque sólo fuese esto, en los estudios filosóficos de ciencia militara que Engels se consagraba con predilección, llevado de una «inclinación antigua» y de las exigencias prácticas de la cruzada de emancipación del proletariado. Odiando como odiaba a los «autodidactas», y siendo sus métodos científicos de trabajo sólidos siempre y concienzudos, distaba mucho de ser, como distaba Marx, un simple erudito de biblioteca, y cada nuevo conocimiento adquirido érale doblemente precioso con tal de que pudiese ayudar en seguida a aliviar al proletariado de sus cadenas.

Se consagró al estudio de las lenguas eslavas, llevado de la «consideración de que, por lo menos, uno de nosotros» habrá de prepararse para la acción próxima conociendo el idioma, la historia, la literatura y las instituciones sociales de las naciones con las cuales vamos a entrar inmediatamente en colisión. (…)

Sus diligentes y concienzudos estudios de ciencia guerrera le valieron el sobrenombre de «general». También aquí se aliaban la «antigua inclinación» y las necesidades prácticas de la política revolucionaria. Engels contaba con la «enorme importancia que la partie militaire habría de cobrar en el próximo movimiento». Los oficiales que se pasaron al campo del pueblo, durante los años de la revolución, no habían dado muy buenos resultados. «No hay quien desarraigue de este hatajo de soldados -escribía Engels- su repugnante espíritu de cuerpo. Se odian unos a otros mortalmente; la más pequeña distinción obtenida produce en los demás una envidia de chicos de escuela, pero contra la ‘paisanería’ son todos unos». (…) Apenas instalarse en Manchester, se puso a «empollar cosas militares» (…) a estudiar la organización toda del ejército, hasta en sus detalles técnicos más minuciosos (…)

Finalmente, se consagró al estudio de la historia general de las guerras, aplicándose con especial cuidado a las obras del inglés Napier, del francés Jomini y del alemán Clausewitz. Lejos declamar contra la inmoralidad de las guerras, siguiendo las huellas superficiales del liberalismo, Engels se dedicó a estudiar la razón histórica de estos fenómenos, con lo cual provocó más de una vez la cólera declamatoria de la democracia. (…)

Engels sentía asimismo predilección por las ciencias naturales, sin que tampoco en este terreno le fuese dado llevar a término sus investigaciones durante aquellos años en que hubo de entregarse a la actividad comercial para dejar paso franco a los trabajos científicos más importantes de su amigo.
Todo esto era una tragedia, pero Engels no se lamentaba de ella, pues estaba curado, como su amigo, de todo sentimentalismo. Consideró siempre como la mayor dicha de su vida el haber podido vivir cuarenta años al lado de Marx, aun a costa de que la figura gigantesca de éste le ensombreciera. Y cuando, al morir su amigo, se le hubo de reconocer, durante más de diez años, como la figura preeminente del movimiento obrero internacional, no vio en ello una legítima reparación, sino que creyó, por el contrario, que se le atribuía un mérito al que no era acreedor.

La amistad de estos dos hombres, entregados de lleno a la causa común, a la que ambos ofrendaron un sacrificio, si no igual, igualmente grande, sin asomo de jactancia ni de lamentación, constituye una alianza sin par en la historia de todos los tiempos.
(Extractos del libro de Franz Mehring, Carlos Marx.)

LA FUERZA DE SU PALABRA

Política obrera

Queremos la abolición de las clases. ¿Cuál es el medio para alcanzarla? La dominación política del proletariado. Y cuando en todas partes se han puesto de acuerdo sobre ello, ¡se nos pide que no nos mezclemos en la política! Todos los abstencionistas se llaman revolucionarios y hasta revolucionarios por excelencia. Pero la revolución es el acto supremo de la política; el que la quiere, debe querer el medio, la acción política que la prepara, que proporciona a los obreros la educación para la revolución y sin la cual los obreros, al día siguiente de la lucha, serán siempre engañados por los Favre y los Pyat. Pero la política a que tiene que dedicarse es la política obrera; el partido obrero no debe constituirse como un apéndice de cualquier partido burgués, sino como un partido independiente, que tiene su objetivo propio, su política propia.

Las libertades políticas, el derecho de reunión y de asociación y la libertad de la prensa; éstas son nuestras armas. Y ¿deberemos cruzarnos de brazos y abstenernos cuando quieran quitárnoslas? Se dice que toda acción política implica el reconocimiento del estado de cosas existente. Pero cuando este estado de cosas nos da medios para luchar contra él, recurrir a ellos no significa reconocer el estado de cosas existente.

(Sobre la acción política de la clase obrera, 21 de septiembre de 1871).

El Estado, dominación de clase
En el Estado toma cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los hombres. La sociedad se crea un órgano para la defensa de sus intereses comunes frente a los ataques de dentro y de fuera. Este órgano es el poder del Estado. Pero, apenas creado, este órgano se independiza de la sociedad, tanto más cuanto más se va convirtiendo en órgano de una determinada clase y más directamente impone el dominio de esta clase. La lucha de la clase oprimida contra la clase dominante asume forzosamente el carácter de una lucha política, de una lucha dirigida, en primer término, contra la dominación política de esta clase; la conciencia de la relación que guarda esta lucha política con su base económica se oscurece y puede llegar a desaparecer por completo. Si no ocurre así por entero entre los propios beligerantes, ocurre casi siempre entre los historiadores. De las santiguas fuentes sobre las luchas planteadas en el seno de la república romana, sólo Apiano nos dice claramente cuál era el pleito que allí se ventilaba en última instancia el de la propiedad del suelo. (…)

(Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, 1886)

Cómo se oculta la miseria de la clase obrera
La causa de la miserable situación de la clase obrera no debía buscarse en ciertas deficiencias aisladas sino en el propio sistema capitalista. El obrero cede su fuerza de trabajo al capitalista a cambio de un jornal. Después de unas cuantas horas de trabajo, el obrero ha reproducido el valor del jornal. Pero, según el contrato de trabajo, el obrero aún debe trabajar unas cuantas horas más hasta completar su jornada. El valor creado por el obrero durante estas horas de plustrabajo constituye la plusvalía, que no cuesta ni un céntimo al capitalista, pero que éste se embolsa. Tal es la base del sistema que va dividiendo más y más a la sociedad civilizada en dos partes; de un lado, un puñado de Rothschilds y Vanderbilts, propietarios de todos los medios de producción y consumo, y de otro, la enorme masa de obreros asalariados, cuya única propiedad es su fuerza de trabajo. Y que la causa de todo esto no reside en tal o cual deficiencia de tipo secundario, sino únicamente en el sistema mismo, lo ha demostrado hoy con toda evidencia el desarrollo del capitalismo en Inglaterra.

(…) Las repetidas epidemias de cólera, tifus, viruela y otras enfermedades mostraron al burgués británico la urgente necesidad de proceder al saneamiento de sus ciudades, para no ser, él y su familia, víctimas de esas epidemias. Por eso, los defectos más escandalosos que se señalan en este libro, o bien han desaparecido ya o no saltan tanto a la vista. Se han hecho obras de canalización o se ha mejorado las ya existentes; anchas avenidas cruzan ahora muchos de los barrios más sórdidos; ha desaparecido la «Pequeña Irlanda» y ahora le toca el turno a Seven Dials. Pero, ¿qué puede importar todo esto? Distritos enteros que en 1844 yo hubiera podido describir en una forma casi idílica, ahora, con el crecimiento de las ciudades, se encuentran en el mismo estado de decadencia, abandono y miseria. Ciertamente, ahora ya no se toleran en las calles los cerdos ni los montones de basura. La burguesía ha seguido progresando en el arte de ocultar la miseria de la clase obrera. Y que no se ha hecho ningún progreso sustancial en cuanto a las condiciones de vivienda de los obreros lo demuestra ampliamente el informe de la comisión real On the Housing of the Poor, redactado en 1885. Lo mismo ocurre en todos los demás aspectos. Llueven las disposiciones policíacas como si salieran de una cornucopia, pero lo único que pueden hacer es aislar la miseria de los obreros; no pueden acabar con ella.

(F. Engels, Prefacio a la segunda edición alemana de 1892 de La situación de la clase obrera en Inglaterra).

Los socialistas toman, por tanto, una parte activa en cada fase de evolución por la que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, sin perder jamás de vista que esas fases no son otra cosa que etapas que llevan al gran objetivo principal: a la conquista del poder político por el proletariado, como medio de reorganización social. Su lugar está entre los combatientes por cualquier éxito inmediato en beneficio de la clase obrera; y ve en estos éxitos políticos o económicos nada más que un pago de cuentas por partes. Por eso consideran que todo movimiento progresista o revolucionario es un paso en la dirección de su propia marcha; su misión especial es estimular a los otros partidos revolucionarios y, en caso de victoria de uno de ellos, salvaguardar los intereses del proletariado. Esta táctica, que jamás pierde de vista el gran objetivo, preserva a los socialistas contra las desilusiones a que están sujetos infaliblemente los otros partidos, menos clarividentes, ya sean los republicanos puros, ya los socialistas sentimentales, que toman una simple etapa como meta final del movimiento.(…)

(La venidera revolución italiana y el partido socialista, 1894).

Del legado de Mosquera: EL INTERVENCIONISMO PROLETARIO Y EL DERECHO DE LAS NACIONES A LA AUTODETERMINACIÓN

(Capítulo del editorial titulado «El carácter proletario del Partido y la lucha contra el liberalismo «, escrito el 13 de enero de 1979 por Francisco Mosquera y suscrito además por Oscar Parra y Enrique Daza, con motivo de la integración de los CDPR y el MIR a nuestra organización. Publicado en Tribuna Roja, No. 33, febrero-marzo de 1979.)

A la pregunta de si somos o no un partido internacionalista, al rompe y sin titubeos respondemos de manera afirmativa. ¿Por qué entonces hablamos tanto de la defensa de la patria y de la autodeterminación de las naciones? ¿No entraña esto un contrasentido flagrante? Ciertamente no.

Donde prevalezca aún el régimen capitalista, y ello sucede en la mayor parte del planeta, el proletariado combate por arrancarse del cuello el dogal de la esclavitud asalariada. Y este nudo no puede desatarlo a menos que haya barrido y echado a la basura la propiedad individual sobre los instrumentos y medios de producción. Pero como la burguesía, imitando a las clases que la precedieron en la usurpación de los frutos del trabajo de los demás, no cede las prerrogativas por las buenas, los obreros se ven compelidos, tal cual lo hemos anotado, a erigir sobre los escombros del poder estatal del capital un Estado suyo que les garantice sus atribuciones. Al hacerlo preludian la desaparición de las clases, o sea de la violencia organizada de unas gentes contra otras, y despejan la emancipación ulterior de la especie humana, al trocarla de víctima expiatoria y ciega de la evolución social en sujeto consciente y dominante de la misma. Los comunistas auténticos de todas las fechas y de todos los sitios han ensalzado en sus cánticos marciales estas máximas aspiraciones revolucionarias. No tienen intereses particulares qué alegar que los enfrenten entre sí o los aparten del conjunto del movimiento obrero. De ahí su indisoluble unidad internacional. Los que han vencido y ahora construyen el socialismo simplemente han comenzado a poner en práctica el programa máximo común, lógicamente ajustado a las singularidades de cada lugar, haciéndose merecedores del apoyo cerrado de los trabajadores de toda la superficie del globo. Por encima de las barreras idiomáticas, del ancestro y costumbres de los pueblos y de las modalidades de lucha según las etapas en que se hallen, los partidos proletarios forman un gigantesco haz de voluntades que les da una nítida superioridad sobre las banderías burguesas que, a pesar de sus eventuales avenimientos e invocar todas el capitalismo, no consiguen suprimir las trápalas y rebatiñas recíprocas, hervidas en la paila del lucro privado.

La proclama lapidaria del Manifiesto Comunista salido del caletre de Marx y Engels en 1847, y que hoy retumba con inusitado vigor por los cuatro vientos, reza: «¡Proletarios de todos los países, uníos!»

De otra parte, en un mundo parcelado sin cura inmediata en múltiples naciones, al proletariado no le queda otra alternativa que darles a su lucha y a sus partidos una expresión nacional. Limitante sólo formal que lo empuja a concluir por países la revolución socialista, sin que ello vaya en desmedro de sus obligaciones internacionales. Así como nos valemos de la faja ecuatorial al demarcar el hemisferio norte del hemisferio sur en la esfera terráquea, el mejor rasero para diferenciar a los partidos autodenominados marxista-leninistas, catalogarlos entre legítimos y apócrifos, es la actitud que mantengan ante el internacionalismo. Cualquier postura o concepción que lesione el proceso de acercamiento y la solidaridad de los trabajadores de las diferentes latitudes desvirtúa su espíritu de clase. A la consigna de la unión internacional de los obreros ha de cercársele necesariamente la de la autodeterminación de los pueblos, que estriba en el derecho de cada uno de éstos a decidir independientemente su destino y a proporcionarse el Estado que les plazca sin intervención forastera. Porque la complicidad y la tolerancia otorgada en nombre del comunismo a la opresión nacional, sea cual fuere el móvil o la excusa que se esgrima, la menos torva o la más cínica, obstaculizará grave e ineludiblemente las relaciones fraternas entre el proletariado de la región sojuzgada y el de la república sojuzgadora. No defeccionando en la defensa de los principios de la autodeterminación de los países y pidiendo la picota para quienes la violen, evitamos que las diferencias nacionales sirvan de laberinto en donde se pierdan y pericliten la unidad y la lucha internacionalistas de la clase obrera.
La nación moderna es un producto del capitalismo, del primaveral, el del curso ascendente, cuando blandía el «dejar hacer» y el «dejar pasar», las palabras mágicas con que rasgaba los enigmas del aislamiento y la dispersión feudales. Quería mercados seguros y armónicos, para lo cual fue agrupando aquí y allá a millones de personas que mantenían nexos de lengua, territorio, idiosincrasia, economía, etc., en una sola comunidad nacional, regentada por disposiciones uniformes de pesos y medidas, moneda única e impuestos y aranceles aduaneros centralizados. Inspiró y animó los levantamientos independentistas, y tras éste y el resto de emblemas democráticos arremolinó en torno suyo a las muchedumbres. Pronto el jayán que saltó a la palestra lleno de nobles intenciones y que cándidamente creía que la creación empezaba y terminaba con él, se transmudó en un viejo ávido y avieso que, a la inversa del Fausto de Goethe, estaba condenado, para seguir viviendo, a destejer los pasos y a maldecir las ejecutorias de su juventud. El capitalismo otoñal, o imperialismo, dejó de ser el forjador y el libertador de naciones, ahora se esmera de gendarme y de corsario colonialista y las multitudes por doquier lo vituperan y le lanzan guijarros. Sin embargo, el capital monopolista destrozó definitivamente el caparazón nacional y con su entramado de negocios por el orbe entero posibilita la interrelación de las comarcas más apartadas, incrementando cada día el mercado mundial; pero todo en base a la opresión de unas naciones sobre otras. El proletariado es fervoroso partidario de aumentar la comunicación entre los pueblos, de estrechar sus lazos de amistad, estimular sus intercambios y colaboración en beneficio mutuo; no obstante propende porque este acercamiento se adelante respetando la decisión libre y voluntaria de las naciones, única manera de llevarlo a cabo. Las diferencias y recelos nacionales se desvanecerán a medida que haya un desarrollo económico equilibrado de todos los países, aparejado a un ejercicio pleno de la democracia. El imperialismo se opone ciegamente a ambos requisitos. Sólo el socialismo los hace realidad. La burguesía enfatiza en lo que desune a las masas, el proletariado en lo que las une. Las contiendas de Colombia y de todos los pueblos por su liberación y la salvaguardia de su soberanía constituyen el principal ariete para batir las murallas de la fortaleza imperialista. Nuestro internacionalismo proletario se refleja en la irrestricta solidaridad que les brindamos a esas luchas.

Al llegar al clímax la hegemonía del imperio estadinense, a raíz de las dos guerras mundiales, especialmente la última, la explotación y dominación internacionales adoptaron la forma de neocolonialismo: bandolerismo de nuevo cuño, disfraz típico y perfeccionado del capital imperialista, cuyo quid radica en barnizar el saqueo de los pueblos con empastes de libertad y soberanía. La metrópoli no recurre a agentes propios para reinar sino a lacayos nativos y mandatarios títeres. Su preponderancia es tal, sobre todo la que le infunde su capacidad financiera colosal, que cualquier modelo de gobierno, desde el militar cuartelario de Argentina, hasta el democrático representativo de Colombia, pasando por el monárquico republicano español, cabe dentro de sus proyectos y se acopla a su pillaje. Los incidentes de Nicaragua, todavía sin epilogo, nos suministran harta documentación relativa al funcionamiento de dicho sistema. La dinastía de los Somoza, espejo de las satrapías asesinas del legendario Caribe, que ha exprimido el sudor y la sangre de ese pequeño pero bizarro pueblo de América Central durante cuatro escalofriantes decenios, ha sido lactada por los Estados Unidos. Al presidente Carter le preocupa que el muñeco nicaragüense desafine en su opereta de alabanza a los «derechos humanos». En consecuencia articuló una maniobra para sustituirlo, mediante un golpe electoral, por otra marioneta de menor desprestigio, y antes de que el Frente Sandinista logre la liberación con la lucha armada. Se ha recostado en la OEA y ha movilizado a los tres o cuatro gobiernos serviles del Continente que quedan designados por sufragio, entre los cuales no podría faltar el colombiano, el más obsecuente y obsequioso, con el objeto de manipular un movimiento nacionalista proyanqui de Nicaragua, que, sin autorizar la salida de ésta del aprisco colonial, les permita al imperialismo yanqui y a sus monaguillos posar de democráticos y progresistas. A fuerza de experiencia no podemos menos de desenmascarar esta horrenda farsa de la reacción continental y del oportunismo referente a los acontecimientos del hermano país, y advertir que la independencia nacional no se alcanza porque se reemplacen los uniformes y las charreteras por el smoking y el corbatín.

Si en algo se distinguen las administraciones liberales de las del gorilato es en el alto grado de fariseísmo que las caracteriza. En Colombia hay extorsión imperialista, tanto o peor que en Nicaragua; y aun cuando no se han presentado todavía conatos de rebelión popular, como los protagonizados por los sandinistas, proliferan los casos de represión violenta contra las masas trabajadoras, los presos políticos, los jóvenes torturados o masacrados, las restricciones a la información, los consejos verbales de guerra de la justicia castrense, los decretos fascistoides de seguridad pública. Conmover alos nicaragüenses con la forma colombiana o venezolana es envilecerlos y ponerlos a suspirar por una careta para el somocismo sin Somoza. Y quienes se presten a publicitar este licor alterado, con su nacionalismo de derecha o de «izquierda», envenenan el cuerpo y el alma de los pueblos y como bestias de carga llevan caña al trapiche imperial.

Por eso los comunistas no nos agregamos a cualquier tipo de reivindicación nacional; no coreamos las rogativas reaccionarias para que las masas se contenten con soberanías simuladas, autodeterminaciones restringidas y no intervenciones de mentiras. Bajo el neocolonialismo la más vulgar y prostituida expoliación se pavonea de dama recatada y pudorosa. La dependencia económica sustenta indirecta pero eficazmente la intromisión política de los magnates de las casas matrices, y sin arrancar de cuajo aquélla no se suprime ésta. Enarbolamos y respaldamos los esfuerzos aguerridos de los pueblos de todos los países para asir las riendas de su desarrollo industrial y cultural, al margen de imposiciones extranjeras de cualquier etiqueta, y para edificar sobre estos cimientos el Estado que mejor les convenga. Al actuar así contribuimos a superar los valladares y prevenciones nacionales y a apretar el abrazo sincero y cariñoso de los obreros de todo el mundo, sin distingos de color o apellido.

Nuestro intervencionismo no se contrapone a la soberanía y autodeterminación de las naciones. Al revés, se complementan mutuamente.

Declaración del MOIR: PONER FIN AL INTERVENCIONISMO YANQUI EN COLOMBIA

Colombia ha sido conducida a la que, sin duda, es su más honda y compleja situación crítica. Esto indica el alto grado de agudización que han alcanzado sus contradicciones sociales y las que como nación tiene con la política que le ha dictado e impuesto Estados Unidos. Ocasión más que propicia, entonces, para que las clases populares desentrañen la causa real y los promotores, internos y externos, de sus males; se prevengan del letargo y la confusión en que las quieren sumir e inicien la forja de un gran movimiento de resistencia y salvación nacionales.

En lo que constituye diferentes fases de una misma política, los gobiernos de Barco, Gaviria y Samper han apuntalado en el país la apertura económica, de la que el «salto social» es a la vez un aditamento y un cosmético, acogiendo así el plan diseñado por Washington para la conquista de los mercados y la expoliación de los recursos, ahorro y trabajo de las naciones latinoamericanas. La realización pronta y eficaz de este designio es una cuestión imperiosa para Estados Unidos, pues precisa del engrosamiento de sus arcas a fin de enfrentar con cierta holgura la competencia de sus rivales económicos y comerciales, principalmente Japón y la Comunidad Europea, y consolidar su prepotencia global. Se explica así que, en asunto que le es tan vital, Norteamérica ponga en juego todo su poderío y recurra a toda suerte de medios, incluidos los más siniestros.

Poca cosa le importan, salvo para enmascarar sus funestos propósitos, la soberanía y la autodeterminación de las naciones, ni su desarrollo económico y social, y mucho menos la democracia, la moral y el respeto a las leyes o a los llamados derechos humanos. Aún más, no sólo no le importan, sino que de su permanente desprecio y violación depende la supervivencia de su imperialismo, como lo demuestra su historial a lo largo del siglo XX. Ha invadido y asolado naciones, complotado para poner y deponer mandatarios y ha perseguido o se ha aliado con las más diversas organizaciones criminales, todo según sus conveniencias que, por su naturaleza, excluyen consideraciones democráticas o éticas.

El narcotráfico y sus múltiples secuelas ha sido elevado por la Casa Blanca a la categoría de problema de seguridad nacional y de objetivo estratégico. Más que a contrarrestarlo efectivamente, semejante presentación está destinada a reforzar el pretexto para intervenir política y militarmente en todos los países que tengan que ver con la producción y comercio de narcóticos. Al respecto, Colombia es un blanco preferido, a la que, si su gobierno lo permite, como ha sido el caso, se le puede aplicar con especial intensidad toda la gama de medidas intervencionistas en los diversos aspectos de su organización social.

No es de extrañar entonces que, aun contando con el beneplácito y la complicidad de quienes han venido gobernando el país, el imperialismo norteamericano haya implantado de manera burda y arbitraria sus disposiciones en el manejo de nuestra economía y comercio. Como resultado, avanza el ingreso de productos a nuestro mercado y el asalto del capital financiero a los renglones más rentables, mientras se presenta agostamiento o quiebra de los sectores industriales y la producción agraria entra en plena bancarrota, ocasionando la pauperización de sectores enteros de la población sometidos al desempleo, el incremento del costo de vida y la caída de los salarios. Esta verdadera crisis revela el objetivo fundamental de la política de recolonización emprendida por Estados Unidos.

Sobre ella se alza la crisis política e institucional. Para quitar del camino toda persona, organización o entidad social que obstaculice sus intereses o que, sirviéndolos, no lo haga con la debida fidelidad y eficacia, y para eliminar del ordenamiento jurídico e institucional toda traba para su dominación, el imperialismo yanqui ejerce contra la nación un salvaje intervencionismo. Recurre a la coacción y el chantaje para que las medidas económicas cumplan con los condicionamientos de las grandes agencias prestamistas como el Banco Mundial y el BID, y satisfagan los apetitos de las multinacionales; introduce a voluntad en el territorio nacional tropas y naves militares; instala sofisticados equipos de vigilancia e inteligencia en puntos claves de nuestra geografía, e incrusta en los organismos estatales a agentes de la DEA, la CIA y el FBI -todas famosas por sus infamias-, que participan y ocupan puestos de comando en operativos de orden público. A esto se suma la intromisión del embajador Frechette en los asuntos internos y la manera prepotente como califica y descalifica las conductas oficiales o privadas que no consulten a plenitud los dictados imperiales de su país.

Tan repudiable intervencionismo está enmarcado en la política de recolonización emprendida por el imperialismo estadinense. Es el principal problema que enfrenta Colombia y como tal preside todas y cada una de sus contradicciones internas. A ello se suma el hecho aberrante de que se practica con la complacencia y el respaldo del gobierno de Samper Pizano, dando lugar a una política de sumisión nacional.

Con todo, esto no le ha bastado al imperialismo. Contando con la abyección de un organismo que tiene tan amplios poderes coactivos y policíacos como la Fiscalía General al mando de Alfonso Valdivieso y con la obediencia debida de la Policía Nacional presidida por el general Serrano Cadena, los utiliza como demoledores arietes para, bajo el manto de una hipócrita cruzada contra la criminalidad y la corrupción, desprestigiar y apabullar a quienes considera indeseables aunque hayan sido obsecuentes con su hegemonía, someter a través de un basto terrorismo judicial a miembros de la clase política que no sean absolutamente adictos a sus intereses, en fin, para tener en sus manos el reajuste a discreción de los dirigentes públicos y privados del país. En esta estratagema ha alineado o puesto a su servicio buena parte de los medios de comunicación, ha recibido refuerzos de los moralistas de cuño viejo, como los que siguieron al desaparecido líder Galán, o de nuevo cuño, como el aparecido Bernardo Hoyos, y, en lo que constituye una demostración tanto de su poder intimidatorio como de la pusilanimidad de Samper y su gabinete, ha recibido el apoyo y el encomio del gobierno.

Al entredicho en que hoy se encuentra Ernesto Samper, debido al financiamiento de su campaña electoral por parte de agrupaciones delincuenciales, se le agrega el que corresponde al hecho, no menos grave, de que esa misma campaña haya recibido dineros de las multinacionales norte americanas y de poderosos grupos financieros nacionales. Se configura así un problema que, en el contexto del antagonismo entre los intereses de la nación y el imperialismo, saca el entredicho del ámbito jurídico y lo eleva a la categoría de la legitimidad política de Samper para seguir siendo presidente de Colombia. La solución del problema y de la actual crisis no depende entonces de su absolución o condena judicial, sino del rechazo radical al intervencionismo imperialista y de la defensa firme y plena de la soberanía económica nacional.

Le encrucijada en que el imperialismo yanqui ha colocado a la nación hace aparecer una línea divisoria entre quienes secundan, alcahuetean o consienten su continuado intervencionismo y quienes le oponen resistencia, lo condenan o rechazan. Esa línea debe resaltarse, puesto que define los dos bandos cuyo enfrentamiento antagónico le da una forma particular a la lucha de clases en la hora actual. Asumiendo la posición de los trabajadores, el MOIR pondrá todos sus cuadros y militantes al lado de las clases o sus sectores, organizaciones políticas y sociales, y personas civiles, militares o religiosas que repudien y resistan la injerencia imperialista, y emprenderá con ellos la formidable e histórica brega por la soberanía en todos los órdenes de la vida nacional.

Movimiento Obrero Independiente Revolucionario (MOIR)
Comité Ejecutivo Central
Héctor Valencia, Secretario General.

FRANCISCO MOSQUERA, EL MÁS GRANDE PENSADOR MARXISTA DE LA REVOLUCION COLOMBIANA

Declaración del Comité Ejecutivo del MOIR con motivo de cumplirse el primer aniversario de la muerte del camarada Francisco Mosquera.

En una revelación incesante de la vigencia que en nuestra época tiene el riguroso análisis de la realidad contemporánea realizado por Francisco Mosquera, el desenvolvimiento de los antagonismos sociales a nivel nacional e internacional, durante el año transcurrido desde su muerte, sigue el curso histórico que él señaló. Este hecho prueba una vez más que su obra teórica está tan radicalmente afirmada en nuestro tiempo que, una vez conocida, no puede ser exceptuada por quienes precisan de una concepción revolucionaria para transformar el mundo y requieren de criterios esclarecedores y certeros en la lucha contra el imperialismo y la reacción. Ante esta evidencia, y como es natural que sus enemigos intentarán por todos los medios ignorarla o tergiversarla, es nuestro deber, primordial e ineludible, divulgar su significado más allá de las fronteras partidarias, proletarias y nacionales. Igualmente, pregonar a los cuatro vientos lo que la hizo posible: una vida comprometida íntegra y permanentemente en subvertir la situación degradante que las clases dominantes imponen sobre las masas populares.

Francisco Mosquera avizoró desde su juventud la necesidad de servir a su pueblo y con ese propósito emprendió el rechazo, y se despojó de las ideas y actitudes atrasadas que, prevalecientes en la sociedad, se inculcaban por doquier. Su rebeldía lo llevó a situarse inicialmente en un entorno de pequeños burgueses que buscaban las formas de hacer revolución aglutinados bajo la sigla del MOEC. Allí efectuó sus primeras prácticas políticas y pudo comprobar los desatinos que se producen cuando los desenfoques e incoherencias de la pequeña burguesía son trasladados a las luchas sociales. Emprendió entonces su gran negación de este fenómeno. Y no lo hizo con un espíritu vacilante o ecléctico, pues no era una negación vacía, inútil o escéptica, sino que ya entrañaba la afirmación de lo proletario y el desarrollo de lo revolucionario.

Fue ésa una postura decisiva en la cual aparecen dos características, inherentes a los verdaderos revolucionarios, que el camarada Mosquera guardaría a lo largo de su existencia. El valor para pensar de manera crítica y refutar a fondo las irracionalidades ideológicas y políticas que se generan en el desprecio de las condiciones sociales y materiales existentes, casi siempre acompañadas de elucubraciones idealistas, y que conducen a la adopción de métodos de organización y de lucha lesivos para la revolución. Ligado a ese valor se manifiesta el que tuvo para llevar a la práctica sus ideas, sin temerle a la realización de tareas arduas y complejas, librando ingentes batallas contra toda suerte de enemigos de clase y del MOIR, en una calificada conjunción de osadía e inteligencia. Desplegar estos valores le permitió su gran afirmación de lo propio de la clase obrera: el punto de vista materialista del mundo y de la historia; la síntesis conceptual de sus intereses y sus luchas: el marxismo- leninismo y el maoísmo, y la dialéctica como forma de movimiento de todo lo existente.

A partir de entonces su cometido fue aún más fecundo. Con su capacidad para aprehender y manejar esas armas emprendió el examen concreto de la situación nacional, es decir, de su base económica y su superestructura política e ideológica, y, lo que es igualmente importante, de su interacción, a fin de extraer criterios políticos acertados. Esta labor, simple en su enunciado pero titánica en su realización, exigía combinar serias investigaciones teóricas con el conocimiento que iba brotando de la práctica política. Sus conclusiones no pudieron ser más fructíferas: señaló al imperialismo norteamericano y la oligarquía colombiana conformada por grandes burgueses y terratenientes como los principales impedimentos para el desarrollo económico y el progreso democrático del país al imponer unas relaciones de producción anacrónicas, someter a la población a la sojuzgación política y socavar la soberanía nacional. En consecuencia, para sacudirse la dominación y cambiar esas relaciones, las clases populares deben conformar un frente único que, con el proletariado a la cabeza, establezca una república popular, democrática, libre y soberana. Tal es la revolución de nueva democracia que el camarada Mosquera trazó como programa para el período actual.

A darle soporte político y científico a este programa revolucionario dedicó sus mayores esfuerzos, pues sabía que toda tesis correcta surge, se desenvuelve y se consolida en medio de la lucha. Que la verdad en política, al igual que ocurre con los otros objetos del conocimiento humano, no es algo estático sino un proceso y que a ella se llega comprendiendo el movimiento de la sociedad originado en las contradicciones de las clases. Con tal saber dialéctico, este profundo captador de verdades les imprimió a sus ideas la cualidad especial de que no puedan ser tratadas unilateralmente, ni tomadas con rigidez y mucho menos petrificarlas, puesto que eso equivaldría a desvirtuarlas. Específicamente, reviste importancia fundamental el hecho de que en la línea política que formuló y la sustentación que le dio, su pensamiento, esa espiral, no admita fragmentaciones dogmáticas.

Poseía nuestro líder una cualidad propia de los hombres excepcionales como es lograr que lo particular, singular e individual de su actividad y su pensamiento esté inmerso con toda su riqueza en lo universal. No es extraño entonces que, por ejemplo, en lo particular de la lucha de clases nacional encontrara la esencia de la lucha de clases a nivel internacional, que en la singularidad de las batallas en defensa de los intereses del proletariado que libraba su Partido hallara los fundamentos de la lucha de la clase obrera en todo el mundo, que en su práctica y relaciones individuales descubriera lo que alienta al género humano en su labor transformadora de la naturaleza y la sociedad. De allí que la universalidad que caracteriza su obra no resida en la cantidad de temas que trató sino en el examen concreto, en sus múltiples relaciones, que hizo de ellos. Se explica de este modo que junto a las cuestiones políticas se encuentren criterios y estudios sobre economía, historia, ciencia, literatura, arte y cultura que constituyen una verdadera alegría en el progreso del conocimiento humano.

Enfrentó dos tendencias que afectaban a los sectores revolucionarios. Una, nacida en las concepciones y métodos de vacuo radicalismo alentado por grupos de la pequeña burguesía, con desconocimiento del grado de desarrollo económico y social y de las posiciones de las distintas clases, de su correlación de fuerzas y del ánimo y comprensión política de las masas. De aquí surgía una gran equivocación sobre los blancos principales y secundarios de la revolución y las formas de lucha y organización que debían presidir cada período. La otra tendencia, que brotaba en el seno de los antiguos partidos comunistas, correspondía a la presencia de posiciones burguesas en sectores obreros y populares y pugnaba por la conciliación entre las clases y la exigencia de reformas al régimen mas no su cambio, lo cual equivale a seguir sosteniéndolo y a alejar e impedir la revolución. (…) Estas tendencias (…) terminaron por conjugarse en Colombia tanto en su contenido como en sus métodos. Como lo ha demostrado el fracaso, crisis o degeneración que ellas han experimentado, el camarada Mosquera tuvo razón en su ponderada y contundente crítica, y la sigue teniendo. Y no sólo en el ámbito del país, pues su refutación abarca a todos los partidos, agrupaciones y movimientos que bajo los mismos criterios erróneos proliferaron en América Latina y a los que aún hoy intenten bajo nuevas formas y mixturas restaurar lo que los hechos y la historia han desechado.

Ese combate crítico contra el extremoizquierdismo y el revisionismo tenía estrecha relación con la polémica que en el movimiento comunista internacional libraba Mao Tsetung contra quienes traicionando el marxismo inundaban de ideas burguesas y burocratismo los partidos obreros y asaltaban el Poder en los Estados socialistas. La actitud que ante este debate planetario y sus consecuencias asumió nuestro Secretario General fue trascendental para el MOIR y la revolución. Primero, asimiló tesoneramente las lecciones maoístas que la confrontación teórica iba arrojando y las convirtió en guías para la construcción y actividad partidarias, y no en dogmas como hicieron otros con fanatismo, tergiversándolas antes de repudiarlas groseramente. Segundo, ingresó a la arena de la lid proletaria respaldando el maoísmo, incluida su herramienta clave contra la involución del socialismo: la Revolución Cultural Proletaria. Su combate por los principios del marxismo adquirió mayor prestancia y significación al fallecer Mao y sobrevenir la embestida del socialimperialismo soviético y, luego de su derrumbe, la cruzada de recolonización del imperialismo norteamericano, que incluye un ataque cerrado contra la ideología de los trabajadores. Como lo prueban su esclarecedora defensa de la teoría marxista, los análisis de la situación mundial y su manifiesto e irrestricto apoyo a la lucha de los pueblos, apoyo que se extendía por los cuatro puntos cardinales pues iba desde Vietnam, Camboya y Afganistán hasta Granada, Panamá y Haití, el camarada Mosquera se sumó a los capitanes de los explotados y desposeídos de toda la Tierra.

Al asir de manera íntegra y prioritaria los intereses de la clase obrera, nuestro fundador pudo analizar el estadio económico en que se hallaban las otras clases y calibrar sus fuerzas, así como sus mudables inclinaciones políticas. Aunque su principal objetivo, siempre alcanzado, era determinar de manera correcta la estrategia y táctica del proletariado y su Partido, tuvo además como resultado una acabada disección de la sociedad colombiana, pues el análisis cubrió cada período de la vida nacional durante las últimas tres décadas. No hubo suceso político o social de importancia que no pasara por su apreciación crítica: el régimen antidemocrático del Frente Nacional que impusieron las clases dominantes y sus partidos; las sucesivas políticas reaccionarias que desde el Estado dictaron Lleras Restrepo, Pastrana y López Michelsen, Turbay Ayala y Betancur, Barco y Gaviria; la conducta antipopular de los partidos tradicionales y las debilidades e inconsecuencias de partidos y movimientos de oposición; el conjunto de hechos en que se manifestaba lo que él calificaba como la habilidad de las colectividades oligárquicas para pulsar las fibras del pequeño burgués; la saña expoliadora de la gran burguesía y las vacilaciones de la burguesía nacional, e, incluso, el programa neoliberal y continuista que se aprestaba a aplicar Samper.

Correlativamente, no hubo evento o acontecer revolucionario que no fuera alcanzado por su mirada escrutadora para señalar su peso e importancia en el avance social y para participar en ellos o apoyarlos: huelgas obreras, movilizaciones campesinas, batallas sindicales, luchas de la juventud, campañas electorales revolucionarias, actividades de fuerzas políticas en alianza, paros nacionales, protestas civiles. En suma, la gama de movimientos de las masas: sus esfuerzos por sacudirse la explotación, sus luchas democráticas, la defensa de sus organizaciones, su resistencia ante la opresión nacional, todo ello descrito con brío porque constituían desbrozos para al cambio revolucionario.

Por contener todos esos hechos políticos, tratados dialécticamente en su objetiva y necesaria conexión, la obra teórica del camarada Mosquera adquiere el carácter de manual universal sobre lo que ha pasado en la nación y sus respectivas causas, sobre sus problemas y las soluciones que la llevarán hacia el desarrollo. Forjada desde la posición del proletariado, ella es patrimonio de la gran mayoría de colombianos partidarios del progreso, la democracia y la soberanía nacional. Su asimilación es altamente necesaria hoy, cuando la resistencia contra la intervención del imperialismo de Estados Unidos y contra la política de sumisión nacional que lleva a cabo el gobierno de Ernesto Samper precisa, en primera instancia, que unos y otros «impidamos que se haga de la conciencia patria un costal de carbonero».

A la creación de una más amplia conciencia nacional y una más vigorosa posición patriótica contribuirá el hecho de que los escritos de camarada Mosquera tienen como marco general, al igual que ocurrió con cada uno de sus actos políticos, la lucha contra la dominación que ejerce el imperialismo norteamericano sobre Colombia. En ellos se describen de manera aguda las diversas particularidades que han adoptado las políticas de subyugación que éste ha aplicado en la segunda mitad del siglo XX, desde sus años de auge con posterioridad a la Segunda Guerra Mundial, pasando por su crisis y su derrota en Vietnam, hasta la iniciación del declive que ahora trata inútilmente de retardar llevando a cabo con fiereza su plan de volver a colonizar el mundo. En consecuencia, estos análisis sobre la política imperial apuntalan el llamado que nuestro Partido lanzó para que revolucionarios, demócratas, patriotas y progresistas unan fuerzas en un gran movimiento de resistencia antiimperialista.

Este camarada y compatriota poseía bravura para sumirse junto a los trabajadores en la lucha de clases, y sabio coraje para permitir que la dialéctica de las cosas generara la dialéctica de sus ideas. Y lo hacía convencido de que las empresas grandes, entre ellas la mayor, la revolución proletaria, precisan de la pasión. De allí que su paciencia no fuera una virtud subjetiva desligada de la realidad, sino una postura dictada por la manera como se producen los cambios en el mundo: lentas evoluciones a las que siguen saltos bruscos, en cuyos momentos la paciencia deja de ser virtud. Su lenguaje vivo y el rigor en su escritura respondían a la necesidad de que sus conceptos fueran plenamente asimilados por los cuadros y combatientes urgidos de orientación, perspicacia y estímulo políticos, y no al estéril cultivo del preciosismo.

Concebir una firme guía teórica para la revolución colombiana, que por su naturaleza fuera un valioso aporte a la causa mundial del proletariado, fue el encumbrado fui de todas sus batallas. El camarada Mosquera triunfó en tan trascendental propósito. Para la clase obrera siempre será el infatigable luchador y pensador de su causa, al que sólo la muerte -esa negación que necesita ser negada mediante la vida revolucionaria de decenas de miles hoy y de millones mañana- le dio reposo. Tal fue la esencia humana del prodigioso ser que hoy conmemoramos. Consecuentes con ella, la convertiremos en nuestra roja enseña.

Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, MOIR

Comité Ejecutivo Central

Enrique Daza, Oscar Parra, Yesid García, Carlos Naranjo, Marcelo Torres, Carlos A. Londoño.

Héctor Valencia, secretario general

HOMENAJES A MOSQUERA EL PRIMERO DE AGOSTO

El 1° de agosto, al cumplirse el primer aniversario de la muerte del camarada Francisco Mosquera, fundador y máxima autoridad ideológica del MOIR, cientos y cientos de militantes en todo el país proclamaron con renovada convicción que siguen siendo fieles a su legado revolucionario.

Los miembros del Comité Ejecutivo Central del Partido, acompañados por la familia de nuestro inolvidable líder, por el senador Jorge Santos y por los dirigentes de los frentes nacionales, presidieron la concentración en Bogotá, en el Cementerio Central, frente al monumento erigido en su memoria. El camarada Héctor Valencia, secretario general del MOIR, colocó una ofrenda de flores en la tumba y dio lectura a la declaración suscrita por el Comité Ejecutivo, la cual señala que Mosquera es el más grande pensador marxista de la revolución colombiana (Véase el texto en las páginas 2 y 3). Una pancarta gigantesca destacó una vez más la consigna lanzada por Mosquera para el actual período: «¡Por la soberanía económica, resistencia civil!».

Las reuniones celebradas en las distintas capitales se abrieron con la lectura del documento aprobado por la Dirección Nacional. En algunos regionales, como el de Antioquia, los militantes y amigos hicieron un recuento de la historia de nuestro Partido y pasaron revista a los grandes aportes de Mosquera al marxismo-leninismo. En Manizales, la cita partidaria se vio ilustrada con una exposición de fotografías.
En buena parte de los regionales se pasaron los dos videos de homenaje a nuestro fundador, transmitidos hace unos meses por los canales de la televisión en el programa institucional. Al final, los moiristas asistentes a los diversos actos entonaron las notas del Himno Internacional de los trabajadores.